martes, octubre 21, 2008

Discurso del Dalai Lama al recibir el premio Nobel de la Paz





H
ermanos y hermanas:

Es un honor y un placer estar hoy entre ustedes. Me alegro realmente de ver muchos viejos amigos que han venido de diferentes rincones del mundo y de poder hacer nuevos amigos, a quienes espero encontrar de nuevo en el futuro. Cuando me encuentro con gente de diferentes partes del mundo, siempre recuerdo que todos nosotros somos básicamente iguales: todos somos seres humanos. Posiblemente vistamos ropas diferentes, nuestra piel sea de color diferente o hablemos distintos idiomas. Pero esto es superficial, en lo básico, somos seres humanos semejantes y esto es lo que nos vincula los unos a los otros. Además, es lo que hace posible que nos entendamos y que desarrollemos amistad e intimidad.

Pensando sobre lo que podía decir hoy, he decidido compartir con ustedes algunos de mis pensamientos sobre los problemas comunes con los que todos nosotros, como miembros de la familia humana, nos enfrentamos. Puesto que todos compartimos este pequeño planeta, tenemos que aprender a vivir en armonía y paz entre nosotros y con la naturaleza. Esto no es solamente un sueño, si no una necesidad. Dependemos los unos de los otros en tantas cosas que ya no podemos vivir en comunidades aisladas, ignorando lo que ocurre fuera de ellas. Cuando nos encontramos con dificultades necesitamos ayudarnos los unos a los otros, y debemos compartir la buena fortuna que gozamos. Les hablo solamente como otro ser humano, como un sencillo monje. Si encuentran útil lo que digo, espero que intenten practicarlo.

Hoy también deseo compartir con ustedes mis sentimientos con respecto a la difícil situación y las aspiraciones del pueblo del Tíbet. El Premio Nobel es un premio que ellos bien merecen por su valor e inagotable determinación durante los pasados cuarenta años de ocupación extranjera. Como libre portavoz de mis compatriotas cautivos, hombres y mujeres, siento que es mi deber levantar la voz en su favor. No hablo con un sentimiento de ira u odio contra aquellos que son responsables del inmenso sufrimiento de nuestro pueblo y de la destrucción de nuestra tierra, nuestros hogares y nuestra cultura. Ellos también son seres humanos que luchan por encontrar la felicidad y merecen nuestra compasión. Sólo hablo para informarles de la triste situación de hoy en día de mi país y de las aspiraciones de mi pueblo, porque en nuestra lucha por la libertad, sólo poseemos como única arma la verdad.

La comprensión de que somos básicamente seres humanos semejantes que buscan felicidad e intentan evitar el sufrimiento, es muy útil para desarrollar un sentido de fraternidad, un sentimiento cálido de amor y compasión por los demás. Esto, a su vez, es esencial si queremos sobrevivir en el, cada vez más reducido, mundo en el que vivimos. Porque si cada uno de nosotros buscamos egoístamente sólo lo que creemos que nos interesa, sin preocuparnos de las necesidades de los demás, acabaremos no sólo haciendo daño a los demás, sino también a nosotros mismos. Este hecho se ha visto claramente a lo largo de este siglo. Sabemos que hacer una guerra nuclear hoy, por ejemplo, sería una forma de suicidio; o que contaminar la atmósfera o el océano para conseguir un beneficio a corto plazo, sería destruir la base misma de nuestra supervivencia. Puesto que los individuos y las naciones están volviéndose cada vez más interdependientes, no tenemos más remedio que desarrollar lo que yo llamo un sentido de responsabilidad universal.

En la actualidad, somos realmente una gran familia mundial. Lo que ocurre en una parte del mundo puede afectarnos a todos. Esto, por supuesto, no es solamente cierto para las cosas negativas, sino que es igualmente válido para los progresos positivos. Gracias a los extraordinarios medios de comunicación tecnológicos, no sólo conocemos lo que ocurre en otra parte, sino que también nos vemos afectados directamente por los acontecimientos de sitios remotos. Nos sentimos tristes cuando hay niños hambrientos en el Este de África. Del mismo modo, nos alegramos cuando una familia se reúne, después de una separación de décadas debida al Muro de Berlín. Cuando ocurre un accidente nuclear a muchos kilómetros de distancia, en otro país, nuestras cosechas y ganado se contaminan y nuestra salud y sustento se ven amenazados. Nuestra propia seguridad aumenta cuando la paz irrumpe entre las facciones que luchan en otros continentes.

Pero la guerra o la paz, la destrucción o la protección de la naturaleza, la violación o el fomento de los derechos humanos y libertades democráticas, la pobreza o bienestar material, la falta de valores espirituales y morales o su existencia y desarrollo y la ruptura o desarrollo del entendimiento humano, no son fenómenos aislados que pueden ser analizados y abordados independientemente. De hecho, están muy relacionados a todos los niveles y necesitan ser tratados con ese entendimiento.

La paz, en el sentido de ausencia de guerra, es de poco valor para alguien que se está muriendo de hambre o de frío. No eliminará el dolor de la tortura inflingida a un prisionero de conciencia. Ni tampoco consuela a aquellos que pierden a sus seres queridos en inundaciones causadas por la insensata deforestación de un país vecino. La paz sólo puede durar allí donde los derechos humanos se respetan, donde la gente está alimentada y donde los individuos y las naciones son libres. La verdadera paz con nosotros mismos y con el mundo a nuestro alrededor, sólo se puede lograr a través del desarrollo de la paz mental. Los otros fenómenos mencionados anteriormente están igualmente relacionados. Así, por ejemplo, comprendemos que un medio ambiente limpio, riqueza o democracia tienen poco valor frente a la guerra, especialmente la guerra nuclear, y que el desarrollo material no es suficiente para asegurar la felicidad humana.

El progreso material es, por supuesto, importante para el avance humano. En Tíbet dimos muy poca atención al desarrollo económico y tecnológico y actualmente nos damos cuenta de que esto fue una equivocación. Al mismo tiempo, el desarrollo material sin un desarrollo espiritual puede causar también graves problemas. En algunos países se concede demasiada atención a las cosas externas y muy poca importancia al desarrollo interior. Creo que ambos son importantes y deben ser desarrollados conjuntamente para conseguir un buen equilibrio entre los dos. Los tibetanos somos siempre considerados por los visitantes extranjeros como gente feliz y jovial. Esto forma parte de nuestro carácter nacional, arraigado en valores culturales y religiosos que acentúan la importancia de la paz mental conseguida por medio de generar amor y bondad hacia todos los seres vivos, humanos y animales. La clave es la paz interior: si se tiene paz interior, los problemas externos no afectarán el profundo sentido de paz y tranquilidad. En este estado mental se pueden afrontar las situaciones con razonamiento y tranquilidad, mientras se mantiene la felicidad interior. Esto es muy importante. Sin paz interior, por muy confortable que sea la vida material, aún se estará preocupado, molesto o triste por diferentes circunstancias.

Por lo tanto, está bien claro que tiene una gran importancia comprender la interrelación entre estos y otros fenómenos y considerar y tratar de resolver los problemas de una forma equilibrada que tenga en consideración los diferentes aspectos. Por supuesto, no es fácil. Pero el intentar resolver un problema tiene poco beneficio si actuando de esta forma creamos otros igualmente serios. Por tanto, no tenemos alternativa: debemos desarrollar un sentido de responsabilidad universal, no sólo en el aspecto geográfico, sino también con respecto a las diferentes cuestiones con las que se enfrenta nuestro planeta.

La responsabilidad no descansa sólo en los líderes de nuestros países o en aquéllos que han sido elegidos para hacer un trabajo concreto. Está individualmente en cada uno de nosotros. La paz empieza dentro de cada uno. Cuando poseemos paz interior, podemos estar en paz con todos a nuestro alrededor. Cuando nuestra comunidad está en un estado de paz, esta paz puede ser compartida con nuestras comunidades vecinas. Cuando sentimos amor y bondad hacia los demás, esto no sólo hace que los demás se sientan amados y protegidos, sino que nos ayuda también a nosotros a desarrollar paz y felicidad interior. Y hay maneras en las que podemos trabajar conscientemente para desarrollar sentimientos de amor y bondad. Para algunos de nosotros, la forma más efectiva de hacerlo es a través de las prácticas religiosas. Para otros, pueden ser prácticas no religiosas. Lo importante es que cada uno de nosotros hagamos un esfuerzo sincero de tomar seriamente nuestra responsabilidad por los demás y por el medio ambiente... Muchas gracias.

Permítanme compartir con ustedes una corta oración que me da una gran inspiración y determinación: “Por tanto tiempo como dure el espacio y tanto tiempo como permanezcan los seres vivos, hasta entonces, pueda yo también permanecer para disipar la miseria del mundo”.


Gracias…





Estocolmo, diciembre 11, 1989









lunes, octubre 20, 2008

"Muerte accidental de un anarquista", de Dario Fo

Fragmento



Comisario Bertozzo: O te sientas o voy a perder la paciencia. (Al Agente) ¿Y tú qué haces ahí como tarado? Siéntale en la silla.

Agente: Sí, jefe, pero es que muerde...

Loco: ¡Claro que muerdo! Grrrr grrrr... y os advierto que tengo la rabia. Me la pegó un quiltro rabioso que me mordió el trasero. Él se murió y yo me curé, pero sigo siendo venenoso. ¡Magrruuuiimm! ¡Uohohoh!

Bertozzo: Joder, ¡sólo faltaba el loco venenoso! ¿Me dejas terminar el atestado, sí o no? Anda, pórtate bien, que luego te suelto. Te lo prometo.

Loco: No me eche, señor comisario. Con lo bien que estoy con usted, en la comisaría... me siento protegido. En la calle hay tantos peligros... la gente es mala, conducen, tocan la bocina, frenan con chirridos... hacen huelgas. En los autobuses y en el metro las puertas se cierran de golpe... frriii ñac... espachurrado. Deje que me quede aquí, yo le ayudo a que hablen los sospechosos... los subversivos... sé hacer supositorios de glicerina con nitro...

Bertozzo: ¡Basta! Me tienes harto.

