viernes, septiembre 19, 2008

"Al sur de la frontera, al oeste del sol", de Haruki Murakami

Fragmento




Al principio, como es habitual en dos niños de once o doce años de diferente sexo y que acaban de conocerse, nuestra relación fue poco fluida, incómoda. Pero en cuanto descubrimos que ambos éramos hijos únicos, nuestra conversación cobró de inmediato viveza e intimidad. Porque era la primera vez que tanto ella como yo conocíamos a otro hijo único. Así que empezamos a hablar con entusiasmo sobre lo que esa situación representaba. Teníamos mucho que decirnos al respecto. No sucedía todos los días, pero sí eran muchas las veces que volvíamos a casa andando. Y mientras recorríamos el trayecto de poco más de un kilómetro con lentitud (ella cojeaba y sólo podía andar despacio) hablábamos de todo. Así descubrimos que los dos teníamos muchas cosas en común. A ambos nos gustaba leer. Y escuchar música. A ambos nos encantaban los gatos. A ambos nos costaba expresar nuestros sentimientos. La lista de comidas que no nos gustaban era bastante larga. No nos importaba lo más mínimo estudiar las materias que nos interesaban, pero odiábamos a muerte las asignaturas que nos aburrían. Si alguna diferencia había entre nosotros era que Shimamoto se esforzaba mucho más que yo en protegerse a sí misma. Ella, aunque detestara una asignatura, la estudiaba con ahínco y sacaba notas bastante buenas; yo, no. Ella, aunque le dieran para comer algo que detestaba, se aguantaba y se lo comía todo; yo, no. En otras palabras, el muro de defensa que había levantado a su alrededor era mucho más alto y sólido que el mío. Pero el ser que se escondía detrás se me parecía de una manera asombrosa.

Enseguida me acostumbré a estar con ella a solas. Para mí era una experiencia nueva. A su lado no me sentía intranquilo, como me pasaba con las demás niñas. Me gustaba volver a casa con ella. Shimamoto cojeaba ligeramente de la pierna izquierda. A medio camino, a veces nos sentábamos en un banco del parque y descansábamos. Pero eso jamás me pareció una molestia. Al contrario, disfrutaba de aquel tiempo añadido.

Empezamos a pasar mucho tiempo juntos, aunque no recuerdo que nadie se riera de nosotros por ello. Entonces no caí en la cuenta, pero ahora incluso me extraña un poco. A esa edad, los niños suelen burlarse de las parejas de compañeros de diferente sexo que se llevan bien. Tal vez se debiera a la personalidad de Shimamoto. Había en ella algo que producía una ligera tensión en quienes se encontraban a su alrededor. La envolvía un aire que hacía pensar a los demás: «A esa niña no se le pueden decir estupideces». Incluso los profesores la trataban con miramiento. Tal vez se debiese a su cojera. En cualquier caso, todo el mundo parecía creer que no era propio burlarse de Shimamoto y a mí eso me favorecía.

A causa de su pierna coja, Shimamoto apenas asistía a clases de gimnasia. Cuando íbamos de excursión o a la montaña, se quedaba en casa. En verano tampoco venía al campamento de natación. Durante el festival de deportes anual, parecía sentirse un poco fuera de lugar. Pero, aparte de eso, llevaba una vida escolar de lo más normal. Apenas mencionaba su cojera. Que yo recuerde, no lo hizo ni una sola vez. Incluso cuando volvíamos juntos de la escuela, jamás la oí decir: «Me sabe mal hacerte andar tan despacio», ni nada por el estilo; tampoco en su rostro se traslucía esa preocupación. Pero yo sabía muy bien que le importaba y que, precisamente porque le importaba, jamás tocaba el tema. No le gustaba ir de visita a casa de los demás porque tenía que quitarse los zapatos en el recibidor. Sus zapatos derecho e izquierdo tenían diferente forma, el grosor de la suela era distinto, y odiaba que los demás se fijaran en ello. Creo que esos zapatos se los hacían a medida. Me di cuenta al ver cómo, al regresar a casa, se apresuraba a descalzarse y a guardarlos tan rápido como podía en el mueble zapatero.

En la sala de estar tenían un equipo estéreo último modelo y yo iba a menudo a su casa a escuchar música. Era un equipo magnífico. Sin embargo, la colección de discos de su padre no estaba en consonancia con tan maravilloso aparato y el número de elepés no pasaba de quince. Además, en su mayor parte, eran discos de música clásica ligera, para principiantes. Pero yo escuchaba una vez tras otra aquellos quince discos. De modo que, incluso ahora, recuerdo a la perfección cada una de sus notas.

Era Shimamoto quien se encargaba de poner la música. Sacaba los discos de la funda, los colocaba en el plato del tocadiscos sosteniéndolos entre ambas manos con cuidado de no tocar los surcos con los dedos y, tras limpiar el cabezal con un cepillito, hacía descender la aguja sobre el disco. Cuando acababan de sonar, los rociaba con un pulverizador para quitarles el polvo y los secaba con un paño de fieltro. Después los metía en la funda y los devolvía al lugar asignado en la estantería. Llevaba a cabo esta sucesión de acciones que le había enseñado su padre, una tras otra, con una expresión terriblemente seria. Entrecerraba los ojos, incluso contenía el aliento. Yo siempre contemplaba ese ritual sentado en el sofá. Cuando el disco se encontraba de nuevo en el estante, Shimamoto se volvía hacia mí y me dedicaba una pequeña sonrisa. Y yo cada vez pensaba lo mismo. Que no era un simple disco lo que Shimamoto tenía entre las manos, sino un frasco de cristal que encerraba una frágil alma humana.

En casa no teníamos ni tocadiscos ni discos. Mis padres no eran del tipo de personas al que le entusiasmase escuchar música. Así que yo siempre estaba en mi habitación pegado a una pequeña radio AM de plástico escuchando música. Rock and roll y cosas así. Sin embargo, no tardó en gustarme también la música clásica ligera que oía en casa de Shimamoto. Aquellas melodías me hablaban de «otro mundo», y lo que me atraía de aquel «otro mundo» era, quizá, que Shimamoto pertenecía a él. Así, dos veces por semana, nos sentábamos en el sofá y, mientras saboreábamos el té que nos había traído su madre, pasábamos la tarde escuchando las oberturas de Rossini, la Pastoral de Beethoven y Peer Gynt. Su madre siempre me acogía complacida. Se alegraba de que, después de cambiar de escuela, su hija hubiera hecho amigos tan pronto. Yo era, además, un niño muy formal e iba siempre correctamente vestido: eso debía de agradarle. No obstante, a decir verdad, ella a mí no me gustaba demasiado. No es que hubiera una razón concreta. Siempre era amable conmigo. Pero en su manera de hablar percibía una ligera irritación que me inquietaba.

De toda la colección de discos, mi preferido era el de los conciertos de piano de Liszt. El primero en una cara, el segundo en la otra. Las razones por las que me gustaba eran dos: que la funda del disco era preciosa; y que no conocía a nadie —exceptuando, por supuesto, a Shimamoto— que hubiera escuchado esos conciertos. Esto me producía una auténtica emoción. Yo conocía un mundo que los demás ignoraban. Sólo a mí me estaba permitido el acceso a un jardín secreto. Para mí, escuchar a Liszt representaba acceder a un plano superior de la existencia humana. Además era una música muy bella. Al principio, la encontraba exagerada, artificiosa y me sonaba un poco inconexa. Pero conforme la iba escuchando empezó a adquirir cohesión dentro de mi conciencia, al igual que va definiéndose poco a poco una imagen borrosa. Cuando escuchaba concentrado y con los ojos cerrados, podía ver cómo, del eco de esa música, nacían diversas espirales. Surgía una espiral y, de esa espiral, surgía otra distinta. Y la segunda espiral se entrelazaba con una tercera. Y esas espirales, vistas por supuesto con los ojos del presente, poseían una cualidad conceptual y abstracta. Lo que yo deseaba, más que nada en el mundo, era poder hablarle a Shimamoto de la existencia de esas espirales. Pero no era algo que pudiera contarse a otra persona con las palabras que yo usaba por entonces. Para expresarme con propiedad hubiera necesitado un lenguaje muy distinto, desconocido. Y ni siquiera sabía si lo que sentía era digno de ser expresado con palabras.










jueves, septiembre 18, 2008

“Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, de David Foster Wallace

Ithaca, Nueva York, 21 de febrero de 1962 - Claremont, California, 12 de septiembre de 2008




Fragmento



Probablemente tendría que darme cuenta de esta y ciertamente de otras señales de humillación inminente en el momento en que la niña se acerca mientras estoy simulando una partida imaginaria en que ambas partes emplean la defensa india de dama, me tira de la manga y me pregunta si quiero jugar. Me tira muy fuerte, me llama señor y pone unos ojos del tamaño de bandejas para bocadillos. En retrospectiva, se me ocurre que aquella niña era un poco demasiado alta para tener nueve años, tenía un aspecto fatigado, los hombros caídos, de una forma característica de chicas mucho mayores, una especie de mala postura mental. Por muy buena que fuera en el ajedrez, no era una niña feliz. No creo que entre ambas cosas haya una relación directa.

Deirdre coge una silla y me dice que habitualmente loe gusta jugar con las negras y me informa de que en muchas culturas el negro es tanático o mórbido, pero también es el equivalente espiritual de lo que representa el blanco en Estados Unidos y que en esas otras culturas el blanco es el color mórbido. Le digo que yo ya lo sé. Empezamos. Adelanto algunos peones y Deirdre saca un caballo. La madre de Deirdre mira la partida de pie desde detrás de la silla de la niña.* Al cabo de pocos segundos ya sé que odio a esta madre. Es como una especie de madre explotadora de estrella del ajedrez. Deirdre parece buena chica. He jugado antes con niños precoces y por lo menos Deirdre no grita ni sonríe con petulancia. En todo caso, parece un poco triste de que yo no le dé un poco más de juego.

