sábado, junio 06, 2009

“Un visón propio”, de Truman Capote






Mrs. Munson terminó de retorcer una rosa de lino en su pelo de color caoba y retrocedió unos pasos desde el espejo para apreciar el efecto. Después se recorrió las caderas con las manos..., el único problema era que el vestido le quedaba un poco demasiado prieto. «Unos arreglos no volverán a salvarlo», pensó, furiosa. Tras una última mirada de desdén a su reflejo, se volvió y entró en el cuarto de estar.

Por las ventanas abiertas entraban gritos muy fuertes, sobrenaturales. Vivía en el tercer piso y al otro lado de la calle estaba el patio de recreo de una escuela. A última hora de la tarde el ruido era casi insoportable. ¡Dios, si lo hubiera sabido antes de firmar el contrato de alquiler! Cerró las dos ventanas con un pequeño gruñido y, si fuera por ella, podían quedarse cerradas durante los dos años siguientes.

Pero estaba tan emocionada que no podía disgustarse de verdad. Vini Rondo venía a verla, figúrate, Vini Rondo..., ¡y esa misma tarde! Al pensarlo sentía un aleteo en el estómago. Habían pasado casi cinco años y Vini había estado todo ese tiempo en Europa. Cada vez que Mrs. Munson se encontraba en un grupo que hablaba de la guerra, su anuncio era invariable: «Bueno, como saben, en este mismo minuto tengo en París a una amiga muy querida, Vini Rondo, ¡estaba allí mismo cuando entraron los alemanes! ¡Tengo auténticas pesadillas cuando pienso en lo que debe de estar pasando!» Lo decía como si fuera su propio destino el que se pesaba en la balanza.

Si había alguien en el grupo que no conociese la historia, se apresuraba a explicar lo referente a su amiga.

—Verá —empezaba—, Vini era la chica con más talento del mundo, interesada en el arte y todas esas cosas. Bueno, como tenía un montón de dinero se fue a Europa a pasar un año, como mínimo. Al final, cuando su padre murió hizo las maletas y se fue para siempre. Caray, tuvo una aventura y se casó con algún conde o barón o algún título. Quizás haya oído hablar de ella... Vini Rondo... Cholly Knickerbocker la mencionaba continuamente.

Y seguía perorando, como si fuera una lección de historia.

«Vini, de vuelta en América», pensó, con un regocijo incesante por la fantástica noticia. Amontonó sobre el sofá las almohadillas verdes y se sentó. Examinó la habitación con ojos penetrantes. Es curioso que no veamos realmente nuestro entorno hasta que esperamos una visita. Bueno, Mrs. Munson suspiró satisfecha, aquella chica nueva, cosa rara, había restituido pautas de antes de la guerra.

De pronto sonó el timbre. Sonó dos veces antes de que ella pudiera moverse, de tan emocionada que estaba. Por fin se serenó y fue a abrir.

Al principio no la reconoció. La mujer que tenía delante no llevaba aquel peinado tan chic, recogido en un moño..., por el contrario, lo llevaba más bien lacio y parecía desgreñado. ¿Y un vestido estampado en enero? Mrs. Munson procuró que su tono no delatase decepción cuando dijo:

—Vini, querida, te habría reconocido en cualquier parte.

La mujer seguía plantada en el umbral. Debajo del brazo llevaba una caja grande de color rosa y sus ojos grises miraban con curiosidad a Mrs. Munson.

—¿Sí, Bertha? —Su voz era un extraño susurro—. Qué amable, muy amable. Yo también te habría reconocido, aunque has engordado bastante, ¿no?

Aceptó entonces la mano extendida de Mrs. Munson y entró. La anfitriona estaba azorada y no supo qué decir. Entraron del brazo en el cuarto de estar y se sentaron.

—¿Te apetece un jerez?

Vini sacudió su cabecita morena.

—No, gracias.
—¿Un scotch, quizás? —preguntó Mrs. Munson, desalentada. El reloj con forma de estatuilla encima de la falsa repisa de chimenea sonaba débilmente. Hasta entonces no había notado lo fuerte que podía sonar.
—No —dijo Vini, con firmeza—, nada, gracias.

Mrs. Munson, resignada, volvió a recostarse en el sofá.

—Ahora, querida, cuéntamelo todo. ¿Cuándo has vuelto a los Estados?

Le gustaba cómo sonaba aquello: «los Estados». Vini colocó la caja grande y rosa entre sus piernas y enlazó las manos.

—Llevo aquí casi un año —hizo una pausa y luego se apresuró, al ver la expresión sobresaltada de su anfitriona—, pero no he estado en Nueva York. Desde luego, me habría puesto en contacto contigo antes, pero estaba en California.
—Oh, California, ¡me encanta California! —exclamó Mrs. Munson, aunque en realidad Chicago era lo más al este que había estado.

Vini sonrió y Mrs. Munson advirtió lo irregulares que tenía los dientes y decidió que no les vendría nada mal un buen cepillado.

—Así que cuando volví a Nueva York la semana pasada pensé en ti al instante. Me ha costado horrores encontrarte porque no me acordaba del nombre de tu marido...
—Albert —dijo, sin que hiciera falta, Mrs. Munson.
—... pero por fin me acordé y aquí estoy. Verás, Bertha, la verdad es que empecé a pensar en ti cuando decidí deshacerme de mi abrigo de visón.

Mrs. Munson vio un rubor súbito en la cara de Vini.

—¿Tu abrigo de visón?
—Sí —dijo Vini, levantando la caja rosa—. Te acordarás de él. Siempre te gustó mucho. Siempre decías que era el abrigo más bonito que habías visto en tu vida.

Empezó a desatar la raída cinta de seda alrededor de la caja.

—Pues claro, sí, claro —dijo Mrs. Munson, dejando que el «claro» se fuera apagando poco a poco.
—Me dije: «Vini Rondo, ¿para qué demonios necesitas este abrigo? ¿Por qué no se lo queda Bertha?». Ya ves, Bertha, me compré en París un abrigo maravilloso de marta cibelina y comprenderás que no necesito para nada dos abrigos de piel. Además, tengo mi chaqueta de zorro plateado.

Mrs. Munson observó cómo Vini separaba el papel de seda dentro de la caja, vio el esmalte mellado de sus uñas, vio que no llevaba joyas en los dedos y comprendió de golpe muchas otras cosas.

—Así que pensé en ti y si no lo quieres tú lo guardaré sólo porque no soporto la idea de que lo tenga otra persona.

Giró en el aire el abrigo, a derecha e izquierda. Era precioso; la piel brillaba, suntuosa y muy tersa. Mrs. Munson extendió la mano y pasó los dedos por ella, erizando a contrapelo la pelusa diminuta. Dijo, sin pensar:
—¿Cuánto?

Retiró la mano rápidamente, como si hubiera tocado una llama, y escuchó la voz de Vini, suave y fatigada:

—Me costó casi mil. ¿Mil es demasiado?

Mrs. Munson oía el griterío ensordecedor del patio de la escuela y por una vez lo agradeció. Le ofrecía algo distinto en lo que concentrarse, algo que aliviaba la intensidad de sus sentimientos.

—Me temo que es demasiado. No puedo permitírmelo —dijo, distraída, mirando aún el abrigo, con miedo a levantar los ojos y ver la cara de la otra mujer.

Vini arrojó el abrigo sobre el sofá.

—Bueno, quiero que te lo quedes. No es tanto por el dinero, pero creo que debería recuperar algo de mi inversión... ¿Cuánto podrías pagar?

Mrs. Munson cerró los ojos. ¡Oh, Dios, aquello era horrible! ¡Era un auténtico horror!

—Cuatrocientos, quizás —respondió con voz débil.

Vini volvió a levantar el abrigo y dijo, con un tono animado:

—A ver cómo te sienta.

Entraron en el dormitorio y Mrs. Munson se probó el abrigo delante del espejo de cuerpo entero del armario. Con unos pocos retoques y acortando las mangas, quizás recobrase su brillo original. Sí, la verdad es que no le sentaba mal.

—Oh, creo que es precioso, Vini. Has sido un encanto al pensar en mí.

Vini se apoyó en la pared y en su cara pálida había dureza a la intensa luz del sol de las ventanas del espacioso dormitorio.

—Puedes extender el cheque a mi nombre —dijo, con desinterés.
—Sí, por supuesto —dijo Mrs. Munson, volviendo a la tierra de repente. ¡Imagina a Bertha Munson con un visón propio!

Volvieron al cuarto de estar y rellenó el cheque para Vini. Ésta lo dobló con cuidado y lo depositó en su bolsito de cuentas.

Mrs. Munson se esforzó en darle conversación, pero cada nuevo intento se estrellaba contra una pared fría. Una de las veces dijo:

—¿Dónde está tu marido, Vini? Tienes que traerle para que charle con Albert.
—¡Ah, él! —había respondido Vini—. No le veo desde hace siglos. Que yo sepa, sigue en Lisboa.

Y ahí quedó todo.

Por fin, Vini se marchó, después de haber prometido que telefonearía al día siguiente. Cuando se hubo ido, Mrs. Munson pensó: «¡Vaya, pobre Vini, no es más que una refugiada!» Luego cogió su abrigo nuevo y entró en el dormitorio. No podía decirle a Albert cómo lo había conseguido; estaba descartado. ¡Puf, se pondría furioso al saber el precio! Decidió esconderlo en lo más recóndito de su ropero y un buen día lo sacaría y diría: «Albert, mira qué maravilla de visón me he comprado en una subasta. Por un precio irrisorio».

