sábado, noviembre 22, 2008

"Entropía", de Edmundo Paz Soldán





Llegué a La Paz para el congreso de literatura nacional. Una mujer entrada en años y carnes me esperaba en el aeropuerto de El Alto blandiendo un letrero con mi nombre. Me dijo que era del comité de recepción, me llevaría al hotel que me habían reservado. Le agradecí pensando que había mejores maneras de gastar el presupuesto de la asociación.

Bajamos a la ciudad acompañados por una tenue llovizna. El chofer era tuerto y escuchaba música a través de sus audífonos; colegí que era clásica gracias a unos acordes que resonaban en el taxi de tanto en tanto. El chofer sonreía como si se hallara en contacto con la música de las esferas, con el centro palpitante de ese vasto y eterno universo en descomposición que nos había tocado habitar. De eso yo quería hablar: de entropía y literatura.

Llegamos a la puerta del hotel Normandie. El taxista bajó mi maleta, luego partió sin que la mujer se despidiera de mí. Ingresé a grandes zancadas para guarecerme de la lluvia. El vestíbulo era penumbroso, poco dado a la hospitalidad. Ahora sí, el presupuesto se hallaba más acorde a lo esperado. No debía quejarme: como invitado especial, me pagaban las tres noches en un cuarto con cama doble.

El recepcionista era un anciano rengo y algo jorobado que parecía salido de una mala película de horror. Se equivocó al escribir mi nombre y no le corregí. Me dijo que el ascensor no funcionaba y que para mala fortuna sólo le quedaba una habitación disponible en el último piso, el séptimo. Una forma de templar mi carácter, pensé.

No había botones; subí cargando mi maleta. Los escalones rechinaban. Una vez en mi piso, descansé para recobrar el aliento. Mi habitación estaba hacia la derecha, al final del pasillo. Cuando llegaba a ella observé que el cuarto de al lado tenía la puerta abierta, y que de éste provenía el bullicio de unos niños. Esperaba que me dejaran trabajar.

La habitación era polvorienta, la cama tenía resortes vencidos por el peso de demasiados habitantes de paso en ese hotel, el televisor no funcionaba y no había agua caliente en la ducha. Ya no se trataba sólo de ahorrar; la asociación jamás debía haber contratado el Normandie. Me pregunté si había más invitados al congreso que se quedaban en ese hotel o si yo era el único. Debía quejarme, pedir un cambio. ¿A quién? No tenía un teléfono para llamar. Recién al día siguiente vería a los organizadores. Traté de no hacerme de mala sangre, me convencí de que tanta miseria me ayudaría a concentrarme en la revisión que me faltaba hacerle a mi artículo.

Encendí la lámpara del velador y me eché en la cama. Leí un par de párrafos del artículo y me detuve; el ruido en la habitación contigua era exasperante. Me levanté y me dirigí a quejarme. Toqué la puerta abierta; nadie me respondió. Entré con cautela. Los gritos provenían del baño. Ingresé a la habitación; desde allí, observé a cuatro niños desnudos que jugaban en la tina del baño; los mayores debían llegar a los diez años, parecían mellizos; el menor tenía ojos muy azules y quizás era de cinco. Los cuatro se tiraban agua y juguetes de plástico. Sentada en una silla y con el rostro agotado, una mujer seguía sus movimientos con la mirada ausente. Debía tener unos treinta y cinco años; llevaba un vestido floreado y el pelo negro estaba recogido en un moño.

Golpeé la puerta, los niños se callaron y la mujer levantó la vista y se encontró conmigo. Se incorporó y se me acercó. Los niños volvieron al bullicio, uno de ellos me tiró un vaso de agua y me mojó la chompa. La mujer se le acercó y le dio una bofetada. El niño se puso a llorar y la escupió. --Disculpe –dije mientras salíamos del baño; ella cerró la puerta tras de sí--. Llamé pero nadie me escuchó. Soy su vecino y como la puerta estaba abierta… El ruido no me deja concentrarme.
--Ah, lo siento —dijo ella; noté que el vestido estaba mojado--. La que tiene que disculparse soy yo. Pensé que estaba sola en este piso. Siempre es así cuando llego con mis hijos; me dan las habitaciones más alejadas, los pisos más vacíos. La gente les huye como la peste. No los culpo. --Traviesos, como todos los niños.
--Traviesos es poca cosa. Hacen escapar a cualquiera. De hecho, mi marido me abandonó porque eran demasiado para él. Y la ironía es que él creció en una familia grande y siempre había soñado con cuatro hijos. Yo sólo quería uno. Cinthia, para servirla. Me extendió la mano.
--Rafael. Encantado. No será para tanto. Los niños tienen tanta energía, a mí me encantan. Mis sobrinos…
--No los soporto –dijo ella, cortante--. No hay empleada que me dure. Y no hay quién me quiera ayudar: han hecho escapar a mi hermana, a mi mamá. Soy de Cochabamba. Vine a La Paz a ver si mi ex-marido quiere quedarse con dos. Yo ya no puedo. Tan comodón, el imbécil.

Le deseé suerte y volví a mi habitación compadeciéndome de ella y sintiéndome culpable por haberme molestado. Era cierto que otra gente cargaba cruces más pesadas que la mía. Bueno, en realidad yo no cargaba ninguna cruz: había optado por el retiro monástico de la vida intelectual, dedicada a los libros. A veces idealizaba esa vida que no tenía, una pareja que me acompañara en todo, unos hijos que me despertaran por la mañana. Luego descubría, de manera contundente, que se podía hacer cualquier cosa con la familia menos idealizarla. Ése era el tema de mi presentación: cómo aparecía la familia en varias novelas contemporáneas: como un universo en entropía, inevitablemente condenado a la ruptura, a la disgregación.

A la mañana siguiente fui al congreso, en un teatro en El Prado. Escuché una mesa dedicada a la ciudad en la narrativa nacional, descubrí que para los presentadores “nacional” significaba “de La Paz”, constaté que no había provincianismo más intolerable que el de los capitalinos. En un descanso entre presentaciones se me acercó uno de los organizadores, un académico prestigioso con fama de mujeriego y bigotes de foca, para darme la bienvenida y preguntarme qué tal me había parecido el hotel. Me iba a quejar, pero decidí no hacerlo: me di cuenta que quería quedarme para seguir hablando con Cinthia. Había algo en ella que me atraía, quizás el hecho de que su vida parecía tan opuesta a la mía.

Hubo más presentaciones, luego un almuerzo en un restaurante cercano, y más presentaciones a la hora de la siesta. Agotado, me escabullí alrededor de las cuatro. Quería echarme un rato y mi hotel no se encontraba muy lejos. Me fui caminando por las inclinadas pendientes de las calles paceñas.

La puerta de la habitación de Cinthia estaba cerrada cuando llegué. Ingresé a mi cuarto, me eché. Había un silencio completo en el piso; me dije que mis vecinos no estaban. Me dormí. Al rato, unos ruidos me despertaron. Los niños habían llegado; había algarabía en el pasillo. Escuché una llave abriendo la puerta, luego pasos y saltos y carcajadas. Y un llanto: el de Cinthia. Me levanté de inmediato, fui a tocarle la puerta. Ella me abrió la puerta: tenía los ojos llorosos. Le pregunté si podía ayudarla en algo.

--Ya no hay nada que hacer –dijo--. Las cartas están echadas.
--No la entiendo.
--Mi ex-marido, el muy idiota, dice que su nueva mujer no quiere saber de los chicos, pero sé que es una excusa. Y ellos, Juan y Pedro, los mayorcitos, estaban muy ilusionados.
--Los escuché riendo. No parecen muy tristes.
--Se ríen de todo, incluso cuando están tristes. Los conozco, mascaritas. Y ya no me da el cuero. Ya ni sé quién soy. Pruebe usted a dedicar diez años de su vida, desde que despierta hasta que se duerme, a cuatro niños inagotables. No, ni siquiera cuando se duerma podrá descansar.
--Usted es joven. Estoy seguro que podrá encontrar a alguien que la acompañe…
--¿En el desafío de criarlos? ¿En la locura de criarlos? Uno tras otro, todos mis novios se han escapado. No los culpo, yo haría lo mismo. ¿O se está usted ofreciendo de voluntario? Se rió.
--Yo también soy de Cochabamba –dije--. No sé, cuando volvamos puedo ayudarla a conseguir una empleada. Alguien que se dedique exclusivamente a ellos. Mi hermana conoce a gente…
--Se lo agradezco –me dijo, la voz agobiada--. Usted sí que tiene el corazón en su lugar. No todos podemos.

Le dejé mi celular para que me llamara. Como sospechaba que no lo haría, le pedí su número. Me lo dio.

Esa noche tuve un sueño intranquilo. Me vi subiendo por una torre infinita, llena de pasadizos oscuros y opresivos. Escuchaba ruidos y carcajadas de niños, luego sollozos de una mujer con un rostro que no pertenecía al de su madre. Hubo un momento en que me detuve y sentí que no podía avanzar más. Desperté con una sensación de ahogo.