Mi primer presentimiento de peligro viene en el cuarto movimiento, cuando hago un fianchetto y Deirdre se da cuenta de que lo que estoy haciendo es un fianchetto y usa el término de forma correcta llamándome nuevamente señor. La segunda señal ominosa es que no para de llevar la manita inconscientemente a un lado del tablero después de cada movimiento, señal de que ha jugado con reloj. Ella contraataca con una maniobra habilísima del caballo de rey, me atrapa la reina en el duodécimo movimiento y después de eso ya es mera cuestión de tiempo. No importa. Ni siquiera empecé a jugar al ajedrez hasta los veintimuchos. En el movimiento 17 tres personas desesperadamente ancianas y por lo visto emparentadas entre sí vienen tambaleándose y miran cómo sacrifico una torre y empieza la matanza verdadera. No importa. Ni Deirdre ni su repulsiva madre sonríen cuando se termina. Yo sonrío por todos. Ninguno de nosotros dice nada de volver a jugar mañana.






* Las únicas sillas de la biblioteca son unas sillas de cuero con brazos y asientos muy bajos, de manera que solamente la nariz y los ojos de Deirdre asoman por encima de la mesa mientras la tengo sentada delante, añadiendo un toque surrealista Kilroyiano a la humillación.










miércoles, septiembre 17, 2008

"Nadie es profeta en su espejo", de Jorge Díaz

Fragmento



ÉL.- Lo único que sé es que consigo molestarte.
ELLA.- ¡No sabes nada! ¡No tienes ni idea! ¡Eres un ingenuo! ¡Ni siquiera me has visto la cara que tengo debajo del maquillaje! Eres más que ingenuo: eres un estúpido.
ÉL.- Después de una hora de charla de algo me habré dado cuenta, ¿no?
ELLA.- ¡De nada! Soy yo la que te conoce... y muy bien, por cierto.
ÉL.- (Sarcástico) Ah, ya, volvemos a la intuición “femenina”.
ELLA.- (Seria, sin afectación gay) No, a donde tendremos que volver es a nuestra juventud.
ÉL.- (Irónico) ¿Y hasta dónde habrá que retroceder?
ELLA.- Invierno de 1968. Alameda a la altura de República.
ÉL.- No te entiendo.
ELLA.- Los guanacos nos meaban sin misericordia con su chorro helado, ¿recuerdas?
ÉL.- (Desconcertado) ¿Qué es lo que tengo que recordar?
ELLA.- A un melenudo, ciego de rabia, enfrentándose a los pacos. En forma suicida les arrojó un cóctel molotov a la cara.
ÉL.- ¿Quién era ese loco?
ELLA.- Tú. ¿Ya se te olvidó?
ÉL.- (Incómodo) Todos los días pasaban cosas así. Fue un año muy violento.
ELLA.- Ese día fue diferente.
ÉL.- ¿Por qué?
ELLA.- Los pacos te tenían rodeado. Mientras otros compañeros los hostigaban, alguien te sacó a la rastra entre el humo. El mismo que luego te llevó a su buhardilla de Bellavista.
ÉL.- Tuve que esconderme. Me habían fotografiado con la molotov en las manos y me andaban buscando. Luego supe que registraron mi casa.
ELLA.- No te buscaban sólo por la molotov, ¿no es cierto?
ÉL.- No, me buscaban por una expropiación.
ELLA.- Asalto a mano armada a los burgueses capitalistas dueños de la Avícola “El Pollo Nuestro”. Te libraste por un pelo.
ÉL.- Gracias a ese amigo que me escondió una semana en su pieza pude pasar a la clandestinidad. ¿Cómo se llamaba? ¿Te acuerdas?
ELLA.- José María.
ÉL.- No, no era José María.
ELLA.- Le llamaban Chema.
ÉL.- ¡Eso. El Chema! (Desconcertado) ¿Cómo sabes todo eso? ¿Tú también ibas a la Universidad?
ELLA.- No, nunca fui a la Universidad, a estudiar, quiero decir. Pero me gustaba ir a correr delante de los pacos, a hacer rayados, a reírme y a desahogarme. Nunca nadie me preguntó si era estudiante. Tenía amigos. Nos reuníamos en la Federación de Estudiantes.
ÉL.- Claro, allí se organizaban todos los despelotes. Chema me llevó varias noches disfrazado de cura. (Se ríe) Y él se disfrazaba de monja de la caridad. (ÉL se queda petrificado mirándola a ELLA) ¡Tú!
ELLA.- Entonces sólo me disfrazaba para escapar de las redadas.
ÉL.- (Asombrado) ¿Tú eres el Chema?
ELLA.- José María Torres, nacido en Valparaíso en plena celebración del Año Nuevo. Ya ves, desde que nací fui escandaloso.








Madrid, 1990








martes, septiembre 16, 2008

“La molicie”, de Julio Ramón Ribeyro







Mi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapada, en las comidas fuertes, en los muelles sillones y hasta en las melodías lánguidas de los boleros, aprovechaba cualquier instante de flaqueza para tender sobre nosotros sus brazos tentadores y sutiles y envolvernos suavemente, como la emanación de un pebetero.

Había, pues, que estar en guardia contra sus asechanzas; había que estar a la expectativa de nuestras debilidades. Nuestra habitación estaba prevenida, diríase exorcizada contra ella. Habíamos atiborrado los estantes de libros, libros raros y preciosos que constantemente despertaban nuestra curiosidad y nos disponían al estudio. Habíamos coloreado las paredes con extraños dibujos que día a día renovábamos para tener siempre alguna novedad o, por lo menos, la ilusión de una perpetua mudanza. Yo pintaba espectros y animales prehistóricos, y mi compañero trazaba con el pincel transparentes y arbitrarias alegorías que constituían para mí un enigma indescifrable. Teníamos, por último, una pequeña radiola en la cual en momentos de sumo peligro poníamos cantigas gregorianas, sonatas clásicas o alguna fustigante pieza de jazz que comunicara a todo lo inerte una vibración de ballet.

A pesar de todas esas medidas no nos considerábamos enteramente seguros. Era a la hora de despertarnos, cuando las golondrinas (¿eran las golondrinas o las alondras?) nos marcaban el tiempo desde los tejados, el momento en que se iniciaba nuestra lucha. Nos provocaba correr la persiana, amortiguar la luz y quedarnos tendidos sobre las duras camas; dulcemente mecidos por el vaivén de las horas. Pero estimulándonos recíprocamente con gritos y consejos, saltábamos semidormidos de nuestros lechos y corríamos a través del corredor caldeado hasta la ducha, bajo cuya agua helada recibíamos la primera cura de emergencia. Ella nos permitía pasar la mañana con ciertas reservas, metidos entre nuestros libros y nuestras pinturas. A veces, cuando el calor no era muy intenso salíamos a dar un paseo entre las arboledas; viendo a la gente arrastrarse penosamente por las calzadas, huyendo también de la molicie, como nosotros. Después del almuerzo, sin embargo, sobrevenían las horas más difíciles y en las cuales la mayoría de nuestros compañeros sucumbían. Del comedor pasábamos al salón y embotados por la cuantiosa comida caíamos en los sillones. Allí pedíamos café, antes de que los ojos se nos cerraran, y gracias a su gusto amargo y tostado, febrilmente sorbido, podíamos pensar lo elemental para mantenernos vivos. Repetíamos el café, fumábamos, hojeábamos por centésima vez los diarios, hasta que la molicie hacía su ingreso por las tres grandes ventanas asoleadas. Poco a poco disminuía el ritmo de los coloquios; las partidas de ajedrez se suspendían, el humo iba desvaneciéndose, el radio sonaba perezosamente y muchos quedaban inmóviles en los sillones, un alfil en la mano, los ojos entrecerrados, la respiración sofocada, la sangre viciada por un terrible veneno. Entonces, mi compañero y yo huíamos torpemente por las escaleras y llegábamos exhaustos a nuestro cuarto, donde la cama nos recibía con los brazos abiertos y nos hacía brevemente suyos.

A esta hora, tal vez, fuimos en alguna oportunidad presas de la molicie. Recuerdo especialmente un día en que estuve tumbado hasta la hora de la merienda sin poder moverme, y más aún, hasta la hora de la cena, hora en que pude levantarme y arrastrarme hasta el comedor como un sonámbulo. Pero esto no volvió a repetirse por el momento. Aún éramos fuertes. Aún éramos capaces de rechazar todos los asaltos y llenar la tarde de lecturas comunes; de glosas y de disputas, muchas veces bizantinas, pero que tenían la virtud de mantener nuestra inteligencia alerta.

A veces, hartos de razonar, nos aproximábamos a la ventana que se abría sobre un gran patio, al cual los edificios volvían la intimidad de sus espaldas. Veíamos, entonces, que la molicie retozaba en el patio, bajo el resplandor del sol y, reptando por las paredes, hacía suyos los departamentos y las cosas. Por las ventanas abiertas veíamos hombres y mujeres desnudos, indolentemente estirados sobre los lechos blancos, abanicándose con periódico. A veces alguno de ellos se aproximaba a su ventana y miraba el patio y nos veía a nosotros. Luego de hacernos un gesto vago, que podía interpretarse como un signo de complicidad en el sufrimiento, regresaba a su lecho, bebía lentos jarros de agua y, envuelto en sus sábanas como en su sudario, proseguía su descomposición. Este cuadro al principio nos fortalecía porque revelaba en nosotros cierta superioridad. Mas, pronto aprendimos a ver en cada ventana como el reflejo anticipado de nuestro propio destino y huíamos de ese espectáculo como de un mal presagio. Habíamos visto sucumbir, uno por uno, a todos los desconocidos habitantes de aquellos pisos, sucumbir insensiblemente, casi con dulzura, o más bien, con voluptuosidad. Aun aquellos que ofrecieron resistencia —aquel, por ejemplo, que jugaba solitarios o aquel otro que tocaba la flauta— habían perecido estrepitosamente.

La poca gente que disponía de recursos —nosotros no estábamos en esa situación— se libraban de la molicie abandonando la ciudad. Cuando se produjeron los primeros casos improvisaron equipajes y huyeron hacia las sierras nevadas o hacia las playas frescas, latitudes en las cuales no podía sobrevivir el mal. Nosotros en cambio, teníamos que afrontar el peligro, esperando la llegada del otoño para que se extendiera su alfombra de hojas secas sobre los maleficios del estío. A veces, sin embargo, el otoño se retrasaba mucho, y cuando llegaban los primeros cierzos, la mayoría de nosotros estábamos incurablemente enfermos, completamente corrompidos para toda la vida.

