sábado, enero 31, 2009

Discurso de Nathan Petrelli en “Héroes”

Capítulo 11, 2da temporada






Buenas tardes…
Muchos de ustedes no tienen ni idea de quién soy.
Mi nombre es Nathan Petrelli
y fui elegido para el Congreso por el estado de New York.
Pareciera que fue hace mucho tiempo…

Perdí mi cargo.
Perdí a mi hermano.
Perdí a mi familia.
Y lamento decir que también perdí mi rumbo.

Pero, mientras estuve fuera, tuve la oportunidad de ver el mundo a través de ojos humildes.
Fui testigo de cosas asombrosas.
Vi a gente común entre nosotros, tratando de ser mejores cada día,
tratando de ser héroes para su familia y para la sociedad.

Estas personas comunes...,
como usted, como yo,
son capaces de cosas extraordinarias,
nadie se imagina cuán extraordinarias...

Pero hay otras personas, las organizaciones,
que no quieren que se sepa la verdad.

Yo mismo quería mantenerme secreto.
Pero el año pasado
sucedió algo increíble para mí,
algo que cambió mi vida.

Al principio, me daba miedo.
Pero yo... No tendré miedo nunca más.
Estoy aquí para decirles la verdad.

Yo tengo la habilidad….







Pintura: Isaac Mendez










viernes, enero 30, 2009

Entrevista a Freddy Musri, de Ignacio Molina






Freddy Musri tuvo sus primeros acercamientos a la música punchi-mental durante su estadía en el país de Zinedine Zidane, donde, con la grata compañía de una manada de amigotes, asistía a la mayor cantidad de fiestas acid-house que se organizaban en aquellas tierras. El pulsar de los beats y la delirante ascensión de la melodía que descubrió en el trance, lo motivó a comprar -y coleccionar- sus primeros vinilos. Su deseo era escuchar desde la tranquila comodidad de su hogar los temas que pasaban sus DJs franchutes favoritos. Comenzaba un primer romance con la música electrónica y un nuevo giro en la vida de Musri. De raver a melómano. Y de melómano a DJ.

Al llegar a Chile, a finales de los noventa, Freddy se puso a discjokear en las fiestas Full Moon, que destacaban por ser al aire libre y abarcar las tendencias más volátiles de la electrónica, como son el progressive house, el ambient y el trance. Con las gotas de sudor cayendo sobre los crossfaders y un puñado de agujas gastadas de tanto pinchar discos, se ganó una residencia en los clubs La Feria y La Salita, lugares en los que percibió como se creaba la incipiente movida local.

¿Cómo fue la llegada desde Francia a Chile, en términos de escena musical? ¿Y qué impresiones tienes de la movida local actual y su crecimiento?
Al principio fue un poco difícil pues no sabía muy bien quién andaba en la misma onda que yo… En ése tiempo yo estudiaba cine y cuando llegué a Chile entré a estudiar en una escuela en donde conocí a varios amigos que escuchaban la misma música que yo. Al poco tiempo comencé a ir a las fiestas Barracudas, a frecuentar la disquería de Hugo Chávez, y a juntarme con la gente que hacía las “Fiestas de luna llena” fuera de Santiago, y todo ese rollo. En ése tiempo había mucha magia y muy buenos amigos –ahora desparramados por el mundo. Era una época de juntarnos frecuentemente, escuchando música y compartiendo. Ahora siento que la cosa va mutando y avanzando, como todo. Y no me molesta el cambio, es más, lo abrazo al máximo y me gusta mucho que haya gente nueva poniendo energía al baile y a la música.

Uno de esos amigos era Rodrigo Castro (aka Tec), quien lo invitó a participar en el primer compilado de su sello Condormusic, el que incluía también a personajes como Miguel Tutera, Andres Bucci y Ud. No! .

¿Cómo se produce la colaboración con los cabros de Condormusic? ¿Llegaste a participar de alguno de sus Showcases?
A Condormusic llegué porque somos muy amigos con Rodrigo Castro y justo en ese tiempo estaba produciendo mis primeros tracks. En esa época yo sabía muy poco acerca de producción y casi nada de conocimientos musicales… ¡Me movía con la pura paila de oro que Dios me dio! (Risas). Por aquellos días yo dejoteaba en el Club Supersalón, en el que se hacían unas fiestas descomunales donde terminábamos bailando hasta con los muebles. Como me gustaba tanto la música me tiré al agua y comencé a mostrar lo que hacía a mis amigos, entre ellos a Tec, quien me dio unos consejos súper valiosos apoyándome harto al comienzo. Yo iba a su estudio y le mostraba lo que estaba haciendo… De ahí salió la colaboración para el compilado La Selección Chilena de Condormusic y también la participación en algunos showcase del sello.

Con la llegada del 2000, emigraste a las vertientes minimaloides, editando luego de varios años de carrete en vivo, el EP Tundra (al alero de Pueblo Nuevo) disco con el que llegaste a participar en el Showcase que dieron los abanderados de Mika Martini en el Muelle Barón para el primerizo Mutek del 2005.
El Showcase de Pueblo Nuevo en el Mutek del 2005 estuvo genial, con esto te resumo mi experiencia: cuando Mika Martini comienza a tocar “Why no?”, yo pensé: “Es un orgullo estar al lado de estos artistas tan increíbles (Martini, Djef y Hans Carstens)”. La música me paraba los pelos y sonaba genial, desplegándose en su totalidad.

“Los nerds flirtean en la disco” (que aparece en el compilado Pueblo Nuevo, Primer Aniversario) es uno de tus mejores temas. Y su nombre no es en vano. Tan peculiar título tiene sus orígenes en una interesante lectura de la fauna habitué a las pistas de baile, ¿no?
Siempre que voy a tocar a los clubes, veo las distintas interacciones que se producen entre la gente cuando bailan, están las chicas ultra posers y producidas que no miran a nadie y se creen la muerte, pero que en el fondo si pasas la barrera del traje egocéntrico puedes ver lo bellas y vulnerables que son. Y están los chicos ultra nerds que van porque pelan el cable con la música, pero no tienen el cuerpo ni el dinero de Brad Pitt, y ven a estas chicas lindas desde lejos pensando que nunca las conocerán. Lo interesante es que bailar es algo irracional y a la vez genuinamente comunicacional y expresivo, entonces el nerd puede flirtear y comunicarse en esencia con la chica linda pues en el dancefloor somos todos iguales. Ésa es la comunión del baile y la celebración: cuando bailamos nos desnudamos y nos mostramos tal cual somos. Ahora, ¿cuán lejos te puedes desnudar ante los demás? Yo siento esto: Baile + Música = Estoy amándote y me estoy amando.

Biological Support, tu segundo EP lo editaste con los alemanes de Tropic. ¿De qué forma llegaste a ese Netlabel?
A Tropic, llegué porque a Daniel, el dueño del sello, le gustó el EP de Tundra y me propuso sacar algo por su sello, escuché lo que hacían y me encantó. Así que le mandé material para editar Biological Support. Ahora con relación a los discos Tundra y Biological Support, éstos corresponden a un momento de destape de emociones y de búsqueda personal. De hecho era un poco terrible, porque cada vez que me gustaba un tema o una figura armónica que estaba creando me ponía a llorar a mares, pues me metía tanto en lo que estaba haciendo que todo desaparecía y me encontraba con todo lo que tenía oculto adentro, bueno y malo. Así que fue un período de mucha limpieza y melancolía. Y eso lo noté cuando, por ejemplo, me llegaban mails de Rusia diciéndome lo mucho que les había llegado la música. Fue una satisfacción sentirse conectado en las emociones con gente de culturas tan distintas.

El último trabajo de Musri es el LP Chispoort, el que editó mediante el sello barcelonés Fueradeserie! (propiedad del chileno Men-t-zero) y que cuenta con distribución mundial por beatport.com, el portal de venta de música electrónica virtual más importante de hoy en día. ¿Cómo se gestó este nuevo LP?
Chispoort se gestó por una conjunción de cosas… Yo andaba buscando casa disquera donde editar mi música, y Men-t-zero había escuchado lo último que estaba haciendo en casa de unos amigos en Barcelona. A los días me escribió diciéndome que le había gustado lo que había escuchado y preguntando si tenía más material similar. De esta manera empezamos a trabajar en conjunto vía red y después él viajó a Chile. Seguimos ajustando detalles hasta que salió el crío que se llama Chispoort, un Long Play editado en digital por ahora. Más adelante veremos si sale en CD. Salió hace un mes y me tiene muy contento.

En tu Myspace tienes un remix del tema “Acaso quieres venir” de Los Updates!. ¿Cuál es la historia tras esa remezcla?
En mi Myspace Jorge (González) dejó unos comentarios muy positivos acerca de lo que yo estaba haciendo en ese momento, entonces le escribí de vuelta agradeciéndole su apoyo, contándole que hace poco me había comprado el EP que había salido de ellos en Chile. Ahí venían archivos para hacer remixes, así que le dije que le haría un regalo y le remixé el tema “Acaso quieres venir”. A Jorge le encantó y ahora estamos a la espera de que salga en vinilo por un nuevo sello chileno, antes de fin de año.

Y a propósito de fin de año, ¿qué planes tienes para lo que queda?
Hacer mucha música, y humildemente tratar de ser una bendición viviente para el que se cruce en mi vida.

