miércoles, junio 06, 2007

"La literatura y la vida", de Gilles Deleuze




Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera.
—PROUST, Contre Sainte–Beueve


Escribir indudablemente no es imponer una forma (de expresión) a una materia vivida. La literatura se decanta más bien hacia lo informe, o lo inacabado, como dijo e hizo Gombrowicz. Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo, se deviene–mujer, se deviene–animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–imperceptible. Estos devenires se eslabonan unos con otros de acuerdo con una sucesión particular, como en una novela de Le Clézio, o bien coexisten a todos los niveles, de acuerdo con unas puertas, unos umbrales y zonas que componen el universo entero, como en la obra magna de Lovecraft. El devenir no funciona en el otro sentido, y no se deviene Hombre, en tanto que el hombre se presenta como una forma de expresión dominante que pretende imponerse a cualquier materia, mientras que mujer, animal o molécula contienen siempre un componente de fuga que se sustrae a su propia formalización. La vergüenza de ser un hombre, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir? Incluso cuando es una mujer la que deviene, ésta posee un devenir–mujer, y este devenir nada tiene que ver con un estado que ella podría reivindicar. Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indiscernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula: no imprecisos ni generales, sino imprevistos, no preexistentes, tanto menos determinados en una forma cuanto que se singularizan en una población. Cabe instaurar una zona de vecindad con cualquier cosa a condición de crear los medios literarios para ello, como con el áster según André Dhôtel. Entre los sexos, los géneros o los reinos, algo pasa. El devenir siempre está «entre»: mujer entre las mujeres, o animal entre otros animales. Pero el artículo indefinido sólo surge si el término que hace devenir resulta en sí mismo privado de los caracteres formales que hacen decir el, la(«el animal aquí presente»...). Cuando Le Clézio deviene–indio, es siempre un indio inacabado, que no sabe «cultivar el maíz ni tallar una piragua»: más que adquirir unos caracteres formales, entra en una zona de vecindad.[1] De igual modo, según Kafka, el campeón de natación que no sabía nadar. Toda escritura comporta un atletismo. Pero, en vez de reconciliar la literatura con el deporte, o de convertir la literatura en un juego olímpico, este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánicas: un deportista en la cama, decía Michaux. Se deviene tanto más animal cuanto que el animal muere; y, contrariamente a un prejuicio espiritualista, el animal sabe morir y tiene el sentimiento o el presentimiento correspondiente. La literatura empieza con la muerte del puerco espín, según Lawrence, o la muerte del topo, según Kafka: «nuestras pobres patitas rojas extendidas en un gesto de tierna compasión». Se escribe para los terneros que mueren, decía Moritz. La lengua ha de esforzarse en alcanzar caminos indirectos femeninos, animales, moleculares, y todo camino indirecto es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el lenguaje. La sintaxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada ocasión para poner de manifiesto la vida en las cosas.

Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción edípica, del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence, «si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son diferentes... ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a un niño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pegado». Pero la literatura sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad, sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un animal, un vientre, un niño... Las dos primeras personas no sirven de condición para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo (lo «neutro» de Blanchot).[2] Indudablemente, los personajes literarios están perfectamente individualizados, y no son imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una joven, etc.) le hacen acceder a una visión, ve el oro, de tal forma que empieza a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido: un avaro..., algo de oro, más oro... No hay literatura sin tabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la tabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.

No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche». Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles.[3] De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.

La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un único hombre». Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.[4] Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre–madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio de dominación se mezcle con el delirio bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta («por» significa menos «en lugar de» que «con la intención de»).

Lo que hace la literatura en la lengua es más manifiesto: como dice Proust, traza en ella precisamente una especie de lengua extranjera, que no es otra lengua, ni un habla regional recuperada, sino un devenir–otro de la lengua, una disminución de esa lengua mayor, un delirio que se impone, una línea mágica que escapa del sistema dominante. Kafka pone en boca del campeón de natación: hablo la misma lengua que usted, y no obstante no comprendo ni una palabra de lo que está usted diciendo. Creación sintáctica, estilo, así es ese devenir de la lengua: no hay creación de palabras, no hay neologismos que valgan al margen de los efectos de sintaxis dentro de los cuales se desarrollan. Así, la literatura presenta ya dos aspectos, en la medida en que lleva a cabo una descomposición o una destrucción de la lengua materna, pero también la invención de una nueva lengua dentro de la lengua mediante la creación de sintaxis. «La única manera de defender la lengua es atacarla... Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua...»10 Diríase que la lengua es presa de un delirio que la obliga precisamente a salir de sus propios surcos. En cuanto al tercer aspecto, deriva de que una lengua extranjera no puede labrarse en la lengua misma sin que todo el lenguaje a su vez bascule, se encuentre llevado al límite, a un afuera o a un envés consistente en Visiones y Audiciones que ya no pertenecen a ninguna lengua. Estas visiones no son fantasías, sino auténticas Ideas que el escritor ve y oye en los intersticios del lenguaje, en las desviaciones de lenguaje. No son interrupciones del proceso, sino su lado externo. El escritor como vidente y oyente, meta de la literatura: el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las Ideas.

Estos son los tres aspectos que perpetuamente están en movimiento en Artaud: la omisión de letras en la descomposición del lenguaje materno (R, T...); su recuperación en una sintaxis nueva o unos nombres nuevos con proyección sintáctica, creadores de una lengua («eTReTé»); las palabras–soplos por último, límite asintáctico hacia el que tiende todo el lenguaje. Y Céline, no podemos evitar decirlo, por muy sumario que nos parezca: el Viaje o la descomposición de la lengua materna; Muerte a crédito y la nueva sintaxis como lengua dentro de la lengua; Guignol's Bandy las exclamaciones suspendidas como límite del lenguaje, visiones y sonoridades explosivas. Para escribir, tal vez haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis. Sucede a veces que se felicita a un escritor, pero él sabe perfectamente que anda muy lejos de haber alcanzado el límite que se había propuesto y que incesantemente se zafa, lejos aún de haber concluido su devenir. Escribir también es devenir otra cosa que escritor. A aquellos que le preguntan en qué consiste la escritura, Virginia Woolf responde: ¿Quién habla de escribir? El escritor no, lo que le preocupa a él es otra cosa.

Si consideramos estos criterios, vemos que, entre aquellos que hacen libros con pretensiones literarias, incluso entre los locos, muy pocos pueden llamarse escritores.





