miércoles, abril 30, 2008

“El pobre novio de Aurelia”, de Mark Twain





L
os detalles del caso de que ahora voy a daros cuenta llegaron a conocimiento mío a través de la carta de una muchacha que vive en la hermosa ciudad de San José, una muchacha que me es completamente desconocida y que firma sencillamente Aurelia María, usando tal vez un nombre que no es el suyo.

Pero dejemos a un lado todo esto y vayamos al grano: esa pobre chica tiene casi deshecho el corazón a causa de las desgracias que ha tenido que padecer, y se halla en una indecisión tan grande ante los consejos opuestos de amigos despistados y enemigos astutos, que no sabe ahora qué camino seguir para desenredarse de la red de problemas en que parece casi irreparablemente envuelta. En su tribulación, se dirige a mí en busca de apoyo y me pide que la oriente y aconseje, con una dramática elocuencia capaz de derretirle el corazón a una estatua. Oíd su triste historia.

Dice Aurelia María que, cuando tenía dieciséis años, conoció y amó, con todo el afecto de su carácter sano y apasionado, a un muchacho de Nueva Jersey llamado Williamson Breckinridge Caruthers, más o menos seis años mayor que ella. Así que se hicieron novios, con el espontáneo consentimiento de todas sus amistades y parentelas, y durante cierto tiempo pareció que su vida estaba llamada a singularizarse por una inmunidad contra la mala suerte que sobrepasaba el cupo de que habitualmente disponen las personas.

Finalmente, cambió la estrella de su buena racha. El joven Caruthers contrajo unas viruelas de la peor especie, y, cuando la enfermedad lo dejó, tenía la cara llena de hoyos, como un molde para flan, y su atractivo personal se había esfumado para siempre.

Aurelia pensó durante el primer momento en romper su compromiso, pero, compadecida de su desventurado novio, optó solamente por retrasar una temporada la fecha de la boda y ponerlo a prueba.

La víspera misma de la ceremonia y extasiado en la contemplación de un globo, Breckinridge se cayó a un pozo, se quebró una pierna malamente y tuvieron que cortársela por encima de la rodilla. Otra vez su Aurelia sintió deseos de romper el compromiso y ahora del todo, pero otra vez triunfó el amor. Hubo un nuevo aplazamiento de la boda y, con él, una nueva oportunidad a Breckinridge para que se rehiciera.

Mas de nuevo sorprendió la desdicha al desgraciado galán. Una desdicha de doble sello patriótico e industrial, ya que el prematuro disparo de un cañón que conmemoraba el 4 de Julio le hizo perder un brazo, y tres meses más tarde una cardadora mecánica le arrancaba el otro. El corazón de Aurelia María quedó casi triturado a causa de estas últimas calamidades. La entristecía hondamente ver cómo iba perdiendo a su amado a pedacitos, y dándose cuenta, como se la daba, de que él no podría resistir indefinidamente tan galopante proceso de reducción, aunque no sabía cómo detener su espantable carrera. En su acongojante desesperación, la chica, como los corredores de Bolsa que por esperar pierden, casi llegó a arrepentirse de no haberse adueñado de su Breckinridge al principio, antes de que hubiera sufrido tan alarmantes depreciaciones. Pero, así y todo, su animoso corazón la sostuvo y decidió aguantar un poco más las antinaturales tendencias del ser amado.

Nuevamente se aproximó el día de la boda y nuevamente fue ensombrecido por un vistoso contratiempo: Caruthers cayó con la erisipela y perdió enterito uno de sus ojos. Entonces, los amigos y los parientes de la novia, decidiendo que la muchacha ya había tolerado más de lo que razonablemente se podía esperar de ella, insistieron ahora en que se deshicieran para siempre el compromiso y el noviazgo. Sin embargo, y al cabo de unas breves dudas, Aurelita, con la generosidad que la caracterizaba, declaró que lo había pensado muy bien y que no hallaba muestras de que pudiera culparse a Breckinridge de nada.

De manera que fue aplazada una vez más la fecha de la boda, y poco después el novio se rompió la otra pierna.

Fue realmente un día muy duro para la pobre muchacha aquel en que presenció cómo los cirujanos se llevaban el saco cuyo uso ya conocía por experiencia previa, y en que se le reveló la triste verdad de que una porción más de su amado acababa de marcharse para siempre. Sintió que el campo de sus amores se iba reduciendo de día en día. Pero, una vez más, se mostró enérgica con sus parientes y renovó su compromiso.

Muy poco antes del nuevo día fijado para el casorio, sucedió otro desastre. Todos recordaremos que, el año pasado, los indios bravos del río Owens no arrancaron la cabellera más que a un hombre; pues bien, ese hombre era Williamson Breckinridge Caruthers, natural de Nueva Jersey. Se dirigía presurosamente a su casa, llevando la felicidad en el pecho, cuando perdió el pelo para siempre: hora de verdadera amargura en la que casi maldijo la equivocada compasión que había respetado su cabeza.

Aurelia María, por fin, se encuentra seriamente perpleja sobre lo que ha de hacer. Ama todavía a su Breckinridge —me escribe— con auténtica ternura femenina; ama lo que aún queda de él. Pero sus padres se oponen rotundamente a la boda porque el fragmento carece de bienes y está incapacitado para el trabajo, y porque ella no cuenta con los suficientes medios como para sostenerse ambos con decoro.

«¿Y ahora qué hago?», me pregunta con afligida ansia.

Sé que se trata de un asunto delicado, de un asunto que decide para toda su vida la felicidad de una mujer y la de casi las dos terceras partes de un hombre. Me doy cuenta, pues, de que hacer algo más que una simple sugerencia sobre el asunto, significaría tomar demasiada responsabilidad en el caso.

¿Y si se proveyese al hombre de cuanto le falta? Si Aurelia puede pagárselos, que proporcione a su mutilado amante brazos de madera, piernas de madera, un ojo de cristal y una buena peluca, y que lo ponga a prueba nuevamente, ¿no?

«Dele usted otros noventa días, ni uno más, y si no se desnuca en ese plazo, cásese con él y corra ese riesgo. No me parece, Aurelia, que de todos modos sea demasiado riesgo, ya que si él se obstina en su curiosa propensión a averiarse cada vez que encuentra manera de hacerlo, su próximo experimento deberá estar destinado a acabar con él del todo, y entonces, casada o soltera, quedará usted libre. Si al ocurrir eso ya estuviera usted casada, las piernas y brazos de madera y otros artículos análogos que de valor posea, han de pasar a la viuda, así que, como puede comprobar, no se expone a perder más que la querida fracción de un noble pero desdichadísimo esposo, que luchó honradamente por portarse como está mandado pero cuyos extraordinarios instintos estaban en su contra. Inténtelo, Aurelia María. He pensado mucho y detenidamente sobre el asunto y creo que es lo único que puede usted hacer. Verdaderamente, hubiera sido una feliz idea, por parte de Breckinridge Caruthers, empezar por el cuello y haberse desnucado de entrada. Pero, ya que le ha parecido más adecuado escoger una política distinta y prolongarse durante el mayor tiempo posible, no creo que debamos reprochárselo, si eso le divierte. Hagamos lo que podamos, dadas las circunstancias, y procuremos no impacientarnos con él».











martes, abril 29, 2008

“Borrar la historia personal”, de Carlos Castaneda






Don Juan estaba sentado en el suelo, junto a la puer­ta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las no­ches del desierto y otros temas ordinarios de conver­sación.

Le pregunté si no interfería yo con su rutina nor­mal. Me miró como frunciendo el entrecejo y re­puso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.

Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. Tam­bién había compilado, a través de la literatura etno­gráfica, una larga serie de rasgos culturales pertene­cientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.

Empecé con las cartas de parentesco.

-¿Cómo llamaba usted a su padre? -pregunté.
-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy serio.

Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la supo­sición de que no había comprendido. Le mostré la carta y expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en in­glés y en español. Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.

-¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté.
-La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo.
-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los lla­maba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés.

Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.

-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil. Déjame pensar.

Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.

-Bueno -dijo, como inmerso en serios pensa­mientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!

Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdade­ramente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal.

-¿Cuáles eran los nombres de su padre y su ma­dre? -pregunté.

Él me miró con ojos claros y amables.

-No pierdas tu tiempo con esa mierda -dijo sua­vemente, pero con fuerza insospechada.

No supe qué decir; parecía que alguien más hu­biese pronunciado esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos eran claros y bondadosos y pe­netrantes.

-No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.

Yo no acababa de entender el sentido de sus pala­bras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.

-Ya no tengo historia personal -dijo, y me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.

Me le quedé viendo, tratando de detectar los sig­nificados ocultos de sus palabras.

-¿Cómo puede uno dejar su historia personal? -pregunté en tono de discusión.
-Primero hay que tener el deseo de dejarla -di­jo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosa­mente, poco a poco.
-¿Por qué iba uno a tener tal deseo? -exclamé.

Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi his­toria personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.

-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal -dije.
-A acabar con ella, a eso me refiero -respondió cortante.

Insistí en que sin duda yo no entendía el plan­teamiento.

-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un yaqui. No puede cambiar eso.
-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo sabes?
-¡Cierto! -dije-. No puedo saberlo con certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo que hace que sea historia personal.

Sentí haber remachado un clavo bien puesto.

-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.

Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé mentalmente las impresiones que de él tenía: la for­ma misteriosa e insólita en que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su viveza, su ex­presión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había partido en dos.

-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como si le­yera mis pensamientos-. jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.

Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.

-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.

Don Juan dijo que todos cuantos me conocían te­nían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.

-¿No ves? -preguntó con dramatismo-. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesi­tan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.

