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lunes, abril 09, 2007

“Vasos vacíos. Entrevista a Charles Bukowski”, de Sean Penn

Extracto




Bares: “Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.

Alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.

Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. No pasa así con otras drogas, alcohol y marihuana por ejemplo, esa droga de niñitas. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?”.

Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ¿Adónde vas?, te gritan. ¡Me voy a la mierda, nena!. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Eso es pura boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.

La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo que me decía: ‘Hank, eres un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué quieres decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabes nada. Déjame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Eres un buen estudiante, entiendes rápido’. Eso fue todo. (Un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo haces”.

Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga aspirada a su cigarrillo.) Es así. La fumada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga, la magia”.

Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerlo y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.

Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si miras mucho a otra persona, te empiezas a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido”.

La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.

La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas, pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.

La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.

La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”.

La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano. Es esperanzador”.

Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.




Entrevista realizada por Sean Penn en 1987 para la revista “Interview”, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke).



domingo, agosto 16, 2015

"Tira los dados", de Charles Bukowski

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




si lo vas a intentar, dale hasta el final
de lo contrario, ni siquiera empieces.
si lo vas a intentar, dale hasta el final.
esto podría significar perder novias,
esposas, parientes, empleos y quizás tu cabeza.

dale hasta el final
podría significar no comer durante 3 o 4 días.
podría significar congelarte en la banca de un parque.
podría significar cárcel,
podría significar escarnios,
burlas,
aislamiento,
el aislamiento es un regalo,
todos los demás son una prueba de tu resistencia,
de cuánto en realidad quieres hacerlo.
y lo harás
a pesar del rechazo y las peores posibilidades,
será mejor que
cualquier otra cosa
que puedas imaginar.

si lo vas a intentar,
dale hasta el final
no hay otra sensación como esa.
estarás a solas con los dioses
y las noches arderán en llamas.

hazlo, hazlo, hazlo, hazlo.

hasta el final
hasta el final

montarás a la vida directo a
la risa perfecta, es la única batalla justa
que hay.






en What Matters Is How Well You Walk Through the Fire, 1999




















miércoles, septiembre 12, 2007

“No hay canciones de amor”, de Charles Bukowski

Fragmento





El tipo del coche de atrás tocó el claxon y gritó: ¡SI ESA PUTA NO TE MATA, NADA TE MATARÁ! Pisé el acelerador y salí zumbando. Cuando eché un vistazo, ella se estaba rascando el interior del muslo.

- Me llamo Rosie, dijo.
- Gordon Plugg, le dije.
- ¿Quieres un Chapuzón?, me preguntó Rosie, ¿o una Vuelta al Mundo? ¿Quieres un enema, un Perrito Caliente o Lluvia Dorada? ¿Disciplina Estricta? ¿Una Ventosa Chupadora? ¿Un Francés Completo? También hago el Tres Manos y el Lazo Malayo. ¿Qué quieres?
- Quiero renovar mi carnet de conducir, le dije.
- Eso serán 50 pavos.
- ¿Tú haces eso?
- Sí, también.







jueves, enero 30, 2025

«A la puta que se llevó mis poemas», de Charles Bukowski

Traducción de Umberto Cobo




Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡POR DIOS!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!
¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero?
Usualmente lo sacan de los dormitorios y de los pantalones
borrachos y enfermos
en el rincón.
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de 50,
pero no mis poemas.
No soy Shakespeare
pero puede ser que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros.
Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía.












 

sábado, mayo 05, 2012

“La tragedia de las hojas”, de Charles Bukowski







Amanecí seco y lo helechos habían muerto,
las plantas estaban amarillas como el maíz.
Mi mujer me había abandonado y las
botellas vacías, como cuerpos desangrados,
me rodeaban con su inutilidad;
el sol aún servía, sin embargo,
y la carta de la propietaria, agrietada
con su tinte amarillento fino y nada exigente;
ahora, que venga un buen cómico a la antigua,
un bufón, con chistes sobre el absurdo del dolor:
el dolor es absurdo porque existe, nada más;
con cuidado afeité, usando mi vieja navaja,
al hombre que había sido joven y,
según decían, genial; pero,
he aquí la tragedia de las hojas,
de los helecho muertos, de las plantas muertas;
entonces salí al pasillo, oscuro,
donde esperaba la propietaria
execradora y final,
mandándome al diablo,
agitando sus brazos gordos y sudorosos
y gritando,
gritando por el arriendo
porque el mundo nos había defraudado a los dos.