[1] Le Clézio, Haï, Flammarion, pág. 5. En su primera novela, Le proces–verbal, Ed. Folio– Gallimard, Le Clézio presentaba de forma casi ejemplar un personaje en un devenir–mujer, luego en un devenir–rata, y luego en un devenir–imperceptible en el que acaba desvaneciéndose.
[2] Blanchot, La part du feu, Gallimard, págs. 29–30, y L'entretien infini, págs. 563–564: «Algo ocurre (a los personajes) que no pueden recuperarse más que privándose de su poder de decir Yo.» La literatura, en este caso, parece desmentir la concepción lingüística, que asienta en las partículas conectivas, y particularmente en las dos primeras personas, la condición misma de la enunciación.
[3] Sobre la literatura como problema de salud, pero para aquellos que carecen de ella o que sólo cuentan con una salud muy frágil, vid. Michaux, posfacio a «Mis propiedades», en La nuit remue, Gallimard. Y Le Clézio, Haï, pág. 7: «Algún día, tal vez se sepa que no había arte, sino sólo medicina.»
[4] Vid. las reflexiones de Kafka sobre las literaturas llamadas menores, Journal, Livre de poche, págs. 179–182 (Diarios. Lumen, 1991); y las de Melville sobre la literatura norteamericana, D'oü viens–tu, Hawthorne?, Gallimard, págs. 237–240.












martes, junio 05, 2007

"Primavera temprana", de Shen Yüe





Bellas mujeres tomadas de la mano
buscan señales de la primavera en el camino.
El color de la hierba aún es tenue,
los bosques están desnudos.
¡Es inútil buscar capullos de ciruelo,
es tonto creer que habrá sauces!
Así que bien podría volver a casa
y susurrar mi pasión a una taza de vino.



lunes, junio 04, 2007

"Tango del viudo", de Pablo Neruda







Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,

y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables y substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espaldas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.



















domingo, junio 03, 2007

"Piso 12", de Juan Carlos Basualto




Camino por la acera del poniente,
al frente.
Luego cruzo y observo el piso 12,
las ventanas están cerradas,
a pesar del calor y la humedad.

Adoquino el fuerte abrazo que jamás te he dado,
mientras fumo y fumo,
como el tiempo espera en una esquina sin matiz.

Entro a una tienda de abarrotes.
Compro el diario, compro un chocolate, compro agua mineral.
La espera será larga,
me he prometido no abandonar la búsqueda jamás.

Es probable que ya no estés ahí.
Es probable que jamás hayas estado ahí.
Es probable que tus letras fueran de mentira,
una ilusión, poesía.

Es probable que no existas,
tampoco el cuerpo frío y frágil,
de piel blanca, arañada por el sol.

Aún así dejo ir los minutos recordándote,
tu viaje a Horcón, entre hippies sesenteros,
acostumbrados a la mala droga;
gente de visión perdida al horizonte,
y tú entre todos ellos,
con el talento suave que caracteriza a los espíritus más nobles;
tú entre ellos,
como una doncella virgen de épocas sagradas,
mirando y trastocando el orden,
embriagando sólo con la vista,
con tu cabello indócil,
con tu sonrisa endemoniada.

Doy vueltas penetrando el adoquín,
desgastando el aire entre mis manos,
soñándote como el viento quiere que te sueñe,
sobre mí,
caballando en tus caderas que dedico al mejor dios,
disfrutando de aquel hilo de humedad,
de tu humedad que cae entre mis piernas,
desgarrándote de a poco, deshaciendo la conciencia.

Cruzo nuevamente.
Toco el timbre.
Espero.
Fumo.
Ensayo algún discurso preparado,
pero pronto se me olvida.
Te saludo,
te doy la mano,
te beso en la mejilla,
te aprieto contra mí.

Una tarde en la ciudad,
una tarde casi noche que me expulsa una vez más.

Ya no espero nada.
Ya me voy,
envuelto en decepción y análisis de tiempos,
números y fechas que se cruzan sin sentido.

Sigo la señal.
Tu voz habla desde un auricular.
Te pido que lo hagas nuevamente.
Te desnudas en la sombra.
Te averguenzas por primera vez.
Te alejas un instante,
te acercas, lenta, equidistante,
me miras como si estuviera levitando,
te sonríes...

Y en la calle un tipo espera,
fumando y cruzando los periódicos del día.
Entra a un bar
y se embriaga para olvidar un gesto de abandono.
Una risa extraña de tormentas y de sur,
una palabra tensa,como si estuviera a punto de explotar.







sábado, junio 02, 2007

«Blue», de Jorge Teillier





Veré nuevos rostros
Veré nuevos días
Seré olvidado
Tendré recuerdos
Veré salir el sol cuando sale el sol
Veré caer la lluvia cuando llueve
Me pasearé sin asunto
De un lado a otro
Aburriré a medio mundo
Contando la misma historia
Me sentaré a escribir una carta
Que no me interesa enviar
O a mirar a los niños
En los parques de juego.

Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino sí me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
«Vendrán nuevos rostros
Vendrán nuevos días».



en Para un pueblo fantasma, 1971













viernes, junio 01, 2007

“Cartas al Castor”, de Jean-Paul Sartre




A Simone de Beauvoir


Mi querido Castor:

Le escribo al calor de la lumbre, bien arrimado a la estufa, aunque el tiempo sea ahora mucho más clemente. Esta noche, incluso, hubo deshielo, y como la antevíspera las tuberías habían reventado, a eso de las dos un rugido despertó a Paul -yo dormía como un bendito-. Creyó que era el fuego, pero era el agua. Se vistió a toda prisa y se lanzó al pasillo, ya inundado. Hubo un tremendo ajetreo y finalmente cortaron el agua. No tenemos ni una gota para lavarnos -sabe usted que esto no me preocupa mucho-. Sólo es un fastidio por los retretes, que ahora no podemos limpiar, y en los que excrementos de diversas procedencias se interpenetran íntimamente al capricho de las heladas y deshielos hasta constituir un budín inmundo y voluminoso. “Hacemos” en el campo. Creo que Paul sufre las consecuencias y está estreñido por vergüenza de mostrar el culo.

Hoy, pues, era Año Nuevo. No se tradujo en nada fuera de lo común, salvo que hubo un excelente choucroute y mucha gente en el restaurante de la estación. Y ayer, Nochevieja, tampoco sucedió gran cosa, excepto que una ignota bestia puso a todo volumen la radio de los oficiales, tras marcharse éstos, y acompañó la música aporreando al azar el teclado del piano, hasta medianoche. Yo, por mi parte, escribía tranquilamente en nuestro pequeño local.