De pronto, la idea se aclaró en mi mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia personal era en verdad un concepto atra­yente, al menos en el nivel intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y des­agradable. Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda incongruen­cia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía el "refinamien­to" de un estudiante universitario. De algún modo, don Juan me había apartado de mi intención origi­nal de interrogarlo sobre su genealogía.

-No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.
-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos ha­blando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.

Su tono era firme. Sentí que no había forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.

-Esta idea de no tener historia personal ¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.
-Es algo que hago yo.
-¿Dónde lo aprendió usted?
-Lo aprendí en el curso de mi vida.
-¿Se lo enseñó su padre?
-No. Digamos que lo aprendí solo, y ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.

Bajó la voz hasta un susurro dramático. Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.

-Escríbelo -dijo con arrogante condescenden­cia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.

Lo miré, y mis ojos deben haber delatado mi con­fusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.

-Vale más borrar toda historia personal -dijo despacio, como dando tiempo a mi torpeza de anotar sus palabras- porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.

No pude creer que en verdad estuviera diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.

-Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no sabes si vas o vienes. Y eso es por­que yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.
-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? -inter­calé.
-Por supuesto que... no -exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.

Había hecho una pausa lo bastante larga para ha­cerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El subterfugio me resultó muy amena­zante. En verdad me dio miedo.

-Ése es el secretito que voy a darte hoy -dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historia personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo.

Achicó los ojos. No miraba en mi dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé fantasiosamente como un jefe indio, un "guerrero de piel roja" en las románticas sagas fron­terizas de mi niñez. Mi romanticismo me arrastró, y un sentimiento de ambivalencia sumamente insidio­so tejió su red en torno mío. Podía decir sincera­mente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir, en el mismo aliento, que le tenía un miedo mortal.

Sostuvo esa extraña mirada durante un momento largo.

-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.

Luego posó en mí los ojos y sonrió.

-Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.
-¿Para qué? -pregunté, belicoso.

Se me aclaró que don Juan me estaba dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.

-Dijiste que querías aprender los asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú me harías preguntas y yo te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más qué decirnos.

Su terrible franqueza me despertó resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.

-Entonces mírala por este lado -prosiguió-. Si quieres aprender los asuntos de las plantas, como en realidad no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia personal.
-¿Cómo? -pregunté.
-Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.
-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?
-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.
-Pero eso sería mentir.
-No me importan las mentiras ni las verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal.

Argumenté qué no me gustaba engañar delibera­damente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier manera yo despistaba a todo el mundo.

El viejo había tocado una llaga abierta en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su afirmación, defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa conciencia de que mi familia y mis ami­gos me consideraban indigno de confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.

-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo único que faltaba era que sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.

Protesté.

-¿No ve usted que estoy harto de que la gente me considere indigno de confianza? -dije.
-Pero sí eres indigno de confianza -repuso con convicción.
-¡Que no, hombre, me llevan los demonios! -ex­clamé.

Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento. Desdichada­mente, estaba en lo cierto con respecto a mí. Tras un rato me calmé y él siguió hablando.

-Cuando uno no tiene historia personal -expli­có-, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quie­res conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices men­tiras para seguir en marcha.

Me hallaba en verdad perplejo por la gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.

-De ahora en adelante -dijo él-, debes simple­mente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.
-¡Yo no puedo guardar secretos! -exclamé-. Lo que usted dice es inútil para mí.
- ¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada.

Parecía un extraño animal salvaje. Y sin embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi mo­lestia cedió el paso a un estado de confusión irri­tante.

-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una alterna­tiva: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo se­gundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocio­nante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.

Repuse que borrar la historia personal sólo acre­centaría nuestra sensación de inseguridad.

-Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emo­cionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.

No dijo una palabra más durante un rato muy lar­go; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo cercano.

Yo ignoraba el motivo, pero nuestra conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pi­dió parar en el camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepar a la cima plana de una loma al lado de la carretera y acostarme bocabajo con la cabeza hacia el este.

Parecía tener un sentimiento de urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado can­sado hasta para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.

Dormí sólo dos o tres minutos, pero fueron sufi­cientes para que mi energía se renovara. Llegamos al centro del pueblo, donde quiso que lo dejase.

-Vuelve -dijo al bajar del coche-. Acuérdate de volver.







en Viaje a Ixtlán (capítulo II), 1972











domingo, abril 27, 2008

“Golfo de Penas”, de Francisco Coloane





A través de grandes mares arboladas, llevábamos dos días en medio del golfo de Penas luchando contra un temporal del noroeste. Era esa mar gruesa, pesada, que como montañas de agua queda bailando después de la tempestad; la mar de ese golfo que poco tiempo atrás había hecho registrar a la escuadra norteamericana el temporal más grande soportado en sus últi­mos cuarenta años de navegación por todas las latitudes del globo.

Entre ola y ola nuestro barco se recostaba co­mo un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte cerrado de lomos move­dizos y sombríos.

—¡Agárrate, viejo! —dijo un marinero, hacien­do rechinar sus dientes y contrayendo la cara como si un doloroso atoro le anudara las entra­ñas. El barco, cual si lo hubiera escuchado, cru­jió al borde de una rolada de cuarenta y cinco grados, y fue subiendo quejosamente sobre el lo­mo de otra ola, semirrecostado, pero ya libre de la vuelta de campana o de la ida por ojo.

La cerrazón de agua era completa. Arriba, el cielo no era más que otra ola suspendida sobre nuestras cabezas, de cuya comba se descargaba una lluvia tupida y mortificante.

De pronto, emergiendo de la cerrazón, apareció sobre el lomo de una ola una sombra más espesa; otra ola la ocultó; y una tercera la levan­tó de nuevo, mostrándonos el más insólito en­cuentro que pueda ocurrir en estos mares abier­tos: un bote con cinco hombres.

Raro encuentro, porque por ese golfo sólo se aventuran buques de gran tonelaje. El nuestro, con sus trece millas de máquina, hacía más de veinticuatro horas que estaba luchando por atra­vesarlo de sur a norte, y una cáscara de nuez, como ese bote minúsculo, no podía tener la es­peranza de hacerlo con ese tiempo en menos de una semana hasta el faro San Pedro, primeros peñones de tierra firme que se hallan al sur del temido golfo.

En medio de los ruidos del temporal, la cam­pana de las máquinas resonó como un corazón que golpeara sus paredes de metal y el barco fue disminuyendo su andar.

Era un bote de ciprés, rústico, ancho, de gruesas cuadernas que mostraban su pulpa son­rosada de tanto relavarse con el agua del mar y de la lluvia. Los cuatro bogadores remaban vi­gorosamente, medio parados, afirmando un pie en el banco y el otro en el empalletado, y mi­rando con extraña fijeza al mar, especialmente en la caída de la ola, cuando la falda de agua resbalaba vertiginosamente hacia el abismo. El patrón, aferrado a la caña del timón, iba tam­bién de pie, y con una mano ayudaba al remero de popa con un envión del cuerpo, con el que parecía darles fuerza a todos, que, como un solo hombre, seguían el compás de su impulso. De tarde en tarde algún lomaje labrado escondía al bote, y, entonces, semejaban estar bogando suspendidos en el mar por un extraño milagro.

Cuando estuvo a la cuadra, le lanzaron un ca­bo amarrado a un escandallo, que el remero de proa ató con vuelta corrediza a un eslabón aper­nado en su barco. La cercanía se hacía cada vez más peligrosa. Las olas subían y bajaban desacompasadamente al buque y al bote, de tal manera que, en cualquier momento, podría estrellarse el esquife haciéndose pedazos contra los costados de fierro del barco. Una escalerilla de cuerdas fue lanzada por la borda y, cuando la cresta de una ola levantó el bote hasta los pes­cantes mismos del puente, en la bajada, de un salto, el patrón se agarró a la escalera y trepó por ella con la agilidad de un gato. Puso pie en cubierta, y como una exhalación ascendió por las escaleras hasta el puente de mando.

Arriba, patrón y capitán se encerraron en la cabina. Estábamos a la expectativa. Los reme­ros manteníanse alejados a prudente distancia con su cáscara de nuez; el barco encajaba la proa entre las olas y la levantaba como una ca­beza cansada, sacudiéndola de espumas. El con­tramaestre y los marineros estaban listos con la maniobra para izar el bote a bordo en cuanto el capitán diese la orden.

Los minutos se alargaban. ¿A qué tanta de­mora para salvar un bote en medio del océano?

La expectación se aminoró cuando vimos sa­lir al patrón de la cabina. Hizo un gesto molesto con la mano y bajó de nuevo las escaleras con su misma agilidad de gato. Pero la orden de izar a los náufragos no se oyó. Nuestro asombro, entonces, aumentó.

Pasó a mi lado, me enfrentó con una mirada fría y enérgica. Quise hablar, pero la mirada me detuvo. El hombre iba empapado; llevaba el cuerpo cubierto por un pantalón de lana burda y un grueso jersey; la cabeza y los pies desnudos; el rostro, relavado como el ciprés de su bote por la intemperie, y en todo su ser una agilidad de­safiante, con la que parecía esconderse apenas del castigo implacable de la tempestad.

Cruzó de nuevo como una exhalación, saltó, por la borda, se aferró en la escalerilla, y, apro­vechando un balanceo, estuvo de un brinco aga­rrado de nuevo a la caña de su timón.

—¡Largaaa! —gritó, y el proel desató el cabo, lanzándolo al aire con un gesto de desembarazo y de desprecio. Los remeros bogaron vigorosa­mente, y el bote se perdió detrás de una monta­ña de agua. Otra lo levantó en su cumbre y después se esfumó como había venido, como una sombra más oscura tragada por la cerrazón.

