La vida de Jaime Sáenz es un inventario de gestos provocativos contra la clase media de la que provenía, contra un tiempo que se le antojaba dominado por la razón, en el que las fuerzas desatadas de la modernidad capitalista intentaban destruir el espíritu de las ciudades, «cifra de muchos misterios». Nacido en La Paz en 1921, Sáenz fue un ser torturado; comenzó a beber a los quince años y a los veinte ya era alcohólico. Dos experiencias con el delirium tremens a principios de la década de 1950 lo llevaron al borde de la muerte y lo obligaron a dejar el alcohol y dedicarse plenamente a la escritura. Para Sáenz, el alcohol era un camino de conocimiento que permitía acceder a un grado de conciencia superior, a un estado de revelaciones y una visión más profunda de la realidad. En La noche (1984), escribe:
La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora
que imaginarse pueda,
es sin duda la experiencia del alcohol.
[…]
Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de
espanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá.
Una de sus facetas más extrañas es su relación con el nazismo, que descubrió durante un viaje a Alemania en 1939. Lo fascinaba su lado místico, su conexión con el irracionalismo alemán. En una pared de su escritorio tenía la foto de Hitler y en una pizarra había dibujado una esvástica; creía que el nazismo era la última esperanza para detener el avance del capitalismo (que veía como una conspiración judía). Esa fascinación estaba plagada de contradicciones: Sáenz utilizaba ideas nacionalsocialistas sobre la importancia de lo telúrico para aplicarlas a Bolivia y creía que en la potencia de la raza aymara se encontraba el futuro del país (en su escritorio también guardaba la foto de un indio aymara gigante).
Le gustaba visitar la morgue, pero su interés era más metafísico que morboso: ver qué sensaciones físicas experimentaba, enterarse a qué olían los cadáveres, estaba ligado a su obsesión por comprender qué pasaba con el alma después de la muerte. Paradójicamente le horrorizaba ser enterrado vivo a la vez que vivía con un profundo deseo de morir. Llegó a dar instrucciones a un amigo doctor para que cuando lo enterraran se cerciorara de que estuviera muerto.
Sáenz vivía de noche y dormía de día: ponía cartulinas negras en las ventanas de sus cuartos para que no entrara la luz, gesto que lo emparenta con escritores «malditos» latinoamericanos como Rodrigo Lira y Jorge Barón Biza: la búsqueda de oscuridad, la entrega a la vida nocturna, es un gesto cargado de simbolismo. Cerrar las ventanas no es solamente apagar la luz sino también clausurar el paso a las convenciones que triunfan durante el día: las buenas costumbres, la razón.
en Atlas de la literatura latinoamericana (ed. de Claudia Obligado), 2022
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