miércoles, julio 15, 2026

«Afrodita», de Pierre Louÿs

Fragmento


 
Se inclinó por última vez y más largamente, dejó el collar en manos del sacerdote y dio un paso sólo para alejarse. 

El sacerdote la detuvo.

—¿Qué le pides a la diosa por estas preciosas ofrendas?

Ella sonrió moviendo la cabeza, y dijo:

—No le pido nada.

Luego camino junto a la procesión, tomó una rosa de una cesta y se la puso entre los labios al salir.

Una a una, todas las mujeres la siguieron. La puerta del templo vacío se cerró.

*   *   *

Demetrios quedó solo, oculto tras el pedestal de bronce.

No había perdido ni un ademán ni una palabra de toda la escena, y cuando todo terminó, permaneció largo tiempo sin moverse, otra vez atormentado, apasionado, indeciso.

Se creía curado de su locura del día anterior, y no había imaginado que nada podría arrojarlo por segunda vez a la sombra ardiente de aquella extraña.

Pero no había contado con ella.

¡Mujeres! ¡Oh, mujeres! ¡Si quieren ser amadas, muéstrense, aparezcan, estén presentes! La emoción que sintió cuando entró la cortesana fue tan intensa y poderosa, que ya no no podía pensar en combatirla con un impulso de su voluntad. Demetrios estaba atado como un esclavo bárbaro a un carro triunfal. Escapar era una ilusión. Sin saberlo, y con naturalidad, ella le había puesto una mano encima.

La había visto llegar desde muy lejos, pues vestía la misma tela amarilla que llevaba en el muelle. Caminaba con pasos lentos y flexibles, ondulando las caderas con molicie, y se había dirigido recta hacia él, como si adivinara que estaba allí tras de la piedra.

Desde el primer instante comprendió que caía rendido a sus pies. Cuando se quitó del cinturón el espejo de bronce pulido, se miró un momento en él antes de entregarlo al sacerdote y el brillo de sus ojos se volvió estupendo. Cuando, para tomar su peine de cobre, se pasó la mano por sus cabellos mientras levantaba un brazo cruzado, según la actitud de las Gracias, toda la hermosa línea de su cuerpo se desarrolló bajo la tela, y el sol encendió en su axila un rocío de sudor menudo y luminoso. Por último, cuando, para levantar y desatar su collar de pesadas esmeraldas, separó la seda plisada que cubría sus senos hasta el suave lugar lleno de sombras, donde sólo es posible deslizar un ramo, Demetrios se sintió presa de tal frenesí de poner ahí sus labios y arrancarle todo el vestido… pero Khrysís comenzó a hablar.

Habló, y cada una de sus palabras fue un sufrimiento para él. Por placer, ella parecía insistir y recrearse en la prostitución de este vaso de belleza que era ella misma, blanco como una estatua y llena de oro que manaba por sus cabellos. Decía que su puerta estaba abierta al ocio de los transeúntes, a la contemplación de su cuerpo abandonado a los indignos y al cuidado de  encender fuego en las mejillas de los niños torpes. Hablaba del cansancio venal de sus ojos, de sus labios alabados por la noche, de sus cabellos confiados a manos brutales, de su divinidad labrada.

El exceso mismo de facilidades que inducían a abordarla arrastraba a Demetrios hacia ella, resuelto a utilizarlas sólo para él y cerrar la puerta a cualquier otro. Es muy cierto que una mujer no logra seducir con plenitud, sino cuando da motivos para sentir celos.

Por eso, cuando Khrysís regresó a la ciudad, después de entregarle a la diosa su collar verde a cambio del que esperaba, se llevó una voluntad humana a la boca, como la rosa robada cuyo talle iba mordiendo.

Demetrios aguardó a que lo dejaran solo en el recinto; y en seguida salió de su escondite.

Miró la estatua con turbación, esperando todavía tener que luchar consigo mismo. Pero como fue incapaz de renovar, en un breve intervalo, una emoción así de violenta, volvió a quedarse sorpresivamente tranquilo y sin remordimientos prematuros.

Indiferente, trepó suavemente junto a la estatua, levantó sobre la nuca inclinada el Collar de las Verdaderas Perlas de Anadiómena y lo deslizó dentro de sus ropas.



1896













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