domingo, mayo 31, 2009

“Los últimos pájaros”, de Susana Cabuchi







Eras bueno,
ajeno a los temores nuestros.
Amabas
aquellas colinas de mi pueblo
y a veces
te detenías a mirarlas
y nombrabas
palomas y mensajes
con los brazos abiertos.
Mi corazón era un paisaje quieto,
tu corazón de entonces.
En esta tarde nueva,
bajo este lento cielo
guardo tu nombre.
Para que el viento del invierno
no lo lleve
con los últimos pájaros.





en El corazón de las manzanas, 1978










sábado, mayo 30, 2009

"La tregua", de Mario Benedetti (1920-2009)

Fragmento


Domingo 2 de junio

El tiempo se va. A veces pienso que tendría que ir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: “Pero si usted todavía es un hombre joven”. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de “todavía”? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. Porque la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, “que nos aferramos a la vida”, la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer. Pienso en el placer (cualquier forma de placer) y estoy seguro de que eso es vida. De ahí el apuro, el trágico apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy “todavía joven”. Todavía quiere decir: se termina.

Y ése es el lado absurdo de nuestro convenio: dijimos que lo tomaríamos con calma, que dejaríamos correr el tiempo, que después revisaríamos la situación. Pero el tiempo corre, lo dejemos o no, el tiempo corre y la vuelve a ella cada día más apetecible, más madura, más fresca, más mujer, y en cambio a mí me amenaza cada día con volverme más achacoso, más gastado, menos valiente, menos vital. Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro. Todos sus Más se corresponden con mis Menos. Todos sus Menos se corresponden con mis Más. Comprendo que para una mujer joven puede ser un atractivo saber que uno es un tipo que vivió, que cambió hace mucho la inocencia por la experiencia, que piensa con la cabeza bien colocada sobre los hombros. Es posible que eso sea un atractivo, pero qué breve. Porque la experiencia es buena cuando viene de la mano del vigor; después, cuando el vigor se va, uno pasa a ser una decorosa pieza de museo, cuyo único valor es ser un recuerdo de lo que se fue. La experiencia y el vigor son coetáneos por muy poco tiempo. Yo estoy ahora en ese poco tiempo. Pero no es una suerte envidiable.









1960











viernes, mayo 29, 2009

“Mademoiselle Jaquelín”, de Julio Herrera y Reissig





A mi querido rampa fiero Gualberto E. Ros



Aquella voz suspirada por una flauta de cristal, naufragó en el silencio respetuoso del crepúsculo. Por una media hoja de mi ensueño, penetró en mí tan dulcemente que me sentí morir. Desde mi lecho, me estremecía y puedo decir que me evaporaba. Era una revelación de más allá, era un despertar de cosas vagas y profundas, de un polvo de cosas en la conciencia; a cada gorjeo se abrían en mi alma ojos húmedos y lánguidos, ojos que apenas sabían mirar y que, sin embargo, veían muy lejos, ojos que recién empezaran a comprender y ya precoces de infinito.

Amor, delirio, quimera, fiebre, algo era aquello, pero yo no lo sabía decir. A punto de gritar: ¿quién viene de Dios a mi incauta presencia, qué prodigio se anuncia por ese timbre? ¿Es liada, sirena, mujer? Sólo acerté a abogar un sollozo, poniéndome de pie con prudente estoicismo. Fuera que vencida desde hace tiempo por la nostalgia, mi alma estuviera a un paso de romperse a la menor vibración de su atmósfera, como una flor anémica, llorada por una larga noche; sea que aquella voz matutina tocase por decreto providencial el resorte ultraviolado de los prodigios íntimos de mi sensibilidad, era el caso que mi alma sufrió el sincope transparente a través del cual se ve la Eternidad llorando estrellas, y se ve en un plinto hipotético, bajo un relámpago triple la zarza inspirada de Dios, que nos habla de dicha y nos infunde rayos.

Triscaba la tarantelle. Luego, Chopin, monstruo sutil, gritó su Nocturno en “mi bemol” con una desesperación sin brújula.

Conteniendo hasta cuanto pude mi loca curiosidad, me disparé, por último, en una pregunta esencial, tomándome del corazón salvajemente, como un probable suicida. En toda pregunta hay un temor. No reparé, sin embargo, en que la ilusión es Isis que tiene un monstruo para cada curioso. Acteón tampoco había reparado en los perros de Diana, desde el laurel rosa en que se agazapó.

Bien sabía, por otra parte, que tina “ella” joven, divina, tímida, inédita, encantadora, ninguna en sí, total, síntesis de síntesis una “una”, en fin, iba a emerger ufano de los labios de víscera de don Roque, el encargado de la casa de huéspedes en que yo paré hace un tiempo…

Ella sí, sublime como ninguna, tal vez mía antes de serlo, espejismo dorado de mi Estética, frontera azul de mi verso, lámpara de prodigio, éxtasis astronómico, surtidor rutilante de gracia, horizonte infinito de sueño, que descubriera de pronto en mi viaje, lontananza hipnótica de suspiros, esencia desmayada de voluptuosidad, polo conjetural de mi vértigo, oasis de platonismo, Maya de mi Astra, Haidée imposible do mi naufragio…

Don Roque sonríe, tascando el pucho amorfo que apunta para un costado un chiste de los más crueles.

—Pues, hombre, ¿usted no lo sabe? Ja, ja, ja. ¿Recién se desayuna? Si os la vieja del segundo patio, la señorita, como le dicen, que fue en su tempo una notable artista, célebre por su voz como por su belleza, que dio bastante que hablar al mundo y por la cual se cruzaron diestras espadas.. . Si tiene más historia que el Diluvio. Ja, ja, ja...

Rasgóse el velo de mi Sinagoga y sonó un trueno apocalíptico.

No quedó piedra sobre piedra en mi Jerusalén soñada. Y, a qué decirlo, como los poetas del Éufrates taciturno, no atreviéndome a llorar, suspendí el arpa de los sauces del silencio, para que llorase por mí cien veces.

Epílogo blanco de una historia que no lo es. Tal vez cuando me podía haber enamorado, cuando habría podido ser feliz, Fatalidad, de caprichoso lunar negro, no me lo concedió. Todo es cuestión de reloj, en la existencia, en la gloria, en el amor, en el éxito de las batallas, en la inventiva, en el genio. “Hay primaveras que se hielan porque se demoran”. Mi caso era éste, irremediable, ineluctable.

Yo por demasiado tarde, ella por asaz temprano!... Viajeros absurdos, ¡ay!, unos que van y otros que regresan, encontrados un segundo, de paso, en una estación de empalme de su destino y que se reconocen a la luz espectral de una linterna, para en seguida desaparecer.

¡Cuánto misterio! —me decía, indescifrable, yo mismo, y desconcertante como mi propio fantasma. —Dios mío, ¿será posible? Todo se ha perdido... Mi dicha naufragada para siempre, mi amor abortado, tal vez... ¡Mi dicha, mi dicha, mi amor —me repetía—, palabras flotantes como tablas que sobreviven al hundimiento!

¡Quién sabe; ella como yo, fue también infeliz! Quién sabe, nunca amó, sedienta eterna, ni fue jamás amada, por haber sido vista, en vez de haber sido oída, sólo escuchada, aspirada como un éter metafísico desde un rincón del ensueño, a oscuras de la realidad... ¡Quién sabe no desertó, con su belleza objetiva y con sus encantos, si no cuerpos, instintos, vanidades, pura médula, desde el escenario en llamas, en medio de las ovaciones, tremente de incandescencia, florecida de joyas, entre vorágines de armonía, y que, antítesis desentrañable, apagadas sus gracias, enajenando su sexo, a conjugar en pretérito ambiguo de ruina estéril, era la primera vez, a los sesenta años, que su voz, su sola voz divina, desde una pobre estancia, tumba de solterona, a otra modesta estancia, celda de artista, despertaba un alma para la Eternidad.

Romanticismo o lo que quieran, la realidad toma a veces posturas inverosímiles, y así como llueve, de súbito, a pleno sol, en ciertos días de tempestuoso verano, se deshace también en un segundo anormal, un cielo de juventud y de ilusiones, cayendo a plena transparencia meridiana, envuelta en Astro, el agua de la vida... Así es como se disuelve para jamás una decoración de celajes en el azul y otra de dichas en el alma, La naturaleza tiene también su fantasma y su poeta, caprichosos personajes ambos, que desempeñan su papel frente de la Realidad, más a menudo de lo que parece.

La conocí: Mademoiselle Jaquelín.

Una poupée envejecida. Un lánguido recuerdo. Era un invierno suave con olor a Benjuí y a Primavera. Aún conservaba el armazón, vestía con elegancia, y una tenue bruma de melancolía me parecieron los polvos esparcidos por sus facciones clementes. . . Más aún, sobre sus labios de rojo efímero ¿lo diré?, sí (ya no hay remedio) pensé que aquellos polvos eran la ceniza blanca de un incendio de mujer apagado para siempre!

Caminaba como una señorita, a pasos esdrújulos, mimosos, elásticamente felinos: Cabellera épica de oro vivo: una Venecia al crepúsculo. Ojos de un azul lejano, como grutas submarinas y en cuyo fondo traslúcido me imaginé que se desgranaban cortejos de Anfitritas y de Tritones en fuga hacia el Leteo. La geometría combaba sus arcos venusinos en las formas dignificadas por el corsé de pico y por la elegante comprensión de las telas gaseosas. Yo estaba en el vestíbulo, al anochecer y ella pasó reinante en su altivez normal de triunfadora que desciende a paso lento las gradas de la vida. Aún me parecía amarla un poco, viéndola alejarse y junto con ella, mi ensueño de un minuto, desvanecido entre mis dedos, al pretender asirlo de las alas, como el iris en polvo de una mariposa que no volverá... Aún suspiraba en mis oídos la milagrosa flauta de cristal de su garganta, que despertó de tan aciaga manera mí amor, como se despierta de su sueño a un condenado en capilla, para aplicarle la última pena.

¿Lo ve usted? —díjome brutalmente el verdugo de don foque—: no vale nada; todo eso que tiene es relleno; tarde a tarde se revoca la cara, se pinta los ojos, se embetuna el pelo de amarillo y se ubica en el pecho dos tamañas pelotas de goma, ja, ja, ja… eso sí, muy bien; porque ella para arreglarse es como ninguna... Qué diablo, si ha sido artista.

Pregúntele a la francesa del fondo, que la ha sorprendido en carnes, poniéndose estopa y más estopa, entre un arsenal de varillas de fierro, que yo no sé, verdaderamente, cómo esa estantigua puede sufrir tanta cosa... ja, ja, ja.

