domingo, agosto 17, 2008

"El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati

Fragmento inicial




Uno


Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino.

Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.

Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables.

Ahora era por fin oficial, ya no tenía que consumirse sobre los libros ni temblar con la voz del sargento, y, sin embargo todo eso había pasado. Todos aquellos días, que le habían parecido odiosos, se habían consumido para siempre, formando meses y años que nunca se repetirían. Sí, ahora era un oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas quizá lo mirarían, pero en el fondo —se dio cuenta Giovanni Drogo— el tiempo mejor, la primera juventud, probablemente había acabado. Así, Drogo miraba fijamente el espejo, veía una cansada sonrisa en su rostro» al que en vano había tratado de amar.

¡Qué contrasentido! ¿Por qué no lograba sonreír con la obligada despreocupación mientras se despedía de su madre? ¿Por qué ni siquiera se fijaba en sus últimas recomendaciones y llegaba solamente a percibir el sonido de aquella voz, tan familiar y humana? ¿Por qué daba vueltas por el dormitorio con inútil nerviosismo, sin conseguir encontrar el reloj, la fusta, la gorra, que se encontraban, sin embargo, en su sitio? ¡Desde luego no partía a la guerra! Decenas de tenientes como él, sus ex camaradas, dejaban a esa misma hora la casa paterna entre alegres carcajadas, como si fueran a una fiesta. ¿Por qué no le salían de la boca, con destino a su madre, sino frases genéricas vacías de sentido, en lugar de cariñosas y tranquilizadoras palabras? La amargura de dejar por primera vez la vieja casa, donde había nacido a las esperanzas, los temores que entraña todo cambio, la emoción de despedirse de su madre, llenaban su ánimo, sí, pero sobre todo eso pesaba una insistente idea, que no conseguía identificar, como un vago presentimiento de cosas fatales, como si estuviera a punto de iniciar un viaje sin retorno.

Sin embargo Francesco Vescovi lo acompañó a caballo durante el primer trecho del camino. Los cascos de los animales resonaban en las calles desiertas. Alboreaba, la ciudad aún estaba inmersa en el sueño; aquí y allá, en los últimos pisos, se abrían algunas persianas, aparecían caras cansadas, apáticos ojos miraban un momento el maravilloso nacimiento del sol.

Los dos amigos no hablaban. Drogo pensaba en cómo sería la fortaleza Bastiani, pero no conseguía imaginarla. Ni siquiera sabía con exactitud dónde se encontraba, ni cuánto camino tendría que recorrer. Alguien le había hablado de una jornada a caballo, otros de menos; nadie había estado allí, en realidad, de a quienes había preguntado.

A las puertas de la ciudad Vescovi empezó a hablar vivazmente de cosas normales, como si Drogo fuera de paseo. Después, en cierto momento:

—¿Ves aquel monte herboso? Sí, ese mismo. ¿Ves una construcción en la cima? —decía—. Es ya una parte de la Fortaleza, un reducto avanzado. Pasé por allí hace dos años, lo recuerdo, con mi tío, yendo de caza.

Habían salido ya de la ciudad. Comenzaban los campos de maíz, los prados, los rojos bosques otoñales. Por la carretera blanca, azotada por el sol, avanzaban uno al lado del otro. Giovanni y Francesco eran amigos, habían vivido juntos muchos años, con las mismas pasiones, las mismas amistades; siempre se habían visto día tras día, después Vescovi se había enriquecido; Drogo, en cambio, se había hecho militar y ahora notaba cuán lejos estaba del otro. Toda aquella vida fácil y elegante ya no le pertenecía, le esperaban cosas graves y desconocidas. Su caballo y el de Francesco —le parecía— tenían ya una andadura distinta, un trote, el suyo, menos ligero y vivo, como un fondo de ansia y fatiga, como si también el animal notase que la vida estaba a punto de cambiar.

Habían llegado a lo alto de una cuesta. Drogo se volvió a mirar la ciudad a contraluz; de los tejados se alzaban humos matutinos. Vio de lejos su casa. Identificó las ventanas de su cuarto. Probablemente las hojas estaban abiertas, las mujeres estaban ordenando. Habrían deshecho la cama, encerrado en un armario los objetos, y después atrancado las contraventanas. Durante meses y meses nadie entraría allí, salvo el paciente polvo y, en los días de sol, tenues franjas de luz. El pequeño mundo de su niñez quedaba encerrado en la oscuridad. Su madre lo conservaba así para que él, al regresar, volviera a encontrarse de nuevo, para que pudiera allí dentro seguir siendo un muchacho, incluso tras larga ausencia. Oh, desde luego, ella se hacía la ilusión de poder conservar intacta una felicidad desaparecida para siempre, de contener la huida del tiempo, de que al abrir de nuevo puertas y ventanas al regreso del hijo las cosas volverían a ser como antes.

Su amigo Vescovi se despidió cariñosamente de él y Drogo continuó solo por la carretera, acercándose a las montañas. El sol caía a plomo cuando llegó a la entrada del valle que conducía a la Fortaleza. A la derecha, en lo alto de un monte, se veía el reducto que Vescovi le había señalado. No parecía que quedase aún mucho camino.

Ansioso por llegar, Drogo, sin pararse a comer, espoleó su caballo, ya cansado por el camino, que se volvía empinado y encajonado entre escarpadas laderas. Los encuentros eran cada vez más raros. Giovanni le preguntó a un carretero cuánto tiempo faltaba para llegar a la Fortaleza.

—¿La fortaleza? —respondió el hombre—. ¿Qué fortaleza?
—La Fortaleza Bastiani —dijo Drogo.
—Por aquí no hay fortalezas —dijo el carretero—. Nunca he oído hablar de ellas.

Evidentemente estaba mal informado. Drogo reanudó su camino y advirtió una sutil inquietud a medida que avanzaba la tarde. Escrutaba los altísimos bordes del valle para descubrir la Fortaleza. Se imaginaba una especie de viejo castillo con vertiginosas murallas. Con el paso de las horas, se convencía cada vez más de que Francesco le había dado una información errada; el reducto indicado por él ya debía haber quedado muy atrás. Y se acercaba la noche.

Miradlos, a Giovanni Drogo y su caballo, qué pequeños sobre el flanco de unas montañas que cada vez resultan más grandes y salvajes. Él sigue subiendo para llegar a la Fortaleza de día, pero más ligeras que él, desde el fondo, donde retumba el torrente, más ligeras que él suben las sombras. En cierto momento se encuentran justamente a la altura de Drogo en la vertiente opuesta de la garganta, parecen disminuir su carrera por un instante, como para no desalentarlo, después se deslizan hacia arriba por riscos y peñascos, y el jinete se ha quedado debajo.

Todo el valle estaba ya lleno de tinieblas violeta, sólo las desnudas crestas herbosas, a increíble altura, estaban iluminadas por el sol, cuando Drogo se encontró repentinamente ante una construcción militar que parecía antigua y desierta, negra y gigantesca contra el purísimo cielo de la tarde. Giovanni sintió latir su corazón, ya que ésa debía de ser la Fortaleza, aunque todo, desde los muros al paisaje, exhalaba un aire inhóspito y siniestro.

Dio vueltas a su alrededor sin encontrar la entrada. Aunque ya estaba oscuro, no había ninguna ventana encendida, ni se divisaban luces de centinelas en el borde de los murallones. Sólo había un murciélago, que oscilaba contra una nube blanca. Al final Drogo probó a llamar:

—¡Eh! —gritó—. ¿No hay nadie?

De la sombra acumulada al pie de las murallas surgió entonces un hombre, una especie de vagabundo y de pobre, de barba gris y con un pequeño saco en la mano. Pero en la penumbra no se distinguía bien, sólo el blanco de sus ojos lanzaba reflejos. Drogo lo miró con agradecimiento.

—¿Qué buscas, señor?
—Busco la Fortaleza. ¿Es ésta?
—Aquí ya no hay fortaleza —dijo el desconocido con voz bonachona—. Está todo cerrado, hará unos diez años que no hay nadie.
—¿Y dónde está la Fortaleza, entonces? —preguntó Drogo, de repente irritado con aquel hombre.
—¿Qué fortaleza? ¿Aquélla, quizá? —y hablando así el desconocido extendía un brazo, como señalando algo.

Por una hendidura de las rocas próximas, ya recubiertas por la oscuridad, detrás de una caótica escalinata de crestas, a distancia incalculable, inmerso aún en el rojo sol del ocaso, como salido de un encantamiento, Giovanni Drogo vio entonces un desnudo cerro y en la cima una tira regular y geométrica, de un especial color amarillento: el perfil de la Fortaleza.

¡Oh, cuán lejana aún! Quién sabe cuántas horas de camino, y su caballo estaba ya agotado. Drogo la miraba fascinado, se preguntaba qué podría haber de deseable en aquella solitaria bicoca, casi inaccesible, tan separada del mundo. ¿Qué secretos escondía? Pero eran los últimos instantes. Ya el último sol se apartaba lentamente del remoto cerro y por los amarillos bastiones irrumpían las lívidas ráfagas de la noche que caía.










sábado, agosto 16, 2008

Entrevista a Quino





¿Por qué cree que Mafalda no ha perdido vigencia?
N
i yo mismo lo sé. Tal vez porque muchas de las cosas que ella cuestionaba todavía siguen sin resolverse, de eso no quedan dudas. Es más, a veces me sorprende cómo algunas de esas tiras dibujadas hace más de veinte años todavía pueden aplicarse a cuestiones de hoy. Sin ir más lejos, el año pasado salió en Italia un libro con las viñetas que acompañaban a las tiras de Mafalda en la revista Siete Días. Estaban separadas por temas: política, economía... Lo increíble es cómo muchas de esas historietas parecían hacer referencia directa a la campaña de Berlusconi.

