sábado, febrero 28, 2009

"Vuelvo al Sur", de Ástor Piazzolla y Fernando E. Solanas

Versión de Roberto Goyeneche


Roberto Goyeneche & Ástor Piazzolla



Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero Sur,
Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Vuelvo al Sur,
llevo el Sur,
te quiero Sur,
te quiero Sur...






viernes, febrero 27, 2009

“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca”, de Carl Sagan





Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

- Enséñemelo –me dice usted.

Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

- ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
- Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.

Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

- Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.

- Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.

- Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo para ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo..., simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.

Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura del aerosol revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que pueda ser en cuanto a la existencia de dragones –por no hablar de seres invisibles- ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunas que está seguro de que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes..., pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos...

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes.

Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.




en El mundo y sus demonios, 1997








jueves, febrero 26, 2009

Entrevista a Antonin Artaud, de G.F.

Extracto





Por fin, Antonin Artaud se dejó entrevistar.

- Mi hoja de servicios. Primero, un papel de galán joven en Fait Divers, un film de vanguardia que se vio en el "Ursulines" y que contenía una escena de estrangulamiento a cámara lenta que podía pasar en su momento por una innovación. Algunas siluetas en diversos films: Surcouf, Le juif errant, Graziella. Por fin, Napoleón, de Abel Gance, en el cual encarné a Marat. Fue el primer papel en el que me pude sentir en la pantalla tal y como soy, donde me ha sido posible no sólo tratar de actuar sinceramente, sino expresar la concepción que yo tenía de una figura, de un personaje, que ha aparecido como la encarnación de una fuerza de la naturaleza, desinteresado e indiferente a todo lo que no fuera la fuerza de sus pasiones.

Después de Marat fue el hermano Krassien en Jeanne d'Arc, de Carl Th. Dreyer. Encarné esta vez a un santo, ya no efervescente, lleno de paroxismos y permanentemente arrancado de sí mismo, sino, por el contrario, absolutamente sereno. No quiero preocuparme por lo que el film, por lo que mi papel en este film haya pasado a ser en la versión llamada comercial. Sé que guardo de mi trabajo con Dreyer recuerdos inolvidables. Tuve relación allí con un hombre que ha llegado a hacerme creer en la justeza, la belleza y el interés humano de su concepción. Y cualesquiera que sean mis ideas sobre el cine, sobre la poesía, sobre la vida, me he dado cuenta por una vez de que no estaba en contacto con una estética, o una idea preconcebida, sino con una obra, con un hombre empeñado en elucidar uno de los problemas más angustiosos que existen: Dreyer empeñado en demostrar en Juana de Arco una víctima de una de las deformaciones más dolorosas que existen, la deformación de un principio divino al pasar por los cerebros de los hombres, llámense Gobierno, o Iglesia, o de cualquier otra manera.

También las modalidades, la técnica pura de este trabajo fueron apasionantes, porque si yo he encontrado en Dreyer un hombre exigente, en revancha he encontrado no un director, sino un hombre en el sentido más sensible, más humano y más completo de la palabra. Dreyer, empeñado en pedir, en insinuar al actor el espíritu de una escena, dejándole en seguida la amplitud de dirigirla, de darle una inclinación personal, con tal de que permanezca fiel al espíritu perdido; por cierto, que en la escena final del martirio final de Juana, antes del suplicio, antes de la comunión, cuando el hermano Krassien pregunta a Juana si sigue creyéndose enviada del cielo, la especie de exaltación comunicada a Krassien por Juana, por la situación y la escena, quizá no era indispensable, pero estuvo dictada por la emoción misma de los hechos, y Dreyer no intentó evitarla.

Tendría muchas cosas que decir sobre el film de Carl Th. Dreyer. Me alegro simplemente de que la representación de la versión íntegra haya hecho cambiar la opinión general sobre un film tan extraordinario.

Después de Jeanne d'Arc he hecho un intelectual en Verdun, Visions d'Histoire, de León Poirier, Mahaud en l'Argent, de Marcel L'Herbier, y un papel de bohemio enamorado en Tarakanova, que acabo de terminar bajo la dirección de Raymond Bernard.

Si bien no he tenido ocasión de crear en estos últimos films personajes tan decisivos como en Napoleón y Jeanne d'Arc, estoy seguro, ahora que he tomado contacto con diversos directores, de que me será posible al fin tener la ocasión de crear un personaje completo.

El cine es un oficio espantoso. Demasiados obstáculos impiden expresarse y realizar. Demasiadas contingencias comerciales o financieras molestan a los directores que conozco. Se defienden demasiadas gentes, demasiadas cosas, demasiadas necesidades ciegas. Por todo esto, el cine es un oficio que yo ciertamente abandonaría si en un papel me veo contenido, inválido, cortado de mí mismo, de lo que pienso y de lo que siento.

Por favor, amigo mío, no me compare usted con Conrad Veidt. Hay en este artista una especialización en el paroxismo, en lo excesivo, que yo trato de evitar cada vez más.

Una palabra todavía sobre el oficio de actor. Estoy oyendo cada día a directores, a quienes se les escapa el sentimiento propiamente dramático, alabar, en detrimento del actor profesional, al actor de ocasión, a quien, como en Finis Terrae, por ejemplo, se hace interpretar mejor que a un actor de oficio cualquier escena de la vida.

La discusión se basa en un malentendido, eso es todo.

El actor natural hace sobre la pantalla lo que hace en la vida y se puede conseguir que lo interprete con un poco de paciencia; pero el actor de cine, quiero decir, el bueno, el verdadero, ese que colocado en un terreno artificial, en el terreno del arte o de la poesía, siente y piensa directamente, espontáneamente, sin interpretar, este actor hace lo que nadie podría hacer, lo que él mismo en estado normal no hace.

Esa es toda la cuestión, querido amigo, le agradecería mucho que concediera más espacio en su artículo a las ideas que le comunico que a mis papeles. Las primeras son más susceptibles de interesar a sus lectores que los segundos.






en Cinémonde, 1 de agosto de 1929.







miércoles, febrero 25, 2009

“Contra la escuadrilla Lafayette”, de Gene Wolfe






He construido una réplica perfecta de un Fokker triplano, si exceptuamos el tipo de pintura del fuselaje. Mide cinco metros y setenta y cinco centímetros de largo y tiene un ancho de ala de siete metros y diecinueve centímetros, igual que el original. El motor es una copia auténtica de un Oberursel UR II. Tengo un torno y una fresadora y he construido la mayoría de las piezas del motor yo mismo, aunque algunas debí encargarlas a una compañía de Cleveland, y la mayor parte de los componentes eléctricos fueron hechos en Louisville, Kentucky.

Al principio esperaba haber conseguido un motor original, y escribí mis primeras cartas a Alemania con esa idea en mente, pero no fue posible; hay sólo unos cuantos, y por lo que yo pude averiguar ninguno en manos privadas. El Oberursel Worke ya no está en existencia. Pude realizar mis planes a pesar de todo, mediante la cooperación de algunos aficionados alemanes. Hice un nuevo plano de mi proyecto, traduciendo yo mismo el alemán que fue necesario, y lo envié a Cleveland. Un hombre del periódico vino a tomar algunas fotos cuando el Fokker estaba casi listo para volar, y estimé entonces que había empleado más de tres mil horas en la construcción. Hice todo el fuselaje y el ensamblaje yo mismo, y también la hélice.

He intentado hacerlo todo tan parecido a la realidad como fuera posible, y hasta tengo dos ametralladoras 7.92 mm Maxim "Spandau" montadas justo al frente de la carlinga. Naturalmente que no están cargadas, pero sí acopladas al motor con el mecanismo interruptor del Fokker Zentralsteuerung.

La cuestión de la pintura me creó un problema con un hombre de Oregon, con el que mantenía correspondencia, que volaba en un Nieuport Ecout. La pintura auténtica, como ya deben saber ustedes, era extremadamente inflamable. El quería saber si yo la había usado, y cuando le dije que no empezó a criticarme. Tal como expliqué entonces, quiero demasiado al Fokker para exponerme a que se incendie, y si Antony Fokker y Reinhold Platz hubieran tenido pintura a prueba de fuego la habrían utilizado. Esto no dejó satisfecho al hombre de Oregon y finalmente se puso tan pesado que ya no contesté sus cartas. Sigo creyendo que lo que hice fue correcto, y si tuviera nuevamente la oportunidad volvería a repetirlo.

Precisé de un remolque especialmente construido para trasladar el Fokker, y cambié mi coche por un camión para arrastrarlo y transportar piezas y repuestos, pero procuro dejarlo en un pequeño campo que hay cerca de aquí donde tengo alquilado un hangar, y moverlo lo menos posible por las carreteras. Cuando hago esto, debido al ancho de la carga, he de conducir muy lentamente y utilizar exclusivamente ciertas carreteras. La gente siempre se para a mirar cuando paso, y algunas veces puedo oír cómo, desde los porches, llaman a otras personas para que salgan a verme. Creo que, particularmente, les interesan las tres alas del Fokker, y será muy raro que lo vea alguna vez un veterano de la guerra..., casi siempre un hombre que fuma pipa y tiene un bastón. Cuando puedo oír los comentarios son bastante estúpidos, pero disfruto viendo una luz que emerge en los ojos de los que miran.

La mayor parte del tiempo el Fokker está en su hangar, en el campo, y ustedes no me reconocerían cuando me dispongo a volar. Hay una cruz negra pintada sobre la puerta de mi camión, pero no significaría nada para ustedes. Supongo que no significaría nada para ustedes ni siquiera si me hubieran visto salir el día que vi el globo.

Era uno de los primeros días de la primavera; había una sensación de frescor en el ambiente realmente indescriptible. Tres días antes me había elevado por primera vez aquel año, yendo después del trabajo y volando con un tiempo más bien malo con muy poca luz; un vuelo de invierno, realmente. Ahora era sábado y todo había cambiado. Recuerdo cómo revoloteaba mi bufanda mientras estaba hablando con el mecánico en el campo.