Tanteando en la oscuridad del ropero, colgó el abrigo en una percha. Dio un pequeño tirón y escuchó horrorizada la rasgadura. A toda prisa encendió la luz y vio que la manga estaba desgarrada. Sujetó el roto y tiró con suavidad. Se desgarró un poco más y luego otro poco. Con una desolación rabiosa supo que el abrigo entero estaba podrido. «¡Oh, Dios mío!», dijo, agarrando la rosa de lino que llevaba en el pelo. «¡Oh, Dios mío, me han timado, timado como a una incauta y no puedo hacer absolutamente nada!» Porque de pronto Mrs. Munson comprendió que Vini no llamaría por teléfono al día siguiente ni nunca más.





1944










viernes, junio 05, 2009

"El arte de Rufino", de Alfonso Calderón

In hoc signo vinces



Nada más gratificante que mirar este artífice llamado Rufino en acción. Quizás si todo comience por una carcajada de las que más bien se denominan estentóreas, pero, a poco andar, la mano que se desliza sobre el papel, el papirotazo en la orilla de la mesa, el guiño que se hace a sí mismo, y la comicidad permanente de las verdades oficiales que emiten prolija y desproporcionadamente los voceros (o vo-ceros) del régimen, le abren un camino. Y así, fosforece un cretino de esos que lo sabe todo, o asoma el garrote o el arma aleve de un esbirro, o aparece uno de esos hombres-pilares que poseen millones de recursos para hacer notar su imbecilidad o su soberbia.

En ese momento, Rufino toma la bola de nieve, la amasa cuidadosamente, evitando calentarla en extremo, y la arroja sobre el soberbio –civil, militar o anfibio-. Lo que sigue es una fiesta permanente que propende a lo que Harold Lloyd llamaba, describiendo su arte, la búsqueda de la alteración de la dignidad. No la de Rufino, por cierto, sino aquella que procede del atildado Cara de Palo de turno, del funcionario engolado, del mirón monocular o del módico Papá Noel que nos ha tocado en desgracia, cuando condesciende a orador.

No se trata del delirio barroco de Oski, que propone un arte de refundación de la realidad a través de la sutileza del arabesco y de la interpretación, ni de la sabiduría feroz de Quino, sino de un sutil hallazgo del despropósito que, en tantos años de mentir y comer pescado, ofrece más espinas de las que un comensal criollo es capaz de soportar. Por eso, Rufino no será nunca un escriba sentado que dispare signos para justificar una vía icónica de relato ideográfico, sino un hombre que nos evita el dolor de ya no ser.

El rasgo constante de Rufino proviene de una magistral noción del ritmo. No hay un momento en el cual decaiga su interés por desolemnizar los discursos del Poder, el tono de sus maquinaciones, la verbalización de una norma interpuesta mediante la cual la majestad de la ley o la noción de cristianismo se convierten en una burla para la que es preciso hallar muy pronto el burladero. Y allí, pluma en mano; el puño que va tensándose como el del arquero que mira con ojo de buen cubero un blanco previsible; la sonrisa que resbala en dirección hacia la mejilla izquierda, con algo de gran gato cazador, aparecen paso a paso, con la progenie; esa fauna incivil que pretende enseñarnos a vivir en la mentira o en la metáfora paródica de la verdad.

Rufino no condesciende a la anécdota sentenciosa, al chiste interpretativo, al juego humorístico de la especie, sino que se las arregla para ser un intérprete de lo que todos esperan, con esa alegría criolla de ver las caídas y no los tropezones. Porque algún día, cuando vuelva lo que todos deseamos, y el Innombrable sea una vaga sombra en un rincón menor de la historia, los dibujos de Rufino nos ayudarán a repensar acerca de cómo debemos cuidarnos de ese autócrata que todos llevamos en latencia. En nosotros mismos. Y lo admiraremos más que nunca, por habernos ayudado a sobrevivir mediante el humor, arma que desplace siempre a todo régimen totalitario, temeroso del ridículo sin llegar a darse cuenta de que es su cara de verdad, la que, encubriendo mediante la máscara, trata de mostrar sin remilgos.

Rufino es el cronista de cuanto vemos como signos expresivos de este tiempo del desprecio y del horror, y posee la grandeza de permitir que cada uno de nosotros, por un momento, se halle a salvo del pavor, de la irreflexión, del odio ciego, de la malaventura. En este libro nos leemos, en verdad, a nosotros mismos. Y ello habrá de salvarnos de un mundo excéntrico que propende a asfixiarnos.











Prólogo de Rufino ataca de nuevo, 1986.













jueves, junio 04, 2009

“Pequeña época de gloria”, de Martín Cinzano






1

Tuvo su pequeña época de gloria
estaba jodido leía escribía le mostraba la cara
a cosas que nunca creyó arrastrar consigo
mientras
las botellas rodaban
los amigos cesantes desaparecían
las películas y los libros
se consumían solos
no recuerda gran cosa de ese año
nada importaba mucho sólo era una vida en fragmentos
(una vida hecha pedazos),
su pequeña época de gloria
y ha sido, dice, lo mejor
viajaba en el metro sin mirar las estaciones
volvía a casa por las noches
como un intruso
se miraba en el espejo
y no lo reconocía, o sí
—un tipo extraño, un cuerpo ausente, entrando al cine—
pero siempre, al final,
cerraba los ojos
y reía.



2

Ramalazos: cuando el tren chirriaba
y los voces todas ellas tan inútiles se apagaban
presentían el terror más felices
buaaaaammmm!!
Gloria, pequeña época suya llena de espanto
se bajaron los pantalones sin pensarlo
casi dormidos —¿estaban borrachos?—
gloria: estaban en pelotas, Metro Estación Niños Héroes
sólo que ya no existían ni la ciudad ni el miedo
ni la profilaxis
simplemente eran el último vagón del metro
ingenuos y sentimentales
los rieles los tubos las ratas
el tren chirriaba completo
y él te daba, gloria, una última embestida
entre dos chispazos de oscuridad.





Inédito


Fotografía: Daido Moriyama










miércoles, junio 03, 2009

"Luna de miel", de T. S. Eliot

Traducción de Armando Uribe Arce






Han visto los Países Bajos, vuelven a Tierras Altas;
pero una noche de verano, helos aquí Ravena,
muy cómodos entre dos sábanas, donde doscientas pulgas;
el sudor estival y un fuerte olor a perra.

Están de espaldas, con las rodillas separadas,
cuatro piernas hinchadas de mordiscos.
Echan atrás las sábanas y usan mejor las uñas.
A menos de una legua está San Apolinario-
en -Clase, una basílica para conocedores,
capiteles de acanto que agita el viento.
Tomarán el tren horario a las ocho y de Padua
llevarán sus miserias a Milán,
donde se hallan la Cena y un restaurant barato.
Él piensa en las propinas, saca cuentas.
Habrán visto Suiza y atravesado Francia.
Y San Apolinario, derecho y ascético,
vieja fábrica de Dios desvinculada, guarda
todavía en sus piedras derrumbándose la forma precisa de Bizancio.



















martes, junio 02, 2009

“La ley de la calle”, de Jorge Aulicino






Qué bueno cuando asamos conejos imaginarios
y qué bueno la canoa que recogía
nuestros cuerpos quemados y exhaustos,
y qué bueno disparar un rifle de precisión
imaginario, pero oler pólvora de verdad.

Sin embargo estoy en una ciudad.
Hay una moneda en el fondo de un charco
y una mujer se detiene detrás de mí.
La veo en la vidriera donde
también se reflejan
ciertas nubes.





en Hombres en un restaurante, 1994










lunes, junio 01, 2009

"To obey", de Juan Carlos Villavicencio

Obedecer


a Rufino, que me contó esta verdad i otras


Ahora sólo agua cayendo al arrojarse sobre el rostro como tiempo vedado en la perdida visión de la bruma o el suave viento aquella noche. Por los corredores los leves vestigios de sombras escondidas repitiendo al padre un oscuro mantra. La sangre retorna en gritos grabados en la piedra. La huella en el aire de la garúa i un adiós. La traición como única doctrina a obedecer.

Sin lágrimas bajo la lluvia, el metal contra la lápida resuena.






Texto basado en la pieza homónima
del álbum Integer Valor Intégrale (1998), de Wim Mertens.
Este poema es parte de la obra Breaking Glass,
escrita en colaboración con Carlos Almonte.








domingo, mayo 31, 2009

“Los últimos pájaros”, de Susana Cabuchi







Eras bueno,
ajeno a los temores nuestros.
Amabas
aquellas colinas de mi pueblo
y a veces
te detenías a mirarlas
y nombrabas
palomas y mensajes
con los brazos abiertos.
Mi corazón era un paisaje quieto,
tu corazón de entonces.
En esta tarde nueva,
bajo este lento cielo
guardo tu nombre.
Para que el viento del invierno
no lo lleve
con los últimos pájaros.





en El corazón de las manzanas, 1978










sábado, mayo 30, 2009

"La tregua", de Mario Benedetti (1920-2009)

Fragmento


Domingo 2 de junio

El tiempo se va. A veces pienso que tendría que ir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: “Pero si usted todavía es un hombre joven”. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de “todavía”? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. Porque la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, “que nos aferramos a la vida”, la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer. Pienso en el placer (cualquier forma de placer) y estoy seguro de que eso es vida. De ahí el apuro, el trágico apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy “todavía joven”. Todavía quiere decir: se termina.