Supongamos que Mafalda hubiese surgido en los '90, y no en los '60. ¿De qué hablaría hoy?
No sé, de lo mismo... del sida, las injusticias, la ecología, la manipulación genética... Es que en realidad desde que dejé de hacerla no me puse a pensar en qué diría. Cada tira de Mafalda me llevaba un día entero de trabajo, desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Pero de todas formas, yo creo que siempre siguen naciendo Mafaldas ¿no? Es más, las Mafaldas de hoy están mucho mejor informadas a través de los medios de comunicación que aquella Mafalda de los '60.

¿Le molesta hablar de Mafalda?
No, para nada. Muchos creen que Mafalda me persigue pero no, sólo me acompaña. En mí no se da esa fábula de los celos entre el autor y sus personajes. Además me alegra que la halaguen, porque es parte mía. La gente siempre necesita de un nombre y de un personaje con el cual identificarse; es lógico entonces que se acuerden más de Mafalda: fue el único personaje de historieta que hice. Pero los mismos temas que le preocupaban a Mafalda y que me preocupan a mí, aparecen en las páginas de humor que publico actualmente en la revista de Clarín.

¿Se puede llegar a modificar algo con el humor?
No, no lo creo. Pero ayuda. Es el pequeño granito de arena que uno puede aportar para modificar las cosas.

¿Mafalda logró cambiar algo?
Yo diría que no. La prueba está en que se sigue leyendo igual que antes. Es decir que siguen vigentes los mismos problemas, las mismas injusticias que hace veinte años.

¿Cómo tomó la decisión de abandonar a Mafalda?
Fue una cosa que me costó mucho, pero no quería que Mafalda fuera como esas historietas que la gente lee por costumbre, pero que no tienen sentido. Además, hacer una historieta no es lo mismo que hacer una página de humor. Es un trabajo más rutinario, y por lo tanto uno se siente más limitado. La historieta obliga a dibujar siempre a los mismos personajes y en la misma medida. Es como si un carpintero tuviera que hacer siempre la misma mesa, y yo también quería hacer puertas, sillas, banquitos. Una vez me preguntaron si no pensaba en resucitarla. Y resucitarla significaría que está muerta. Nadie duda que está bien viva, afortunadamente. En realidad, Mafalda fue anunciando su retiro desde las viñetas que acompañaban a la tira en Siete Días. La señal más concreta y definitiva estuvo, claro, a cargo de la chismosa Susanita: «Ustedes no digan nada que yo les dije -susurró desde un cuadrito el 18 de junio de 1973-, pero parece que por el preciso y exacto lapso de 'un tiempito' los lectores que estén hartos de nosotros van a poder gozar de nuestra grata ausencia dentro de muy poco».




en Revista Viva, sin fecha.












viernes, agosto 15, 2008

“El poema enseña a caer”, de Luiza Neto Jorge





El poema enseña a caer
sobre los variados suelos
desde perder el piso repentino bajo los pies
como se pierden los sentidos
en una caída de amor,
al encuentro del cabo
donde la tierra se abate y
la fecunda ausencia excede.

Hasta la caída venida
del lento deleite de caer,
cuando el rostro alcanza el suelo
en una curva delgada sutil
una venia a nadie en especial
o especialmente a nosotros un homenaje
póstumo.









jueves, agosto 14, 2008

«Canto Cuarto − Farai un vers de dreit nïen», de Guillermo IX de Aquitania

Traducción de Manuel Álvarez Ortega




I

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.


II

No sé en qué hora nací
no estoy alegre ni estoy triste,
no soy huraño ni sociable,
y no puedo hacer otra cosa,
que de este modo fui de noche hadado
en una alta montaña.


III

No sé cuándo estoy dormido
ni cuándo velo, si no me lo dicen.
Por poco se me parte el corazón
de un punzante dolor;
pero no doy a cambio el precio de una hormiga,
¡Por San Marcial!


IV

Enfermo estoy y temo morir,
y de ello no sé más que lo que oigo decir;
médico buscaré a mi voluntad,
y no sé de uno así.
Buen médico será si consigue curarme,
pero no, si empeoro.


V

Amiga tengo, no sé quién es,
pues nunca la vi, por mi fe.
Nada ha hecho que me agrade o me disguste
y no me importa en absoluto,
que nunca hubo normando ni francés
en mi casa.


VI

Nunca la he visto y mucho la amo,
jamás obtuve de ella favor ni disfavor;
cuando no la veo, hago caso omiso:
no doy a cambio un gallo.
Que sé de una más gentil y hermosa,
y que más vale.


VII

No sé en qué lugar habita,
si es en montaña o si es en llano;
no me atrevo a decir la sinrazón que me hace,
prefiero callar;
y mucho me pesa que ella se quede aquí:
por eso me voy.


VIII

Mi poema está hecho, no sé sobre qué.
Me propongo enviarlo a aquel
que, por medio de otro, lo enviará
a Poitou, de mi parte;
y le ruego que de su estuche me haga llegar
la contraclave.











Contribución a DscnTxt de Miguel Muñoz








miércoles, agosto 13, 2008

“Veinte años”, de Rafael Gumucio





Recuerdo perfectamente cuando murió Raymond Carver. Hace veinte años, tenía veinte años (o dieciocho, que da más o menos lo mismo). Me recuerdo por entonces, escondido en mi abrigo, disfrazado de mí mismo, enceguecido por el esmog tratando de que los barbones que atendían en la librería Mimesis al mismo tiempo me vieran y no me vieran, me hablaran y me dejaran en paz. Corría sin que nadie me persiguiera, no tenía amigos y me inventaba a solas enemigos para que me entibiaran el pecho las tardes de invierno. Todo era invierno, me acuerdo, en esa época; todo era triste, callado, sutil hasta el asco. Tenía ganas pero no sabía de qué; sentía como nunca he vuelto a sentir, que era íntimo de todos, hermano de cualquiera. Me despedía casi con lágrimas de cada micro llena que abandonaba a duras penas la vereda de la Alameda.

Sólo Carver y su maestro Chejov me ayudaron a soportar los tecitos quemantes de la sala de profesores. Sólo ellos me hicieron sentir que mi tartamudeo de estudiante en práctica podía tener algo de literario. Sólo ellos sabían que había poesía en los asados, en los divorcios, en los días feriados, que mi rol no era gritar mi soledad sino escuchar, escrutar la soledad de los otros. Gracias a Carver pude dejar de fingir que me había gustado el Almuerzo desnudo, de Burroughs, y renuncié a Artaud, y denuncié a Derrida. Reemplacé feliz el delirio por el detalle, el quiebre por la comprensión, el discurso por la descripción, las metáforas por las epifanías.

Hoy me parece esa fe casi tan dogmática como la anterior. El cuento perfecto, el cuento conciso que sugiere más de lo que dice me parece ahora una forma refinada de castración. La realidad que he aprendido con el tiempo es todo, menos minimalista. La ingenuidad de Tolstoi me parece cada vez más sabia que la lucidez de Chejov. El que ve con microscopio no creo hoy que vea más que el que ve con telescopio, y menos que el que renuncia a esos aparatos y decide usar sus propios ojos para escrutar el paisaje en panorámica. No respeto a los que cuentan menos, los que sugieren más, porque creo firmemente que nuestras vidas se parecen, para el que tiene la valentía de seguirla hasta el final, más a Ana Karenina que a "La dama del perrito".

Por lo menos, Chejov escribió esas obras de teatro que rompen todo molde, que se atreven a lo improbable, que son a su manera monstruosas, y por eso imprescindibles. El gran escritor ruso se concibió a sí mismo siempre como un médico frustrado; los melindres y mentiras del arte le fueron gloriosamente indiferentes. En Carver, en cambio, reconozco de manera demasiado patente las ganas de ser escritor y hacer literatura. Los cuentos de Carver son la mejor literatura de taller literario que pueda concebirse, pero sigue siendo sólo eso. Historias terribles, pedazos de vidas apagadas y recortadas por el buen gusto. Conmueve pero ya no me mueven, me emocionan pero ya no conmocionan. No quiere, como Chejov quería, como Tolstoi lo intentó, cambiar el mundo, denunciar la barbarie, comprender la realidad, destrozar ídolos, investigar a los amigos, sino mostrarnos barcos en botellas, y nieve que cae solo como pelotas de cristal.Me doy cuenta, con alivio, de que quizás lo que ya no me gusta tanto de Raymond Carver no es de él, sino de Gordon Lish, el mítico editor que recortó severamente sus cuentos, cambiando cada vez que pudo los finales. Según denuncia Alessandro Baricco, una y otra vez el editor acabó con el sentimentalismo, con las explicaciones, con los adjetivos demasiado vistosos de los textos de Carver, inventando a tijeretazo eso que llamamos minimalismo. No cabe duda de que le permitió a Carver llegar a la gloria más rápido, pero quizás le prohibió realmente llegar al fondo de sí mismo.

Domesticó a la bestia, al alcohólico pobre y desheredado que venía del centro de los Estados Unidos y lo hizo legible y querible para los lectores del New Yorker. Inventó Lish una originalidad estándar que se convirtió muy luego en una nueva forma de academicismo y puritanismo.

Para mí releer a Carver es hundirme de nuevo en esa severidad, en esa sordera de mis veinte años. Es el miedo ante esa vida adulta que empieza a dos metros tuyo. El horror y el placer con que ven los novios, antes de casarse, la banalidad conyugal, los niños, el trabajo y la muerte. Leer a Carver es preguntarse cómo sólo esos novios pueden darse el lujo de preguntarse: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?

De amor, respondemos los adultos. De amor hablan siempre los que hablan de amor. De amor simplemente, aunque ese simplemente no tiene nada de simple. Pero ésa es otra historia, pero ésa es justamente toda la historia.










martes, agosto 12, 2008

«Cruzando el agua», de Sylvia Plath

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Negro lago, barca negra, dos personas negras, recortadas en papel.
¿Adónde van los negros árboles que beben aquí?
Sus sombras deben cubrir Canadá.