en 19 poetas de hoy en los Estados Unidos, 1966















miércoles, marzo 11, 2015

"Rapsodia de un amigo ebrio", de Charles Bukowski





Te veo bebiendo como un payaso de ojos tristes,
solías escribir poemas locos sobre ángeles y Dios.
Pensaba que Dios estaba muerto
pero escuchándote... no estaba seguro.
No había mentira en tu fuego.
Tus poemas se volvieron tristes,
tus amantes te traicionaban.
Después de andar por los bares
sólo la resaca y las paredes vacías.
Sin experimentar miedo por amar
o no ser amado.
Decías que sólo los hombres de suerte
carecían de imaginación para sufrir.
Te amé como un hombre ama a un amigo
que está lejos y extraña.
No había elección, estábamos unidos
por un destino singular.
La soledad es tan grande
que puedo verla en el lento movimiento
de las agujas del reloj.
Nunca nadie encuentra a quien busca.
Tenías un vaso de los lamentos
y te sentabas a beber con él
por las amantes que te habían herido.
Me enseñaste que no toda la gente
es buena con los demás... tenías miedo,
y nunca les pedirías que lo fueran.
Quizás si lo fueran, la muerte no sería tan triste.
Siempre juntando más odios que amantes.
Aprender a ganar es dificíl,
pero cualquiera, incluso uno mismo
podía ser un gran perdedor.
Cuantas botellas de cerveza, vino, whisky,
principalmente cerveza tomaste
esperando que las cosas mejorarán
o cuando te peleabas con una mujer...
y esperabas que el teléfono sonara
mientras te volvías loco...
Y la radio pasaba canciones de amor
y el teléfono permanecía silencioso,
y las paredes frías... y cerveza...
cerveza era todo lo que había.
Y cuando una botella caía
producía el único sonido de tu vida.
Mientras tanto los basureros de la ciudad se llenan,
las plazas de dragones se llenan,
los manicomios se llenan, los hospitales se llenan,
los cementerios se llenan, ninguna otra cosa se llena.
Y sientes el vacío...
Esperabas a la muerte, como a un gato
que salta por sorpresa sobre la cama
...y ella llegó.
Decías que yo era el próximo
y que quizás ya sabes algo
que todavía no sé...






Sin datos editoriales














martes, octubre 20, 2020

«Causa y efecto», de Charles Bukowski

Traducción de Juan Carlos Villavicencio



 

los mejores mueren a menudo por su propia mano
solo para huir 
y aquellos que quedaron atrás 
nunca pueden entender eso del todo 
por qué a alguien 
podría ocurrírsele 
huir de 
todos 
ellos



en Septuagenarian Stew, 1990
 

















Cause and effect 

the best often die by their own hand / just to get away,  / and those left behind  / can never quite understand  / why anybody / would ever want to / get away / from / them














martes, junio 21, 2016

“Mis amigos”, de Charles Bukowski







Éste da clases.
Ése vive con su madre.
Aquél lo mantiene su padre alcohólico,
tiene la cara enrojecida y el cerebro de mosquito.
Éste se mete anfetaminas y ha sido mantenido por
la misma mujer durante 14 años.
Ése escribe una novela cada diez días
y al menos paga la renta.
Éste va de un lugar a otro
durmiendo en sofás, bebiendo y
parloteando.
Éste imprime sus libros en una
fotocopiadora.
Ése vive en el baño
de un hotel abandonado en Hollywood.
Éste ha aprendido a conseguir una beca tras otra,
su vida es un constante llenar formularios.
Éste es simplemente rico y vive en los mejores
lugares y toca las mejores puertas.
Ése ha desayunado con William Carlos Williams.
Y éste enseña
y ése enseña
y éste sabe cómo hacer sus textos
y habla con una cruel y dominante voz.

Los hay en todos lados,
todos son escritores.
Casi cada escritor es un poeta.
Poetas poetas poetas poetas poetas poetas.
Poetas poetas poetas poetas poetas poetas

La próxima vez que suene el teléfono
será un poeta.
La próxima persona que toque la puerta
será un poeta.

Éste enseña,
ése vive con su madre
y éste escribe la vida de Ezra Pound.

