—¿Quién es? Voy a llamar a la policía —y sin abrir la puerta se asomó por la cortina de la ventana que terminaba a pocos centímetros de la puerta. No me reconoció y de inmediato se escondió.
—Marta, soy yo, Marcos, no te asustes.
La mujer volvió a mirar la ventana, incrédula, para confirmar lo que había escuchado.
—Hola, perdoname que te moleste a esta hora, ¿puedo...?
—¿Qué hacés acá, Marcos? Vos estás loco —interrumpió aún desde el otro lado del vidrio. Desapareció y abrió la puerta, aunque no completamente.
—¿No escuchaste el mensaje que te mandé? ¿Cómo se te ocurre venir hasta mi casa a esta hora y con este día espantoso?
—Marta, necesito pedirte lo que tengas todavía de Roberto, cualquier papel que hayas guardado. Por favor, necesito hablar con alguien. Vine a Montevideo únicamente a averiguar lo que pudiera, pero tengo pocos días, no puedo seguir esperando más.
—Entonces no esperes más y cerrá el caso. ¿Averiguar qué, muchacho? Por favor, llevás años preguntándome lo mismo. Hace tiempo que te dije que yo había dado vuelta la página, ni siquiera era mi pareja cuando falleció. Yo tiré todo, no sé qué parte no entendés, no queda nada. Roberto se murió y listo, lo siento mucho, sé que para vos era importante, y yo sé que para él vos también lo fuiste, quedate con eso.
Me quedé un momento parado ahí sin decir nada, en realidad sin tener la menor idea de qué decir. Ella tampoco se movió de la puerta. Di media vuelta y comencé a bajar escalón por escalón. Supongo que me aferraba incluso a ese momento de derrota.
—Perdoname que no te haga pasar, Marcos, pero estás empapado y, además, ¿para qué? —definitivamente esa última declaración era innecesaria. Ni siquiera volteé a despedirme.
Comencé a caminar por la vereda de vuelta en dirección al centro. Las ráfagas de viento se intensificaban en cada esquina que subía desde el río. El agua me atacaba por cualquier ángulo y volaban hojas y ramas por todas partes, pero no me importaba, quería caminar. Sentía mucha rabia, como la que había sentido cuando Gabito me confirmó la muerte de Roberto, más de cinco años atrás. Una rabia deslocalizada, contra todo. Pero también sentía un extraño alivio, una cierta liviandad. Supongo que la certeza de haberme largado hasta esa puerta y llamar, y haber fracasado tan rotundamente, me permitía caminar al fin sin rumbo, o al menos sin objetivo, en medio del vendaval. Ya no tenía más ideas, ni tampoco tenía muchas ganas de tenerlas. Algunas cuadras más adelante, se detuvo un ómnibus en la parada. Ni yo ni nadie lo hizo parar, pero abrió su puerta y se quedó esperando con el señalero puesto. Me detuve y quedé mirando al chofer que miraba su celular aprovechando la espera. Caminé hacia la escalinata y el tipo me hizo el gesto de que subiera. Cuando pasé por su lado le pregunté si pasaba por Tres Cruces, todos pasamos cerca, me respondió apenas levantando la vista, y ni se preocupó de que pagara mi boleto.
Publicado por Ediciones Lastarria & De Mora, 2024

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