El paisaje es siempre el mismo, un tenue polvillo de nieve, un poquito de blanco por todas partes, bastaría rascar apenas con la uña y aparecería el negro de la tierra helada y de los árboles. Estuve todo el día retocando pasajes de mi novela, en cuanto acabe me pondré a trabajar en Septembre; estoy contentísimo. Espero poder publicar los dos volúmenes a la vez, sería mejor, se vería mejor a dónde apunto. Aquí el mundo es idéntico a sí mismo: Paul siempre alarmado; Mistler me presta mil pequeños servicios a cambio de mis enseñanzas. Fue él quien hizo los paquetes de libros que les enviaré a Bost y a usted en cuanto me haya mandado algún dinero y, como un soldado me había pedido El muelle de las brumas, de Marc Orlan (por error, creyendo que iba a encontrar entera la historia de la película) y yo le había pedido a Mistler que me lo recordara, esta mañana vino a hacerme acordar pero el libro estaba en uno de los paquetes de Bost y entonces deshizo el paquete y después lo ató de nuevo. Además hará que me envíen los Nocturnos y Preludios de Chopin para que los estudie al piano. Entre los secretarios y nosotros hay envidias de familia. Por supuesto, los envidiados somos nosotros. Parece que es mi suerte despertar envidia por todas partes, desde la Ciudad Universitaria hasta aquí. Pero, sobre todo, hablan. Es una clase de envidia débil e impotente que sólo conocía de oídas y que ni siquiera llega a la maledicencia. Por ejemplo, todas las mañanas, cuando vuelvo de desayunar, paso delante de sus ventanas y ellos comentan: “Vaya, es Sartre volviendo del café. Sí. Ha estado con la linda Charlotte. Los otros habrán hecho el sondeo sin él”, etc. No difiere de la constatación de hecho más que en la intención de censura amistosa que le ponen, pero en el fondo es una simple constatación de hecho, porque no consiguen determinar exactamente lo que hay que censurar: ¿que yo disponga de bastante dinero, tiempo, puerilidad para permitirme un desayuno en el café? Todas las mañanas el objeto les parece vagamente escandaloso, y todas las mañanas lo señalan al pasar, sin más, se ha vuelto un menudo escándalo habitual del que no podrían prescindir. Están en el grado inferior de la escala. Naturalmente, todo esto me lo comunica el bueno de Mistler, quien hasta querría que dé un rodeo para evitar sus miradas, pero como ya se puede usted figurar, sería demasiado cansador. Y eso es todo. El Diario de Stendhal me encanta, estoy leyendo el tercer tomo, su historia con la señora Daru, es muy divertido. También leo el libro de Rauschning, realmente instructivo, incluso haré un resumen en el cuaderno; y además un poco las Provinciales y también un poco Jacques le Fataliste. Tania me escribe: “Estoy leyendo un libro estupendo que debo enviarte”. Me pierdo en conjeturas. ¿Será El diablo enamorado?

Hoy no ha habido carta suya. Pero como ayer tuve tres, no me quejo demasiado. Tengo muchísimas ganas de verla, querido amor mío. Éste es el período un tanto crispante en que el permiso se aleja o se aproxima de día en día, según las diferentes informaciones y el humor del cabo que hace las listas en el C.G. Pero voy a defenderme. Quisiera partir en quince días, si fuera posible. Hasta pronto, dulce Castor, que duerme ya tras haber esquiado tanto. Ya sabe que me levanto tempranísimo, como usted. Cuando usted se está calzando sus pequeños esquís, yo hace tiempo me he puesto mis polainas y he bajado a medir el viento para telefonear un panorama general al puesto meteorológico del cuerpo de ejército. Duermo poco pero estoy animoso. Hasta mañana, mi pequeña flor, la quiero con todas mis fuerzas.






Primero de enero, 1940





jueves, mayo 31, 2007

"Pintura de un mundo sin edad", de Jacques Derrida

Fragmento


The time is out of joint. El mundo va mal. Está desgastado pero su desgaste ya no cuenta. Vejez o juventud — ya no se cuenta con él. El mundo tiene más de una edad. La medida de su medida nos falta. Ya no damos cuenta del desgaste, ya no nos damos cuenta de él como de una única edad en el progreso de una historia. Ni maduración, ni crisis, ni siquiera agonía. Otra cosa. Lo que ocurre le ocurre a la edad misma, para asestar un golpe al orden teleológico de la historia. Lo que viene, donde aparece lo intempestivo, le ocurre al tiempo, pero no ocurre a tiempo. Contra-tiempo. The time is out of joint. Habla teatral, habla de Hamlet ante el teatro del mundo, de la historia y de la política. La época está fuera de quicio. Todo, empezando por el tiempo, parece desarreglado, injusto o desajustado. El mundo va muy mal, se desgasta a medida que envejece, como dice también el Pintor en la apertura de Timón de Atenas (tan del gusto de Marx, por cierto). Ya que se trata del discurso de un pintor, como si hablara de un espectáculo o ante una pintura: «How goes the world? — It wears, sir, as it grows». En la traducción francesa de François-Victor Hugo: «El Poeta. — Hace mucho tiempo que no os veo. ¿Cómo va el mundo? El Pintor. — Se gasta, señor, a medida que envejece».

Este desgaste en la expansión, en el crecimiento mismo, es decir, en la mundialización del mundo, no es el desenvolvimiento de un proceso normal, normativo o normado. No es una fase de desarrollo, una crisis más, una crisis de crecimiento, ya que el crecimiento es el mal (It wears, sir, as it grows), no es ya un fin-de-las-ideologías, una última crisis-del-marxismo, o una nueva crisis-del-capitalismo.

El mundo va mal, la pintura es sombría, se diría que casi negra. Formulemos una hipótesis. Supongamos que, por falta de tiempo (el espectáculo o la pintura están siempre «faltos de tiempo»), se proyecta solamente pintar, como el Pintor de Timón de Atenas. Un pintura negra sobre una pintura negra.

Taxonomía o detención de la imagen. Título: The time is out of joint o: «Lo que hoy va tan mal en el mundo». A este título banal habría que tolerarle su forma neutra, para evitar hablar de crisis, concepto muy insuficiente, y para evitar decidir entre el mal como sufrimiento y el mal como entuerto o como crimen.

A este título para una posible pintura negra se le podrían añadir simplemente algunos subtítulos. ¿Cuáles?

La pintura kojeviana del estado del mundo y de los Estados Unidos de la postguerra podía ya entonces chocar. El optimismo se teñía allí de cinismo. Era ya entonces insolente decir que «todos los miembros de una sociedad sin clases pueden apropiarse, desde ahora, de todo lo que les plazca, sin por ello trabajar más de lo que les apetezca». Pero ¿qué pensar hoy de la imperturbable ligereza que consiste en cantar el triunfo del capitalismo o del liberalismo económico y político, «la universalización de la democracia liberal occidental como punto final del gobierno humano», el «fin del problema de las clases sociales»?, ¿qué cinismo de la buena conciencia, qué denegación maníaca puede hacer escribir, cuando no creer, que «todo lo que obstaculizaba el reconocimiento recíproco de la dignidad de los hombres, siempre y en todas partes, ha sido refutado y enterrado por la historia»[1]?

