lunes, enero 25, 2010

“Sombra en la noche”, de Dashiell Hammett





Un sedan con los faros apagados estaba parado en el arcén, más arriba del puente de Piney Falls. Cuando lo adelanté, una chica asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—Por favor.

Aunque su tono era apremiante, no contenía la suficiente energía como para volverlo desesperado o perentorio.

Frené y puse la marcha atrás. Mientras hacía esta maniobra, un tipo se apeó del coche. A pesar de la débil luz vi que se trataba de un joven corpulento. Señaló en la dirección que yo llevaba y dijo:

—Amigo, sigue tu camino.
—Por favor, ¿quieres llevarme a la ciudad? —preguntó la chica. Tuve la sensación de que intentaba abrir la portezuela del sedan. El sombrero le cubría un ojo.
—Encantado —respondí.

El joven que estaba en la carretera dio un paso hacia mí, repitió el ademán y ordenó:

—Eh, tú, esfúmate.

Bajé del coche. El hombre de la carretera echó a andar hacia mí, cuando del interior del sedan surgió una voz masculina áspera y admonitoria..

—Tranquilo, Tony, tranquilo. Es Jack Bye.

La portezuela del sedan se abrió y la chica se apeó de un salto.

—¡Ah! —exclamó Tony e, inseguro, arrastró los pies por la carretera. Al ver que la chica se dirigía a mi coche, gritó indignado— ¡Oye, no puedes largarte con...!

La chica ya estaba en mi dos plazas, y murmuró:

—Buenas noches.

Tony me hizo frente, meneó testarudamente la cabeza y empezó a decir:

—Que me cuelguen antes de permitir que...

Lo sacudí. Fue un buen golpe porque le di duro, pero estoy convencido de que podría haberse levantado si hubiese querido. Le concedí unos segundos y pregunté al tipo del sedan, al que seguía sin ver:

—¿Te parece bien?
—Tony se recuperará —respondió deprisa—. Lo cuidaré.
—Muy amable de tu parte.

Subí a mi coche y me senté junto a la chica. Empezaba a llover y comprendí que no me libraría de calarme hasta los huesos. En dirección a la ciudad nos adelantó un cupé en el que viajaban un hombre y una mujer. Cruzamos el puente detrás de ellos.

—Has sido realmente amable —declaró la chica—. La verdad es que no corría el menor peligro, pero fue..., fue muy desagradable.
—No son peligrosos, pero pueden volverse... muy desagradables —coincidí.
—¿Los conoces?
—No.
—Pues ellos te conocen a ti. Son Tony Forrest y Fred Barnes —no dije nada. La chica añadió—: Te tienen miedo.
—Soy un desesperado. La chica rió.
—Y esta noche has sido muy amable. No me habría largado sola con ninguno, aunque pensé que con los dos... —se subió el cuello del abrigo—. Me estoy mojando.

Volví a parar y busqué la cortinilla correspondiente al lado del acompañante.

—De modo que te llamas Jack Bye —dijo mientras colocaba la cortinilla.
—Y tú eres Helen Warner.
—¿Cómo lo sabes? —se acomodó el sombrero.
—Te tengo vista —terminé de colocar la cortinilla y volví a montar en mi dos plazas.
—¿Sabías quién era cuando te llamé? —preguntó en cuanto volvimos a rodar por la carretera.
—Sí.
—Hice mal en salir con ellos en esas condiciones.
—Estás temblando.
—Hace frío.

Añadí que, lamentablemente, mi petaca estaba vacía.

Habíamos entrado en el extremo oeste de Heilman Avenue. Según el reloj de la fachada de la joyería de la esquina de Laurel Street eran las diez y cuatro. Un policía con impermeable negro estaba recostado contra el reloj. Yo no sabía lo suficiente sobre perfumes como para distinguir el que llevaba la chica.

—Estoy aterida —declaró—. ¿Por qué no paramos en algún sitio a tomar una copa?
—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Mi tono debió de desconcertarla, pues giró rápidamente la cabeza para mirarme bajo la tenue luz.

—Me encantaría, a menos que tengas prisa —respondió.
—Voy bien de tiempo. Podemos ir a Mack's. Sólo queda a tres o cuatro calles pero... es un local para negros.

La chica rió.

—Lo único que espero es que no me envenenen.
—No lo harán. ¿Estás segura de que quieres ir?
—No tengo la menor duda —exageró sus temblores—. Estoy helada, y es temprano.

Toots Mack nos abrió la puerta. Por la amabilidad con que inclinó su cabeza negra, calva y redonda, y por el modo en que nos dio las buenas noches, supe que lamentaba que no hubiésemos ido a otro bar, pero sus sentimientos me traían sin cuidado. Dije con demasiada exaltación:

—Hola, Toots. ¿Cómo te trata la noche?

Sólo había unos pocos parroquianos. Ocupamos una mesa en el rincón más alejado del piano. Súbitamente la chica clavó la mirada en mí, y sus ojos tan azules se tomaron muy redondos.

—En el coche me pareció que veías —comenté.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —me interrumpió y se sentó.
—¿Ésta? —me toqué la mejilla con la mano—. Fue hace un par de años, en una pelotera. Deberías ver la que tengo en el pecho.
—Algún día iremos a nadar —añadió alegremente—. Siéntate de una vez y no hagas que espere más esa copa.
—¿Estás segura...?

Se puso a tararear y siguió el ritmo tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Quiero una copa, quiero una copa, quiero una copa —su boca pequeña, de labios llenos, se curvaba hacia arriba, sin ensancharse, cada vez que sonreía.

Pedimos nuestros tragos. Hablamos demasiado rápido. Hicimos chistes y reímos aunque no tuvieran gracia. Hicimos preguntas —entre ellas, el nombre del perfume que llevaba— y prestamos demasiada o ninguna atención a las respuestas. Cuando creía que no lo veíamos, Toots nos miraba severamente desde detrás de la barra. Todo era bastante malo.

Tomamos otra copa y propuse:

—Bueno, vámonos.

La chica estuvo bien, pues no se mostró impaciente por irse ni por quedarse. Las puntas de su cabello rubio ceniza se curvaban alrededor del ala del sombrero, a la altura de la nuca.

Al llegar a la puerta dije:

—Mira, en la esquina hay una parada de taxis. Supongo que no te molestará que no te acompañe a casa.

Me cogió del brazo.

—Claro que me molesta. Por favor... —la acera estaba mal iluminada. Su rostro parecía el de una niña. Apartó la mano de mi brazo—. Pero si prefieres....
—Creo que lo prefiero.

La chica añadió lentamente:

—Jack Bye, me caes bien y te agradezco mucho que...
—Está bien, no te preocupes —la interrumpí, nos dimos la mano y yo volví a entrar en el despacho clandestino de bebidas.

Toots seguía detrás de la barra. Se acercó y dijo, meneando la cabeza con pesar:

—No deberías hacerme estas cosas.
—Lo sé y lo lamento.
—No deberías hacértelas a ti mismo —acotó con la misma tristeza—. Chico, no estamos en Harlem, y si el viejo juez Warner se entera de que su hija sale contigo y viene aquí, puede ponemos las cosas difíciles a los dos. Me gustas, pero debes recordar que por muy clara que sea tu piel, o por mucho que hayas ido a la universidad, no dejas de ser negro.
—¿Y qué coño crees que quiero ser? —repliqué—. ¿Un chino?






1924












domingo, enero 24, 2010

«Balada del ausente», de Juan Carlos Onetti





Entonces no me des un motivo por favor
No le des conciencia a la nostalgia,
La desesperación y el juego.
Pensarte y no verte
Sufrir en ti y no alzar mi grito
Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
En lo único que puede ser
Enteramente pensado
Llamar sin voz porque Dios dispuso
Que si Él tiene compromisos
Si Dios mismo le impide contestar
Con dos dedos el saludo
Cotidiano, nocturno, inevitable
Es necesario aceptar la soledad,
Confortarse hermanado
Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
En cualquier regreso
En cualquier hora cambiable del crepúsculo
Tu silencio
Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
Que no responde al sombrero enlutado
Golpeando las rodillas
Que teme a Dios y se preocupa
Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
Hacia la claridad dolorosa del mundo,
Desnudo, sólo, desarmado
bamboleo mi cuerpo enmagrecido
Tropiezo y avanzo
Me acerco tal vez a una frontera
A un odio inútil, a su creciente miseria
Y tampoco es consuelo
Esa dulce ilusión de paz y de combate
Porque la lejanía
No es ya, se disuelve en la espera
Graciosa, incomprensible, de ayudarme
A vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
Fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor
Ya ni siquiera creo,
En romper espejos
En la noche
Y lamerme la sangre de los dedos
Como si la hubiera traído desde allí
Como si la salobre mentira se espesara
Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas,
            no me inflará las mejillas
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro
            que no se cumplirá.




Recuperado en Miradas sobre Onetti, 1995















sábado, enero 23, 2010

“El reloj anacrónico. La historia”, de Mauricio Montiel Figueiras







Me atrevo a decir que la infancia de buena parte de quienes nacimos en los años sesenta no habría sido la misma sin la alta dosis de películas épicas que nuestros padres nos recetaron, fuera para añadir un trasfondo visual a las lecciones de historia o simplemente para hacer más tolerables los fines de semana. Entre aquellos filmes pródigos tanto en extras y dobles como en escenarios y vestuarios fastuosos destaca, en mi caso, el Ben-Hur de William Wyler (1959), la adaptación más célebre de la novela de Lewis Wallace. Ambientada durante el reinado de Tiberio César Augusto, Ben-Hur refiere como se sabe la ordalía de un príncipe judío (Charlton Heston) que, luego de un accidente causado por su hermana en el que resulta herido el gobernador de Palestina, es traicionado por su amigo romano Messala (Stephen Boyd), quien lo envía a Tiro para ser esclavizado como galeote; de camino al puerto, mientras jura venganza con una ira similar a la de Edmundo Dantés, Ben-Hur se cruza con Jesucristo, que le da a beber agua: un gesto que él intenta devolver hacia el final de su odisea, antes de atestiguar la crucifixión en el Gólgota. Aunque no he visto la cinta en casi tres décadas, recuerdo varias imágenes: la teja que cae de una azotea para sellar la desgracia de Ben-Hur; el cuenco de agua que sacia la sed del héroe al filo del desfallecimiento; la balsa que navega en un set marítimo llevando a Ben-Hur y Quinto Arrio (Jack Hawkins), el cónsul que aquél salva de una galera en llamas; el sudor que baña el rostro de los participantes en la carrera de cuadrigas, en la que se consuma la venganza contra Messala. El dios narrativo, parafraseando el aforismo atribuido entre otros a Flaubert, está justo en estos detalles que se adhieren a la memoria.

