domingo, agosto 17, 2008

"El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati

Fragmento inicial




Uno


Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino.

Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.

Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables.

Ahora era por fin oficial, ya no tenía que consumirse sobre los libros ni temblar con la voz del sargento, y, sin embargo todo eso había pasado. Todos aquellos días, que le habían parecido odiosos, se habían consumido para siempre, formando meses y años que nunca se repetirían. Sí, ahora era un oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas quizá lo mirarían, pero en el fondo —se dio cuenta Giovanni Drogo— el tiempo mejor, la primera juventud, probablemente había acabado. Así, Drogo miraba fijamente el espejo, veía una cansada sonrisa en su rostro» al que en vano había tratado de amar.

¡Qué contrasentido! ¿Por qué no lograba sonreír con la obligada despreocupación mientras se despedía de su madre? ¿Por qué ni siquiera se fijaba en sus últimas recomendaciones y llegaba solamente a percibir el sonido de aquella voz, tan familiar y humana? ¿Por qué daba vueltas por el dormitorio con inútil nerviosismo, sin conseguir encontrar el reloj, la fusta, la gorra, que se encontraban, sin embargo, en su sitio? ¡Desde luego no partía a la guerra! Decenas de tenientes como él, sus ex camaradas, dejaban a esa misma hora la casa paterna entre alegres carcajadas, como si fueran a una fiesta. ¿Por qué no le salían de la boca, con destino a su madre, sino frases genéricas vacías de sentido, en lugar de cariñosas y tranquilizadoras palabras? La amargura de dejar por primera vez la vieja casa, donde había nacido a las esperanzas, los temores que entraña todo cambio, la emoción de despedirse de su madre, llenaban su ánimo, sí, pero sobre todo eso pesaba una insistente idea, que no conseguía identificar, como un vago presentimiento de cosas fatales, como si estuviera a punto de iniciar un viaje sin retorno.

Sin embargo Francesco Vescovi lo acompañó a caballo durante el primer trecho del camino. Los cascos de los animales resonaban en las calles desiertas. Alboreaba, la ciudad aún estaba inmersa en el sueño; aquí y allá, en los últimos pisos, se abrían algunas persianas, aparecían caras cansadas, apáticos ojos miraban un momento el maravilloso nacimiento del sol.

Los dos amigos no hablaban. Drogo pensaba en cómo sería la fortaleza Bastiani, pero no conseguía imaginarla. Ni siquiera sabía con exactitud dónde se encontraba, ni cuánto camino tendría que recorrer. Alguien le había hablado de una jornada a caballo, otros de menos; nadie había estado allí, en realidad, de a quienes había preguntado.

A las puertas de la ciudad Vescovi empezó a hablar vivazmente de cosas normales, como si Drogo fuera de paseo. Después, en cierto momento:

—¿Ves aquel monte herboso? Sí, ese mismo. ¿Ves una construcción en la cima? —decía—. Es ya una parte de la Fortaleza, un reducto avanzado. Pasé por allí hace dos años, lo recuerdo, con mi tío, yendo de caza.

Habían salido ya de la ciudad. Comenzaban los campos de maíz, los prados, los rojos bosques otoñales. Por la carretera blanca, azotada por el sol, avanzaban uno al lado del otro. Giovanni y Francesco eran amigos, habían vivido juntos muchos años, con las mismas pasiones, las mismas amistades; siempre se habían visto día tras día, después Vescovi se había enriquecido; Drogo, en cambio, se había hecho militar y ahora notaba cuán lejos estaba del otro. Toda aquella vida fácil y elegante ya no le pertenecía, le esperaban cosas graves y desconocidas. Su caballo y el de Francesco —le parecía— tenían ya una andadura distinta, un trote, el suyo, menos ligero y vivo, como un fondo de ansia y fatiga, como si también el animal notase que la vida estaba a punto de cambiar.

Habían llegado a lo alto de una cuesta. Drogo se volvió a mirar la ciudad a contraluz; de los tejados se alzaban humos matutinos. Vio de lejos su casa. Identificó las ventanas de su cuarto. Probablemente las hojas estaban abiertas, las mujeres estaban ordenando. Habrían deshecho la cama, encerrado en un armario los objetos, y después atrancado las contraventanas. Durante meses y meses nadie entraría allí, salvo el paciente polvo y, en los días de sol, tenues franjas de luz. El pequeño mundo de su niñez quedaba encerrado en la oscuridad. Su madre lo conservaba así para que él, al regresar, volviera a encontrarse de nuevo, para que pudiera allí dentro seguir siendo un muchacho, incluso tras larga ausencia. Oh, desde luego, ella se hacía la ilusión de poder conservar intacta una felicidad desaparecida para siempre, de contener la huida del tiempo, de que al abrir de nuevo puertas y ventanas al regreso del hijo las cosas volverían a ser como antes.

