sábado, septiembre 22, 2007

“Posmodernidad y la lógica cultural del capitalismo tardío”, de Gladys Adamson






Por cultura voy a tomar la definición del antropólogo Clifford Geertz quien escribió: “Creyendo con Max Weber que el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre”. Cultura por lo tanto es esa urdimbre de significaciones que toda sociedad crea para sí misma y que le permite reconocerse como tal.

El título de este artículo alude a una hipótesis de Fredric Jameson quien sostiene que el posmodernismo es una dominante cultural que corresponde a un momento histórico que él denomina de Capitalismo Tardío (según una definición de Mandel) o Capitalismo Multinacional. Dice Jameson: “La tesis general de Mandel, sostiene que el capitalismo ha atravesados tres momentos fundamentales y que cada uno de ellos ha significado una expansión dialéctica en relación con el período anterior: estos tres momentos son el capitalismo de mercado, el estadio monopolista o del imperialismo y nuestro propio momento, al que erróneamente se denomina posindustrial, pero para el cual un nombre mejor podría ser el de capitalismo multinacional(...) el capitalismo tardío o multinacional, o de consumo constituye (...) la forma mas pura de capital que haya surgido, produciendo una prodigiosa expansión de capital hacia zonas que no habían sido previamente convertidas en mercancías”.

Su hipótesis continua con una idea que juzgo novedosa: La fragmentación que aparece cono rasgo distintivo de la posmodernidad y que suele atribuirse a la complejidad tecnológica y a la saturación de información que proveen los medios masivos de comunicación para Jameson son las representaciones con las cuales tratamos de captar algo mas profundo “el sistema internacional del capitalismo multinacional de nuestros días” y del cual nos es imposible lograr una representación de totalidad.

Atribuimos la lógica de la fragmentación de la cultura posmoderna a la variedad y vertiginosidad de los cambios tecnológicos pero esto que constituiría la materialidad que explicaría la lógica de las representaciones culturales es lo que Fredric Jameson dice que constituye la representación posible de un irrepresentable que sería la lógica misma del capitalismo multinacional. Nos representamos a la tecnología como “causa” de la fragmentación en nuestra cultura porque nos es imposible representarnos la complejidad del capitalismo tardío o multinacional.

Puede ser útil comparar las ideas rectoras de la Modernidad, algo que diversos autores concuerdan en afirmar que comenzó a concluir luego de la década de 1950. La Modernidad se caracteriza por la confianza en el Progreso, por la búsqueda de una razón globalizante que dé cuenta del momento histórico y su devenir, la postulación de metas ideales, un fuerte sentido de la vida signada por responsabilidades acerca del mundo, responsabilidad por el otro, aun en el heroísmo, el imperio de la razón. Esta modernidad correspondía a la Industria Capitalista o al capitalismo industrial con sus fabricas, sus organizaciones obreras, sindicales.

La posmodernidad corresponde a un momento histórico diferente que corresponde al Capitalismo Tardío, a una sociedad de consumo, a una sociedad de la informática, de los medios masivos de comunicación a una sociedad de una tecnología sofisticada.

No toda nuestra cultura es posmoderna pero si el posmodernismo es una dominante cultural en nuestros días.

Algunos autores (Marshall Berman, Jürgen Habermas) no acuerdan en denominar a nuestro momento actual de Posmodernidad pero sí acuerdan en las características que definen a nuestra cultura contemporánea.

Aquí me parece importante incluir a un estudioso de las características culturales posmodernas como es Gilles Lipovetski. Este autor sostiene que asistimos a una nueva fase en la historia del individualismo occidental y que constituye una verdadera revolución a nivel de las identidades sociales, a nivel ideológico y a nivel cotidiano. Esta revolución se caracteriza por: un consumo masificado tanto de objetos como de imágenes, una cultura hedonista que apunta a un confort generalizado, personalizado, la presencia de valores permisivos y light en relación a las elecciones y modos de vida personales.

Estos cambios, novedosos a nivel de la cultura y los valores morales implican una fractura de la sociedad disciplinaria (tan bien analizada por Michel Foucault) y la instauración de una sociedad mas flexible “basada en la información y en la estipulación de las necesidades, el sexo y la asunción de los “factores humanos”, en el culto a lo natural, a la cordialidad y al sentido del humor”.

La cotidianeidad tiende a desplegarse con un mínimo de coacciones y el máximo de elecciones privadas posible, con el mínimo de austeridad y el máximo de goce, con la menor represión y la mayor comprensión posible. Poder planificar una vida “a la carta”. Esta sería la utopía de los tiempos posmodernos como el mito, tal cual lo señala Lipovetski, no sería Prometeo como en la Modernidad, sino Narciso.

La sociedad disciplinaria si bien correspondía a un sistema político democrático era de tipo autoritario. Se tendía a sumergir al individuo en reglas uniformes, en eliminar lo máximo posible las elecciones singulares en pos de una ley homogénea y universal, la primacía de una voluntad global o universal que tenia fuerza de imperativo moral que exigía una sumisión y abnegación a ese ideal.

En el contraste se ve la diferencia. Lo interesante de pensar es que la Modernidad plasmada como sociedad disciplinar constituyó una subjetividad y una forma de ejercer un control de esta subjetividad. Como lo señala Foucault, el control de las mentes y las conciencias permitió el control sobre los cuerpos y las prácticas sociales de los sujetos.

La posmodernidad no implica una liberación del control social. La posmodernidad no nos libera de una estrategia de control global. La manera de ejercer dicho control varía. Ahora dicho control se ejerce a través de la seducción, de una oferta de consumo, de objetos o de imágenes, consumo de hechos concretos o de simulacros. La cultura posmoderna es en definitiva una pluralidad de subculturas que corresponden a diversos grupos sociales y que adquieren su propia legitimación a existir y a coexistir con otras subculturas con igual o similar reconocimiento social. Dice Lipovetski: “la cultura posmoderna es descentrada y heteróclita, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y espontanea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger una de esas tendencias sino que, por el contrario desarrollará las lógicas duales, la correspondencia flexible de las antinomias”.

Se diversifican las posibilidades de elección individual, se anulan los puntos de referencia ya que se destruyen los sentidos únicos y los valores superiores dando un amplio margen a la elección individual. Lo interesante es pensar esta lógica no como la aspiración a un paraíso terrenal sino como una nueva forma de control social. La posibilidad de la constitución de una nueva subjetividad tal vez mas controlable que la subjetividad moderna-revolucionaria. Implican nada mas que tecnologías blandas de control.

El fin del trabajo: ¿la emergencia de una nueva cultura?

No podemos soslayar una problemática que constituye el centro de los debates sociales y psicosociales en el momento actual y que se percibe como una suerte de fantasma del futuro: el fin del trabajo tal como lo conocemos desde hace unos 200 años.

Los autores, que han encarado este tema con la seriedad que se merece son Jeremy Rifkin quien escribió un espléndido libro “El fin del Trabajo” y Robert Castel quien editó “La cuestión de la metamorfosis social” libro recientemente traducido al español. Hay datos históricos que resultan sumamente contundentes a la hora de pensar el fin del trabajo. Estos datos son: que a principio del siglo XIX la agricultura constituía la ocupación fundamental de los hombres. Todas las tareas agrícolas se realizaban “a mano”, arar, sembrar, carpir, regar, cosechar etc. A partir de 1850 las condiciones comenzaron a variar Mc Cormick invento la segadora, John Deere el arado de acero, mas adelante apareció el tractor. En la actualidad solo un 3% de la población laboral se dedica a tareas del agro. Estos trabajadores se trasladaron a las industrias que se hallaban en pleno auge. Llegaron a ocupar el 35% de la mano de obra de la clase trabajadora. Pero aquí también llegó la tecnología y la robotica y aunque la tecnificación de las industrias aumentaban la producción hacían que disminuyera estrepitosamente el caudal de obreros empleados.

Quedaba aún el sector de Servicios. Desde profesores a abogados, enfermeras y médicos cuidadores varios, funcionarios de gobierno administrativos y guardas de seguridad, este sector permitió salvar a la sociedad del terrible efecto desbastador del desempleo.

Actualmente el sector de Servicios también se está tecnificando, la computadora, el internet, la fotocopiadora, el procesador de textos etc. hace que se esté desplazando también de este sector a una masa de trabajadores que generan este gran interrogante: ¿adonde van? A este interrogante se suma otro que es: qué actividad humana va a suplir la multidimensionalidad de efectos, vinculares, culturales, de la vida cotidiana, barriales y subjetivos que produjo el trabajo hasta ahora?.

La ausencia de trabajo y el aumento del ocio forzado pone en evidencia que el trabajo es mucho mas que un medio de producción económica. El hecho que falte hace visible su múltiple función de organizar la cotidianidad no solo de un sujeto sino de su familia, genera hábitos, costumbres, horarios, es un medio de ubicación social de sentido para la vida, es generadora de subjetividad.

Si era el trabajo lo que producía todos estos efectos la gran pregunta es ¿qué otra actividad lo va a reemplazar como generadora de estos efectos que corresponden a la dignidad humana?

Desde los distintos autores: Rifkin y Castel se plantea la necesidad de repensar la cuestión social, la necesidad de pensar las condiciones de un nuevo contrato social, de reformular ala concepción de lo equitativo y de lo justo, de crear formas inéditas de solidaridad y a buscar modalidades originales de recomposición del tejido social.

La actual política mundial de exclusión y disgregación produce la segregación de los circuitos sociales de producción, de utilidad y de reconocimiento de una gran parte de la población mundial. Se perfila, así un modelo de sociedad en el que sus miembros no están ya vinculados por aquellas relaciones de interdependencia que teorizo Durkheim, por ejemplo y que permiten que se pueda hablar de una sociedad como un conjunto de sujetos que se reconoce, por rasgos, como “semejantes”. Tal es el peligro que comportan los fenómenos de exclusión: el exilio de una parte de la población respecto de la sociedad y la ciudadanía. El peligro no solo es encontrarnos en un nuevo tipo de sociedad sino en la descomposición de las condiciones de la democracia misma.

Vuelvo a la pregunta que implica todo un desafío: es posible que el trabajo deje de ser ese lugar central de dignidad y ciudadanía en un futuro, pero debamos preguntarnos, cuales serán las nuevas formas sociales de adquirirlas?