Loco: Comisario, o deja que me quede o me tiro por la ventana. ;En qué piso estamos? ¿El tercero? Bueno, un poco justo, pero me tiro, y cuando esté abajo, moribundo, estampado en la acera, jadeando... porque soy duro de morir y jadeo mucho... llegarán los periodistas y les contaré, jadeando, que ustedes me han tirado por la ventana. ¡Que me tiro!

Bertozzo: Por favor, déjalo ya. (Al Agente) Atranca la ventana. (Este lo hace)

Loco: Pues me tiro por el hueco de la escalera. (Va hacia la puerta)

Bertozzo: ¡Termínala, mierda! Siéntate. (Le sienta en la silla) Tú, cierra la puerta con llave... y la quitas.

Loco: Tírala por la ventana. (El Agente, confuso, va a la ventana)

Bertozzo: Sí, tírala. No, métela en el cajón... cierra el cajón con llave... quita la llave... (El Agente obedece mecánicamente)

Loco: ¡Métetela en la boca y trágatela!

Comisario: ¡No, no y no! A mí no me toma el pelo nadie. (Al Agente) Dame la llave. (Abre la puerta) Fuera, márchate... y tírate por la escalera, haz lo que quieras... fuera... ¡me vuelves loco!

Loco: No, comisario, ¡no puede! No abuse... no empuje, se lo ruego... ¿Por qué quiere que me baje? No es mi parada.

Bertozzo: ¡Fuera! (Lo consigue, cierra la puerta) ¡Por fin!

Agente: Señor comisario, tengo que recordarle la reunión... llevamos cinco minutos de retraso.

Bertozzo: ¿Por qué, qué hora es? (Mira el reloj) Maldita sea, ese desgraciado me ha confundido. Vamos, date prisa. (Salen por la izquierda. Por la derecha se asoma el Loco a la misma puerta por donde salió)

Loco: Se puede... comisario... ¿molesto? No se enfade, he vuelto a por mis documentos. ¿No me contesta? Vamos, no se ponga así... ¿Hacemos las paces? Pero si no hay nadie... bueno, pues los cojo... la cartilla... las recetas... Eh, aquí está la denuncia. Pues la rompemos, y en paz. ¿Y esta otra denuncia de quién es? (Lee) "Robo con agravante..." Total, en una farmacia... nada, nada, eres libre. (La rompe) ¿Y tú, qué has hecho? (Lee) "Apropiación indebida... injurias..." Cuentos, cuentos, eso es lo que son... ¡Anda, chico, eres libre! (Rompe) ¡Todos libres! (Se detiene a examinar un papel) No, tú no... eres un sinvergüenza y te quedas... ¡adentro! (Extiende el papel sobre la mesa, luego abre el armario lleno de legajos) Quieto todo el mundo... ¡ha llegado la justicia! ¿No serán todo denuncias? Pues a quemarlas todas... ¡a la hoguera!










1970










domingo, octubre 19, 2008

“El peligro amarillo”, de Braulio Arenas






La transparencia huye de sí misma
A través de un espejo que acapara el juego de su imagen.

A pocos pasos del misterio había
Un ser que estaba entre nosotros y el amor

El era el fuego
El era la sombra de su propia edad.







en La mujer Mnemotécnica, 1941









sábado, octubre 18, 2008

"La entera noche llena", de Aristóteles España

Dos poemas




LA LÍNEA DIVISORIA

Pienso en lo que sobra detrás de cada pregunta
o de cada hueso en forma de alma,
o en bote a vela por cifras chilena raras,
óleo, Ámsterdam, un rostro cansado de su sexo;
en la patria que me diste en nuestra cama,
en todos esos hijos que lloras cuando duermes:

si vieras las miradas del exilio
entre tanta multitud
gritando “yo creo”
diríamos juntos
que el paraíso está en el bar del frente.

Miro el gris de la calle Venezuela y el humo, oh!,
las tiendas donde los gitanos piden pizzas,
los funerales del padre Bernabé
las encíclicas de Buenos Aires.

Pero más: lámparas a ras del piso,
los cervezas con gusto a diciembre,
cruces en todas las habitaciones,
castillos, inclemencias,
pequeñas estaciones entre el deseo y la miseria,
esa distancia entre la dulzura y el hielo.





MUJER RELINCHANDO EN EL LAGO

Cuando viene esa mujer relinchando por el lago
y quieres ser muerte, quieres ser cariño,
quieres ser terrible,
una que la ve, va y dispara para que esa mujer
no entre relinchando al diositoteamo,
ni pueda influír en las demás mujeres
Y ESTAS A SU VEZ RELINCHEN Y SUBAN
AL LAGO COMO SI FUERA EL TECHO DE SUS CASAS.

Y desde allí, cambien de color, y digan sí a moribundos,
y anuncien la nueva tempestad como ciertos evangélicos
en las esquinas de los pueblos,
y sigan relinchando para que la escuchen
las piedras y las olas, y las cosechas vivan con su relincho
y todo el universo empiece a relinchar enloquecidamente,
y del monte    relinchos,   del mar    relinchos,
de las ciudades         relinchos
y por la avenidas las mujeres ya no muestren sus muslos
ni sus escotes sino relinchos adornados
por capas de agua y paraguas llenos de relinchos.

Y al verlas de ese modo, quieras ser
cállate:
quieras ser
Ratón;
quieras ser parte – parte,
Y una que la ve, VA.









2006








viernes, octubre 17, 2008

“La Ciudad de las Gemas”, de Jean Richepin







Sea! –dijo el alienista- Si usted quiere verlo, lo dejaré verlo. Pero no olvide que está recontraloco, y su locura es contagiosa, ya ha trastornado a dos...

Con un gesto le hice comprender que me ofendía que pusiera en duda la estabilidad de mi salud mental. No insistió con sus precauciones; llamó a un guardia y le dio órdenes de conducirme a la celda 27, dejarme a solas con el enfermo y quedarse detrás de la puerta, en el pasillo, pronto a intervenir si hacía falta.

-Por si se da el caso de que la charla se torne ríspida, lo cual le aconsejó evitar cuidadosamente, sobre todo por consideración hacia el propio desgraciado. El desacuerdo puede provocarle un acceso de demencia furiosa.

El internado de la celda 27 no tenía, sin embargo, aspecto de loco peligroso. Las precauciones del doctor me parecieron exageradas cuando me encontré frente al vejete inofensivo y dócil, a quien el guardia me presentó diciendo:

-Este señor quiere hablar con usted para publicar la cosa en un diario -en el pasillo, antes de llegar a la celda, me había advertido que era la forma más segura de que el buen hombre hablara.

Había dicho “el buen hombre”, y ninguna otra locución, en efecto, parecía mejor para caracterizar al dulce septuagenario de rostro pálido y sonriente, voluminoso cabello blanco cayendo sobre las orejas como el de un Béranger, actitud reposada, casi somnolienta, y ojos ingenuos en los que se abría la flor azul de una mirada de niño.

Pero una chispa viva, de golpe, se encendió en esa mirada de niño. Y mi imaginación descubrió entonces que la flor azul tornaba al resplandor cerúleo del azufre que arde. Los ojos del buen hombre dispararon un rayo que caló en los míos, incisivo hasta provocarme dolor e incomodidad.

-Lo está examinando –me dijo en voz muy baja el guardia-; tengo la sensación de que le cae bien.

El rayo agudo mitigó, la chispa se extinguió, la flor azul volvió a florecer en la mirada de niño y el viejo me dijo con voz lejana y calina:

-Encantado de hablar con usted, señor. Siéntese, se lo ruego; inclínese para poder escucharme, por favor.

Me quedé a solas con el loco. El guardia, luego de salir, había cerrado la puerta, detrás de la cual podía sentirse su inmovilidad silenciosa y alerta.

-Señor -me dijo el viejo luego de un rato largo-, ¿usted es mineralogista?
-No, en absoluto -respondí.
-¿Químico?
-Tampoco.
-¿Egiptólogo, al menos?
-No mucho, o al menos muy poco.
-¡Tanto peor! Entonces, no está en condiciones de escucharme. Su editor hubiera debido pensarlo dos veces... ¡En fin! Parece usted inteligente, y yo sé ser claro. Espero hacerme comprender a pesar de su incompetencia.

Y entonces, siempre con mucha calma, sin ninguna fiebre elocutoria que revelara la agitación cerebral de un loco cabalgando sobre su quimera, con todo el aspecto, por el contrario, de una mente lúcida y ordenada, como un profesor exponiendo metódicamente una ciencia dominada a fondo, capaz de simplificar su ardua materia y ponerla al alcance de un ignorante, improvisó un verdadero curso abreviado de mineralogía y química, relevando todo lo relacionado con la formación, el análisis y la síntesis de piedras preciosas. No me resultaba difícil seguirlo, y sólo me preguntaba adónde quería llegar, mientras él explicaba la cristalografía, la mineralogénesis, las propiedades generales y particulares, las diferencias de polarización, de densidad, de oxidación que caracterizan a las diferentes especies de piedras, notablemente al diamante y al corindón, que comprende el rubí oriental, la esmeralda y el zafiro. Comentó también que los principales yacimientos se encuentran en las rocas metamórficas y en las napas pleistocénicas, y cómo el misterioso trabajo de la naturaleza logró ser parcialmente reproducido en los laboratorios de la química moderna, tan justamente llamada química del carbono. Adónde quería llegar, me lo reveló con una súbita pregunta:

-En fin, ¿estoy loco por sostener que el hombre puede fabricar piedras preciosas?
-No, ni por asomo –respondí-. Según lo poco que yo sabía y, sobre todo, según lo que usted acaba de exponer de forma tan cristalina, la cosa se deduce de lo planteado.

Me agradeció con un gesto sereno y volvió a callar por largo rato. Luego, con una voz un poco menos tranquila, con verba más agitada y labios tremolantes, continuó:

-Señor, es que yo me he estrellado contra el absurdo orgullo de esta química moderna, contra la monstruosa aberración del progreso. Porque Sainte-Claire Deville y Caron pudieron obtener solamente corindones casi sin espesor, porque los rubíes de Frémy y de Feil son delgadísimas láminas que no llegan a cristalizar en prismas hexagonales, porque Despretz no pudo reconstituir diamantes que fueran perceptibles sin microscopio, se concluyó que, allí donde la química moderna es impotente, las civilizaciones anteriores deben haber sido necesariamente más impotentes todavía.

