domingo, julio 13, 2008

“Ulrica”, de Jorge Luis Borges






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leggr i methal theira bert.

Völsunga Saga, 27




M
i relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

–Soy feminista –dijo–. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

–No es la primera vez que los noruegos entran en York.
–Así es –dijo ella–. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:
–¿Qué es ser colombiano?
–No sé –le respondí–. Es un acto de fe.
–Como ser noruega –asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

–A mí también. Podemos salir juntos los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

–Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.

–En Oxford Street –me dijo– repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
–De Quincey –respondí– dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
–Tal vez –dijo en voz baja– la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

–Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

–Todo esto es como un sueño –dije– y yo nunca sueño.
–Como aquel rey –replicó Ulrica– que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después:

–Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

–En estas tierras –dije–, piensan que quien está por morir prevé lo futuro.
–Y yo estoy por morir –dijo ella.

La miré atónito.

–Cortemos por el bosque –la urgí–. Arribaremos más pronto a Thorgate.
–El bosque es peligroso –replicó.

Seguimos por los páramos.

–Yo querría que este momento durara siempre –murmuré.
Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres –afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.
–Javier Otárola –le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

–Te llamaré Sigurd –declaró con una sonrisa.
–Si soy Sigurd –le repliqué–, tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

–¿Conoces la saga? –le pregunté.
–Por supuesto –me dijo–. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

–Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

–¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.







en El libro de arena, 1975











sábado, julio 12, 2008

«Pabellón del vacío», de José Lezama Lima





Voy con el tornillo
preguntando en la pared,
un sonido sin color
un color tapado con un manto.
Pero vacilo y momentáneamente
ciego, apenas puedo sentirme.
De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.
Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared.

Estoy en un café
multiplicador del hastío,
el insistente daiquirí
vuelve como una cara inservible
para morir, para la primavera.
Recorro con las manos
la solapa que me parece fría.
No espero a nadie
e insisto en que alguien tiene que llegar.
De pronto, con la uña
trazo un pequeño hueco en la mesa.
Ya tengo el tokonoma, el vacío,
la compañía insuperable,
la conversación en una esquina de Alejandría.
Estoy con él en una ronda
de patinadores por el Prado.
Era un niño que respiraba
todo el rocío tenaz del cielo,
ya con el vacío, como un gato
que nos rodea todo el cuerpo,
con un silencio lleno de luces.

Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared
o en un papel de seda raspado con la uña.

Me voy reduciendo,
soy un punto que desaparece y vuelve
y quepo entero en el tokonoma.
Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.
El vacío es más pequeño que un naipe
y puede ser grande como el cielo,
pero lo podemos hacer con nuestra uña
en el borde de una taza de café
o en el cielo que cae por nuestro hombro.

El principio se une con el tokonoma,
en el vacío se puede esconder un canguro
sin perder su saltante júbilo.
La aparición de una cueva
es misteriosa y va desenrollando su terrible.
Esconderse allí es temblar,
los cuernos de los cazadores resuenan
en el bosque congelado.
Pero el vacío es calmoso,
lo podemos atraer con un hilo
e inaugurarlo en la insignificancia.
Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de la concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando.



1° de abril y 1976










Tokonoma: Lugar en las casas japonesas que antiguamente se usó para colgar un rollo de imagen budista y para colocar una mesa baja para incienso o un arreglo floral. Este lugar evolucionó en una alcoba con una parte levemente elevada para reemplazar la mesa, como lugar para observar un rollo de imagen colgante (Kakemono) y poner un arreglo de flores (Ikebana) abajo frente a él.






Colaboración a Dscntxt de Miguel Muñoz





viernes, julio 11, 2008

“El vaso de leche”, de Manuel Rojas







Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.

Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando…

Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:

-¡I say; look here! (¡Oiga, mire!).

El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:

-Hallow! What? (¡Hola! ¿Qué?).
-Are you hungry? (¿Tiene hambre?).

Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:

-Non, I am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hambre. Muchas gracias, marinero).
-Very well. (Muy bien).

Sacóse la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.

Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:

-Are you hungry?

No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:

-Yes, sir, I am very much hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre).

Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentóse en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.

El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.

Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como en el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.

Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austríaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcóse ocultamente.

Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno.

Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, cura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.

Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían aplicación.

Después que se fue el vapor anduvo y anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.

Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delito; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pisando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquéllos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.

Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.

Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga.

Estuvo un rato mirando hasta que atrevióse a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.

Durante el primer tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.

A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.

Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercóse a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.

Contestóle el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y, que todavía sería necesario el día siguiente para concluir de cargar el vapor, ¡un día más! Por otro lado, no adelantaban, un centavo.

-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría darle unos cuarenta centavos ... No tengo más.

Agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue.

Le acometió entonces una desesperación aguda. ¡Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba, como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era oscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso.

Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga… Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.

Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra: comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.

No pensaba huir; le diría al dueño: "Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera".

Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocito muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol. Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.

Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.

En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir.

Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y paróse a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo unas miradas que parecían pedradas.

¡Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto tan reducido.

Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto dé leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigióse a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.

Apenas estuvo en la calle, afirmóse los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.

Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigióse hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.

Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:
-¿Qué se va usted a servir?

Sin mirarla, le contestó:

- Un vaso de leche.
- ¿Grande?
- Sí, grande.
- ¿Solo?
- ¿Hay bizcochos?
- No; vainillas.
- Bueno, vainillas.

Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente.

Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platillo lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador.

Su primer impulso fue el de beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y su propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.

Pausadamente tomó una vainilla, humedecióla en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que se estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.

Afirmó la cabeza en las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiera llorado.

Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer con un dulce acento español, le decía:

-Llore, hijo, llore...

Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba parecióle que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.

Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miro a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste.

En la mesita, ante él, había un nuevo vaso lleno de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador. Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedir sin ocurrírsele nada oportuno.

Al fin se levantó y dijo simplemente:

-Muchas gracias, señora; adiós ...
-Adiós, hijo... -le contestó ella.

Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosa y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.

Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.

De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.

Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose renacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.

Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.

Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espalda mirando el cielo largo rato... No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.

Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.











jueves, julio 10, 2008

"El amor oculto por los remolinos...", de Pierre Unik





El amor oculto por los remolinos del flujo y el reflujo
la cabeza abandonada a las piedras del camino
que conduce al abismo legítimo
las piedras que rompen los resplandores de los dientes
el choque de los dientes para el empedrado del camino
El amor oculto por las rejillas del eterno retorno
la voz que los besos ahuecan
la boca cosida por las lágrimas
los viaductos por encima del abismo
se burlan del flujo y el reflujo
los desafíos con lengua de mujer de las mareas sonoras






de Le Théâtre des nuits blanches





Traducción de Aldo Pellegrini











miércoles, julio 09, 2008

“Más allá del mar: Sobre Dead Man de Jim Jarmusch”, de Esteban Ierardo







La locomotora agita sus cabellos de humo blanco. Corre con el deseo de superar a los caballos salvajes. Los gritos del tren ruedan por las praderas. Dentro de los vagones se acomodan miradas, espaldas erguidas, cuerpos sedentes. Y un joven con anteojos, un contador de Cleveland. William Blake. En su maleta lleva una carta que le asegura un empleo en el fin del viaje. Durante la travesía, Blake salpica sus ojos con los paisajes que le entrega una ventana: montañas, árboles, largos tapices de hierba, abandonados toldos de indios. El tedio empapa el aire. Blake está ansioso por ver el cartel de Machine, el pueblo donde terminan los rieles. Antes de la añorada meta final, lo visita el fogonero, el hombre blanco, pero con un rostro ennegrecido, el que hace el fuego en el corazón de la rugiente locomotora. Un personaje misterioso que quiebra la monotonía de un tren recorriendo las llanuras en el Estados Unidos del siglo XIX. El visitante le habla a Blake, al contable de Cleveland, sobre un enigmático viaje por mar, un paisaje quieto en el techo de un barco que se mueve. Y le pregunta por su destino. La respuesta es el pueblo de Machine, lo más lejano, lo que está al final, en un borde, en un extremo, lo que muerde una entrada al infierno. "¿Y por qué viajar hacia el infierno?", le reprocha a Blake el hombre de rostro tiznado de negro; el fogonero que viene de un otro lado donde reina el fuego infernal. Su reproche es también un anuncio velado: el viaje de Blake pertenece ya a una topografía no cotidiana. Allí, transcurrirá Dead man, el film de Jim Jarmusch, de 1995.

