martes, agosto 18, 2009

“Mi infancia fue una infancia feliz”. Entrevista a Juan Carlos Onetti, de Barbel Mertens







Barbel Martens: Leí ese cuento de la muchacha en el balneario ¿no sé si lo recuerda?
Onetti: La niña de la bicicleta.

Sí. No podía sacármelo de la cabeza ¿Por qué tantas zonas negras? ¿Por qué asesinaste a esa niña?
¿Cómo voy a explicar los móviles de un autor? Cuando uno se pone a escribir no sabe los porqués de lo que pasa. Tiene que ser así: sucede. Claro, es un momento negativo en el sentido del bien y del mal. (pausa larga) Je suis fatigué.

Un poquito más, recién empezamos. (La entrevista va a durar una hora y media). Hablé de zonas negras del alma ¿por qué ese infierno? ¿A dónde conduce todo eso?
A nada y a la nada. Como todo.

¿No hay posibilidad… de vez en cuándo? ¿Un poco de paraíso?
No para mí. Y es una desgracia. Uno no tiene ayuda. Las religiones... Me quedo con los católicos. Cuando era joven hice un retiro espiritual en una iglesia en Montevideo. Quince días. Los curas nos reunían y nos daban sermones y yo notaba (era muy joven) notaba que lo que me decían del infierno, me aterrorizaba. Un diablo qué viene pincharme todos los días y quemarme infinitamente... Me asustaba. Pero cuando me hablaban del paraíso era todavía peor: no decían más que bobadas: perfumes maravillosos, músicas y además… que contemplaré la cara de Dios; ni que fuera tan bonito. Si Dios sirviera para algo… Es como aquel letrero: Dios existe, pero está durmiendo la siesta.

Pero a mí me sucede que necesito un camino. Una fuerza, un cierto optimismo, un motivo que me entusiasme. ¿Por qué no me lo puede dar Onetti?
Porque no lo tiene. Si me quedara un cacho te lo daría. Lo pondría en mis libros. Pero no lo tengo. No creo en nada. Creo en el amor, pero el amor se acaba.

¿Entonces para quien escribes?
Para un tipo llamado Onetti.

Y no te importa que la gente quede peor después de leerte.
Yo no tengo la culpa; no puedo mentir. Soy así. Son tan fáciles los finales felices. ¿Terminamos aquí, eh? Un final feliz... (Risa de encanto, a lo Marlene Dietrich).

¿Cómo han sido las relaciones de Onetti con sus mujeres?
La base, el pulso, el comienzo de mis amores, siempre fue sexual. Después vinieron la amistad o la comprensión. No podía amar a una mujer a la cual no deseara. No he conocido cosa más maravillosa en el mundo, que la cama; acompañado, naturalmente. Ese momento de locura en el cual uno pierde el control y lo único que quiere es tomar y entregar. Una cosa animal.

Tu mayor pasión en la vida, fue la sexualidad…
No sé. Con todas las mujeres de mi vida que no son sólo las cuatro del registro, todas tenían una cosa en común: eran inteligentes. Una mujer bonita podría hacer el amor, pero vivir con ella, soportarla…

¿Qué tipo de mujeres te gustaban, físicamente?
Fueron distintas; lo principal era una sensación de ternura; nada paternal.

Ellas tenían que ser distintas. ¿En qué? ¿En su aspecto?
No hay dos que sean iguales. Todas son distintas, ¿no?

Las preferías extravagantes…
(Pausa). Es que no puedo hablar contigo, como hablaría con un hombre. Por ejemplo, el principio de tus senos, que estoy mirando, me enloquece. Tengo ochenta años, ya soy impotente y sin embargo… Me sugieren…. (Murmullo ininteligible; largo silencio; la cinta no registra palabras).

Bueno, está bien. Vamos a cambiar de tema. ¿Cómo es la relación de Onetti con su país, ahora?
No sé. La gente joven me quiere. Publicaron en una revista, un homenaje por mis ochenta años. Se ve que esa gente me quiere.

¿Piensas volver a tu país?
Nunca jamás. ¡Pasaron tantos años! Sé que el Uruguay se ha empobrecido enormemente. No voy a ver al Uruguay que conocí: el Montevideo, mejor dicho. Y… Y también las mujeres, pasaron también. Son trece años. ¿A qua bond? Sin embargo hay una... Bueno, esto es entre nosotros. Se vino acá, inútilmente. Y me amenaza con venir de nuevo, a fin de mes.

¡Amenaza! ¿Para ti?
Viene a unas conferencias, en la complutense, en el Escorial... No sé a qué viene. Si sacáramos felicidad de ese encuentro, sí. Pero no creo.

¿Qué echas de menos en España?
Amigos... Amigos inteligentes con los cuales me encontraba y charlábamos. Acá con el único que me veo es con Benedetti. Que está ahí, esperando que le hagas un reportaje. Pobre muchacho; no lo hagas sufrir.

Pero yo te quiero a ti. (Risa de encanto halagado)… Estás muy sólo en España.
Estoy con mi mujer y mis libros y mis ataques de escritura.

Echas de menos los amigos.
Sí, los amigos inteligentes. Los españoles, siendo algunos inteligentes, son muy vanidosos. Son retóricos. Son ampulosos.

¿Qué ha sido para Onetti el Premio Cervantes?
Cuando me dieron el Premio Cervantes me preguntaron lo mismo y yo dije: para mí significa: diez millones de pesetas. Entonces un poeta, que era bueno, surrealista, Aleixandre, comentó que a él le gustaba mi obra, que le parecía muy bien el premio, pero que le había disgustado que yo dijera eso: que para mí significaba diez millones de pesetas. ¿Que para él, cuando le dieron el Premio Nobel de literatura, significó que su obra iba a ser difundida...? Eso no sirve para nada. A esta pobre mujer que le dieron el último premio Cervantes, María Zambrano… ¿de qué le sirve, en el sentido de potenciar su obra, de divulgarla? Me parece magnífico que a su edad y enferma como está, se asegure más o menos la vejez, con los diez millones.

¿Qué recuerdos tiene Onetti de su infancia?
Mi infancia fue una infancia feliz. Mis padres hasta su muerte, vivieron enamorados. Tenía 70 años mi padre y se levantaba si había una ventana abierta, temeroso que la corriente de aire pudiera hacerle mal a mi madre. Iba y la abrigaba. Había delicadeza. Por reflejo de eso, yo fui un chico feliz y además nunca sentí que ejercieran lo que se llama la patria potestad. Fui un niño suelto, travieso. Lo único que puedo recordar como severidad de mi padre es que en su presencia, jamás se pudo hablar de sexo. No se enojaba, no lo prohibía pero tomaba un diario y se iba a leer. Conocí una señora francesa muy simpática y muy traviesa, una viejita, que se ponía a provocarlo, le contaba chistes y cosas de la vida, intencionadas; mi viejo leía el diario.

¿Hubo una época mejor que la infancia?
La adolescencia. Que fue una adolescencia curiosa. Yo me casé siendo menor de edad. Entonces todos esos problemas que crea el sexo en los adolescentes, para mí no existieron. También es verdad que pasé malas rachas, rachas de miseria. Por ejemplo: no tener qué comer. Me acuerdo que fue una época tan brava que mi mujer de turno se quedaba en la cama por debilidad. Yo recorría, me acuerdo, la calle Corrientes, como dice el tango: buscando ese mango que te haga morfar. Un mango es un peso, pero yo necesitaba cinco mangos. Y si recorriendo Corrientes encontraba un amigo...; tenía muchos y con frecuencia sucedía que nos invitaban a comer en un restaurant; entonces tanto ella como yo, nos robábamos un pancito para el día siguiente. Ella con mucho disimulo se lo metía en la cartera; yo en un bolsillo. Pero no creo que eso me provocara odio.

¿Qué fue lo más bonito de tu vida?
Lo más bonito pudo haber sido cuando me enamoré de Dolly.

Tu cuarta mujer.
Y desgraciadamente, la última… Encantadora. Muy alemana. El padre era alemán. Un día la vi en la calle, hablando con el vigilante, pidiéndole una dirección. Entonces le dije a mi mujer: ¡Mirá qué maravilla! Qué persona y qué cosa; tiene encanto como tienen todas las alemanas. Mi mujer me dijo: Ah sí, si querés te la presento. Parecía un chiste. Habían ido al colegio juntas en Olivos. Nos presentó y no pasó de “tanto gusto”. Después, en otras circunstancias de la vida, volví a encontrarme con ella, justamente en Olivos, que es un barrio residencial y ahí ya me enamoré de ella. Fue dos años después del momento bonito de mi vida. Y después fuimos amantes, después nos casamos, hasta hoy.

¿Qué fue lo más trágico de tu vida?
Difícil de contestar. Las muertes: mi padre, mi madre. Fueron tragedias, para mí. Nos queríamos mucho.

(Esa noche fui a Malvín, y salimos con Onetti y conversamos en un café. Me dijo: no sé estar ahí, es como una representación. Me hace sufrir y me enternece, pero me siento en ridículo, quieren consolarme, no sé qué hacer. Lo único de verdad es que ella está muerta).

¿Cómo te sientes? ¿Cuál es tu estado de ánimo?
En este momento muy decaído. Porque dormí mal y no comí.

Pero no digo hoy, digo en general, ¿cómo es tu vida?
Es un estado de ánimo que podría llamar apacible. Es una palabra que no define exactamente. Pero no sé, se acerca mucho a lo que te dije, a la indiferencia. No te hablo de una indiferencia que no me importe el sufrimiento de otro, o la desdicha de otro, es una indiferencia basada en que no hay remedio. Como decía Baroja: la vida es así. Y contra eso, estoy pertrechado. Me duele menos. No sé cuánto más va a doler, cuánto voy a vivir.

Y si viniera un hada madrina: ¿qué le pedirías, Onetti?
En este momento pediría unos treinta o cuarenta años menos y además... a ti. (Pausa larga sin sonido alguno). ¡No me reproches por ser sincero!

(Muy bajito, trémula) No. (Completamente profesional, implacable) ¿Cómo ve Onetti su propio futuro?
Ah, años no hay... De eso no hables, no mi amor, no hay de eso.

No hay futuro.
Para mí; no. Para mí (pausa) no. No hay futuro. Podría ser como un deseo… terminar mi novela. Puede ser la única ambición que tengo. La única ambición que me han dejado los años. Tú estás empeñada en que yo diga... no sé... algo. ¿Qué querés? ¿Una confesión?

Tú dices lo que quieras. (Pausa).
Digo: ¿cómo te arreglas tú para tener cuatro hijos grandes y mantener ese aspecto tan juvenil?

Porque estoy hablando con Onetti… ¿Cómo ves el futuro de la humanidad?
Yo te respondería con una palabrita muy francesa que se llama: merde.

(Dando por terminado el tema) Muy bien. (Volviendo a la realidad): A qué persona, aparte de mi (yo no estoy aquí y ahora) a quién te gustaría tener enfrente en este momento, para dialogar. A quién del mundo entero.
Creo que se han muerto todos. No la descubro a esa persona.