Un poco de luz se filtra desde las flores acuáticas.
Sus hojas no desean que nos apuremos:
Son redondas y planas y llenas de un oscuro consejo.

Fríos mundos se agitan desde el remo.
El espíritu de la oscuridad está en nosotros, está en los peces.
Un tronco sumergido levanta una pálida mano, como despedida;

Estrellas se abren entre lirios.
¿No estás cegado por aquellas sirenas carentes de expresión?
Éste es el silencio de almas asombradas.







5 de julio de 1971














Crossing the water

Black lake, black boat, two black, cut-paper people./ Where do the black trees go that drink here?/ Their shadows must cover Canada.// A little light is filtering from the water flowers./ Their leaves do not wish us to hurry:/ They are round and flat and full of dark advice.// Cold worlds shake from the oar./ The spirit of blackness is in us, it is in the fishes./ A snag is lifting a valedictory, pale hand;// Stars open among the lilies./ Are you not blinded by such expressionless sirens?/ This is the silence of astounded souls.//








lunes, agosto 11, 2008

"Los vagabundos del Dharma", de Jack Kerouac

Fragmento





El valle era largo, largo, largo. En su extremo superior se hizo muy escarpado y empecé a tener miedo de caerme; las piedras eran pequeñas y resbaladizas y me dolían los tobillos debido al esfuerzo muscular del día anterior. Pero Morley seguía caminando y hablando y me di cuenta de que tenía una gran resistencia. Japhy se quitó los pantalones y parecía un indio; quiero decir que se quedó en pelotas si se exceptúa un taparrabos, y avanzaba casi quinientos metros por delante de nosotros; a veces nos esperaba un poco para darnos tiempo a que le alcanzáramos, y luego seguía, moviéndose más deprisa, esperando escalar la montaña ese mismo día. Morley iba el segundo, todo el tiempo, unos cincuenta metros por delante de mí. Yo no tenía prisa. Luego, cuando la tarde avanzó, decidí adelantar a Morley y reunirme con Japhy. Ahora estábamos a unos tres mil quinientos metros de altura y hacía frío y había mucha nieve y hacia el este veíamos inmensas montañas coronadas de nieve y vastas extensiones de valle a sus pies y prácticamente nos encontrábamos en la cima de California. En un determinado momento tuve que gatear, lo mismo que los otros, por un estrecho lecho de roca, alrededor de una piedra saliente, y me asusté de verdad: la caída era de unos treinta metros, lo bastante como para romperme la crisma, encima de otro pequeño lecho de roca donde rebotaría como preparación para una segunda caída, la definitiva, de unos trescientos metros. Ahora el viento arreciaba. Sin embargo, toda esa tarde, en un grado incluso mayor que la anterior, estuvo llena de premoniciones o recuerdos, como si hubiera estado allí antes, trepando por aquellas rocas, con objetivos más antiguos, más serios, más sencillos. Por fin llegamos al pie del Matterhorn donde había una bellísima laguna desconocida para la mayoría de los hombres de este mundo, contemplada sólo por un puñado de montañeros, una laguna a más de tres mil quinientos metros de altura con nieve en las orillas y bellas flores y bella hierba, un prado alpino, llano y de ensueño, sobre el que me tumbé en seguida quitándome los zapatos. Japhy, que ya llevaba allí media hora, se había vestido otra vez porque hacía frío. Morley subía detrás de nosotros sonriendo. Nos sentamos allí observando la inminente escarpadura tan empinada que constituía el tramo final del Matterhorn.

-No parece excesivamente difícil -dije, animado-, llegaremos en seguida.

-No, Ray, es mucho más de lo que parece. ¿No te das cuenta de que son unos trescientos metros más?

-¿Tanto?

-A menos que nos demos prisa y marchemos dos veces más rápido que hasta ahora, no conseguiremos regresar a nuestro campamento antes de que caiga la noche y no llegaremos al coche, allí, al lado de la cabaña de troncos, antes de mañana por la mañana.

-¡Vaya!

-Estoy cansado -dijo Morley-, no pienso intentar el ascenso.

-Me parece muy bien -respondí-. La finalidad del montañero no es demostrar que puede llegar a la cima de una montaña, sino encontrarse en un lugar salvaje.

-Bueno, pues yo subiré -dijo Japhy.

-Pues si tú subes, yo iré contigo.

-¿Y tú, Morley?

-No creo que lo consiguiera. Esperaré aquí.

El viento era muy fuerte, y pensaba que en cuanto subiéramos unos cuantos metros por la ladera estorbaría nuestra ascensión.

Japhy cogió un pequeño paquete de cacahuetes y uvas pasas y dijo:

-Ésta será nuestra gasolina, chico. Ray, ¿estás dispuesto a ir el doble de deprisa?

-Lo estoy. ¿Qué dirían los de The Place si supieran que he hecho todo este camino para rajarme en el último minuto?

-Es tarde, démonos prisa. -Y Japhy empezó a caminar muy deprisa y hasta corría a veces cuando había que ir hacia la derecha o la izquierda por aristas de pedregales. Un pedregal es un derrumbe de piedras y arena y es muy difícil de escalar, pues siempre se producen pequeños aludes. Bastaban unos pocos pasos para que nos pareciera que subíamos más y más como en un terrorífico ascensor, y tuve que tragar saliva cuando me volví a mirar hacia abajo y vi todo el estado de California, o así parecía, extendiéndose en tres direcciones bajo los amplios cielos azules con impresionantes nubes del espacio planetario e inmensas perspectivas de valles distantes y hasta mesetas, y si no me equivocaba todo el estado de Nevada estaba también allí, ante mi vista. Era aterrador mirar hacia abajo y ver a Morley, un punto soñador que nos estaba esperando junto al lago. "¿Por qué no me habré quedado con el viejo Henry?", pensé. Y ahora empecé a tener miedo a subir más, miedo a estar demasiado arriba. También empecé a temer que el viento me barriera. Todas las pesadillas que había tenido sobre caídas de una montaña, por un precipicio o desde un piso alto me pasaron por la cabeza con perfecta claridad. Y, encima, cada doce pasos que dábamos, nos sentíamos exhaustos.

-Eso es por la altura, Ray -dijo Japhy, sentándose a mi lado, jadeante-. Tomaremos unas pasas y unos cacahuetes y ya verás la fuerza que te dan.

Y cada vez que tomábamos aquel tremendo vigorizante, ambos trepábamos sin decir nada otros veinte o treinta pasos. Entonces nos sentábamos de nuevo, sudando en el viento frío, jadeando, en el techo del mundo, sorbiéndonos los mocos como chavales jugando a última hora de la tarde un sábado de invierno. Ahora el viento empezó a aullar como en las películas de La Mortaja del Tíbet. La pendiente era demasiado para mí; ahora tenía miedo a mirar hacia abajo; lo hice: ni siquiera conseguí distinguir a Morley junto a la laguna.

-¡Date prisa! -gritó Japhy, desde unos treinta metros más arriba-. Se está haciendo tardísimo.

Miré hacia la cumbre. Estaba allí mismo. Llegaría a ella en cinco minutos.

-Sólo nos queda media hora -gritó Japhy. No podía creerlo. Tras cinco minutos de rabiosa ascensión, me dejé caer y miré hacia arriba y la cumbre seguía donde antes. Lo que menos me gustaba de aquella cumbre era que todas las nubes del mundo pasaban a través de ella como si fueran niebla.

-En realidad yo no tengo nada que hacer allí arriba -murmuré-. ¿Por qué me dejaría enrollar en esto?

Japhy iba ahora mucho más adelante, me había dejado las pasas y los cacahuetes y, con una especie de solemnidad solitaria, había decidido llegar a la cumbre, aunque muriera en el empeño. No volvió a sentarse. Pronto estaba todo un campo de fútbol, unos cien metros, por delante de mí; cada vez era más pequeño. Volví la cabeza como la mujer de Loth.

-¡Está demasiado alto! -aullé en dirección a Japhy, dominado por el pánico.

No me oyó. Avancé unos cuantos pasos más y caí exhausto panza abajo, resbalando un poco.

-¡Está demasiado alto! -volví a gritar auténticamente asustado.

¿Qué pasaría si no podía evitar el seguir deslizándome hacia abajo por el pedregal? Esa maldita cabra montesa de Japhy seguía saltando por entre la hierba, allí delante, de roca en roca, cada vez más arriba. Sólo distinguía el brillo de sus suelas.

-¿Cómo voy a seguir a un loco como ése?

Pero como un demente, como un desesperado, le seguí. Por fin llegué a una especie de saliente donde pude sentarme en un plano horizontal en lugar de tener que agarrarme a algo para no caer hacia abajo, y me acurruqué allí para que el viento no me arrastrara y miré hacia abajo y alrededor y tomé una decisión.

-¡Me quedo aquí! -le grité a Japhy.

-Vamos, Smith, sólo quedan otros cinco minutos. ¡Estoy a treinta metros de la cumbre!

-¡Me quedo aquí! ¡Está demasiado alto!

No dijo nada y siguió. Vi que se caía y resoplaba y volvía a ponerse en pie y reanudaba la marcha.

Me acurruqué todavía más en el saliente y cerré los ojos y pensé: "¡Maldita vida esta! ¿Por qué tenemos que nacer y sólo por eso nuestra pobre carne queda sometida a unos horrores tan terribles como las enormes montañas y las rocas y los espacios abiertos?", y recordé aterrorizado el famoso dicho zen: "Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo." Y se me pusieron los pelos de punta.

¡Y me había parecido un poema maravilloso sentado en las esteras de Alvah! Ahora me hacía latir más deprisa el corazón y desear no haber nacido.

"De hecho, cuando Japhy llegue a la cima de esa cumbre, seguirá subiendo, lo mismo que el viento que sopla. Pero este viejo filósofo se quedará aquí. -Y cerré los ojos-. Además -pensé-, descansa y no te inquietes, no tienes que demostrar nada a nadie."

