domingo, diciembre 31, 2006

"Tesis sobre Feuerbach", de Karl Marx




I

El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".


II

El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.


III

La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej. en Roberto Owen).

La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.


IV

Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.


V

Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.


VI

Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.

Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado:

1) A hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.

2) En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente a muchos individuos.


VII

Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.


VIII

La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.


IX

A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".


X

El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.


XI

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.



Escrito en la primavera de 1845.

sábado, diciembre 30, 2006

"Trilce", de César Vallejo





XIII


Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!






1922






 

viernes, diciembre 29, 2006

"Hocus Pocus", de Kurt Vonnegut

Fragmento inicial, 1



Lo cierto es que el Mundo se va a acabar, un acontecimiento esperado con júbilo por muchos. Se terminará muy pronto, pero no en el año 2000, que ya vino y se fue. De lo que infiero que Dios Todopoderoso no es muy ducho en Numerología.

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El abuelo Benjamin Wills murió en 1948, cuando yo tenía 8 años de edad, pero no lo hizo sin antes asegurarse de que me sabía de memoria las palabras más famosas pronunciadas por Debs:

“Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella. Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él. Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre”.

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A pesar de mi tocayo Debs, nunca he sido alguien a quien se pueda acusar de subversivo. De los 21 a los 35 años de edad, fui un soldado profesional, Teniente en el Ejército de los Estados Unidos. Durante esos 14 años, hubiera matado al mismísimo Jesucristo, si me lo hubiera ordenado un oficial superior. Cuando tuvo lugar el abrupto, humillante y deshonroso final de la Guerra de Vietnam, yo era Teniente Coronel, con 1000es y 1000es de subordinados a mi mando.

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En el transcurso de esa guerra, que no fue otra cosa que un negocio de municiones, supongo que existió una microscópica posibilidad de que haya alcanzado, durante un ataque con fósforo blanco o en un bombardeo con napalm, a un Jesucristo que hubiese estado de regreso.

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Aunque nunca quise ser un soldado profesional, me convertí en uno bueno, si es que puede haber tal cosa. La idea de que yo debería asistir a West Point surgió tan inesperadamente como el final de la Guerra de Vietnam, durante mi último año de estudios en la escuela de segunda enseñanza. Tenía todo listo para acudir a la Universidad de Michigan, donde tomaría cursos de Inglés, Historia y Ciencias Políticas, y trabajaría en el periódico estudiantil, en preparación para la carrera de periodista.

Pero de repente mi padre, quien era un ingeniero químico involucrado en la fabricación de plásticos con un periodo de vida media de 50000 años, y un ser tan lleno de excremento como un pavo de Navidad, dijo que yo debería estudiar en West Point. Él nunca estuvo en el Ejército. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue tan valioso como civil creador de sustancias químicas que no mereció ser enfundado en traje de soldado, ni convertido en 13 semanas en un imbécil suicida y homicida.

Yo había sido aceptado en la Universidad de Michigan, cuando surgió de la nada este ofrecimiento de asistir a la Academia Militar de los Estados Unidos. La propuesta se planteó en un momento de abatimiento en la vida de mi padre, en una etapa en la que necesitaba algo de qué jactarse y que impresionara a nuestros cándidos vecinos, quienes sin duda creían que estudiar en West Point constituía un gran premio, algo así como ser contratado por un equipo profesional de béisbol.

En consecuencia, mi padre aseveró, tal como yo hice más tarde ante los relevos de infantería recién desembarcados en Vietnam: “Ésta es una gran oportunidad”.

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Dado un mundo perfecto, en verdad me hubiera gustado ser pianista de jazz. Quiero decir jazz. No rocanrol. Me refiero a la música siempre original que el pueblo negro de Estados Unidos dio al mundo. Toqué el piano en una banda integrada por músicos blancos, en mi escuela de Midland City, Ohio, a la que asistían exclusivamente alumnos blancos. Nos llamábamos “Los Mercaderes del Alma”. ¿Qué tan buenos éramos? Teníamos que ejecutar la música popular de la gente blanca o nadie nos hubiera contratado. Pero, de vez en cuando, nos desviábamos hacia el jazz. Nadie parecía notar la diferencia. En esas ocasiones, nos enamorábamos de nosotros mismos. Caíamos en éxtasis.

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Mi padre nunca debió hacerme ir a West Point. No importa lo que le haya hecho al ambiente con sus plásticos no degradables. ¡Miren lo que me hizo a mí! ¡Qué papanatas era! Y mi madre siempre estuvo de acuerdo con las decisiones por él tomadas, lo que la convertía en otra tonta de capirote.

Murieron hace 20 años en un extraño accidente, cuando les cayó encima el techo de una tienda de regalos situada en el lado canadiense de las Cataratas del Niágara, a las que los indios de este valle solían llamar “Castor de Trueno”.

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No hay términos indecentes en este libro, excepto “infierno” y “Dios”, por si alguien teme que algún niño inocente pueda ver 1. La expresión que utilizaré para referirme al final de la Guerra de Vietnam es la siguiente: “Cuando el excremento llegó al aire acondicionado”. Quizá el único precepto que me enseñó el abuelo Wills y que he respetado durante toda mi vida adulta es aquél que reza que las palabrotas y las obscenidades autorizan a las personas que no quieren oír información desagradable a hacerse las sordas y ciegas.

Los soldados más despiertos que estuvieron bajo mi mando en Vietnam comentarían con cierto asombro que yo nunca utilicé groserías, lo que me diferenciaba de cualquier otro sujeto del Ejército. Tal vez se hayan preguntado si esto se debía a que yo era un hombre religioso.

Al respecto, les contestaría que la religión no tuvo nada que ver. De hecho, mi postura es muy parecida a la de un Ateo, como la del padre de mi madre, aunque esta afirmación la guardo para mí mismo. ¿Para qué discutir con alguien sobre la probabilidad de alguna clase de Vida Después de la Muerte?

“No digo indecencias”, les respondería. “Y eso se debe a que tu vida y la de aquéllos que te rodean puede depender de que entiendas lo que te digo. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo?”.



jueves, diciembre 28, 2006

"Juliette, o las prosperidades del vicio", del Marqués de Sade



Abrí la puerta, y con gran sorpresa encontré a la hermosa abadesa acostada sobre un sofá, casi desnuda. […] y ella sóo vestía una enagua casi transparente que permitía contemplar con bastante claridad los globos llenos y redondos de sus pechos, y una cintura de avispa que se ensanchaba en la magnificencia abombada y admirable de las caderas. A su lado yacía la bella Eufrosina, vestida nada más con una enagua tan fina como la gasa, con la suavidad de un blanco lechosos del cuerpo de la abadesa, y sus senos, pequeños y levantados, parecían avanzar con orgullo después de haberse liberado del sostén que los había tenido aprisionados. En ese instante todo el pánico me abandonó, sentí que se me cortaba la respiración y que las rodillas se me doblaban del deseo.

(...)

Después de cerrar la puerta, se levantó, y abandonando el sofá, me agarro de la mano. […] El corazón me latía frenéticamente mientras contemplaba la esplendidez de su cuerpo. ella, sonriéndome también, me condujo hasta el sofá, y sin más metió la mano bajo mi vestido y aferró el centro agitado de mi pasión.

(...)