Al día siguiente, sábado, estuve toda la mañana y la tarde en el congreso. Quise escaparme varias veces pero no me animé: me atenazaba la culpa de ser el invitado especial. Como tal, debía quedarme a escuchar las ponencias. Fui una presencia ausente: mi mente se hallaba en el hotel Normandie, revoloteaba buscando maneras de ayudar a Cinthia. Era capaz de ofrecerle que uno de sus hijos se viniera a vivir conmigo por un tiempo. Pero, ¿qué haría con él? No me imaginaba buscando maneras de entretener a un chiquillo de siete años. Como mis sobrinos, los niños estaban para vivir en casas lejanas, tocarles la cabeza y contarles un chiste y tenerlos en brazos un rato como tío adorable, y luego partir con la conciencia tranquila.

Cinthia debía necesitar unas horas a solas, para ir al cine o simplemente pasear por la ciudad. Al volver al hotel le ofrecería quedarme con los niños por la noche. Eso la aliviaría en algo.

Llegué a las siete al Normandie. No había ruidos en la habitación de Cinthia. Entré a la mía. Me puse a leer en la cama mientras la esperaba. Repasé la ponencia que iba a leer al día siguiente.

Eran las ocho y Cinthia no había llegado. Me preocupé. Seguí leyendo.

A las nueve, escuché unos pasos en el cuarto de Cinthia. ¿Podía ser que ella hubiera estado allí todo el tiempo? Me levanté, fui a tocarle la puerta. Para mi sorpresa, la encontré entreabierta. Entré.

La encontré sentada en el sillón de su cuarto, el vestido floreado del día en que la conocí. Tenía el pelo negro en desorden y un hilillo de sangre en una mejilla; uno de sus hijos la rasguñó, pensé. Respiraba entrecortadamente, como si acabara de correr. La saludé. Me miró sin mirarme, no profirió palabra alguna. Con un leve movimiento de la cabeza, me señaló el cuarto de baño.

Me apoyé en el vano de la puerta. Tres de los niños se encontraban en la tina llena de agua, desnudos, silenciosos como nunca lo habían estado. El color del agua era rojizo. Uno de ellos, Juan o Pedro, estaba tirado de espaldas en el piso; la cabeza se hallaba en un ángulo extraño con relación al cuerpo, como si el cuello estuviera quebrado.

Me fijé en las manos de Cinthia. Eran fuertes. Aun así, no debía haber sido fácil. Los niños debían haberse resistido, sobre todo los mayores. Seguro comenzó por el más pequeño, el de ojos azules. Y los gritos… ¿quién podía haberlos escuchado, en ese séptimo piso de un hotel con pocos huéspedes? Yo no estaba, atendía un maldito congreso.

El destino me había puesto en esa habitación para escuchar los ruidos, evitar la inevitable entropía. Había fallado a mi cita. De todos modos, era imposible no fallar.

Vi a Cinthia tirada sobre el sillón, intenté compadecerme y no pude. Llamé a la policía.

Esa misma noche abandoné el hotel y me fui de La Paz. Nunca más volví a analizar libros, descifrar su sentido.










Inédito




viernes, noviembre 21, 2008

“Realeza”, de Álvaro Bisama






D
os o tres de la mañana.
Zalo Reyes canta un viejo hit de Tom Jones –“It’s not inusual”, aquella canción que Tim Burton revisitó en clave camp para Marte ataca- frente a un auditorio de chicos góticos, brit pop, post punk, clones gay y una que otra adolescente maquillada de animé.

Estamos en la Blondie. Zalo Reyes luce gordo. Zalo Reyes luce sudado. Zalo Reyes efectivamente parece Tom Jones y la Blondie es una versión menor o más Ed Wood de Las Vegas. Faltan las máquinas tragamonedas, pero está el frenesí, la idea desaforada y genial de salir de noche a adquirir un glamour pop imposible de sostener de día. Zalo Reyes es la música –aquí y ahora- perfecta para eso.

No está mal.

Un héroe cebolla de los 80 frente a un público que lo considera de culto.

Efecto residual, colateral de la moda: la Blondie propaga cierta dignidad en el kitsch, en la caricatura. Reyes es eso: el retorno de las radios AM como una revancha del suburbio, como un camino hacia el corazón cuma de la ciudad. Es música que suena mal, pero emociona. Aquí Reyes es un héroe: el lado B triunfa en su ley, adquiere dignidad, se convierte en una estética por derecho propio. Tal vez tenga que ver con que Reyes no sale en la tele, no aparece en los rankings, no está a la cabeza de ninguna moda. No. Reyes tiene o tuvo problemas con la ley, habla en tercera persona de sí mismo –como Martín Vargas: otro ídolo de brillante decadencia- y está hecho mierda como sólo los verdaderos héroes se pueden hacer mierda, de a poco, a costa de dosis constantes de bohemia, idiotez y locura.

Si estuviéramos en otro país, Zalo Reyes sería una especie de emblema patrio, le levantaríamos altares. Aquí, por el contrario, languidece en cierto silencio mediático que se quiebra cuando resucita en lugares como éste y salva la noche.

Ésta es su revancha.

Zalo Reyes se agita entre las pistas grabadas, baila como un fauno, pronuncia el inglés de manera cavernaria pero sexual, mientras aprieta a una ninfa postmoderna y dark que ha subido como groupies improvisada al escenario. El Gorrión de Conchalí es un águila en celo. Así, pega su cuerpo al de la chica y la agarra de las caderas: piernas contra pierna, sudor contra sudor, mejilla contra mejilla. En el medio de todo, su voz quebrada y aflautada calentando el aire mientras exclama “así se baila mijitaaa!!!” y el público lo celebra. La Blondie arde, baila con él. Corea sus canciones. La cara sudada de Zalo Reyes brilla con la luz negra de los candelabros, entremedio de un paisaje de gárgolas de cartón piedra, detalles medievales o religiosos que son el ambiente perfecto para una fiesta pagana como ésta.

Esos monstruos protegen el lugar. Lo preservan de todo mal. Reyes debe hacer un pacto con ellos, los dioses de este espectáculo menor, domarlos. Y lo hace. Zalo Reyes conoce todo el vudú que la ciudad necesita. Está más allá de la dictadura del buen gusto, más allá de la dictadura de la moda.

Su música viene de más allá: del extrarradio, es el asalto de la voz de quienes no tienen voz, la música de las fiestas privadas de una intimidad que no ha sido narrada jamás. Zalo Reyes compone y canta la banda sonora de las emociones reprimidas, de amores secretos, de despedidas atroces frente a la línea de fuego.

Y funciona. Sobrevive. Vive.

Reyes es la música de la ciudad. Música de rincones, de habitaciones oscuras. La música que escuchan las mujeres y hombres solos en Recoleta, en Conchalí o en San Bernardo, mientras acunan a sus bebés o esperan la llegada de sus hijos adolescentes de la fiesta de la otra cuadra. Es música de penumbras, nocturna.

Zalo Reyes lo sabe. Ni siquiera la bohemia ha podido destruir eso. Su voz está quebrada, rasgada por las cuchillas del tiempo, pero conserva su dignidad de realeza oscura. La gente que acá lo nota lo agradece y lo venera. Más rato bailarán los éxitos Indie de la temporada. Por ahora, lo único verdadero que tienen es Zalo Reyes, el cantante de las madres, un ícono incombustible quemándose frente a ellos, brillando en medio de tanta oscuridad buscada.







en Postales urbanas, 2006
















jueves, noviembre 20, 2008

"Nadie está solo", de José Agustín Goytisolo





En este mismo instante
hay un hombre que sufre,
un hombre torturado
tan sólo por amar
la libertad. Ignoro
dónde vive, qué lengua
habla, de qué color
tiene la piel, cómo
se llama, pero
en este mismo instante,
cuando tus ojos leen
mi pequeño poema,
ese hombre existe, grita,
se puede oír su llanto
de animal acosado,
mientras muerde sus labios
para no denunciar
a los amigos. ¿Oyes?
Un hombre solo
grita maniatado, existe
en algún sitio. ¿He dicho solo?
¿No sientes, como yo,
el dolor de su cuerpo
repetido en el tuyo?
¿No te mana la sangre
bajo los golpes ciegos?
Nadie está solo. Ahora,
en este mismo instante,
también a ti y a mí
nos tienen maniatados.











Colaboración a Dscntxt de Ignacia Viñes










miércoles, noviembre 19, 2008

“El silencio de los inocentes”, de Thomas Harris

Capítulo 3




La celda del doctor Lecter está considerablemente alejada de las demás, no tiene al otro lado del pasillo más que un armario y es excepcional por otras circunstancias. El exterior consiste en una reja de barrotes por cuya parte interna, a mayor distancia de la que alcanza un brazo humano, hay una segunda barrera, una resistente red de nailon tendida desde el suelo al techo y de pared a pared. Detrás de la red, Starling vio una mesa atornillada al suelo en la que se apilaban libros de tapas blandas y papeles, y una silla recta, también atornillada. Y al doctor Aníbal Lecter reclinado en su catre, absorto en la lectura de la edición italiana de Vogue. Sujetaba las páginas sueltas con la mano derecha y las iba poniendo una a una a su lado con la izquierda. El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda. Clarice Starling se detuvo cerca de los barrotes, más o menos a la distancia que equivaldría a la de un pequeño vestíbulo.