¿Cuál fue tu primer acercamiento con la música electrónica y cómo esto fue generando que hoy en día te dediques a ella?
Después de un tiempo de estar estudiando cine me fui de viaje a Francia (’92-’93). Ahí me quedé un rato y tuve los primeros contactos con el acid house y el techno, fui a muchas fiestas y compré música que me traje a Chile. Antes de eso escuchaba mucho Depeche Mode, A Certain Ratio y grupos industriales. Lo que me impresionó de esta música nueva, fue que mis oídos estaban escuchando algo muy distinto a lo que estaba acostumbrado. Desde siempre fui muy melómano. Entre los 12 y los 20 años tragué mucho rock sinfónico, grupos como Jethro Tull , Yes, Emerson Lake & Palmer, entre otras cosas. Luego aluciné al escuchar los teclados típicos del rock sinfónico utilizados de una manera muy diferente. Al mismo tiempo me pasaba que no encontraba ninguna música actual que me volara la cabeza. No me sentía parte de nada en el aspecto musical porque los artistas que escuchaba eran 20 ó 30 años más viejos que yo… ¡Y muchos ya estaban muertos! Así que cuando llegué al house y al techno y todo este rollo, realmente me sentí que era parte de algo.

Al volver a Chile organizábamos muchas fiestas en el desierto o en Elqui. Lo pasábamos muy bien y una cosa unió a la otra. Comencé a dejotear y después en el ’98 no daba más y lo único que quería era hacer música, aunque me costó al principio porque estaba en un rollo castanediano de no acumular cosas. Y ser DJ y -posteriormente- músico, equivalía a ser un consumidor de música empedernido… Lo divertido es que ahora tengo mi casa llena de música, libros y aparatos para hacer música y simplemente comparto y disfruto lo que tengo cuando mis amigos vienen acá.

¿Qué te parece la crítica que se le hace a la música electrónica de ser poco humana debido a que es originada mediante máquinas y/o softwares?
Contestar a esta pregunta es comenzar un ejercicio egocéntrico-intelectual que es lo que más nos satisface a la mayoría de los músicos. Escuchar nuestra propia voz lanzando al aire frases inteligentes sobre éste u otros temas nos hace ver “estrellitas de felicidad”. Por algo somos personas que nos paramos sobre un escenario, para de una u otra manera ser adulados, escuchados u odiados (recordemos que el golpe es algo muy parecido a la caricia, sólo que está distorsionada). En el fondo, unos nenes carentes de afecto o seguridad en sí mismos, aunque hay grandes excepciones. Ahora, esta pregunta es algo parecido a la crítica de decir que los laptoptistas son una lata y que una banda en vivo es lo mejor. He escuchado a tipos con un computador arriba de un escenario haciendo música de los dioses y bandas ultra virtuosas que no me mueven ni un pelo, y viceversa. Lo que importa es la música y lo que te hace sentir. Si traslado mi seguridad de lo que hago a la voluble opinión de los demás, me vuelvo loco. Yo hago y performo la música a mi pinta, primero por mi propio disfrute y sentir interior. Ahora, si hay alguien que vibra con lo que hago, está más que bienvenido. Y si hay otro que quiera teorizar y opinar acerca de lo que se hace y cómo se hace, mejor aún. Por último, ya no es necesario defender la música hecha mediante tecnologías de punta.

Hoy en día es posible hablar de un movimiento de músicos electrónicos chilenos que triunfa en Europa. ¿A qué crees que se debe el interés internacional tanto de sellos como de fans en ellos?
A mucho trabajo y dedicación.

¿Crees que es posible formar un sello a nivel nacional que sea sustentable económicamente?
Si ese sello nacional incluye como potenciales clientes a gente de otros países y continentes, claro que sí.

Una alternativa a los sellos a nivel de difusión son los sellos virtuales (Netlabels) ¿Estás actualmente en uno?
Sí, chilenos, alemanes y griegos.

¿Crees que el futuro va dirigido hacia ese lado?
Generalmente no pienso en el futuro, elijo pensar en lo que tengo que hacer ahora para que las cosas sucedan y siento que sólo depende de lo que tengas en mente. ¿Quiero vender mi música en mp3? Voy y lo hago. ¿O sólo vinilo? ¿O casette, o cd? ¿O la regalo mejor? ¿Quiero vivir de lo que me gusta o no? Basta que un grupo de gente se reúna y tome acuerdos para que “el futuro de la música” vaya hacia donde queremos y no llevados por una corriente que no controlamos. Power to the people…. but intelligent people.

Para finalizar algunos músicos que recomiendes dentro de la música electrónica chilena actual.
Adoro a: Sokio, Alejandro Vivanco, Tonossepia, Djef, Mika Martini y todo el catálogo Pueblo Nuevo (la familia es lo primero), Andes Music (ojo que Allendes y cía. sacan música en vinilo, eso es invaluable), Pier y Andrés Bucci, Vicente Sanfuentes, Van, Max Pérez, Plug Plix, la familia No Mucho, (¡muy buenos!), Augias Mena, Tigermilk, The Jhabas (Felipe Venegas y cía), Aldo Cádiz, Tec y por supuesto Villalobos, Luciano, Dandy Jack, Matías Aguayo y varios que se me escapan ahora.








en Discorder Magazine, octubre de 2008.





jueves, enero 29, 2009

“El coreano”, de Mauricio Wacquez






Han pasado diez años.

Levanto los ojos y la veo a usted tomada de la barra del troley. Sí, es usted: el mismo peinado, la misma lejanía en la mirada azul, sus olvidados ojos de astígmata. Eso posee vida en usted. Sus ojos brillan como la única zona intacta del rostro. Sin pestañas, sin cejas, aún conservan la dolorida tenacidad de antaño. Esa mirada me subleva por dentro, me crispa, aparto la cara y miro por la ventanilla.

A través del cambiante paisaje de la calle, la continúo observando, una joven memoria recoge su rostro detallado: el asombro de los párpados tirantes, el hueco que baja desde la frente, de piel rosada y brillante, la boca como un crispado ano lleno de ironía. Donde un día la sorprendí maquillándose, sólo hay ahora una escalonada catarata de piel injertada: sus mejillas sin vello.

Quisiera que recordara una cosa: la ventana de mi pieza en la calle Beauchef. Ventana y casa sólo existen ahora como un sueño de nuestra memoria: he visto el hoyo que han dejado en su lugar: los futuros subterráneos de un edificio. El parque se veía desde la cama al fondo de la pieza. No me va a creer, me refiero a nuestra pieza, mía y de él, antes de que usted llegara, recuerdo, con esos atuendos de gringa pobre. Pienso en la visión que aparecía al abrir la ventana en el verano. Él la abría al crepúsculo, sin encender las luces: los ciegos zancudos zumbaban en la oscuridad: no sospechaban el abrigo de la habitación. El parque, el parque sí, y más allá, entre los árboles, el lago que espejeaba los últimos fulgores del cielo. No sabe lo hermosas que eran esas tardes. Claro, en ese tiempo usted aún no conocía a mi padre.

También quiero hablarle de Valdivia. Cuando él llegó para buscarme. Ese día, yo había ido a Corral y volvía, casi de noche, en el último vapor. Imagine la esquiva luz del crepúsculo de verano, las enormes sombras sobre el río, las calles ágiles que subían hasta la casa. Piense en mi asombro, súbito pretexto para el llanto, al verlo sentado con su terno blanco. No quisiera caer en ociosas explicaciones. Su piel estaba bronceada y en sus besos sentí una sorprendida humedad. Esa noche, antes del viaje, lo vi desvestirse frente al espejo, ponerse su pijama de seda. A mi lado, junto a mi oreja, su suave ronquido despertó en mí otro recuerdo: la cara estompada de mi madre.

La maleta, camino a la estación, contenía a un lado, la ropa extranjera que él tenía, al otro, mi mezquino vestuario. Unas indecisas gotas de sudor vacilaban sobre su frente. Junto al andén me tomó la mano y me dejé llevar. Seguramente usted pensó alguna vez que para mí, Valdivia no tiene otro tiempo que el de ese día, ni otro rostro que ese que yo no me cansaba de mirar.

(Antes de que usted llegara: las olorosas plantas del corredor. Las azaleas, los rododendros, los juncos del jardín. Mis juguetes esparcidos por el patio).

Él siempre trabajaba de noche, usted lo sabe. Debe conocer esos largos momentos frente al espejo en los que ni una arruga de la camisa, ni una desviación de la corbata de rosa, pasaban inadvertidas. ¿Recuerda el olor a lavanda? Salía por las rendijas de la puerta, invadía el pasillo, el comedor, sorprendía el suave perfume de los naranjos que maduraban en la sombra, al fondo del patio. A las nueve de la noche en punto, con las dos manos, levantaba el vestón, lo observaba meticulosamente antes de ajustárselo y volver a contemplarse en el espejo de luna. Sentado en la cama, con los pies que aún no tocaban el choapino del piso, yo, y no usted, admiraba esa brillante figura recargada de joyas, esa cabeza infinitamente repetida por los espejos de la pieza. En ese tiempo él también tarareaba las melodías que por la noche tocaría la orquesta.

Un beso. Una recomendación. Antes de partir recorría detenidamente la casa apagando las luces. Como si no hubieran tenido otro destino que el honrar su belleza, una a una, salvo la pequeña lámpara del velador, se extinguían haciendo que los pasos fueran más sonoros, más reconocibles.

Recuerdo las noches de verano, durante las vacaciones. La ventana permanecía abierta. Cuando oía golpearse la reja de la calle, yo apagaba la última luz para que entrara la noche. Y la noche entraba llenándome la boca de estrellas.

Tranquilamente, un insomnio se imponía a la exigencia del sueño. Los ojos abiertos en la oscuridad. Los últimos campanazos de una iglesia temblaban en el aire tibio. Yo estoy ahí, en el lugar que luego usted ocupó, mientras leía y esperaba. Yo no; con la sábana tapándome la boca, jugaba a producir encuentros imposibles.

La noche es lenta y sofocante. No hay posición cuando no se duerme: una y otra vez buscaba las zonas tersas y heladas de la cama. Pienso si usted ya nos miraba desde el futuro, si ya sus embrujados ojos lo habían visto, si ya me habían desplazado desde ese sitio donde comencé a morir.