A punto de estrangular al bárbaro alevoso, lo miré ferozmente, de bito a hito; dilatóse mi nariz, oliendo sangre: temblé como un matoide, mis manos, convulsas y agarrotadas, se me iban hacia el cuello del asesino de mi alma, mis ojos sanguinolentos desorbitábanse en la crisis oblicua del instinto ancestral.

—¿No cree usted? —continuó, dándome el tiro de gracia, don Roque—, ja, ja, ja... Y viera qué pretensiones abriga el mamarracho. Muchos son los que han tocado el violín, haciéndole la corte, porque la han visto tal como iba ahora, hecha una doncellita... ¡ja, ja, ja! pero, así han sido los chascos, al sorprenderla entre casa, sin el disfraz recuco de que se uniforma... Porque ahí donde usted la ve, es muy coquetona, le gustan mucho los jovencitos tiernitos. . . Hombre, sin ir más lejos, días pasados decía que usted era muy elegante, el más buen mozo de la casa, ¡ja, ¡ja, ja...! que se parecía mucho a un novio que ella tuvo hace poco... ja, ja, ja... Cosa de un año, ¿usted no sabe? se vino con uno de la iglesia; era ya oscuro... Usted habrá oído decir que de noche todos los gatos son pardos...? Pues bien, el mozo entusiasmado se paró en la puerta y le paseó la vereda durante quince días, a eso del atardecer, sin que ella asomase las narices, por temor, como se comprende, de que el galán perdiese la ilusión al verla cara a cara, tal cual el tiempo la hizo.

Pero, la vanidad de la mujer es mucha... y luego, estas artistas son muy locas, sobre todo siendo francesas... usted lo sabe mejor que yo, ¡ja, ja, ja...! Ella al fin accedió a una cita, que él le pidió para el Parque Lezama... y como debía suceder, el mozo perdió el conocimiento del susto, sin necesidad de tocarla. ¡Qué iba a tocar sino algodón, y cal y pintura...! ¡ja, ja, ja...! y echó a correr, según se dice, como un Arquímedes, por todo Buenos Aires.. ¡ja, ja, ja...!

Mi rostro, mojado en sudor nieve, lividecía como una luna trágica, a tal punto, que don Roque, interrumpiéndose, me preguntó: ¿sufre usted algo? Tiene muy mal semblante…

—¡Qué sabe usted lo que es sufrir! —estuve por fulminarle— ¡maldito cancerbero, trilingüe monstruo, ciego de espíritu, con cien jorobas en la conciencia…!

Si pudiera castigarlo, volviérale mudo y enamorado hasta la muerte de “una” que ya dejó de ser.

Tres días quemado, como por la colilla del cigarro de don Roque, por aquella fiebre extraña y obsedido por el fantasma de voz matinal que envejeció mi vida.

Al cuarto, un domingo, soñaba yo con ella, era de tarde; el hada Morfina mimaba, con sus manos ilusorias de rosa pálido, mi pobre quimera muerta.

El lecho me parecía un ataúd nupcial de heliotropos y alas de cisnes; y apoteosis espiríticas, con sistros y liras hebreas, aterciopelaban en mi alma volatilizada, sus instrumentos a la sordina. Entre el humo de un crepúsculo inconsciente, veía alzarse una mujer mirífica: casta y serena, musical y grave, como un soneto de Petrarca.

—Soy tuya —me decía—, para ti canto, para ti soy bella... pero, no me mires mucho... Yo la miraba más aún... Luego, al sonreírme, dislocábanse sus labios y se le caían horribles dientes de loza, en medio de una mueca fúnebre, ¡Ja ja, ja...! Mirábame y sus ojos, trompos de Estigia, rodando en el extravío, se detenían de pronto, hasta resolverse en moluscos viscosos, colgantes en los alvéolos; sus mejillas ducales y voluptuosas de durazno, d peluche, agrietábanse, como una costra plutónica en arrugas de carbón, que simularon inmundas larvas; su cabellera imperio, recogida en túrrico peinado, se deshojó de pronto, en filamentos de un blanco verde, pringoso.
—Es suya, aproveche; lo felicito por la conquista... ¡Ja, ja ja…! Creí escuchar una voz anormal de fagot, eructada por un vestiglo. . . Esta voz no podía ser otra que la de don Roque. Súbitamente, al querer adelantarse, al querer adelantarse hacia mi lecho, desvencijóse, como tina máquina decrépita, la arquitectura nieve de aquel cuerpo de diosa, y en disonancias de hierro atormentado, un armazón puntiagudo rompió la cárcel amable de sedas fluidas con encajes de vapor y saltaron macabramente dos mundos de goma hasta donde yo estaba, chocando una eternidad, como dos cabezas del Dante en frenesí vertiginoso de besos enloquecidos.

Habían pasado largos minutos. Era ya noche.

—¿La siente usted...? escuche; canta como un ángel ese demonio; parece una señorita y todo lo hace por sus veinticinco... ¡Ja, ja, ja…!

Me despertó un acre olor tabacoso. Y vi mi fosco verdugo, las manos embolsilladas, clavado a la puerta como un incubo, con la colilla del cigarro sonriendo en una esquina de su bigote de roedor. Era un Mefistofelillo de sotabanco frente a un Fausto en derrota.

Esta vez, consciente, me puse a escucharla. El ex piano era una decrepitud inconsolable, con su reuma sonoro. Se quejaba, se exhalaba, perdía, se suicidaba, por cuartos de tono y por bemoles torturados de vidrio gangoso, en cromáticas estridencias, en agudos cascados, en acordes indecisos, en bajos sacerdotales, en roncos vagidos de batracio lunático, con un desalmamiento interesante de cosas confusas que desaparecen dando un grito agudo. En cambio ella, qué voz mórbida, fresca, como empapada en amanecer, en la que se expresaban saudades y ansias tardías, caprichos de monja romántica al morir, horror de náufrago que llama en vano y se hunde... El conjunto de aquel clavicordio doliente, símbolo de un pasado lleno de recuerdos, y de una aristocracia desesperadamente ansiosa de vivir, de amar, de ser feliz, me dio la realidad elegíaca de un poema profundamente humano.

Esa voz era un sollozo que decía: “he vivido, ya no vivo, quiero vivir… He sido hermosa, ya no lo soy. He sido amada, nadie me ama: ¡Aime! Strauss gemía inconsolablemente, bajo la débil presión de aquellos dedos torpes y plegados, que amantes, de rodillas, llevaron más de una vez a su boca, como bombones, en e1 inefable paroxismo…

Adieu pour toujours, Printemps évanui, Amour s’en va, Lune morte los vals obsequiosos de pena elegante, las confesiones melancólicas del Danubio, llena de suspiros que celebraron un día Musset, de Vigny, Heine, Lamartine, Arsenio Houssaye; las romanzas empolvadas de las heroínas de Balzac; las frivolidades sentimentales, ebrias de la Récamier, de la Malibran, de Mimi Pinzón y de Ninette; después los sollozos de Norma, los deliquios de Sonámbula, y los ensueños de Leonor; por último las voluptuosas y adoloridas canciones del Segundo Imperio ¡ay…! todo resucitaba un segundo, para morir luego sobre aquel piano agónico, que era toda una psicología, toda una época, toda una leyenda, toda una viudez de azahares en el crespón, todo un reino dulce de desafío en la sonrisa y de muerte blasonada en la copa, en que cada abanico era un oráculo y cada máscara una esfinge.

Y ante aquella voz reminiscente y dulce, solemne y penetrante, como el suspiro de un mundo embalsamado, que ya se fue; ante aquella voz que era una despedida y un rezo frente a la muerte, último grito de una primavera desmayada que se va helando; ante esa mística exhalación que llenaba la tarde de nostalgias y mi alma de remotas ansiedades, mis ojos, vueltos a la sombra infinita, aprendieron a llorar por lo más hondo del corazón y de la vida, por lo que nunca se ha visto, ni se verá, y por lo que ya no volveremos a ver jamás.






1906










jueves, mayo 28, 2009

"All you need is love", de John Lennon

Todo lo que necesitas es amor, The Beatles





Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...

No hay nada que puedas hacer
que no pueda ser hecho.
Nada que puedas cantar
que no pueda ser cantado.
Nada que puedas decir
pero puedes aprender
cómo jugar el juego.
Es fácil.

Nada que puedes hacer
que no pueda ser hecho.
Nadie a quien puedas salvar
que no pueda ser salvado.
Nada que puedas hacer
pero puedes aprender
cómo ser tú mismo con tiempo.
Es fácil.

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...
Amor, amor, amor...

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Nada que puedas saber
que no se sepa.
Nada que puedas ver
que no sea mostrado.
Ningún lugar en que puedas estar
que no sea donde
se supone que debes estar.
Es fácil.

Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor...
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.

Todo lo que necesitas es amor...                (All together...)
Todo lo que necesitas es amor...                (Everybody...)
Todo lo que necesitas es amor, amor...
Amor es todo lo que necesitas.



Amor es todo lo que necesitas.






1967














miércoles, mayo 27, 2009

“Querido Dexter”, de Jeff Lindsay

Capítulo 1





Es esa luna otra vez, suspendida, fornida y a escasa altura en la noche tropical, llamando desde un cielo coagulado a los oídos temblorosos de esa querida voz que susurra desde las sombras, el Oscuro Pasajero, acomodado en el asiento trasero del Dodge K de la hipotética alma de Dexter.

Esa luna traviesa, ese Lucifer indiscreto y socarrón que llama desde el cielo vacío a los corazones oscuros de los monstruos nocturnos, les convoca a sus gozosos patios de recreo. Llama, de hecho, a ese monstruo en concreto agazapado tras las adelfas, que la luz de la luna al atravesar las hojas pinta con rayas de tigre, sus sentidos agudizados al máximo mientras espera el momento adecuado para saltar desde las sombras. Es Dexter el que está al acecho en la oscuridad, escuchando las terribles insinuaciones susurradas que se derraman sin cesar en mi escondite protegido por las sombras.

Mi querido otro yo oscuro me incita a saltar, ahora, a hundir mis colmillos iluminados por la luna en la carne tan vulnerable que hay al otro lado del seto. Pero no es el momento adecuado, así que espero, observo con cautela cuando mi inocente víctima pasa de largo, con los ojos abiertos de par en par, consciente de que algo le está vigilando, pero sin saber que estoy aquí, a tan sólo un metro de distancia. Sería muy fácil para mí deslizarme como la hoja de cuchillo que soy, y obrar mi magia maravillosa, pero espero, intuido pero invisible.

Un largo y sigiloso momento avanza de puntillas hasta convertirse en otro, y aún sigo esperando el momento preciso. El salto, la mano extendida, el frío júbilo cuando veo el terror florecer en el rostro de mi víctima...

Pero no. Algo no va bien.

