jueves, noviembre 11, 2010

"Siento vergüenza de ser chileno". Entrevista a Armando Uribe, de Sebastián Larraín Saá







A sus 75 años, don Armando Uribe Arce, enclaustrado en su departamento frente al Parque Forestal de Santiago, se declara autosentenciado a muerte. Absorto en un pesimista realismo, se sincera con este medio que lo toma con atención, en una conversación donde nos limitamos a oír, y cada cuanto, indagar en sus saberes y lecturas de la sociedad contemporánea.

Deseamos conocer su opinión y visión sobre algunas cosas que están sucediendo en el Chile de hoy.
Mire, yo no tengo ganas de tener opiniones sobre las cosas que están sucediendo, porque me he ido dando cuenta, en los últimos meses, que en la medida en que uno se interesa por las cosas que están sucediendo, se va empequeñeciendo a la altura de lo que ocurre en el país o el mundo, que en general es muy mezquino, muy personalizado y eso a uno lo achica.

Ocuparse de ello en general disminuye la fuerza o la sinceridad de lo que uno piensa y siente respecto de lo que ocurre. Por lo demás con la edad uno se achica y he dejado de tener varios centímetros de altura. Mi reacción contra eso es mi interés por lo religioso, que ha aumentado en mi vejez por cierto. El sentido de lo sagrado eleva, no digo que lo haga mejor a uno ni más virtuoso. Pero son compensaciones respecto de las pequeñeces, miserias y mezquindades de las que uno esta rodeado.

Pero existen aspectos del mundo que nos rodea que son de indudable importancia.
Claro que ocuparse de lo que ocurre con la gran minería del cobre no empequeñece sino al revés, porque es el mayor escándalo y la mayor vergüenza por la que pasan quienes mandan en el país Chile. Y hablo no solo de quienes mandan con poder político, sino de quienes mandan con poder económico y financiero.

¿Lo embarga un sentimiento de no poder tener incidencia en lo que ocurre a nuestro alrededor?
Cuando volví a Chile del destierro se me cerraron todas las puertas, me hicieron la cruz. O más bien, para juntar las dos metáforas, me cerraron las puertas y pusieron una cruz sobre esas puertas cerradas.

¿Quiénes le cerraron la puerta y le pusieron la cruz encima?
No terminaría nunca de mencionar personas, pero los políticos en general y las personas de influencia y todos los que habían pertenecido o cooperado con el gobierno llamado de las fuerzas armadas y también aquellos que habían sido en apariencia opositores a ese gobierno, sin embargo heredaron lo principal que dejó Pinochet, que fue la ideología neoliberal capitalista de mercado desrregulado. Todas esas personas me hicieron la cruz porque los pocos que habían criticado lo que llamaban en ese momento modelo económico, pero que era mucho más que eso, era una ideología, se dieron vuelta los chalecos, las camisas y las chaquetas y yo continué criticando. Y lo había hecho ya en Le Monde, un diario francés y en otras publicaciones francesas, inglesas, belgas y suizas-francesas.

¿Se les puede llamar traidores a esas personas que se manifestaron como opositores a la dictadura pero que luego heredaron y continuaron su legado?
Para eso tendrían que ser personas que se hayan juramentado y la palabra de esas personas que mandan en Chile desde el año ‘90 no vale nada. De lado y lado, en realidad no merecen ser creídos cuando juran, porque son mentirosos de naturaleza, son personas francamente malas. Sus juramentos no valen nada, son peores que traidores, son personas sin palabra.

Lo que han llamado alternancia en el poder, dicen que fortalece esta democracia.
Lo que fortalece es el co-gobierno que ha habido de una nueva oligarquía formada por algunos elementos de la antigua y otros elementos de los últimos 40 años más o menos, en los cuales hay una presencia desmesurada, y esto lo digo sin ningún ánimo de xenofobia, de inmigrantes que no llegará a ser más del 6,5 ó 7% de toda la población chilena, quizás menos. Y sin embargo estos tienen un poder real económico, político y hasta cultural de alrededor del 50% en Chile, que son los de primera y segunda generación nacidos en Chile, hijos y nietos de inmigrantes. Siempre ha habido inmigración en Chile, pero ahora es tal la diferencia de lo que significan en la población en términos de poder real. Estamos gobernados por hijos de extranjeros, por personas que no han pertenecido a Chile ni han tenido relación con la mayoría del pueblo chileno. No conocen ni tienen ningún respeto a la historia de Chile y esos son los que en realidad han ido llevando al país desde la dictadura y han renunciado a la nación chilena. Consideran que Chile no es un país viable, creen que Chile debe asilarse, en términos de depender del poder de la más grande potencia mundial, Estados Unidos, pero también de otros países que tienen poder en el mundo.