No sería sino hasta muchos años después de que mi incredulidad se suspendiera para conceder una verosimilitud histórica a la película que me enteraría de los diversos anacronismos y fallas en que incurrieron el director y su equipo. La sombra de la cámara entra en algunas escenas, por ejemplo, y las huellas de la grúa son visibles en la arena del circo romano, a donde se cuela una plataforma de acero galvanizado. Aquí y allá aparecen libros con pastas en una era en que sólo se usaban rollos de pergamino. Los romanos no podían contar con galeotes porque esta clase de esclavitud surgió hasta el siglo XVI. A la secuencia donde Messala y Ben-Hur conversan en un patio se filtra el ruido de motocicletas que circulan por una avenida próxima. Y qué decir de los errores de continuidad, que según los expertos son legión. De entre todos estos descuidos, lógicos hasta cierto punto si se advierte que la cinta se rodó hace cincuenta años –la industria ha contribuido a depurar al menos los gazapos estrictamente técnicos–, sobresale uno que no me deja de asombrar: la presencia de un Rolex que va mudando de muñeca de acuerdo con distintas versiones. Sea que lo traiga uno de los trompeteros romanos que figuran en la carrera de cuadrigas, el propio Ben-Hur durante la misma escena o el cónsul Quinto Arrio a bordo de la balsa salvadora –todavía no he querido confirmarlo–, el reloj intruso sintetiza para mí la dificultad de creer en las reconstrucciones históricas emprendidas por el cine y la televisión. Dicho de otro modo, la suspensión de la incredulidad que ejercí en mi niñez ha derivado en un escepticismo que crece con el tiempo, con cada giro de las manecillas de ese Rolex futurista ceñido a una muñeca del pasado. A la vez, paradójicamente, el anacronismo que no noté entonces me hace apreciar el esfuerzo que tres teleseries contemporáneas invierten en volver a contar, con la mayor fidelidad posible y desde diferentes ángulos, cuentos que hemos leído en cantidad de libros. Si las series de televisión de hoy día son la second life de una cauda de actores y directores fugados y en ocasiones exiliados de la pantalla grande, Rome, The Tudors y Mad Men son además la oportunidad para que la historia nos convenza de nuevo.


Rome (2005-2007): la historia de lado

Otra de romanos, pensé al comenzar a ver Rome, la serie producida por HBO en colaboración con la BBC y la RAI. Peor aún, me dije, una muestra más del peplum, el género nacido entre los músculos de un ex Mister Universo (Steve Reeves) que encarnó a Hércules a finales de los años cincuenta. Espadas y lanzas, togas y sandalias, aristócratas y plebeyos, circos y guerras, traiciones y contratraiciones, pensé recordando Yo, Claudio, la miniserie de los setenta basada en dos novelas de Robert Graves que tanto entusiasmó a mi madre. Al concluir la secuencia inicial de créditos del primer episodio, sin embargo, sentí que algo despertaba mi atención: quizá la curiosidad de saber cómo era reconstruida esa Roma sucia y decrépita, alejada de los convencionalismos hollywoodenses, en la que el graffiti callejero cobraba vida. Luego leería que Jonathan Stamp, el asesor histórico, afirmó alguna vez que la intención de la serie era ofrecer verosimilitud más que exactitud. Luego me daría cuenta de que John Milius, uno de los creadores de Rome –los otros dos son William J. MacDonald y Bruno Heller–, es el coguionista de Apocalypse Now (1979), una de mis películas favoritas. Pero para entonces era muy tarde: el tránsito de la República Romana al Imperio me había hechizado por completo.

En Rome están todos los tópicos del peplum: espadas y lanzas, togas y sandalias y lo demás. Claro: es la utilería de la historia. Pero también está el romance entre Cleopatra y Marco Antonio, a quienes yo evocaba tibiamente interpretados por Elizabeth Taylor y Richard Burton. La ausencia de tibieza HollyRome –término acuñado por Milius y compañía para aludir al peplum– es uno de los hallazgos de la serie. Para continuar con el ejemplo, Cleopatra se presenta como una opiómana que viaja en un palanquín bajo el sol del desierto, mientras que Marco Antonio se desempeña con la ferocidad de un sexoadicto que lleva el campo de batalla a la cama. Su amorío deriva así en una orgía pasoliniana frenada sólo por el suicidio de ambos, el de él asistido por Lucio Voreno, que junto con Tito Pullo forma la memorable pareja de centuriones que ocupa el centro de la historia.

Sesgada pero no absurda, más pendiente de la credibilidad psicológica que de la precisión historiográfica, la óptica de la serie nos deja ver a un Julio César epiléptico que entabla una tortuosa relación con Servilia, madre de Bruto, una de las grandes mujeres trágicas de la pantalla contemporánea. A un Cayo Octavio que antes de convertirse en el emperador César Augusto y revelar su filón sadomasoquista comete incesto con su hermana Octavia, que previamente establece un nexo lésbico con Servilia. A un Pompeyo Magno que después de la derrota en Grecia es decapitado al pisar territorio egipcio. A una Atia, sobrina de Julio César, trocada en una arpía lujuriosa. O a Voreno y Pullo como náufragos en un islote donde construyen una barca con los cadáveres de sus compañeros: la nave de los muertos que nos conduce por las aguas procelosas de la antigüedad.


The Tudors (2007-a la fecha): la historia de frente

En una de las entrevistas concedidas con motivo de su interpretación de Enrique VIII en The Tudors, Jonathan Rhys Meyers revela que su personaje se ha encamado a unas veintidós mujeres en la serie; una cifra que, dice, no es considerable si se compara con la cantidad que un chico o una chica de buen ver confiesa en un club nocturno del Londres contemporáneo: cincuenta acostones en lo que va de un año. Tiene razón: una veintena de partenaires sexuales es poca cosa cuando se trata del segundo monarca de la dinastía Tudor, célebre entre otras muchas hazañas por contraer matrimonio en seis ocasiones e incurrir en bigamia con Catalina de Aragón y Ana Bolena a ojos de los papas Clemente VII y Paulo III. Más que ponderar la promiscuidad británica de hoy día, sin embargo, Rhys Meyers alude a algunas críticas que señalan la “excesiva” carga erótica de la serie. ¿Cae en el exceso –por poner un ejemplo– Charles Brandon, duque de Suffolk, encarnado como una suerte de potencia libidinosa que arrasa con cuanta mujer le sale al paso? No lo creo: los espectadores de talante conservador parecen olvidar que sexo y poder integran una de las parejas más antiguas y fieles de la historia. Lo que hace The Tudors es acentuar la compenetración de esa pareja.

Ideada y escrita en su totalidad por Michael Hirst, experto en estos terrenos merced a los guiones de Elizabeth (1998) y Elizabeth: The Golden Age (2007) –el díptico en el que Cate Blanchett da vida a la hija de Enrique VIII y Ana Bolena–, The Tudors carga a mi juicio con uno de los mayores lastres de las recreaciones históricas: retratar a los personajes con un casting extraído de una revista de modas. No es una queja: presenciar un desfile de bellezas vestidas y desvestidas a la usanza del siglo XVI siempre se agradecerá, pero puede restar verosimilitud al relato, sobre todo si el grueso de los actores remite a los anuncios de una GQ patrocinada por la Iglesia anglicana. No obstante, una vez salvado el escollo de la apostura, esa sí un tanto excesiva, la serie empieza a surtir su efecto hipnótico. A este efecto contribuyen, entre una variedad de aciertos, la defenestración del cardenal Thomas Wolsey, un auténtico lobo con piel eclesiástica; la metamorfosis de Tomás Moro en un inquisidor que no duda en enviar seis herejes a la hoguera “con justa razón”; el odio irrestricto de Thomas Cromwell hacia la hipocresía que reina en las cúpulas del catolicismo; el sudor inglés vuelto metáfora de la paranoia epidemiológica que cunde actualmente. Desde su trono alzado sobre una red de sexo y poder, intrigas y contraintrigas, el Enrique VIII de The Tudors encara el discurrir de los tiempos y se une a él. Nadie se baña dos veces en el mismo río, piensa, pero la historia con su cíclica tenacidad tendrá la última palabra.


Mad Men (2007-a la fecha): la historia de fondo

Una fabulosa escena incluida en el episodio que cierra la primera temporada de Mad Men condensa todo el embrujo de esta serie ambientada en los años sesenta. Don Draper, el donjuán que trae la batuta narrativa y funge como director creativo de la agencia publicitaria Sterling Cooper, cita a un antiguo colega (Teddy, copywriter de origen griego) para explicar a unos ejecutivos de Kodak lo que verdaderamente representa el producto que ellos llaman “la rueda” y que acabará siendo el famoso carrusel para diapositivas. “Nostalgia –dice Draper–. Una emoción delicada pero fuerte. Teddy me dijo que en griego nostalgia significa literalmente el dolor de una vieja herida; es una punzada en el corazón, mucho más poderosa que la simple memoria. Este aparato no es una nave espacial: es una máquina del tiempo. Va hacia atrás y hacia adelante. Nos lleva a un sitio al que anhelamos regresar. No se llama la Rueda: es el Carrusel. Nos permite viajar como viajan los niños. Damos vueltas y vueltas y volvemos a casa, al lugar donde sabemos que nos aman.” Durante su monólogo, Draper muestra a los clientes diapositivas que recortan su propio pasado conyugal y familiar: fragmentos de una felicidad que ahora se ve perturbada por la disolución de la tenue línea que separa lo privado de lo público. Es un instante mágico: nostalgia, sí, en estado puro.