Y ése es el lado absurdo de nuestro convenio: dijimos que lo tomaríamos con calma, que dejaríamos correr el tiempo, que después revisaríamos la situación. Pero el tiempo corre, lo dejemos o no, el tiempo corre y la vuelve a ella cada día más apetecible, más madura, más fresca, más mujer, y en cambio a mí me amenaza cada día con volverme más achacoso, más gastado, menos valiente, menos vital. Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro. Todos sus Más se corresponden con mis Menos. Todos sus Menos se corresponden con mis Más. Comprendo que para una mujer joven puede ser un atractivo saber que uno es un tipo que vivió, que cambió hace mucho la inocencia por la experiencia, que piensa con la cabeza bien colocada sobre los hombros. Es posible que eso sea un atractivo, pero qué breve. Porque la experiencia es buena cuando viene de la mano del vigor; después, cuando el vigor se va, uno pasa a ser una decorosa pieza de museo, cuyo único valor es ser un recuerdo de lo que se fue. La experiencia y el vigor son coetáneos por muy poco tiempo. Yo estoy ahora en ese poco tiempo. Pero no es una suerte envidiable.









1960











viernes, mayo 29, 2009

“Mademoiselle Jaquelín”, de Julio Herrera y Reissig





A mi querido rampa fiero Gualberto E. Ros



Aquella voz suspirada por una flauta de cristal, naufragó en el silencio respetuoso del crepúsculo. Por una media hoja de mi ensueño, penetró en mí tan dulcemente que me sentí morir. Desde mi lecho, me estremecía y puedo decir que me evaporaba. Era una revelación de más allá, era un despertar de cosas vagas y profundas, de un polvo de cosas en la conciencia; a cada gorjeo se abrían en mi alma ojos húmedos y lánguidos, ojos que apenas sabían mirar y que, sin embargo, veían muy lejos, ojos que recién empezaran a comprender y ya precoces de infinito.

Amor, delirio, quimera, fiebre, algo era aquello, pero yo no lo sabía decir. A punto de gritar: ¿quién viene de Dios a mi incauta presencia, qué prodigio se anuncia por ese timbre? ¿Es liada, sirena, mujer? Sólo acerté a abogar un sollozo, poniéndome de pie con prudente estoicismo. Fuera que vencida desde hace tiempo por la nostalgia, mi alma estuviera a un paso de romperse a la menor vibración de su atmósfera, como una flor anémica, llorada por una larga noche; sea que aquella voz matutina tocase por decreto providencial el resorte ultraviolado de los prodigios íntimos de mi sensibilidad, era el caso que mi alma sufrió el sincope transparente a través del cual se ve la Eternidad llorando estrellas, y se ve en un plinto hipotético, bajo un relámpago triple la zarza inspirada de Dios, que nos habla de dicha y nos infunde rayos.

Triscaba la tarantelle. Luego, Chopin, monstruo sutil, gritó su Nocturno en “mi bemol” con una desesperación sin brújula.

Conteniendo hasta cuanto pude mi loca curiosidad, me disparé, por último, en una pregunta esencial, tomándome del corazón salvajemente, como un probable suicida. En toda pregunta hay un temor. No reparé, sin embargo, en que la ilusión es Isis que tiene un monstruo para cada curioso. Acteón tampoco había reparado en los perros de Diana, desde el laurel rosa en que se agazapó.

Bien sabía, por otra parte, que tina “ella” joven, divina, tímida, inédita, encantadora, ninguna en sí, total, síntesis de síntesis una “una”, en fin, iba a emerger ufano de los labios de víscera de don Roque, el encargado de la casa de huéspedes en que yo paré hace un tiempo…

Ella sí, sublime como ninguna, tal vez mía antes de serlo, espejismo dorado de mi Estética, frontera azul de mi verso, lámpara de prodigio, éxtasis astronómico, surtidor rutilante de gracia, horizonte infinito de sueño, que descubriera de pronto en mi viaje, lontananza hipnótica de suspiros, esencia desmayada de voluptuosidad, polo conjetural de mi vértigo, oasis de platonismo, Maya de mi Astra, Haidée imposible do mi naufragio…

Don Roque sonríe, tascando el pucho amorfo que apunta para un costado un chiste de los más crueles.

—Pues, hombre, ¿usted no lo sabe? Ja, ja, ja. ¿Recién se desayuna? Si os la vieja del segundo patio, la señorita, como le dicen, que fue en su tempo una notable artista, célebre por su voz como por su belleza, que dio bastante que hablar al mundo y por la cual se cruzaron diestras espadas.. . Si tiene más historia que el Diluvio. Ja, ja, ja...

Rasgóse el velo de mi Sinagoga y sonó un trueno apocalíptico.

No quedó piedra sobre piedra en mi Jerusalén soñada. Y, a qué decirlo, como los poetas del Éufrates taciturno, no atreviéndome a llorar, suspendí el arpa de los sauces del silencio, para que llorase por mí cien veces.

Epílogo blanco de una historia que no lo es. Tal vez cuando me podía haber enamorado, cuando habría podido ser feliz, Fatalidad, de caprichoso lunar negro, no me lo concedió. Todo es cuestión de reloj, en la existencia, en la gloria, en el amor, en el éxito de las batallas, en la inventiva, en el genio. “Hay primaveras que se hielan porque se demoran”. Mi caso era éste, irremediable, ineluctable.

Yo por demasiado tarde, ella por asaz temprano!... Viajeros absurdos, ¡ay!, unos que van y otros que regresan, encontrados un segundo, de paso, en una estación de empalme de su destino y que se reconocen a la luz espectral de una linterna, para en seguida desaparecer.

¡Cuánto misterio! —me decía, indescifrable, yo mismo, y desconcertante como mi propio fantasma. —Dios mío, ¿será posible? Todo se ha perdido... Mi dicha naufragada para siempre, mi amor abortado, tal vez... ¡Mi dicha, mi dicha, mi amor —me repetía—, palabras flotantes como tablas que sobreviven al hundimiento!

¡Quién sabe; ella como yo, fue también infeliz! Quién sabe, nunca amó, sedienta eterna, ni fue jamás amada, por haber sido vista, en vez de haber sido oída, sólo escuchada, aspirada como un éter metafísico desde un rincón del ensueño, a oscuras de la realidad... ¡Quién sabe no desertó, con su belleza objetiva y con sus encantos, si no cuerpos, instintos, vanidades, pura médula, desde el escenario en llamas, en medio de las ovaciones, tremente de incandescencia, florecida de joyas, entre vorágines de armonía, y que, antítesis desentrañable, apagadas sus gracias, enajenando su sexo, a conjugar en pretérito ambiguo de ruina estéril, era la primera vez, a los sesenta años, que su voz, su sola voz divina, desde una pobre estancia, tumba de solterona, a otra modesta estancia, celda de artista, despertaba un alma para la Eternidad.

Romanticismo o lo que quieran, la realidad toma a veces posturas inverosímiles, y así como llueve, de súbito, a pleno sol, en ciertos días de tempestuoso verano, se deshace también en un segundo anormal, un cielo de juventud y de ilusiones, cayendo a plena transparencia meridiana, envuelta en Astro, el agua de la vida... Así es como se disuelve para jamás una decoración de celajes en el azul y otra de dichas en el alma, La naturaleza tiene también su fantasma y su poeta, caprichosos personajes ambos, que desempeñan su papel frente de la Realidad, más a menudo de lo que parece.

La conocí: Mademoiselle Jaquelín.

Una poupée envejecida. Un lánguido recuerdo. Era un invierno suave con olor a Benjuí y a Primavera. Aún conservaba el armazón, vestía con elegancia, y una tenue bruma de melancolía me parecieron los polvos esparcidos por sus facciones clementes. . . Más aún, sobre sus labios de rojo efímero ¿lo diré?, sí (ya no hay remedio) pensé que aquellos polvos eran la ceniza blanca de un incendio de mujer apagado para siempre!

Caminaba como una señorita, a pasos esdrújulos, mimosos, elásticamente felinos: Cabellera épica de oro vivo: una Venecia al crepúsculo. Ojos de un azul lejano, como grutas submarinas y en cuyo fondo traslúcido me imaginé que se desgranaban cortejos de Anfitritas y de Tritones en fuga hacia el Leteo. La geometría combaba sus arcos venusinos en las formas dignificadas por el corsé de pico y por la elegante comprensión de las telas gaseosas. Yo estaba en el vestíbulo, al anochecer y ella pasó reinante en su altivez normal de triunfadora que desciende a paso lento las gradas de la vida. Aún me parecía amarla un poco, viéndola alejarse y junto con ella, mi ensueño de un minuto, desvanecido entre mis dedos, al pretender asirlo de las alas, como el iris en polvo de una mariposa que no volverá... Aún suspiraba en mis oídos la milagrosa flauta de cristal de su garganta, que despertó de tan aciaga manera mí amor, como se despierta de su sueño a un condenado en capilla, para aplicarle la última pena.

¿Lo ve usted? —díjome brutalmente el verdugo de don foque—: no vale nada; todo eso que tiene es relleno; tarde a tarde se revoca la cara, se pinta los ojos, se embetuna el pelo de amarillo y se ubica en el pecho dos tamañas pelotas de goma, ja, ja, ja… eso sí, muy bien; porque ella para arreglarse es como ninguna... Qué diablo, si ha sido artista.

