Yo lo llamaría el Guardián del Umbral. Cierto es que los que se dedican a las ciencias ocultas entienden por Guardián del Umbral a un fantasma recio y terribilísimo que se le aparece en el plano astral al estudiante que quiere conocer los misterios del más allá. Pero mi guardián del umbral tiene otra catadura, otros modales, otro «savoir faire».
¿Quién no lo ha visto? ¿Cuál es el ciego mortal que no lo ha advertido al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada? ¿Dónde pernocta el ciego mortal que no ha notado todavía al ciudadano que plancha el umbral, para que yo se lo muestre vivo y coleando?
Es uno de los infinitos matices ornamentales de nuestra ciudad; es el hombre de la camiseta calada. Dios hizo a la planchadora, y en cuanto la planchadora salió de entre sus manos divinas con una cesta bajo el brazo, Dios, diligente y sabio, fabricó, a continuación, al guardián del umbral, al hombre de la camiseta calada.
Porque todos los legítimos esposos de las planchadoras usan camisetas caladas. Y no trabajan. Cierto es que buscan trabajo. Y que ellas se acostumbran a que él trabaje en el trabajo de buscar trabajo: pero el caso es este. Usan camiseta calada, y hacen la guardia en el umbral.
¿Quién no lo ha visto pasar?
Por lo general las planchadoras viven en esas casas que en vez de tener un jardín al frente, tienen un muro, disfraz de tapial y conato de medianera, donde se puede leer: «Taller de lavado y planchado». Luego una escalerita de mármol sucio, y en el último peldaño, solitario, en mangas de camiseta calada, erguidos los mostachos, cetrina la facha, renegrida la melena, agria la pupila, calzando alpargatas, está sentado el Guardián del Umbral, el legítimo esposo de la planchadora.
¿Cuándo aparecerá el Charles Lous Phillie que describa nuestro arrabal tal cual es? ¿Cuándo aparecerá el Quevedo de nuestras costumbres, el Mateo Alemán de nuestra picardía, el Hurtado de Mendoza de nuestra vagancia?
Entretanto démosle ala «Underwood».
La planchadora se casó con el hombre de la camiseta calada cuando era joven y linda. Labio como flor de granada y trenza abundosa. Bajo el brazo la cesta envuelta en media sábana.
Él también era un guapo mozo. Tocaba la guitarra que era un primor. Vivían en el conventillo. El mozo pensó bien antes de decidirse: La madre de la muchacha tenía el taller. Pensó tan bien que después de un amorío con guitarra y versitos del extinto Picaflor Porteño –«SI MI BOCA FUERA PLUMA Y MI CORAZON TINTERO»– se casaron como Dios manda. Hubo baile, felicitaciones, regalos de bazar, y la «vieja» enjugó una lágrima. Cierto es que el muchacho no es malo, pero le gusta tan poco trabajar… Y las viejas que hacían círculo en torno de la damnificada comentaron:
–¡Qué se le va a hacer, señora! Los jóvenes de hoy son así…
Y sí, son tan así que a la semana de haberse casado, el hombre de la camiseta calada empezó a alegar que a él los jefes le tenían envidia y que por eso no se mantenía fijo en ningún trabajo, y luego se espetó a la suegra que el trabajo que le querían dar no estaba en consonancia con su «abolengo»: y la vieja, que se moría por lo del abolengo, porque había sido cocinera de un general de las campañas del desierto, le aceptó, refunfuñando al principio, y así, un día y otro, el hombre de la camiseta calada le fue esquivando el cuerpo al trabajo, y cuando se acordaron madre e hija ya era tarde; él se había apoderado del umbral. ¿Quién lo sacaría de allí?
Había tomado jurídica y prácticamente posesión del umbral. Se había convertido automáticamente en Guardián del Umbral.
Desde entonces, todas las mañanas de primavera y de verano se le pudo contemplar sentado en el escalón de mármol o de tierra romana del conventillo, impasible, solitario; el ala del sombrero sombreándole la frente, el torso convenientemente ventilado por los agujeros de una camiseta calada, el pantalón negro sostenido por un cinturón, las alpargatas aplastadas por los calcañares.
Mañana tras mañana. Crepúsculo tras crepúsculo ¡Qué linda vida la de ese ciudadano! Se levanta por la mañana tempranito y le ceba un mate a la damnificada, diciéndole: ¿Te das cuenta qué buen marido que soy yo? Luego de haber mateado a gusto, y cuando el solicito se levanta, va al almacén de la esquina a tomar una cañita, y de allí tonificado el cuerpo y entonada el alma, toma otros mates, pulula por el taller de lavado y planchado para saludar a las «oficialas», y más tarde se planta en el umbral.
A la tarde duerme su siestecita, mientras su legítima esposa se desloma en la plancha. Y bien descansado, lustroso, se levanta a las cuatro, toma otros mates y vuelta al umbral, a sentarse, a mirar pasar la gente y a darse esos interminables baños de vagancia que lo hacen cada vez más silencioso y filosófico.
Porque el hombre de la camiseta calada es filósofo. Bien lo dice su mujer:
–Tiene una cabeza… pero… – Ese «pero» lo dice todo. Y es cierto. Nuestro filosofante es el Sócrates del conventillo. Él es el que interviene cuando se producen esos líos descomunales; él es quien consuela al marido burlado con dos frases de un Martín Fierro de leyenda; él es quien convence a un calabrés de que no cometa un homicidio complicado con el agravante del filicidio; él es quien, en presencia de una desgracia, exclama siempre patéticamente:
–Hay que resignarse, señora. La vida es así. Tome ejemplo de mí. Yo no me aflijo por nada. Habla poco y sesudamente. Tiene la sabiduría de la vida y la sapiencia que concede la vagancia contumaz y alevosa, y por eso es en todo conventillo, con su camiseta calada y su guardia en el umbral, el matiz más pintoresco de nuestra urbe.
en El Mundo, 3 de septiembre, 1928

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