-Discúlpeme –dije-, pero no veo bien...

Me interrumpió con violencia, clavándome la misma mirada aguda que al comienzo de la entrevista.

-¿Qué es lo que no ve bien? ¡¿Piensa usted que la humanidad no conoció civilizaciones superiores a la nuestra?! ¿No sabe usted, por ejemplo, que los antiguos egipcios fueron los últimos custodios de una ciencia legada a algunos de sus sacerdotes por sabios que lograron escapar del hundimiento de la Atlántida?

Se puso de pie. Hablaba en voz alta, gesticulando abundantemente. Una pequeña cresta de espuma se le formaba en las comisuras de los labios. Escuché los pasos del guardia en el pasillo, acercándose a la puerta.

-Vea –le dije en un tono muy calmo-, usted no debe irritarse conmigo; estoy completamente de su lado.

Interrumpió su parrafada, se sentó y cerró los ojos. Su silencio duró mucho más que las dos veces anteriores en que había callado. Creí que se había dormido. Lentamente abrió los ojos, sonrió y me indicó con un gesto que me sentara más cerca de él. Llevó su mano a un costado de la boca, como para hablarme al oído. Me preste al juego, y dijo:

-Veo que usted es digno de este secreto. Voy a contárselo todo –y señaló con la mirada, haciéndose a un lado, el abultado papelerío sobre el que estaba sentado, que yo había tomado por un sucio almohadón de trapo.
-Aquí se encuentran las pruebas irrefutables de mis argumentos. Se las confiaré a usted cuando llegue el momento. Entonces entenderá cómo llegué a descubrir que los egipcios fabricaban corindones y diamantes. Leerá la descripción de algunas de esas piedras, que yo exhumé de Tebas, y qué elementos testimonian su indudable origen artificial.

Volvió la voz del profesor, que habló docta y metódicamente sobre los vidrios coloreados analizados por Klaproth, los distinguió de los rubíes verdaderos tomados de algunos sarcófagos y señaló que los egipcios conocían perfectamente, y dejaron transcripta en jeroglíficos, la tabla de equivalentes de los óxidos que componen las gemas.

Luego retomó su tono misterioso para añadir:

-Pero todo esto no es nada. Lo más interesante, lo verdaderamente raro y milagroso que mis papeles van a darle a conocer es la existencia y ubicación precisa, en el centro de África, en un punto cuya latitud y longitud exactas pude determinar, de la Ciudad de las Gemas. Continuó en voz muy baja, en un murmullo casi imperceptible que me zumbaba en el oído como esas cantilenas en fragmentos dispersos que uno escucha en sueños:

-¡Criptas! La noche llena de estrellas multicolores... Tomarlas a manos llenas... Para no depreciar las piedras preciosas, las enterraban... ¡Siglos! ¡Siglos! ¡Mucho! ¡Demasiado! ¡Y grandes! Enormes... ya que tenían tiempo para las excavaciones... como la misma naturaleza... El Regente, el Sancy, el Orlow, el Mongol, el Koh-i-Noor y cualquier otra piedra célebre son pequeñísimos al lado de ellas, verdaderos soles, guijarros de estrellas... ¡La luz en flores! Yo, viejo y encerrado... morirme sin verlas... la Ciudad de las Gemas... ¡La Ciudad de las Gemas!

Largo rato canturreó de esta forma, expresándose con esos segmentos de frase cuyo sentido se llegaba a captar, o reemplazando las palabras por una especie de gorjeo inarticulado, sin exaltación de voz, sin nada propio de un demente presa del delirio, más bien con la melancolía de un exiliado que recuerda el país perdido y se arrulla en su tristeza, termina por adormecerla y se adormece él mismo. Pues terminó deslizándose en la somnolencia, de la que se despertaba, por momentos cada vez menos frecuentes, para balbucear vagamente el nombre de la Ciudad de las Gemas, abriendo los ojos ingenuos en los que agonizaba la flor azul, ya pálida, de su mirada de niño.

-¿Y bien? –dijo el doctor al verme entrar en su despacho- ¿Pudieron hablar? ¿Dijo cosas interesantes?
-Prodigiosamente interesantes.
-¿Lo perturbó?
-Un poco, lo acepto.
-¿Le ofreció leer sus papeles?
-Sí.
-¿Quiere llevárselos? Puedo traérselos con el guardia.
-No, gracias. Prefiero quedarme con la sensación de un sueño extraño y maravilloso. Sus notas, si usted afirma que está loco, deben ser un extenso garabateo incoherente, que rompería para siempre el encanto, en suma...
-No se engañé. He leído esas notas, y puedo decirle que tienen una claridad y una fuerza argumentativa sorprendentes.
-¿Y entonces?
-¿Lo ve usted? Es aterrador, pero es así. Los locos a menudo tienen mucha lógica. Una vez admitido su punto de partida, aun siendo absurdo, lo tienen a uno en sus garras. ¡Lo llevan, lo arrastran a uno adonde quieran!

Me tomó del brazo con fuerza.

-Vea –continuó-; a pesar de todo, con mi vida hecha, con mi familia, los cincuenta años y la ciencia que me han hecho sentar cabeza, hay momentos en los que envidio la suerte de los dos trastornados que partieron convencidos rumbo al centro de África, en peregrinaje a la Ciudad de las Gemas.

Y en sus ojos fríos de alienista, de golpe bizarramente brillantes, en esos ojos de oro verde que el barniz de la oscura obsesión que me confesaba hacía parecer todavía más verdes, pude leer una insospechada e inquietante pregunta, llena de amargura y malestar: ¿Quién sabe...?







Le Gaulois, 20 de marzo de 1896









jueves, octubre 16, 2008

"The eye sees more than the heart knows", de Thomas Harris






Mi corazón supone que esas luces
son señales celestes, dedos de los dioses
que me indican el Sur del Mundo,
doble inexacto de las columnas de Hércules,
donde la Voz, siempre omnipotente,
me susurra en off, que ese debe ser mi próximo
derrotero o derrota,
porque en el diccionario de los mares y la navegación
ruta y ruina llegan a itsmo;
pero mi ojo lo desmiente,
desmonta sus mónadas oxidadas,
porque las luces pequeñas que perlan las cuadernas,
el horizonte,
el planisferio de los cielos,
son planes diferentes para los que nuestros destinos trazamos,
son un Reino Adyacente, mas con el cual haremos estuario,
pero como los murciélagos que vuelan sordos,
en la sala de billar de los sueños,
dándose contra el musgo verde de las mesas
y las lanzas coráceas de los tacos,
biofluorescencia de insectos y peces,
que utilizan las luces orgánicas para conservar la especie,
soldados de una batalla darwiniana,
abisales o vesperales guerreros inextricables de la Naturaleza,
cuando aún había algo así como Naturaleza en Ítaca,
luciérnagas mutantes, de carne y hueso,
que con sus neones ácidos llaman al acoplamiento,
para prolongar no sé si la vida
o sus fantasmales luminosidades.
Luces que llevan un nudo corredizo en el extremo.








en Ítaca, 2001.








miércoles, octubre 15, 2008

“Sobre los escépticos católicos y protestantes”, de Bertrand Russell






Cualquier persona que haya tenido contacto con librepensadores de diferentes países y diversos antecedentes tiene que haber advertido la notable diferencia entre los de origen católico y los de origen protestante, por mucho que crean haber abandonado la teología que les enseñaron en su juventud. La diferencia entre protestantes y católicos es tan marcada entre los librepensadores como entre los creyentes; en realidad, las diferencias esenciales son quizás más fáciles de descubrir, ya que no están ocultas detrás de las divergencias ostensibles del dogma. Hay, claro está, una dificultad, que es que la mayoría de los protestantes ateos son ingleses o alemanes, mientras que la mayoría de los católicos son franceses. Y los ingleses que, como Gibbon, han tenido un íntimo contacto con el pensamiento francés, adquieren las características de los librepensadores franceses a pesar de su origen protestante. Sin embargo, sigue existiendo la gran diferencia y sería interesante tratar de averiguar en qué consiste.

Se puede tomar como un librepensador protestante completamente típico a James Mili, tal como aparece en la autobiografía de su hijo. «Mi padre —dice John Stuart Mili—, educado en el credo del presbiterianismo escocés, había llegado, por sus estudios y reflexiones, a rechazar no sólo la creencia en la Revelación, sino los fundamentos de lo que comúnmente se llama Religión Natural. El rechazo de mi padre de todo cuanto se llama creencia religiosa no era, como podrían suponer muchos, esencialmente un asunto de lógica y prueba: sus razones eran morales aun más que intelectuales. Hallaba imposible creer que un mundo tan lleno de males era la obra de un Autor dotado de infinito poder, de bondad y virtud perfectas... Su aversión a la religión, en el sentido usualmente dado al término, era igual a la de Lucrecio; la miraba con los sentimientos debidos no sólo a una mera ilusión mental engañosa, sino a un gran mal moral. Habría sido completamente inconsecuente con las ideas del deber que tenía mi padre dejarme que adquiriese impresiones contrarias a sus convicciones y sentimientos con respecto a la religión; desde el primer momento, me inculcó que la manera en que nació el mundo era un tema del cual no se sabía nada». Sin embargo, no había duda de que James Mili siguió siendo protestante. «Me enseñó a tener el mayor interés por la Reforma, como la contienda grande y decisiva contra la tiranía sacerdotal en favor de la libertad de pensamiento». En todo esto, James Mili sólo llevaba adelante el espíritu de John Knox. Era un no conformista, aunque de una secta extrema, y conservaba la sinceridad moral y el interés por la teología que distinguió a sus precursores. Los protestantes, desde el principio, se distinguieron de sus contrarios por lo que no creían; el abandonar un dogma más es, por lo tanto, meramente llevar el movimiento una etapa adelante. El fervor moral es la esencia del asunto.

