DE SÚBITO, el duende de la noche salta sobre las azoteas de Sao Paulo. Sofía Caldaya se pinta los labios ante la ventana de luciérnagas. Pañito de Barita extiende sus bucles entre dos girasoles. Cielo de lágrima, luminoso y límpido. El llanto se evapora en sartenes de plata.
Cidade de vísperas. Anterior al primer día. Cada crepúsculo te inventas y peinas los árboles de tu Plaza de Mar.
Despiertas con las lunas y creces. Observas tus lisonjas desde el raudo mirador de los trenes; lanzas dados frenéticos; aúllas en las puertas de las Siete Cotorras; gritas ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!, Jesús blanco, Jesús negro, Jesús vendiendo tazas, estrellas, edificios, yerbas alegres, fechas de matrimonio que se irán con sus cortes por los ríos de seda. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Carpintero Jesús! bendice a la ciudad más moza del planeta, cómprale sus maderas y sus varillas de metal relucientes como celos.
Vuelan las horas sombrías sobre los puentes de nácar. La muchedumbre arrastra sus sombrillas plegadas: dormidas mariposas. Yo te amo, amor. Japoneses, en la Rúa del Clavel Azul, huelen temblorosos las cenizas de sus muertos. Vida, yo te amo.
Esta noche no dormiré con nadie. Ha de crecer mi cuerpo entre los humos de la cidade. Se cubrirá de líquenes y polen, de ojos y de timbres infinitos. Mi dedo meñique lustra la calzada de Iparingá.
Lejos, en el légamo azul, se atasca la rueda de la aurora. Guardavías y arcángeles sacan a relucir barajas nuevas. Yo no estaré con ellos. Suspiraré tu nombre en el Parque de Tilos, hasta que un mismo río nos conduzca, trémulos abrazados, otra vez…
en Las comarcas, 1962
Publicado también por Máquina Purísima, Lima, 2022


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