¡Te da vergüenza, angelito! -exclamó de pronto- ¡No debes sentirla! ¡Te lo prohíbo! Avergonzarse es una muestra de modestia, y … ¿A qué viene la modestia?, ¿Por que tienes un coño? Todas lo tenemos. No, chiquilla, la modestia es una bobería. Yo diría que es el resultado de que nos hayan enseñado que el amor, su expresión física y los instrumentos de esa expresión, son cosas de las cuales hay que avergonzarse. La realidad, claro, es que la naturaleza nos ha creado con esos apetitos y esas características. No puede pensarse que ella nos haya dado cosas respecto a las cuales quiere que nos avergoncemos

(...)

- ¡Oh, chiquillas queridas! ¡Estoy gozando mucho! - gritó, frotando la cara contra una y después contra otra-. Vamos a desnudarnos todas, y disfrutar juntas de los grandes placeres del amor.

(...)

- Julieta querida -suspiró, tocando con la lengua mi cuello, y quitándome al mismo tiempo la ropa interior-, eres un tributo a lo femenino. Verte es deslumbrarse. Ya estaba yo desnuda; los dedos hábiles de la madre Delbéne me acariciaron los pezones, y su lengua caliente y húmeda penetró agudamente en mi boca. Se había dado cuenta de inmediato que sus atenciones tenían en mí un efecto poderoso.

(...)

La espléndida abadesa suspiró con deleite y se dejó caer sobre nosotras; su lengua caliente y húmeda se abrió paso por la parte interior de mis muslos; después cambió un poco de posición para dejar que Eufrosina hiciera lo mismo con ella, y yo, sometiéndome con gozo al magnífico encanto de todo eso, tomé a la hermosa Eufrosina por las caderas y metí la cabeza entre sus piernas completando el terceto.




De la segunda parte del "Libro Primero" de Juliette, 1796.

miércoles, diciembre 27, 2006

"Mi ciudad está triste", de Fadwa Tuqan





El día en que conocimos la muerte y traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.

Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!

¿Pueden así quemarse los frutos y el trigal en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!




Poeta palestina, nacida en Nablus (1917-2003)


 

martes, diciembre 26, 2006

"No testament", de Juan Carlos Villavicencio



Cruel a la cabaña entro por el frío bajo la circular constancia de este tiempo solitario. He prendido cirios atrás en otros cuartos. La luz del fuego se atisba pero es la luna la que alumbra mi lugar. Afuera el viento i la lluvia invocados por los dioses. La llave ha caído sobre el polvo que ahora es tumba. Una melodía me atormenta cuando me acerco a la escritura. Las palabras deberían quedar para las otras sombras que han compartido los designios que abrazaron el dolor. La tortura es continua i menos evitable cuando las horas se acercan a la última. De los recuerdos i las pieles nada más que olores i tactos, acaso fotografías de algo antiguo que ha sido abandonado, o por las que he sido abandonado. Bajo tierra persistiré en la memoria donde la condena. La eternidad i un día se repiten como una mañana en donde el sol no sale. No he dejado testamento, porque no he vivido.







Texto basado en el fragmento homónimo
del álbum No testament (1990), de Wim Mertens.
Este poema es parte de la obra Breaking Glass,
escrita en colaboración con Carlos Almonte.








lunes, diciembre 25, 2006

"Canto XXX", de Ezra Pound





Queja, queja que oí un día,
Artemisa cantaba, Artemisa, Artemisa
En contra de Lástima alzó su lloro:
Lástima hace que la foresta falle,
Lástima mis ninfas mata,
Lástima perdona tanta cosa mala.
Lástima abril ensucia,
Lástima es raíz y manantial.
Ahora si no me sigue criatura hermosa
Ello es por Lástima,
Es porque Lástima les prohíbe matar.
Todo se ensucia en esta estación,
Por eso, nadie puede buscar pureza
Teniendo lástima por lo sucio
Y las cosas echadas a perder;
Ya mis saetas no vuelan
Para matar. Nada se mata limpiamente ahora
Sino que se pudre.

En Pafos, un día
también escuché:
…con el joven Marte no juega
Sino que tiene lástima de un tonto chocho,
Atiende su fuego,
Mantiene sus brasas en calor.

El tiempo es el mal. Mal.
Un día, y otro día
Anduvo el joven Pedro confuso,
Un día y otro día
Después de que Inés fue asesinada.

Llegaron los señores de Lisboa
un día, y otro día
En homenaje. Allí sentados
ojos muertos,
Pelo muerto debajo de la corona,
El Rey aún joven allí a su lado.

Llegó madama THA
Ataviada con la luz del altar
Y con el precio de las velas.
“¿Honor? ¡Cojones para su honor!
Tome dos millones y trágueselo.”
Vino Messire Alfonso
Y se fue en barco a Ferrara
Y por ahí ha pasado sin decir “O”.

De donde lo hemos cincelado en metal
Trabajando aquí en el santuario de César:
Al príncipe Caesare Borgia
Duque de Valent y Aemelia
…y aquí he traído cortadores de letras
e impresores no viles ni vulgares
(in Fano Caesaris)
notables y suficientes compositores
y un troquelador para las funciones griegas y hebreas
llamado Messire Francesco da Bologna
no solo de los tipos usuales sino que ha inventado
una forma nueva llamada cursiva o letras cancillerescas
ni tampoco fue Aldo ni otro alguno sino que fue
este Messire Francesco el que troqueló todas las letras de Aldo
con la gracia y encanto que se conoce
Hieronymous Soncinus 7 de julio 1503.
Y en cuanto al texto lo hemos tomado
del de Messire Laurentius
y de un códice que fue de los Señores Malatesta…

Y en agosto de aquel año murió el papa Alessandro Borgia,
Il papa mori.

Explicit canto
XXX



domingo, diciembre 24, 2006

"El cuento de navidad de Auggie Wren", de Paul Auster





Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

"Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

"Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

"La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

"—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

"Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

"—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

"Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

"Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

"—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.

"No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

"No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

"Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

"—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

"Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

"Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

"No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.

Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo.

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

—Excepto el almuerzo.

—Eso es. Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.



En Smoke & Blue in the face, 1995.








sábado, diciembre 23, 2006

“El libro del desasosiego”, de Fernando Pessoa

Fragmento inicial, 2




He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito, cultivada con un epicureismo sutilizado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.

Reteniendo, de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente, porque reaccionar es haber hecho de ellas que reaccionásemos; y comprobando que ese precepto se ajusta al otro, más antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entretenimiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética, sino también en la expresión de sus modos y resultados, es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad al placer subjetivo de lectura.

Sabemos bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo. Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros, soñándolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una cárcel, en la que él tejía paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos, es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.




29-3-1930


viernes, diciembre 22, 2006

"Las olas", de Virginia Woolf

Fragmento


El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido lo cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías.



