lunes, enero 06, 2014

“Tal es la instancia”, de Rolando Cárdenas









Tal es nuestra instancia extrema.
Tu ocupación entre nosotros
era poner en claro mensajes y respuestas
lluviosa planta solanácea,
de tren en tren,
ceremoniosamente convertida en trigo
sonriente y sin oficiantes
para tu cansancio enardecido
de tiempos felinos,
hacia un mediodía sin pesadumbres.

Se ha dicho que no hay
usurpación más alta
en el bajel de la deserción.



en Vastos imperios, 1994
















domingo, enero 05, 2014

"Los fabricantes de barómetros en la isla mágica", de Ferdinand Raimund

Fragmento




El Coro: Todos los luchadores consagran su vida en el encantamiento de la guerra y muestran su valor en vano.

Hassan: Un poder desconocido, sobrenatural se cierne sobre la indignidad de los humildes habitantes de esta isla. Una fuerza que cubre a hombres, mujeres, niños, elefantes, tigres y monos.

Mercurio: Creo comprender.

Hassan: Señor, me atrevo incluso en mi calidad de esclavo, y en conciencia, a suplicarte que les rindas un merecido homenaje.

Mercurio: ¿Por qué ese extra? ¿No es suficiente su presencia entre los monos?

Hassan: En realidad no, señor. Me atrevería a presentar mi sumisión incluso en verso.

Mercurio: ¿Qué? ¿Quieres dirigirte a mí en verso? Es como si un buey quisiera volar.

Hassan: Soy un hombre atractivo, pero también sensible.

Mercurio: Por la noche tendremos un gran espectáculo con fuegos de artificio, la pirámides serán iluminadas con doscientas ruedas de fuego y –señalando a Hassan– tú me hablas de una belleza superior. Debo leer el código de la Ley anterior para saber qué hacer con alguien tan desagradecido.







1823








sábado, enero 04, 2014

“Única sangre”, de Mario Santiago Papasquiaro








Para Rebeca López


Naciste del semen de Gerard de Nerval
Exactamente a las plantas de su horca
De sus ojos radiantes / destrozados
De la entraña de su videncia inmaculada
De su poderosa mente extraterrena
De su charrasqueado & singular destino
Brotaste / buscándome
Enfrentando los océanos imposibles
Librando el albedrío de las tormentas
/ Como fuera /
Con tal de llegar a besar todas mis llagas
A los pies alados de esa misma horca
De la que también soy hijo



en Jeta de santo, 2008













viernes, enero 03, 2014

"Arte poética", de Vicente Huidobro





     Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

       Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

       Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

       Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

       El Poeta es un pequeño Dios.




en El espejo de agua, 1916











jueves, enero 02, 2014

“Ramón Aguilera en Chañaral”, de Carlos Almonte







Ha buscado el pasaporte de los años
esa voz temible que se asoma en el cuerpo antiguo,
en el cuerpo añoso
que resulta en cuatro mesas bien dispuestas,
un mantel floreado
y unos vasos de aguerrido vino
marcan cada paso,
cada prueba o dificultad que la vida interpone
en su camino.

Las moscas llenan el lugar,
de suciedad y desierto,
de sol, silencio y soledad.
Ya no quedan ganas
sólo la necesidad vacía de seguir un día más.
Ya no queda espacio,
las luces han callado su temblor de mano,
su mirada fija al horizonte,
su ebriedad de hombre adulto.

Busca entre la gente de la calle
algún espectador. Busca con desgano,
sabiendo que sólo esta mesa quedará encendida.
Cigarrillos, conchas quebradas, negras por el uso,
por la vida que transcurre en un pueblo
en la mitad de nada;
más allá el camino sube o se desvía,
más allá el baile intacto del indígena
enlazado por el cactus, por la savia verde, amarga,
por el aire del espíritu
recobra el ánimo.

Aguilera es un hombre de palabra.
Sorbe lentamente una caña demencial
que vacía en seis segundos.
Mira hacia la calle, la puerta, la dueña del local,
a nosotros que, expectantes, sobrios y descarnados,
lo miramos como al ídolo que siempre fue.
Torpemente acerca los parlantes,
y una temblorosa cinta puesta en el volumen diez.
Afuera no se mueve el tiempo
y el continente de las sombras reaparece
bajo el sol que cae sobre el gran océano.
Hasta los pelícanos, sobre un filón ardiente y seco
se detienen, procuran atisbar.

Abro la ventana un poco más.
Lentamente el aire se completa y la música comienza.
Aguilera mira de soslayo un póster viejo
de una virgen africana.
Toma un trago corto, se persigna
y sube al escenario.



en Cincuenta y un poetas en el Reyno de Chile, Inédito












miércoles, enero 01, 2014

"Coróname de rosas...", de Ricardo Reis

Versión de Rafael Díaz Borbón





Coróname de rosas,
de verdad coróname
          De rosas
Rosas que al quemar
Sobre una frente queman
          Demasiado Rápido!
Coróname de rosas
Y con el volátil follaje,
Que así sea.