William Blake (Johnny Depp) arriba finalmente a Machine, lugar de las máquinas, del pujante impulso industrial. Allí, acude a la metalistería Dickinson, donde la carta que trae consigo le asegura un empleo, un ancla de supervivencia y certeza en los confines, en el salvaje desierto del Oeste. Mas su puesto ya tiene dueño, le anuncia John Scholfield (John Hurt). Blake no puede impedir la frustración. La árida sorpresa le vomita en la cara. Le sorprende el primer hecho que escapa a su domino o comprensión. Es incomprensible haber viajado hasta un extremo de la tierra con una certeza para encontrarse luego con una inesperada decepción. Una carencia. Pero Blake insiste. Demanda que la realidad responda a la lógica de una planificación, que sea la continuación de un balance, de una matemática segura. Insiste ante Dickinson (Robert Mitchum), su supuesto empleador. Entonces, una escopeta enderezada hacia sus ojos lo convence de que ya no vive en la tierra de logos, del cálculo, del control y la previsión. A partir de ahora, Blake será un espectador del tiempo como devenir extraño.

El destino es siempre extraño; el destino siempre es hilado por las morias a espaldas de nuestra voluntad y comprensión. Blake no comprende su expulsión de la metalistería. Y no comprende su encuentro con Thel, una bella ex-prostituta; no comprende su rápido yacer con ella, cerca de sus senos de caliente miel. Y no entiende la inopinada irrupción de Charlie (Gabriel Byrne), su ex-novio, que se arrepiente por la ruptura, y suplica el perdón femenino, la reinstauración del amor. Mas la mujer se niega. El despechado dispara. Mata a Thel. Y Blake descarga un balazo. Y no sabe cómo en el cuello del agresor estalla un circular torrente rojo. Charlie cae muerto. Es el hijo de Dickinson.

Además de no entender, Blake ahora aloja una bala en su pecho. Pero ahora tiene al menos una nueva certeza: sabe que ha caído desde los brazos de la ley hacia un valle oscuro. Debe huir. Su huida nocturna lo sumerge entre bosques y montañas. En la claridad del día, un indio lo encuentra. Lo auxilia. Lo libera de la bala. Revisa sus pertenencias en busca de tabaco. Y le endilga una definición válida para él y los de su estirpe: "¡Estúpido hombre blanco!". Estupidez es no admitir la propia ignorancia y fragilidad. Estúpido es sustituir la precariedad y la no comprensión por una falsa seguridad del saber; estúpido es no percibir la urdimbre rara y sagrada de las cosas. Y Blake no sabe, no entiende. Es el que no puede escapar ya de la existencia incomprensible. Willian Blake, contador de Cleveland, no sabe. Y el no saber es desconocimiento de la propia identidad, y de la vida extraña que envuelve a cada individuo con un aire inasible.

Un indio es la nueva encarnación de lo otro, luego del hombre blanco-negro del tren. Un indio gordo (Gary Farmer) será la voz que lo guíe dentro de un anillo de revelaciones. El despliegue de un largo camino de persecuciones, sorpresas y un regreso, donde la música acústica de Neil Young construye una constante atmósfera magnética.

El indio es Nobody, Nadie. En su juventud, fue capturado por los soldados; fue convertido en una atracción circense en las ciudades donde siempre había mucha gente blanca. Siempre la misma gente. La multitud de cada ciudad se componía por distintos individuos. Pero para Nobody eran una misma gente blanca, una sola muchedumbre sin identidad. Eran nadie, como él, como el indio Nadie, que cruzó el gran mar y fue obligado a respirar en tierras inglesas. Allí, el destino extraño le exigió abrir un libro, y leer poesías. Leyó unas palabras poderosas. Y luego descubrió el nombre de su autor: William Blake. Siempre recordará uno de sus versos: "Algunos caen en dulce fortuna, otros caen en una oscuridad sin fin". Luego de superar su perplejidad inicial, Nadie le asegura al "estúpido hombre blanco", a William Blake, el contador de Cleveland, que él es el poeta de la lejana isla británica. El William Blake poeta y pintor del siglo XVIII, creador de Las bodas del cielo y el infierno, es el mismo que acompaña a Nadie. Para Nobody, las palabras y el ser coinciden. No puede concebirse un nombre como significante móvil de varios significados. Un nombre asegura la identidad. William Blake no puede ser el nombre de dos individuos diferentes. Debe connotar un solo sujeto que persiste en el tiempo. Blake antes fue un poeta vivo; ahora, en el salvaje oeste norteamericano, es Dead Man, un hombre muerto. Es peligroso viajar con un hombre muerto, gatilla una sentencia de Henri Michaux, que oficia de epígrafe del film. Y Nobody también posee su historia singular que lo convierte en un ser tan raro como Blake. Ambos son fósforos oscilantes de la vida extraña.

Al regresar de Inglaterra, Nadie recorrió tierras donde vio humo, sangre y destrucción esparcidos en distintas aldeas indígenas. Al volver con su pueblo, narró lo que vio. Gritó lo que vio. Y lo llamaron "el que habla fuerte y no dice nada". Un nombre que ya no era una identidad. El no decir nada merecía una grave acusación ontológica. Para los suyos, Nadie no decía la verdad. Entonces, sus palabras ya no eran el ser resonando en las palabras. Había quebrado el continuun entre el ser y su enunciación verbal. Por eso ya no era alguien. Era nadie, condenado a vagar errante, como un nómada, fuera del abrazo protector de su pueblo. Como el Ulises que para engañar a Polifemo se llamó a sí mismo "nadie", el indio parece enajenado respecto a su identidad. Pero Nobody sólo ha debilitado su lazo con su tribu. No se ha separado del ritmo de la verdad. Es aún la lúcida conciencia de un orden sagrado. Nadie es quien sabe lo que Blake desconoce. Nobody sabe que todo viaje no es errancia hacia ninguna parte. El viaje verdadero es siempre hacia el origen.

Blake, Michaux, Nadie-Ulises, conciencia de un viaje de regreso, incrustaciones de una textualidad literaria repetida en los films de Jarmusch. Jarmusch, director de cine independiente que, antes de los rodajes, estudió literatura inglesa y norteamericana. Para él las películas son la única escuela de cine. Nicholas Ray lo influyó de manera determinante. Además, su modo de concebir los guiones suele dispararse no desde una idea previa de una historia sino desde la irradiación del actor al que servirá el relato fílmico. Jarmusch siempre pretendió demostrar en sus films que el estilo de vida estadounidense es un falso sueño. En este sentido, Dead man puede ser percibido como una ácida increpación simbólica de los vacíos y oscuridades del materalismo norteamericano.

La filmografía de Jarmusch incluye Vacaciones permanentes (Permanent Vacation, 1982); Extraños en el paraíso (Stranger than Paradise, 1984); Bajo el peso de la ley (Down by law, 1986); Mystery train (Mystery train, 1989); Noche en la tierra (Night on Earth, 1991); Year of the horse (Year of the horse,1997); Ghost Dog. El camino del samurai (Ghost dog,1999). En esta última obra, Ghost dog (Forest Whitaker) es también el sujeto de un destino singular, el que vive fuera de las normas, en un mundo propio de valores ancestrales de raíz oriental. Es un particular y aislado samurai negro y norteamericano, atado a indisolubles lazos de fidelidad a un mafioso. A diferencia de Blake-Depp, es el que sabe, el que es conciente de su peligrosa diferencia y extrema singularización dentro de la masificación contemporánea.

Y Nadie y Blake se sumergen en el bosque. Topografía simbólica de una travesía en el más allá, descenso a un nivel otro de lo real, al infierno anticipado por el fogonero, por el blanco del rostro jaspeado de oscuridad. El fogonero era la primera presencia de saber. Él sabía que el que parecía un solemne contable era en realidad el poeta que volvía, el Blake, que, antes de su viaje por tren, había surcado el mar para llegar al oeste de América. Y lo infernal abierto por la dupla sapiente indio-fogonero no es lugar de un castigo eterno. Es el escenario de las pruebas y obstáculos finales hasta el salto hacia la fuente de la que proceden los espíritus. Como en tradiciones ancestrales, Nadie es psicopompo, es el que guía al alma de un muerto en pos del origen del Gran Espíritu.

Y Blake, poeta inglés, Blake, contador de Cleveland, deviene involuntario asesino de hombres blancos. Junto a Nodody, mata a unos estrafalarios individuos que acampan en el bosque y que comen alubias. Cerca de una hoguera, mata a Sally Jenko (Iggy Pop), y a Big George (Billy Bob Thornton); mata a dos ayudantes de sheriff, ambos tonsurados, de lisas y albas cabezas, impregnación blanca y espectral de seres sumergidos en el otro mundo, en el reino de los muertos.