Esta es sólo una de las diferencias distintivas entre la moralidad protestante y la católica. Para el protestante, el hombre excepcionalmente bueno es el que se opone a las autoridades y las doctrinas recibidas, como Lutero en la Dieta de Worms. El concepto protestante de la bondad es algo individual y aislado. A mí me educaron como protestante y uno de los textos que más inculcaron en mi mente juvenil fue: «No seguirás a una multitud para hacer el mal». Me doy cuenta de que, hasta ahora, este texto influye en mis actos más graves. El católico tiene un concepto completamente diferente de la virtud: para él, la virtud es un elemento de sumisión, no sólo a la voz de Dios revelada en la conciencia, sino a la autoridad de la Iglesia como depositaria de la Revelación. Esto da al católico un concepto de la virtud mucho más social que el del protestante y hace el tirón mucho mayor cuando rompe su unión con la Iglesia. El protestante que abandona la secta protestante particular en que había sido educado hace solamente lo que los fundadores de aquella secta hicieron, no hace mucho, y su mentalidad está adaptada a la fundación de una nueva secta. El católico, por el contrario, se siente perdido sin el apoyo de la Iglesia. Puede, claro está, unirse a otra institución, como la de los masones, pero permanece consciente de todos modos de la rebeldía desesperada. Y generalmente queda convencido, por lo menos subconscientemente, de que la vida moral está confinada a los miembros de la Iglesia, de modo que para el librepensador se han hecho imposibles las más altas clases de virtud. Esta convicción actúa de modos distintos, conforme a su temperamento; si tiene una disposición fácil y alegre disfruta lo que William James llama una vacación moral.

Los modernos no se dan siempre cuenta de hasta qué punto el Renacimiento fue un movimiento antiintelectual. En la Edad Media se acostumbraba a probar las cosas; el Renacimiento inventó la costumbre de observarlas. Los únicos silogismos que Montaigne mira con benevolencia son los que prueban una negativa particular como, por ejemplo, cuando utiliza su erudición para demostrar que no todos los que murieron como Arrio eran heréticos. Después de enumerar varios hombres malos que murieron de esta manera o de manera parecida, prosigue: «¡Pero cómo! Ireneo resulta afortunado: el propósito de Dios es enseñarnos que los buenos tienen algo más que esperar y los malos algo más que temer que la buena o mala fortuna de este mundo». Parte de esta antipatía por el sistema ha seguido siendo característica del católico en contradicción con el librepensador protestante; la razón es, de nuevo, que el sistema de la teología católica es tan imponente que no permite al individuo, a menos que posea una fuerza heroica, establecer otro en competencia con él.

Por lo tanto, el librepensador católico tiende a evitar la solemnidad tanto moral como intelectual, mientras que el librepensador protestante se inclina a ambas. James Mili enseñó a su hijo que la pregunta «¿Quién me hizo a mi?» no podía ser respondida, porque carecíamos de experiencia o información auténtica para responder a ella; y que cualquier respuesta sólo retrasa la dificultad, ya que se termina preguntando «¿Quién hizo a Dios?». Compárese esto con lo que Voltaire dice acerca de Dios en el Diccionario Filosófico. El artículo «Dios» en esa obra comienza del modo siguiente: «Durante el reinado de Arcadio, Logomacos, profesor de teología en Constantinopla, fue a Escitia y se detuvo al pie del Caucaso, en las fértiles llanuras de Zefirim, en la frontera de la Cólquida. El ilustre anciano Dondindac estaba en su gran salón, entre su inmenso redil y su vasto granero; estaba arrodillado con su esposa, sus cinco hijos y sus cinco hijas, sus familiares y criados, y después de una comida ligera todos ellos cantaban las alabanzas de Dios». El artículo continúa de igual manera y termina con la conclusión: «Desde entonces resolví no discutir jamás».

Uno no puede imaginar una época en que James Mill resolviera no discutir más, ni un tema, aunque hubiera sido menos sublime, que hubiera ilustrado con una fábula. Tampoco podría haber practicado el arte de la impertinencia hábil, como hace Voltaire, cuando dice de Leibniz: «Declaró en el norte de Alemania que Dios sólo podía hacer un mundo». O comparar el fervor moral con que James Mill afirmó la existencia del mal con el siguiente pasaje en el cual Voltaire dice la misma cosa: «Negar que existe el mal pudo haber sido dicho en tono de broma por un Lúculo que tiene buena salud y durante una buena comida en compañía de sus amigos y su amante en el salón de Apolo; pero que mire por una ventana y verá algunos miserables seres humanos; que tenga fiebre y entonces él será también miserable».

Montagne y Voltaire son los ejemplos supremos de los escépticos alegres. Sin embargo, muchos librepensadores católicos han distado de ser alegres, y siempre han sentido la necesidad de una rígida fe y una Iglesia directora. Tales hombres se hacen a veces comunistas; el ejemplo supremo de ellos es Lenin. Lenin tomó su fe de un librepensador protestante, pero sus antecedentes bizantinos le impulsaron a crear una Iglesia como la encarnación visible de la fe. Un ejemplo menos triunfante de la misma tentativa es Augusto Comte. Los hombres de su temperamento, a menos que tengan una fuerza anormal, pronto o tarde vuelven a caer en el seno de la Iglesia. En el reino de la filosofía, Santayana constituye un ejemplo muy interesante, pues amó siempre la ortodoxia en sí, pero siempre anheló alguna forma menos odiosa intelectualmente que la proporcionada por la Iglesia Católica. Le gustó siempre, en el catolicismo, la institución de la Iglesia y su influencia política; le gustaba, hablando en sentido general, lo que la Iglesia había tomado de Grecia y de Roma, pero no lo que la Iglesia había tomado de los judíos, incluso, claro está, lo que debe a su Fundador. Habría deseado que Lucrecio hubiera logrado fundar una Iglesia basada en los dogmas de Demócrito, pues el materialismo había atraído siempre a su intelecto, y, al menos en sus primeras obras, estaba más cerca de adorar la materia que de conceder esta distinción a cualquier otra cosa. Pero luego, parece haber llegado a sentir que cualquier Iglesia que exista realmente es preferible a una Iglesia confinada al reino de la esencia. Sin embargo, Santayana es un fenómeno excepcional y apenas encaja en cualquiera de nuestros modernas categorías. Es realmente, pre-Renacimiento, y si está de acuerdo con algo, es con los gibelinos, a quienes Dante halló padeciendo en el Infierno por su adhesión a las doctrinas de Epicuro. Este criterio está, sin duda, reforzado por la nostalgia del pasado que un renuente y prolongado contacto con Estados Unidos estaba destinado a producir en un temperamento español.

Todo el mundo sabe cómo George Eliot enseñó a F. W. H. Myers que no hay Dios aunque, sin embargo, debemos ser buenos. George Eliot, en esto, es el tipo de librepensador protestante. Se puede decir, hablando en sentido general, que a los protestantes les gusta ser buenos y han inventado la teología con el fin de serlo, mientras que a los católicos les gusta ser malos y han inventado la teología con el fin de que sus vecinos sean buenos. De ahí el carácter social del catolicismo y el carácter individual del protestantismo. Jeremy Bentham, un típico librepensador protestante, consideraba que el mayor de los placeres es el placer de la autoaprobación. Por lo tanto, no se sentía inclinado a comer o a beber con exceso, a vivir relajadamente, o a robar a su vecino, porque ninguna de estas cosas le habría dado ese exquisito placer que compartía con Jack Horner, pero no con tanta facilidad, ya que tuvo que renunciar para ello al pastel de Navidad. En Francia, por el contrario, la moralidad ascética fue la que se quebrantó primero; la duda teológica vino después y como una consecuencia.

Esta distinción es probablemente nacional más que de credos. La relación entre religión y moral merece un estudio geográfico imparcial. Recuerdo que en Japón hallé una secta budista en la cual el sacerdocio era hereditario. Yo pregunté cómo era así, ya que generalmente los sacerdotes budistas son célibes; nadie me informó, pero al fin hallé los hechos en un libro. Al parecer, la secta había comenzado con la doctrina de la justificación por la fe, y había deducido que mientras la fe se mantuviese pura, el pecado carecía de importancia; por consiguiente, el sacerdocio decidió pecar, pero el único pecado que les tentaba era el matrimonio. Desde aquel día, hasta la fecha, los sacerdotes de la secta vivieron vidas impecables, pero se casaron. Quizás si a los norteamericanos se les pudiera hacer creer que el matrimonio es un pecado, no sintieran ya la necesidad del divorcio. Quizás la esencia de un prudente sistema social es llamar «pecado» a varios actos inofensivos, pero tolerar a los que los cometen. Yo he tenido que hacer esto al tratar con los niños. Todo niño desea en un tiempo ser travieso, y, si se le ha educado racionalmente, sólo puede satisfacer el impulso a la travesura mediante algún acto realmente dañino, mientras que si se le ha enseñado que es malo jugar a las cartas en domingo, o, alternativamente, comer carne el viernes, puede satisfacer el impulso de pecar sin hacer daño a nadie.

Yo no digo que en la práctica actúe guiándome por este principio; sin embargo, el caso de la secta budista de que hablé sugiere ahora que podría ser prudente el hacerlo. No sirve de nada insistir con demasiada rigidez en la distinción que hemos estado tratando de hacer entre librepensadores y protestantes y católicos; por ejemplo, los Enciclopedistas y Filósofos de fines del siglo xviii eran tipos protestantes, y a Samuel Butler debo considerarlo, aunque con cierta vacilación, como un tipo católico. La principal distinción que uno advierte es que en el tipo protestante la desviación de la tradición es principalmente práctica. El típico librepensador protestante no tiene el menor deseo de hacer nada que no aprueben sus vecinos, aparte de su defensa de las opiniones heréticas. Home Life with Herbert Spencer, de Two (uno de los libros más deliciosos que existen), menciona la común opinión que merecía dicho filósofo: «De él no se puede decir nada, aparte de que tiene una buena moral». No se les habría ocurrido a Spencer, a Bentham, a los Milis, o a cualquiera de los otros librepensadores británicos que mantenían en sus obras que el placer es el fin de la vida; no se les habría ocurrido, digo, a ninguno de aquellos hombres, buscar el placer en sí, mientras que un católico que hubiera llegado a la misma conclusión se habría dedicado a vivir de acuerdo con sus ideas. Hay que decir que en este aspecto el mundo cambia. El librepensador protestante del presente puede tomarse libertades tanto en el pensamiento como en la acción, pero esto es sólo un síntoma de la decadencia general del protestantismo.