12 de junio, 1914

















martes, diciembre 31, 2013

“Vida nueva”, de Emilia Pardo Bazán









Ángela entró: llegóse al espejo, dejó resbalar el rico abrigo de pieles; quedó en cuerpo, escotada, arrebolada aún la tez por la sofoquina del sarao, y se miró, y expresó en la cara esa rápida, indefinible satisfacción de la mujer que piensa: «¡No estoy mal! Lo que es hoy parecí bien a muchos».

Fue, sin embargo, un relámpago aquella alegría. Se nublaron los ojos de la dama; cayeron sus brazos perezosos a lo largo del cuerpo, y subiendo con negligencia las manos, empezó a desabrochar el corpiño. Antes del tercer corchete, detúvose: «Le aguardaré vestida -pensó-. Al cabo, hoy es noche de Año Nuevo. ¿Será capaz de irse en derechura a su cuarto?».

Cuando Ángela, resuelta ya, volvió a subir el abrigo y se reclinó en el diván para aguardar cómodamente, su corazón brincaba muy aprisa, y tumultuosas sensaciones hacían hervir su sangre y estremecían sus nervios. «También no es suya toda la culpa -pensaba, acusándose a sí propia, táctica usual en los desdichados-. Yo he dejado que las cosas se pusiesen así. Veo que desaparecen las costumbres tan monas de la luna de miel..., y transijo. Veo que se establecen otras secatonas, vulgares... y resignada. Veo que empezamos a salir cada uno por su lado... y no me atrevo a quejarme en voz alta. Veo que sólo nos hablamos a las horas de comer... y me da vergüenza de presentarme triste o furiosa. Esto no puede ser; algo he de poner de mi parte. La dignidad es cosa muy buena, sí, muy buena...; pero cuando se sufre y se rabia, y se le pasan a uno por la cabeza tantas ideas del infierno en un minuto, ¡valiente consuelo la dignidad!».

No era Ángela de las mujeres que lloran a dos por tres. Al contrario: aborrecía las lágrimas y los pucheros. Sin embargo, al concluir el soliloquio, sospechó que tenía los ojos húmedos... y, despechada, los frotó con el pañolito de Alençon que llevaba escondido en el pico del corselete. «El caso es -pensó, impaciente- que voy a tener plantón para rato. Me he venido tan temprano, sin querer tomar ni una taza de té... ¿Qué hora será?».

Como respondiendo a la pregunta de su dueña, el reloj de bronce dorado produjo esa ligerísima trepidación que anuncia que va a dar la hora, y empezó a darla, clara, argentina y delicadamente. Ángela contaba ansiosa: «Una, dos, tres, cuatro... No cabe duda, las doce... ¡Ha muerto un año, y el siguiente empieza al vibrar la última campanada!».

Ángela se levantó. El tocador, que precedía a la alcoba, se encontraba alumbrando solamente por las bujías que ante el espejo encendiera la doncella al retirarse. Otro espejo mayor, el del tremó, colocado enfrente, reflejaba las lucecillas en su ancha luna y fingía, allá en el fondo de la estancia, titilaciones vagas de objetos, movimientos de cortinajes y formas extrañas de muebles, que se prestaban a cualquier capricho de la imaginación. Ello es que Ángela, exaltada, materializó, por espacio de algunos segundos, la imagen del año que se iba y la del que venía. Los vio tal cual los pintan en alegorías y almanaques: el que se iba, centenario de luenga barba nívea, de agobiado espinazo, de trémulas manos secas, apoyado en nudoso bastón, envuelto en burdo capote gris, del gris acuoso de las nubes; y el que venía, rollizo bebé, en camisa, hoyoso, carrilludo, colorado, juguetón de pies, acariciador de manos, con luz del cielo en los ojos azules y rosas de primavera en los labios, que aún humedece la ambrosía de la leche maternal...

«A la verdad -pensó Ángela-, nene, eres muy lindo...; pero me gustarías más si tuvieses la cara de mi José Luis. ¡Año nuevo, añito nuevo, de poco me sirves si no traes vida nueva!... Mira, añito, que estoy determinada: o me la traes, o... ¿para qué quiero la que tengo?», exclamó casi en voz alta, cubriéndose el rostro con las manos y dando rienda suelta a sollozos roncos, rugidos de leona.

De súbito se enderezó; echó atrás la cabeza, brillaron sus ojos, se inflamaron sus mejillas... No cabía duda: sus pasos. Aun pagados por la alfombra, ¡cómo resonaban en el alma! ¡Sus pasos!... ¡Tan temprano!... ¡Tan oportunamente!... ¡Con tal acierto amoroso!... ¡Al dar las doce de la noche, la primera hora del año!