1931

jueves, diciembre 21, 2006

"Lo imaginario", de Jean Paul Sartre

Fragmento



Cuando contemplo un dibujo, pongo en esa misma mirada un mundo de intenciones imaginarias de las cuales el dibujo es un producto. Un hombre ha trazado esas líneas con el objetivo de constituir la imagen de un corredor. Pero, sin lugar a dudas, para que esta imagen se parezca, es necesario el concurso de mi conciencia. El dibujante lo sabía y contaba con ello; solicita esta participación mediante trazos negros. No habría que creer que estas líneas se me ofrecen en primer lugar, en la percepción, como líneas puras y simples para constituirse luego, en la actitud figurada, como los elementos de una representación. En la misma representación los trazos ya no son representativos. Hojead un libro de bocetos: no captaréis necesariamente al instante el sentido de cada línea, pero sabréis en cualquier caso que es representativa, que está allí para algo y que esto es su misma razón de existir. En resumen, la cualidad de representar es una propiedad real de las líneas, lo percibo de la misma manera que sus dimensiones o sus formas. Se objetará que esto es un simple conocimiento. El cubo es también un conocimiento: no puedo tener la intuición simultánea de los seis lados. Sin embargo, cuando miro ese trozote madera tallada, es realmente un cubo lo que estoy observando. Toda conciencia de imagen originada a partir de un dibujo está, por tanto, edificada sobre una posición real de existencia, que la precede y la motiva en el terreno de la percepción. Aunque tal vez esa misma conciencia pueda determinar su objeto como no existente o, simplemente, neutralizar la tesis existencial (…) Cuando interpretamos una mancha en el mantel, o un motivo en una tapicería, no planteamos que la mancha o el motivo tengan propiedades representativas determinadas. En realidad esa mancha no representa nada en absoluto; cuando la percibo, la percibo como lo que es, simplemente una mancha. De manera que cuando paso a la actitud imaginera, la base intuitiva de mi imagen no es nada que haya aparecido previamente en la percepción.

Pueden darse dos eventualidades: en la primera, efectuamos con los ojos, sin intención previa, movimientos libres y consideramos los contornos de una mancha cualquiera. Seguimos el orden que más nos place acercando aleatoriamente aquella parte con aquella otra, en una síntesis que nada rechaza ni nada condiciona. Es lo mismo que ocurre cuando, por enfermedad, estamos postrados en la cama inactivos y dejamos a nuestros ojos vagabundear por los motivos de la pared. Puede acontecer entonces que una forma familiar aparezca en un arabesco. Es decir, que gracias a aquellos movimientos se ha engendrado bajo mi mirada una síntesis algo coherente: mis ojos se han abierto un camino y éste permanece trazado sobre la pared. Digo entonces: es un hombre agachado, es un ramo, es un perro. Sobre esta síntesis libremente realizada elaboro una hipótesis: confiero a la forma orientada que acaba de aparecer un valor representativo. Aunque en verdad, a menudo, no espero que esa síntesis esté acabada, sino que, de repente, algo cristaliza en un principio de imagen. ‘Empieza como si fuera un ramo, parece la parte superior de un rostro, etcétera’. El conocimiento se ha incorporado a mis movimientos y los dirige: a partir de ahora sé cómo he de acabar la operación, sé lo que he de encontrar.

Pero también una determinada forma puede destacar por sí misma sobre el fondo, y, por su estructura, provocar movimientos oculares (…) E incluso en este caso la forma no hace más que esbozarse: apenas acaban de aparecer la frente y un ojo que ya sabemos que estamos ante un negro. Acabaremos nosotros mismos realizando la unión entre los datos reales de la percepción (las líneas de los arabescos) y al espontaneidad creadora de nuestros movimientos. Iremos en busca de la nariz, la boca y la barbilla.



1940


miércoles, diciembre 20, 2006

"De poesía y de vida", de Edgar Morin



La poesía no es sólo una variedad de literatura, es también un modo de vida en la participación, el amor, el fervor, la comunión, la exaltación, el rito, la fiesta, la embriaguez, la danza, el canto, que, efectivamente, transfiguran la vida prosaica hecha de tareas prácticas, utilitarias, técnicas. (...) Fernando Pessoa decía que en cada uno de nosotros hay dos seres, el primero, el verdadero, es el de sus ilusiones, de sus sueños, que nace en la infancia y prosigue toda la vida; el segundo, el falso, es el de sus apariencias, sus discursos y sus actos. Podríamos decir de otra forma: en nosotros coexisten dos seres, el del estado prosaico y el del estado poético; esos dos seres constituyen nuestro ser, son sus dos polaridades, necesarias una para la otra: si no hubiera prosa no habría poesía, el estado poético no se manifiesta como tal sino en relación con el estado prosaico. Tenemos necesidad vital de prosa, porque las actividades prosaicas nos hacen sobrevivir. Pero muy a menudo, en el reino animal, las actividades de supervivencia (buscar comida, perseguir la presa, defenderse contra los peligros y los agresores) devoran la vida, es decir el goce. Hoy, en la tierra, los humanos dedican la mayor parte de su vivir a sobrevivir.

Tenemos que actuar para que el estado secundario llegue a primario.Hay que tratar de vivir no sólo para sobrevivir sino también para vivir.Vivir poéticamente es vivir para vivir.





Contribución a Dscntxt de Alberto Moreno.
No se entregaron datos bibliográficos de la procedencia de este texto.

martes, diciembre 19, 2006

"Griego busca Griega", de Friedrich Dürrenmatt

Fragmento





Temía perderte y no conseguí más que empeorar las cosas. Tu amor se hizo ridículo, y cuando en la capilla Eloísa comprendiste la verdad, tu mundo se desplomó y junto con tu mundo también tu amor. Fue bueno que eso sucediera. No debías amarme sin conocer la verdad y sólo el amor es más fuerte que esa verdad que amenazó con destruirnos. El amor de tu ceguera tenía que sucumbir para dar lugar al amor conciente, que es el único que cuenta.




Cloe Saloniki a Arnolph Archilochos


 

lunes, diciembre 18, 2006

"Discurso por el lanzamiento de Descontexto 7", de Roberto Marconi



Bellas Damas, Distinguidos caballeros:

Hemos sido congregados aquí, en este lugar de esparcimiento, con el fin de ser testigos de la salida a la luz de un gran suceso editorial. Es un solemne momento: aparece ahora y se manifiesta ante nuestros propios ojos una pequeña gran publicación. Se trata de la bien señalada revista Descontexto, de memoria sin tacha. Un meritorio logro de un puñado de algunos de nuestros mejores hombres y mujeres, lo cuales, a la manera de los antiguos amanuenses y copistas medioevales han realizado una vez más el sutil arte de la compilación. Una cuidada selección de los mejores textos para leer y compartir.

AAAh, no os extrañeis de mi voz trémula, que es por la natural emoción. Me quiebro, me quiebro, sí, en estos momentos de sólo pensar en el esfuerzo de estos muchachos. Codo a codo, quemadas las pestañas, poniendo el más primoroso esmero, sacan al mundo esta criatura habiendo cuidado hasta el más miserable detalle. Me consta, me consta, y los que me siguen confían en mi palabra, esto que veis ahora es fruto del sudor más copioso que puede manar de una frente. Verdaderas cascadas de transpiración. Sangre, sudor y lágrimas: todos los fluidos que excreta el humano organismo y sus numerosas glándulas han sido depositados en estas páginas. No lo dudeis. No vaciléis, no temáis en llevar a casa este librito. Ponedlo a seguro en vuestros hogares y abridla sin miedo. A seguro os digo, porque aquellos de entre ustedes que tengan niños pequeños deberán ser prudentes. Algunos contenidos de esta revista pueden ser controversiales. Se trata de un material candente, no lo vamos a ocultar.

Pueblo mío, yo os digo: los poderosos de este mundo no quisieron apoyar esta revista, los señores políticos se han desentendido una y otra vez. Hasta cuándo! han mirado de reojo nerviosos para un lado. Y por qué? Por qué? Porque ninguno de ellos mezquinos pusilánimes quiso involucrarse en esta corajuda empresa. En esta revista se encuentra lo que no se halla en ninguna otra, oh no. Se trata de un contenido inquieto y provocador que no repara en el qué dirán ni en los respetos humanos. Ilustres personajes como Nietzsche y Carroll, se unen a las jóvenes lumbreras, nuestros amigos, para decir los que otros no se atreven. Con la frente en alto, con una mano por delante y la otra por detrás, estos pícaros desvergonzados nos hacen morisquetas. Algunas de ellas son graciosas, otras no tanto, otras podrán espantar a las encopetadas señoras, pero lo cierto es que se trata de un mensaje caliente.