--Doctor Lecter. -Su propia voz le sonó muy aceptable.

El alzó la vista de la lectura. Durante un exagerado segundo Clarice tuvo la impresión de que la mirada del recluso zumbaba, pero no era más que su sangre lo que oía.

--Me llamo Clarice Starling. ¿Puedo hablar con usted?
-La distancia y el tono de su voz implicaban cortesía.

Con un dedo apoyado sobre los labios fruncidos, el doctor Lecter reflexionó. Al cabo de un rato, cuando lo juzgó adecuado, se levantó, avanzó con suavidad por su jaula y se detuvo a escasos pasos de la red, cosa que hizo sin mirarla, como si hubiese calculado la distancia. Clarice observó que era de baja estatura y aspecto pulcro; en las manos y brazos del doctor observó fuerza nervuda, como la suya.

--Buenos días -dijo él como si hubiese salido a abrir la puerta. Su cultivada voz poseía una leve aspereza metálica, debida seguramente al desuso.

Los ojos del doctor Lecter son de un castaño granate y reflejan la luz con destellos de rojo. A veces los puntos de luz parecen volar como chispas hacia el centro de la pupila. Esos ojos tenían presa a Starling por entero. Ella se acercó con cautela a los barrotes. El vello de los antebrazos se le erizó y rozó la cara interna de las mangas.

--Doctor, la configuración de perfiles psicológicos nos plantea serios problemas. He venido a solicitar su ayuda.
--El plural alude a Ciencias del Comportamiento de Quántico. Será usted de la plantilla de Jack Crawford, supongo.
--Sí, efectivamente.
--¿Puedo ver sus credenciales?

Clarice no se esperaba eso.

--Ya las he enseñado en..., la oficina.
--¿Quiere decir que se las ha enseñado al eminente doctor Frederick Chilton?
--Sí.
--¿Ha visto usted las de él?
--No.
--Las académicas son sumamente pobres, se lo aseguro. ¿Ha conocido a Alan? ¿No es encantador? ¿Con cuál de los dos preferiría charlar?
--En conjunto diría que con Alan.
--Podría ser usted una periodista, autorizada a entrar aquí por el propio Chilton para cobrar. Creo que tengo derecho a examinar sus credenciales.
--De acuerdo. -Clarice elevó la mano y le mostró su tarjeta de identificación plastificada.
--A esta distancia no puedo leer. Envíemela, por favor.
--No puedo.
--Porque es dura.
--Sí.
--Hable con Barney.

Llegó el enfermero a deliberar.

--Doctor Lecter, voy a permitir que le pasen eso. Pero si no lo devuelve cuando yo se lo pida, si tenemos que molestar a todo el mundo, si tenemos que atarle para recuperarlo, me enfadaré. Y si me enfado con usted, tendrá que permanecer atado hasta que se me pase el mal humor. Alimentos por el tubo, pañales cambiados dos veces al día, ya sabe, sesión completa. Y le retendré la correspondencia una semana. ¿Entendido?
--Ciertamente, Barney.

La tarjeta se deslizó junto con la bandeja y el doctor Lecter la acercó a la luz.

--¿Una estudiante? Aquí dice «estudiante». ¿Jack Crawford envía a una estudiante a entrevistarme? -Golpeó la tarjeta contra su blanca y pequeña dentadura y aspiró su olor.
--Doctor Lecter -dijo Barney.
--Desde luego. -Lecter depositó la tarjeta en la bandeja y Barney tiró de ella hacia afuera.
--Todavía estoy en la academia, sí -dijo Starling-, pero no estamos hablando del FBI; estamos hablando de psicología. ¿Es capaz usted de discernir, prescindiendo de títulos y diplomas, si estoy capacitada para hablar de este tema?
--Hummmm -replicó el doctor Lecter-. La verdad..., eso ha sido muy astuto. Barney, ¿cree que la agente Starling podría disponer de una silla?
--El doctor Chilton no me dijo nada respecto de una silla.
--¿Y qué le dicen sus modales, Barney?
--¿Quiere una silla? -le preguntó Barney a Clarice-. Podríamos haber traído una, pero él nunca..., es decir, generalmente nadie suele quedarse tanto rato.
--Sí, por favor -contestó Starling.

Barney sacó una silla plegable del armario de limpieza situado frente a la celda, la instaló y les dejó a solas.

--Bueno -dijo Lecter sentándose de lado ante su mesa para dar la cara a Clarice-, ¿qué le ha dicho Miggs?
--¿Quién?
--Múltiple Miggs, el de esa celda de ahí. Le siseó algo. ¿Qué le ha dicho?
--Me ha dicho: «Te huelo el coño».
--Ya. Yo no lo he conseguido. Usa usted crema hidratante Evyan y a veces lleva L'Air du Temps, pero hoy no. Hoy ha venido deliberadamente sin perfume. ¿Qué impresión le ha producido lo que le ha dicho Miggs?
--Pienso que por razones que desconozco se muestra hostil. Una lástima. Él se muestra hostil con la gente y la gente reacciona tratándole con hostilidad. Es un círculo vicioso.
--¿Siente usted hostilidad hacia él?
--Lamento que tenga perturbadas sus facultades mentales. Dejando eso aparte, no me afecta más que un ruido. ¿Cómo ha averiguado lo del perfume?
--Una vaharada de su bolso cuando ha sacado la tarjeta. Ese bolso que lleva es precioso.
--Gracias.
--Ha traído el mejor bolso que tiene, ¿verdad?
--Sí. -Era cierto. Había ahorrado bastante para comprarse aquel bolso, clásico y de todo llevar, que era el accesorio de mayor calidad de su armario.
--Es de calidad muy superior a sus zapatos.
--Tal vez algún día se pongan a la altura.
--No lo dudo.
--¿Los dibujos de las paredes los ha hecho usted, doctor?
--¿Cree que he llamado a un decorador?
--El que está encima del lavabo es una ciudad europea, ¿no es así?
--Florencia. El Palazzo Vecchio y el Duomo vistos desde el Belvedere.
--¿Lo dibujó de memoria? ¿Todos esos detalles?
--La memoria, agente Starling, es lo único que tengo para sustituir la vista que ofrece una ventana.
--¿El otro es una Crucifixión? La cruz central está vacía.
--Es el Gólgota tras el descendimiento. Tiza y rotulador sobre papel parafinado. Representa lo que consiguió el ladrón al que se le prometió el paraíso cuando se llevaron al cordero pascual.
--¿Y qué fue?
--Que le rompiesen las piernas, naturalmente, como a su compañero, el que se burló de Cristo. ¿Desconoce acaso el Evangelio de san Juan? Entonces contemple a Duccio; pinta crucifixiones de extrema exactitud. ¿Cómo está Will Graham? ¿Qué aspecto tiene?
--No conozco a Will Graham.
--Pero sabe quién es. El delfín de Jack Crawford. El anterior a usted. ¿Cómo le ha quedado la cara?
--Nunca he visto a Will.
--Eso, con todos mis respetos, agente Starling, se llama «hurtar el cuerpo».

Palpitaciones de silencio; luego se lanzó.