En el barco, la única orden que se oyó fue la de la campana de las máquinas, que aumentó el andar. Los marineros estaban estupefactos, como esperando algo aún, con las manos vacías. El contramaestre recogía el cabo y el escanda­llo con lentitud, desabrido, como si recogiera todo el desprecio del mar.

—¿Por qué no los llevamos? —pregunté más tarde al capitán.
—No quiso el patrón que los lleváramos en calidad de náufragos —me contestó, añadien­do—: Cuando le pedí que me dijera la razón, re­puso:

—¡Somos loberos de la isla de Lemuy y va­mos a los canales magallánicos en busca de pie­les! ¡No somos náufragos!
—¿No saben que la autoridad marítima pro­híbe salir de cierto límite con una embarcación menor? ¿Piensan, acaso, atravesar el golfo con esa cáscara?
—¡No es una embarcación menor, es un bote de cinco bogas y todos los años en esta época acostumbramos atravesar con él el golfo! ¡Lo único que le pedimos es que nos lleve y nos deje un poco más cerca de la costa; nada más!
—Si los llevo debo entregarlos a las autorida­des de la capitanía del puerto de su jurisdicción.
—¡No, allí nos registrarán como náufra­gos..., y eso... ni vivos ni muertos! ¡No somos náufragos, capitán!
—Entonces, no los llevo.
—¡Bien, capitán!

Y naciendo un gesto con la mano, el patrón había dado por terminada la entrevista. Sin poderme contener, proferí:

—¡Así como los dejó peleando con la muerte aquí en medio de este infierno de aguas, pudo haberles dado una chance dejándolos más cerca de la costa! ¿Quién le iba a aplicar el reglamen­to en estas alturas?
—¡Era un testarudo ese patrón! —me replicó el capitán, y mirándome de reojo, agregó—: ¡Si me ruega un poco lo habría llevado!

Afuera, la cerrazón se apretaba cada vez más sobre el golfo de Penas.













sábado, abril 26, 2008

"Cuando todos se vayan", de Jorge Teillier







a Eduardo Molina Ventura


Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.







Publicado en El árbol de la memoria, en 1961.




viernes, abril 25, 2008

“Bagdad: Bibliocausto, memoricidio, impunidad”, de Martín F. Yriart





L
os libros tienen a veces el don de abrirse proféticamente en páginas reveladoras y dirigir los ojos de los lectores a la palabra, la línea, el párrafo que hacen la luz. El libro en este caso es Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano (1776), de Edward Gibbon. La página en la que se abrió casualmente, uno de estos días, dice: "Tocó a Augusto renunciar al ambicioso propósito de someter a toda la tierra, e introdujo un espíritu de moderación en los debates públicos. Inclinado a la paz por su carácter y su situación, fue fácil para él descubrir que Roma, en su elevada posición presente, tenía muy poco que esperar del arbitrio de las armas, y mucho que temerle; y que en la consecución de guerras lejanas, la empresa se hacía cada día más difícil, el resultado más dudoso, y la conquista más precaria y menos beneficiosa".

A medida que la presencia de las fuerzas de ocupación estadounidenses estimula la respuesta defensiva de los iraquíes, ahora liberados de la opresión de la dictadura de Sadam Husein, la imagen de Gibbon cobra mayor significado.

La invasión de Irak por los Estados Unidos ha sido un error de magnitud napoleónica, y a la luz de ese error tal vez pueda comprenderse mejor lo que sucedió en Bagdad entre el 10 y el 14 de abril de 2003, cuando lo que ha sido descrito como un 'bibliocausto' y un 'memoricidio' tuvo lugar a la vista de las fuerzas invasoras. En esos días se produjo el saqueo del Museo Arqueológico de Irak, y el incendio de la Biblioteca Nacional de Bagdad y los Archivos.

El saqueo del museo ha sido prontamente investigado. Fuentes expertas afirman que ocurrieron dos hechos más o menos simultáneamente. Por una parte, bandas de ladrones profesionales se apropiaron de piezas históricas y arqueológicas que ya poseían comprador, aún antes de haber sido sustraídas. Por otra, masas fuera de control entraron al museo, como a otros edificios públicos, y se apoderaron de objetos de escaso valor cultural, como sillas, mesas, artefactos eléctricos, ordenadores, en una aparente "fiesta de reparto" del patrimonio del dictador. Algunos de ellos se llevaron también como souvenir piezas arqueológicas, y objetos culturales e históricos de dudoso valor venal, cosa que pronto pudieron descubrir.

La destrucción en el museo fue una mezcla de robo de arte profesional y motín popular, aunque acerca de las causas motoras de este último no está todo dicho. Estas acciones, dicen testigos, fueran alentadas, megáfono en mano, desde los tanques, por los intérpretes kuwaitíes que acompañaban a las unidades militares estadounidenses.

El museo quedó en ruinas, pero no totalmente despojado de su contenido patrimonial histórico, del que ha sobrevivido una buena parte; fuera de las piezas clave que se llevaron los ladrones profesionales, los saqueadores se llevaron equipamiento y materiales de infraestructura: lo que se puede vender como chatarra.

En la Biblioteca Nacional, sucedió algo diferente, aunque en comparación todavía es poco lo que se sabe. La Biblioteca Nacional fue primeramente saqueada por ladrones profesionales, como el museo, lo que está ratificado por la aparición de obras robadas en el mercado internacional de libros y documentos antiguos. Pero luego fue incendiada intencionalmente para destruir sus contenidos, lo que está demostrado por las evidencias del uso de granadas de fósforo blanco en su incendio.

Robert Fisk, el periodista británico especializado en Medio Oriente, presenció el saqueo e incendio de la Biblioteca, e intentó prevenirlo advirtiendo (sin resultado) a las fuerzas de ocupación estadounidenses. Luego lo narró en un artículo del diario británico The Independent ("Library books, letters and priceless documents...". Abril 15, 2003) que ha dado la vuelta al mundo. Dice, en parte: "De modo que ayer tocaba la quema de los libros. Primero llegaron los saqueadores, y detrás, los incendiarios. La Biblioteca Nacional y los Archivos, tesoro inapreciable de documentos históricos otomanos, incluidos los papeles de la antigua monarquía iraquí, quedaron reducidos a cenizas. Y a continuación ardieron la Biblioteca Coránica y el Ministerio del Patrimonio Religioso".

"Yo mismo pude ver a los saqueadores. Uno de ellos me maldijo cuando intenté recuperar un libro sobre la ley islámica que llevaba un niño de 10 años. Entre las cenizas de la historia iraquí, hallé agitándose en el viento una carpeta de cartas manuscritas intercambiadas entre los cortesanos de Sarif Husein, de la Meca, quien encabezó la revuelta árabe contra los turcos alentada por el agente británico T. E. Lawrence, 'Lawrence de Arabia', y los gobernantes otomanos de Bagdad".

"Y los estadounidenses se quedaron de brazos cruzados. Por todo el patio en ruinas los revolvía el viento: cartas de recomendación a las cortes de Arabia, pedidos de municiones para las tropas, informes sobre robos de camellos y ataques a peregrinos, todos en la delicada caligrafía arábiga. Tenía en mis manos los últimos vestigios de la historia de Irak escrita en Bagdad. Pero para Irak, éste es el Año Cero. Con la destrucción, el domingo, de las antigüedades del Museo Arqueológico y la quema luego de los Archivos Nacionales y de la Biblioteca Coránica, la identidad cultural de Irak ha quedado obliterada. ¿Por qué? ¿Quién inició estos incendios? ¿Con qué propósito demencial se destruye esta herencia?".

"Cuando alcancé a ver el incendio de la Biblioteca Coránica, llamaradas de 30 metros de alto brotaban de sus ventanas. Corrí a la sede de la autoridad de la potencia ocupadora, la Oficina de Asuntos Civiles de los U.S. Marines. Un oficial gritó a un colega: 'Este hombre dice que algo como una biblioteca bíblica (sic) se ha incendiado'. Les mostré la ubicación exacta en el mapa; les di el nombre en inglés y en árabe; les dije que el humo podía verse desde tres kilómetros a la redonda; que estaba a cinco minutos de coche. Media hora más tarde, todavía no había llegado ningún norteamericano al lugar, y las llamas alcanzaban los 50 metros".

Esto ocurrió en Bagdad, el domingo 13 de abril de 2003. Han pasado tres meses largos. La UNESCO envió desde entonces dos misiones de expertos para evaluar los daños sufridos por el patrimonio cultural de la Humanidad en Irak, en abril y posteriormente a la ocupación estadounidense. Sus esfuerzos se han concentrado en el Museo Arqueológico. Sobre la Biblioteca no hay ningún resultado oficial. Sin embargo, otra historia comienza a emerger lentamente.

El edificio de la Biblioteca Nacional, que guardaba no sólo tesoros bibliográficos árabes como los originales de Averroes y de Omar Jayam, sino también las traducciones de Aristóteles y los testimonios de la vida civil iraquí bajo el Imperio Otomano, ha quedado reducido a una cáscara calcinada, dentro de la cual yace una espesa capa de cenizas de papel, papiro y pergamino.

Pero una buena parte de su patrimonio se ha salvado, en parte por el azar, en parte por la codicia, en parte por la generosidad humana. El azar hizo que parte de las colecciones históricas de la Biblioteca fueran enviadas a otros edificios para facilitar su conservación. La codicia hizo que Sadam Husein se apropiara de miles de manuscritos históricos para su colección personal. La generosidad humana hizo que decenas de personas, ante la inminencia de la invasión y el recuerdo de los saqueos de 1991 se lanzaran a salvar lo que se pudiera de la Biblioteca, ante la inminente ruina.

Todo esto, que representa entre un 30 y un 60 por ciento del acervo de la Biblioteca, está disperso ahora en depósitos, mezquitas y otros edificios, en poder de particulares o bajo la vigilancia de quienes no siempre pueden saber qué custodian ni para qué lo hacen, como pueden ser las fuerzas de ocupación.