Pregúntele a la francesa del fondo, que la ha sorprendido en carnes, poniéndose estopa y más estopa, entre un arsenal de varillas de fierro, que yo no sé, verdaderamente, cómo esa estantigua puede sufrir tanta cosa... ja, ja, ja.

A punto de estrangular al bárbaro alevoso, lo miré ferozmente, de bito a hito; dilatóse mi nariz, oliendo sangre: temblé como un matoide, mis manos, convulsas y agarrotadas, se me iban hacia el cuello del asesino de mi alma, mis ojos sanguinolentos desorbitábanse en la crisis oblicua del instinto ancestral.

—¿No cree usted? —continuó, dándome el tiro de gracia, don Roque—, ja, ja, ja... Y viera qué pretensiones abriga el mamarracho. Muchos son los que han tocado el violín, haciéndole la corte, porque la han visto tal como iba ahora, hecha una doncellita... ¡ja, ja, ja! pero, así han sido los chascos, al sorprenderla entre casa, sin el disfraz recuco de que se uniforma... Porque ahí donde usted la ve, es muy coquetona, le gustan mucho los jovencitos tiernitos. . . Hombre, sin ir más lejos, días pasados decía que usted era muy elegante, el más buen mozo de la casa, ¡ja, ¡ja, ja...! que se parecía mucho a un novio que ella tuvo hace poco... ja, ja, ja... Cosa de un año, ¿usted no sabe? se vino con uno de la iglesia; era ya oscuro... Usted habrá oído decir que de noche todos los gatos son pardos...? Pues bien, el mozo entusiasmado se paró en la puerta y le paseó la vereda durante quince días, a eso del atardecer, sin que ella asomase las narices, por temor, como se comprende, de que el galán perdiese la ilusión al verla cara a cara, tal cual el tiempo la hizo.

Pero, la vanidad de la mujer es mucha... y luego, estas artistas son muy locas, sobre todo siendo francesas... usted lo sabe mejor que yo, ¡ja, ja, ja...! Ella al fin accedió a una cita, que él le pidió para el Parque Lezama... y como debía suceder, el mozo perdió el conocimiento del susto, sin necesidad de tocarla. ¡Qué iba a tocar sino algodón, y cal y pintura...! ¡ja, ja, ja...! y echó a correr, según se dice, como un Arquímedes, por todo Buenos Aires.. ¡ja, ja, ja...!

Mi rostro, mojado en sudor nieve, lividecía como una luna trágica, a tal punto, que don Roque, interrumpiéndose, me preguntó: ¿sufre usted algo? Tiene muy mal semblante…

—¡Qué sabe usted lo que es sufrir! —estuve por fulminarle— ¡maldito cancerbero, trilingüe monstruo, ciego de espíritu, con cien jorobas en la conciencia…!

Si pudiera castigarlo, volviérale mudo y enamorado hasta la muerte de “una” que ya dejó de ser.

Tres días quemado, como por la colilla del cigarro de don Roque, por aquella fiebre extraña y obsedido por el fantasma de voz matinal que envejeció mi vida.

Al cuarto, un domingo, soñaba yo con ella, era de tarde; el hada Morfina mimaba, con sus manos ilusorias de rosa pálido, mi pobre quimera muerta.

El lecho me parecía un ataúd nupcial de heliotropos y alas de cisnes; y apoteosis espiríticas, con sistros y liras hebreas, aterciopelaban en mi alma volatilizada, sus instrumentos a la sordina. Entre el humo de un crepúsculo inconsciente, veía alzarse una mujer mirífica: casta y serena, musical y grave, como un soneto de Petrarca.

—Soy tuya —me decía—, para ti canto, para ti soy bella... pero, no me mires mucho... Yo la miraba más aún... Luego, al sonreírme, dislocábanse sus labios y se le caían horribles dientes de loza, en medio de una mueca fúnebre, ¡Ja ja, ja...! Mirábame y sus ojos, trompos de Estigia, rodando en el extravío, se detenían de pronto, hasta resolverse en moluscos viscosos, colgantes en los alvéolos; sus mejillas ducales y voluptuosas de durazno, d peluche, agrietábanse, como una costra plutónica en arrugas de carbón, que simularon inmundas larvas; su cabellera imperio, recogida en túrrico peinado, se deshojó de pronto, en filamentos de un blanco verde, pringoso.
—Es suya, aproveche; lo felicito por la conquista... ¡Ja, ja ja…! Creí escuchar una voz anormal de fagot, eructada por un vestiglo. . . Esta voz no podía ser otra que la de don Roque. Súbitamente, al querer adelantarse, al querer adelantarse hacia mi lecho, desvencijóse, como tina máquina decrépita, la arquitectura nieve de aquel cuerpo de diosa, y en disonancias de hierro atormentado, un armazón puntiagudo rompió la cárcel amable de sedas fluidas con encajes de vapor y saltaron macabramente dos mundos de goma hasta donde yo estaba, chocando una eternidad, como dos cabezas del Dante en frenesí vertiginoso de besos enloquecidos.

Habían pasado largos minutos. Era ya noche.

—¿La siente usted...? escuche; canta como un ángel ese demonio; parece una señorita y todo lo hace por sus veinticinco... ¡Ja, ja, ja…!

Me despertó un acre olor tabacoso. Y vi mi fosco verdugo, las manos embolsilladas, clavado a la puerta como un incubo, con la colilla del cigarro sonriendo en una esquina de su bigote de roedor. Era un Mefistofelillo de sotabanco frente a un Fausto en derrota.

Esta vez, consciente, me puse a escucharla. El ex piano era una decrepitud inconsolable, con su reuma sonoro. Se quejaba, se exhalaba, perdía, se suicidaba, por cuartos de tono y por bemoles torturados de vidrio gangoso, en cromáticas estridencias, en agudos cascados, en acordes indecisos, en bajos sacerdotales, en roncos vagidos de batracio lunático, con un desalmamiento interesante de cosas confusas que desaparecen dando un grito agudo. En cambio ella, qué voz mórbida, fresca, como empapada en amanecer, en la que se expresaban saudades y ansias tardías, caprichos de monja romántica al morir, horror de náufrago que llama en vano y se hunde... El conjunto de aquel clavicordio doliente, símbolo de un pasado lleno de recuerdos, y de una aristocracia desesperadamente ansiosa de vivir, de amar, de ser feliz, me dio la realidad elegíaca de un poema profundamente humano.

Esa voz era un sollozo que decía: “he vivido, ya no vivo, quiero vivir… He sido hermosa, ya no lo soy. He sido amada, nadie me ama: ¡Aime! Strauss gemía inconsolablemente, bajo la débil presión de aquellos dedos torpes y plegados, que amantes, de rodillas, llevaron más de una vez a su boca, como bombones, en e1 inefable paroxismo…

Adieu pour toujours, Printemps évanui, Amour s’en va, Lune morte los vals obsequiosos de pena elegante, las confesiones melancólicas del Danubio, llena de suspiros que celebraron un día Musset, de Vigny, Heine, Lamartine, Arsenio Houssaye; las romanzas empolvadas de las heroínas de Balzac; las frivolidades sentimentales, ebrias de la Récamier, de la Malibran, de Mimi Pinzón y de Ninette; después los sollozos de Norma, los deliquios de Sonámbula, y los ensueños de Leonor; por último las voluptuosas y adoloridas canciones del Segundo Imperio ¡ay…! todo resucitaba un segundo, para morir luego sobre aquel piano agónico, que era toda una psicología, toda una época, toda una leyenda, toda una viudez de azahares en el crespón, todo un reino dulce de desafío en la sonrisa y de muerte blasonada en la copa, en que cada abanico era un oráculo y cada máscara una esfinge.

Y ante aquella voz reminiscente y dulce, solemne y penetrante, como el suspiro de un mundo embalsamado, que ya se fue; ante aquella voz que era una despedida y un rezo frente a la muerte, último grito de una primavera desmayada que se va helando; ante esa mística exhalación que llenaba la tarde de nostalgias y mi alma de remotas ansiedades, mis ojos, vueltos a la sombra infinita, aprendieron a llorar por lo más hondo del corazón y de la vida, por lo que nunca se ha visto, ni se verá, y por lo que ya no volveremos a ver jamás.






1906










jueves, mayo 28, 2009

"All you need is love", de John Lennon

Todo lo que necesitas es amor, The Beatles





Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...

No hay nada que puedas hacer
que no pueda ser hecho.
Nada que puedas cantar
que no pueda ser cantado.
Nada que puedas decir
pero puedes aprender
cómo jugar el juego.
Es fácil.

Nada que puedes hacer
que no pueda ser hecho.
Nadie a quien puedas salvar
que no pueda ser salvado.
Nada que puedas hacer
pero puedes aprender
cómo ser tú mismo con tiempo.
Es fácil.

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Nada que puedas saber
que no se sepa.
Nada que puedas ver
que no sea mostrado.
Ningún lugar en que puedas estar
que no sea donde
se supone que debes estar.
Es fácil.

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Todo lo que necesitas es amor...                (All together...)
Todo lo que necesitas es amor...                (Everybody...)
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.



Amor es todo lo que necesitas.






1967














miércoles, mayo 27, 2009

“Querido Dexter”, de Jeff Lindsay

Capítulo 1





Es esa luna otra vez, suspendida, fornida y a escasa altura en la noche tropical, llamando desde un cielo coagulado a los oídos temblorosos de esa querida voz que susurra desde las sombras, el Oscuro Pasajero, acomodado en el asiento trasero del Dodge K de la hipotética alma de Dexter.