Antiguamente, el librepensador protestante habría sido capaz de decidirse en abstracto en favor del amor libre y, sin embargo, vivir toda su vida en estricto celibato. Opino que el cambio es de lamentar. Las grandes épocas y los grandes individuos han surgido del derrumbamiento de un sistema rígido: el sistema rígido ha dado la disciplina y coherencia necesarias, mientras que su derrumbamiento ha liberado la necesaria energía. Es un error suponer que las admirables consecuencia logradas en el primer momento del derrumbamiento pueden continuar indefinidamente. Sin duda el ideal es una cierta rigidez de acción, más una cierta plasticidad de pensamiento, pero esto es difícil de lograr en la práctica excepto durante los breves períodos de transición. Y parece probable que, si las viejas ortodoxias decaen, surjan nuevos códigos rígidos de las necesidades de conflicto. Habrá bolcheviques ateos en Rusia que arrojarán dudas acerca de la divinidad de Lenin, e inferirán que no es malo amar a los propios hijos. Habrá en China ateos del Kuomintang que tendrán sus reservas acerca de Sun Yat-Sen y un escaso respeto por Confucio. Yo temo que la decadencia del liberalismo haga cada vez más difícil a los hombres la no adhesión a un credo combatiente.

Probablemente, las diversas clases de ateos tendrán que unirse en una sociedad secreta y volver a los métodos inventados por Bayle en su diccionario. Hay, de todos modos, el consuelo, de que la persecución de la opinión tiene un admirable efecto sobre el estilo literario.





en Why I am Not a Christian, 1957









martes, octubre 14, 2008

"El amenazado", de Jorge Luis Borges





Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
       La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre
       es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el
       ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje
       de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus
       ares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de
       la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven
       amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos,
       la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
       levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que
       miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
       la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.








en El oro de los tigres, 1972.









lunes, octubre 13, 2008

“Portugueses”, de Rodolfo Walsh





1)
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.


2)
-¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo no -dijo el primer portugués.
b. Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
c. Ni yo -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.


3)
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.


4)
-¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
b. Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
c. ¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.


5)
-¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
b. Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
c. Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.


6)
-¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo tampoco -dijo el primer portugués.
b. Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
c. El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.


7)
-¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
b. La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
c. Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.


8)
-¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
b. Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
c. Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.


9)
-¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
b. Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
c. Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.


10)
a.. Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.
b. Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
c. Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
d. Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.


11)
a. Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
b. ¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
c. No, señor -dijo Daniel Hernández.
d. ¿Yo señor? -preguntó el segundo portugués.
e. Sí, señor -dijo Daniel Hernández.


12)
-Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.

Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.

"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero".

"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo al rodar por el pavimento húmedo".

"El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable".

El primer portugués se fue a su casa.
Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.









domingo, octubre 12, 2008

"El reto de la bioquímica al paradigma darwinista", de Santiago Collado

Debate en torno al “Diseño Inteligente” (ID) y La caja negra de Darwin, de Michel Behe
Fragmentos



La caja negra de Darwin

Es claro que en el mundo natural, el que nos presenta nuestro conocimiento ordinario de la naturaleza, encontramos una extraordinaria complejidad. Dicha complejidad hace difícil la explicación de la evolución de las especies desde la perspectiva darwinista, es decir, aquella que se alcanza sólo con modificaciones casuales –sin ningún propósito especial– y selección natural. Una de las consecuencias lógicas de esta doctrina es que la evolución se produce de una manera gradual.

Michael Behe, en La caja negra de Darwin, comienza su crítica al darwinismo con un ejemplo que es uno de los preferidos por los creacionistas: el escarabajo bombardero. Este animal posee un sofisticado sistema defensivo cuyo esquema incluso ha sido estudiado como posible método de propulsión de cohetes. Como ocurre en otros muchos ejemplos de la naturaleza que el autor podría haber elegido, la complejidad que manifiesta este pequeño animal hace muy difícil explicar su aparición siguiendo el esquema darwiniano. A la complejidad que se resiste a ser explicada por el evolucionismo de tipo darwinista, Behe la llama irreductible.


Complejidad irreductible

En el sistema anterior y en otros de complejidad semejante o mayor, la explicación gradualista es difícil de refutar o de defender. Esto es debido a que se argumenta a partir de elementos que ya, de por sí, son complejos. Lo que se dice en esa situación, afirma Behe, se parece a decir que para construir un aparato de música estéreo basta con unir dos altavoces, un amplificador también estéreo, un reproductor de CD y un sintonizador. Lo que se ha dicho no es mentira, pero realmente es muy poco. La explicación parte de bloques que ya son ellos mismos difíciles de explicar.

La pregunta que se hace el autor de La caja negra de Darwin es, precisamente, si existe algún sistema biológico que permita afirmar con certeza científica que posee complejidad irreductible, es decir, que no se ha podido alcanzar de una manera gradual: cambios pequeños que supongan ventajas competitivas y selección natural. Es una pregunta que de tener respuesta afirmativa iría directamente contra el núcleo de la teoría darwiniana [1]. En este punto del discurso conviene precisar, así lo hace el autor, lo que él entiende por sistema irreductiblemente complejo: “Con esta expresión me refiero a un solo sistema compuesto por varias piezas armónicas e interactuantes que contribuyen a la función básica, en el cual la eliminación de cualquiera de estas piezas impide al sistema funcionar”. Es clave en la argumentación que hace Behe admitir que esas “piezas” son realmente elementales: como los tornillos y las tuercas del coche en relación con su fabricación. La solución de la casualidad múltiple para dar razón de la aparición de dichos sistemas en la Naturaleza no es aceptada ni por los actuales darwinistas más beligerantes [2].

En los artefactos es muy sencillo determinar si es aplicable la definición de complejidad irreductible. Behe se sirve, para exponer sus ideas, del análisis de un artefacto en el que es fácilmente aplicable su definición y en el que podemos determinar, por tanto, si se trata de un sistema irreductiblemente complejo. El artefacto es la clásica ratonera. En ella se sabe perfectamente su función, atrapar ratones, y cuáles son los elementos básicos, “las piezas”, que la componen. Es patente con sólo ver la trampa que para conseguir realizar adecuadamente su función es necesario que funcionen todas las piezas y tengan la forma y características necesarias. Si falta sólo una, o no está como debe, o no tiene el tamaño requerido, etc., la trampa no funciona. Se trata de un sistema de complejidad irreductible. Es también claro que un sistema que, como éste, sea irreductiblemente complejo no puede alcanzarse de una manera gradual: o está todo o no tenemos trampa; una trampa que no tiene muelle, o cualquier otra pieza, no sería capaz de ejercer su función mínima: cazar el ratón.

Podremos aplicar estas nociones a sistemas biológicos, o sistemas naturales en general, sólo si somos capaces de aplicarles la definición de complejidad irreductible, es decir, si podemos “enumerar las partes del sistema y reconocer una función”. Las partes, como hemos dicho anteriormente, deben ser elementales. Para Behe, en la actualidad estamos en condiciones de abordar ese problema: la ciencia que lo permite se llama bioquímica.


Sistemas bioquímicos y diseño

La bioquímica moderna nos ha permitido, según Behe, llegar hasta los ladrillos con los que están formados todos los seres vivos. Lo anterior equivale a descubrir qué hay en el interior de la “caja negra”, poder desvelar los “mecanismos” mediante los cuales dichas “piezas” se relacionan entre sí sosteniendo las distintas funciones que nos presenta nuestra experiencia ordinaria.

Para ilustrar las palabras anteriores, el autor de La caja negra de Darwin va pasando revista a un conjunto de sistemas de los que se puede decir que sabemos su composición desde el nivel atómico. Asume que los ladrillos de dichos sistemas son básicamente los aminoácidos, con los cuales se forman las proteínas, y que estas son maravillosas y diminutas máquinas moleculares (motores, trasportadores, cortadoras, replicadoras, etc.) que pueden alcanzar un grado de complejidad asombroso, que tienen funciones perfectamente definidas y cuyo funcionamiento, al menos en un buen número de casos, conocemos con suficiente detalle. Cada uno de estos ejemplos en los que es aplicable su definición permiten concluir que, asombrosamente, ostentan complejidad irreductible.

Behe ha estudiado con suficiente detalle diversos ejemplos de sistemas bioquímicos (el cilio o flagelo bacteriano, la coagulación de la sangre, la estructura de los distintos subsistemas de una célula eucariota, el sistema de transporte de proteínas, etc.).

El análisis detallado de estos ejemplos, y el hecho de que se conozca su estructura hasta el nivel molecular, llevan a Behe a afirmar en ellos la evidencia de diseño. Del mismo modo que en el caso de la ratonera, por ser un sistema de complejidad irreductible, todos estamos de acuerdo en afirmar que ha sido diseñada y fabricada, en los sistemas estudiados es necesario afirmar sin ningún miedo a equivocarse que son sistemas diseñados. Esto es lo que afirma Behe. Se entiende por diseño la intervención de un actor inteligente que ha dado forma a dichos sistemas. No se presupone ni quién es el actor ni cuando ejerció su actividad creativa.

El hecho de afirmar la existencia de diseño tampoco impide a Behe aceptar la evolución e incluso, en una cierta medida, el darwinismo. Lo que niega categóricamente es que los sistemas que poseen complejidad irreductible puedan haberse formado de una manera gradual, según explica el neodarwinismo.


No por leyes naturales

Behe también niega que estos sistemas hayan podido surgir como consecuencia de unas leyes naturales que, contando con el tiempo, han dado lugar a esos organismos. Lo que defiende Behe, y así lo ha confirmado en escritos en los que responde a diversas críticas, es que el diseñador ha actuado creando estructuras que no son explicables desde las leyes naturales. Él llama a este tipo de diseño “diseño en sentido fuerte”, es decir, el mismo tipo de intervención que es necesaria en la fabricación de un artefacto como la ratonera. La naturaleza de los elementos que componen este último sistema artificial, no da explicación de cómo se han combinado en orden a poder realizar la función que cumplen.

Como la probabilidad de que la unión de sus elementos sea una coincidencia múltiple resulta despreciable, hay que concluir que la causa que los ha unido es externa a los mismos elementos y, además, que dicha causa es el diseño previo y su construcción de acuerdo con esos planes. Es obviamente necesaria la intervención de un agente capaz de materializar dicho diseño.
...