(Sonrisa encantadora, otra vez Marlene Dietrich). Una pregunta que es todo lo contrario, muy mía: ¿Qué admiras y qué quieres más en los alemanes?
La tenacidad. La fuerza que tienen.

Yo sé que ya me has contestado sobre esto, pero me resisto a creer que no haya algo más en este tema. Onetti cava hondo en sí mismo y se pregunta muy de adentro y no puede encontrar una contestación a mi pregunta: ¿Qué quieres dejar tú, a la gente, con tu obra? ¿No tienes una mínima ambición?
No. Eso no existe. No creo en la humanidad. ¿Qué va a importar dentro de veinte años, lo que escribía Onetti? ¿Quién lo va a leer a Onetti, dentro de treinta años? Me estás mirando desafiante… ¿Qué es lo que estás queriendo?

No, no soy desafiante, todo lo contrario. (Pausa). Te pido que me escuches y te hago una pregunta.
No te creo.

Sí, es la última. (Faltan dos cassettes enteros de diálogo) Mira: Si yo pudiera, yo Barbel, si pudiera, me gustaría transformar a Onetti en un hombre más optimista. ¿Me lo dejarías hacerlo?
No, porque ya no sería yo. Estoy muy contento con yo. Nos llevamos muy bien y hemos pasado por cosas buenas y por cosas malas; siempre amigos, yo con yo.

Muy bien. Pregunta profesional: ¿Qué significó la obra de Thomas Mann en la creación de Onetti?
Yo creo que no significó absolutamente nada. Significó en mí como lector, tener cerca un ser lleno de amor por la literatura. Eso significó muchísimo. Recuerdo los personajes de La montaña mágica con simpatía y la sensación de que fueron personas que conocí personalmente. El médico aquel, el que fumaba habanos y tenía las mejillas azuladas, aquella mamá... y Setembrini que está representando todo un pensamiento; a esos los veo, los siento como personas reales. Las chicas que se habían hecho neumotórax; que se divertían haciendo aquellos ruidos... y la muerte del primo de Hans... que es una escena terrífica. Y cuando Hans tiene que aprender a envolverse en mantas para estar de noche al aire libre, es tan preciso el detalle de cómo se envuelve uno en una manta para soportar la intemperie, está tan bien escrito, que uno no lo puede soportar, porque es totalmente aburrido. Y hay cosas y cosas y cosas y todo está lleno de vida. Sé que lo han criticado mucho. Principalmente por su clasicismo. Y a mí me parece la gran virtud de Thomas Mann. Es un clásico y claro si uno no lo es, no lo es; pero él sí, él era un clásico auténtico y lo hizo de manera magnífica. En Muerte en Venecia tiene la fuerza de transmitir sentimientos y sensaciones, esa admiración que tenía el personaje principal cuyo nombre no recuerdo, mirando a ese chico. Y aunque uno no experimente espontáneamente las sensaciones del novelista, las tiene que sentir y las tiene que comprender, a fuerza del gran talento de Mann.

Pero yo pregunté qué influencia tuvo en la obra de Onetti.
Pues ninguna. Mi admiración es como lector. Puede ser que otros hayan visto una influencia y me alegraría comprobarlo. Pero yo no la veo. Admiración enorme. Influencia, no lo creo.

Quisiera saber cómo pasó Onetti la última guerra mundial.
Es curioso, la viví prácticamente, en la Agencia Reuter's, inglesa. Primero en Montevideo. Después, vinieron unos inspectores de Londres y me ofrecieron ir a la Secretaría en Buenos Aires. Seguí con gran ansiedad toda la guerra. Y simultáneamente, en aquellos días, la irresistible ascensión de Juan Perón. De modo que trabajaba en las dos cosas. El período que viví en la agencia Reuter de Buenos Aires, no fue fácil; yo era anti dictadura y era anti Hitler y ansiaba que todo acabara de una vez… Recuerdo la gran impresión que me produjo el pacto entre Molotov y von Ribbentrop. En esos momentos dejé de comprender el mundo. ¡Me parecía tan absurdo! (Se habían aliado los comunistas con los nazis)… Ahí fallaron los países aliados porque enviaron a Moscú una representación de segunda categoría. Vi que no se reunían nunca y vi cómo, von Ribbentrop con una cosa concreta... propuso una alianza que a Stalin le convenía en el puro sentido de esperar, para poder armar el país. De Stalin, no sé si lo hizo o no lo hizo. Todos los días se leen historias, sobre Stalin y su juego. El hecho es que con ese acuerdo ganó Hitler o Alemania, y que invadió Polonia… Viví esa guerra con grandes angustias. Con un gran mapa donde iba tiñendo los avances alemanes en Rusia. Cada día se agrandaba la mancha. Y después muy interesante, eh... después la caída de Hitler la produce la rendición forzada de von Pauls; a lo cual él se negaba y se negaba el hombre, pero que llega un momento en el cual la tropa se está muriendo de hambre y entonces los rusos le hacen el gran chantaje: Les damos de comer a todos los soldados, pero ustedes se rinden… Me acuerdo que Hitler, según he leído en autores… serios, eh… Hitler había anunciado: Pronto vamos a oír a von Pauls por Radio Moscú. Y se cumplió exactamente: von Pauls habló por Radio Moscú, pero como prisionero. Declaró qué la guerra la había ganado Alemania porque los rusos habían empleado tácticas no militares, no aceptadas por los convenios internacionales. Dijo que así no valía, qué las milicias campesinas estuvieron hostigando, atacando y asesinando a todo lo que fuera alemán.

¿Escribiste sobre la guerra?
Escribí en un diario bonaerense que se llamaba Crítica y después escribí en Montevideo, para un diario que se llamaba Marcha, que había fundado un señor Quijano, que era un hombre excesivamente inteligente para ocupar altos puestos políticos. Si hiciera una comparación entre Carlos Quijano y los que vinieron después, sería ridículo. Quijano debió haber sido Presidente de la República.

Onetti periodista: ¿qué escribía?
Fundamentalmente crítica literaria. Luego, cuando lo necesitó Marcha, hice una columna de humorismo, que no sé todavía si hizo reír a alguien o no. Pero la hacía todas las semanas.

Y te gustaba...
Me divertía.

¿Y tu relación con los compañeros?
Creo que siempre fue buena. Como yo era y lo sigo siendo, un tipo sin ambición, sin afán de trepar, no podía molestar a ninguno de mis compañeros. A mí me resultaba indiferente; así fui toda la vida. Las cosas me han venido, digamos, por azar, o porque a Dios se le dio la gana, si es que hay Dios. Y así lo he aceptado, con toda humildad… Nunca trabajé con los codos. Y nunca busqué que me dieran premios. Los españoles, generosamente, me dieron el Cervantes, que es el más grande que tienen. Lo cual pudo haber causado bastante escozor en algunos escritores españoles que aspiraban a ese mismo premio. Y es legítimo. Están ahora mismo tratando de aproximarse. También hay muchos sudamericanos que en esta época del año vienen, se instalan en España y son candidatos, todos; dan conferencias o ponen un tenderete para exhibir una obra de teatro; es decir, para colocarse en un primer plano: "No se olviden de mí!". Yo tengo la conciencia muy limpia, nunca jamás hice eso, nunca jamás empujé para conseguir; todo me lo dieron y me lo dieron gente muy buena a la que sigo respetando, aunque yo ahora no veo a nadie, estoy muy alejado de todo. M vida es escribir de vez en cuando algunas páginas de una novela. Y leer muchos libros, sobre todo policiales. Aunque los policiales estén cada día peor.

¿Fuiste hombre de café?
No. Fui hombre de un café, cuando los principios de la guerra en Montevideo. Había un café que estaba al lado de mi oficina, que se llamaba el Metro. Ahí me reunía con varios amigos, literatos casi todos; estaba al lado de la oficina de Reuter, de modo que si había algo importante me llamaban en seguida.

¿Iba gente importante?
No. Gente joven que escribía. Nadie importante. No me daban importancia los importantes.

Tertulias eternas.
Sí. Duraban muchísimo. Pero eran muy agradables, No había agresividad entre unos y otros. Sé que acá en Madrid, se acabaron las tertulias, que eran famosas. Yo no fui a ninguna ni pienso ir, en caso de que existan. El único placer que tengo es que venga alguien entrevistador como usted, señora; con el cual pueda establecer una relación ¿como diré? dolorosamente platónica.

Onetti fue toda su vida un hombre noctámbulo, le gusta la noche.
Sí, toda mi vida fui noctámbulo. Le voy a contar algo. Nací a las seis de la mañana y mi madre en la infancia y después en la adolescencia, mientras estuve con ellos, me recordaba siempre: fue el único día que te levantaste temprano. Y era verdad. Odio la mañana; no me gusta.

¿Pasabas las noches en blanco?
Eso dependía de las noticias que hubiera en Reuter. A veces me quedaba con la esperanza de que viniera una gran noticia. A veces me iba más temprano. Pero me corría al Metro y charlaba con mis amigos hasta cualquier hora de la mañana, dependía de ellos. Más de una vez llegó el día y me invitaban: vamos a tal o cual lado a comer un asado y ya había pasado la noche, era el otro día, las ocho de la mañana y yo seguía el tren, por inercia, digamos. Pero también había horas para escribir. Siempre las tuve. Aún desempeñando las tareas más desagradables, siempre me he fabricado huecos en mi existencia para dedicarlos a escribir. Eso, porque me gustaba, escribir. Sin la menor aspiración a nada, ni siquiera a que me lo publicaran. No importaba. Como no me importa ahora. Bueno, ahora se acabó.

Y eso de escribir ¿cuándo sucedía, de día o de noche?
Siempre de noche. Mejor de noche. Y recuerdo que yo tomaba media botella de vino. Y rellenaba el resto con agua, de lo cual, resultaba un líquido bastante repugnante. Y además tomaba media pastilla de un estimulante, que no sé si es estimulante, llamado metedrina. Tomaba esa media pastilla y sentía unos escalofríos en la espalda y me ponía a escribir. Y escribía sin saber la hora. Sin fijarme en nada. Hasta el amanecer, a veces. Otras veces se cortaba y había que esperar. En fin, son problemas de taller o escritor.







Entrevista publicada por entregas en "El País", de Montevideo,
entre el 9 de junio y el 28 de julio de 1996, en la columna Onettianas.













lunes, agosto 17, 2009

"Una noche de perros", de Hugh Laurie

Inicio de la Primera parte


UNO

Vi a un hombre esta mañana que no quería morir.
P. S. Stewart


Imagínate que tienes que romperle el brazo a alguien.

El derecho o el izquierdo, da lo mismo. La cuestión es que tienes que rompérselo, porque si no lo haces... bueno, eso tampoco importa mucho. Digamos que ocurrirán cosas peores si no lo haces.

Mi pregunta es la siguiente: ¿le rompes el brazo de prisa —crac, vaya, lo siento, deje que lo ayude con este cabestrillo de emergencia— o alargas todo el proceso durante sus buenos ocho minutos y vas aumentando la presión poquito a poco, hasta que el dolor se convierte en algo rojo y verde y caliente y frío y, en su conjunto, absolutamente insoportable?