El viento era bueno, viniendo de la parte más ancha del campo hacia mí, llegando bajo las alas del Fokker y levantándolo como a una cometa antes de haber recorrido treinta metros. Giré ligeramente entonces, echando una buena mirada al campo, con toda la hierba, verde y renovada, empezando a brotar, y ajustándome las gafas.

¿Han estado alguna vez en una carlinga abierta viendo las riostras de las alas temblar y la tierra oscilando abajo, muy lejos? No hay cosa parecida. Eché hacia atrás el timón, sin parar, y ascendí cada vez más hasta que me encontré mirando hacia abajo la espalda de todos los pájaros; no podía asegurar cuál de los pequeños tejados que contemplaba era el de mi casa o el de la fábrica donde trabajaba. Luego dejé de mirar abajo y lo hice hacia arriba y muy lejos, siempre acordándome de observar por encima de mi hombro el sol donde los S.E. 5 del Royal Flying Corps acostumbran a fluctuar como dragones voladores, invisibles a causa del resplandor.

Luego miré a lo lejos y vi, casi sobre el horizonte, un punto naranja. Entonces no sabía, naturalmente, lo que era; pero hice señales a los otros miembros del comando Jagstaffel y viré hacia él, con el Fokker estremeciéndose ante el desafío. Aquello se movía con el viento, es decir, alejándose de mí porque el viento era de cola, y nos dirigimos hacia él, elevándonos constantemente.

En realidad no era rojo naranja como yo había pensado al principio. Se trataba más bien de mil colores y matices, con rojos, amarillos y blancos predominando. Me elevé hacia él casi verticalmente con el timón tirado hacia atrás, casi hasta el suelo. Debido a ello no había podido ver, al principio, la cesta que pendía del aerostato. Luego me coloqué a su altura y estuve dando vueltas alrededor a cierta distancia. Fue entonces cuando me di cuenta de que era un globo. Después de un momento vi también que era un modelo construido a la vieja usanza con una cesta de mimbre para los pasajeros, y que había alguien en ella. Por el momento me interesaba más la profusión de los colores y proseguí girando alrededor lentamente hasta que pude verlos mejor. Los azules de un huevo de Pascua y los negros, los rojos, blancos y amarillos.

Lo comprendí todo cuando divisé a la muchacha. Ella era la pasajera, una mujer muy hermosa que llevaba faldas almidonadas y cuyo cabello castaño rizado caía sobre sus hombros desnudos. Me hizo señas y fue entonces cuando entendí.

Las damas de Richmond lo habían confeccionado para el ejército Confederado, utilizando para ello sus vestidos de seda. Recordé haber leído algo sobre ello. La muchacha de la cesta me tiró un beso y yo le hice señas, intentando comunicarle que ninguno de los hombres de mi escuadrilla podría causarle ningún daño; que habíamos pensado en principio que su artefacto pudiera haber sido un globo de observación francés o italiano, pero que en el futuro ella no debía temer a ningún arma al servicio del Flugzeugmeisterei del Kaiser.

Estuve volando en círculos alrededor del aerostato por algún tiempo, mientras ella se giraba lentamente para seguir el movimiento de mi aeroplano, y hablamos lo mejor que pudimos mediante gestos y sonrisas. Finalmente, cuando observé que el combustible se estaba terminando, le indiqué que debía irme. La muchacha se acercó a un recipiente oculto por el borde de la cesta y asió una botella marrón tapada con un corcho, defectuosamente modelada. Volé mucho más cerca del globo hasta que pude ver la casi destrozada etiqueta de color amarillento. Era una botella original, uno de los refrescos más antiguos. Mientras la observaba la mujer destapó el envase, bebió y, simbólicamente, me ofreció la bebida.

Luego debí marcharme. Volví al campo pero me vi obligado a tomar tierra con la última gota de mi combustible cuando me hallaba a medio kilómetro. Naturalmente realimenté el Fokker rápidamente y volví a despegar, pero no pude encontrar el globo.

Nunca he podido volver a localizarlo, aunque vuelo casi cada día y siempre que el tiempo lo permite. Sólo veo un cielo vacío y unos cuantos aviones. Algunas veces, a decir verdad, me pregunto si las cosas no habrían sido diferentes en caso de que hubiera utilizado, una vez terminado el Fokker, la pintura original auténtica e inflamable. Ella era tan real... De vez en cuando, al llegar la noche, pienso que la veo a lo lejos, por encima de las nubes, y prosigo mi vuelo tanto como puedo a través del silencioso firmamento, con el Fokker estremeciéndose a mi alrededor y con la válvula de paso abierta al máximo.

Pero únicamente está el sol.











martes, febrero 24, 2009

"Un contundente triunfo de Evo", de Elicura Chihuailaf






Llvkalen, pilley ta chi pelo vgvmniyeel. Kiñe kage neyen Wallon Mapu trepel-lley. Los tiuques anuncian la llovizna repentina y graznidos de bandurrias llenan de coigües nuestro amanecer. En las sementeras del alma se humedece el pasto de la memoria aquél que no alcanzamos a guardar. Cae la lluvia, caen los rayos, sobre nuestros Sueños, inundando de piedras y de oro los campos del recuerdo. Afiebrados de truenos y relámpagos pensamos en las bombas de neutronio que apagarán un día a las estrellas enceguecidas de tanto resplandor. Tengo miedo, dice la leve luz de la esperanza. Un raro resollar despierta al Universo. Así me está diciendo un contrasueño de verano.

Sí, está raro el tiempo, dicen aquí en el campo. Las noches parecen noches de invierno. Ya no sólo en las ciudades se vive “estrechado”, dicen. Variadas son las causas que está provocando el cambio climático, sabemos, pero nosotros no podemos dejar de pensar en el despliegue del verdor de la futura desertización. ¿Se seguirá aceptando el flagrante engaño propagandístico de las forestales? ¿Su pretensión –multimillonaria campaña mediante- de establecer como verdad que las plantaciones de pinos y eucaliptos son bosques? Bastaría con abrir las páginas del diccionario castellano para –desde el punto de vista del concepto- constatar la actitud delincuencial de dichas empresas nacionales y transnacionales y de los medios de comunicación que aceptan su propaganda y la del Estado chileno que incentiva su proliferación.

¿Y si la Palabra Poética no es el mejor camino? ¿Y si a veces responder a la violencia no es el mejor camino? ¿De qué forma podrán escuchar nuestra voz? Estamos diciendo con el cantor Mauricio Gutiérrez en su hermoso disco que estará pronto hablando en el corazón de la chilenidad y de la mapuchidad.

Mientras, como desde el 1800 hasta ahora, los Estados argentino y chileno continúan su acción “pacificadora”. En Chile, un comunicado de la comunidad Temucuicui dice que “Ante la negativa del Tribunal en conceder la libertad bajo firmas semanales a nuestro Werken Jaime Huenchullan, él ha decidido renunciar a la nacionalidad chilena, puesto que siempre se le ha negado su condición de hijo del Pueblo Mapuche, y siente necesario, ahora más que nunca, hacer valer sus derechos como miembro de Pueblo Originario, y que se le respeten todos los derechos que tiene como tal, según los tratados internacionales”. “(...) considerando que es una opción válida para un luchador social que se encuentra en prisión política, es que nuestro Werken ha iniciado una Huelga de Hambre Indefinida hasta que no se aclare su situación judicial y pueda optar a la libertad que se merece, ya que es inocente y quiere comprobar que esto no es más que otro montaje que intenta criminalizar las justas reivindicaciones sociales del Pueblo- Nación Mapuche”.

En Argentina, un comunicado de la comunidad Felipin señala: “Denunciamos un nuevo acto de atropello por parte de la justicia provincial en conjunto con los estancieros haciendo efectiva una orden de desalojo. Manifestamos que se actuó con impunidad y desigualdad dado a que el señor Pedro Muñoz, juez de paz de Las Coloradas, se desenvolvió con mucha parcialidad e incoherencia respecto al conflicto ya que estuvo sujeto a las órdenes y decisiones del estanciero Oscar Isasi, quien además facilitó los caballos y estuvo al frente del operativo policial”.

Atardece, ¿no es acaso la tarde como la vejez, la hora en que el día y la Gente desean morir en paz?, me digo otra vez. Mas –como el amanecer- esta tarde está llena de graznidos y de cantos de bandurrias y de treiles que revolotean sobre los campos y las copas de los árboles más altos de la montaña. Están también ahí los Sueños de nuestro hermano Evo Morales (¡mar para tu Pueblo, le está diciendo el viento que en este instante va y viene entre la cordillera de Los Andes y las costas de Mehuin). ¡Cincuenta y nueve por ciento de apoyo a la nueva Constitución!, un contundente triunfo que la clase adinerada y abusiva no quiere reconocer. Entonces se acuerdan y apelan al “diálogo”, entonces recuerdan que la democracia es participación.

La esperanza recupera su resplandor.







en El Periodista,
Santiago, 30 de enero de 2009.










lunes, febrero 23, 2009

"Persona", de Ingmar Bergman

Conversación-monólogo de la doctora a Elisabeth Vogler





He estado pensando, Elisabeth,
y no creo que debas seguir
en el hospital.
Creo que es perjudicial.

Como no quieres volver a casa,
tú y Alma
pueden ir a mi casa
de la costa…

¿Crees que no lo entiendo?
El sueño imposible de ser.
No de parecer, sino de ser.
Consciente en cada momento.
Vigilante.

Al mismo tiempo,
el abismo entre lo que eres para
los otros y para ti misma.
El sentimiento de vértigo y
el deseo constante de
al menos, estar expuesta,
de ser analizada, diseccionada,
quizás incluso aniquilada.

Cada palabra una mentira,
cada gesto una falsedad,
cada sonrisa una mueca.

¿Suicidarse?
¡Oh, no! Eso es horrible.
Tú no harías eso.
Pero puedes quedarte inmóvil
y en silencio.
Por lo menos así no mientes.

Puedes encerrarte en ti misma,
aislarte.
Así no tendrás que
desempeñar roles,
ni poner caras ni falsos gestos.