Esa luna traviesa, ese Lucifer indiscreto y socarrón que llama desde el cielo vacío a los corazones oscuros de los monstruos nocturnos, les convoca a sus gozosos patios de recreo. Llama, de hecho, a ese monstruo en concreto agazapado tras las adelfas, que la luz de la luna al atravesar las hojas pinta con rayas de tigre, sus sentidos agudizados al máximo mientras espera el momento adecuado para saltar desde las sombras. Es Dexter el que está al acecho en la oscuridad, escuchando las terribles insinuaciones susurradas que se derraman sin cesar en mi escondite protegido por las sombras.

Mi querido otro yo oscuro me incita a saltar, ahora, a hundir mis colmillos iluminados por la luna en la carne tan vulnerable que hay al otro lado del seto. Pero no es el momento adecuado, así que espero, observo con cautela cuando mi inocente víctima pasa de largo, con los ojos abiertos de par en par, consciente de que algo le está vigilando, pero sin saber que estoy aquí, a tan sólo un metro de distancia. Sería muy fácil para mí deslizarme como la hoja de cuchillo que soy, y obrar mi magia maravillosa, pero espero, intuido pero invisible.

Un largo y sigiloso momento avanza de puntillas hasta convertirse en otro, y aún sigo esperando el momento preciso. El salto, la mano extendida, el frío júbilo cuando veo el terror florecer en el rostro de mi víctima...

Pero no. Algo no va bien.

Y ahora le toca a Dexter sentir el inquietante cosquilleo de unos ojos en su espalda, el aleteo del miedo cuando me convenzo cada vez más de que algo me está cazando a mí. A algún otro depredador nocturno se le está haciendo agua la boca interior mientras me vigila desde algún lugar cercano..., y no me gusta esa idea.

Y como un pequeño trueno surge de la nada la mano jubilosa y cae sobre mí con una velocidad cegadora, y vislumbro los dientes relucientes de un vecino de nueve años.

—¡Te pillé! ¡Un, dos, tres, le toca a Dexter!

Y con la salvaje celeridad de los muy jóvenes, aparecen los demás, riendo como locos y gritándome, mientras yo permanezco inmóvil entre los arbustos, humillado. Todo ha terminado. Cody, de seis años, me mira decepcionado, como si Dexter, el Dios de la Noche, hubiera defraudado a su sumo sacerdote. Astor, su hermana de nueve años, se une a los berridos de los niños, hasta que vuelven a desperdigarse en la oscuridad una vez más, hacia escondites nuevos y más complicados, dejándome solo con mi vergüenza.

Dexter no ha sabido ocultarse bien. Y ahora, le toca buscar a Dexter. Otra vez.

Quizá se pregunten, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede reducirse a esto la cacería nocturna de Dexter? Antes, siempre ha existido algún temible y perverso depredador aguardando las atenciones especiales del temible y perverso Dexter, y aquí estoy, desperdiciando un tiempo precioso a base de perder en un juego que no practicaba desde los diez años.

—Uno. Dos. Tres... —grito, siempre el jugador limpio y honrado.

¿Cómo es posible? ¿Cómo puede Dexter el Demonio sentir el peso de esa luna y no chapotear entre vísceras, arrebatando pedazo a pedazo la vida de alguien que necesita con toda urgencia sentir el filo del afilado juicio de Dexter? ¿Cómo es posible que en esta clase de noche el Frío Vengador se niegue a sacar a dar una vuelta al Oscuro Pasajero?

—Cuatro. Cinco. Seis.

Harry, mi sabio padre adoptivo, me había enseñado el delicado equilibrio entre la Necesidad y el Cuchillo. Había adoptado a un niño en quien veía la necesidad imparable de matar (algo que no era posible cambiar), y Harry le había transformado en un hombre que sólo mataba asesinos. Dexter, el antisabueso, que se escondía tras un rostro de apariencia humana y seguía la pista de los asesinos en serie verdaderamente malvados que mataban sin ceñirse a un código. Y yo habría sido uno de ellos, de no ser por el Plan de Harry. Hay mucha gente que lo merece, Dexter, había dicho mi maravilloso padre adoptivo policía.

—Siete. Ocho. Nueve.

Me había enseñado a descubrir a esos compañeros de juegos tan especiales, a estar seguro de que merecían la visita social mía y de mi Oscuro Pasajero. Y mejor todavía, me había enseñado a salir impune, como sólo un poli podía enseñarlo. Me había ayudado a construir un plausible remedo de vida, y metido en mi dura cabeza que debía adaptarme, siempre, ser normal en todas las cosas.

Así que había aprendido a vestirme con elegancia, a sonreír y a lavarme los dientes. Me había convertido en una falsificación humana perfecta, decía las cosas estúpidas y absurdas que los humanos no paran de repetir durante todo el día. Nadie sospechaba lo que ocultaba mi perfecta sonrisa de imitación. Nadie excepto mi hermanastra, Deborah, por supuesto, pero estaba empezando a aceptar mi verdadera personalidad. Al fin y al cabo, habría podido ser mucho peor. Podría haber sido un monstruo demente y perverso que mataba y mataba y dejaba tras de mí montañas de carne putrefacta. En cambio, yo estaba en el bando de la verdad, la justicia y el estilo de vida americano. Pese a todo un monstruo, por supuesto, pero llevaba a cabo una limpieza ejemplar a continuación, y era NUESTRO monstruo, vestido de virtud sintética cien por cien, roja, blanca y azul. Y en esas noches en que la luna habla en voz alta voy a buscar a los otros, los que acosan a los inocentes y no se ciñen a las normas, y los hago desaparecer en pequeños pedazos cuidadosamente envueltos.

Esta elegante fórmula había funcionado bien durante años de feliz inhumanidad. Entre cita y cita, mantenía mi estilo de vida normal desde un apartamento de lo más normal. Nunca llegaba tarde al trabajo, hacía las bromas de rigor con los colegas y era útil y discreto en todas las cosas, tal como Harry me había enseñado. Mi vida como androide era pulcra, equilibrada, y poseía un valor social redentor auténtico.

Hasta ahora. Hace una noche perfecta y, por lo que sea, estoy jugando al escondite con una pandilla de críos, en lugar de estar jugando a Cortar y Rebanar con un amigo escogido con primor. Y dentro de un rato, cuando termine el juego, acompañaré a Cody y Astor a casa de su madre, Rita, y ella me traerá una lata de cerveza, acostará a los niños y se sentará a mi lado en el sofá.

¿Cómo era posible? ¿El Oscuro Pasajero se iba a jubilar antes de tiempo? ¿Se había ablandado Dexter? ¿Había doblado la esquina de un pasillo largo y oscuro y salido por donde no debía convertido en Dexter el Hogareño? ¿Volvería a colocar esa única gota de sangre en la placa de cristal, como siempre hacía, el trofeo cobrado de la cacería?

—¡Diez! ¡Preparados o no, allá voy!

Sí, ya lo creo. Allá iba. Pero ¿hacia qué?

Empezó, por supuesto, con el sargento Doakes. Todos los superhéroes han de tener un archienemigo, y él era el mío. Yo no le había hecho absolutamente nada, pero él había decidido acosarme, apartarme de mi buena obra. A mí y a mi sombra. Y lo más irónico: a mí, un esforzado analista de muestras de sangre de la misma fuerza de policía que le daba empleo a él: estábamos en el mismo equipo. ¿Era justo que me persiguiera así, sólo porque de vez en cuando me buscaba un pluriempleo?

Conocía al sargento Doakes mucho mejor de lo que yo deseaba, mucho más de lo que daba de sí nuestra relación profesional. Me había impuesto la tarea de investigarle por un sencillo motivo: nunca le había caído bien, a pesar de que me enorgullezco de ser encantador y afable, con auténtica clase. Pero daba la impresión de que Doakes sabía que todo era pura fachada. Toda mi elaborada cordialidad rebotaba en él como insectos en un parabrisas.

Esto despertó mi curiosidad, como es natural. Lo digo en serio. ¿A qué clase de persona podía caerle mal? Por eso le había estudiado un poco, y lo descubrí. La clase de persona a la que podía caerle mal Dexter el Jovial tenía cuarenta y ocho años, era afroamericano y ostentaba el récord de levantamiento de pesas del departamento. Según las habladurías que había cazado al vuelo, era veterano del ejército, y desde que había llegado al departamento había estado implicado en varios tiroteos fatales, en todos los cuales Asuntos Internos lo había exonerado de culpa.

Pero lo más importante de todo esto era que había descubierto por mí mismo que, detrás de la profunda ira que siempre ardía en sus ojos, acechaba un eco de la risita de mi Oscuro Pasajero. Era tan sólo el levísimo tañido de una campana muy pequeña, pero yo estaba seguro. Doakes compartía espacio con algo, al igual que yo. No era lo mismo, pero sí algo muy similar, una pantera como en mi caso era un tigre. Doakes era poli, pero también un asesino sin escrúpulos. No tenía pruebas, pero estaba tan seguro que no me hacía falta verle aplastar la laringe de un peatón imprudente.

Un ser razonable pensaría que tal vez él y yo podríamos encontrar un territorio común, tomar una taza de café y comparar nuestros Pasajeros, intercambiar detalles y trivialidades sobre técnicas de desmembramiento. Pero no: Doakes me quería muerto. Y a mí me costaba compartir su punto de vista.