Pues eso. Por supuesto. Lo correcto, la única opción correcta, es acabar cuanto antes. Rompe el brazo, sírvele una copa, sé un buen ciudadano. No hay otra respuesta.

A menos...

A menos, a menos, a menos...

¿Qué pasa si odias al tipo que está al otro extremo del brazo? Me refiero a que lo odias de verdad.

Esto era algo que ahora debía tener en cuenta.

Digo ahora refiriéndome a entonces, al momento que describo; el momento fraccionado, tan condenadamente fraccionado, antes de que mi muñeca toque mi nuca y mi húmero izquierdo se parta al menos en dos —o probablemente más— trozos chapuceramente unidos.

Verás, el brazo en cuestión es el mío. No es un brazo abstracto, un brazo filosófico. El hueso, la piel, el vello, la pequeña cicatriz blanca en el codo, recuerdo de una esquina del radiador de la escuela primaria Gateshill, todo es mío. Ahora es el momento en que debo considerar la posibilidad de que el hombre que está detrás de mí, que me sujeta la muñeca y la sube a lo largo de la columna con un cuidado casi sexual, me odia. Me refiero a que me odia de verdad, y mucho.

Está tardando una eternidad.








1996







domingo, agosto 16, 2009

“Suramérica”, de Pablo de Rokha






santo de plata viviendo en la electricidad geometría que se retuerce dirigiéndose con palomas sin índice originario en la aventura todavía silencio de banderas todavía luna tan luna del comercio hacia el hombre hacia el hombre todavía la esmeralda casada y el navío en carácter indemostrable todavía la lógica que tiene paredes con tunas sin embargo la casa estricta con los calendarios del radiotelegrama adiós es posible nunca se parece al huracán la violeta eléctrica camarita con ojos frondosos la nieve inútil entonces al taita choapinos del balneario ahora los peumos sinceros que se oponen al charlestón el urgente adolescente océano y whisky obscuro cara de llanto a la madera juro por los sueños cruzados arando filosofía de ferrocarriles elegantes arreando las yeguas desnudas soy como los telégrafos y lo mismo que las guitarras que se parecen al mar encima de lo antiguo sobrecogido paloma de luto del atardecer asfaltado estrellas con melena de episodios y adentro de las victrolas rubias el periodismo del shimmy and soda alegremente carita de humo pirograbada en los bastones cotidianos hacia el horizonte único en actitud de monumento desplumado con razones simultáneas como las peras grandiosas en caída o la leche abajo clavándose volviéndose tremendo rodaja obsesionante girando sobre lo mismo hacia lo mismo galope de asnos impresionantes rajadiablos guardabajo entre los robles de concreto palanca del trotamundos fuertemente libremente francamente rojo como las guantadas canciones de ladrones cuchilleros solazándose la flor llagada de sol con voz así sobrepujando las vacadas más de acero nunca boleadora en tirabuzón contra el cielo arriba los asesinos tallados musculatura descubrimiento sin naturaleza son aquellos los boldos redondos y aquella gran batea debajo de los brazos mojados de la madrugada como los ríos contentos frazada del hipódromo tendida sobre bramidos admiro las patatas abriendo la tierra guatona y el alfalfal de pintura tan espesa laceadura de potrones avanzados como el trigal «como el maizal mijita sin embargo lagares hirviendo entonces alegría de uvas tinturadas estupenda de grandes huevos azules y felices reunión de pajares ruidosamente y la heredad patética posiblemente drama del mundo a la grupa de las leonas amarillas contrallorando las victrolas acordeón sin porvenir una dirección ultra e innumerable galopando lo adoquinado verso de francia con castaños alcohólicos la tísica dramática eterómana ramera tan honesta como los vidrios trizados del ideal dios inalámbrico emperador de sementera y de oficina terrible seguramente auto sin alas con ópalos astronómicos la palidez claudica en ese prudente sol de box tan violeta y la locomotora con sombrero apasionado son ésos los vinos furiosos que muerden adentro del alma ardientes potrancas enormes más buenas pero es la norma cortada a pico como el asesinato como la suerte como el analfabeto o lo mismo que el corazón de entonces seminario de valores continentales y máquina la bicicleta estaba más nerviosa que el crepúsculo ahora se iba cayendo del alambre de la velocidad cuando yo la afirmé y la empujé con la mirada pegándole trancazos de espíritu afeitado de angustia en lagares sombreros maduros arriba de los pueblos techados de abejas cebolla del sexo tan redonda debajo del verano panza de vino con trigo es historia más arada que vientre de botella yo cosecho solitarias maquinarias literarias con zapallos oceánicos poniente de sauces mundiales mistela de tiempo color redondo color peludo llanto sin lengua panal lagar trigal todo lo rojo con cloroformo pero con ganados con graneros con pescados vino de cebada bien alegre vino de manzanas escuela de potros melena de choclos urgencia de toros sin cultura era la niña bonita como un automóvil caramba la olla panzuda de legumbres con barros morados u oxigenados güiras de maqui pial de raigun infantil como coco caramba atando buey asado caramba y todo el sol adentro de los higos cuadrados de miel oh bonito comparable a una laguna de tinta o a las bolas redondas de las vitrinas de los boticarios mugrientos gran mujer lechera nido de gallina es decir empolladora ulpo de harina grande tobillo de maleta de licores finos guitarra de ciriaco contreras tendida a orillas de los peromotos mojados avanza tu cesto de lechugas ahora entonces sol con loros redondos alegremente sin violetas corazón agua de porotos peumo del alma chamanto de los puñados americanos anca del cielo valiosa como un todo tallada en chile potrero de animales desnudos provincias de jesucristo tan andadas polcas de gallos que son cementerios tremendos postal del pariente pobre palmatorias de la familia sin catre dorado invierno de aceitunas y el domingo de los empleados públicos que es como los gramófonos demócrata del murciélago sin corbata ay la tristeza solterona a donde vamos a enterrar el horizonte cuando se clausuren los caminos además es el automóvil quinchado de teatinas el guaina de la manta trizada y los novillos que devienen bueyes tan bueyes eso lo perdido catálogos de máquinas a la lluvia causeo sin afeitarse mi amiga retrato de carácter amarillo que tiene la voz nublada que se le olvida que se le ahoga como el corazón a la antigüedad o como las guaguas que se mueren entonces polilla del mundo en la almohada dios usado del cielo del pueblo la chepita vieja como el polo aquello del alma que es día pueblino que está arrumado y mosqueado en las vidrieras de los boliches italianos rosarios fiambres de hambre sin elegancia y tos rumiando la pancutra económica tampoco es la risa química lo declaro ni el sol obeso con su cadena de tonto arando no andando los cielos públicos nunca atardecer municipal literatura de alquiler sobre las antenas oh árbol quebrado de la grúa periódico roto oh periódico roto de la ciudad ahora oh ojos oblicuos que tienen colores urbanos de jockeys el orador el orador que se incendia agonizando aviones del occidente hurra los bares cubistas que degüellan la uva peluda de lo clandestino niña del año virgen a la manera de los teléfonos calzón de jersey con labios racimo de los besos pintados que parecen botellas de humo aguafuerte del obrero sin familia un dolor mercantil como de ciudades como planta que tuviese deudas o como recuerdo sin guaguas ahorcado lo mismo que casa de ladrones semejante a esas maletas tan cargadas de kilómetros comparable a la criada con espanto y a dios vendiendo la gran tierra soberbia historia de huesos son los palos de fósforos empinándose significa dinamita hoy pobre inútil y atornillado medallones de costumbres terreno con terremotos miedo del alma que ignora y que afirma sol exacto la vida afuera yo lo mismo ahora antaño antaño sombra en triángulos bueno palidez de palidez la luna parada mirándonos en el instante se presiente eso lo aquello matemático en geométrico coyuntura de ocasos con vidrios u ojo con muerto la soledad perentoria que se dirige a la letra u como el rocío al agua florida adentro la pulga morena produciendo los otoños a la manera del charqui asado con la melancolía aquella sí con la melancolía aquella tan nublada del hombre que cruzó llorando pitando viajando los pueblos siempre en el instante de lo amarillo más morado arma de fuego semejante a la carabina lluviosa en lo dramático a la ametralladora conmovida cerrada la cara cruzada tumba de guerrero pero asirio pero egipcio biblia del mar que es entonces plano y alto sin altura lo mismo que las plataformas y también la mano inmóvil del orador chalet muy feroz a cualquiera o auto blindado torre de peones de bronce y es la espada te espada no la espada que hace deslindes absolutos acuchillando lo imaginario en tajos idiotas como patadas tina de baño palmera del enero motociclista es la fruta urbana del tráfico y son las regaderas municipales es la goma lavada del comercio la que alegra las vidrieras del ánimo chorros de jardines sumados de mujeres violetas sin calzones agua de sexo de colegiala perdularia ropa interior de las novelas deporte del hombre enorme a aradura como todo el ruido se va para arriba la máquina astronómica sonando se añade a los regimientos o esas mujeres sanas y puras y a los asnos dormidos voy copiando a los brutos chúcaros esquivando las lazadas que enarbola el arreador de los treinta puñales parece que la mañana fuese a degollar a ese con las cuchillas tan filudas que anda trayendo y que el dios le ayuda con su actitud de criado no es un solo filo sólo quien nos rebanó ya las últimas tripas es la sierra esfera circular de los aserraderos la atmósfera deviene agua demasiado destilada demasiada agua hombre blanco claro parado liviano delgado chaqueta de hierro que es enormemente fragante antigua cama de novios lo que parece negro y es negro lo otro lo todo tan difuso horriblemente cruz actitud morada destacándose arriba del abajo perteneciendo no en suceder astronómico lo corriendo certidumbre de neblinas de aluminio sueño de lámpara la cosa que se sumerge desde siempre la máquina metafísica y la obscuridad ay la obscuridad soberbia de lo totalmente iluminado rigiendo las metáforas que son caminos que son sentidos que son estilos semejante a la electricidad con tanta alma plana la presencia ultravioleta que arrastra sacos de figuras indescriptibles como el olor del vidrio mijita estructura de mosaico o sea las rayas cruzadas de la geometría cuando son dados cuadrados alucinados algo que sucede a la espalda del cementerio un bulto variable pasado a química y muy lejos ahora demoroso como los zapallos giratorio como las dínamos pensamiento de vaselina redondo como los focos lo mismo que la palabra gozo pero con planos supuestos que devienen sucediéndose así es el huevo del aviador yo lo comparo en lo inminente en lo imposible efectivo o cuando ladrando los perros fraternales pareciendo abstracta la patagua que hay arriba aquello que abre las puertas abiertas partir la sandía buscando la sandía que está toda adentro toda afuera y no está trepidación de ferrocarril a mansalva no se oye en el entendimiento cuando se oye que llora inmóvil dios inusitado comparémoslo a muchas botellas a los palos parados de los teléfonos más artistas prolongándose en los espejos subterráneos y al alma frondosa y enronquecida del vino se encuentra en los extramuros de la distancia alrededor de lo desusado y lo preterido coronando cuentos de viejas con braseros con inviernos con causeos debajo de los ponchos acuosos parece que nadie conoce el huevo que pone el huevo que pone y vive adentro por eso de repente se derrama la tinta o sentimos que el ataúd nos saca la lengua carajo el alfalfal de los carros lecheros sobre la vereda aterrizan las damas listadas en las vitrinas del tenis y el hall de los papagayos americanos bulla de botones de dioses entonces contra la concha redonda a cada grito que pego le pongo un collar azul a una muchacha hip hip hurra a a ahora los pescados entusiasmados de sentirse muertos pescan la última luna con los ojos y se sumergen en la piscina de las risas vecinas del vecindario es el tomate rojo de la poesía quien brama lo mismo que los notarios satisfechos el sol en panne otoñal alumbra como la fruta madura los guardianes blancos llevan la aurora al cinto y un entusiasmo de cabrones inútilmente griegos hincha los pechos de los pinos honrados cada uno tiene un jarro de agua sí un jarro de agua y sonríe como un planeta bien vestido semejante a un rascacielos a un presidiario a una sardina yo ando cantando recamando contracantando con mis papeles subterráneos mis pantalones rojos mi sombrero amarillo mis alpargatas verdes y mi chaqueta transparente color dios y mi voz negra espesa como aguardiente de cadáver aquella nueva enferma tan rubia entre las sábanas de río que era lo mismo que las yeguas tordillas relinchando la infancia y los médicos rojos alumbrando la clínica politécnica entonces la enfermera-cloroformo llenando de llamas blancas mirando en actitud de dado de cacho el hospital vendado de heridas la asistencia pública partiendo los vidrios nublados sobrevinieron las neuralgias arrasando los veranos ahora las botellas color dolor más enfermas copretéritas agua de paico y heridas maduras son los carros de cosechas contentos como entierros de hombres jóvenes el membrillo de los aguaceros anticipados rodeada de vinos y quesos la señora está soberbia y profunda como un catre de bronce dormida en pupilas de heliotropo campana del aguacero toda de tonadas paridas o de albahacas tan aplastadas que deviene canto de pavo o de gallo afónico galopan las tías muertas en sus yeguas como eras arreboladas y los pueblos caídos del naranjo adentro el violín de la primera violeta cuando era virgen como la piedra soltera yo era valiente y alegre y venía enarbolando aquella gran verga de montañez confianzudo estaba más delicada que el celuloide tibio peleé a guantadas con el animal de madera y me acosté encima gritando lo mismo que los burros adentro del horizonte abierta la ponía en actitud de balcón sobre la uva y los choclos y era lo mismo que echar peumo al fuego y era lo mismo que entrar al corral de las ovejas con el sol en la mochila oh cuando dormimos entre los hinojos y las nieblas mimbreras agrupándonos como los carneros negros debajo de los astros gritados de pavos azules o le reventaba sandías contra la risa aconteció la luna rotunda de las entrañas poemas sin ríos florales aquello que se escribe solo alimento de humaredas lo monótono fonócromo cuando la lana lanada deviene solo fofo todo y sucede nada o polvo lloroso con termómetros así como cuando todo se empapelase con ceniza con pizarras almacén de huesos de pianos de muertos calvicie de eclipse más plana que la vocabla aplanatada soledad con centro abajo a mucha máquina girando pero viene luego la yegua gloriosa pero mal herrada se cae en lo mismo como las caídas dolorosa elipse giratoria en ese instante I sucede la niña morena toda tan desnuda y es como entrar al mar lloviendo algo así confusorio excesivo algo así disparado o como entrar a la montaña a caballo en un bastón de quillay florido yo salgo debajo de sus calzones de diamante como quien saca la cabeza del río con la alegría alborozada de los borrachos asoma a la hora del tranvía de azahares con mucho contento cuando hay una blancura más blanca que de costumbre herida de sol lunada como las bolas redondas de noche pantorrillas de transatlántico telas de melones adolescentes y agua guatita de naranjo y cabellera que extiende lenguas de sexo hasta aguas altas del pie que florece puñalito de apancora distinguida o insecto en la media obscura es alegre como la industria maderera y caliente como el ladrillo de las fábricas o lo mismo que asta de burro o lo mismo que las papas asadas al rescoldo entonces me revuelco en su belleza con esotra gran audacia de los cerdos chicha de maqui con zarzamoras por los sobacos y la resina embotellada del eucalipto entre medio de las piernas abiertas en actitud de alas más anchas y todo lo peludo que deviene cuando me acuesto el alma inútil encima del aroma ultramarino menea la caricia sus remeros de uniforme omnipotente pongo la noche lloviendo con lluvia alegre y negra en sus ojos totales distanciándola es la poesía geográfica del vagabundo alumbrada de colores negativos el terciopelo de miel oscura que define toda la presencia levantándola y se extiende como la eternidad en los muertos honestos y todos los puertos de su audacia con gallos parados arriba del horizonte cielo del atleta muy pintado de granjas en deporte volante de azogue desenrollándose en la llamarada de los pájaros con la cinta ruidosa y al mar el alba angosta siempre cabellos de bencina gritos de máquinas trágica-báquica son urbano con pasto segado el automóvil le lame las manos felices y cuando aboca la ciudad rebuznan los aeroplanos domésticos como el mar bien comido antigua mujer sin soledad notable no se dirigía a ella ni a ella entera sin embargo porque tenía ruido en el sexo y era lo mismo que las chirimoyas sostengo que se parecía a una palabra de espaldas a la lengua de los choros viciosos al público de las plazas preñadas de septiembre y a las potrancas americanas orino su memoria con respeto de animal encarcelado color guitarra color ciruela color tinaja voy a almorzar sobre tumba hecha de cueros de puñales imponentes zapallos de ceniza del continente tubos de pus acerbo atravesando el horizonte de chunchos y cuervos fatales pulmones de cementerio que son tambores de dioses podridos en ataúdes que se divierten a una altura más desenfrenada yo distingo yo formulo todavía no es bastante seguramente aun hay presencias que se defienden con espanto aúlla dios aportillado en lo subalterno enarbolando los métodos de la lágrima y el crujido de la vida nos torna sensibles como las maletas o como lo mismo afuera luz adentro reprochándose organizado rodaje de metales contradictorios atmósfera de taquígrafos con mucho apuro de morirse acaricio la máquina virgen con la gran plumera entonces cien dificultades me comprenden y yo domino la materia como los viejos notarios a todas las bolas afligido de toronjiles y de arrayanes cuotidianos todo merodea y lo contengo y lo deseo todo y todo me define contento desde la otra orilla que ley preside mi sistema desaforado emana un orden del desorden y las últimas velocidades son reposo por eso aprendo a manejar autos altos soy lo mismo que el corazón de todas la uvas nervios de planeta vegetariano tampoco vihuela de asesino sol pintado pintado pero que alumbra mucho a esta órbita de astro responde la naturaleza como al bramido de la eternidad la oscuridad de los toros nocturnos encima de ese ambiente electrificado acumulo abismos sobre abismos con intención de hombre alegre que defiende su alegría la españa embanderada de choapinos remontándose diucas con pueblos durmiendo olvidados en lo urbano cajas de fósforo de los inviernos anteriores un presente melancólico de malezas que son los vagabundos más vagabundos de la botánica lloviendo castañas felices ausencias de horno de tardes rurales letreros con romero predominando sobre los rascacielos y las cicutas y las ortigas del desengaño gran agua de culén gran agua contenta gran agua no manzanilla con nublados pero seca pancutra breva muerta llorando los ponchos orégano azul del lugar que es alegría arrugada apellido sin dentistas pocillo de aguardiente con cedrón y con limón de aguardiente que entristece la mujer limita el oriente con el poniente al poniente con el oriente y al sur con camas de agua madura huele a navío el calzón de la niña cerrada luna con sangre en el corpiño y la aorta exagerada del sol hinchado de rameras es un canasto de pan de cemento el corazón de las esposas y un establo de almas en alcurnia acodadas en las ventanas del crepúsculo todas las novias ahorcan gatos amarillos y el amor se parece a una camisa de fuego arroz con pimentón sí sí y patos joviales enrojeciendo las espadas ciudades de mujeres entreabiertas papagayos de anilina comiendo chirimoyas alegres y aromas inusitados torcazas de vino que son desnudos con ajos morados y perejil estridente es la canción nacional de la empanada pastoreando sus abejas encima de lagares filosofales que parecen panzas de santos felices oh potros sonoros tetas del gusto sin retórica que suceden huevos de águila eminentes el clavel partido que huele entonces a rajadura de vírgenes y la albahaca pisada tan manzana arriba las espuelas de bravura cuyo sable con pañuelos se remonta sobre el alma trazando la última cueca el beso es como el maqui maduro cuando han dormido las culebras en los macales deja la boca de las niñas teñidas de negro y el corazón como los pájaros a la hora preñada de las escopetas alma del pigüelo olorosa a aceitunas de mayo que son lo más íntimo que existe cielo de vaca con ojos obscuros de madres ese entusiasmo se parece a las papayas o a los renuevos de eucalipto y también a pajares incendiados barriga de manzano con nietos castaños jubilados y la patagua alimentada con guairabos duraznos anidados las higueras siriocaldeas sonando como grandes vientos tan cargadas de choroyes parlamentarios que devienen fiestas del dieciocho de septiembre y los toros besando la virginidad de las vaquillas nadie le conoce y anda adentro y afuera rodeándolo mirándolo buscándolo lo mismo pisándose la voluntad semejante a las ametralladoras que se suceden que se persiguen fuera del tiempo y a los matrimonios con muchos hijos a la fruta muy desnuda o muy profunda al agua cansada o al animal que asusta niños.