Las siete de la noche era la hora más benigna. Diríase que la molicie hacia una tregua y abandonando provisoriamente la ciudad, reunía fuerzas en la pradera, preparándose para el asalto final. Este se producía después de la cena, a las once de la noche, cuando la brisa crepuscular había cesado y en el cielo brillaban estrellas implacablemente lúcidas. A esta hora eran también, sin embargo, múltiples las posibilidades de evasión. Los adinerados emigraban hacia los salones de fiesta en busca de las mujerzuelas para hallar, en el delirio, un remedio a su cansancio. Otros se hartaban de vino y regresaban ebrios en la madrugada, completamente insensibles a las sutilezas de la molicie. La mayoría, en cambio se refugiaba en los cinematógrafos del barrio, después de intoxicarse de café. Los preparativos para la incursión al cine eran siempre precedidos de una gran tensión, como si se tratara de una medida sanitaria. Se repasaban los listines, se discutían las películas y pronto salía la gran caravana cortando el aire espeso de la noche. Muchos, sin embargo, no tenían dinero ni para eso y mendigaban plañideramente una invitación, o la exigían con amenazas a las que eran conducidos fácilmente por el peligro en que se hallaban. En las incómodas butacas veíamos tres o cuatro cintas consecutivas, con un interés excesivo, y que en otras circunstancias no tendría explicación. Nos reíamos de los malos chistes, estábamos a punto de llorar en las escenas melodramáticas, nos apasionábamos con héroes imaginarios y había en el fondo de todo ello como una cruel necesidad y una común hipocresía. A la salida frecuentábamos paseos solitarios, aromados por perfumes fuertes, y esperábamos en peripatéticas charlas que el alba plantara su estandarte de luz en el oriente, signo indudable de que la molicie se declaraba vencida en aquella jornada.

Al promediar la estación la lucha se hizo insostenible. Sobrevinieron unos días opacos, con un cielo gris cerrado sobre nosotros como una campana neumática. No corría un aliento de aire y el tiempo detenido husmeaba sórdidamente entre las cosas. En estos días, mi compañero y yo, comprendimos la vanidad de todos nuestros esfuerzos. De nada nos valían ya los libros, ni las pinturas, ni los silogismos, porque ellos a su vez estaban contaminados. Comprendimos que la molicie era como una enfermedad cósmica que atacaba hasta a los seres inorgánicos, que se infiltraba hasta en las entidades abstractas, dándoles una blanda apariencia de cosas vivas e inútiles. La residencia, piso por piso, había ido cediendo sus posiciones. La planta inferior, ocupada por la despensa y la carbonería, fue la primera en suspender la lucha. Las materias corruptibles que guardaba —pilas de carbón vegetal, víveres malolientes— fueron presas fáciles del mal. Luego el mal fue subiendo, inflexiblemente, como una densa marea que sepultara ciudades y suspendiera cadáveres. Nosotros, que ocupábamos el último piso, organizamos una encarnizada resistencia. Nuestro reducto fue un pequeño y anónimo cantar de gesta. Abriendo los grifos dejamos correr el agua por los pasillos e infiltrarse en las habitaciones. En una heroica salida regresamos cargados de frutas tropicales y de palmas, para morder la pulpa jugosa o abanicarnos con las hojas verdes. Pero pronto el agua se recalentó, las palmas se secaron y de las frutas sólo quedaron los corazones oxidados. Entonces, desplomándonos en nuestras camas, oyendo cómo nuestro sudor rebotaba sobre las baldosas, decidimos nuestra capitulación. Al principio llevamos la cuenta de las horas (un campanario repicaba cansadamente muy cerca nuestro, ¿quién lo tañería?), la cuenta de los días, pero pronto perdimos toda noción del tiempo. Vivíamos en un estado de somnolencia torpe, de embrutecimiento progresivo. No podíamos proferir una sola palabra. Nos era imposible hilvanar un pensamiento. Éramos fardos de materia viva, desposeídos de toda humanidad.

¿Cuánto tiempo duraría aquel estado? No lo sé, no podría decirlo. Sólo recuerdo aquella mañana en que fuimos removidos de nuestros lechos por un gigantesco estampido que conmovió a toda la ciudad. Nuestra sensibilidad, agudizada por aquel impacto, quedó un instante alerta. Entonces sobrevino un gran silencio, luego una ráfaga de aire fresco abrió de par en par las ventanas y unas gotas de agua motearon los cristales. La atmósfera de toda la habitación se renovó en un momento y un saludable olor de tierra humedecida nos arrastró hacia la ventana. Entonces vimos que llovía copiosa, consoladoramente. También vimos que los árboles habían amarilleado y que la primera hoja dorada se desprendía y después de un breve vals tocaba la tierra. A este contacto —un dedo en llaga gigantesca— la tierra despertó con un estertor de inmenso y contagioso júbilo, como un animal después de un largo sueño, y nosotros mismos nos sentimos partícipes de aquel renacimiento y nos abrazamos alegremente sobre el dintel de la ventana, recibiendo en el rostro las húmedas gotas del otoño.







Madrid, 1953










lunes, septiembre 15, 2008

"Eloy", de Carlos Droguett

Inicio



Es en la noche, hacia la medianoche tal vez, en medio del campo, está despierto, completamente despierto y seguro de sí mismo, tiene una larga vida por delante, le extraía que hayan venido tantos y piensa que eso mismo es de buen augurio. Cuando vengan para matarme, vendrá uno solo, algún amigo traicionero, un pariente de la Rosa, Sangüesa tal vez, el feroz y cobarde Sangüesa, me buscará cuando yo esté dormido. Se sonreía a solas acordándose, sentado en el suelo, atisbando la noche húmeda y luminosa y acariciando su carabina. La tenía sobre las piernas cruzadas y pasaba la mano despaciosamente por el cañón, acariciaba con suavidad, con una firme y casi hiriente suavidad el cuerpo, la madera, la dura y tensa y firme y suave y salvaje madera de la carabina, como un pescuezo de caballo siempre apegado a sus manos, listo para ir a posarse bajo su brazo, como aquella vez, después, que había saltado por la ventana y adentro, muy adentro, más allá de los innumerables pasadizos y de los rincones solitarios y extensos y de las arboledas lúgubres y húmedas, impregnadas de viento y del agua de la laguna, en la que flotaba ahogado un pantalón de niño y a él se le apegaba el llanto, los gritos, esas lágrimas ribeteadas de sangre que él adivinaba, aunque no había visto, pero es que hay gritos llenos de sangre, horrorosos, desagradables que dan miedo, pensaba mientras había saltado por la ventana y sentía el sudor frío y la carabina agarrada en su mano izquierda le daba miedo al mismo tiempo un poco de seguridad y miedo, porque siempre se enredaba en alguna parte, en el postigo, en los zapatos del viejo, viejo desgraciado tan cobarde, se afligía corriendo despacio bajo los árboles, lloriqueaba como un niño, tenia la cara asustada de un huaina cualquiera, del Toño si estuviera conmigo ahora, del hijo de la Rosa, cuando él en las madrugadas estaba limpiando, precisamente, la carabina y se bajaba de la cama y se metía bajo ella y arrastraba el cajón y trajinando encontraba el bolsón con las balas y bostezando , bostezando de sueño el pobrecito desparramaba las balas en el suelo y con el ruido que hacían se despertaba la Rosa y encendía la vela y la levantaba en la mano paseando la palmatoria por el aire para buscarlos.

Toño, Toño, gritaba asustada y el Toño, asustado también, no contestaba y tenía entre las piernas un montón de balas y él cargaba la carabina en silencio y sonaban como huesitos los fuelles y, entonces, como la Rosa estaba siempre sentada en la cama y había dejado encendida la vela en el suelo y miraba llena de horror de cansancio y miedo y presagios al Toño y lo miraba sobre todo a él, me estás mirando lleno de hoyitos lleno de sangre, Rosa, Rosa, no me mires así, le gritaba y alzaba la carabina para asustarla y se reía en lo oscuro y el Toño le pasaba un montón de balas y se reía con miedo y él gritaba llenos de risa los gritos, Rosa, Rosa, te voy a matar la garganta, y ella se quedaba tiesa sentada en la cama y como muerta, me estás mirando lleno de sangre, crees que los agentes me van a matar, eso crees tú, Rosa, le decía, y el Toño se arrastraba hacia la cama y cogía la palmatoria del suelo y la levantaba, él lo comprendía y se lo agradecía, la levantaba bastante como para que él pudiera tener toda la luz que le iluminara los pechos de la Rosa, su bonita cara tostada, sus ojos hundidos en las ojeras que te he hecho pacientemente noche a noche de tanto quererte y llamarte y meterte miedo labrando mi amor como una tablita. Te voy a matar, le gritaba, y entonces, el Toño le decía, riendo de pie en la oscuridad: Mátala, mátala, bonito, Eloy, y él disparaba justo para que la bala se llevara por delante un trozo iluminado de la vela y el Toño lloraba asustado en la oscuridad y la Rosa gritaba verdaderamente temerosa, no grites tanto por Dios, chillaba él, desilusionado ahora, lleno de desencanto y de tristeza y se sentía nervioso y nadie sabría nunca cuánto los quería a los dos, al mocoso y a la Rosa, porque ahora mismo se hubiera sentido más seguro si los hubiera tenido a su lado, durmiendo ahí en la cama, tal vez llorando de miedo y mirándolo a él sentado en el suelo, fumando en las tinieblas, atisbando la noche por la ventana abierta.