Su amigo Vescovi se despidió cariñosamente de él y Drogo continuó solo por la carretera, acercándose a las montañas. El sol caía a plomo cuando llegó a la entrada del valle que conducía a la Fortaleza. A la derecha, en lo alto de un monte, se veía el reducto que Vescovi le había señalado. No parecía que quedase aún mucho camino.

Ansioso por llegar, Drogo, sin pararse a comer, espoleó su caballo, ya cansado por el camino, que se volvía empinado y encajonado entre escarpadas laderas. Los encuentros eran cada vez más raros. Giovanni le preguntó a un carretero cuánto tiempo faltaba para llegar a la Fortaleza.

—¿La fortaleza? —respondió el hombre—. ¿Qué fortaleza?
—La Fortaleza Bastiani —dijo Drogo.
—Por aquí no hay fortalezas —dijo el carretero—. Nunca he oído hablar de ellas.

Evidentemente estaba mal informado. Drogo reanudó su camino y advirtió una sutil inquietud a medida que avanzaba la tarde. Escrutaba los altísimos bordes del valle para descubrir la Fortaleza. Se imaginaba una especie de viejo castillo con vertiginosas murallas. Con el paso de las horas, se convencía cada vez más de que Francesco le había dado una información errada; el reducto indicado por él ya debía haber quedado muy atrás. Y se acercaba la noche.

Miradlos, a Giovanni Drogo y su caballo, qué pequeños sobre el flanco de unas montañas que cada vez resultan más grandes y salvajes. Él sigue subiendo para llegar a la Fortaleza de día, pero más ligeras que él, desde el fondo, donde retumba el torrente, más ligeras que él suben las sombras. En cierto momento se encuentran justamente a la altura de Drogo en la vertiente opuesta de la garganta, parecen disminuir su carrera por un instante, como para no desalentarlo, después se deslizan hacia arriba por riscos y peñascos, y el jinete se ha quedado debajo.

Todo el valle estaba ya lleno de tinieblas violeta, sólo las desnudas crestas herbosas, a increíble altura, estaban iluminadas por el sol, cuando Drogo se encontró repentinamente ante una construcción militar que parecía antigua y desierta, negra y gigantesca contra el purísimo cielo de la tarde. Giovanni sintió latir su corazón, ya que ésa debía de ser la Fortaleza, aunque todo, desde los muros al paisaje, exhalaba un aire inhóspito y siniestro.

Dio vueltas a su alrededor sin encontrar la entrada. Aunque ya estaba oscuro, no había ninguna ventana encendida, ni se divisaban luces de centinelas en el borde de los murallones. Sólo había un murciélago, que oscilaba contra una nube blanca. Al final Drogo probó a llamar:

—¡Eh! —gritó—. ¿No hay nadie?

De la sombra acumulada al pie de las murallas surgió entonces un hombre, una especie de vagabundo y de pobre, de barba gris y con un pequeño saco en la mano. Pero en la penumbra no se distinguía bien, sólo el blanco de sus ojos lanzaba reflejos. Drogo lo miró con agradecimiento.

—¿Qué buscas, señor?
—Busco la Fortaleza. ¿Es ésta?
—Aquí ya no hay fortaleza —dijo el desconocido con voz bonachona—. Está todo cerrado, hará unos diez años que no hay nadie.
—¿Y dónde está la Fortaleza, entonces? —preguntó Drogo, de repente irritado con aquel hombre.
—¿Qué fortaleza? ¿Aquélla, quizá? —y hablando así el desconocido extendía un brazo, como señalando algo.

Por una hendidura de las rocas próximas, ya recubiertas por la oscuridad, detrás de una caótica escalinata de crestas, a distancia incalculable, inmerso aún en el rojo sol del ocaso, como salido de un encantamiento, Giovanni Drogo vio entonces un desnudo cerro y en la cima una tira regular y geométrica, de un especial color amarillento: el perfil de la Fortaleza.

¡Oh, cuán lejana aún! Quién sabe cuántas horas de camino, y su caballo estaba ya agotado. Drogo la miraba fascinado, se preguntaba qué podría haber de deseable en aquella solitaria bicoca, casi inaccesible, tan separada del mundo. ¿Qué secretos escondía? Pero eran los últimos instantes. Ya el último sol se apartaba lentamente del remoto cerro y por los amarillos bastiones irrumpían las lívidas ráfagas de la noche que caía.










No hay comentarios.: