jueves, agosto 06, 2009

“Confesiones de un artista de mierda”, de Philip K. Dick

Capítulo 1





Estoy hecho de agua. Jamás se darán cuenta de ello, porque la tengo contenida. También mis amigos están hechos de agua. Todos. Para nosotros, el problema no sólo radica en que debemos andar sin ser absorbidos por la tierra, sino que debemos ganarnos la vida.

En realidad, hay un problema aún mayor. No nos sentimos cómodos en ninguna parte. ¿Por qué?

La respuesta es la Segunda Guerra Mundial.

Comenzó el 7 de diciembre de 1941. En aquella época yo tenía dieciséis años y todavía asistía a la escuela secundaria de Sevilla. Tan pronto como escuché la noticia en la radio, me di cuenta de que iba a combatir en ella, de que nuestro presidente ahora tenía la oportunidad de azotar a los japoneses y a los alemanes, y que haría falta el esfuerzo de todos, hombro con hombro. La radio la había construido yo mismo. Siempre andaba montando receptores de tubos de superheterodino. Mi cuarto estaba atestado de auriculares, cables y condensadores, junto con mucho más material técnico.

El anuncio de la radio interrumpió una publicidad de pan que decía:

«¡Homer! ¡No te olvides del pan Homestead!».

Solía odiar esa publicidad, y acababa de pegar un salto para cambiar de frecuencia cuando, en el acto, la voz de la mujer fue cortada. Naturalmente, lo noté; no tuve que pensar dos veces para comprender que pasaba algo. Ahí tenía mi colección de sellos coloniales de Alemania —los que muestran el yate del Káiser, el Hohenzollem— desplegados a muy poca distancia de la luz directa del sol, sabiendo que debía colocarlos en el álbum antes de que les sucediera algo. Sin embargo, me quedé de pie en medio de mi cuarto sin hacer absolutamente nada, salvo respirar, y, claro está, mantener otros procesos normales en marcha. Mantener mi lado físico mientras mi mente se centraba en la radio.

Por supuesto, mi hermana, mi madre y mi padre habían salido a pasar la tarde fuera, así que no tenía a nadie a quien contárselo. Eso me puso lívido de cólera. Después de las noticias sobre los aviones japoneses que nos bombardeaban, me puse a correr en círculos, tratando de pensar a quién llamar. Por fin, bajé a toda velocidad por la escalera y entré en el salón, desde donde telefoneé a Herman Hauck, un amigo de la escuela de Sevilla que compartía mi pupitre en la clase de Física 2A. Le conté las noticias y no tardó ni un instante en venir a casa en su bicicleta. Nos sentamos a la espera delante de la radio y discutimos la situación.

Al mismo tiempo encendimos un par de Camels.

—Esto significa que Alemania e Italia también intervendrán —le dije a Hauck—. Significa una guerra contra el Eje, no sólo contra los japoneses. Desde luego, primero deberemos machacar a los japs, y luego centrar nuestra atención en Europa.
—Cuánto me alegra ver que aquí tenemos nuestra oportunidad de darle su merecido a esos japoneses —comentó Hauck. Los dos nos mostramos de acuerdo—. Estoy ansioso de que entremos en guerra —añadió. Nos pusimos a dar vueltas por mi habitación, fumando y con los oídos atentos a la radio—. Miserables enanos de panza amarilla —soltó Herman—. ¿Sabes?, no tienen una cultura propia. Toda su civilización se la robaron a los chinos. En realidad descienden más de los monos; no son seres humanos de verdad. No es como luchar contra humanos reales.
—Es verdad —dije.

Por supuesto, esto era por 1941, y una afirmación no científica como ésa no se llegaba a cuestionar. En la actualidad sabemos que los chinos tampoco tienen una cultura. Se hicieron Rojos como la masa de hormigas que son. Para ellos, es una vida natural. Además, realmente no importa, porque estábamos destinados a tener problemas con ellos tarde o temprano. Algún día tendremos que machacarlos como machacamos a los japs. Y cuando llegue el momento, lo haremos.

No fue mucho después del 7 de diciembre cuando las autoridades militares transmitieron las noticias por los postes telefónicos, diciéndole a los japs que debían salir de California para tal y tal fecha. En Sevilla —que se encuentra a unos sesenta kilómetros de San Francisco— teníamos cierto número de japoneses haciendo negocios; uno llevaba un vivero, otro una tienda de comestibles... sus típicas tiendas pequeñas, con las que ganan unos peniques aquí y allá, haciendo que sus diez hijos realicen todo el trabajo y, por lo general, manteniéndose con un bol de arroz al día. Ningún blanco puede competir con ellos, ya que están dispuestos a trabajar por nada. Bueno, pues ahora tenían que largarse, les gustara o no. En mi opinión, era por su bien, ya que muchos de nosotros estábamos agitados ante la visión de los japs saboteando y espiando. En la escuela secundaria de Sevilla, unos cuantos perseguimos a un chico japonés y lo zarandeamos un poco, para que viera cómo nos sentíamos. Si no recuerdo mal, su padre era dentista.

El único jap que yo conocía de verdad era un vendedor de seguros que vivía enfrente de nosotros. Como todos ellos, tenía un gran jardín a ambos lados de la casa y en la parte de atrás, y por las tardes y durante los fines de semana solía aparecer con unos pantalones de color caqui, una camiseta y zapatillas de tenis, llevando una manguera y un saco de fertilizante, un rastrillo y una pala. Había plantado un montón de verduras japonesas que jamás reconocí, algunas alubias, calabazas y melones, más las acostumbradas remolachas y zanahorias. Yo solía observarlo mientras quitaba las malas hierbas alrededor de las calabazas, y siempre le decía:

—Ahí está Jack Calabacín de nuevo en su jardín buscando una nueva calabaza.

Con su cuello flaco y su cabeza redondeada no se parecía a Jack Calabacín; tenía el pelo afeitado, como lo llevan ahora los estudiantes universitarios, y siempre sonreía. Tenía dientes enormes que los labios jamás le tapaban.

En aquella época, antes de que sacaran a los japs de California, me obsesionaba la idea de ese amarillo dando vueltas por el barrio con una calabaza en descomposición, buscando una fresca. Tenía un aspecto tan enfermizo —principalmente porque era muy flaco y encorvado— que me puse a conjeturar cuál podía ser su mal. A mí me parecía que era tuberculosis. Durante un tiempo temí —me molestó semanas enteras— que un día que estuviera en su jardín o que bajara por el camino particular en dirección a su coche, se le rompiera el cuello y se le cayera la cabeza a los pies. Aguardé con temor que le sucediera, por eso siempre debía estar atento cuando le oía. Y siempre que andaba cerca podía escucharle, porque constantemente carraspeaba y escupía. Su mujer también escupía, y era muy pequeña y bonita. Casi se parecía a una estrella de cine. Pero su inglés, según mi madre, era tan malo que resultaba inútil que alguien intentara hablar con ella; lo único que hacía era reírse entre dientes.

La idea de que el señor Watanaba se parecía a Jack Calabacín jamás se me podría haber ocurrido si no hubiera leído los libros de Oz en mis años infantiles; de hecho, todavía tenía algunos por mi habitación bien entrada ya la Segunda Guerra Mundial. Los guardaba con mis revistas de ciencia-ficción, mi viejo microscopio y mi colección de piedras, y con el modelo del sistema solar que había construido en la escuela secundaria para mi clase de ciencia. Cuando se escribieron los libros de Oz, allá por 1900, todo el mundo los tomó por una ficción, igual que sucedió con los libros de Julio Verne y H.G. Wells. Pero ahora empezamos a ver que aunque los personajes, como Ozma, el Mago y Dorothy, eran creaciones de la mente de Baum, la idea de una civilización en el interior del mundo no es algo fantástico. Recientemente, Richard Shaver ha proporcionado una descripción detallada de una civilización en el interior del mundo, y otros exploradores están alerta ante la posibilidad de tales descubrimientos. También puede que se descubra que los continentes perdidos de Mu y la Atlántida pertenecen a una cultura antigua en la que las tierras interiores han desempeñado un papel importante.

Hoy en día, en los años 50, la atención de todo el mundo está dirigida hacia arriba, al cielo. La vida en otros mundos es lo que centra la atención de la gente. Sin embargo, en cualquier momento el suelo se puede abrir bajo nuestros pies y surgir extrañas y misteriosas razas de su interior. Vale la pena pensar en ello... Y en California, con eso de los terremotos, la situación resulta particularmente acuciante. Cada vez que hay un terremoto, me pregunto: ¿abrirá éste la grieta en el suelo que, finalmente, revele el mundo interior? ¿Será éste?

A veces, a la hora de la comida, lo he discutido con mis compañeros de trabajo, hasta con el señor Poity, el dueño de la empresa. Mi experiencia me dice que si algunos tienen conciencia de una raza no terrestre, sólo se preocupan de los ovnis y de las razas con las que nos encontramos, sin darnos cuenta, en el cielo. Es lo que llamaría intolerancia, incluso prejuicio, pero requiere mucho tiempo, hasta en estos días, que los hechos científicos lleguen al conocimiento del público en general. Los mismos científicos son remisos al cambio, así que depende de nosotros, el público científicamente entrenado, ser la avanzadilla. No obstante, he descubierto, incluso entre nosotros, que hay muchos a los que no les importa nada. Mi hermana, por ejemplo. En los últimos años, ella y su marido han estado viviendo en la parte norte del Condado de Marin, y lo único que parece preocuparles ahí arriba es el budismo zen. De modo que aquí, en mi propia familia, hay un ejemplo de una persona que ha pasado de la curiosidad científica a una religión asiática que amenaza, igual que el cristianismo, con ahogar la facultad racional de cuestionamiento.

Sea como fuere, el señor Poity está interesado, y yo le he prestado unos libros del Coronel Churchward sobre Mu.

Mi trabajo en el Servicio de Ruedas One-Day Dealer’s es interesante, y me obliga a emplear parte de mi destreza con las herramientas, aunque muy poco de mi entrenamiento científico. Me encargo de volver a marcar surcos. Lo que hacemos es coger las lisas, es decir, las ruedas que están tan gastadas que ya casi no les quedan estrías; luego, con una punta caliente marcamos surcos hasta la misma cubierta, siguiendo el viejo patrón gastado, de modo que da la impresión de que la rueda aún tiene caucho... cuando, en realidad, sólo queda el material de la cubierta. Entonces, la pintamos con pintura negra de caucho, dejándole la apariencia de una rueda en buenas condiciones. Por supuesto, si la lleváis en vuestro coche, basta con que piséis una cerilla caliente y ¡boom! Tenéis una rueda pinchada. Sin embargo, por lo general, una rueda vuelta a marcar aguanta un mes. De paso, no podéis comprar ruedas como las que yo hago. Tratamos sólo al por mayor, esto es, con agencias de coches usados.

El trabajo no paga mucho, pero resulta divertido descubrir el viejo patrón de surcos... a veces casi ni se ve. De hecho, a veces sólo un experto, un técnico entrenado como yo, puede verlo y rastrearlo. Y hay que hacerlo a la perfección, porque si te apartas del patrón original, queda una marca que hasta un idiota puede reconocer que no ha sido hecha por la máquina original. Cuando termino con una rueda, no parece marcada a mano. Muestra el aspecto exacto que tendría si lo hubiera hecho una máquina, lo cual, para un marcador de surcos, es la sensación más satisfactoria del mundo.





1975










miércoles, agosto 05, 2009

“En una estación de ferrocarril”, de Lafcadio Hearn







Séptimo día del sexto mes veintiséis de Meiji.

Ayer un telegrama de Fukuoka anunció que un desesperado criminal capturado allí sería traído hoy a Kumamoto para su juicio, en el tren pasado el mediodía. Un policía de Kumamoto había ido a Fukuoka para hacerse cargo del prisionero.

Cuatro años antes un fuerte ladrón había ingresado a algunas casas por la noche en la Calle de los Luchadores, aterrorizando y atando a los ocupantes, llevándose una cantidad de cosas valiosas. Rastreado hábilmente por la policía, fue capturado dentro de las veinticuatro horas, aún antes de que pudiera disponer de su botín. Pero cuando fue llevado a la estación de policía rompió sus ataduras, le arrebató la espada a su captor, lo mató y escapó. No se había oído nada más de él hasta la semana pasada.

Entonces sucedió que un detective de Kumamoto, que se encontraba visitando la prisión de Fukuoka, vio entre los trabajadores una cara que había estado grabada durante cuatro años en su cerebro.

-¿Quién es ese hombre? -le preguntó al guardia.
-Un ladrón -fue la respuesta- registrado aquí como Kusabe.

El detective se acercó al prisionero y dijo:

-Tu nombre no es Kusabe. Nomura Teiichi, se te reclama en Kumamoto por asesinato.

El criminal confesó todo.

Fui con una gran horda de gente a ver la llegada a la estación. Esperaba escuchar y ver ira, temí aún que hubiera violencia. El oficial asesinado había sido muy querido; sus parientes ciertamente estarían entre los espectadores, y una multitud de Kumamoto no es muy amable. También pensé que encontraría muchos policías en servicio. Mis presentimientos estaban errados.

El tren se detuvo en la escena usual de prisa y ruido, corridas y traqueteo de pasajeros usando geta, griterío de niños queriendo vender periódicos japoneses y limonada de Kumamoto. Esperamos afuera de la barrera por aproximadamente cinco minutos. Luego, empujado a través de la puerta por un sargento de policía, apareció el prisionero... un hombre enorme, de apariencia salvaje, con la cabeza gacha y los brazos sujetados en la espalda. Ambos, prisionero y guardia, se detuvieron frente a la portezuela; y la gente se apretujó para ver, pero en silencio. Luego el oficial gritó:

-¡Sugihara-san! ¡Sugihara O-kibi! ¿Está ella presente?

Una pequeña mujer parada cerca de mí, con un niño en sus espaldas, respondió "Hai!" y avanzó a través de la prensa. Esta era la viuda del hombre asesinado; el niño que llevaba era su hijo. Ante una señal de la mano del oficial la multitud retrocedió, para dejar un espacio para el prisionero y su escolta. En ese espacio se paró la mujer con el niño enfrentándose al asesino. El silencio era mortal.

Luego el oficial habló, no a la mujer, sino únicamente al niño. Habló bajo, pero tan claramente que yo pude captar cada sílaba:

-Pequeño, este es el hombre que mató a tu padre hace cuatro años. Tú no habías nacido aún; estabas en el vientre de tu madre. Que no tengas ahora un padre que te ame es obra de este hombre. Míralo -aquí el oficial, poniendo una mano en la barbilla del prisionero, lo forzó duramente a levantar la vista- ¡míralo bien! No tengas miedo. Es doloroso; pero es tu deber. ¡Míralo!

Sobre la espalda de la madre el niño observó con los ojos muy abiertos, como con temor, luego empezó a sollozar: luego sobrevinieron lágrimas; pero firme y obedientemente miró, miró, miró derecho en la cara acobardada.