1967








domingo, septiembre 14, 2008

"Poeta chino en Barcelona", de Roberto Bolaño






U
n poeta chino piensa alrededor
de una palabra sin llegar a tocarla,
sin llegar a mirarla, sin
llegar a representarla.
Detrás del poeta hay montañas
amarillas y secas barridas por
el viento,
ocasionales lluvias,
restaurantes baratos,
nubes blancas que se fragmentan.






en La universidad desconocida, 2007










sábado, septiembre 13, 2008

Entrevista a Claudio Arrau, de Waldemar Verdugo Fuentes

Extractos





Mi trabajo musical -dice Arrau- no es más que la forma mía de vivir, de expresarme en esta época exacta que me ha tocado vivir. Una equivocada interpretación del hecho artístico se encuentra impregnada en muchas experiencias actuales, error que nos ha hecho olvidar esa segunda vida del arte, ese camino que recorre la conciencia y la memoria de los hombres y del cual el arte mismo se ha alimentado primariamente. Una figura musical que no sea una idea que pueda volver a nosotros no pertenece verdaderamente al mundo del arte. Y es éste segundo momento el que inspira cada una de mis presentaciones. Creo que la música es comprendida cuando es escuchada, pero no seguirá viva si no tiene el poder de continuar, de seguir manteniendo vivo su espíritu en aquél a quien va destinada, aquél que la busca. Gozar una obra de Brahms, por ejemplo, o un momento de la misma, es un instante preciso en que se hace perfecto el círculo artístico: es la vigencia del arte a través de la memoria que le proporciona esta segunda vida, aquella que en música se intenta revivir de varias formas, yo por medio de mi piano, como otro lo hace interpretando una ópera o dirijiendo una sinfonía.
...
No basta dominar la técnica, es necesario comprender y traducir, de manera personal, los sentimientos que los grandes compositores han plasmado en sus obras.
...
Como mi trabajo lo exige, tenía muchos problemas para viajar entre un país y otro. Cuando subió Salvador Allende al poder en nuestro país, esto se hizo intolerable. Luego, con los militares las cosas continuaron igual, si no peor. Largas esperas para conseguir visas, suspicacias...y ya no estoy en edad para esas diferencias políticas tan ajenas a mí. Había países en los cuales ya no podía trabajar porque simplemente nos negaban visa a los chilenos, era muy desagradable y además implicaba causar molestias a quienes me rodean; no era justo que por un pasaporte no pudiera trabajar en lugares donde me ofrecían trabajo.

Me duele mucho que en Chile se piense que he cometido una traición, y espero ir personalmente a dar una explicación, y decirles que no se debe pensar que soy un mal chileno porque no es así; pues si ahora viajo con un pasaporte norteamericano es porque mi tiempo es corto, y no me puedo dar el lujo de esperar por una visa días y días; pero mi corazón siempre está en mi país. Debes decir a mi gente que, si bien he vivido muy poco en Chile, en verdad nunca he salido de allá, porque mi corazón siempre permanece en mi tierra. Por eso, en mis programas siempre se dice que soy chileno, del Sur, de Chillán. Lo otro es circunstancial y así debe entenderse. Soy de Chile y a mi país brindo espiritualmente cada una de mis presentaciones, esté donde esté.

Los ciclos pianísticos de Arrau se han hecho tradicionales en toda Europa. Y en verdad se le considera el más celebrado intérprete de Beethoven que ha tenido nuestra época: ha tocado sus 32 sonatas y sus 5 conciertos más veces que nadie en la historia. En 1935 fue el primero en interpretar las obras completas para teclado de Bach, a lo largo de doce recitales. En temporadas subsiguientes comenzó con los ciclos completos de sonatas para piano en que incluyó, de manera integral, las de Mozart, Schubert y Weber. Ya en 1941, durante un concierto ofrecido en el Carnegie Hall de New York, se le proclamó uno de los tres pianistas más completos del mundo (los otros dos son el ruso Ashkenzv y Rubinstein) y el único que se mantiene vigente. Actualidad que se le reconoce por su intacto virtuosismo en el teclado, porque la calidad de sus interpretaciones ha ido en constante aumento, lo que le ha obligado a dejar cierto tiempo cada año para actualizar su discografía, que sería muy difícil enumerar en su totalidad.

Hace poco interpretó la difícil sonata "Dante" de Liszt, en el Avery Fisher Hall y, al concluir, las gargantas de tres mil espectadores quedaron como paralizadas un instante, para luego estallar en aclamaciones que ningún otro artista había recibido en la afamada sala. Arrau salió a dar las gracias una y otra vez, pero no volvió a sentarse al piano, pues en sus conciertos nunca hay encores. Es un hombre disciplinado que da a la música y al público la parte más importante de sí mismo, sin improvisaciones, lo que hace cada una de sus presentaciones exactamente como están programadas, siempre preciso, que afirman su compromiso declarado con la época que le ha tocado vivir, "en que es necesario mantener un orden para atacar el desorden", según explica:

Creo que todos aquellos que nos movemos en círculos del intelecto -nos dice-, gentes que se preocupan de ideas, de reminiscencias de pasado, de explicaciones del presente y de simulacros de un utópico futuro, científicos y artistas, sacerdotes y catedráticos, vivimos en un mundo que no pasa por su mejor momento: las ideas y los hombres son atropellados injustamente. Y pienso que este atropello es súbito de las ideas, por lo cual debe existir un compromiso entre el público y el artista por el bien de ambos. La peor marginación a que se puede someter a un hombre es frenarle su espíritu, quitarle su libertad. Acción ante la cual yo no puedo permanecer impávido, por eso te la menciono.

A usted le han entrevistado en todas partes, ¿qué preguntas son las más frecuentes?
Es común que me hagan preguntas que no tienen una respuesta precisa: ¿por qué interpreto música?, ¿por qué el piano?...hay preguntas para las cuales no existe una respuesta exacta, determinada. Creo que el fenómeno musical no tiene explicación porque la música es un arte, y el arte es perfectamente misterioso, indefinible. Los intérpretes musicales, como los escritores o los escultores, podemos hablar de música, literatura o escultura más bien en términos técnicos, y esto dentro de ciertos círculos; podemos denunciar tal o cuál hallazgo, acierto o desacierto, pero no podemos explicar el misterio...Yo interpreto por una necesidad de expresar la música que me inspira, por un deseo consciente de expresar aquella partitura que mi piano anima, no tengo otra explicación.

¿Influye su estado de ánimo cuando ofrece un recital?
Mi estado psíquico al iniciar la interpretación no siempre es grato. Cada vez, y durante estos ya tantos años ante el teclado, me debo enfrentar a un fenómeno de disposición, al eterno problema de decidir mi estado de ánimo para cumplir el propósito de servir como vehículo a una intención más alta que mi ánimo mismo.

¿Nunca pensó en componer su propia música?
Claro que lo pensé, pero toma tiempo y hubiera significado ofrecer menos conciertos. Además, existiendo música tan bella, ¿para qué competir con ella, pudiendo mejor interpretarla y ser feliz recreándola lo mejor que puedo?

El hecho de tocar casi siempre solo, ¿le ha hecho más individualista?
Gracias a Dios que soy individualista a la hora de tocar. Cuando doy conciertos solo, que es casi siempre, tengo que decidir mis propias formas de crear arte, lo que es un desafío constante, y muy incentivador por cierto. Pero en la vida fuera del escenario soy lo menos individualista que se pueda ser.

Usted ha dicho que ser artista es tan difícil como ser santo, ¿por qué?
Para ser santo hay que renunciar a uno mismo y entregarse a Dios. Para ser artista hay que renunciar a uno mismo y entregarse al arte y, si se es creyente, entregarse a Dios también.

¿Usted es creyente?
Sí. Francamente dudo que alguien que haya nacido en un lugar como el Sur de Chile deje de ser creyente. La belleza del lugar a uno lo obliga a creer en un orden superior.

¿De qué manera siente usted que con su piano se relaciona con Dios?
Yo me entrego a Dios no como artista solamente, lo hago como ser humano, o sea en todos los momentos de mi vida, en el escenario y fuera de escena. Entonces me relaciono en todo momento naturalmente con Dios, porque ésa es la actitud de mi corazón.

La aureola de suficiencia de la que algunos artistas se rodean, obviamente, usted no la practica.
Es que esa aureola que tú mencionas la encuentro falsa, y es común en este medio, pero la encuentro tan fuera de lugar...yo no la necesito, me molestaría envanecerme, ser así, "creído", como decimos en Chile. El hombre tiene demasiado qué buscar en sí mismo, en su propio interior, mucho antes de considerar que es alguien de verdad".









Entrevista publicada en Vogue, 1984.







viernes, septiembre 12, 2008

"Les tarahumaras I", de Carlos Almonte

Los Tarahumaras I





Reencontrarse en un estado de extrema conmoción,
esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real
en un rincón de sí mismo.

Antonin Artaud




Durante más de veinte leguas caminó por el desierto. Imaginó cien dioses blancos y, exactamente, justo entonces, las aves de rapiña circundaron el óvalo dorado por el que atravesaba. Sus pies se lastimaron ante los reflejos infinitos de la hora del crepúsculo. Oscuros hombres, teñidos quizás, bajaron las montañas y con suaves golpes de cabeza le indicaron el delirio en que habitaba, desterrado desde haber nacido. La unión de los metales provocó el sonido y la señal. Uno de ellos, el mayor, habló, soportando el frío de la noche y el canto negro de las aves que bailaron dominadas por el sismo que ellas mismas provocaron. Todos vieron la sutura de sus labios y exclamaron. Todos escucharon su lamento. Sin embargo él, más allá de la quietud sagrada, se sentó sobre la tierra húmeda a esperar…

Las aves se acercaron débilmente. Sollozaron en su oído. Agitaron alas y plumajes. De ese modo descubrió el geométrico sentido de su sueño, y sólo entonces despertó.









Poema basado en la pieza homónima de Pierre Henry, compuesta en 1970. Este texto pertenece al poemario Breaking Glass, escrito en colaboración con Juan Carlos Villavicencio.










jueves, septiembre 11, 2008

«Treno por las víctimas de Hiroshima», de Juan Carlos Villavicencio





Mis palabras no tienen amargura sino decepción.
S
ALVADOR ALLENDE


Aún persisten en las murallas los gritos
            i el caos que se dieron entre sombras.
Solo en su rincón recuerda los pasos seguidos
                        i el sol levantándose ese oscuro día.
Nada debió pasar.
En los jardines sólo sangre i escombros de naranjos.
El calor en los rostros sin caras.
Los pájaros han dejado de cantar
            i han tornado sus ojos al acero.
Un pájaro.
Los aires han cambiado otra vez.
Ellos miran a través del tiempo a los fantasmas,
que miran desde el otro lado del espejo ardiente
            el espanto de un mundo continuamente ajado.
Las cenizas que entran por las narices carcomen
                        por dentro a vírgenes i culpables.
La caída, una vez más, del aire que abandona.