--Permítame que le diga que más bien lo que pretendo es ir por todas y embestir. He traído...
--No. Eso no, eso es una equivocación que denota una gran estupidez. En una fase de preludio no emplee nunca el humor. Mire, entender un comentario ocurrente y replicar en el mismo tono hace que el sujeto del análisis efectúe una transposición súbita y distanciada que es totalmente opuesta al clima que se ha creado. Y procedemos partiendo del clima que establecemos. Iba usted muy bien; se había mostrado cortés y receptiva a la cortesía; revelando la embarazosa verdad del comentario de Miggs había establecido un clima de confianza, y de pronto introduce un petulante retruécano a propósito de su cuestionario. Así no haremos nada.
--Doctor Lecter, usted es una eminencia en el campo de la psiquiatría clínica. ¿Me cree tan tonta como para hacerle objeto de una técnica cuyos resortes conoce usted a la perfección? No me subestime tanto. Lo que le pido es que responda al cuestionario, y a partir de ahí usted haga lo que quiera. ¿Tanto le costaría echarle un vistazo?
--Agente Starling. ¿ha leído alguno de los estudios publicados recientemente por Ciencias del Comportamiento?
--Sí.
--Yo también. El FBI se niega estúpidamente a enviarme el Boletín de Aplicación de la Ley, pero lo consigo a través de una librería de lance; John Jay me envía el Anuario, y también recibo las revistas de psiquiatría. Están dividiendo a los asesinos reincidentes en dos grupos: organizados y desorganizados. ¿Qué opina de ello?
--Que es... elemental; evidentemente lo que pretenden...
--Simplista es el término adecuado. En realidad, casi toda la psicología es pueril, agente Starling, y la que se practica en Ciencias del Comportamiento se halla al nivel de la frenología. La psicología, para empezar, cuenta con un material de muy pobre calidad. Vaya a la facultad de psicología de cualquier universidad y observe a los estudiantes y al profesorado: pedantes aficionados a los seriales radiofónicos y fanáticos con graves carencias de personalidad. Los cerebros más subdesarrollados de toda la institución universitaria. Organizados y desorganizados; debió de ocurrírsele al bedel.
--¿Con que criterio modificaría usted esta clasificación?
--No lo haría.
--Hablando de publicaciones, leí sus artículos sobre adicción quirúrgica y expresión facial de lado derecho e izquierdo.
--Sí. Eran de primer orden -declaró el doctor Lecter.
--Efectivamente. Esa fue mi opinión y también la de Jack Crawford.
--Fue él quien me indicó que los leyera. Por este motivo está ansioso de que usted...
--¿Crawford el estoico, ansioso? Debe estar hasta el cuello de trabajo para tener que echar mano de los alumnos de la academia.
--Así es, y quiere...
--El trabajo se lo da Buffalo Bill.
--Supongo.
--No. «Supongo» no. Sabe usted perfectamente, agente Starling, que se trata de Buffalo Bill. Creí que Jack Crawford la enviaba para preguntarme precisamente por ese caso.
--No.
--Luego usted no está trabajando en nada relacionado con ese asunto.
--No, he venido porque necesitamos su...
--¿Qué sabe usted acerca de Buffalo Bill?
--Nadie sabe gran cosa.
--¿Todo lo que se sabe ha salido en los periódicos?
--Creo que sí. Doctor Lecter, no he visto ningún tipo de información confidencial sobre ese caso. Mi tarea se limita...
--¿Cuántas mujeres ha empleado Buffalo Bill?
--La policía ha descubierto cinco.
--¿Todas desolladas?
--Parcialmente, sí.
--La prensa nunca ha explicado el motivo de ese nombre. ¿Sabe usted por qué se le llama Buffalo Bill?
--Sí.
--Dígamelo.
--Si echa un vistazo a este cuestionario, se lo diré.
--Lo haré, palabra. Ahora dígame, ¿por qué?
--Empezó como un chiste de mal gusto en la sección de homicidios de Kansas City.
--¿Y...?
--Le llaman Buffalo Bill porque arranca la piel a las chicas que se tira. -Starling descubrió que acababa de canjear la sensación de tener miedo por la de sentirse ruin. De escoger entre las dos, prefería tener miedo.
--Páseme el cuestionario.

Starling depositó la sección azul en la bandeja y la empujó. Permaneció sentada y quieta mientras Lecter la ojeaba sin excesivo interés.




--¿Cree usted, agente Starling -dijo él dejando el cuestionario en la bandeja-, que realmente puede hacer mi disección con este insuficiente y romo bisturí?
--No. Lo que creo es que usted puede prestar una inestimable colaboración y ayudarnos a profundizar en este estudio.
--¿Y qué razón habría de inducirme a hacer tal cosa?
--La curiosidad.
--¿Curiosidad de qué?
--De saber por qué está usted aquí. De averiguar lo que le sucedió.
--No me sucedió nada, agente Starling. Yo sucedí. No acepto que se me reduzca a un conjunto de influencias. En favor del conductismo han eliminado ustedes el bien y el mal, agente Starling. Han dejado a todo el mundo en cueros, han barrido la moral, ya nadie es culpable de nada. Míreme, agente Starling. ¿Es capaz de afirmar que yo soy el mal? ¿Soy la maldad, agente Starling?
--Creo que ha sido usted destructivo, lo cual para mí equivale a lo mismo.
--¿Solamente la maldad es destructiva? Si las cosas son tan simples, según tal razonamiento las tormentas son la maldad. Y el fuego, que también existe, y el granizo. Los que así piensan lo echan todo en un mismo saco que lleva por nombre «obra de Dios».
--Todo acto deliberado...
--Para entretenerme colecciono noticias de derrumbamientos de iglesias. ¿Se ha enterado del que acaba de producirse en Sicilia? ¡Maravilloso¡ Se desplomó la fachada aplastando a sesenta y cinco beatas que asistían a misa mayor. ¿Fue eso maldad? Si acordamos que sí, ¿quién la causó? Si Él está ahí arriba, créame, agente Starling, se regocija. El tifus y los cisnes, todo procede del mismo sitio.
--No soy capaz de explicar su personalidad, doctor, pero sé quién puede hacerlo.

El la interrumpió levantando la mano. Era una mano de hermosas proporciones, notó Clarice, con un dedo medio perfectamente duplicado. Se trata de la forma menos frecuente de polidactilia que existe. Cuando Lecter volvió a hablar, lo hizo con suavidad y en un tono agradable.

--Cuánto le gustaría a usted evaluarme, agente Starling. Con lo ambiciosa que es, ¿verdad? ¿Sabe en qué me hace pensar con ese bolso tan caro y esos zapatos baratos? Me hace pensar en una pueblerina. Una pueblerina aseada y resuelta a triunfar que ha adquirido un poco de buen gusto. Sus ojos parecen gemas de poco precio que fulguran con brillo superficial en cuanto consigue anticipar una pequeña respuesta. Y es usted inteligente, ¿me equivoco? Desesperada por no parecerse a su madre. Una mejor nutrición le ha hecho aumentar de estatura, pero no hace más de una generación que salió de las minas, agente Starling. ¿Pertenece a los Starling de Virginia occidental o los Starling peones agrícolas de Oklahoma, agente? Eligió a cara o cruz entre la universidad y las oportunidades que le ofrecía el Cuerpo Femenino del Ejército, ¿verdad? Permítame que le diga algo muy concreto sobre usted, señorita Starling, alumna de la academia del FBI. En la habitación que ahora comparte con otra alumna, tiene usted un rosario de cuentas de oro y cada vez que contempla lo pegajosas que las ha puesto el desuso, nota un feo nudo en la garganta, ¿no es así? Aquellos tediosos gracias, gracias, aquella obligación de tener que realizar aquel sincero manoseo, aquel ponerse sentimental al desgranar cada cuenta. Tedioso. Tedioso. Aburriiiido. Ser inteligente estropea muchas cosas, ¿no cree? Y el buen gusto desconoce la bondad. Cuando piense en esta conversación, recordará al mudo animal herido en el rostro cuando se deshizo de él. Si el rosario se ha puesto pegajoso, ¿cuántas otras cosas sufrirán la misma suerte con cada paso adelante que dé? Piensa en eso por las noches, ¿no es verdad? -preguntó el doctor Lecter con su tono más amable. Starling levantó la cabeza para mirarle de frente.
--Es usted muy perspicaz, doctor Lecter. No voy a negar nada de lo que ha dicho. Pero voy a hacerle una pregunta que tendrá que contestar ahora mismo, tanto si quiere como si no: ¿tiene usted la fortaleza suficiente para aplicar esa potente perspicacia sobre sí mismo? Es difícil de afrontar. Lo acabo de descubrir en estos últimos minutos. ¿Qué le parece? Contémplese a sí mismo y escriba la verdad. ¿Qué tema más adecuado o complejo podría usted encontrar? ¿O es que tiene miedo de sí mismo?
--Qué rigurosa es usted, agente Starling.
--Creo que bastante.
--Y no soportaría considerarse vulgar. Eso sí le dolería. Pues mire, no tiene nada de vulgar, agente Starling. Lo único que tiene es miedo de serlo. ¿Qué grosor tienen las cuentas de su rosario? ¿Siete milímetros?
--Siete.
--Permítame que le haga una sugerencia. Compre unas cuentas de ágata ojo de tigre y ensártelas mezclándolas alternativamente con las de oro del rosario. En grupos de dos o tres o una y dos, como le parezca que queda mejor. El ojo de tigre entona con el color de sus ojos y hará resaltar los reflejos de su cabello. ¿Le han enviado alguna vez una tarjeta el día de san Valentín?
--Sí.
--Ya hace días que estamos en cuaresma. Para san Valentín falta sólo una semana... Hmmmm... ¿Espera usted alguna tarjeta?
--Nunca se sabe.
--Tiene razón; nunca se sabe... He estado pensando en la fiesta de san Valentín. Me recuerda algo gracioso. Ahora que caigo en la cuenta, yo podría hacerla muy feliz el día de san Valentín, Clarice Starling.
--¿De qué modo, doctor Lecter?
--Enviándole una tarjeta maravillosa. Tendré que pensar en ello. Ahora tenga la bondad de disculparme. Adiós, agente Starling.
--¿Y el cuestionario?
--Una vez un individuo que confeccionaba el censo intentó evaluarme. Me comí su hígado guisado con alubias, plato que regué con un gran vaso de Amarone. Vuelva a la escuela, pequeña Starling. -Aníbal Lecter, cortés hasta el final, no le dio la espalda. Retrocedió hasta el catre, en el cual volvió a tumbarse, y se tornó tan remoto como un cruzado de piedra tendido en su sepulcro.