Provisionalmente y por comodidad, atengámonos para empezar a la caduca oposición entre guerra civil y guerra internacional. Con respecto a la guerra civil, ¿hay que recordar otra vez que nunca la democracia liberal de forma parlamentaria ha sido tan minoritaria ni ha estado tan aislada en el mundo? ¿Que nunca estuvo en semejante estado de disfuncionamiento en lo que se llaman las democracias occidentales? La representatividad electoral o la vía parlamentaria no sólo está falseada, como fue siempre el caso, por un gran número de mecanismos socio-económicos, sino que se ejerce cada vez peor en un espacio público profundamente trastornado por los aparatos tecno-tele-mediáticos y por los nuevos ritmos de la información y de la comunicación, por los dispositivos y la velocidad de las fuerzas que representan, e igualmente, y como consecuencia, por los nuevos modos de apropiación que aquéllas ponen en marcha, por la nueva estructura del acontecimiento y de su espectralidad que producen (que inventan y ponen al día, inauguran y revelan, hacen suceder y sacan a la luz a la vez, ahí donde aquéllas estaban ya ahí sin estar ahí: de lo que aquí se trata es del concepto de producción en su relación con el fantasma). Esta transformación no afecta sólo a los hechos, sino al concepto de tales «hechos». Al concepto mismo del acontecimiento. La relación entre la deliberación y la decisión, el mismo funcionamiento del gobierno ha cambiado, no solamente en sus condiciones técnicas, su tiempo, su espacio y su velocidad, sino también, sin que nos hayamos realmente dado cuenta, en su concepto. Acordémonos de las transformaciones técnicas, científicas y económicas que, en Europa, después de la Primera Guerra Mundial, habían ya trastornado la estructura topológica de la res publica, del espacio público y de la opinión pública. No afectaban solamente a esta estructura topológica, sino que comenzaban incluso a hacer problemática la presuposición de lo topográfico y que hubiera un lugar y, por tanto, un cuerpo identificable y estabilizable para el habla, la cosa o la causa pública, poniendo en crisis, como se dice a menudo, a la democracia liberal, parlamentaria y capitalista, abriendo así el camino a tres formas de totalitarismo que después se aliaron, se combatieron o se combinaron de mil maneras. Ahora bien, estas transformaciones se amplifican hoy desmesuradamente. Por otra parte, este proceso no responde ya siquiera a una ampliación, si por esta palabra se entiende un crecimiento homogéneo y continuo. Lo que ya no se mide es el salto que nos aleja ya de aquellos poderes mediáticos que, en los años veinte, antes de la televisión, transformaban profundamente el espacio público, debilitaban peligrosamente la autoridad y la representatividad de los electos y reducían el campo de las discusiones, deliberaciones y discusiones parlamentarias. Podría incluso decirse que ya ponían en cuestión a la democracia electoral y a la representación política, al menos tal y como las conocemos hasta ahora. Pues si, en todas las democracias occidentales, se tiende a no respetar ya al político profesional, ni siquiera al hombre de partido como tal, no es ya solamente a causa de tal o cual insuficiencia personal, de tal o cual fallo o de tal o cual incompetencia, de tal o cual escándalo —que en lo sucesivo son cada vez mejor conocidos, amplificados, de hecho con frecuencia producidos, si no premeditados, por un poder mediático—. Y es que el político se convierte cada vez más, casi de manera exclusiva, en un personaje de representación mediática en el momento mismo en que la transformación del espacio público, precisamente por los media, le hace perder lo esencial del poder e incluso de la competencia que ostentaba anteriormente y que recibía de las estructuras de la representación parlamentaria, de los aparatos de partido vinculados a ella, etc. Cualquiera que sea su competencia personal, el político profesional conforme al antiguo modelo tiende hoy a resultar estructuralmente incompetente. El mismo poder mediático acusa, produce y amplifica a la vez esta incompetencia del político tradicional: por una parte, le sustrae el poder legítimo que recibía del antiguo espacio político (partido, parlamento, etc.), pero, por otra parte, le obliga a convertirse en una simple silueta, si no en una marioneta en el teatro de la retórica televisiva. Antes se le consideraba actor de la política, ahora corre a menudo el riesgo, como es bien sabido, de no ser más que actor de televisión[2]. Respecto de la guerra internacional o civil-internacional, ¿es necesario aún recordar las guerras económicas, las guerras nacionales, las guerras de las minorías, el desencadenamiento de los racismos y de las xenofobias, los enfrentamientos étnicos, los conflictos culturales y religiosos que hoy en día desgarran la Europa llamada democrática y el mundo? Regimientos de fantasmas han reaparecido, ejércitos de todas las épocas, camuflados bajo los síntomas arcaicos de lo para-militar y del super-armamento postmoderno (informática, vigilancia panóptica por satélite, amenaza nuclear, etc.). Aceleremos. Más allá de estos dos tipos de guerra (civil e internacional) cuya frontera ya apenas se distingue, ennegrezcamos aún más el cuadro de este desgaste más allá del desgaste. Señalemos de un plumazo lo que amenazaría con hacer que la euforia del capitalismo demócrata-liberal o socialdemócrata pareciese la más ciega y delirante de las alucinaciones, o incluso una hipocresía cada vez más chillona con su retórica formal o juridicista sobre los derechos humanos. No se tratará solamente de acumular los «testimonios empíricos», como diría Fukuyama, no bastará con señalar con el dedo la masa de hechos irrecusables que este cuadro podría describir o denunciar. La cuestión, muy brevemente expuesta, no sería ni siquiera la del análisis al que habría que proceder entonces en todas estas direcciones, sino la de la doble interpretación, la de las lecturas rivales que este cuadro parece reclamar y obligarnos a asociar.




[1] Allan Bloom, citado en Lignes (cit., p. 30) por Michel Surya, que recuerda justamente que Bloom fue «maestro y ensalzador» de Fukuyama.

[2] Veamos dos ejemplos recientes, cogidos al vuelo de la «información», cuando releía estas páginas. Se trata de dos «pasos en falso» más o menos calculados cuya posibilidad hubiera sido inimaginable sin el medio y los ritmos actuales de la prensa. 1. Dos ministros intentan influir en una decisión gubernamental en trámite (por iniciativa de uno de sus colegas), explicándose en la prensa (esencialmente televisiva) a propósito de una carta supuestamente «privada» (secreta, «personal» o no oficial) que dirigieron al jefe del gobierno y que «lamentan» que haya sido divulgada en contra de su intención. En cualquier caso, y sin ocultar su mal humor, el jefe del gobierno, a pesar de todo ello, les sigue, seguido por el gobierno, seguido por el Parlamento. 2. «Improvisando» lo que parece una pifia durante una entrevista radiofónica a la hora del desayuno, otro ministro del mismo gobierno provoca en un país vecino una viva reacción del banco emisor y todo un proceso político-diplomático. Se debería analizar también el papel que desempeñan la velocidad y la potencia mediáticas en el poder de cierto especulador—individual e internacional— que, todos los días, ataca o sostiene tal o cual moneda. Sus llamadas telefónicas y sus frasecitas televisadas pesan más que todos los parlamentos del mundo sobre Io que se llama la decisión política de los gobiernos.




del Capítulo 3 («Desgastes»), de Espectros de Marx.

miércoles, mayo 30, 2007

“Poesía palestina de resistencia”, de Nelly Marzouka



El alma del hombre noble tiene dos metas,
o morir o lograr sus sueños
Abdelrahim Mahmoud



En la poesía palestina, el tema recurrente, es el grito de dolor ante la muerte, la expulsión y el sacrificio en tierras lejanas. La poesía palestina conlleva de forma implícita, la historia de vida de todo un pueblo expulsado de cuajo de su propia tierra y la de sus antepasados, pueblo que vive añorando el regreso. Cuando poetas palestinos como Darwish, Zayyad, Al Qasim o Touqan, rememoran la tierra madre recurriendo a la frase, "desde la otra orilla" , en clara alusión al río Jordán, es sinónimo claro y conciso de la voluntad de volver al lugar de donde fueron expulsados.