Piensas, pero…, ¿ ves?
La realidad es atravesada,
tu escondite no es hermético.
La vida se cuela por todas partes.
Estás obligada a reaccionar.

Nadie pregunta si es real o irreal,
si tú eres verdadera o falsa.
La pregunta sólo importa
en el teatro.
Y casi ni siquiera allí.

Te entiendo, Elisabeth.
Entiendo que estés en silencio,
que estés inmóvil,
que hayas situado esta falta de
voluntad en un sistema fantástico.
Te entiendo y te admiro.

Creo que deberías mantener
este papel hasta que se agote,
hasta que deje de ser interesante.

Entonces podrás dejarlo.
Igual que poco a poco fuiste dejando
los demás papeles.















domingo, febrero 22, 2009

“Un hijo de los dioses”, de Ambrose Bierce






Día de brisa en un paisaje soleado. Campo abierto a derecha, a izquierda, hacia adelante; detrás, un bosque. En el linde del bosque, frente al campo abierto pero temiendo aventurarse en él, largas líneas de soldados que conversan; crujido de innumerables pasos sobre las hojas secas que tapizan el suelo entre los árboles; voces roncas de los oficiales que dan órdenes. Al frente de las tropas —pero no demasiado expuestos— apartados grupos de soldados de caballería; muchos miran atentamente la cumbre de una colina situada a una milla de distancia en la dirección del avance interrumpido. Porque ese ejército poderoso, que se desplaza en orden de batalla a través de un bosque, acaba de encontrar un obstáculo formidable: el campo abierto. La cumbre de la suave colina a una milla de distancia tiene un aspecto siniestro. Dice: ¡Cuidado! Está coronada por un largo muro de piedra que se extiende a derecha e izquierda. Detrás del muro hay un cerco. Detrás del cerco se ven las copas de algunos árboles dispuestos muy irregularmente. Entre los árboles, ¿qué? Es necesario saberlo.

Ayer, y muchos días y noches antes, combatíamos en alguna parte; había un incesante cañoneo y de tiempo en tiempo el redoble del vivo fuego de los fusiles al que se mezclaban vítores —nuestros o de nuestro enemigo: rara vez lo sabíamos— atestiguando una ventaja transitoria. Esta mañana, al romper el día, el enemigo había desaparecido. Avanzamos cruzando sus fortalezas y terraplenes —¡tan a menudo lo habíamos intentado vanamente!— a través de los desechos de sus campamentos abandonados, en medio de las tumbas de sus caídos en el bosque.

¡Con qué curiosidad lo examinamos todo! ¡Cuán extraño nos pareció todo! Nada nos era completamente familiar. Hasta los objetos más comunes —una montura vieja, una rueda hecha pedazos, una cantimplora olvidada— nos descubrían algún rasgo de la misteriosa personalidad de aquellos desconocidos que habían estado matándonos. El soldado no se representa jamás a sus adversarios como hombres semejantes a él; no puede sacarse la idea de que son seres de otra especie, diferentemente condicionados, en un medio que no es del todo el de esta tierra. Los menores vestigios dejados por ellos detienen su atención y cautivan su interés. Los juzga inaccesibles y cuando los vislumbra de improviso, en la lejanía se le aparecen más lejanos, más considerables de lo que realmente están y son, como objetos en la niebla. En cierto modo, le inspiran un temor reverencial.

Desde el linde del bosque hasta lo alto de la colina se ven huellas de cascos de caballos y de ruedas, las ruedas del cañón. La hierba amarilla está pisoteada por la infantería. Por ahí han pasado miles, qué duda cabe. Pero no hay rastros en los caminos. Esto es significativo: es la diferencia entre un repliegue y una retirada.

Esos hombres a caballo son nuestro general en jefe, su estado mayor y su escolta. El general mira la colina distante. Con ambas manos, levantando innecesariamente los codos, sostiene los prismáticos contra sus ojos. Es una moda: confiere dignidad al ademán. Todos lo hacemos así. De pronto, baja los prismáticos y dice unas pocas palabras a quienes lo rodean. Dos o tres edecanes se apartan del grupo y a galope corto se internan en el bosque, a lo largo de las líneas, cada cual en una dirección. Sin haberlas oído, conocemos sus palabras:

—Díganle al general X que haga avanzar la artillería.

Aquellos de nosotros que no están en su puesto, se alejan apresuradamente: los que descansaban, se yerguen, y las filas vuelven a formarse sin que la orden haya sido impartida. Algunos de nosotros, oficiales del estado mayor, nos apeamos para verificar la cincha de nuestras cabalgaduras; los que se habían apeado, vuelven a subir.

Galopando rápidamente por la brilla del campo abierto, llega un joven oficial en un caballo blanco como la nieve. El mandil de su silla de montar es escarlata. ¡Imbécil! Cualquiera que haya oído silbar las balas recuerda que todos los fusiles apuntan instintivamente al hombre qué monta un caballo blanco; cualquiera que haya visto el fogonazo del obús no ignora que un poco de rojo exaspera al toro de la batalla. Que esos colores se hayan puesto de moda en la vida militar debe aceptarse como uno de los fenómenos más sorprendentes de la vanidad humana. Se los diría calculados para aumentar el índice de mortandad.

Ese joven oficial está de punto en blanco, como en un desfile. Brilla con todas sus galas. Es una edición de lujo, con el canto dorado, de la Poesía de la guerra. Una onda de risas burlonas corre por las filas a medida que avanza. ¡Pero qué apuesto es! ¡Con qué gracia indolente monta a caballo!

Se para a respetuosa distancia del general en jefe y saluda. El viejo soldado, inclinando la cabeza, responde a su saludo con familiaridad. Lo conoce, evidentemente. El joven da la impresión de hacer un pedido que el general no está dispuesto a conceder. Acerquémonos un poco. ¡Demasiado tarde! ¡Ya han terminado! El joven oficial saluda de nuevo, da media vuelta en su caballo y toma derecho hacia la cumbre de la colina. Está mortalmente pálido.

Unos cuantos tiradores, a seis pasos de distancia, salen ahora del bosque y avanzan por el campo abierto. El comandante dice unas palabras al clarín, que pega su instrumento a los labios. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Los tiradores se detienen.

Mientras tanto, el joven jinete ha recorrido cien yardas. Sube al paso la prolongada colina, erguido, sin volver jamás la cabeza. ¡Es admirable! ¡Dios mío, qué no daríamos nosotros por estar en su lugar, por tener su presencia de ánimo! No ha sacado el sable de la vaina; su mano derecha cuelga indolentemente. La brisa sopla sobre el penacho de su sombrero y lo hace flamear con elegancia. La luz del sol descansa en sus charreteras tiernamente, como una visible bendición. Cabalga en línea recta. Diez mil pares de ojos están fijos en él con una intensidad que no puede dejar de sentir; diez mil corazones palpitan al ritmo rápido de los inaudibles pasos de su corcel blanco como la nieve. No está solo: nuestras almas lo acompañan. Todos no somos sino "hombres muertos". Pero recordamos habernos reído. Sigue y sigue cabalgando, en línea recta hacia la muralla que bordea el cerco. Ni una mirada hacia atrás. ¡Ah, si consintiera en volverse una sola vez, si pudiera sentir ese amor, esa adoración, esa reparación!

Nadie habla. En las profundidades del bosque se oye aún el murmullo de las multitudes que lo pueblan, invisibles y ciegas, pero en la orilla, allí donde comienza el campo abierto, el silencio es absoluto. El general corpulento se ha transformado en una estatua ecuestre. Los oficiales a caballo del estado mayor, mirando por los prismáticos, están inmóviles. La línea de batalla en el linde del bosque observa una nueva clase de "atención" porque cada soldado se mantiene en la actitud que tenía cuando adquirió bruscamente conciencia de lo que está sucediendo. Todos esos duros e impenitentes matadores de hombres para quienes la muerte en la más atroz de sus formas es algo familiar que pueden observar día tras día, que duermen en las colinas sacudidas por el tronar de los cañones, que comen bajo una lluvia de proyectiles y que juegan a los naipes entre los rostros muertos de sus amigos más queridos; todos ellos, con el corazón palpitante, conteniendo el aliento, acechan el resultado de un acto que compromete la vida de un solo hombre. Tal es el magnetismo del valor y de la devoción.

Si ahora volvieran ustedes la cabeza, observarían un movimiento simultáneo entre los espectadores, un sobresalto semejante al que produce una corriente eléctrica; después, mirando de nuevo hacia adelante, hacia el jinete lejano, verían que en ese momento mismo ha cambiado de dirección y se desvía en ángulo recto de la ruta precedente.

Los soldados suponen que ese desvío ha sido causado por un disparo, quizá por una herida, pero tomen ustedes los prismáticos y observarán que se dirige hacia una brecha en el muro y en el cerco. Intenta franquearlos, si no lo matan, para examinar la comarca que se extiende más allá.

No deben ustedes olvidar la naturaleza del acto de este hombre; en el hecho en sí no pueden ver una bravata, ni un sacrificio inútil. Si el enemigo no se ha batido en retirada, acumula todas sus fuerzas detrás de la colina. El explorador encontrará nada menos que una línea de batalla; no se necesitan puestos de avanzada, centinelas en vista, tiradores para anunciar nuestro avance. Nuestras líneas de ataque serán visibles, conspicuas, estarán expuestas a un fuego de artillería que arrasará la tierra en el preciso instante en que salgan del linde del bosque, a media distancia de una lluvia de balas que hará perecer a todos nuestros soldados. En suma, si el enemigo está allí, sería una locura atacarlo de frente; habrá que desbordarlo siguiendo el plan inmemorial que consiste en amenazar sus líneas de comunicación, tan necesarias a su existencia como lo es su tubo de aire para el buzo sumergido en el fondo del mar. ¿Pero cómo saber a ciencia cierta que el enemigo está allí? Sólo hay un medio: alguien que vaya y vea. Por lo común, se acostumbra mandar una línea de tiradores. Pero en este caso todos pagarían con sus vidas una respuesta afirmativa. El enemigo, agazapado en doble fila tras el muro de piedra, y a cubierto por el cerco, aguardará hasta que le sea posible contar los dientes de cada asaltante. La mitad de ellos caerá a la primera salva, y la otra mitad sufrirá igual destino antes de poder batirse en retirada. ¡Qué caro cuesta satisfacer una curiosidad! ¡A qué alto precio debe a veces un ejército comprar sus informes! "Déjenme pagar por todos", ha dicho ese galante caballero, ese Cristo soldado. No hay ninguna esperanza, excepto la esperanza contra toda esperanza de que la colina esté despejada. En verdad, el caballero podría preferir el cautiverio a la muerte. Mientras avance, los soldados enemigos no dispararán. ¿Por qué dispararían?

