domingo, enero 31, 2010

"Viento imaginario", de Federico Schopf







Un viento imaginario mantiene en tus cabellos
la dulzura de su inmóvil desorden
y deja entre los hilos de luz dorada
que un sol antiguo ha sembrado, la estampa
de una tarde a solas en la playa, ante jirones
de algas verdes estremecidas por el agua,
en tanto, tendidos en la arena, con el quejido
del mar hundiéndose lentamente en tus caderas,
una luz de plata cernida desde el cielo
caía, endureciendo las aguas y nuestros rostros
de oxidada espuma -tu perfil inclinado como el de una
estatua opaca- y, sin embargo, el calor de tus manos
era suficiente para hendir de oro este silencio.







en Poesía chilena (1960-1965), 1966














sábado, enero 30, 2010

"Pequeña cosmogonía práctica", de Juan Luis Martínez






Construya un mundo coherente a partir de NADA, sabiendo que
YO - TÚ y que TODO es POSIBLE.

¡HAGA UN DIBUJO!





SOLUCIÓN 1.



PÉRDIDA DEL OBJETO LIBIDINOSO

DESEO DEL YO DE RECUPERAR
EL OBJETO PERDIDO

IDENTIFICACIÓN DEL YO
CON EL OBJETO PERDIDO






SOLUCIÓN 2.
(LA NUEVA NOVELA):












en La nueva novela, 1977









viernes, enero 29, 2010

“Un día perfecto para el pez plátano”, de Jerome David Salinger

New York, 1 de enero de 1919 – Cornish, New Hampshire, 27 de enero de 2010





En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.

Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.

-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.

A través del auricular llegó una voz de mujer:

-¿Muriel? ¿Eres tú?

La chica alejó un poco el auricular del oído.

-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
-¿Estás bien, Muriel?

La chica separó un poco más el auricular de su oreja.

-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé... el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
-Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
-Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
-Muy bien-dijo la chica.
-¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
-No. Ahora tiene uno nuevo
-¿Cuál?
-Mamá... ¿qué importancia tiene?
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
-Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
-Lo tienes tú.
-¿Estás segura?-dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
-¡Pero está en alemán!
-Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
-Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
-Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo.
-Muriel, mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Sí?-dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
-¿Y...?-dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
-Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
-Nunca lo he oído nombrar.
-De todos modos, dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
-Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
-Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
-Me he quemado toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
-Bueno... sí... más o menos...-dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
-Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
-¿Por que te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
-¿El verde?
-Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
-Pero ¿qué dijo él? El médico.
-Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
-Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
-En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le subí un poco las hombreras.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
-Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
-No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-.
-Mamá, esta llamada va a costar una for...
-Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
-Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No he dicho nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
-¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel, hazme caso.
-Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó.
-Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio?
-Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.

La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.

-No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
-Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter.
-Estáte quieta, Sybil, cariño...
-¿Viste más vidrio?-dijo Sybil.

La señora Carpenter suspiró.

-Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.

-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.

El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

-¡Ah!, hola, Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué?-dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.

Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.

Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.

-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.

Sybil dio un paso adelante.

-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.

Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.

-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?

Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.

Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.

-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
-¿Un qué?
-Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.

Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.

Los dos echaron a andar hacia el mar.

-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
-¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé-dijo Sybil.
-Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.

Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

-Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

Sybil lo miró:

-Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

-No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él.

Sybil soltó el pie:

-¿Has leído El negrito Sambo?-dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció?
-¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis-dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»?
-¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué?
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?

Sybil asintió con la cabeza:

-¿Te gustan las aceitunas?-preguntó.
-¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil.
-Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.

Sybil no dijo nada.

-Me gusta masticar velas-dijo ella por último.
-Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.

Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.

-¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él.
-No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

Ella negó con la cabeza.

-Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces plátano.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
-Sí-dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué?-preguntó Sybil.
-Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa.
-No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos.

Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.

Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:

-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí-dijo Sybil-. Seis.

De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

-¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.

-Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice?-dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.

-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor.

Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.




en Nine stories, 1953












jueves, enero 28, 2010

"Alguna despedida", de Juan Cameron





Me voy estoy cansado
tengo derecho a andar después de la jornada        de picar esta tierra
            doblemente con manos y cabeza
de esconder esta testa bajo el suelo para gritar a gritos reclamar
con el pecho hacia el cielo ser mirado
No vine yo a este día            a mí no me invitaron
Rasgué mis vestiduras y mi pecho para mostrar la sangre y su latido
y aquí me tienen sudoroso con el ala dispuesta
a cruzar el charco una vez más en busca de otro arado
Soy pájaro y gusano
soy este puño prieto que cava y salta y vuela
pues me hicieron así quienes sabían mi diario transcurrir
            mi quieto canto
Fui el aguador y el vino el héroe y la víctima
el testigo
Fui la tierna extensión cuando la noche reclamaba éstos mis dedos
tuve ideas las ví tuve una casa enclavada en la piedra y el paisaje
Ahora tomo vuelo busco apoyo
para correr la pista con un gesto         tal vez una sonrisa
Me voy no es un pañuelo
es la pluma agitada que deja a lo lejos
un surco en esta pista para volver de nuevo.











miércoles, enero 27, 2010

“Lectura”, de Omar Lara







Leo
Todas las cosas tienen fin
Nosotros
Las guitarras
La tierra
El sol
El sonido del agua en los cristales
El universo mismo
Las palabras
Todo tiene su fin
Su no
Su nada
El ladrido
El tumulto
El calor de las tres
Todo tiene su nada
La luz que hace tu rostro
La luz que hizo tu rostro.





en Islas flotantes, 1980












martes, enero 26, 2010

"Adiós al Führer", de Jorge Teillier





Adiós al Führer, adiós a todo Führer
               habido o por haber.
Adiós a todo Führer verdadero o falso,
buenas noches, le digo, buenas noches
con una íntima tristeza reaccionaria.

Adiós al Führer que engullía tortas de Selva Negra
mientras sus tanques se alimentaban de caminos de Europa.
Adiós a todo Führer que ame a Wagner o la Giovinezza
ya sea lampiño, barbudo o bigotudo.

Adiós al Führer que en submarino huyó a Buenos Aires
tras matar a Eva y a Blondi, su fiel perro.
Desde los hielos lo oye llamar Miguel Serrano
mas ni por mar ni por tierra podrían encontrarlo.

Adiós a todo Führer que nos ordene sepultarnos con él
tras contemplar cómo arden las ruinas de su Imperio,
y entretanto no deja a nadie dormir tranquilo
aunque no hayamos violado, ni robado, ni asesinado.

Adiós a todo Führer que obligue a los poetas
a censurar sus manuscritos o mantenerlos secretos
bajo pena de mandarlos a su Isla o Archipiélago
o a cortar caña bajo el sol de la Utopía.

Adiós al Führer de la Antipoesía
aunque a veces predique mejor que el Cristo de Elqui.
Es mejor no enseñar dogma alguno, aunque sea ecológico,
cuando ya no se puede partir a Chillán en bicicleta.

Adiós al chico Molina, cruel Führer de Lo Gallardo
donde escribió El Lobo Estepario antes que Hermann Hesse,
aunque N.S. Jesucristo murió por él según lo dice Anguita,
y adiós por quienes desean que demos el sí cuando amamos el no.

Adiós a todo Führer a quien no le importa perder cuarenta o
               cuarenta mil hombres
con tal de invadir islas pobladas por ovejas,
y tras la derrota se acoge a general jubilación
a oír Silencio en la noche ya todo está en calma.

Adiós a quien un tiempo fuera nuestro secreto Führer
y nos recomendaba abstinencia botella de whiski en mano,
y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro
para conquistar Venezuela como sus antepasados.

Adiós al pícaro que pretendía ser Martín Bormann:
Enrique Lafourcade, conde de la Fourchette.
Lo verán pasear un ridículo perrito
sin poder alcanzar ni al Parque Forestal.