Y de repente, oí en el viento un hermoso grito entrecortado de una extraña musicalidad y mística intensidad, y miré hacia arriba, y allí estaba Japhy de pie encima de la cumbre del Matterhorn lanzando su grito alegre de conquistador de las cumbres y de Buda azote de la montaña. Era algo hermoso. Y también era cómico, allí arriba, en aquella no tan cómica cima de California, entre toda aquella niebla veloz. Pero tenía que reconocerle su valor, el esfuerzo, el sudor y aquel grito humano de triunfo: nata en lo alto de un helado. No tuve fuerza suficiente para responder a su grito. Anduvo de un lado para otro investigando fuera de mi vista el pequeño terreno llano (según dijo) que se extendía unos cuantos metros hacia el oeste y que después caía quizá hasta los propios suelos cubiertos de aserrín de Virginia City. Era una locura. Le oía gritarme, pero me acurruqué todavía más en mi rincón protector. Miré abajo hacia el pequeño lago donde Morley estaba tumbado con una hierba en la boca y dije en voz alta:

-Aquí tenemos el karma de estos tres hombres: Japhy Ryder se lanza triunfante hacia la cumbre y llega a ella; yo casi llego, pero me rajo y quedo acurrucado en este maldito agujero. Sin embargo, el más listo de los tres, el poeta de poetas, se queda ahí tumbado con una rodilla sobre otra, mirando el cielo y mordisqueando una flor en una deliciosa ensoñación junto a la deliciosa plage. ¡Maldita sea! No volverán a traerme aquí arriba.





1958





domingo, agosto 10, 2008

"Quise querer", de Germán Estrada Fricke






Quise amar sin saber
que es amor.
Quise ser feliz.
Quise dioses y razones,
un sentido.
Quise explicar la totalidad.
Quise ser alguien,
quise hacer algo.
Luego quise ser otro
y no hacer nada.

Quise palabras y me sumergí
en las frías letras de los libros.
Buceando en mares de lágrimas,
azotado por las olas
en las rocas de la locura.
La humildad me hizo leve
y no pude alcanzar lo profundo.
El lastre de la soberbia
me impedía emerger.
Atrapado entre dos aguas
teniendo por tesoros al hastío
y algunos versos de coral.

Quise una nave y viajar
a la deriva, mar adentro
por el conocimiento
hasta naufragar en la sabiduría.

Quise libertad y vida.
Sobredosis de hazañas y fenómenos.
Quise el bien y el mal.
Los quise opuestos,
los quise complementarios
los quise idénticos.
Luego quise espíritu.
Quise verdad.
Quise absoluto y tiempo.

Quise magia y brujería,
hechizos y visiones
que me liberaran
del orden de las cosas.

Quise caos, poder y revolución.
Quise santidad y una espada.
Quise sin miedo
Quise sin tristeza
Quise un corazón en llamas
y el ímpetu y la fuerza voluptuosa
que empuja a los ríos y atraviesa
desde la semilla, la tierra
hasta los altos tallos de los árboles.

Quise luz y sombra.
Quise distancia y ternura.
Quise el sol arrebolado entre las nubes
y el silencio y la paz
de las altas cumbres.
Quise desfiladeros, acarreos de piedra,
nevazones, tormentas y aludes.

Quise el desierto y una luna gigante,
miles de astros descolgados al paisaje
y todo el cielo brillando
en su destrucción sutil.
Quise el vuelo de ciertas
aves solitarias y espléndidas.
Quise un templo desafiando
la gravedad en un acantilado,
una choza montada en palafitos
en medio de una laguna florida de lotos.

Quise la belleza
de una música nostálgica
mientras caminaba fumando por
las húmedas calles del alba
en una ciudad extranjera.

Quise beber todas las gotas de rocío.
Quise la barbarie
y la naturaleza salvaje de las bestias.
Quise crueldad y venganza
en todos los idiomas de la tierra.
Quise la soledad ebria
de un hotel decadente.
Quise sexo y furia y daño.
Quise que todo fuera una película,
una vieja fotografía
una obra de arte.


Quise el goce y no más dolor.
Quise morir.
Ya no quise más.
Y el deseo era inmortal.

Quise un epitafio
que contuviese las ideas,
la materia y la energía de este
universo y los por venir.

Quise un cenotafio
esculpido en vanidad e incrustado
en nácar, piedras y metales preciosos,
un monumento que sin contener
mi cadáver
recordara mi muerte.

Quise trascender y sobrevivirme.

Entonces escribí
y el hambre del poema
lo devoró todo.







lastarria
29.07.08





a carla figueroa pozo en su cumpleaños, a los que quisieron y a los que sufren por no haber querido








sábado, agosto 09, 2008

“Entre manipulaciones y fetuas”, de Juan Goytisolo







1. En 1989, inmediatamente después de la fetua del imam Jomeini contra Salman Rushdie por su visión novelesca del Profeta en Los Versos Satánicos, recibí una llamada telefónica de Londres para solicitar mi adhesión a la carta abierta de medio centenar de intelectuales en defensa de la vida y la libertad del escritor. La misiva, publicada un par de días más tarde en The Times, salió con mi firma: recuerdo que fui el único español que figuraba entre los signatarios y el único también que aprobó su contenido desde un país musulmán. Las razones que me indujeron a ello -además de mi sostén por principio a la libertad de expresión- eran de dos órdenes. El primero, expuesto anteriormente en mi ensayo 'De la literatura considerada como una delincuencia' (Contracorrientes, 1985), se fundaba en la dificultad, por no decir imposibilidad, de extraer los elementos estrictamente religiosos, políticos o ideológicos de un texto de ficción, en la medida en que sólo cobran sentido y pueden ser analizados en el interior del proyecto artístico del autor. El segundo, de mayor peso, consistía en señalar que Salman Rushdie, escritor inglés y cuya obra fue publicada en Inglaterra, no podía ser juzgado por un delito que no lo era fuera de Irán. Invocar una razón religiosa, por respetable que sea, para violar la legalidad internacional resulta inadmisible en el mundo posterior a la Carta Fundacional de Naciones Unidas, pues equivaldría, por ejemplo, a dar la razón a la política expansionista de la derecha religiosa israelí para adueñarse, en nombre de la promesa bíblica, y con la brutalidad que sabemos, de lo que queda de Palestina. Este último argumento lo expuse un año después ante un pequeño grupo de periodistas iraníes durante mi estancia en su país, sin que ninguno de ellos alcanzara a darme una respuesta mínimamente aceptable.

2. La visión del Profeta por parte de la Cristiandad responde a una animosidad vieja de siglos. Desde el nacimiento del Islam, centenares, por no decir millares, de panfletos y libros, desde obrillas supuestamente devotas a los magistrales versos de Dante, lo dibujan con las tintas más negras y lo caricaturizan con saña. La bibliografía sobre el tema es extensa y no me demoraré en él.

Contrariamente a nosotros, no hallamos un trato equivalente con Jesús en el espacio musulmán, ya que Aisa, hijo de José y de María, es un profeta del Islam y, por ello, objeto de veneración como los demás nabi-s de Dios. Una película como “La última tentación de Cristo” chocó más a los musulmanes que a los occidentales laicos: Irán y la mayoría de gobiernos árabes la prohibieron. Pero gran parte de los fieles musulmanes ignoran o no comprenden esta diferencia: "¿Por qué nosotros respetamos y queremos a Jesús y vosotros insultáis a Mahoma?". Para unos, Jesús no es, simplemente, el Hijo de Dios; para los otros, Mahoma encarna el impostor por excelencia.

Este malentendido tiene la piel muy dura. Desde el obispo Juan de Segovia (siglo XV) hasta el papa Juan XXIII, las tentativas de establecer un vínculo de coexistencia pacífica entre las dos grandes religiones monoteístas han dado escasos frutos. Mientras los exaltados del Occidente católico se calientan hoy los cascos con lo de la "marea negra islámica" y hablan de Covadonga, los islamistas radicales retoman el lenguaje y la violencia indiscriminada de la yihad y denuncian las agresiones reales o supuestas de los cruzados.

3. En el ámbito islámico que se extiende desde Filipinas al Atlántico, el lenguaje político tiende a ser reemplazado por el de los teólogos. Las razones de dicha sustitución están a la vista de todos. Las grandes potencias europeas combatieron los nacionalismos arabo-musulmanes contrarios a sus intereses y apoyaron a los gobiernos despóticos favorables a ellos. El islamismo salafista era percibido hasta fecha reciente como una fuerza amiga en cuanto opuesta al comunismo soviético y al espíritu emancipador de Bandung. Las experiencias liberadoras y nacionalistas de Mosadegh y Sukarno acabaron con golpes de Estado fomentados por Occidente. Mientras los disidentes soviéticos recibían el apoyo de éste en nombre de la libertad, los musulmanes laicos fueron abandonados a su suerte en aras de consideraciones geoestratégicas o de sustanciosos acuerdos económicos con los Estados que los reprimían y encarcelaban. Tal política de dos pesos y dos medidas halla su ejemplo más convincente en el caso de Palestina: ninguna de las resoluciones de Naciones Unidas tocante a los territorios ocupados ha sido cumplida por Israel, gracias al apoyo incondicional de Estados Unidos.