Oh, hermanos, somos lo más asqueroso
y lo más bajo de la creación.



en El amor es un perro infernal, 1977







lunes, marzo 29, 2010

"Mujeres", de Charles Bukowski

Extracto



Mindy se apretó contra mí y me besó. Fue un largo beso. Se me paró la verga. Últimamente había estado tomando mucha vitamina E. Yo tenía mis propias ideas sobre el sexo. Estaba constantemente caliente y me masturbaba continuamente. Le hacía el amor a Lydia y luego por la mañana volvía a mi casa y me masturbaba. El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta la sumisión.

Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una puta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más perras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido.












1978









miércoles, agosto 27, 2008

“Ordinaria locura”, de Marco Ferreri*

Monólogo inicial





Olvidemos la mierda y pasemos al llamado “arte”…

Estilo. Estilo es la respuesta a todo. Una forma nueva de enfocar algo aburrido o peligroso. Hacer con estilo algo aburrido es preferible a hacer algo peligroso sin estilo. Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo “arte”. Torear puede ser un arte. Boxear puede ser un arte. Amar puede ser un arte. Abrir una lata de sardinas puede ser un arte...

No muchos tienen estilo. No muchos conservan el estilo. He visto perros con más estilo que algunos hombres; aunque no muchos perros tienen estilo. Los gatos lo tienen en abundancia…

Cuando Hemingway estampó su cerebro contra la pared con una escopeta, eso fue estilo. A veces, hay personas con estilo... Juana de Arco tenía estilo. Juan Bautista, Jesús, Sócrates, César, García Lorca. He conocido a hombres con estilo en la cárcel. He conocido a más hombres con estilo en la cárcel que fuera de ella. El estilo es una diferencia. Una forma de hacer. Una forma de estar hecho… Seis garzas quietas de pie en un estanque, o tú, saliendo desnuda del baño, sin verme...







* Guión adaptado por Marco Ferreri y Sergio Amidei, sobre el libro “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones”, de Charles Bukowski










viernes, diciembre 19, 2008

"Las almas de animales muertos", de Charles Bukowski







después del matadero,
doblando la esquina, había
una cantina
donde me sentaba y veía caer el sol
a través de la ventana,
una ventana que daba a un sitio
lleno de hierbas altas y secas.

nunca me duchaba con los muchachos
en la fábrica
después de trabajar
así que olía a sudor y
sangre.
el olor a sudor disminuye después
de un rato
pero el olor a sangre empieza a fulminar
y ganar fuerza.

fumaba cigarrillos y tomaba cerveza
hasta que me sentía lo suficientemente bien
como para subirme al bus
con las almas de todos los animales muertos
que viajaban conmigo;
las cabezas volteaban discretamente
las mujeres se levantaban
y se alejaban de mí.

cuando bajaba del bus
sólo tenía que caminar una cuadra
y subir una escalera para llegar
a mi cuarto donde prendería la radio
y encendería un cigarro
y a nadie le importaría nada más de mí.






en Play the piano, Drunk..., 1979










viernes, noviembre 12, 2010

“Cómo ser un gran escritor”, de Charles Bukowski








Tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes.
Y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.

Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.

Y no olvides tu Brahms,
tu Bach
y tu cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa a plazo.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares (en 1977).

Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota,
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas,
sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más el exilio,
la derrota,
la traición… toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
Una amante continua.

Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de esto una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
Y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Céline, Dostoievski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres,
sin comida,
sin esperanza... Entonces no estás listo,
toma más cerveza.

Hay tiempo.
Y si no hay,
está bien
igual.





1920-1994














lunes, diciembre 09, 2019

«Vidas entre tachos de basura», de Charles Bukowski

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






el viento sopla fuerte esta noche
y es un viento frío
y pienso en
los chicos en la calle.
espero que alguno de ellos tenga una botella
de tinto.

sucede cuando estás en la calle
que notas que
todo
es propiedad de alguien
y que hay cerraduras para
todo.
así es cómo funciona
la democracia:
tomas lo que puedes,
intentas conservarlo
y sumar algo
si es posible.

así es cómo funciona
también la dictadura
sólo que ella o esclaviza o
destruye a sus
indigentes.
sucede que sólo olvidamos
a los nuestros.

en cualquier caso
es un viento
arduo
y frío.



en You get so alone at times that it just makes sense, 1986










Trashcan lives

the wind blows hard tonight / and it’s a cold wind / and I think about / the boys on the row. / I hope some of them have a bottle of / red. // it’s when you’re on the row / that you notice that / everything / is owned / and that there are locks on / everything. / this is the way a democracy / works: / you get what you can, / try to keep that / and add to it / if possible. // this is the way a dictatorship / works too / only they either enslave or / destroy their / derelicts. / we just forgot / ours. // in either case / it’s a hard / cold / wind.