Fernando Báez, el experto internacional en la destrucción de bibliotecas y quema de libros, quien ha visitado Bagdad luego del saqueo y, en estos días, participó en un encuentro en la Escuela de Letras de Madrid resumió recientemente el panorama en un reportaje para Librusa. Dijo, en parte: "Un millón de libros desapareció en la toma de Bagdad, además de las tabletas de arcilla destruidas o robadas del Museo Arqueológico. Creo que estos dos eventos ya no podrán ser olvidados. En ambos casos es grave lo ocurrido, pero sin duda que las bibliotecas sufrieron mayor daño y han sido las peor atendidas. El desastre de las bibliotecas es total, absoluto. Tampoco se salvaron los archivos. En la quema del Archivo Nacional de Bagdad se perdieron millones de documentos".

"Más de 700 manuscritos antiguos fueron destruidos y más de 1500 desaparecieron. En cuanto a las obras, las pérdidas son variadas. Manuscritos con las primeras traducciones al árabe de Aristóteles, obras de Omar Jayam, textos de la literatura persa antigua, poemas sufíes, novelas, crónicas árabes, mapas de Persia. Esto ha sido horrible".

"Lo último que he encontrado es que ya se reconoce que sólo se salvó el 30 ó 35 por ciento del total de los libros de la Biblioteca Nacional de Bagdad. De lo que se salvó, una parte fue robada y hoy está a la venta. En las ventas de libros en las calles, en un bazar próximo, ante los ojos de todo el mundo, hay volúmenes que tienen el sello de la Biblioteca Nacional. Hay libros que son baratísimos. Varios manuscritos persas fueron ofrecidos en Nueva York a un anticuario de enorme fama, quien pasó el dato a Interpol. Otra parte de la colección está en la mezquita de Al Hak, donde hay más de 250.000 volúmenes que ocupan un espacio importante. Hay también libros en lugares secretos, algunos ya revelados, pero otros no saldrán a la luz por ahora".

Gema Martín Muñoz, la socióloga del mundo árabe y musulmán de la Universidad Autónoma de Madrid, quien también participó del encuentro con Báez en la EDLDM señalaba, por su parte, ante la descripción de esta devastación, que la destrucción de estos libros y documentos que integran el patrimonio cultural de la Humanidad no puede atribuirse a ningún fanatismo religioso de los iraquíes. Su identidad nacional y su tradición están por encima de sus pasiones o sectarismos religiosos, como lo demostraron en la guerra contra Irán, afirmó la experta en el Mundo Árabe.

En su reciente libro sobre Irak, Martín Muñoz muestra en cambio los mecanismos perversos que puso en marcha el colonialismo de las grandes potencias occidentales en esta región -primero Gran Bretaña y Francia, ahora los Estados Unidos- que pueden arrojar luz sobre estos acontecimientos catastróficos.

Bibliocausto, memoricidio, ¿impunidad? En los meses previos a la invasión estadounidense, expertos internacionales e instituciones de gran prestigio como el Instituto Arqueológico de Chicago o la UNESCO advirtieron al gobierno de Washington del peligro que representaba para el patrimonio cultural de la Humanidad una nueva guerra en territorio iraquí. Mantuvieron reuniones, presentaron informes, ofrecieron listas de sitios a proteger. La lección de Gibbon, tal vez, ya se ha perdido (hay que ganar a cualquier precio las guerras que estamos condenados a perder).

El Ministerio del Petróleo en Bagdad fue celosamente custodiado por los marines. No falta una hoja de sus archivos. La biblioteca ardió, y el museo fue sistemáticamente saqueado, mientras los mismos marines miraban impasibles. Los partidarios de las teorías conspirativas de la historia piensan que este atroz acontecimiento ha sido fruto de una mente perversa decidida a quebrar la moral de los iraquíes destruyendo los más altos símbolos de su identidad nacional.

No ha sido, tal vez un presidente o un ministro; puede haber sido sólo un tecnócrata gris, un oscuro oficial de Estado Mayor, un experto en guerra psicológica, quien agregó un párrafo en un documento oficial pero secreto. Quienes conocen Irak piensan que es imposible que los mismos iraquíes hayan querido cometer esta devastación de su propio patrimonio cultural. ¿Quiénes son pues los responsables? ¿Gozan de inmunidad? ¿No habrá penas para bibliocaustas, memoricidas?

Ante la inminente creación de una corte internacional capaz de juzgar delitos contra la humanidad, los Estados Unidos han exigido que los militares que envíe en misiones internacionales sean declarados exentos de la jurisdicción de este tribunal, que finalmente Washington se ha negado a reconocer. Pero existen obligaciones jurídicas internacionales anteriores.

Es hora de iniciar las acciones legales para establecer responsabilidades y aplicar las sanciones que correspondan. Esto no restituirá los libros quemados, pero tal vez prevenga futuros bibliocaustos y memoricidios, desalentando la expectativa de impunidad en sus perpetradores.












jueves, abril 24, 2008

"Los dioses deben estar locos", de Jamie Uys

Extracto del inicio




(Voz en off) Parece el Edén, pero es el desierto más engañoso del mundo. El Kalahari. Luego del período de lluvias quedan muchas charcas, y hasta ríos. Pero en unas semanas, el agua se sumerge en las arenas. Las charcas y los ríos desaparecen. El pasto adquiere un color dorado ideal para el pastoreo. Pero en los próximos 9 meses no habrá agua. Los animales se marchan, dejando pasto sin comer. Los humanos le huyen al Kalahari, pues necesitan del agua. Por eso en sus bellos paisajes no hay nadie. Excepto por la pequeña gente del Kalahari. Bellos, delicados, pequeños y graciosos, los bosquimanos. Aquí, donde otros morirían de sed ellos viven muy contentos, en el desierto que no parece tal. Saben de raíces, insectos y tubérculos y cuáles frutas y semillas comer. También, cómo conseguir el agua. En la mañana recogen el rocío de las hojas que dejaron la noche anterior. O un poco de pasto puede ser una represa. Si se sabe cómo, una simple rama indica dónde cavar y sacar a la luz un enorme tubérculo. Se raspa con un palo partido y afilado. Se aprieta un puñado de raspaduras, con el pulgar hacia la boca. Debe ser el pueblo más feliz. Sin crímenes, castigos, violencia, ni leyes policías, jueces, gobernantes o jefes. Creen que los dioses pusieron en la Tierra sólo lo bueno y útil. En su mundo, nada es malo o perverso. Ni la serpiente venenosa. Sólo que hay que permanecer lejos de su boca. De hecho, una serpiente es buena. Es deliciosa. Y la piel sirve de bolsa. Viven en el Kalahari en pequeños grupos familiares. Un encuentro entre familias se da una vez en años. Pero viven casi siempre en aislamiento sin saber que hay otras personas en el mundo. En el Kalahari, hay bosquimanos que no han oído del hombre civilizado. A veces escuchan un trueno en el cielo despejado. Y piensan que los dioses comieron y que sus estómagos retumban. A veces, incluso pueden ver los gases divinos. Su lengua tiene carácter propio. Parece estar formada principalmente por chasquidos. Son personas muy tiernas. Nunca castigan ni regañan a los niños. De allí sus buenos modales y sus divertidos e ingeniosos juegos. Cuando necesitan carne el cazador unta en su flecha un sedante. El ciervo siente un pinchazo y la flecha cae. Huye, pero pronto siente sueño y deja de correr. Poco después, cae dormido. El cazador se disculpa. Explica que su familia necesita la carne. Lo que realmente los diferencia de todas las demás razas es no tener sentido de propiedad. No tienen nada que poseer. Sólo árboles, pasto y animales. Nunca han visto una piedra o una roca. Lo más duro conocido es la madera y el hueso. Viven en un mundo suave, sin la roca, el acero o el concreto.

A sólo 960 kilómetros al sur existe una gran ciudad. Y allí se encuentra el hombre civilizado. El hombre civilizado se rehusó a adaptarse a su entorno. En cambio, adaptó su entorno a sus necesidades. Creó ciudades, vías, autos, máquinas. E instaló líneas eléctricas para sus aparatos. Pero no supo cómo parar. Mientras más fácil hacía la vida más la complicaba. Hoy sus hijos estudian muchos años para saber cómo sobrevivir en este complejo y arriesgado mundo. Y quien se negó a adaptarse a su entorno debe hacerlo y readaptarse cada día y cada hora, al entorno que ha creado. Si es lunes y son las 7:30, hay que desadaptarse del ambiente casero y adaptarse a un ambiente totalmente diferente. Las 8:00 significa que deben parecer ocupados.
...
En el Kalahari, siempre es martes, o jueves, o domingo. Ningún reloj o calendario nos dice qué hacer. Últimamente, aparecen cosas raras en el cielo. Pájaros ruidosos que vuelan sin mover las alas. Un día, algo cayó del cielo. (La imagen muestra cómo un piloto había lanzando una botella de Coca-Cola por la ventanilla mientras sobrevolaba el desierto.) Xi no había visto antes algo así. Parecía agua, pero era más dura que cualquier cosa conocida. ¿Por qué los dioses la enviaron a la Tierra? Era lo más extraño y hermoso que habían visto. ¿Por qué lo enviaron los dioses? A Pabo se le atoró el dedo (en la botella) y los niños lo hallaron divertido. Xi la probó para curar tiras de cuero. Tenía la forma y el peso correctos. Era también muy lisa, e ideal para curar la piel de serpiente. Y Pabo vio que podía hacerse música. Cada día le descubrían un nuevo uso. Era más dura, pesada y lisa que cualquier otra cosa conocida. Era el más útil regalo de los dioses. Algo para ahorrar trabajo. Pero los dioses olvidaron algo: sólo enviaron una. Y ahora, tenían algo que no podían compartir porque había sólo una.