Fadwa Touqan escribe para los combatientes palestinos que luchan contra la ocupación extranjera, en su poema “Siempre Vivo” dice: Del temblor de la vida y de la muerte surgirá en ti la vida nuevamente, en alusión a la tierra que nos vió nacer del vientre de nuestras madres, y al igual que ellas, nos amamantó, como escribiese Salem Jubran: y teniendo yo hambre, un extraño mame de ella. Palestina representa aquí la madre tierra, violentada y ultrajada, pero es también la esperanza del retorno y el renacer.



La expresión poética palestina se afianza con el dolor del exilio, y holocausto, en el constante devenir de los refugiados, en su larga espera, como cuando el poeta Tawfik Zayyad escribe en el poema “Puente de vuelta”: y de mi carne, levantaré el puente de nuestra vuelta, en las dos orillas. Lluis Llach, dice en el poema “Palestina”: De tus campos de piel morena arrancan los árboles / como si así desarraigaran tu mañana. / Entierran a tus hijos cuando aún sonríen / esperando convertir tu vientre en un yermo. / Cuando hieren tus brazos el odio se hace fascismo: / los golpean quienes escarnecen su pasado.



En la poesía palestina, se mantiene latente el dolor del destierro y exilio, con todas las implicancias por lo que forzosamente se deja atrás. Así en “Carta de la Plaza de los cesantes”, expresa Samih Al- Qasim: Tal vez pierda, como pretendes, mi sustento. / Tal haya de poner a la venta mis ropas y mis muebles. / Tal vez tenga que trabajar como cantero, / como mozo de cuerda o barrendero / Tal vez insulte un niño, y una niña, / a mi pueblo y mi padre. / Tal vez mi historia la falsee un cobarde, / y transforme en arañas mis corderos. / Tal vez dejes privados a mis hijos de su traje de fiesta. / Tal vez a mis amigos les engañes con un rostro prestado. / Tal vez alces, rodeándome, / muros, muros y muros. / Y tal vez contra viles visiones crucifiques.



La poesía palestina se transforma en otro frente de resistencia a la ocupación militar extranjera y la injusticia generada de tal situación, como dice Nizar Qabbani en “Carteles sobre los Muros de Israel”: No haréis de nuestro pueblo / un pueblo de pieles rojas, / pues nosotros nos quedamos aquí... Agrega Tawfiq Zayyad, en “No nos iremos”: Bebeos el mar, / que aquí permanecemos. / ¿La firme resistencia? : Con los dientes / defenderé cada palmo de tierra de mi patria, / con los dientes.



Palestina es la llama encendida en el corazón de cada hijo de la invulnerable tierra, no invocaremos en nuestra narrativa maldiciones a quien nos somete y oprime al tortuoso exilio, sino que de nuestras mejores armas, de la pluma y las hojas, inyectamos en nuestro pueblo la esperanza de una vida menos dura y más libertaria, y aunque en la cruz de la indolencia nos crucifiquen y en la hoguera de la injusticia no nos dejen respirar, ténganlo por seguro que en algún lugar del mundo, donde algún palestino aún respire, habrá una pluma y una hoja de papel combatientes que mostrarán al mundo el amor por nuestra tierra, como escribieran Samih Al Qasem,y Mahfud Massis: Hasta el último pulso de mis venas, resistiré. Hasta que se me acabe el aire en los pulmones, resistiré. Hasta sentarme en mi patio y observar mi atardecer, resistiré.





martes, mayo 29, 2007

"Amor constante más allá de la muerte", de Francisco de Quevedo




Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.




1648

lunes, mayo 28, 2007

"Escritos sin futuro", de Martín Hopenhayn

Fragmento




Ella entrega su cuerpo al vestido que disimula su cuerpo, al vestido que revela su cuerpo, al vestido que ciñe su cintura y resalta sus pechos. Su vestido inventa un cuerpo que ella no posee del todo, un cuerpo que ella desea que otro cuerpo desee. Se entrega al hombre que su vestido seduce, que la seduce por su vestido, que al apretarse contra ella y poseerla sólo quisiera poseer el cuerpo que inventa su vestido. Mientras ese cuerpo deseado, que no es totalmente el suyo, goza bajo el calor del cuerpo del amante, su verdadero cuerpo vigila, escupe hacia adentro, llora una virginidad arrepentida.





Fotografía: Helmuth Newton



domingo, mayo 27, 2007

«De la brevedad engañosa de la vida», de Luis de Góngora





Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.




1623












sábado, mayo 26, 2007

“Cuentos crueles”, de Villiers de L’isle Adam

Fragmento


¡Oh, bellas veladas! Ante los resplandecientes cafés de los bulevares, sobre las terrazas de las heladerías de moda, ¡cuántas mujeres en vestidos vivaces, cuántas elegantes trotacalles se sienten a gusto! Aqui están las pequeñas vendedoras de flores que circulan con sus cestos. Las bellas desocupadas aceptan esas flores que pasan, recogidas, misteriosas.

-¿Misteriosas? -¡Sí, sí las hay!

Sabed, sonrientes lectoras, que existe en París mismo cierta agencia sombría que se entiende con varios conductores de entierros lujosos y hasta con los mismos sepultureros, con el fin de robar a los difuntos de la mañana y no dejar que se marchiten inútilmente sobre las sepulturas frescas todos esos espléndidos bouquets, todas esas coronas, todas esas rosas con los que, por centenares, la piedad filial o conyugal sobrecarga diariamente los cata­falcos. Esas flores son casi siempre olvidadas tras las tenebrosas ceremonias. No se piensa en ellas, hay apuro por irse... ¡Es comprensible!

Es entonces cuando nuestros amables sepulture­ros se muestran más felices. ¡Estos señores no ol­vidan las flores! No viven en las nubes. Ellos son gente práctica. Las roban a brazadas, silenciosa­mente. Arrojarlas rápidamente por arriba del muro, sobre un carro propicio, es para ellos cosa de un instante. Dos o tres de los más vivos y despabilados llevan la preciosa carga a unos floristas amigos que, gra­cias a sus dedos de hada, arreglan de mil formas, en múltiples bouquets de corpiño y de mano, y aun en rosas aisladas, esos melancólicos despojos.

Entonces llegan las pequeñas vendedoras noc­turnas, cada una con su canastilla. Cuando los pri­meros fulgores reverberan, circulan por los buleva­res, ante las terrazas resplandecientes, por los mil lugares de placer. Y los jóvenes aburridos, ansiosos de quedar bien ante las elegantes por las que sienten alguna in­clinación, adquieren esas flores a alto precio y las ofrecen a sus damas. Éstas, todas blancas de maquillaje, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o las colocan en la juntura de sus corpiños.