Lo verán alimentarse, fantasma rubicundo,
de pálidas y frágiles palomitas nocturnas.
Lo verán recorrer los más perdidos pueblos
buscando firmar autógrafos a Alcaldes y parvularias.

Lo verán sollozar pensando en sus Días sin Dieta
con patitas de chancho en Los Buenos Muchachos.
Lo verán derramar una furtiva y valetudinaria lágrima
mientras canta Yo soy el Rey creyéndose Pedro Vargas.

Y ya no habrá nadie de la Generación del 50
para entonar a coro Yo tenía un camarada.
Adiós a todo Führer que nos dé duro con un palo
y también con una soga
creyendo que como él somos apenas sensitivos.
Y buenas noches, amigos, buenas noches,
hasta que un día nos volvamos a encontrar
en la hora soberbia y enloquecida de los esqueletos.





Escrito en la Plaza del Mulato Gil de Castro,
en Santiago, la noche del 2 de diciembre de
1981, fecha del lanzamiento de la novela de
título homónimo de Enrique Lafourcade.








en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985














lunes, enero 25, 2010

“Sombra en la noche”, de Dashiell Hammett





Un sedan con los faros apagados estaba parado en el arcén, más arriba del puente de Piney Falls. Cuando lo adelanté, una chica asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—Por favor.

Aunque su tono era apremiante, no contenía la suficiente energía como para volverlo desesperado o perentorio.

Frené y puse la marcha atrás. Mientras hacía esta maniobra, un tipo se apeó del coche. A pesar de la débil luz vi que se trataba de un joven corpulento. Señaló en la dirección que yo llevaba y dijo:

—Amigo, sigue tu camino.
—Por favor, ¿quieres llevarme a la ciudad? —preguntó la chica. Tuve la sensación de que intentaba abrir la portezuela del sedan. El sombrero le cubría un ojo.
—Encantado —respondí.

El joven que estaba en la carretera dio un paso hacia mí, repitió el ademán y ordenó:

—Eh, tú, esfúmate.

Bajé del coche. El hombre de la carretera echó a andar hacia mí, cuando del interior del sedan surgió una voz masculina áspera y admonitoria..

—Tranquilo, Tony, tranquilo. Es Jack Bye.

La portezuela del sedan se abrió y la chica se apeó de un salto.

—¡Ah! —exclamó Tony e, inseguro, arrastró los pies por la carretera. Al ver que la chica se dirigía a mi coche, gritó indignado— ¡Oye, no puedes largarte con...!

La chica ya estaba en mi dos plazas, y murmuró:

—Buenas noches.

Tony me hizo frente, meneó testarudamente la cabeza y empezó a decir:

—Que me cuelguen antes de permitir que...

Lo sacudí. Fue un buen golpe porque le di duro, pero estoy convencido de que podría haberse levantado si hubiese querido. Le concedí unos segundos y pregunté al tipo del sedan, al que seguía sin ver:

—¿Te parece bien?
—Tony se recuperará —respondió deprisa—. Lo cuidaré.
—Muy amable de tu parte.

Subí a mi coche y me senté junto a la chica. Empezaba a llover y comprendí que no me libraría de calarme hasta los huesos. En dirección a la ciudad nos adelantó un cupé en el que viajaban un hombre y una mujer. Cruzamos el puente detrás de ellos.

—Has sido realmente amable —declaró la chica—. La verdad es que no corría el menor peligro, pero fue..., fue muy desagradable.
—No son peligrosos, pero pueden volverse... muy desagradables —coincidí.
—¿Los conoces?
—No.
—Pues ellos te conocen a ti. Son Tony Forrest y Fred Barnes —no dije nada. La chica añadió—: Te tienen miedo.
—Soy un desesperado. La chica rió.
—Y esta noche has sido muy amable. No me habría largado sola con ninguno, aunque pensé que con los dos... —se subió el cuello del abrigo—. Me estoy mojando.

Volví a parar y busqué la cortinilla correspondiente al lado del acompañante.

—De modo que te llamas Jack Bye —dijo mientras colocaba la cortinilla.
—Y tú eres Helen Warner.
—¿Cómo lo sabes? —se acomodó el sombrero.
—Te tengo vista —terminé de colocar la cortinilla y volví a montar en mi dos plazas.
—¿Sabías quién era cuando te llamé? —preguntó en cuanto volvimos a rodar por la carretera.
—Sí.
—Hice mal en salir con ellos en esas condiciones.
—Estás temblando.
—Hace frío.

Añadí que, lamentablemente, mi petaca estaba vacía.

Habíamos entrado en el extremo oeste de Heilman Avenue. Según el reloj de la fachada de la joyería de la esquina de Laurel Street eran las diez y cuatro. Un policía con impermeable negro estaba recostado contra el reloj. Yo no sabía lo suficiente sobre perfumes como para distinguir el que llevaba la chica.

—Estoy aterida —declaró—. ¿Por qué no paramos en algún sitio a tomar una copa?
—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Mi tono debió de desconcertarla, pues giró rápidamente la cabeza para mirarme bajo la tenue luz.

—Me encantaría, a menos que tengas prisa —respondió.
—Voy bien de tiempo. Podemos ir a Mack's. Sólo queda a tres o cuatro calles pero... es un local para negros.

La chica rió.

—Lo único que espero es que no me envenenen.
—No lo harán. ¿Estás segura de que quieres ir?
—No tengo la menor duda —exageró sus temblores—. Estoy helada, y es temprano.

Toots Mack nos abrió la puerta. Por la amabilidad con que inclinó su cabeza negra, calva y redonda, y por el modo en que nos dio las buenas noches, supe que lamentaba que no hubiésemos ido a otro bar, pero sus sentimientos me traían sin cuidado. Dije con demasiada exaltación:

—Hola, Toots. ¿Cómo te trata la noche?

Sólo había unos pocos parroquianos. Ocupamos una mesa en el rincón más alejado del piano. Súbitamente la chica clavó la mirada en mí, y sus ojos tan azules se tomaron muy redondos.

—En el coche me pareció que veías —comenté.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —me interrumpió y se sentó.
—¿Ésta? —me toqué la mejilla con la mano—. Fue hace un par de años, en una pelotera. Deberías ver la que tengo en el pecho.
—Algún día iremos a nadar —añadió alegremente—. Siéntate de una vez y no hagas que espere más esa copa.
—¿Estás segura...?

Se puso a tararear y siguió el ritmo tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Quiero una copa, quiero una copa, quiero una copa —su boca pequeña, de labios llenos, se curvaba hacia arriba, sin ensancharse, cada vez que sonreía.

Pedimos nuestros tragos. Hablamos demasiado rápido. Hicimos chistes y reímos aunque no tuvieran gracia. Hicimos preguntas —entre ellas, el nombre del perfume que llevaba— y prestamos demasiada o ninguna atención a las respuestas. Cuando creía que no lo veíamos, Toots nos miraba severamente desde detrás de la barra. Todo era bastante malo.

Tomamos otra copa y propuse:

—Bueno, vámonos.

La chica estuvo bien, pues no se mostró impaciente por irse ni por quedarse. Las puntas de su cabello rubio ceniza se curvaban alrededor del ala del sombrero, a la altura de la nuca.

Al llegar a la puerta dije:

—Mira, en la esquina hay una parada de taxis. Supongo que no te molestará que no te acompañe a casa.

Me cogió del brazo.

—Claro que me molesta. Por favor... —la acera estaba mal iluminada. Su rostro parecía el de una niña. Apartó la mano de mi brazo—. Pero si prefieres....
—Creo que lo prefiero.

La chica añadió lentamente:

—Jack Bye, me caes bien y te agradezco mucho que...
—Está bien, no te preocupes —la interrumpí, nos dimos la mano y yo volví a entrar en el despacho clandestino de bebidas.