Ponencia presentada en el XI Congreso del Hombre Argentino y su Cultura “Debate sobre los modelos culturales a Fines de Siglo”. Cosquín, enero de 1997.











viernes, septiembre 21, 2007

"Vuelvo", de Inti-Illimani









Con cenizas, con desgarros,
con nuestra altiva impaciencia,
con una honesta conciencia,
con enfado, con sospecha,
con activa certidumbre
pongo el pie en mi país.
Y en lugar de sollozar,
de moler mi pena al viento,
abro el ojo y su mirar
y contengo el descontento.

Vuelvo hermoso, vuelvo tierno,
vuelvo con mi espera dura,
vuelvo con mis armaduras,
con mi espada, mi desvelo,
mi tajante desconsuelo,
mi presagio, mi dulzura.
Vuelvo con mi amor espeso,
vuelvo en alma y vuelvo en hueso
a encontrar la patria pura
al fin del último beso.

Vuelvo al fin sin humillarme,
sin pedir perdón ni olvido.
Nunca el hombre está vencido:
su derrota es siempre breve,
un estímulo que mueve
la vocación de su guerra,
pues la raza que destierra
y la raza que recibe
le dirán al fin que él vive
dolores de toda tierra.

Vuelvo hermoso, vuelvo tierno,
vuelvo con mi espera dura,
vuelvo con mis armaduras,
con mi espada, mi desvelo,
mi tajante desconsuelo,
mi presagio, mi dulzura.
Vuelvo con mi amor espeso,
vuelvo en alma y vuelvo en hueso
a encontrar la patria pura
al fin del último beso.



jueves, septiembre 20, 2007

“Los intelectuales israelíes y la guerra”, de Ran HaCohen




Todas las generalizaciones son incorrectas, excepto esta: los intelectuales progresistas israelíes están en contra de la guerra. Siempre lo han estado e, incluso, han sufrido mucho por sus posiciones críticas, como suelen afirmar orgullosamente. Estuvieron en contra de la guerra anterior, estarán en contra de la próxima, están en contra de todas las guerras, con una sola excepción: la guerra actual, todas las guerras actuales, a las cuales siempre apoyan. Porque la guerra actual es, cómo decirlo, ¡completamente distinta de todas las otras guerras! ¿Cómo puede alguien siquiera compararlas? La guerra actual siempre es inevitable, necesaria y digna de apoyo. Para quienes imaginan que la élite intelectual israelí es un oasis de progresistas racionales, moderados y amantes de la paz, a continuación expongo una semblanza de estos líderes intelectuales en su marcha patriótica en apoyo de la devastación de Líbano.

De 1948 a 1984

Ari Shavit, periodista de Ha’aretz y en algún tiempo militante de Peace Now y miembro de la Asociación por los Derechos Civiles en Israel (ACRI), escribe: “En estos momentos Israel está librando la guerra más justa de su historia. Por ello, todos los que deseen que en el futuro Israel se retire de los territorios ocupados a fronteras permanentes reconocidas, deben apoyar a Israel en esta guerra. Todos los que deseen paz, estabilidad y el fin de la ocupación deben apoyar a Israel en su justa guerra”. (Ha’aretz, 18 de julio de 2006). En pocas palabras, la guerra es la paz y la paz es la guerra, e Israel está devastando Líbano únicamente para devolverles la libertad a los palestinos.

Si parece que Shavit se inspiró en la literatura (George Orwell), el historiador Yosef Gorny, profesor de la Universidad de Tel Aviv, prefiere volver a la Historia, con mayúscula. En un artículo titulado “La segunda Guerra de Independencia” (sic), escribe: “Cuando Irán amenaza al mundo libre, esta lucha contra sus agentes en el Líbano es una guerra por la existencia futura del estado de Israel. En este sentido, aunque las circunstancias sean completamente distintas, la lucha por la creación del estado durante la Guerra de Independencia de hace casi sesenta años y la guerra de hoy tienen un denominador común, que es también su justificación común: la lucha por nuestra existencia nacional.” (Ha’aretz, 30 de julio de 2006). Las palabras de Gorny son un poco más patéticas que las de otros, pero está claro que la noción de que Hizbulá constituye una amenaza para la existencia de Israel, reciclada incesantemente, les ha lavado el cerebro a muchos israelíes. El dramaturgo Yehoshua Sobol, por ejemplo, describe el ataque de Hizbulá (así como los cohetes Qassam disparados desde Gaza) como “un anuncio de que nuestro propio ser no tiene derecho a existir.” (Ma’ariv, 21 de julio de 2006). Aunque parezca demencial, se ha persuadido a la gente de que el hecho de que una buena parte de Israel esté al alcance de los cohetes de Hizbulá es una amenaza para su existencia, pero, al mismo tiempo, no conciben que el hecho de que todo el Oriente Próximo –y mucho más allá- esté al alcance de las armas convencionales y no convencionales de Israel, sea una amenaza para la existencia de otros: después de todo, Israel es un país responsable que sólo quiere paz.

El escritor A.B. Yehoshua, autodenominado “hombre de paz”, lo dice todo con el primitivo estilo que lo caracteriza: “Por fin tenemos una guerra justa, así que no debemos permitir que se desgaste hasta que se convierta en injusta.” (Ha’aretz, 21 de julio de 2006).

“Por fin”, dice Yehoshua con franqueza: por lo visto el viejo “pacifista” había anhelado la guerra durante mucho tiempo. Affe Eitam, el líder fascista israelí, admitió en una ocasión que lo que verdaderamente lo estremece de emoción es “la visión de hombres yendo a la guerra”; para Yehoshua, el efecto deseado es la purificación. Hace dos años soñaba con sangrientas operaciones israelíes en Gaza; su sueño se ha vuelto realidad, aunque ahora tiene poca cobertura en los medios: “Después de que tomemos los asentamientos, usaremos la fuerza contra toda la población, usaremos la fuerza de manera definitiva. Le cortaremos la electricidad a Gaza. Le cortaremos las comunicaciones. Detendremos el suministro de combustible a Gaza. No será una guerra deseada, pero sí una guerra purificadora.” (Ha’aretz, 19 de marzo de 2004).

Rafi Ginat, redactor jefe del diario más vendido de Israel, tiene fantasías aún más plásticas. En la primera plana de su periódico insta al gobierno a “arrasar los pueblos que amparen a terroristas de Hizbulá” y “regar con fuego a los terroristas de Hizbulá, a quienes los ayuden, a sus colaboradores y a los que miren para otro lado, y a todo el que huela a Hizbulá, y que sean sus inocentes los que mueran, no los nuestros”. (Yediot Ahronot, 28 de julio de 2006).

Interludio poético

Por lo general, los compositores y cantantes populares, como el ortodoxo Amir Benayon, no son muy progresistas, así que a nadie le llama la atención que Benayon les dé a los mismos pensamientos un tinte más poético: “Los que me odian se apresuran a secuestrarme, a eliminarme. Y me inyectan veneno. El enemigo cruel asesina a otro niño. Y el enemigo debe morir. Debe morir...”.

Los intelectuales israelíes, sin embargo, no dan importancia a este típico “primitivismo oriental”. Nosotros, los progresistas, tenemos a nuestros poetas de altos vuelos, gusto refinado y asombrosa erudición. Como Ilan Shenfeld, que se declara “de izquierdas de toda la vida”, razón por la cual -como todo poeta verdadero- sufre tanto con esta guerra: “No es fácil para mí escribir un poema que apoye la guerra y pida la invasión de un área soberana de otro estado y su devastación”. Shenfeld venció esta dificultad, y el poema en el cual alude al “poeta nacional” Bialik, demuestra una vez más que la verdadera agonía siempre produce la mejor poesía: “Marchad sobre Líbano y también sobre Gaza con arados y sal. Destruid hasta su último habitante. Convertidlos en áridos desiertos, en un valle emponzoñado y despoblado. Porque anhelábamos la paz y la queríamos, destruimos primero nuestras casas, Pero fue un regalo desperdiciado en esos asesinos con barbas y cintas de la Jihad, Que gritan: ‘¡Matadlos ahora!’ y que no conocen el amor ni la paz, Ni dios ni padre... Salvad a vuestro pueblo y haced bombas y dejadlas caer como lluvia en pueblos y ciudades y casas hasta demolerlos. Matadlos, derramad su sangre, aterrorizad sus vidas, no sea que intenten destruirnos otra vez, hasta que desde las cimas de las montañas que explotan, liberadas por vosotros, oigamos el sonido de súplicas y lamentos. Y vuestros infiernos los cubran. Quienquiera que desdeñe un día sangriento debe ser desdeñado. Salvad a vuestro pueblo y haced la guerra.” (Ynet, 30 de julio de 2006).

El poema de Shenfeld se publicó el día de la (segunda) masacre en Qana, una coincidencia que hizo que hasta el mismo poeta se sintiese algo avergonzado. El baño de sangre, sin embargo, no habría avergonzado a un propagandista israelí más experimentado, como Amos Oz, también conocido como la encarnación del sionista pacifista. El mismo Oz que había apoyado al primer ministro Ehud Barak mucho antes de que ahogase en sangre la Intifada, cuenta con la corta memoria de sus lectores cuando escribe, con el curiosísimo título de “Por qué los misiles israelíes golpean por la paz”: “Muchas veces en el pasado el movimiento pacifista israelí ha criticado las operaciones militares. Esta vez no. Esta vez Israel no está invadiendo Líbano. Se está defendiendo. El movimiento pacifista israelí debe apoyar a Israel en su intento por defenderse, siempre que la operación tenga por objetivo principal a Hizbulá y deje a salvo, en la medida de lo posible, las vidas de civiles libaneses.” (Los Angeles Times, 19 de julio de 2006).

El enemigo interior

Hizbulá no es el único enemigo de Israel: los intelectuales altermundialistas son uno de los blancos preferidos de nuestros patriotas. Comentando la carta abierta en contra de la guerra de Noam Chomsky, Arundhati Roy, José Saramago, Howard Sinn y Noami Klein, la destacada crítica literaria Ariana Melamed los iguala con el filósofo nazi Martin Heidegger (Ynet, 24 de julio de 2006), nada menos. ¿Qué diablos tienen en común? Bueno, todos son intelectuales que están equivocados.