Creada por Matthew Weiner, Mad Men toca fibras nostálgicas al trazar el retrato intimista de un grupo de seres disfuncionales que viven el boom de Madison Avenue en la Nueva York previa a la edificación de las Torres Gemelas y por ende a la posibilidad de un ataque terrorista. La amenaza, sin embargo, flota en ese ambiente idílico conquistado por el incesante humo de cigarro y los efluvios del alcohol que fluye como otro río Hudson entre las oficinas de Sterling Cooper y diversos bares y restaurantes de lujo. (Pocas veces se ha fumado y bebido tanto en la pantalla chica: el hedonismo sin restricciones). Invisible, sutil, esa amenaza remite al ruido de fondo captado por Don DeLillo: estamos después de todo en la era Kennedy, lo que implica no sólo el arranque de la carrera espacial sino los primeros descalabros en Vietnam, la invasión de Bahía de Cochinos, la paranoia nuclear detonada por la crisis de los misiles en Cuba, el activismo vinculado al Movimiento por los Derechos Civiles y el magnicidio que revela la presencia de un poder detrás del poder. Una época, en suma, de cambios sísmicos para la sociedad estadounidense.

Esa sociedad tiene a su delegado en los créditos iniciales de Mad Men: un hombre que cae de un rascacielos para atravesar un imperio de signos que promueven hábitos de consumo y evocar el vértigo explorado por Alfred Hitchcock. Es justo la impronta hitchcockiana lo que da mayor realce a las vidas cruzadas de la serie: tras su fachada de objetos de vitrina, las mujeres nutren corrientes secretas donde se agitan manías y frustraciones, el ennui urbano y la sexualidad a punto de deshacerse de sus ataduras para retribuir el frenesí carnal masculino. Los hombres de Mad Men se lanzan en picada sin saber que allá abajo, donde Ella Fitzgerald canta “Manhattan”, los espera la historia con sus huestes femeninas en busca de liberación.


El reloj ubicuo

Múltiples páginas en internet dan fe de la ubicuidad del Rolex anacrónico de Ben-Hur: Rome, The Tudors y Mad Men –sobre todo las dos primeras– están plagadas de imprecisiones históricas y licencias dramáticas que minan la verosimilitud del relato y falsean la realidad. Por supuesto: ¿de qué otro modo sino a través de licencias dramáticas se podrían reconstruir la Roma de los Césares y la Inglaterra de los Tudor para insertarlas en narraciones ágiles y atractivas a ojos del espectador que no conoce los clásicos latinos ni la obra de los especialistas en el siglo XVI? Y más aún: ¿cómo no falsear la realidad, primordialmente a través del dispositivo dialogístico, si contamos con un registro parcial del habla de esas épocas en que no existían medios mecánicos –léase grabadoras o cámaras– para consignarla con fidelidad? Ahí están las fuentes escritas, sí, y queda claro que los creadores de estas series las han consultado. No obstante, resultaría tedioso en términos estrictamente narrativos que los personajes se expresaran como en un discurso de Cicerón o una bula de Paulo III. La Historia con mayúscula siempre se ha prestado para ser reinterpretada por las historias con minúscula.

Lo que el grueso de las críticas soslaya es la aportación de Rome y The Tudors al género histórico. Mientras que la primera observa la historia de lado, desde el margen ocupado por plebeyos que sin embargo tienen una participación central en los hechos, la segunda aborda la historia de frente, desde la perspectiva de los protagonistas que la forjaron. Son series que ofrecen visiones complementarias: si Rome nos conduce de la plaza pública al interior del senado, The Tudors nos invita a conocer la sala del trono donde se toman las decisiones que acabarán por afectar al pueblo. Mad Men elige otra estrategia: la historia constituye el telón de fondo ante el que se agitan criaturas que ignoran hasta qué punto serán marcadas por los giros de su tiempo. Si en las tres aparece el Rolex de Ben-Hur, confieso que no lo he advertido: o el tictac de sus manecillas se ha acallado con la magia de la tecnología, o mi incredulidad se ha vuelto a suspender pese a mi reticencia.





en Letras Libres, octubre 2009












viernes, enero 22, 2010

" 'Todos para uno y uno para todos'. Algunos principios comunarios", de Peter Linebaugh




La solidaridad humana, tal como se expresa en la consigna “todos para uno y uno para todos” es el fundamento de la gestión de y la participación en los bienes comunes. En la sociedad capitalista, ese principio se consiente en juegos infantiles y en el combate militar. Fuera de eso, y tributos hipócritas al margen, sólo asoma en la lucha contra el capitalismo, o, como observa Rebecca Solnit, en los grandes desastres: incendios, inundaciones, terremotos.

La actividad “comunaria” se desarrolla a través del trabajo con otros recursos; no hay aquí división entre los “recursos del trabajo” y los “naturales”. Al contrario: el trabajo es lo que crea cualquier cosa como recurso, y es merced a los recursos que la colectividad del trabajo sale adelante. Como acción, se entiende mejor como verbo –poner en común— que como substantivo – “recurso en común”—. Tanto la “hipótesis de Gaya” de Lovelock como el ambientalismo de Rachel Carson fueron intentos de restaurar esa perspectiva.

La actividad “comunaria” es primaria en la vida humana. Los académicos solían hablar de “comunismo primitivo”. “Bienes comunes primarios” traduce más claramente la experiencia. Raramente ha existido una sociedad sobre la Tierra que no haya tenido en su núcleo bienes comunes; la mercancía, con su individualismo y privatización, estaba estrictamente confinada en los márgenes de la comunidad en la que unas severas regulaciones castigaban a los violadores.
La actividad “comunaria” empieza en la familia. La cocina, en donde se encuentran producción y reproducción y en donde se negocian las energías entre sexos y entre generaciones. Las decisiones capitales en punto a compartir tareas, distribuir el producto, crear el deseo y mantener la salud, se toman por lo pronto en ella.

La actividad “comunaria” es histórica. Las “comunas aldeanas” de la tradición legada por los ingleses, como la commune francesa del pasado revolucionario, son restos procedentes de esa historia, y nos recuerdan que, a pesar de etapas destructivas, partes de ella han sobrevivido, aun si de manera distorsionada, como en los sistemas de bienestar, e incluso antagónica, como en la comunidad residencial vallada y cerrada o en la gran superficie comercial de venta al detalle.

La actividad “comunaria” ha tenido siempre un significado espiritual que se ha expresado compartiendo comida o bebida, en usos arcaicos derivados de prácticas monásticas o en el reconocimiento del habitus sagrado. La teofanía, la manifestación del principio divino, se colige del mundo físico y de sus criaturas. En la América del Norte –en la “isla de la tortuga”— los indígenas mantienen ese principio.

Los bienes comunes son la antítesis del capital. Los “comunarios”, la cosa no ofrece duda, son pugnaces, pero en las comunas no hay lucha de clases. Desde luego que el capital puede surgir de las comunas, cuando una parte de ellas es secuestrada y usada contra el resto. Eso empieza con relaciones anti-igualitarias entre los que tienen menos y los que tienen más. Los medios de producción se convierten en la vía de destrucción, y la expropiación lleva a la explotación, a la división entre los que tienen más y los que tienen menos. El capital ridiculiza las comunas mediante usos ideológicos de la filosofía, la lógica y la teoría económica, coincidentes en asegurar que los bienes en común son o imposibles o trágicos. Las figuras retóricas de esos argumentos dependen de fantasías de destrucción –el desierto, el bote salvavidas, la cárcel—. Y siempre parten de ese axioma tan expresivo de la apuesta del capital por la eternidad: la a-histórica “naturaleza humana”.

Los valores “comunarios” deben enseñarse y renovarse, continuamente. Los tribunales antiguos resolvían disputas dimanantes del exceso de uso; el panchayat en la India hacía –y a veces sigue haciéndolo— lo mismo, al modo como se supone que funciona un comité de agravios en una fábrica; el jurado de pares es un vestigio de la actividad de determinar qué es un crimen y quién es el criminal. Volver a poner al “vecino” en su “sitio”, como se dice en Detroit, lo mismo que en las asambleas de Oaxaca.

La actividad “comunaria” ha sido siempre local. Para el mantenimiento de sus normas, depende de la costumbre, de la memoria y de la transmisión oral, más que de la ley, de la policía o de los medios de comunicación. Mucho tienen que ver con eso la independencia de las comunas respecto de los gobiernos y de la autoridad estatal. El “estado centralizado” se construyó a partir de ella. Es, por así decirlo, su “condición preexistente”. Por lo tanto, la actividad “comunaria” no es lo mismo que el comunismo de la URSS.

Los bienes comunes son invisibles hasta que se pierden. El agua, el aire, la tierra, el fuego: las substancias históricas de la subsistencia; la física arcaica sobre la que se construyó la metafísica. Incluso después de que la tierra empezara a ser mercantilizada durante la Edad Media inglesa todavía se escribían cosas como ésta:

Pero comprar agua o viento o alegría o fuego, el cuarto,/ Esos cuatro los formó el Padre de los Cielos para esta Tierra en común;/ Y son tesoros de la Verdad para ayudar a las gentes de verdad.

Distinguimos entre “lo común” y “lo público”. Entendemos lo público en contraste con lo privado, y entendemos la solidaridad común en contraste con el egotismo individual. Los bienes comunes han sido siempre un elemento de la producción humana, incluso cuando el capitalismo se adueñó de las reservas o abatió las leyes. El jefe puede hablar de “negocios”, pero nada se hace sin respeto. De lo contrario, el resultado es sabotaje y estropicio.

La actividad “comunaria” es exclusiva en la medida en que exige participación. Hay que entrar en ella. En los altos pastos para el rebaño, como en la luz de la pantalla del computador, la riqueza de conocimiento o el bien real de mano y cerebro precisan el gesto y la actitud del trabajo de consumo. Por eso no hablamos ni de derechos ni de obligaciones como de cosas separadas.