Y los reflejos del gas vuelven los rostros pálidos. De modo que estas criaturas-espectros, así ador­nadas con las flores de la Muerte, llevan, sin sa­berlo, el emblema del amor que dieron y del amor que reciben.








viernes, mayo 25, 2007

«El tercer ojo», de Lobsang Rampa

Extractos del Capítulo XIV




Ahí descansamos dos días. Nos dolía la espalda del peso de nuestra impedimenta y parecía como si nos fuesen a estallar los pulmones por falta de aire. Después de aquel descanso, proseguimos la ascensión cruzando hondonadas y barrancos. Para pasar sobre algunos de éstos teníamos que arrojar ganchos que se clavaban en el hielo y a los que habíamos atado cuerdas con la esperanza de que no se soltaran. El que pasaba a la otra parte del precipicio ayudaba a los demás. A veces no podíamos clavar los ganchos y entonces uno de nosotros se ataba la cuerda a la cintura y oscilaba como un péndulo para pasar al otro lado y tender desde allí la cuerda. Esto lo hacíamos por turno, pues era una tarea muy difícil y peligrosa. Un monje murió. Se había elevado mucho por nuestra parte del precipicio y al dejarse balancear calculó mal el impulso y se estrelló contra el muro de enfrente con terrible fuerza, dejándose pedazos de la cara y del cerebro en las dentadas rocas. Rescatamos el cuerpo tirando de la cuerda, y le hicimos un funeral. No podíamos enterrar el cadáver porque sólo había por allí rocas; de modo que le dejamos expuesto al viento, a la lluvia y a las aves. El monje a quien tocaba el turno estaba muy nervioso y le sustituí yo. Tenía la convicción de que, con las predicciones que se habían hecho sobre mi porvenir, nada podría sucederme y mi fe quedó recompensada. A pesar de la predicción, me balanceé con mucha precaución y alcancé el borde del otro lado con la mayor suavidad posible. El corazón me latía como si fuera a estallar y por fin conseguí mi objetivo. Mis compañeros me siguieron uno por uno.

En lo alto del precipicio descansamos un poco y nos hicimos té, aunque a semejante altitud no podía calentarnos el té. Algo menos cansados, volvimos a cargarnos con nuestros bultos y proseguimos hacia el corazón de esta terrible región. Pronto llegamos a una capa de hielo —quizás un glaciar— y nuestro avance se hizo aún más penoso. Carecíamos de botas claveteadas, de hachas para el hielo, así como de lo demás que suele constituir el equipo de un montañero; nuestro equipo consistía sólo de unas botas corrientes de fieltro, cuyas suelas estaban atadas con pelo de yak para que agarrasen mejor, y las cuerdas y ganchos imprescindibles.


Allí fue donde por primera vez vi un yeti. Estaba yo inclinado cogiendo hierbas medicinales cuando algo me hizo levantar la cabeza. A unos nueve metros de mí se hallaba el extraño ser del que tanto había oído hablar. Los padres tibetanos suelen asustar a sus niños cuando son traviesos, diciéndoles: «Si no eres bueno, te llevará un yeti.» Por fin, pensé, un yeti iba a llevarme con él. Y, la verdad, no me hacía gracia. Nos quedamos mirándonos fijamente, inmovilizados por el miedo, durante un tiempo que me pareció eterno. Me estaba señalando con una mano mientras emitía un curioso maullido. Me pareció notar que le faltaban los lóbulos frontales y que la frente la tenía aplastada a partir de las mismas cejas, muy pobladas e hirsutas. También la barbilla le retrocedía y tenía los dientes muy anchos y salientes. Sin embargo, la capacidad de su cráneo, con excepción de la frente, resultaba muy parecida a la del hombre moderno. Sus manos eran grandes, y también sus pies. Era patizambo y con los brazos mucho más largos de lo normal. Observé que el yeti andaba con la parte exterior de los pies, como los seres humanos. Los monos y animales semejantes no andan con las palmas de las manos y los pies.

Seguramente debí de hacer algún movimiento brusco, quizás un brinco, cuando pude reaccionar, porque el yeti chilló de pronto, se volvió y se alejó dando saltos. Me pareció que daba los saltos con una sola pierna. Mi reacción fue también salir corriendo... en la dirección opuesta, claro está. Luego, cuando pude pensar con calma sobre aquel encuentro, llegué a la conclusión de que había batido el récord tibetano de sprint para altitudes superiores a siete mil metros. Luego vimos varios yetis a lo lejos. Se apresuraron a esconderse en cuanto nos divisaron y nosotros, por supuesto, no los perseguimos. El lama Mingyar Dondup nos dijo que estos yetis eran precedentes de la raza humana que habían tomado un camino diferente en la evolución y que sólo podían vivir en los sitios más recónditos. Con gran frecuencia hemos oído historias de yetis que han abandonado estas regiones para hacer incursiones cerca de los sitios habitados. Se habla también de yetis machos que han raptado a mujeres solitarias. Quizá sea éste el procedimiento que siguen para perpetuar su especie. Algunas monjas tibetanas nos lo han confirmado. Concretamente recuerdo que en un monasterio de monjas nos dijeron que una de ellas fue raptada por un yeti una noche en que se había alejado. Sin embargo, no es de mi competencia escribir sobre estas cosas. Sólo puedo decir que he visto yetis y crías de yetis, y también esqueletos de estos seres casi fabulosos.

Algunas personas han puesto en duda lo que he contado sobre los yetis. Incluso se han escrito libros sobre ellos; pero sus autores reconocen que no han visto ni uno. Yo, en cambio, los he visto. Hace años se reían de Marconi cuando aseguró que iba a enviar un mensaje por radio a través del Atlántico. Los sabios occidentales dictaminaron solemnemente que el hombre no podría viajar a más de setenta y cinco kilómetros por hora, ya que pasada esa velocidad morirían por la presión del aire; y cuando se decía que existían unos peces que eran «fósiles vivientes», se consideraba esto una patraña. Ahora los hombres de ciencia los han visto, los han capturado y disecado. Y si el hombre occidental se sale con la suya, nuestros pobres yetis serán también capturados, disecados, conservados en alcohol. Creemos que los yetis se han refugiado en estas zonas montañosas y que en el resto del mundo se ha extinguido su especie. Cuando se ve uno de ellos por primera vez produce una impresión de terror. La segunda vez se siente compasión por estas criaturas de una época antiquísima que están condenados a desaparecer por las exigencias de la vida moderna.



1956
















jueves, mayo 24, 2007

“Cartas desde la Montaña de Kaf”, de Qamar bint Sufan


Carta 1



Hermanos míos, durante los días pasados, han soplado los vientos fríos del norte. El frío en la noche ha barrido furiosamente estas tierras. Las pocas hierbas que habían brotado los días anteriores han amanecido agostadas.