Blake, poeta-criminal, viaja sin saber el origen misterioso. Su rostro luce ahora una pintura aborigen, señal de su reciente lazo con la sabiduría india. En el film de Jarmusch subyace la dicotomía saber indígena-ignorancia blanca (el fogonero es la única excepción a la estupidez del hombre matador de indios y búfalos). Lo vivido por Blake no pertenece ya a la lógica occidental. La realidad recorrida no es la de la claridad racional. El viaje fluye a través de una geografía arcaica, de una tierra de símbolos, donde la naturaleza no es idea ni ley matemática. Sólo el indígena comprende esta región más primaria del espacio y la materia. Nobody comprende los signos del orden sagrado. Blake, el poeta, también comprendía el ritmo sacro del universo. Pero la poesía se aturde y extingue en la modernidad industrial. El Blake que conocía sutiles y poderosas potencias poéticas sucumbió al materialismo calculador y capitalista. El poeta Blake murió en el anti-Blake contable, en el pasivo hijo de la época mercantil; y es ahora el hombre muerto que le asegura a Nadie que nada sabe de poesía. El hombre muere no por la disolución de su cuerpo, sino por la muerte de su conciencia.

Nobody guía al poeta caído, decapitado por la amnesia, al que padece la muerte de su identidad originaria. Lo guía hacia su patria perdida. Y para volver al origen de la conciencia se necesita de un cruce. De un atávico paso al otro lado. Para la imaginación mitológica, el agua es el gran puente. Más allá del mar brotan las luces del cielo. Nadie, la sensibilidad arcaica, revela al blanco sin conciencia el lugar simbólico del cruce: un espejo de agua, el mar que se extiende hasta donde se encuentra con el cielo radiante. Allí, refulge la patria de todos los espíritus.

La claridad sobre la meta, y el puente hacia ella, le es dada a Nobody por su comunicación con la fuente de todo. Ante el Blake poeta-contador, Nadie consume peyote. Comida sagrada. Alimento de los dioses. Fermento ritual que asegura la visión sagrada del Gran Espíritu. El ser sólo es visible a través del estado visionario, a través de una sucesión de imágenes más poderosas que la lógica. Y Blake pide el peyote. Quiere experimentar por sí mismo. Pero Nadie le niega la comida del espíritu. Su conciencia extinguida de hombre muerto no podría soportar el estallido de la visión.

Blake regresa sin saber a la fuente y se aleja de la civilización blanca, sin conciencia del Gran Espíritu. Pero el civilizado sentido de utilidad lo persigue, husmea sus huellas mediante tres matones contratados por el Sr. Dickinson. Los cazadores de recompensa son un joven negro, Conway Twill (Michael Wincott), y Cole Wilson (Lance Henriksen). El cazador de color caerá pronto bajo una bala de Wilson, el que, a la muerte de la conciencia espiritual, le agrega la insensibilidad absoluta. Es el exponente de un canibalismo desritualizado. En las culturas arcaicas, un animal o un ser humano sacrificados configuraban un deslizamiento ritual hacia una identificación simbólica con alguna fuerza divina. Los sacrificadores aztecas comían la carne del sacrificado que representaba a un dios. La comida ritual era una forma de espiritualización. Comer la carne de un valeroso guerrero vencido, asimismo, era un intento de asimilar su coraje. Twill le asegura al negro que Wilson violó y mató a sus padres, para luego comerlos. Comida caníbal ya no como rito elevador o absorción de cualidades poderosas de un otro, sino como voracidad sanguinaria, como estallido de una violencia cuyo placer se enajena de toda referencia trascendente. Wilson, el caníbal, encarna una triangularidad de la violencia profana: la liberación malsana del odio, el placer de matar y absorber lo muerto, la ambición sin el freno de ninguna ética humanista. El único principio es el egoísmo calculador. Wilson calcula. No quiere compartir la eventual ganancia de la recompensa con los demás. Twill lo harta. Y es carne fresca. Wilson detiene entonces su aliento. Y calienta y mastica sus restos, se regodea una vez más en la placentera absorción de la muerte. Repetición del placer de la perversidad caníbal. Y avidez por destruir todo lo que remita a algo sacro. Durante su involuntario aprendizaje asesino, Blake le preguntó a los ayudantes de sheriff que lo perseguían: Do you know my books? Como refucilazos de una memoria oscura, el criminal Blake recordaba su pasado como poeta, como hombre oficiante de una celebración laica de lo sagrado. Pero luego llegan Wilson y Twill. Encuentran a los dos calvos abatidos. La cabeza de uno de ellos yace sobre una mata circular que parece coronarlo con el aura de un santo. Wilson, caníbal moderno, salvaje de la civilización sin dios, reacciona con odio. Pisa la cabeza que evoca lo sacro. Siente de nuevo el goce por lo muerto.

Sólo desde una mirada de superficie, Wilson es un cazador de recompensas. En realidad es el tentáculo de lo más oscuro del tiempo moderno, que puja por detener al Blake que viaja hacia una forma de existencia arcaica, extraña y preñada de redención.

Lo moderno hipócrita exalta la igualdad. Pero la sociedad moderna real es una ríspida trama de desigualdades. La supuesta superioridad blanca desprecia lo distinto de sí. Un blanco, aun el más estúpido y caníbal, siempre será mejor que un indio. Nadie y Blake llegan a una despensa de un presunto sacerdote en el bosque. Allí, Nobody recuerda que se vendían mantas infectadas de viruela a sus hermanos. Para el discurso cristiano del vendedor la llegada del indio es la pagana presencia infernal. Nobody conviene que su declamada fe es enemiga de su cosmovisión ancestral. Y el vendedor sacerdotal no quiere vender tabaco a Nadie, pero no duda en ofrecérselo a Blake; y no duda en pedirle un autógrafo al criminal, al asesino de blancos. Blake es superior al indio. Merece el placer de un buen cigarrillo. Pero el dinero ofrecido por Blake es superior a Blake. El despensero, que antes invocaba al Dios invisible, no resistirá entonces la tentación de la deidad más terrenal del oro. Quiere capturar la apetecida recompensa. Con una bala, Blake fulmina el brote de su ambición. Pero, a su vez, afuera, al perseguido contable de Cleveland le espera la bala de un agresor inesperado y escondido.

Comienza la sangría final del poeta-criminal. Antes, su carencia era el no saber, la no-conciencia; ahora también sufre la decadencia física, el lento murmullo de una salud corporal que huye. La doble muerte del hombre muerto: la debilidad del cuerpo y la extinción de la conciencia del ser.

Nadie lleva a Blake a una aldea de su pueblo. Va allí para pedir una canoa. No es la petición de un objeto práctico, de un sentido únicamente utilitario. Nobody pide un vehículo sagrado para el acorde más sutil del viaje hacia la fuente. Nadie habla con los ancianos. Se reúne en secreto con ellos dentro de un recinto ritual al amparo de imágenes totémicas, representaciones de antepasados, reverberaciones de la sabiduría ancestral que venera al Gran Espíritu.

Lo pedido es concedido. Entonces, en las orillas de un mar, Blake se acomoda sobre la canoa, sólo destinada a él. Nadie anuncia a su protegido que es momento de regresar a la patria olvidada. "¿Volveré a Cleveland?", pregunta el abatido hombre fuera de la ley. Blake, poeta y criminal, aún persiste en su no saber. Aún, a pesar de no comprender, avanza hacia su cima solitaria. Navega hacia ella impulsado por Nadie.

Y flota tenue la madera. La canoa, cubierta con ramas de cedro. Y, como siempre, Blake contempla. Es espectador de lo que no comprende. Atrás, en la playa, la voracidad caníbal de lo moderno llega para un último intento por retener al Blake que se aleja. Y vuelve. Pero Wilson recibe una bala de Nadie. Y Nobody, a su vez, concluye su misión de guía por una bala de Wilson.

Y Blake, el hombre muerto, se desplaza con un suave susurro sobre el sendero líquido. Lo muerto, lento renace. Y recuerda, de a poco, un comienzo profundo. Una luz olvidada arde. Y la canoa del poeta-criminal se mece sobre las aguas. Más allá, el mar termina. Y allí, el poeta cantará. De nuevo. Desde de su primera patria.










martes, julio 08, 2008

"Michael Clayton", de Tony Gilroy

Inicio



(Alguien entra donde no podemos ver a nadie. Una voz en off atropellada comienza)

Michael. Oh, Dios, por supuesto que eres tú. ¿A quién más enviarían? ¿En quién más confiarían? Y sé que el recorrido fue largo y quieres ponerte a trabajar. Sólo te pido que esperes, sólo... sólo que me escuches. Por favor, escúchame, porque esto no es otro episodio, otra recaída, otra cagada. Te lo ruego, Michael. Te lo ruego. Pretende que esto no es solo una locura porque esto no es solo una locura.