El pensamiento humano no puede florecer sin tangencia con la actividad “comunaria”. De aquí la Primera Enmienda, que vincula los derechos de expresión, de reunión y de petición. Basta un momento de reflexión para ver la interacción entre esas tres actividades que van del murmullo solitario a la elocuencia poética y a la transformación del mundo, o:
¡Bing! ¡Bing! Encenderse la bombilla de una idea/ ¡Buzz! ¡Buzz! Comentarla con vecinos y colegas/ ¡Pod! ¡Pod! Decir la verdad al poder.











en sinpermiso.org
Traducción para ese sitio de María Julia Bertomeu










jueves, enero 21, 2010

“Johnny cogió su fusil”, de Dalton Trumbo*

Fragmento




Cuando los ejércitos comiencen a moverse y las banderas ondeen y los slogans sean vociferados, ten cuidado muchacho porque son las castañas de alguien más quemándose en el fuego, no las tuyas. Son sus palabras por las que estás luchando y no estás haciendo un trato honesto, tu vida por algo mejor. Estás siendo noble y después que te maten el motivo por el que entregaste tu vida no te hará ningún bien y posiblemente no hará bien a nadie más tampoco.

Tal vez esa sea una mala forma de pensar. ¿Existen muchos idealistas por ahí que dirán que hemos caído tan bajo que nada es más precioso que la vida? Seguro que existen ideales dignos de luchar por ellos y hasta de morir por ellos. De no ser así somos peores que las bestias del campo y nos hemos hundido en la barbarie. Entonces dirás, eso está bien, seamos bárbaros con tal de no tener guerra. Tú mantén tus ideales mientras a mí no me cueste la vida. Y ellos dirán, pero seguro que la vida no es más importante que los principios. ¿Qué diablos son los principios? Nómbralos y quédatelos.

Siempre podrás escuchar a la gente que está dispuesta a sacrificar la vida de alguien más. Son muy ruidosos y hablan todo el tiempo. Los puedes encontrar en las iglesias y escuelas, en los diarios y las legislaturas y los congresos. Ese es su negocio. Ellos suenan maravilloso. Muerte antes que el deshonor. Esta tierra está santificada por la sangre. Estos hombres murieron en la gloria.

No deben haber muerto en vano. Nuestra muerte es noble.

¿Pero que dijeron los muertos? ¿Ha regresado alguno de la muerte? ¿Siquiera uno sólo de los millones que murieron, alguno de ellos regresó y dijo en nombre de Dios, estoy contento de estar muerto porque la muerte es siempre mejor que el deshonor? ¿Dijeron estar contentos de morir por hacer un mundo más seguro para la democracia? ¿Dijeron, me gusta más la muerte que perder la libertad? ¿Alguno de ellos dijo, es bueno pensar que me volaron las entrañas por el honor de mi país? ¿Alguno de ellos dijo, mírenme estoy muerto pero morí por la decencia y eso es mejor que estar vivo? ¿Alguno de ellos dijo, aquí estoy y me he estado pudriendo dos años en una tumba extranjera, pero es maravilloso morir por la patria? ¿Alguno de ellos dijo, ¡viva, morí como un hombre y estoy feliz, miren como canto aunque mi boca se atraganta con lombrices!?

Nadie sino los muertos saben si todas estas cosas de las que la gente habla son dignas de morir por ellas. Y los muertos no pueden hablar. Así que las palabras sobre muertes nobles y sangre sagrada y honor y demás están puestas en los labios de los muertos por los ladrones de tumbas y los mentirosos que no tienen ningún derecho de hablar por ellos. Si un hombre dice ‘muerte antes que deshonor’ es un tonto o un mentiroso porque él no sabe lo que es estar muerto. Porque no es capaz de juzgar. Él sólo sabe sobre la vida. Él no sabe nada sobre morir. Si él es un tonto y cree en la muerte antes que el deshonor, déjalo ir por delante y que muera. Pero a todos los jóvenes que están muy ocupados en la pelea deberían dejarlos tranquilos. Y a todos los que dijeron que muerte antes de deshonor era pura tontería, que lo importante es la vida antes que la muerte, deberían dejarlos en paz también. Porque los que dicen que la vida no es digna de ser vivida sin ideales tan importantes que estés dispuesto a morir por ellos, están todos locos. Y los que dicen ya verás, llegará un tiempo en el que no puedas escapar y tendrás que luchar y morir porque de eso dependerá tu propia vida, ellos también están locos. Están hablando como ignorantes. Están diciendo que dos y dos no suman nada. Están diciendo que un hombre tiene que morir para proteger su vida. Si aceptas pelear, aceptas morir. ¿Ahora, si mueres para proteger tu vida, no estás vivo de cualquier forma, así que dónde está el sentido en eso? Un hombre no dice ‘dejaré de comer hasta morir para librarme del hambre’. No dice ‘gastaré todo mi dinero para ahorrar dinero’. No dice ‘quemaré mi casa para librarla del fuego’. ¿Por qué entonces deberíamos desear morir por el privilegio de vivir? Debería existir tanto sentido común sobre la vida y la muerte como lo existe para ir a la tienda y comprar un pedazo de pan.

[...]

No existe nada noble al morir. Ni siquiera cuando mueres por honor. Ni siquiera cuando mueres como el mayor héroe que el mundo haya visto. Ni siquiera cuando eres tan grande que tu nombre nunca será olvidado. Lo más importante es la vida, muchachos. No los dejen burlarse más. No pongan atención cuando les den palmadas en los hombros y les digan, ven con nosotros, tenemos que pelear por la libertad o cualquier palabra que usen, porque siempre hay una palabra.

Sólo digan, señor lo siento, no tengo tiempo para morir, estoy muy ocupado, y después den la vuelta y corran como si el diablo los siguiera. Si ellos dicen cobarde, no presten atención, porque su trabajo es vivir y no morir. Si ellos hablan sobre morir por los ideales que son más grandes que la vida, ustedes le contestan, señor usted es un mentiroso. Nada es más grande que la vida. No hay nada noble en la muerte. Qué hay de noble en yacer en la tierra y pudrirse. Qué hay de noble en no volver a ver la luz del sol. Qué hay de noble en que te vuelen las piernas y los brazos. Qué hay de noble en ser un idiota. Qué hay de noble en ser ciego y sordo e ignorante. Qué hay de noble en estar muerto. Porque cuando esté muerto, señor, todo se habrá acabado. Ese es el fin. Será menos que un perro, menos que una rata, menos que una abeja, que una araña, que un gusano blanco arrastrándose en un depósito de estiércol. Usted está muerto señor y murió por nada. Usted está muerto señor. Muerto.





en Johnny got his gun, 1939





* Dalton Trumbo (1905–1976). Fue un novelista, guionista y director de cine estadounidense perseguido por el macarthismo por sus ideas políticas por lo que tuvo que trabajar frecuentemente con pseudónimos. Entre sus películas destaca Johnny cogió su fusil y el guión de Espartaco. Con la película The brave one, que firmó con el pseudónimo de Robert Rich, consiguió el Oscar al Mejor Guión en 1957, pero al estar su nombre real vetado por la industria no pudo recogerlo. Finalmente el premio le fue entregado el 2 de mayo de 1975. Murió de un ataque al corazón a la edad de 71 años. (Fuente: Wikipedia).












miércoles, enero 20, 2010

"La pelota como bandera", de Eduardo Galeano





En el verano de 1916, en plena guerra mundial, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. El capitán Nevill saltó del parapeto que lo protegía, y corriendo tras la pelota encabezó el asalto contra las trincheras alemanas. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió. El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra.

Muchos años después, ya en los fines del siglo, el dueño del club Milan ganó las elecciones italianas con una consigna, Forza Italia!, que provenía de las tribunas de los estadios. Silvio Berlusconi prometió que salvaría a Italia como había salvado al Milan, el súperequipo campeón de todo, y los electores olvidaron que algunas de sus empresas estaban a la orilla de la ruina.

El fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad. La escuadra italiana ganó los mundiales del .34 y del .38 en nombre de la patria y de Mussolini, y sus jugadores empezaban y terminaban cada partido vivando a Italia y saludando al público con la palma de la mano extendida.

También para los nazis, el fútbol era una cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Le habían advertido:
- Si ganan mueren.

Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó el partido.

Fútbol y patria, fútbol y pueblo: en 1934, mientras Bolivia y Paraguay se aniquilaban mutuamente en la guerra del Chaco, disputando un desierto pedazo de mapa, la Cruz Roja paraguaya formó un equipo de fútbol, que jugó en varias ciudades de Argentina y Uruguay y juntó bastante dinero para atender a los heridos de ambos bandos en el campo de batalla.

Tres años después, durante la guerra de España, dos equipos peregrinos fueron símbolos de la resistencia democrática. Mientras el general Franco, del brazo de Hitler y Mussolini, bombardeaba a la república española, una selección vasca recorría Europa y el club Barcelona disputaba partidos en Estados Unidos y en México. El gobierno vasco envió al equipo Euzkadi a Francia y a otros países con la misión de hacer propaganda y recaudar fondos para la defensa. Simultáneamente, el club Barcelona se embarcó hacia América. Corría el año 1937, y ya el presidente del club Barcelona había caído bajo las balas franquistas. Ambos equipos encarnaron, en los campos de fútbol y también fuera de ellos, a la democracia acosada.

Sólo cuatro jugadores catalanes regresaron a España durante la guerra. De los vascos, apenas uno. Cuando la República fue vencida, la FIFA declaró en rebeldía a los jugadores exiliados, y los amenazó con la inhabilitación definitiva, pero unos cuantos consiguieron incorporarse al fútbol latinoamericano. Con varios vascos se formó, en México, el club España, que resultó imbatible en sus primeros tiempos. El delantero del equipo Euzkadi, Isidro Lángara, debutó en el fútbol argentino en 1939. En el primer partido metió cuatro goles. Fue en el club San Lorenzo, donde también brilló Ángel Zubieta, que había jugado en la línea media de Euzkadi. Después, en México, Lángara encabezó la tabla de goleadores de 1945 en el campeonato local.