Starling se sintió repentinamente vacía, como si acabase de dar sangre. Tardó más de lo necesario en meter los papeles en la cartera porque por un momento pensó que las piernas no la iban a sostener. Starling estaba empapada de fracaso, aquel fracaso que tanto detestaba. Plegó la silla y la apoyó en la puerta del armario de limpieza. Tendría que volver a pasar por delante de Miggs. Barney a lo lejos parecía estar leyendo. Podía llamarle para que viniera a buscarla. Miggs a hacer puñetas. Era lo mismo que pasar ante los albañiles de una obra o cruzarse con algún mozo de reparto, cosa que en la ciudad ocurría todos los días. Empezó a alejarse por el pasillo. A su lado, muy cerca, la voz de Miggs siseó:

--Me he mordido la muñeca para matarme. ¿Has visto cómo sangra?

Hubiera debido llamar a Barney pero, sobresaltada, miró hacia el interior de la celda, vio que Miggs chasqueaba los dedos y antes de que pudiera volverse de espaldas notó una salpicadura caliente en la mejilla y en el hombro. Se alejó de la celda, advirtió que se trataba de esperma y no de sangre, y Lecter la llamaba, le oyó perfectamente. La voz del doctor Lecter a sus espaldas, con su cortante aspereza más pronunciada que antes.

--Agente Starling.

El doctor se había puesto de pie y la llamaba. Clarice revolvió en el bolso en busca de un pañuelo.

--Agente Starling -a sus espaldas.

Ella había recuperado la frialdad de su autodominio y avanzaba con firmeza hacia la reja. Clarice se detuvo. Se hallaba nuevamente ante la celda de Lecter contemplando el insólito espectáculo de ver al doctor agitado. Clarice sabía que él lo olería. Tenía un olfato capaz de olerlo todo.

--Lamento mucho lo que le ha sucedido. La descortesía me parece una actitud de una fealdad indecible.

Era como si el cometer asesinatos le hubiese purgado de groserías de menor importancia. O tal vez, pensó Starling, le excitaba verla marcada de aquella manera. No lograba averiguarlo. Las chispas de los ojos del doctor revoloteaban hacia el fondo oscuro de sus pupilas como luciérnagas dentro de una gruta. Clarice levantó la cartera.

--Por favor, conteste a esto.

Seguramente había llegado tarde; él volvía a estar calmado.

--No. Pero voy a hacer que se sienta feliz de haber venido. Le voy a dar otra cosa. Le voy a dar lo que usted aprecia más de todo, Clarice Starling.
--¿Qué es, doctor Lecter?
--Un ascenso, naturalmente. Encaja a la perfección, cuánto me alegro. La fiesta de san Valentín me ha hecho pensar en ello.

La sonrisa que iluminaba su pequeña y blanca dentadura podía deberse a cualquier cosa. Habló en voz tan baja que ella apenas si le oyó:

--Busque sus tarjetas de san Valentín en el coche de Raspail. ¿Me ha oído? Busque sus tarjetas de san Valentín en el coche de Raspail. Más vale que se vaya; no creo que Miggs pueda conseguirlo otra vez tan pronto, ni aun a pesar de estar loco, ¿no le parece?










martes, noviembre 18, 2008

"El primer peldaño", de Konstantinos Kavafis





A Teócrito se quejaba
un día el joven poeta Eumenes:
"Dos años han pasado desde que escribo
y un idilio he hecho solamente.
Es mi única obra acabada.
Ay de mí, es alta, lo veo,
muy alta la escala de la Poesía;
y del primer peldaño aquí donde estoy
nunca he de subir el desdichado".
Dijo Teócrito: "Esas palabras
son impropias y blasfemas.
Y si estás en este primer peldaño debes
estar orgulloso y feliz.
Allí donde has llegado, no es poco:
cuanto has hecho, grande gloria.
Y aun este primer peldaño
dista mucho de la gente común.
Para que hayas pisado en esta grada
es menester que seas con derecho
ciudadano en la ciudad de las ideas.
Y es difícil y raro que en aquella ciudad
te inscriban como ciudadano.
En su ágora hallas Legisladores
a los que no burla ningún aventurero.
Aquí donde has llegado, no es poco:
cuanto has hecho, grande gloria".









Traducción de Miguel Castillo Didier









lunes, noviembre 17, 2008

«Sin origen», de Carlos Almonte






El otoño de las selvas que pasan 
desde laderas estriadas de raíces 
me anuncia mi regreso al lejano país de todo o nada. 

Enrique Lihn



Hace tanto que me encuentro envuelto en este ánimo perverso, compuesto de techos amarillos, viajes a pedido y calles recién pavimentadas. Me rebelo contra todo, siempre ha sido así, me opongo a quien se cruce por delante. Es odio y asco y a la vez amor y afecto. La humanidad está hecha de plomo, por eso cuesta adelantar. El pueblo en ruinas, allá lejos, ha soportado terremotos y las maldiciones de los curas que no hacen más que amenazar, tender trampas y mantener el miedo como forma del apego. La religión no es más que apego y pertenencia. El arte es el opuesto; el espíritu también. La muerte se ha vencido a sí misma, se ha descolgado por murallas de castillo, por un lago en primavera, por mi voz. Aún así, escribo o imagino mientras esta luz cambia y se hace tenue. No me venzo, no me ahogo, no me rindo. Busco en los pertrechos una dosis de cianuro, siempre lista, por si llega ese momento en que el honor se rinde ante el destino. Miro, huelo, sacrifico, retrocedo. Cambio identidades, me reflejo en aguas invisibles (el espejo se ha quebrado). No es más que una entelequia, una ilusión temprana, que remece el ansia de no estar acá, de no estar allá, ni en ninguna otra comarca. No sé cómo he llegado a donde estoy. Busco en la memoria pero es imposible. No hay señales, no hay senderos, no hay personas. Miro el plano y las calles se aparecen cual serpientes, enroscadas, venenosas. Giran por el viento y la mirada se hace exacta. Tornan hacia izquierda, norte, arriba. Bajan, llenan, accidentan, asesinan. Entro a un bar y salgo tal como ingresé, solo, hastiado. Escribo algunas líneas a un amor correspondido, amor lejano, amor ya muerto. Pienso en visitar la tumba, llevar flores, cantar una canción. Luego pienso en mis amigos, en la historia que llegué a escribir. Cuatro tipos cruzan Sudamérica y en el intertanto trazan, cada uno, su versión. Llegan al DF (Defectuoso, Difamante). Se separan. Uno muere atropellado. Otro sigue viaje a España. Uno se abandona en el alcohol. Y yo muero lentamente, agotado en el exceso de existir, perseguido por fantasmas que no existen, por personas que asemejan a fantasmas, por mí mismo que ya no sé cómo vivir. Toda tragedia termina en tragedia, qué se le va a hacer. Decir algo distinto sería impropio, hasta ofensivo. Marco aún más las líneas del trazado y pienso en que es mejor volver; regresar a aquel lugar que jamás fue mi lugar. Mi origen se ha perdido, ya lo sé. Aunque lo rastree, aunque lo averigüe, aunque reclame, se ha desvanecido como un río frente al mar. No soy nadie, nadie es nadie, hemos desaparecido para siempre. Bebo agua de la llave y subo a mi butaca. El Gran Norte es mi destino.



en Antología visceral: ficciones dentro de ficciones, 2006
















domingo, noviembre 16, 2008

"Trigal", de Sandro





Trigal, donde mis manos se dilatan,
se comprimen y arrebatan...
el color de tu trigal.
Trigal... ¡Ay! Trigal...

Dame el trigal de tus amores
para calmar viejos dolores...
con el pan de tu trigal.
Trigal... ¡Ay! Trigal...

Trigo maduro hay en tu pelo...
robó quizá la luz al sol.
Yo soy el dueño de tu fruto,
soy el molino de tu amor...

Ay! Trigal... Dame tu surco y dame vida...
Borra mi tiempo y esta herida...
si ya es mío tu trigal.

(Instrumental)

Trigo maduro hay en tu pelo...
robó quizá la luz al sol.
Yo soy el dueño de tu fruto,
soy el molino de tu amor...

¡Ay! Trigal... Dame tu surco y dame vida...
Borra mi tiempo y esta herida...
si ya es mío tu trigal.








en Sandro, 1969.






Video de Sandro cantando 'Trigal'




sábado, noviembre 15, 2008

"El loco mirando desde la puerta del jardín", de Leopoldo María Panero






Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina








en Poemas del manicomio de Mondragón, 1987










viernes, noviembre 14, 2008

"Como tú...", de León Felipe





Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera.









en Versos y oraciones de caminante (1920-1929)


















Colaboración a Dscntxt de Raúl Porto, desde el más acá.













jueves, noviembre 13, 2008

"Telegrafía simplista", de Alberto Hidalgo







La lluvia pone paraguas
sobre las cabezas de los ciudadanos.