Pero el alba, en el verano, no se hace esperar. Veo los árboles transparentes en la pantalla de la ventana. Siento el auto detenerse con repetidas aceleraciones del motor. Y la puerta que se abre y él que entra. Con los ojos cerrados sigo sus movimientos: cerrar la puerta, desvestirse, correr de agua en el cuarto de baño.

Usted conoce esos momentos.

Él viene, se detiene un instante para mirarme, para mirarla, dormir. Como ayer, la misma cortina vuelve a traslucir los reflejos del amanecer. La ciudad suena allá afuera como un trompo al que una cuerda cada vez más tensa -luces y colores encontrados- descubre y exalta, oscurece y limita. Me duermo a su lado, pegado a él como un gusano a la hoja, oyéndolo respirar y moverse. El mundo no era malo dentro de esas sábanas que olían a nosotros.

Pienso: "Tomaría la botella de encima del botiquín...". ¿Cómo lo hizo? Dígame. Tomó la botella del velador y simplemente... Usted no me mira. Por momentos su mano como una garra se crispa sobre la barra del troley. Pero no sospecha que todo el pasado, su belleza mutilada y perdida, se hallan en juego en este instante. Las diversas coloraciones de su rostro -del bronce al rosa, del blanco amarillento de los párpados al quemado, casi negro, de la barbilla- bien valieron aquellos siete años. ¿No lo cree ahora?

Pienso: "Tomaría la botella de encima de la mesa...".

Las grúas sobre los edificios en construcción son arañas increíbles, que juegan un lento ajedrez sobre la ciudad. Desde que he vuelto podría contarle mi matrimonio. En las noches de insomnio, pegado a mi mujer que duerme, vuelvo a pensar en usted, la imagino, la sueño. Reconozco que esa revisión no sucede sino en las imágenes del pasado, revueltas con rostros extraños, con lugares que falsean nuestra relación. El dormitorio, donde me llevaron con los otros, tenía una lámpara roja que vigilaba durante la noche. A través de los siete años soñé mirando esa ampolleta de sangre y oyendo el viento que rondaba los muros del reformatorio. Mi sueño repetido al infinito: usted frente a mí, de espaldas a mí, cara a la batea.

De súbito, usted apareció entre nosotros. No nos dimos cuenta. Y con usted, los gritos de esos esquivos hermanos que yo cuidaba, paseaba, alimentaba.

La tarde y el perfume de los diego de la noche afirmados en las pilastras del corredor. La hora sofocante se aplacaba con chorros de agua sobre el patio. Desde mi pieza, en la oscuridad, oía batir los huevos en la cocina antes de la comida. Uno de esos atardeceres decidí matarla a usted.

Pero todo amor es imaginario. Por eso me repito que usted y yo tuvimos las mismas monedas en la mano, pagamos el mismo precio. ¿Recuerda? Yo me había negado a sacarlos al parque; usted debió soportar toda la mañana sus llantos y sus gritos. Durante el almuerzo, usted se fijó en esas tempranas espinillas que tenía sobre mi frente. Prometió una rápida curación.

Pienso: "Tomaría la botella, el algodón, la aguja de crochet, frotaría aplicadamente sobre la piel inflamada." Sentado sobre la tapa del silencioso, cierro los ojos, porque, me dice, eso sirve incluso para prevenir nuevos rebrotes. Entonces me embadurna los párpados, al principio el nitrato de plata forma una película húmeda sobre todo el rostro. Usted me sopla, sonríe, me revuelve el pelo.

(Recuerdo que ese día -¿es necesario decirlo?- llegaron los obreros municipales a destapar la fosa. Los chuicos enmaderados con el ácido quedaron alineados en el corredor hasta el otro día).

La quemazón apareció primero en los flancos de la nariz y en los párpados. Veo el parque y los árboles, árboles así, ramas así, y la avenida Beauchef que aún recuerdo como si la mirara. Una costra arrugada, en partes tirante, ese terciopelo opaco que hace resaltar mis dientes, mis ojos húmedos, mi pelo amarillo.

Durante el recreo, un semilleo de rostros se aglomeran en la puerta de la oficina.

— ¡Coreano! ¡Coreano!

Frente al retrato de Bernardo O'Higgins, la señorita me tomó la temperatura.

— ¿Está tu papá en la casa?
— Duerme todo el día.
— ¡Ah!, ¿sí?
— Trabaja en la noche, con una orquesta.
— Dile que pasaré a hablar con él antes de las siete.

El vidrio del retrato refleja, sí, el escozor, el fuego negro que se pega, la sangre seca y endurecida de la minuciosa costra que apenas respeta los ojos, la boca, de este antifaz.

Caído de boca, sobre la cama -luego de eludir todo encuentro al llegar- siento que la frescura de la almohada mitiga el ardor de la piel. Cierro los ojos, bordeo blandas zonas del jardín en las que el pasto húmedo, un nuevo presentimiento de esa ansiada frescura, las gotas estáticas y brillantes del rocío sobre las hojas, me bañan. Chorros de agua sobre el polvo fino que no pueden juntarse como si fueran aceite y vinagre.

Me atrevo a mirarla de frente, meticulosamente. Escudado tras los diez años que hicieron del niño que yo era un hombre inidentificable, puedo mirar esos sellos que un día le dejé como testimonio de que siempre podría reconocerla.

Un cielo de nubes se inclina sobre la ventanilla, se tiñe de limaduras de sol. La primavera que se mete así en los huesos como un cuerpo extraño. Fosforescencias de nácar, envolvente, que tapiza los cerros y desciende del cielo: la luz amortiguada de septiembre.

Y bien, estamos aquí, al fin, frente a frente. Deseaba este encuentro. No ha sido fácil. Usted sabe, primero los siete años de reformatorio, luego los tres pasados en esta ciudad donde la mitad de la gente busca a la otra mitad sin encontrarla.

Tirado sobre la cama, aún continuaba escuchando el grito de mis compañeros ¡Coreano! ¡Coreano! Como si con él me hubieran puesto de golpe fuera de todos, me sintiera horriblemente extraño en el mundo de los hombres.

Él aún dormía y usted no me había visto entrar. Durante los interrogatorios insistieron mucho en esos detalles. ¿Qué podría decirles? ¿Qué la vi salir al patio, caminar colgando la ropa sobre los alambres?, ¿que nunca me habría imaginado que iba a levantarme, me iba a arrastrar al corredor y caminar hasta donde usted estaba?, ¿que la vi de espaldas, frente a la batea donde habían puesto el ácido, frente a la ventana que le reflejó a usted mi negro rostro de coreano y le hizo decir Dios antes de sentir el golpe y caer, la cara sumergida, confundida, revolcada en el ácido? ¿Les podía decir esto? No. Un obstinado silencio me acompañó desde entonces. Usted y yo nos separamos. Sin embargo, recuerde un detalle: al despertar bruscamente con sus gritos, él no pudo reconocer a los seres que lo habían amado.




para Gerard Augustin
Saint-Cloud, marzo 1968










miércoles, enero 28, 2009

"Corre, Conejo", de John Updike (1932-2009)

Fragmento / © Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Los días van bien mientras Nelson está despierto, pero cuando el niño se duerme, cuando su rostro se hunde en el sueño y su aliento se arrastra dentro y fuera de sus desvalidos labios que depositan saliva en la sábana de la cuna y su cabello se desparrama en finos mechones y la perfecta piel de sus gordas y flojas mejillas, agotadas de moverse, yace sellada bajo un intenso rubor, entonces un espacio muerto se abre en Harry y siente miedo. El sueño del niño es tan profundo que él teme que se pueda romper la membrana de la vida y caiga en el olvido. A veces se acerca a la cuna y coge al niño en brazos, sólo para tranquilizarse a sí mismo con su calor y el cariñoso y torpe movimiento de protesta de sus caídos y débiles miembros.

Agitado deambula por el apartamento, encendiendo todas las luces y la televisión, tomando ginger ale y hojeando antiguos números de Life, aferrándose a cualquier cosa para llenar el vacío. Antes de acostarse para a Nelson frente al inodoro, haciendo correr el agua del grifo y pasando suavemente la mano por las tensas y desnudas nalgas hasta que el pipí brinca del irritado sueño del niño y a sacudidas se va virtiendo en la taza. Entonces le pone un pañal a Nelson y lo devuelve a la cuna y se hace el ánimo para saltar sobre el profundo abismo desde ahora hasta el momento en que en la afelpada inclinación del sol de la mañana el niño aparezca, resucitado, con los pañales empapados, junto a la cama matrimonial, dando palmaditas en la cara de su padre, experimentando. Algunas veces se mete en la cama, y entonces el viscoso y frío paño que sorprende la piel de Conejo es como volver a tocar una húmeda y firme orilla.





1960







Rabbit, Run

The days go all right as long as Nelson is awake. But when the boy falls asleep, when his face sags asleep and his breath drags in and out of helpless lips that deposit spots of spit on the crib sheet and his hair fans in fine tufts and the perfect skin of his fat slack cheeks, drained of animation, lies sealed under a heavy flush, then a dead place opens in Harry, and he feels fear. The child's sleep is so heavy he fears it might break the membrane of life and fall through to oblivion. Sometimes he reaches into the crib and lifts the boy's body out, just to reassure himself with its warmth and the responsive fumbling protest of the tumbled limp limbs.