Pero el peor de los enemigos es el enemigo interno. El profesor Gershom Shaked, estudioso de la literatura hebrea, acusa a “la izquierda (israelí)” de “desear complacer tanto a los europeos” que llega a “perder todo criterio moral, para no mencionar un mínimo de patriotismo.” Similar, aunque algo más detallada, es la explicación del periodista y analista Dan Margalit, quien acusa abiertamente a la “izquierda radical” (refiriéndose al sionista de la izquierda liberal Shulamit Aloni) no sólo de estar en un “abismo moral sin precedentes” sino también “de amar a su amo de Beirut, Damasco y Teherán." (Ma'ariv, 26 de julio de 2006).

Grandes analogías

El profesor Oz Almog, sociólogo de Haifa, ha descubierto repentinamente una similitud asombrosa entre 1933 y 2006: el presidente de Irán sería el nuevo Adolfo Hitler, “el fundamentalismo islámico” sería el nuevo nazismo y todos los que se atreven a criticar las atrocidades de Israel serían los herederos de los antisemitas europeos (Ynet, 30 de julio de 2006). Estas analogías históricas tan banales siempre están a la mano; es, desde siempre, el recurso favorito de defensa de parte de Israel y el mundo Sionista. En los días más sangrientos de la Intifada, durante la ”Operación Escudo de Defensa”, el escritor Yoram Kanyuk, que alguna vez durante el milenio pasado se jactó de su militancia por la paz, había expresado su apoyo a Ariel Sharon, por entonces líder del Likud, comparándolo con Winston Churchill (Ha’aretz, 15 de mayo de 2002). “A pesar de los asesinatos masivos, apoyo esta guerra y apoyo a Olmert, que está dirigiendo una guerra importante, principal, quizá incluso mítica. En un tiempo muy breve se ha convertido en un gran comandante.” (Ynet, 23 de julio de 2006).

Cuando había que justificar la invasión usamericana de Iraq, Kanyuk comparó a Saddam Hussein con Hitler (Ha’aretz, 8 de octubre de 2002). Al salir de la afilada pluma de Kanyuk, Hitler logró moverse unos cientos de kilómetros al este, convertirse al Islam shi’i y hasta dejarse barba, pero no pudo engañar a nuestro detective literario, que convierte la II Guerra Mundial y el Armagedón en una III Guerra Mundial hecha en Israel: “Los iraníes y Hizbulá dicen exactamente lo que piensan. Quieren conducirnos a una fuerte crisis y luego encontrar la forma de eliminarnos. Cuando Hitler habló en estos términos, la gente se reía del payaso. La izquierda todavía ríe. Pero en su descargo puede decirse que en esos días la izquierda internacional también reía. Europa, donde viven cientos de miles de musulmanes, extremistas muchos de ellos, recibirá el golpe, porque la nueva guerra mundial comienza con un pequeño paso en Bint Jbeil.” (Ynet, 4 de agosto de 2006).

El silencio de las palomas

Como en todas las atrocidades, están los consabidos espectadores: los que apoyan la maldad porque no hacen nada para detenerla. Esta no es una posición sorprendente para un conocido novelista como Shulamit Lapid, cuya gran sabiduría y modestia produjeron esta perla: “No quiero decir nada, porque todo es tan dinámico, y lo que es cierto hoy no lo será mañana. Sería insolente de mi parte expresar alguna opinión al respecto”. (Ha’aretz, 21 de julio de 2006). Todavía más decepcionante, sin embargo, es el cantante Aviv Gefen, quien para muchos israelíes es la encarnación del cantante de protesta de izquierdas: “Soy un hombre de paz, disidente, pacifista, ya sabes. Pero ellos nos impusieron la guerra. No veo ninguna otra forma de evitarla. Me opongo rotundamente a la ocupación, pero hoy pienso que debemos mantenernos callados por un tiempo”. (Walla, 5 de agosto de 2006).








miércoles, septiembre 19, 2007

“Elogio del boxeo”, de Maurice Maeterlink





En medio de nuestros cuidados intelectuales, conviene ocuparnos a veces en las aptitudes de nuestro cuerpo y especialmente en los ejercicios que más aumentan su fuerza, su agilidad y sus cualidades de hermoso animal sano, temible y dispuesto a hacer frente a todas las exigencias de la vida.

A este propósito, recuerdo que hablando recientemente de la espada, en el entusiasmo de mi asunto, estuve bastante injusto respecto a la única arma específica que la naturaleza nos ha dado: el puño. Y deseo reparar aquella injusticia.


La espada y el puño se completan y pueden hacer, si así cabe expresarse, buenas migas juntos. Pero la espada no es o no debiera ser más que arma excepcional, una especie de ultima et sacra ratio. No debería recurrirse a ella sino con solemnes precauciones y un ceremonial equivalente al que rodea los procesos que puedan conducir a una condena a muerte.

Por el contrario, el puño es el arma de todos los días, el arma humana por excelencia, la única orgánicamente adaptada a la sensibilidad, a la resistencia, a la estructura tanto ofensiva como defensiva de nuestro cuerpo.

Efectivamente, si nos examinamos bien, debemos colocarnos, sin vanidad, entre los seres menos protegidos, más desnudos, más frágiles, más quebradizos y más flojos de la creación. Compáremonos, por ejemplo, con los insectos, tan formidablemente armados para el ataque y tan fantásticamente acorazados. Ved, entre otros, a la hormiga sobre la cual podéis acumular diez o veinte mil veces el peso de su cuerpo sin que al parecer sufra por ello. Ved el saltón, el menos robusto de los coleópteros, y pesad lo que puede llevar sin que se rompan los anillos de su vientre, sin que ceda el broquel de sus élitros. En cuanto a la resistencia del caracol, puede decirse que no tiene límites. Somos, pues, comparados con ellos, nosotros y la mayor parte de los mamíferos, seres no solidificados todavía gelatinosos y muy próximos al protoplasma primitivo. Nuestro esqueleto, que es como el esbozo de nuestra forma definitiva, es el único que ofrece alguna resistencia. Pero ¡cuán miserable es este esqueleto, que parece construido por un niño! Considerad nuestra espina dorsal, base de todo el sistema, cuyas vértebras mal articuladas no se sostienen sino por milagro; y nuestra caja torácica que no ofrece más que una serie de puntos en falso que apenas se atreve uno a tocar con la punta del dedo.

Pues bien, contra esta floja e incoherente máquina, que parece un ensayo equivocado de la naturaleza; contra este pobre organismo del que la vida tiende a escaparse por todas partes, hemos imaginado armas capaces de aniquilarnos aunque poseyéramos la fabulosa coraza, la prodigiosa fuerza y la increíble vitalidad de los insectos más indestructibles. Hay que convenir en que hay aquí una curiosa y desconcertante aberración, una locura inicial, propia de la especie humana, que, lejos de corregirse, va creciendo de día en día. Para entrar en la lógica natural que siguen todos los demás seres vivientes, si nos es dado usar armas extraordinarias contra nuestros enemigos de un orden diferente, deberíamos entre nosotros, los hombres, no servirnos más que de medios de ataque y defensa proporcionados por nuestro propio cuerpo. En una humanidad que se conformara estrictamente al deseo evidente de la naturaleza, el puño, que es al hombre lo que el cuerno al toro y al león la garra y el diente, bastaría para todas nuestras necesidades de protección, de justicia y de venganza. So pena de crimen irremisible contra las leyes esenciales de la especie, una raza más sensata prohibiría todo otro modo de combate. Al cabo de algunas generaciones se llegaría a propalar así y a poner en vigor una especie de respeto pánico de la vida humana. ¡Y mí selección pronta y en el sentido exacto de las voluntades de la naturaleza resultaría de la práctica intensiva del pugilato, donde se concentrarían todas las esperanzas de la gloria militar! La selección es, después de todo, lo único realmente importante con que debemos preocuparnos; es el primero, el más vasto y el más eterno de nuestros deberes para con la especie.


***


Mientras tanto, el estudio del boxeo nos da excelentes lecciones de humildad y arroja sobre la decadencia de algunos de nuestros instintos más preciosos una luz bastante inquietante. Pronto notamos que, en todo lo concerniente al uso de nuestros miembros: agilidad, destreza, fuerza muscular, resistencia al dolor, hemos venido a parar al último orden de los mamíferos o de los bactracios. Desde este punto de vista, en una jerarquía bien comprendida, tendríamos derecho a un modesto lugar entre la rana y el carnero. La coz del caballo, como la cornada del toro o la dentellada del perro son mecánica y anatómicamente imperfectibles. Sería imposible mejorar, por medio de las más sabias lecciones, el uso instintivo de sus armas naturales. Pero nosotros, los más orgullosos de los primates, no sabemos dar un puñetazo. Ni siquiera sabemos cuál es exactamente el arma de nuestra especie. Antes que un profesor nos lo haya enseñado laboriosa y metódicamente, ignoramos por completo la manera de poner en obra y de concentrar en nuestro brazo la fuerza relativamente enorme que reside en nuestro hombro y en nuestro bacinete. Observad dos carreteros, dos campesinos que se pelean: nada más miserable. Después de una copiosa y dilatoria sarta de injurias y de amenazas, se agarran por el pescuezo y por los cabellos, ponen en juego pies y rodillas, al azar; se muerden, se arañan, se enredan en su rabia inmóvil, no se atreven a soltar presa, y si uno de ellos logra tener un brazo libre, da con él a ciegas, y a menudo en el vacío, pequeños golpes precipitados, exiguos, barbotados; y el combate no acabaría nunca si la navaja felona, evocada por la vergüenza del espectáculo incongruo, no surgiese de pronto, casi espontáneamente, de uno u otro bolsillo.

Contemplad por otra parte dos boxeadores: nada de palabras inútiles, nada de tanteos, nada de cólera; la calma de dos certidumbres que saben lo que hay que hacer. La actitud atlética de la guardia, una de las más hermosas del cuerpo viril, pone lógicamente en valor todos los músculos del organismo. Ninguna partícula de fuerza que desde la cabeza hasta los pies pueda extraviarse. Cada uno de ellos tiene su polo en uno u otro de los dos puños macizos recargados de energía. ¡Y qué noble sencillez en el ataque! Tres golpes, ni uno más fruto de una experiencia secular, agotan matemáticamente las mil posibilidades inútiles a que se aventuran los profanos. Tres golpes sintéticos, irresistibles, imperfectibles. Desde el momento que uno de ellos alcanza francamente al adversario, la lucha ha terminado a satisfacción completa del vencedor que triunfa tan incontestablemente que no tiene el menor deseo de abusar de su victoria, y sin peligroso daño para el vencido simplemente reducido a la impotencia y a la inconsciencia durante el tiempo necesario para que todo rencor se evapore. Momentos después, ese vencido se levantará sin avería duradera, porque la resistencia de sus huesos y de sus órganos es estricta y naturalmente proporcionada a la fuerza del arma humana que lo hirió y derribó.