La multitud pareció haber dejado de respirar.

Vi que las facciones del prisionero se distorsionaban; lo vi caer súbitamente sobre sus rodillas a pesar de sus grilletes, y golpear duramente su rostro contra el polvo, gritando apasionadamente con remordimiento haciendo que el corazón de uno se sacudiera:

-¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdóname, pequeño! Lo que hice, no lo hice por odio; sino únicamente por el miedo loco, en mi deseo por escapar. He sido muy, muy malvado; ¡te he causado un mal abominable! Pero ahora por mi pecado voy a morir. ¡Deseo morir; me alegro de morir! Entonces, pequeño, ¡sé piadoso! ¡Perdóname!

El niño aún lloraba silenciosamente. El oficial levantó al tembloroso criminal: la multitud muda se dividió a izquierda y derecha para permitirles el paso. Entonces, bastante súbitamente, la multitud entera comenzó a sollozar. Y mientras el guardián bronceado pasaba, vi lo que nunca antes había visto -lo que pocos hombres han visto jamás- lo que probablemente nunca más vuelva a ver otra vez: las lágrimas de un policía japonés.

La multitud retrocedió, y me dejó asombrado sobre la extraña moralidad del espectáculo. Aquí había justicia inquebrantable aunque compasiva, forzando el reconocimiento de un crimen mediante el patético testimonio de su resultado más simple. Aquí había remordimiento desesperado, rogando únicamente por perdón antes de morir. Y aquí había un populacho -probablemente el más peligroso en el imperio cuando se enoja- comprendiéndolo todo, tocado por todos, satisfecho con la contrición y la vergüenza, y lleno, no con furia, sino solo con el gran pesar del pecado, a través de la simple y profunda experiencia de las dificultades de la vida y la debilidad de la naturaleza humana.

Pero el más significativo, porque es el más oriental, hecho del episodio fue que apelar al remordimiento había sido hecho a través del sentido de paternidad del criminal, aquel amor potencial por los niños que es una parte tan grande del alma de todo japonés.

Hay una historia de que el más famoso de los ladrones japoneses, Ishikawa Goemon, entrando una noche a una casa para matar y robar, fue encantado por la sonrisa de un bebé que extendía sus brazos hacia él, y que permaneció jugando con la pequeña criatura hasta que toda posibilidad de llevar a cabo su propósito se perdió.

Esta historia no es difícil de creer. Cada año los registros de la policía hablan de la compasión demostrada hacia los niños por profesionales criminales. Algunos meses atrás se reportó en los periódicos locales un terrible caso de asesinato, la masacre de una familia por ladrones. Siete personas fueron literalmente cortadas en pedazos mientras dormían, pero la policía descubrió un niño pequeño completamente intacto, llorando solo en un charco de sangre; y encontraron evidencia inconfundible de que los asesinos habían tenido gran cuidado en no herir al niño.






1850-1904











martes, agosto 04, 2009

«¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!», de Walt Whitman

A Tanguito (14 de febrero, 1999 - 4 de agosto, 2009) / Traducción de Juan Carlos Villavicencio





I

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido;
El barco ha enfrentado cada tormento, el premio que buscamos
            fue ganado;
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada,
Mientras los ojos siguen la firme quilla de la severa y osada nave:
          Pero ¡oh corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!
          Oh las sangrantes gotas rojas,

          Cuando en la cubierta yace mi Capitán
                Caído, frío y muerto.


II

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate —por ti se ha arriado la bandera— por ti trinan los clarines;
Por ti ramos y coronas con cintas— por ti una multitud en las riberas;
Por ti ellos claman, el oscilante gentío, sus ansiosos rostros a ti
            se vuelven;
          ¡Arriba Capitán! ¡Querido padre!
          Este brazo bajo tu cabeza;

          Es tan sólo un sueño aquél en la cubierta,
                Tú has caído frío y muerto.


III

Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos y quietos;
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;
El barco se encuentra anclado sano y salvo, su viaje concluido
            y terminado;
De una horrorosa travesía, el barco vencedor, viene con un objeto
            conquistado;
          ¡Regocíjense, oh riberas y repiquen, oh campanas!
          Pero yo, con lúgubre andar

          Camino la cubierta donde yace mi Capitán,
                Caído, frío y muerto.




1865













O Captain! my Captain!

I // O Captain! my Captain! our fearful trip is done; / The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won; / The port is near, the bells I hear, the people all exulting, / While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring: / But O heart! heart! heart! / O the bleeding drops of red, // Where on the deck my Captain lies, / Fallen cold and dead. // II // O Captain! my Captain! rise up and hear the bells; / Rise up —for you the flag is flung— for you the bugle trills; / For you bouquets and ribbon’d wreaths—for you the shores a-crowding; / For you they call, the swaying mass, their eager faces turning; / Here Captain! dear father! / This arm beneath your head; // It is some dream that on the deck, / You’ve fallen cold and dead. // III // My Captain does not answer, his lips are pale and still; / My father does not feel my arm, he has no pulse nor will; / The ship is anchor’d safe and sound, its voyage closed and done; / From fearful trip, the victor ship, comes in with object won; / Exult, O shores, and ring, O bells! / But I, with mournful tread, // Walk the deck my Captain lies, / Fallen cold and dead.









A Tanguito (14 feb 1999 - 4 ago 2009)








lunes, agosto 03, 2009

«Las Aventuras del Capitán Tanguito i su Astuto Secuaz Don Escarabajo», de Juan Carlos Villavicencio

Inicio mientras casi te dormías




Prólogo

Resguardado bajo su verde cobija de musgos en el templo
            –herencia del color de los olivos–,
el eco en fuga de un placer de otros tiempos
            provenía del naranjo Capitán Tanguito,
                        Gato de todas nuestras noches,
descendiente de un cosmos herido i desenfados.

Tras el fuego de una era más antigua,
            su Astuto Secuaz Don Escarabajo
                        sostenía los últimos silencios
            i recordaba las escenas
                        velando contra el viento,
navegando bajo toda luna
junto al ya cansado Capitán.




I. Al amanecer de un verano tibio terminando...

Al amanecer de un verano tibio terminando
            fue traído a bordo de cuatro lunas
                        un pequeño felino sin temores que guardar.
Su madre oscura
            como la noche i sus mostos más serenos,
fue sólo traicionada por su sonrisa al delatar
            el bello fuego de su interior de colores
                                                                  i orquestas resonando.
Su hijo cargaba la huella de la nobleza
            en sus grandes bigotes,
            que lo hacían parecer un equilibrista
                        caminando por la vida.
Su mirada cautivada
            de desenfado i ternura eterna,
la gallardía saltando
            desde el hombro de un pirata que ha caído
o subiendo a enfrentar el viento i rapidez
            de ese desafío empujado por los dioses.
Aquellos se turnaban para entregarle en sus garras
            el destino i el calor de sus afectos.
Fue desde su arribo el centro de las proas i los templos,
por generosidad,
por hambre,
por esquivar la soledad
            de toda preciada brújula en el olvido.




II. Una oscura golondrina ya cansada cae....

Una oscura golondrina ya cansada
            cae aburrida de soles i dolor.
Joven i nombrado Capitán no pudo apartar el fuego
                                                                  que su sangre despedía,
como delirio del mascarón de proa colmando de magia
            sus visiones.
El escarmiento i tempestad se grabaron contra el mástil,
acaso el destierro donde nadie lo vería tras el caos
            i las pinturas rasgadas de aquel templo,
las velas que perdonaban el paso del aire frío
            por sus garras laceradas i el dolor de las ausencias,
la peste en sus jardines
i sobre el altar
los gritos desmedidos i la desazón de los breves dioses
            que olvidaron sus tormentos.
Mientras uno abandonó barlovento
            irrumpiendo en aquel río,
Don Escarabajo miraba desde lejos triste al joven felino
            perder su propio Sur
i comenzar a sufrir los pesares por elegir aquella ruta
i una flor decapitada sin perdón
i un espejo como nunca en la caída
reflejando la honda cicatriz de aquel destino.