Hace dos semanas salí del edificio, ¿sí? Estoy corriendo por la Sexta Avenida, hay un auto esperando... tengo 38 minutos para llegar al aeropuerto, y estoy dictando. Tengo a esta asociada corriendo a mi lado, tomando notas, cuando de repente comienza a gritar. Y me doy cuenta que estamos en medio de la calle y una ola masiva de tráfico se dirige hacia nosotros. Y me quedo inmóvil. No puedo moverme... De repente me consume una sensación abrumadora de que estoy cubierto por una especie de película. Y está en mi cabello, en mi cara. Y es una especie de capa... Y al comienzo pensé, "Cielos, sé lo que es. Es una especie de líquido amniótico, embriónico. Estoy cubierto de placenta. He vuelto a nacer". Y entonces, el tráfico, la estampida, los autos, las bocinas, la pobre mujer gritando, y yo pensando, "No, no, no, no volví a nacer. Esta es una especie de ilusión de renovación que ocurre en el instante previo a la muerte". Y luego, me doy cuenta, "No, no, no, esto está todo mal", porque miré nuevamente hacia el edificio y tuve un momento increíblemente sorprendente de claridad. Me, me, me di cuenta, Michael, que no había salido por la puerta de Kenner, Bach y Ledeen, no por los portales de nuestro poderoso estudio jurídico, sino por el culo de un organismo cuya única función es excretar el veneno, las municiones, el defoliante necesario para que otros organismos más poderosos destruyan el milagro de la humanidad. Y que había estado cubierto de este barniz de mierda la mayor parte de mi vida. Y el deshacerme de su hedor y su mancha me tomaría el resto de mi vida. ¿Y sabes lo que hice? Respiré profundo y dejé de lado esa noción. La dejé para otro momento. Me dije a mí mismo lo más claro que pude: "Por más potente que sea este sentimiento, por más verídico que sea lo que hoy atestigüé, debe esperar. Debe sobrevivir el momento". Y, Michael... ese momento es ahora.





2007







lunes, julio 07, 2008

“Lost sale del armario de la ciencia ficción”, de David Martínez







Cuatro temporadas y casi cien episodios después, Lost seguía manteniendo aquella máxima que unía a sus fieles, que cada vez repetían con más titubeos aquello de: "parece que no, pero todo tiene una explicación científica". There's No Place Like Home hizo trizas esa idea. Lost salió del armario de la ciencia ficción al ritmo que Ben movía esa rueda y la Isla desaparecía en el mapa. No había vuelta atrás, el fenómeno Lost entraba en otra dimensión. Ni mejor, ni peor, simplemente otra dimensión que muchos apuntaban como única salida posible para la lista de misterios que nos habían presentado durante tres temporadas...

Aunque J.J. Abrams ya no participe directamente en Lost, su sello se ha grabado en la fisonomía de la serie. En realidad, la ciencia ficción siempre ha estado presente en Lost. Los osos polares o la transmisión en bucle de Rousseau se conocen desde la primera temporada, el electromagnetismo especial de la Isla se reflejó a la perfección con el error de Desmond e incluso sabemos que Ben controla (de alguna forma) el humo negro, pero el gran paso hacia el terreno de la ciencia ficción llegó con la rueda congelada que movía la Isla y el viaje en el tiempo.

Durante las dos primeras temporadas, mucha gente seguía Lost porque se trataba de un drama de personajes que ofrecía pequeños misterios, es decir, la serie podía acumular seguidores y detractores de la ciencia ficción. Con la entrada de los flashbacks de Desmond la serie sufrió un severo revés en términos de audiencia, ya que se confirmaba que había ciertos elementos difícilmente explicables a través de la lógica. La audiencia caía más de tres millones de espectadores e iniciaba una cuesta abajo que coincidía, entre otros aspectos, con el aumento de ciencia ficción en las tramas.

Mucha gente cree que Lost ha perdido el rumbo en la cuarta temporada y que ha caído en la pura ciencia ficción. No es cierto, Lost había camuflado su ciencia ficción durante tres temporadas y en esta cuarta se ha hecho mucho más evidente. Y lo mejor, o lo peor según el bando que se encuentre cada uno, es que las dos temporadas que quedan parecen estar enfocadas a resolverse mediante fenómenos más propios de otros mundos que del nuestro.

Partidarios y detractores seguro que coinciden en que Lost es una serie única, magistral, que marcará un antes y un después en las nuevas generaciones televisivas. Sin embargo, la pregunta que nos hacemos y os trasladamos es: ¿ha perdido Lost parte de su magia respecto a las primeras temporadas? Y sobre todo, ¿después de mover la Isla podemos entrar en un terreno en el que "todo vale"? Lost ha salido del armario de la ciencia ficción...










domingo, julio 06, 2008

"Pequeña oda a un negro boxeador cubano", de Nicolás Guillén




Tus guantes
puestos en la punta de tu cuerpo de ardilla,
y el punch de tu sonrisa.

El Norte es fiero y rudo, boxeador.
Ese mismo Broadway,
que en actitud de vena se desangra
para chillar junto a los rings
en que tú saltas como un moderno mono elástico,
sin el resorte de las sogas.
ni los almohadones del clinch;
ese mismo Broadway
que unta de asombro su boca de melón
ante tus puños explosivos
y tus actuales zapatos de charol;
ese mismo Broadway,
es el que estira su hocico con una enorme lengua húmeda,
para lamer glotonamente
toda la sangre de nuestro cañaveral.

De seguro que tú
no vivirás al tanto de ciertas cosas nuestras,
ni de ciertas cosas de allá,
porque el training es duro y el músculo traidor,
y hay que estar hecho un toro,
como dices alegremente, para que el golpe duela más.
Tu inglés,
un poco más precario que tu endeble español,
sólo te ha de servir para entender sobre la lona
cuanto en su verde slang
mascan las mandíbulas de los que tú derrumbas
jab a jab.

En realidad acaso no necesitas otra cosa,
porque como seguramente pensarás,
ya tienes tu lugar.
Es bueno, al fin y al cabo,
hallar un punching bag,
eliminar la grasa bajo el sol,
saltar,
sudar,
nadar,
y de la suiza al shadow boxing,
de la ducha al comedor,
salir pulido, fino, fuerte,
como un bastón recién labrado
con agresividades de black jack.

Y ahora que Europa se desnuda
para tostar su carne al sol
y busca en Harlem y en La Habana
jazz y son,
lucirse negro mientras aplaude el bulevar,
y frente a la envidia de los blancos
hablar en negro de verdad.









en Sóngoro Cosongo, 1931.






sábado, julio 05, 2008

“La leyenda del santo bebedor”, de Joseph Roth

Fragmento




Así que Andreas fue solo, bebió solo y cenó solo aquella noche, y a continuación todavía entró en dos tabernas más para tomar unas copas en la barra. Bebió mucho, mas no se emborrachó, y puso buen cuidado en no gastar demasiado dinero, pues a la mañana siguiente, y en cumplimiento de su promesa, quería acudir a la capilla de Sainte Marie des Batignolles, para restituir por lo menos parte de la deuda a santa Teresita. Pero había bebido justo hasta el extremo de no tener ya la mirada certera, ni el instinto que sólo proporciona la pobreza para encontrar el hotel más barato del barrio.

Así que entró en un hotel algo más caro, y también allí pagó por adelantado, por sus ropas raídas y por no llevar equipaje. Pero no se preocupó lo más mínimo por ello y durmió tranquilo hasta bien entrada la mañana. Lo despertó el repique de las campanas de una iglesia cercana, y al punto supo qué día importante era aquél: un domingo. Y supo también que debía acudir junto a santa Teresita para cancelar su deuda.

Se vistió con rapidez, y con paso ligero se encaminó a la plaza en la que se levantaba la capilla. A pesar de sus esfuerzos, no llegó a tiempo para la misa de las diez; los feligreses ya estaban saliendo del templo. Preguntó por la hora de la siguiente misa, y le informaron que sería a las doce. De pie allí, ante el portal de la iglesia, se mostró algo indeciso. Todavía le quedaba una hora, y no tenía la menor intención de pasarla en la calle. Echó una mirada en derredor en busca de algún lugar acogedor para pasar aquel rato, y oblicuamente frente a la iglesia descubrió un bistro, hacia el cual encaminó sus pasos con la intención de matar allí la hora de espera.










viernes, julio 04, 2008

"Piel de Alma", de Catherine Pozzi

Fragmentos


PRÓLOGO

Pasar, pasar, ¡en nombre de todos!
Jules Romains

¿Quién escribe esto? Ninguno. Aquél que tiende a ser ninguno. No obstante vosotros también tendéis a esto, maníaco de un aspecto suscrito, de un nombre, porque al fin de todo no es el superhombre quien quiere la vida, sino el yo-no-me quiero. Cómo es bello, este ángel sin rostro.

Sin embargo, Ninguno, fracción aproximada, se retira en vano, diferencia sobre diferencia, complacencia sobre complacencia, exquisita falta sobre altivez, tira en vano sus fotografías, borra en vano el nombre por la inicial y ahoga el estilo en las palabras del altoparlante: todavía alguno habla.