Y ahora le toca a Dexter sentir el inquietante cosquilleo de unos ojos en su espalda, el aleteo del miedo cuando me convenzo cada vez más de que algo me está cazando a mí. A algún otro depredador nocturno se le está haciendo agua la boca interior mientras me vigila desde algún lugar cercano..., y no me gusta esa idea.

Y como un pequeño trueno surge de la nada la mano jubilosa y cae sobre mí con una velocidad cegadora, y vislumbro los dientes relucientes de un vecino de nueve años.

—¡Te pillé! ¡Un, dos, tres, le toca a Dexter!

Y con la salvaje celeridad de los muy jóvenes, aparecen los demás, riendo como locos y gritándome, mientras yo permanezco inmóvil entre los arbustos, humillado. Todo ha terminado. Cody, de seis años, me mira decepcionado, como si Dexter, el Dios de la Noche, hubiera defraudado a su sumo sacerdote. Astor, su hermana de nueve años, se une a los berridos de los niños, hasta que vuelven a desperdigarse en la oscuridad una vez más, hacia escondites nuevos y más complicados, dejándome solo con mi vergüenza.

Dexter no ha sabido ocultarse bien. Y ahora, le toca buscar a Dexter. Otra vez.

Quizá se pregunten, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede reducirse a esto la cacería nocturna de Dexter? Antes, siempre ha existido algún temible y perverso depredador aguardando las atenciones especiales del temible y perverso Dexter, y aquí estoy, desperdiciando un tiempo precioso a base de perder en un juego que no practicaba desde los diez años.

—Uno. Dos. Tres... —grito, siempre el jugador limpio y honrado.

¿Cómo es posible? ¿Cómo puede Dexter el Demonio sentir el peso de esa luna y no chapotear entre vísceras, arrebatando pedazo a pedazo la vida de alguien que necesita con toda urgencia sentir el filo del afilado juicio de Dexter? ¿Cómo es posible que en esta clase de noche el Frío Vengador se niegue a sacar a dar una vuelta al Oscuro Pasajero?

—Cuatro. Cinco. Seis.

Harry, mi sabio padre adoptivo, me había enseñado el delicado equilibrio entre la Necesidad y el Cuchillo. Había adoptado a un niño en quien veía la necesidad imparable de matar (algo que no era posible cambiar), y Harry le había transformado en un hombre que sólo mataba asesinos. Dexter, el antisabueso, que se escondía tras un rostro de apariencia humana y seguía la pista de los asesinos en serie verdaderamente malvados que mataban sin ceñirse a un código. Y yo habría sido uno de ellos, de no ser por el Plan de Harry. Hay mucha gente que lo merece, Dexter, había dicho mi maravilloso padre adoptivo policía.

—Siete. Ocho. Nueve.

Me había enseñado a descubrir a esos compañeros de juegos tan especiales, a estar seguro de que merecían la visita social mía y de mi Oscuro Pasajero. Y mejor todavía, me había enseñado a salir impune, como sólo un poli podía enseñarlo. Me había ayudado a construir un plausible remedo de vida, y metido en mi dura cabeza que debía adaptarme, siempre, ser normal en todas las cosas.

Así que había aprendido a vestirme con elegancia, a sonreír y a lavarme los dientes. Me había convertido en una falsificación humana perfecta, decía las cosas estúpidas y absurdas que los humanos no paran de repetir durante todo el día. Nadie sospechaba lo que ocultaba mi perfecta sonrisa de imitación. Nadie excepto mi hermanastra, Deborah, por supuesto, pero estaba empezando a aceptar mi verdadera personalidad. Al fin y al cabo, habría podido ser mucho peor. Podría haber sido un monstruo demente y perverso que mataba y mataba y dejaba tras de mí montañas de carne putrefacta. En cambio, yo estaba en el bando de la verdad, la justicia y el estilo de vida americano. Pese a todo un monstruo, por supuesto, pero llevaba a cabo una limpieza ejemplar a continuación, y era NUESTRO monstruo, vestido de virtud sintética cien por cien, roja, blanca y azul. Y en esas noches en que la luna habla en voz alta voy a buscar a los otros, los que acosan a los inocentes y no se ciñen a las normas, y los hago desaparecer en pequeños pedazos cuidadosamente envueltos.

Esta elegante fórmula había funcionado bien durante años de feliz inhumanidad. Entre cita y cita, mantenía mi estilo de vida normal desde un apartamento de lo más normal. Nunca llegaba tarde al trabajo, hacía las bromas de rigor con los colegas y era útil y discreto en todas las cosas, tal como Harry me había enseñado. Mi vida como androide era pulcra, equilibrada, y poseía un valor social redentor auténtico.

Hasta ahora. Hace una noche perfecta y, por lo que sea, estoy jugando al escondite con una pandilla de críos, en lugar de estar jugando a Cortar y Rebanar con un amigo escogido con primor. Y dentro de un rato, cuando termine el juego, acompañaré a Cody y Astor a casa de su madre, Rita, y ella me traerá una lata de cerveza, acostará a los niños y se sentará a mi lado en el sofá.

¿Cómo era posible? ¿El Oscuro Pasajero se iba a jubilar antes de tiempo? ¿Se había ablandado Dexter? ¿Había doblado la esquina de un pasillo largo y oscuro y salido por donde no debía convertido en Dexter el Hogareño? ¿Volvería a colocar esa única gota de sangre en la placa de cristal, como siempre hacía, el trofeo cobrado de la cacería?

—¡Diez! ¡Preparados o no, allá voy!

Sí, ya lo creo. Allá iba. Pero ¿hacia qué?

Empezó, por supuesto, con el sargento Doakes. Todos los superhéroes han de tener un archienemigo, y él era el mío. Yo no le había hecho absolutamente nada, pero él había decidido acosarme, apartarme de mi buena obra. A mí y a mi sombra. Y lo más irónico: a mí, un esforzado analista de muestras de sangre de la misma fuerza de policía que le daba empleo a él: estábamos en el mismo equipo. ¿Era justo que me persiguiera así, sólo porque de vez en cuando me buscaba un pluriempleo?

Conocía al sargento Doakes mucho mejor de lo que yo deseaba, mucho más de lo que daba de sí nuestra relación profesional. Me había impuesto la tarea de investigarle por un sencillo motivo: nunca le había caído bien, a pesar de que me enorgullezco de ser encantador y afable, con auténtica clase. Pero daba la impresión de que Doakes sabía que todo era pura fachada. Toda mi elaborada cordialidad rebotaba en él como insectos en un parabrisas.

Esto despertó mi curiosidad, como es natural. Lo digo en serio. ¿A qué clase de persona podía caerle mal? Por eso le había estudiado un poco, y lo descubrí. La clase de persona a la que podía caerle mal Dexter el Jovial tenía cuarenta y ocho años, era afroamericano y ostentaba el récord de levantamiento de pesas del departamento. Según las habladurías que había cazado al vuelo, era veterano del ejército, y desde que había llegado al departamento había estado implicado en varios tiroteos fatales, en todos los cuales Asuntos Internos lo había exonerado de culpa.

Pero lo más importante de todo esto era que había descubierto por mí mismo que, detrás de la profunda ira que siempre ardía en sus ojos, acechaba un eco de la risita de mi Oscuro Pasajero. Era tan sólo el levísimo tañido de una campana muy pequeña, pero yo estaba seguro. Doakes compartía espacio con algo, al igual que yo. No era lo mismo, pero sí algo muy similar, una pantera como en mi caso era un tigre. Doakes era poli, pero también un asesino sin escrúpulos. No tenía pruebas, pero estaba tan seguro que no me hacía falta verle aplastar la laringe de un peatón imprudente.

Un ser razonable pensaría que tal vez él y yo podríamos encontrar un territorio común, tomar una taza de café y comparar nuestros Pasajeros, intercambiar detalles y trivialidades sobre técnicas de desmembramiento. Pero no: Doakes me quería muerto. Y a mí me costaba compartir su punto de vista.

Doakes había estado trabajando con la detective LaGuerta en el momento de su sospechosa muerte, y desde entonces sus sentimientos hacia mí habían superado la frontera de la simple antipatía. Doakes estaba convencido de que yo tenía algo que ver con la muerte de LaGuerta. Esto era totalmente falso y completamente injusto. Yo me había limitado a mirar. ¿Qué tiene eso de malo? Claro que había ayudado a escapar al verdadero asesino, pero ¿qué se podía esperar de mí? ¿Qué clase de persona entregaría a su propio hermano? Sobre todo cuando hacía un trabajo tan pulcro.

Bien, siempre he dicho, vive y deja vivir. O muy a menudo, en cualquier caso. Que el sargento Doakes pensara lo que le diera la gana, a mí me daba igual. Todavía hay pocas leyes contra el acto de pensar, aunque estoy seguro de que en Washington se están esforzando al respecto. No, fueran cuales fueran las sospechas que el buen sargento abrigaba sobre mí, buen provecho le hicieran. Pero ahora que había decidido actuar siguiendo sus impuros pensamientos, mi vida era todo confusión. Dexter el Descarriado se estaba convirtiendo a marchas forzadas en Dexter el Demente.

¿Y por qué? ¿Cómo había empezado todo esto? Sólo había intentado ser yo mismo.





2005










martes, mayo 26, 2009

"La probable e improbable desaparición de un gato por extravío de su propia porcelana", de Juan Luis Martínez




a R.I.*

Ubicado sobre la repisa de la habitación
el gato no tiene ni ha tenido otra tarea
que vigilar día y noche su propia porcelana.

El gato supone que su imagen fue atrapada
y no le importa si por Neurosis o Esquizofrenia
observado desde la porcelana el mundo sólo sea
una Pequeña Cosmogonía de representaciones malignas
y el Sentido de la Vida se encuentre reducido ahora
a vigilar día y noche la propia porcelana.

A través de su gato
la porcelana observa y vigila también
el inmaculado color blanco de sí misma,
sabiendo que para él ese color es el símbolo pavoroso
de infinitas reencarnaciones futuras.

Pero la porcelana piensa lo que el gato no piensa
y cree que pudiendo haber atrapado también en ella
la imagen de una Virgen o la imagen de un Buddha
fue ella la atrapada por la forma de un gato.

En tanto el gato piensa que si él y la porcelana
no se hubieran atrapado simultáneamente
él no tendría que vigilarla ahora
y ella creería ser La Virgen en la imagen de La Virgen
o alcanzar el Nirvana en la imagen del Buddha.

Y es así como gato y porcelana
se vigilan el uno al otro desde hace mucho tiempo
sabiendo que bastaría la distracción más mínima
para que desaparecieran habitación, repisa, gato y porcelana.