Las miradas resbalan en el suelo,

ignorantes del equilibrio.

Los hilos de las conversaciones se humedecen

y quedan en las aceras sus ovillos mojados.

El telégrafo sin hilos es inútil.

La lluvia es un aparato Morse
sobre los vidrios de las ventanas:

tac, tactac, tac, tac

El cielo y yo cambiamos noticias
por intermedio de los alambres de agua.









miércoles, noviembre 12, 2008

"Sepulcros adiestrados", de Cicerón





En Hyrcania, la plebe alimenta perros públicos: los grandes y nobles perros domésticos. Ya sabes que en aquellas tierras se da una de las mejores castas de perros. Y estos perros los cría cada uno según sus facultades, para que después de la muerte los devoren, y creen que ésta es la mejor sepultura.







en Cuestiones Tusculanas, libro primero.







martes, noviembre 11, 2008

“El largo adiós”, de Raymond Chandler

Capítulo I





L
a primera vez que posé mis ojos en Terry Lennox, éste estaba borracho, en un Rolls Royce Silver Wraith frente a la terraza de The Dancers.

El encargado de la playa de estacionamiento había sacado el auto y seguía manteniendo la puerta abierta, por que el pie izquierdo de Terry Lennox colgaba afuera como si se hubiera olvidado que lo tenía. El rostro de Terry Lennox era juvenil, pero su cabello blanco como la nieve. Por sus ojos se podía ver que le habían hecho cirugía estética hasta la raíz de los cabellos, pero, por lo demás, se parecía a cualquier joven simpático en traje de etiqueta, que ha gastado demasiado dinero en uno de esos establecimientos que sólo existen con ese fin y para ningún otro.

Junto a él había una muchacha. El tono rojo profundo de su cabello era encantador; asomaba a sus labios una lejana sonrisa y sobre los hombros llevaba un visón azul que casi lograba que el Rolls Royce pareciera un auto cualquiera. Pero no lo conseguía enteramente; nada hay que pueda lograrlo.

El cuidador era de este tipo característico de semimatón vestido de uniforme blanco y mostrando en letras rojas, cosidas sobre el pecho, el nombre del restaurante. Estaba levantando presión.

—Oiga, señor dijo subrayando las palabras—, ¿quiere usted tener la santísima amabilidad de poner la pierna dentro del coche para que yo pueda cerrar la puerta? ¿O es que tendré que abrirla del todo, para que usted pueda caerse al suelo? La joven le dirigió una mirada que debió de haberle tras pasado la espalda. Pero el tipo no se conmovió en lo más mínimo. En The Dancers están acostumbrados a esa clase de gente que nos decepciona, por lo que una montaña de dinero puede hacer con su persona. Un coche extranjero tipo sport, de carrocería alargada y baja, sin capota, entró en la playa de estacionamiento: de él bajó un hombre que encendió un largo cigarrillo con el encendedor del tablero del coche. Llevaba un pulóver a cuadros, pantalones amarillos y botas de montar. Se alejó dejando tras de su una estela de incienso y sin siquiera molestarse en mirar en dirección del Rolls Royce. Seguramente pensó que sería cursi. Al llegar al pie de la escalinata que conducía a la terraza, hizo una pausa para ajustarse el monóculo.

La muchacha, en un encantador arranque de espontaneidad, dijo:

—Tengo una idea maravillosa querido. ¿Por qué no llevas a guardar este cabriolet y sacas tu descapotable? Es una noche maravillosa para un paseo por la costa hasta Montecito. Conozco allí a unos amigos que han organizado un baile junto a una piscina de natación.

El hombre de pelo blanco replicó cortésmente: —Lo siento mucho, pero ya no lo tengo. Me vi obligado a venderlo. —Por el tono de voz y la forma de articular las palabras podría haberse llegado en seguida a la conclusión de que no había bebido nada más alcohólico que jugo de naranjas.

—¿Lo vendiste, querido? ¿Cómo es posible?

Se apartó de él corriéndose sobre el asiento, pero la voz se alejó mucho más que ella.

—Tuve que hacerlo —expresó él— para poder comer.

—Ah, comprendo.

Si sobre ella hubiera caído en ese momento un helado, no se habría derretido.

El cuidador tenía al joven de cabello blanco en posición cómoda para hacerle frente: era un hombre de ingresos escasos.

—Oiga, amiguito —le dijo—, tengo que sacar un coche. Espero poder atenderlo un poco más en otra oportunidad… tal vez.

Y dejó que la puerta se abriera de golpe. El borracho se deslizó rápidamente y fue a dar con el fundillo en el piso de asfalto. De modo que yo intervine y puse mi granito de arena. Creo que siempre se comete un error cuando se mete uno con un borracho. Aunque lo conozca a uno y simpaticen, es capaz de saltar y pegarle a uno en los dientes. Lo tomé por debajo de los brazos y lo levanté.

—Muchísimas gracias —dijo cortésmente.

La muchacha se corrió hacia el volante. —Se vuelve tan inglés cuando está ebrio —apuntó ella con voz de acero inoxidable—. Gracias por haberlo levantado.

—Voy a ponerlo en el asiento de atrás —le ofrecí.

—Lo siento mucho. Tengo un compromiso y se me hace tarde. —Apretó el embrague y el Rolls Royce comenzó a andar. —Es un caso perdido —agregó con fría sonrisa—. Tal vez usted pueda encontrarle una casa donde vivir. Está en bancarrota… más o menos.

Y el Rolls Royce franqueó la salida en dirección al Sunset Boulevard, giró hacia la derecha y desapareció. Me había quedado mirándola, cuando regresó el cuidador. Yo seguía sosteniendo al hombre que ahora se había quedado profundamente dormido.

—Linda manera de resolver el problema —le dije al del uniforme blanco.

—Ya lo creo —asintió él con cinismo—. ¿Por qué va a perder el tiempo con un borracho con las curvas que tiene y todo lo demás?

—¿Usted conoce a este hombre?

—Oí que la dama lo llamaba Terry. Por lo demás no lo conozco ni por las tapas. Hace sólo dos semanas que estoy aquí.

—¿Quiere hacer el favor de traerme mi coche? —y le di el número.

Cuando volvió con mi Oldsmobile, me parecía estar sosteniendo una bolsa llena de plomo. El tipo del uniforme blanco me ayudó a colocarlo en el asiento delantero. El cliente abrió un ojo, nos dio las gracias, y siguió durmiendo.

—Es el borracho más cortés que he encontrado en mi vida —dije al del saco blanco.

—Vienen en todas las medidas y formas, y con toda clase de modales —dijo—. Y son todos unos inútiles. Parece que a éste le hicieron cirugía plástica.

—Sí. —Le di un dólar y él me agradeció. Tenía razón en lo referente a la cirugía plástica. El lado derecho de la cara de mi nuevo amigo estaba congelado, blancuzco y cosido con finas y tenues cicatrices. La piel, a lo largo de las cicatrices, tenía apariencia satinada. Un trabajo plástico, y bien drástico por cierto.

—¿Qué piensa hacer con él?

—Llevarlo a casa y desembriagarlo lo suficiente como para que me diga dónde vive.

El del uniforme blanco me hizo una mueca.

—Está bien, amigo. Si por mí fuera lo dejaría caer en la primera cloaca y seguiría viaje. Estos malditos borrachos no hacen más que crearle a uno dificultades, sin dar ninguna ventaja. Tengo mi filosofía sobre estas cosas. Tal como anda la competencia en nuestros días, la gente tiene que reservar sus fuerzas para defenderse en los cuerpo a cuerpo.

—Veo que gracias a eso ha logrado usted mucho éxito —le dije.

Me miró intrigado y luego empezó a enojarse, pero yo ya estaba dentro del coche y marchándome.

Por supuesto que en parte tenía razón. Terry Lennox me acarreó abundantes problemas. Pero, después de todo, aquello estaba dentro de mi ocupación habitual. Este año yo vivía en una casa de la avenida Yucca, en el distrito Laurel Canyon. Estaba situada en una calle cerrada, bordeada por una hilera de eucaliptos; la casa era pequeña y una larga serie de escalones de pino colorado conducía a la puerta principal. La casa era amueblada y pertenecía a una mujer que se había ido a Idaho a vivir durante un tiempo con su hija viuda. El alquiler era reducido, en parte porque la propietaria quería reservarse el derecho de regresar avisándome a corto plazo, y en parte debido a la longitud de las escaleras. Se estaba haciendo demasiado vieja como para enfrentarse con ellas cada vez que volvía a casa.

Me las arreglé como pude para transportar al borracho Estaba ansioso por colaborar, pero sus piernas parecían de goma y se quedaba dormido en medio de una frase de disculpa o de justificación. Conseguí abrir la puerta con la llave, lo arrastré adentro y después de extenderlo sobre un largo sofá, le eché encima una manta y dejé que siguiera durmiendo. Durante una hora roncó como un lirón y de pronto despertó y quiso ir al baño. Cuando volvió, me miró de soslayo en forma inquisitiva y quiso saber dónde demonios estaba. Se lo dije. Me contestó que su nombre era Terry Lennox, que vivía en un apartamento en Westwood y que nadie lo esperaba. Su voz era clara y se expresaba correctamente.