Toots seguía detrás de la barra. Se acercó y dijo, meneando la cabeza con pesar:

—No deberías hacerme estas cosas.
—Lo sé y lo lamento.
—No deberías hacértelas a ti mismo —acotó con la misma tristeza—. Chico, no estamos en Harlem, y si el viejo juez Warner se entera de que su hija sale contigo y viene aquí, puede ponemos las cosas difíciles a los dos. Me gustas, pero debes recordar que por muy clara que sea tu piel, o por mucho que hayas ido a la universidad, no dejas de ser negro.
—¿Y qué coño crees que quiero ser? —repliqué—. ¿Un chino?






1924












domingo, enero 24, 2010

"Balada del ausente", de Juan Carlos Onetti





Entonces no me des un motivo por favor
No le des conciencia a la nostalgia,
La desesperación y el juego.
Pensarte y no verte
Sufrir en ti y no alzar mi grito
Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
En lo único que puede ser
Enteramente pensado
Llamar sin voz porque Dios dispuso
Que si Él tiene compromisos
Si Dios mismo le impide contestar
Con dos dedos el saludo
Cotidiano, nocturno, inevitable
Es necesario aceptar la soledad,
Confortarse hermanado
Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
En cualquier regreso
En cualquier hora cambiable del crepúsculo
Tu silencio
Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
Que no responde al sombrero enlutado
Golpeando las rodillas
Que teme a Dios y se preocupa
Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
Hacia la claridad dolorosa del mundo,
Desnudo, sólo, desarmado
bamboleo mi cuerpo enmagrecido
Tropiezo y avanzo
Me acerco tal vez a una frontera
A un odio inútil, a su creciente miseria
Y tampoco es consuelo
Esa dulce ilusión de paz y de combate
Porque la lejanía
No es ya, se disuelve en la espera
Graciosa, incomprensible, de ayudarme
A vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
Fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor
Ya ni siquiera creo,
En romper espejos
En la noche
Y lamerme la sangre de los dedos
Como si la hubiera traído desde allí
Como si la salobre mentira se espesara
Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas,
            no me inflará las mejillas
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro
            que no se cumplirá.












Recuperado en Miradas sobre Onetti, 1995











sábado, enero 23, 2010

“El reloj anacrónico. La historia”, de Mauricio Montiel Figueiras







Me atrevo a decir que la infancia de buena parte de quienes nacimos en los años sesenta no habría sido la misma sin la alta dosis de películas épicas que nuestros padres nos recetaron, fuera para añadir un trasfondo visual a las lecciones de historia o simplemente para hacer más tolerables los fines de semana. Entre aquellos filmes pródigos tanto en extras y dobles como en escenarios y vestuarios fastuosos destaca, en mi caso, el Ben-Hur de William Wyler (1959), la adaptación más célebre de la novela de Lewis Wallace. Ambientada durante el reinado de Tiberio César Augusto, Ben-Hur refiere como se sabe la ordalía de un príncipe judío (Charlton Heston) que, luego de un accidente causado por su hermana en el que resulta herido el gobernador de Palestina, es traicionado por su amigo romano Messala (Stephen Boyd), quien lo envía a Tiro para ser esclavizado como galeote; de camino al puerto, mientras jura venganza con una ira similar a la de Edmundo Dantés, Ben-Hur se cruza con Jesucristo, que le da a beber agua: un gesto que él intenta devolver hacia el final de su odisea, antes de atestiguar la crucifixión en el Gólgota. Aunque no he visto la cinta en casi tres décadas, recuerdo varias imágenes: la teja que cae de una azotea para sellar la desgracia de Ben-Hur; el cuenco de agua que sacia la sed del héroe al filo del desfallecimiento; la balsa que navega en un set marítimo llevando a Ben-Hur y Quinto Arrio (Jack Hawkins), el cónsul que aquél salva de una galera en llamas; el sudor que baña el rostro de los participantes en la carrera de cuadrigas, en la que se consuma la venganza contra Messala. El dios narrativo, parafraseando el aforismo atribuido entre otros a Flaubert, está justo en estos detalles que se adhieren a la memoria.

No sería sino hasta muchos años después de que mi incredulidad se suspendiera para conceder una verosimilitud histórica a la película que me enteraría de los diversos anacronismos y fallas en que incurrieron el director y su equipo. La sombra de la cámara entra en algunas escenas, por ejemplo, y las huellas de la grúa son visibles en la arena del circo romano, a donde se cuela una plataforma de acero galvanizado. Aquí y allá aparecen libros con pastas en una era en que sólo se usaban rollos de pergamino. Los romanos no podían contar con galeotes porque esta clase de esclavitud surgió hasta el siglo XVI. A la secuencia donde Messala y Ben-Hur conversan en un patio se filtra el ruido de motocicletas que circulan por una avenida próxima. Y qué decir de los errores de continuidad, que según los expertos son legión. De entre todos estos descuidos, lógicos hasta cierto punto si se advierte que la cinta se rodó hace cincuenta años –la industria ha contribuido a depurar al menos los gazapos estrictamente técnicos–, sobresale uno que no me deja de asombrar: la presencia de un Rolex que va mudando de muñeca de acuerdo con distintas versiones. Sea que lo traiga uno de los trompeteros romanos que figuran en la carrera de cuadrigas, el propio Ben-Hur durante la misma escena o el cónsul Quinto Arrio a bordo de la balsa salvadora –todavía no he querido confirmarlo–, el reloj intruso sintetiza para mí la dificultad de creer en las reconstrucciones históricas emprendidas por el cine y la televisión. Dicho de otro modo, la suspensión de la incredulidad que ejercí en mi niñez ha derivado en un escepticismo que crece con el tiempo, con cada giro de las manecillas de ese Rolex futurista ceñido a una muñeca del pasado. A la vez, paradójicamente, el anacronismo que no noté entonces me hace apreciar el esfuerzo que tres teleseries contemporáneas invierten en volver a contar, con la mayor fidelidad posible y desde diferentes ángulos, cuentos que hemos leído en cantidad de libros. Si las series de televisión de hoy día son la second life de una cauda de actores y directores fugados y en ocasiones exiliados de la pantalla grande, Rome, The Tudors y Mad Men son además la oportunidad para que la historia nos convenza de nuevo.


Rome (2005-2007): la historia de lado

Otra de romanos, pensé al comenzar a ver Rome, la serie producida por HBO en colaboración con la BBC y la RAI. Peor aún, me dije, una muestra más del peplum, el género nacido entre los músculos de un ex Mister Universo (Steve Reeves) que encarnó a Hércules a finales de los años cincuenta. Espadas y lanzas, togas y sandalias, aristócratas y plebeyos, circos y guerras, traiciones y contratraiciones, pensé recordando Yo, Claudio, la miniserie de los setenta basada en dos novelas de Robert Graves que tanto entusiasmó a mi madre. Al concluir la secuencia inicial de créditos del primer episodio, sin embargo, sentí que algo despertaba mi atención: quizá la curiosidad de saber cómo era reconstruida esa Roma sucia y decrépita, alejada de los convencionalismos hollywoodenses, en la que el graffiti callejero cobraba vida. Luego leería que Jonathan Stamp, el asesor histórico, afirmó alguna vez que la intención de la serie era ofrecer verosimilitud más que exactitud. Luego me daría cuenta de que John Milius, uno de los creadores de Rome –los otros dos son William J. MacDonald y Bruno Heller–, es el coguionista de Apocalypse Now (1979), una de mis películas favoritas. Pero para entonces era muy tarde: el tránsito de la República Romana al Imperio me había hechizado por completo.