Doakes había estado trabajando con la detective LaGuerta en el momento de su sospechosa muerte, y desde entonces sus sentimientos hacia mí habían superado la frontera de la simple antipatía. Doakes estaba convencido de que yo tenía algo que ver con la muerte de LaGuerta. Esto era totalmente falso y completamente injusto. Yo me había limitado a mirar. ¿Qué tiene eso de malo? Claro que había ayudado a escapar al verdadero asesino, pero ¿qué se podía esperar de mí? ¿Qué clase de persona entregaría a su propio hermano? Sobre todo cuando hacía un trabajo tan pulcro.

Bien, siempre he dicho, vive y deja vivir. O muy a menudo, en cualquier caso. Que el sargento Doakes pensara lo que le diera la gana, a mí me daba igual. Todavía hay pocas leyes contra el acto de pensar, aunque estoy seguro de que en Washington se están esforzando al respecto. No, fueran cuales fueran las sospechas que el buen sargento abrigaba sobre mí, buen provecho le hicieran. Pero ahora que había decidido actuar siguiendo sus impuros pensamientos, mi vida era todo confusión. Dexter el Descarriado se estaba convirtiendo a marchas forzadas en Dexter el Demente.

¿Y por qué? ¿Cómo había empezado todo esto? Sólo había intentado ser yo mismo.





2005










martes, mayo 26, 2009

"La probable e improbable desaparición de un gato por extravío de su propia porcelana", de Juan Luis Martínez




a R.I.*

Ubicado sobre la repisa de la habitación
el gato no tiene ni ha tenido otra tarea
que vigilar día y noche su propia porcelana.

El gato supone que su imagen fue atrapada
y no le importa si por Neurosis o Esquizofrenia
observado desde la porcelana el mundo sólo sea
una Pequeña Cosmogonía de representaciones malignas
y el Sentido de la Vida se encuentre reducido ahora
a vigilar día y noche la propia porcelana.

A través de su gato
la porcelana observa y vigila también
el inmaculado color blanco de sí misma,
sabiendo que para él ese color es el símbolo pavoroso
de infinitas reencarnaciones futuras.

Pero la porcelana piensa lo que el gato no piensa
y cree que pudiendo haber atrapado también en ella
la imagen de una Virgen o la imagen de un Buddha
fue ella la atrapada por la forma de un gato.

En tanto el gato piensa que si él y la porcelana
no se hubieran atrapado simultáneamente
él no tendría que vigilarla ahora
y ella creería ser La Virgen en la imagen de La Virgen
o alcanzar el Nirvana en la imagen del Buddha.

Y es así como gato y porcelana
se vigilan el uno al otro desde hace mucho tiempo
sabiendo que bastaría la distracción más mínima
para que desaparecieran habitación, repisa, gato y porcelana.










* (La casa de R.I. en Chartres de Francia, tiene las paredes, cielo raso,
piso y muebles cubiertos con fragmentos de porcelana rota).











en La nueva novela, 1977









lunes, mayo 25, 2009

“Sendero Chibcha”, de Cecilia Vicuña







La poesía habita
algunos lugares
donde los riscos
no necesitan
sino ser señalados
para vivir:

dos o tres líneas
una marca
y el silencio
empieza a hablar.

En las aristas de los cerros
los Chibchas tejen líneas
los pájaros pierden plumas
y el ser hace su ofrenda
a la inmensidad.





en Precario/Precarius, 1983










domingo, mayo 24, 2009

"Discurso sobre lírica y sociedad", de Theodor Adorno

Extracto



Sobre todo es necesaria la vigilancia contra el concepto de ideología, hoy día extendido hasta lo insoportable. Pues ideología es “no verdad”, conciencia falsa, mentira. Ella se revela en el fracaso de las obras de arte, su falsedad en sí, y es blanco de la crítica. Cuando en cambio se trata de grandes obras de arte que tienen su ser en el dar forma, y con ello en una reconciliación tendencial de las contradicciones básicas de la existencia real, acusarlas de ser ideología, no es sólo una injusticia a su propio contenido de verdad, sino, además, una falsificación del concepto de ideología. Este concepto no afirma que todo espíritu sea exclusivamente capaz de disfrazar de generales en determinados hombres determinados intereses particulares, sino que se propone desenmascarar el espíritu decididamente falso y concebirlo al mismo tiempo en su necesidad. Pero las obras de arte son exclusivamente grandes por el hecho de que dejan hablar a lo que oculta la ideología. Lo quieran o no, su consecución, su éxito como tales obras de arte, las lleva más allá de la conciencia falsa.

Permítaseme enlazar con su propia desconfianza. Ustedes conciben la lírica como algo contrapuesto a la sociedad, como algo plenamente individual. Su afectividad se aferra además a que así debe seguir siendo, a que la expresión lírica, sustraída a la gravedad objetiva, conjure la imagen de una vida libre de la coerción de la práctica dominante, libre de utilidad, libre de la presión de la testaruda autoconservación. Pero esta exigencia puesta a la lírica, la exigencia de que sea la palabra virginal, es en sí misma una exigencia social. Ella implica la protesta contra una situación social que cada individuo experimente como hostil, ajena, fría, opresivo-depresiva, situación que se imprime negativamente en la formación lírica: cuando más duramente pesa la situación, tanto más inflexivamente se le resiste la formación, negándose a inclinarse ante ninguna cosa heterónoma y constituyéndose exclusivamente según el objeto en cada caso propio. Su distanciación de la mera existencia se convierte en criterio de la falsedad y maldad de ésta. En la protesta contra ella el poema expresa el sueño de un mundo en el cual las cosas fueran de otro modo. La idiosincrasia del espíritu lírico contra la prepotencia de las cosas en una forma de reacción a la cosificación del mundo, al dominio de las mercancías sobre los hombres, dominio que se extiende desde los comienzos de la edad moderna, y que se desarrolla hasta ser poder dominante de la vida desde el comienzo de la revolución industrial. También el culto rilkiano de la cosa pertenece al mágico círculo de esta idiosincrasia, como intento que es de asumir y disolver las ajenas cosas en la expresión subjetiva y pura, abonándoles en su haber, metafísicamente, su propio carácter de extrañeza; y la debilidad estética de ese culto de las cosas, el gesto afectadamente misterioso, la mezcla de religión y artesanía artística, traiciona al mismo tiempo y manifiesta el poder real de la cosificación, la cual no es ya susceptible de dorado por aura lírica alguna ni puede recogerse en ninguna dación de sentido.








en Akzente, 1957












sábado, mayo 23, 2009

“Kandinsky como un pretexto”, de Santiago Sylvester







Decimos el arte abstracto, por ejemplo,
y después hablamos de un color que crece,
de una línea en movimiento,
de un punto que toca fondo;
y sabemos que detrás de todo eso
existe una seguridad desesperada.

Sin embargo ya no se trata de significaciones
sino de saber qué haremos con la perfección
mientras la materia pierde peso,
el orden se contradice
y la armonía nos envuelve con una telaraña equilibrada
que tampoco escapa de la corrupción.





en Libro de viaje, 1982










viernes, mayo 22, 2009

"Los días van tan rápidos", de Gonzalo Rojas





Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure
          en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, m hermano, y es tu propio sollozo
          allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.








en Contra la muerte, 1964.








Colaboración a Dscntxt de Roberto Marconi









jueves, mayo 21, 2009

“El duende del bosque”, de Vladimir Nabokov






Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante.

—Sí, aquí estoy, pase...

El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.

Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás!

Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada... aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!

Me levanté. Él dio un paso adelante.

Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra...

Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida...

Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.

—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado?

Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable...

No, no puede ser. Estoy solo... es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas...

—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.

Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo... Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino.

»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba... Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando... Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago... No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr.

»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: "¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!". Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar... Por eso me llevó consigo.

»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. "Vete, hermano, búscate una espesura amiga." Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros...».

Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.

«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías...

»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco.

»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano...».

La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse.

Cuando di la luz no había nadie en el sillón... ¡Nadie!... No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo...






Publicado originalmente bajo el seudónimo Vladimir Sirin,
en la Revista Rul (Berlín, Alemania),
el 7 de enero de 1921










miércoles, mayo 20, 2009

"Las fases de Severo", de Julio Cortázar




In memoriam Remedios Varo

Todo estaba como quieto, como de alguna manera congelado en su propio movimiento, su olor y su forma que seguían y cambiaban con el humo y la conversación en voz baja entre cigarrillos y tragos. El Bebe Pessoa había dado ya tres fijas para San Isidro, la hermana de Severo cosía las cuatro monedas en las puntas del pañuelo para cuando a Severo le tocara el sueño. No éramos tantos pero de golpe una casa resulta chica, entre dos frases se arma el cubo transparente de dos o tres segundos de suspensión, y en momentos así algunos debían sentir como yo que todo eso, por más forzoso que fuera, nos lastimaba por Severo, por la mujer de Severo y los amigos de tantos años.

Como a las once de la noche habíamos llegado con Ignacio, el Bebe Pessoa y mi hermano Carlos. Éramos un poco de la familia, sobre todo Ignacio que trabajaba en la misma oficina de Severo, y entramos sin que se fijaran demasiado en nosotros. El hijo mayor de Severo nos pidió que pasáramos al dormitorio, pero Ignacio dijo que nos quedaríamos un rato en el comedor; en la casa había gente por todas partes, amigos o parientes que tampoco querían molestar y se iban sentando en los rincones o se juntaban al lado de una mesa o de un aparador para hablar o mirarse. Cada tanto los hijos o la hermana de Severo traían café y copas de caña, y casi siempre en esos momentos todo se aquietaba como si se congelara en su propio movimiento y en el recuerdo empezaba a aletear la frase idiota: «Pasa un ángel», pero aunque después yo comentara un doblete del negro Acosta en Palermo, o Ignacio acariciara el pelo crespo del hijo menor de Severo, todos sentíamos que en el fondo la inmovilidad seguía, que estábamos como esperando cosas ya sucedidas o que todo lo que podía suceder era quizá otra cosa o nada, como en los sueños, aunque estábamos despiertos y de a ratos, sin querer escuchar, oíamos el llanto de la mujer de Severo, casi tímido en un rincón de la sala donde debían estar acompañándola los parientes más cercanos.