¿Quiénes son esas pocas familias de inmigrantes que controlan el país?
No son tan pocas, basta ver los nombres de ministros y subsecretarios de los gobiernos últimos y el actual. La señora Bachelet es de segunda generación de inmigrantes, su madre Jeria es hija de un griego. El ministro del Secretario General de la Presidencia, Larroulet, primera generación de franceses por padre y madre. La vocera de Gobierno Von Baer, alemana, hija de alemanes. Hinzpeter, judío de origen alemán. La vida social de El Mercurio da cuenta de ello, la mitad, por lo menos, tiene ambos apellidos extranjeros recientes.

¿Qué rol juega Agustín Edwards en este escenario?
El diario El Mercurio en el siglo XX tiene una importancia fundamental. Es un tremendo poder interno con manifestaciones en las relaciones exteriores a tal punto que Agustín Edwards aparece en las memorias de uno que fue vice director de la CIA, general norteamericano Breton Walters, quien señala que Edwards es el principal recurso de la CIA en toda Latinoamérica.

¿Usted lo conoció personalmente?
Yo en el libro Carta abierta a Agustín Edwards relato una conversación importante que tuvo lugar el año 1969 en Washington cuando fui consejero del embajador Gabriel Valdés. Fue una conversación importante políticamente para Chile. Edwards me dijo, siendo presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, que él no tenía nada que ver con lo que va a pasar en Chile. Yo le pregunté qué va a pasar y contestó que no me podía decir pero que él no tenía nada que ver. Dos días después vino el intento de golpe de Estado contra Frei.

¿Cuál era la relación entre El Mercurio y la CIA en esos años?
Durante esos años El Mercurio significó un apoyo tremendo a la junta porque además provocó el golpe contra Allende. Edwards se había arrancado a Estados Unidos a una finca que aún tiene en Connecticut. La página editorial de El Mercurio publicaba artículos mandados por la CIA desde Washington todos los días, y en otras secciones también, estaba totalmente a disposición de ellos.

Buenos beneficios consiguió Edwards de esa relación estrecha con la CIA.
Claro que sí. Lo financiaron durante años con millones de dólares, que era mucho más de lo que es hoy en día. Edwards se reunió con Kissinger, quien luego lo llevó con Nixon al salón oval, donde lo convencieron y pactaron el golpe a Allende y el financiamiento a El Mercurio. En esa reunión también estaba el director de la CIA, y el Presidente de la Pepsi Cola, de la que Agustín Edwards era uno de los vicepresidentes.



EL ÚLTIMO SIGLO

A propósito de lo que usted ha planteado sobre el deseo del hombre de asemejarnos a Dios, ¿Será este sentimiento de superioridad lo que impulsa a nuestra especie a ser la más dañina de todas en términos de intervención del medio ambiente?
Sin duda alguna. Es el deseo de ser Dios y realizar actos de Dios lo que ha hecho que se produzcan en la época que estamos viviendo, condiciones que nunca el género humano había experimentado hace 100 años, mil años, o cien mil. Desde hace 65 años, existe por experiencia inicial única, un arma de destrucción masiva que fue utilizada “exitosamente” -dicen los que la usaron-, monstruosamente dicen otros, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, la bomba atómica, después perfeccionada como nuclear. Además de eso, existen armas de destrucción masiva químicas, biológicas, bacteriológicas. Ellas pueden, no sólo por uso deliberado, sino por accidente, por errores, como también torpeza y estupidez de quienes tienen el control sobre esos arsenales, pasar a producir una catástrofe para la vida humana y el planeta. Por accidente es más posible que por voluntad, aunque no se puede nunca excluir la voluntad homicida y genocida en el género humano, como hemos comprobado sobre todo en el siglo XX.