Ésta mañana, el pájaro Simurgh voló sobre nuestras cabezas, su sombra se extendía, al frente, hasta el horizonte, a nuestra espalda, hasta el otro horizonte, incluso más allá. La soledad también se extiende. ¿Es la soledad un refugio seguro o es el báculo del caminante? Aislados del mundo, solos en nosotros mismos, extranjeros en este orbe y sin embargo partes de él, nos refugiamos en nuestra propia sombra. Desde nuestra unificación, nosotros somos solamente nosotros y a la vez somos otros muchos. Esperamos y deseamos que no lo comprendáis, que no ocupéis vuestra razón y vuestro intelecto en tratar de explicar el perfume de la rosa. No perdáis el tiempo. Si os ocupáis en el análisis del amor: ¿quién amará? Si buscáis los componentes químicos del perfume: ¿quién se embriagará? Un estudioso debe situarse fuera del objeto de su estudio. Si eres un marino, no eres una gota de agua, pero si te conviertes en una gota de agua, jamás podrás naufragar. Si eres un grano de arena, el viento te llevará por todos los desiertos y todos lo oasis, conocerás la esencia de lo seco y de lo húmedo, porque serás parte de ello.

No estudiéis la esencia porque es inabarcable. Uníos a ella y la conoceréis con el corazón. Donde las palabras de vuestra lengua no lleguen, llegará la vibración de vuestro ser interno.

Nos preguntáis por el lugar donde podréis encontrar vuestros nombres perdidos, aquellos que os han sido otorgados y no recordáis. Os respondemos. Buscad el pájaro Simurgh. Buscadlo sin descanso porque él custodia la llave del libro donde se anotaron. Sólo cuando lo encontréis recobraréis vuestro Nombre.

Si sois buscadores de enigmas, estáis perdidos. Los enigmas no existen para el conocedor. Para el ignorante todo es un enigma.

Hay gentes que no conociéndose a sí mismas buscan desesperadamente un lugar donde poder ubicarse. A pesar de sus rectas intenciones ¿cómo encontrarán el camino justo si no saben hacia donde quieren ir? Sus corazones no descansan, corriendo inútilmente entre peligrosos precipicios y valles perfumados que apenas ven. El desorden de sus corazones los hace sordos para la Llamada y mudos para la Palabra. El peor viajero es aquel que carga su bolsa con cien mil objetos inútiles que le impiden avanzar.

En las laderas hemos plantado rosales y hermosas viñas. Aquellos viajeros que llegan a estos jardines se maravillan a la vista de la vid y con la contemplación de las rosas. El perfume de la rosa y el sabor del vino, lo traen ellos consigo. El viajero que llega a la montaña es un constructor a las órdenes del Arquitecto. El maestro de obras nos dirige sabiamente, e incansables reforzamos las laderas.




miércoles, mayo 23, 2007

"Fútbol, a sol y sombra", de Eduardo Galeano



El fútbol

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.

En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia
del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.



¿El opio de los pueblos?
¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».










1995







martes, mayo 22, 2007

“Rodrigo Rey Rosa en Mali, creo”, de Roberto Bolaño



Tal vez sería conveniente hablar de los últimos libros de Rey Rosa, el libro sobre la India y su última novela, una joya de escasas páginas, que arroja una mirada distinta sobre la novela negra, género en el que todos se atreven y del que muy pocos salen bien librados. Decir que Rodrigo Rey Rosa es el escritor más riguroso de mi generación y al mismo tiempo el más transparente, el que mejor teje sus historias y el más luminoso de todos, no es decir nada nuevo.

Hoy prefiero recordar una historia que él me contó. La historia trata de un viaje a un país africano, creo que era Mali, no soy capaz de precisarlo. En cualquier caso Rey Rosa llega en avión, a la capital, una ciudad caótica y cerca de la costa. Tras pasar unos cuantos días allí se traslada en autobús hacia un pueblo del interior. En ese punto acaba la carretera o bien, es una posibilidad, la carretera se vuelve incierta, como una pista en el desierto que cualquier golpe de viento deshace.

El pueblo está junto a un río y Rey Rosa toma una barca que navega río arriba interminablemente. Finalmente arriba a una aldea, y tras caminar y preguntar a la gente, llega a una casa, una casa de ladrillos de una sola habitación, que es el lugar al que se dirigía. La casa, que pertenece a un pintor mallorquín que probablemente es uno de los grandes pintores contemporáneos, está vacía. En algún lugar hay un arcón y dentro de ese arcón, a salvo de las termitas, se halla la biblioteca del pintor. Esa noche Rey Rosa lee hasta tarde, iluminado por una vela, pues allí, es obvio decirlo, no hay luz eléctrica. Después se cubre con una manta y se echa a dormir.

Durante algunos días permanece en la aldea, que apenas si tiene las suficientes cabañas como para merecer ese nombre. Compra comida a los lugareños, bebe té a orillas del río, da largos paseos hasta el borde del desierto. Un día termina de leer el libro que ha cogido del ya legendario arcón y entonces lo devuelve a su lugar, cierra la casa y se marcha. Cualquier otro hubiera emprendido de inmediato el camino de regreso. Rey Rosa, sin embargo, sale de la aldea, como se suele decir, por la parte de atrás, no por la parte del río, y se dirige a unas montañas. He olvidado el nombre de éstas. Sólo sé que al atardecer adquieren un tono azulado que pasa, paulatinamente, del azul pastel al azul metálico. La oscuridad, por descontado, lo sorprende caminando por el desierto, y aquella noche duerme entre alimañas. Al día siguiente reemprende el camino. Y así, hasta llegar a las montañas, que encierran pequeños valles estériles, en donde el mar de arena va desgastando las rocas. Aún pasa allí una noche más. Luego regresa a la aldea, al río, al pueblo, al autobús, a la capital y al avión que lo lleva hasta París, en donde por ese entonces vivía.

Cuando me contó la historia le dije que un viaje así me mataría. Rodrigo Rey Rosa, que cree en la vida como sólo creen los niños y los que han sentido la presencia de la muerte, me respondió que no era para tanto.



en Entre paréntesis, 2004




lunes, mayo 21, 2007

"Insomnio", de Dámaso Alonso




Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según
          las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho
          en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir
          blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro
          enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente
          de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué
          se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
          de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?








domingo, mayo 20, 2007

“El dinero de los poetas”, de Lêdo Ivo





El dinero de los poetas yace en los supermercados.

Los sueños de los poetas están guardados en los bancos.

En el desperdicio del mundo el poema de amor se inclina hacia el suelo

como una paloma que en la plaza al atardecer busca el grano de maíz

tirado por los turistas

antes que la noche la devuelva al secreto de su cornisa.

Quiero esconderme en ti, en casa, pero ninguna llave abre mi puerta.

En la playa lacerada por los caracoles ningún viento rasga mi estandarte.

Donde estoy el sol no hiere el dorso del lagarto

ni el agua del enlosado lava la muerte.

Desciendo la escala de mármol y deposito en la caja fuerte la refulgente

joya de mi pesadilla.