He rattles around in the apartment, turning on all the lights and television, drinking ginger ale and leafing through old Lifes, grabbing anything to stuff into the emptiness. Before going to bed himself he stands Nelson in front of the toilet, running the faucet and stroking the taut bare bottom until weewee springs from the child's irritated sleep and jerkily prinkles into the bowl. Then he wraps a diaper around Nelson's middle and returns him to the crib and braces himself to leap the deep gulf between here and the moment when in the furry slant of morning sun the boy will appear, resurrected, in sopping diapers, beside the big bed, patting his father's face experimentally. Sometimes he gets into the bed, and then the clammy cold cloth shocking Rabbit's skin is like retouching a wet solid shore.









martes, enero 27, 2009

“Señales”, de Bernardo Navia






n
osotros los nuestros
sabemos reconocernos
llevamos un rastro
como de luna enferma en las ojeras
y como un olor
a calles solas en las manos
nos hablamos en la lengua
de los libros ebrios
y los bares lentos
y movemos los labios
sal compás de un reloj muy largo
que nos odia y que nos ama
retozamos con sapos
en las inútiles camas
y con búhos en los ojos rojos
y sabemos colgar la risa
en los murciélagos
sí nosotros los insomnes
sabemos reconocernos
movemos como salamandras las pisadas
nos zumban demonios en los bolsillos
y tenemos algo de muerte en la mirada




en Abra palabra, Chicago, 1995










lunes, enero 26, 2009

«Nota 5. Observaciones sobre el lenguaje de los pájaros», de Juan Luis Martínez

Véase: La Literatura




El Lenguaje de los Pájaros o Confabulación Fonética es un lenguaje inarticulado por medio del cual casi todos los pájaros y algunos escritores se expresan de la manera más irracional posible, es decir a través del silencio. La Confabulación Fonética no es sino la otra cara del silencio. (Los pájaros más jóvenes como también así algunos escritores y músicos sufren hoy por exceso de libertad y están a la búsqueda del padre perdido).

Los pájaros ambicionan escapar del círculo del árbol del lenguaje desmesurada empresa, tanto más peligrosa, cuanto más éxito alcanzan en ella. Si logran escapar, se desentienden de árbol y lenguaje. Se desentienden del silencio y de sí mismos. Ignoran que se desentienden y no entienden nada como no sea lo indecible. Se desescuchan del silencio. Se desescuchan de sí mismos. Quieren desescucharse del oído que alguna vez los escuchara: (los pájaros no cantan: los pájaros son cantados por el canto: despajareándose de sus pájaros el canto se des-en-canta de sí mismo: los pájaros reingresan al silencio: la memoria reconstruye en sentido inverso «El Canto de los Pájaros»: los pájaros cantan al revés).

Los pájaros viven fundamentalmente entre los árboles y el aire y dado que sus sentimientos dependen de sus percepciones, el canto que emiten es el lenguaje transparente de su propio ser, quedando luego atrapados por él y haciendo que cada canto trace entonces un círculo mágico en torno a la especie a la que ellos pertenecen, un círculo del que no se puede huir, salvo para entrar en otro y así sucesivamente hasta la desaparición de cada pájaro en particular y en general hasta la desaparición y/o dispersión de toda la especie.

Los pájaros no ignoran que muchos poetas jóvenes torturan las palabras para que ellas den la impresión de profundidad. Se concluye que la literatura sólo sirve para engañar a pobres gentes respecto a una profundidad que no es tal. Saben que se ha abierto un abismo cada vez más ancho entre el lenguaje y el orden del mundo y entonces se dispersan o enmudecen: dispersan dispersas migas en el territorio de lo lingüístico para orientarse en el regreso (pero no regresan) porque no hay adonde regresar y también porque ellos mismos se desmigajan en silencio desde una muda gritería y lenguajean el silencio desmigajándolo en bullicio y gritería. Mudos de vergüenza se tragan en silencio su propio des-en-canto: descantan una muda gritería. ¿Se tragan a pequeños picotazos el silencio de su muda gritería? : (cantando el des-en-canto descantan el silencio: el silencio se los traga).

A través del canto de los pájaros, el espíritu humano es capaz de darse a sí mismo juegos de significación en número infinito, combinaciones verbales y sonoras que le sugieran toda clase de sensaciones físicas o de emociones ante el infinito. (Develar el significado último del canto de los pájaros equivaldría al desciframiento de una fórmula enigmática: la eternidad incesantemente recompuesta de un jeroglífico perfecto, en el que el hombre jugaría a revelarse y a esconderse a sí mismo: casi el Libro de Mallarmé).

Cantando al revés los pájaros desencantan el canto hasta caer en el silencio: lenguaje lenguajeando el lenguaje, lenguajeando el silencio en el desmigajamiento de un canto ya sin canto. Se diría: (restos de un Logos: migajas de un Logos: migas sin nombre para alimento de pájaros sin nombre: pájaros hambrientos: (pájaros hambreados por la hambruna y el silencio).

Desconstruyen en silencio el silencio, retroceden de unos árboles a otros: (han perdido el círculo y su centro: quieren cantar en todas partes y no cantan en ninguna): no pueden callar porque no tienen nada que decir y no teniendo nada picotean como último recurso las migajas del nombre del (autor): picotean en su nombre inaudible las sílabas anónimas del indecible Nombre de sí mismos.




en La nueva novela, 1977


















domingo, enero 25, 2009

“Sentimental Journey”, de Mempo Giardinelli






Mientras esperaba el bus en el paradero de la Greyhound, en Buffalo, no se dio cuenta de su presencia. Pero en cuanto ascendió al coche y se sentó, en el primer asiento de la sección de fumar, le llamó la atención la belleza de esa mujer. Era una negra alta, altísima, como de un metro ochenta, que terminaba en un escandalizado pelo afro, sobre un rostro entre agresivo y dulce, no demasiado anguloso y de un cutis terso y brillante en el que se destacaban los labios carnosos, rosados de un rosado natural, sin pintura. Pero lo grande de esa mujer, en todo sentido, era su cuerpo, sencillamente magnífico. Era un ejemplar de unos pechos tan amplios, tan generosos, como nunca había visto. Y, sin embargo, no necesitaban sostén, y acaso se hubieran reído de él, si lo había para su medida; se expandían dentro de un brevísimo vestido blanco, de escote profundo como un precipicio tentador en el que cualquier tipo querría suicidarse. Cuando se hubo quitado el abrigo, él pudo ver también que su cintura era estrecha y apenas sobresalía una pequeña, sensual pancita, como la de una mujer que ha sido madre unos meses antes y su figura está reacomodándose, mientras seguramente le explota adentro una renovada sexualidad. Se quedó mirándola fijamente, sin poder respirar, atónito, admirado de la gracia gatuna de esa mujer espléndida, que acomodó el abrigo en el portaequipajes, ocasión que él aprovechó para recorrer la línea perfecta de sus piernas, enfundadas en unas medias negras que parecían emerger de entre la ligerísima tela blanca del vestido de satén. Rápidamente se le secó la boca, y no abrió el libro que tenía en la mano. Meneó la cabeza, sonriente, y se dijo que jamás había visto una mujer igual, que además de la belleza irradiaba una firme dignidad, una elegancia natural en el porte, en el modo de sentarse en el asiento de junto, y una calidad espontánea, de esas que no se aprenden ni se imitan. Y aun su manera de encender ese cigarrillo larguísimo, finito, de papel negro, cuyo humo aspiró sin ruido para luego soltarlo despacito, sensualmente, todo le hizo sentir, de súbito, que su sangre hervía, y supo que ese no sería un viaje tranquilo. Claro que el problema, reconoció enseguida, era su inglés más que pobre. Mentalmente, se hizo chistes un tanto procaces, como decirse que con semejante hembra ni falta que hacía hablar unas palabras. Se prometió todo lo que le haría si tuviera oportunidad. Sabía perfectamente que no era la clase de tipo que pasaba inadvertido para las mujeres de buen ojo. Y esa negra tenía aspecto de saber mirar a los hombres. Pero de todos modos no pudo evitar sentirse un tanto frustrado: miró hacia afuera del coche mientras se ponía en marcha, y a su vez encendió un cigarrillo como planeando alguna forma de abordaje o, acaso, disponiéndose a una ligera resignación. Cuando llegó a la estación, apenas un par de minutos antes de que partiera el expreso para Nueva York, y vio a ese tipo que ascendía al bus, advirtió una súbita inquietud, y casi involuntariamente se detuvo unos segundos para arreglarse el pelo y se abrió el abrigo que había cerrado al bajar del taxi. Sabía qué impresión podía causar con el solo hecho de abrirse el tapado de piel de camello. E instantáneamente caminó hacia el coche, detrás de ese hombre. Era un fulano que no podía dejar de ser mirado. Mediría unos seis pies y algunas pulgadas y su cuerpo era del tipo sólido (no gordo ni mucho menos, pero sí sólido), grandote sin apariencia de pesado. Vestía con cuidada elegancia y esos jeans desteñidos, que le calzaban a las maravillas, dibujaban piernas gruesas, que imaginó muy velludas. Se notaba la fuerza de esas piernas y le encantó ese trasero alto, duro y todo lo otro; demonios, era un bulto magnífico. Se quedó mirándolo fijamente, desde atrás, mientras él se instalaba en el primer asiento de la sección de fumar. Obvio, se sentaría junto a él. El bus no iba del todo lleno; había otros lugares vacíos pero ella tenía todo el derecho de elegir su sitio. Y tampoco le importaba demasiado lo que pensara el tipo. Esas preocupaciones son de ellos, se dijo, sonriendo para sí, mientras al quitarse el abrigo hundía su abdomen y su respiración alzaba sus pechos, como globos aerostáticos de indagación meteorológica. Sabía las catástrofes que podían provocar. Aprovechó, fugazmente, el pasmo del hombre para ver su mirada. Él no le quitaba los ojos de encima. Pues bien, que se diera el gusto; hizo todo muy despacio: puso el abrigo en el portaequipajes, giró lentamente como para ofrecerle nuevos ángulos de observación y se sentó cruzando la pierna. El vestido se le trepó varias pulgadas sobre las rodillas. El tipo era hermoso, de veras. Tenía una nariz pequeña, griega, y una mirada entre verde y gris, que denotaba algo de miedo, pero a la vez de descaro; ese tipo no decía que no a una buena oferta, y ella era una oferta sensacional. Sonrió para sí, pensando en la cara que pondría el tipo si supiera que ella, bajo el vestido, estaba desnuda; y largó el humo, suave, sensualmente. Se sentía excitada, aunque a la vez le pareció que algo fallaba. El tipo tenía un libro en la mano; ella vio de reojo que se trataba de una obra de Thomas de Quincey. Pero estaba en español, y eso podía ser un problema. No sabía una sola palabra de español, más que «gracias» y «por favor». Se le ocurrió que sería divertido escuchar todo lo que el tipo podría decir en ese idioma extraño. Bueno, con semejante macho al lado, quién querría ponerse a charlar. Por un momento cerró los ojos y se dijo que, si la dejaran, le enseñaría mucho más que a hablar inglés. Luego se quedó fumando, mientras el bus arrancaba, y sintió un ligero temor, una cierta resignación impaciente. La noche se hizo en pocos minutos, cuando Buffalo quedó atrás y él observó el pueblo desde la ventanilla. Qué paisaje tan distinto de los de su infancia. Qué pulcritud, qué limpieza, pero a la vez qué falta de misterio. Miró a su vecina de reojo. La negra, ¿cómo se llamaría? ¿Lenda, como suelen decir los gringos a las que se Llaman Linda? ¿Algo tan vulgar como Mary? ¿Algo fascinante como Billy May, como aquel personaje de Tobacco Road, deCaldwell? ¿O Nancy, ese nombre tan corriente en los Estados Unidos? Qué curioso ese asunto de los nombres. Una designación es algo tan caprichoso. ¿Por qué una mesa, a la que ya sabemos representar mentalmente, se llama mesa y no caballo, o libro, o buganvilla, o matsikechulico? Pero qué importancia tiene una designación, después de todo, si lo que vale la pena es la materialización. Esta mujer es hermosa, es negra, una negra bellísima, y no sé su nombre. Qué importa; sé que es negra, que es bella y que es mujer. Quizá se llamaría Bella. 0 simplemente Ella; ese nombre también debía gustarles a los gringos negros. Ella Fitzgerald. 0 quizá fuera un pronombre español; también eso les gustaba a los gringos: hay mujeres que se llaman Mía, y hay muchas Jo, y qué estupidez, se dijo, esta divagación absurda para no reconocer que no me atrevo a hablarle. Porque bien podía suceder que ella fuera dominicana, o jamaiquina (no, carajo, en Jamaica se habla inglés). Podía ser cubana, aunque no, estaba muy joven para ser gusana.