Contribución a DscnTxt de Aldo Biglia














jueves, enero 25, 2007

“Mi colega”, de Charles Bukowski




Para ser un chico de 21 años en Nueva Orleans
yo no valía mucho la pena.
Tenía una pequeña habitación que olía a meados y muerte,
pero quería estar allí,
y habían dos adorables chicas al final del vestíbulo
quienes no paraban de golpear a mi puerta y gritar.
"¡Levántate! ¡Hay cosas buenas allá afuera!".
"¡Lárguense!", les decía,
pero eso sólo las estimulaba más;
me dejaban notas bajo la puerta
y pegaban flores con cinta adhesiva al pomo de la puerta.
Yo nadaba en vino barato y cerveza verde y demencia.

Conocí al viejo tío de la habitación de al lado;
de algún modo yo me sentía viejo como él;
sus pies y tobillos estaban hinchados
y no podía atarse los zapatos.
Cada día, sobre la una del mediodía,
salíamos a dar un paseo juntos,
y era un paseo muy lento.
Cada paso era doloroso para él.
Cuando nos acercabamos al bordillo,
yo le ayudaba a subir y bajar, agarrándole por el codo
y por la parte de atrás de su cinturón; lo conseguíamos.

Me gustaba. Nunca me cuestionó sobre lo que hacía
o lo que dejaba de hacer.
El debería haber sido mi padre,
y lo que más me gustaba era lo que decía una y otra vez:
"Nada vale la pena”.

Era un sabio.
Aquellas chicas jóvenes deberían
haberle dejado a él
las notas y las
flores.



lunes, septiembre 04, 2006

“Prólogo a Pregúntale al polvo”, de Charles Bukowski










Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía; se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.

Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión, no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte. Probé con la Geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre. Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron: las palabras eran nuevas y las ilustraciones maravillosas. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon. Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa lo perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, casi todos dormidos sobre el libro abierto.

Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación. Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba “Pregúntale al polvo”, y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé “Pregúntale al polvo” y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. “Dago red” y “Espera a la primavera, Bandini”. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.

Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”. Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de “Angel’s Flight” en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿Será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.

Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer “Pregúntale al polvo”. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia.

Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.


Fotografía: John Fante















lunes, octubre 08, 2007

“Deje de mirarme las tetas, señor”, de Charles Bukowski




B
ig Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos. Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.

Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

- ¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino y galletas. Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

—¡Eh, chico! —dijo.

El chico no contestó.

—Te estoy hablando, chaval...
—Chúpame el culo —dijo el chico.
—Soy Big Bart.
—Chúpame el culo.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Me llaman «El Niño».
—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
—Yo pienso hacerlo.
—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
—Nos uniremos —dijo el Niño.
—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.
—Rocío de Miel —dijo el Niño.
—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz. Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio. Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!
—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
—Escucha, nena...
—¡Que te den por el culo!
—Escucha, nena, contempla...

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo. Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
—Yo amo al Niño, Big Bart.
—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.
—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás. Era el Niño, de vuelta de la partida de caza.
—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto...
—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.
—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella y entonces caminó hacia el Niño.

—Mira, Niño...
—¿Sí, hijoputa?
—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
—¿Pero por qué?
—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
—Niño...
—¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía. Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.






viernes, enero 18, 2008

“Cómo conseguir que te publiquen”, de Charles Bukowski





Dado que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la revista Demise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. Él decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico, adelante. Él me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata. Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la última teta arrugada de tu rata. Él contestó, un momento, conozco a la mayoría de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles a echarte una ojeada.

Semana y media más tarde, suena el teléfono. Estaban en la ciudad, acababan de llegar de Nueva Orleans y se alojaban en un hotel de la Calle Tercera rebosante de prostitutas, borrachos, carteristas, revientapisos, friegaplatos, atracadores, estranguladores y violadores. A Mulloch le encantaba el hampa y creo que amaba incluso la pobreza. Saqué la conclusión, por sus cartas, de que creía que la pobreza entrañaba pureza. Eso es lo que los ricos siempre han querido que creamos, por supuesto. Pero ésa es otra historia.