Como no evocar en estos momentos a mi padres. Los recuerdos se agolpan en la memoria. Mi madre: morena, garbosa, abnegada, hacendosa: en un palabra, una dama, una dama. Mi padre, espigado, empeñoso, trabajador de las minas de carbón, un fogoso emprendedor. Juntos, embistiendo supieron sacar adelante su numerosa prole. Y no contentos con procrear, nos entregaron una completísima educación. Es por ellos que puedo estar ahora aquí adelante. A ellos dedico este discurso. A ellos pertenece todo el mérito.

Volviendo al tema de la revista, que es el que nos convoca, quiero deciros, idos, idos de aquí con ella bajo sus axilas. Adquirirla y atesoradla, lucidla impúdicos en vuestra bibliotecas y mesitas de centro. Ya veréis como alguien, alguna vez una visita en casa encontrará casualmente la revista y, mirando con sonrisa cómplice os dirá: Ah, así que tu también lees Descontexto?

Os lo repito, llevadla, su precio es elevado pero su valor también lo es. No repareis en su costo y llevaos este tesoro. Graciosas damas, no dudéis acercaros a mí esta noche,



Muchas gracias



Discurso proclamado con extraordinario talento
el viernes 15 de diciembre de 2006, en el Bar El Clandestino,
en Santiago de Chile.








domingo, diciembre 17, 2006

“El cuento del niño malo”, de Mark Twain




Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que éste se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.

Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.

La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan para que se duerman con su voz dulce y lastimera; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim, y su mamá no estaba enferma, ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.

Antes por el contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partiera la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a punta de cachetadas, y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le jalaba las orejas.

Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido... no se sintió mal, ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “de rechupete”; metió la brea, y dijo que ésta también estaría de rechupete, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.

Una vez se encaramó en un árbol, donde Acorn, el granjero, a robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando éste lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro... nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en sacoleva, sombrero de copa y pantalones hasta las rodillas, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos, y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en la clase de religión.

Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la cachucha a George Wilson... el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto para pasmo de todos, un juez de paz de peluca blanca, que dijera indignado: “No castigue usted a este noble muchacho... ¡Aquél es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo”. Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó y armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que éste era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.

Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí..., ésa debe ser la razón.

Nada malo le pasaba. Llegó incluso hasta el extremo de darle una tableta de tabaco a un elefante del zoológico, y éste no le dio en la cabeza con la trompa. Esculcó la despensa buscando esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.

Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.

Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.




sábado, diciembre 16, 2006

“Como una vieja balada anarquista”, de Roberto Bolaño




A los verdaderos poetas no les importa
que los observen cuando escriben
Cuando hacen hablar a los pájaros del trópico
en sus diarios o en sus epístolas,
recostados a la sombra de un sauce
esperando que pase
alguna camioneta por la carretera
Cartas aparentemente dulces
que los niños leen – lentamente
en un restaurante mientras atardece
y el restaurante es un aerolito detenido
en el centro del crepúsculo
Los verdaderos poetas parecen
extras de viejos films
Los niños fanáticos
de los pueblos perdidos entre montañas y selvas
los reconocen
(los reconocen cuando los ven
bebiendo cerveza en las terrazas)
les dicen tú eres
el que pasó por una calle
donde estaba Robinson hablando con un policía
– diamantes de medio segundo
de duración
pero Infinitos como los amantes adolescentes
y el hidrógeno
Los verdaderos poetas tiernísimos
metiéndose siempre en los cataclismos más atroces
más maravillosos
sin importarles
quemar su inspiración,
sino dándola
sino regalándola
como quien tira piedras y plumas
Oye poeta, le dicen,
enchufa el amanecer
Oye poeta, desconecta los relámpagos
Cualquier cosa que testifique la ausencia de vacío
Y la lluvia cae durante días
y los días nublados permanecen
semanas alrededor de la carretera
¿Oyes esa risa?
Amada mía, ¿escuchas esas pequeñas risas?
dicen los poetas
cuando comprenden que después de los Carros Blindados
la gente empieza
a planear nuevos motines
La Fronda
La Resistencia
La Clandestinidad
Las largas filas de la emigración
Y los poetas apoyados contra un abedul
mientras la nueve cae lentamente
y los niños cubriéndose
con pieles de coyote
(cubriéndose con periódicos
apoyándose unos en otros)
emigran
Emigran. Emigran
Y las montañas interminables de América
son como un poema anónimo
un tótem indescifrable que rueda
(las montañas y los espejismos interminables
de la América en la noche)
son como palabras,
esos gestos en la oscuridad
vaciados igual que un trozo de metal
de toda esperanza y de todo miedo
Sin embargo
el amor dedica a la aventura
estos rostros
y la aventura dedica al amor
estas carreteras aparentemente solitarias.




 En Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (1979)



viernes, diciembre 15, 2006

Hoy Lanzamiento de Revista Descontexto 7


Estimados contertulios:
Revista Descontexto los invita al lanzamiento de su edición número 7 hoy viernes 15 de diciembre a las 19:30 hrs. en el Bar Clandestino, ubicado en Bombero Nuñez #363, Santiago. Descontexto 7 es un número dedicado a políticas incorrectas o antisistémicas, con un total de 188 páginas y un valor de 5 mil pesos. Nosotros invitamos los alcoholes. Los esperamos.


Carlos Almonte, Gonzalo Rojas & Juan Carlos Villavicencio
Descontexto Editores




jueves, diciembre 14, 2006

“Carta abierta a Augusto Pinochet”, de Bernardo Navia




General:

Era yo un niño cuando se hizo del poder político en Chile. Desde entonces viví sabiendo de usted, escuchándolo a usted, viéndolo a usted (las emisoras radiales y la televisión se encargaban siempre de traerlo hasta mi casa); no pudiendo escapar a la presencia casi omnipotente de usted.

General, a mi adolescencia y a parte de mi vida universitaria llegaron siempre perturbadoras nociones, ideas y noticias sobre sus terriblemente famosos métodos de ‘justicia’ y ‘programas’ para imponer ‘orden’ y ‘bienestar’ en un país que quedará en mi memoria para siempre marcado por la sombra de su nombre.

Hace veinte años que vivo fuera de Chile. Por eso que la noticia de su muerte no me llegó ni la sentí de la misma forma que la que podría haber sentido estando allá. En estos veinte años me han sucedido muchas cosas, General. Entre ellas aceptar el hecho de que, tal como se lo menciono más arriba, el Chile de los ’80 y gran parte de los ’90, quedará grabado en mi memoria junto a los fantasmas del terror impuesto por usted. Ese Chile es el que recuerdo siempre. No sé si me entiende usted. Es decir, no sólo se llevó hoy a la eternidad el dolor, el miedo, el olvido, el horror, la tristeza eterna que sembró en el corazón de tantos, no; también se llevó usted las memorias de mi infancia y adolescencia en un Chile castigado y oprimido. El país de hoy, aquel del cual siempre intento estar informado, es un país que no puedo hacer coincidir con el que recuerdo. Cuando digo que se lleva usted me refiero a esa especie de sonrisa burlona que me parece ver se dibuja para siempre en sus labios: se va usted de entre nosotros sin haber sido castigado nunca por esa inimaginable barbarie con la que asoló a ese país de mis memorias. Sí, se lleva usted una sonrisa de burla. Pero si “el que ríe al último ríe mejor”, entonces sepa usted, General, que la historia y las generaciones siguientes reirán al último.