El club modelo de la España de Franco, el Real Madrid, reinó en el mundo entre 1956 y 1960. Este equipo deslumbrante ganó al hilo cuatro copas de la Liga española, cinco copas de Europa y una intercontinental. El Real Madrid andaba por todas partes y siempre dejaba a la gente con la boca abierta. La dictadura de Franco había encontrado una insuperable embajada ambulante. Los goles que la radio transmitía eran clarinadas de triunfo más eficaces que el himno Cara al sol. En 1959, uno de los jefes del régimen, José Solís, pronunció un discurso de gratitud ante los jugadores, «porque gente que antes nos odiaba, ahora nos comprende gracias a vosotros». Como el Cid Campeador, el Real Madrid reunía las virtudes de la Raza, aunque su famosa línea de ataque se parecía más bien a la Legión Extranjera. En ella brillaba un francés, Kopa, dos argentinos, Di Stéfano y Rial, el uruguayo Santamaría y el húngaro Puskas.

A Ferenk Puskas lo llamaban Cañoncito Pum, por las virtudes demoledoras de su pierna izquierda, que también sabía ser un guante. Otros húngaros, Ladislao Kubala, Zoltan Czibor y Sandor Kocsis, se lucían en el club Barcelona en esos años. En 1954 se colocó la primera piedra del Camp Nou, el gran estadio que nació de Kubala: el gentío que iba a verlo jugar, pases al milímetro, remates mortíferos, no cabía en el estadio anterior. Czibor, mientras tanto, sacaba chispas de los zapatos. El otro húngaro del Barcelona, Kocsis, era un gran cabeceador. Cabeza de oro, lo llamaban, y un mar de pañuelos celebraba sus goles. Dicen que Kocsis fue la mejor cabeza de Europa, después de Churchill.

En 1950, Kubala había integrado un equipo húngaro en el exilio, lo que le valió una suspensión de dos años, decretada por la FIFA. Después, la FIFA sancionó con más de un año de suspensión a Puskas, Czibor, Kocsis y otros húngaros que habían jugado en otro equipo en el exilio desde fines de 1956, cuando la invasión soviética aplastó la resurrección popular.

En 1958, en plena guerra de la independencia, Argelia formó una selección de fútbol que por primera vez vistió los colores patrios. Integraban su plantel Makhloufi, Ben Tifour y otros argelinos que jugaban profesionalmente en el fútbol francés.

Bloqueada por la potencia colonial, Argelia sólo consiguió jugar con Marruecos, país que por semejante pecado fue desafiliado de la FIFA durante algunos años, y además disputó unos pocos partidos sin trascendencia, organizados por los sindicatos deportivos de ciertos países árabes y del este de Europa. La FIFA cerró todas las puertas a la selección argelina y el fútbol francés castigó a esos jugadores decretando su muerte civil. Presos por contrato, ellos nunca más podrían volver a la actividad profesional.

Pero después Argelia conquistó la independencia y el fútbol francés no tuvo más remedio que volver a llamar a los jugadores que sus tribunas añoraban.













en El fútbol a sol y sombra, 1995














martes, enero 19, 2010

“Nuestro ideario”, de Errico Malatesta







No vamos a repetir nada nuevo. La propaganda no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos principios que deben servirnos de guía en la conducta que hemos de seguir en las varias contingencias de la vida.

Expondremos, pues, con palabras más o menos diferentes, pero con un fondo constante, nuestro socialismo-anarquista revolucionario.

Creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala organización social y que los hombres, queriendo y sabiendo, pueden destruirlos.
La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían haber obtenido de la cooperación y de la solidaridad, viendo en todos sus semejantes -excepto en los más cercanos a ellos por el vínculo de la sangre- competidores y nada más que competidores, cuando no enemigos, han procurado acaparar, cada uno para sí, la mayor cantidad posible de goces sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente, debían salir vencedores los más fuertes o los más afortunados, sometiendo y oprimiendo a los vencidos de modos diversos y múltiples.
Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no pudieron hacer otra cosa que matar al vencido y apoderarse de los productos por éste cosechados.

Más tarde, cuando con el descubrimiento del pastoreo y de la agricultura un hombre pudo ya producir más de lo que necesitaba para vivir, los vencedores encontraron más ventajas en reducir a los vencidos a la esclavitud y hacerles producir para ellos, para los “dueños”.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: el de retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, no teniendo ya medios para vivir, se veían obligados a recurrir a los propietarios y a trabajar para éstos en las condiciones que éstos imponían.

De este modo, poco a poco, gradualmente, a través de una red complicadísima de luchas de todo género -invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa- se ha llegado al estado actual de la sociedad, en el cual unos cuantos hombres poseen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran mayoría de los individuos, desheredada de todo, se ve oprimida y explotada.

De este estado de cosas depende la situación miserable en que generalmente se encuentran los trabajadores y, además, todos los males que de la miseria se derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria física, abnegación moral y muertes prematuras. De este estado de cosas depende la constitución de una clase especial -el gobierno- que, provista de medios materiales de represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, sirviéndose además de esta fuerza para crearse para sí ciertos privilegios y para someter, cuando puede, hasta a la misma clase propietaria. De este estado de cosas depende que otra clase -el clero- se haya convertido en la ayuda más eficaz para la perpetuación de la injusticia, ya que procura persuadir a los oprimidos para que soporten dócilmente al opresor, trabajando de paso, como la clase gubernamental, al propio tiempo que por el interés de los propietarios, por sus propios intereses. De este estado de cosas depende la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir al interés de los dominadores, la negación de la verdadera ciencia. De este estado de cosas depende el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y la paz armada, más desastrosa que todas las guerras. De este estado de cosas depende el amor convertido en tormento o en objeto vil de mercado. De este estado de cosas depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza, la incertidumbre y el miedo que reina en las relaciones de todos los hombres.

Este estado de cosas es el que nosotros, anarquistas, queremos cambiar radicalmente. Puesto que todos esos males que hemos mencionado son consecuencia de la lucha entre los hombres, de esa búsqueda del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todos, queremos remediarlos sustituyendo al odio con el amor, a la competencia con la solidaridad, a la búsqueda exclusiva del propio bienestar con la cooperación fraterna para el bienestar de todos, a la opresión y la imposición con la libertad, a la mentira, cualquiera que sea su índole, religiosa o seudocientífica, con la verdad.

Para realizar ese cambio, creemos preciso proceder a:

1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y de los instrumentos de trabajo, con el fin de que nadie pueda tener el modo de vivir explotando el trabajo ajeno y de que, teniendo todos los hombres garantizados los medios de producir y de vivir, puedan ser verdaderamente independientes y puedan asociarse con los demás libremente, conforme a las propias simpatías y con el propósito de colaborar en el interés de todos.

2. Abolición del gobierno y de todo poder que pueda dictar leyes e imponerlas a los demás, es decir abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentos, de los ejércitos, de los policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos.

3. Organización de la vida social mediante la obra de asociaciones libres, de federaciones de productores y de consumidores, hechas y edificadas a tenor de la voluntad de sus componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, vencido el hombre por el sentimiento de la misma necesidad inevitable, voluntariamente se somete.

4. Garantizar, señaladamente, los medios de vida, desarrollo y bienestar de los niños y de todos los que no estén en estado de proveerse sus necesidades.

5. Hacer la guerra a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia y procurar la instrucción científica, hasta en su más elevado grado, para todos los hombres.

6. Acabar con el patriotismo, aboliendo las fronteras y trabajando por la confraternización de todos los pueblos.

7. Reconstituir la familia de modo que resulte de la práctica del amor, libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, de todo prejuicio religioso.

Estos son los remedios que ofrece nuestro ideal. Estos son los remedios que deseamos ver realizados.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdaderamente se quiere obtenerla, es necesario emplear los medios adecuados para su realización. Estos medios existen, sin duda, y no son, de ningún modo, arbitrarios. Se derivan, naturalmente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en las que se lucha, de modo que, si no nos engañamos en su elección, llegaremos a los fines que nos proponemos. Si llegamos a otro fin, opuesto al que deseamos, ello obedecerá, como consecuencia natural, necesariamente a que los medios escogidos no eran los adecuados. El que se pone en camino y se equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorre.








en Malatesta, vida e ideas, 1975












lunes, enero 18, 2010

"La Internacional", de Eugéne Pottier y Pierre de Geyter





Arriba los pobres del mundo
de pie los esclavos sin pan
y gritemos todos unidos:
¡Viva la Internacional!

Removamos todas las trabas
que nos impiden nuestro bien,
cambiemos el mundo de base
hundiendo al imperio burgués.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzen los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
¡Y se alzen los pueblos con valor
por la Internacional!

El dia que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni hambrientos habrá,
la Tierra será el paraíso
de toda la Humanidad.

Que la tierra dé todos sus frutos
y la dicha en nuestro hogar,
el trabajo es el sostén que a todos
de la abundancia hará gozar.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzen los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
¡Y se alzen los pueblos con valor
por la Internacional!











Letra: Eugéne Pottier, 1871
Música: Pierre de Geyter, 1888















domingo, enero 17, 2010

Carta a Lyndon B. Johnson, de Ho Chi Min






A su excelencia Lyndon B. Johnson
Presidente de los Estados Unidos de América

Excelencia:

Recibí su mensaje el día 10 de febrero de 1967. Ésta es mi respuesta.

Vietnam se encuentra a miles de kilómetros de Estados Unidos. Los vietnamitas nunca han hecho ningún daño a EE.UU., pero EE.UU. ha intervenido de forma continua en Vietnam, en abierta contradicción con las promesas realizadas por su representante en la Conferencia de Ginebra de 1954, y ha intensificado la agresión militar contra Vietnam del Norte para prolongar la división de nuestro país y convertir a Vietnam del Sur en una colonia y en una base militar. Desde hace dos años, el gobierno de Estados Unidos mantiene una guerra contra la República Democrática de Vietnam, un país independiente y soberano, con el apoyo de sus fuerzas aéreas y navales.

El ejército de Estados Unidos ha cometido crímenes de guerra, crímenes contra la paz y contra la humanidad. En Vietnam del Sur, medio millón de soldados de EE.UU. y de sus aliados utilizan el armamento más inhumano y las estrategias militares más bárbaras posibles. Usan napalm, armas químicas tóxicas y gas para masacrar a nuestros compatriotas, destruir las cosechas y arrasar pueblos enteros. Miles de aviones de EE.UU. han arrojado cientos de miles de toneladas de bombas sobre Vietnam del Norte, destruyendo ciudades, pueblos, industrias y colegios.