* (La casa de R.I. en Chartres de Francia, tiene las paredes, cielo raso,
piso y muebles cubiertos con fragmentos de porcelana rota).











en La nueva novela, 1977









lunes, mayo 25, 2009

“Sendero Chibcha”, de Cecilia Vicuña







La poesía habita
algunos lugares
donde los riscos
no necesitan
sino ser señalados
para vivir:

dos o tres líneas
una marca
y el silencio
empieza a hablar.

En las aristas de los cerros
los Chibchas tejen líneas
los pájaros pierden plumas
y el ser hace su ofrenda
a la inmensidad.





en Precario/Precarius, 1983










domingo, mayo 24, 2009

"Discurso sobre lírica y sociedad", de Theodor Adorno

Extracto



Sobre todo es necesaria la vigilancia contra el concepto de ideología, hoy día extendido hasta lo insoportable. Pues ideología es “no verdad”, conciencia falsa, mentira. Ella se revela en el fracaso de las obras de arte, su falsedad en sí, y es blanco de la crítica. Cuando en cambio se trata de grandes obras de arte que tienen su ser en el dar forma, y con ello en una reconciliación tendencial de las contradicciones básicas de la existencia real, acusarlas de ser ideología, no es sólo una injusticia a su propio contenido de verdad, sino, además, una falsificación del concepto de ideología. Este concepto no afirma que todo espíritu sea exclusivamente capaz de disfrazar de generales en determinados hombres determinados intereses particulares, sino que se propone desenmascarar el espíritu decididamente falso y concebirlo al mismo tiempo en su necesidad. Pero las obras de arte son exclusivamente grandes por el hecho de que dejan hablar a lo que oculta la ideología. Lo quieran o no, su consecución, su éxito como tales obras de arte, las lleva más allá de la conciencia falsa.

Permítaseme enlazar con su propia desconfianza. Ustedes conciben la lírica como algo contrapuesto a la sociedad, como algo plenamente individual. Su afectividad se aferra además a que así debe seguir siendo, a que la expresión lírica, sustraída a la gravedad objetiva, conjure la imagen de una vida libre de la coerción de la práctica dominante, libre de utilidad, libre de la presión de la testaruda autoconservación. Pero esta exigencia puesta a la lírica, la exigencia de que sea la palabra virginal, es en sí misma una exigencia social. Ella implica la protesta contra una situación social que cada individuo experimente como hostil, ajena, fría, opresivo-depresiva, situación que se imprime negativamente en la formación lírica: cuando más duramente pesa la situación, tanto más inflexivamente se le resiste la formación, negándose a inclinarse ante ninguna cosa heterónoma y constituyéndose exclusivamente según el objeto en cada caso propio. Su distanciación de la mera existencia se convierte en criterio de la falsedad y maldad de ésta. En la protesta contra ella el poema expresa el sueño de un mundo en el cual las cosas fueran de otro modo. La idiosincrasia del espíritu lírico contra la prepotencia de las cosas en una forma de reacción a la cosificación del mundo, al dominio de las mercancías sobre los hombres, dominio que se extiende desde los comienzos de la edad moderna, y que se desarrolla hasta ser poder dominante de la vida desde el comienzo de la revolución industrial. También el culto rilkiano de la cosa pertenece al mágico círculo de esta idiosincrasia, como intento que es de asumir y disolver las ajenas cosas en la expresión subjetiva y pura, abonándoles en su haber, metafísicamente, su propio carácter de extrañeza; y la debilidad estética de ese culto de las cosas, el gesto afectadamente misterioso, la mezcla de religión y artesanía artística, traiciona al mismo tiempo y manifiesta el poder real de la cosificación, la cual no es ya susceptible de dorado por aura lírica alguna ni puede recogerse en ninguna dación de sentido.








en Akzente, 1957












sábado, mayo 23, 2009

“Kandinsky como un pretexto”, de Santiago Sylvester







Decimos el arte abstracto, por ejemplo,
y después hablamos de un color que crece,
de una línea en movimiento,
de un punto que toca fondo;
y sabemos que detrás de todo eso
existe una seguridad desesperada.

Sin embargo ya no se trata de significaciones
sino de saber qué haremos con la perfección
mientras la materia pierde peso,
el orden se contradice
y la armonía nos envuelve con una telaraña equilibrada
que tampoco escapa de la corrupción.





en Libro de viaje, 1982










viernes, mayo 22, 2009

"Los días van tan rápidos", de Gonzalo Rojas





Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure
          en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, m hermano, y es tu propio sollozo
          allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.








en Contra la muerte, 1964.








Colaboración a Dscntxt de Roberto Marconi









jueves, mayo 21, 2009

“El duende del bosque”, de Vladimir Nabokov






Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante.

—Sí, aquí estoy, pase...

El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.

Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás!

Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada... aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!

Me levanté. Él dio un paso adelante.

Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra...

Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida...

Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.

—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado?

Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable...

No, no puede ser. Estoy solo... es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas...

—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.

Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo... Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino.

»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba... Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando... Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago... No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr.

»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: "¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!". Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar... Por eso me llevó consigo.

»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. "Vete, hermano, búscate una espesura amiga." Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros...».

Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.

«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías...

»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco.

»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano...».

La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse.

Cuando di la luz no había nadie en el sillón... ¡Nadie!... No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo...






Publicado originalmente bajo el seudónimo Vladimir Sirin,
en la Revista Rul (Berlín, Alemania),
el 7 de enero de 1921










miércoles, mayo 20, 2009

"Las fases de Severo", de Julio Cortázar




In memoriam Remedios Varo

Todo estaba como quieto, como de alguna manera congelado en su propio movimiento, su olor y su forma que seguían y cambiaban con el humo y la conversación en voz baja entre cigarrillos y tragos. El Bebe Pessoa había dado ya tres fijas para San Isidro, la hermana de Severo cosía las cuatro monedas en las puntas del pañuelo para cuando a Severo le tocara el sueño. No éramos tantos pero de golpe una casa resulta chica, entre dos frases se arma el cubo transparente de dos o tres segundos de suspensión, y en momentos así algunos debían sentir como yo que todo eso, por más forzoso que fuera, nos lastimaba por Severo, por la mujer de Severo y los amigos de tantos años.

Como a las once de la noche habíamos llegado con Ignacio, el Bebe Pessoa y mi hermano Carlos. Éramos un poco de la familia, sobre todo Ignacio que trabajaba en la misma oficina de Severo, y entramos sin que se fijaran demasiado en nosotros. El hijo mayor de Severo nos pidió que pasáramos al dormitorio, pero Ignacio dijo que nos quedaríamos un rato en el comedor; en la casa había gente por todas partes, amigos o parientes que tampoco querían molestar y se iban sentando en los rincones o se juntaban al lado de una mesa o de un aparador para hablar o mirarse. Cada tanto los hijos o la hermana de Severo traían café y copas de caña, y casi siempre en esos momentos todo se aquietaba como si se congelara en su propio movimiento y en el recuerdo empezaba a aletear la frase idiota: «Pasa un ángel», pero aunque después yo comentara un doblete del negro Acosta en Palermo, o Ignacio acariciara el pelo crespo del hijo menor de Severo, todos sentíamos que en el fondo la inmovilidad seguía, que estábamos como esperando cosas ya sucedidas o que todo lo que podía suceder era quizá otra cosa o nada, como en los sueños, aunque estábamos despiertos y de a ratos, sin querer escuchar, oíamos el llanto de la mujer de Severo, casi tímido en un rincón de la sala donde debían estar acompañándola los parientes más cercanos.

Uno se va olvidando de la hora en esos casos, o como dijo riéndose el Bebe Pessoa, es al revés y la hora se olvida de uno, pero al rato vino el hermano de Severo para decir que iba a empezar el sudor, y aplastamos los puchos y fuimos entrando de a uno en el dormitorio donde cabíamos casi todos porque la familia había sacado los muebles y no quedaban más que la cama y una mesa de luz. Severo estaba sentado en la cama, sostenido por las almohadas, y a los pies se veía un cobertor de sarga azul y una toalla celeste. No había ninguna necesidad de estar callado, y los hermanos de Severo nos invitaban con gestos cordiales (son tan buenas gentes todos) a acercarnos a la cama, a rodear a Severo que tenía las manos cruzadas sobre las rodillas. Hasta el hijo menor, tan chico, estaba ahora al lado de la cama mirando a su padre con cara de sueño.

La fase del sudor era desagradable porque al final había que cambiar las sábanas y el piyama, hasta las almohadas se iban empapando y pesaban como enormes lágrimas. A diferencia de otros que según Ignacio tendían a impacientarse, Severo se quedaba inmóvil, sin siquiera mirarnos, y casi enseguida el sudor le había cubierto la cara y las manos. Sus rodillas se recortaban como dos manchas oscuras, y aunque su hermana le secaba a cada momento el sudor de las mejillas, la transpiración brotaba de nuevo y caía sobre la sábana.

—Y eso que en realidad está muy bien —insistió Ignacio que se había quedado cerca de la puerta—. Sería peor si se moviera, las sábanas se pegan que da miedo.
—Papá es hombre tranquilo —dijo el hijo mayor de Severo—. No es de los que dan trabajo.
—Ahora se acaba —dijo la mujer de Severo, que había entrado al final y traía un piyama limpio y un juego de sábanas. Pienso que todos sin excepción la admiramos como nunca en ese momento, porque sabíamos que había estado llorando poco antes y ahora era capaz de atender a su marido con una cara tranquila y sosegada, hasta enérgica. Supongo que algunos de los parientes le dijeron frases alentadoras a Severo, yo ya estaba otra vez en el zaguán y la hija menor me ofrecía una taza de café. Me hubiera gustado darle conversación para distraerla, pero entraban otros y Manuelita es un poco tímida, a lo mejor piensa que me intereso por ella y prefiero permanecer neutral. En cambio el Bebe Pessoa es de los que van y vienen por la casa y por la gente como si nada, y entre él, Ignacio y el hermano de Severo ya habían formado una barra con algunas primas y sus amigas, hablando de cebar un mate amargo que a esa hora le vendría bien a más de cuatro porque asienta el asado. Al final no se pudo, en uno de esos momentos en que de golpe nos quedábamos inmóviles (insisto en que nada cambiaba, seguíamos hablando o gesticulando pero era así y de alguna manera hay que decirlo y darle una razón o un nombre) el hermano de Severo vino con una lámpara de acetileno y desde la puerta nos previno que iba a empezar la fase de los saltos. Ignacio se bebió el café de un trago y dijo que esa noche todo parecía andar más rápido; fue de los que se ubicaron cerca de la cama, con la mujer de Severo y el chico menor que se reía porque la mano derecha de Severo oscilaba como un metrónomo. Su mujer le había puesto un piyama blanco y la cama estaba otra vez impecable; olimos el agua colonia y el Bebe le hizo un gesto admirativo a Manuelita, que debía haber pensado en eso. Severo dio el primer salto y quedó sentado al borde de la cama, mirando a su hermana que lo alentaba con una sonrisa un poco estúpida y de circunstancias. Qué necesidad había de eso, pensé yo que prefiero las cosas limpias; y qué podía importarle a Severo que su hermana lo alentara o no. Los saltos se sucedían rítmicamente: sentado al borde de la cama, sentado contra la cabecera, sentado en el borde opuesto, de pie en el medio de la cama, de pie sobre el piso entre Ignacio y el Bebe, en cuclillas sobre el piso entre su mujer y su hermano, sentado en el rincón de la puerta, de pie en el centro del cuarto, siempre entre dos amigos o parientes, cayendo justo en los huecos mientras nadie se movía y solamente los ojos lo iban siguiendo, sentado en el borde de la cama, de pie contra la cabecera, de cuclillas en el medio de la cama, arrodillado en el borde de la cama, parado entre Ignacio y Manuelita, de rodillas entre su hijo menor y yo, sentado al pie de la cama. Cuando la mujer de Severo anunció el fin de la fase, todos empezaron a hablar al mismo tiempo y a felicitar a Severo que estaba como ajeno; ya no me acuerdo quién lo acompañó de vuelta a la cama porque salíamos al mismo tiempo comentando la fase y buscando alguna cosa para calmar la sed, y yo me fui con el Bebe al patio a respirar el aire de la noche y a bebernos dos cervezas del gollete.