En Rome están todos los tópicos del peplum: espadas y lanzas, togas y sandalias y lo demás. Claro: es la utilería de la historia. Pero también está el romance entre Cleopatra y Marco Antonio, a quienes yo evocaba tibiamente interpretados por Elizabeth Taylor y Richard Burton. La ausencia de tibieza HollyRome –término acuñado por Milius y compañía para aludir al peplum– es uno de los hallazgos de la serie. Para continuar con el ejemplo, Cleopatra se presenta como una opiómana que viaja en un palanquín bajo el sol del desierto, mientras que Marco Antonio se desempeña con la ferocidad de un sexoadicto que lleva el campo de batalla a la cama. Su amorío deriva así en una orgía pasoliniana frenada sólo por el suicidio de ambos, el de él asistido por Lucio Voreno, que junto con Tito Pullo forma la memorable pareja de centuriones que ocupa el centro de la historia.

Sesgada pero no absurda, más pendiente de la credibilidad psicológica que de la precisión historiográfica, la óptica de la serie nos deja ver a un Julio César epiléptico que entabla una tortuosa relación con Servilia, madre de Bruto, una de las grandes mujeres trágicas de la pantalla contemporánea. A un Cayo Octavio que antes de convertirse en el emperador César Augusto y revelar su filón sadomasoquista comete incesto con su hermana Octavia, que previamente establece un nexo lésbico con Servilia. A un Pompeyo Magno que después de la derrota en Grecia es decapitado al pisar territorio egipcio. A una Atia, sobrina de Julio César, trocada en una arpía lujuriosa. O a Voreno y Pullo como náufragos en un islote donde construyen una barca con los cadáveres de sus compañeros: la nave de los muertos que nos conduce por las aguas procelosas de la antigüedad.


The Tudors (2007-a la fecha): la historia de frente

En una de las entrevistas concedidas con motivo de su interpretación de Enrique VIII en The Tudors, Jonathan Rhys Meyers revela que su personaje se ha encamado a unas veintidós mujeres en la serie; una cifra que, dice, no es considerable si se compara con la cantidad que un chico o una chica de buen ver confiesa en un club nocturno del Londres contemporáneo: cincuenta acostones en lo que va de un año. Tiene razón: una veintena de partenaires sexuales es poca cosa cuando se trata del segundo monarca de la dinastía Tudor, célebre entre otras muchas hazañas por contraer matrimonio en seis ocasiones e incurrir en bigamia con Catalina de Aragón y Ana Bolena a ojos de los papas Clemente VII y Paulo III. Más que ponderar la promiscuidad británica de hoy día, sin embargo, Rhys Meyers alude a algunas críticas que señalan la “excesiva” carga erótica de la serie. ¿Cae en el exceso –por poner un ejemplo– Charles Brandon, duque de Suffolk, encarnado como una suerte de potencia libidinosa que arrasa con cuanta mujer le sale al paso? No lo creo: los espectadores de talante conservador parecen olvidar que sexo y poder integran una de las parejas más antiguas y fieles de la historia. Lo que hace The Tudors es acentuar la compenetración de esa pareja.

Ideada y escrita en su totalidad por Michael Hirst, experto en estos terrenos merced a los guiones de Elizabeth (1998) y Elizabeth: The Golden Age (2007) –el díptico en el que Cate Blanchett da vida a la hija de Enrique VIII y Ana Bolena–, The Tudors carga a mi juicio con uno de los mayores lastres de las recreaciones históricas: retratar a los personajes con un casting extraído de una revista de modas. No es una queja: presenciar un desfile de bellezas vestidas y desvestidas a la usanza del siglo XVI siempre se agradecerá, pero puede restar verosimilitud al relato, sobre todo si el grueso de los actores remite a los anuncios de una GQ patrocinada por la Iglesia anglicana. No obstante, una vez salvado el escollo de la apostura, esa sí un tanto excesiva, la serie empieza a surtir su efecto hipnótico. A este efecto contribuyen, entre una variedad de aciertos, la defenestración del cardenal Thomas Wolsey, un auténtico lobo con piel eclesiástica; la metamorfosis de Tomás Moro en un inquisidor que no duda en enviar seis herejes a la hoguera “con justa razón”; el odio irrestricto de Thomas Cromwell hacia la hipocresía que reina en las cúpulas del catolicismo; el sudor inglés vuelto metáfora de la paranoia epidemiológica que cunde actualmente. Desde su trono alzado sobre una red de sexo y poder, intrigas y contraintrigas, el Enrique VIII de The Tudors encara el discurrir de los tiempos y se une a él. Nadie se baña dos veces en el mismo río, piensa, pero la historia con su cíclica tenacidad tendrá la última palabra.


Mad Men (2007-a la fecha): la historia de fondo

Una fabulosa escena incluida en el episodio que cierra la primera temporada de Mad Men condensa todo el embrujo de esta serie ambientada en los años sesenta. Don Draper, el donjuán que trae la batuta narrativa y funge como director creativo de la agencia publicitaria Sterling Cooper, cita a un antiguo colega (Teddy, copywriter de origen griego) para explicar a unos ejecutivos de Kodak lo que verdaderamente representa el producto que ellos llaman “la rueda” y que acabará siendo el famoso carrusel para diapositivas. “Nostalgia –dice Draper–. Una emoción delicada pero fuerte. Teddy me dijo que en griego nostalgia significa literalmente el dolor de una vieja herida; es una punzada en el corazón, mucho más poderosa que la simple memoria. Este aparato no es una nave espacial: es una máquina del tiempo. Va hacia atrás y hacia adelante. Nos lleva a un sitio al que anhelamos regresar. No se llama la Rueda: es el Carrusel. Nos permite viajar como viajan los niños. Damos vueltas y vueltas y volvemos a casa, al lugar donde sabemos que nos aman.” Durante su monólogo, Draper muestra a los clientes diapositivas que recortan su propio pasado conyugal y familiar: fragmentos de una felicidad que ahora se ve perturbada por la disolución de la tenue línea que separa lo privado de lo público. Es un instante mágico: nostalgia, sí, en estado puro.

Creada por Matthew Weiner, Mad Men toca fibras nostálgicas al trazar el retrato intimista de un grupo de seres disfuncionales que viven el boom de Madison Avenue en la Nueva York previa a la edificación de las Torres Gemelas y por ende a la posibilidad de un ataque terrorista. La amenaza, sin embargo, flota en ese ambiente idílico conquistado por el incesante humo de cigarro y los efluvios del alcohol que fluye como otro río Hudson entre las oficinas de Sterling Cooper y diversos bares y restaurantes de lujo. (Pocas veces se ha fumado y bebido tanto en la pantalla chica: el hedonismo sin restricciones). Invisible, sutil, esa amenaza remite al ruido de fondo captado por Don DeLillo: estamos después de todo en la era Kennedy, lo que implica no sólo el arranque de la carrera espacial sino los primeros descalabros en Vietnam, la invasión de Bahía de Cochinos, la paranoia nuclear detonada por la crisis de los misiles en Cuba, el activismo vinculado al Movimiento por los Derechos Civiles y el magnicidio que revela la presencia de un poder detrás del poder. Una época, en suma, de cambios sísmicos para la sociedad estadounidense.

Esa sociedad tiene a su delegado en los créditos iniciales de Mad Men: un hombre que cae de un rascacielos para atravesar un imperio de signos que promueven hábitos de consumo y evocar el vértigo explorado por Alfred Hitchcock. Es justo la impronta hitchcockiana lo que da mayor realce a las vidas cruzadas de la serie: tras su fachada de objetos de vitrina, las mujeres nutren corrientes secretas donde se agitan manías y frustraciones, el ennui urbano y la sexualidad a punto de deshacerse de sus ataduras para retribuir el frenesí carnal masculino. Los hombres de Mad Men se lanzan en picada sin saber que allá abajo, donde Ella Fitzgerald canta “Manhattan”, los espera la historia con sus huestes femeninas en busca de liberación.