Escrito en 1927
Extraído de Epopeya del fuego, antología











sábado, agosto 15, 2009

«La barbarie neoliberalista», de Elicura Chihuailaf






«En Chile viven dos razas distintas, una qe sigue las modas europeas, qe aprende en escuelas las ciencias; i en fin, qe vive bajo el influjo de leyes i gobiernos civilizados»; «la otra es la de los indios, qe aunqe son Chilenos también, porqe an nacido en el territorio de Chile i porqe poseen una gran parte de él, no son miembros de nuestra sociedad, no son nuestros compatriotas, porqe no tienen nuestro idioma, ni nuestra relijion, ni nuestras leyes, ni nuestras inclinaciones, ni nuestra fisonomía. Ellos, pues, forman una nación sin parentesco con la qe nosotros formamos: é aqí por lo qe constituimos dos razas diversas. Nosotros ablamos español i vivimos civilizadamente, porqe somos ijos de los españoles qe ora tres siglos desembarcaron en América, i qitaron a los indios por la fuerza los lugares en que emos nacido». «Los indios a qienes los españoles qitaron estas tierras eran bárbaros y no civilizados como sus enemigos; i como no eran, por esto mismo, capaces de comprender todos los beneficios qe iban a resultar para este pais, desde qe cayese en poder de los guerreros i abitantes europeos, resistieron terriblemente, pelearon con tenacidad eróica para evitar qe se estableciese a su lado, en este territorio, la raza española de qe des cendemos nosotros: pero al fin fueron vencidos por nuestros padres i obligados a retirarse con su barbarie a los desiertos del Sud, dejando a la raza civilizada en libertad para que alzase sobre esta tierra todas las maravillas qe cria la industria, la ilustracion i las leyes; maravillas qe no pueden producir los salvajes». Escribió –en 1845– el abogado argentino V. F. López, en su Manual de la Historia de Chile, a menos de cuarenta años de que el ejército chileno consolidara la violenta ocupación de nuestro país Mapuche (de que trajeran su «Pacificación» a nuestro país que vivía en paz y libertad).