Pintura original: La Moneda ardiendo, de Nemesio Antúnez Zañartu 
1974 / Óleo-Tela 98x131







Poema basado en «Threnody for the victims of Hiroshima» de Krzysztof Penderecki, 
pieza compuesta en 1959. Este texto pertenecía al poemario Breaking Glass
escrito en colaboración con Carlos Almonte.







Aquí la obra de Penderecki








miércoles, septiembre 10, 2008

"La monja atea", de Leopoldo María Panero






Las monjas adoran a su Dios que no existe
mientras el Papa aprieta el gatillo
y dice 'Dios no existe'

es una imaginación de la Iglesia
que está muriendo poco a poco;

los ateos lloran al pie de una estatua.
Y el mundo dice 'Dios no existe'

es una imaginación del Papa
mientras los ateos
lloran y lloran por su belleza perdida

y Dios ya no existe
está llorando en el infierno.

Esta es la estatua entera de la nada.









martes, septiembre 09, 2008

«El cine como viaje clandestino», de Raúl Ruiz

Inicio del Capítulo VII



Durante poco más de un siglo, el cine habrá vivido entre nosotros seduciéndonos, observándonos, como hacen a veces los extraterrestres o los dioses, desapareciendo brutalmente de un día para otro, sin ni siquiera darnos tiempo para comprender con qué máquinas o con qué fenómenos naturales hemos tenido que ver. Hoy, cuando el cine yace muerto y transfigurado, podemos estar ciertos de que sus imágenes, fabricadas por aquellas máquinas mitad cámara, mitad bicicleta, nos habían propuesto cantidad de enigmas que no tuvimos tiempo de descifrar. 

 La esfinge cine ya no está entre nosotros. Y aunque seguimos actuando como si existiera, algo así como hacen ciertos pueblos primitivos, aunque continuamos fabricando objetos que la evocan o la interrogan, lo que el cine fue ya no se ve en ninguna parte. Para la mayoría de nosotros, el cine está ya sea muerto, ya sea moribundo, y, por mi parte, pienso que está muerto hace ya mucho tiempo, pese a que como un dios o un fenómeno natural cualquiera, se esconda e intente negociar las condiciones de su resurrección. Siguiendo un proceso de retórica clásica, voy a contar aquí la vida del cine pasado, presente y futuro, como si nunca hubiera existido, como si jamás hubiera sobrepasado el estado de una simple conjetura. Trataré de exponer algunos de los problemas filosóficos que el arte desaparecido nos ha planteado, esforzándome en explicar su viaje clandestino por la ciudad gramatical llamada provisionalmente «realidad virtual». 

Me gustaría recordar que dar por muerto un arte es un artificio del espíritu. Valéry lo consideraba como indispensable para reflexionar sobre un fenómeno sin necesidad de entrar en el laberinto secuencial de la más peligrosa de las ponzoñas secretadas por la alquimia mental: la historia. Al mismo tiempo, y en homenaje al artificio hispánico conocido como el «espíritu de contradicción», mi punto de partida será la afirmación de Marc Bloch, quien, en reacción al drástico aserto de Paul Valéry, escribió una Antología de la Historia. La ayuda de este libro me fue preciosa para clarificar las ideas que gravitarán en el espacio incierto de esta conferencia. Dice Marc Bloch que en el curso de la historia de la humanidad advienen períodos mitómanos. Con apoyo en la ficción llamada «viaje clandestino», quiero imaginar que vivimos ahora un período mitómano; que en ciertos países esta mitomanía se ha apoderado incluso del poder, aprestándose a ejercerlo con el objetivo final de suplantar al mundo real. En dicho período histórico, el mundo sería desde aquel punto de vista, y según la expresión de Benedetto Croce, «intuición del mundo», o sea, real e irreal a la vez. Recordemos que a la pregunta ¿Qué es el arte?, la respuesta de Croce se reducía a una sola palabra: intuición. Y aún cuando su descripción del pensamiento intuitivo no llegue a explicar las artes liberales, no deja de proyectar cierta luz nueva sobre la doble naturaleza del cine, a saber, política de las artes y lenguaje del mundo. 

Entre las múltiples obras meritorias engendradas por el trabajo de duelo, a partir de la muerte del cine, nada es más revelador que la serie de películas que describen los pequeños hábitos de los cinéfilos que fuimos, un poco como se cuentan los usos y costumbres de un pueblo primitivo. Lo que esos films plañen es la desaparición del ritual de la sala oscura, de su ceguera platónica y de la inocencia de los cinéfilos, esos últimos hombres de las cavernas. Todo cinéfilo posee por lo menos una experiencia particular, objeto de su pesadumbre. La experiencia mía no es ni alegre ni triste, en la medida en que nunca ha tenido lugar de veras. Ella me provoca esa forma de melancolía que los portugueses llaman «saudade», o sea, el sentimiento de una nostalgia por algo que pudo haber tenido lugar. Mi experiencia sólo fue expectativa. Cada vez que veía una película, tenía la impresión de hallarme en otra película, inesperada, diferente, inexplicable y terrible. Recuerdo que, siendo niño, me introduje cierta vez en una sala que proyectaba películas para adultos, un día en que pasaban Las orgías de la Torre de Nesle. Entre dos escenas de desnudo de Silvana Pampanini, apareció de pronto un iceberg, antes de llegar el turno a un barco de la marina nacional a bordo del cual el Presidente de la República de Chile proclamaba que la Antártica era también territorio chileno. Con la palabra «chileno», Silvana Pampanini volvió a hacer aparición en la pantalla y la película prosiguió como si nada. 

Algunos años más tarde, comprendí que la irrupción abrupta de un film en otro film no era suficiente para impregnarlo de magia; sin embargo, creo haber entendido que todo film conlleva siempre otro film secreto, y que para descubrirlo bastaba con desarrollar el don de la doble visión que cada cual posee. Este don, que Dalí podría haber llamado «método crítico paranoico», consiste sencillamente en ver en una cinta no ya la secuencia narrativa que se da a ver efectivamente, sino el potencial simbólico y narrativo de las imágenes y de los sonidos aislados del contexto.




en Poética del cine, 2000
















lunes, septiembre 08, 2008

“Mahatmas y Chelas”, de Helena Petrovna Blavatsky






Un mahatma es un personaje que mediante una preparación y educación especiales ha desarrollado aquellas facultades superiores y ha alcanzado aquel conocimiento espiritual que la humanidad común adquirirá después de pasar a través de innumerables series de reencarnaciones durante el proceso de evolución cósmica, siempre que, como es natural, no vaya durante ellas en contra de los fines de la Naturaleza y cause su propia aniquilación. Este proceso de autoevolución de los Mahâtmâs se extiende sobre un cierto número de “encarnaciones", aunque, comparativamente hablando, son muy pocas. Pero, ¿qué es lo que encarna?

La Doctrina Secreta, hasta donde ha sido revelada, muestra que los tres primeros principios mueren más o menos con la llamada muerte física. El cuarto principio, junto con las partes inferiores del quinto donde residen las tendencias animales, tiene a Kâma-loka por morada, donde sufre la agonía de la desintegración en forma proporcional a la intensidad de los deseos inferiores; mientras que es el Manas superior, el hombre puro, el que está asociado con los principios sexto y séptimo, quien entra en el Devachan para disfrutar ahí los efectos de su buen Karma, y reencarnar después en una individualidad superior. Ahora bien, una entidad que está pasando por la instrucción oculta en sus sucesivos nacimientos, en cada encarnación tiene gradualmente cada vez menos de ese Manas inferior, hasta que llega el momento en que todo su Manas, siendo de carácter totalmente elevado, está centrado en su individualidad superior, es entonces cuando puede decirse que tal persona se ha convertido en un Mahatma. En el momento de su muerte física perecen los cuatro principios inferiores sin ningún sufrimiento, pues estos son para él, de hecho, como un adorno superficial que se quita o se pone a voluntad. El verdadero Mahâtmâ no es entonces su cuerpo físico, sino ese Manas superior que está inseparablemente unido a Âtmâ y a su vehículo (el sexto principio), una unión efectuada por él en un período comparativamente muy corto, debido a que sigue el proceso de auto–evolución establecido por la Filosofía Oculta. Por eso, cuando la gente expresa el deseo de “ver a un Mahâtmâ”, realmente no parecen entender qué es lo que piden.

¿Cómo pueden esperar ver con sus ojos físicos lo que trasciende a la vista?¿Es el cuerpo -una mera cáscara o máscara– lo que imploran ver y tras lo que van? Y suponiendo que ven el cuerpo de un Mahâtmâ, ¿cómo pueden saber que tras esa máscara hay oculta una entidad elevada?¿Bajo qué criterios van a juzgar si Mâyâ refleja ante ellos la imagen de un verdadero Mahâtmâ? ¿Y quién puede decir que lo físico no es Mâyâ? Las cosas elevadas pueden ser percibidas sólo mediante un sentido relacionado con esas cosas elevadas; por tanto quien desee ver a un verdadero Mahâtmâ deberá usar entonces su vista intelectual. Deberá elevar su Manas de tal manera que su percepción sea clara y todas las neblinas creadas por Mâyâ sean dispersadas. Su visión será entonces brillante y podrá ver a los Mahâtmâs dondequiera que esté; pues estando fusionados el sexto y el séptimo principio que son ubicuos y omnipresentes, puede decirse que los Mahâtmâs están en todas partes. Esto sería como encontrarnos en la cima de una montaña y tener a nuestra vista toda la llanura, y con todo, no estar enterados de cada árbol o lugar particular, ya que desde esa elevada posición todo lo que está debajo es casi idéntico, y así como nuestra atención puede ser atraída hacia algo que sobresale o desentona del entorno, de esta misma manera, aunque toda la humanidad está dentro de la vista mental de los Mahatmas, no se puede esperar de ellos que tomen nota especial de cada ser humano, a menos que éste atraiga su particular atención por sus actos especiales. Su preocupación esencial es el mayor bien para la humanidad en conjunto, pues ellos mismos se han identificado con esa Alma Universal que traspasa la Humanidad, y el que quiera atraer su atención debe hacerlo de esa manera, a través de esa Alma que se extiende por doquier.