En la fase siguiente hubo un cambio, me acuerdo, porque según Ignacio tenía que ser la de los relojes y en cambio oímos llorar otra vez a la mujer de Severo en la sala y casi enseguida vino el hijo mayor a decirnos que ya empezaban a entrar las polillas. Nos miramos un poco extrañados con el Bebe y con Ignacio, pero no estaba excluido que pudiera haber cambios y el Bebe dijo lo acostumbrado sobre el orden de los factores y esas cosas; pienso que a nadie le gustaba el cambio pero disimulábamos al ir entrando otra vez y formando círculo alrededor de la cama de Severo, que la familia había colocado como correspondía en el centro del dormitorio.

El hermano de Severo llegó el último con la lámpara de acetileno, apagó la araña del cielo raso y corrió la mesa de luz hasta los pies de la cama; cuando puso la lámpara en la mesa de luz nos quedamos callados y quietos, mirando a Severo que se había incorporado a medias entre las almohadas y no parecía demasiado cansado por las fases anteriores. Las polillas empezaron a entrar por la puerta, y las que ya estaban en las paredes o el cielo raso se sumaron a las otras y empezaron a revolotear en torno de la lámpara de acetileno. Con los ojos muy abiertos Severo seguía el torbellino ceniciento que aumentaba cada vez más, y parecía concentrar todas sus fuerzas en esa contemplación sin parpadeos. Una de las polillas (era muy grande, yo creo que en realidad era una falena pero en esa fase se hablaba solamente de polillas y nadie hubiera discutido el nombre) se desprendió de las otras y voló a la cara de Severo; vimos que se pegaba a la mejilla derecha y que Severo cerraba por un instante los ojos. Una tras otra las polillas abandonaron la lámpara y volaron en torno de Severo, pegándose en el pelo, la boca y la frente hasta convertirlo en una enorme máscara temblorosa en la que sólo los ojos seguían siendo los suyos y miraban empecinados la lámpara de acetileno donde una polilla se obstinaba en girar buscando entrada. Sentí que los dedos de Ignacio se me clavaban en el antebrazo, y sólo entonces me di cuenta de que también yo temblaba y tenía una mano hundida en el hombro del Bebe. Alguien gimió, una mujer, probablemente Manuelita que no sabía dominarse como los demás, y en ese mismo instante la última polilla voló hacia la cara de Severo y se perdió en la masa gris. Todos gritamos a la vez, abrazándonos y palmeándonos mientras el hermano de Severo corría a encender la araña del cielo raso; una nube de polillas buscaba torpemente la salida y Severo, otra vez la cara de Severo, seguía mirando la lámpara ya inútil y movía cautelosamente la boca como si temiera envenenarse con el polvo de plata que le cubría los labios.

No me quedé ahí porque tenían que lavar a Severo y ya alguien estaba hablando de una botella de grapa en la cocina, aparte de que en esos casos siempre sorprende cómo las bruscas recaídas en la normalidad, por decirle así, distraen y hasta engañan. Seguí a Ignacio que conocía todos los rincones, y le pegamos a la grapa con el Bebe y el hijo mayor de Severo. Mi hermano Carlos se había tirado en un banco y fumaba con la cabeza gacha, respirando fuerte; le llevé una copa y se la bebió de un trago. El Bebe Pessoa se empecinaba en que Manuelita tomara un trago, y hasta le hablaba de cine y de carreras; yo me mandaba una grapa tras otra sin querer pensar en nada, hasta que no pude más y busqué a Ignacio que parecía esperarme cruzado de brazos.

—Si la última polilla hubiera elegido... —empecé.

Ignacio hizo una lenta señal negativa con la cabeza. Por supuesto, no había que preguntar; por lo menos en ese momento no había que preguntar; no sé si comprendí del todo pero tuve la sensación de un gran hueco, algo como una cripta vacía que en alguna parte de la memoria latía lentamente con un gotear de filtraciones. En la negación de Ignacio (y desde lejos me había parecido que el Bebe Pessoa también negaba con la cabeza, y que Manuelita nos miraba ansiosamente, demasiado tímida para negar a su vez) había como una suspensión del juicio, un no querer ir más adelante; las cosas eran así en su presente absoluto, como iban ocurriendo. Entonces podíamos seguir, y cuando la mujer de Severo entró en la cocina para avisar que Severo iba a decir los números, dejamos las copas medio llenas y nos apuramos, Manuelita entre el Bebe y yo, Ignacio atrás con mi hermano Carlos que llega siempre tarde a todos lados.

Los parientes ya estaban amontonados en el dormitorio y no quedaba mucho sitio donde ubicarse. Yo acababa de entrar (ahora la lámpara de acetileno ardía en el suelo, al lado de la cama, pero la araña seguía encendida) cuando Severo se levantó, se puso las manos en los bolsillos del piyama, y mirando a su hijo mayor dijo: «6», mirando a su mujer dijo: «20», mirando a Ignacio dijo: «23», con una voz tranquila y desde abajo, sin apurarse. A su hermana le dijo 16, a su hijo menor 28, a otros parientes les fue diciendo números casi siempre altos, hasta que a mí me dijo 2 y sentí que el Bebe me miraba de reojo y apretaba los labios, esperando su turno. Pero Severo se puso a decirles números a otros parientes y amigos, casi siempre por encima de 5 y sin repetirlos jamás. Casi al final al Bebe le dijo 14, y el Bebe abrió la boca y se estremeció como si le pasara un gran viento entre las cejas, se frotó las manos y después tuvo vergüenza y las escondió en los bolsillos del pantalón justo cuando Severo le decía 1 a una mujer de cara muy encendida, probablemente una parienta lejana que había venido sola y que casi no había hablado con nadie esa noche, y de golpe Ignacio y el Bebe se miraron y Manuelita se apoyó en el marco de la puerta y me pareció que temblaba, que se contenía para no gritar. Los demás ya no atendían a sus números, Severo los decía igual pero ellos empezaban a hablar, incluso Manuelita cuando se repuso y dio dos pasos hacia adelante y le tocó el 9, ya nadie se preocupaba y los números terminaron en un hueco 24 y un 12 que les tocaron a un pariente y a mi hermano Carlos; el mismo Severo parecía menos concentrado y con el último se echó hacia atrás y se dejó tapar por su mujer, cerrando los ojos como quien se desinteresa u olvida.

—Por supuesto es una cuestión de tiempo —me dijo Ignacio cuando salimos del dormitorio—. Los números por sí mismos no quieren decir nada, che.
—¿A vos te parece? —le pregunté bebiéndome de un trago la copa que me había traído el Bebe.
—Pero claro, che—dijo Ignacio—. Fijate que del 1 al 2 pueden pasar años, ponele diez o veinte, en una de esas más.
—Seguro —apoyó el Bebe—. Yo que vos no me afligía.
Pensé que me había traído la copa sin que nadie se la pidiera, molestándose en ir hasta la cocina con toda esa gente. Y a él le había tocado el 14 y a Ignacio el 23.
—Sin contar que está el asunto de los relojes —dijo mi hermano Carlos que se había puesto a mi lado y me apoyaba la mano en el hombro—. Eso no se entiende mucho, pero a lo mejor tiene su importancia. Si te toca atrasar...
—Ventaja adicional —dijo el Bebe, sacándome la copa vacía de la mano como si tuviera miedo de que se me cayese al suelo.

Estábamos en el zaguán al lado del dormitorio, y por eso entramos de los primeros cuando el hijo mayor de Severo vino precisamente a decirnos que empezaba la fase de los relojes. Me pareció que la cara de Severo había enflaquecido de golpe, pero su mujer acababa de peinarlo y olía de nuevo a agua colonia que siempre da confianza. A mí me rodeaban mi hermano, Ignacio y el Bebe como para cuidarme el ánimo, y en cambio no había nadie que se ocupara de la parienta que había sacado el 1 y que estaba a los pies de la cama con la cara más roja que nunca, temblándole la boca y los párpados. Sin siquiera mirarla Severo le dijo a su hijo menor que adelantara, y el pibe no entendió y se puso a reír hasta que su madre lo agarró de un brazo y le quitó el reloj pulsera. Sabíamos que era un gesto simbólico, bastaba simplemente adelantar o atrasar las agujas sin fijarse en el número de horas o minutos, puesto que al salir de la habitación volveríamos a poner los relojes en hora. Ya a varios les tocaba adelantar o atrasar, Severo distribuía las indicaciones casi mecánicamente, sin interesarse; cuando a mí me tocó atrasar, mi hermano volvió a clavarme los dedos en el hombro; esta vez se lo agradecí, pensando como el Bebe que podía ser una ventaja adicional aunque nadie pudiera estar seguro; y también a la parienta de la cara colorada le tocaba atrasar, y la pobre se secaba unas lágrimas de gratitud, quizá completamente inútiles al fin y al cabo, y se iba para el patio a tener un buen ataque de nervios entre las macetas; algo oímos después desde la cocina, entre nuevas copas de grapa y las felicitaciones de Ignacio y de mi hermano.

—Pronto será el sueño —nos dijo Manuelita—, mamá manda decir que se preparen.