La frustración de los países islámicos sometidos a gobiernos corruptos e incompetentes aliados de Occidente ha sido la causa de la creciente desafección de sus pueblos por el presunto sistema democrático en el que desmedran. Los partidos políticos -en los Estados en donde son tolerados- han perdido toda credibilidad y las elecciones plebiscitarias son vistas como un ritual en el que los resultados favorables al poder se cocinan de antemano. En dichas circunstancias, el lenguaje religioso-social ha sustituido paulatinamente al político. Si los principios democráticos con los que Bush justificó la invasión ilegal de Irak se aplicaran hoy de Indonesia a Marruecos, no me cabe duda de que los islamistas alcanzarían una confortable mayoría como la que han logrado el partido de Recep Erdogan en Turquía, Hamás en Palestina y las agrupaciones religiosas chiíes en Irak. Esta realidad tendría que inducirnos a reflexionar y evitar ecuaciones mortíferas como la de musulmán = islamista = terrorista. La llegada al poder de gobiernos demócrata-musulmanes como el de Ankara debería, al contrario, ser alentada en la medida en que introducen el Islam político en la arena de las democracias parlamentarias. Cada país, cada situación regional, exige ser analizado de forma puntual y concreta. Las generalizaciones son nuestro peor enemigo. Pakistán no es Irán; ni Egipto, Arabia Saudí; ni Marruecos, Libia. Olvidar estas premisas es la forma más segura de sembrar los vientos que propician el proyecto global de los radicales salafistas y el conflicto de civilizaciones anunciado por Huntington.

4. Los principios democráticos consensuados en Occidente después de dos siglos de lucha intelectual y política son irrenunciables por más que hayan sido repetidamente conculcados por sus proclamados heraldos con toda clase de guerras, agresiones y tropelías coloniales o neocolonialistas. No es de extrañar, por tanto, que sean percibidos por las víctimas de tales atropellos como un vacuo ejercicio de hipocresía. Los palestinos expulsados de sus hogares desde hace más de medio siglo y hacinados desde entonces en el infierno de Gaza no pueden entender fácilmente nuestra defensa cerrada de ellos. Imaginar que el martirio de Sarajevo, el genocidio de Srbrenica y la extinción de Grozni, conmovedoramente retratada en el filme de Manon Loizeau, no iban a cobrarnos un precio es vivir fuera del planeta.

¿Debemos resignarnos al juego de arrojar nuestros muertos contra los de ellos? ¿Dejarles evocar los de Palestina, Bosnia, Irak o Chechenia para esgrimir los millares de inocentes asesinados en Nueva York, Londres o Madrid? ¿Volver al espíritu de las cruzadas invocado por algunos fatuos representantes de la derecha intelectual y política aznariana para combatir la delirante yihad de Bin Laden y sus sangrientos compinches? Los extremismos se sostienen y alimentan recíprocamente, y lo peor es hacerles el juego.

Insisto: el respeto de los valores ajenos, en la medida en que son respetables, es el fundamento de las sociedades democráticas. Por dicha razón, ni la poligamia, ni la discriminación de la mujer, ni las prácticas aberrantes de las sociedades subsaharianas y nilóticas tocante a la ablación tienen cabida, por ejemplo, en el ámbito europeo ni pueden ser toleradas. Las leyes las prohíben y nuestra razón las condena. Tratándose de otros aspectos de orden religioso que podemos calificar de respetable, la consideración y reciprocidad se imponen. Pues no se trata sólo de una cuestión de valores, sino de sensibilidad respecto a las creencias ajenas.

5. El lamentable asunto de las viñetas publicadas en el diario danés Jyllands-Posten revela con crudeza las múltiples facetas y ambigüedades del problema. La caricatura de Mahoma con una bomba por turbante en la cabeza -con su equiparación insidiosa entre musulmanes y terroristas- me parece una generalización tan abusiva como insultante. Carente de todo valor artístico -como el que se podía invocar en el caso de Salman Rushdie-, y políticamente lesiva -conforme los hechos se han encargado de probar-, arroja aceite al incendio del muy poco espontáneo conflicto de civilizaciones cuya mecha prendieron los terroristas del 11-S a fin de ocultar la existencia del incubado en el seno de la que presuntamente encarnan entre unas tradiciones anacrónicas y la aspiración a la modernidad. Sólo una ínfima minoría de musulmanes son terroristas, pero decenas, quizá centenas de millones, pueden sentirse ofendidos por las viñetas y reaccionar con furor contra ellas. Mahoma no es Bin Laden como Jesucristo no fue el Gran Inquisidor. Ningún conocedor del vasto espacio arabo-musulmán hubiera aprobado la publicación de las caricaturas, por muy legal que sea, de haber tenido la posibilidad de hacerlo. La crítica razonable de lo propio y el respeto de lo ajeno que estimamos respetable -una actitud en los antípodas de la exaltación patriotera de los ultranacionalistas y xenófobos- debería ser la aguja de navegantes en el océano encrespado que atravesamos. No se trata de capitular ante las amenazas de un enemigo fanatizado, sino de advertir las diferencias existentes entre una sociedad mayoritariamente pragmática y librepensadora, y una sociedad de creyentes.

La democracia tiene que mantenerse firme en sus principios y evitar toda claudicación, pero exige flexibilidad en la aplicación de sus reglas. Suscribo lo escrito por los editorialistas de The Guardian -"no sería apropiado, por ejemplo, reproducir una viñeta antisemita de las que se publicaban en la Alemania nazi"- y de Financial Times -"la libertad de expresión es una de nuestras libertades más apreciables. Pero no es absoluta: no incluye el derecho de gritar '¡fuego!' en un teatro abarrotado"-. La libertad no nos exime de un mínimo de responsabilidad y el Jyllands-Posten no ha mostrado responsabilidad alguna. Si sería un desatino en un ambiente crispado como el nuestro publicar un editorial titulado ¡Los catalanes quieren desmembrar a España!, lo de la bomba y Mahoma es más insensato aún en una situación explosiva agravada por cuanto acaece en Oriente Próximo. ¡Bastante fuego hay como para arrojarle más leña!
Por mi parte, sin apartarme un ápice de la defensa de la libertad de expresión, me sumo al proyecto de Alianza de Civilizaciones promovido en Naciones Unidas por el presidente del Gobierno como el mejor antídoto contra la espiral de irresponsabilidad y violencia avivada por los extremistas de los dos bandos.










viernes, agosto 08, 2008

“Volamos”, de Antonio Di Benedetto






Como puesta ante un apacible e inofensivo misterio, que puede serlo, con ganas de hablar, que a mí me faltan, me cuenta de su gato.

Es, sí. Claro que es; pero... Ante todo, como es huérfano, recogido por compasión, se ignora su ascendencia. Es gato y le agrada el agua. De las acequias no prefiere los albañales, sino la corriente barrosa. Se lanza acezante, pisa fuerte y salpica: hunde las fauces y hace que toma, pero no toma, porque es de puro goloso que lo hace. Puede pensarse que no es un gato, que es un perro. También por su actitud indiferente en presencia de los demás gatos. Pero es que asimismo se limita a observar desde lejos a los perros y ni siquiera se enardece frente a una pelea callejera. Como al emitir la voz desafina espantosamente y además es ronco, no puede saberse si maúlla o ladra.

Hago como que me asombro. Pero no abro la boca, porque de preguntar o comentar me preguntaría por qué pienso así y tendría que explicar y complicarme en un diálogo. Empero ya no me habla: se habla. Revisa lo que sabe y quiere saber más.

Es gato y le gusta el agua. Eso no autoriza a concluir que sea un perro. Ni siquiera está la cuestión en que sea perro o gato, porque ni uno ni otro vuelan, y este animalito vuela; desde hace unos días se ha puesto a volar.

Yo espero que me pregunte si creo que se trata de una brujería. Pero no; al parecer, no cree en eso. Yo tampoco; aunque lo pensé. Mejor dicho, pensé que ella lo pensaba. Pero no.

­¿No te maravillas?
­Sí; seguramente. Me maravillo. Cómo no. Me maravillo.

Podría maravillarme, cómo no. Pero no. Puedo maravillarme porque el gato-perro vuela. Pero es que no sólo hablo. Estoy pensando. Pienso que ella supone que he de maravillarme porque lo que creyó era gato puede ser perro o lo que puede ser gato o perro puede ser un ave o cualquier otro animal que vuele. Debiera maravillarme porque, lo que se cree que es, no es. No puedo. ¿Acaso me maravilla que tú no seas lo que tu esposo cree que eres? ¿Acaso me maravilla no ser lo que mi esposa cree que soy? Tu animalejo es un cínico, nada más. Un cínico ejercitado.