Uno se va olvidando de la hora en esos casos, o como dijo riéndose el Bebe Pessoa, es al revés y la hora se olvida de uno, pero al rato vino el hermano de Severo para decir que iba a empezar el sudor, y aplastamos los puchos y fuimos entrando de a uno en el dormitorio donde cabíamos casi todos porque la familia había sacado los muebles y no quedaban más que la cama y una mesa de luz. Severo estaba sentado en la cama, sostenido por las almohadas, y a los pies se veía un cobertor de sarga azul y una toalla celeste. No había ninguna necesidad de estar callado, y los hermanos de Severo nos invitaban con gestos cordiales (son tan buenas gentes todos) a acercarnos a la cama, a rodear a Severo que tenía las manos cruzadas sobre las rodillas. Hasta el hijo menor, tan chico, estaba ahora al lado de la cama mirando a su padre con cara de sueño.

La fase del sudor era desagradable porque al final había que cambiar las sábanas y el piyama, hasta las almohadas se iban empapando y pesaban como enormes lágrimas. A diferencia de otros que según Ignacio tendían a impacientarse, Severo se quedaba inmóvil, sin siquiera mirarnos, y casi enseguida el sudor le había cubierto la cara y las manos. Sus rodillas se recortaban como dos manchas oscuras, y aunque su hermana le secaba a cada momento el sudor de las mejillas, la transpiración brotaba de nuevo y caía sobre la sábana.

—Y eso que en realidad está muy bien —insistió Ignacio que se había quedado cerca de la puerta—. Sería peor si se moviera, las sábanas se pegan que da miedo.
—Papá es hombre tranquilo —dijo el hijo mayor de Severo—. No es de los que dan trabajo.
—Ahora se acaba —dijo la mujer de Severo, que había entrado al final y traía un piyama limpio y un juego de sábanas. Pienso que todos sin excepción la admiramos como nunca en ese momento, porque sabíamos que había estado llorando poco antes y ahora era capaz de atender a su marido con una cara tranquila y sosegada, hasta enérgica. Supongo que algunos de los parientes le dijeron frases alentadoras a Severo, yo ya estaba otra vez en el zaguán y la hija menor me ofrecía una taza de café. Me hubiera gustado darle conversación para distraerla, pero entraban otros y Manuelita es un poco tímida, a lo mejor piensa que me intereso por ella y prefiero permanecer neutral. En cambio el Bebe Pessoa es de los que van y vienen por la casa y por la gente como si nada, y entre él, Ignacio y el hermano de Severo ya habían formado una barra con algunas primas y sus amigas, hablando de cebar un mate amargo que a esa hora le vendría bien a más de cuatro porque asienta el asado. Al final no se pudo, en uno de esos momentos en que de golpe nos quedábamos inmóviles (insisto en que nada cambiaba, seguíamos hablando o gesticulando pero era así y de alguna manera hay que decirlo y darle una razón o un nombre) el hermano de Severo vino con una lámpara de acetileno y desde la puerta nos previno que iba a empezar la fase de los saltos. Ignacio se bebió el café de un trago y dijo que esa noche todo parecía andar más rápido; fue de los que se ubicaron cerca de la cama, con la mujer de Severo y el chico menor que se reía porque la mano derecha de Severo oscilaba como un metrónomo. Su mujer le había puesto un piyama blanco y la cama estaba otra vez impecable; olimos el agua colonia y el Bebe le hizo un gesto admirativo a Manuelita, que debía haber pensado en eso. Severo dio el primer salto y quedó sentado al borde de la cama, mirando a su hermana que lo alentaba con una sonrisa un poco estúpida y de circunstancias. Qué necesidad había de eso, pensé yo que prefiero las cosas limpias; y qué podía importarle a Severo que su hermana lo alentara o no. Los saltos se sucedían rítmicamente: sentado al borde de la cama, sentado contra la cabecera, sentado en el borde opuesto, de pie en el medio de la cama, de pie sobre el piso entre Ignacio y el Bebe, en cuclillas sobre el piso entre su mujer y su hermano, sentado en el rincón de la puerta, de pie en el centro del cuarto, siempre entre dos amigos o parientes, cayendo justo en los huecos mientras nadie se movía y solamente los ojos lo iban siguiendo, sentado en el borde de la cama, de pie contra la cabecera, de cuclillas en el medio de la cama, arrodillado en el borde de la cama, parado entre Ignacio y Manuelita, de rodillas entre su hijo menor y yo, sentado al pie de la cama. Cuando la mujer de Severo anunció el fin de la fase, todos empezaron a hablar al mismo tiempo y a felicitar a Severo que estaba como ajeno; ya no me acuerdo quién lo acompañó de vuelta a la cama porque salíamos al mismo tiempo comentando la fase y buscando alguna cosa para calmar la sed, y yo me fui con el Bebe al patio a respirar el aire de la noche y a bebernos dos cervezas del gollete.

En la fase siguiente hubo un cambio, me acuerdo, porque según Ignacio tenía que ser la de los relojes y en cambio oímos llorar otra vez a la mujer de Severo en la sala y casi enseguida vino el hijo mayor a decirnos que ya empezaban a entrar las polillas. Nos miramos un poco extrañados con el Bebe y con Ignacio, pero no estaba excluido que pudiera haber cambios y el Bebe dijo lo acostumbrado sobre el orden de los factores y esas cosas; pienso que a nadie le gustaba el cambio pero disimulábamos al ir entrando otra vez y formando círculo alrededor de la cama de Severo, que la familia había colocado como correspondía en el centro del dormitorio.

El hermano de Severo llegó el último con la lámpara de acetileno, apagó la araña del cielo raso y corrió la mesa de luz hasta los pies de la cama; cuando puso la lámpara en la mesa de luz nos quedamos callados y quietos, mirando a Severo que se había incorporado a medias entre las almohadas y no parecía demasiado cansado por las fases anteriores. Las polillas empezaron a entrar por la puerta, y las que ya estaban en las paredes o el cielo raso se sumaron a las otras y empezaron a revolotear en torno de la lámpara de acetileno. Con los ojos muy abiertos Severo seguía el torbellino ceniciento que aumentaba cada vez más, y parecía concentrar todas sus fuerzas en esa contemplación sin parpadeos. Una de las polillas (era muy grande, yo creo que en realidad era una falena pero en esa fase se hablaba solamente de polillas y nadie hubiera discutido el nombre) se desprendió de las otras y voló a la cara de Severo; vimos que se pegaba a la mejilla derecha y que Severo cerraba por un instante los ojos. Una tras otra las polillas abandonaron la lámpara y volaron en torno de Severo, pegándose en el pelo, la boca y la frente hasta convertirlo en una enorme máscara temblorosa en la que sólo los ojos seguían siendo los suyos y miraban empecinados la lámpara de acetileno donde una polilla se obstinaba en girar buscando entrada. Sentí que los dedos de Ignacio se me clavaban en el antebrazo, y sólo entonces me di cuenta de que también yo temblaba y tenía una mano hundida en el hombro del Bebe. Alguien gimió, una mujer, probablemente Manuelita que no sabía dominarse como los demás, y en ese mismo instante la última polilla voló hacia la cara de Severo y se perdió en la masa gris. Todos gritamos a la vez, abrazándonos y palmeándonos mientras el hermano de Severo corría a encender la araña del cielo raso; una nube de polillas buscaba torpemente la salida y Severo, otra vez la cara de Severo, seguía mirando la lámpara ya inútil y movía cautelosamente la boca como si temiera envenenarse con el polvo de plata que le cubría los labios.

No me quedé ahí porque tenían que lavar a Severo y ya alguien estaba hablando de una botella de grapa en la cocina, aparte de que en esos casos siempre sorprende cómo las bruscas recaídas en la normalidad, por decirle así, distraen y hasta engañan. Seguí a Ignacio que conocía todos los rincones, y le pegamos a la grapa con el Bebe y el hijo mayor de Severo. Mi hermano Carlos se había tirado en un banco y fumaba con la cabeza gacha, respirando fuerte; le llevé una copa y se la bebió de un trago. El Bebe Pessoa se empecinaba en que Manuelita tomara un trago, y hasta le hablaba de cine y de carreras; yo me mandaba una grapa tras otra sin querer pensar en nada, hasta que no pude más y busqué a Ignacio que parecía esperarme cruzado de brazos.

—Si la última polilla hubiera elegido... —empecé.

Ignacio hizo una lenta señal negativa con la cabeza. Por supuesto, no había que preguntar; por lo menos en ese momento no había que preguntar; no sé si comprendí del todo pero tuve la sensación de un gran hueco, algo como una cripta vacía que en alguna parte de la memoria latía lentamente con un gotear de filtraciones. En la negación de Ignacio (y desde lejos me había parecido que el Bebe Pessoa también negaba con la cabeza, y que Manuelita nos miraba ansiosamente, demasiado tímida para negar a su vez) había como una suspensión del juicio, un no querer ir más adelante; las cosas eran así en su presente absoluto, como iban ocurriendo. Entonces podíamos seguir, y cuando la mujer de Severo entró en la cocina para avisar que Severo iba a decir los números, dejamos las copas medio llenas y nos apuramos, Manuelita entre el Bebe y yo, Ignacio atrás con mi hermano Carlos que llega siempre tarde a todos lados.