Puede parecer paradójico, pero es fácil de observar que el arte del boxeo, donde generalmente se practica y cultiva, se convierte en una garantía de paz y de mansedumbre. Nuestra nerviosidad agresiva, nuestra susceptibilidad en acecho, la especie de perpetuo quién vive en que se agita nuestra vanidad recelosa, todo esto dimana, en el fondo, del sentimiento de nuestra impotencia y de nuestra inferioridad física, que se esfuerza en imponerse, con una máscara altiva e irritable, a los hombres a menudo grostescos, injustos y malévolos que nos rodean. Cuanto más desarmados nos sentimos en presencia de la ofensa, más nos atormenta el deseo de manifestar a los demás y de persuadirnos a nosotros mismos de que nadie nos ofende impunemente. El valor es tanto más susceptible, tanto más intratable, cuanto más el instinto asustado, agazapado en el fondo del cuerpo que recibirá los golpes se pregunta con angustiosa ansiedad de qué manera acabará la algarada.


¿Qué hará ese pobre instinto prudente, si la crisis toma mal giro? Con él se cuenta, a la hora del peligro. Destinados le están los cuidados del ataque y de la defensa.Pero en la vida cotidiana se le alejó tantas veces de los negocios y del consejo supremo, que al llamamiento de su nombre sale de su retiro como un cautivo envejecido, súbitamente deslumbrado por la luz del día. ¿Qué resolución tomará? ¿Dónde habrá que dar? ¿En los ojos, en el vientre, en la nariz, en las sienes, en el cuello? ¿Y qué arma escoger? ¿El pie, los dientes, la mano, el codo o las uñas? No sabe: vacila en su pobre morada que van a deteriorar, y mientras se atolondra y las tira de la manga, el valor, el orgullo, la vanidad, la altivez, el amor propio, todos los grandes señores magníficos, pero irresponsables, enconan la querella recalcitrante, que para en fin, después de innumerables y grotescos rodeos, en el inhábil cambio de porrazos chillones, ciegos, híbridos y llorones, lastimosos y pueriles e indefinidamente impotentes.


Por el contrario, el que conoce la fuente de justicia que posee en ambas manos cerradas no tiene nada de qué persuadirse. Una vez para siempre sabe lo que sabe saber.La longanimidad, como una flor apacible, emana de su victoria ideal pero segura.El más grosero insulto no puede alterar su sonrisa indulgente. Espera, pacífico, las primeras violencias, y puede decir con calma a todo el que lo ofende: "No pasaréis de ahí".

Un solo gesto mágico, en el momento necesario, detiene al insolente. ¿A qué hacer ese gesto? Su eficacia es tan segura, tan rápida, que ni siquiera se piensa en él. Y con la misma vergüenza que causaría pegar a un niño indefenso, en el último extremo se decide al fin a levantar contra el bruto más fuerte una mano soberana que siente anticipadamente su victoria demasiado fácil.





en La inteligencia de las flores, 1907


Ilustración (grafito): Andy Amato, "Sugar Ray Leonard vs Marvin Hagler"







martes, septiembre 18, 2007

“Quiero de los dioses”, de Ricardo Reis




Quiero de los dioses sólo que no me recuerden.
Seré libre –sin dicha ni desdicha-
como el viento que es la vida
del aire que no es nada.

El odio y el amor igualmente nos buscan; ambos
cada uno a su modo, nos oprimen.
A quien los dioses nada
conceden, tiene libertad.

Bajo leve tutela
de dioses negligentes,
quiero gastar las concedidas horas
de esta predestinada vida.

Nada pudiendo contra
el ser que me hicieron,
deseo al menos que me haya el Hado
dado la paz por destino.

De la verdad no quiero
más que la vida; que los dioses
dan vida y no verdad, acaso ni ellos
conozcan la verdad.







domingo, septiembre 16, 2007

“El guardador de rebaños”, de Alberto Caeiro

XLVIII / Traducción de Juan Carlos Villavicencio




De la más alta ventana de mi casa
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos que parten a la humanidad.

Y no estoy alegre ni triste.
Ese es el destino de los versos.
Los escribí y debo mostrárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario
como la flor no puede esconder el color,
ni el río esconder que corre,
ni el árbol esconder que da fruto.

Ahora que van lejos como en una diligencia
y yo sin querer siento pena
como un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?

Flor, me tomó mi destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedar en mí.
Me someto y me siento casi alegre,
casi alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Váyanse, váyanse de mí!
Pasa el árbol y queda disperso por la Naturaleza.
Marchita la flor y su polvo dura por siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la que fue suya.

Paso y quedo, como el Universo.




en El guardador de rebaños,
Descontexto Editores, 2018



























sábado, septiembre 15, 2007

"Qué clase de acto es el acto en el 'Acto sin palabras'", de Luis Vaisman

A partir de la obra de Samuel Beckett





“Acto” se emplea en la jerga teatral para designar una de las partes en que se divide la acción dramática para su representación. Este es un uso que proviene de la tradición horaciana, si bien también se aplica a posteriori el término para identificar, en el teatro griego clásico, las partes dialogadas en las que se desarrolla la acción como opuestas a las cantadas y bailadas por el coro. Curiosamente, es en este sentido tradicional que Becket emplea el término, por ejemplo en su tan famosa como rupturista Esperando a Godot.

¿Será en el mismo sentido que emplea Samuel Beckett esa palabra para designar las dos pantomimas -Acto sin palabras I y Acto sin palabras II- que forman parte de su producción para el teatro? Una pantomima no es propiamente una obra dramática, excepto en el sentido que puede mediante ella representarse una historia simple, tal como en el ballet clásico -que no sin razón se conoce como ballet-pantomima- o en las historietas puramente gráficas. Pero en ninguna de ellas esta historia es vehiculada por la interacción verbal de los personajes, sino por medio de gestos y movimientos en las primeras, o a través de dibujos en ese tipo de historietas.

Puede, por supuesto, la historieta organizar esa historia que representa gráficamente según una estructura más o menos dramática, igual como lo hace la narrativa, pero ni una ni otra la comunica por medio de actos de sus personajes directamente representados por actores y actrices desde un espacio escénico, según una linealidad temporal progresiva sin retornos ni meandros producto del libre ejercicio de la actividad receptora de los espectadores. Por el contrario: la ley del teatro, en este sentido, puede describirse con la expresión popular “el que pestañea, pierde”. Y es en el respeto a esta ley del teatro, que se funda en ser el acontecimiento de la representación teatral un acontecimiento físico que se realiza en tiempo real, el mismo tiempo que viven los espectadores en su existencia biológica, que la pantomima organiza y ejerce su dramatismo de modo similar al drama: a través de actos, y no como la novela o la historieta.

Éstas -narrativa escrita y relato puramente gráfico, así como la combinación de ambas- pueden recibirse según variados recorridos que puede elegir el lector -o el “mirón”, en el caso de la historieta-,según el grado de trasgresividad que despliegue respecto de la norma impuesta por la linealidad progresiva de la lectura. Pero la oralidad tiene una sola dirección posible desde la perspectiva de surecepción, sobre todo si ésta debe ejercerse desde la no participación interlocutiva: el espectador no puede volver sobre lo dicho, ni alterar de modo alguno el orden de los acontecimientos. Y esto es válido no sólo para los acontecimientos verbales, sino también para los no verbales. En tanto se trate de un espectáculo -y no de un texto ofrecido para la lectura-, y este espectáculo esté organizado para desarrollar una historia, el orden de los acontecimientos se sucederá sin alteración posible por parte del público. Por supuesto, éste siempre podrá retirarse de la sala, o pifiar y abuchear hasta suspender la función, pero esto ya no es parte del espectáculo. Bueno, no de ese espectáculo, en todo caso.

A este sentido de la palabra “acto” puede referirse el acto de Acto sin palabras, esta pantomima escrita por encargo por Samuel Beckett para ser originalmente representada con acompañamiento musical[1]: una acción comunicada visualmente que se desarrolla sin interrupción ante los ojos de los espectadores, y que se organiza en torno a una secuencia inteligible. Me siento tentado a repetir la descripción aristotélica, y decir: “que tenga principio, medio y fin”. Pero temo que el final de las obras de Beckett difícilmente aparezca como 'fin' al entendimiento de la mayoría, ya que suele dejar la impresión de ser sólo un momento más de un movimiento circular (como en Esperando a Godot) o de una serie infinita (como en Acto sin palabras I) lo que viene a ser, para el caso, lo mismo.

¿Por qué pudo interesarse Beckett en satisfacer el encargo de escribir el libreto para una pantomima; esto es, en reducir su participación a las bambalinas, por decirlo así?. Un autor con una preocupación metafísica tan marcada, ¿por qué renunciaría a la palabra, vehículo tradicional de lo inefable? Tal vez porque lo inefable, como el sentido de la vida, o la presencia -o ausencia- de Dios pudiera encontrar un lugar más apropiado y propicio desde el cual resplandecer en una imagen, no porque ésta “valga más que cien palabras” según reza el dicho popular, sino en este caso precisamente por lo contrario: su elementalidad hace rebotarla percepción desde lo real visto hacia el elusivo sentido que solamente se puede intuir.

Pero también porque la capacidad de juego de Beckett, este dramaturgo tan hosco y serio, deprimente y difícil al decir de mucha gente, es mayor de lo que se suele pensar. Su gusto por lo circense, ya manifiesto en los personajes de Esperando a Godot -más de algún montaje ha presentado a Vladimir y Estragón caracterizados como clowns- y en los padres de Hamm, en Final de partida, que viven encerrados en sendos tarros de basura, se satisface sin duda en gran medida reduciéndose a crear una “payasada” patética, simple y profunda, en virtud de solas acciones físicas sencillas, reiteradas, repetitivas. Se satisface plenamente ese doloroso sentido del humor, en suma, con actos sin palabras: Acto sin palabras I y Acto sin palabras II.