Luego de leer estos fragmentos de la historia del Estado y de la sociedad chilena (irrefutable constatación de su arribismo, de su miedo a la identidad) y confrontarla con la realidad actual, me vuelvo a decir: Algo ha cambiado en Chile, mas ¿qué ha cambiado? Digo esto asumiendo la tristeza que implica hoy la palabra Chile. Me parece, que estamos entrando a un momento definitorio de nuestra convivencia. El pueblo Mapuche ha demostrado largamente su disposición al diálogo, pero el pueblo chileno –salvo minoritarios sectores– ha seguido dubitativo, sin sopesar la importancia de la Palabra (el arte de Escuchar), optando quizás por la resplandeciente ignorancia –esas «cuentas de vidrio»– que les oferta el neoliberalismo depredador de la naturaleza y de las conciencias.

Qué decir del Estado, sostenido por políticos que –con destacables excepciones– pertenecen (transversalmente) a la misma burguesía dueña de todo tipo de empresas y latifundios, y que nos «representa» y que nos inmoviliza con sus realities y con sus tarjetas plásticas. La fama y el mundo en nuestras manos. ¿Para qué sirve la poesía?

En el transcurso de la dictadura militar la derecha más brutal se otorgó el tiempo necesario para afinar sus estrategias de abuso del poder político, económico, judicial y comunicacional. Ahora se solazan con la angustia que provocan sus reiterados allanamientos a nuestras comunidades. Carabineros y civiles armados. Ninguna consideración con niños ni con ancianos. ¿Es la civilizada forma de gobernar?

«De no existir la convicción del valor de la conciencia, y su capacidad de prevalecer sobre los instintos, no se podría expresar siquiera la esperanza de cambio en cualquier período de la brevísima historia del hombre (...) En último término, los pueblos que vivían en esta área del planeta desde hace decenas de miles de años, hasta el famoso descubrimiento de América, no tenían nada de latinos, de ibéricos o de europeos; sus rasgos eran más parecidos a los asiáticos, de donde procedieron sus antepasados. Hoy los vemos en los rostros de los indios de México, Centroamérica, Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, Perú, Bolivia, Paraguay y Chile, un país donde los araucanos escribieron páginas imborrables», nos está diciendo Fidel en su reflexión del presente mes.



en El Periodista, 12 de agosto 2009









Fotografía original de Héctor González de Cunco










viernes, agosto 14, 2009

“El guía espiritual”, de Alexandra David-Néel






A
sí, del mismo modo que nosotros recurrimos a las luces de un profesor cuando queremos aprender matemáticas o gramática, en el Tíbet se recurre a un maestro místico para ser iniciado en los procedimientos espirituales.

El guía espiritual es denominado gurú en sánscrito, y los tibetanos han admitido este término extranjero en su lenguaje literario. Sin embargo, en la conversación, dicen generalmente "mi lama", y el adjetivo posesivo se entiende como indicador de la relación de discípulo a maestro.

Aunque los tibetanos pagan con un profundo respeto y una ayuda material efectiva los conocimientos que les son comunicados, es raro encontrar en este país la adoración ciega hacia el gurú, tan común en la India. El poeta anacoreta Milarespa fue una excepción. Los ejemplos de fervor parecido al suyo, su admiración por su maestro y la devoción que le testimonió, son excesivamente raros.

A pesar de muchas expresiones hiperbólicas empleadas en los discursos que le dirigen, o cuando hablan de él a otras personas, la veneración de los discípulos tibetanos va claramente más allá del maestro, hasta el saber del cual éste es depositario. Con escasas excepciones, los discípulos están cons­cientes de los defectos de "su lama", pero el respeto les impide confiar a otra persona sus descubrimientos en este sentido. Además, muchas cosas que parecerían reprensibles a un occi­dental no los chocan en lo más mínimo.

Los tibetanos, en general, no carecen de principios mo­rales, pero sus principios no son necesariamente los que se .adoptan en nuestros países. Por ejemplo, la poliandria, fre­cuentemente juzgada con severidad en Occidente, no les parece en modo alguno pecaminosa; pero en cambio el matrimonio entre parientes, incluso cuando los esposos son primos lejanos, les parece la peor de las abominaciones. Nosotros no vemos en esto ningún mal.

Aunque los tibetanos se muestren a veces pródigos en homenajes a un hombre cuyas imperfecciones saltan al primer golpe de vista, en muchos casos esta conducta no es conse­cuencia de la ceguera. Para comprender esta actitud hay que recordar que las nociones sobre el "yo" corrientes en Occidente son muy dis­tintas de las admitidas por los budistas. Así, hasta cuando rechazan la creencia en un alma inma­terial e inmortal, considerada como su verdadero "yo", la mayoría de los occidentales continúa imaginando una entidad homogénea, que dura por lo menos desde el nacimiento hasta la muerte. Esta entidad puede sufrir cambios, volverse mejor o peor, pero no se supone que estos cambios ocurren minuto a minuto. Y descuidando la observación de las manifestaciones que cortan la continuidad habitual del individuo se habla de un hombre bueno, malo, austero, disoluto, etc.

Los místicos lamaístas niegan la existencia de ese "yo". Afirman que se trata sólo de un encadenamiento de transformaciones, un agregado donde los elementos materiales y men­tales actúan los unos sobre los otros, y son conti­nuamente intercambiados con los de los agregados vecinos. El individuo, tal como ellos lo ven, es semejante a la corriente rápida de un río, o a un torbellino de múltiples aspectos. Los discípulos avanzados saben reconocer, entre la suce­sión de individualidades que se muestran en el maestro, aquella de la cual se puede obtener lecciones y consejos útiles. Para asegurarse este beneficio soportan las manifestaciones de orden inferior que aparecen en el mismo lama, como si aguardaran pacientemente, en medio de una muchedumbre vulgar, el paso de un sabio.

Un día yo conté a un lama la historia del reverendo Ekai Kawaguchi, quien, durante una estadía en el Tíbet, con el deseo de aprender la gramática, se dirigió a un maestro de renombre. Este último pertenecía a la orden religiosa y se presentaba como un gelong (practicante religioso de orden mayor). Sin embargo, tras haber habi­tado algunos días en casa del maestro, el alumno descubrió que su profesor había transgredido la regla del celibato, y que era padre de un niño. Este hecho le inspiró un profundo desagrado: embaló sus libros, sus petates, y se fue.

"¡Qué santurrón!", exclamó el lama al oír la anécdota. ¿Acaso el gramático sabía menos gramática por haber cedido a las tentaciones de la carne? ¿Qué vínculo existe entre esas cosas, y acaso la pureza moral del profesor debe preocupar al estudiante? El hombre inteligente cosecha el saber en donde lo encuentra. ¿Acaso no es un loco aquel que rehúsa recoger una joya depositada en un recipiente sucio, a causa de esta suciedad?

Los lamaístas esclarecidos contemplan desde el punto de vista psíquico la veneración testimoniada a un guía espiritual. De hecho consideran del mismo modo cualquier especie de culto. Sin dejar de reconocer que la dirección de un experto en materia espiritual es extremadamente útil y preciosa, muchos de ellos se inclinan a atribuir al discípulo mismo la mayor parte de la responsabilidad en el éxito o el fracaso del entrenamiento espiritual. No se trata aquí del celo del neófito, de su atención ni de su inteligencia: la utilidad de éstas se da por descontada. Pero otro elemento es considerado necesario, e incluso más poderoso que cualquier otro. Este elemento es la fe.

La fe, creen los místicos del Tíbet, y como ellos muchos asiáticos, es una fuerza en sí misma. Actúa independiente­mente del valor intrínseco del objeto. El dios puede ser una piedra y el padre espiritual un hombre vulgar y, sin embargo, el hecho de adorarlos puede despertar en el devoto una energía y unas facultades latentes insospechadas.

En cuanto a los testimonios exteriores de respeto, tienden en el culto al gurú, como en cualquier otro culto, a alimentar y acrecentar la fe y la veneración. Muchos novicios que nunca se hubieran atrevido a aventurarse por el sendero místico de no haber creído que eran sostenidos y empujados hacia adelante por el poder mental o mágico de su lama, en realidad se han apoyado sólo en sí mismos a lo largo de todo el camino. De todos modos, la con­fianza que tuvieron en su maestro produjo un efecto parecido al de una ayuda exterior efectiva.

Existen casos extraños. Algunos se entregan a veces a 18 prácticas de devoción o a otros ejercicios análogos, aunque estén perfectamente convencidos de la no existencia del objeto de su culto. Y esto no es una locura, como podríamos sentirnos tentados a creer, sino la demostración de un profundo conoci­miento de las influencias psíquicas y del poder de la auto­sugestión. Algunos católicos preconizan un procedimiento que, a primera vista, parece análogo. Consiste en hacer practicar todos los ritos de la religión por un incrédulo, con el fin de atraerlo a la fe.

Podemos pensar que la "incredulidad" de quien se presta a este juego con la finalidad de llegar a creer no es muy seria, y que el individuo en cuestión carece de convicción profunda: de ahí el éxito de una estratagema cuyo éxito él mismo desea.

Entre los lamaístas se trata de una cosa muy distinta. Estos últimos no buscan creer. La gimnástica a la que se entregan tiende simplemente a producir en ellos algunos esta­dos de conciencia que los creyentes imaginan se deben a la buena voluntad de su dios, o de su gurú, cuando en verdad son el fruto de la misma práctica: el acto físico influye sobre el espíritu. Esta ciencia ha sido conocida por los grandes "gurús" católicos. Aparece en los Ejercicios Espirituales de San Igna­cio de Loyola.

