miércoles, octubre 08, 2008

"Mester de Bastardía", de Manuel Silva Acevedo

Dos poemas





ESCLEROSIS


Éste soy yo, el antropoide
Ésta es la multitud de mis semejantes
un follaje agitado por la brisa radioactiva
Éstos son mis hermanos animales
mis apacibles hermanos del reino animal,
el león y el gorgojo
el reptil y el ciervo volante
atravesados por el dardo letal
que arrojan cerbatanas tierra/aire
Éstos son mis hermanastros minerales
extasiados en sus convulsiones silenciosas
Éstos son mis parientes más cercanos
no hacen más que comer
no hacen más que comerse
no hacen más que dormir y fornicar
Ésta es una bella pareja de semejantes míos
ríen, lloran, se han abrazado
tiemblan de miedo y nadie acude
El espacio se llena de estampidos y colores
Hay rostros que desaparecen
que nunca más suelen verse en las cervecerías
Hay flores de tintes extraordinarios
Hay corolas de increíbles temperaturas
cuyos pétalos se estropean en el barro
Hay tallos y pedúnculos en carnes vivas
Hay raíces como arterias al aire
Hay proyectiles abriéndose paso
Hay incineraciones, fisiones, desintegraciones
Hay matorrales que parecen pájaros inmóviles
Hay gigantescos árboles que avanzan hacia el cielo
Hay poblados de provincia donde a esta hora
se celebra la liturgia de la Cena.




DANUBIO AZUL


Era un animal romántico, dijo el orangután
y apretó en su puño al granadero
y luego lo engulló
y se llenó de cintas de primera comunión
de fragatas en llamas
de bosques azotado por vendavales
de pequeñas explosiones atómicas
de cadáveres en campos de batalla
Era un animal mitológico, dijo la hiena
sumida en las tripas del orangután
y se sintió repleta de medallas y escarapelas
de ofrendas florales y salvas de cañonazos
de asonadas callejeras y cargas de caballería
de marchas nupciales interrumpidas a balazos
Era vox populi un animal de mala entraña, dijo el gusano
royendo las entrañas podridas de la hiena
y entonces fue el día del Juicio Final
y los cadáveres diseminados en campos de batalla
se pusieron de pie
y estalló el Danubio Azul
y cada oveja tomó a su pareja
y se danzó hasta altas horas de la madrugada
cuando la multitud derribó las puertas de Palacio
y una pálida dama desmayándose en los brazos de su granadero
exclamó: es el siglo que muere, amor mío








1977






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