¿Brasileña? Humm, difícil, y el portugués también le sonaba a sánscrito. Era gringa, evidentemente, se notaba en su manera de sentarse, en esa especie de arrogancia de su porte, en ese aire imperialista —aunque fuera negra— que parecía estar diciendo hey, aquí estoy yo. Y cómo no, si se notaba su turbación, la de él, que ahora miraba de reojo, aunque no quisiera, el meneo formidable de esos pechos que parecían budines de gelatina. Pero no gelatinas blanditas, aguadas, sino duras, capaces de hamacarse todo lo necesario pero conservando su firmeza esencial, su consistencia cárnea totalmente apetecible. Ella reclinó su asiento y extendió las piernas, dejando que el vestido, una minifalda, se trepara aún más sobre sus muslos. Era una invitación, carajo, qué descaro, qué hembra, debe saber que la estoy mirando, cómo no va a saberlo, si lo hace a propósito, hija de puta, me calienta impunemente. Y no podía dejar de mirar, siempre de reojo, las piernas enfundadas y la mini que parecía querer seguir subiéndose y dios mío cómo será esa vaginita, toda mojada; me tienta, me tienta, y ahora se me para; ay carajo, es incómodo viajar así, tengo que hacer algo. Pero en realidad no dejaba de pensar que lo que tenía que hacer era metérsela, negra linda vas a ver lo que te doy. Y ella, como respondiendo a sus pensamientos, con los ojos cerrados inclinó la cabeza hacia él y pareció que sonreía de pura placidez, como disponiéndose a dormitar recordando la última vez que le habían hecho el amor, acaso una hora antes, o como una niña que se duerme sabiendo que al día siguiente su tío más querido la llevará al zoológico. Y miró su boca semiabierta, de labios perfectamente delineados, de una carnosidad que invitaba a beber en ellos, húmedos como una pera jugosa pero del color de una cereza pálida. Y la miró con descaro, jurándose que si ella abría los ojos no desviaría la mirada; le sonreiría y diría algo en su chapucero inglés a ver qué pasaba. La observó respirar por la boca, que se empeñaba en resecársele, y metió su vista en el valle de esos pechos soberbios, increíblemente grandes y firmes, y se imaginó acariciándolos. No cabrían en sus manos, sobraría tersura por los cuatro costados. Y los pezones, ay, se notaban bajo el satén y parecían champiñones puestos al revés, así de carnosos, así de morenos. Y cuando ella pestañeó sin abrir los ojos todavía, pero anunciando que los abriría, él desvió los suyos rápida, vergonzantemente, hasta clavarlos en el respaldo del asiento de adelante, sintiéndose ruborizado, cobarde como el Henry de Crane antes de Chancellorsville. El tipo miraba hacia afuera, interesado en ver cómo se oscurecía Buffalo. Sin dudas era extranjero, ningún americano se quedaría viendo con tal curiosidad la campiña. ¿De dónde sería? No parecía hispano; seguramente era europeo. Quizás español, por el libro que tenía. Mexicano no podía ser; ni dominicano ni puertorriqueño. Era demasiado lindo el tipo. Aunque los españoles tampoco eran gran cosa. No conocía muchos, pero... Una vez había visto en el Carnegie Hall a un cantante petiso, de nombre ridículo y medio amanerado. Cantaba bien, pero nada del otro mundo. ¿Raphael? Sí, y Candy lo adoraba, pero ella jamás entendió por qué Candy adoraba ciertas cosas. La entrada le había costado doce dólares; nunca se lo perdonaría. Miró al hombre de soslayo. ¿Qué edad tendría? No menos de 30 pero no llegaba a los 40. La mejor edad, sonrió, cerrando los ojos y enderezando las piernas, felina, sensualmente. Juntó los omoplatos hacia atrás, como desperezándose, conocedora del efecto que ello provocaría en el fulano, porque sus pechos se ensanchaban y el satén hasta parecía más brilloso en esa penumbra, al estirarse por la presión de las ubres. Mantuvo una semisonrisa mientras pensaba que esa era una edad simpática en los hombres, pero a la vez aborrecible. Muchos descubren formas de impotencia, se desesperan, empiezan a descubrir que ya no son los potrillos de una década antes, sospechan que pasados los 40 ya no servirán más que para hacer pipí, les resurgen en tropel los más insólitos temores infantiles. Curiosos, los tipos. Tuvo ganas de reírse. Si el tipo supiera lo que ella pensaba...

Se sentía excitada, pero con miedo. Siempre, las mujeres pensamos que nosotras somos las únicas que tenemos miedo, se dijo. Los hombres son la seguridad, el sexo fuerte; nosotras somos lo incierto, el sexo débil. ¿Será verdad? Respóndeme papacito, háblame, y ay, qué tipo más sabroso. ¿Me dirá algo? ¿Le voy a responder? Tiene linda boca. Y entreabrió los ojos, justo cuando empezaba a imaginar la pinga del fulano. Era alto, grande, fuerte. Bien podía ser un mequetrefe. Pero no lo parecía. Había algo en él que la atemorizaba. ¿Cómo sería —se preguntaba con insistencia— puesto a trabajar en una cama? ¿Y su pinga? Muchas veces los hombres son completamente decepcionantes: cuando no se disculpan porque la tienen chica, hacen advertencias por si acaso no se les para; o bien la tienen como de madera pero no la saben usar. 0 si no, son faltos de imaginación, tanto como la mayoría de las mujeres. Eso, se dijo, eso es lo grave: la falta de imaginación. Se pasó la lengua por la boca. ¿Por qué lo provocaba? ¿Por qué se excitaba al coquetearlo, si también ella sentía miedo? Si cada vez que un hombre la abordaba sentía esa cosa hermosa, gratificante, de comprobar su poder, pero a la vez temía, no sabía bien qué, pero temía como una niñita perdida de sus papás. ¡Ah, si el tipo la mirara en ese preciso instante, en que con los ojos cerrados se pasaba la lengua por los labios, ja, se volvería loco! Seguramente, él estaba pensando en cómo iniciar la charla. ¿Qué le diría? Ellos siempre creen que son originales, pero siempre dicen lo mismo. Todos, lo mismo. Y una siguiéndoles la corriente sólo si el chico nos interesa, pero también diciendo lo mismo. Los hombres —amplió la sonrisa, escondió la lengua— son como animalitos: Torpes, previsibles, encantadores. Pero también terríficos y peligrosos cuando adquieren fuerza o cuando se ponen tontos. Que es lo que casi siempre les ocurre. Entonces pensó en mirarlo a los ojos. No le diría nada, no necesitaba hablar. Sencillamente le regalaría una mirada, una media sonrisa y bajaría los ojos. Eso sería suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito. Y vaya que se lo seguiría. Pero decidió pestañear primero, por si él la miraba en ese instante; sería como un aviso, y a la vez una incitación. Si mantenía su mirada al ser mirado y luego le hablaba, cielos, ese tipo valía la pena. Entonces abrió los ojos y buscó la mirada del hombre, pero él contemplaba, en extraña concentración, el respaldo del asiento delantero. No pudo evitar sentirse un tanto frustrada. Durante un rato se reprochó crudamente su miedo, su cobardía. Decidió que no haría nada tan estúpido como encender la lucecita de lectura y abrir el libro. De Quincey le parecía, de repente, el autor menos interesante de toda la historia de la literatura universal. Prendió otro cigarrillo y, de nuevo fugazmente, observó de reojo a su compañera. ¿Estaba ella esperando que él iniciara una conversación? ¿Y qué carajo podría decirle si apenas hablaba inglés como para no morirse de hambre en los restaurantes? ¿Por qué mierda no había estudiado ese idioma, o acaso no sabía que en el mundo desarrollado el que no habla inglés está jodido porque así son las cosas en esta época? Pero debía reconocer que la barrera no sólo era el idioma, sino su miedo. Era un gallina infame, un aborrecible sujeto que se atrevía con las mujeres que intuía más débiles, pero con ésta que estaba junto, y que parecía un acorazado de la segunda guerra, toda artillada y más grandota que Raquel AELC, no se atrevía. Era un pusilánime. Hasta se sintió vulgar, despreciable, porque apenas la espiaba de reojo, como un voyeurista adolescente que miraba calzones en los tendederos y se masturbaba imaginándose los contenidos. Cerró los ojos con fuerza, y terminó el cigarrillo fastidiado consigo mismo, nervioso y ya casi convencido de que la batalla estaba perdida. Pero, ¿por qué? Si él tenía el sexo hecho un monumento al acero de doble aleación, y sabía muy bien cómo manejar a semejante muchacha, y la colocaría así, y le besaría aquí, y la acariciaría allá, y otro poquito así, y ay, a medida que se imaginaba todo, y la veía desnuda, encandilado por el brillo incomparable (seguro, debía ser así) de su sexo profundo, negro, vertical y jugoso como durazno de estación, a medida que fantaseaba se turbaba más pero también se dolía porque empezaba a pensar, a darse cuenta de que esos pechos magníficos, esa piel oscura y brillosa y como bañada en aceite de coco, esas piernas monumentales como obeliscos paralelos, no serían para él. Le empezó a doler la cabeza. Cerró los ojos y se dijo que lo mejor era dormirse. Llegarían a Nueva York al amanecer.