¿Cuántas personas conforman este grupo selecto que tiene ese poder en sus manos?
Una estadística al ojo, es decir superficial porque no hay una oficial, me dice que entre grandes jefes políticos, las directivas militares de las grandes ramas, los científicos y técnicos existentes que tienen contacto y algo de decisión -algunos tienen máxima como el presidente de Estados Unidos por mencionar uno-, todos ellos no creo que sean más de diez mil en todo el mundo. Nunca, desde que existe la vida en el planeta, un número tan reducido de personas, comparada con la población total del planeta -7 mil millones o algo más-, tuvo en sus manos la subsistencia de toda la especie. Y no cabe ninguna duda que en ese grupo haya personas estúpidas o con deficiencias mentales, como lo demostró el ex presidente Bush hijo, que era oligofrénico y retardado mental. De modo que la estupidez puede llegar a posiciones decisivas en materia de destrucción del mundo, por ideas que se le aparecen al estúpido como positivas.

Se encuentra en esas pocas manos la subsistencia de todas las especies del planeta.
Exacto, está en peligro toda la vida existente y el planeta mismo en su totalidad con repercusiones en el cosmos. La idea de que el género humano puede llegar a desaparecer ha estado presente en distintas culturas y civilizaciones, pero atribuido ese hecho puntual a una decisión de divinidades o a una gigantesca catástrofe natural mundial que cubra el globo entero, nunca lo había sido a la voluntad o el descuido y estupidez de un reducido número de seres humanos.

¿Existen investigaciones o estudios que traten sobre este tema?
Hay un gran científico, entre otros, llamado Sir Martin Rees, que es el presidente actualmente de la Royal Academy of Sciences of London. Es el cosmólogo y astrónomo de la reina de Inglaterra, un científico muy serio. Él publicó un libro el año 2003 que se llama Our final century (Nuestro último siglo), refiriéndose al siglo XXI. La hipótesis que mantiene es que hay un 50% de posibilidades de que se acabe definitivamente toda la vida y el planeta mismo durante este siglo.

¿En qué se basa Rees para aseverar eso?
Examina más de veinte experimentos. Por cierto se refiere a las armas de destrucción masiva, pero el objetivo principal del libro son los experimentos. Y principalmente se refiere a los de nanotecnología que se están practicando en los últimos años. Son experimentos para producir fenómenos que nunca han ocurrido en la naturaleza del planeta y lo que se sabe del cosmos.

¿Se refiere al acelerador de partículas construido entre Suiza y Francia?
Es tan evidente el ánimo del ser humano de ser Dios que se pretende reproducir con máquinas el primer segundo de la creación del universo, llamado Big Bang. El acelerador de partículas, tremenda maquinaria de 27 kilómetros, si mal no recuerdo, procura hacer chocar partículas de plomo, lo más pesado de la naturaleza conocida, con oro, y hacerlo a casi la velocidad de la luz, que ya es posible. Se intentó hacer este experimento hace dos años atrás. En mi opinión, este experimento es demencial, además de blasfemo contra la divinidad en cualquiera religión. El acto de reproducir el momento inicial que supone la creación del universo. Aquello, que sólo es atribuible a un Dios por quienes creemos en una divinidad monoteísta.

¿Qué consecuencias se estima pueda tener este experimento si logra funcionar bien?
Uno de los efectos previsibles de ese choque es que se produzcan hoyos negros en el momento mismo de chocar. Un hoyo negro que no sólo se trague las instalaciones, sino que se trague el planeta tierra entero, con efectos en el cosmos. Este científico no es ningún escandaloso ni sensacionalista. Rees fue designado presidente de la Royal Academy of Sciences después de haber publicado el libro, o sea confirmada su categoría de primera mente científica en Gran Bretaña. Si se agregan estos experimentos a la existencia de arsenales de armas de destrucción masiva, se puede sostener que vivimos actualmente la peor época en términos de peligros reales, esta época es muy mala.

Bajo esta perspectiva, ¿cómo podemos caracterizar esta época?
Vivimos una época pre-apocalíptica. Es la peor de todas las épocas. Además de todas las críticas que le podemos hacer a la sociedad contemporánea, se corren más peligros de los que nunca un ser humano vivió antes en relación a la destrucción de toda la vida y el planeta mismo. Yo reconozco que soy muy negativo y pesimista, me puedo dar ese lujo por la edad. Una persona joven tiene el derecho y el deber de tener esperanzas.