Me confesó que le vendría bien una taza de café. Cuando se lo di comenzó a sorberlo con cuidado, sosteniendo el plato muy cerca de la taza.

—¿Cómo vine a parar aquí? —preguntó, mirando a su cuerpo.

—Usted salió medio borracho de The Dancers en un Rolls Royce. Su amiga lo dejó plantado en la calle. —le dije.

—Comprendo —contestó—. No hay duda de que estaba plenamente justificada al hacerlo.

—¿Usted es inglés?

—He vivido en Inglaterra, pero no nací allí… Si pudiera llamar un taxi me iría ahora mismo.

—Hay uno que le está esperando.

Bajó las escaleras por sus propios medios. Durante el viaje a Westwood no habló mucho, excepto agradecerme por acompañarlo y decirme que lamentaba causarme tanta molestia. Probablemente había dicho aquello con tanta frecuencia y a tanta gente que sonaba como algo automático. Su departamento era pequeño, interior y totalmente impersonal. Podría haberse pensado que acababa de mudarse esa tarde. Frente a un duro sofá de color verde fuerte había una mesa encima de la cual se amontonaban una botella de whisky medio vacía, un recipiente con hielo derretido, tres botellitas vacías de soda, dos vasos, y un cenicero de vidrio lleno de colillas con y sin huellas de lápiz labial. En la habitación no había ninguna fotografía u otro objeto de carácter personal. Podía haber sido una de esas habitaciones de hotel que se alquilan para una reunión o una despedida, para tomar unas copas y charlar o para una cita de amor. No parecía un lugar donde viviera alguien.

Me ofreció tomar algo y yo se lo agradecí, pero sin aceptar. Tampoco tomé asiento. Cuando me fui me agradeció de nuevo, pero de forma que pareciera que no consideraba que yo hubiera escalado una montaña por él, pero tampoco como sí se tratara de una cosa sin importancia alguna. Se mostró algo vacilante y un poco tímido, pero terriblemente cortés. Permaneció al lado de la puerta abierta hasta que llegó el ascensor automático y entré. Podía carecer de cualquier cosa, pero era educado.

No volvió a nombrar a la muchacha. Tampoco mencionó el hecho de no tener trabajo, ni perspectivas de conseguirlo, ni que su último dólar se había ido en pagar la cuenta en The Dancers para una sedosa muñeca de alta sociedad que ni siquiera se quedó el tiempo suficiente para asegurarse que un auto no le pasara por encima.

Al bajar por el ascensor sentí el impulso de volver a subir y llevarme la botella de whisky. Pero no era asunto de mi incumbencia y, de todos modos, eso nunca sirve de nada. Siempre se encuentra la forma de conseguir bebida si se desea.

Me dirigí a casa reflexionando sobre lo ocurrido. Creo ser un tipo duro, pero había algo en ese muchacho que me impresionó. No sabía qué era, a menos que se tratara del cabello blanco, las cicatrices en la cara, su voz clara y su cortesía. Tal vez todo aquello fuera suficiente. No había motivo para pensar que podría volver a verlo. Era simplemente un caso perdido, como había dicho la joven.










lunes, noviembre 10, 2008

«Autorretrato Nº 1», de Alfonso Alcalde





Hoy no estoy
escapé de la hora mundial
y no tengo piel
me desalojé
y soy lo que voy nombrando
y voy en lo que va volando
y creo en lo que sigo mintiendo

Muro del aire y de las edades
no me detengas!
en un puñado llevo la sorpresa
de los huesos, el azar, la posibilidad
el cálculo, la suma, la puerta de una vida,
el riesgo, la sangre que más tarde
me edificará, de paso en el trigo.

Pero sigo transparente
y caigo en mi nombre
crucificado y estacionario
como una carta en el ojo
de la amada.

Soy el incongruente
el que no alcanza en su espejo
el que se evade de su racimo
y desde afuera lo ataca
y desde adentro lo niega.

¡Vámonos Alfonso -me digo-
en la mudanza sin término
con los bártulos del cielo
hasta la muerte secreta
donde mi mujer está
también naciendo
y por fin me acomodo
tomo sus pulsaciones,
incorporado al arco de sus senos
armado en la torre de sus muslos
levantado en la onda de su entrega
y cuando por fin la completo
sé que existo,
y ya no soy sino lo que ella ordena:
una mano que escribe
y otra que va borrando.














domingo, noviembre 09, 2008

"Me van a tener que disculpar", de Eduardo Sacheri

Fragmento



Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».

Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeas porque sabes que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.

Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.

Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.










2000






Contribución a Dscntxt de Cristóbal Viñes









sábado, noviembre 08, 2008

El discurso de la victoria de Barak Obama

Texto pronunciado ante más de 100.000 personas en el Grant Park de Chicago





Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible. Quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos. Quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia... Esta noche es su respuesta.

Es la respuesta dada por las filas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.

Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.

Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.

Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor. Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos.

Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain. El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado. Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.

Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.

Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.

Sasha y Malia, las quiero a las dos más de lo que pueden imaginar. Y se han ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca. Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Los extraño esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable

A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me han dado. Estoy agradecido a todos ustedes. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.

A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino. Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Ustedes hicieron realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que han sacrificado para lograrlo.

Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Esta victoria le pertenece a ustedes. Le pertenece a ustedes.

Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares, diez dólares, veinte dólares... Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron atrás sus casas y sus familiares para hacer trabajos que les procuraron poco dinero y menos sueño. Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron como voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.

Esta es vuestra victoria.

Y sé que no lo hicieron sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicieron por mí. Lo hicieron porque entienden la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas -dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo-. Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros. Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.

Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar.

El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos. Les prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.

Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas, pero siempre seré sincero con ustedes sobre los retos que nos afrontan. Los escucharé, sobre todo cuando discrepemos. Y sobre todo, les pediré que participen en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años: bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.

Lo que comenzó hace veintiún meses, en pleno invierno, no puede terminar en esta noche otoñal. Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin ustedes, sin un nuevo espíritu de sacrificio. Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno eche una mano y trabaje más y se preocupe no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.

Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren. En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo. Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional. Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso. Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra: "no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto".

Y a aquellos estadounidenses cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido vuestro voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito vuestra ayuda. Y seré vuestro presidente, también. Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.

A aquellos que derrumbarían al mundo: los vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: los apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales: la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.

Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana. Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que hicieron fila para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.

Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos, la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos.

En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos.

Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes. Sí podemos.

Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada. Sí podemos.

Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: "Lo superaremos". Sí podemos.

Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación.

Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar. Sí podemos.

Estados Unidos ha avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos -si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?

Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento. Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza.

Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos.

Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.










viernes, noviembre 07, 2008

“Twister”, de Michael Crichton

Introducción -al guión-






Durante el día han caído varias tormentas, y el cielo ha estado cubierto de nubes bajas y oscuras. Ahora, a últimas horas de la tarde, el viento amaina de repente. El aire perma­nece opresivamente quieto. Hay silencio, y una sensación de presagio flota en el am­biente. El cielo adquiere un aspecto amenazador, teñido de púr­pura y verde. A lo lejos un débil y perezoso torbellino de polvo gira sobre la tierra.

Está formándose un tornado.

De pronto un embudo gris de condensación surge de las nubes y desciende poco a poco hacia el suelo, como un dedo frágil y nudoso. Se extiende hacia abajo, en silencio. Al tocar el suelo, el embudo empieza a girar con mayor rapidez. Se produce un ruido sordo, como el rugido de un enorme tren de mercancías, cuando el tornado comienza a avanzar sobre el terreno, agitando el polvo y los escombros que encuentra a su paso. Nadie es capaz de predecir lo que sucederá a continua­ción. La mayoría de tornados pierden potencia al cabo de pocos minutos, el embudo se reduce, se ladea y se rompe, disipándose tan rápidamente como se ha formado.

En otras ocasiones, por el contrario, la potencia y el es­truendo del tornado comienzan de manera uniforme. La base se ensancha, creciendo su diámetro de unos cien metros hasta casi un kilómetro. El viento alcanza los quinientos kilómetros por hora. Estos enormes tornados pueden per­manecer sobre la tierra durante una hora, y dejan tras de sí una estela de devastación que puede llegar a tener ciento cincuenta kilómetros de largo y un kilómetro de anchura, hasta desvanecerse finalmente y desaparecer en el cielo, de donde surgieron.

¿A qué se debe que un tornado dure sólo unos pocos se­gundos y otro, en cambio, se prolongue durante una hora, causando muerte y destrucción? Nadie lo sabe con certeza. Los científicos han realizado complejos modelos informáti­cos, simulaciones de laboratorio y numerosas observaciones sobre el terreno. Pero no se ha obtenido una explicación plausible, ni si­quiera en la actualidad.

