viernes, noviembre 21, 2008

“Realeza”, de Álvaro Bisama






D
os o tres de la mañana.
Zalo Reyes canta un viejo hit de Tom Jones –“It’s not inusual”, aquella canción que Tim Burton revisitó en clave camp para Marte ataca- frente a un auditorio de chicos góticos, brit pop, post punk, clones gay y una que otra adolescente maquillada de animé.

Estamos en la Blondie. Zalo Reyes luce gordo. Zalo Reyes luce sudado. Zalo Reyes efectivamente parece Tom Jones y la Blondie es una versión menor o más Ed Wood de Las Vegas. Faltan las máquinas tragamonedas, pero está el frenesí, la idea desaforada y genial de salir de noche a adquirir un glamour pop imposible de sostener de día. Zalo Reyes es la música –aquí y ahora- perfecta para eso.

No está mal.

Un héroe cebolla de los 80 frente a un público que lo considera de culto.

Efecto residual, colateral de la moda: la Blondie propaga cierta dignidad en el kitsch, en la caricatura. Reyes es eso: el retorno de las radios AM como una revancha del suburbio, como un camino hacia el corazón cuma de la ciudad. Es música que suena mal, pero emociona. Aquí Reyes es un héroe: el lado B triunfa en su ley, adquiere dignidad, se convierte en una estética por derecho propio. Tal vez tenga que ver con que Reyes no sale en la tele, no aparece en los rankings, no está a la cabeza de ninguna moda. No. Reyes tiene o tuvo problemas con la ley, habla en tercera persona de sí mismo –como Martín Vargas: otro ídolo de brillante decadencia- y está hecho mierda como sólo los verdaderos héroes se pueden hacer mierda, de a poco, a costa de dosis constantes de bohemia, idiotez y locura.

Si estuviéramos en otro país, Zalo Reyes sería una especie de emblema patrio, le levantaríamos altares. Aquí, por el contrario, languidece en cierto silencio mediático que se quiebra cuando resucita en lugares como éste y salva la noche.

Ésta es su revancha.

Zalo Reyes se agita entre las pistas grabadas, baila como un fauno, pronuncia el inglés de manera cavernaria pero sexual, mientras aprieta a una ninfa postmoderna y dark que ha subido como groupies improvisada al escenario. El Gorrión de Conchalí es un águila en celo. Así, pega su cuerpo al de la chica y la agarra de las caderas: piernas contra pierna, sudor contra sudor, mejilla contra mejilla. En el medio de todo, su voz quebrada y aflautada calentando el aire mientras exclama “así se baila mijitaaa!!!” y el público lo celebra. La Blondie arde, baila con él. Corea sus canciones. La cara sudada de Zalo Reyes brilla con la luz negra de los candelabros, entremedio de un paisaje de gárgolas de cartón piedra, detalles medievales o religiosos que son el ambiente perfecto para una fiesta pagana como ésta.

Esos monstruos protegen el lugar. Lo preservan de todo mal. Reyes debe hacer un pacto con ellos, los dioses de este espectáculo menor, domarlos. Y lo hace. Zalo Reyes conoce todo el vudú que la ciudad necesita. Está más allá de la dictadura del buen gusto, más allá de la dictadura de la moda.

Su música viene de más allá: del extrarradio, es el asalto de la voz de quienes no tienen voz, la música de las fiestas privadas de una intimidad que no ha sido narrada jamás. Zalo Reyes compone y canta la banda sonora de las emociones reprimidas, de amores secretos, de despedidas atroces frente a la línea de fuego.

Y funciona. Sobrevive. Vive.

Reyes es la música de la ciudad. Música de rincones, de habitaciones oscuras. La música que escuchan las mujeres y hombres solos en Recoleta, en Conchalí o en San Bernardo, mientras acunan a sus bebés o esperan la llegada de sus hijos adolescentes de la fiesta de la otra cuadra. Es música de penumbras, nocturna.

Zalo Reyes lo sabe. Ni siquiera la bohemia ha podido destruir eso. Su voz está quebrada, rasgada por las cuchillas del tiempo, pero conserva su dignidad de realeza oscura. La gente que acá lo nota lo agradece y lo venera. Más rato bailarán los éxitos Indie de la temporada. Por ahora, lo único verdadero que tienen es Zalo Reyes, el cantante de las madres, un ícono incombustible quemándose frente a ellos, brillando en medio de tanta oscuridad buscada.







en Postales urbanas, 2006
















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