Esta percepción del Manas puede ser denominada “fe”, que no debe ser confundida con “creencia ciega”. “Creencia ciega” es una expresión usada a menudo para indicar la creencia sin percepción o comprensión; mientras que la verdadera percepción de Manas es esa creencia inteligente, que es el verdadero significado de la palabra “fe”. Esta creencia debe estar al mismo tiempo acompañada por el conocimiento, es decir, por la experiencia, pues “el verdadero conocimiento lleva consigo la fe”. La fe es la percepción del Manas (el quinto principio), mientras que el conocimiento, en el verdadero sentido de la palabra, es la capacidad del Intelecto, es decir, es percepción espiritual.

En resumen, la individualidad superior del hombre, compuesta por su Manas superior, el sexto principio y el séptimo, debe trabajar como una unidad, y sólo entonces se puede obtener “la sabiduría divina ”, pues las cosas divinas sólo pueden ser percibidas mediante facultades divinas. Así, el deseo que debe mover a alguien a pedir ser aceptado como chela, es el comprender las funciones de la Ley de Evolución Cósmica para poder trabajar en armonioso acuerdo con la Naturaleza, en vez de ir en contra de sus fines por ignorancia.







en “The Theosophist”, 1884










domingo, septiembre 07, 2008

"Círculo", de Pablo de Rokha





a Winétt

Ayer jugaba el mundo como un gato en tu falda;
hoy te lame las finas botitas de paloma;
tienes el corazón poblado de cigarras,
y un parecido a muertas vihuelas desveladas,
gran melancólica.

Posiblemente quepa todo el mar en tus ojos
y quepa todo el sol en tu actitud de acuario;
como un perro amarillo te siguen los otoños,
y, ceñida de dioses fluviales y astronómicos,
eres la eternidad en la gota de espanto.

Tu ilusión se parece a una ciudad antigua,
a las caobas llenas de aroma entristecido,
a las piedras eternas y a las niñas heridas;
un pájaro de agosto se ahoga en tus pupilas,
y, como un traje obscuro, se te cae el delirio.

Seria como una espada, tienes la gran dulzura
de los viejos y tiernos sonetos del crepúsculo;
tu dignidad pueril arde como las frutas;
tus cantos se parecen a una gran jarra obscura
que se volcase arriba del ideal del mundo.

Tal como las semillas, te desgarraste en hijos,
y, lo mismo que un sueño que se multiplicara,
la carne dolorosa se te llenó de niños;
mujercita de invierno, nublada de suspiros,
la tristeza del sexo te muerde la palabra.

Todo el siglo te envuelve como una echarpe de oro;
y, desde la verdad lluviosa de mi enigma,
entonas la tonada de los últimos novios;
tu arrobamiento errante canta en los matrimonios,
cual una alondra de humo, con las alas ardidas.

Enterrada en los cubos sellados de la angustia,
como Dios en la negra botella de los cielos,
nieta de hombres, nacida en pueblos de locura,
a tu gran flor herida la acuestas en mi angustia,
debajo de mis sienes aradas de silencio.

Asocio tu figura a las hembras hebreas,
y te veo, mordida de aceites y ciudades,
escribir la amargura de las tierras morenas
en la táctica azul de la gran danza horrenda
con la cuchilla rosa del pie inabordable.

Niña de las historias melancólicas, niña,
niña de las novelas, niña de las tonadas,
tienes un gesto inmóvil de estampa de provincia
en el agua de asombro de la cara perdida
y en los serios cabellos goteados de dramas.

Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente,
como la eternidad encima de los muertos,
recuerdo que viniste y has existido siempre,
mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres,
toda la especie humana se lamenta en tus huesos.

Llenas la tierra entera, como un viento rodante,
y tus cabellos huelen a tonada oceánica;
naranjo de los pueblos terrosos y joviales,
tienes la soledad llena de soledades,
y tu corazón tiene la forma de una lágrima.

Semejante a un rebaño de nubes, arrastrando
la cola inmensa y turbia de lo desconocido
tu alma enorme rebasa tus hechos y tus cantos,
y es lo mismo que un viento terrible y milenario
encadenado a una matita de suspiros.

Te pareces a esas cántaras populares,
tan graciosas y tan modestas de costumbres;
tu aristocracia inmóvil huele a yuyos rurales,
muchacha del país, florida de velámenes,
y la greda morena, triste de aves azules.

Derivas de mineros y de conquistadores,
ancha y violenta gente llevó tu sangre extraña,
y tu abuelo, Domingo Sánderson fue un HOMBRE;
yo los miro y los veo cruzando el horizonte
con tu actitud futura encima de la espalda.

Eres la permanencia de las cosas profundas
y la amada geografía llenando el Occidente;
tus labios y tus pechos son un panal de angustia,
y tu vientre maduro es un racimo de uvas
colgado del parrón colosal de la muerte.

Ay, amiga, mi amiga, tan amiga mi amiga,
cariñosa, lo mismo que el pan del hombre pobre;
naciste tú llorando y sollozó la vida;
yo te comparo a una cadena de fatigas
hecha para amarrar estrellas en desorden.











sábado, septiembre 06, 2008

“Hacia arriba sin alas”, de Charles Bukowski






Estaba sentado en un taburete del 8-Count, sin pensar en nada en particular, como por ejemplo qué hacia yo allí bebiendo whisky con agua. Quizá fuese porque Marie se pasaba todo el tiempo protestando porque yo quería ir a clase de vuelo. Aunque ella siempre estaba protestando por algo. No me malinterpreten, ella era un alma más o menos buena, pero el mundo está lleno de almas más o menos buenas y mira donde estamos: siempre sentados en el último segundo de cada minuto. Bueno, ya se sabe. De todas formas, era tarde y yo estaba sentado junto a aquel tipo mayor que llevaba un jersey de cuello vuelto naranja y pantalones cortos. De vez en cuando me miraba y sonreía, pero yo no le hacía caso. Realmente no tenía ganas de escuchar ninguna conversación típica de barra. Quiero decir que, cuando se está sentado sobre el último segundo de cada minuto, lo mejor es evitar las chorradas. El tiempo es oro ¿no? Pero aquel tipo no pudo aguantar mas. Por fin habló; y me habló a mí.

- Pareces preocupado por algo –dijo.
- Así es -contesté.
- ¿Qué te pasa? -preguntó.

Lo miré. Era uno de esos tipos de ojos realmente juntos. Uno sentía ganas de estirar el brazo y separarlos un poco.

- Quiero volar y no sé.
-Y ¿por qué no?
-¿Que por qué no? ¡Porque primero tengo que ir a clase!
-Yo sé volar -dijo el viejo-, y nunca he ido a clase.

Hice señas al camarero para que trajera otro whisky con agua para mí y una cerveza para el viejo. Estaba bebiendo cerveza de barril. Quizá fuese eso lo que le había puesto los ojos tan juntos: la cerveza joven y barata.

- Es difícil creer eso de que sabes volar y sin haber ido nunca a clase -dije.
- Puedo contártelo, si quieres escucharme -sugirió.
- Supongo que no me queda otra salida, ¿no? -pregunté.

Sonrió.

-Bueno -dije medio dudando-, oigamos eso.

De todas formas no había ninguna mujer en el bar y no había nada en la tele excepto el nuevo presidente, sonriendo levemente, con un tic de cabeza algo demencial, que intentaba ser una buena persona, como el presidente anterior, y hablaba de algo que había salido mal pero decía que, de todas formas, ahora todo iba bien.

-Empezó -arrancó diciendo el viejo- cuando yo tenía alrededor de cinco años. Un sábado por la tarde estaba sentado en mi habitación y los otros niños se habían ido a jugar por ahí y mis padres se habían ido...
- ¿Y descubriste que tenías pilila?
-Oh, no, eso pasó mucho tiempo después. Déjame continuar, por favor...
- Claro, claro.
- Yo estaba sentado en mi cama, mirando por la ventana hacia el patio. Mis pensamientos eran inconscientes, apenas elaborados.
- Empezaste pronto ...
- Sí, eso es lo que estoy intentando contarte. Yo estaba allí sentado y se me posó una mosca en la mano. En la mano derecha...
- ¿Ah, si?
- Si era una mosca particularmente fea: gorda, ignorante, hostil. Agité la mano para que se fuese. Se alzó dos o tres centímetros, se puso a zumbar y entonces, con un sonido realmente horrible, volvió a aterrizar en mi mano y me picó...
- ¡No me jodas!
- Sí…, así fue, espanté la mosca y se puso a volar por la habitación, girando y haciendo un ruido furioso y posesivo. La mano me escocía muchísimo. Yo no tenía ni idea de que la picadura de una mosca pudiera ser tan dolorosa.
- Oye -le dije al viejo-, tengo que irme a casa. Tengo una mujer como una rana que se hincha y me salta encima.

El tipo actuó como si no me hubiese oído.

- ...de todos modos, yo odiaba aquella mosca, su sorprendente falta de miedo, su arrogancia de insecto, su zumbante ignorancia...
- Lo que necesitabas era un mata moscas.
- ...nada en absoluto para doblegarla. Para quitarla de en medio. ¡Cómo odiaba aquella mosca! Sentía que no tenía derecho a actuar así. Yo quería matarla porque sentía que, en esencia, ella quería matarme a mí.
- Todo está permitido en el amor y en las moscas.
- Observé la mosca. La vi posarse en el techo, luego andar cabeza abajo. Se sentía tan segura y tan superior. Mirando a aquella mosca que andaba de un lado a otro me fui poniendo cada vez más furioso. Tenía que matar aquella cosa. En la grieta más profunda de mi alma sentí esa terrible necesidad de destrozar aquella mosca. Empezó a temblarme todo el cuerpo, a vibrar. Entonces sentí como si mi cuerpo se cargase de electricidad y luego ¡un fogonazo de luz blanca!
- ¡Sí que te afectó esa mosca!
- ...y entonces sentí que mi cuerpo se elevaba, se ¡ELEVABA! Floté hasta el techo, mi mano salió disparada y aplasté aquella mosca con la palma de la mano. Estaba sorprendido por la velocidad de la acción. Y entonces sentí que, lentamente, era devuelto al suelo y depositado allí.
- ¿Y qué paso entonces, abuelo?
- Fui al cuarto de baño y me lavé las manos. Después salí y me senté sobre la cama.
- Supongo que las moscas no habrán vuelto a meterse contigo después de eso ...
- No, no lo han hecho. Pero mientras estaba allí sentado en la cama, intenté volar otra vez y no pude. Lo intenté una y otra vez, pero no pude.
- ¿No será que necesitas una picadura de mosca para que se te encienda el cohete?
- Intenté volar una y otra vez, me esforcé todo lo que pude, pero no hubo caso. Yo sentí que había pasado realmente, pero después de un rato empecé a pensar que quizá lo había imaginado, que quizá había enloquecido durante unos momentos.
- ¿Y cómo te sientes ahora mismo?
- Oh, estoy muy bien e insisto en invitarte a otra copa.