Reacción frente al Intelligent Design

El libro La caja negra de Darwin alcanzó una gran difusión después de su publicación en 1996. El ID avivó el fuego del debate entre los que Johnson ha calificado como naturalistas, y los que podemos calificar con toda la generalidad posible antinaturalistas. La realidad es que las cosas no son tan sencillas como para verlas en blanco o negro y, por ejemplo, no solamente son críticos del ID los materialistas [3], con los cuales los defensores del movimiento tienden a identificar a los naturalistas. Hay científicos de reconocido prestigio, que admiten su fe –no exenta de razones– en un universo fruto de la creación divina y, por tanto, partidarios de un cierto tipo de diseño, que plantean serias objeciones a las tesis defendidas por el mismo Behe y, por supuesto, del resto de los integrantes de su movimiento.

Uno de estos objetores es el biólogo Kenneth R. Miller. Este científico, que defiende en gran medida el gradualismo neodarwinista, emplea también el ejemplo de la ratonera para argumentar de una manera darwiniana y dar una posible explicación de estos tipos de sistemas que entonces no poseerían verdadera complejidad irreductible. Las críticas contra el ID son mucho más encendidas entre los que son abierta y declaradamente materialistas, como los científicos y divulgadores Richard Dawkins, Peter Atkins o, de un modo distinto, el filósofo Elliot Sober.


Tintes ideológicos y ciencia

El nacimiento del ID tiene lugar en un escenario que está claramente marcado por una polémica que, al menos en parte, tiene tintes ideológicos y no se ha desarrollado exclusivamente en el ámbito científico. Para empezar, lo que se cuestiona y se defiende es el carácter científico tanto del ID como del darwinismo.

Hay por parte de los defensores del ID un recurso constante a apoyarse en la experiencia de diseño que tenemos en relación con los artefactos. En sus argumentos se utiliza lo que ocurre con los artefactos como ejemplos. Hay una equiparación del mundo artificial con el mundo natural que en algunos argumentos puede ser legítima, pero que también suscita la sospecha de que los presupuestos intelectuales en los que se mueven son próximos al mecanicismo. En este punto y, por las mismas razones, también el darwinismo resulta sospechoso de mecanicismo. Aclarar hasta qué punto son verdaderas estas sospechas puede contribuir a iluminar el debate.

La crítica que el ID hace contra el darwinismo parece tener suficiente entidad (noción de complejidad irreductible). No parece, sin embargo, ser tan consistente en la defensa que hace de sí mismo. Pensamos que los puntos débiles del darwinismo frente al ID son también los que impiden que el ID sea consistente en su propia autodefensa.








El texto original se llama "Debate en torno al diseño inteligente",
del cual no tenemos mayores referencias bibliográficas.








[1] Behe reproduce en la página 60 de su libro la afirmación de Darwin siguiente: "Si se pudiera demostrar la existencia de cualquier órgano complejo que no se pudo haber formado mediante numerosas y leves modificaciones sucesivas, mi teoría se desmoronaría por completo".
[2] El siguiente texto de Richard Dawkins también es reproducido por Behe: "Es muy posible que la evolución no sea siempre gradual. Pero debe ser gradual cuando se usa para explicar el surgimiento de objetos complejos que al parecer tienen un diseño. Como los ojos. Pues si no es gradual en estos casos, deja de tener capacidad explicativa. Sin gradualismo en estos casos, regresamos al milagro, que es simplemente un sinónimo de ausencia total de explicación".
[3] Empleamos aquí el calificativo de materialista para designar a aquellos que defienden la imposibilidad de encontrar otras causas en la realidad física distintas a la misma materia. Esta sería la causa primera y última de toda la realidad.









sábado, octubre 11, 2008

Entrevista con Henri Renaud sobre Thelonious Monk. Palabras recogidas por Philippe Carles y Jérôme Plasseraud







Descubrí a Thelonious Monk escuchando sus primeros discos, las cuatro caras de Joe Davis grabadas en 1944 por Coleman Hawkins (acompañado también con Edward Bass Robinson (b) y Denzil Best (dms)). Detengámonos en sus discos. Principal solista de Fletcher Henderson en 1923, Hawkins, veinte años más tarde, contrata a Thelonious Monk. Sus dotes y su cultura en materia armónica le permitieron – hecho extremadamente raro– seguir la evolución del jazz durante toda su vida. En 1947 Monk inicia para Blue Note una serie de grabaciones bajo su nombre. Su estilo pianístico está hecho y se descubre la gran originalidad de sus composiciones como "Ruby My Dear", "Well You Needn’t", "Off Minor", "Evidence" o "Misterioso". Cuando se publicaron en Francia estos Blue Note no tuvieron ningún éxito. Charles Delaunay, Bernard Peiffer, André Persiani y yo mismo éramos de los pocos que lo apreciaban. La versión para Blue Note original de "Misterioso" demuestra, para mí, que la asociación Monk-Milt Jackson era ideal. Sin duda gracias al aspecto percusivo del vibráfono pero también porque Milt estaba muy influenciado por Monk, armónicamente y en el plano del fraseo. Thelonious, sin embargo, siempre prefirió tocar con un saxo tenor.


El pie de Monk

Mi mujer y yo fuimos a Nueva York por primera vez en diciembre de 53. Vivíamos en casa de Billie y George Wallington. George, lo sabemos, fue el pianista del primer quinteto de Dizzy Gillespie en 1943-1944. Queríamos conocer a Thelonious Monk. George le telefoneó. Thelonious aceptó recibirnos y lo conocimos junto a Nellie, su mujer, y su hijo Thelonious Sphere Jr., que tenía entonces 5 años. En esta primera visita le pedí a Thelonious que me mostrase los acordes de uno de los temas que figuraba en su último disco para Prestige. Me propuso sentarme al piano. Yo estaba muy intimidado. "No te preocupes", me dijo, "hace diez años, un joven pianista venía cada día a mi casa para aprender mis composiciones. Se llamaba Bud Powell". En el pequeño salón donde se ubicaba el piano, en el emplazamiento del tacón derecho, había un agujero cavado en el suelo por el vaivén de su pie...


Sin documentación

En esa época su tarjeta para trabajar en Manhattan le había sido retirada. Cada fin de semana, sin embargo, tocaba con su cuarteto en Brooklyn, en el Tony’s Café a donde fuimos regularmente con él, en metro, durante el invierno del 54. Sonny Rollins formaba parte de ese cuarteto al cual se añadía a veces Ray Copeland, uno de los trompetistas preferidos de Monk. Oscar Goldstein, director del Birdland, me explicó que Monk no tenía el permiso para entrar en su club. Frente a mi insistencia, hizo una excepción. Y fuimos allá con Thelonious, una noche en que tocaba Ike Quebec, acompañado por Duke Jordan, Art Blakey, y un contrabajista cuyo nombre se me escapa.


Con Miles

En marzo del 54, Miles Davis, del cual nadie tenía noticias desde hacía varios meses, reapareció en Nueva York. Durante un fin de semana el Tony’s Café lo presentó en compañía de Gigi Gryce, Charlie Mingus, Max Roach, Thelonious y la cantante Ada Jones.


En el Riverside

Un día Thelonious y yo caminábamos al borde del East River. Me dijo: "¿Qué puede haber al otro lado del océano?". Telefoneé a Charles Delaunay para preguntarle si Thelonious podía participar en el Festival de Jazz que estaba organizando para el mes de mayo de ese mismo año. Charles contrató a Thelonious. Tocó en París, sin éxito. Fue tras su regreso a Estados Unidos cuando firmando con Riverside, se convirtió en una figura.


Tele-Thelonious

En el 62 Columbia le ofreció un contrato. Thelonious venía con frecuencia a Europa. Yo, en calidad de responsable del departamento de jazz en CBS, no lo perdí de vista. En el 73, produciendo programas de television con André Francis y Bernard Lion, la idea de un programa titulado "Jazz Portrait" me vino a la cabeza. Era un programa que presentaba a un músico famoso tocando solo y dirigiéndose libremente a los telespectadores. Se realizaron tres programas: uno era con Monk y los dos otros con Duke Ellington y Stéphane Grappelli. Al principio la idea de tocar solo durante cuarenta y cinco minutos hizo dudar a Thelonious. Terminó aceptando. Bernard Lion, el director, tuvo la buena idea de detenerse en las manos del pianista, lo que permitió estudiar la forma en que construía sus acordes.


Crepuscule with Nellie

En el año 75 fui a Nueva York para grabar con Columbia "I Remember Bebop", doble disco que juntaba a los primeros pianistas de este estilo. Evidentemente había pensado en Monk, quien desde el principio de los años 40 representaba en el piano, lo que Dizzy, Charlie Parker, Kenny Clarke y Tadd Dameron fueron, respectivamente, en la trompeta, el saxo, la batería y los arreglos. Desgraciadamente Nica de Koenigswarter, en cuya casa vivía en compañía de Nellie, me dijo que estaba demasiado enfermo para participar en esa grabación.


Como nadie más

En sus memorias Dizzy Gillespie cuenta que conoció a Monk en 1937 –Thelonious tenía veinte años– y declaraba: "Nunca lo oí tocar como Teddy Wilson. Nunca lo oí tocar de ese modo. Cuando lo oí, tocaba como Monk, como nadie más".


After midnight

En febrero de 48 George T. Simon publica una entrevista a Monk en su famosa revista "Metronome". Thelonious le cuenta que en 1939 había formado un cuarteto conformado por Jimmy Wright (saxo tenor), Keg Purnell (batería), músico entonces famoso, y Masapequha (bajo), cuarteto con el cual experimentaba con nuevas ideas en el plano rítmico y armónico. Eso le interesaba más que formar parte de una gran orquesta como a la mayoría de los pianistas de los años 30 y 40. Durante la entrevista, declaraba a Simon: "Hoy, la única gran orquesta que suena bien es la de Claude Thornhill. Me gusta la de Dizzy cuando los músicos tocan bien la música que tienen que tocar". Especificaba también que compuso "Round About Midnight" en 1940 y añadía que los discos Blue Note que estaba grabando le iban a dar la celebridad. Desgraciadamente, para eso, tendría que esperar aún unos años.