Los maestros místicos tibetanos han estudiado minuciosa­mente los efectos sobre el espíritu de las actitudes del cuerpo, de los gestos, de las expresiones del rostro, al igual que la acción de los objetos y del ambiente que nos rodea. El conoci­miento de estos procedimientos forma parte de su ciencia secreta, lo utilizan para el entrenamiento espiritual de sus discípulos, y los más avanzados de ellos lo emplean a veces voluntariamente, como acabamos de decir, para actuar sobre sí mismos.






en Iniciaciones e iniciados del Tíbet, 1972











jueves, agosto 13, 2009

«N», de Julio Espinosa Guerra






En la orilla de esta playa, un cuerpo, con la piel más negra si se puede, orca varada resoplando su agonía. Por los ojos, tan rojos como las paredes arcillosas de un pueblo olvidado con los años, la espera de unos cueros que todavía se agitan en el rincón más oscuro de la habitación. Además, la sed: un pozo seco que llora cuando baja un tiesto hasta su entraña. Así se muere este cetáceo, sintiendo cómo sus huesos se van separando de la piel. Vuelve a ver muros transparentes, seis metros de alambre entrecruzado. Un salto más y de nuevo hacia el desierto. De pronto un descuido en el convoy y el mar frente a sus ojos. Luego, una barca que se cree submarino. El resto son delfines, bancos de palometas y algún alga cruzándole la vista. Después la arena y la sal expulsada por la comisura de los labios. Y un cuerpo que no se mueve. Y un sol que arde demasiado. Y un idioma que no entiende. Y una ciudad cerrada, que abre al fin sus puertas.





en NN, 2007












miércoles, agosto 12, 2009

"Voca", de Simón Villalobos Parada

Tres poemas





*

La muerte corazón volcado
Paul Eluard




En el barro silencio marca las siglas, está prendido, sabe que vendré a buscarlo cuando me acabe o esté desierto; la lengua entre dos posiciones la tierra derecha y además / sonreías con la cara volteada hacia la cámara. Yo no estuve ahí pero puedo sentirlo, como es la relación de todo esto en lo que no estoy y va atrapando las remesas como una cuerda tirante.
Con los dedos marqué la pared las ventanas, una línea de los dedos / arrastré por los vidrios recias cosas sacadas de la flor en su edad, y este olor que desempuñan las manos. Soñaba los jardines desiertos, la radiación las piedras rasgan las uñas al cavar, antes la noche que vino a mojarlo todo, un desaparecido llevando el cuerpo que salió húmedo de su piel / como una lombriz o un animal que es una marca de agua y no las marcas sino la forma blanca que lo encierra y el telón que recibe las zanjas. Ni aunque masque la fosa los andamios después de soldar durante días, ni aún detrás de mí la altura de la voca prendida en las figuras, la planta de un pie y el polvo apelotonado a orillas del relieve; hablé de una silueta pero también algo estuvo adentro, virtual, sostenido por sus conchas









*

Agarrándonos a la tabla de salvación de la poesía, que es una gran máquina negra, / somos los santos carajos y desocupados de aquella irreligiosidad horrenda que da vergüenza porque desapareció cuando desapareció el último “dios” de la tierra, / y la nacionalidad de la personalidad ilustre, se pudre de eminente y de formidable como divino oro judío;
Pablo de Rokha



La voca será el hogar de los hombres santos, iguálalo en tu color no en la tarima del mercado, no en la feria de los preceptores para los notables de la hora. La voca será quebrada pero será la reina de su terciopelo, de su arrastre con la caballería de los garzones tomándole el pico, con sus cabezas indiferentes amarillean el horizonte. No, yo estoy tras la vida contra la ciudad del lago, tú sabes que vinieron a fundar la ciudad y les di con la puerta porque hay un muro y es mi horizonte cambiando de postura y pobreza. Tú sabes cómo miente, ciudad, que será la única y una tregua larga de abundancia. No a nacer sino en la calzada oscura de lo liviano que hurta a la guerra un papel gastado con que cubrirse el calor. La voca será el reino, la alabanza, la disolución de los cuerpos pequeños fluidos materiales navegarán el mismo surco en un mismo golpe largo, Ave ciudad.









*


Alguna cosa sobre la que tuve recuerdo y encegueció, algún pedazo de recuerdo que fue hostil, juntó sus ramas y comenzó un fuego por sí solo un aire cerrado al centro, algún marco de la ventana cerró de golpe quedó en los vidrios atrapado / hacia atrás no estaba mi cabeza si comienzo a hablar por los pies, hacia atrás el sesgo de los ojos que es una vena / la sección del cielo raso que es una vena. Alguna cosa sobre la que escuché hablar cuando volcaron las tazas mis manos dentro de las tazas, dije sobre el color oscuro volcado la forma de un continente en la mesa









Inédito












martes, agosto 11, 2009

«Carlitos místico», de Louis Aragon

Traducción de Aldo Pellegrini





El ascensor descendía siempre hasta perder aliento
y la escalera subía siempre
Esta dama no entiende lo que se habla
es postiza
Yo que ya soñaba con hablarle de amor
Oh el dependiente
tan cómico con su bigote y sus cejas
artificiales
Dio un grito cuando yo tiré de ellos
Qué raro
Qué veo Esa noble extranjera
                   Señor yo no soy una mujer liviana
Uh la fea
                   Por suerte nosotros
                   tenemos valijas de piel de cerdo
                   a toda prueba
Ésta
                   Veinte dólares
Y contiene mil
Siempre el mismo sistema
Ni medida
ni lógica
                   mal tema








en Feu de joie, 1920




















lunes, agosto 10, 2009

“La doble trampa mortal”, de Roberto Arlt






He aquí el asunto, teniente Ferrain: usted tendrá que matar a una mujer bonita.

El rostro del otro permaneció impasible. Sus ojos desteñidos, a través de las vidrieras, miraban el tráfico que subía por el bulevar Grenelle hacia el bulevar Garibaldi. Eran las cinco de la tarde, y ya las luces comenzaban a encenderse en los escaparates. El jefe del Servicio de Contraespionaje observó el ceniciento perfil de Ferrain, y prosiguió:

-Consuélese, teniente. Usted no tendrá que matar a la señorita Estela con sus propias manos. Será ella quien se matará. Usted será el testigo, nada más.

Ferrain comenzó a cargar su pipa y fijó la mirada en el señor Demetriades. Se preguntaba cómo aquel hombre había llegado hasta tal cargo. El jefe del servicio, cráneo amarillo a lo bola de manteca, nariz en caballete, se enfundaba en un traje rabiosamente nuevo. Visto en la calle, podía pasar por un funcionario rutinario y estúpido. Sin embargo, estaba allí, de pie, frente al mapa de África, colgado a sus espaldas, y perorando como un catedrático:

-Posiblemente, usted Ferrain, experimente piedad por el destino cruel a que está condenada la señorita Estela; pero créame, ella no le importaría de usted si se encontrara en la obligación de suprimirlo. Estela le mataría a usted sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. No tenga lástima jamás de ninguna mujer. Cuando alguna se le cruce en el camino, aplástele la cabeza sin misericordia, como a una serpiente. Verá usted: el corazón se le quedará contento y la sangre dulce.

El teniente Ferrain terminó de cargar su pipa. Interrogó:

-¿Qué es lo que ha hecho la señorita Estela?
-¿Qué es lo que ha hecho? ¡Por Cosme y Damián! Lo menos que hace es traicionarnos. Nos está vendiendo a los italianos. O a los alemanes. O a los ingleses. O al diablo. ¿Qué sé yo a quién? Vea: la historia es lamentable. En Polonia, la señorita Estela se desempeñó correctamente y con eficiencia. Esto lo hizo suponer al servicio que podía destacarla en Ceuta. Los españoles estaban modernizando el fuerte de Santa Catalina, el de Prim, el del Serrallo y el del Renegado, cambiando los emplazamientos de las baterías; un montón de diabluras. Ella no sólo tenía que recibir las informaciones, sino trabajar en compañía del ingeniero Desgteit. El ingeniero Desgteit es perro viejo en semejantes tareas. Con ese propósito, el ingeniero compró en Ceuta la llave de un acreditado café. Estela hacía el papel de sobrina del ingeniero. El bar, concurrido por casi toda la oficialidad española, fue modernizado. Se le agregaron sólidos reservados. Un consejo, mi teniente: no hable nunca de asuntos graves en un reservado. Cada reservado estaba provisto de un micrófono. Consecuencia: los oficiales iban, charlaban, bebían. Estela, en el otro piso, a través de los micrófonos, anotaba cuanta palabra interesante decían. Este procedimiento nos permitió saber muchas cosas. Pero he aquí que el mecanismo informativo se descompone. El ingeniero Desgteit encuentra con su cabeza una bala perdida que se escapa de un grupo de borrachos. Supongamos que fueron borrachos auténticos. Mahomet "el Cojo", respetable comerciante ligado estrechamente a la cabila de Anghera, cuyos hombres trabajaban en las fortificaciones, es asaltado por unos desconocidos. Estos lo apalean tan cruelmente, que el hombre muere sin recobrar el sentido. Y, finalmente, como epílogo de la fiesta, nos llega un mensaje de la señorita Estela... ¡Y con qué novedad! Un incendio ha destruido al bar. Por supuesto, toda la documentación que tenía que entregarnos ha quedado reducida a cenizas.

El teniente Ferrain movió la cabeza.

-Evidentemente, hay motivos para fusilarla cuatro veces por la espalda.

El señor Demetriades se quitó una vírgula de tabaco de la lengua, y prosiguió:

-Yo no tengo carácter para acusar sin pruebas; pero tampoco me gusta que me la jueguen de esa manera. Estela es una mujer habilísima. Naturalmente, ordené que la vigilaran, y ella lo supone.
-¿Por qué presume usted que ella se supone vigilada?
-Son los indicios invisibles. Se sabe condenada a muerte, y está buscando la forma de escaparse de nuestras manos. Por supuesto, llevándose la documentación. Ahora bien; ella también sabe que no puede escaparse. Por tierra, por aire o por agua, la seguiríamos y atraparíamos. Ella lo sabe. Pero he aquí de pronto una novedad: la señorita Estela descubre una forma sencillísima para evadirse. He aquí el procedimiento: me escribe diciéndome que siente amenazada su vida, y de paso solicita que un avión la busque para conducirla inmediatamente a Francia; pero nos avisa (aquí está la trampa) que en Xauen la espera un agente de Mahomet "el Cojo" para entregarle una importantísima información. ¿Qué deduce usted, teniente, de ello?
-¿Intentará escaparse en Xauen?

El jefe del servicio se echó a reír.

-Usted es un ingenuo y ella una mentirosa. La información que ella tiene que recibir en Xauen es un cuento chino. Vea, teniente.-El señor Demetriades se volvió hacia el mapa y señaló a Ceuta.-Aquí está Ceuta.-Su dedo regordete bajó hacia el Sur.-Aquí, Xauen. Observe este detalle, teniente. A partir de Beni Hassan, usted se encuentra con un sistema montañoso de más de mil quinientos metros de altura. Nidos de águilas y despeñaperros, como dicen nuestros amigos los españoles. Después de Beni Hassan, el único lugar donde puede aterrizar un avión es Xauen. Ahora bien: el proyecto de esta mujer es tirarse del avión cuando el aparato cruce por la zona de las grandes montañas. Como ella llevará paracaídas, tocará tierra cómodamente, y el avión se verá obligado a seguir viaje hasta Xauen. Y la señorita Estela, a quien sus compinches esperarán en Dar Acobba, Timila o Meharsa, nos dejará plantados con una cuarta de narices. Y nosotros habremos costeado la información para que otros la aprovechen. Muy bonito, ¿no?. . .

-El plan es audaz.

El señor Demetriades replicó:

-¡Qué va a ser audaz! Es simple, claro y lógico, como dos y dos son cuatro. Más lógico le resultará cuando se entere de que la señorita Estela es paracaidista. Lo he sabido de una forma sumamente casual.

El teniente Ferrain volvió a encender su pipa.