La preocupación de Beckett por las acciones físicas de sus personajes se extiende sin excepción también a los personajes parlantes. Transcribo (en traducción mía; no se culpe a nadie más) como ejemplo un parlamento de Pozzo tras aparecer de la nada en el escenario, en este espacio imaginario poco definido y casi vacío, trozo que extraigo del primer acto de Esperando a Godot:

“POZZO(con un gesto amplio). -No hablemos más de ello. ¡De pie! (un silencio) Cada vez que se cae se duerme. (Da un tirón a la cuerda) ¡De pie, basura! (Ruido de Lucky que se levanta y recoge sus bártulos. Pozzo da un tirón a la cuerda) ¡Atrás! (Lucky entra reculando) ¡Detente! (Lucky se detiene) ¡Vuélvete! (Lucky se vuelve. A Vladimir y Estragón, amablemente) Amigos, estoy muy contento de haberlos encontrado. (Ante la expresión incrédula de éstos) Pero sí, sinceramente feliz. (Tira de la cuerda) ¡Más cerca! (Lucky avanza) ¡Detente! (Lucky se detiene. A Vladimir y Estragón) Veréis, la ruta es larga cuando uno camina completamente solo durante... (mira su reloj) ...durante... (calcula)... seis horas, sí, eso es, seis horas seguidas, sin encontrar alma viviente. (A Lucky) ¡Abrigo! (Lucky deja la maleta en el suelo, avanza, entrega el abrigo, recula, vuelve a coger la maleta. Pozzo comienza a ponerse el abrigo, se detiene) ¡Toma! (Pozzo le entrega la fusta, Lucky avanza y, no teniendo ya más manos, se inclina y toma la fusta con los dientes, después recula. Pozzo comienza a ponerse el abrigo, se detiene) ¡Abrigo! (Lucky deposita todo en el suelo, avanza, ayuda a Pozzo a ponerse el abrigo, recula, vuelve a recoger todo) Hay un dejo de frescor en el aire (Termina de abotonarse el abrigo, se inclina, se inspecciona, se endereza) ¡Fusta! (Lucky avanza, se inclina, Pozzo le retira la fusta de la boca. Lucky recula)...” Etc.

Llama la atención que un autor tan detallista en la narración de las acciones físicas despache la descripción del lugar de la acción de esta obra con la escuetísima acotación “Camino en el campo, con un árbol. Atardecer”. También en el circo el lugar de la acción es genérico: una pista circular. Son allí los tonis, nuestra autóctona versión de los clowns, los que con pocos elementos de utilería -casi siempre los mismos- desarrollan una escena con lenguaje repetitivo y mucha y exagerada mímica.

Del mismo modo, la sucesión de acciones indefectiblemente frustradas por una voluntad invisible e inaccesible en que consiste Acto sin palabras está constituida por escenitas muy sencillas en las que se repite el mismo juego. Las pruebas a que es sometido el personaje no son más complejas que las que hacían científicos, poco antes de la época de escritura de la obra, con primates para medir su grado de inteligencia ( la prueba con dos cubos para alcanzar algo que con cada uno no se obtiene es rigurosamente la misma que hicieron los estudiosos de la inteligencia animal, como relata Wolfgang Köhler en su libro The mentality of the apes, publicado en 1930 ). ¿Quién somete al Hombre a esta prueba? ¿Un dios pequeñito (God = Dios; -ot = sufijo francés de diminutivo: -ito), un ser que juega a ser dios, y de cuyos incomprensibles caprichos todos dependemos? No puedo impedir que me venga a la mente un dibujo humorístico y desazonante -de Quino, me parece- en el que se ve una mosca encima de una mesa, un hombre a punto de descargar un matamoscas sobre ella, y, sobre la cabeza y detrás del hombre, un gigantesco matamoscas a punto de abatirse sobre él. Tampoco puedo evitar recordar la manida imagen existencialista acerca del sentido de la existencia humana: el hombre arrojado al nacer en medio de un océano cuyas orillas no alcanza a divisar, a quien no le queda sino nadar en una dirección cualquiera tratando de llegar a alguna ribera; y para el cual todo camino será siempre el correcto, porque en cualquiera dirección que haya decidido nadar, en la ribera lo estará esperarando siempre la muerte. Al final de Acto sin palabras I, el Hombre ya no reaccionará más a los llamados del silbato, que lo ha estado alertando para terminar siempre burlando sus expectativas:

“El cubo grande [en que está sentado el hombre] se descalabra, arrojándolo por tierra, sube y desaparece por las bambalinas.
El hombre se queda recostado sobre su flanco, de frente a la sala, con la mirada fija.
La garrafa desciende, se inmoviliza a medio metro de su cuerpo.
Él no se mueve.
Suena el silbato arriba.
Él no se mueve.
La garrafa desciende un poco más, se balancea arrendador de su rostro.
Él no se mueve.
La garrafa se eleva y desaparece entre bambalinas.
La rama de árbol se levanta, las hojas de palma se vuelven a abrir, la sombra regresa.
Suena el silbato arriba.
Él no se mueve.
El árbol se eleva y desaparece entre bambalinas.
Él se mira las manos.

TELÓN”

Frente a este destino ineluctable y aterrador parece no quedar otra defensa que la repetición obsesiva e incesante de rituales microscópicos y nimios como el que realiza B, uno de los personajes de Acto sin palabras II (el nombre del otro personaje es, por supuesto, como en el cuentecillo ........... de Kafka, A):

“B, vestido con una camisa, sale en cuatro patas de su saco, se levanta, saca un gran reloj del bolsillo de su camisa, lo consulta, lo vuelve a poner en el bolsillo, hace algunos ejercicios de gimnasia, consulta otra vez su reloj, saca de su bolsillo un cepillo de dientes[2] y se cepilla vigorosamente los dientes, guarda el cepillo, consulta su reloj, va donde están sus ropas, se viste, consulta su reloj, saca una escobilla para la ropa del bolsillo de su chaqueta y se cepilla vigorosamente la ropa, se saca el sombrero, se cepilla vigorosamente el cabello, se vuelve a poner el sombrero, guarda la escobilla, consulta su reloj, saca la zanahoria del bolsillo de su chaqueta, le da un mordisco, mastica y traga con apetito, guarda la zanahoria, consulta su reloj, saca del bolsillo de la chaqueta un mapa de la región, lo consulta, guarda el mapa, consulta su reloj, saca una brújula del bolsillo de su chaqueta y la consulta, guarda la brújula, consulta su reloj, levanta los dos sacos y los lleva, tropezando bajo su peso, a dos metros del bastidor izquierdo, los deposita en el suelo, consulta su reloj, se desviste (quedándose en camisa), hace con su ropa un montoncito idéntico al del comienzo, consulta su reloj, se frota el cuero cabelludo, se peina, consulta su reloj, se cepilla los dientes, consulta su reloj mientras le da cuerda, vuelve a meterse en cuatro patas dentro del saco, y se queda inmóvil...”

Esta secuencia, si la hubiera observado Faulkner -me susurra el duendecillo de la deriva intertextual- a -través de un zoom con un cristal imperfecto, bien podría pertenecer al final del capítulo de Quentin, momentos antes de su suicidio, en la segunda parte de esa tremenda novela que es El sonido y la Furia. Hablemos de novedades, en literatura.




Ilustración de Marc Snyder




[1] Deryk Mendel, bailarín formado en el Sadlers Wells de Londres y que por 1956 realizaba con mucho éxito un espectáculo clownesco en París, le pidió a Ionesco, Audiberti, Adamov y Beckett (nótese: a las cuatro figuras principales escogidas un lustro después por Martin Esslin para proponer tanto el concepto como el nombre del "teatro del absurdo" en su famoso libro homónimo) un libreto breve para una danza-pantomima que incluiría en su próximo espectáculo. Beckett envió a su mujer a ver el espectáculo de Mendel. A ella le gustó y, preocupada por la depresión creativa del escritor motivada por dificultades con la aceptación de Esperando a Godot y por las penurias a que lo sometía la autotraducción de Malone muere y El innombrable al inglés, fue a instancias de ella que Beckett finalmente le entregó a Mendel Acto sin palabras I. Extraído de James Knowison: Damned to fame. The life of Samuel Beckett, New York, Simon & Schuster, 1996, p. 377.

[2] ¿Será el mismo de la obra homónima de nuestro Jorge Díaz? ¿Y el que le quitan a Garcín al llegar al infierno, en A puerta cerrada, de Sartre?. La literatura corre en círculos, más o menos amplios, alrededor de la vida real. 


















viernes, septiembre 14, 2007

“Las cartas de amor”, de Álvaro de Campos





Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fueran
ridículas.

En mis tiempos también escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, en fin,
sólo las criaturas que no han escrito nunca
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Quién volviera a aquel tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy
mis recuerdos
de esas cartas de amor
son los que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículos).







jueves, septiembre 13, 2007

"Horacio", de Rodolfo Hinostroza








Se han detenido, Horacio, las flechas en medio de su vuelo.
El lejano prestigio de la luna levanta nuevamente
a las doncellas
y las teje y las enreda en un delgado sonambulismo.
Los adolescentes apócrifos comparan el brillo de las charcas
con el de sus sortijas.
Te pedimos, Horacio, que nos digas
cual será en adelante la morada de nuestras almas de albúmina
y de hierro y de silencio.
Dínoslo, Horacio, y si quieres llamar en tu consejo
a tus amigos
-los de los grandes belfos, los de los eructos-
Y si quieres llamar a tus amigas
-las de los vertederos axilares, las de la fidelidad a toda prueba-
hazlo, y reparte nuestras bebidas como trozos de hierba.
(Oh, canícula, canícula. En el centro de tu corazón
habitan los hombres voluntariosos, los entusiastas del músculo y
la flecha, los que desdeñaron los vahos siderales. Esos
que aman aún, y que respiran despaciosamente,
              como sombras de plantas.
Esos que llegaron a ser, prefigurando
lo que luego seríamos, nuestra flagrante debilidad en los dedos.)
Horacio, mirando al cielo vi a un pez anciano
removiendo hueveras luminosas. En el lecho soñé
que todos los habitantes de la tierra, uno por uno,
venían a verme, por que yo era un cachalote varado y
todavía poderoso, que sólo obedecía a órdenes de dioses,
las que nunca llegaban. Soñé, Horacio que de pronto
yo era un camaleón y con mi larga lengua
me lamía las llagas incoloras y el alma albuminoide.
Y eran tantos los hombres como estatuas salinas
que sepultaban continentes enteros.
¿Me dirás si una premonición, como una joven viuda
ha transitado la acidez de mi sueño?
¿Me dirás si el espíritu posee las curvas de un espejo?
(El que va a intervenir en la batalla
tiene que despojarse del silencio,
tiene que conocerse los brazos y las piernas,
tiene que temer mucho a la muerte. El que va a intervenir
              en la batalla
orina, come poco, y besa a su mujer si es que la tiene).
Se detienen las flechas en medio de su vuelo. Hay una calma tensa
como el techo de un hongo.
Todavía un consejo, Horacio, amigo.