En su mensaje parece lamentar el sufrimiento y la destrucción que sufre Vietnam. Permítame entonces que le pregunte quién ha cometido esos monstruosos delitos. Ha sido Estados Unidos, y sus aliados. El gobierno de Estados Unidos es el único responsable de la gravísima situación que se vive en Vietnam.

La agresión militar de EE.UU. contra el pueblo de Vietnam constituye un desafío a todos los países, una amenaza para el movimiento de independencia nacional y un grave peligro para la paz en Asia y en el resto del mundo.

Los vietnamitas aman profundamente la independencia, la libertad y la paz. Pero se han levantado como un solo hombre ante la agresión de Estados Unidos, sin temor a los sacrificios ni a las penalidades. Están decididos a seguir resistiendo hasta conseguir la verdadera independencia, la libertad y la paz. Nuestra justa causa despierta el apoyo y un fuerte sentimiento de solidaridad entre los ciudadanos de todo el mundo, incluidos muchos sectores de la sociedad estadounidense.

El gobierno de Estados Unidos ha desatado una guerra contra Vietnam y la agresión debe cesar. Es la única forma de restaurar la paz. El gobierno de Estados Unidos debe detener sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam, definitiva e incondicionalmente. Debe retirar de Vietnam del Sur a todas sus tropas, propias y aliadas; reconocer al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur, y permitir que sean los ciudadanos vietnamitas quienes solucionen sus propios asuntos.

Esta es la base de los cinco puntos que mantiene el gobierno de la República Democrática de Vietnam, y que incluyen los principios esenciales de los Acuerdos de Ginebra de 1954 sobre Vietnam. Es la base de una solución política adecuada al problema de Vietnam.

En su mensaje sugería el establecimiento de conversaciones directas entre la República Democrática de Vietnam y Estados Unidos. Si el gobierno de EE.UU. desea realmente dialogar, debe detener en primer lugar y de forma incondicional sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam. Sólo después de un cese incondicional de los bombardeos y de todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam, podrán los dos países iniciar conversaciones y dialogar sobre las cuestiones que nos afectan.

Los vietnamitas no se rendirán nunca ante la agresión, y no aceptarán conversaciones bajo la amenaza de las bombas.

Nuestra causa es absolutamente justa. Sólo cabe esperar que el gobierno de Estados Unidos actúe de forma racional.

Atentamente, Ho Chi Min






15 de febrero de 1967












sábado, enero 16, 2010

"Discurso ante el pueblo de Santiago el 22 de junio de 1973", de Salvador Allende

Fragmentos



Trabajadores de Chile;
Queridas compañeras y estimados compañeros;
Compañeros dirigentes nacionales de la Central Única de Trabajadores
y de la Confederación de Trabajadores del Cobre;
Compañeros y amigos dirigentes de los partidos integrantes de la Unidad Popular:



¡Aquí está el pueblo! ¡Aquí late el corazón de Chile, porque es el corazón del pueblo! ¡Aquí se siente la historia! ¡Aquí estamos afianzando nuestro derecho a construir un porvenir de justicia y libertad, de abrirnos paso hacia el socialismo! ¡Jamás en la historia de Chile el pueblo estuvo más combativo y presente!

Aquí no sólo está la presencia física, sino la voluntad revolucionaria, responsable, consciente de cientos de miles, de más de medio millón de santiaguinos, que como a lo largo de la patria y en otras provincias están diciendo, en su lenguaje duro de trabajador, que no permitirán que la insolencia fascista avance en nuestra patria. Aquí ha habido lágrimas de alegría y lágrimas de trabajo y piedra. Aquí está la patria en el crisol esperanzado de su decisión revolucionaria. ¡Aquí estamos para decir que nada ni nadie impedirá que avancemos en el mandato histórico de hacer efectiva y real la independencia económica de Chile y su plena soberanía!

Nos reunimos los que defendemos a nuestra patria, los que construyen y seguirán haciéndolo, los que anhelan afianzar y ampliar nuestra democracia y vitalizar el proceso revolucionario nuestro. Están aquí y han parado las faenas las industrias, las usinas, las empresas, los servicios públicos, parte de los hospitales, para expresar su solidaridad con los trabajadores de El Teniente que está laborando en este instante para reafirmar una vez más su decisión de lealtad al pueblo de Chile y al Gobierno Popular de ellos. (Aplausos.)
...
En su tenebrosa desesperación, en algunos titulares de los diarios se dice también que este acto extraordinario, sin precedentes, está destinado a hacer una advertencia a las Fuerzas Armadas, a las Fuerzas de Carabineros e Investigaciones de que el pueblo seguirá adelante. Se engañan. No puede ser ese el contenido de este acto. Una vez más mistifican y mienten, Chile sabe que por tradición y por historia las Fuerzas Armadas de la patria jamás utilizarán las armas que el pueblo les ha entregado, contra el propio pueblo. (Aplausos)

Ésta es una expresión de protesta y rebeldía. Una concentración masiva como nunca antes la hubiera, contra los que buscan el caos y el desorden como táctica política para defender el sistema capitalista que tantos privilegios y granjerías le dieran a un sector reducido de nuestros conciudadanos. Este acto es una expresión muy clara contra los fascistas y contra aquellos que consciente o inconscientemente, colaboran con ellos.

Contra aquellos que destruyen por destruir, contra aquellos que siguen haciendo lo que empezaron antes de las elecciones presidenciales del año 1970, contra los que del 4 de septiembre al 3 de noviembre utilizaron el ataque directo, el sabotaje, la dinamita para impedir que el pueblo fuera Gobierno, contra los que llegaron —y hay que decirlo para que se sepa lo que eso significa— hasta el asesinato del comandante en jefe del Ejército general René Schneider. Son los mismos. Son los de siempre. Son los que hace pocas horas atentaron contra el edificio de la cultura, que lleva el nombre de la gran poetisa inmortal Gabriela Mistral. Ese es el símbolo del fascismo, el odio a la inteligencia y a la cultura, son aquellos que en estos días han desatado una acción vandálica. (...)
...
He reseñado frente al pueblo estos hechos, ante la conciencia de Chile, para que se vea quiénes desatan la violencia, el terrorismo. Quiénes usan la dinamita y los explosivos. Reafirmo aquí, como lo dijera en pleno Congreso Nacional cuando leyera la parte política del mensaje: Como Presidente de la República, como militante del Partido Socialista y de la lucha social, ¡combatiré implacablemente al fascismo, penetraremos en sus madrigueras, aplastaremos su insolencia, defenderemos a Chile, compañeros!

Pero sepan, con la unidad combativa del pueblo, con la decisión de las Fuerzas Armadas y de Orden —que tienen que acatar par mandato histórico la Constitución y la Ley— levantaremos una barrera infranqueable a las turbias maniobras de los fascistas y las reaccionarios que los apoyan.

Sí camaradas, reafirmo el grito de ustedes, «luchando y creando poder popular», pero poder del pueblo, ¡no poder popular separado del Gobierno del pueblo! Ésta es una demostración contra los que buscan la guerra civil, contra los que colaboran con los bastardos intereses imperialistas contrarios a Chile.

Se ha dicho que éste es un paro del patrón Estado, que hemos obligado a los trabajadores a venir. Como no conocen a los trabajadores, con qué derecho los injurian y los calumnian. Aquí han venido ustedes —repito— en el número más grande de concurrencias que jamás tuviera un acto público, a pesar de que la movilización colectiva particular paró, lo que ha impedido que miles y miles de compañeros y compañeras que viven en las poblaciones marginales estén aquí, en el centro de Santiago. Están lejos materialmente, pero están con ustedes, con voluntad de combate dispuestos a vencer, camaradas.

Han dicho que soy responsable del orden de Santiago. Hoy día los mismos que callan los atentados que he leído, que silencian las maniobras tenebrosas del fascismo, dicen que hoy yo soy el responsable del orden. ¡Hoy día! Sí, soy el responsable del orden. Y lo soy sin tener que movilizar un número crecido, extraordinario, de las fuerzas de Carabineros e Investigaciones. El orden lo mantiene el pueblo, lo mantienen ustedes, porque dan la señal y la demostración que nunca han entendido. El pueblo no quiere la violencia. No la necesita. Nunca hubo un acto nuestro en que destruyéramos un vidrio, abolláramos un automóvil o nos lanzáramos contra un edificio. Pero que lo sepan, en la tranquilidad del pueblo, en su presencia responsable está la gran reserva. Que lo entiendan de una vez por todas: si desatan la violencia contrarrevolucionaria, utilizaremos las fuerzas que tiene el Estado y las fuerzas de refuerzo del pueblo:
...
Por eso, compañeros, es que hay que pensar. El diario [El Mercurio] que forma parte de una empresa comercial e industrial, que pertenece a un hombre que arrancó de Chile al día siguiente de la victoria del 4 de septiembre: a un hombre que está empleado como vicepresidente ejecutivo de la Pepsi-Cola. Buen puesto encontró, y muy apropiado a sus condiciones.

Pues bien, esto debe entenderlo el país. Ese es el diario que día a día, minuto a minuto, siembra el odio desfigurando la imagen de este Gobierno, haciendo creer que aquí las hordas marxistas son las que mandan, que el régimen es totalitario, que el Presidente de la República es un prisionero del Partido Comunista.

Ni siquiera cuando estuvieron las Fuerzas Armadas en el gabinete de noviembre dejaron de motejar a este Gobierno de marxista, para crear una imagen distorsionada de lo que somos y lo que seremos. El pueblo debe entender entonces que un hombre arrancado de Chile, era presidente de un banco, que la Contraloría General de la República tuvo que cursar el decreto de liquidación de este banco que estafó en 7 millones de dólares a bancos americanos. Esa es la manera de actuar. A través de ese diario lanzan la panacea, el pensamiento, la agresividad, la lucha contra ustedes y contra nosotros.