De repente, la necesitaban siempre. Antes no era necesario y ahora sí. Y surgieron sensaciones nuevas de querer poseer, de no querer compartir. Llegaron otras cosas nuevas. Enojo, celos, odio y violencia. Xi sintió enojo con los dioses. Dijo: “¡No queremos su cosa! Miren lo que causó”. Pero la devolvieron. (Xi lanza la botella al cielo.) Gritó: “¡Deben estar locos! ¡Quédense con eso!” “¡Cuidado! ¡Cuidado!” (Gritaron al ver que la botella caía de regreso.) Pero fue demasiado tarde y la cosa golpeó a su hija Dani. Xi sacó la cosa del refugio y la enterró. Esa noche no hubo risas ni charla alrededor del fuego. La vergüenza se apoderó de todos y estaban muy callados. Xi dijo: “Enterré la cosa. No volverá a hacernos infelices”. Esa noche, una hiena olió la sangre en la cosa y la sacó. Pero un jabalí malhumorado persiguió a la hiena y ésta soltó la cosa. Luego Dani la halló. Su hermano la oyó tocar y dijo: “Déjame ensayar”. (Y al disputarse la botella Dani lo golpeó con ella.) Esa noche la familia estuvo muy triste. Comenzaron a hablar sobre la cosa. No le tenían un nombre. La llamaron “la cosa maligna”. Gaboo dijo: “quizá los dioses no sabían cuando la arrojaron. Siempre enviaron cosas buenas: lluvia, árboles y frutas. Somos sus hijos y nos aman. Y ahora nos envían esta cosa maligna”. Xi dijo: “La cosa no pertenece a la Tierra. Mañana la llevaré al final de la Tierra y la tiraré”. Gobo dijo: “Creo que eso debe estar muy lejos. Tendrás que caminar 20 días. Quizá 40”. Xi dijo: “Empezaré a caminar mañana”.





1980






miércoles, abril 23, 2008

“Me interesa más el mundo que el lenguaje”. Entrevista a Michel Houellebecq, de Sabine Audrerie






Después de Le sens du combat (El sentido de la lucha), ha emprendido la tarea de modificar La poursuite du bonheur (La búsqueda de la felicidad), su primer libro de poemas. ¿Le concede cada vez más importancia al género poético?
No, en realidad estoy escribiendo una novela. Tengo la impresión de estar siguiendo dos caminos contradictorios: cada vez más implacable y sórdido en prosa, cada vez más luminoso y extraño en poesía. Cuando llego demasiado lejos por un camino, enseguida me siento tentado a tomar el otro. Es un equilibrio dinámico, probablemente inferior a una síntesis; pero es lo mejor que puedo hacer por el momento.


¿No está la poesía más directamente destinada a suscitar la emoción, a expresar una vida interior?
Sobre todo, es una visión del mundo más misteriosa. La poesía despierta cosas ocultas, inexpresables por otros medios…, y siempre me sorprende el resultado. A veces va unido a la musicalidad, a veces no; a veces es simplemente una percepción extraña, sin ninguna conexión. Es curioso encontrar en uno mismo cosas inexplicables; estoy cada vez más convencido de que la belleza, separada del deseo, es forzosamente extraña. Se puede encontrar en una novela, pero es mucho más raro; uno se ve arrastrado por la mecánica de los acontecimientos y de los personajes. No quiero hacer un juego de palabras, pero probablemente podemos decir que, en una novela, la parte activa pertenece al orden poético.


¿Podríamos calificar de “maldito” al poeta actual?
Es mucho peor que eso. La poesía es una actividad completamente desesperada. Mucha gente siente necesidad de escribir poemas en el curso de su vida; pero ya nadie los lee. La idea de que la poesía es algo forzosamente aburrido ha echado raíces; y la canción sólo colma en parte la necesidad poética.


¿No se siente demasiado afín a los poetas contemporáneos?
He leído a muchos poetas del siglo pasado, pero no a tantos de mi propio siglo. Mi época favorita –tanto en poesía como en música- sigue siendo la primera época del romanticismo alemán. Sería difícil encontrar algo así en la actualidad, los tiempos se prestan mal al lirismo y a lo patético. No estoy a favor ni en contra de ninguna vanguardia, pero me doy cuenta de que me distingo por el simple hecho de que me interesa más el mundo que el lenguaje. Me fascinan los fenómenos inéditos del mundo en el que vivimos, y no entiendo cómo los demás poetas consiguen mantenerse al margen: ¿es que todos viven en el campo? Todo el mundo va al supermercado, lee revistas, tiene un televisor, un contestador automático… No consigo superar este aspecto de las cosas, escapar a esta realidad; soy terriblemente permeable al mundo que me rodea.


Ha modificado muy poco el texto de “su método”, Rester vivant (Seguir vivo).
Es un texto de esos que surgen “de una sola vez”, muy difícil de modificar. Y es cierto que define un método al que he seguido siendo fiel hasta ahora. Sé que Ampliación del campo de batalla, mi primera novela, sorprendió a mucha gente. Es probable que los que habían leído Rester vivant (muy pocos) se sorprendieran menos que los demás.


¿Cuál podría ser el papel de la literatura en el mundo que describe, vacío de sentido moral?
Un papel penoso, en cualquier caso. Cuando uno pone el dedo en la llaga, se condena a un papel antipático. Dado el discurso casi de cuento de hadas de los medios de comunicación, es fácil hacer gala de cualidades literarias desarrollando la ironía, la negatividad, el cinismo. Pero cuando uno quiere superar el cinismo, las cosas se ponen muy difíciles. Si alguien consigue desarrollar en la actualidad un discurso que sea a la vez honesto y positivo, modificará la historia del mundo.











martes, abril 22, 2008

«Amor después de amar», de Derek Walcott

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




El tiempo vendrá
cuando, con regocijo,
te saludes arribando
a tu propia puerta, a tu propio espejo,
y cada cual se ría al dar la bienvenida al otro,
y diga, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fuiste para ti.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu corazón
a su lugar, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien ignoraste
en favor de otro, quien te conoce de memoria.
Saca las cartas de amor del librero,
las fotografías, las desesperadas notas,
despega tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Festeja tu propia vida.



en Sea Grapes, 1976










Love after love

The time will come / when, with elation/ you will greet yourself arriving / at your own door, in your own mirror / and each will smile at the other's welcome, // and say, sit here. Eat. / You will love again the stranger who was your self. / Give wine. Give bread. Give back your heart / to itself, to the stranger who has loved you // all your life, whom you ignored / for another, who knows you by heart. / Take down the love letters from the bookshelf, // the photographs, the desperate notes, / peel your own image from the mirror. / Sit. Feast on your life.












Contribución a Dscntxt de Germán Estrada Fricke








lunes, abril 21, 2008

“El secreto del mal: un secreto a medias”, de Carlos Almonte





Breve sospecha

La primera reacción de un ser común como lector, ante el hecho de un editor hurgando en los archivos de un escritor recientemente fallecido y exitoso, es de sospecha, me parece. Teorías conspirativas en que aparecen ganancias económicas, escritores fantasmas, egos personales y truculencia de variados tipos, cuentan el recíproco encanto, o desencanto, de los lectores de la obra encontrada, editada y publicada a total arbitrio de los instintos y gustos personales del editor –selección, disposición, correcciones varias, etc.-. Al comenzar la lectura, aún rondaba en mi cabeza la teoría del escritor fantasma. Historias tan curiosas como originales de Capote encontrados en una mesita de hotel, o de Rilke encontrados bajo unas piedras. Durante un par de hojas pensé que un escritor como Bolaño, siempre al borde de la tripa al aire, no podía estar paseándose entre arquitecturas blandas y maduras señoras silenciosas. Demoré tres largas páginas en encontrar la voz de Bolaño en el primer cuento: “Eran lo que en aquellos lejanos años se conocía como solteronas y arrastraban ese destino como podían, es decir mal, o en el mejor de los casos de una forma resignada y oscura que iba dejando huellas imperceptibles en las cosas o en los recuerdos de las cosas que uno tiene después, cuando todo se ha desvanecido”. Y esa voz elegante y desencantada, que opta siempre por el más azul de los caminos, me devolvió la tranquilidad. Eso como primera cosa.


Relatos

“El hijo del coronel”, es acaso el cuento más logrado de la primera mitad del libro. En una extraña secuencia (extraña para Bolaño, extraña de por sí), se narra una historia de zombies, militares y científicos que experimentan con seres humanos; historia que, cosa curiosa dado el tenor de la antología, llega hasta el final -o algo que podría tomarse como final-. No se produce en este caso el corte de aire, la insatisfacción, el coitus interruptus que sucede en la mayoría de los demás casos. Si bien el uso del español de España, tan detestado por los lectores latinoamericanos (lo que hace sospechar que Bolaño escribía en esa jerga, o que tal vez no alcanzó a traducir el texto a jergas más amables, o que este cuento en especial estaba escrito en ese tipo de español), enfada a ratos, no es tan recurrente como para terminar el cuento hablando a “tíos”, “coños” y “cojones”. En este caso, lo que empieza como sueño, termina como película, podríamos decir en clarísima intención de parodia.