Jazz Magazine, 2002









viernes, octubre 10, 2008

«Poesía a golpes», de Juan Cameron

A propósito de su amistad con Juan Luis Martínez




Ya no recuerdo a Juan Luis Martínez, más bien hay ciertas imágenes en la memoria que se van armando para decir algo de él. El sentido general después de ese ejercicio es de todas maneras positivo. Era un tipo afable, generoso y muy informado en poesía; y al mismo tiempo arrastraba una suerte de mito guerrero, de boxeador callejero a la manera de los caballeros antiguos; es decir, por cuestiones de honor.

Cuando iniciamos nuestra amistad, hacia fines de los sesenta, en Viña del Mar habían pasado ya bastantes años de sus historias de enfrentamientos con la policía y los malandrines del Puerto -y que no deben haber sido muchas, supongo- pero algo quedaba de esa forma asertiva de enfrentar las conversaciones que desde el cruce verbal podían conducir hacia algún tipo de pugilato.

Por entonces más bien yo escuchaba; tenía mucho por aprender y ni siquiera me atrevía a opinar en las reuniones en el Cyrano o el Samoiedo. Juan Luis era ya conocido en el mundo literario local aunque jamás se había presentado como escritor. Ignoro hoy si algún trabajo suyo circula con anterioridad a esa fecha.

Tímidamente, en las mesas del Café Cinema y en la casa familiar, una enorme y desvaída construcción frente a Playa Amarilla, aparecen sus primeras hojas. Se trataba de collages con un espíritu más cercano a Prévert o a Michaux, y bastante de Ludwig Zeller, que a los connotados surrealistas a quienes se le vincula en la actualidad. Pero allí también podía estar, muy atrás, algún trabajo de Germán Arestizábal, dibujos de los hermanos Rivera Scott, Marco Antonio Hughes o Chantal Rementería.

Poco a poco les va incorporando signos y elementos de la gráfica en uso. Por otro lado, ahora resulta comprensible, Juan Luis debe haber practicado una suerte de escritura secreta desde mucho antes. Los textos recogidos por Martín Micharvegas en su antología de 1972, Nueva Poesía joven en Chile, dan cuenta de este ejercicio, aunque muchos se incluyen posteriormente como partes esenciales de La Nueva Novela.

Rara vez hablamos de esta escritura; en general, con él y Raúl Zurita, quien era casado con su hermana Myriam, conversábamos sobre literatura. Yo tenía mis cuestiones y mis ideas, aunque elementales y bastante ingenuas, muy claras sobre la forma y el contenido del verso. Consideraba, en mi fuero interno, que cuanto Juan Luis y Raúl hacían lindaba en el experimento puro y en la búsqueda de nuevas tendencias emergidas de libros y de teorías ya probadas. Puedo haber estado equivocado por entonces, pero eso no lo tengo muy claro ahora. Sólo en una oportunidad, ya por 1973, me expresó con sinceridad su deseo de alguna vez poder versificar a mi manera; aunque en el fondo él debe haber considerado que lo mío era pura eufonía y nada más. Y además, su «Desaparición de una familia», que mostró un día en la mesa del Café, fue desde un comienzo un texto mayor.

Más bien envidiaba en él su capacidad para enfrentar las situaciones y llegar a los golpes si era necesario. Yo carecía de tales habilidades. La figura de un padre violento y omnipresente (más bien gritón), el físico esmirriado de aquellos años y mis pocos conocimientos de artes marciales y de box –practicados con entusiasmo y fracaso en mi adolescencia– no eran garantías para un buen enfrentamiento. En esa trayectoria había ganado una sola pelea y perdido demasiadas como para dedicarme al oficio. Por lo más, me repugna cualquier tipo de altercado y hasta hoy prefiero evitarlos.

En cierta oportunidad –veníamos de su casa al centro por el Camino a Con-Cón– comenzó a discutir de manera airada con el conductor del bus. Me alcé del asiento y con voz seca y definitiva le pedí que cortara la discusión, que yo no estaba de acuerdo en absoluto con esa forma de relación.

A comienzos del '73 la situación social empeoró. Se respiraba violencia y el aire parecía vibrar. Estábamos un mediodía de verano en el Café Cinema y afuera de la galería escuchamos los típicos cánticos de los derechistas. Eran verdaderas amenazas, groserías del tipo «Yakarta ya viene». Juan Luis dejó la mesa y yo lo seguí. En el trayecto me pasó su hato de libros que, sumados a los míos, dejaron mis brazos imposibilitados. En la puerta de la Galería nos topamos con un grupo de Patria y Libertad, todos niñitos bien, mejor alimentados y enormes, a quienes Martínez enfrentó de inmediato a gritos. El primero de ellos se le fue encima. Juan Luis esquivó los puñetazos echándose hacia atrás y enviando a la vez los suyos. En un momento, empujado por el contrincante, se fue contra la reja de un establecimiento comercial. Desde esa posición logró conectarle una bofetada que el sujeto respondió con un par de patadones, tipo kárate, que dieron en sus antebrazos sin alcanzar su objetivo. Por desgracia, una de sus botas terminó en mi pie derecho protegido por una sandalia tipo frailera. La cercanía de la policía y los gritos disolvieron el conato. Cojo y humillado regresé a casa junto al inmune poeta.

La humillación no terminó allí. Por la tarde supe de los comentarios sobre mi cobardía, manifestados por Eliana, su mujer, quien me hizo objeto de sus mofas por no atinar a defender a su marido. Preferí callar; la situación me parecía demasiado absurda.

Pero no faltó en esta historia mi particular conato. A mí regreso de Argentina –fue tal vez el año '80 o algo así– solíamos asaltar las inauguraciones en los bancos comerciales de Valparaíso. Todos éramos pobres, casados, cesantes y buenos muchachos. El apoyo oficial a los artistas plásticos a través del sistema Arte Empresa nos producía celos. Jamás se apoyó a la literatura y, en venganza, los poetas nos tomábamos el whisky y todo cuanto se cruzara en el camino. Caíamos en manada a cuanta exposición hubiera.

Una tarde, deseosos de continuar con la tomatera, nos dirigimos un grupo desde el Banco de turno al restaurante Cinzano. Éramos alrededor de siete amigos y nos acompañaban seis muchachas. En silencio yo calculaba quién sería el estúpido que se quedaría sin pareja. Nos sentamos en una mesa larga y luego de intentar ubicarme me percaté‚ que ya no tenía lugar. Borracho como estaba me dirigí a otra mesa a mirar una partida de naipes. Tres sujetos se afanaban en un juego cuya gramática ignoraba, pensando tal vez en descubrir su mecánica. Uno de los individuos me preguntó primero si el plebiscito que se aproximaba iba a votar por el Sí o por el No. Se trataba del primer chiste convocado por la dictadura, aquel en que Pinochet obtuvo como el 96 por ciento de las preferencias. Le contesté que, por supuesto, votaría por el No. Y cada vez que la pregunta se repetía, uno u otro comensal daba un fraternal golpe en mis espaldas. Al rato, sin percatarme, tenía la chaqueta llena de pegatinas del Sí.

De pronto veo a Juan Luis saltar sobre una mesa y, de inmediato, conectarle un golpe al individuo que estaba frente a mí. Éste se fue de espaldas y allí quedó desmayado.

Su actitud me pareció prepotente. No tenía derecho a agredir a uno de mis amigos. Me di vuelta, le grité y le envié un derechazo a la cara. Juan Luis levantó la cabeza y el golpe le dio de lleno en el pecho, dando con su cuerpo sobre las mesas donde estaba nuestro grupo.

–Ésta no te la aguanto, viejito– dijo y avanzó hacia mí con los puños levantados. Me puse en guardia y lo desafié.

–¿Y qué te has creído, tal por cual? ¿Qué acaso me voy a achicar por diez centímetros? – La frase, que me pareció muy apropiadas para la ocasión, no era del todo original. La había escuchado a un amigo de mi familia. Pero, al menos, supuse entonces, me dejaba en muy buen pie ante las circunstancias.

Martínez tiró tres golpes seguidos que paré con elegancia. No eran cualquier golpe. Al parecer pegaba directamente con sus huesos y una velocidad muy eficaz. En un momento, y quebrado por el dolor, bajé un poco la guardia esperando algún descuido para alcanzarlo con un gancho. No alcancé siquiera a terminar la idea. La siguiente imagen que recuerdo es la de una figura pálida, como afiche de vietnamita recién bombardeado, al cual le corren dos hilos de sangre bajo la nariz. Era mi rostro en el espejo del baño. Un moretón en la frente emergía como un tercer ojo.

Nuestros contertulios me habían conducido hasta allí, sacado la chaqueta y reanimado. Pero en lugar de consolarme, como yo esperaba, me humillaban con pullas y demostraciones de profundo desprecio. -Desgraciado, cobarde, mal amigo– me decían.

Ya recuperado, fuera del local y en busca de un taxi, pedí cuentas a León Santoro por tan injustificada reacción. León continuaba furioso conmigo y al rato me explicó la situación. El tipo agredido por Juan Luis había extraído una navaja y se aprestaba a clavármela. Al verlo levantarse, Martínez saltó en mi defensa y lo derribó.

–Y así le pagaste, qué tipo más desleal–, me recriminó una vez más.

Al día siguiente llamé a mi amigo para disculparme y lo invité a almorzar. Prometimos jamás pelear entre nosotros. –Nunca más, viejito– aseguró Juan Luis.

En fin, cobarde o no cobarde, la historia prueba que no nací para los golpes. Juan Luis en cambio, sí tenía méritos suficientes para alimentar su mito. Y al menos puedo asegurar que en aquella oportunidad me agredió en mi legítima defensa propia. Los caminos de la poesía son muy extraños.






en La Vida Breve, revista de la Sociedad de Escritores de Valparaíso.















jueves, octubre 09, 2008

Carta de despedida a Fidel, de Ernesto Che Guevara

Leída por Fidel Castro el 3 de octubre de 1965, en La Habana, Cuba





Año de la Agricultura
Habana


Fidel:

Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos.

Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.

Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío.Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper con los nombramientos.

Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario. He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios. Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.

Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... Y dejo un pueblo que me admitió como su hijo: eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.

Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas. Hasta la victoria siempre… ¡Patria o Muerte!