General, nunca me tocó experimentar en carne propia el dolor innombrable de tener a un papá, hermano o hijo ‘desaparecido’. Pero conocí a seres humanos que sí lo vivieron. Por eso hoy, mientras leo las noticias de su muerte, no puedo dejar de mirar a Inti, mi pequeño de dos años que juega con su pelota, tan ajeno y tan lejano a todo esto, ni puedo evitar pensar que, gracias a su muerte, General, se le ha evitado a él conocer a uno menos de tantos hijos de puta.

Sinceramente,


Bernardo E. Navia
Chicago, diciembre 10, 2006



 

miércoles, diciembre 13, 2006

"El idiota", de Fedor Dostoievski

-Fragmento-


Un hombre que es asesinado por unos bandidos de noche, en un bosque, o algo por el estilo, tiene hasta el último momento la esperanza de salvarse. Ha habido casos en que un hombre a quien le han cortado el cuello tiene esperanza todavía, o sale corriendo, o pide que se apiaden de él. Pero en este otro caso, por el contrario, esa última esperanza, que permite que la muerte sea diez veces menos penosa, es eliminada con toda certeza: la sentencia está ahí, y la horrible tortura está en que sabes con certeza que no te escaparás, y no hay en este mundo tortura más grande que ésa. Lleve a un soldado a una batalla, póngale delante de un cañón y dispare, y él seguirá teniendo esperanza; pero si a ese mismo soldado se le lee una sentencia de muerte cierta, se volverá loco o romperá a llorar. ¿Quién dice que la naturaleza humana puede soportar esto sin perder la razón? ¿A qué viene tamaña afrenta, cruel, obscena, innecesaria e inútil?


1868-1869

martes, diciembre 12, 2006

“Stalker, un viaje metafísico”, de Rafael Miret Jorba




Digamos, de entrada, por si alguien no conoce todavía la personalidad de Tarkovski, que se trata de un director de extraordinario rigor y loable obstinación, empeñado en nadar a contracorriente de las modas imperantes, con el consiguiente riesgo que ello supone para la rentabilización y continuación de su obra. Stalker, como anteriormente Solaris, se inscribe en el campo de la ciencia-ficción, denominado en este caso por algunos críticos “conciencia-ficción”, puesto que nada hay más alejado de los infantilismos pirotécnicos de Lucas y Spielberg que la honestidad intelectual y la audacia artística de Tarkovski. Adaptación libre de una novela de los hermanos Boris y Arkadi Strugatski, reputados autores del género fantástico y a la vez guionistas del film, Stalker describe la expedición de un escritor y un científico, acompañados de un guía, a una misteriosa zona donde años atrás cayó un meteorito, y en la que existe una “cámara de los deseos” en la que éstos se materializan con sólo exponerlos. Dicho esquema argumental, de notoria simplicidad, se transforma sin embargo en manos del director en un viaje iniciático que desembocará en un complejo laberinto, en el que lo que en realidad se está explorando es la propia personalidad de los “exploradores” y su aguda crisis existencial.

La denominación de la actividad del protagonista, que a su vez da nombre al film, proviene del verbo inglés “to stalk” (acechar, seguir los pasos). Y será furtivamente, desafiando a las autoridades, y a sus fuerzas de represión, como el “stalker” conducirá a los dos viajeros, conocidos como el Profesor y el Escritor, a la zona prohibida. La finalidad del Profesor no es otra que la de hacer volar la quimérica “cámara” por temor a que un nuevo dictador esquizoide, como los que la historia conoció durante la última guerra mundial, consiga entrar en el recinto y ver realizados sus deseos. La del Escritor, más oculta, es la búsqueda de un “algo” indefinido, que ni él mismo sabe exactamente lo que es, pero que se intuye que puede liberarle del cansancio y del vacío que a duras penas puede ocultar tras la fachada de su triunfo público como profesional de las letras. Ambos, en el fondo, están empeñados en una personal “búsqueda de la verdad”, objetivo al que tanto el científico -por medio de la física- como el literato -por medio del arte- han dedicado su vida.

No es difícil reconocer en la personalidad de los dos hombres, y en la del guía, igualmente angustiado y padre de una niña parapléjica a causa de las radiaciones de la zona, el desasosiego y la tortura interior característicos de los héroes de la literatura rusa y en especial de Dostoievski. La búsqueda de las verdades esenciales, de una fe perdida y de una incierta esperanza tiene, evidentemente, un cariz espiritual y místico, por más que al final del camino no se encuentre el Dios cristiano -aunque la insólita aparición del Escritor “coronado de espinas” resulta una referencia directa a la iconografía religiosa cristiana-, sino el absoluto, algo muy parecido a un misticismo laico. Como era previsible desde un principio, la larga y tortuosa trayectoria de los protagonistas se ve jalonada por el fracaso. La debilidad propia de su falta de fe hace que permanezcan inmóviles, impotentes, ante la “cámara de los deseos”, cuyo umbral no conseguirán atravesar, como no lo conseguían tampoco los burgueses moradores de la calle Providencia en el buñueliano Ángel exterminador.

Como de costumbre también en la mayoría de las road stories, de las que Stalker es una de sus múltiples variantes, la finalidad del viaje no reside tanto en la consecución de una meta, que difícilmente logra alcanzarse, como en el viaje en sí mismo, convertido en una indagación sobre las motivaciones de los participantes en la expedición. Una expedición que en el caso del film que nos ocupa se desarrolla en un entorno de pesadilla kafkiana, tal vez no muy diferente del laberinto de incomprensión y de absurdo que Tarkovski ha tenido que sortear con la Administración soviética, hasta tomar la decisión el pasado año de quedarse a vivir en Europa. En el asfixiante y obsesivo ambiente de La Zona, delimitada por un paisaje de contornos variantes y de cambios atmosféricos imprevistos, los ruidos -chapoteos, puertas chirriantes, trenes, disparos- adquieren una especial preponderancia y ahogan las escasas notas musicales (Se intercalan, inesperadamente, algunos compases casi inaudibles de “La cabalgada de las Walkirias”, el “Bolero” de Ravel y el “Himno a la Alegría”). La calculada sordidez de los parajes, cuyos decorados son obra del propio Tarkovski, añade a la escena resonancias de apocalipsis nuclear. Hundidos en el agua y recubiertos de moho, diversos objetos heterogéneos -monedas, páginas arrancadas de un libro, armas, imágenes religiosas, utensilios domésticos- componen un enigmático museo acuático que guarda en su fondo los restos de una civilización perdida o a punto de desaparecer.

De regreso a casa, el “stalker” se lamenta con su esposa de que “ellos no creen en nada” y le manifiesta su propósito de no volver más a La Zona, ni siquiera con ella, por temor a que el fracaso se repita de nuevo. Por su parte, su esposa, en un inesperado monólogo ante la cámara, confiesa al espectador la frustración de su matrimonio y el escaso carácter de su marido, aunque admita que “siempre es mejor una felicidad amarga que una vida triste y gris”. Ambos, sin embargo, se equivocan en parte por cuanto la esperanza de que carecen los adultos la posee la hija inválida -cuyas apariciones son en color o sepia, al igual que las de la zona mágica, en contraste con el oscuro blanco y negro del resto del film-, y que consigue mover los objetos con la simple fuerza de su mirada. Las secuencias del comienzo y del final del film se repiten de forma simétrica: a la acción de levantarse, vestirse y marcharse del protagonista, se contrapone la de entrar en la habitación, desvestirse y acostarse. Si en las primeras imágenes un vaso se deslizaba sobre una silla, en las últimas, dos vasos se mueven sin que nadie los toque por la superficie de una mesa. Una diferencia fundamental separa sin embargo ambos fenómenos: el primero se debía únicamente a la vibración producida por el paso casual de una locomotora, el segundo, en cambio, es obra de la mirada de la niña. El extraño milagro de la fe.