“Sabios de Sodoma” es donde el libro toma un vuelo acorde a lo esperado: Bolaño por sí mismo y en sí mismo. El relato, en dos versiones, según la nota preliminar, aunque bien pudiera pensarse en un mayor complemento que eso, deja ver a ratos al Bolaño de Tres que sueña con escritores que caminan y se encuentran, y detestan todo y vuelven a sus lugares de origen. Acá Naipaul, por quien Bolaño una vez más confiesa su admiración, es quien recorre Buenos Aires, en versión poética, la primera, en versión anecdótica, la segunda. Tal vez hay una salida, un apunte o nota a pie de página, en la mención de Fresán; tal vez, y sólo tal vez, se escapa un tanto del tono fictivo, o quizás sólo suena a huida. En cualquier caso, es un relato logrado, en sus dos versiones. A la primera le falta una línea. A la segunda puede que ninguna, lo que es bastante decir.

Luego de una larguísima y tediosa descripción -con sus consecuentes derivaciones- de una fotografía de intelectuales y artistas franceses (“Laberinto”), en la que por supuesto hay sexo, cafés, calles y hombres solos, se llega, o desemboca, a un conocido comentario acerca de Martín Fierro. El concluyente “hay que releer a Borges otra vez” (lo que nos ubica en una tercera lectura), nos lleva a una verdad, al parecer, ineludible para todos, y en especial para Bolaño: Borges es el gran padre de la literatura latinoamericana y su relación –me refiero a la de Bolaño y Borges- se circunscribe al más puro hecho literario que pueda, o no pueda, narrarse. Ambos van y vienen, con el desparpajo de los que se reconocen frente a un espejo y no sonríen, porque no tienen para qué. La evidencia no los marca en absoluto, ni siquiera en la más cerrada intimidad.

En “Crímenes” volvemos a Ciudad Juárez, aunque acá se llame Calama; esa extraña ciudad al norte de Chile (al norte de México), enclavada en el corazón del desierto de Atacama (Sonora). El símil no es gratuito y los seguidores de la radialidad de la obra bolañiana, estarán, una vez más, satisfechos y sonrientes. El texto a ratos logra cautivar, sobre todo en la tensión “final”, en que se confronta a la víctima (o el simulacro de víctima), con el asesino (o el simulacro de asesino).

En “No sé leer”, Bolaño viaja a Chile, ya de adulto. Habla de ser jurado, de apart-hoteles, de ferias de libros, de revistas femeninas en papel suave y un muy poco interesante etcétera. La narración se centra en Lautaro, hijo de Bolaño y Carolina, quien expone su talento en esquivar el sensor de las puertas automáticas de los centros comerciales y tiendas. Luego aparece Andrea, cuyo arte consiste en aparecer y desaparecer, y poco más. El relato más parece una excusa para hablar de las gracias del hijo y de su anfitriona, quien seguramente habrá comentado unas dos millones de veces la existencia de este cuento.

“Bronceado” y “El provocador”, resultan interesantes en cuanto a la contingencia y actualidad. El primero retrata la moda de las estrellas –de cine, de la música, etc.- que adoptan niños de países tercermundistas; un aspecto nuevo en la narrativa de Bolaño, el entrecruzar temas de farándula y pobreza. Acaso en “Músculos” y en Una novelita Lumpen, haya abordado una temática semejante: personajes aparentemente superficiales, preocupados de su aspecto físico y un corpus de reflexiones interiores, ligadas a la solidaridad, a la filantropía, y hasta a la filosofía. “El provocador”, retrata (intenta hacerlo, o esa era, tal vez, su intención primera), a un sujeto que porta carteles con leyendas provocativas en protestas que se originan por la guerra de Iraq. Este último caso no pasa de ser lo que es, un intento, un muy primer esbozo, un esqueleto. No había necesidad de llevar tan lejos el rescate, en mi opinión.

Tal vez “Muerte de Ulises” sea uno de los cuentos más emocionantes de la colección. Bolaño acá rinde homenaje a su gran amigo y compañero de armas literarias, Ulises Lima (Mario Santiago). Es uno de los casos en que más se lamenta la ausencia de un final. Bolaño ya adulto viaja invitado a la Feria del Libro en Guadalajara, pero en el mismo aeropuerto del DF, se arrepiente y antes de tomar la conexión, decide el cambio de planes y se interna en las calles de la ciudad de su juventud. No sólo se interna entre edificios y semáforos, también en los recuerdos, en la amistad y en su propia vida. Es un ejercicio notable, sensible y lleno de imágenes que emocionan, como el intento de llegar a un departamento vacío, sentarse afuera, esperar inútilmente a que se abra aquella puerta e incluso aquella aparente contradicción que representan los músicos y fans de Lima.

“La Jornadas del Caos” realmente funciona como cuento final. Es sabido –o confesado- por el propio editor en la nota preliminar, que el orden de los archivos encontrados (STORIX y STOREC), no fue respetado. En este sentido, “Las Jornadas del Caos”, representa una despedida, una conciencia de final, un testamento. Es, además, otro caso claro de incompletitud, como todo el libro.


Utilidad de un arte trunco

El interés obvio de El secreto del mal radica en saber que se está leyendo a Bolaño. Su voz, para bien o para mal, está presente en cada texto. Hay acá un cierto fetichismo magnificado en el acto de lectura. Hay un cierto grado de homenaje y tal vez de agradecimiento, de parte de cada lector. Hay complicidad y comprensión, en cada ausencia de final. Hay una esperanza de encontrar al mejor Bolaño, ese de la revolución en Liberia, ese del desierto de Sonora, ese del balneario en que radica Wieder. Hay, en este sentido, decepción, al encontrarse con ejercicios truncos, frases recortadas y cuentos a medio proceso, así, literalmente. Es como encontrarse frente a una pintura de Rembdrandt sólo con dos o tres líneas sobre el lienzo; como ir de paseo en avioneta, pero sólo sentarse en el hangar y bajarse antes de que el motor comience a rugir; como leer relatos de un escritor genial que no tuvo la ocasión de terminarlos.

Cabe preguntarse por el objetivo de un acto como el de publicar una obra como ésta. Y, además de las respuestas evidentes y que dicen relación con los negocios, puede agradecerse un nuevo acercamiento, una nueva visita al Jardín Bolaño, donde se adivinan –allá al fondo, tras la niebla- robles gigantescos, arbustos demenciales y laberintos de intrincados diseños, junto a flores que recien nacen y otras que ya han sido mutiladas. El secreto del mal vendría siendo como un tallo, un almácigo que el paisajista enorme y talentoso dejo a un lado para rescatar después. Y bueno, sucede que el paisajista ha muerto y ha llegado un cortador de césped, torpe y ambicioso, dispuesto a lo que sea por mantener el parque como está y, en lo posible, aumentar el flujo de visitas.

El secreto del mal bien pudo haber quedado en el más oscuro bit, del más lejano archivo de la última carpeta, en el ordenador de Bolaño en Blanes. Y no habría pasado nada, absolutamente nada. Los textos terminados están prestados de publicaciones anteriores. El resto es una colección de voces sueltas, de conversaciones, de expresiones incompletas, lo que redunda, hacia el final, en un sentimiento extraordinariamente encontrado; placer a ratos, a párrafos, y esa sensación atónita de terminar cuando en realidad no se termina.

Así las cosas, El secreto del mal, pasa a ser un texto prescindible al interior de la gran obra de Bolaño, un objeto para coleccionistas o fanáticos, que ven desde la tribuna cómo se suceden las historias: sin final, sin desarrollo, sin inicio.











domingo, abril 20, 2008

"2001: Una odisea espacial". Entrevista a Stanley Kubrick




Gran parte de la controversia que rodea 2001 reside en el significado de los símbolos metafísicos que abundan en el film -los pulidos monolitos negros, la conjunción orbital de la Tierra, la Luna y el Sol en cada intervención del monolito en el destino humano, el aturdidor final de tormenta calidoscópica de tiempo y espacio que sumerge al astronauta superviviente y prepara el escenario para su renacimiento como "niño de las estrellas" impulsado hacia la Tierra en una placenta translúcida. Un crítico en cierta ocasión definió 2001 como "el primer film Nietzscheano," sosteniendo que su tema esencial es el concepto de Nietzsche de la evolución del hombre desde el simio al humano y al superhombre. ¿Cuál era el mensaje metafísico de 2001?

Stanley Kubrick: No es un mensaje que yo haya tratado de convertir en palabras. 2001 es una experiencia no verbal; de dos horas y 19 minutos de película, sólo hay un poco menos de 40 minutos de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. Como diría McLuhan, en 2001 el mensaje es el medio. Quise que la película fuera una experiencia intensamente subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música; "explicar" una sinfonía de Beethoven sería castrarla levantando una barrera artificial entre la concepción y la apreciación. Eres libre de especular como quieras acerca del significado filosófico y alegórico del film -y esa especulación es una indicación de que ha triunfado en llevar a la audiencia a un nivel más profundo- pero no quiero trazar un camino verbal para 2001 que cada espectador se sienta obligado a seguir o incluso tema haber perdido el hilo. Creo que si 2001 triunfa, es en llegar a un amplio espectro de gente que no había tenido un pensamiento sobre el destino del hombre, su papel en el cosmos y su relación con más altas formas de vida. Pero incluso en el caso de alguien que es más inteligente, ciertas ideas encontradas en 2001 pueden, si se presentan como abstracciones, caer a menudo sin vida y es automáticamente asignado a la oportuna categoría intelectual; experimentado en un contexto cinematográfico visual y emocional, sin embargo, tocan la fibra más profunda de la existencia de cada uno.


Sin dar una guía filosófica para el espectador, ¿nos puede dar su propia interpretación del significado del film?

SK: No, por las razones que ya he dado. Cuanto podríamos apreciar hoy La Gioconda si Leonardo hubiera escrito en la parte inferior del cuadro: "Esta mujer está sonriendo porque tiene los dientes careados" o "porque está escondiendo un secreto de su amante." Hubiera quitado la apreciación del que lo contempla y le hubiera puesto en otra "realidad" distinta de la suya propia. No querría que eso pasara con 2001.