Puede entrar sano y salvo en las filas hostiles y convertirse en un prisionero de guerra. Pero esto haría fracasar su propósito. Es preciso que regrese sano y salvo a nuestras líneas, o que lo maten ante nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo proceder. Porque su captura puede muy bien ser la obra de media docena de rezagados.

Ahora comienza una extraña justa de inteligencia entre un hombre y un ejército. Nuestro caballero, a un cuarto de milla de la cumbre, dobla de pronto hacia la izquierda y galopa en dirección paralela a la colina. Ha visto a su adversario: lo sabe todo. Una configuración del terreno ligeramente favorable le ha permitido distinguir parte de las tropas enemigas. Ahora estaría en condiciones de comunicarnos lo que sabe. Si estuviera aquí, podría decírnoslo, pero ya no debemos esperar su vuelta: ha de hacer el mejor uso de los pocos minutos que le quedan por vivir para obligar al adversario mismo a que nos dé aquellos informes claramente, francamente, cosa que repugna, desde luego, a esa discreta potencia. No hay un solo tirador en esas filas de hombres agazapados, no hay un solo artillero junto a esos cañones disimulados y prontos a disparar, que ignore las exigencias de la situación, el imperativo debe de ser paciente. Por lo demás, sus jefes tuvieron tiempo de sobra para prohibirles que dispararan. En realidad, una sola bala podría abatirlo sin revelar gran cosa. Pero un disparo es contagioso... Y vean ustedes cuán rápidamente se desplaza sin detenerse nunca, excepto para hacer girar su caballo antes de tomar una nueva dirección, sin volverse nunca hacia sus ejecutores. Lo distinguimos todo a través de los prismáticos, nos parece que todo sucede a la distancia de un balazo. Sí, lo distinguimos todo excepto al enemigo, cuya presencia, cuyos pensamientos, cuyos motivos inferimos. A simple vista sólo hay una silueta negra sobre un caballo blanco, dibujando zigzags sobre una colina distante, tan lentamente que casi parece que serpenteara.

Tomemos nuevamente los prismáticos: se ha cansado de su fracaso, o ha visto su error, o ha enloquecido: ¡ahora se lanza en línea recta contra el muro de piedra como si quisiera saltarlo junto con el cerco! Un instante después da media vuelta y desciende la colina, rápido como el viento, hacia sus amigos, hacia la muerte. En seguida, abarcando centenares de yardas a derecha e izquierda, impetuosas columnas de humo aparecen tras el muro de piedra. En seguida el viento las disipa y antes de que hayamos oído el crepitar de los fusiles, el jinete cae. No, vuelve a incorporarse en su silla; se ha contentado con hacer plegar su caballo sobre las patas de atrás. ¡De nuevo el caballo está sobre sus cuatro patas, y ambos se alejan! Rompemos en formidables vítores que nos liberan de la insoportable tensión de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo y su caballero? Sí, ambos se alejan. Se alejan de verdad. Vienen directamente hacia nuestra izquierda, en línea paralela al muro que ahora escupe sin tregua llama y fuego. Los fusiles crepitan de modo constante y ese corazón valeroso sirve de blanco a cada bala.

De pronto, una gran sábana de humo se levanta detrás del muro. Una y otra la suceden y suben antes de que alcance a nuestros oídos el tronar de las explosiones y el zumbido de los proyectiles que llegan y brincan hasta donde estamos, a través de nubes de polvo, haciendo caer de vez en cuando a un hombre, causando una distracción momentánea., suscitando un egoísta pensamiento fugaz.

El polvo se dispersa. ¡Increíble!... Ese caballo y ese caballero hechizados han franqueado un barranco y suben otra colina para descubrir otra conspiración de silencio y frustrar el designio de otras huestes armadas. Un instante más, y también aquella cumbre entra en erupción. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Por fin cae. Pero... ¡quién diría! El hombre se ha desprendido del animal muerto. Se yergue, inmóvil, y con la mano derecha levanta el sable por encima de la cabeza. Nos mira de frente. Luego baja la mano a la altura del rostro, extiende el brazo, la hoja del sable describe una curva hacia el suelo. Es una señal a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el saludo de un héroe a la muerte y a la historia.

De nuevo se ha roto el hechizo. Nuestros hombres tratan de lanzar vítores: la emoción los ahoga: articulan gritos roncos, discordantes, aferran sus armas y se precipitan tumultuosamente en el campo abierto. Los tiradores, sin haber recibido órdenes, en contra de las órdenes, avanzan a todo correr como sabuesos sueltos. Nuestros cañones hablan y los del enemigo contestan a coro. De izquierda a derecha, hasta donde la vista alcanza, erige sus torres de humo la distante colina, que ahora parece tan cerca, y los gruesos proyectiles se abaten gruñendo sobre la masa hormigueante de nuestras tropas. Uno después de otro, nuestros estandartes emergen del bosque, nuestras filas se adelantan impetuosamente, y las armas bruñidas centellean al sol. Sólo los últimos batallones, dando pruebas de obediencia, permanecen a la distancia prescrita del frente rebelde.

El general en jefe no se ha movido. Baja ahora sus prismáticos y echa una ojeada a derecha e izquierda. Ve la corriente humana que avanza a ambos lados del grupo formado por él y por su escolta, como un remolino de olas partido en dos por un peñasco. Ni el menor signo de emoción en su rostro: está pensando. De nuevo mira hacia adelante: examina en toda su extensión esa colina terrible y maléfica. Dice una palabra en voz baja a su clarín. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Tan imperiosa es la orden que se hace obedecer. La repiten los clarines de todos los destacamentos subordinados. Las notas breves, metálicas, se afirman por encima del zumbido del ataque y atraviesan el ruido de cañón. Detenerse es batirse en retirada. Los estandartes se repliegan lentamente, las filas dan media vuelta, melancólicas, cargando a los heridos. Los tiradores recogen los muertos.

¡Ah, esos muchos, muchos muertos inútiles! A esa gran alma cuyo hermoso cuerpo yace allí, tan nítidamente recortado sobre el flanco árido de la colina, ¿no hubieran podido ahorrarle la amarga conciencia de un sacrificio vano? ¿Es que una sola excepción habría herido demasiado gravemente la implacable perfección del plan eterno, ineluctable, divino?




en Cuentos de soldados y civiles, 1891





sábado, febrero 21, 2009

“Fiera de amor”, de Delmira Agustini







Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!






en Los astros del abismo, 1924










viernes, febrero 20, 2009

“Ícaro”, de Jaroslaw Iwaszkiewicz






Hay un cuadro de Brueghel llamado Ícaro. En él se ve a un campesino que ara la tierra en un alto acantilado sobre el mar; un pastor impasible apacienta su rebaño, y un pescador tiende las redes en la costa. A lo lejos, puede vislumbrarse una tranquila ciudad. En el mar navega, con las velas desplegadas, un barco en cuyo puente unos comerciantes discuten sus negocios. En fin, estamos ante los afanes y preocupaciones cotidianos, frente a una vida de simples menesteres y problemas humanos sencillos. ¿Dónde está Ícaro? ¿Dónde está aquél que trató de alcanzar el sol? Sólo, si observamos minuciosamente el cuadro, podremos descubrir en un rincón del mar un par de piernas que se sumergen en el agua, y arriba, revoloteando en el aire, unas cuantas plumas que el brusco descenso desprendió de las alas ingeniosamente fabricadas. La caída ha ocurrido hace un instante apenas. Se trata del temerario que, según la leyenda griega, construyó unas alas para volar y se elevó a tal altura que llegó cerca del sol. Sus rayos fundieron la cera con que se había pegado el joven las plumas, y el desdichado se precipitó en el abismo. La tragedia ha ocurrido; helo allí que se hunde y se ahoga en el mar. Pero los hombres nada han advertido. Ni el campesino que ara la tierra, ni el comerciante que navega, ni el pasajero que contempla el cielo, ninguno se ha dado cuenta de la muerte de Ícaro. Sólo el poeta o el pintor la han visto y la han transmitido a la posteridad.

Ese cuadro me viene a la memoria cada vez que recuerdo un episodio que me tocó vivir. Era en junio de 1942 ó 1943. Un bellísimo crepúsculo de verano descendía sobre Varsovia, un resplandor rosado creaba sombras que embellecían las casas destruidas, y en el hormigueo impetuoso de la multitud que subía a los tranvías para llegar a casa antes del toque de queda, el conjunto de los vestidos civiles ocultaba los uniformes, raros a esa hora. En aquel momento las calles de Varsovia, animadas y bellas en el esplendor de junio, podían dar la impresión de que la ciudad estuviese libre de los invasores. Sólo por un instante...