III. Mirando arriba las estrellas cruzar....

Mirando arriba las estrellas cruzar
            frente al faro de la nueva quietud,
el Capitán aprehendía
            los misterios de todo lo Creado ante sus ojos,
la suave caricia de aquel sol que lo enfrentaba
o la devoción a las frescas vertientes
            que guardaban su sed
i plagaban de verdor sus fantasías junto al mar.

He ahí el comienzo de la sabiduría,
de esa luz que aún en sus últimos momentos
            marcaba del universo el reflejo i su propio ritmo.




IV. Como si lloviera sobre un campo de batalla en el otoño....

Como si lloviera sobre un campo de batalla en el otoño,
esferas de fuego fueron lanzadas por los dioses
            para el Capitán i el despliegue de todos sus talentos.
El vuelo cortando el aire para alcanzar
            los cometas que caían
o humillar el avance de los perros que de nuevo
            atacarían las aldeas.

Era el suave tiempo de la sangre.

Arriba,
en medio de la noche,
varias lunas encendían su mirada
mientras las oscuras sombras entraban a romper
            el silencio del templo abandonado.




3 de agosto, 2009








Fotografía original de Ignacia Viñes














domingo, agosto 02, 2009

«De arte y el futuro», de Henry Miller

Fragmento / Traducción de Juan Carlos Villavicencio




La era cultural ha pasado. La nueva civilización, que puede tardar siglos o algunos milenios en consolidarse, no será otra civilización, será el abierto esfuerzo de realización adonde han apuntado todas las civilizaciones anteriores. La ciudad, que fue el lugar de nacimiento de la civilización, así como la conocemos, ya no existirá. Habrá núcleos, por supuesto, pero serán móviles y fluidos. Los pueblos de la tierra ya no estarán aislados uno del otro dentro de estados, sino que fluirán libres por la superficie de la tierra y se entremezclarán. No habrán constelaciones fijas de conglomerados humanos. Los gobiernos cederán ante la gestión, usando la palabra en un amplio sentido. El político llegará a estar tan jubilado como el pájaro dodo. La máquina nunca será dominada, como algunos imaginan; serán desechadas, eventualmente, pero no antes que los hombres hayan entendido la naturaleza del misterio que los une a su creación. El culto, la investigación y la subyugación de la máquina darán paso a la atracción de todo lo que está verdaderamente oculto. Este problema está ligado al más amplio problema del poder y de la posesión. El hombre será forzado a darse cuenta de que el poder debe ser conservado abierto, fluido y libre. Su propósito no será poseer poder sino irradiarlo.





Escrito expresamente para Cyril Connolly,
autor de La tumba sin sosiego







Fotografía original de Peter Gowland












Of art and the future

The cultural era is past. The new civilization, which may take centuries or a few thousand years to usher in, will not be another civilization- it will be the open stretch of realization which all the past civilizations have pointed to. The city, which was the birth-place of civilization, such as we know it to be, will exist no more. There will be nuclei of course, but they will be mobile and fluid. The peoples of the earth will no longer be shut off from one another within states but will flow freely over the surface of the earth and intermingle. There will be no fixed constellations of human aggregates. Governments will give way to management, using the word in a broad sense. The politician will become as superannuated as the dodo bird. The machine will never be dominated, as some imagine; it will be scrapped, eventually, but not before men have understood the nature of the mystery which binds them to their creation. The worship, investigation and subjugation of the machine will give way to the lure of all that is truly occult. This problem is bound up with the larger one of power- and of possession. Man will be forced to realize that power must be kept open, fluid and free. His aim will be not to possess power but to radiate it.












sábado, agosto 01, 2009

"Quién ha estado aquí", de Jorge Teillier





Quién ha estado aquí
mirando el fin de la calle
sobre la cual cuelga
tan cercana la luna roja
tan enorme la roja luna.

Quién ha estado
solitario en este mismo lugar
hace cien años
en qué pensaba el solitario
o simplemente miraba
un vacío rodeado por la noche.

No había casas
no había sino un ruido
pero no era un ruido
sino el ruido de un río
y quién estará
en cien años más
en el lugar que ahora llamo yo mi casa
cuando yo no sea sino el silencio
quien estará en un vacío rodeado por la noche
sin saber nunca si aquí hubo casas o calles
y nadie sino el ruido de un río silencioso
podría recordarlo.









en Para un pueblo fantasma, 1978
y Hotel Nube, 1996.









Fotografía: Christine Leighton











viernes, julio 31, 2009

"Ser o no ser". Entrevista a Ingmar Bergman, de Juan Cruz

Extractos



Juan Cruz: ¿Es usted muy reacio a que le entrevisten?

Ingmar Bergman: Sí, es una cuestión de principios. Cuando trabajé haciendo películas tenía que hacer muchas entrevistas y me presionaban para que participara más pero ahora? Ahora quiero proteger mi privacidad y eso significa que se acabaron las entrevistas. Es muy difícil ver a alguien durante una hora. Te puedes encontrar con alguien que no te gusta y tienes que sentarte con ese alguien durante una hora. Lo que sale de allí son simples opiniones y malos entendidos. Si son míos, no hay problema pero si vienen de otra persona sí.

Lo que acaba de decir no sólo es una declaración a los periodistas sino una llamada al silencio. Como espectador español, siempre tuve la sensación de que algún día usted iba a decir: “Ya no voy a hablar más”.

Sí. Esto (la entrevista) es puro accidente. Ahora estoy alejado del mundo de las películas y soy un campesino. Solo quiero sentarme en mi mesa a escribir y leer.

Esta mañana estaba releyendo el comienzo de su biografía y mi hija, que está conmigo, estaba durmiendo. Todo estaba en silencio. Leía en un silencio absoluto y pensaba que al escribir sus memorias debió encontrarse con el silencio. Me conmovió mucho su biografía por razones personales. Usted es tan apasionado que más que hablar de sí mismo, parece que habla de los demás.

Soy un niño. Ya lo dije una vez: toda mi vida creativa proviene de mi niñez. Y emocionalmente soy un crío. La razón por la que a la gente le gusta lo que hago o hacía es porque soy un niño y les hablo como un niño.

¿Se siente usted conmovido al verse a sí mismo en esa postura? ¿Comparte usted sus emociones?

Su pregunta es muy ingeniosa e inteligente pero he de decirle que me gusta cuando la gente ve y lee algo que he hecho, siempre que se me escuche con el corazón y con las emociones. En teoría, no tiene mucho que ver con el intelecto. Todo lo que he hecho en mi vida ha sido emocional y lo emocional se lo he entregado a mis películas. Pueden crear emociones para la gente que las ve y recibe. Pero no son mis emociones. A veces, incluso pueden llegar a ser negativas. Lo que detesto es la indiferencia. Cuando conozco a alguien que es indiferente me hace sentirme muy infeliz.

Usted es un hombre de palabras y de silencio. ¿Cómo lleva usted eso de usar a otras personas y emplear una técnica, como es la de hacer películas, para poder expresar lo que quiere?