El reloj ubicuo

Múltiples páginas en internet dan fe de la ubicuidad del Rolex anacrónico de Ben-Hur: Rome, The Tudors y Mad Men –sobre todo las dos primeras– están plagadas de imprecisiones históricas y licencias dramáticas que minan la verosimilitud del relato y falsean la realidad. Por supuesto: ¿de qué otro modo sino a través de licencias dramáticas se podrían reconstruir la Roma de los Césares y la Inglaterra de los Tudor para insertarlas en narraciones ágiles y atractivas a ojos del espectador que no conoce los clásicos latinos ni la obra de los especialistas en el siglo XVI? Y más aún: ¿cómo no falsear la realidad, primordialmente a través del dispositivo dialogístico, si contamos con un registro parcial del habla de esas épocas en que no existían medios mecánicos –léase grabadoras o cámaras– para consignarla con fidelidad? Ahí están las fuentes escritas, sí, y queda claro que los creadores de estas series las han consultado. No obstante, resultaría tedioso en términos estrictamente narrativos que los personajes se expresaran como en un discurso de Cicerón o una bula de Paulo III. La Historia con mayúscula siempre se ha prestado para ser reinterpretada por las historias con minúscula.

Lo que el grueso de las críticas soslaya es la aportación de Rome y The Tudors al género histórico. Mientras que la primera observa la historia de lado, desde el margen ocupado por plebeyos que sin embargo tienen una participación central en los hechos, la segunda aborda la historia de frente, desde la perspectiva de los protagonistas que la forjaron. Son series que ofrecen visiones complementarias: si Rome nos conduce de la plaza pública al interior del senado, The Tudors nos invita a conocer la sala del trono donde se toman las decisiones que acabarán por afectar al pueblo. Mad Men elige otra estrategia: la historia constituye el telón de fondo ante el que se agitan criaturas que ignoran hasta qué punto serán marcadas por los giros de su tiempo. Si en las tres aparece el Rolex de Ben-Hur, confieso que no lo he advertido: o el tictac de sus manecillas se ha acallado con la magia de la tecnología, o mi incredulidad se ha vuelto a suspender pese a mi reticencia.





en Letras Libres, octubre 2009












viernes, enero 22, 2010

" 'Todos para uno y uno para todos'. Algunos principios comunarios", de Peter Linebaugh




La solidaridad humana, tal como se expresa en la consigna “todos para uno y uno para todos” es el fundamento de la gestión de y la participación en los bienes comunes. En la sociedad capitalista, ese principio se consiente en juegos infantiles y en el combate militar. Fuera de eso, y tributos hipócritas al margen, sólo asoma en la lucha contra el capitalismo, o, como observa Rebecca Solnit, en los grandes desastres: incendios, inundaciones, terremotos.

La actividad “comunaria” se desarrolla a través del trabajo con otros recursos; no hay aquí división entre los “recursos del trabajo” y los “naturales”. Al contrario: el trabajo es lo que crea cualquier cosa como recurso, y es merced a los recursos que la colectividad del trabajo sale adelante. Como acción, se entiende mejor como verbo –poner en común— que como substantivo – “recurso en común”—. Tanto la “hipótesis de Gaya” de Lovelock como el ambientalismo de Rachel Carson fueron intentos de restaurar esa perspectiva.

La actividad “comunaria” es primaria en la vida humana. Los académicos solían hablar de “comunismo primitivo”. “Bienes comunes primarios” traduce más claramente la experiencia. Raramente ha existido una sociedad sobre la Tierra que no haya tenido en su núcleo bienes comunes; la mercancía, con su individualismo y privatización, estaba estrictamente confinada en los márgenes de la comunidad en la que unas severas regulaciones castigaban a los violadores.
La actividad “comunaria” empieza en la familia. La cocina, en donde se encuentran producción y reproducción y en donde se negocian las energías entre sexos y entre generaciones. Las decisiones capitales en punto a compartir tareas, distribuir el producto, crear el deseo y mantener la salud, se toman por lo pronto en ella.

La actividad “comunaria” es histórica. Las “comunas aldeanas” de la tradición legada por los ingleses, como la commune francesa del pasado revolucionario, son restos procedentes de esa historia, y nos recuerdan que, a pesar de etapas destructivas, partes de ella han sobrevivido, aun si de manera distorsionada, como en los sistemas de bienestar, e incluso antagónica, como en la comunidad residencial vallada y cerrada o en la gran superficie comercial de venta al detalle.

La actividad “comunaria” ha tenido siempre un significado espiritual que se ha expresado compartiendo comida o bebida, en usos arcaicos derivados de prácticas monásticas o en el reconocimiento del habitus sagrado. La teofanía, la manifestación del principio divino, se colige del mundo físico y de sus criaturas. En la América del Norte –en la “isla de la tortuga”— los indígenas mantienen ese principio.

Los bienes comunes son la antítesis del capital. Los “comunarios”, la cosa no ofrece duda, son pugnaces, pero en las comunas no hay lucha de clases. Desde luego que el capital puede surgir de las comunas, cuando una parte de ellas es secuestrada y usada contra el resto. Eso empieza con relaciones anti-igualitarias entre los que tienen menos y los que tienen más. Los medios de producción se convierten en la vía de destrucción, y la expropiación lleva a la explotación, a la división entre los que tienen más y los que tienen menos. El capital ridiculiza las comunas mediante usos ideológicos de la filosofía, la lógica y la teoría económica, coincidentes en asegurar que los bienes en común son o imposibles o trágicos. Las figuras retóricas de esos argumentos dependen de fantasías de destrucción –el desierto, el bote salvavidas, la cárcel—. Y siempre parten de ese axioma tan expresivo de la apuesta del capital por la eternidad: la a-histórica “naturaleza humana”.

Los valores “comunarios” deben enseñarse y renovarse, continuamente. Los tribunales antiguos resolvían disputas dimanantes del exceso de uso; el panchayat en la India hacía –y a veces sigue haciéndolo— lo mismo, al modo como se supone que funciona un comité de agravios en una fábrica; el jurado de pares es un vestigio de la actividad de determinar qué es un crimen y quién es el criminal. Volver a poner al “vecino” en su “sitio”, como se dice en Detroit, lo mismo que en las asambleas de Oaxaca.

La actividad “comunaria” ha sido siempre local. Para el mantenimiento de sus normas, depende de la costumbre, de la memoria y de la transmisión oral, más que de la ley, de la policía o de los medios de comunicación. Mucho tienen que ver con eso la independencia de las comunas respecto de los gobiernos y de la autoridad estatal. El “estado centralizado” se construyó a partir de ella. Es, por así decirlo, su “condición preexistente”. Por lo tanto, la actividad “comunaria” no es lo mismo que el comunismo de la URSS.

Los bienes comunes son invisibles hasta que se pierden. El agua, el aire, la tierra, el fuego: las substancias históricas de la subsistencia; la física arcaica sobre la que se construyó la metafísica. Incluso después de que la tierra empezara a ser mercantilizada durante la Edad Media inglesa todavía se escribían cosas como ésta:

Pero comprar agua o viento o alegría o fuego, el cuarto,/ Esos cuatro los formó el Padre de los Cielos para esta Tierra en común;/ Y son tesoros de la Verdad para ayudar a las gentes de verdad.

Distinguimos entre “lo común” y “lo público”. Entendemos lo público en contraste con lo privado, y entendemos la solidaridad común en contraste con el egotismo individual. Los bienes comunes han sido siempre un elemento de la producción humana, incluso cuando el capitalismo se adueñó de las reservas o abatió las leyes. El jefe puede hablar de “negocios”, pero nada se hace sin respeto. De lo contrario, el resultado es sabotaje y estropicio.