BICENTENARIO Y LUCHA DE CLASES

¿Cómo ve esta celebración del Bicentenario, donde paradójicamente hay 34 mapuche en huelga de hambre por más de dos meses por la persecución que se hace de su pueblo?
Primero, ésta es una fecha como cualquier otra. Esto de magnificar y casi endiosar el paso del tiempo en meses, años y días es una ridiculez, es una costumbre grotesca que existe en el mundo.

Pero ello se ha exacerbado para estas fechas.
Yo creo que hay un objetivo específico en esta celebración que es dejar de lado, en esta búsqueda de unidad sicológica, las tremendas diferencias sociales que hay. Y dejar de lado un concepto que ya no se ocupa mucho, la lucha de clases. Es cierto que existe, en primer lugar, porque los más aventajados en recursos económicos, financieros y educación son los que inician la lucha de clases, porque para mantener y acrecentar esos privilegios hay que hacer un uso perverso de la mayoría que trabaja materialmente para satisfacer esos privilegios. Los que generan la lucha de clases no son los más desprovistos sino los privilegiados, en toda sociedad y en la historia.

El fenómeno de lucha de clases existe, no fue inventado por Marx y Engels. Un historiador francés posterior a Napoleón de apellido Guizot, que entre 1830 y 1848 fue un político de gran importancia, fue quien inventó y usó la expresión para explicar la historia francesa. Guizot era un liberal tan partidario de la dominación burguesa, que siendo primer ministro, en 1830, llamó a una gran reunión de ricos, empresarios se diría hoy, entre los que había nobles y burgueses, para empujarlos a que realizaran el máximo de negocios desde esa época en adelante, con muchas más libertades económicas y financieras. La palabra final que pronunció Guizot en esa reunión quedó en la historia: ¡Enriqueceos!

¿A su juicio, la lucha mapuche es una lucha de clases?
Es, sin duda, una de las formas de la lucha de clases, no reemplaza a la lucha de clases sino que forma parte de ella. Con elementos muy fuertes porque se refiere a los medios de producción. En el caso de los mapuche es monstruoso el uso de esa ley antiterrorista de Pinochet desde que ha sido usada. Nunca debió haberse utilizado de manera tan crítica.

Usada y aplicada por los gobiernos de la Concertación sobre el pueblo mapuche.
No hay que engañarse en este tema, derecha y Concertación han co-gobernado durante los últimos 20 años y lo siguen haciendo, son lo mismo. En las cosas principales no hay ninguna diferencia, en cosas secundarias hay discrepancias, pero eso es co-gobernar de todos modos. Demonizar la huelga de hambre es una cosa monstruosa también, completamente anti liberal. Si estos liberales en Chile no son tal cosa. Lo son en materia económica y financiera al máximo, de manera absurda.

¿Qué sentimientos lo embargan en este Chile del Bicentenario?
Este país pasó a ser otra cosa luego del golpe de estado. Hasta antes de la dictadura uno podía sentirse orgulloso de ser chileno, luego eso cesó y se dio vuelta al revés. Hoy siento vergüenza de ser chileno, incluso vergüenza ajena y también vergüenza propia, cosa que de ninguna manera existía, por lo menos para mí, antes del golpe de estado.

¿Ha observado la cobertura mediática al caso de los mineros atrapados bajo tierra?
Este caso único en el mundo y la historia, de 33 mineros a 688 metros de profundidad que se mantienen hasta ahora vivos pero que no se sabe qué va a ocurrir, está teñido por la censura y monopolización de parte del Gobierno. El gobierno de Piñera, que comienza como Pinochet, el gobierno de Pi ha tratado de monopolizar el fenómeno publicitario. Es tal el control de dominio total que las autoridades no querían de ninguna manera hablar ni con los escritores que fueron al lugar. José Miguel Varas, fue a la mina y me visitó hace algunos días, me contó que hay censura a los mensajes de los mineros y una contención de cualquier mirada que no sea la de ellos.