en Mundo Animal, 1953










jueves, agosto 07, 2008

"En dirección hacia el comienzo", de Dylan Thomas

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





En la liviana tienda en el campo que se mece en el gran atardecer de primavera, cerca del mar y la rústica barca con un mástil de madera de cedro, el armazón de madera adornado con espolones y conchas, una plegada vela color salmón, y dos remos como aletas; con gaviotas en un vuelo alto allá arriba, cigüeña, pelícano y gorrión volando hacia el fin del océano y al primer grano de una tierra sin tiempo que gira en la cabeza de un reloj de arena, un aro de plumas bajo la oscuridad de la primavera en un año patas para arriba; como las rocas en la historia, por cada rasgo y miembro garabateado, ojo de una aguja, sombra de un nervio, corte en el corazón, por escindidas fibra y arcilla enhebradas, grabadas para el delirio de la odisea la caída de la hoja de laurel el volcamiento del roble el astillamiento de la piedra lunar contra la reencarnación del asesino animadas y numerosas olas, un hombre ha nacido en dirección hacia el comienzo. Y fuera del sueño, donde la luna lo ha erigido a través de las montañas –en los ojos de ella– y por los fuertes, escudriñados brazos que cayeron tras la mujer, llenos de dedos y mareas, hacia el mar y el viento, luchó al borde del atardecer, fue hacia el comienzo como un ganso hacia el cielo, y llamó a sus furias por sus nombres desde el índice de viento dibujado de tumba y aguas. ¿Quién fue esta extraña que vino como granizo, cortada en hielo, que tiene un arbusto marino de hojas nevadas como pelo, y más alta que un mástil de cedro, la blanca lluvia del norte descendiendo y el mar conducido por ballenas arrojado a las cuencas de aquel ojo, desde una ciudad de pescadores en la isla que ya flota? Ella era salina y blanca y viajera como el campo, sobre una hoja, se mecía con pájaros a su alrededor, atardecer centrado en el corazón que nunca ha sido, oyó él sus manos entre la copa de los árboles –una pluma sumergida, de ella sus dedos fluyeron sobre las voces- y el mundo fue ahogándose a través de una sirena visión de hierba de alguien extraño y bestias de agua y nieve. La palabra fue absorbida hasta la última gota del lago; la catarata de la última partícula se preocupó al empaparse de sudor a tierra, como si la lluvia del paraíso hubiera arrastrado sus nubes a caer como una tortuga volcada, como un maná hecho de temporadas de suaves barrigas, y el duro granizo, cayendo, esparcido y aturdido en una nube mitad flor mitad ceniza o el viento del carroñero de patas largas a través de una pirámide levantada alta con lodo o el suave y lento flujo de vapor mezclado y hojas. En el centro exacto del encantamiento fue él un habitante de la costa en alta mar, atado al ojo por su pelo en el pecho del cíclope, con sus abrazados muslos encordados entre su voz; blancos osos nadaron y se ahogaron marineros en la música que ella escaló y dibujó con sus manos y fábulas desde el erguido pelo de aquel hombre; de un tirón ella le arrancó su terror por los oídos, y lo aburrió cantando dentro de la luz a través del bosque de la peluda serpiente y la voz de piedra giratoria. La revelación miraba fijamente atrás por sobre su traspasado hombro. ¿Cuál fue la génesis de ella, la última chispa de juicio o el chorro de la primera ballena desde el vasto mar? ¿La conflagración en el fin, un fuego fúnebre saltando, un cohete gastado con su cola aún caliente, o, dónde la primavera originaria y su locura escalaron las barreras del mar y las cerraduras del jardín fueron magulladas, coronada y apagada agua sobre la vela de la montaña? ¿De quién fue la imagen en el viento, la huella en el acantilado, el eco golpeando para obtener una respuesta? Ella fue como una oropéndola de pelo serpenteante. Ella se deslizó en el campo de sal que todo traga, las rocas y la crónica, las anatomías oscuras, el mismo mar anclado. Ella hizo estragos en el útero de la mula. Ella titubeaba en la galopante dinastía. Ella era ruidosa en la vieja sepultura y guardaba una silenciosa, rápida lengua bajo el sol. Advirtió de ella su expulsada imagen, trazó el mapa con el pie de una pesadilla envenenada y enmarcó contra el viento la impresión de su pulgar que torció en su mano con la membrana de una sombra, interrogación de un eco familiar: ¿cuál es mi génesis, la fuente de granito extinguiéndose donde la primera llama es arrojada al esculpido mundo, o a la fogata de crines como un león en el umbral de la última bóveda? Una voz entonces en aquel atardecer viajó por la luz y las ondas en el agua, un lineamento desafió los deslizados ánimos, desde donde la cantárida de mar de oro verde tiñe el rastro del veneno de un pulpo arrastrándose a través de espuma, y desde las cuatro esquinas del mapa un querubín en una isla sopló las nubes hacia el mar.



1938












In the Direction of the Beginning


In the light tent in the swinging field in the great spring evening, near the sea and the shingled boat with a mast of cedar-wood, the hinderwood decked with beaks and shells, a folded, salmon sail, and two finned oars; with gulls in one flight high over, stork, pelican, and sparrow, flying to the ocean's end and the first grain of a timeless land that spins on the head of a sand glass, a hoop of feathers down the dark of the spring in a topsyturvy year; as the rocks in history, by every feature and scrawled limb, eye of a needle, shadow of a nerve, cut in the heart, by rifted fibre and clay thread, recorded for the rant of odyssey the dropping of the bay-leaf toppling of the oak-tree splintering of the moonstone against assassin avatar undead and numbered waves, a man was born in the direction of the beginning. And out of sleep, where the moon had raised him through the mountains in her eyes and by the strong, eyed arms that fall behind her, full of tides and fingers, to the blown sea, he wrestled over the edge of the evening, took to the beginning as a goose to the sky, and called his furies by their names from the wind-drawn index of the grave and waters. Who was this stranger who came like a hailstone, cut in ice, a snow leafed seabush for her hair, and taller than a cedarmast, the north white rain descending and the whale-driven sea cast up to the caves of the eye, from a fishermen's city on the floating island? She was salt and white and travelling as the field, on one blade, swung with its birds around her, evening centred in the neverstill heart, he heard her hands among the treetops –a feather dived, her fingers flowed over the voices- and the world went drowning down through a siren stranger’s vision of grass and waterbeasts and snow. The world was sucked to the last lake’s drop; the cataract of the last particle worried in a lather to the ground, as if the rain had led its clouds fall turtle-turning like a manna made of the soft-bellied seasons, and the hard hail, falling, spread and flustered in a cloud half flower half ash or the comb-footed scavenger’s wind through a pyramid raised high with mud or the soft slow drift of mingling steam and leaves. In the exact centre of enchantment he was a shoreman in deep sea, lashed by his hair to the eye in the cyclop breast, with his swept thighs strung among her voice; white bears swam and sailor drowned to the music she scaled and drew with hands and fables from his upright hair; she plucked his terror by the ears, and bore him singing into light through the forest of the serpent-haired and the stone-turning voice. Revelation stared back over its transfixed shoulder. Which was her genesis, the last spark of judgement or the first whale’s spout from the waterland? The conflagration at the end, a burial fire jumping, a spent rocket hot on its nail, or, where the first spring and its folly climbed the sea barriers and the garden locks were bruised, capped and douting water over the mountain candlehead? Whose was the image in the wind, the print on the cliff, the echo knocking to be answered? She was orioled and serpent-haired. She moved into the swallowing, salty field, the chronicle and the rocks, the dark anatomies, the anchored sea itself. She raged in the mule’s womb. She faltered in the galloping dynasty. She was loud in the old grave, kept a still, quick tongue in the sun. He marked her outcast image, mapped with a nightmare’s foot in poison and framed against the wind, print of her thumb that buckled on its hand with a webbed shadow, interrogation of the familiar echo: which is my genesis, the granite fountain extinguishing where the first flame is cast in the sculptured world, or the bonfire maned like a lion in the threshold of the last vault? One voice then in that evening travelled the light and water waves, one lineament took on the sliding moods, from where the gold green sea cantharis dyes the trail of the octopus one venom crawled through foam, and from the four map corners one cherub in a island shaped puffed the clouds to sea.










miércoles, agosto 06, 2008

"Todos los días despierto ahora con alegría y pena...", de Alberto Caeiro





Todos los días despierto ahora con alegría y pena.
En otros tiempos me despertaba sin ninguna sensación: despertaba.
Tengo alegría y pena por perder lo que sueño
y porque en la realidad puedo estar donde está lo que sueño.
No sé lo que he de hacer con mis sensaciones.
No sé lo que he de ser conmigo a solas.
Quiero que ella me diga algo para despertar de nuevo.












martes, agosto 05, 2008

“Trasplante de cerebro”, de André Carneiro






E
n el cuadro luminoso estaban señalados el día y el año, 20 de agosto de 2425. El profesor dio un salto, tiró del calcetín, apretó el botón de gravedad y descendió lentamente, casi en un paso de danza.

–Sí, eso es, pueden grabar. La revolución del sexo, siglo veinte. La revolución de la gravedad, comienzos del siglo veintiuno. Y, la más importante de todas, la Revolución del Cerebro, comienzos del siglo veintitrés.

Una de las alumnas, en el fondo del aula, apretó un botón, dio un impulso y fue planeando por encima de sus colegas hasta poner una mano en el hombro del profesor. Su cuerpo fue descendiendo lentamente, mientras tocaba la frente del profesor con la punta de la lengua rosada. El profesor dijo que "sí" con la cabeza y la alumna fue al baño totalmente transparente que había al lado. Naturalmente toda la clase se puso de pie para observarla. Cuando recomenzó la lección el profesor todavía tenía un brillo de saliva en la frente.

–El primer trasplante de cabeza humana se realizó a comienzos del siglo veintiuno. Hasta para la medicina de aquella época era un trasplante muy fácil. Al principio la médula no se ligaba a la cabeza nueva. Resultado: el cuerpo permanecía inmóvil y sin ningún valor. Cuando consiguieron unir la médula, comenzaron a surgir absurdos como este. Al lado del profesor apareció la proyección de un hermoso cuerpo de joven con cabeza de vieja.

Alguien hizo algo en el fondo. El profesor apuntó con un dedo, y comenzó a irradiar una luz anaranjada que fue a dar a la punta de un seno de una joven de cabellos verdes. Todos se pusieron en puntillas, y cada uno olió la axila del compañero. La clase se volvió a interrumpir porque el profesor entró en el baño. Los altoparlantes de la sala ampliaron cien veces el sonido de la orina. El profesor era virtuoso. Regulaba el chorro por los puntos sensibles del inodoro, y el resultado era una verdadera sinfonía. Las últimas gotas fueron magistrales.

–En esa época –continuó, después de guardar el miembro en el estuche de fibra colorida– la ciencia se preocupaba por los veinticuatro nervios craneanos y los sesenta y seis nervios espinales. Cuando, cincuenta años después, comenzaron a trasplantar el cerebro mismo, tenían que correr para ligar los veinticuatro nervios mientras bombeaban sangre hacia la cabeza descarnada. Junto al profesor apareció un monstruo de cabeza abierta, en tres dimensiones. Un alumno lanzó un grito y dos jovencitas se hicieron un masaje sexo a sexo que las dejó sin fuerzas durante un buen rato. El profesor sonreía. Todas las interrupciones estaban ya programadas, para que el aula no perdiese interés. Luego, un alumno que estaba en el último año de la escuela de música, fue al baño. Su exhibición los dejó a todos pálidos de emoción. Al profesor no le gustó mucho porque esa parte no estaba prevista.