Publicado en Consejero del lobo, 1965.


miércoles, septiembre 12, 2007

“No hay canciones de amor”, de Charles Bukowski

Fragmento





El tipo del coche de atrás tocó el claxon y gritó: ¡SI ESA PUTA NO TE MATA, NADA TE MATARÁ! Pisé el acelerador y salí zumbando. Cuando eché un vistazo, ella se estaba rascando el interior del muslo.

- Me llamo Rosie, dijo.
- Gordon Plugg, le dije.
- ¿Quieres un Chapuzón?, me preguntó Rosie, ¿o una Vuelta al Mundo? ¿Quieres un enema, un Perrito Caliente o Lluvia Dorada? ¿Disciplina Estricta? ¿Una Ventosa Chupadora? ¿Un Francés Completo? También hago el Tres Manos y el Lazo Malayo. ¿Qué quieres?
- Quiero renovar mi carnet de conducir, le dije.
- Eso serán 50 pavos.
- ¿Tú haces eso?
- Sí, también.







martes, septiembre 11, 2007

"La ciudad", de Gonzalo Millán








48.

El río invierte el curso de su corriente.
El agua de las cascadas sube.
La gente empieza a caminar retrocediendo.
Los caballos caminan hacia atrás.
Los militares deshacen lo desfilado.
Las balas salen de las carnes.
Las balas entran en los cañones.
Los oficiales enfundan sus pistolas.
La corriente se devuelve por los cables.
La corriente penetra por los enchufes.
Los torturados dejan de agitarse.
Los torturados cierran sus bocas.
Los campos de concentración se vacían.
Aparecen los desaparecidos.
Los muertos salen de sus tumbas.
Los aviones vuelan hacia atrás.
Los “rockets” suben hacia los aviones.
Allende dispara.
Las llamas se apagan.
Se saca el casco.
La Moneda se reconstituye íntegra.
Su cráneo se recompone.
Sale a un balcón.
Allende retrocede hasta Tomás Moro.
Los detenidos salen de espalda de los estadios.
11 de Septiembre.
Regresan aviones con refugiados.
Chile es un país democrático.
Argentina es un país democrático.
Las fuerzas armadas respetan la constitución.
Uruguay es un país democrático.
Los militares vuelven a sus cuarteles.
Renace Neruda.
Vuelve en una ambulancia a Isla Negra.
Le duele la próstata. Escribe.
Víctor Jara toca la guitarra. Canta.
Los discursos entran en las bocas.
El tirano abraza a Prat.
Desaparece. Prat revive.
Los cesantes son recontratados.
Los obreros desfilan cantando.
¡Venceremos!








Publicado en 1979.



lunes, septiembre 10, 2007

“A la memoria del auténtico forastero”, de Viviana Geeregat





Nueva York 11. Tras la puerta de entrada, el retrato de un antiguo cliente. Dentro, los parroquianos discuten la vida y la muerte libando mostos propios de la barra. Hasta hace unas décadas la mítica Unión Chica olía a tertulia, a literatura, a pólvora poética. Ahora, Teillier nos observa desde aquella discreta imagen, con una sonrisa enigmática.

Y es que el vate lautarino fue impredecible. Bautizó la poesía “lárica”, pero rechazó el título cuando se lo aplicaron a él. Manifestó que el poeta es el guardián del mito y la imagen, pero en alguna entrevista respondió: “Eso lo dije por pura retórica, para lucirme”. ¿Nos reímos o nos lamentamos? La opción adecuada pareciera ser la sonrisa. Porque su poesía habla por sí sola, aunque Teillier se muestre modesto.

Lo importante es que más que escribir poesía, aprendió a vivir como poeta. Cómo no, si vino al mundo entre el We Txipantu de los mapuche y el trágico accidente que se llevaría a Carlos Gardel.

Jorge tuvo suerte, se crió en una casa donde parte del sueldo de su padre se invertía en libros. Eran otros tiempos, definitivamente.

Es cierto que su poesía trata de las “cosas simples” pero contiene un alto grado de sabiduría impregnada de fascinantes tardes de lectura. Para leer el “Libro de Homenajes” es imprescindible leer antes al Laureado para disfrutar el placer de esa exquisita intertextualidad.

Estudiante de Pedagogía en Historia en el Instituto Pedagógico, en Santiago potenció todas las aptitudes que nacieron en la Araucanía. Encontró más camaradas con quienes gastar codos y horas en tertulias eternas sobre lo cotidiano o sobre lo onírico, pero jamás dejó de vivir en la capital como provinciano. Quizá esa fue la clave: apreciar la simplicidad y vivirla con elegancia. “Y la Panimávida tiene sabor a Veuve-Clicquot”, valorar la belleza de lo sencillo.

Por otro lado, la memoria, la inagotable memoria utópica de Teillier. Cada poema nos invita a presenciar un ritual. Una evocación a los trenes de la memoria, aquellos que surcan ramales y vías centrales remontándonos a la aldea. No sólo a la idílica, sino a la aldea que se desconecta de todo, a pesar de la vieja radio a pilas relatando el último pugilato o el viejo tocadiscos embebido de la voz de Zarah Leander. En ese onírico viaje, nuestro eterno pasajero nos invita a su pueblo natal, a recorrer sus calles polvorientas y las cantinas que reciben los pies gastados del forastero con aserrín. Y nos damos cuenta que en aquella aldea, hemos vivido siempre.




“Tú, que lo conociste, si lees estas líneas,
ve a beber en su nombre”.

Epitafio, en Para un Pueblo Fantasma, 1978







Fotografía: Julia Toro




domingo, septiembre 09, 2007

"Rue de Matignon, 3", de Juan Gustavo Cobo Borda






El viejo judío enfermo -su oficio es mirar-
levanta con el índice el párpado paralizado:
allí están los polvorientos estandartes del Emperador.
Las leyendas del liberalismo
no han logrado enturbiar su gesto aristocrático.
Además, renegar de Yahvé, mendigar unos francos
no era, en verdad, asunto grave.
Quedaba el idioma, y el antiguo oficio de Dios
que es perdonar. Pero el desterrado no es hombre práctico:
desdicha y aflicción, como en toda biografía respetable.
Mientras Matilde cotorrea,
Heine, aburrido, se demora en morir.


sábado, septiembre 08, 2007

“Contra natura”, de Joris Carl Huysmans





Recordó que hacía algunos años estaba caminando una tarde por la Rue de Rivoli, cuando se encon­tró con un muchacho de unos dieciséis años, de ojos sagaces, tan atractivo a su modo como una muchacha. Estaba succionando afanosamente un ci­garrillo deshecho, del que caían briznas de tabaco ordinario. El muchacho frotaba los fósforos de co­cina maldiciendo; ninguno encendía, y pronto se terminaron. Al percibir la presencia de Des Essein­tes, que estaba parado observándolo, se acercó a él, tocó su gorra, y le pidió fuego muy cortésmente. Des Esseintes le ofreció algunos de sus fragantes Dubéques, entró en conversación con él y lo con­venció para que le contara la historia de su vida. Nada podría haber sido más trivial: su nombre era Auguste Langlois, trabajaba para un cartonero, había perdido a su madre y su padre lo zurraba. Des Esseintes lo escuchaba pensativamente.

-Vamos a beber algo -dijo, y lo llevó a un café, donde lo obsequió con un poco de ponche, que el muchacho bebió sin pronunciar palabra.

-Veamos -dijo Des Esseintes de pronto-: ¿qué te parecería un poco de diversión esta noche? Yo pago, naturalmente. Y salió con el mozalbete hacia un establecimien­to en el tercer piso de una casa en la Rue Mosnier, donde una cierta Madame Laura mantenía un sur­tido de lindas muchachas en una serie de compar­timientos carmesí amoblados con espejos circula­res, canapés y jofainas.

-¿De modo que no es por su propia cuenta que usted ha venido aquí esta noche? -preguntó Ma­dame Laura a Des Esseintes-. ¿Pero de dónde dia­blos sacó a ese niño? -agregó, mientras Auguste desaparecía con una hermosa joven.
-De la calle, querida.
-Pero usted no está borracho -murmuró la vieja señora. Entonces, después de pensar un momento, brindó una sonrisa maternal y comprensiva.
-¡Ah, ahora veo, pícaro! Los prefiere jóvenes, ¿no es cierto? Des Esseintes se encogió de hombros.
-No, está equivocada, muy equivocada -dijo-. La simple verdad es que estoy tratando de hacer un asesino del muchacho. A ver si puede seguir el hilo de mi razonamiento. El chico es virgen y ha alcanzado la edad en que la sangre comienza a hervir. Naturalmente, podría correr tras las mu­chachas de su barrio, conservarse honesto y aun tener su poco de diversión, gozar su pequeña parte de esa tediosa felicidad permitida a los po­bres. Pero trayéndolo acá, precipitándolo en una lujuria que nunca conoció y nunca olvidará, y dán­dole idéntico tratamiento cada quince días, espero inculcar en él la necesidad de esos placeres que no puede pagarse. Suponiendo que tomará tres me­ses hacer que esos placeres se vuelvan absolutamen­te indispensables -espaciándolos como lo hago para evitar el riesgo de saciar su apetito-, al final de esos tres meses interrumpiré la pequeña pensión que le pagaré a usted por adelantado para que se muestre amable con el muchacho. Y para conseguir el dinero para pagar sus visitas a este lugar, se vol­verá ladrón, hará cualquier cosa que lo ayude a ubicarse en uno de sus divanes. Contemplando el lado optimista de las cosas, espero que un buen día matará al caballero que regresaba inesperadamente mientras él estaba forzando su escritorio. Ese día mi objeto se habrá cumplido: habré contribuido, con mi mejor habilidad, a la formación de un truhán, de un enemigo más de esta horrible sociedad que nos desangra.