Esperaba el tranvía en la parada de la esquina de la calle Trebacka con la Krakowskie Przedmiescie. Las rojas carrocerías tranviarias, campanilleaban sonoramente y se alineaban, una tras otra, a lo largo de Krakowskie Przedmiescie. La gente se aglomeraba para subir, saltaba a los estribos, se colgaba de las puertas, se apiñaba tanto dentro como fuera de los vehículos. De cuando en cuando, pasaba a toda prisa un "cero" rojo, reservado a los alemanes, y por ende casi vacío. Debí esperar bastante tiempo un tranvía en el que se pudiese entrar con menos dificultad. Pero, cuando al fin llegó uno, no tenía ya deseos de subir; de improviso le había tomado gusto a aquella multitud que me rodeaba indiferente del todo a mi presencia. Frente a mí, sobre su pedestal, se erguía la estatua de Mickiewicz; en torno al monumento humildes plantas floridas emanaban un grato perfume; los automóviles trazaban con un chirrido la curva frente a la iglesia de las Carmelitas; los muchachos pregonaban a gritos sus periódicos; frente a un resplandeciente escaparate hormigueaban los vendedores de cigarrillos y de pasteles; se cerraban con ruido las puertas metálicas y las rejas de las tiendas; en el jardincillo, los bancos estaban repletos de viejos y jóvenes; gorjeaban los gorriones, fijos ellos también en las ramas de los frágiles arbolillos... Todo esto se sumergía lentamente en el azul crepúsculo de la tarde estival. En ese instante sentía pulsar el corazón de Varsovia, e instintivamente me mezclé entre la multitud para permanecer un poco más de tiempo junto a ella y entre ella y disfrutar de aquel atardecer varsoviano.

En un determinado momento observé a un muchacho que venía por la calle Bernardcka. Apareció detrás de un tranvía en marcha, y se detuvo en el pequeño camellón, de espaldas al ir y venir de la multitud, con la cara vuelta hacia la acera y sin apartar los ojos de un libro con el que había surgido en aquel crepúsculo cada vez más gris. Podía tener quince años, dieciséis a lo sumo. De tanto en tanto, mientras leía, sacudía la rubia cabellera, y, con la mano, apartaba después los cabellos que le caían sobre la frente. Del bolsillo, sobre su cadera, asomaba un segundo libro. El primero lo llevaba abierto frente a los ojos y evidentemente era incapaz de desprenderse de él. Con toda probabilidad, lo había conseguido hacía poco de un compañero o de una biblioteca clandestina, y sin esperar a la llegada a casa, se mostraba impaciente por conocer el contenido, aún en la calle. Me desagradaba no saber qué libro era; de lejos parecía un manual, pero me decía que ningún manual puede despertar tan vivo interés en un joven. ¿Serían versos? ¿Tal vez un libro de economía? No lo sé.

El muchacho permaneció un poco en el camellón, inmerso en la lectura. No hacía caso de los empellones, ni de la multitud que se apiñaba alrededor de los vehículos. Detrás de él se asomó más de una cara enrojecida, pero él seguía sin apartar la mirada del libro. Y después, siempre con el libro bajo los ojos, tal vez molesto por los empujones y el estrépito, o tal vez asaltado de improviso por una necesidad inconsciente de llegar a su casa, lo vi descender a la calzada, frente a un automóvil que apareció en aquel instante.

Se oyó el chirrido violento de los frenos y el silbido de los neumáticos sobre el asfalto. Con la intención de evitar el choque, el conductor viró bruscamente y detuvo en seco el vehículo en la esquina de la calle Trebacka. Advertí, lleno de espanto, que era un coche de la Gestapo. El muchacho del libro trató de esquivar el automóvil, pero inmediatamente se abrió la portezuela posterior y dos individuos, con el casco adornado por una calavera, saltaron a la calle. Se hallaban exactamente frente al muchacho. Uno de ellos gritó algo con voz gutural y el otro, trazando con el brazo un gesto circular, invitó con mofa al muchacho a subir.

Aún ahora puedo ver a aquel joven, detenido frente a la portezuela, confuso, totalmente avergonzado... Veo cómo se disculpaba, cómo movía la cabeza en un ingenuo gesto de negación, semejante a un niño que promete: "No lo volveré a hacer"... Parecía estar diciendo: "No he hecho nada... sólo esto...", e indicaba el libro que había producido su descuido. Como si hubiese sido posible explicar alguna cosa. Se negaba a subir al auto, como en un último impulso de la vida que estaba perdiendo.

El gendarme le pidió los documentos, le arrebató de las manos la carta de identidad que había extraído de un bolsillo, y con un gesto violento, lo empujó hacia el interior. El otro lo ayudó. Subió el muchacho y tras él los hombres de la Gestapo; la portezuela se cerró y el vehículo partió bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad hacia la avenida Szucha...

Lo perdí de vista. Desolado por lo ocurrido, miré en torno mío, buscando comprensión en alguien. El muchacho del libro había desaparecido para siempre. Con el más grande estupor, comprobé que nadie se había dado cuenta del suceso. De manera tan fulminante se había desarrollado lo que he descrito. Todos los peatones que formaban aquella multitud se hallaban tan ocupados en sus propios afanes, que el rapto del muchacho les había pasado inadvertido. Unas señoras que había a mi lado discutían si era conveniente tomar tal o cual tranvía, dos tipos encendían sus cigarrillos tras el poste de la parada, una vieja con una cesta en la mano junto a la pared, repetía sin tregua su "Limones, limones magníficos, limones...", como un conjuro budista, y otros jóvenes corrían por la calle tras el tranvía que se iba, arriesgándose a terminar bajo un automóvil... Mickiewicz estaba allí, tranquilo, y las flores exhalaban un suave perfume; un leve vientecillo agitaba las tiernas ramas en derredor del monumento. La desaparición de aquel joven no había significado nada para nadie. Sólo yo había visto ahogarse a Ícaro. Permanecí allí aún mucho tiempo, aguardando que la multitud se disgregase. Pensaba que tal vez Michas, así lo llamé en la imaginación, volvería. Me imaginaba su casa, sus padres que esperaban su regreso, a la madre mientras preparaba la cena, y no podía resignarme a que ellos no pudiesen saber de qué manera había desaparecido su hijo. Conociendo las costumbres de nuestros ocupantes, preveía que no habría podido liberarse de sus tentáculos. ¡Y todo había ocurrido de un modo tan estúpido! La insensata crueldad de aquel secuestro me sobresalta y me turba todavía.

Aquellos que han muerto en las batallas, que sabían por qué morían, encontraron tal vez consolación en la idea de que su muerte tenía sentido. Pero quienes como mi Ícaro han sido sumergidos en el mar del olvido por una razón tan cruel como insensata...

Llegó la noche. La ciudad se adormecía en un sueño febril, malsano... Me aparté por fin de la parada, pasé junto al monumento de Mickiewicz, y me dirigí a pie hacia mi casa... Mientras continuaba persiguiéndome la imagen de Michas, que movía la cabeza como si dijera: "No, no, la culpa es del libro... En adelante, tendré más cuidado...".




en Antología del cuento polaco, 1967










jueves, febrero 19, 2009

"Cuarzo", de Ciro Alegría






E
l indio Fabián caminaba imaginando la cara que su pequeño hijo pondría al ver el cuarzo. El bloque traslúcido erizado de varillas refulgentes, estaba con la calabaza y la cuchara de palo del yantar y otros trastos, en el fondo de las alforjas que le ceñían el hombro. Un quebrado sendero, ágil equilibrista de breñales andinos, aumentaba la brusquedad de su paso, por lo cual los objetos de las alforjas se entrechocaban produciendo un ruido monótono que rimaba con el choclear de las ojotas. Más allá, en torno del viajero, sólo había silencio. La puna estaba cargada de noche. Un ligero viento no conseguía silbar entre las pajas.

A Fabián no le importaba la cegadora oscuridad ni las desigualdades de la ruta, pues se hallaba acostumbrado a vencerlas con habilidad aprendida entre las mismas peñas. Amén de que la noche a flor de tierra no era tan densa y permitía estar, erguido, así fuera sobre un hilo de senda rondadora de abismos. Más sombra tuvo en la profundidad de la mina, mayor incomodidad en la estrechez del socavón roqueño.

Trabajó dos meses allí. Los peones entraban por las prietas galerías a barrenar y dinamitar las entrañas de la tierra, extrayendo una sustancia pesada y lustrosa, de color chocolate, envuelta en rutilantes rocas de cuarzo. Una callada hilera de mujeres andinas, que era como un arco iris de pollerones orlando la tierra gris, tomábala entonces y separaba el cuarzo, rompiéndolo a golpe de martillo. Así, los fragmentos de tungsteno quedaban listos para ser cargados en asnos y llamas y enviados muy lejos. Fabián no sabía precisamente a dónde ni para qué. Se hablaba de que había una guerra grande en el mundo y que esa guerra, fuera de gente, comía tungsteno. Muchos inventos sacaban. Al principio, unos gringos treparon los roquedales andinos a explorar y luego llamaron a los campesinos para el laboreo. Ahora se llevaban el mineral. Y sobre la ancha falda del cerro rico, según podía verse, nevaba la nueva nieve del cuarzo.

Los viajeros de la región no dejaban de echar un vistazo a la original industria. Antes vieron explotar el oro, la plata, el cobre, aun el carbón. Los tiempos modernos con su fiera guerra, habían valorizado el... «¿cómo se llama?... ¡ah, el tungsteno!». Mascullaban algo en tono de broma y, como nadie lo impedía, echaban a las alforjas un trozo de brillante cuarzo para obsequio o recuerdo. Llegó a ponerse de moda. Por toda la comarca se esparció la roca de la mina. Los niños indios miraban maravillados los poliedros, hasta que al fin se atrevían a jugar con ellos. Las mujeres dábanles oficio de peanas. En los escritorios de los hacendados a guisa de pisapapeles, se erguían triunfantes los haces de varillas.

Fabián llevaba también ese regalo para su pequeño: cuarzo, luz de piedra. No era lo único. En una esquina del pañuelo tenía amarrados quinientos soles, sólo algunos de metal firme, a la verdad, pero los billetes valían en las tiendas del pueblo. Su mujer tenía vista una falda de percal floreado. Él andaba aficionado de una cuchilla. El pequeño quería una sonaja. Justo el domingo próximo irían al pueblo.