En Estados Unidos se producen más tornados que en cual­quier otro país del mundo. Aunque aparecen tornados en cualquier parte del planeta, la geografía estadounidense es sin­gularmente propicia para su formación. Cada primavera el aire frío v seco que desciende de Canadá se encuentra con el aire cálido y húmedo que asciende desde el golfo de Méxi­co. Estos frentes meteorológicos coinciden sobre las extensas y llanas praderas de la zona central de Estados Unidos, pro­duciendo enormes bancos de nubes tormentosas de gran be­lleza y potencia. Algunos de esos bancos de nubes tormento­sas, quizá uno de cada mil, generan tornados.

En Kansas, Oklahoma y Texas, los tornados son tan habituales que se conoce a la zona desde hace tiempo como el Callejón de los Tornados. Debido a la frecuente aparición de tornados en los estados centrales, éstos se han convertido en el lugar ideal para observar su formación. Cada primavera un grupo de científicos, conocidos familiarmente como «ca­zadores de tormentas», recorren la región de un lado a otro en busca de tornados y los estudian de diversas formas.

Los cazadores de tormentas son gente poco común. Combinan el rigor de la ciencia pura con el enfoque instin­tivo de los naturalistas y cazadores. Su temporada de trabajo es corta, ya que sólo dura unos meses al año. Realizan su la­bor a un ritmo frenético y, a veces, en condiciones peligro­sas, ya que estudian uno de los fenómenos más impredecibles y potencialmente mortales de la naturaleza. Deben ser pacientes por encima de todo, pues en un buen año observarán dos o quizá tres tornados, mientras que en un año malo no verán ninguno.

Cada año se producen más de mil tornados en territorio estadounidense, pero la mayoría de ellos son fugaces y sólo duran unos pocos minutos. Son muchos los que ocurren por la noche o en regiones remotas, y no llegan a ser vistos por nadie. Debido a su naturaleza elusiva los tornados han podido ser filmados en muy raras ocasiones, por lo que, ge­neralmente, en las noticias de la televisión sólo podemos contemplar las consecuencias de estos fenómenos —ciudades devastadas, granjas destruidas, etc.—, imágenes grabadas mucho después de que el tornado se haya desvanecido. Antes de 1965 sólo pudieron filmarse dos de estos fenóme­nos naturales, tan misteriosos y temidos, y hasta entonces vistos por muy pocas personas, quienes los describían como salvajes e imprevisibles. Esto cambió con la llegada de las cámaras de video a los hogares. A finales de la década de los ochenta había una de esas cámaras en la mayoría de los hogares estadounidenses, y pronto cientos de ciudadanos pudieron filmar tornados en sus diferentes manifestaciones. Gracias a esta fuente de in­formación visual se obtuvo una nueva comprensión científica del fenómeno. Se supo algo más del comportamiento de los tornados, al menos desde un punto de vista descriptivo. Se reconoció, por ejemplo, que tenían un ciclo vital característico, marcado por singulares fases visuales. Al mismo tiempo hubo avances científicos notorios con respecto a este fenómeno. Gracias al sistema nacional de radar Doppler, los cazadores de tormentas contaron con datos fiables acerca de la zona donde podría producirse un tornado. Además los propios cazadores emplearon técnicas avanzadas, como radares Doppler portátiles, fotogrametría de partículas e incluso, en el caso del pionero Howard Bluestein, un equipo instrumental especial llamado TOTO (observatorio portátil de tornados), transportado en un ca­mión, que se colocaba en medio de la trayectoria del torna­do, a fin de que fuera absorbido por éste.

El trabajo de los cazadores de tormentas y la misma espectacularidad de los tornados han interesado desde hace tiempo a mi esposa, Anne-Marie Martin, que en más de una ocasión me comentó que alguien debería hacer una pelícu­la sobre el tema. Mi respuesta era siempre la misma: es un buen tema, pero ¿cuál es la historia? A finales de 1993 me presentó una estructura muy sencilla, un triángulo amoro­so cuyo telón de fondo sería el empeño por colocar un equi­po de instrumentos especiales en la ruta seguida por un tor­nado. En su opinión, la tensión sufrida por los protagonistas de la historia los induciría a comportarse de una manera exagerada, a decir y a hacer cosas que en circunstancias nor­males no dirían o harían. Me propuso un curso temporal corto e intenso, que no debía durar más de un día o dos. Y argumentó en favor de incluir abundantes diálogos de ca­rácter científico que arrastraran con ellos mensajes de significación personal; éstos se hallarían escondidos tras una su­perficie técnica. Mostré mis dudas, pues ese procedimiento ya lo había empleado en un guión llamado ER y, hasta en­tonces, nadie lo había convertido en película.

A pesar de todo, su idea fue arraigando en mí poco a poco. El tema me pareció desde el principio inherentemen­te visual y, por lo tanto, consideré que debía convertirse en un guión, no en una novela. Los tornados son un tema ci­nematográfico ideal porque, a diferencia de la mayoría de fenómenos naturales, por sus dimensiones pueden encajar en un encuadre cinematográfico, además, duran poco tiempo y cambian con rapidez; mientras que un huracán, por ejemplo, tiene varios cientos de kilómetros de diámetro y es demasia­do grande para verlo en una sola imagen; además, se man­tiene durante horas con muy pocos cambios. Los tornados son fenómenos tormentosos más atractivos visualmente.

La investigación preliminar demostró que la premisa era válida, lo que no hizo sino estimularnos a llevar adelante el proyecto. Los científicos no sólo habían tratado de colocar equipos de instrumentos en los embudos, sino que contaban con numerosos episodios grabados de lo que denominan «estallidos» de tornados, durante los que pueden llegar a producirse hasta cien tornados en un solo día, a menudo con muy pocos minutos de diferencia. Eso era precisamente lo que necesitábamos para nuestra historia, y ocurría además en la realidad. Ni siquiera era un fenómeno extraño, ya que en los últimos diez años se han producido estallidos de cuaren­ta o más tornados. El peor estallido registrado, según Ted Fujita, ocurrió en abril de 1974, cuando se produjeron 148 tornados que dejaron una estela de 3.840 kilómetros de daños.

Así pues, todo parecía indicar que la historia era posible. Finalmente, y no sin cierto entusiasmo, decidimos escribir juntos el guión, que iniciamos en enero de 1994. Ninguno de los dos tenía muy claro qué resultaría de esa experiencia y si podríamos trabajar juntos. Fueron muchas las voces que nos advirtieron que esa clase de colaboración podía significar el fin de un matrimonio. Pero, tal como salieron las cosas, trabajar en equipo nos resulto bastante fácil, no teníamos muy claro como debíamos estructurar el trabajo, pero fue el quehacer diario el que fue dictando los pasos que debíamos dar a continuación invariablemente, redactábamos los episodios y detalles basándonos en acontecimientos reales sin inventar nada, con ello tratábamos de evitar la exageración, ya que los tornados son inherentemente espectaculares y resulta fácil llegar al exceso, a la forma habitual de Hollywood. Nosotros queríamos que lo narrado en la película fuera lo bastante verosímil y tuviera visos de realidad.

Y esa realidad fue siempre preocupante, pues lo que no sabíamos durante la primavera y el verano de 1994 era si sería posible filmar las secuencias que con tanto cariño escribíamos. Confiábamos en los avances llevado a cabo en los últimos años en el campo de efectos especiales por ordenador, aunque sabíamos que sería más complejo simular un tornado mediante proceso informático que aplicar un programa de animación para la creación de un dinosaurio. Por otro lado, Industrial Light and Magic (ILM), de George Lucas, es una de las empresas de efectos especiales por ordenador que ha alcanzado un éxito más continuo en la historia cinematográfica estadounidense. Así, asumimos alegremente que continuarían produciéndose rápidos avances en este campo por parte de la ILM, de modo que cuando termináramos de escribir el guión sería posible simular en la pantalla las condiciones de un tornado. Y así fue. En enero de 1995 vimos una prueba en pantalla que resultó escalofriante por su verosimilitud.

Como sucede con tanta frecuencia con las grandes películas de Hollywood, otras manos se encargaron del proyecto y lo hicieron avanzar en otras direcciones. Lo que verá el público será el resultado del trabajo de muchos autores cuya tarea no será reconocida; pero quizá a los lectores les interese saber cómo surgió el proyecto en su fase inicial.

Mientras tanto, en el mundo real, Howard Bluestein y otros investigadores han abandonado ya hace tiempo sus intentos por situar un equipo instrumental especial en el embudo de un tomado. Lo intentaron durante cinco temporadas, sin lograrlo en ninguna ocasión, aunque si pudieron determinar que el TOTO era demasiado ligero y muy sensible a los vientos tormentosos. No obstante, sentimos la mayor admiración por la tenacidad y la osadía de los cazadores de tormentas y, al escribir este guión, confiamos que les divierta descubrir que sus intentos alcanzaron éxito, al menos en las películas.






1996