Fui con Marie en el coche hasta allá, deteniéndonos primero a comprar tres paquetes de botellines de cerveza y un litro de whisky barato. A la entrada, había un hombrecillo de pelo canoso, que debía medir un metro cincuenta. Vestía atuendo de trabajador, pero llevaba un gran pañuelo blanco al cuello y un sombrero blanco de copa muy alta. Marie y yo nos acercamos. Fumaba un cigarrillo y sonreía.

—¿Eres Chinaski?
—Sí —dije—. Esta es Marie, mi mujer.
—No, amigo —contestó—. Ningún hombre puede decir jamás que una mujer es suya. No son nuestras nunca, sólo las tenemos prestadas una temporadita.
—Sí —dije—, creo que así está mejor.

Seguimos a H. R. escaleras arriba y luego por un pasillo pintado de azul y rojo que olía a asesinato.

—El único hotel de la ciudad que pudimos encontrar en que nos aceptaron con los perros y el loro.
—Parece un buen sitio —dije.

Abrió la puerta de su habitación y entramos. Había dos perros corriendo de acá para allá y Honeysuckle estaba en el centro de la habitación con un loro en el hombro.

—Thomas Wolfe —dijo el loro— es el mejor escritor del mundo.
—Wolfe está muerto —dije—. Vuestro loro delira.
—Es un loro viejo —dijo H. R.—. Hace mucho que lo tenemos.
—¿Cuánto tiempo llevas con Honeysuckle?
—Treinta años.
—¿La pediste prestada un ratito?
—Así parece.

Los perros corrían de allá para acá, y Honeysuckle seguía en el centro de la habitación con el loro en el hombro. Era de piel oscura, italiana o griega, muy delgada, con ojeras cargadas; tenía un aire trágico, bondadoso y peligroso; sobre todo trágico.

Puse el whisky y las cervezas sobre la mesa, y todos se abalanzaron. H. R. comenzó a destapar botellines y yo empecé a desenvolver la botella de whisky. Aparecieron vasos polvorientos y varios ceniceros. A través de la pared de la izquierda, atronó de pronto una voz masculina:

—¡Puta asquerosa, quiero que mastiques mi mierda!

Nos sentamos y serví whisky para todos. H. R. me pasó un puro. Lo pelé, le arranqué la punta con los dientes y lo encendí.

—¿Qué piensas de la literatura moderna? —me preguntó H. R.
—No me interesa, la verdad.

H. R. achicó los ojos y me sonrió.

—Ja, ja, ¡estaba seguro de eso!
—Oye —dije—, ¿por qué no te quitas ese sombrero para que vea con quién estoy en tratos? Podrías resultar un ladrón de caballos.
—No —dijo, quitándose el sombrero con gesto teatral—. Pero fui uno de los mejores ladrones de diamantes del Estado de Ohio.
—¿Es cierto eso?
—Lo es.

Las chicas bebían.

—A mí me encantan los perros —dijo Honeysuckle—. ¿Te gustan los perros?
—No lo sé —dije.
—Él se gusta a sí mismo —dijo Marie.
—Marie tiene una inteligencia muy aguda —dije yo.
—Me gusta cómo escribes —dijo H. R.—. Puedes decir muchísimo sin extravagancias.
—El genio quizá sea la capacidad de decir una cosa profunda de una forma sencilla.
—¿Cómo dices? —preguntó H. R.

Repetí la frase y serví más whisky.

—Eso tengo que anotarlo —dijo H. R. Y sacó una pluma del bolsillo y lo anotó en el borde de una de las bolsas marrones de papel que había en la mesa.

El loro se bajó del hombro de Honeysuckle, cruzó la mesa y se me subió en el hombro izquierdo.

—Eso está bien —dijo Honeysuckle.
—James Thurber —dijo el pájaro—, es el mejor escritor del mundo.
—Cabrón estúpido —le dije al pájaro.

Sentí un dolor agudo en la oreja izquierda. El bicho casi me la arranca. Todos somos criaturas sensibles, pensé. H. R. abrió más cervezas. Seguimos bebiendo.