Todo ello alegraba al viajero como la perspectiva de alcanzar sus lares. Tenía el corazón hecho un abrazo para la mujer y el hijo, la casa y el ganado, la tierra y la siembra. Cuatro leguas más de camino y estaría en lo suyo. Ahí la luz surgía en los cerros para mostrar al hombre todas las cosas buenas que animaban la ondulación de los campos y no a marcarle la necesidad de hundirse en el socavón ahíto de trémulas tinieblas y ensordecedores ruidos de barrena. Después de todo, pagaban algo en la mina y descontando gastos de comida y cañazo bueno para el frío, solía sobrar un poco. Decían que cuando terminara la guerra, esa pelea lejana y hasta cierto punto misteriosa, la explotación del tungsteno cesaría y era cuestión de aprovechar ahora.

Marchaba vigorosamente, venciendo con rápido paso los altibajos y recovecos de cuestas y laderas. Su mujer estaría contenta con los quinientos soles, su hijo con el cuarto. La cara que ponía el pequeño al alegrarse, de puro risueña era cómica y le hacía a Fabián mucha gracia. Una leve sonrisa se perdió en sus facciones tal si fuera en montañas calladas.

Súbitamente fulguró, partiendo del cielo y la noche, la candela fugaz de un lejano relámpago. El granizo apedreó después el sombrero de junco y las rocas. Por último, la lluvia cayó en apretados y sonoros chorros. Humedeciendo rápidamente el poncho, que templó su fría pesantez de los hombros, comenzó a lamer las espaldas con su lengua helada. «Ya —se dijo el caminante—, ojalá escampe luego». Pero el aguacero no tenía trazas de parar. Su violencia creció más todavía a favor de un viento que llegó dando alaridos en la sombra. Los chorros adquirían una furia de chicote sobre la cara. Fabián tuvo que sacarse las ojotas, pues el sendero se tornó muy resbaladizo. Sabía caminar engarfiando los dedos en la arcilla mojada, a fin de no deslizarse y caer.

De rato en rato, la llama de los relámpagos iluminaba la puna y el eco de los truenos rodaba sordamente de picacho en picacho. A la fugaz claridad, las rocas enhiestas parecían encajarse en el negro cielo y la delgada canaleta del sendero brillaba trémula como si fuera a deshacerse con la plétora de agua y fango. Por ella seguía chapoteando Fabián, tozudamente, calado hasta los tuétanos por la humedad y el frío. Sacó de las alforjas un puñado de coca que chorreaba agua y se puso a masticarla para sobrellevar mejor la marcha. Había tenido que lentificarla y tardaría más en llegar.

Con las horas, disminuyó la furia de la tempestad. Sólo la lluvia continuaba cayendo, densa y sonora, con esa pertinacia propia de los aguaceros nocturnos. «Pasará al amanecer», pensó Fabián. Y se echó más coca entre los belfos ateridos y agitó el poncho para librarlo un tanto del agua y que pesara menos. ¡Malhaya las chanzas del tiempo! Fabián pensaba en el tibio lecho de bayetas y pieles de carnero, en el fogón de vivaces llamas, en la sopa reconfortante que su mujer hacía. El cuerpo de Donatila era cálido y bueno. La lluvia tendría que contentarse con chapotear a la puerta del bohío. El iba a llegar ya. Los raros relámpagos le precisaban la posición. He ahí las rocas que se alzaban en las inmediaciones de las chacras y, bajo sus pies, las curvas mejor conocidas, los escalones más familiares por frecuentados debido a la proximidad del bohío.

De pronto, un trueno alargó desmesuradamente su estruendo. Roncó estremeciendo la noche y acallando por un momento el tenaz rumor del aguacero. Fabián se sobresaltó con todas las fuerzas de su instinto, deteniéndose y echando hacia la sombra y la lejanía los hilos tensos de sus sentidos. Continuaban produciéndose ruidos confusos, como de piedras que ruedan y maderos que se rompen. El fuerte olor de la tierra revuelta pasó en oleadas espesas. Ya no le cupo duda. Un derrumbe se había lanzado cuesta abajo y terminaba ahora de arrastrar sus últimos restos hacia el fondo de la encañada. No sería en su parcela. Él mismo había visto que todo era firme allí, que ni una vara de suelo vacilaría. Con una consistencia sólida e inclinación propicia al desagüe, nada había que temer...

Fabián prosiguió su marcha, deseando solamente que el alud no hubiera cortado la ruta. Mas estaba de contratiempos esa noche. El olor a fango se hizo permanente y pronto debió admitir que el camino se rompía, perdiéndose en un barranco formado por la avalancha. Sus pies vacilaron sobre la última fracción de senda, deleznable ya. Volvió calmosamente, casi a gatas, y terminó por acomodarse al pie de una gran roca cuya inclinación podía defenderlo de la lluvia. Esta seguía cayendo con terca insistencia. «Apenas aclare, buscaré paso», resolvió Fabián, acurrucándose en espera del alba. Después de un rato, brilló un rezagado relámpago. Su escasa lumbre bastó para que el indio alerta viera la franja gris que manchaba el cerro. ¿Era tan grande que abarcaba el sitio de la casa y el redil? Tenía la evidencia de que una chacra había desaparecido, pero esperaba que allá, al otro lado, se elevaran todavía el promontorio del bohío y la cerca de la majada. No se podía columbrar. Ahora sí que aguardaba ansiosamente el alba. De saber, habría rezado y se encomendó como pudo, en una muda imploración, a la Santísima Virgen. En la espera larga, la sombra parecía adherida a las montañas. Sólo la lluvia fue amenguándose y terminó por irse, aunque no con la brusquedad con que llegara.

Y al fin un güicho, vigía del alba, desenvolvió su agudo y claro canto. ¡Esa sostenida melodía despertaba otrora al corazón de Fabián! Con ella se había levantado a recibir el sol en medio del rocío titilante, los sembríos promisorios y el ganado en acecho de la vastedad de la puna. Pero ahora obedeció al sonido para incorporarse a escrutar los cerros, en una angustiosa interrogación.

La claridad opaca del amanecer neblinoso bordeó un picacho, avanzó por el cielo y luego descendió enharinando la encañada. Entonces Fabián pudo ver. Cada vez más claramente, vio. La avalancha se había llevado todo, amontonando ruinas en lo más bajo del abra, allí entre los retorcidos alisos que bordeaban una quebrada. La huella oscura comenzaba arriba, muy alto, al pie de una gran peña, se curvaba un tanto al adquirir amplitud y luego descendía por la falda del cerro, recta y violentamente, hasta el fondo. Un pardo retazo de chacra quedaba al otro lado, pero la casa y el redil, con todo lo más querido, estarían abajo, envueltos en el hacinamiento de troncos, piedras y barro.

El día fue pronto una luz amarilla que comenzó a brillar en la yerba y a calentar la tierra, levantando el vaho las nubes. Fabián no dejaba de mirar la mancha gris. De saber cosas, la habría encontrado igual a la silueta con que los dibujantes de fantasías fingen el símbolo de la muerte. Para él era solamente la presencia de la desgracia hecha lluvia, flojedad y caída hecha derrumbe. Todo tenía una aplastante simplicidad, una definición sin réplica. Admitiéndolo así, descendió bordeando el nuevo barranco hasta llegar a su término. El cadáver de una oveja asomaba apenas del lodazal, lo mismo que dos vigas. Bajo una costra de tierra, la azulosa pupila de la oveja se empeñaba en mirar obstinadamente.

Habría que sacar a la mujer y al hijo para darles la debida sepultura y a las ovejas para desollarlas. Vendería las pieles y la carne serviría para el velorio. El sol llegó a hundirse en el revuelto conglomerado, haciendo más intenso el olor acre del barro. Fabián dio varias vueltas considerando indicios y lo observó todo sin que se contrajera un músculo de su cetrina faz. La tibieza del sol le recordó la conveniencia de secar el poncho y lo extendió —rojo y azul— sobre unas matas. Luego pensó en ir a demandar ayuda, pero al punto cayó en cuenta de que los indios de los contornos, al advertir la huella en el cerro, acudirían a examinar lo sucedido, encontrándose con él y dándole una mano en la tarea. Con todo, ésta sería larga y convenía renovar la entonadora dotación de coca a fin de acopiar fuerzas. Sentóse, pues, a un lado, revolviendo las alforjas que guardaban la hoja verde. Al hacerlo encontró el albo y aristado trozo de cuarzo, que fulguró bellamente bajo el sol. Pero en los ojos de Fabián centelló también una llama y con un desdeñoso movimiento del brazo, lo arrojó hacia las ruinas. El cuarzo sumergió su nítida blancura en la prieta masa del barro, produciendo un breve chasquido.

Y esa llama fugaz y tal gesto despectivo fueron los únicos signos exteriores de que algo había ocurrido en el alma del indio Fabián. Después, hasta sentirse con ánimo para la faena, se puso a masticar su coca impasiblemente.




en Duelo de caballeros, 1962










miércoles, febrero 18, 2009

“20”, de Víctor Quezada

Tres poemas





hasta que aquella eterna noche oscura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.
Garcilaso de la Vega



V

Un estremecimiento acá en la baja luz de los silencios… la cadencia de deseos siempre inútiles y conducentes al remuerdo sosegado en las yemas ágiles y atolondradas más Pero un temblor profundo llegado del carcajeo creído en la lejanía de un sonido de puertas y pasos cerrados al dominio ido de las noches
Y un caballo solo arrastrando delante el estupor del anciano por lo fementido que llevamos a cuestas en paseo eternamente perecible al desdén

Y ahora,
Tan solo,
Triste domo arácnido el sosiego en la penumbra!