Durante un rato, esperó que el hombre le hablara, pero al cabo se dio cuenta de que no lo haría. ¿Era que no le gustaba? No, no podía ser. La forma como la había mirado. Demonios, era obvio que él la espiaba; pero se lo notaba turbado. ¿Por qué no le decía algo, por qué no le ofrecía fuego cuando ella, ahora, encendía también otro cigarrillo? ¿Sería gay, acaso? Caramba, no lo parecía. De ninguna manera, ella había visto la codicia en sus ojos, varias veces. Si hasta le costaba tragar saliva cuando por cualquier movimiento a ella parecían elevársele los pechos. Estaba caliente. A pesar del frío de la noche, de esos campos nevados que atravesaban, estaba excitada. Tenía muchas, muchísimas ganas de que semejante padrillo la montara. Porque debía ser un padrillo, caray, cómo se le abultaba la mercadería debajo del pantalón; le recordaba a esos sementales de las granjas de Oklahoma, que pacían tranquilos, indiferentes, con esas mangueras negras que les colgaban como flecos. Mejor cambiaba de tema. Aunque no podía. Quizás el tipo estaba cobrando coraje, adquiriendo fuerza.

¿Qué le pasaba? ¿Acaso ella lo había amilanado? ¿Acaso resultaba tan impresionante que el otro se retraía? A veces sucede eso con nosotras las mujeres, se dijo, asustamos a los hombres. 0 si no, ¿podía ser que fuera un asqueroso racista, un cerdo wasp que se vomitaba ante una negra a pesar de que sé muy bien que estas tetas y toda mi carrocería lo tienen con el pene endurecido? ¿Sería un cerdo, inmundo marica racista? No, leía en español; debía ser un latino, un hispano y esos son racistas con sus indios. Casi no tienen negros, dice Candy, y al contrario, parece que se vuelven locos pensando en que algún día puedan hacerlo con una negra. Ja, Candy dice cada cosa. Pero, como fuere, el fulano sigue en lo suyo. Incluso, me doy cuenta de que me espía y luego cierra los ojos, como ahora. No entiendo, es un idiota; no sabe lo que se pierde. Pero ella tampoco, se dijo, también se lo estaba perdiendo al semental, dios, y entonces, ¿por qué no le digo algo, yo, y empiezo la charla? No, mejor no, a ver si es, no más, un asqueroso marica racista. Que hable él o calle para siempre. Mierda, si fuera un negro ya estaríamos saltando uno arriba del otro. Y se rió, nerviosa, excitada, pero a la vez con la decepción de pensar que la noche era todavía larga, y no era lindo dormir en el bus al lado de semejante espécimen, sin hacer nada. Y llegarían a Nueva York a las seis y media de la mañana. Qué desperdicio. No podía saber la hora, pero el traqueteo del camión era acompasado y supuso que ya debían estar en el estado de Nueva York. No hacía falta mirar el reloj: con la calefacción del autobús al máximo, ahora que estaba abrazado a esa hembra se sentía sensacional. La casualidad era sabia: se habían encontrado en el último asiento del carro, que providencialmente estaba vacío, junto al pequeño baño, y ahí coincidieron y cambiaron unas sonrisas. Él, en una curva, medio se cayó sobre ella, quien no se resistió, y así se quedaron, abrazados, y empezaron a hacerlo, y ahora ella le lamía la oreja derecha y decía daddy, daddy, y él tocaba sus pechos, dios mío, decía, nunca he tocado algo igual, y era asombroso porque ella estaba semidesnuda, con las tetas fuera del vestido, y la mini levantada completamente, y con las piernas abiertas, sobre él, a horcajadas. A ella algo le decía que era la una de la mañana. La una, número uno, número fálico, como eso que sentía metido adentro. Oh, dios, cómo le gustaba. Lo tenía descamisado al padrillo; y su pecho era tan peludo como lo había imaginado, y recorría con los dedos esa maraña y le acariciaba con violencia las tetillas, y él respondía, se excitaba y decía cosas en español, «por favor, por favor», y se hundían en el otro con desesperación y alcanzaban un orgasmo atómico, universal; ese hispano era un macho soñado, maravilloso, tierno y bruto como les gustan los hombres a las mujeres, y dios mío, se decía, qué miembro, qué pene, qué palo, qué lingote de acero, y le daba y le daba, y ella pedía y él daba, y él pedía y ella daba, claro que le daba, le daría todo lo que quisiera esa noche inolvidable. Los dos despertaron cuando el Greyhound entró en el Lincoln Tunnel, y el ritmo acompasado se mutó por un sonido como hueco, cuando cambió la presión en el momento en que el bus fue cubierto por el río Hudson y las luces del túnel dieron la sensación ineludible de que estaban en un tiempo que era imposible de precisar, que podía ser ayer o nunca, o mañana o siempre, y la mañana o la tarde o la noche. Despertaron casi a la vez y se dieron cuenta, sorprendidos y amodorrados, de que tenían las manos entrelazadas: la derecha de él con la izquierda de ella. Se miraron las manos que formaban una extraña figura asimétrica pero hermosa, como una bola amorfa de chocolate blanco y chocolate, y de inmediato desanudaron, a causa del azoro, esa figura que él pensó irónicamente hermosa y fugaz, y ella pensó fugazmente hermosa e irónica. Y aunque no se miraron a los ojos, ni les importó ver la hora, los dos supieron que sonreían. A él se le habían pasado la turbación y el miedo a un supuesto enojo por su atrevimiento; y a ella se le habían pasado la excitación y la decepción de la noche porque él no hacía nada. Y cuando llegaron a la estación de la calle 42, en silencio, sin mirarse, cada uno decía para sí mismo, sin que el otro lo supiera, que había sido un sueño hermoso, mamacita, y que what a dream, guy. Hasta que abandonaron los asientos y bajaron del camión, y sin saludarse, los dos con leve desilusión y a la vez intrigados por un sueño que adivinaron común y compartido, se fueron cada uno por su lado a la gélida mañana neoyorquina, que los recibió con una nieve lenta, morosa, asexuada.




en Puro Erotismo, 1999










sábado, enero 24, 2009

"Intervalo de cinco minutos", de Francis Picabia





Yo tenía un amigo suizo llamado Jacques Dingue que vivía en el Perú, a cuatro mil metros de altitud. Partió hace algunos años para explorar aquellas regiones, y allá sufrió el hechizo de una extraña india que lo enloqueció por completo y que se negó a él. Poco a poco fue debilitándose, y no salía siquiera de la cabaña en que se instalara. Un doctor peruano que lo había acompañado hasta allí le procuraba cuidados a fin de sanarlo de una demencia precoz que parecía incurable.

Una noche, la gripe se abatió sobre la pequeña tribu de indios que habían acogido a Jacques Dingue. Todos, sin excepción, fueron alcanzados por la epidemia, y ciento setenta y ocho indígenas, de doscientos que eran, murieron al cabo de pocos días. El médico peruano, desolado, rápidamente había regresado a Lima... También mi amigo fue alcanzado por el terrible mal, y la fiebre lo inmovilizó.