-¿Qué es lo que tengo que hacer?
-Poco y nada. Usted irá a Ceuta en un avión de dos asientos. El aparato llevará los paracaídas reglamentarios; pero el suyo estará oculto, y el destinado al asiento de ella, tendrá las cuerdas quemadas con ácido; de manera que aunque ella lo revise no descubrirá nada particular. Cuando se arroje del avión, las cuerdas quemadas no soportarán el peso de su cuerpo, y ella se romperá la cabeza en las rocas. Entonces usted bajará donde esa mujer haya caído, y si no se ha muerto, le descarga las balas de su pistola en la cabeza. Y después le saca todo lo que lleve encima.
-¿Con qué queman las cuerdas del paracaídas?
-Con ácido nítrico diluido en agua. ¿Por qué?
-Nada. El avión se hará pedazos.
-Naturalmente. Ahora, véalo al coronel Desmoulin. Él le dará algunas instrucciones y la orden para retirar el aparato. Tendrá que estar a las ocho de la mañana en Ceuta. Le deseo buena suerte.

El teniente Ferrain se levantó y estrechó la mano del jefe de servicio. Luego tomó su sombrero y salió. Ambos ignoraban que no se verían nunca más.

El teniente Ferrain llegó a las ocho de la mañana al aeródromo de la Aeropostale, piloteando un avión de dos asientos. Miró en derredor, y por el prado herboso vio venir a su encuentro una joven enlutada. La acompañaba el director del aeródromo. Ferrain detuvo los ojos en la señorita Estela. La muchacha avanzaba ágilmente, y su continente era digno y reservado. Algunos ricitos de oro escapaban por debajo de su toca. Tenía el aspecto de una doncella prudente que va a emprender un viaje de vacaciones a la casa de su tía.

El director del aeródromo hizo las presentaciones. Ferrain estrechó fríamente la mano enguantada de la muchacha. Ella le miró a los ojos, y pensó: "Un hombre sin reacciones. Debe ser jugador".

Quizá la muchacha no se equivocaba; pero no era aquel el momento de pensar semejantes cosas de Ferrain. El aviador estaba profundamente disgustado al verse mezclado en aquel horrible negocio. El mecánico se acercó al director, y éste se alejó. Estela, que miraba las plateadas alas del avión reposando como un pez en la pradera verde, volvió sus ojos a Ferrain.

-¿Ha estado usted con el señor Demetriades?
-Sí.
-Supongo que estará enterado de todo.
-Me ha dicho que me ponga por completo a sus órdenes.
-Entonces iremos primero a Xauen, y luego tomaremos rumbo a Melilla.
-¿Sus documentos están en orden?
-Por completo... ¿Conoce usted Xauen?
-He estado dos veces.
-De Xauen podemos salir después de almorzar. Esta noche cenaremos juntos en París. ¿Conforme?
-¡Encantado!
-¿Cuándo salimos?
-Cuando usted diga.
-Me pondré el overol, entonces.-Ya ella se marchaba para la toilette del aeródromo con su bolso de mano; pero bruscamente se volvió. Sonreía, un poco ruborizada, como si se avergonzara de una posible actitud pueril. Dijo: -Teniente Ferrain, no se vaya a reír de mí ¿Tiene usted paracaídas?

Ferrain permaneció serio.

-Puede usar el mío, si quiere. Yo jamás he necesitado de ese chisme.
-Es que soy supersticiosa. Hoy he visto un funeral. Y la primera inicial del paño fúnebre era la letra "E".

Ferrain la miró sorprendido:

-¡Es curioso! Yo me llamo Esteban. ¿Por quién sería el augurio?...

La espía no sonrió. Un poco desconcertada, observó a Ferrain, y luego balbuceó:

-¡Es curioso!

Ferrain miró el cielo azul de la mañana recortándose sobre las montañas verdosas, y replicó:

-Tendremos un viaje serenísimo. No se preocupe.

Ella, con ágiles pasos, marchó a enfundarse en su overol.

Ferrain se dirigió a su aparato. A medida que transcurrirían los minutos, el disgusto por su misión aumentaba su volumen sombrío. ¿Cómo se había dejado atrapar por aquel Demetriades? Algunos mástiles se alejaban del dique hacia Gibraltar. Ferrain pensó con envidia que en los puentes irían pasajeros dichosos. Cierto es que esa noche cenaría en París. ¡Cuántos sacrificios costaba un ascenso! De modo que esa hipócrita, con su aspecto de mosquita muerta, había hecho asesinar a Desgteit y a Mahomet "el Cojo"? ¿Qué aventuras la habrían conducido al Servicio de Contraespionaje? De haber estado en sus manos, borraría a Ceuta del mapa. Miró con rabia al mecánico, que terminaba de llenar el tanque de nafta. Algunos pájaros saltaban en la hierba; más allá, los portones de cine de un hangar se abrían lentamente. Y él, por esa mala pécora...

Sonriendo, con su bolso de mano, apareció la señorita Estela. Evidentemente, era elegante. Ella lo envolvió en su aterciopelada mirada azul, que escapaba de sus pupilas abiertas como abanicos. Ferrain apartó los ojos de ella. Acaba de representársela destrozada en un roquedal, las entrañas derramándose entre los dientes rotos. La señorita Estela, cruzándose de brazos frente a él, dijo:

-¡Lista!

Ferrain se acercó penosamente al aparato. Ella caminaba a su lado alargando el paso y charloteando como una colegiala maliciosa.

-¿Cómo está el señor Demetriades? ¿Siempre paternal y cínico? Supongo que le habrá contado...
Ferrain la miró desafiante:
-¿Contado qué?
-Nuestras dificultades.

Ferrain cortó en seco:

-Usted perdone. El señor Demetriades me ordenó que la buscara a usted, y que eludiera toda conversación confidencial respecto al servicio.

La respuesta de Ferrain fue oportuna y adecuada. Estela pensó: "Este imbécil teme que le estropee la foja con algún chisme", y acto seguido cambió de conversación y de tono:

-¿Cree usted que habrá elecciones en España?

Ferrain la soslayó:

-Posiblemente. . . Se habla de la chance del bloque popular. ¿Cree usted en esa ensalada?

Ferrain sonrió eficiente:

-El bloque es un disparate. Gil Robles gobernará a España. La CEDA es el único partido serio. Electoralmente, el bloque popular está condenado al fracaso. Azaña es un literato.

Habían llegado al avión. Subió Ferrain, y el mecánico la ayudó a Estela. Ella recogió el paracaídas y se cruzó el correaje bajo las axilas.

Ferrain la miró, y aunque estaba muy lejos de tener deseos de sonreír, no pudo evitar que una sonrisa extraña, dubitativa, le encrespara los labios. E insistió en su pregunta:

-Pero, ¿usted cree en ese chisme? -Luego, sin esperar que ella le contestara, apretó el botón del encendido. La hélice osciló como un élitro de cristal, y el motor tableteó semejante a una ametralladora. La máquina se deslizó por la pradera y brincó ligeramente dos veces. Luego quedó suspendida en la atmósfera, cuando Estela bajó la cabeza, las torres de la catedral estaban abajo. En los patios con palmeras se veían algunos monjes que levantaban la cabeza.

Aparecieron los caminos asfaltados, el mar; a lo lejos, entre neblinas sonrosadas, el ceniciento peñón de Gibraltar; la costa de España se recortaba adusta en el azul del Mediterráneo. Durante pocos minutos el avión pareció seguir a lo largo de la mar; pero la costa desapareció y avanzaron sobre crecientes bultos de montañas verdes. Por los caminos zigzagueantes avanzaban lentos camiones. Grupos de campesinos moros eran ostensibles por sus vestiduras blancas. El avión ganó altura, y la costra terrestre, más profunda y sombría, apareció desierta como en los primeros días de la creación.

A pesar de que lucía el sol, el paisaje era siniestro y hostil, con la encrespadura de sus montes y la oquedad verde botella de los valles.

Una congoja infinita entró en el corazón de Ferrain. Vio que Estela metió la mano en el bolso y estuvo allí buscando algo. Finalmente, extrajo una petaca morisca, y le ofreció un cigarrillo. Ferrain no aceptó. Ella fumaba y miraba las profundidades. Ferrain sentía que un infortunio inmenso se aplastaba sobre su vida, descorazonándole para toda acción. Hubiera querido decirle algo a esa mujer, escribírselo en la pizarra; pero una fuerza fatal dominaba su voluntad; tras él estaba el servicio, el destino así aceptado de servir en la absoluta disciplina, y el tiempo, como una brizna cargada de hielo de muerte, corría a través de sus pulmones ansiosos.

Más bultos de montañas se renovaban en el confín. Abajo, la tierra, como en los primeros días de la creación, mostraba riachos salvajes, entre verticales y resquebrajaduras de bosques titánicos y cordones de una primitiva geología.

Parecían estar situados en el centro de un inmenso globo de cristal, cuya costra verde se levantaba por momentos hacia sus rostros, como removida por un aliento monstruoso.

Estela miró su reloj pulsera. El corazón de Ferrain comenzó a golpear como el hacha de un leñador en un pesado tronco. Avanzaban ahora hacia un valle que dilataba su pradera entre dos cordones de cerros amarillentos. Allí abajo, casi al confín, se veía arder una hoguera. Estela tocó el hombro de Ferrain, y le señaló la dirección opuesta a la hoguera. Muy lejos, a ras de tierra, se distinguían los cubos blancos de un caserío. Era el poblado de Beni Hassan.

Ferrain volvió la cabeza, resignado. Adivinó el movimiento de Estela. Cuando quiso lanzar un grito, ella saltaba al vacío. Tan apresuradamente, que sobre el asiento se le olvidó el bolso.

La mujer caía en el vacío semejante a una piedra. Verticalmente. El paracaídas no se abrió. Ferrain hizo girar maquinalmente el aparato para ver caer a la mujer. Ella era un punto negro en el vacío. El paracaídas no se abrió. Luego ya no la vio caer más. Estela se había aplastado en la tierra.

Ferrain, temblando, apagó el encendido del motor. Aterrizaría en aquella pradera. Involuntariamente, su mirada se volvió hacia el bolso que Estela había olvidado sobre el asiento. Iba a extender la mano hacia él, cuando de allí escapó una llamarada. La explosión de la bomba, oculta en el bolso, y que Estela había dejado para asegurarse la retirada, desgarró el fuselaje del avión, y el cuerpo de Ferrain voló despedazado por los aires.






1937











domingo, agosto 09, 2009

«Isla de los Bienaventurados», de Alfonso Calderón

Cuatro poemas


(1930 - 2009)


Hot jazz


Te dije que eso no tendría
un buen fin. El tranvía
nos espera y un rayo de sol
inunda la calle, como siempre.