XIV

Veces me sentí trasteando por celestes montes ayudado en la caída risueña por materno féretro o capullo blanquecino mortajeante: sutil frescor verdeado si lo pienso y no imagino, si no ensucio o enaltezco el amorsuyo o de ella no existiendo, pero siempre allí presente en la memoria que no tuve y pedí silenciado en noches, amarilleando cada vez que creciera y fuera descontándome terneces Si no mancho y dejo vacías páginas –pues la dejé tirada a ella suelos cada vez más blancos llorando mi boca huida- allí debiera aún, al menos en el recuerdo o quizás ahora humeando pues el sol vuelve sincero la paciencia del ruedo, estar sintiendo no traidora la madera, al final del camino, cuando el celeste trocara noche por sus pálidas ansias de antaño



XVII

Abrumada por la noche yo te dije mi corazón cristal cuando tratabas tras la ventana de atisbar la sangre y así afirmar mi vida yacente en los remilgos Tropel de gestos que escribían desbandada manada febricia en el vidrio empañado
Yo estaba limpio como desierto impío y corría feliz apenas el velo tocando por impedirme la luz y el espejo gigante que tengo de estadía Bello como celeste tramo inaccesible, sonriente tal delicioso ruedo verde hacia los límites del padre

Y así caía hasta el invierno de la piedra
Iba cayendo en delicada silueta bien atado el bote a un árbol primero
Corría y corría sonrisas, saltando corría feliz apenas el velo tocando y cantaba sin voz u oía el silencio…

Pero la felicidad me ganó las partidas, el entusiasmo terminó por quitar lo que no en el tiempo perdido debí…

Y ahora me oscuro





2004










martes, febrero 17, 2009

“El tren”, de Raymond Carver





a John Cheever



La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.

—¡Ni un movimiento! —dijo.

Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.

La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.

Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio.

—Buenas tardes —le dijo el anciano a miss Dent.

Lo dijo, pensó ella, como si se tratara de una tarde de verano normal y él fuese un anciano importante que llevara zapatos y esmoquin.

—Buenas tardes —contestó miss Dent.

La mujer del vestido de punto la miró de un modo calculado para darle a entender que no se alegraba de encontrarla en la sala de espera.

El anciano y la mujer se sentaron en un banco al otro lado de la sala, justo enfrente de miss Dent. Miró cómo el anciano se estiraba un poco los pantalones, cruzaba las piernas y empezaba a mover el pie, convenientemente enfundado en su calcetín. El anciano sacó un paquete de cigarrillos y una boquilla del bolsillo de la camisa. Insertó el cigarrillo en la boquilla y se llevó la mano al bolsillo de la camisa. Luego buscó en los bolsillos del pantalón.

—No tengo lumbre —dijo a la mujer.
—Yo no fumo —contestó ésta—. Cualquiera diría que no me conoces lo suficiente para saberlo. Si es que tienes que fumar, ella quizá tenga una cerilla.

La mujer alzó la barbilla lanzando una mirada a miss Dent. Pero miss Dent meneó la cabeza. Se acercó más el bolso. Tenía las rodillas juntas, los dedos crispados sobre el bolso.

—Así que, encima de todo lo demás, no hay cerillas —dijo el anciano de pelo blanco.

Se registró los bolsillos una vez más. Luego suspiró y sacó el cigarrillo de la boquilla. Volvió a meter el cigarrillo en el paquete. Guardó los cigarrillos y la boquilla en el bolsillo de la camisa.

La mujer empezó a hablar en una lengua que miss Dent no entendía. Pensó que podría ser italiano porque su rápida manera de hablar se parecía a la de Sofía Loren en una película que había visto.

El anciano meneó la cabeza.

—No te sigo, ¿sabes?, vas muy deprisa para mí; tendrás que ir más despacio. Habla inglés. No puedo seguirte —dijo.

Miss Dent dejó de aferrar el bolso y lo puso en el banco, junto a ella. Miró el cierre. No sabía exactamente lo que debía hacer. La sala era pequeña y no le parecía bien levantarse de pronto para ir a sentarse a otra parte. Sus ojos se dirigieron al reloj. —No puedo soportar a esa pandilla de locos —dijo la mujer—. ¡Es tremendo! Sencillamente, no puede explicarse con palabras. ¡Dios mío!

La mujer dijo esto y meneó la cabeza. Se dejó caer contra el respaldo del banco, como agotada. Alzó la vista y miró brevemente al techo.

El anciano tomó la corbata de seda entre los dedos y empezó a manosear el tejido. Se abrió un botón de la camisa y pasó la corbata por dentro. La mujer prosiguió, pero él parecía pensar en otra cosa.

—Es esa chica la que me da lástima —dijo la mujer—. La pobrecita, solo en una casa llena de idiotas y de víboras. Es la única que me da pena. ¡Y a ella es a quien hay que pagar! ¡No a los demás. ¡Desde luego no a ese imbécil que llaman Capitán Nick! Es completamente irresponsable. A él no.

El anciano alzó la cabeza y echó una mirada por la sala de espera. Se fijó un momento en miss Dent.

Miss Dent miró por encima de él, a la ventana. Vio la alta farola, con la luz brillando sobre el aparcamiento vacío. Tenía las manos cruzadas en el regazo y trataba de concentrarse en sus propios asuntos. Pero no podía dejar de oír lo que aquella gente decía.

—Te voy a decir una cosa —dijo la mujer—. La chica es la única que me interesa. ¿A quién le importa el resto de esa tribu? Toda su existencia gira alrededor del café au lait y los cigarrillos, de su refinado chocolate suizo y de esos puñeteros guacamayos. No les importa nada aparte de eso. ¿Qué más les interesa? Si no vuelvo a ver a esa pandilla otra vez, tanto mejor. ¿Me entiendes?
—Claro que te entiendo —contestó el anciano—. Naturalmente.

Descabalgó la pierna, la apoyó en el suelo y cruzó la otra.

—Pero no te enfades por eso ahora —dijo. —Dice que no me enfade por eso, ¿Por qué no te miras al espejo?
—No te inquietes por mí —contestó el anciano—. Peores cosas me han pasado y aquí me tienes.

Se rió en voz baja y meneó la cabeza.

—No te preocupes por mí. —¿Cómo no voy a preocuparme por ti? —preguntó ella—. ¿Quién, si no, va a preocuparse por ti? ¿Esa mujer del bolso va a preocuparse por ti?

Dejó de hablar el tiempo suficiente para fulminar a miss Dent con la mirada.

—Lo digo en serio, amico mió. ¡Pero mírate! ¡Por Dios, si no hubiese tenido ya tantas cosas en la cabeza, me habría dado un ataque de nervios allí mismo! Dime quién más va a preocuparse por ti si yo no lo hago. Te hago una pregunta en serio. Ya que sabes tantas cosas, contéstame a ésa.

El anciano de pelo blanco se puso en pie y luego volvió a sentarse.

—No te preocupes por mí, simplemente —dijo—. Preocúpate por otra persona. Si quieres preocuparte por alguien, hazlo por la chica y por el Capitán Nick. Tú estabas en otra habitación cuando él dijo: «Yo no soy serio, pero estoy enamorado de ella.» Esas fueron sus palabras.
—¡Sabía que pasaría algo así! —gritó la mujer.

Cerró los dedos y se llevó las manos a las sienes.

—¡Sabía que me dirías algo parecido! Pero tampoco me sorprende. No, no me pilla de sorpresa. Un leopardo no muda las manchas. Nunca se ha dicho nada más cierto. Lo dice la experiencia. Pero, ¿cuándo vas a despertarte, viejo estúpido? Contéstame. ¿Eres como la muía, que primero hay que darle bastonazos entre los ojos? O Dio mió! ¿Por qué no vas a mirarte al espejo? Mírate bien, mientras puedas.

El anciano se levantó del banco y se acercó a la fuente. Se puso una mano a la espalda, abrió el grifo y se inclinó para beber. Luego se enderezó y se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Se llevó las manos a la espalda y empezó a recorrer la habitación como si estuviera de paseo.

Pero miss Dent vio que sus ojos exploraban el suelo, los bancos vacíos, los ceniceros. Comprendió que buscaba cerillas y lamentó no tener ninguna.

La mujer se había vuelto para seguir los movimientos del anciano.

—¡Pollo frito de Kentucky en el polo norte! ¡El Coronel Sanders con botas y parka! ¡Eso fue el colmo! ¡El acabóse!

El anciano no contestó. Prosiguió su circunnavegación de la sala y se detuvo delante de la ventana. Se quedó allí, con las manos a la espalda, mirando el aparcamiento vacío. La mujer se volvió hacia miss Dent. Se tiró de la sisa del vestido.

—La próxima vez que vaya a ver películas domésticas sobre Point Barrow, Alaska, y sus esquimales norteamericanos, me lo tendré merecido. ¡Qué absurdo, por Dios! Hay gente que haría cualquier cosa. Los hay que tratarían de matar de aburrimiento a sus enemigos. Pero habría que haberlo visto.

La mujer lanzó a miss Dent una mirada agresiva, como si la desafiara a llevarle la contraria.

Miss Dent cogió el bolso y se lo puso en el regazo. Miró al reloj, que parecía avanzar muy despacio, suponiendo que se moviera.

—No es usted muy habladora —dijo la mujer a miss Dent—. Pero apuesto a que tendría mucho que decir si alguien la animara. ¿Verdad? Pero usted es lista. Prefiere quedarse sentada con su boquita decorosamente cerrada mientras otros hablan sin parar. ¿Tengo razón? Agua mansa. ¿Así es usted? —preguntó la mujer—. ¿Cómo la llaman?
—Miss Dent. Pero no la conozco a usted.
—¡Pues yo tampoco a usted! —exclamó la mujer—. Ni la conozco ni quiero conocerla. Quédese ahí sentada y piense lo que quiera. Eso no cambiará nada. ¡Pero sé lo que pienso yo, que esto da asco!

El anciano se apartó de la ventana y salió. Cuando volvió, un momento después, tenía un cigarrillo encendido en la boquilla y parecía de mejor humor. Llevaba los hombros echados hacia atrás y la barbilla hacia adelante. Se sentó junto a la mujer.

—En el fondo, tienes suerte —dijo la mujer—. Y eso es una ventaja en tu situación. Siempre lo he sabido, aunque nadie más se diese cuenta. La suerte es importante.