¡Engendrad Ninguno que no sea alguno! ¡Haced salir de vosotros todos sus discursos! Si sois un joven, Ninguno es un estudiante; si sois un adulto dotado, Ninguno es uno mejor dotado que parte; si sois una jovencita, Ninguno es una bailarina que pone el secreto del mundo en un ballet, cosa que se hace mucho. Si sois un despojado, Ninguno es un desesperado. Si sois una mujer, Ninguno, con las manos blancas de la física y las manos negras de la química, os ha buscado el amor.


(”Ninguno”: en el original, “Personne” – “Ninguno” y “Persona”. Nota del traductor)



UNO IGUAL CERO

Dirán: es un ABC para lectores infantiles…
Katherine Mansfield

Alguna COSA explotó, a la que no le faltaba, para ser ruido, sino una oreja. Alguna COSA apareció, a la que, para ser luz, le faltaba una mirada. El Universo enviaba signos y no era sino un signo, pero la vida no existía opuesta al signo, y hubo millares de años de signos perdidos.

¿No es vuestra opinión? es el Universo que ha comenzado. Lo sabe también el analista de laboratorio de psicología sin que lo haya jamás pensado: es el Universo el que ha disparado primero.

¿Cuándo hubo un Sujeto opuesto? No se dice cuándo; era nuevo y de hechura simple. El Universo no le fallaba: ¡ten! ¡un olor! ¡ten! ¡un rayo en el ojo! ¡ten el ruido de la tempestad! ¡ten! ¡lo duro, lo punzante, lo dulce, lo glacial!

Tanto que al fin, el Sujeto, si se miraba en sí, allí veía doble la gran imagen sonora, ardiente, amarga, dulce, agitada.

-La primera edición del Mundo.

¡Ay!

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[…]
YO siento, luego YO existo.

¿Cómo os lo explicáis, vosotros?

Tomáis un ser viviente, no impresionado. Lo exponéis al universo, y os vais de paseo. Cuando retornáis, el ser viviente está lleno de imágenes, de colores, de música, de formas de olores y de temperatura. Mientras más lo expusierais, más de eso habrá.

¿Hay vivientes que no se impresionen? No. Hay unos que son vagos, pero no enteramente carentes; los carentes no pueden vivir.



«GOLPEAD FUERTE»


En mí, Sumas de movimiento del universo. Qué saber de esto… Saber una cosa importante: que si yo imagino una cualidad cualquiera en estos signos, cuando me alcanzan, yo miento. Basta considerarlos como los considera la física, es decir aislados, separados de las masas que constituyen en los vivientes.

Afuera… Una vibración de cosas, un movimiento en conjunto de las cosas, o un movimiento desordenado de las cosas, me ha tocado. ¿Tocado? No hay un tocar todavía. Encontrado. No hay cosas. Hay el corpúsculo, el pueblo que oscila, la imperceptible existencia.

********

¿Estoy en el espacio o no? Qué situación.

No se puede sentir sin estar en la extensión, ni sin dejarla. Sin encontrar puntos, y sin encontrarse en el Gusto, en la Música, en el Perfume. Hay que revelar estos puntos, aunque sea demasiado fácil, aunque haya poco de nuevo − su vals es el amarillo, su danza es lo caliente, ¡abrid el fonógrafo! Su semibreve es el do. Todos los discos están para confesarlo: el sonido jamás ha existido. Hay que hablar claro; lo que los discos vaporizan no son «sonidos», sino círculos; los círculos de aire del disco, pero que sólo están dotados de viudez. A menos que se mueva alguna Masa mágica (vosotros por ejemplo) en su proximidad, movimientos similares que se encantan…



ALMA-MATERIA


Hay que reconducir todo a la energía.

Es el único dato cierto de donde partir.

Se verá, extendiendo la psicología hasta la física, metiéndola al fin en el universo – y la política y la sociología y la moral– que la energía constituye el alma y la materia. No son sino dos estados de la misma «cosa», diversos sólo porque uno es más avanzado que el otro en un cierto sentido de caída. Se encontrarán así todos los caracteres de una y otra (alma-materia) englobados en el carácter más general y último llamado «ley de mínima acción».

Como los instrumentos y medios actuales de la física no permiten partir del estado de energía menos avanzado en la dirección de caída, el alma, lo que sería buen método, hay que partir del estado de la energía que los medios actuales de la física pueden alcanzar, es decir de la materia, la energía más avanzada en dirección de la caída (la energía al término de la caída). Notemos que estas palabras no tienen sino la más superficial de las relaciones con su significación corriente que era aquella de los siglos precedentes. «Materia» como «energía» es masa. Dejamos el resto de cualidades al sentido común, que, hay que decirlo, no tiene sentido alguno.

La materia, que la física puede alcanzar; se debe pues buscar con la física un medio para descubrir su aspecto precedente, el alma, que la física actual no alcanza.

El problema está puesto.



TENGO DOS CUERPOS

Heme aquí todavía en mi prisión, Señora
Gérard de Nerval


Existe, distinta del cuerpo, una superficie viviente […] A esta superficie la llamaremos: alma; no hay que tener miedo de las palabras.

Ella tiene la mayor masa considerable (el ingeniero comprende) como cuerpo, sus componentes no son elementos de materia, como en el cuerpo visible, sino elementos de energía; porque su cuerpo asimila energía, como el cuerpo visible asimila la materia, y, como el cuerpo, construye en redes. Piel de Alma…

- «¡LA PIEL!»

- ¿Quién habló? No ha sido Fausto…

********

Tengo dos cuerpos, CARNE-Y-SANGRE y PLACER-Y-PENA: CARNE-Y-SANGRE es uno que dormita, PLACER-Y-PENA es como un grito, por Uso son siempre inseparables. CARNE-Y-SANGRE es un carburo de hidrógeno de muy grandes moléculas. PLACER-Y-PENA es tan tenue que Lucrecio hizo de él un poema. Todo el mundo habla de CARNE-Y-SANGRE, yo no hablo sino de PLACER-Y-PENA.

CARNE-Y-SANGRE parece persistir, pero sigue la segunda ley de la termodinámica y termina mal. PLACER-Y-PENA parece anonadarse a la velocidad del segundero, y tiene la inmortalidad.

Yo dejaré, un día, CARNE-Y-SANGRE, PLACER-Y-PENA llevándoselo. ¿Pero hacia dónde, Virgen soberana?

¿Y qué hacer, para preservarme de los azares de la eternidad?






Traducción de Miguel Muñoz




Los fragmentos que se presentan han sido tomados de la versión bilingüe francés/italiano de la revista Anterem Nº 75, Verona, 2007. PEAU d’ÂME (“Piel de Alma”), que evidentemente hace juego con PEAU d’ÂNE (“Piel de Asno”) de Perrault, se publicó en París en las ediciones Corrêa en 1935, luego de la muerte de Pozzi en 1934. Una nueva edición, con prólogo de L. Joseph, fue publicada en París por Éditions de la Différence en 1990. Como señala M. Dotti en Anterem, el texto fue concebido en 1915 como ensayo de matriz estrictamente filosófica, y con el título De Libertate, alejándose luego la autora del régimen de argumentación discursiva para ir al encuentro de una no menos rigurosa palabra poética. «Lieber Freund que no conozco», escribió una vez a Rainer Maria Rilke, «le ruego me considere como un sueño. Pidiéndole esto, ciertamente no estoy haciendo literatura: estoy tan poco viva que en verdad me encuentro a mitad de camino entre la fantasía y la realidad».




Contribución a Dscntxt de Miguel Muñoz








jueves, julio 03, 2008

“La burguesía y la contrarrevolución”, de Karl Marx

Segundo artículo (1)






Después del Diluvio de Marzo (2) —un diluvio en miniatura— lo que quedó en la superficie de Berlín no fueron unos titanes ni unos colosos revolucionarios, sino unas criaturas de viejo estilo, unas figuras burguesas achaparradas: los liberales de la Dieta unida (3) que representaban a la burguesía prusiana consciente. Las provincias que contaban con la burguesía más desarrollada, la provincia renana y Silesia, fueron las que aportaron el grueso de los nuevos ministerios. Les seguía todo un cortejo de abogados renanos. A medida que la burguesía iba siendo relegada a segundo plano por los feudales, las viejas provincias prusianas iban ocupando en los ministerios el lugar de la provincia renana y de Silesia. El único vínculo que une aún al ministerio de Brandenburgo con la provincia renana es un tory de Elberfeld (4). ¡Hansemann y von der Heydt! Estos dos nombres representan para la burguesía prusiana toda la diferencia que media entre marzo y diciembre de 1848.