A la tarde siguió el anochecer y el anochecer se convirtió en noche. Desperté en plena oscuridad. Me había quedado dormido en la alfombra del centro de la habitación. H. R. y Honeysuckle dormían en la cama. Marie en el sofá. Los tres roncaban, sobre todo Marie. Me levanté y me senté a la mesa. Quedaba algo de whisky. Me lo serví y bebí una cerveza caliente. Me quedé allí sentado bebiendo. El loro se puso en el respaldo de una silla frente a mí. De pronto se bajó de allí y cruzó la mesa entre los ceniceros y las botellas vacías y se me subió en el hombro.

—No vuelvas a decirlo —le dije—. Es muy ofensivo para mí que lo digas.
—Puta jodida —dijo el loro.

Le cogí por las patas y volví a posarlo en el respaldo de la silla. Luego volví a la alfombra y seguí durmiendo. Por la mañana, H. R. Mulloch comunicó lo siguiente:

—He decidido publicar tu libro de poemas. Lo mejor sería irte a casa y empezar a trabajar.
—¿Quieres decir que comprendiste que no soy un ser humano deleznable?
—No —dijo H. R.—, nada de eso, pero he decidido ignorar mi buen criterio y, a pesar de todo, publicarlo.
—¿De veras fuiste el mejor ladrón de diamantes del Estado de Ohio?
—Sí, claro.
—Sé que estuviste en la cárcel. ¿Cómo te cazaron?
—Fue tan estúpido que prefiero no hablar de ello.

Bajé y compré un par de paquetes de botellines de cerveza y volví, y Marie y yo ayudamos a H. R. y a Honeysuckle a hacer el equipaje. Había cajas especiales para transportar los perros y el loro. Lo bajamos todo por las escaleras, lo metimos en mi coche, luego nos sentamos y acabamos la cerveza. Todos éramos profesionales: ninguno fue tan estúpido como para proponer un desayuno.

—Ahora eres tú el que nos debe visitar —dijo H. R.—. Vamos a preparar el libro. Eres un hijo de puta pero se puede hablar contigo. Esos otros poetas andan siempre atusándose las plumas y presumiendo.
—Eres un buen tipo —dijo Honeysuckle—. Los perros te quieren.
—Y el loro —dijo H. R.

Las chicas se quedaron en el coche y volví con H. R., que tenía que devolver la llave. Nos abrió la puerta una vieja de quimono verde y pelo teñido de un rojizo claro.

—Esta es Mamá Stafford —me dijo H. R.—. Mamá Stafford, le presento al mejor poeta del mundo.
—¿De veras? —preguntó Mamá.
—El mejor poeta del mundo —dije yo.
—Muchachos, ¿por qué no entráis a tomar un trago? Creo que lo necesitáis.

Entramos y tuvimos que trasegar un vaso de vino blanco caliente. Nos despedimos y volvimos al coche... En la estación de ferrocarril, H. R. sacó los billetes y fue a la sección de equipajes a que se hicieran cargo del loro y de los perros. Luego volvió y se sentó con nosotros.

—Me fastidian los aviones —dijo—. Me aterra volar.

Fui a comprar media pinta y nos la pasamos mientras esperábamos. Luego, empezaron a cargar el tren. Y cuando estábamos allí en el andén, haciendo tiempo, Honeysuckle saltó de pronto sobre mí y me dio un largo beso. Antes de apartarse, me metió la lengua rápidamente en la boca. Me quedé allí plantado, y encendí un puro mientras Marie besaba a H. R. Luego H. R. y Honeysuckle subieron al tren.

—Es un tipo legal —dijo Marie.
—Querida —dije—, creo que le diste un beso demasiado apasionado.
—¿Estás celoso?
—Yo siempre lo estoy.
—Mira, se han sentado en la ventanilla, nos sonríen.
—Es embarazoso. Ojalá saliera de una vez ese maldito tren.

Al fin el tren empezó a moverse. Dijimos adiós con la mano, claro, y ellos contestaron. H. R. tenía una sonrisa satisfecha y feliz. Honeysuckle daba la sensación de lloriquear. Parecía muy trágica. Luego, ya no pudimos verles más. Se acabó. Iban a publicarme. Poemas escogidos. Dimos la vuelta y escapamos de los andenes.







en Música de Cañerías, 1983

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