Me sugeriste con dulzura:
«un dragón es lúgubre,
pero no se puede odiar».
Oigo, sentado en el café,

Swing in minor, el rasgueo
final de la guitarra
de Django Reinhardt.
Quizá teníamos un aire

vago de perro perdido.
Te repetí que esto no podía
tener un buen fin.
Quise decir algo más




Helena


Troya, tal vez. La llama se aviva
y tú, Helena, guardas silencio.
Se agotan los soldados. Cruje
el pestillo de la puerta y las sillas

son viejos pensamientos. De nuevo
te amo, Helena. Las alas de un pájaro
saludan a1 Ponto Euxinos. Humo, ruido,
hollín, vienen las naves que un día

habrán de destruirte. Príamo tose
sofocado por el humo. Deseo que la tierra
me trague y tú, triste y sola, gris
y envejecida, pones la mesa para un rey,

que jamás volveré a ser yo, sino el vil
Paris. Quizás mi canto ha de hacerte
llorar, un día, Helena. Sin ti,
solo como un perro, percibo el mar lejano.




Tiempo


Distraído, el hombre sirve el vino.
Los años de ausencia acaso albergan
las flores que trajo y el periódico.
¿Puedo ver la columna de los muertos?

Alguien, sin sentirlo, enciende aún
un cigarrillo. Azul, el humo llega
a la cocina y la vuelve un sueño
de Vermeer. Deja que la lámpara

anuncie el final de aquella historia.
Por la enorme puerta, abominable
el tiempo avanza, sube al altillo,
abandona el cuarto de costuras

y coge el pasamanos de la escalera
como si hubiera de reírsenos en la cara.
Va, de pieza en pieza, encendiendo
las luces. Ya está solo. El polvo seco

del camino le cierra la garganta.
Luego insinúa: «todo es difícil
de decir». Tose, balbucea, alza
la copa y sirve el vino, aún.




Klee


La hoja azotada por la lluvia,
algo así como una atroz visión
de Klee. Era junio. Tú y yo
veíamos caer aún la lluvia.

De pronto, nuestros ojos
observaban el vago recuerdo
que ya éramos. ¿Desde qué
ángulo advertí en tu rostro

el rumor de la sucia muerte?
El murallón de adobes quedó
atrás y también el torpe yuyo
incierto, algún beso final

y el día de tu muerte, mañana.
Sin otra cosa que un secreto,
en el reino del amor, tú y yo.
Bastó el azar, la distracción,

el grito de un pájaro, el nombre
de Paul Klee, la lluvia del sur,
el silencio de una mañana
cuyo nombre será la muerte.









en Isla de los Bienaventurados, 1977










* Todos los poemas fueron escritos en 1976.












sábado, agosto 08, 2009

“Ellos obedecen”, de Carl Sandburg






Echen abajo las ciudades.
Trituren las murallas en pedazos.
Rompan las fábricas y catedrales, los almacenes,
los hogares; suelten los montones de piedra entre los escombros
y la madera negra y quemada:
Ustedes son los soldados y se lo hemos ordenado.

Construyan las ciudades.
Erijan nuevas fortificaciones.
Reparen, una vez más, las fábricas y catedrales,
los almacenes, las casas; que sean edificios para vivir y trabajar:
Ustedes son obreros y ciudadanos
y se lo hemos ordenado.






en War poems, 1914-1915
Traducción de Carlos Almonte











viernes, agosto 07, 2009

“¿Levantamiento popular o golpe de Estado?”, de Ed Vulliamy

Sobre Rumania y la “revolutzia” de 1989




Estrechar la mano de Cordruta Cruceanu fuera de la Galería Nacional de Arte de Bucarest es hacerlo a 20 años desde que nos vimos por primera vez. En 1989, ella era curadora del museo mientras arreciaba una batalla entre las pinturas. Caminando por la galería pudimos ver, debido a un forado abierto por la artillería, a los tanques en la plaza y a los jóvenes y nerviosos soldados (con flores que la gente ponía en sus cascos) devolviendo el fuego ocasional de los francotiradores y a las muchedumbres que se congregaban a dar un vistazo a la derruida fortaleza del régimen del dictador Nicolae Ceausescu. Parecía una guerra de otra época, en un noticiario en blanco y negro.

Había pasado una semana de la ejecución de los Ceausescu, pero se habían necesitado días para disipar el olor de los disparos y las albañilerías calcinadas. Al interior del museo, las fuerzas de la Securitate (la policía secreta) se había enfrentado al Ejército, entre las pinturas europeas de las que Cruceanu era curadora. Volvimos a encontrarnos en mayo. Sobre los sucesos de 1989, “no sabemos aún realmente la verdad completa”, dijo, “y me pregunto si la sabremos alguna vez. Hay muchas personas que todavía están vivas y a las que no conviene que se sepa quiénes luchaban contra quiénes y por qué. Lo que sí sabemos es que todo fue hasta cierto punto teatro, que fue un montaje”.

Un extraño híbrido

Pese a que la revolución rumana fue la más dramática de las insurgencias contra el comunismo que asolaron y unieron a Europa hace 20 años, fue también la más misteriosa, dicotómica y artera. El mundo contempló un levantamiento contra el régimen de Ceausescu, primero en Timisoara, luego en una manifestación convocada por Ceausescu en Bucarest, donde la muchedumbre lo abucheó. Después, él y su esposa Elena fueron ejecutados.

Sin embargo, pasó cierto tiempo antes de que el liderazgo revolucionario bajo el rival de Ceausescu, Ion Iliescu, pudiera dominar a la Securitate. La violencia fue terrible y las muertes, producidas durante muchos días antes y después de la ejecución, siguen siendo hoy incalculables. Nadie duda que hubo una revolución en las calles. Pero lo que aún no se explica es quién la estaba manipulando y por qué. ¿Qué hacían Iliescu, su facción del Partido Comunista y los generales leales a él?

Aún perdura la asombrosa noción de que la lucha fue fabricada y la revolución fachada. “De los cientos de discursos que Iliescu ha hecho desde entonces”, dice Cordruta Cruceanu, “el que más se grabó en mi mente fue cuando dijo que ‘en un país como Rumania era imposible hacer una revolución, por lo que tuvo que ser escenificada’. Es lo más cerca que ha llegado a admitir lo que casi todos creen, o saben”.

La caída de Ceausescu fue inolvidablemente anunciada en TV por el principal actor de Rumania, Ion Caramitru, desde la sede de la televisión nacional ocupada por los revolucionarios demócratas, de los cuales él y el escritor disidente Mircea Dinescu, con quien apareció en pantalla, eran los más prominentes. Recuerdo haber pasado días y noches en ese lugar (bajo fuego de quienes se suponían leales a Ceausescu) en reuniones con Caramitru durante los debates interminables y abiertos sobre el futuro de la nación, en un ambiente que combinaba 1968 con algo más temible.

Caramitru se convirtió en estrella de cine y uno de los más grandes intérpretes europeos de Shakespeare (Hamlet y Lear), pero nunca dejó la política: abandonó el Frente de Salvación Nacional de Iliescu cuando se transformó en el partido de gobierno y fue ministro de Cultura del gobierno rival de coalición entre 1996 y 2000. En junio, luego de una notable interpretación de Eduardo III en el Teatro Nacional de Rumania, del que es director, me invitó a conversar con una copa de vino. “Hubo una revolución del pueblo”, me dijo, “pero el pueblo fue traicionado. Éramos románticos, sin relaciones con el poder. Al cabo de un año, era evidente que una facción había desplazado a otra, probablemente en contacto con Moscú, donde Gorbachov se había dado cuenta de que el sistema de Ceausescu se derrumbaría. Las instituciones que habían regido al país siguieron, pero con otro nombre. Es trágico que la mayor parte de los muertos lo fueron después de la ejecución de Ceausescu y no antes. Si yo fuera Iliescu y creyera en Dios, temería al juicio divino por los muertos”.

La falsificación engendró un extraño híbrido: un país que adoptó el sistema capitalista pero siguió gobernado por la vieja guardia. El legado se refleja en un informe de 2008 de la UE, que admitió a Rumania como nuevo miembro de la UE, sólo para calificarla como el segundo país más corrupto del bloque, después de Bulgaria. Hubo un intento del actual Presidente Traian Basescu de limpiar el sistema, pero fue tanta la resistencia del Parlamento que, como dijo Laura Stefanescu, asesora en ese momento del Ministerio de Justicia, “nuestra única victoria fue que no hubo derrota y que la inmunidad de la clase política no se fortaleció aun más. Rumania es como el sistema bancario internacional; las reglas sólo existen para las personas honestas; no hay reglas para los corruptos”.

Un muro de silencio

La emblemática bandera de 1989, el tricolor rumano azul, amarillo y rojo con un hoyo donde estaba el símbolo comunista, aún flamea en las oficinas de la Asociación 21 de diciembre. La asociación ha estado querellándose contra el gobierno rumano (y ahora lo hace ante la Corte de Estrasburgo), buscando un relato veraz de lo que ocurrió en 1989. Es dirigida por Doru Maries, ex futbolista que participó en el movimiento contra Ceasescu. Maries produce documentales que son presentados ante los tribunales y que, según dice, muestran a Iliescu ordenándole al aparato del partido que siguiera reclutando y a sus funcionarios que se mantuvieran en sus cargos.

Cuando el movimiento democrático empezó a sentir que las cosas no eran lo que parecían, se produjeron manifestaciones contra Iliescu. Entre comienzos de 1990 y 1992 fueron atacados por los que se hicieron conocidos como mineriada: intervenciones violentas de los mineros del carbón del valle de Jiu. Éstos eran movilizados por el líder sindical Miron Cozma, ferozmente leal a Iliescu y, ostensiblemente, a los hombres que representaba. Una vez, los mineros saquearon las sedes de los partidos conservadores, otra aporrearon las cabezas de estudiantes. Mucho se ha escrito sobre las escapas de Cozma, pero poco sobre la dualidad de orgullo y vergüenza en la historia de los mineros rumanos, que siempre ocuparon un sitio en la iconografía comunista.

Hubo otra en 1999, pero en defensa de los puestos de trabajo cuando las minas empezaron a cerrarse. El impacto de estos cierres sobre el valle de Jiu es catastrófico y, en una parábola del precio que Rumania pagó por su libertad, cuando cambió el puño de hierro del comunismo por los estragos del mercado. O, como algunos dicen, combinó lo peor de ambos. Cozma fue encarcelado por su papel en las manifestaciones contra los cierres, pero fue perdonado por el reelecto Iliescu y liberado en 2004. Hoy, su hermano Tiberiu, líder adjunto del sindicato de mineros, dice que “lo que hemos visto es la destrucción políticamente motivada de la industria rumana del carbón, acordada entre el gobierno y el FMI en 1997. La última vez que usted estuvo aquí, 47 mil hombres trabajaban. Ahora hay menos de 11 mil”. Hoy, el carbón llega a Rumania desde Rusia, Ucrania y Sudáfrica.

En Bucarest, Crodruta Crucenau cree que “en retrospectiva, Rumania era más vulnerable que cualquier otro país comunista al mito de occidente como paraíso, a la cultura del mall y a las mediciones del éxito por el tipo de celular que se tenga. Aquí es fuerte, porque todo sucedió tan de repente, incluso a las clases educadas. Se ha hecho mucho daño, tanto a Rumania como a Occidente, tal como lo vemos en esta crisis: porque Occidente comenzó a creer algunas de nuestras propias ilusiones, algunas de nuestras falsas expectativas de lo que parecía prometerse allá en 1989”.












en The Observer








Contribución a Dscntxt de Sebastián Teillier