Para mí solo guardaré la moneda humillada por el óxido

que el tiempo condenó a no ser pan.



sábado, mayo 19, 2007

"Los dones previsibles", de Stella Díaz Varín






I

Eran los dones previsibles.
El espacio habitable
En una tierra
Donde a poco de hurgar
Nos entrega la cosecha
En las manos germinadas de arándanos

Estos, los dones previsibles.. .
Entonces el asombro moribundo pez
Abstracto en la dimensión de una sonrisa
Súbito en lo profundo del dolor
Desecha una escalera de agua.


II


Soledad vertical de cada espiga
Tiempo en el aire poblado de gestos
Por el don previsible.



III

He desposado el contorno de un rostro
O el bello pálido de la paloma
He esperado la bandera en la luz

He viajado en la piel del mes de agosto
Hacia los crueles mundos
Donde la lágrima es apenas una promesa

He vuelto desde la noche de mis huesos
Al previsible don de la mañana
Donde la sangre no escarmienta
Al don previsible de mi lecho
Donde la ausencia tiene su cobija
Entrego mi presencia
a los sueños efímeros

Es el don previsible
Del que ha sembrado los vientos.. .



IV

Tú llevas una bandera me han dicho.
Si.
Tú llevas una bandera
Yo sé
Que la bandera es de un rojo profundo
Toda bandera es un río de sangre.



V

La voluntad de latir está en el sonido
La multitud del tambor
Es la voz de la muchedumbre.
La voz del tambor
Es un corazón que late a herida abierta
En una sola instancia.



VI

Me refugio a la sombra de la percusión
Cerca de lo que atraviesa mi piel
A la orilla del contenido manantial
A la sombra de una mirada oscura
Escucho los timbales
Desde los campos muertos.



VII

Un niño ensaya su geometría
Su cósmica medida de amor
La áurea medida de todas las cosas.
Juntos
Ensayamos una sonrisa de triunfo
Oyendo las bandadas del sonido.

Todo el ritmo nos pertenece
Nuestro don previsible
Este signo
Que es un extraño signo
Entre dos signos.



VIII

Me han quitado la sombra
El canto de los pájaros
La bienamada sombra de las alas
Tutela dulce
A mi dolida resistencia.
Otras voces requiebran sus agujas
en la reminiscencia de la piedra.

Pero el oído escucha
Y el ojo y la piel
Tienen su voz secreta
Su táctil llamarada
Me devuelve el sentido
Y hay un severo manantial
De paredes poderosas
Dentro de mi más hondo manantial
Donde
Todo lo que en el aire vibra
o huele o fulge o agoniza
Me nutre y se filtra y acentúa.



IX

Es así
Que la vida es en su muerte
Una pura substancia
Un sereno ocurrir, naturalmente
Un ritual
De poderes ocultos en su origen
Un circulo elemental
Un curioso bullicio
Un germinar muriendo.

Es así
Que estoy viva
Y en cada vida
Se me va la muerte.



X

Hubo una vez...
El amor enmudeció
los recintos de la memoria
Él
Era de las tristes partidas
De la última gota
Y fue escanciado en mi vaso

En el cauce verdadero
Su palabra rodaba
Anticipando una mañana sutil.

Yo era el río
Mi amado
Era el dios joven y el auriga.
Yo era el látigo.

La vibración del aire
Entre los abedules
Hacía mal a sus oídos
Fustigar la mariposa –me dijo una vez–
Va contra las leyes de la estética



XI
Lo atormentaba
mi cosecha de sueños antiguos
Pero yo fui la savia
Que lo nutrió en su adolescencia.

Ese
El que yo amaba
Cantó el canto de las aves pasajeras
Yo
Edifique los aires
para verificar la voz de la zampoña.




1987

















viernes, mayo 18, 2007

“Cerveza y vino II”, de Ernst Jünger




Se prefiere la cerveza en los países,
Donde el trigo madura noble y rubio,
Y la cebada punza tal virgen casta
cuando se la roza siquiera levemente.

Hebbel

108

En comparación con el vino, la cantidad tiene mayor importancia para la cerveza; como muestra ya la forma en que se bebe y la capacidad de los vasos en que se sirve. Valga como excepción las cervezas negras, fuertes y amargas que se presentan con una capa de espuma marrón; se sirve en jarras de plata, al acabar la mañana, mientras conversamos sobre cuitas, por las cuales somos blanco de la envidia.

La cerveza no se bebe a sorbos. Con una jarra de un litro y medio de cerveza podríamos apurar muchas copas de vino. En la bebida, incluso si la consideramos como un acto mecánico, debe de ocultarse un goce peculiar; bebedores corpulentos que podrían haber salido de un cuadro de Jordaens dan la impresión, cuando beben, de respirar un elemento líquido. Nos retrotrae a épocas en que aún no se bebía cerveza en jarras, sino hidromiel en cuernos.

El aguante es una de las virtudes divinas. Es verdad que Odín, el dios supremo, bebe moderadamente, y sólo néctares especiales, con poder mágico: la hidromiel de los bardos. La roba con astucia a la hija del gigante Suttung, que custodia el néctar. Así, se convierte en soberano de los bardos, pero por haber bebido del hontanar de Mimir, que otorga sabiduría, debe perder un ojo. Esa extraña fuente equivale en el lejano Norte al árbol de la ciencia; sin cesar y con diversas imágenes, mitos y leyendas describen el precio que debemos pagar por el saber. Otorga un poder inmenso, pero propio de criaturas de un solo ojo, de cíclopes. No nos desviamos un ápice de la naturaleza sin pérdida personal.




109


Thor, segundo en la jerarquía tras Odín y finalmente príncipe de los dioses al que los germanos no renunciaronm fácilmente y al que aún se mantuvieron fieles durante largo tiempo, era célebre como bebedor desaforado. Da pruebas de ello en el castillo del gigante Utgardloki, donde pasa la noche con su séquito y sus machos cabríos. En el patio se le reta a combate y a pruebas de fuerza en comer y beber; a torneos de lucha y levantamiento de pesos. Aunque Thor exhibe allí toda su fortaleza divina, no está totalmente a la altura del torneo, puesto que es la madre de los Titanes, la misma Tierra, quien le porfía. Ella combate como vieja nodriza, como señora Elle que encarna la vejez; se metamorfosea en gata, tras la que se oculta la serpiente de Midgard. Thor puede levantarla lo bastante como para que su lomo se retuerza, mientras la cabeza y la cola aún permanecen sobre el suelo. Por último toca el turno a la prueba del cuerno que hay que apurar. Thor se lo lleva tres veces a los labios, sin embargo, cuando mira el fondo, parece como si sólo hubiera dado un sorbo muy pequeño. Con todo, el gigante le confiesa que no ha bebido nada, puesto que la punta del cuerno está sumergida en el océano, de modo que el increíble trago ha hecho refluir las aguas a gran distancia de las orillas. A sus ojos, la marea era la repetición de este milagro en el tiempo.






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