Te abraza con todo fervor revolucionario


Che





A exactos 41 años de su muerte…









miércoles, octubre 08, 2008

"Mester de Bastardía", de Manuel Silva Acevedo

Dos poemas





ESCLEROSIS


Éste soy yo, el antropoide
Ésta es la multitud de mis semejantes
un follaje agitado por la brisa radioactiva
Éstos son mis hermanos animales
mis apacibles hermanos del reino animal,
el león y el gorgojo
el reptil y el ciervo volante
atravesados por el dardo letal
que arrojan cerbatanas tierra/aire
Éstos son mis hermanastros minerales
extasiados en sus convulsiones silenciosas
Éstos son mis parientes más cercanos
no hacen más que comer
no hacen más que comerse
no hacen más que dormir y fornicar
Ésta es una bella pareja de semejantes míos
ríen, lloran, se han abrazado
tiemblan de miedo y nadie acude
El espacio se llena de estampidos y colores
Hay rostros que desaparecen
que nunca más suelen verse en las cervecerías
Hay flores de tintes extraordinarios
Hay corolas de increíbles temperaturas
cuyos pétalos se estropean en el barro
Hay tallos y pedúnculos en carnes vivas
Hay raíces como arterias al aire
Hay proyectiles abriéndose paso
Hay incineraciones, fisiones, desintegraciones
Hay matorrales que parecen pájaros inmóviles
Hay gigantescos árboles que avanzan hacia el cielo
Hay poblados de provincia donde a esta hora
se celebra la liturgia de la Cena.




DANUBIO AZUL


Era un animal romántico, dijo el orangután
y apretó en su puño al granadero
y luego lo engulló
y se llenó de cintas de primera comunión
de fragatas en llamas
de bosques azotado por vendavales
de pequeñas explosiones atómicas
de cadáveres en campos de batalla
Era un animal mitológico, dijo la hiena
sumida en las tripas del orangután
y se sintió repleta de medallas y escarapelas
de ofrendas florales y salvas de cañonazos
de asonadas callejeras y cargas de caballería
de marchas nupciales interrumpidas a balazos
Era vox populi un animal de mala entraña, dijo el gusano
royendo las entrañas podridas de la hiena
y entonces fue el día del Juicio Final
y los cadáveres diseminados en campos de batalla
se pusieron de pie
y estalló el Danubio Azul
y cada oveja tomó a su pareja
y se danzó hasta altas horas de la madrugada
cuando la multitud derribó las puertas de Palacio
y una pálida dama desmayándose en los brazos de su granadero
exclamó: es el siglo que muere, amor mío








1977






martes, octubre 07, 2008

"La sed de Cristo", de Emilia Pardo Bazán





Cuando desde la altura de su patíbulo, abriendo las desecadas fauces, exhaló Cristo la más angustiosa de las Siete Palabras, María Magdalena, que estaba como idiota de dolor, estrechamente abrazaba al tronco de la cruz, se estremeció y, recobrando energía y actividad, a impulsos de una compasión que la penetraba toda, se lanzó en busca de agua que aplacase la sed del moribundo Maestro.

No muy lejos del Calvario, sabía Magdalena que manaba, entre peñascos, purísimo y cristalino manantial. Pidió prestada una taza de arcilla a un hombre del pueblo de Jerusalén, de los que en tropel rodeaban la cruz, y se encaminó hacia la escondida fuente. Poco tardó en encontrarla, sintiendo profundo regocijo al pensar que aquella linfa fresquísima calmaría, siquiera momentáneamente, los sufrimientos del mártir. Surtía el chorro, más claro que cristal, de una grieta tapizada de musgo y finos helechos, y el rumor de su corriente lisonjeaba el oído y el corazón. Al recoger en el cuenco de barro el agua, Magdalena notó que estaba fría, helada, casi, y de nuevo se alegró, pensando lo refrigerante que sería para Jesús el sorbo. Con su taza rebosante corrió al lugar del suplicio, y a fuerza de ruegos logró que le permitiesen los sayones amontonar unas piedras y encaramarse hasta acercar el agua a los labios cárdenos del crucificado. Y cuando esperaba verle paladear el agua consoladora, he aquí que Jesús la rechaza, moviendo la cabeza y repitiendo en un soplo imperceptible: «Sed tengo».

Con la penetración del amor -porque en verdad os digo que no hay nada que ilumine el entendimiento de la mujer como amar mucho y de veras-, Magdalena adivinó que Cristo deseaba otra bebida más exquisita y rara que el agua natural, y era necesario traérsela a cualquier precio. Mientras se precipitaba hacia Jerusalén, iba recordando que el despensero y mayordomo del tetrarca Herodes la había obsequiado antaño con un falerno añejísimo, ardiente como fuego y dulce como miel, del cual una sola gota es capaz de reanimar un yerto cadáver. Suplicante y presurosa rogó la arrepentida a su antiguo galán, y como accediese a sus ruegos, volvió al Calvario radiante, escondiendo bajo su manto el ánfora de inestimable valor, y apoyó el pico en la boca de Jesús. Un movimiento más acentuado de repugnancia y un débil gemido donde casi expiraba inarticulado el lastimoso «Sed tengo», revelaron a la Magdalena que tampoco esta vez poseía el medio de calmar las torturas de la santa víctima.

En su desconsuelo y en su enojo contra sí misma por no haber acertado, reverdeció más y más en la Magdalena la memoria de su escandalosa juventud. Bien presente tenía que un patricio romano, epicúreo fastuoso, lector de Horacio y algo poeta, que por la hermosa hierosolimitana hizo mil locuras, solía hablar de los banquetes del Olimpo pagano y de la misteriosa virtud e incomparable esencia del néctar de los dioses, que infunde la felicidad e inyecta vida a oleadas en las venas exhaustas y en el cuerpo expirante. Y como si algún maléfico poder oculto -tal vez el de Satanás, empeñado hasta la última hora en tentar al Redentor para probar su divinidad- fuese cómplice del insensato anhelo de la pecadora, he aquí que se sintió arrollada y transportada con velocidad increíble en alas del viento, que la depositó suavemente sobre la cumbre de una montaña deliciosa, poblada de olivos, laureles, naranjos cuajados de azahar, que alternaban con boscajes de mirtos y rosales en flor, de embriagador perfume. Bajando airosamente la escalinata de un elegante templete de mármol blanco, salió al encuentro de Magdalena hermoso mancebo sonriente, de rizos color de jacinto y brillantes pupilas, y le presentó una crátera de oro maravillosamente cincelada, donde chispeaba un licor transparente, rosado, de fragancia embriagadora, que trastornaba los sentidos. Llena de gozo, Magdalena estrechó contra su pecho la sagrada ambrosía y sólo pensó ya en ofrecérsela a Jesús, porque era imposible que aquel licor glorioso, escanciado por Ganímedes, no arrebatase el alma del mártir, haciéndole olvidar sus dolores. Sólo con llevar la copa de ambrosía en las manos sentíase Magdalena presa de dulce fiebre y deliquio, y la Naturaleza le parecía más bella, el sol más claro y el aire más ligero, elástico y luminoso. ¡Desengaño cruel! Así que pudo acercar una copa colmada de ambrosía a los labios de Jesús, cuyos tendones estallaban y cuyo rostro descomponía un padecer horrible, el moribundo hizo un gesto de violenta repulsión, y licor y copa rodaron al suelo, derramándose sobre la seca tierra la bebida de los dioses paganos.

Entonces Magdalena, víctima de la tentación, sintió redoblar su amargura. Los resabios de los años de iniquidad resurgieron, porque el pecado deja sedimentos en el alma y sube a la superficie apenas lo remueve la pasión, y aunque la doctrina de Cristo había inflamado el espíritu de aquella mujer, faltaba todavía que la penitencia la purificase y destruyese la vieja levadura. Sucedió, pues, que Magdalena, ofuscada por el dolor de ver que no sabía estancar la sed de Cristo, se imaginó que el Cordero torturado, si rechazaba el falerno que halaga el paladar y la ambrosía que transporta la imaginación tal vez aceptaría el vino de la venganza y de la ira; tal vez se aplacasen sus sufrimientos al gustar la sangre del enemigo que le clavó en la afrentosa cruz. Y con este pensamiento, Magdalena se acercó a uno de los sayones, el mismo que había fijado sobre la cabeza de Cristo la escarnecedora placa del Inri, y, engañándole, le llevó lejos del Calvario, a un lugar desierto, y aprovechando su descuido le hirió en el cuello con su propia espada, empapó la caliente sangre en una esponja y volvió segura de que Jesús bebería. Y esta vez, al contrario, fue cuando Cristo, con sobrehumano impulso, se irguió sobre los traspasados pies, y exclamó con fúnebre entonación: «Sed tengo».

María Magdalena cayó al pie de la cruz, desplomada, retorciéndose las manos y arrancándose a mechones las rubias y sueltas guedejas. Su impotencia para aliviar la sed de Cristo la enloquecía, y principió a acusarse interiormente de su impura existencia, sintiendo sobre la frente humillada el rubor y la pena de tanta disipación, del seco erial de su conciencia, donde no tuvo asilo la piedad. Muchas noches, mientras ella derrochaba oro en su opulenta mesa y se reclinaba sobre tapices tirios y pérsicas alfombras, los pobres, a su puerta, esperaban como perros las migajas del festín, y las mujeres de bien, velándose el rostro, apresuraban el paso para no oír las risotadas y las canciones impúdicas. Por eso, sin duda, no podía disfrutar ahora el consuelo de aplacar la sed de Cristo, sed que neciamente creyó satisfacer con el vino de la gula, la ambrosía del placer o la sangre de la venganza. Y al recapacitar, ablandábase poco a poco el corazón de la pecadora, y subiendo a sus ojos el agua del arrepentimiento y de la humildad fluía de sus lagrimales, resbalando lentamente por sus mejillas. Era tanto lo que lloraba Magdalena, que parecía liquidarse su espíritu, y las lágrimas empapaban la ropa y los hermosos extendidos cabellos. Y como levantase los ojos hacia el rostro de Jesús, vio en él una súplica, un ansia tan viva y tan amorosa que, inspirada, juntó las manos y recogió en el hueco de ellas aquel sincero llanto de contrición, y alzándose hasta Jesús, lo llegó a su boca. Por primera vez, en lugar del acongojado «Sed tengo», Jesús respondió a la Magdalena abriendo los labios y bebiendo ávidamente, al par que transfiguraba su rostro una expresión de inefable dicha.