–El principal problema de los trasplantes cerebrales es el de la donación. En la época del trasplante de cabezas era difícil encontrar quién donase un cuerpo nuevo para una cabeza receptora. Cuando empezaron a trasplantar el cerebro, de cabeza a cabeza, el problema era el mismo. Al cuerpo entero se lo consideraba donante, y al pequeño cerebro, receptor. Por increíble que parezca, se descubrió que una mujer con cuerpo de hombre actuaba de un modo más eficiente y perfecto que los hombres con cuerpo de mujer.

–Profesor, no entendí –dijo un niño levantando la mano.

El profesor agarró el pequeño aparato del pupitre, fue junto al niño y le pegó la punta del tubo en la frente. Una pareja, tomada de la mano, aprovechó el intervalo para entrar en el baño. El profesor desconectó los altoparlantes. Al menos por ese día no quería más competidores. Sobre la mesa descendió una cabeza enorme. El profesor hizo un corte entre los pelos con un bisturí, y con mucha habilidad fue abriendo todo hasta llegar al cerebro. Clavó algo allí dentro, y pisó un pedal. El estrado se llenó de gente. Había un nuevo bebé haciendo caca, un hombre desnudo en posición de yoga, dos jovencitas cortándose mutuamente los pelos del sexo, y un padre sentado, con un libro antiguo, de papel, en la mano. El profesor le dio una patada a la criatura, que rodó de lado como si fuese una muñeca de trapo.

–Vean: esto que tenemos aquí son pensamientos, simples pensamientos; carecen de existencia real.

Fue junto al padre y lo abofeteó. El padre cayó al suelo con aire de desagrado, pero no reaccionó. El profesor dio un salto de lado y le sonrió a todo el mundo. Un alumno levantó la mano.

–No, nada de pipí musical.

El alumno miró alrededor, pero nadie lo apoyó. Fue al baño en silencio. Nadie lo oyó. El profesor continuaba sonriendo.

–Hacía ya siglos y siglos y siglos que se sabía que el cerebro funciona con electricidad, con simple electricidad... –los alumnos se reían a carcajadas–. Vean –continuó el profesor–: ustedes graban ahí –apuntó con un dedo hacia los grabadores de pulsera– del mismo modo que grabamos aquí –dijo, señalando la cabeza con un dedo.

El padre continuaba en el suelo, respirando con dificultad. Las jovencitas se habían rapado completamente, y el hombre desnudo saltaba con el bebé.

–Vean, vean –dijo el profesor; agarró un pequeño bastón, se rascó con él entre los propios cabellos y se acercó al cerebro abierto, en la cabeza que había encima de la mesa; hubo una confusión total: el bebé se transformó en un cachorrito de dos piernas, el padre comenzó a mirar de un modo sospechoso al yoga desnudo, y las jovencitas de sexo rapado cacareaban con esfuerzo–. Vean: una simple descarga de electricidad estática que actúa sobre las dendritas y los ramos de neuritas, y que acciona simplemente a ochenta mil sinapsis, todo con apenas diez milivoltios...

Usando el bastón, el profesor se rascó entre los pelos del sexo con satisfacción evidente. De la punta del bastón salían chispas. Parecía que se iba a masturbar pero, de pronto, acercó el bastón al cerebro abierto. El padre, que estaba acariciando al yoga, desapareció. Las jovencitas todavía dieron unos saltos, como si se quisieran agarrar del aire. El bebé se convirtió en una pequeña humareda azul que fue subiendo hasta el techo. El profesor agarró la cabeza por los pelos sucios de sangre y la tiró por el orificio para residuos que había en la pared.

–La mente, la inteligencia, el pensamiento, no son otra cosa que electricidad, debidamente grabados en el cerebro. Les voy a explicar... Substancias químicas con diferentes ionizaciones, especialmente iones de cloro, sodio y potasio, se fijan en la membrana de la punta sináptica de la célula y abren el camino que permite la entrada de un impulso...

A esa altura los alumnos se subían a los pupitres, se reían, se masturbaban en cadenas de besos ingrávidos, desde los tobillos hasta la raíz del pelo, desde el techo hasta el baño transparente donde más de cinco hacían pipí al mismo tiempo. Se reían y gritaban: –Llega, llega, lo sabemos, no importa.

El profesor estaba tan entusiasmado que parecía no oír.

–Noventa millones –decía– se llaman células gliales, transportan materiales sanguíneos a las células nerviosas...

Uno de los alumnos, que estaba desnudo, de extraños senos y de miembro masculino, se acercó por detrás, agarró el bastón que el profesor había dejado en la mesa y lo apoyó con suavidad en la parte posterior de la cabeza del profesor. El profesor dejó de hablar inmediatamente, y puso cara de inteligente como si fuera a tomar una decisión. Cuando recomenzó a hablar ya todos los alumnos estaban sentados en orden, prestando mucha atención.

–A comienzos del siglo veintitrés se empezaron a hacer los verdaderos trasplantes cerebrales, sin necesidad de las groserías quirúrgicas típicas de los siglos anteriores. Lo que ya se sabía desde hacía mucho tiempo se probó definitivamente. El cerebro, mediante la electricidad se limita a grabar los estímulos desde la formación del feto. Todos esos impulsos pueden ser desgrabados o transportados a otro cuerpo. Hecho eso, el individuo pasa a tener un cuerpo nuevo, y pueden también, a través del tiempo, habitar varios cuerpos. Bueno, todos ustedes saben perfectamente lo que le pasa al cerebro de un hombre que recibe un cuerpo de mujer. Saben también lo que pasa con el cerebro de mujer que recibe un cuerpo de hombre –el profesor hizo una pausa, bajó la luz de la sala, y siguió con voz dramática–. Cosas maravillosas, sensaciones maravillosas. Yo, por ejemplo, era mujer, una mujer muy bonita. Bueno, todavía lo soy –volvió despacio el rostro, mostró el perfil, meneó un poco las caderas–. Ser mujer con cuerpo de hombre es divino –se pasó la mano por el miembro con delicadeza; todos hicieron lo mismo, como mandaba la buena educación; nadie se atrevió a ir al baño, para no interrumpir ese momento; el profesor abrió los brazos, como si los estuviese abrazando a todos–. Vamos a contamos unos a otros nuestras impresiones. Ven aquí, no, tú no, quiero ese de pecho ancho.

El jovencito de pecho grande se levantó y empezó a hablar en otro idioma. Tenía una voz delicada y musical. Era mitad hombre y mitad mujer, sobrino de su propio padre por la parte masculina, y la parte femenina le venía de la prima de su madre, que se despedazara todo el cuerpo al dar un salto de mil metros de altura sin control de gravedad. Mientras él (o ella) hablaba, los alumnos hacían una corriente, tocándose todos alguna parte del cuerpo. El profesor danzaba en silencio, y parecía muy feliz.

Del otro lado de la pared media docena de personas observaban atentamente todo lo que pasaba en la sala de clase a través de visores que atravesaban la pared. Más atrás había un hombre acostado en una poltrona especial, rodeada de aparatos complicados. Uno de los observadores era una mujer muy bonita. Parecía que todo aquello era una novedad para ella. Se apartó del visor y fue hacia el hombre más viejo, que parecía un líder.

–Es increíble, es increíble –exclamó; el hombre más viejo, complaciente, tocó unos botones y esbozó una leve sonrisa, estaba ya esperando la pregunta; la joven continuó–: ¿Entonces todo eso que estamos viendo, y oyendo, sale de veras de la cabeza de ese hombre?

La muchacha señaló al hombre acostado, rodeado de aparatos. El líder la miró y le tocó una mano.

–Sí, todo eso son pensamientos, creaciones de ese hombre.

La muchacha fue hasta el visor, espió y volvió a preguntar:

–Pero ¿qué es la realidad? Si todo eso que se ve y se puede tocar del otro lado de la pared no es más que pensamiento...

El líder sonrió con dulzura, tiró él delantal, abrió los brazos, hizo unas flexiones, como un atleta que se prepara para un ejercicio. Mientras hacía eso, hablaba.

–Mire: músculos, venas, movimientos, sonidos que usted oye e interpreta. Vamos, pégueme aquí, en el brazo –la joven le pegó levemente en los músculos contraídos del brazo–. Preste atención; usted está viendo, está oyendo, está sintiendo... eso es la realidad.

Todos hicieron un círculo alrededor del líder, prestando mucha atención. Había seis personas en la sala, además del hombre acostado en la poltrona especial llena de aparatos. El líder hacía ahora movimientos muy extraños, mientras la muchacha comenzaba a tirar la ropa.

En la pared, exactamente detrás del líder, había unos círculos brillantes. Del otro lado de esa pared, por unos visores perfectos, unas personas observaban lo que hacían el líder y la muchacha. Junto a ellos tenían a alguien sentado en un complicado sillón, rodeado de aparatos por todos lados...








en Cuentos fantásticos y de ciencia ficción en América Latina, 1981











lunes, agosto 04, 2008

«Pabellón de cancerosos», de Alexander Solzhenitsyn

Extracto



(1918-2008)


Vega no había cambiado, pero estaba aniquilada. Y además había perdido a su madre…, y vivían solas las dos. Su madre había muerto aniquilada también: a su hijo, el hermano mayor de Vera, ingeniero, lo habían arrestado en el 40. Había escrito durante algunos años más. Durante algunos años, le mandaron encomiendas a algún lugar de Buriato-Mongolia. Pero un día, la madre de Vera recibió del correo un aviso redactado en términos vagos y la encomienda volvió con varios timbres y tachaduras. La trajo de vuelta a casa como un pequeño féretro. Recién nacido, su hijo habría cabido en esa caja.

Pasaron los años, largos años de vida común y corriente de tiempos de paz, y Vega vivía como protegida por una perpetua máscara antigás, con la cabeza siempre ceñida por ese caucho hostil que simplemente la había afeado, debilitado…, y un buen día se sacó de un tirón la máscara antigás.