La actividad “comunaria” es exclusiva en la medida en que exige participación. Hay que entrar en ella. En los altos pastos para el rebaño, como en la luz de la pantalla del computador, la riqueza de conocimiento o el bien real de mano y cerebro precisan el gesto y la actitud del trabajo de consumo. Por eso no hablamos ni de derechos ni de obligaciones como de cosas separadas.

El pensamiento humano no puede florecer sin tangencia con la actividad “comunaria”. De aquí la Primera Enmienda, que vincula los derechos de expresión, de reunión y de petición. Basta un momento de reflexión para ver la interacción entre esas tres actividades que van del murmullo solitario a la elocuencia poética y a la transformación del mundo, o:
¡Bing! ¡Bing! Encenderse la bombilla de una idea/ ¡Buzz! ¡Buzz! Comentarla con vecinos y colegas/ ¡Pod! ¡Pod! Decir la verdad al poder.











en sinpermiso.org
Traducción para ese sitio de María Julia Bertomeu










jueves, enero 21, 2010

“Johnny cogió su fusil”, de Dalton Trumbo*

Fragmento




Cuando los ejércitos comiencen a moverse y las banderas ondeen y los slogans sean vociferados, ten cuidado muchacho porque son las castañas de alguien más quemándose en el fuego, no las tuyas. Son sus palabras por las que estás luchando y no estás haciendo un trato honesto, tu vida por algo mejor. Estás siendo noble y después que te maten el motivo por el que entregaste tu vida no te hará ningún bien y posiblemente no hará bien a nadie más tampoco.

Tal vez esa sea una mala forma de pensar. ¿Existen muchos idealistas por ahí que dirán que hemos caído tan bajo que nada es más precioso que la vida? Seguro que existen ideales dignos de luchar por ellos y hasta de morir por ellos. De no ser así somos peores que las bestias del campo y nos hemos hundido en la barbarie. Entonces dirás, eso está bien, seamos bárbaros con tal de no tener guerra. Tú mantén tus ideales mientras a mí no me cueste la vida. Y ellos dirán, pero seguro que la vida no es más importante que los principios. ¿Qué diablos son los principios? Nómbralos y quédatelos.

Siempre podrás escuchar a la gente que está dispuesta a sacrificar la vida de alguien más. Son muy ruidosos y hablan todo el tiempo. Los puedes encontrar en las iglesias y escuelas, en los diarios y las legislaturas y los congresos. Ese es su negocio. Ellos suenan maravilloso. Muerte antes que el deshonor. Esta tierra está santificada por la sangre. Estos hombres murieron en la gloria.

No deben haber muerto en vano. Nuestra muerte es noble.

¿Pero que dijeron los muertos? ¿Ha regresado alguno de la muerte? ¿Siquiera uno sólo de los millones que murieron, alguno de ellos regresó y dijo en nombre de Dios, estoy contento de estar muerto porque la muerte es siempre mejor que el deshonor? ¿Dijeron estar contentos de morir por hacer un mundo más seguro para la democracia? ¿Dijeron, me gusta más la muerte que perder la libertad? ¿Alguno de ellos dijo, es bueno pensar que me volaron las entrañas por el honor de mi país? ¿Alguno de ellos dijo, mírenme estoy muerto pero morí por la decencia y eso es mejor que estar vivo? ¿Alguno de ellos dijo, aquí estoy y me he estado pudriendo dos años en una tumba extranjera, pero es maravilloso morir por la patria? ¿Alguno de ellos dijo, ¡viva, morí como un hombre y estoy feliz, miren como canto aunque mi boca se atraganta con lombrices!?

Nadie sino los muertos saben si todas estas cosas de las que la gente habla son dignas de morir por ellas. Y los muertos no pueden hablar. Así que las palabras sobre muertes nobles y sangre sagrada y honor y demás están puestas en los labios de los muertos por los ladrones de tumbas y los mentirosos que no tienen ningún derecho de hablar por ellos. Si un hombre dice ‘muerte antes que deshonor’ es un tonto o un mentiroso porque él no sabe lo que es estar muerto. Porque no es capaz de juzgar. Él sólo sabe sobre la vida. Él no sabe nada sobre morir. Si él es un tonto y cree en la muerte antes que el deshonor, déjalo ir por delante y que muera. Pero a todos los jóvenes que están muy ocupados en la pelea deberían dejarlos tranquilos. Y a todos los que dijeron que muerte antes de deshonor era pura tontería, que lo importante es la vida antes que la muerte, deberían dejarlos en paz también. Porque los que dicen que la vida no es digna de ser vivida sin ideales tan importantes que estés dispuesto a morir por ellos, están todos locos. Y los que dicen ya verás, llegará un tiempo en el que no puedas escapar y tendrás que luchar y morir porque de eso dependerá tu propia vida, ellos también están locos. Están hablando como ignorantes. Están diciendo que dos y dos no suman nada. Están diciendo que un hombre tiene que morir para proteger su vida. Si aceptas pelear, aceptas morir. ¿Ahora, si mueres para proteger tu vida, no estás vivo de cualquier forma, así que dónde está el sentido en eso? Un hombre no dice ‘dejaré de comer hasta morir para librarme del hambre’. No dice ‘gastaré todo mi dinero para ahorrar dinero’. No dice ‘quemaré mi casa para librarla del fuego’. ¿Por qué entonces deberíamos desear morir por el privilegio de vivir? Debería existir tanto sentido común sobre la vida y la muerte como lo existe para ir a la tienda y comprar un pedazo de pan.

[...]

No existe nada noble al morir. Ni siquiera cuando mueres por honor. Ni siquiera cuando mueres como el mayor héroe que el mundo haya visto. Ni siquiera cuando eres tan grande que tu nombre nunca será olvidado. Lo más importante es la vida, muchachos. No los dejen burlarse más. No pongan atención cuando les den palmadas en los hombros y les digan, ven con nosotros, tenemos que pelear por la libertad o cualquier palabra que usen, porque siempre hay una palabra.

Sólo digan, señor lo siento, no tengo tiempo para morir, estoy muy ocupado, y después den la vuelta y corran como si el diablo los siguiera. Si ellos dicen cobarde, no presten atención, porque su trabajo es vivir y no morir. Si ellos hablan sobre morir por los ideales que son más grandes que la vida, ustedes le contestan, señor usted es un mentiroso. Nada es más grande que la vida. No hay nada noble en la muerte. Qué hay de noble en yacer en la tierra y pudrirse. Qué hay de noble en no volver a ver la luz del sol. Qué hay de noble en que te vuelen las piernas y los brazos. Qué hay de noble en ser un idiota. Qué hay de noble en ser ciego y sordo e ignorante. Qué hay de noble en estar muerto. Porque cuando esté muerto, señor, todo se habrá acabado. Ese es el fin. Será menos que un perro, menos que una rata, menos que una abeja, que una araña, que un gusano blanco arrastrándose en un depósito de estiércol. Usted está muerto señor y murió por nada. Usted está muerto señor. Muerto.





en Johnny got his gun, 1939





* Dalton Trumbo (1905–1976). Fue un novelista, guionista y director de cine estadounidense perseguido por el macarthismo por sus ideas políticas por lo que tuvo que trabajar frecuentemente con pseudónimos. Entre sus películas destaca Johnny cogió su fusil y el guión de Espartaco. Con la película The brave one, que firmó con el pseudónimo de Robert Rich, consiguió el Oscar al Mejor Guión en 1957, pero al estar su nombre real vetado por la industria no pudo recogerlo. Finalmente el premio le fue entregado el 2 de mayo de 1975. Murió de un ataque al corazón a la edad de 71 años. (Fuente: Wikipedia).












miércoles, enero 20, 2010

"La pelota como bandera", de Eduardo Galeano





En el verano de 1916, en plena guerra mundial, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. El capitán Nevill saltó del parapeto que lo protegía, y corriendo tras la pelota encabezó el asalto contra las trincheras alemanas. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió. El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra.