No había mucho que preparar, volvimos despacio al dormitorio, arrastrando el cansancio de la noche; pronto amanecería y era día hábil, a casi todos nos esperaban los empleos a las nueve o a las nueve y media; de golpe empezaba a hacer más frío, la brisa helada en el patio metiéndose por el zaguán, pero en el dormitorio las luces y la gente calentaban el aire, casi no se hablaba y bastaba mirarse para ir haciendo sitio, ubicándose alrededor de la cama después de apagar los cigarrillos. La mujer de Severo estaba sentada en la cama, arreglando las almohadas, pero se levantó y se puso en la cabecera; Severo miraba hacia arriba, ignorándonos miraba la araña encendida, sin parpadear, con las manos apoyadas sobre el vientre, inmóvil e indiferente miraba sin parpadear la araña encendida y entonces Manuelita se acercó al borde de la cama y todos le vimos en la mano el pañuelo con las monedas atadas en las cuatro puntas. No quedaba más que esperar, sudando casi en ese aire encerrado y caliente, oliendo agradecidos el agua colonia y pensando en el momento en que por fin podríamos irnos de la casa y fumar hablando en la calle, discutiendo o no lo de esa noche, probablemente no pero fumando hasta perdernos por las esquinas. Cuando los párpados de Severo empezaron a bajar lentamente, borrándole de a poco la imagen de la araña encendida, sentí cerca de mi oreja la respiración ahogada del Bebe Pessoa. Bruscamente había un cambio, un aflojamiento, se lo sentía como si no fuéramos más que un solo cuerpo de incontables piernas y manos y cabezas aflojándose de golpe, comprendiendo que era el fin, el sueño de Severo que empezaba, y el gesto de Manuelita al inclinarse sobre su padre y cubrirle la cara con el pañuelo, disponiendo las cuatro puntas de manera que lo sostuvieran naturalmente, sin arrugas ni espacios descubiertos, era lo mismo que ese suspiro contenido que nos envolvía a todos, nos tapaba a todos con el mismo pañuelo.

—Y ahora va a dormir —dijo la mujer de Severo—. Ya está durmiendo, fíjense.

Los hermanos de Severo se habían puesto un dedo en los labios pero no hacía falta, nadie hubiera dicho nada, empezábamos a movernos en puntas de pie, apoyándonos unos en otros para salir sin ruido. Algunos miraban todavía hacia atrás, el pañuelo sobre la cara de Severo, como si quisieran asegurarse de que Severo estaba dormido. Sentí contra mi mano derecha un pelo crespo y duro, era el hijo menor de Severo que un pariente había tenido cerca de él para que no hablara ni se moviera, y que ahora había venido a pegarse a mí, jugando a caminar en puntas de pie y mirándome desde abajo con unos ojos interrogantes y cansados. Le acaricié el mentón, las mejillas, llevándolo contra mí fui saliendo al zaguán y al patio, entre Ignacio y el Bebe que ya sacaban los atados de cigarrillos; el gris del amanecer con un gallo allá en lo hondo nos iba devolviendo a nuestra vida de cada uno, al futuro ya instalado en ese gris y ese frío, horriblemente hermoso. Pensé que la mujer de Severo y Manuelita (tal vez los hermanos y el hijo mayor) se quedaban adentro velando el sueño de Severo, pero nosotros íbamos ya camino de la calle, dejábamos atrás la cocina y el patio.

—¿No juegan más? —me preguntó el hijo de Severo, cayéndose de sueño pero con la obstinación de todos los pibes.
—No, ahora hay que ir a dormir —le dije—. Tu mamá te va a acostar, ándate adentro que hace frío.
—Era un juego, ¿verdad, Julio?
—Sí, viejo, era un juego. Andá a dormir, ahora.

Con Ignacio, el Bebe y mi hermano llegamos a la primera esquina, encendimos otro cigarrillo sin hablar mucho. Otros ya andaban lejos, algunos seguían parados en la puerta de la casa, consultándose sobre tranvías o taxis; nosotros conocíamos bien el barrio, podíamos seguir juntos las primeras cuadras, después el Bebe y mi hermano doblarían a la izquierda, Ignacio seguiría unas cuadras más, y yo subiría a mi pieza y pondría a calentar la pava del mate, total no valía la pena acostarse por tan poco tiempo, mejor ponerse las zapatillas y fumar y tomar mate, esas cosas que ayudan.










en Octaedro, 1974











Colaboración a Dscntxt de Ramón Oyarzún Soto









martes, mayo 19, 2009

“Esbjerg, en la costa”, de Juan Carlos Onetti







Menos mal que la tarde se ha hecho menos fría y a veces el sol, aguado, ilumina las calles y las paredes; porque a esta hora deben estar caminando en Puerto Nuevo, junto al barco o haciendo tiempo de un muelle a otro, del quiosco de la Prefectura al quiosco de los "sandwiches". Kirsten, corpulenta, sin tacos, un sombrero aplastado en su pelo amarillo; y él, Montes, bajo, aburrido y nervioso, espiando la cara de la mujer, aprendiendo sin saberlo nombres de barcos, siguiendo distraído las maniobras con los cabos.

Me lo imagino pasándose los dientes por el bigote mientras pesa sus ganas de empujar el cuerpo campesino de la mujer, engordando en la ciudad y el ocio, y hacerlo caer en esa faja de agua, entre la piedra mojada y el hierro negro de los buques donde hay ruido de hervor y escasea el espacio para que uno pueda sostenerse a flote. Sé que están allí porque Kirsten vino hoy a mediodía a buscar a Montes a la oficina y los vi irse caminando hacia Retiro, y porque ella vino con su cara de lluvia; una cara de estatua de invierno, cara de alguien que se quedó dormido y no cerró los ojos bajo la lluvia. Kirsten es gruesa, pecosa, endurecida; tal vez tenga ya olor a bodega, a red de pescadores; tal vez llegará a tener el olor inmóvil de establo y de crema que imagino deber haber en su país.

Pero otras veces tienen que ir al muelle a medianoche o al amanecer, y pienso que cuando las bocinas de los barcos le permiten a Montes oír cómo avanza ella en las piedras, arrastrando sus zapatos de varón, el pobre diablo debe sentir que se va metiendo en la noche del brazo de la desgracia. Aquí en el diario están los anuncios de las salidas de los barcos en este mes, y juraría que puedo verlo a Montes soportando la inmovilidad desde que el buque da el bocinazo y empieza a moverse hasta que está tan chico que no vale la pena seguir mirando; moviendo a veces los ojos -para preguntar y preguntar, sin entender nunca, sin que le contesten- hacia la cara carnosa de la mujer que habrá de estar aquietándose, contraída durante pedazos de hora, triste y fría como si lloviese en el sueño y hubiese olvidado cerrar los ojos, muy grandes, casi lindos, teñidos con el color que tiene el agua del río en los días en que el barro no está revuelto.

Conocí la historia, sin entenderla bien, la misma mañana en que Montes vino a contarme que había tratado de robarme, que me había escondido muchas jugadas del sábado y del domingo para bancarlas él, y que ahora no podía pagar lo que le habían ganado. No me importaba saber por qué lo había hecho, pero él estaba enfurecido por la necesidad de decirlo, y tuve que escucharlo mientras pensaba en la suerte, tan amiga de sus amigos, y sólo de ellos, y sobre todo para no enojarme, que, a fin de cuentas si aquel imbécil no hubiese tratado de robarme, los tres mil pesos tendrían que salir de mi bolsillo. Lo insulté hasta que no pude encontrar nuevas palabras y usé todas las maneras de humillarlo que se me ocurrieron hasta que quedó indudable que él era un pobre hombre, un sucio amigo, un canalla y un ladrón; y también resultó indudable que él estaba de acuerdo, que no tenía inconvenientes en reconocerlo delante de cualquiera si alguna vez yo tenía el capricho de ordenarle hacerlo. Y también desde aquel lunes quedó establecido que cada vez que yo insinuara que él era un canalla, indirectamente, mezclando la ilusión en cualquier charla, estando nosotros en cualquier circunstancia, él habría de comprender al instante el sentido de mis palabras y hacerme saber con una sonrisa corta, moviendo apenas hacia un lado el bigote, que me había entendido y que yo tenía razón. No lo convinimos con palabras, pero así sucede desde entonces. Pagué los tres mil pesos sin decirle nada, y lo tuve unas semanas sin saber si me resolvería a ayudarlo o a perseguirlo; después lo llamé y le dije que sí, que aceptaba la propuesta y que podía empezar a trabajar en mi oficina por doscientos pesos mensuales que no cobraría. En poco más de un año, menos de un año y medio, habría pagado lo que debía y estaría libre para irse a buscar una cuerda para colgarse. Claro que no trabaja para mí; yo no podía usar a Montes para nada desde que era imposible que siguiese atendiendo las jugadas de carreras. Tengo esta oficina de remates y comisiones para estar más tranquilo, poder recibir gente y usar los teléfonos. Así que él empezó a trabajar para Serrano, que es mi socio en algunas cosas y tiene el escritorio junto al mío. Serrano le paga el sueldo, o me lo paga a mí y lo tiene todo el día de la aduana a los depósitos, de una punta a otra de la ciudad. A mí no me convenía que nadie supiese que un empleado mío no eran tan seguro como una ventanilla del hipódromo; así que nadie lo sabe.

Creo que me contó la historia, o casi toda, el primer día, el lunes, cuando vino a verme encogido como un perro, con la cara verde y un brillo de sudor enfriado, repugnante, en la frente y a los lados de la nariz. Me debe haber contado el resto de las cosas después, en las pocas veces que hablamos.

Empezó junto con el invierno, con esos primeros fríos secos que nos hacen pensar a todos, sin darnos cuenta de lo que estamos pensando, que el aire fresco y limpio es un aire de buenos negocios, de escapadas con los amigos, de proyectos enérgicos; un aire lujoso, tal vez sea esto. Él, Montes, volvió a su casa en un anochecer de ésos, y encontró a la mujer sentada al lado de la cocina de hierro y mirando el fuego que ardía adentro. No veo la importancia de esto; pero él lo contó así y lo estuvo repitiendo. Ella estaba triste y no quiso decir por qué, y siguió triste, sin ganas de hablar, aquella noche y durante una semana más. Kirsten es gorda, pesada y debe tener una piel muy hermosa. Estaba triste y no quería decirle qué le pasaba. "No tengo nada", decía como dicen todas las mujeres en todos los países. Después se dedicó a llenar la casa con fotografías de Dinamarca, del Rey, los ministros, los países con vacas y montañas o como sean. Seguía diciendo que no le pasaba nada, y el imbécil de Montes imaginaba una cosa y otra sin acertar nunca. Después empezaron a llegar cartas de Dinamarca; él no entendía una palabra y ella le explicó que había escrito a unos parientes lejanos y ahora llegaban las respuestas, aunque las noticias no eran muy buenas. Él dijo en broma que ella quería irse, y Kirsten lo negó. Y aquella noche o en otra muy próxima le tocó el hombro cuando él empezaba a dormirse y estuvo insistiendo en que no quería irse; él se puso a fumar y le dio la razón en todo mientras ella hablaba, como si estuviese diciendo palabras de memoria, de Dinamarca, la bandera con una cruz y un camino en el monte por donde se iba a la iglesia rumbo al último cielo azul. Todo y de esta manera para convencerlo de que era enteramente feliz con América y con él, hasta que Montes se durmió en paz.