Arthur Clarke ha dicho del film, "si alguien lo entiende la primera vez que lo ve, habríamos fallado en nuestra intención." ¿Por qué tiene alguien que ver dos veces la película para coger su mensaje?

SK: No estoy de acuerdo con ésta idea de Arthur, y creo que la hizo en tono de broma. La verdadera naturaleza de la experiencia visual en 2001 es darle al espectador una instantánea y visceral reacción que no puede -y no debe- requerir de otra amplificación. Hablando en términos generales, sin embargo, diría que hay elementos en cualquier buena película que pueden incrementar el interés y la apreciación del espectador en un segundo visionado; el momento de una película a menudo previene cada detalle estimulante o matiz de tener un completo impacto la primera vez que es visto. La idea de que una película sólo debe ser vista una vez es una extensión de nuestra concepción tradicional de un film como un entretenimiento efímero más que como una obra de arte visual. No creemos que podamos escuchar una gran pieza de música una sola vez, o ver una gran pintura una vez, o incluso leer un gran libro una sola vez. Pero el cine ha sido hasta hace pocos años, excluido de la categoría de arte, una situación que me alegra esté finalmente cambiando.


Algunos destacados críticos -incluidos Renata Adler de The New York Times, John Simon de The New Leader, Judith Crist del New York magazine y Andrew Sarris de Village Voice- aparentemente sienten que 2001 se encuentra entre esos filmes aún exentos de la categoría de arte; los cuatro lo han tachado de pesado, pretencioso y excesivo. ¿Qué opina de su hostilidad?

SK: Los cuatro críticos que menciona trabajan todos para publicaciones neoyorquinas. Los visionados en América y alrededor del Mundo han sido un 95 por ciento entusiastas. Algunos son más perceptivos que otros, por supuesto, pero incluso aquellos que alaban el film en características relativamente superficiales son capaces de coger algo de su mensaje. Nueva York es la única ciudad realmente hostil. Quizás hay un cierto elemento de lumpen literati que es tan dogmáticamente ateísta y materialista y terrestre que encuentra la grandiosidad del espacio y la miríada de misterios de la inteligencia cósmica un anatema. Pero los críticos de cine, afortunadamente, raramente tienen algún efecto sobre el público en general; los cines se llenan y la película está en el camino correcto para convertirse en la más grande recaudadora de la historia de la MGM. Quizás esto suene una manera muy interesada de evaluar el trabajo de uno, pero pienso que, especialmente con un film que es tan obviamente diferente, records de audiencia significan que la gente está diciendo cosas buenas a otros después de verla, y ¿no es eso realmente de lo que se trata?


Hablando de lo que se trata -si nos permite retomar la interpretación filosófica de 2001- ¿está de acuerdo con esos críticos que lo consideran un film profundamente religioso?

SK:
Diría que el concepto de Dios está en el corazón de 2001 pero no cualquier imagen tradicional y antropomórfica de Dios. No creo en ninguna de las religiones monoteístas de la Tierra, pero creo que cada uno puede construirse una definición científica de Dios, una vez que aceptas que hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestra galaxia, que cada estrella es un sol capaz de albergar vida y que hay aproximadamente cien mil millones de galaxias en el universo visible. Dado un planeta en una órbita estable, ni muy caliente ni muy frío, y dados unos cientos de millones de años de reacciones químicas creadas por la interacción de la energía solar en la química del planeta, es bastante seguro que la vida, en una u otra forma, eventualmente emergerá. Es razonable asumir que debe haber, de hecho, cientos de millones de planetas donde la vida biológica haya nacido y la posibilidad de que esa vida desarrolle inteligencia es alta. Ahora, nuestro Sol no es una estrella vieja y sus planetas son casi niños en edad cósmica, y eso quiere decir que hay cientos de millones de planetas en el Universo donde la vida inteligente está en una escala menor que la humana pero en otros cientos de millones pueden estar al mismo nivel e incluso otras donde esté cientos de miles de millones de años de adelanto con respecto a nosotros. Cuando piensas en los gigantescos adelantos tecnológicos que el hombre ha hecho en apenas un milenio -menos de un microsegundo en la cronología del Universo- ¿puede imaginar el desarrollo evolutivo que formas de vida más antiguas pueden haber alcanzado? Deben haber progresado desde especies biológicas, que son carcasas frágiles para la mente, hacia entidades mecánicas inmortales y, entonces, después de innumerables eones, pueden emerger de sus crisálidas de materia transformados en seres de pura energía y espíritu. Sus potencialidades serían ilimitadas y su inteligencia inconmensurable para los humanos.










Publicado en Playboy, el año 1968.








sábado, abril 19, 2008

"Los pájaros", de Bruno Schulz







Llegaron los días de invierno, amarillos y sombríos. Un manto de nieve, raído, agujereado, tenue, cubría la tierra descolorida. La nieve no alcanzaba a ocultar del todo muchos tejados, y se podían ver, acá y allá, trozos negros o mohosos, chozas cubiertas de tablas, y las arcadas que ocultaban los espacios ahumados de los desvanes: negras y quemadas catedrales erizadas de cabrios, vigas y crucetas, pulmones oscuros de las borrascas invernales. Cada aurora descubría nuevas chimeneas, nuevos tubos brotados durante la noche, henchidos por el huracán nocturno, oscuros cañones de órganos diabólicos. Los deshollinadores no podían desembarazarse de las cornejas, que, cual hojas negras animadas de vida, poblaban por las noches las ramas de los árboles frente a la iglesia. Levantaban el vuelo, batían las alas, y acababan posándose cada una en su sitio, sobre su rama. Y al alba volaban en grandes bandadas —nubes de hollín, copos de azabache ondulantes y fantásticos—, turbando con su trémulo graznido la luz amarillenta del amanecer. Con el frío y el tedio, los días se volvieron duros como trozos de pan del año anterior. Se entraba en ellos con los cuchillos romos, sin apetito, con una somnolencia perezosa.

Mi padre no salía ya de casa. Encendía la chimenea, estudiaba la substancia jamás develada del fuego, disfrutaba del sabor salado, metálico y el olor a humo de las llamas de invierno, caricia fría de la salamandra que lame el hollín brillante de la garganta de la chimenea. En aquellos días ejecutaba con placer todas las reparaciones en las regiones superiores de la habitación. A cualquier hora del día se le podía ver acurrucado en lo alto de una escalera de tijera, arreglando algo en el cielo raso, las barras de las cortinas de las grandes ventanas, o los globos y cadenas de los candiles. Lo mismo que los pintores, se servía de la escalera como de unos enormes zancos, sintiéndose bien en esa posición de pájaro entre los parajes del techo, decorados con arabescos y aves. Se desentendía cada vez más de los asuntos prácticos de la vida. Cuando mi madre, preocupada y afligida por su estado, trataba de llevarlo a una conversación de negocios y le hablaba de los pagos del próximo mes, él la escuchaba distraído, inquieto, con una expresión ausente, en el rostro sacudido por contracciones nerviosas. A veces la interrumpía de pronto con un gesto implorante de la mano, para correr a un rincón del aposento, aplicar el oído a una juntura del suelo y escuchar, con los índices de ambas manos levantados, signo de la importancia de la auscultación. Entonces no comprendíamos aún el triste fondo de estas extravagancias, el doloroso complejo que maduraba en su interior.

Mi madre no ejercía la menor influencia sobre él; en cambio por Adela sentía gran respeto y consideración. La limpieza de la sala era para él una importante ceremonia, a la que jamás dejaba de asistir, siguiendo todos los movimientos de Adela, con una mezcla de angustia y de voluptuosidad. Atribuía a cada uno de los actos de la joven un significado más profundo, de tipo simbólico. Cuando ella, con ademanes enérgicos, pasaba el cepillo por el suelo, se sentía desfallecer. Las lágrimas brotaban de sus ojos, se le crispaba el rostro con una risa silenciosa, y sacudían su cuerpo espasmos de goce. Su sensibilidad a las cosquillas llegaba a los límites de la locura. Bastaba que Adela le apuntara con el dedo, con el gesto de hacerle cosquillas, y él presa de un pánico salvaje, atravesaba las habitaciones, cerrando tras sí las puertas, para echarse al final en una cama y retorcerse con una risa convulsiva, bajo el influjo de la sola imagen interior a la que no podía resistirse. Gracias a eso, Adela tenía sobre mi padre un poder casi ilimitado.

En aquel tiempo observamos por primera vez en él un interés apasionado por los animales. Al principio fue una afición de cazador y artista a la par, y posiblemente también la simpatía zoológica más profunda de una criatura hacia unos semejantes que tenían formas de vida diferentes: la investigación de registros del ser aún no conocidos. Sólo en su fase posterior, este aspecto adquirió un matiz extraño, complejo, profundamente vicioso y contra natura, que es mejor no exponer a la luz del día.

Aquello empezó con la incubación de huevos de aves.

Con gran derroche de esfuerzos y de dinero, mi padre había hecho llegar de Hamburgo, de Holanda y de algunas estaciones zoológicas africanas, huevos fecundados que hacía empollar a unas enormes gallinas belgas. Era también para mí una ocupación absorbente contemplar el nacimiento de los polluelos, verdaderos fenómenos por sus formas y colores.