¿Otra copa? Pensé en aquello. La primera no la había pagado él. Pero tal vez era sólo cuestión semántica.

- Muy bien -dije.

Así que llegaron las bebidas y nos quedamos allí sentados, sin hablar. Una vez conocí a un tipo en un bar que afirmaba que se comía su propia carne, así que de las charlas en general yo aceptaba bastante y descartaba bastante. Entonces el viejo empezó otra vez.

- Bueno, después de cierto tiempo me olvidé de todo el asunto, pero entonces me volvió a pasar.
- ¿Te picó otra mosca?.
- No, era el último curso en el colegio, en Ohio. Yo era defensa izquierdo de reserva. Era el último partido de la temporada y yo estaba allí porque el chico que jugaba de titular estaba lesionado. Pero había algo importante, jugábamos contra nuestros más odiados rivales, unos mamones ricos de la parte bien de la ciudad. O sea, que eran unos verdaderos chulos. En serio. Vencerlos era más importante para nosotros que ligar, y eso que nunca o muy rara vez ligábamos porque aquellos ricachones siempre andaban follándose a nuestras chicas. Vencerlos en el campo de juego era la única forma en que podíamos tomarnos la revancha. Soñábamos con eso noche y día. Significaba todo.

Bueno, pensé, ahora pasaremos de odiar a las moscas a odiar a los seres humanos. Ambos son difíciles de soportar.

- El partido estaba en su momento clave. Perdíamos por 21 a 16 y quedaban y quedaban sólo 30 segundos y ellos estaban a 12 metros de nuestra línea de meta. Podían ganarnos sin arriesgarse, con sólo hacer tiempo, pero lo que querían era irritarnos. No les bastaba con tirarse a nuestras chicas, querían además marcarnos otro tanto.
- Demasiado.
- Si. Así que el quarterback retrocede para tirar, es un verdadero capullo, tiene un Cadillac amarillo, entonces lanza el balón haciendo una espiral, uno de nuestros defensas lo toca con las puntas de los dedos en la línea de meta y el balón sale volando en el momento en que pitan el final del partido. Yo estaba en el área de meta porque me habían empujado y me había caído de culo, y cuando me estoy levantando veo el balón viniendo hacia mí. Lo cojo y empiezo a correr. Estoy totalmente rodeado por los chulos. Comienzan a encerrarme. No puedo hacer nada. Vienen hacia mí. Todos esos tipos que han estado metiéndosela a nuestras chicas. Me invade una furia cegadora. En el momento en que saltan para aplastarme con un placaje masivo, empiezo a sentir que ¡me estoy elevando¡ ¡Estoy suspendido en el aire! Tengo el balón y vuelo hacia su línea de meta. Aterrizó en su meta y ¡ganamos el partido!
- Tengo que decirte algo -le dije al viejo-. Eres el mayor embustero que he conocido en toda mi vida.- No te estoy mintiendo.
- Venga ya -dije-. No he oído nunca hablar de eso. Ni yo ni nadie. Hubiese salido en todos los periódicos. ¡Se hubiese sabido en todo el mundo!.
- Ocurrió en una ciudad muy pequeñita. Lo silenciaron. Lo ocultaron, lo enterraron para siempre. Sobornaron a la gente.
- Nadie podría tapar una cosa así.

El viejo señaló con la cabeza hacia un reservado. Nos acercamos y nos sentamos. Era mi turno de pagar las bebidas. Le hice una seña al camarero.

- Dos más -le dije cuando se acercó-, para cada uno.

El viejo no habló hasta que llegaron los cuatro vasos y el camarero regresó a la barra.

- El gobierno -dijo, alzando una de aquellas horribles cervezas jóvenes y bebiéndose casi todo el vaso-. Fue el gobierno.
- ¿Ah, si?
- Querían el secreto, pero yo no lo tenía. Nos hubiera proporcionado el arma secreta más poderosa de todos los tiempos. Una casi invencible. Me sometieron a un terrible interrogatorio, interminable, pero yo, sencillamente, no lo sabía. Mientras tanto, se ocultó todo sobre el partido de fútbol. No sé cómo influiría en la vida de las trescientas o cuatrocientas personas que lo presenciaron, pero supongo que es algo que recordarán hasta el día de su muerte.

Vacié mi primer vaso.

- ¿Sabes, abuelo, que lo que cuentas suena convincente? Estoy a punto de creerte.
- No tienes que hacerlo -respondió-. Es sólo porque has mencionado eso de que querías volar. Ya llevo algunas copas encima y eso me ha hecho recordar.
- Está bien -dije-. Pero sigo queriendo volar.
- Yo puedo enseñarte -dijo el viejo, inclinándose hacia adelante-. Al final lo descubrí.
- Sabes una cosa -dije-, no pienso pagar por eso.
- Es gratis.
- Muy bien -dije-, enséñame.

Me miró por encima de sus cervezas con aquellos ojos.

- Antes de nada, tienes que creer.
- Eso es difícil.
- A veces. Y después, cuando ya estés listo para volar, tienes que hacer esto. Mírame las manos. Haz esto.
- ¿Esto?
- Muy bien. Ahora, coge aire. Y pon los ojos en blanco. Entonces, piensa en lo peor que te ha pasado en toda tu vida.
- Hay tantas cosas...
- Ya lo sé, pero elige la peor.
- Vale, ya lo tengo.
- Ahora di SOLZIMER y te ¡elevarás!
- SOLZIMER -dije.

Seguí allí sentado.

- Eh, abuelo, no pasa nada.
- Pasará. Pero lleva un poco de tiempo y práctica.
- Oye, abuelo, ¿cómo te llamas?
- Benny.
- Bueno, Benny, yo soy Hank. Y tengo que decirte que hacía muchísimo tiempo que no oía una mentira tan bien contada. O estás loco de verdad o eres el gracioso número uno de todos los tiempos.
- Encantado de conocerte, Hank. Pero ahora tengo que marcharme. Soy conductor de autobuses, es mi último año de trabajo y tengo que hacer el recorrido de las 6.30 de la mañana, así que para mí es tarde.
- Yo no tengo trabajo, Benny, pero me voy a beber la última copa a casa, así que saldré contigo.

Fuera hacía una noche bastante bonita, de luna llena con una niebla que iba cayendo. Las prostitutas se la mamaban a tipos en coches aparcados y en callejones. Mi habitación estaba justo a la vuelta de la esquina. No tenía ni idea de dónde vivía Benny. Pero cuando nos estábamos acercando a la esquina, un policía enorme surgió de la niebla. ¡Lo que nos faltaba! Y parecía como si le viniéramos bien.

- Eh, vosotros, chicos, parece que no tenéis mucha estabilidad -dijo-. Creo que lo mejor será que vengáis los dos conmigo a la comisaría hasta que os sequéis. ¿Qué os parece?
-SOLZIMER -dijo Benny-, y comenzó a elevarse.

Flotó hacia arriba justo frente al policía, siguió elevándose y pasó por encima del edificio del Bank of America. Después se alejó velozmente.

- Me cago en... -susurro el policía-, ¿has visto eso?
-SOLZIMER-dije.

No pasó nada.

- Oye -me preguntó el enorme policía-. ¿Tu no estabas con un tipo?
-SOLZIMER- dije.
- Muy bien -dijo-, acabo de ver ese tal Solzimer despegando rumbo al espacio. ¿No lo has visto?
- Yo no he visto nada.
- Muy bien –dijo-. ¿Cómo te llamas?
- SOLZIMER -dije.

Y entonces empezó a pasar. Sentí que me estaba elevando, ¡ELEVANDO!

- ¡Eh! ¡Vuelve aquí! -gritó el policía.

Yo seguía subiendo. Era maravilloso. Yo también pasé por encima del edificio del Bank of America. El viejo no me había mentido. Aunque sus ojos estuvieran demasiado juntos. Allí arriba hacía un poco de frío. Pero seguí flotando. Cuando le contara a los chicos lo de esta noche, lo que le había pasado a este borracho, no me creerían. Qué mierda. Viré en picado hacia la izquierda y sobrevolé la autopista del puerto sólo para comprobar el funcionamiento. Parecía lento, pero de todos modos yo estaba muy satisfecho de la vida en general.










viernes, septiembre 05, 2008

"Discurso por el triunfo de la Unidad Popular", de Salvador Allende

A propósito del 4 de septiembre de 1970



Con profunda emoción les hablo desde esta improvisada tribuna por medio de estos deficientes amplificadores. ¡Qué significativa es -más que las palabras- la presencia del pueblo de Santiago que, interpretando a la inmensa mayoría de los chilenos, se congrega para reafirmar la victoria que alcanzamos limpiamiento el día de hoy, victoria que abre un camino nuevo para la patria, y cuyo principal actor es el pueblo de Chile aquí congregado! ¡Qué extraordinariamente significativo es que pueda yo dirigirme al pueblo de Chile y al pueblo de Santiago desde la Federación de Estudiantes! Esto posee un valor y un significado muy altos.

Nunca un candidato triunfante por la voluntad y el sacrificio del pueblo usó una tribuna que tuviera mayor trascendencia. Porque todos lo sabemos: la juventud de la patria fue vanguardia en esta gran batalla, que no fue la lucha de un hombre, sino la lucha de un pueblo; ella es la victoria de Chile alcanzada limpiamente esta tarde.

Yo les pido a ustedes que comprendan que soy tan sólo un hombre, con todas las flaquezas y debilidades que tiene un hombre; y si pude soportar -porque cumplía una tarea- la derrota de ayer, hoy sin soberbia y sin espíritu de venganza, acepto este triunfo que nada tiene de personal y que se lo debo a la unidad de los partidos populares, a las fuerzas sociales que han estado junto a nosotros. Se lo debo a radicales, socialistas, comunistas, socialdemócratas, a gentes del MAPU y del API, y a miles de independientes. Se lo debo al hombre anónimo y sacrificado de la patria; se lo debo a la humilde mujer de nuestra tierra. Le debo este triunfo al pueblo de Chile, que entrará conmigo a La Moneda el 4 de noviembre.