Por un tiempo siguieron llegando y saliendo cartas, y de repente una noche ella apagó la luz cuando estaban en la cama y dijo: "Si me dejas, te voy a contar una cosa, y tenés que oírla sin decir nada". Él dijo que sí, y se mantuvo estirado, inmóvil al lado de ella, dejando caer ceniza de cigarrillo en el doblez de la sábana con la atención pronta, como un dedo en un gatillo, esperando que apareciera un hombre en lo que iba contando la mujer. Pero ella no habló de ningún hombre, y con la voz ronca y blanda, como si acabara de llorar, le dijo que podían dejarse las bicicletas en la calle, o los negocios abiertos cuando uno va a la iglesia o a cualquier lado, porque en Dinamarca no hay ladrones; le dijo que los árboles eran más grandes y más viejos que los de cualquier lugar del mundo, y que tenían olor, cada árbol un olor que no podía ser confundido, que se conservaba único mezclado con los otros olores de los bosques; dijo que al amanecer uno se despertaba cuando empezaban a chillar los pájaros del mar y se oía el ruido de las escopetas de los cazadores; y allí la primavera está creciendo escondida bajo la nieve hasta que salta de golpe y lo invade todo como una inundación y la gente hace comentarios sobre el deshielo. Ese es el tiempo, en Dinamarca, en que hay más movimiento en los pueblos de pescadores.

También ella repetía: "Esbjerg er naerved kystten", y esto era lo que más impresionaba a Montes, aunque no lo entendía: dice él que esto le contagiaba las ganas de llorar que había en la voz de su mujer cuando ella le estaba contando todo eso, en voz baja, con esa música que sin querer usa la gente cuando está rezando. Una y otra vez. Eso que no entendía lo ablandaba, lo llenaba de lástima por la mujer -más pesada que él, más fuerte-, y quería protegerla como a una nena perdida. Debe ser, creo, porque la frase que él no podía comprender era lo más lejano, lo más extranjero, lo que salía de la parte desconocida de ella. Desde aquella noche empezó a sentir piedad que crecía y crecía, como si ella estuviese enferma, cada día más grave, sin posibilidad de curarse.

Así fue como llegó a pensar que podría hacer una cosa grande, una cosa que le haría bien a él mismo, que lo ayudaría a vivir y serviría para consolarlo durante años. Se le ocurrió conseguir el dinero para pagarle el viaje a Kirsten hasta Dinamarca. Anduvo preguntando cuando aún no pensaba realmente en hacerlo, y supo que hasta con dos mil pesos alcanzaba. Después no se dio cuenta de que tenía adentro la necesidad de conseguir los dos mil pesos. Debe haber sido así, sin saber que le estaba pasando. Conseguir los dos mil pesos y decírselo a ella una noche de sábado, de sobremesa en un restaurante caro, mientras tomaban la última copa de buen vino. Decirlo y ver en la cara de ella un poco enrojecida por la comida y el vino, que Kirsten no le creía; que pensaba que él mentía, durante un rato, para pasar después, despacio, al entusiasmo y a la alegría, después a las lágrimas y a la decisión de no aceptar. "Ya se me va a pasar", diría ella; y Montes insistiría hasta convencerla, y convencerla, y además de que no buscaba separarse de ella y que acá estaría esperándola el tiempo necesario.

Algunas noches, cuando pensaba en la oscuridad en los dos mil pesos, en la manera de conseguirlos y en la escena en que estarían sentados en un reservado del Scopelli, un sábado, y con la cara seria, con un poco de alegría en los ojos empezaba a decírselo, empezaba por preguntarle qué día quería embarcarse; algunas noches en que él soñaba en el sueño de ella, esperando dormirse, Kirsten volvió a hablarle de Dinamarca. En realidad no era Dinamarca; sólo una parte del país, un pedazo muy chico de tierra donde ella había nacido, había aprendido un lenguaje, donde había estado bailando por primera vez con un hombre y había visto morir a alguien que quería. Era un lugar que ella había perdido como se pierde una cosa, y sin poder olvidarlo. Le contaba otras historias, aunque casi siempre repetía las mismas, y Montes se creía que estaba viendo en el dormitorio los caminos por donde ella había caminado, los árboles, la gente y los animales.

Muy corpulenta, disputándole la cama sin saberlo, la mujer estaba cara al techo, hablando; y él siempre estaba seguro de saber cómo se le arqueaba la nariz sobre la boca, cómo se entornaban un poco los ojos en medio de las arrugas delgadas y cómo se sacudía apenas el mentón de Kirsten al pronunciar las frases con voz entrecortada, hecha con la profundidad de la garganta, un poco fatigosa para estarla oyendo.

Entonces Montes pensó en créditos en los bancos, en prestamistas y hasta pensó que yo podría darle dinero. Algún sábado o un domingo se encontró pensando en el viaje de Kirsten mientras estaba con Jacinto en mi oficina atendiendo los teléfonos y tomando jugadas para Palermo o La Plata. Hay días flojos, de apenas mil pesos de apuestas; pero a veces aparece alguno de los puntos fuertes y el dinero llega y también pasa de los cinco mil. Él tenía que llamarme por teléfono, antes de cada carrera, y decirme el estado de las jugadas; si había mucho peligro -a veces se siente-, yo trataba de cubrirme pasando jugadas a Vélez, a Martín o al Vasco. Se le ocurrió que podía no avisarme, que podía esconderme tres o cuatro jugadas más fuertes, hacer frente, él sólo, a un millar de boletos, y jugarse, si tenía coraje, el viaje de su mujer contra un tiro en la cabeza. Podía hacerlo si se animaba; Jacinto no tenía cómo enterarse de cuantos boletos jugaban en cada llamada de teléfono. Montes me dijo que lo estuvo pensando cerca de un mes; parece razonable, parece que un tipo como él tiene que haber dudado y padecido mucho antes de ponerse a sudar de nerviosidad entre los timbrazos de los teléfonos. Pero yo apostaría mucha plata a que en eso miente; jugaría a que lo hizo en un momento cualquiera, que se decidió de golpe, tuvo un ataque de confianza y empezó a robarme tranquilamente al lado del bestia de Jacinto, que no sospechó nada, que sólo comentó después: "Ya decía yo que eran pocos boletos para una tarde así". Estoy seguro de que Montes tuvo una corazonada y que sintió que iba a ganar y que no lo había planeado.

Así fue como empezó a tragarse jugadas que se convirtieron en tres mil pesos y se puso a pasearse sudando y desesperado por la oficina, mirando las planillas, mirando el cuerpo gorila con camisa de seda cruda de Jacinto, mirando por la ventana la Diagonal que empezaba a llenarse de autos en el atardecer. Así fue, cuando comenzó a enterarse de que perdía y que los dividendos iban creciendo, cientos de pesos a cada golpe de teléfono, como estuvo sudando ese sudor especial de los cobardes, grasoso, un poco verde, helado, que trajo en la cara cuando en el mediodía del lunes tuvo al fin en las piernas la fuerza para volver a la oficina y hablar conmigo.

Se lo dijo a ella antes de tratar de robarme; le habló de que iba a suceder algo muy importante y muy bueno; que habría para ella un regalo que no podía ser comparado ni era una cosa concreta que pudiese tocar. De manera que después se sintió obligado a hablar con ella y contarle la desgracia; y no fue en el reservado del Scopelli, ni tomando un Chianti importado, sino en la cocina de su casa, chupando la bombilla del mate mientras la cara redonda de ella, de perfil y colorada por el reflejo, miraba al fuego saltar adentro de la cocina de hierro. No sé cuánto habrán llorado; después de eso él arregló pagarme con el empleo y ella consiguió un trabajo.

La otra parte de la historia empezó cuando ella, un tiempo después, se acostumbró a estar fuera de su casa durante horas que nada tenían que ver con su trabajo; llegaba tarde cuando se citaban, y a veces se levantaba muy tarde por la noche, se vestía y se iba afuera sin una palabra. Él no se animaba a decir nada, no se animaba a decir mucho y atacar de frente, porque están viviendo de lo que ella gana y de su trabajo con Serrano no sale más que alguna copa que le pago de vez en cuando. Así que se calló la boca y aceptó su turno de molestarla a ella con su mal humor, un mal humor distinto y que se agrega al que se les vino encima desde la tarde en que Montes trató de robarme y que pienso no los abandonará hasta que se mueran. Desconfió y se estuvo llenando de ideas estúpidas hasta que un día la siguió y la vio ir al puerto y arrastrar los zapatos por las piedras, sola, y quedarse mucho tiempo endurecida mirando para el lado del agua, cerca, pero aparte de las gentes que van a despedir a los viajeros. Como en los cuentos que ella le había contado, no había ningún hombre. Esa vez hablaron, y ella le explicó; Montes también insiste en otra cosa que no tiene importancia: porfía, como si yo no pudiera creérselo, que ella se lo explicó con voz natural y que no estaba triste ni con odio ni confundida. Le dijo que iba siempre al puerto, a cualquier hora, a mirar los barcos que salen para Europa. Él tuvo miedo por ella y quiso luchar contra esto, quiso convencerla de que lo que estaba haciendo era peor que quedarse en casa; pero Kirsten siguió hablando con voz natural, y dijo que le hacía bien hacerlo y que tendría que seguir yendo al puerto a mirar cómo se van lo barcos, hacer algún saludo o simplemente mirar hasta cansarse los ojos, cuantas veces pudiera hacerlo.

Y él terminó por convencerse de que tiene el deber de acompañarla, que así paga en cuotas la deuda que tiene con ella, como está pagando la que tiene conmigo; y ahora, en esta tarde de sábado, como en tantas noches y mediodías, con buen tiempo, a veces con una lluvia que se agrega a la que siempre le está regando la cara a ella, se van juntos más allá de Retiro, caminan por el muelle hasta que el barco se va, se mezclan un poco con gentes con abrigos, valijas, flores y pañuelos, y cuando el barco empieza a moverse, después del bocinazo, se ponen duros y miran, miran hasta que no pueden más, cada uno pensando en cosas distintas y escondidas, pero de acuerdo, sin saberlo, en la desesperanza y en la sensación de que cada uno está solo, que siempre resulta asombrosa cuando nos ponemos a pensar.