No soy un hombre de palabras. Las palabras me resultan muy, muy difíciles. He trabajado durante 50 años y nunca me he fiado de las palabras. Durante mi niñez comprendí que mis padres decían ciertas cosas cuando querían decir lo contrario. Yo se lo notaba en las caras, en los gestos, en las voces. No comprendía lo que decían pero lo sentía. Toda mi vida he pensado que los grandes escritores usan las palabras como un abrigo para sus emociones y a veces las palabras pueden ser muy enigmáticas. Estoy pensando en Ibsen o en Shakespeare. He luchado para comprenderles toda mi vida y cada vez que los leo el significado de sus textos cambia. Ser músico es mucho más simple. Las notas son un instrumento que refleja perfectamente las emociones humanas. Pero cuando tenemos que interpretar palabras, es muy, muy difícil. Ese es el primer obstáculo: las palabras. Luego tienes a los actores y a los técnicos. Tienes que ser muy cuidadoso a la hora de elegir a los actores y a tu equipo porque lo importante es saber entenderse sin palabras. Por eso siempre he trabajado con las mismas personas. Creo que he hecho más de 50 películas y sólo he tenido a tres operadores de cámara. Cuando estábamos trabajando en Munich, el equipo alemán se sorprendió. Se preguntaban qué hacían todos estos escandinavos trabajando sin hablarse. No teníamos que hablar. Con los actores es diferente. Me llevó mucho tiempo encontrar a actores que fuesen capaces de hablar conmigo sin palabras. Necesitaba a gente que me entendiera emocionalmente. Es como un niño o un perro que no entienden las palabras pero saben cómo suenan. No pueden decir nada pero lo entienden perfectamente. Es muy interesante. Poco a poco, encontré a la gente con la que quería trabajar.

Esto me recuerda a una anécdota de Samuel Beckett. Él y su amigo, Patrick Whalberg, jugaban al billar todos los días en París. Jugaban durante cinco horas sin decirse nada. Y cuando acababan de jugar, cada uno se iba a su casa sin decir nada.

(Se ríe) Es como la relación que tengo con Sven Nykvist. Hemos trabajado juntos durante más de 30 años y tan solo hemos salido a cenar juntos unas 3 o 4 veces en todo ese tiempo. Le quiero como a un hermano, como a un amigo, pero de nuestras vidas privadas no tenemos nada que compartir. No nos interesa. Por eso entiendo tan bien esa anécdota.

Lewis Carroll dijo que quería ver la luz de la vela cuando ésta se apagaba, y cuando se apagaba ni siquiera había vela. ¿Puede existir un mundo sin palabras?

Eso sería imposible. Creo que estamos cerca y me da miedo. La Edad Media era una época de imágenes y pocas palabras y creo que estamos cerca de una gran catástrofe si seguimos viviendo en un mundo sin palabras. Ingrid y yo tenemos hijos. Ella tiene 4 y yo 8 así que juntos tenemos 12 hijos. Son mayores y ellos ahora tienen hijos y nos damos cuenta que el lenguaje de nuestros nietos no es tan puro como el de mi generación. Creo que es algo espantoso y hemos de volver al mundo de las palabras porque el mundo ha de vivir hacia fuera no hacia dentro. Aunque a veces nos alejemos de ellas, de las palabras.

Pero usted es un buen escritor.

Yo no me siento escritor. Para nada. Me siento un hombre de teatro, de películas. A pesar de haber escrito toda mi vida porque escribí todos mis guiones e incluso he escrito guiones para otros, el hacer películas y hacer teatro me resulta más preciso que escribir porque tiene que ver con mis emociones y yo al público no podría dárselas directamente. Incluso cuando hablo mi propio idioma, siento que no puedo expresarme. Siempre es una tortura cuando escribo porque nunca encuentro las palabras adecuadas. Me gustaría haber sido músico. Violinista o pianista. Porque ellos ven una nota y la pueden recrear. También hubiese querido ser director de orquesta. Miran la partitura y la pueden aprender de memoria y la pueden llevar consigo a todas partes. Puedes alcanzar cierta precisión.

En España hemos visto sus películas y hemos leído sus obras y en general nos parece que son españolas. Usted, que tiene la fuerza de Unamuno, ¿cómo se siente? ¿Universal? ¿Sueco? ¿Español? ¿Cómo es posible que yo pueda ver una de sus películas y piense?: ¡Esto es tan español!

Pues no lo sé. Pero me recuerda a cuando estábamos haciendo Escenas de la vida conyugal. No tenía otra cosa que hacer así que empecé a escribir diálogos sobre la convivencia, sobre el matrimonio. Y comenzamos a improvisar. No teníamos equipo ni nada. Lo hicimos en mi casa, que está en una isla. Construimos un establo y filmamos 6 horas de una serie de televisión. No se por qué, pero una vez montado hicimos un pase privado y mi mujer, al verlo, se giró hacia mí con un gesto de dolor y me dijo: “No podemos enseñar esto. Es privado. Tenemos que bajar el tono y dejarlo estar. No sólo por mí sino por tus amigos y sus esposas”. Entonces me entró miedo porque sabía que tenía razón. Nos dieron mucho dinero y lo redujimos a tres horas. A todos les pareció que era suyo. No era una serie de televisión sueca, ni noruega, ni española ni americana. Sino todo a la vez. Fue una gran alegría. Porque, en cierto modo, todos somos iguales. Creo que tiene que ver con el hecho de que somos muy provincianos, no internacionales. Y justamente porque somos provincianos, de pronto nos volvimos internacionales. Lo peor es intentar ser internacional.

¿Disfrutó haciendo películas?

A veces era una obligación pero siempre ha sido una obsesión. En cierto modo, hacer películas es muy erótico. No sé muy bien por qué. No porque te acuestes con las actrices, tiene que ver con otra cosa. Creo que es porque hay un entendimiento emocional al completo. Estamos rodeados de personas que están vinculadas a nosotros. El operador de cámara, el director, los actores. El operador de cámara, por ejemplo, tenía una forma de agarrarse a la cámara que parecía que estaba abrazando a una mujer. No soy yo, en esos momentos, no era yo. Yo era ellos y estaban dentro de mí. Hacer películas es como un tener un romance.

¿Donde se encuentra más cómodo o más consigo mismo?

Es difícil pero diría que haciendo películas. Los métodos son mucho más neuróticos que en el teatro porque cuando haces una película tienes a 50 técnicos y 4 o 5 actores. En el teatro tienes 50 artistas y la mitad de los técnicos que en una película. Cuando haces una película trabajas ocho horas al día para conseguir tres minutos buenos de material. En el cine no puedes arriesgarte a mostrar ni un minuto malo. En el teatro es más bien un proceso. Si no sale bien, intentamos mejorarlo y cada día sale mejor. Pero el cine es distinto. Y tengo que tener cuidado que los demás no se den cuenta de lo neurótico que es. De lo estresante que es.

Esta búsqueda de la perfección es como buscar una aguja en un pajar.

Es cierto, pero la perfección ha de llegar cuando jugamos nuestros juegos. Es muy importante porque si pensamos que no necesitamos esta perfección, no nos tomaríamos nuestros juegos en serio y entonces todo sería en vano.

La gente se pregunta: ¿quién es ese hombre de silencios, de palabras y de imágenes, que un día dijo: “Quiero decirle adiós a todo esto”?