La mujer lo miraba sorprendida, con los ojos muy abiertos.

-¡Ah, ahí estás! -exclamó él, viendo que Au­guste había vuelto a la habitación, enrojecido y avergonzado, ocultándose tras su joven-. Vamos, muchacho, se está haciendo tarde. Dile buenas no­ches a las señoras. Mientras bajaban la escalera, le explicó que una vez cada quince días le pagaría una visita a Ma­dame Laura. Y apenas hubieron llegado a la calle, miró fijamente al perplejo muchacho y le dijo:

-No nos veremos otra vez. Corre a casa de tu padre, cuya mano debe estar esperándote, y re­cuerda esta casi evangélica sentencia: Haz a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti. -Buenas noches, señor.
-Otra cosa. Cualquier cosa que hagas, muestra alguna gratitud por lo que he hecho por ti, y ház­mela conocer tan pronto como puedas, preferible­mente a través de las columnas de la Gaceta Po­licial.

Ahora, sentado ante el fuego y atizando las bra­zas, Des Esseintes murmuraba para sí mismo:

-¡El pequeño Judas! ¡Pensar que ni una vez vi su nombre en los periódicos! Es verdad que jugué un juego arriesgado, en el que era imposible preve­nir ciertas contingencias obvias: la posibilidad de que la vieja mamá Laura me timara, embolsando el dinero sin entregar la mercadería; la posibilidad de que una de las mujeres se encaprichara con Auguste, de modo que cuando los tres meses pa­saron, le haya permitido tener gratis su diversión; y hasta la posibilidad de que los exóticos vicios de la hermosa judía hayan intimidado al chico, que podría ser demasiado joven e impaciente para so­portar sus lentos preliminares y sus salvajes climax, de modo que, a menos que él se haya alzado con­tra la ley después que regresé a Fontenay y dejé de leer los periódicos, he perdido el tiempo.

Eran las tres de la mañana. Encendió un ciga­rrillo y volvió a la lectura, interrumpida por su di­vagación, del antiguo poema latino De Laude Cas­titatis, escrito en el reino de Gondebaldo por Avitus, Arzobispo Metropolitano de Viena.



en A rebours




viernes, septiembre 07, 2007

"El séptimo sello", de Ingmar Bergman

Extractos





Introito

Mediados del siglo XIV. Antonius Block y su escudero, tras años de Cruzadas en Tierra Santa vuelven a su Suecia natal, una tierra destrozada por la peste negra.


Inicio


Voz en off:

“Y cuando el cordero abrió el séptimo sello en el cielo se hizo un silencio que duró una media hora y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas”.

En la orilla del mar, ANTONIUS mira hacia el cielo sin mayor gesto mientras su escudero dormita. Se acerca a mar y se refresca la cara. Se arrodilla pero se arrepiente de hacerlo luego de juntar sus manos para orar. Hay un tablero de ajedrez dispuesto para jugar junto a sus cosas. Aparece un personaje cubierto por una túnica negra.

ANTONIUS: ¿Quién eres tú?
LA MUERTE: La Muerte.
A: ¿Vienes por mí?
LM: Hace tiempo que camino a tu lado.
A: Ya lo sé.
LM: ¿Estás preparado?
A: El espíritu está pronto, pero la carne es débil.

La Muerte se le abalanza lentamente.

A: Espera un momento.
LM: Es lo que todos decís. Pero yo no concedo prórrogas.
A: Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
LM: ¿Cómo lo sabes?
A: Lo he visto en pinturas y oído en canciones.
LM: Pues sí, realmente, soy un excelente jugador.
A: No debes de ser tan bueno como yo.
LM: ¿Para qué quieres jugar conmigo?
A: Es cosa mía.
LM: Por supuesto.
A: Juguemos a condición de que siga viviendo mientras resista. Si pierdes, me dejas vivir.

Se sientan ante el tablero y ANTONIUS toma una pieza blanca y una negra, las confunde tras de sí y empuña sus manos escondiéndolas para que LA MUERTE escoja alguna de las la pieza una mano para ver quien ocupará cuál color de piezas.

A: Las negras, para ti.
LM: Era lógico. ¿No te parece?





Otra escena


ANTONIUS entra a una iglesia y se queda mirando un cristo crucificado. Nota –a un costado- que hay un monje en un confesionario y se acerca a él.

ANTONIUS: Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo, delante de mi rostro. Me veo a mí mismo... y, al contemplarlo, siento un profundo desprecio de mi ser. Apesadumbrado. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías y ensueños.
EL MONJE: Y, a pesar de todo, no quieres morir.
A: Sí que quiero.
EM: Entonces, ¿a qué esperas?
A: A saber qué hay después.
EM: Buscas garantías.
A: Llámalo como quieras.

ANTONIUS se arrodilla ante el confesionario.

A: ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con los sentidos? ¿Por qué escondernos en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? ... Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos... ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí?¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde a pesar de mis maldiciones, que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo una realidad, que se burla de mí y de la que no me puedo liberar? ... ¿Me oyes?
EM: Te oigo.
A: Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro y me hable.
EM: Él no habla.
A: Clamo a él en las tinieblas y nadie contesta a mis clamores.
EM: Tal vez no haya nadie.
A: La vida perdería el sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.
EM: La mayoría de la gente no piensa en la muerte ni en la nada.
A: Un día, llegan al borde de la vida y deben enfrentarse a las tinieblas.
EM: Sí. Y cuando llegan...
A: Calla. Sé lo que vas a decir... Que el miedo nos hace crear una imagen salvadora... Y esa imagen es lo que llamamos Dios.
EM: Te estás preocupando.

Silencio.

A: Hoy ha venido a buscarme La Muerte, estamos jugando al ajedrez. Una prórroga que me da la oportunidad de hacer algo importante.
EM: ¿Qué piensas hacer?
A: He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un absurdo. Creo que me arrepiento. Fui un necio. En esta hora siento amargura por el tiempo perdido. Aunque sé que la vida de los demás corre por los mismos cauces. Por eso quiero emplear esta prórroga en una acción única... que me dé la paz.
EM: Por eso juegas al ajedrez con La Muerte.
A: Usa una táctica hábil, pero aún no he perdido piezas.
EM: ¿Supones que podrás engañar a La Muerte con tu juego?
A: Gracias a una combinación de alfiles y caballos que aún no ha descubierto. Una jugada y le quitaré la reina.
EM: Lo tendré en cuenta.
A: (Dándose cuenta de que EL MONJE es en realidad LA MUERTE) Me has traicionado. Tratas de engañarme. Pero cuando nos enfrentemos, yo encontraré una salida.
LM: Nos veremos pronto. Seguiremos jugando. (Se va.)
A: Sí, es mi mano. La puedo mover. Noto el pulso, corre la sangre. El sol sigue en lo alto, iluminándolo todo y yo... Yo, Antonius Block... juego al ajedrez con La Muerte.









1957


jueves, septiembre 06, 2007

“Roberto Rojas, una esquirla de mentiras. 18 años después”, de Juan Carlos Basualto





R
oberto Rojas, fue un niño tranquilo, de carácter reservado, incluso tímido. Sus profesores de enseñanza básica coinciden en definirlo como un niño de pocos amigos, solitario. Sin embargo poseía una característica que lo hacía sobresalir. El ansia obsesiva de destacar en lo que fuera, estuviera capacitado o no. A la hora de pasar al frente de la sala y enfrentar a sus compañeros, Roberto sufría una transformación, demostrando una seguridad desconocida en el resto de las situaciones, una seguridad que lo distinguía claramente entre sus pares. Asimismo, a la hora de manifestar una opinión era el primero en levantar la mano y contestar, casi siempre de manera equivocada, pero recompensado igual a la hora de las evaluaciones por su gran disposición y esfuerzo. En gimnasia, en atletismo, en los ejercicios físicos, pero sobre todo en los deportes demostró tener una capacidad muy por sobre los demás, condición por la que su profesor jefe lo recomendó ante el seleccionador infantil del Club de Fútbol “Aviación” (hoy desaparecido), quien, completamente deslumbrado, lo dejó de inmediato entrenando en el equipo. Ya desde sus primeros partidos, y por una mezcla de características físicas –un secreto de camarín muy bien guardado- y de desplazamiento en el aire durante sus vuelos, fue apodado el “Cóndor”. Algún día jugaré por la selección nacional y mi nombre quedará en la historia, le repetía constantemente a sus pequeños colegas de actividad, evidenciando una mezcla de desmesurada ambición personal y una capacidad natural de asimilar su propio talento. Aquella etapa de su vida sería un constante devenir entre la cancha, los entrenamientos, la competición de categorías infantiles, la escuela, los estudios y su familia.

*

“En un momento me sentí muy solo. Los que pensé que eran mis amigos me abandonaron. Sentí que un país entero se me venía en contra, y no sólo eso, sentí que el mundo entero se volvía en contra mío”, confesaría un par de años después del desastre del Maracaná, estadio en donde jugó su último partido profesional (por las eliminatorias del mundial de Italia 1990). “Viejo, entiéndelo bien, a Brasil no lo vas a desbancar jamás. Eso te provoca impotencia, ¿sabes? No importa el fútbol, ni los goles, ni que seas, en algún momento dado, mejor que ellos. A Brasil no lo vas a eliminar, y eso que te quede claro desde el comienzo, porque si no lo entiendes terminas cometiendo excesos, como nos pasó a nosotros”. Roberto Rojas intenta justificar lo sucedido y, en algún sentido, tiene razón. A Brasil es imposible dejarlo fuera. Es fácil suponer que en algún lustroso escritorio de Zürich, existen varias carpetas con estudios de mercado indicando las millonarias pérdidas para la Fifa (por conceptos de menor rating de televisión, menor asistencia a los estadios, menor turismo, peores contratos en general), en caso de faltar el monstruo carioca a una cita mundialista. Se dice que ésta fue la razón principal por la que la Confederación Sudamericana de Fútbol cambió el sistema de eliminación por grupos al de todos contra todos.