En otras palabras, empezó a vivir en forma más humana; y se permitió ser afable, vistió con esmero, no evitó los contactos con el prójimo.

Hay una gran voluptuosidad en ser fiel. Acaso la mayor voluptuosidad. Aun cuando de esa fidelidad los demás no sepan nada. Aun cuando ignoren su precio.
Por grandes que fuesen los ojos redondos de la máscara antigás, se veía por ellos poco y mal. Ahora, sin esos vidrios, Vega había podido ver mejor.

Pero no vio mejor. Falta de experiencia, se estrelló, tropezó.

Esa intimidad breve y humillante, lejos de facilitar e iluminar su vida, la había mancillado, rebajado, roto su integridad, quebrantado su bella conducta.

Ahora no lograba olvidarla y no podía borrarla ya.

No, tomar la vida por el lado agradable no era su sino. Mientras más frágil nace un ser, más requiere decenas y hasta centenares de circunstancias concomitantes para conseguir acercarse a su prójimo. Una coincidencia más no hace otra cosa que acentuar levemente el acercamiento; en cambio, una sola divergencia puede echarlo todo por tierra de un solo golpe. Y esta divergencia surge siempre tan pronto, se presenta con tanta evidencia. Y ella no tenía a nadie que le enseñara a actuar, a vivir.








1967-68









domingo, agosto 03, 2008

“Libro de horas”, de Miguel Torga







Aquí, ante mí,
Yo, pecador, me confieso,
De ser así como soy.
Me confieso de lo bueno y lo malo
Que van al timón del barco
En esta deriva en que me voy.

Me confieso
Poseído
De virtudes teologales,
Que son tres,
Y de los pecados mortales,
Que son siete,
Cuando la tierra no repite,
Que son más.

Me confieso
El dueño de mis horas.
El de las cuchilladas ciegas y rabiosas
Y el de las ternuras lúcidas y mansas.
Y de ser de cualquier modo
Andanzas
Del mismo modo.

Me confieso de ser charco
Y luna de charco, mezclado.
De ser la cuerda del arco
Que lanza flechas arriba
Y debajo de mi altura.

Me confieso de ser todo
Que pueda nacer en mí.
De tener raíces en el suelo
De ésta mi condición.
Me confieso de Abel y de Caín.

Me confieso de ser hombre,
De ser un ángel caído
De tal cielo que Dios gobierna;
De ser un monstruo salido
Del hoyo más hondo de la caverna.

Me confieso de ser yo,
Yo, tal cual como vine,
Para decir que soy yo
¡Aquí, ante mí!









sábado, agosto 02, 2008

"La cantante calva", de Eugene Ionesco

Fragmento




BOMBERO-El resfriado: Mi cuñado tenía, por el lado paterno, un primo carnal uno de cuyos tíos maternos tenía un suegro cuyo abuelo paterno se había casado en segundas nupcias con un joven indígena cuyo hermano había conocido, en uno de sus viajes, a una muchacha de la que se enamoró y con la cual tuvo un hijo que se casó con una farmacéutica intrépida que no era otra que la sobrina de un contramaestre desconocido de la marina británica y cuyo padre adoptivo tenía una tía que hablaba de corrido el español y que era, quizás, una de las nietas de un ingeniero, muerto joven, nieto a su vez de un propietario de viñedos de los que obtenían un vino mediocre, pero que tenía un primo segundo, casero y ayudante, cuyo hijo se había casado con una joven muy guapa, divorciada, cuyo primer marido era hijo de un patriota sincero que había sabido educar en el deseo de hacer fortuna a una de sus hijas, que pudo casarse con un cazador que había conocido a Rothschild y cuyo hermano, después de haber cambiado muchas veces de oficio, se casó y tuvo una hija, cuyo bisabuelo, mezquino, llevaba unas gafas que le había regalado un primo suyo, cuñado de un portugués, hijo natural de un molinero, no demasiado pobre, cuyo hermano de leche tomó por esposa a la hija de un ex médico rural, hermano de leche del hijo de un lechero, hijo natural a su vez de otro médico rural casado tres veces seguidas, cuya tercera mujer...
SR. MARTIN: Conocí a esa tercera mujer, si no me engaño. Comía pollo en un avispero.
EL BOMBERO: No era la misma.







1950/1952




viernes, agosto 01, 2008

“¿Quién mató a Laura Palmer?”, de Omar Khan






Marilyn Monroe terminó transmutada en el enigmático cadáver flotante de Laura Palmer envuelto en plástico. Y es que la idea original que tenían los guionistas y cineastas David Lynch y Mark Frost, cuando se conocieron, era escribir y rodar una serie de televisión sobre los últimos días de la rubia más trágica y sexy del cine, que no llegó a concretarse. Sin darse por vencidos, se llevaron algunas de esas ideas a otro proyecto frustrado, One Saliva Bubble, con dos cazadores de alienígenas que viajan por Estados Unidos camuflados de músicos de jazz. Tampoco vio la luz, pero los dos creadores arrastraron muchas de las mismas ideas a un nuevo y más excitante proyecto sobre un plácido pueblo conmocionado por el asesinato de una jovencita, que terminó estrenándose en la cadena norteamericana ABC el 8 de abril de 1990, con el título de Twin Peaks. De hecho, la idea de que Laura Palmer muriera justo antes de escribir en su diario que iba a hacer pública la verdad sobre el hombre con el que mantenía un secreto affaire salió de la trágica historia de Marilyn.

Probablemente, nunca antes una serie de televisión había generado tanta incertidumbre colectiva alrededor de un enigma de guión, pero lo cierto es que durante semanas medio planeta no hizo más que preguntarse ¿quién mató a Laura Palmer?

La verdadera hazaña de Twin Peaks fue crear para la televisión un producto artístico complejo y sofisticado que conectó con las masas. Su punto de partida, la búsqueda de un asesino dentro de una colectividad, es de lo más banal, pero David Lynch, que venía del cine más experimental, rompió sin prejuicios convencionales el género policial para televisión empezando por destruir la totémica imagen del detective tipo duro para sustituirlo por uno más bien blando, esotérico y, a su modo, encantador, encarnado con acierto por Kyle MacLachlan.

Prescindiendo de clichés como persecuciones de coches o tiroteos repentinos, dota a la narración de una serenidad poco televisiva y desplaza el esqueleto argumental tradicional de las series de detectives hacia su propio terreno, donde aparece en primer término el pueblo, con los comportamientos absurdos y extravagantes de sus habitantes (hay una mujer delirante que conversa incesantemente con un leño), y en segundo, pero no menos importante, un plano onírico no necesariamente desvinculado de la realidad que son los sueños reveladores del detective con Laura, un enano, una benigna casa blanca y una maligna casa negra.

En toda la serie se pueden rastrear constantes visuales y narrativas del críptico y alucinante cine de Lynch (Cabeza borradora, Terciopelo azul) pero también otras referencias, siendo notable la de la película Laura (Otto Preminger, 1944) y algunas intencionadas coincidencias como un velado homenaje a Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958). La prima idéntica de Laura Palmer (Sheryl Lee en los dos papeles) se llama Madeleine Ferguson, que es una combinación de los nombres de los protagonistas de la película de Hitchcock: Madeleine, encarnada por Kim Novak, que también hacía un doble papel, y John Ferguson, al que dio vida James Stewart.

Nada es lo que parece. La gente rara de Twin Peaks lo sabe todo desde el principio, pero, aunque no miente, oculta. La misma personalidad de Laura, la reina de la escuela, la más bella, la más popular y caritativa del pueblo, tuvo su lado negro porque todos tienen un secreto en este rincón imaginario de la América profunda y resulta de lo más morboso desvelarlo. Toda esta tensión se mantiene únicamente en los 13 primeros capítulos de los 29, porque una vez que se despeja la incógnita del asesino, todo parece decaer.

Lynch no estuvo completamente comprometido durante la segunda temporada, porque se ocupaba de rodar Corazón salvaje, y su alejamiento se nota. Aunque todavía permanecía el interés de la audiencia, la misma cadena empezó a no creer en la serie, sometiéndola a drásticos cambios de horario. A consecuencia, la audiencia empezó a bajar y, justo antes de la cancelación, Lynch volvió a retomar las riendas, aunque ya era tarde. Poco después, la cadena Bravo quiso continuarla, sin éxito, debiendo conformarse con una reposición mejorada.

Por esos días, Lynch hablaba de que había más material pero desde entonces ha cerrado cualquier posibilidad de volver a ella. Probablemente, esas nuevas ideas fueron las que dieron forma a la película Twin Peaks. Fuego camina conmigo (1992), que no tuvo la repercusión esperada.


Negocio de familia

España no fue ajena al fenómeno. Fue emitida el mismo año de su estreno por Tele 5 en bloques de dos capítulos por jornada, y suscitó un fenómeno idéntico al del resto del mundo. Hasta el mismo José Luis Garci le dedicó un programa entero llamado Las claves de Twin Peaks. La serie generó una buena cantidad de merchandising, incluyendo la banda sonora de Angelo Badalamenti y la canción tema de Juliee Cruise, que vendió tres millones de copias, pero no todo era material promocional convencional y los parientes de sus creadores consideraron Twin Peaks un negocio familiar. La hija de Lynch, Jennifer, escribió el libro El diario de Laura Palmer, que no tardó en convertirse en best seller y sirvió de base a Twin Peaks. Fuego camina conmigo, película en la que Lynch relataba la última semana de vida de Laura, y el hermano de Mark Frost, Scott, lanzó al mercado el libro, también superventas, Autobiografía del agente Cooper. La serie consiguió tres Globos de Oro a la mejor serie dramática, mejor actor (MacLachlan) y mejor actriz secundaria (Piper Laurie), y también marcó el inicio de muchas carreras, entre ellas las de Heather Graham y David Duchovny (el agente Mulder de Expediente X).