Decirle adiós al cine fue muy simple porque ya no sentía las manos. A un coche antiguo, a un Hertz o un Jaguar, le puedes meter dos motores nuevos y basta. Pero si está muy mal a la par que antiguo, eso es otra cosa. Y así me sentí yo al dejar el cine. En la última película que rodé, empecé a temblar. Esa película se llamó Fanny y Alexander y el rodaje duró siete meses. Era una serie de televisión y trabajamos todos los días durante siete meses, sin parar. Al final del día tenía que tener mis tres minutos y había tantos actores y actrices. Me dije a mi mismo: si quieres vivir más tiempo, tienes que prepararte para la vejez. En cierto modo, fue una despedida maravillosa. Trabajamos juntos, nos reímos juntos, lloramos juntos... Cuando estaba en la Universidad estudié Historia de la Literatura y yo debía tener 19 o 20 años. Había una chica guapísima en clase. La chica más guapa que te puedes imaginar. Todos estábamos enamorados de ella. Yo sobre todo, y yo no era precisamente un chico guapo ni mucho menos. Tenía talento pero aun así nos rechazó a todos y no comprendimos por qué. Después de unos años, me la encontré y le dije: Todos estábamos enamorados de ti. ¿Por qué no te acostaste con nosotros? Ella me dijo: Verás, dos años antes de la universidad, estaba en Persia y conocí a un jeque árabe y fue el amante más maravilloso que había conocido hasta entonces. ¿Qué debía hacer? No quería arruinar las memorias de ese hombre. Es exactamente lo que me pasó con Fanny y Alexander. Me lo pasé de miedo con un jeque árabe así que, ¿por qué continuar? (Se ríe).

¿Tomó esa decisión antes de comenzar a rodar?

Sí, empezó antes, algunos años antes. Eso en cuanto al cine. El teatro es distinto. Acabo de hacer La Casa de Muñecas y en 1991 produciré una ópera, de un joven compositor con mucho talento llamado Daniel Borsch. Este año quería producir otra obra pero dada mi recuperación no pude.

¿Tuvo alguna vez alguna experiencia con la ópera?

Sí, algo pero no mucho.

Teniendo una personalidad tan fuerte, ¿como puede leer las palabras de otros? Por ejemplo, ¿es usted Ibsen cuando lee a Ibsen?

Soy como un director de orquesta. Miro las palabras como si fueran notas e intento comprender su significado. Ahora vuelvo a obras que leí hace tiempo y tienen otro significado. Cada vez que he hecho El misántropo, de Molière, he sacado significados diferentes. Hay una obra de Ibsen, que es muy enigmática y poco a poco comprendí que era una de las historias de amor más apasionadas de la historia del drama pero lo raro es que eso nunca aparece, a lo largo de dos horas, jamás lo menciona. Ibsen me llegó tarde porque yo siempre estaba entretenido con Stringberg. Quiero que mis experiencias, mi comprensión y entendimiento y talento para traducir palabras se conviertan en emociones para ofrecérselas a actores y juntos dárselo al público. Es un mundo muy, muy apasionante. Es muy parecido al trabajo de un director de orquesta.
....
Acabo de ver una película llamada Bagdad Café, ¿la ha visto?

Sí, es una película muy buena pero, ¿sabe qué? Creo que ahora le toca el turno a las películas rusas. Veremos muchas películas rusas. Por lo aislados que han estado tienen su propia manera de contar historias. Yo he visto mucho cine ruso y son películas muy fuertes, muy creativas. También se están haciendo buenas películas en Polonia, Hungría, películas de Europa del Este. Me gusta mucho el esfuerzo europeo por hacer películas. Creo que es muy importante que el cine europeo se defienda del americano, aunque esto tiene mucho que ver con las distribuidoras, y hay tantas decisiones políticas por medio, pero tienen que darle una oportunidad al cine que se hace en Europa. Es horrible depender sólo de películas americanas. En la televisión sueca ponen trailers de películas americanas todos los días. Las distribuidoras tienen mucho poder, pero ni siquiera intentan promocionar las películas que se hacen aquí. Estoy muy involucrado en este movimiento. Creo que puedo ayudar. De momento soy parte del jurado y ayudo en la selección de películas. También soy miembro del consejo. Tienen mucha suerte en España porque tienen a un ministro de Cultura muy bueno [que entonces era Jorge Semprún]. Me acuerdo de Lluis Pasqual. Hizo una obra teatral fantástica, El Público, el drama de Lorca. E intentamos traerle hasta aquí para que hiciera un remake de aquella producción pero desafortunadamente no podía. Los buenos directores, sobre todo los genios, tendrían que estar administrando sus sueños y ambiciones en lugar de estar sentados con políticos porque luego no les queda mucho tiempo para hacer películas y eso es peligroso.
...
Usted dijo que está siendo influenciado todo el tiempo. ¿Como le influye vivir con alguien? ¿Le influyen más las dificultades o las alegrías de estar con alguien? ¿La comunicación o el silencio?

Es tan difícil de explicar esto en inglés. Creo que lo más importante de vivir con alguien es... Pasa como lo que ocurrió con Casa de muñecas. Vino un crítico danés muy famoso con su hermano, que había sido escritor, y le preguntó qué debía escribir sobre la obra. Y su hermano le dijo: el comentario más sincero que se ha dicho de Casa de muñecas es que se trata de una pasión sin amistad. Y creo que en la convivencia debería ser así. (...) Lo más importante es que la gente sea vista pero que no se vean los roles que interpretan. Durante toda la vida existe una sociedad que espera que interpretes cierto rol. Si te quitas la máscara estás desnudo. Un viejo sacerdote me dijo una vez que el amor debe hacerte sentir maduro y niño pequeño, pero no podías ser las dos cosas a la vez. Un día te toca ser el niño y al siguiente te toca hacer de adulto maduro y esto es así. Tienes que ser la persona que eres.

Su trabajo no sólo ha sido una búsqueda de la perfección sino de la felicidad. Para usted, ¿qué quiere decir esta palabra?

Nada. No significa nada. Lo que he intentado hacer durante mi vida es crear cosas y darles vida. La vida creativa esta llena de destrucción y está constantemente amenazada. Hay tantas tentaciones, tantas veces que dejas algo que has querido hacer, hay tantos compromisos. No sé lo que es la felicidad. ¿Sabe usted lo que es la felicidad?

Es un instante.

La felicidad está bien para alejarse de uno mismo de vez en cuando. Cuando te olvidas totalmente de ti mismo y estás de pronto metido en algo que es mucho mas grande que tú, ya sea estar enamorado o aferrarte a una religión.

Pero incluso la perfección no nos hace felices.

No puedes dejar que la perfección sepa el alcance de su peligro. Si no, la perfección es algo que intentas pero en el momento en el que lo alcanzas y lo tienes, se muere. En la imperfección existe la perfección.








1989

Publicado en el el Diario El País










jueves, julio 30, 2009

"Sinécdoque, Nueva York", de Charlie Kaufman

Extracto



La escena da cuenta de la representación de un funeral, las palabras finales del actor/cura.

Todo es más complicado de lo que piensas. Sólo has visto una décima parte de lo que es cierto. Hay un millón de pequeñas cadenas atadas a cada decisión que escoges. Puedes destruir tu vida cada vez que eliges, pero quizás no lo sabrás por 20 años y posiblemente nunca puedas rastrear su origen y sólo tendrás una oportunidad para hacerlo. Sólo intenta y entenderás tu propio divorcio. Ellos dirán que no hay destino, pero si lo hay, es el que tú has creado. Y aunque el mundo continúe por eones y eones tú estás solo aquí, por una fracción de una fracción de un segundo... La mayoría de tu tiempo se gasta estando muerto o sin nacer aún. Pero mientras vives, esperas en vano, desperdiciando años por una llamada, una carta o un encuentro, con algo o alguien para sentir que todo está bien. Pero nunca llega, pareciera que sí, pero no es real. Así que gastas tu tiempo en vagos pesares o vagas esperanzas de que algo bueno podría pasar. Algo que te haga sentir conectado. Algo que te haga sentir completo. Algo para sentirte amado. Y la verdad es... que me siento tan enojado. Y la verdad es que... me siento emputecidamente triste. Y la verdad es que me he sentido tan emputecidamente herido por tanto puto tiempo. Y sólo por un momento, he estado fingiendo que estoy bien, sólo para conseguir a lo largo, sólo para... No sé por qué. Quizás porque nadie quiere oír acerca de mi miseria... porque ellos tienen la suya propia. Bueno, váyanse todos a los mierda. Amén.