Los parientes ya estaban amontonados en el dormitorio y no quedaba mucho sitio donde ubicarse. Yo acababa de entrar (ahora la lámpara de acetileno ardía en el suelo, al lado de la cama, pero la araña seguía encendida) cuando Severo se levantó, se puso las manos en los bolsillos del piyama, y mirando a su hijo mayor dijo: «6», mirando a su mujer dijo: «20», mirando a Ignacio dijo: «23», con una voz tranquila y desde abajo, sin apurarse. A su hermana le dijo 16, a su hijo menor 28, a otros parientes les fue diciendo números casi siempre altos, hasta que a mí me dijo 2 y sentí que el Bebe me miraba de reojo y apretaba los labios, esperando su turno. Pero Severo se puso a decirles números a otros parientes y amigos, casi siempre por encima de 5 y sin repetirlos jamás. Casi al final al Bebe le dijo 14, y el Bebe abrió la boca y se estremeció como si le pasara un gran viento entre las cejas, se frotó las manos y después tuvo vergüenza y las escondió en los bolsillos del pantalón justo cuando Severo le decía 1 a una mujer de cara muy encendida, probablemente una parienta lejana que había venido sola y que casi no había hablado con nadie esa noche, y de golpe Ignacio y el Bebe se miraron y Manuelita se apoyó en el marco de la puerta y me pareció que temblaba, que se contenía para no gritar. Los demás ya no atendían a sus números, Severo los decía igual pero ellos empezaban a hablar, incluso Manuelita cuando se repuso y dio dos pasos hacia adelante y le tocó el 9, ya nadie se preocupaba y los números terminaron en un hueco 24 y un 12 que les tocaron a un pariente y a mi hermano Carlos; el mismo Severo parecía menos concentrado y con el último se echó hacia atrás y se dejó tapar por su mujer, cerrando los ojos como quien se desinteresa u olvida.

—Por supuesto es una cuestión de tiempo —me dijo Ignacio cuando salimos del dormitorio—. Los números por sí mismos no quieren decir nada, che.
—¿A vos te parece? —le pregunté bebiéndome de un trago la copa que me había traído el Bebe.
—Pero claro, che—dijo Ignacio—. Fijate que del 1 al 2 pueden pasar años, ponele diez o veinte, en una de esas más.
—Seguro —apoyó el Bebe—. Yo que vos no me afligía.
Pensé que me había traído la copa sin que nadie se la pidiera, molestándose en ir hasta la cocina con toda esa gente. Y a él le había tocado el 14 y a Ignacio el 23.
—Sin contar que está el asunto de los relojes —dijo mi hermano Carlos que se había puesto a mi lado y me apoyaba la mano en el hombro—. Eso no se entiende mucho, pero a lo mejor tiene su importancia. Si te toca atrasar...
—Ventaja adicional —dijo el Bebe, sacándome la copa vacía de la mano como si tuviera miedo de que se me cayese al suelo.

Estábamos en el zaguán al lado del dormitorio, y por eso entramos de los primeros cuando el hijo mayor de Severo vino precisamente a decirnos que empezaba la fase de los relojes. Me pareció que la cara de Severo había enflaquecido de golpe, pero su mujer acababa de peinarlo y olía de nuevo a agua colonia que siempre da confianza. A mí me rodeaban mi hermano, Ignacio y el Bebe como para cuidarme el ánimo, y en cambio no había nadie que se ocupara de la parienta que había sacado el 1 y que estaba a los pies de la cama con la cara más roja que nunca, temblándole la boca y los párpados. Sin siquiera mirarla Severo le dijo a su hijo menor que adelantara, y el pibe no entendió y se puso a reír hasta que su madre lo agarró de un brazo y le quitó el reloj pulsera. Sabíamos que era un gesto simbólico, bastaba simplemente adelantar o atrasar las agujas sin fijarse en el número de horas o minutos, puesto que al salir de la habitación volveríamos a poner los relojes en hora. Ya a varios les tocaba adelantar o atrasar, Severo distribuía las indicaciones casi mecánicamente, sin interesarse; cuando a mí me tocó atrasar, mi hermano volvió a clavarme los dedos en el hombro; esta vez se lo agradecí, pensando como el Bebe que podía ser una ventaja adicional aunque nadie pudiera estar seguro; y también a la parienta de la cara colorada le tocaba atrasar, y la pobre se secaba unas lágrimas de gratitud, quizá completamente inútiles al fin y al cabo, y se iba para el patio a tener un buen ataque de nervios entre las macetas; algo oímos después desde la cocina, entre nuevas copas de grapa y las felicitaciones de Ignacio y de mi hermano.

—Pronto será el sueño —nos dijo Manuelita—, mamá manda decir que se preparen.

No había mucho que preparar, volvimos despacio al dormitorio, arrastrando el cansancio de la noche; pronto amanecería y era día hábil, a casi todos nos esperaban los empleos a las nueve o a las nueve y media; de golpe empezaba a hacer más frío, la brisa helada en el patio metiéndose por el zaguán, pero en el dormitorio las luces y la gente calentaban el aire, casi no se hablaba y bastaba mirarse para ir haciendo sitio, ubicándose alrededor de la cama después de apagar los cigarrillos. La mujer de Severo estaba sentada en la cama, arreglando las almohadas, pero se levantó y se puso en la cabecera; Severo miraba hacia arriba, ignorándonos miraba la araña encendida, sin parpadear, con las manos apoyadas sobre el vientre, inmóvil e indiferente miraba sin parpadear la araña encendida y entonces Manuelita se acercó al borde de la cama y todos le vimos en la mano el pañuelo con las monedas atadas en las cuatro puntas. No quedaba más que esperar, sudando casi en ese aire encerrado y caliente, oliendo agradecidos el agua colonia y pensando en el momento en que por fin podríamos irnos de la casa y fumar hablando en la calle, discutiendo o no lo de esa noche, probablemente no pero fumando hasta perdernos por las esquinas. Cuando los párpados de Severo empezaron a bajar lentamente, borrándole de a poco la imagen de la araña encendida, sentí cerca de mi oreja la respiración ahogada del Bebe Pessoa. Bruscamente había un cambio, un aflojamiento, se lo sentía como si no fuéramos más que un solo cuerpo de incontables piernas y manos y cabezas aflojándose de golpe, comprendiendo que era el fin, el sueño de Severo que empezaba, y el gesto de Manuelita al inclinarse sobre su padre y cubrirle la cara con el pañuelo, disponiendo las cuatro puntas de manera que lo sostuvieran naturalmente, sin arrugas ni espacios descubiertos, era lo mismo que ese suspiro contenido que nos envolvía a todos, nos tapaba a todos con el mismo pañuelo.

—Y ahora va a dormir —dijo la mujer de Severo—. Ya está durmiendo, fíjense.

Los hermanos de Severo se habían puesto un dedo en los labios pero no hacía falta, nadie hubiera dicho nada, empezábamos a movernos en puntas de pie, apoyándonos unos en otros para salir sin ruido. Algunos miraban todavía hacia atrás, el pañuelo sobre la cara de Severo, como si quisieran asegurarse de que Severo estaba dormido. Sentí contra mi mano derecha un pelo crespo y duro, era el hijo menor de Severo que un pariente había tenido cerca de él para que no hablara ni se moviera, y que ahora había venido a pegarse a mí, jugando a caminar en puntas de pie y mirándome desde abajo con unos ojos interrogantes y cansados. Le acaricié el mentón, las mejillas, llevándolo contra mí fui saliendo al zaguán y al patio, entre Ignacio y el Bebe que ya sacaban los atados de cigarrillos; el gris del amanecer con un gallo allá en lo hondo nos iba devolviendo a nuestra vida de cada uno, al futuro ya instalado en ese gris y ese frío, horriblemente hermoso. Pensé que la mujer de Severo y Manuelita (tal vez los hermanos y el hijo mayor) se quedaban adentro velando el sueño de Severo, pero nosotros íbamos ya camino de la calle, dejábamos atrás la cocina y el patio.

—¿No juegan más? —me preguntó el hijo de Severo, cayéndose de sueño pero con la obstinación de todos los pibes.
—No, ahora hay que ir a dormir —le dije—. Tu mamá te va a acostar, ándate adentro que hace frío.
—Era un juego, ¿verdad, Julio?
—Sí, viejo, era un juego. Andá a dormir, ahora.

Con Ignacio, el Bebe y mi hermano llegamos a la primera esquina, encendimos otro cigarrillo sin hablar mucho. Otros ya andaban lejos, algunos seguían parados en la puerta de la casa, consultándose sobre tranvías o taxis; nosotros conocíamos bien el barrio, podíamos seguir juntos las primeras cuadras, después el Bebe y mi hermano doblarían a la izquierda, Ignacio seguiría unas cuadras más, y yo subiría a mi pieza y pondría a calentar la pava del mate, total no valía la pena acostarse por tan poco tiempo, mejor ponerse las zapatillas y fumar y tomar mate, esas cosas que ayudan.










en Octaedro, 1974











Colaboración a Dscntxt de Ramón Oyarzún Soto