Ahora bien, todos los indios tenían uno o varios perros, y éstos muy pronto no encontraron otro recurso para vivir que comerse a sus amos: desmenuzaron los cadáveres, y uno de ellos llevó a la choza de Dingue la cabeza de la india de la que éste se había enamorado... Instantáneamente la reconoció y sin duda experimentó una conmoción intensa, pues de súbito se curó de su locura y de su fiebre. Ya recuperadas sus fuerzas, tomó del hocico del perro la cabeza de la mujer y se entretuvo arrojándola contra las paredes de su cuarto y ordenándole al animal que se la llevase de vuelta. Tres veces recomenzó el juego, y el perro le acercaba la cabeza sosteniéndola por la nariz; pero a la tercera vez, Jacques Dingue la lanzó con demasiada fuerza, y la cabeza se rompió contra el muro. El jugador de bolos pudo comprobar, con gran alegría, que el cerebro que brotaba de aquélla no presentaba más que una sola circunvolución y parecía afectar la forma de un par de nalgas...










viernes, enero 23, 2009

“Último Deseo”, de Theophile Gautier






Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días...
Eres de color rosa, yo soy pálido;
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron;
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez que esté en mi tumba,
en paz el corazón, pueda dormir.









jueves, enero 22, 2009

"Sic Transit Gloria Mundi", de Federico Schopf







Como la cabeza de Macbeth desde lo alto del castillo
como la cabeza de un tirano en el plato que Judith transporta
           bajo el brazo como una cartera
como el tronco decapitado de Holofernes en el lecho de Judith
que se da vueltas para indicarlo
como un jet que se estremece en la tormenta y cae pulverizado
           por los rayos
como Ícaro desprovisto de alas por sus pretensiones desmedidas
como un suicida que cruza el aire sin conmover a nadie con
           su repetida historia
como una mosca que se estrella contra el suelo
así cayó mi cabeza
sin ser tirano
más allá de su presencia
más allá del recuerdo de sus ojos
más allá del corazón y su inteligencia
más allá de sus cenizas
es decir
exactamente en el olvido
como un bote que parece orientarse en la corriente
y sin embargo es dominado.









en revista Hispamérica #9, de febrero de 1975.

Foto de Héctor González de Cunco

















miércoles, enero 21, 2009

“El convento”, de Felisberto Hernández






a Alfredo y Esther Cáceres



C
uando hacía cuatro meses que estaba en una ciudad, ya había dado algunos conciertos y era conocido. Entonces me invitaron a una audición que se realizó en un convento. Me recibió una monja y me preguntó cómo me llamaba; el ambiente me predispuso a distraerme y dije mi nombre muy despacio y entre dientes, pero ella lo entendió muy bien porque suponía que yo fuera ése. Me senté en el salón ante la mirada de todos y sin atreverme a pensar en nada. Empecé a tantear todo con los ojos y con los oídos como cuando era niño, pero más que yo tantear las cosas, ellas pasaban por mi tacto. Los comentarios de las mamás y conocidos de las niñas que ejecutarían, no hacían el barullo que yo hubiera supuesto: eran fugas de voces muy bajas. Estaba distraído de una manera especial: si me hablaban podía responder alguna palabra, pero sin perder el sentido distraído de las cosas. Entonces, de la misma manera que sentía los asuntos de destino en que estaban juntos y de pronto se encontraban el dolor terrible y las cosas sin sentido, así sentía yo el pequeño escenario del convento: la decoración tan pronto representaba un bosque con árboles como una habitación con muebles y moñitas. Además había dos pianos. Delante del escenario, dos escaleritas por donde subían las niñas que tocaban. Había un gran espacio desde el escenario a la primer hilera de sillas. En la mitad de la hilera tres frailes con una mesa por delante. Yo estaba sentado cerca de 1os frailes. A la derecha, en ángulo -recto con nosotros y tocando la pared, tres monjas con otra mesa delante. De ahí hasta el escenario, dos bancos con niñas uniformadas. A la izquierda otros dos bancos con niñas. Ese espacio que rodeaban las niñas y nosotros tenía mucho carácter. Yo había empezado a suponerme cómo sería el efecto de todo eso para las personas que lo habían dispuesto así. Seguramente que habrían dado lo mejor de ellas y habrían tenido momentos de emoción al ocurrírseles y al haberío realizado. También habrían visto la imperfección de algunas cosas y sabrían que los demás también lo verían, pero tendrían que perdonarlo porque si el interés no estaba allí estaría en otro lado. Todo eso era convencional; esa convicción tendría que ser tan general y tendrían que contribuir todos a entenderlo con tanta naturalidad, como cuando entre dos actores que hablan al público en voz alta, uno expone un proyecto en contra del otro. Se sabe que si lo oye el público, con más facilidad lo oiría el otro, pero es convencional suponerse que el otro no lo oye. Yo empezaba a suponerme el poemita que sentirían los que contribuyeron a todo aquello. Me sentía con una rarísima y sincera inferioridad al ambiente. Tenía un asombro agradable ante lo que no alcanzaba a entender totalmente y presentía extraordinario. Además hacía un rato que sentía hablar muy cerca de la niña que era “célebre” entre todas. La célebre era la mayor y casi una señorita. Empecé a sentir impaciencia porque tocaran todas, para que después tocara aquélla. Esperaba ese momento con una curiosidad sencilla y alegre. La célebre tenía un encanto extraño al confundirse con las demás; además de estar uniformada no estaba sentada ni en la punta ni en el centro del banco. La hermana superiora tocó un timbre y dos de las niñas se levantaron al mismo tiempo: una de un banco de la izquierda y otra de la derecha; subieron por una escalerita; cuando estuvieron arriba se dieron vuelta, hicieron una cortesía a los frailes y se fueron a sentar en el mismo piano; enseguida se hicieron una seña, empezaron a tocar una piecita a cuatro manos y a contar los tiempos en voz alta. Todo eso era muy distinto de la vida común y al mismo tiempo parecía que fuera de los momentos que yo no conocía de la vida común, pero por los que tendrían que pasar todas las niñas. Y entonces sentía algo tan respetable como sentiría al principio de una enfermedad o de un dolor: cada niña al hacer su cortesía quería hacerla con gracia y ser agradable; ahí empezaba a mostrar el principio de su estilo como actriz de la vida, y a lo mejor, la que tenía menos gracia, la que su estilo no coincidía con mi placer, un día sería extraordinaria y asombraría al mundo. Había algunas que al tocar me hacían sugerir un misterio rudo y torpe que no tenía nada que ver con el esfuerzo que hacían para no equivocarse. Me había ocurrido lo mismo una vez que vi comer a un negro forzudo: parecía que el movimiento de las mandíbulas y de los músculos de la cara, le excitara un silencio de pensamientos torpes y misteriosos. Después tocó la célebre: era la más adelantada, tocaba con más naturalidad que las demás y del espíritu de sus movimientos y de su personita surgía un encanto parecido a su posición en el banco: no era en ninguna de las puntas ni en el centro.

Cuando se fue toda la gente, las monjas y las discípulas me pidieron que tocara; cuando me senté en el piano y me di cuenta que estaba distraído, me empecé a llamar con todas las fuerzas como si quisiera despertar de un sueño; cuando había tocado un rato y estaba completamente en mí, les miré la cara a todas y no tenían la atención tan dispersa como antes: ahora me atendían concretamente a mí, ahora ellas me observaban el misterio a mí. Cuando vi a la célebre muy de cerca me pareció distinta; cuando pedí el sombrero para irme, ella fue corriendo primero y me lo trajo; cuando me miró ofreciéndomelo descubrí que tenía un encanto distinto al que le había visto antes.




en Obras completas, México 1998

Retrato por Amalia Nieto, 1941










martes, enero 20, 2009

"El corazón delator", de Edgar Allan Poe









¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referiros toda la historia.

Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno, ni menos insultado; no envidiaba su oro; pero tenía en sí algo desagradable. ¡Era uno de sus ojos, sí, esto es! Se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas; y lentamente, por grados, comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo, a fin de librarme para siempre de aquel ojo que me molestaba.

¡He aquí el quid! Me creéis loco; pero advertid que los locos no razonan. ¡Su hubierais visto con qué buen juicio procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a la obra! Nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al asesinato.

Todas las noches, a eso de las doce, levantaba el picaporte de la puerta y la abría; pero ¡qué suavemente! Y cuando quedaba bastante espacio para pasar la cabeza, introducía una linterna sorda bien cerrada, para que no filtrase ninguna luz, y alargaba el cuello. ¡Oh!, os hubierais reído al ver con qué cuidado procedía. Movía lentamente la cabeza, muy poco a poco, para no perturbar el sueño del viejo, y necesitaba al menos una hora para adelantarla lo suficiente a fin de ver al hombre echado en su cama. ¡Ah! Un loco no habría sido tan prudente. Y cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, levantaba la linterna con sumo cuidado, ¡oh, con qué cuidado, con qué cuidado!, porque la charnela rechinaba. No la abría más de lo suficiente para que un imperceptible rayo de luz iluminase el ojo de buitre. Hice esto durante siete largas noches, hasta las doce; pero siempre encontré el ojo cerrado y, por consiguiente, me fue imposible consumar mi obra, porque no era el viejo lo que me incomodaba, sino su maldito ojo. Todos los días, al amanecer, entraba atrevidamente en su cuarto y le hablaba con la mayor serenidad, llamándole por su nombre con tono cariñoso y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya veis, por lo dicho, que debería ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches hasta las doce le examinaba durante su sueño.

Llegada la octava noche, procedí con más precaución aún para abrir la puerta; la aguja de un reloj se hubiera movido más rápidamente que mi mano. Mis facultades y mi sagacidad estaban más desarrolladas que nunca, y apenas podía reprimir la emoción de mi triunfo.

¡Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él no podía ni siquiera soñar en mis actos! Esta idea me hizo reír; y tal vez el durmiente escuchó mi ligera carcajada, pues se movió de pronto en su lecho como si se despertase. Tal vez creeréis que me retiré; nada de eso; su habitación estaba negra como un pez, tan espesas eran las tinieblas, pues mi hombre había cerrado herméticamente los postigos por temor a los ladrones; y sabiendo que no podía ver la puerta entornada, seguí empujándola más, siempre más.

Había pasado ya la cabeza y estaba a punto de abrir la linterna, cuando mi pulgar se deslizó sobre el muelle con que se cerraba y el viejo se incorporó en su lecho exclamando:
—¿Quién anda ahí?