2008










miércoles, julio 29, 2009

"Déjame morar en la oscuridad", de Juan Carlos Villavicencio






La marca del saber cruza su rostro violentado
            por alguien que no camina temiendo la ciudad.
Bajo todas las lunas trata de olvidar su ira
            purgando repetidos los errores.
Una sola sentencia da principio a su condena,
oculto ante la cruz donde sin heridas no hay perdón.












Texto inspirado en la pieza homónima del compositor inglés John Dowland (1563–1626), inicialmente contenido en Breaking Glass, poemario escrito en colaboración con Carlos Almonte.







2003








martes, julio 28, 2009

"Funes el memorioso", de Jorge Luis Borges





Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona.

Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.

Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.

No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El Saturno zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.

En el decente rancho, la madre de Funes me recibió.

Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo XXIV del libro VII de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.

Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.

La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.

Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.

Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.












en Ficciones, 1944.










lunes, julio 27, 2009

“Elena”, de Julián del Casal






L
uz fosfórica entreabre claras brechas
en la celeste inmensidad, y alumbra
del foso en la fatídica penumbra
cuerpos hendidos por doradas flechas;
cual humo frío de homicidas mechas
en la atmósfera densa se vislumbra
vapor disuelto que la brisa encumbra
a las torres de Ilión, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,
recamada de oro, desde el monte
de ruinas hacinadas en el llano,

indiferente a lo que en torno pasa,
mira Elena hacia el lívido horizonte
irguiendo un lirio en la rosada mano.





en Nieve, 1892










domingo, julio 26, 2009

“Elsa”, de Felisberto Hernández







I

Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán una mujer rubia, pero no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa. Ni siquiera podrían imaginarse cómo es una peinilla que ella se olvidó en mi casa; aunque yo dijera que tiene 26 dientes, el color, más aún, aunque hubieran visto otra igual, no podrían imaginarse cómo es precisamente, la peinilla que ella se olvidó en mi casa.



II

Yo quiero decir lo que me pasa a mí. ¿Y saben para qué?, pues, para ver si diciendo lo que me pasa, deja de pasarme. Pero entiéndase bien; me pasa una cosa mala, horrible: ya lo verán. Sé que por más bien que yo llegara a decirla, ocurrirá como con la peinilla y lo demás: no se imaginarán exactamente, cómo es lo malo que me pasa; pero el interés que yo tengo, es ver si deja de pasarme tanto lo malo que se imaginarán, como lo malo que en realidad me pasa.



III

Elsa no es precisamente, una de las tantas muchachas que no me aman: ella no me amará dentro de poco tiempo, porque ahora ella me ama. Nos hemos visto muy pocas veces; ella está muy lejos; nuestro amor se mantiene por correspondencia; pero yo tengo la convicción, yo afirmo categóricamente, yo creo absolutamente -ya explicaré ampliamente por qué tengo esta fiebre de afirmar- yo vuelvo a afirmar que dada la manera de ser de ella, dejará muy pronto de amarme, porque ella no podrá resistir el amor por correspondencia. Yo sí, pero ella no.



IV

De lo que ya no existe se habla con indiferencia o con frialdad; pero yo hablo con dolor, porque hablo antes que deje de existir y sabiendo que dejará de existir; recuérdese cómo lo afirmé.

Cuando espero algo, siento como si alguien —llámese Dios, destino o como quiera— tratara de demostrarme que la cosa que espero no llega o no ocurre como yo esperaba. Entonces, cuando yo tengo interés en que una cosa no ocurra, empiezo a pensar que ocurrirá, para burlarme de ese alguien si la cosa llega y ocurre, para hacerle ver que yo la preveía; y él por no dar su brazo a torcer no me da ese gusto y la cosa ocurre; pero he aquí que al final triunfo yo, porque precisamente lo que más deseaba era que no ocurriera. También debo decir, que ese alguien suele sorprenderme dejándose burlar, y que yo triunfe aparentemente y quede derrotado íntimamente: pero esto ocurre las menos de las veces.

Para ser franco, diré que yo no creo en ese alguien, que a ese alguien lo creamos, y para crearlo lo suponemos al revés y al derecho. Pero cuando nos encontramos frente a un gran dolor, volvemos a pensar al revés y al derecho por si llega a ser cierto que existe. Ahora yo pienso que a lo mejor existe, y que a lo mejor no da su brazo a torcer, y por llevarme la contra hace que no ocurra lo de que ella deje de amarme, puesto que yo afirmo que ocurrirá. Así mismo tengo temor de que ese alguien se deje vencer y la cosa ocurra, como en las menos veces: pero yo tengo más esperanza del otro modo: al revés que al derecho. Tendría esperanza aun cuando viera que estoy a punto de que ella no me ame; pues con más razón tengo esperanza ahora que ella me ama normalmente.

Bueno, en total quiero dejar constancia de que tengo la convicción, de que afirmo categóricamente, y que creo absolutamente, que Elsa se diferencia de las demás muchachas, en que ninguna de las otras me ama, y que ella dejará muy pronto de amarme.






en Obras completas (Siglo XXI, México), 1998











sábado, julio 25, 2009

“Syrinx”, de Rubén Darío







¡Syrinx, divina Syrinx! Buscar quiero la leve
caña que corresponda a tus labios esquivos;
haré de ella mi flauta e inventaré motivos
que extasiarán de amor a los cisnes de nieve.

Al canto mío el tiempo parecerá más breve;
como Pan en el campo haré danzar los chivos;
como Orfeo tendré los leones cautivos,
y moveré el imperio de Amor que todo mueve.

Y todo será, Syrinx, por la virtud secreta
que en la fibra sutil de la caña coloca
con la pasión del dios el sueño del poeta;

porque si de la flauta la boca mía toca
el sonoro carrizo, su misterio interpreta
y la armonía nace del beso de tu boca.






en Prosas profanas (2da edición), 1901











viernes, julio 24, 2009

“La vejez del Sátiro”, de Efrén Rebolledo






a Luis Barreda




Junto con los silvanos juguetones
animó las florestas sosegadas
y enseñó a las sonoras enramadas
a repetir sus rústicas canciones.

A la sombra de verdes pabellones
desfloró pudorosas hamadriadas,
y corrió tras las ninfas espantadas
al par de los centauros garañones.

Hoy el soplo glacial de los inviernos
ha doblado las puntas de sus cuernos,
su flauta de carrizos está muda,

y lleno de pesares y congojas,
al mirar una náyade desnuda
suspira de impotencia entre las hojas.






en Cuarzos, 1902











jueves, julio 23, 2009

“Refiere con ajuste, y envidia sin él, la tragedia de Píramo y Tisbe”, de Sor Juana Inés de la Cruz






De un funesto moral la negra sombra,
de horrores mil y confusiones llena,
en cuyo hueco tronco aun hoy resuena
el eco que doliente a Tisbe nombra,

cubrió la verde matizada alfombra
en que Píramo amante abrió la vena
del corazón, y Tisbe de su pena
dio la señal que aún hoy al mundo asombra.