Muchos años después, ya en los fines del siglo, el dueño del club Milan ganó las elecciones italianas con una consigna, Forza Italia!, que provenía de las tribunas de los estadios. Silvio Berlusconi prometió que salvaría a Italia como había salvado al Milan, el súperequipo campeón de todo, y los electores olvidaron que algunas de sus empresas estaban a la orilla de la ruina.

El fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad. La escuadra italiana ganó los mundiales del .34 y del .38 en nombre de la patria y de Mussolini, y sus jugadores empezaban y terminaban cada partido vivando a Italia y saludando al público con la palma de la mano extendida.

También para los nazis, el fútbol era una cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Le habían advertido:
- Si ganan mueren.

Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó el partido.

Fútbol y patria, fútbol y pueblo: en 1934, mientras Bolivia y Paraguay se aniquilaban mutuamente en la guerra del Chaco, disputando un desierto pedazo de mapa, la Cruz Roja paraguaya formó un equipo de fútbol, que jugó en varias ciudades de Argentina y Uruguay y juntó bastante dinero para atender a los heridos de ambos bandos en el campo de batalla.

Tres años después, durante la guerra de España, dos equipos peregrinos fueron símbolos de la resistencia democrática. Mientras el general Franco, del brazo de Hitler y Mussolini, bombardeaba a la república española, una selección vasca recorría Europa y el club Barcelona disputaba partidos en Estados Unidos y en México. El gobierno vasco envió al equipo Euzkadi a Francia y a otros países con la misión de hacer propaganda y recaudar fondos para la defensa. Simultáneamente, el club Barcelona se embarcó hacia América. Corría el año 1937, y ya el presidente del club Barcelona había caído bajo las balas franquistas. Ambos equipos encarnaron, en los campos de fútbol y también fuera de ellos, a la democracia acosada.

Sólo cuatro jugadores catalanes regresaron a España durante la guerra. De los vascos, apenas uno. Cuando la República fue vencida, la FIFA declaró en rebeldía a los jugadores exiliados, y los amenazó con la inhabilitación definitiva, pero unos cuantos consiguieron incorporarse al fútbol latinoamericano. Con varios vascos se formó, en México, el club España, que resultó imbatible en sus primeros tiempos. El delantero del equipo Euzkadi, Isidro Lángara, debutó en el fútbol argentino en 1939. En el primer partido metió cuatro goles. Fue en el club San Lorenzo, donde también brilló Ángel Zubieta, que había jugado en la línea media de Euzkadi. Después, en México, Lángara encabezó la tabla de goleadores de 1945 en el campeonato local.

El club modelo de la España de Franco, el Real Madrid, reinó en el mundo entre 1956 y 1960. Este equipo deslumbrante ganó al hilo cuatro copas de la Liga española, cinco copas de Europa y una intercontinental. El Real Madrid andaba por todas partes y siempre dejaba a la gente con la boca abierta. La dictadura de Franco había encontrado una insuperable embajada ambulante. Los goles que la radio transmitía eran clarinadas de triunfo más eficaces que el himno Cara al sol. En 1959, uno de los jefes del régimen, José Solís, pronunció un discurso de gratitud ante los jugadores, «porque gente que antes nos odiaba, ahora nos comprende gracias a vosotros». Como el Cid Campeador, el Real Madrid reunía las virtudes de la Raza, aunque su famosa línea de ataque se parecía más bien a la Legión Extranjera. En ella brillaba un francés, Kopa, dos argentinos, Di Stéfano y Rial, el uruguayo Santamaría y el húngaro Puskas.

A Ferenk Puskas lo llamaban Cañoncito Pum, por las virtudes demoledoras de su pierna izquierda, que también sabía ser un guante. Otros húngaros, Ladislao Kubala, Zoltan Czibor y Sandor Kocsis, se lucían en el club Barcelona en esos años. En 1954 se colocó la primera piedra del Camp Nou, el gran estadio que nació de Kubala: el gentío que iba a verlo jugar, pases al milímetro, remates mortíferos, no cabía en el estadio anterior. Czibor, mientras tanto, sacaba chispas de los zapatos. El otro húngaro del Barcelona, Kocsis, era un gran cabeceador. Cabeza de oro, lo llamaban, y un mar de pañuelos celebraba sus goles. Dicen que Kocsis fue la mejor cabeza de Europa, después de Churchill.

En 1950, Kubala había integrado un equipo húngaro en el exilio, lo que le valió una suspensión de dos años, decretada por la FIFA. Después, la FIFA sancionó con más de un año de suspensión a Puskas, Czibor, Kocsis y otros húngaros que habían jugado en otro equipo en el exilio desde fines de 1956, cuando la invasión soviética aplastó la resurrección popular.

En 1958, en plena guerra de la independencia, Argelia formó una selección de fútbol que por primera vez vistió los colores patrios. Integraban su plantel Makhloufi, Ben Tifour y otros argelinos que jugaban profesionalmente en el fútbol francés.

Bloqueada por la potencia colonial, Argelia sólo consiguió jugar con Marruecos, país que por semejante pecado fue desafiliado de la FIFA durante algunos años, y además disputó unos pocos partidos sin trascendencia, organizados por los sindicatos deportivos de ciertos países árabes y del este de Europa. La FIFA cerró todas las puertas a la selección argelina y el fútbol francés castigó a esos jugadores decretando su muerte civil. Presos por contrato, ellos nunca más podrían volver a la actividad profesional.

Pero después Argelia conquistó la independencia y el fútbol francés no tuvo más remedio que volver a llamar a los jugadores que sus tribunas añoraban.













en El fútbol a sol y sombra, 1995














martes, enero 19, 2010

“Nuestro ideario”, de Errico Malatesta







No vamos a repetir nada nuevo. La propaganda no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos principios que deben servirnos de guía en la conducta que hemos de seguir en las varias contingencias de la vida.

Expondremos, pues, con palabras más o menos diferentes, pero con un fondo constante, nuestro socialismo-anarquista revolucionario.

Creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala organización social y que los hombres, queriendo y sabiendo, pueden destruirlos.
La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían haber obtenido de la cooperación y de la solidaridad, viendo en todos sus semejantes -excepto en los más cercanos a ellos por el vínculo de la sangre- competidores y nada más que competidores, cuando no enemigos, han procurado acaparar, cada uno para sí, la mayor cantidad posible de goces sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente, debían salir vencedores los más fuertes o los más afortunados, sometiendo y oprimiendo a los vencidos de modos diversos y múltiples.
Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no pudieron hacer otra cosa que matar al vencido y apoderarse de los productos por éste cosechados.

Más tarde, cuando con el descubrimiento del pastoreo y de la agricultura un hombre pudo ya producir más de lo que necesitaba para vivir, los vencedores encontraron más ventajas en reducir a los vencidos a la esclavitud y hacerles producir para ellos, para los “dueños”.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: el de retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, no teniendo ya medios para vivir, se veían obligados a recurrir a los propietarios y a trabajar para éstos en las condiciones que éstos imponían.

De este modo, poco a poco, gradualmente, a través de una red complicadísima de luchas de todo género -invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa- se ha llegado al estado actual de la sociedad, en el cual unos cuantos hombres poseen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran mayoría de los individuos, desheredada de todo, se ve oprimida y explotada.

De este estado de cosas depende la situación miserable en que generalmente se encuentran los trabajadores y, además, todos los males que de la miseria se derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria física, abnegación moral y muertes prematuras. De este estado de cosas depende la constitución de una clase especial -el gobierno- que, provista de medios materiales de represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, sirviéndose además de esta fuerza para crearse para sí ciertos privilegios y para someter, cuando puede, hasta a la misma clase propietaria. De este estado de cosas depende que otra clase -el clero- se haya convertido en la ayuda más eficaz para la perpetuación de la injusticia, ya que procura persuadir a los oprimidos para que soporten dócilmente al opresor, trabajando de paso, como la clase gubernamental, al propio tiempo que por el interés de los propietarios, por sus propios intereses. De este estado de cosas depende la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir al interés de los dominadores, la negación de la verdadera ciencia. De este estado de cosas depende el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y la paz armada, más desastrosa que todas las guerras. De este estado de cosas depende el amor convertido en tormento o en objeto vil de mercado. De este estado de cosas depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza, la incertidumbre y el miedo que reina en las relaciones de todos los hombres.

