El viejo Borges — siempre hay una cita para él—, en «Funes el memorioso» (1942), asocia el desborde del basural a la memoria: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes, que se pasaba las horas muertas sin encender una vela, tenía la lucidez del recuerdo, ya que, a diferencia de nosotros, que, de un vistazo, sólo percibimos «tres copas en una mesa», él percibe «todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra». El «vaciadero de basuras» encuentra eco en Budnik (2018), de Juan Carreño, donde «Mi memoria es como un basural». La mía, simplemente, es una bodega abandonada con materiales diversos, chatarras, citas, basura, escombros, letras e imágenes. El diogenismo del lector conserva lecturas para luego reutilizarlas. Al comienzo de Poste restante (2000), de Cynthia Rimsky, la narradora comenta las palabras de Ortuzio, quien sostiene «que los mercados persas son el diván del psicoanalista ahorrándose el dinero. Los objetos ordenados en el suelo despiertan evocaciones que recorren a los visitantes a la manera de un álbum íntimo y social». Así quisiera disponer estos materiales literarios desechados, buscando las entrelíneas detrás de los materiales o de la lectura literaria y psicoanalítica, según Andrea Kottow (2002). Aunque en este ensayo me quedo sólo con la lectura de materias, materiales, literatura y algunas imágenes.
En la contraportada de El Palacio de la Risa (1995), el escritor Germán Marín reconoció: «Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura», en consonancia con lecturas críticas en torno al gesto de escribir e investigar de la crítica, la creación, la historia. Antes, escribió Enrique Lihn, en el poemario El Paseo Ahumada (1983), «Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres», es decir, el basural como el templo o sepulcro. Por su parte, en una zona fronteriza que marca el cierre del boom latinoamericano, José Donoso publica El obsceno pájaro de la noche (1970), donde la manipulación de la basura es un ejercicio amparado por el encierro espacial y social. La limpieza subalterna y la acumulación residual son gestos iterativos en la novela: «somos sirvientes acostumbradas a vivir en piececitas chicas repletas de objetos», pero también entre «ruinas», «escombros», «polvo», «pelusas», «sobras de comida», «hollín y grasa» y «basura». En la bisagra de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, Diamela Eltit, Nona Fernández, Roberto Bolaño y Ramón Díaz Eterovic elaboran desde el residuo una forma material y estética angular para sus narrativas. Estas y otras narrativas se construyen desde los basurales o constituyen partes de escenas y espacios basura.
Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2026


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