 

lunes, diciembre 11, 2006

Entrevista a Pinochet, 1979

-Fragmentos-



Pinochet: No, que él concurra al Ministerio de Defensa.
Carvajal: Que concurra al Ministerio de Defensa.
Pinochet: ¿El va a concurrir?
Carvajal: No, se negó (...)
Pinochet: La idea de él, es llevarnos para allá y meternos en un sótano... Así que no, por ningún motivo (ruidos). que vaya al Ministerio de Defensa. Allá llegamos todos. Por ahora, ataque La Moneda. Fuerte.
Carvajal: Sí, se está haciendo.
Pinochet: Patricio, aquí te habla Augusto. Dime, el señor Altamirano y el señor este otro, Enríquez, el otro señor Palestro y todos estos gallos, ¿dónde están metidos? ¿Los han encontrado o están fondeados?
Carvajal: No tengo informaciones de dónde se encuentran.
Pinochet: Es conveniente darle la misión al servicio de inteligencia de las tres instituciones para que los ubiquen y los tomen presos. Estos gallos deben estar fondeados, son verdaderas culebras.
Carvajal: Conforme, conforme... El comandante Badiola está en contacto con La Moneda. Le va a transmitir este último ofrecimiento de rendición. Me acaban de informar que habría intención de parlamentar.
Pinochet: Tiene que ir al Ministerio él con una pequeña cantidad de gente...
Carvajal: Éstos están ofreciendo parlamentar.
Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.
Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetar la vida, digamos.
Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.
Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando. (Risas)



Presidente, mi interés se centra en su posición frente al comunismo. Usted es, históricamente, el único que hasta ahora ha logrado derrocar un régimen marxista. Para muchos es usted el antimarxista por excelencia. ¿Ha sido siempre antimarxista? ¿Conoce usted bien el marxismo?
Mi repudio a los marxistas-leninistas es producto de mi conocimiento de su doctrina, con la que tomé mis primeros contactos cuando estuve a cargo de los relegados comunistas en Pisagua en enero y parte de febrero de 1948 y, posteriormente, cuando fui Delegado del Jefe de la Zona de Emergencia en el centro carbonífero de Schwager. Allí nuevamente tuve que ocuparme de los comunistas y sus actividades. Más adelante me adentré en el estudio y el análisis de su doctrina y de sus métodos. En esas lecturas observé con preocupación cómo tiende el marxismo a alterar los principios morales que deben sustentar la sociedad, hasta alcanzar su destrucción a fin de sustituirlos por las consignas ideológicas del comunismo.

Así, por espacio de veinte años me fui interiorizando en esa ideología que no vacilo en calificar de siniestra, hasta convencerme finalmente de que la única forma de enfrentar a tan hipócrita y contaminadora doctrina consiste en la fortaleza espiritual y la firmeza y cohesión de quienes la repudian. Asimismo entendí que no es posible pensar en una lucha anticomunista eficaz cuando se está enmarcado en añejos esquemas democráticos. Siempre respeté y admiré esta concepción política, la democracia, pero, no obstante sus bondades, si no media una debida adecuación, es absolutamente incapaz de enfrentar al comunismo. Mucho menos puede detener la acción de una doctrina totalitaria porque, paradójicamente, es en la propia democracia tradicional donde se encuentran las mayores facilidades para destruirla.

¿Vio usted en consecuencia, en el triunfo de la Unidad Popular el comienzo del fin de la antigua democracia chilena?
Con enorme inquietud recibí el triunfo del candidato de la equivocadamente llamada Unidad Popular, y con creciente angustia presencié cómo en Chile se deterioraba su consistencia social, moral, económica y política. Sin embargo, este proceso no se inició en el gobierno de la Unidad Popular, porque desde tiempo atrás la demagogia venía arrastrando al país hacia su destrucción. En su etapa final, dio la primera mayoría relativa en las urnas a un hombre que reconocía ser marxista-leninista y que, dos meses después, sectores mayoritarios del Congreso designaban Presidente de Chile. Fue un espectáculo muy desconcertante el que dimos al mundo: un país tradicionalmente democrático entregó su libertad a un sector totalitario. No se impuso éste por la fuerza de las armas, como ha sucedido en todos los países en donde gobierna el comunismo, sino que fue entregado por una corriente de la propia democracia.

¿Pero el habría sido elegido de todas maneras, tarde o temprano, un gobierno marxista?
La demagogia habría continuado abriendo el camino al comunismo y señalándolo como la panacea para Chile. Tal política habría continuado socavando los cimientos mismos de la institucionalidad, hasta hacer posible más adelante el triunfo, tal vez definitivo, del comunismo. Porque, según los comunistas, el tiempo trabaja para ellos.

Tengamos, pues, la certeza de que los comunistas hubieran seguido tratando de imponerse, quizás en mejores condiciones, y hasta conseguir un éxito más decisivo.

Dios hace siempre las cosas para bien, y el caso de Chile así lo prueba. Al repasar hoy los hechos con la perspectiva del tiempo transcurrido [1979], llegamos a la conclusión de que todo lo sucedido en esos años fue para mejor.

¿Cree usted que todos aprendieron la lección?
Al recordar esos días de angustia, en que uno se sentía impotente a pesar de querer a toda costa evitar el caos que se veía venir, considero que esas penurias son hoy nuestro mejor aliciente para afrontar con energía y hasta dureza a todos aquellos que, creyendo que el peligro pasó, quieren volver al inaceptable juego político que arrastró al país hacia el abismo. Son los mismos que ya nos llevaron a la noche negra del marxismo. Son los mismos que, para satisfacer sus ambiciones, cultivaron un proselitismo demagógico que hoy quisieran reeditar mediante el regreso al antiguo sistema democrático. A ellos los repudia Chile entero porque sabe que son los más grandes responsables de las desgracias que sufrimos.

¿Incluso lo sucedido el 11 de septiembre de 1973?
Chile debió reaccionar ante su creciente degradación política para evitar tener que llegar a un Once de Septiembre. Pero a esas alturas no había otra forma para salir de la tiranía sin retorno a que nos llevaba el Gobierno de la Unidad Popular.

Repito que el drama se había iniciado mucho antes del 4 de septiembre de 1970. Comenzó cuando en el escenario político la autoridad transaba y cedía para no enajenarse el posible apoyo de un adversario interesado. Fue por ello que se aceptaron los peores actos de indisciplina, el robo, las ocupaciones ilegales de la propiedad rural o urbana; aceptaron la injuria y el libertinaje de una prensa aviesa y corrompida, porque sólo se pensaba en triunfar en las urnas sin importar el precio de degradación social que se pagaba.

El 4 de septiembre de 1970 los partidos triunfantes encontraron el terreno bien abonado. Los nuevos conductores de la Nación sólo necesitaban continuar la labor de destrucción para contribuir a hacer de Chile un nuevo “Paraíso Comunista”.