Ángela se precipitó a la puerta a tiempo que ya la empujaba José Luis. Su mujer le recibía con loco abrazo, olvidando toda la estrategia de coquetería que momentos antes combinaba para dar la batalla decisiva y recobrar, o saber si había perdido de veras, al amado esposo. ¡Rara coincidencia! Diríase que un pensamiento mismo o una misma necesidad de afecto puro, fuerte, sincero, ardoroso, impulsaba a ambos cónyuges, a una misma hora, a soltar la cadena por donde la habían roto desde tiempo atrás la indiferencia y el cansancio del varón. ¿Qué ocultos móviles determinaban la conducta de José Luis! ¿Desengaños y heridas fuera, que le llevaban a buscar calor dentro! ¿O, pensando más cristianamente, ritornelos de un amor no muerto, aunque adormecido? Lo cierto es que, desde el primer instante, vio y sintió Ángela que no era necesario atizar el fuego, pues conoció su intensidad en las ternezas y halagos, en las balbucientes palabras y hasta en el propio silencio del marido, que con dulce violencia la arrastraba al diván, y recostaba en los hombros de raso de la dama una frente tersa y juvenil, cubierta de pelo negro, cuyo aroma conocía Ángela tan bien que sus vagas emanaciones le causaban delicioso escalofrío.

La alegría prestó resolución a Ángela, y su corazón, antes cerrado, se abrió como se abre una flor de estufa en la templada atmósfera que prefiere. Durante un intermedio de venturosa languidez se desató su lengua, tuvo valor para quejarse de lo pasado, y dijo su soledad, su abandono en medio del desierto social, su desesperación muda, sus oscuras meditaciones, sus lágrimas sorbidas, sus protestas silenciosas y hondas... José Luis sonreía, mostrando los dientes blancos entre la limpia y sedosa barba, y contestaba con halagos, con risas, con graciosa mímica tierna y aduladora:

-Hoy empieza Año Nuevo, ¿sabes? -suspiraba ella, vehemente, anhelosa, menos embriagada con la realidad que embebecida en la esperanza-. Año nuevo, vida nueva... ¿Verdad que sí? ¿Verdad que no volverán días como esos del año pasado, tan largos, tan fríos, tan horrorosos? ¡Ese año maldito tuvo lo menos dieciocho meses! ¡Anda, dime que no volverán!... Vida nueva...
-¡Vida nueva! -repitió él, festivamente, ayudando, con gentil desmaña, a desceñir el elegante corselete de terciopelo rosa que rodeaba el talle de su mujer...

A la mañana siguiente, Ángela despertó antes que la doncella abriese las maderas: ardía aún la lamparilla tras los vidrios de colores que protegían su luz, y en tibio ambiente quedaban indefinibles rastros de la emoción, de la ventura pasada. Ángela miró a su alrededor; se vio sola; y seria, reflexiva, sacudiendo el sueño, se incorporó sobre el codo. «Unas horas felices, sí; ¡pero después!... Él se reía; ¡cómo se reía con aquello de vida nueva!... ¡Pobre de mí! No hay que soñar... Hoy empieza un año que será lo mismo que el otro... Hice mal en estar tan cariñosa... ¡Bah! Si el caso volviera a presentarse..., ¡estaría lo mismo! Año nuevo, ¡embustero!, me has engañado...».

Al pensar así, creyó Ángela que en las cortinas que cerraban el paso al tocador se agitaba una figurilla... La escasa luz no le permitió distinguirla claramente; pero la figurilla apartó las cortinas, y Ángela no pudo dudar. Era el Año Nuevo, el chiquitín, riente, rubio, fresco, con su camisilla de encajes, su gorrito de batista... Debajo del brazo traía una cuna dorada, con lazos de cinta azul. También él reía, como José Luis, pero reía a carcajadas, con la risa deliciosa de la primera niñez, que vierte chorros de inocencia divina y amenazaba con el dedito a la dama... Hasta fantaseó ella que el nene pronunciaba palabras sueltas, en media lengua confusa: «¡Tonta!... Yo necesito... ¡Vida nueva!... ¡Si..., yo..., vida nueva!... ¡Yo!...».

Ángela juntó las manos. Sus ojos se dilataron, su pecho se alzó para respirar ansiosamente; un ola de misterioso júbilo ascendió, desde las profundidades de su ser, al rostro, transfigurado por extática beatitud.

-¡Un niño! -murmuró, temblando.




en Obras Completas (Novelas y Cuentos), 1947









lunes, diciembre 30, 2013

"Nada tiene que ver el dolor con el dolor...", de Enrique Lihn





Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos
           amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la muerte –la niña
de sus ojos– un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado ojalá previamente de
           sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje
           desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
—mucho más mística que la primera comunión— pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástico de esa
           creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti carnalmente en el tiempo
           de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor escrito
           silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la casa es
           la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos









en Diario de muerte, 1989












Fotografía: Archivo Fotográfico de la Sección Referencias Críticas 
de la Biblioteca Nacional de Chile, 1986