Era imposible, viendo aquellos monstruos de picos enormes, fantásticos, que desde el nacimiento se ponían a piar a voz en cuello, silbando ávidamente desde las profundidades de su garganta; contemplando aquella especie de reptiles de cuerpo débil, desnudo, corcovado, adivinar en ellos a los futuros pavos reales, faisanes, cóndores. Colocados en cestas llenas de algodón, aquellos engendros de monstruos erguían sobre sus frágiles cuellos unas cabezas ciegas, cubiertas de albumen, graznando destempladamente con sus gargantas afónicas. Mi padre se paseaba a lo largo de las estanterías, con un delantal verde, como jardinero que inspecciona sus siembras de cactus, y extraía de la nada aquellas vesículas ciegas, en las que ya alentaba la vida, aquellos vientres torpes, incapaces de recibir del mundo exterior cualquier cosa que no fuera el alimento, conatos de vida que se erguían a tientas hacia la claridad. Unas semanas más tarde, cuando aquellos ciegos retoños se abrieron a la luz, las habitaciones se llenaron de un tumulto multicolor, del centellante gorjeo de los nuevos habitantes. Se posaban en las barras de las cortinas y en las cornisas de los armarios, anidaban en los huecos de las ramas de estaño y en los arabescos de los candiles.

Cuando mi padre estudiaba los grandes compendios ornitológicos y tenía entre las manos las láminas de colores, parecía que era de allí de donde se desprendían aquellos fantasmas emplumados, que llenaban el cuarto con su aleteo multicolor de copos de púrpura y girones de zafiro, de cobre, de plata. Cuando les daba de comer, formaban en el suelo una masa abigarrada, compacta y ondulante, una alfombra viva, que a la llegada intempestiva de alguno se desintegraba, se dispersaba en flores móviles, que batían las alas, para acabar posándose en la parte superior del aposento. Tengo especialmente grabado en la memoria un cóndor, pájaro enorme de cuello desnudo, cara arrugada y buche voluminoso. Era un asceta magro, un lama budista de imperturbable dignidad, en todo su comportamiento, que se regía por el férreo ceremonial de su alta alcurnia. Cuando inmóvil en su postura hierática de dios egipcio, con el ojo velado por una blancuzca carnosidad que cubría sus pupilas —como para encerrarse por completo en la contemplación de su soledad augusta—, estaba, con el pétreo perfil, frente a mi padre, parecía su hermano mayor. La misma materia, los mismos tendones, la piel dura y rugosa, el mismo rostro seco y huesudo, las mismas órbitas profundas y endurecidas. Hasta las manos de fuertes nudillos y largos dedos de mi padre, con sus uñas abombadas, tenían cierta analogía con las garras del cóndor. Al verlo así, dormitando, no podía sustraerme a la impresión de que tenía ante mí a una momia disecada, la momia reducida de mi padre. Creo que tal asombrosa semejanza tampoco escapó a la atención de mi madre, aunque nunca hablamos de ello. Es singular que el cóndor utilizase el mismo orinal que mi padre.

No satisfecho con incubar incesantemente nuevos especímenes, mi padre organizaba en el desván bodas de aves, enviaba casamenteros, ataba a las novias seductoras y lánguidas junto a las grietas y agujeros de la techumbre; lo que trajo por consecuencia que el enorme tejado de dos vertientes de nuestra casa se convirtiera en un verdadero albergue de aves, un arca de Noé, a la que llegaba toda clase de seres alados desde parajes lejanos. Incluso mucho tiempo después de liquidada aquella manía avícola, subsistió en el mundo de las aves la costumbre de llegar a nuestra casa. En el período de las migraciones de primavera se abatían verdaderas nubes de grullas, pelícanos, pavos reales y otros pájaros sobre nuestros techos.

No obstante, después de un breve florecimiento, esta afición tomó un giro más bien desolador. En efecto, pronto se hizo necesario trasladar a mi padre a las dos habitaciones del desván que servían como depósito de trastos inútiles. Desde el alba salía de allí el clamor confuso de las aves. En las piezas de madera del desván, a modo de cajas de resonancia, reforzada ésta por lo bajo del techo, repercutía todo aquel alboroto, cantos y gorjeos. Así perdimos de vista a nuestro padre durante varias semanas. Bajaba muy raras veces, y entonces podíamos observar la transformación operada en él. Se le veía disminuido, encogido, flaco. A veces se levantaba de la mesa, batía distraídamente los brazos como si fueran alas y soltaba un largo gorjeo, mientras entrecerraba los ojos. Después, confuso y avergonzado, se reía con nosotros y trataba de disfrazar el incidente, haciéndolo pasar por una broma.

Una vez, durante el período de la limpieza general, Adela se presentó de súbito en el reino de las aves de mi padre. Plantada en la puerta, se llevó la mano a la nariz ante el hedor que impregnaba la atmósfera. Los montones de inmundicia cubrían el suelo y se apilaban sobre mesas y muebles. Rápidamente, con gesto decidido, abrió la ventana y con su larga escoba comenzó a agitar aquel pajarerío. Levantóse una nube infernal de plumas, alas y graznidos, a través de la cual, Adela, como frenética bacante, bailaba la danza de la destrucción. En medio de aquel estrépito, mi padre, batiendo los brazos, lleno de temor, trataba desesperadamente de emprender el vuelo. La nube de plumas se dispersó lentamente, y por último, sólo quedaron en el campo de batalla Adela, agotada y jadeante, y mi padre, con expresión de tristeza y de derrota, dispuesto a cualquier capitulación.

Momentos después, mi padre descendía la escalera de su imperio. Era un hombre roto, un rey desterrado que había perdido trono y poder.















viernes, abril 18, 2008

"Una joven", de Ezra Pound

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio y Miguel Muñoz




El árbol ha entrado en mis manos,
La savia ha ascendido por mis brazos,
El árbol ha crecido en mi pecho-
Hacia abajo,
Las ramas crecen fuera de mí, como brazos.

Árbol eres tú,
Musgo eres tú,
Eres violetas con viento sobre ellas.
Una niña -tan alta- eres tú,
Y todo esto es locura para el mundo.















El verso final del poema, Y todo esto es locura para el mundo, corresponde al original And all this is folly to the world, donde se ha traducido ‘folly’ por ‘locura’ en el sentido de ‘necedad’. Seguramente Pound ha querido fundir en ‘folly’ otro significado de esta palabra, el de una construcción sin fines prácticos, ‘una extravagante construcción pintoresca erigida para contentar un gusto fantástico o bizarro’ – en Inglaterra abundan los ‘follies’, a menudo en forma de torres que se elevan al cielo, así como el árbol del poema que refiere la metamorfosis de la joven en el mito de Dafne y Apolo.







jueves, abril 17, 2008

“Noche compartida en el recuerdo de una huida”, de Alejandra Pizarnik






Golpes en la tumba. Al filo de las palabras golpes en la tumba. Quién vive, dije. Yo dije quién vive. Y hasta cuándo esta intromisión de lo externo de lo interno, o de lo menos interno de lo interno, que se va tejiendo como un manto de arpillera sobre mi pobreza indecible. No fue el sueño, no fue la vigilia, no fue el crimen, no fue el nacimiento: solamente el golpear como un pesado cuchillo sobre la tumba de mi amigo. Y lo absurdo de mi costado derecho, lo absurdo de un sauce inclinado hacia la derecha sobre un río, mi brazo derecho, mi hombro derecho, mi oreja derecha, mi desposesión. Desviarme hacia mi muchacha izquierda ---manchas azules en mi palma izquierda, misteriosas manchas azules---, mi zona de silencio virgen, mi lugar de reposo en donde me estoy esperando. No aún es demasiado desconocida, aún no sé reconocer estos sonidos nuevos que están iniciando un canto de queja diferente del mío que es un canto de quemada, que es un canto de niña perdida en una silenciosa ciudad en ruinas.

¿Y cuántos centenares de años hace que estoy muerta y te amo?

Escucho mis voces, los coros de los muertos. Atrapada entre las rocas: empotrada en la hendidura de una roca. No soy yo la hablante: es el viento que me hace aletear para que yo crea que estos cánticos del azar que se formulan por obra del movimiento son palabras venidas de mí.

Y esto fue cuando empecé a morirme, cuando golpearon en los cimientos y me recordé. Suenan las trompetas de la muerte. el cortejo de muñecas de corazones de espejo con mis ojos azul---verdes reflejados en cada uno de los corazones .

Imitas viejos gestos heredados. Las damas de antaño cantaban entre muros leprosos, escuchaban trompetas de la muerte, miraban desfilar ---ellas, las imaginadas--- un cortejo imaginario de muñecas con corazones de espejo y en cada corazón mis ojos de pájara de papel dorado embestida por el viento. La imaginada pajarita cree cantar; en verdad sólo murmura como un sauce inclinado sobre el río.

Muñequita de papel, yo la recorté en papel celeste, verde, rojo, y se quedó en el suelo, en el máximo de la carencia de relieves y de dimensiones. En medio del camino te incrustaron, figurita errante, estás en el medio del camino y nadie te distingue pues no te diferencias del suelo aun si a veces gritas, pero hay tantas cosas que gritan en un camino ¿por qué irían a ver qué significa esa mancha verde, celeste, roja?

Si fuertemente, a sangre y fuego, se graban mis imágenes, sin sonidos, sin colores, ni siquiera lo blanco. Si se intensifica el rastro de los animales nocturnos en las inscripciones de mis huesos. Si me afinco en el lugar del recuerdo como una criatura se atiene a la saliente de una montaña y al más pequeño movimiento hecho de olvido cae ---hablo de lo irremediable, pido lo irremediable---, el cuerpo desatado y los huesos desparramados en el silencio de la nieve traidora. Proyectada hacia el regreso, cúbreme con una mortaja lila. Y luego cántame una canción de una ternura sin precedentes, una canción que no diga de la vida ni de la muerte sino de gestos levísimos como el más imperceptible ademán de aquiescencia , una canción que sea menos que una canción, una canción como un dibujo que representa una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos; allí ha de poder vivir la muñequita de papel verde, celeste y rojo; allí se ha de poder erguir y tal vez andar en su casita dibujada sobre una página en blanco.