¿Dónde estaba usted ese 4 de septiembre?
En Iquique. Cuando en la noche del 4 de septiembre de 1970 escuchamos en el Cuartel General de la VI División de Ejército las noticias del triunfo del candidato de la Unidad Popular, nos sentimos abrumados. Quienes concordábamos en que en esa elección la disyuntiva era la libertad o el totalitarismo comunista, temimos que nuestra Patria terminara por ser destruida y subyugada. Recuerdo que esa noche reuní a mis oficiales y les expresé: “Chile entra a un período que no deseo calificar, pero quien conozca a los marxistas-leninistas comprenderá por qué siento horror al pensar en los sucesos que ocurrirán a muy breve plazo. Esta crisis no tiene salida. Sin embargo, aún espero que los partidos políticos no acepten este azote para el país. Y en cuanto a lo que a mí respecta, creo que ha llegado el fin de mi carrera, pues el Sr. Allende tuvo hace unos años una dificultad conmigo en Pisagua y debe conocer mi actuación con los comunistas en Iquique. Creo que el problema de Chile se agravará día a día, para llegar, finalmente, a manos del Ejército, cuando todo esté destruido...”

Pero no había llegado el fin de su carrera. Parece que Allende no se desquitó...
En efecto, mi destino no se encauzó como yo lo pensé ese día. Al parecer Allende me confundió, como sucedió otras veces, con el General Manuel Pinochet, y yo, recordando las tácticas que ellos emplean, me mantuve en silencio y actué con cautela.

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domingo, diciembre 10, 2006

"La irrupción de la literatura norteamericana", de Ricardo Gullón




La irrupción de la literatura norteamericana cuenta entre los fenómenos definitorios del período comprendido entre 1900 y 1950. Antes de 1900 se registraron casos aislados de penetración norteamericana en el ámbito literario, pero tales ejemplos (El último mohicano, Poe, La letra escarlata, Mark Twain) son excepcionales y contrastan con la ignorancia padecida respecto a los demás escritores de aquel país. Un novelista tan grande como Melville sólo en recientes décadas logró vigencia universal. La situación fue cambiando por sus pasos contados a lo largo del siglo actual, de suerte que hacia 1925 la novelística y el teatro americanos atrajeron en bloque la atención de las minorías influyentes, y en ocasiones determinaron la formación de lo que pudiéramos llamar el gusto de la época. En los años veinte son traducidos y muy leídos en múltiples lenguas los escritores “realistas”, equipo de novelistas que, con todas las reservas derivadas de situaciones no sólo distintas, sino opuestas, es algo así como nuestra generación del 98. Esta semejanza la observó ya Maurice E. Coidreau. Los españoles en el desastre y los americanos bajo la prosperidad, advirtieron los gérmenes de corrupción existentes en sus sociedades respectivas y para ponerla al descubierto denunciaron los factores de descomposición. En Hawthorne y en Melville, el gran tema, el tema del pecado era estudiado sin apenas tener en cuenta las circunstancias exteriores -las luego llamadas condiciones sociales-, siquiera no pudieran menos de manifestarse e influir en los acontecimientos. En los insustanciales apologistas que les sucedieron se desvaneció el interés por la realidad de la vida americana: su versión de la comunidad patria era exaltadora y acrítica; vivían en el mejor de los limbos, tan despegados como posible de las contingencias cotidianas. Y justamente al comienzo del nuevo siglo, en 1900, aparece Theodor Dreiser, cuyo talento habría de culminar en 1926 con Una tragedia americana. Dreiser se niega a seguir viviendo los lugares comunes amables y fáciles, rechaza el optimismo convencional de los apologistas y se instala en la realidad, observándola de cerca y llevándola a sus libros sin ceder al impulso embellecedor. Dreiser es el padre de un movimiento en donde pueden ser incluidos, sin forzar las cosas, novelistas de tan dispar talento como Sherwood Anderson, John Dos Passos, Sinclair Lewis, James Farrell y Edith Wharton.

Esta generación de “realistas” se lanzó vigorosamente sobre las letras europeas, infiltrando en ellas pasión de verdad y sustancia de problemas sociales. Sus novelas pretenden superar la problemática tradicional. No resulta sencillo sintetizar en una frase la aportación de la literatura norteamericana; gracias a ella -diré- nos sentimos en contacto más directo con las cosas tal cual son, en su sencillez y en su complicación con las fuerzas de la naturaleza y los problemas de la vida. Esta literatura, originada en buena parte por el sentimiento de protesta, es predominantemente espiritualista. Aun en los casos de naturalismo más crudo conserva fe en los valores espirituales. Stephen Spender, en su perspicaz examen de la situación del escritor americano, señala que a éste no sólo le sublevan las injusticias, sino también la vulgaridad, la comercialización, la propaganda, el materialismo. El realismo de Dreiser y Lewis está sustentado, paradójicamente, por un espiritualismo trascendente, que, oculto en hondas capas de la vida americana, constituye parte auténtica de su ser. En Ernest Hemingway, representante de la “generación perdida”, y en Scott Fitzgerald, cuya figura está siendo revalorizada, tras años de olvido, ese idealismo resplandece en la invención de personajes tan “románticos” como el Robert Jordan de Por quién doblan las campanas y El gran Gatsby, de la novela así titulada. La conjunción de observación realista e idealismo infunde en la literatura del periodo un aroma inconfundible, y, cuando el equilibrio se consigue, da lugar a obras de calidad. La penetración de la literatura norteamericana fue facilitada por esa fuerza de choque: la novela realista, de Dreiser a Dos Passos. A través de la brecha pasaron otras creaciones y ahora el público universal empieza a percatarse de la variedad y anchura del continente descubierto; de O'Neill a Henry James, de Robert Frost a William Faulkner, de Santayana a Joseph Warren Beach, esta literatura emerge lentamente y no siempre (como parecía lógico) son las cimas lo primero que se ve. La tentativa de sintetizar, de fijar tanta riqueza en cuatro o cinco características, carece de sentido. Cabe señalar la corriente rebelde y no conformista de Dreiser y sus continuadores; mas junto a ella hallamos constante y densa la conservadora y tradicionalista, fuertemente impregnada de religiosidad, cuyo portavoz más ilustre es hoy el britanizado T. S. Eliot.

En cuanto a la novela norteamericana, considerada en bloque, no parece prudente señalar notas distintivas; difícil sería que unas y las mismas convinieran a Henry James, William Faulkner y Hermann Melville. Imposible englobar genios tan disímiles en un esquema coincidente. Ateniéndonos a los realistas podrían apuntarse tres o cuatro rasgos comunes: la violencia, el pesimismo, la rebeldía y el enfoque directo. Y también éste, visible en Melville y Faulkner: la obsesión de lo trágico. Entiéndase que la rebeldía unas veces tiene carácter social y otra significación metafísica.

Las aportaciones técnicas de los narradores americanos lograron singular fortuna entre sus colegas europeos. Sin entrar en detalles, recordaré las principales: la técnica de intrigas enlazadas o relatos superpuestos; la incorporación al relato de sucesos reales (las “actualidades” de Dos Passos); el pluralismo de escenas con frecuente cambio de perspectiva; la elusión de acontecimientos importantes (llevada en Faulkner a un punto extremo de virtuosismo y eficacia); la penetración en el tiempo de modo opuesto a su curso normal: del presente se retorna al pasado por sucesivas calicatas (en Luz de agosto o en Estruendo y furor las últimas páginas dan la clave de los hechos y aclaran el enigma; en Muerte de un viajante, de Arthur Miller, este procedimiento llevado al teatro resultó muy útil, como en Europa probara Priestley); el narrador incluido en el relato, observador que va interesándose poco a poco en la acción (excelente ejemplo El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald); el cambio brusco de voz recitante; la objetividad en la observación y la narración: el novelista se obliga a eliminarse del relato, a no inmiscuirse en los personajes ni a pretender conocerlos desde dentro.