La burguesía prusiana fue lanzada a las cumbres del poder, pero no como ella quería, mediante un arreglo pacífico con la corona, sino gracias a una revolución. Y por cuanto había sido un movimiento popular el que le había abierto el camino, no eran sus propios intereses, sino los intereses del pueblo lo que la burguesía prusiana tenía que defender ahora frente a la corona, es decir, frente a sí misma, pues a sus ojos la corona no representaba más que una pantalla por la gracia de Dios, tras que la que debían ocultarse sus propios intereses terrenales. La intangibilidad de sus propios intereses y de las formas políticas correspondientes a dichos intereses debía significar, traducida al lenguaje constitucional, la intangibilidad de la corona. De aquí el entusiasmo de la burguesía alemana, y sobre todo de la prusiana, por una monarquía constitucional. Por eso, a pesar de que la revolución de Febrero y sus repercusiones en Alemania favorecían a la burguesía prusiana, pues pusieron en sus manos el timón del Estado, embrollaron sus cálculos, ya que su dominación estaba ligada ahora a unas condiciones que ella no quería ni podía cumplir.

La burguesía no movió un dedo. Lo único que hizo fue permitir que el pueblo luchase por ella. Por eso, el poder que le había sido entregado no era el poder de un capitán que derrotaba a su enemigo, sino el de un comité de seguridad al que el pueblo vencedor confiaba la salvaguardia de sus propios intereses.

Camphausen sentía todo lo incómodo que era esa situación, y la debilidad de su ministerio derivaba precisamente de ese sentimiento y de las circunstancias que le habían dado vida. Una especie de rubor tiñe por esta razón los actos más desvergonzados de su Gobierno. La desvergüenza y la desfachatez sin tapujos constituyen un privilegio de Hansemann. (El tono rojizo es la única diferencia que existe entre estos dos artistas del pincel).

Conviene no confundir la revolución de Marzo en Prusia con la revolución inglesa de 1648 ni con la francesa de 1789.

En 1648, la burguesía, aliada con la nueva nobleza, luchó contra la monarquía, contra la nobleza feudal y contra la Iglesia dominante.

En 1789, la burguesía, aliada con el pueblo, luchó contra la monarquía, contra la nobleza y contra la Iglesia dominante.

La revolución de 1789 había tenido su prototipo (por lo menos en Europa) únicamente en la revolución de 1648, y la revolución de 1648 lo había tenido únicamente en la sublevación de los Países Bajos contra España (5). Comparada con su prototipo, cada una de estas revoluciones se había adelantado un siglo, y no sólo en el tiempo, sino también por el contenido.

En ambas revoluciones, la burguesía era la clase que encabezaba realmente el movimiento. El proletariado y las capas de la población urbana que no pertenecían a la burguesía no tenían aún intereses separados de la burguesía o no constituían aún clases o sectores de clase con un desarrollo independiente. Por eso, donde se enfrentaban con la burguesía, como en Francia en 1793 y 1794, luchaban sólo por la realización de los intereses de la burguesía, aunque no a la manera burguesa. Todo el terrorismo francés no fue sino un procedimiento plebeyo para ajustar las cuentas a los enemigos de la burguesía: al absolutismo, al feudalismo y a la pequeña burguesía.

Las revoluciones de 1648 y de 1789 no fueron revoluciones ni inglesa, ni francesa; fueron revoluciones de estilo europeo. No representaban el triunfo de una determinada clase de la sociedad sobre el viejo régimen político; eran la proclamación de un régimen político para la nueva sociedad europea. En ellas había triunfado la burguesía; pero la victoria de la burguesía significaba entonces el triunfo de un nuevo régimen social, el triunfo de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, de la nación sobre el provincialismo, de la concurrencia sobre los gremios, de la partición sobre el mayorazgo, del sometimiento de la tierra al propietario sobre el sometimiento del propietario a la tierra, de la ilustración sobre la superstición, de la familia sobre el linaje, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales. La revolución de 1648 fue el triunfo del siglo XVII sobre el XVI, la revolución de 1789 fue el triunfo del siglo XVIII sobre el XVII. Esas revoluciones expresaban mucho más las necesidades del mundo de entonces que las necesidades de aquellas partes del mundo en que se habían desarrollado, es decir, de Inglaterra y Francia.

Nada de eso ocurrió en la revolución de Marzo en Prusia. La revolución de Febrero acabó con la monarquía constitucional de hecho y con el poder de la burguesía en la idea. La revolución de Marzo en Prusia debía establecer la monarquía constitucional en la idea y el poder de la burguesía de hecho. Lejos de ser una revolución europea, no fue más que una apagada resonancia de la revolución europea en un país atrasado. En lugar de adelantarse a su siglo, quedó rezagada de él en más de cincuenta años. Desde el primer momento no fue sino un fenómeno secundario, y es bien sabido que las enfermedades secundarias son más difíciles de curar y a la vez destruyen más el organismo que la enfermedad inicial. No se trataba de la instauración de una nueva sociedad, sino del renacimiento en Berlín de la sociedad que había muerto en París. La revolución de Marzo en Prusia no fue siquiera una revolución nacional, alemana; desde el primer momento fue una revolución provincial prusiana. Las insurrecciones de Viena, Cassel, Munich y otras insurrecciones provincianas se desarrollaban a la par y le disputaban la preeminencia.

Mientras las revoluciones de 1648 y 1789 rebosaban infinito orgullo por hallarse en la cima de la creación, la ambición de los berlineses de 1848 consistía en ser un anacronismo. Su luz era como la luz de los lejanos luceros que llega hasta nosotros, los habitantes de la tierra, 100.000 años después de haberse apagado el astro que la emitía. La revolución de Marzo en Prusia era, en miniatura —como todo lo que ella era—, una de esas estrellas para Europa. Su luz era la del cadáver de una sociedad putrefacta desde hacía mucho tiempo.

La burguesía alemana se había desarrollado con tanta languidez, tan cobardemente y con tal lentitud, que, en el momento en que se opuso amenazadora al feudalismo y al absolutismo, se encontró con la amenazadora oposición del proletariado y de todas las capas de la población urbana cuyos intereses e ideas eran afines a los del proletariado. Y se vio hostilizada no sólo por la clase que estaba detrás, sino por toda la Europa que estaba delante de ella. La burguesía prusiana no era, como la burguesía francesa de 1789, la clase que representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad: la monarquía y la nobleza. Había descendido a la categoría de un estamento tan apartado de la corona como del pueblo, pretendiendo enfrentarse con ambos e indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado, pues siempre los había visto delante o detrás de sí mismo; inclinada desde el primer instante a traicionar al pueblo y a pactar un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad, pues ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad; no representaba los intereses de una nueva sociedad contra una sociedad vieja, sino unos intereses renovados dentro de una sociedad caduca; colocada en el timón de la revolución, no porque la siguiese el pueblo, sino porque el pueblo la empujaba ante sí; situada a la cabeza, no porque representase la iniciativa de una nueva época social, sino porque expresaba el rencor de una vieja época social; era un estrato del viejo Estado que no había podido aflorar por sus propias fuerzas, sino que había sido arrojado a la superficie del nuevo Estado por la fuerza de un terremoto; sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, gruñendo contra los de arriba y temblando ante los de abajo, egoísta frente a ambos y consciente de su egoísmo, revolucionaria frente a los conservadores y conservadora frente a los revolucionarios, recelosa de sus propios lemas, frases en lugar de ideas, empavorecida ante la tempestad mundial y explotándola en provecho propio, sin energía en ningún sentido y plagiando en todos los sentidos, vulgar por carecer de originalidad y original en su vulgaridad, regateando con sus propios deseos, sin iniciativa, sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, sin una vocación histórica mundial, un viejo maldito que está condenado a dirigir y a desviar en su propio interés senil los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto; sin ojos, sin orejas, sin dientes, una ruina completa: tal era la burguesía prusiana cuando, después de Marzo, se encontró al timón del Estado prusiano.




Notas

(1) El presente artículo es una parte del trabajo de Marx "La burguesía y la contrarrevolución", escrito en diciembre de 1848. En este trabajo Marx examina la causa de la victoria de la contrarrevolución en Prusia desde el punto de vista del materialismo histórico y pone al descubierto las particularidades de la revolución de marzo en Alemania.
(2) Se refiere a la revolución de marzo de 1848, en Alemania.
(3) Se trata del órgano estamental constituido por representantes de todas las dietas provinciales de Prusia. En este caso, Marx se refiere a la Segunda Dieta Unida, que fue convocada el 2 de abril de 1848, bajo el ministerio de Camphausen. Aprobó la ley de las elecciones a la Asamblea Nacional prusiana y se manifestó de acuerdo con el empréstito que la Dieta Unida había negado al Gobierno de 1847. Luego, el 10 de abril de 1848, esta Dieta fue disuelta.- 141
(4) Tories: partido político de Inglaterra fundado a fines del siglo XVIII. Expresaba los intereses de la aristocracia terrateniente y el alto clero, defendía las tradiciones del pasado feudal y combatía las reivindicaciones liberales y progresistas. A mediados del siglo XIX, el partido de los tories se refundió para formar el partido conservador.
(5) Se alude a la revolución burguesa de 1566-1609 en los Países Bajos (actuales Bélgica y Holanda), que formaban parte del Estado español; la revolución combinaba la lucha de la burguesía y de las masas populares contra el feudalismo con la guerra de liberación nacional contra la dominación de España. En 1609, luego de una serie de derrotas, España se vio obligada a reconocer la independencia de la República burguesa de Holanda. La revolución burguesa de los Países Bajos en el siglo XVI inauguró el período de las revoluciones burguesas triunfantes en Europa. El territorio de la actual Bélgica siguió en poder de los españoles hasta el año de 1714.