La mujer miró a miss Dent y prosiguió:

—Joven, apuesto a que usted ha cometido errores en la vida. Estoy segura. Me lo dice la expresión de su cara. Pero usted no va a hablar de ello. Adelante, pues, no hable. Deje que hablemos nosotros. Pero envejecerá. Entonces ya tendrá algo de que hablar. Espere a tener mi edad. O la suya —añadió la mujer, señalando al anciano con el dedo pulgar—. No lo quiera Dios. Pero todo llega. A su debido tiempo todo llega. Y tampoco hay que buscarlo. Viene sólo.

Miss Dent se levantó del banco sin dejar el bolso y se acercó a la fuente. Bebió y se volvió a mirarlos. El anciano había terminado su cigarrillo. Lo sacó de la boquilla y lo tiró debajo del banco. Golpeó la boquilla contra la palma de la mano, sopló el humo que había dentro y volvió a guardarla en el bolsillo de la camisa. Ahora también prestó atención a miss Dent. Fijó la vista en ella y esperó junto con la mujer. Miss Dent hizo acopio de fuerzas para hablar. No sabía por dónde empezar, pero pensó que podría decir primero que tenía una pistola en el bolso. Incluso podría decirles que aquella misma tarde había estado a punto de matar a un hombre.

Pero en aquel momento oyeron el tren. Primero, el silbido; luego, un ruido metálico y un timbre de alarma cuando la barrera descendió sobre el paso a nivel. La mujer y el anciano de pelo blanco se levantaron del banco y se dirigieron a la puerta. El anciano abrió la puerta para que pasara su compañera, luego sonrió e hizo un gesto con la mano para que miss Dent saliera antes que él. Ella llevaba el bolso sujeto contra la blusa. Salió detrás de la mujer mayor.

El tren silbó otra vez al tiempo que aminoraba la marcha; luego se detuvo delante de la estación. El foco de la locomotora se movía de un lado para otro sobre los raíles. Los dos vagones que componían el pequeño convoy estaban bien iluminados, de modo que a las tres personas que estaban en el andén les resultó fácil ver que el tren venía casi vacío. Pero no les sorprendió. A aquella hora, lo que les sorprendía era ver a alguien a bordo.

Los escasos viajeros se asomaban a las ventanillas de los vagones y encontraban raro ver a aquella gente en el andén, disponiéndose a abordar un tren a aquella hora de la noche. ¿Qué asuntos les habrían sacado de sus casas? A aquella hora, la gente debería estar pensando en acostarse. En las casas de las colinas que se veían detrás de la estación, las cocinas estaban limpias y arregladas; los lavavajillas hacía mucho que habían concluido su función, todo estaba en su sitio. Las lamparillas de noche brillaban en los cuartos de los niños. Unas cuantas adolescentes aún estarían leyendo novelas, retorciéndose un mechón de pelo entre los dedos. Pero las televisiones se apagaban. Maridos y mujeres se disponían a pasar la noche. La media docena de viajeros sentados en los dos vagones miraban por la ventanilla y sentían curiosidad por las tres personas del andén.

Vieron a una señora de mediana edad, muy maquillada y con un vestido de punto de color rosa, subir el estribo y entrar en el tren. Tras ella, una mujer más joven, vestida con blusa y falda de verano que aferraba un bolso. Las siguió un anciano que andaba despacio con aire de dignidad. El anciano tenía el pelo blanco y llevaba una corbata blanca de seda, pero iba descalzo. Los viajeros, como es lógico, pensaron que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuera cual fuese el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un desenlace satisfactorio. Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía. Por esa razón, apenas volvieron a pensar en las tres personas que avanzaban por el pasillo para encontrar acomodo: la mujer y el anciano de pelo blanco se sentaron juntos, la joven del bolso unos asientos más atrás. En cambio, los viajeros miraban a la estación pensando en sus cosas, en los asuntos en que estaban enfrascados antes de que el tren parase en la estación.

El factor examinó la vía. Luego miró atrás, en la dirección en que venía el tren. Alzó el brazo y, con la linterna, hizo una señal al maquinista. Eso era lo que el maquinista esperaba. Giró un botón y bajó una palanca. El tren arrancó. Lentamente al principio, pero luego empezó a tomar velocidad. Fue acelerando hasta que una vez más surcó la campiña a toda marcha, con sus vagones brillantes arrojando luz sobre la vía.





en Catedral, 1983









lunes, febrero 16, 2009

“Las palabras”, de Octavio Paz







Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.






en El fuego de cada día, 1989










domingo, febrero 15, 2009

"Don del crimen", de Carlos de Rokha






El mar en dirección opuesta a los espejos
Me ofrecía el espectáculo soberbio
Del número que se levanta
Así contra la mano que lo traza
Por visibilidad
Los ojos se escapaban de su propio arco iris
El césped tomaba desarrollo
Según el surtidor del paraíso
La noche preparaba sus hidras
Creedme
Subían sobre mi corazón hasta sofocarme
Una oreja copulaba con un dedo
La calle devolvía sus pasos al desconocido
De un reloj salía un vestido
Sobre una mujer
Cuyos senos eran los más bellos erizos
A la mirada de los vecinos al zoo
A veces enguantados pasaban
Los espectadores de un crimen confeccionado
En los anales de una ciudad perdida
Más allá de la cima.










sábado, febrero 14, 2009

"Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes

Extractos





Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.

Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los afectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza del teatro.

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso; sufro si me telefonean; me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

El ser que espero no es real. El otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.

* * * * * * * * * * * * * * *

Desde hace cien años se considera que la locura (literaria) consiste en esto: "Yo es otro": la locura es una experiencia de despersonalización. Para mí, sujeto amoroso, es todo lo contrario: es a causa de convertirme en sujeto, de no poder sustraerme a serlo, que me vuelvo loco. Yo no soy otro: es lo que compruebo con pavor.

(Cuento zen: un viejo monje está ocupado a pleno sol en desecar hongos: "¿Por qué no hace que lo hagan otros? -Otro no es yo, y yo no soy otro. Otro no puede hacer la experiencia de mi acción. Yo debo hacer la experiencia de desecar los hongos.")

Soy indefectiblemente yo mismo y es en esto en lo que radica mi estar loco: estoy loco puesto que consisto.

Es loco aquel que está limpio de todo poder. -¿Cómo? ¿Acaso el enamorado no conoce ninguna excitación de poder? El sometimiento es no obstante asunto mío: sometido, queriendo someter, experimento a mi manera la ambición de poder, la libido dominandi. Sin embargo, ahí está mi singularidad; mi libido está absolutamente encerrada: no habito ningún otro espacio que el duelo amoroso: ni un ápice de exterior, y por lo tanto ni un ápice de sentido gregario: estoy loco: no porque sea original sino porque estoy separado de toda socialidad. Si los demás hombres son siempre, en grados diversos militantes de algo, yo no soy soldado de nada, ni siquiera de mi propia locura: yo no socializo.

* * * * * * * * * * * * * * *

Mis angustias de conducta son fútiles, incesantemente cada vez más fútiles, al infinito. Es fútil lo que aparentemente no tiene, no tendrá, consecuencias. Pero para mí, sujeto amoroso, todo lo que es nuevo, lo que altera, no se recibe como si fuera un hecho sino como si fuera un signo que es necesario interpretar. Desde el punto de vista amoroso, es el signo, no el hecho, el que es consecuente (por su resonancia). Todo significa: mediante esta proposición yo me fraguo, me alto en el cálculo, me impido gozar.

* * * * * * * * * * * * * * *

El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como "átopos", es decir como inclasificable, de una originalidad imprevisible. Es átopos el otro que amo y que me fascina. No puedo clasificarlo puesto que es precisamente el Único, la Imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo. Es la figura de mi verdad.

Frente a la originalidad brillante del otro no me siento jamás átopos, sino mas bien clasificado (como un expediente conocido). A veces, sin embargo, llego a suspender el juego de las imágenes desiguales ("¡Que no pueda yo ser tan original, tan fuerte como el otro!"); intuyo que el verdadero lugar de la originalidad no es ni el otro ni yo, sino nuestra propia relación. Es la originalidad de la relación lo que es preciso reconquistar. La mayor parte de las heridas provienen del estereotipo: estoy obligado a hacerme el enamorado, como todo el mundo: a estar celoso, abandonado, frustrado, como todo el mundo. Pero cuando la relación es original, el estereotipo es conmovido, rebasado, eliminado, y los celos, por ejemplo, no tienen ya espacio en esa relación sin lugar, sin topos, sin "plano" -sin discurso.

* * * * * * * * * * * * * * *

La verdad es que -paradoja desorbitante- no ceso de creer que soy amado. Alucino lo que deseo. Cada herida viene menos de una duda que de una traición: porque no puede traicionar sino quien ama, no puede estar celoso sino quien cree ser amado: el otro, episódicamente, falta a su ser, que es el de amarme; he aquí el origen de mis desgracias. Un delirio, sin embargo, sólo existe si despertamos de él (no hay sino delirios retrospectivos): un día comprendo lo que me ha ocurrido: creía sufrir por no ser amado y sin embargo sufría porque creía serlo; vivía en la complicación de creerme a la vez amado y abandonado. Cualquiera que hubiese entendido mi lenguaje íntimo no habría podido menos que exclamar: pero en fin, ¿qué quiere?

* * * * * * * * * * * * * * *

Hay dos afirmaciones del amor. En primer lugar, cuando el enamorado encuentra al otro, hay afirmación inmediata (psicológicamente: deslumbramiento, entusiasmo, exaltación, proyección loca de un futuro pleno: soy devorado por el deseo, por el impulso de ser feliz): digo a todo (cegándome). Sigue un largo túnel: mi primer sí está carcomido de dudas, el valor amoroso es incesantemente amenazado de depreciación: es el momento de la pasión triste, la ascensión del resentimiento y de la oblación. De este túnel, sin embargo, puedo salir; puedo "superar", sin liquidar; lo que afirmé una primera vez puedo afirmarlo de nuevo sin repetirlo, puesto que entonces lo que yo afirmo es la afirmación, no su contingencia: afirmo el primer encuentro en su diferencia, quiero su regreso, no su repetición. Digo al otro (viejo o nuevo): Recomencemos.









1977

Traducción de Eduardo Molina