Aquella eliminatoria la recuerdo como si fuera hoy, ¡cómo olvidarla! Las imágenes del Cóndor sobre el césped, revolcándose y la defensa del equipo pidiendo la asistencia del árbitro argentino Lusteau, quien siempre se hizo el desentendido, hasta el momento mismo en que el equipo chileno desapareció indignado por la boca del túnel rumbo al infierno, al escarnio público, a la vergüenza y a la descalificación por los siguientes dos mundiales. Esa noche en Santiago hubo apedreos contra la Embajada y el Centro Cultural de Brasil. Y se creó un ánimo antibrasileño que duró meses. Algunos propusieron un boicot total. Otros el corte de relaciones protocolares. Hasta que el Cóndor, un buen día, un extraño día, terminó por confesar “la verdad”: él mismo se había hecho el corte con un bisturí oculto entre sus guantes. En esa ocasión el Cóndor pidió perdón, lloró y mencionó a sus hijos. Lo de siempre.

En esa eliminatoria, Chile integraba el mismo grupo que Venezuela y Brasil. Eran los tiempos en que a Venezuela se le hacían tres goles en su propia cancha y siete o más jugando de local. Nadie ha hecho un análisis serio, pero estoy seguro que Venezuela jugó de manera diferente ante Brasil que ante Chile. La ferocidad de las jugadas contra Chile, las tarjetas para ambos equipos, la cantidad de faltas, versus la displicencia y la entrega fácil contra la verde-amarilla, hacen pensar -no con demasiada fantasía- en maletines negros con dinero. Pero claro, eso es pura especulación. Así también existen hechos comprobables. Como la suspensión del Estadio Nacional de Santiago, motivada por una botella que cayó a la cancha y que pasó a "peligrosísimos" cinco metros del guardalíneas (la famosa bengala pasó a menos distancia de Roberto Rojas y, que yo recuerde, el Maracaná no sufrió ni siquiera una suspensión de diez minutos). Debido a esto, Chile tuvo que hacer de local ante Venezuela en Mendoza, Argentina. Para ese partido viajaron miles de chilenos y el equipo ganó por cinco a cero. Recuerdo que Chile debía ganar por ocho goles de diferencia para llegar con la ventaja del empate al último partido, en el Maracaná. En ese tiempo Chile podría haberlo hecho, de local, claro... Si acá les hicimos cinco, en Santiago les hacemos doce, fueron las pedantes -aunque no alejadas de la realidad- declaraciones de Jaime Pillo Vera. Así, con todos estos sucesos poco usuales que rodearon aquella eliminatoria, se llegó al último partido en Río.

Debe ser verdad. Jugar contra Brasil en un grupo que sólo clasifica a uno, debe ser un asunto más que agobiante. Brasil no sólo es un gigante futbolístico, sino también, un gigante financiero. Eso hasta el más incauto por lo menos lo intuye. De ahí la impotencia, la rabia, la frustración, la furia liberada en mal momento y el afamado agarrón de genitales de Patricio Yánez, uno de los delanteros más rápidos y talentosos de toda la historia del fútbol chileno. De ahí nació el dicho y quedaron en el recuerdo aquellas memorables palabras de Pedro Carcuro, el relator de aquel partido: ¡Qué ordinario Patricio Yánez! Hasta hoy, cada vez que se repite el gesto, se recuerda al legendario delantero quillotano.




Porque ese es otro de los puntos a analizar. Aquella selección chilena era de gran nivel y, entre todos ellos, Roberto Rojas era prenda de garantía absoluta en el arco. Según muchos, yo mismo incluido, fue el mejor arquero de la historia de Chile y en aquel tiempo, según varios analistas, era el mejor del mundo. Una de las leyendas de ese tiempo dice que luego de las eliminatorias, el Cóndor jugaría por el Real Madrid, que existía un pre-contrato firmado, jugara o no jugara el mundial de Italia. Rumores más, rumores menos, Rojas llegaría a jugar en Europa, de eso no cabía duda. Entonces la pregunta surge sola: ¿Por qué lo hizo? ¿Fueron motivaciones puramente deportivas? ¿La frustración de no poder desbancar al monstruo? ¿David contra Goliat? ¿La impotencia de saber que aunque jugaran mejor, jamás llegarían al mundial? Esa es una parte de la historia. La otra, probablemente la verdadera, es la que permanece oculta hasta hoy.

Una de las teorías dice que a Roberto Rojas le pagaron desde Brasil. Los caballeros del maletín habrían visitado a Rojas semanas antes de aquella eliminatoria, intentando convencerlo de cometer una estupidez como la que terminó haciendo. Un partido malo de Rojas (“jugar para atrás” en términos futboleros) hubiera sido demasiado notorio, dicen los defensores de esta teoría. Además se hubiera ganado el odio eterno del pueblo chileno. La estrategia debía ser otra. Además, ¿es razonable pensar que en el país más futbolizado del mundo, en el estadio más grande del mundo -150 mil personas observando el partido en directo-, ante una veintena de cámaras de televisión oficiales y otras cientos de cámaras no oficiales, cientos de millones de espectadores por televisión y miles de cámaras fotográficas, su acto iba a pasar inadvertido? En mi opinión hay que ser extremadamente estúpido para llegar a pensar algo así. Eso o tener un respaldo (entiéndase coima, incentivo, ofrecimiento) demasiado importante, y a la altura, como para compensar tan incomprensible acto.

De cualquier manera las dudas siguen. En caso de haber sido cierto el golpe de bengala en contra de la frente de Rojas, ¿habría tenido Lusteau los cojones para suspender un partido en el mismísimo Maracaná, ante los ojos del mismísimo Havelange? Por cierto que no. Si se hubiera acercado hasta el Cóndor -cosa que no hizo pero que debió haber hecho- habría pedido el cambio y no mucho más que eso. Pero, ¿por qué no se acercó Lusteau? Evidentemente no era cuestión de hacer tiempo, Chile perdía uno a cero y el resultado no le servía-, y si así hubiera sido, de cualquier forma tendría que haberse acercado al arquero para mostrarle una tarjeta amarilla o una roja, o para decirle algo. ¿Hasta qué punto es razonable que Lusteau no se haya acercado a ver qué pasaba con el arquero chileno? Pensara lo que pensara no podía dejar a un arquero tirado y sangrando en la cancha. Es obvio que el mentado árbitro no había visto a Rojas cortarse. ¿Es que Lusteau formaba parte del complot? ¿Sabe la verdad alguien más que Rojas? ¿Hay una verdad de la que enterarse? Lo cierto es que en algunos casos, nada sucede razonablemente. Lo cierto es que en otros (un número nada despreciable), la verdad jamás llega a ser conocida. El ingenuo dicho ése de “la verdad siempre se impone” no va más allá de provocar un par de risitas lastimeras. Así las cosas, resulta fácil pensar que este caso cumple con ambas características. Algo sí es seguro: acá la verdad imperante no es la verdad final y Rojas de seguro maneja más información.

Para la anécdota quedará la feroz patada de Raúl Ormeño a Branco en el minuto seis del primer tiempo del partido que Chile jugó como local contra Brasil, en esa misma eliminatoria. Aquella fue una de las patadas más impresionantes que he visto en mi vida. Lamentablemente nos dejó empatados en la cantidad de hombres sobre la cancha. Es decir, lo que sucedería inevitablemente, Ormeño lo hizo más fácil (Romario había salido expulsado antes de comenzar el juego y era evidente que ante cualquier mínima falta, el árbitro dejaría a los equipos igualados en número). Su instinto básico lo traicionó. “Patitas con sangre” Ormeño no pudo quitarse de encima su esencia más básica, el pegar las más groseras patadas sin ningún asomo de arrepentimiento. En cualquier caso fue una acción digna de enmarcar y el volante brasileño lo supo de sobra.

Para la anécdota quedarán también los desnudos de la fogateira, quien tuvo sus quince minutos de fama y algo de dinero por la versión brasileña de Playboy, en donde apareció mostrando los senos, sólo cubierta por una bandera y una bengala encendida. Para el recuerdo quedará también la suspensión del excelente central Fernando Astengo, quien vio truncar sus cuatro mejores años de carrera; la suspensión definitiva del entrenador Orlando Aravena; la del médico (Rodríguez) y la del dirigente a cargo (Stoppel). Ninguno pudo volver al fútbol (Astengo hizo un breve intento al terminar su suspensión, que no fructificó). Curiosamente, el que sí volvió al fútbol fue Roberto Rojas quien trabajó varios años como entrenador de arqueros del Sao Paulo F.C.

No conozco la verdad de todo esto, nadie la conoce más que el Cóndor, pero en mi opinión, es evidente que la verdad que se conoce no es cierta, al menos no completamente. Esta verdad no es la verdad, o algo así. No es necesario ser muy brillante para darse cuenta de este hecho, o al menos para intuirlo. La conocida corrupción del mundo del fútbol, el hecho a todas luces imposible de que Brasil quede fuera de un mundial, Roberto Rojas que termina trabajando en Brasil, la suspensión del Estadio Nacional de Santiago por una botella, la no suspensión del Maracaná por una bengala -haya dado o no haya dado en la frente del Cóndor-, la condición foránea de local que debió afrontar Chile, la diferencia de juego de Venezuela al enfrentar a Chile y a Brasil, la actitud de Lusteau en la cancha, la de Joao Havelange, presidente de la Fifa, etc. Son demasiados los elementos objetivos que pesan a la hora de configurar esta ecuación.

*

Sea como sea, Roberto Rojas perjudicó a todo un país. Nos dejó fuera de dos mundiales y nos quitó el mínimo prestigio, si no futbolístico, al menos organizacional que poseíamos. Fuimos el hazmerreír, el comidillo a nivel mundial. Fuimos un país sin fútbol durante una década. Se mató a toda una generación de deportistas que se quedaron sin la posibilidad de dar la pelea por llegar a un mundial. Y Roberto Rojas fue el organizador visible de toda aquella faramalla.

Es por esto que me extrañó tanto la ovación que recibió en el Estadio Nacional, con ocasión del partido de despedida de Iván Zamorano. Roberto Rojas no había tenido la oportunidad de enfrentarse al monstruo popular, y aquella vez la tribuna le dio su aplauso. Fue un acto reflejo del hincha de tablón que lo vio jugar y se emocionó ante su destreza y enorme talento. Fue un agradecimiento y un hacer las paces. Fue un olvido voluntario desde ambas partes que, si bien funcionó por una noche, quedará rondando como un eterno fantasma, encadenado a los recuerdos de aquella noche carioca del año 1989, llena de desastres, traiciones y desapariciones. No se trata de escarbar en la vieja herida, se trata de pretender saber la verdad ante un hecho lleno de incoherencias y vacíos. Después de todo, y a estas alturas, no creo que sea mucho pedir. O tal vez sí.