Colonia, diciembre de 1848










miércoles, julio 02, 2008

"Margarita", de Ricardo Cocciante





Yo no puedo estar parado
con las manos tan vacías,
tantas cosas debo hacer
antes que venga el alba.

Y si ella está durmiendo,
yo no puedo descansar.
Haré de forma que al despertar,
no me pueda ya olvidar.

Y para que esta larga noche
ya no sea más oscura,
hazte grande dulce luna
y llena el cielo entero.

Y para que pueda volver aquí,
su sonrisa aún ahora,
brilla, sol, por la mañana
como nunca hiciste antes.

Y para hacerle cantar
la canción que aprendió
yo le construiré un silencio
que jamás nadie escuchó.

Despertaré a los amantes,
hablaré horas y horas.
Abracémonos más fuerte
porque ella ama el amor.

Y corramos por las calles
y bailemos con la gente,
porque ella quiere alegría,
porque ella odia el rencor.

Y con cubos de pintura
pintaremos las paredes,
casas, calles y palacios,
porque ella ama el color.

Recojamos muchas flores
que nos dió la primavera,
construyamos una cama
para amarnos si anochece.

Y subamos hasta el cielo
y cojamos una estrella,
porque Margarita es buena,
porque Margarita … es bella.

Porque Margarita es dulce,
porque Margarita vive,
porque Margarita ama,
y lo hace una noche entera.

Porque Margarita es un sueño,
porque Margarita es el sol,
porque Margarita es el viento,
y no sabe que puede herirte.

Porque Margarita es todo,
y ella es mi locura.
Margarita es Margarita,
Margarita ahora es mía …
Margarita … es mía.





1976





Ricardo Cocciante en el Casino de Viña del Mar








Dedicada con todo amor a mi Ignacia





martes, julio 01, 2008

“La balada del café triste”, de Carson Mccullers

Fragmento





–Beba un trago –dijo–. Esto le calentará las tripas.

El jorobado dejó de llorar, se lamió las lágrimas que le caían por la boca y bebió de la botella. Cuando terminó, miss Amelia tomó a su vez un buche, se calentó y enjuagó la boca con él y escupió. Luego bebió unos tragos. Los mellizos y el capataz tenían sus botellas, pagadas con su dinero.

–Buen licor –dijo Stumpy MacPhail–. Miss Amelia, usted siempre hace bien las cosas.

No se pueden pasar por alto las dos botellas grandes de whisky que bebieron aquella noche; sólo así puede uno explicarse lo que ocurrió después. Sin aquel whisky, quizá no hubiera llegado a abrirse el café. Porque el licor de miss Amelia tiene una cualidad peculiar: sabe limpio y seco en la lengua, pero una vez dentro empieza a arder y ese fuego dura mucho tiempo. Y eso no es todo. Ya es cosa sabida que si se escribe un mensaje con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego, las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito. Imaginad que el whisky es el fuego y que el mensaje está oculto en el alma de un hombre; entonces se comprenderá el valor del licor de miss Amelia. Muchas cosas que han pasado sin que se supiera, pensamientos relegados a las profundidades del alma, salen de pronto a la luz y se hacen patentes. Un hilandero que no ha estado pensando toda la semana más que en los telares, la comida, la cama, y otra vez los telares, al llegar el domingo bebe de aquel whisky y tropieza con un lirio silvestre. Y toma el lirio en su mano, se queda contemplando la delicada corola de oro, y de pronto se siente invadido por una ternura tan viva como un dolor. Y un tejedor levanta de pronto la mirada y por primera vez descubre el cielo radiante de una noche de enero, y se siente sobrecogido de temor al pensar en su propia pequeñez. Ésas son las cosas que ocurren cuando un hombre ha bebido el licor de miss Amelia. Podrá sufrir, podrá consumirse de gozo; pero la verdad ha salido a la luz: ha calentado su alma y ha podido ver el mensaje que estaba oculto en ella.

Bebieron hasta la madrugada, y las nubes cubrieron la luna y la noche se puso oscura y fría. El jorobado seguía sentado en el último escalón, lastimosa figura con la frente apoyada sobre las rodillas. Miss Amelia estaba de pie, con las manos en los bolsillos, un pie sobre el segundo escalón. Llevaba mucho tiempo callada. Su cara tenía esa expresión que se ve a veces en los bizcos que piensan concentradamente en algo: una expresión mezcla de inteligencia y desvarío. Al fin dijo:

–No sé su nombre.
–Me llamo Lymon Willis –dijo el jorobado.
–Bueno; pase adentro –dijo miss Amelia–. Hay algo de cena en la cocina.

Miss Amelia nunca invitaba a nadie a comer, a no ser que estuviera planeando engañar a alguna persona, o intentando sacar dinero a alguien. Así que los hombres del porche pensaron que algo no marchaba bien. Más tarde comentaron que miss Amelia debía de haber estado bebiendo toda la tarde, en el pantano. Sea como fuere, miss Amelia abandonó el porche y Stumpy MacPhail y los mellizos se fueron a sus casas. Miss Amelia abrió la puerta del almacén y echó una ojeada para ver si todo estaba en orden. Luego entró en la cocina, que quedaba al fondo del almacén. El jorobado la siguió, arrastrando su maleta, sorbiendo y limpiándose la nariz con la manga mugrienta de su abrigo.

–Siéntese –dijo miss Amelia–. Voy a calentar esto.

Cenaron muy bien; miss Amelia era rica, y no se privaba de buenas comidas. Tomaron pollo frito (el jorobado se sirvió la pechuga), puré de rutabaga, coles y batatas asadas, color de oro pálido. Miss Amelia comía despacio, con el apetito de un cavador. Estaba sentada con los codos sobre la mesa, inclinada sobre su plato, con las rodillas muy separadas y los pies apoyados en el barrote de la silla. Por su parte el jorobado engulló la cena como si no hubiera probado bocado en varios meses. Mientras comía, una lágrima le resbaló por la cara polvorienta; pero no era más que una lágrima rezagada, no quería decir nada. Cuando miss Amelia terminó, limpió cuidadosamente su plato con una rebanada de pan y luego vertió en el pan la mezcla dulce y clara hecha por ella. El jorobado también se sirvió melaza, pero era más delicado y pidió un plato limpio. Cuando dieron fin a la cena, miss Amelia echó hacia atrás su silla, apretó el puño y se tentó la musculatura del brazo derecho por debajo de la tela azul y limpia de la manga de su mono; era aquél un hábito inconsciente que tenía al terminar las comidas. Cogió entonces la lámpara que había sobre la mesa y señaló la escalera con la cabeza, como invitando al jorobado a seguirla.

Encima del almacén estaban las tres habitaciones donde miss Amelia había pasado toda su vida: dos dormitorios con una sala grande en medio. Pocas personas habían visto estas habitaciones, pero todo el pueblo sabía que estaban bien amuebladas y muy limpias. Y he aquí que miss Amelia introducía en aquella parte de la casa a un hombrecillo desconocido, sucio y jorobado, salido Dios sabe de dónde. Miss Amelia subió despacio los escalones, de dos en dos, llevando la lámpara en alto. El jorobado la seguía saltando, tan pegado a ella que la luz vacilante formaba sobre la pared de la escalera una sola sombra, grande y extraña, de sus dos cuerpos. Al poco tiempo quedó el piso de encima del almacén tan oscuro como el resto del pueblo.








1951










lunes, junio 30, 2008

«Zeitgeist», de Peter Joseph

Fragmento de la sección final del documental, llamada 'No prestes atención a los hombres detrás de la cortina'



Detrás del trono hay algo más grande que el Rey mismo. El mundo está gobernado por personajes muy distintos de lo que imaginan los que no están detrás de la escena. La verdad es que un grupo de los grandes centros financieros es dueño del gobierno desde los días de Andrew Jackson. En 1775, la guerra yankee revolucionaria comenzó, cuando las colonias americanas buscaron separarse de Inglaterra y su monarquía de opresión. Aunque hubo muchas razones para la revolución, una en particular sobresale como la causa primordial: el Rey Jorge III de Inglaterra prohibió la moneda independiente sin interés, que las colonias estaban produciendo y usando, forzándolos a pedir dinero del Banco Central Inglés con interés, inmediatamente poniendo a las colonias en deuda. Y, como luego escribió Benjamin Franklin: «La negativa del Rey Jorge III de permitir a las colonias operar un sistema monetario honesto, que liberaría al hombre sencillo de las redes de los manipuladores de dinero, fue probablemente la causa primordial de la revolución». En 1783 Estados Unidos ganó su independencia de Inglaterra. Sin embargo, su batalla en contra del concepto de Banco Central y de los hombres corruptos y llenos de avaricia asociados con él, acababa de comenzar.