Este estado de cosas es el que nosotros, anarquistas, queremos cambiar radicalmente. Puesto que todos esos males que hemos mencionado son consecuencia de la lucha entre los hombres, de esa búsqueda del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todos, queremos remediarlos sustituyendo al odio con el amor, a la competencia con la solidaridad, a la búsqueda exclusiva del propio bienestar con la cooperación fraterna para el bienestar de todos, a la opresión y la imposición con la libertad, a la mentira, cualquiera que sea su índole, religiosa o seudocientífica, con la verdad.

Para realizar ese cambio, creemos preciso proceder a:

1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y de los instrumentos de trabajo, con el fin de que nadie pueda tener el modo de vivir explotando el trabajo ajeno y de que, teniendo todos los hombres garantizados los medios de producir y de vivir, puedan ser verdaderamente independientes y puedan asociarse con los demás libremente, conforme a las propias simpatías y con el propósito de colaborar en el interés de todos.

2. Abolición del gobierno y de todo poder que pueda dictar leyes e imponerlas a los demás, es decir abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentos, de los ejércitos, de los policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos.

3. Organización de la vida social mediante la obra de asociaciones libres, de federaciones de productores y de consumidores, hechas y edificadas a tenor de la voluntad de sus componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, vencido el hombre por el sentimiento de la misma necesidad inevitable, voluntariamente se somete.

4. Garantizar, señaladamente, los medios de vida, desarrollo y bienestar de los niños y de todos los que no estén en estado de proveerse sus necesidades.

5. Hacer la guerra a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia y procurar la instrucción científica, hasta en su más elevado grado, para todos los hombres.

6. Acabar con el patriotismo, aboliendo las fronteras y trabajando por la confraternización de todos los pueblos.

7. Reconstituir la familia de modo que resulte de la práctica del amor, libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, de todo prejuicio religioso.

Estos son los remedios que ofrece nuestro ideal. Estos son los remedios que deseamos ver realizados.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdaderamente se quiere obtenerla, es necesario emplear los medios adecuados para su realización. Estos medios existen, sin duda, y no son, de ningún modo, arbitrarios. Se derivan, naturalmente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en las que se lucha, de modo que, si no nos engañamos en su elección, llegaremos a los fines que nos proponemos. Si llegamos a otro fin, opuesto al que deseamos, ello obedecerá, como consecuencia natural, necesariamente a que los medios escogidos no eran los adecuados. El que se pone en camino y se equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorre.








en Malatesta, vida e ideas, 1975












lunes, enero 18, 2010

"La Internacional", de Eugéne Pottier y Pierre de Geyter





Arriba los pobres del mundo
de pie los esclavos sin pan
y gritemos todos unidos:
¡Viva la Internacional!

Removamos todas las trabas
que nos impiden nuestro bien,
cambiemos el mundo de base
hundiendo al imperio burgués.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzen los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
¡Y se alzen los pueblos con valor
por la Internacional!

El dia que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni hambrientos habrá,
la Tierra será el paraíso
de toda la Humanidad.

Que la tierra dé todos sus frutos
y la dicha en nuestro hogar,
el trabajo es el sostén que a todos
de la abundancia hará gozar.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzen los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
¡Y se alzen los pueblos con valor
por la Internacional!











Letra: Eugéne Pottier, 1871
Música: Pierre de Geyter, 1888















domingo, enero 17, 2010

Carta a Lyndon B. Johnson, de Ho Chi Min






A su excelencia Lyndon B. Johnson
Presidente de los Estados Unidos de América

Excelencia:

Recibí su mensaje el día 10 de febrero de 1967. Ésta es mi respuesta.

Vietnam se encuentra a miles de kilómetros de Estados Unidos. Los vietnamitas nunca han hecho ningún daño a EE.UU., pero EE.UU. ha intervenido de forma continua en Vietnam, en abierta contradicción con las promesas realizadas por su representante en la Conferencia de Ginebra de 1954, y ha intensificado la agresión militar contra Vietnam del Norte para prolongar la división de nuestro país y convertir a Vietnam del Sur en una colonia y en una base militar. Desde hace dos años, el gobierno de Estados Unidos mantiene una guerra contra la República Democrática de Vietnam, un país independiente y soberano, con el apoyo de sus fuerzas aéreas y navales.

El ejército de Estados Unidos ha cometido crímenes de guerra, crímenes contra la paz y contra la humanidad. En Vietnam del Sur, medio millón de soldados de EE.UU. y de sus aliados utilizan el armamento más inhumano y las estrategias militares más bárbaras posibles. Usan napalm, armas químicas tóxicas y gas para masacrar a nuestros compatriotas, destruir las cosechas y arrasar pueblos enteros. Miles de aviones de EE.UU. han arrojado cientos de miles de toneladas de bombas sobre Vietnam del Norte, destruyendo ciudades, pueblos, industrias y colegios.

En su mensaje parece lamentar el sufrimiento y la destrucción que sufre Vietnam. Permítame entonces que le pregunte quién ha cometido esos monstruosos delitos. Ha sido Estados Unidos, y sus aliados. El gobierno de Estados Unidos es el único responsable de la gravísima situación que se vive en Vietnam.

La agresión militar de EE.UU. contra el pueblo de Vietnam constituye un desafío a todos los países, una amenaza para el movimiento de independencia nacional y un grave peligro para la paz en Asia y en el resto del mundo.

Los vietnamitas aman profundamente la independencia, la libertad y la paz. Pero se han levantado como un solo hombre ante la agresión de Estados Unidos, sin temor a los sacrificios ni a las penalidades. Están decididos a seguir resistiendo hasta conseguir la verdadera independencia, la libertad y la paz. Nuestra justa causa despierta el apoyo y un fuerte sentimiento de solidaridad entre los ciudadanos de todo el mundo, incluidos muchos sectores de la sociedad estadounidense.

El gobierno de Estados Unidos ha desatado una guerra contra Vietnam y la agresión debe cesar. Es la única forma de restaurar la paz. El gobierno de Estados Unidos debe detener sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam, definitiva e incondicionalmente. Debe retirar de Vietnam del Sur a todas sus tropas, propias y aliadas; reconocer al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur, y permitir que sean los ciudadanos vietnamitas quienes solucionen sus propios asuntos.

Esta es la base de los cinco puntos que mantiene el gobierno de la República Democrática de Vietnam, y que incluyen los principios esenciales de los Acuerdos de Ginebra de 1954 sobre Vietnam. Es la base de una solución política adecuada al problema de Vietnam.

En su mensaje sugería el establecimiento de conversaciones directas entre la República Democrática de Vietnam y Estados Unidos. Si el gobierno de EE.UU. desea realmente dialogar, debe detener en primer lugar y de forma incondicional sus bombardeos y todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam. Sólo después de un cese incondicional de los bombardeos y de todos los demás actos de guerra contra la República Democrática de Vietnam, podrán los dos países iniciar conversaciones y dialogar sobre las cuestiones que nos afectan.

Los vietnamitas no se rendirán nunca ante la agresión, y no aceptarán conversaciones bajo la amenaza de las bombas.

Nuestra causa es absolutamente justa. Sólo cabe esperar que el gobierno de Estados Unidos actúe de forma racional.

Atentamente, Ho Chi Min






15 de febrero de 1967