Mas viendo del Amor tanto despecho,
la Muerte, entonces de ellos lastimada,
sus dos pechos juntó con lazo estrecho.

¡Mas, ay de la infeliz y desdichada
que a su Píramo dar no puede el pecho
ni aun por los duros filos de una espada!






en Presencia de Grecia en la poesía hispanoamericana, 2004











miércoles, julio 22, 2009

“Y Segundo Qué Tuvo Que Ver Con Los Perros”, de Rodrigo Severin







Corría una apacible tarde primaveral, tarde de plaza, plaza de Coyoacán. Lo de primaveral en realidad lo traía el día, porque más bien esta breve historia se sitúa en las vísperas de otoño y fiestas patrias… O quizás se lo traía Segundo de Chile, que por situarse en el hemisferio opuesto, lleva el correspondiente desfase estacional. Pero como el mes de septiembre no se puede traer ni llevar, sí traía Segundo la nostalgia de sus propias fiestas nacionales, que sincronizan con las mexicanas.

El caso es que nuestro desdichado héroe, sin quererlo ni buscarlo, se vio envuelto en un conflicto menor como parte, advirtiendo fatídicamente en el preciso instante en que establecía el implícito pacto que motiva este relato, que sería a contrapelo suyo, pues de tomar partido, bien le habría gustado asociarse a la contraparte.

A pesar de haber conocido en primera persona “la venganza de Moctezuma” por una enchilada (con agravantes) del día anterior, Segundo Severo se paseaba ufano por la plaza de los coyotes, con un híbrido de jovialidad, parsimonia y orgullo. Y era principalmente orgullo el sentimiento que dominaba su temple, pues luego de un ya aliviado café, había adquirido tres joyitas desde El Parnaso: Martín Fierro de Hernández, El desenfreno erótico de Deleito y Piñuela y Crítica de la filosofía kantiana de Schopenhauer. El beneficio del trato redundó en un aumento de la capacidad pulmonar de Segundo, que ya tenía por criaturas las que ha poco no eran más que piezas inanimadas de entre un mar de ellas, destinadas a una trivial transacción. Banal y fugaz, dimensiones de su ánimo, no eran aspectos que escapasen a su sensibilidad, mas éste no era asunto que estuviese dispuesto a cuestionar en tan sublime momento.

Niños revoloteando, palomitas de maíz, algodones, enamorados, globos, guirnaldas, banderas, verde, blanco y rojo formaban parte de los motivos cromáticos que adornaban y desbordaban la plaza: todo ello contribuía a su magnanimidad.

Dispuesto a perpetuar el trance, Segundo se había sentado a un costado del centro de la plaza con el vago propósito de atestiguar la multiplicidad de pequeños eventos que dan vida y configuran el acontecer propio de tan singular espacio urbano. Su contemplación, que ahora más parecía embobamiento, fue distraída por el jugueteo de dos perros pastores irlandeses: azabache el uno, bayo el otro. La impresión que causaba el cuadro resultaba realmente conmovedora, puesto que los perros chapoteaban y entraban y salían de la fuente dando grandes brincos a gusto y disgusto, teniendo por fondo y contraste sendos coyotes que coronaban la fuente, en idéntica actitud, bañados por imperecederos y también lúdicos chorros fluviales.

Absorto se encontraba Segundo disfrutando de la escena, cuando por su espalda apareció una viejita que le interpeló diciéndole:

-Qué tal joven, mi nombre es Laura. Le echa una ojeada a mis cosas por favor, que yo voy a ir a hablar con “estos”.

Al rematar su sentencia con “estos”, la señora agachaba la cabeza y fruncía el ceño, ajustando sus lentes con la mano derecha, de modo que asomaran sus ojos por sobre el marco de aquellos, y así, quedando fijos en los de Segundo, enfatizar con mayor dramatismo su despecho y severidad. Mecánicamente y algo perplejo, Segundo contestó:

-Sí, cómo no.

En esto, la señora Laura se dirigía, a paso lento pero resuelto, ya adivinaba Segundo, al que aparecía como amo de los pastores, que se ubicara a unos diez metros por enfrente suyo. Una vez llegada, encaró al joven, inicialmente con gravedad y recato. Pero duró poco su solemnidad, dado que la serenidad y sensatez con que el joven replicaba a sus razonamientos no hacían más que aguijonear la irritación de doña Laura, de tal forma que al poco rato la señora estaba dando gritos y haciendo grandes aspavientos.

-¡Cómo es posible que sus perros se bañen en la fuente! ¡Qué mal educados los tiene! ¿No sabe usted que la función de la pileta es la de decorar y no de servir de bañera para los perros?…

Luego llegan los niños de la escuela y mojan sus manitas… Fíjese que yo tengo unas perritas que son muy bien educadas y saben muy bien cómo comportarse…

-Y ahora, ¿por qué no las trae? ¿pues por qué no las saca a pasear?… ándele, no sea mala. A los perros les gusta jugar, y está bueno que jueguen- interrumpió el joven con un dejo de picardía.

La desproporción entre la cada vez mayor liviandad con que el joven se tomaba el asunto y la furia creciente de la señora Laura, tornaba el espectáculo en gran comedia, tanto más en cuanto los perros parece que más se esmeraban en jugar, ya sacudiendo toda el agua absorbida en la pileta sobre la señora, ya saltando con las patas embarradas encima de ella. Tal era la ofuscación de la viejecita, que al tiempo no prestaba atención a las travesuras de los perros, sino exclusivamente al valor trascendental de sus argumentos y enseñanzas.

-¡A dónde vamos a llegar con esta juventud! ¡No hay ningún respeto!… Ya hablé con el jardinero, y me contó que ya se le había quejado y que usted le había puesto como camote. ¡Voy a poner un reporte en La Delegación!

Segundo, con un ojo puesto en los bultos de la señora Laura, y con el otro en la discusión, se deleitaba terciando mentalmente dimes y diretes. No había punto alguno en que concordara con la viejita. Se decía: “… pero, qué le importa a esta vieja que se bañen y jueguen los perros… no le hacen daño a nadie, alegran el parque y con los coyotes dan una estética fantástica al lugar… ¿por qué estas viejas salen a ventilar sus neurosis y a molestar al resto del mundo? ¿no se bastan a sí mismas acaso, que además tienen que aburrir a los demás?…”. Con sorna y cierta maldición se reía para sus adentros de la vieja, toda embadurnada por los mismos perros que estaban siendo víctima de sus airados reclamos.

Absorto en su burla interna, Segundo Severo no se percató de que la discusión ya había acabado. La señora Laura volvía descargada y tranquila, como si nada hubiera pasado. Volvió a ver “las cosas” de la señora para asegurarse de que permanecían ahí, donde ella las había dejado, y hacerle un coloquial (y algo cínico) gesto de “misión cumplida”.

-Muchas gracias caballero -apuntó doña Laura.
-Cuando guste.

Luego de un suspiro de satisfacción, por haber presenciado tan pintoresca historia, Segundo volvió a poner los pies sobre tierra y quiso ojear el flamante Martín Fierro. Su bolso negro no estaba en ningún lado. Un vértigo le recorrió el cuerpo entero. Alzó la vista y en dirección de la Merendera de Las Lupitas, a unas dos cuadras de distancia, enmudecido, divisó dos coyotes que se alejaban corriendo, uno de los cuales llevaba del hocico su bolsón con pasaporte, dólares y tres libros nuevos.

Se revisó los bolsillos y contó en monedas veinte pesos. Resignado se fue a la próxima cantina.

-¿A cómo sale una cerveza?
-Veinte pesos, señor.
-Una por favor.




México, D.F., 2000