Pues bien, que lo sepan. Nada ni nadie va a detener la fuerza consciente, disciplinada, de los trabajadores de Chile. Y si aceptamos que procedan como lo hacen es porque hemos dicho que somos respetuosos de la Constitución y la ley. Pero les advierto que no prosigan, porque bien lo dijo Godoy, desatada la violencia no van a escapar ellos al justo castigo del pueblo. Ellos pretenden la guerra civil. Nosotros queremos evitarla, no por temor, sino porque sabemos que la guerra civil destruye la economía de un país, quiebra la convivencia social, lanza amigos contra amigos, padres contra hijos, hermanos contra hermanos. No por temor, sino por conciencia, por responsabilidad, por patriotismo, por sentido humano, por convicción revolucionaria. ¡Derrotaremos a los que pretenden la guerra civil y aplastaremos a los fascistas! (Aplausos)
...
Por eso es que ellos maniobran de tal manera. Y el pueblo debe entenderlo. Anhelan encontrar una crisis del Estado. Su primera manifestación está en proceder de tal manera, que haya enfrentamiento entre los poderes públicos. El Congreso es la barricada desde donde han actuado para maniatar al Gobierno Popular e impedir que cumpla su programa.
...
Incluso enviamos una ley y esa ley no ha sido despachada por el Congreso. De allí entonces que se levante férreamente el bloqueo legislativo, las acusaciones contra ministros, intendentes, gobernadores. Nunca antes en la historia de Chile fueron acusados más minis tros. Nunca antes se torcieron las disposiciones constitucionales, que no permiten acusar a los ministros desde el punto de vista político.

Pero hay más. Se busca negar poderes cívicos e institucionales. Una sociedad está basada en el respeto a la autoridad legal, en el respeto a las atribuciones de los órganos del Estado, en el respeto a las opiniones y creencias discrepantes. Y nosotros lo hemos cumplido a cabalidad. Por eso hice referencia a la libertad de prensa que existe en Chile, y no hago referencia a nuestro apego a las creencias, que nadie ha tenido la insolencia de decir que el Gobierno del pueblo no ha respetado y respetará el derecho de cada hombre y cada mujer chilena a tener la creencia religiosa que más se avenga con sus convicciones íntimas. (Aplausos)

Una sociedad persiste cuando hay respeto a las resoluciones democráticas expresadas por el pueblo; cuando lo haya por la dignidad de las personas, aunque se critique su acción política. Estos son los valores de la convivencia nuestra. Luchamos porque sea una realidad, pero ellos quieren vulnerarla.

El pueblo debe medir hasta donde se ha llegado. Tengo aquí y lo voy a resumir muy brevemente, y óiganlo en silencio, una declaración, o mejor dicho un manifiesto del Partido Nacional. El titular de este manifiesto publicado en todos los diarios de la oposición dice:
“Don Salvador Allende ha viciado su mandato presidencial, por ilegitimidad en el ejercicio del cargo”.

Parte de lo que allí se dice el pueblo debe escucharlo:
“Quienes aún creen que el mandato del Sr. Allende no está viciado por la ilegitimidad de su ejercicio, tienen ahora la prueba definitiva de que la validez de este mandato ha terminado”.
Eso es sedición y sedicioso.
“A la luz del derecho y la moral nadie está obligado a respetar ni obedecer un Gobierno que deja de ser legítimo”.

Esto es sedicioso y tentativa de sedición:
“La grave agresión de que es víctima la nación chilena por la acción devastadora de un Gobierno totalitario e inmoral no puede ser prevista por el poder constitucional, por el poder constituyente al dictar las disposiciones de la Carta Fundamental. Deberá llevar al Congreso Nacional a considerar la ilegitimidad de ejercicio en que, a nuestro juicio, ha incurrido el Gobierno de la Unidad Popular”.

¿Quiénes se salen de la Constitución? ¿Quiénes se salen de las leyes? Quiénes impúdicamente plantean la ilegitimidad de un Gobierno elegido por el pueblo, respetado por las Fuerzas Armadas y que tiene el apoyo que ustedes le dan con su calor, su voluntad, su decisión? Que lo sepan y pido desde aquí —y tengo derecho a hacerlo porque está en juego la paz y la tranquilidad de Chile— que la Democracia Cristiana se pronuncie sobre este manifiesto. Es conveniente que sepamos todos a qué atenernos. Mientras tanto haremos un último intento; presentaremos una querella en contra de la directiva del Partido Nacional; si hay justicia en el país deben ir a la cárcel (Aplausos)

De la misma manera, presentaremos ante los tribunales la querella necesaria o la demanda para que Patria y Libertad sea declarada asociación ilícita. Y mientras se tramita eso en los tribunales, tomaremos todas las medidas administrativas y policiales para aplastar la insolencia fascista de Patria y Libertad. (Aplausos)

Además de lo que he dicho, hacen denodados esfuerzos para presentar a las Fuerzas Armadas con su disciplina quebrada; hacen lo mismo con Carabineros e Investigaciones. Que ha pasado tal cosa en el grupo 7, en el grupo 10; que hay 60 carabineros detenidos; que hay quiebra en la autoridad de las comisarías; han atacado y siguen atacando al general Prats por haber sido ministro del Interior y vicepresidente de la República. No les importó que estuvo en el extranjero cumpliendo una tarea muy importante, al igual que lo hiciera el almirante Montero. En ausencia del general Prats lanzaron los más innobles ataques en contra del comandante en jefe del Ejército chileno. Esta es la actitud. Así proceden los que hablan de democracia y libertad. Incitan al odio y buscan la exacerbación de los más bajos instintos.
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Buscan con paros artificiosos desarticular la producción de la misma manera que lo hacen con la distribución: acaparamiento, especulación, mercado negro. Pregúntese al pueblo ¿por qué el segundo piso de la Universidad Católica está repleto de cajones con alimentos? ¿Por qué han desfilado camiones a Rancagua llenos de alimentos?

¿Dónde estaban estos alimentos, quién los tenía acaparados, en qué bodega de la burguesía se encontraban? Ahí está la respuesta. Hemos dicho siempre que ellos han desatado una psicosis aprovechándose del proceso inflacionista, que ellos todavía tienen un espeso poder de compra, que si necesitan uno compran diez y al día siguiente vuelven a hacerlo, porque ellos tienen el dinero suficiente para hacerlo y porque el Congreso nos ha negado, entre otras cosas, una ley que castigue y sancione el delito económico con la moneda, con el acaparamiento y contra el mercado negro.

Por eso es que hay que tener conciencia para comprender cuáles son los procedimientos y les métodos: que a veces hay que tener más paciencia que la que tienen ustedes, mujeres de mi patria, que tienen que hacer colas, que saben que faltan cosas que nosotros quisiéramos que no faltaran en el hogar de ustedes, pero que son consecuencia de realidades, de una infraestructura, de una estructura económica, de una producción hasta ayer destinada a una élite; que hoy día están agrandadas estas dificultades por los problemas internacionales que el pueblo no puede ignorar. Pero hay más, compañeros. Y esto es muy grave: primero, sinuosamente planteado, después con un tono un poco más alto, ahora descaradamente:
“Chile está en peligro. La seguridad nacional amenazada. El Gobierno es el responsable. Nubarrones internacionales vuelven a apuntar, porque Chile puede caer frente a la falta de preocupación del Gobierno, en la indefensión”.

Respuesta nuestra. Hemos hablado de seguridad nacional, siendo esencialmente partidarios de la paz y sabiendo que Chile nunca va a agredir a ningún país vecino. Ha sido el Gobierno que presido el que ha elevado la conciencia de Chile más allá de la defensa nacional.

¿Cómo recibió mi Gobierno las Fuerzas Armadas de Chile? Quebradas en su moral después del «tacnazo»; acribilladas en el dolor justo con el asesinato del comandante en jefe del Ejército; con un almirante que la justicia militar dice que está comprometido en ese hecho delictivo, el señor Tirado Barros; con un general que era jefe nada menos que de la División Central, el señor Valenzuela, también culpado por la justicia militar. Así recibimos nosotros las Fuerzas Armadas. Y qué hemos hecho? Hemos hablado de su incorporación al proceso de desarrollo. Hemos dicho que tienen que compartir una política, no partidista, no pequeña, no de una tienda determinada, sino una política al servicio de Chile y los chilenos. Hemos dicho que tienen que estar presentes para aprovechar su capacidad, su preparación, su lealtad, su patriotismo, en las grandes empresas que le interesan al desarrollo económico nacional y fundamentalmente en las empresas estratégicas. Estuvieron presentes en octubre, llamadas por mí, precisamente para defender a Chile. Y nos hemos preocupado de su perfeccionamiento técnico y científico; nos hemos preocupado de su dotación. Callo, por patriotismo, de cómo estaban las Fuerzas Armadas cuando llegó el Gobierno Popular, en cuanto a implementos defensivos. Pero algún día haré que el ministro de Defensa lo diga ante el Congreso Nacional.

Nunca como ahora las Fuerzas Armadas fueron rodeadas del cariño y el respeto del pueblo. No las he halagado, porque no necesitan halagos, porque no tengo yo capacidad de halago para nadie. No estoy aquí de prestado, soy Presidente de Chile y por lo tanto generalísimo de las Fuerzas Armadas por mandato de la Constitución y por voluntad del pueblo. (Aplausos)

Cuando la mayoría de él siente que hay una patria para todos, se afianza más el sentido nacional, crece con más vigor el mandato de la historia cuando hay gente como ustedes que entienden por qué lucharon los próceres de la patria. Nunca como ahora un pueblo estuvo más dispuesto a dar más fuerza y vigor a la seguridad nacional, que se conquista con el arado, con la pluma, movilizando las empresas y las industrias, elevando el nivel político y la conciencia de las masas, perfeccionando técnicamente a los hombres y a las mujeres, incorporando a la juventud a una gran tarea común y colectiva. Nunca como ahora Chile entenderá que la seguridad nacional estará presente porque estarán presentes los soldados del trabajo y los soldados de la patria.