Permanecí inmóvil sin contestar; durante una hora me mantuve como petrificado, y en todo este tiempo no le vi echarse de nuevo; seguía sentado y escuchando, como yo lo había hecho noches enteras.

Pero he aquí que de repente oigo una especie de queja débil, y reconozco que era debida a un terror mortal; no era de dolor ni de pena, ¡oh, no! Era el ruido sordo y ahogado que se eleva del fondo de un alma poseída por el espanto.

Yo conocía bien este rumor, pues muchas noches, a las doce, cuando todos dormían, lo oí producirse en mi pecho, aumentando con su eco terrible el terror que me embargaba. Por eso comprendía bien lo que el viejo experimentaba, y le compadecía, aunque la risa entreabriese mis labios. No se me ocultaba que se había mantenido despierto desde el primer ruido, cuando se revolvió en el lecho; sus temores se acrecentaron, y sin duda quiso persuadirse que no había causa para ello; mas no pudo conseguirlo. Sin duda pensó: «Eso no será más que el viento de la chimenea, o de un ratón que corre, o algún grillo que canta». El hombre se esforzó para confirmarse en estas hipótesis, pero todo fue inútil; «era inútil» porque la Muerte, que se acercaba, había pasado delante de él con su negra sombra, envolviendo en ella a su víctima; y la influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir, aunque no distinguiera ni viera nada, la presencia de mi cabeza en el cuarto.

Después de esperar largo tiempo con mucha paciencia sin oírle echarse de nuevo, resolví entreabrir un poco la linterna; pero tan poco, tan poco, que casi no era nada; la abrí tan cautelosamente, que más no podía ser, hasta que al fin un solo rayo pálido, como un hilo de araña, saliendo de la abertura, se proyectó en el ojo de buitre.

Estaba abierto, muy abierto, y no me enfurecí apenas le miré; le vi con la mayor claridad, todo entero, con su color azul opaco, y cubierto con una especie de velo hediondo que heló mi sangre hasta la médula de los huesos; pero esto era lo único que veía de la cara o de la persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, hacia el maldito ojo.

¿No os he dicho ya que lo que tomabais por locura no es sino un refinamiento de los sentidos? En aquel momento, un ruido sordo, ahogado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón, hirió mis oídos; «aquel rumor», lo reconocí al punto, era el latido del corazón del anciano, y aumentó mi cólera, así como el redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado.

Pero me contuve y permanecí inmóvil, sin respirar apenas, y esforzándome en iluminar el ojo con el rayo de luz. Al mismo tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más precipitadamente y con más ruido.

El terror del anciano «debía» ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada fuerza cada minuto. ¿Me escucháis atentos? Ya os he dicho que yo era nervioso, y lo soy en efecto. En medio del silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa, aquel ruido extraño me produjo un terror indecible.

Por espacio de algunos minutos me contuve aún, permaneciendo tranquilo; pero el latido subía de punto a cada instante; hasta que creí que el corazón iba a estallar, y de pronto me sobrecogió una nueva angustia: ¡Algún vecino podría oír el rumor! Había llegado la última hora del viejo: profiriendo un alarido, abrí bruscamente la linterna y me introduje en la habitación. El buen hombre sólo dejó escapar un grito: sólo uno. En un instante le arrojé en el suelo, reí de contento al ver mi tarea tan adelantada, aunque esta vez ya no me atormentaba, pues no se podía oír a través de la pared.

Al fin cesó la palpitación, porque el viejo había muerto, levanté las ropas y examiné el cadáver: estaba rígido, completamente rígido; apoyé mi mano sobre el corazón, y la tuve aplicada algunos minutos; no se oía ningún latido; el hombre había dejado de existir, y su ojo desde entonces ya no me atormentaría más.

Si persistís en tomarme por loco, esa creencia se desvanecerá cuando os diga qué precauciones adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y comencé a trabajar activamente, aunque en silencio: corté la cabeza, después los brazos y por último las piernas.

En seguida arranqué tres tablas del suelo de la habitación, deposité los restos mutilados en los espacios huecos, y volví a colocar las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo humano, ni aún el «suyo», hubiera podido descubrir nada de particular. No era necesario lavar mancha alguna, gracias a la prudencia con que procedía. Un barreno la había absorbido toda. ¡Ja, ja!

Terminada la operación, a eso de las cuatro de la madrugada, aún estaba tan oscuro como a medianoche. Cuando el reloj señaló la hora, llamaron a la puerta de calle, y yo bajé con la mayor calma para abrir, pues, ¿qué podía temer «ya»? Tres hombres entraron, anunciándose cortésmente como oficiales de policía; un vecino había escuchado un grito durante la noche; esto bastó para despertar sospechas, se envió un aviso a las oficinas de la policía, y los señores oficiales se presentaban para reconocer el local.

Yo sonreí, porque nada debía temer, y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros, les dije que era yo quien había gritado en medio de mi sueño; añadí que el viejo estaba de viaje, y conduje a los oficiales por toda la casa, invitándoles a buscar, a registrar perfectamente. Al fin entré en «su» habitación y mostré sus tesoros, completamente seguros y en el mejor orden. En el entusiasmo de mi confianza ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran un poco; mientras que yo, con la loca audacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio mismo donde yacía el cadáver de la víctima.

Los oficiales quedaron satisfechos y, convencidos por mis modales —yo estaba muy tranquilo—, se sentaron y hablaron de cosas familiares, a las que contesté alegremente; mas al poco tiempo sentí que palidecía y ansié la marcha de aquellos hombres. Me dolía la cabeza; me parecía que mis oídos zumbaban; pero los oficiales continuaban sentados, hablando sin cesar. El zumbido se pronunció más, persistiendo con mayor fuerza; me puse a charlar sin tregua para librarme de aquella sensación, pero todo fue inútil y al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos.

Sin duda palidecí entonces mucho, pero hablaba todavía con más viveza, alzando la voz, lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. ¿Qué podía hacer yo? Era «un rumor sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón». Respiré fatigosamente; los oficiales no oían aún. Entonces hablé más aprisa, con mayor vehemencia; pero el ruido aumentaba sin cesar.

Me levanté y comencé a discutir sobre varias nimiedades, en un diapasón muy alto y gesticulando vivamente; mas el ruido crecía. ¿Por qué «no querían» irse aquellos hombres? Aparentando que me exasperaban sus observaciones, di varias vueltas de un lado a otro de la habitación; mas el rumor iba en aumento. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? La cólera me cegaba, comencé a renegar; agité la silla donde me había sentado, haciéndola rechinar sobre el suelo; pero el ruido dominaba siempre de una manera muy marcada... Y los oficiales seguían hablando, bromeaban y sonreían. ¿Sería posible que no oyesen? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Oían! ¡Sospechaban; lo «sabían» todo; se divertían con mi espanto! Lo creí y lo creo aún. Cualquier cosa era preferible a semejante burla; no podía soportar más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. ¡Comprendí que era preciso gritar o morir! Y cada vez más alto, ¿lo oís? ¡Cada vez más alto, «siempre más alto»!

—¡Miserables! —exclamé—. No disimuléis más tiempo; confieso el crimen. ¡Arrancad esas tablas; ahí está, ahí está! ¡Es el latido de su espantoso corazón!






1843









lunes, enero 19, 2009

"La poesía latinoamericana", de Roberto Bolaño







Algo horrible, caballeros. La vacuidad y el espanto.
Paisaje de hormigas.
En el vacío. Pero en el fondo, útiles.
Leamos y contemplemos su diario discurrir:
Allí están los poetas de México y Argentina, de
Perú y Colombia, de Chile, Brasil
Y Bolivia.
Empeñados en sus parcelas de poder,
En pie de guerra (permanentemente), dispuestos a defender
Sus castillos de la acometida de la Nada
O de los jóvenes. Dispuestos a pactar, a ignorar,
A ejercer la violencia (verbal), a hacer desaparecer
De las antologías a los elementos subversivos:
Algunos viejos cucú.
Una actividad que es el fiel reflejo de nuestro continente.
Pobres y débiles, son nuestros poetas
Quienes mejor escenifican esa contingencia.
Pobres y débiles, ni europeos
Ni norteamericanos,
Patéticamente orgullosos y patéticamente cultos
(Aunque más nos valdría aprender matemáticas o mecánica,
¡Más nos valdría arar y sembrar! ¡Más nos valdría
Hacer de putos y putas!)
Pavos rellenos de pedos dispuestos a hablar de la muerte
En cualquier universidad, en cualquier barra de bar.
Así somos, vanidosos y lamentables,
Como América Latina, estrictamente jerárquicos, todos
En la fila, todos con nuestras obras completas
Y un curso de inglés o francés,
Haciendo cola en las puertas
De lo Desconocido:
Un Premio o una patada
En nuestros culos de cemento.

Epílogo: Y uno y dos y tres, mi corazón al revés, y cuatro y cinco y seis, está roto, ya lo veis, y siete y ocho y nueve, llueve, llueve, llueve…







en La universidad desconocida, 2007










domingo, enero 18, 2009

Carta de Salvador Dalí a Pablo Picasso








Pablo:

¡Gracias! Tus últimas pinturas ignominiosas han matado el arte moderno. Según tú, con el gusto y la moderación que son las verdaderas virtudes de la prudencia, hubiéramos tenido una pintura cada vez más y más fea, al menos durante cien años, antes de conseguir tus sublimes adefesios esperpentos. Tú, con toda la violencia de tu anarquismo ibérico has llegado al límite y a las consecuencias finales que deseabas, marcándola con el sello de tu propia sangre. Ahora todo lo que queda es volver los ojos una vez más a Rafael.

¡Dios te salve!



Salvador Dalí








sin fecha