1953


Publicado originalmente en La Nación, 17 de noviembre, 1946










lunes, mayo 18, 2009

"Últimos días de William Brett Cassidy", de Osvaldo Soriano





Desde Tierra del Fuego hasta Texas hay más de diez mil kilómetros de distancia pero después de escapar de la cárcel el hijo de Butch Cassidy no tenía otra cosa que hacer y decidió emprender el viaje a caballo. Durante un tiempo, mientras en Europa terminaba la guerra, estuvo escondido en los montes, escapando de la gendarmería y de los ejércitos de frontera. Por más que lo golpearon en la cárcel, nunca pudo explicar qué hacía en ese lugar perdido de la frontera arbitrando un partido entre comunistas y socialistas que nunca llegó a terminar.

En la prisión de Ushuaia, cuando llegaban la primavera y el deshielo, dirigía partidos de fútbol entre presos y guardianes. A veces, para matar el aburrimiento, se organizaban campeonatos en los que participaban equipos de carceleros, gendarmes, criminales, espías, ladrones, asaltantes de bancos, condenados por error, bolcheviques, anarquistas y todos los réprobos alojados en la fortaleza más austral del mundo. Hacia 1945, en la final por la Copa del Presidio, William Brett Cassidy anuló por fuera de juego un gol que los gendarmes les marcaron a los anarquistas rusos y aprovechó de la batahola para saltar un muro y escapar a la frontera de Chile.

Allí, en los bosques de la Cordillera de los Andes, se procuró un caballo, un pasaporte chileno y un revólver, que era todo lo que necesitaba, y vivió por un tiempo de la caza y de la pesca. Extrañaba sus libros, sobre todo la Ética de Spinoza, y como temía que aquél fuera un ejemplar único y se hubiera perdido para siempre, decidió reproducirlo de su propia memoria en las horas perdidas.

Quienes llegaron a conocerlo aseguran que Cassidy tenía una memoria larga pero pésima. Podía recordar por años una cara que había visto apenas un instante, pero cuando volvía a encontrarla le daba otro nombre y más de una vez tuvo que batirse a duelo con la persona ofendida. Era tan empecinado que debió matar a cuatro o cinco hombres para poder seguir llamándolos con el nombre que él les había dado en su vago recuerdo. Por eso no son confiables los textos de Spinoza y de Hegel que circulan en español (algunos fueron retraducidos con audacia al francés) y menos aun una Sagrada Familia que Cassidy había leído en italiano y reprodujo en dos gruesos cuadernos de escuela cuando llegó al Altiplano de Bolivia, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar.

Cassidy había aprendido a leer todas las lenguas sin comprender ninguna en las estancias inglesas de la Patagonia. Como no existía ninguna librería en dos mil kilómetros a la redonda, creía que los libros eran únicos como los diamantes y que pasaban de mano en mano a la muerte de quien los tenía consigo. El primer Hegel lo encontró al lado de unos cadáveres que dejó el ejército cuando dispersó a los bolcheviques del Chubut. La Ética se la llevó de un bar después de que un gaucho encocorado matara de una puñalada a un intelectual irlandés, incidente que Jorge Luis Borges mistificó años más tarde en un cuento para La Nación, de Buenos Aires. En realidad el libro era del gaucho, no del intelectual, y cuando éste se lo quiso robar sobrevino la pelea y la muerte horrenda que puso a Cassidy en posesión del primer Spinoza. A Marx lo conoció por el profesor Folcini, de Cerdeña, que le arrancó las muelas doloridas en un prostíbulo del bajo Mendoza y luego lo arrastró a dirigir el partido de Tierra del Fuego entre comunistas y socialistas.

Las transcripciones del hijo de Butch Cassidy cayeron en manos de un viajante de comercio boliviano que iba de La Paz a Cochabamba con mensajes para los mineros en huelga en los socavones de Patino. Ocurrió durante un vibrante partido entre huelguistas del estaño y tropas del gobierno, dirigido por Cassidy, que había dejado sus cuadernos en el recado de su caballo. Sobre el final del partido se produjo un serio incidente a la entrada del área de las Fuerzas Armadas, que jugaban de uniforme y con sable en la mano. El marcador estaba 2 a 2 cuando un minero que llevaba la pelota fue decapitado sin ninguna necesidad, puesto que el árbitro ya había señalado que estaba fuera de juego y el atacante había detenido su carrera tras la pelota que era de goma y picaba sin destino entre los arbustos.

Cassidy amonestó al defensor y mandó retirar al degollado fuera del terreno, pero el soldado discutió el arbitraje y el cowboy tuvo que expulsarlo para hacerse respetar. Un oficial rubio y alto, que jugaba de mediocampista, ordenó al soldado que resistiera la orden y entonces empezaron los incidentes porque Cassidy tuvo que desenfundar el revólver frente a la amenaza de los sables. El viajante de comercio, que hacía de juez de línea, temió que le reprocharan su parcialidad a favor de los mineros y aprovechó la confusión para montar el caballo del árbitro y partir al galope. Así fue como Cassidy perdió sus transcripciones de Spinoza y Hegel.

Tiempo después, un editor de Santa Cruz de la Sierra que andaba a la caza de manuscritos innovadores compró los cuadernos por monedas y publicó esos textos de autor anónimo respetando los errores de latín y las confusiones de gramática. Al fin, en 1950, un editor de Buenos Aires creyó disipar el equívoco y lanzó doscientos ejemplares de la Ética y cuatrocientos de La Sagrada Familia firmados por los que creía sus verdaderos autores. Desde entonces se han producido varios incidentes en las facultades de Filosofía y Letras de Lima, Córdoba, Montevideo y Buenos Aires y sin saberlo algunas guerrillas utilizaron las versiones de Cassidy para sus discusiones internas.

Ajeno a todo eso el cowboy argentino seguía la pista de su padre norteamericano que según los rumores había muerto en una aldea de Bolivia. Todavía George Roy Hill no había hecho la película y su padre no era tan famoso como ahora. Ciertos memoriosos le habían dicho que en verdad Butch Cassidy y el Sundance Kid habían caído baleados en San Luis y otros preferían la Patagonia, donde está enterrado el agente de la Pinkerton que los persiguió durante años. Pero más que el lugar de la muerte a William Brett le interesaba el de la vida y por eso iba para Texas o para Arizona, no lo sabía bien y poco le importaba. En el Altiplano, a cuatro mil metros de altura, se preguntó qué demonios podía haber ido a hacer su padre allí si el mundo estaba tan lleno de bancos para robar.

Cuando pasó por el pueblo donde se decía que habían matado a su padre, William Brett desenfundó el revólver y asaltó dos bancos y el correo sin que nadie le opusiera resistencia. Era un gesto de orgullo pero también un acto de pura necesidad, ya que le estaban haciendo falta otro caballo y alguna ropa para cubrirse. Los que se llevó eran billetes con muchos ceros pero antes de llegar a la frontera con el Brasil la moneda se había devaluado tanto que apenas pudo comprar un par de botellas de whisky y un regalo para una muchacha que le había devuelto la sonrisa en un almacén de Palo Alto.

La joven no aceptó el regalo pero Cassidy no se sorprendió porque nunca había tenido suerte con las mujeres. Al día siguiente continuó viaje hacia el norte por las selvas y los ríos del Amazonas, donde dirigió varios partidos para ganarse su comida y la del caballo. De esos partidos conservó buenos recuerdos porque en el Amazonas no se aplicaba la ley de fuera de juego y para combatir las estrategias defensivas los caciques de las tribus habían decidido que cada tres corners cedidos por un equipo el árbitro debía conceder un tiro penal en favor del otro. Esas innovaciones daban resultados amplios y generosos pero nunca fueron aceptadas más allá de esa Comarca.

Hacia 1952 William Brett Cassidy pasó por México, andrajoso y envejecido. Ya no tenía ambiciones y sólo pensaba en procurarse una mujer que le contara las películas que no había podido ver. En el mercado de Cuernavaca encontró un ejemplar de la edición boliviana de su Ética y al recorrer las páginas creyó que ese ejemplar era el mismo que había perdido cuando lo llevaron preso. Lo asaltó la idea de un milagro: creyó que el libro lo había seguido en su larga marcha y se convenció de que su memoria era perfecta. Lo compró y siguió a paso rápido hacia la frontera con Texas.

Cuando vio el alambrado que separaba los dos países y al otro lado una estación de servicio y una llanura pelada, el corazón empezó a darle saltos. En ese lugar Butch Cassidy y el Sundance Kid habían pasado su juventud robando todos los bancos y William Brett creyó que, además, habían sido felices. Se acercó a la frontera llorando de emoción pero en el puesto de policía le pidieron el pasaporte y la visa para ingresar en los Estados Unidos de América. El cowboy ignoraba lo que era una visa pero se manifestó dispuesto a pagar por ella con los meses de cárcel que fueran necesarios.

Un funcionario de policía sacó un formulario de un cajón y le preguntó si padecía enfermedades contagiosas o hereditarias, a lo que Cassidy respondió sin bajarse del caballo que sólo lo habían aquejado dolores de muelas y tormentos de oídos. Luego le requirieron si tenía la intención de asesinar al presidente de los Estados Unidos. El hijo de Butch Cassidy preguntó quién ocupaba el cargo en ese momento y cuando escuchó el nombre de Eisenhower manifestó no conocerlo personalmente ni tener cuentas pendientes con él. Al fin, cuando le preguntaron si había pertenecido al Partido Comunista o a alguno de sus insidiosos colaterales, recordó al profesor Folcini, de quien no había vuelto a tener noticias, y declaró con orgullo que unos años antes había sido elegido para dirigir un partido de fútbol entre socialistas y comunistas en la lejana Tierra del Fuego.

El policía se puso de pie, alertó al sheriff y a los aduaneros y le pidió a Cassidy que se alejara del país de la libertad. El cowboy alegó que había viajado durante años atravesando el continente americano para llegar a Texas y citó un par de veces a Hegel para llamar a la razón a los funcionarios. Pero no hubo caso: el sheriff lo intimó a alejarse de la frontera y desenfundó el revólver para hacer más convincente la orden. Ése fue el gesto decisivo. Cassidy sacó también su revólver, se afirmó sobre la montura y mandó al caballo que saltara por encima del alambrado. La pobre bestia lo intentó, pero ya no estaba para esos trotes e hizo un triste papel. Un policía disparó al aire pero Cassidy empezó a tirar con la misma determinación que, pensaba, alguna vez lo había hecho su padre. En la confusión alcanzó a saltar al otro lado de la frontera y sintió, bajo sus pies casi descalzos, la tierra caliente del desierto de Texas.

Eso es lo último que sabemos de él. El sheriff, en su informe, dice haber disparado seis veces y sus hombres más de veinte. William Brett Cassidy había cumplido el destino inverso de su padre que salió de los Estados Unidos y fue acribillado en América del Sur. Entre tanto, casi sin proponérselo, alcanzó a ser el más temible y justo de todos los árbitros que hubo en los mundiales de fútbol.







1993