Algunos de estos procedimientos tienden a producir oscuridad. En Faulkner la tendencia es indiscutible. ¿Por qué esa oscuridad? Un crítico francés, la profesora Claude-Edmonde Magny, autora de un excelente libro sobre la novela norteamericana, en el que estudia varias de las novedades técnicas enumeradas, considera que la oscuridad es medio para forzar la atención del lector, para obligarle a concentrarse en la lectura y -como resultado de esa concentración- retener lo leído. La explicación es plausible, pero tal vez insuficiente. Esta oscuridad es tanto querida como impuesta por el deseo de reflejar las cosas según son y según las vemos: la sociedad en su incoherencia y las acciones humanas en su ambigüedad. Los grandes escritores norteamericanos llevan como sombra o doble del esteta al moralista. Evidente en Eliot no es menor verdad en James, que encontró en el gran mundo elementos para ordenar una penetrante visión de las pasiones, o en Fitzgerald, que en Tierna es la noche expone su propio caso como paradigma del fracaso y el desencanto.

Refinados como Pound o elementales como Steinbeck, la intención moralizante les acompaña. Dejando a las acciones del hombre su propio carácter de fatalidad, estos escritores suscitaron de nuevo la presencia de un destino, de una predestinación contra la cual es inútil luchar. ¿Podrá Joe Cristmas, en Luz de agosto combatir la malévola y acaso ni siquiera cierta suposición de que por sus venas corre sangre negra? Y en ese gran fresco, de poderoso aliento trágico, pintado por Eugenio O'Neill en Mourning Becomes Electra ¿son Lavinia y Orin libres de sus determinaciones o simples instrumentos de poderosas furias, de pasiones que los destruyen?

Este retorno a la tragedia griega, observado hace años por Malraux a propósito de Santuario, es indicio de la ambiciosa solidez con que están estructuradas las grandes obras norteamericanas del período. Y creo advertir otra nota común a buena parte de ellas: la ambigüedad. ¿Tiene Cristmas sangre negra? ¿No parte todo de un estúpido error? La ambición sitúa la historia en su natural dimensión: la incertidumbre. El escritor se acerca a sus materiales en actitud predatoria: al asimilárselos impone una forma, pero lucha por conservar dentro de ella el verdadero sentido de lo observado y su vitalidad, pues por tenerla se abren a interpretaciones que no deben ser forzadas ni siquiera sugeridas. Los actos humanos son ambiguos, susceptibles de ser entendidos de diversas maneras y con frecuencia cabrá controvertir acerca de su significación. Si esto es así el hombre debe de ser visto como lo observan estos escritores, en su radical fluidez, en su nativa indiscriminación, en su cambiante máscara. La pretensión de definir el ser del personaje se reduce al deseo de aprehenderlo desde diferentes perspectivas para dar de él una imagen polivalente.

Robert Penn Warren ha señalado en las novelas de Faulkner: “un tipo de organización en el cual el principio fundamental es más bien lo temático que lo narrativo”, y quizá esta observación es aplicable a gran parte de la novela norteamericana. La gran trilogía U. S. A. de John Dos Passos y, en escala más reducida, el Manhattan Transfer del mismo autor, se concentra ejemplarmente en lo temático (la vida de los Estados Unidos o la de Nueva York) y para lograr esa concentración descoyunta el relato y sacrifica su continuidad, quebrándola en una sucesión de piezas concurrentes a establecer la total significación del tema. Coincide esta tendencia con la paralelamente apuntada en Europa por obras en que el examen de lo colectivo se antepone a la disección del héroe.

No puedo abordar ahora el problema de las interinfluencias entre la literatura norteamericana y la europea. En muchos casos resultaría imposible desenredar la intrincada madeja: son partes de una instancia común, superior a ambas, y Henry James y T. S. Eliot, entre otros, han mostrado espíritu y fervor de europeos sin dejar de ser y sentir como americanos. Estos dos insignes ejemplos, no son sino extremos de la corriente unificadora, que responde a una comunidad de ideales y de sensibilidad (quiero decir, entre escritores); hay en la literatura americana una nostalgia de Europa a la que debemos las mejores obras de James, de Hemingway, de Scott Fitzgerald. En los magníficos estudios de las reacciones del americano ante Europa trazados por el genio jamesiano (Retrato de una dama y Los embajadores) los europeos han podido reconocerse como tema y pudieron también aprender algo sobre su propio ser.

No estoy seguro de que apurando las cosas sea posible llegar a una discriminación válida de lo americano en literatura. Cualquier estudio serio habrá de fundarse en el examen de los poetas y escritores considerados aisladamente. Como se ha dicho mil veces, las agrupaciones y clasificaciones practicadas en letras y artes para facilitar la comprensión de los fenómenos no son sino simples simplificaciones provisionales que es preciso superar. El genio es irreductible, y el genio es lo que importa. Cuando hablo de irrupción de la literatura norteamericana no estoy sugiriendo la idea de invasiones masivas en dirección determinada. No, no. Son muchos talentos diversos de quienes, considerados en bloque, sólo podría decirse lo antes apuntado: que sus obras están cerca de la vida y comunican directas impresiones de ella. Esa diversidad explica su fuerza, la extensión de la corriente. Distintas expresiones del mundo hallaron otras tantas técnicas que, como indica Mark Schorer, no son valiosas por sí, pero por su adecuación al asunto: la sencillez y tersura del estilo, en Hemingway, podía ser tan útil, según el crítico citado, como “el intrincado barroquismo de la prosa faulkneriana”. “Las revoluciones del estilo de Faulkner -añade- son la perfecta equivalencia de sus complicadas estructuras y las dos juntas representan perfectamente los laberintos morales que él explora”. Y James, O'Neill, Ezra Pound, tienen el mismo sentido de su responsabilidad como artistas de la profunda adecuación que debe existir entre la significación expresada y el estilo que la expresa.

En la literatura norteamericana alienta el impulso hacia lo fantástico y a través de tupidas alegorías y simbolismos complicados renace una y otra vez, desde Poe a Melville a James (para sólo mencionar las cumbres). Realismo idealista y fantasías realistas: tendencias no antagónicas, más bien complementarias, encarnadas en invenciones inolvidables. Paisajes de la imaginación junto a tierras reales: Nueva Inglaterra, el secreto y profundo Sur, California, los campos de égloga cantados por Robert Frost, los grandes ríos, las montañas, las islas lejanas... Y los hombres: Babbits, negros, the poor white de Anderson y Caldwell, bostonianos, financieros, azotacalles, los políticos de Robert Penn Warren, intelectuales, religiosos...

Sí; por su anchura y su profundidad este mundo pide exploración minuciosa. Es con toda verdad un nuevo mundo y en él encontramos tanta riqueza que simplificarlo es traicionarlo. Evoquémosle en su complejidad, en su diversidad, en sus oposiciones, zonas de sombra y espacios iluminados. Hay en él algo fascinador, enigmas atrayentes y realidades apasionantes, una visión trágica y una valoración justa de las cosas. Por los mares de ese mundo deambula la incapturable Moby Dick, símbolo de misterios inaccesibles. Y acaso sea esta imagen la que con más relieve destaca cuando en visión caleidoscópica rememoramos las impresiones surgidas al contacto con ese espléndido testimonio del espíritu humano que nos brinda la literatura norteamericana.