La victoria alcanzada por ustedes tiene una honda significación nacional. Desde aquí declaro, solemnemente, que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro, y quiero que lo sepan definitivamente, que al llegar a La Moneda, y siendo el pueblo gobierno, cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído, de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular.

Lo dije: No tenemos ni podríamos tener ningún propósito pequeño de venganza. Sería disminuir la victoria alcanzada. Pero, si no tenemos un propósito pequeño de venganza, tampoco, de ninguna manera, vamos a claudicar, a comerciar el programa de la Unidad Popular, que fue la bandera del primer gobierno auténticamente democrático, popular, nacional y revolucionario de la historia de Chile.

Dije, y debo repetirlo: Si la victoria no era fácil, difícil será consolidar nuestro triunfo y construir la nueva sociedad, la nueva convivencia social, la nueva moral y la nueva patria.

Pero yo sé que ustedes, que hicieron posible que el pueblo sea mañana Gobierno, tendrán la responsabilidad histórica de realizar lo que Chile anhela para convertir a nuestra patria en un país señero en el progreso, en la justicia social, en los derechos de cada hombre, de cada mujer, de cada joven de nuestra tierra.

Hemos triunfado para derrotar definitivamente la explotación imperialista, para terminar con los monopolios, para hacer una seria y profunda reforma agraria, para controlar el comercio de importación y exportación, para nacionalizar, en fin, el crédito, pilares todos que harán factible el progreso de Chile, creando el capital social que impulsará nuestro desarrollo.

Por eso, esta noche, que pertenece a la Historia, en este momento de júbilo, yo expreso mi emocionado reconocimiento a los hombres y mujeres, a los militantes de los partidos populares e integrantes de las fuerzas sociales que hicieron posible esta victoria que tiene proyecciones más allá de las fronteras de la propia patria.

Para los que están en la pampa o en la estepa, para los que me escuchan en el litoral, para los que laboran en la precordillera, para la simple dueña de casa, para el catedrático universitario, para el joven estudiante, el pequeño comerciante o industrial, para el hombre y la mujer de Chile, para el joven de la tierra nuestra, para todos ellos, el compromiso que yo contraigo ante mi conciencia y ante el pueblo -actor fundamental de esta victoria- es ser auténticamente leal en la gran tarea común y colectiva. Lo he dicho: mi único anhelo es ser para ustedes el Compañero Presidente.

Han sido el hombre anónimo y la ignorada mujer de Chile los que han hecho posible este hecho social trascendental Miles y miles de chilenos sembraron su dolor y su esperanza en esta hora que al pueblo pertenece. Y desde otras fronteras, desde otros países, se mira con satisfacción profunda la victoria alcanzada. Chile abre un camino que otros pueblos de América y del mundo podrán seguir. La fuerza vital de la unidad romperá los diques de las dictaduras y abrirá el cauce para que los pueblos puedan ser libres y puedan construir su propio destino.

Somos lo suficientemente responsables para comprender que cada país y cada nación tiene sus propios problemas, su propia historia y su propia realidad. Y frente a esa realidad serán los dirigentes políticos de esos pueblos los que adecuarán la táctica que deberá adoptarse. Nosotros sólo queremos tener las mejores relaciones políticas, culturales, económicas, con todos los países del mundo. Sólo pedimos que respeten -tendrá que ser así- el derecho del pueblo de Chile a haberse dado el gobierno de la Unidad Popular.

Somos y seremos respetuosos de la autodeterminación y de la no intervención. Ello no significará acallar nuestra adhesión solidaria con los pueblos que luchan por su independencia económica y por dignificar la vida del hombre en los distintos continentes.

Sólo quiero señalar ante la historia el hecho trascendental que ustedes han realizado, derrotando la soberbia del dinero, a presión y amenaza; la información deformada, la campaña

terror, de la insidia y la maldad. Cuando un pueblo ha sido capaz de esto, será capaz también de comprender que sólo trabajando más y produciendo más podremos hacer que Chile progrese Y que el hombre y la mujer de nuestra tierra, la pareja humana, tengan derecho auténtico al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación, al descanso, a la cultura y a la recreación.

Pondremos toda la fuerza creadora del pueblo en tensión para hacer posible estas metas humanas que se ha trazado el programa de la Unidad Popular.

Juntos, con el esfuerzo de ustedes, vamos a realizar los cambios que Chile reclama y necesita. Vamos a hacer un gobierno revolucionario.

La revolución no implica destruir, sino construir; no implica arrasar, sino edificar; y el pueblo de Chile está preparado para esa gran tarea en esta hora trascendente de nuestra vida.

Compañeras y compañeros, amigas y amigos:

¡Cómo hubiera deseado que los medios materiales de comunicación me hubieran permitido hablar más largamente con ustedes, y que cada uno hubiera oído mis palabras, húmedas de emoción, pero al mismo tiempo firmes en la convicción de la gran responsabilidad que todos tenemos y que yo asumo plenamente!

Yo les pido que esta manifestación sin precedentes se convierta en la demostración de la conciencia de un pueblo.

Ustedes se retirarán a sus casas sin que haya el menor asomo de una provocación y sin dejarse provocar. El pueblo sabe que sus problemas no se solucionan rompiendo vidrios o golpeando un automóvil. Y aquellos que dijeron que el día de mañana los disturbios iban a caracterizar nuestra victoria, se encontrarán con la conciencia y la responsabilidad de ustedes. Irán a su trabajo mañana o el lunes, alegres y cantando; cantando la victoria tan legítimamente alcanzada, y cantando al futuro. Con las manos callosas del pueblo, las tiernas manos de la mujer y las risas del niño, haremos posible la gran tarea que sólo un pueblo consciente y disciplinado podrá realizar.

América Latina y más allá de la frontera de nuestro pueblo, miran el mañana nuestro. Yo tengo plena fe en que seremos lo suficientemente fuertes, lo suficientemente serenos y fuertes, para abrir el camino venturoso hacia una vida distinta y mejor; para empezar a caminar por las esperanzadas alamedas del socialismo, que el pueblo de Chile con sus propias manos va a construir.

Reitero mi reconocimiento agradecido a los militantes de la Unidad Popular; a los que integran los Partidos Radical, Comunista, Socialista, Social Demócrata, MAPU y API; y a los miles de independientes de izquierda que estuvieron con nosotros. Expreso mi afecto y también mi reconocimiento agradecido a los compañeros dirigentes de esos partidos, que por sobre las fronteras de sus propias colectividades hicieron posible la fortaleza de esta unidad que el pueblo hizo suya. Y porque el pueblo la hizo suya ha sido posible la victoria, que es la victoria del pueblo.

El hecho de que estemos esperanzados y felices no significa que vayamos nosotros a descuidar la vigilancia: El pueblo, este fin de semana, tomará por el talle a la patria y bailaremos desde Arica a Magallanes, y desde la cordillera al mar, una gran cueca, como símbolo de la alegría sana de nuestra victoria.

Pero al mismo tiempo, mantendremos nuestros comités de acción popular, en actitud vigilante, en actitud responsable, para estar dispuestos a responder a un llamado -si es necesario- que haga el comando de la Unidad Popular. Llamado para que los comités de empresas, de fábricas, de hospitales, en las juntas de vecinos y en los barrios y en las poblaciones proletarias vayan estudiando los problemas y las soluciones; porque presurosamente tendremos que poner en marcha el país. Yo tengo fe, profunda fe, en la honradez, en la conducta heroica de cada hombre y de cada mujer que hizo posible esta victoria.

Vamos trabajar más. Vamos a producir más.

Pero trabajaremos más para la familia chilena, para el pueblo y para Chile, con orgullo de chilenos y con la convicción de que estamos realizando una grande y maravillosa tarea histórica.

¡Cómo siento en lo íntimo de mi fibra de hombre, cómo siento en las profundidades humanas de mi condición de luchador, lo que cada uno de ustedes me entrega! Esto que hoy germina es una larga jornada. Yo sólo tomo en mis manos la antorcha que encendieron los que antes que nosotros lucharon Junto al pueblo y por el pueblo.

Este triunfo debemos tributarlo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la revolución chilena que vamos a realizar.

Quiero antes de terminar, y es honesto hacerlo así, reconocer que el gobierno entregó las cifras y los datos de acuerdo con los resultados electorales. Quiero reconocer que el jefe de plaza, general Camilo Valenzuela, autorizó este acto; acto multitudinario, en la convicción y la certeza que yo le diera de que el pueblo se congregaría, como está aquí, en actitud responsable sabiendo que ha conquistado el derecho a ser respetado; respetado en su vida y respetado en su victoria; el pueblo que sabe que entrará conmigo a La Moneda el 4 de noviembre de este año.

Quiero destacar que nuestros adversarios de la Democracia Cristiana han reconocido en una declaración la victoria popular. No le vamos a pedir a la Derecha que lo haga. No lo necesitamos. No tenemos ningún ánimo pequeño en contra de ella. Pero ella no será capaz jamás de reconocer la grandeza que tiene el pueblo en sus luchas, nacida de su dolor y de su esperanza.

Nunca, como ahora, sentí el calor humano; y nunca, como ahora, la Canción Nacional tuvo para ustedes y para mí tanto y tan profundo significado. En nuestro discurso lo dijimos:

somos los herederos legítimos de los padres de la patria, y juntos haremos la segunda independencia: la independencia económica de Chile.

Ciudadanas y ciudadanos de Santiago, trabajadores de la patria: ustedes y sólo ustedes son los triunfadores. Los partidos populares y las fuerzas sociales han dado esta gran lección, que se proyecta más allá, reitero, de nuestras fronteras materiales.

Les pido que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria.

Gracias, gracias, compañeras. Gracias, gracias compañeros. Ya lo dije un día. Lo mejor que tengo me lo dio mi partido,. la unidad de los trabajadores y la Unidad Popular.

A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo; con la lealtad del compañero Presidente.











Discurso pronunciado en la madrugada del 5 de septiembre de 1970
desde los balcones de la Federación de Estudiantes de Chile.