¿Qué es un Banco Central? Un Banco Central es una institución que produce la moneda de una nación entera. Basados en precedentes históricos, existen dos poderes específicos intrínsecos en la práctica del Banco Central. El control de las tasas de interés y el control del suministro de dinero, o inflación. El banco central no sólo provee de dinero a la economía de un gobierno, se lo presta con interés. Entonces, aumentando o disminuyendo el suministro de dinero, el banco central regula el valor de la moneda emitida. Es crucial entender que la estructura entera de este sistema puede producir una sola cosa a largo plazo: DEUDA. No se necesita demasiado ingenio para entender esta estafa. Cada dólar producido por el banco central, es prestado con interés. Esto significa que cada dólar producido es realmente un dólar más un cierto porcentaje de deuda basado en ese dólar. Y como el banco central tiene un monopolio sobre la producción de la moneda del país entero, y ellos prestan cada dólar con deuda inmediata asociada a él, ¿de dónde sale el dinero para pagar la deuda generada? Sólo puede venir nuevamente del banco central. Lo que significa que el banco central tiene que incrementar constantemente su suministro de dinero para temporalmente cubrir la deuda pendiente creada, y puesto que ese nuevo dinero es también prestado con interés, ¡crea más deuda! El resultado final de este sistema sin falla es la esclavitud, porque es imposible para el gobierno y para el público, salir algún día de esta deuda auto-generada. Los padres fundadores de Estados Unidos eran bien conscientes de esto. «Creo que las instituciones bancarias son más peligrosas que un ejército. Si el pueblo americano alguna vez permite a los bancos privados controlar la emisión de moneda, los bancos y las corporaciones que crecerán alrededor de ellos privarán al pueblo de su propiedad hasta que sus hijos despierten sin casa en el continente que sus padres conquistaron». (Thomas Jefferson, 1745-1826) «Si quieren seguir siendo esclavos de los banqueros y pagar por el costo de su propia esclavitud, permítanles continuar creando el dinero y controlando el crédito de la nación». (Sir Josiah Stamp 1880-1941)

A principios del siglo XX, Estados Unidos habían ya implementado y eliminado algunos sistemas de banco central, que fueron estafando a través de crueles intereses bancarios. En ese momento, las familias dominantes en los bancos y negocios del mundo eran los Rockefeller, los Morgan, los Warburg y los Rothchild. Y a principios de 1900, buscaron instalar, una vez más, leyes para crear otro banco central. Sin embargo, sabían que el gobierno y el público desconfiaban de tal institución, así que necesitaron crear un incidente para afectar la opinión pública. Así, J.P. Morgan, considerado públicamente un iluminado financiero de la época, aprovechó su influencia sobre las masas, publicando rumores sobre que un importante banco de New York era insolvente o había quebrado. Morgan sabía que esto causaría histeria masiva que afectaría también a otros bancos. Y así fue. El público, temiendo perder sus depósitos comenzó masivamente a retirar su dinero. Consecuentemente, los bancos fueron forzados a reclamar sus préstamos, obligando a los endeudados a vender sus propiedades y así comenzó una espiral de quiebras, reposesiones y desorden. Poniendo las piezas en orden unos años más tarde, Fredrik Allen de la revista LIFE escribió: «Los intereses de Morgan tomaron ventaja para precipitar el pánico [de 1907] guiándolo astutamente mientras sucedía». Sin consciencia del fraude, el pánico de 1907 tuvo una investigación parlamentaria del congreso, dirigida por el Senador Nelson Aldrich, quien tenía lazos íntimos con los monopolios bancarios, y luego formó parte de la familia Rockefeller por casamiento. La comisión dirigida por Aldrich aconsejó que debería crearse un banco central para evitar que un pánico como el de 1907 nunca volviera a suceder. Esta fue la chispa que los banqueros internacionales necesitaban para iniciar su plan. En 1910, hubo una reunión secreta en la propiedad de J.P.Morgan en Jekyll Island, en las costas de Georgia. Fue ahí donde se escribió la ley del banco central llamada Acta de Reserva Federal. Esta legislación fue escrita por banqueros, no legisladores. Esta reunión fue tan secreta, tan oculta al conocimiento del gobierno o el público, que las diez personas que formaron parte camuflaron sus nombres cuando salieron de la isla. Después que esta ley fue elaborada, fue entregada a su figura política, el Senador Nelson Aldrich, para introducirla en el Congreso. Y en 1913, con fuerte patrocinio político de parte de los banqueros, Woodrow Wilson fue presidente, habiendo ya aceptado firmar el Acta de Reserva Federal a cambio de apoyo en su campaña. Y dos días antes de Navidad, cuando la mayor parte del Congreso estaba en casa con sus familias, el Acta de Reserva Federal se votó positivamente y Wilson a su vez la hizo ley. Años después, W. Wilson escribió, arrepentido: «Nuestra gran nación industrial está controlada por un sistema de crédito. Nuestro sistema de crédito está concentrado en manos privadas. El crecimiento de la nación y por tanto de todas nuestras actividades está en las manos de unos pocos hombres, quienes, necesariamente o por motivos de sus propias limitaciones, congelan, frenan y destruyen la genuina libertad económica. Nos hemos transformado en uno de los peor gobernados, uno de los más completamente controlados y dominados de los gobiernos del mundo civilizado. No más un gobierno de libre opinión, no más un gobierno de creencias y del voto de la mayoría, sino un gobierno de la opinión y coacción de un pequeño grupo de hombres dominantes». (Woodrow Wilson) El congresista Louis McFadden también expresó la verdad después de la aprobación de la ley: «Un sistema bancario mundial está siendo preparado aquí, un Súper-estado controlado por banqueros internacionales actuando conjuntamente para esclavizar al mundo en pos de su propio placer. El banco central ha usurpado al gobierno». Al público se le dijo que el Sistema de Reserva Federal (FED) era un estabilizador económico. Y que la inflación y las crisis económicas eran algo del pasado. Bueno, como muestra la historia, nada está más lejos de la verdad. El hecho es que ahora los banqueros internacionales tienen una máquina modernizada para expandir sus ambiciones personales. […] Por ejemplo, de 1914 a 1919, el FED incrementó el suministro de dinero a casi un 100%, traducido en grandes préstamos a los bancos pequeños. Entonces en 1920, el FED retiró porcentajes masivos del suministro de dinero, así forzando a los bancos menores a cancelar su enorme cantidad de préstamos y como en 1907, hubo crisis bancarias, quiebras y el subsiguiente colapso. Más de 5400 bancos competitivos fuera del FED quebraron. Consolidando aun más el monopolio de un grupo pequeño de banqueros internacionales. Al tanto de este crimen, el congresista Lindbergh, se puso de pie y dijo en 1921: «Bajo el Acta de Reserva Federal, los pánicos son creados científicamente. El pánico actual es el primero creado científicamente, y funcionó como calculamos una ecuación matemática». Sin embargo, el pánico de 1920 fue sólo un precalentamiento. De 1921 a 1929 el Fed otra vez incrementó el suministro de dinero, otra vez resultando en grandes préstamos al público y los bancos. Había otro nuevo tipo de préstamo llamado «Préstamo Margen» en el mercado bursátil. Muy simple, un préstamo margen le permitía al inversor pagar sólo el 10% del precio de una acción, on el otro 90% siendo prestado a través del corredor de bolsa. En otras palabras, una persona podía tener $1000 en acciones pagando sólo $100. Este método era muy popular en los '20s, cuando todo el mundo parecía esta haciendo dinero en la Bolsa. Sin embargo, este préstamo tenía una trampa. Podía ser pedido en cualquier momento, y debía ser pagado en 24 horas. Esto se llama un pedido marginal, y el resultado típico de un pedido marginal es la venta del stock comprado con el préstamo. Entonces, unos meses antes de Octubre de 1929, J.D. Rockefeller, Bernhard Barack y otros informados silenciosamente se retiraron de la Bolsa. Y el 24 de octubre de 1929, los financieros de New York que entregaron los préstamos marginales empezaron a pedirlos, en masa. Esto provocó instantáneamente una venta masiva en el mercado, puesto que todos debían cubrir sus préstamos marginales. Esto disparó crisis masivas de bancos por la misma razón, a su vez colapsando 16.000 bancos, habilitando a los banqueros internacionales conspiradores a no sólo comprar bancos rivales con descuentos, sino también a comprar corporaciones enteras por centavos de dólar. Fue el robo más grande de la historia yanqui.

Pero eso no se detuvo ahí.


2007