Por eso, trabajadores, hay que evitar la guerra civil. Para ello hay que avanzar en conquistas que permitan al pueblo, a través de su Gobierno, consolidar el programa. Hago mío los puntos desarrollados por el compañero y amigo Jorge Godoy, presidente en ejercicio de la Central Única de Trabajadores. Desde aquí con calma, les digo a los parlamentarios de oposición que no pueden seguir en la tarea que están empleados. No pueden convertir en el Congreso el régimen presidencial en un régimen parlamentario, negando el contenido presidencial de la Constitución que nos rige. No pueden utilizar las atribuciones del Congreso para barrenar precisamente la Constitución. No pueden ser pétreos impermeables a las necesidades de la realidad que Chile vive y al proceso social que esté en desarrollo. Cuando hay partidos que hablan de revolución, cuando hay partidos que hablan de socialismo comunitario, cuando hay gente que honestamente dice que siente estas verdades como principio de su acción pública, yo les digo que mediten responsablemente, de la misma manera como tienen que ser respetuosos de la autonomía de los poderes del Estado.
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Yo sé que los trabajadores de Chile —y lo demuestra la actitud de ustedes en las usinas, en las fábricas en los hospitales, y aquí, en las calles de Santiago—, saben que hay otros factores que tienen un valor mayor todavía que el dinero: e! valor de la dignidad que ustedes han conquistado, el valor del derecho a ser chilenos auténticamente; que ustedes a lo largo de tantos años, ahora han conseguido el valor de sentirse hombres y mujeres de una patria pequeña pero digna, ustedes tienen conciencia que el rostro de Chile es diferente, que la imagen, el perfil de nuestra patria, se ha acrecentado, que millones de seres humanos, más allá de nuestras fronteras, miran a Chile y la voluntad de ustedes de construir una sociedad distinta. Hemos roto las fronteras ideológicas, nos hemos vinculado con todos los países capitalistas industriales, con todos los países socialistas. Somos un ejemplo en América Latina por nuestro sentido latinoamericano, y junto con Cuba somos los que levantamos la voz de dignidad de este continente, más fuerte que otros todavía. (Aplausos.)

Por eso no me imagino que intereses pequeños y bastardos puedan negarle al pueblo y su Gobierno la posibilidad de consolidar, de avanzar en el proceso transformador, evitando el costo social y la violencia que el pueblo no necesita.
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El pueblo debe acrecentar y crear nuevas organizaciones populares. Ya lo dije al comienzo de mis palabras: luchar y crear e! poder del pueblo, pero poder del pueblo no separado de! poder del Gobierno, no contra el Gobierno. Este no es un Gobierno reformista. Este es un Gobierno de un proceso revolucionario, que terminará afianzándose en la revolución, con las fuerzas conscientes y disciplinadas de los trabajadores.
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Sobre todo, me dirijo a ustedes, mujeres de Chile, madres de Chile: no hay proceso revolucionario que se profundice o avance sin la presencia combatiente y combativa de la mujer, de la mujer hija, hermana, madre, esposa. Mujeres de Chile, nuestra lucha es fundamentalmente por el hijo de ustedes. Madres de Chile, defiendan su revolución que es también la semilla que permitirá que los hijos de ustedes vivan en una sociedad distinta.

No necesito llamar a la juventud. Ella está atenta en su fuerza creadora y en su propia responsabilidad. Ya vendrán marchando desde Arica, para encontrarse en Santiago, con los que vienen avanzando desde e! sur. Es la juventud que pica la pampa, la tierra agrícola, la dura costa minera; es la juventud que hará que el hielo se derrita con su calor de mozo; es la juventud que lleva la claridad al pueblo para anunciar la amenaza de la guerra civil, y para decir que ellos más que otros tienen derecho a la vida, la van a ofrendar para defender a Chile de la guerra civil y del fascismo.

Trabajadores de mi patria. ¿Qué puedo decirles yo a ustedes? ¿Cómo expresarles mi reconocimiento a la lealtad de ustedes, a la fuerza combativa de ustedes, al espíritu de sacrificio de ustedes?

El viernes, allí dentro, sentí una emoción profunda. El pueblo aquí mojado, trasminado de frío, azotado por la lluvia, tenía calor, cantaba, demostraba alegría daba la prueba de su confianza en sus propias fuerzas. Y hoy, ustedes están aquí para decirle a Chile y a América que el pueblo sabe que en la unidad, en la firmeza de sus convicciones revolucionarias, en la lealtad para discutir tácticas distintas sin romper la unidad, el pueblo entiende que formando un comando político único, centralizada la economía, movilizándose en el trabajo y en el esfuerzo está la garantía de la victoria.

Gracias compañeras, juventud de mi patria, obreros de esta tierra que tanto queremos. Por ella, por Chile. ¡VENCEREMOS, CAMARADAS! (Ovación)













Discurso también conocido como
“Combatiré implacablemente el fascismo”













viernes, enero 15, 2010

“Aki Kaurismäki. Soltando lastre”, de Ana Useros






"Las películas clásicas son las mejores. Películas que narran historias de una manera tradicional, historias tradicionales contadas a la vieja usanza: pocos y sobrios movimientos de cámara, imágenes escuetas, un buen montaje... Eso es, en mi opinión, el cine clásico. Es contar historias. La mayor parte de los directores ha olvidado o perdido esa capacidad" (Aki Kaurismäki, 1990).

El nombre del cineasta finlandes Aki Kaurismäki comenzó a sonar fuera de su país tras el pequeño éxito de La chica de la fábrica de cerillas, que culminaba una trilogía nada panfletaria sobre el desamparo social. A partir de ahí se estrenaron en el circuito de versión original obras tan variopintas como Leningrad Cowboys go America o Contraté un asesino a sueldo que confirmaron que el humor seco y la ausencia de artificios eran las dos principales características de su estilo. Pero ha sido el estreno de las dos primeras partes de una nueva trilogía sobre los desheredados de la Finlandia contemporánea –Nubes pasajeras y El hombre sin pasado– lo que ha situado a Kaurismäki a un paso del panteón de los clásicos del séptimo arte. Sus retratos de la marginalidad, alejados de cualquier condescendencia o sentimentalismo, no tienen parangón en el cine actual.

Por si no bastara con una distribución y exhibición raquítica y estrangulada, que sólo de tanto en tanto nos deja ver la obra de los pocos que aún tratan el cine como un arte, cuando se estrena alguna de estas raras películas todavía es preciso apartar una serie de tópicos que nos impiden mirar. Abbas Kiarostami es humanista e... iraní. Godard o Rivette son intelectuales y... franceses. Aki Kaurismäki es cinéfilo y... finlandés. Y así se trivializa sin piedad la maravillosa aventura que supone asistir al proceso de construcción de una obra, al desarrollo de una mirada propia sobre el mundo.

Aki Kaurismäki es un director al que conocimos por una película titulada La chica de la fábrica de cerillas (1990). Una película breve, con planos de duración inusitada y prácticamente estáticos en la que los personajes apenas hablan, un filme que relata la cadena de crueldades e infortunios que conducen a una joven obrera a cargarse a todo su entorno. La crítica habló de la influencia de Robert Bresson en la objetividad de la mirada, o de Ozu en la inmovilidad de la cámara. Apreciaron un toque de humor negro que, unido al exotismo de los ambientes filmados (con esta película nació la duda aún no resuelta: ¿es eso Finlandia o es el universo personal de este director? Es fácil confundir la identidad nacional con la mirada de autor siempre que no se trate de la propia nación) situó a Kaurismäki dentro del cine de la cita, el pastiche y la ironía, que debía mirarse y apreciarse con ojos resabiados y un montón de referencias a mano. Por eso La chica de la fábrica de cerillas, a pesar de su negrura, no era "triste" sino "desencantada". Llorar es de ingenuos, reír de inteligentes.

Nos hubiera ayudado haber visto más. Haber visto, por ejemplo, Sombras en el paraíso (1986), la primera película de lo que los críticos de fuera llamaron la "trilogía obrera" (Kaurismäki corregía: "trilogía de perdedores"). Sombras en el paraíso pone al descubierto la guerra de Kaurismäki: contar historias sin renegar de la tradición pero sin escudarse en ella, respetar la realidad. La historia de amor de un basurero rabioso con la vida y una cajera de supermercado con pretensiones de ascenso social se narra con códigos y esquemas del cine negro. Se lucha, como siempre, en dos frentes. Mientras los personajes aprenden a mirar sin los anteojos de la pijería y las promesas del sueño dorado, las clases de inglés o los restaurantes caros, Kaurismäki trata de extraer de la realidad que le rodea lo aprendido en las películas.

Nada más alejado del pastiche y la ironía que la cinefilia de Kaurismäki. La chica de la fábrica de cerillas, planteada por su director como una especie de ejercicio de estilo, es más bien una excepción. Las abundantes citas o referencias de Kaurismäki no son un fin en sí mismas, ni siquiera tratan de convocar la emoción de la película original, son citas, como todo su cine, de un inaudito pudor. Quiere heredar "el corazón de Ozu y Jacques Becker y la crueldad de Bresson" y lo empieza a conseguir, tras veinte años aprendiendo junto a sus personajes a mirar a su alrededor.

El trabajo que ha realizado Kaurismäki para dominar su oficio no se puede describir. El trabajo que han realizado los personajes ha consistido en desprenderse de los sueños ajenos y encontrar los propios, eliminar los patrones que el capital (Kaurismäki lo llamaría así) coloca entre las miradas. Y sólo cuando los personajes estuvieron preparados para generar su ficción y habitar un universo propio se produjeron los milagros de Nubes pasajeras (1996) y El hombre sin pasado (2002), sus dos últimas películas estrenadas aquí.

Son dos clásicos. Dos relatos autosuficientes, dos lecciones de vida que aspiran a la atemporalidad a la vez que delatan en cada plano la época en que nacieron, dos cuentos de hadas que describen con más precisión que cualquier análisis una situación desesperada. Y desde ese reino de la ficción que han conquistado de pleno derecho, los hombres y mujeres de Kaurismäki, los obreros de existencia frágil de Nubes pasajeras o los marginados de infinitos recursos de El hombre sin pasado, nos contemplan, independientes y dignos. No hay lugar para la compasión. Si fuéramos honrados reconoceríamos que nos dan mucha envidia.

Sería una verdadera lástima que no aprovecháramos nosotros, los resabiados espectadores que sabemos reírnos de, pero no llorar con, para recorrer el mismo camino que ellos, abandonar nuestra estéril y falsa posición de superioridad ante lo que se nos cuenta y recuperar esa momentánea suspensión de la incredulidad que era para los poetas clásicos la condición del arte.






en Rebelión.org, diciembre del 2003


Fotografía: Marya Leena Ukkanen