Imaginemos la tarde en que el filólogo Corominas redescubrió, bajo el vuelo de una blanca de la col, el «María, pósate» de los antiguos padres de la Iglesia. Era abril en su ondulada y amable Cataluña, el abril de las últimas mandarinas y los tempranos narcisos. El mes que abre las cosas, como bien vieron los romanos. En su prodigiosa memoria, en su altiva perspicacia, asimilar María a la mariposa le proporcionó una felicidad semejante a la del poeta Berceo, quien vio a la Theotokos o ‘paridora de Dios’ encarnada en un prado de mayo con sus gramíneas, sus poáceas y sus caléndulas. Pero una cosa era el manto de la Virgen y la fertilidad de la tierra, y otra paralela esa criatura alada que los griegos asimilaron a la mente humana. ¿Era, acaso, María, la madre de Jesús, asimismo la matriz anímica en la que se había gestado, para asombro de los seres humanos, el hijo de Dios?
Corominas debió de decirse, con voz entrecortada:
—María, pósate.
Y la blanca de la col, como si lo hubiese oído, se detuvo sobre la verde columna del hinojo. Abrió las alas y agradeció al sol el que extrajera de la última lluvia un perfume nutricio.
Abrió las alas, contribuyendo de ese modo a que el lingüista repasara al vuelo media docena de palabras y sus raíces. Al mismo tiempo, se alegró de que fuera la lengua castellana la dueña del vocablo mariposa, apartándose de ese modo del tradicional Papilio latino presente aún en el catalán y en el francés.
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En tiempos antiguos, los griegos la llamaron Psique, que hoy podemos traducir como ‘mente’ y que originalmente aludía al hálito o soplo. Por la mágica historia de Eros y Psique sabemos que su curiosidad no tenía límites, y que de todas sus inclinaciones el amor fue la primera. En griego moderno, empero, ese nexo se extravió, reemplazándose a Psique por petaloudia, o sea, ‘hoja’, ‘pétalo’, aquello que crece y se abre, como en el verbo petánumi. La homología no es sólo bella: también es pertinente, pues tanto va la mariposa al pétalo como transfiere, este, su color al ala. Por otra parte, y dado que en griego la palabra para ala sigue siendo ptero, de ahí viene el nombre científico de las mariposas, lepidópteros.
La palabra holandesa botervlieg precede a la inglesa butterfly, la ‘mosca de la manteca’, pues se creía que los excrementos de esa etérea criatura eran cremosos y blanquecinos. El alemán Schmetterling también da cuenta de esa creencia, pero trasladándola al mundo de las hadas y las brujas que, encarnadas en mariposas, sentían predilección por ese alimento. El hecho de que prevaleciese, en inglés, la citada palabra, no debe hacernos olvidar el antiguo anglosajón fifoldara, fifalde, en donde vemos algo que hallaremos también en italiano y en hebreo: la doble f, letra que al pronunciarse recuerda tanto al soplo que se marcha como se aleja el alma del cuerpo tras el último suspiro.
El alma es una mariposa en la crisálida de nuestro cuerpo, esperando que pendamos de un hilo, del sutil hilo del silencio, para nacer al color y al vuelo.
En el feileacan irlandés encontramos también la f, como en fairy, el tradicional cuento de hadas que aparecen y desaparecen, tienen alas y lo saben todo de todo en cada instante de su viaje. El noruego sommerfugl y el yídish zommerfeigele aluden a la mariposa como a un pájaro de verano, casi insustancial, y tan alegre que desconoce su propio peso. Los rusos la llaman boboshka, que significa tres cosas a la vez: ‘mujer anciana’, ‘abuela’ y ‘pastel’, aunque en ciertas regiones de ese enorme país se conserva la forma dushichka, de dushae, ‘alma’. Familias enteras de mariposas, como por ejemplo la bajá de dos colas, sienten una extraña predilección por los dulces, los higos maduros y hasta pasados, y en la red fluvial amazónica es frecuente ver decenas de mariposas a los pies de los frutales silvestres, libando hasta el éxtasis de su muerte en el pico de los pájaros.
La farfalla italiana que hizo decir a Dante que il uomo è una farfalla angelica suena parecido a la parpar del hebreo, cuya raíz, pré, ‘salvaje’, ‘silvestre’, también hallamos en pirper, ‘estremecerse’. He aquí, de nuevo, al amor, su parpadeo nocturno y su pleamar de suspiros. Su indomable carácter y su potencial fertilidad. En ambos casos, el italiano y el hebreo, oscila la f su arte de la fuga, su fiesta de caricias. En el borboleta portugués, en cambio, únicamente la b geminada da cuenta de cierta simetría.
Llegamos, así, al chino hu-tieh, donde tieh alude a los setenta años haciendo, en consecuencia, de la mariposa un símbolo de la longevidad, cuando —por el contrario— entre nosotros se la relaciona con lo efímero y lo fugaz. Para los chinos, la mariposa es lo que nuestro Cupido, promotora y mensajera del amor, detalle que ya observamos en la relación entre Psique y Eros. Cuenta Chuang Tzu que un joven estudiante que corría tras una hermosa mariposa se introdujo sin quererlo en el jardín de un viejo magistrado, cuya hija revisaba, en ese momento, un hermoso rosal. Estupefacto por lo que consideró la transformación de un insecto en una doncella, se enamoró y tuvo tanta suerte que la convirtió en su esposa. Cabe agregar algo al relato del filósofo: nunca, en toda su vida, el perseguidor curioso narró a su mujer cómo llegó a ella. Temía que, de nombrar a la mariposa, esta volviese a aparecer tornando de ese modo irreal el encuentro con su mujer. Revelar un secreto que concierne a un tesoro, dicen de los sufíes, es contribuir a su desaparición.
en El alfabeto alado, Acantilado, 2019

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