Ha dado anteriormente su opinión de los últimos mandatarios, Frei, Lagos, Bachelet, Aylwin, ¿Qué opinión tiene de Piñera?
Yo conocí y fui amigo verdadero del padre, José Piñera, quien fue embajador de Naciones Unidas, y la verdad ninguno de los hijos ha salido con las cualidades que tenía él y que comprendían una noción de servicio al país desinteresado que no han tenido ni José hijo, ni Sebastián, como primer punto. Segundo punto, nunca había habido una persona con tanto poder económico en dólares y otras monedas como el que tiene el actual jefe de Estado, que comprende 2 mil 500 millones de dólares líquido aproximadamente. Esa es una fortuna muy considerable que lo coloca entre las personas más ricas del mundo. Según la revista Forbes, personas como David Rockefeller.

¿Un presidente multimillonario, es contradictorio?
Esto señala algo que ocurre en Chile: La preponderancia que las personas dan a través de la idolatría del lucro y su sombra que es el éxito. Una fortuna muy considerable dentro de su propia vida, en 20 ó 30 años, hecha principalmente con especulaciones, algunas conocidas, otras no, y a lo que agrego lo que Balzac sostiene que para reunir una fortuna muy considerable en la vida de una persona, tienen que haberse cometido necesariamente faltas, fallas e incluso crímenes. No es posible humanamente reunir una fortuna de esa índole en el curso de una sola vida.

En Chile, desde 1975, y en todo el mundo a partir de esa fecha, ha pasado a dominar una sola ideología que se llama ‘neoliberal de capitalismo desrregulado’. La señora Tatcher mandó gente que examinara cómo funcionaba esto en Chile y lo aplicó a partir del ‘79 en Gran Bretaña, Reagan lo aplicó desde el ‘80. Esas grandes potencias han funcionado como centro para la divulgación en todo el globo terrestre de esta ideología como nunca antes en la historia humana. Yo creo que es negativo para la vida civilizada.

¿Y en cuanto a las capacidades personales de Piñera?
Primero, no creo que la capacidad como empresario dé cualidades como para ser notable mandatario. Lo segundo, es que hasta donde se puede saber Piñera no es un chileno cultivado suficientemente y ha manifestado ser muy mediocre en materia intelectual y espiritual.

Por último, Usted ha manifestado la decisión de enclaustrarse en su vivienda esperando el momento de su muerte, el que por lo demás anhela.
Eso es evidente para todos. La diferencia es que lo puedo manifestar o decir a otros, en lo cual hay algunas mañas. Porque si yo por escrito, y en verso para peor, menciono tantas veces la muerte y manifiesto el hecho de desaparecer de este mundo, habría que preguntarse si no lo hago para exorcizar mi propia muerte, más que para deleitarme con ella. Cabría preguntarse si no lo hago majaderamente como una forma de vanidad, imponiéndole el anuncio de la propia muerte a terceros por escrito, más que la particularidad fúnebre de lo que digo.





en El Ciudadano N°88, septiembre 2010








Fotografía original de Andrés Gachón













miércoles, noviembre 10, 2010

“El nadador”, de John Cheever






E
ra uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.

—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.

No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.

Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la par-te del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adonde iba, respondió que iría nadando hasta casa.

Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.

Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.

—¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.

Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.

El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.

—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.

Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.

Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquin oculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año?

Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.

Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luz del verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.

Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.

La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación».

Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:

—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!

Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.

Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación.

Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.

La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.

—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.
—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.
—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.

Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:

—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.
—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.
—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas...
—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.
—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro...

Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:

—Gracias por el baño.
—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.

Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?

Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.

—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?
—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.
—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.

¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.

—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se los oye desde aquí. ¡Escucha!

Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.

—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de éstos.

Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.

—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.

Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.

—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?
—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.

Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:

—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares...

Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.

La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No se acordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?

—¿Qué quieres? —le preguntó ella.
—Estoy nadando a través del condado.
—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.
—Puedes darme algo de beber.
—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.
—Bueno, me marcho en seguida.

Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.

Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.

Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera o de la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía.





en Relatos, 2006















martes, noviembre 09, 2010

"Amor sádico", de Julio Herrera y Reissig





Ya no te amaba, sin dejar por eso
de amar la sombra de tu amor distante.
Ya no te amaba, y sin embargo, el beso
de la repulsión nos unió un instante...

Agrio placer y bárbaro embeleso
crispó mi faz, me demudó el semblante,
ya no te amaba, y me turbé, no obstante,
como una virgen en un bosque espeso.

Y ya perdida para siempre, al verte
anochecer en el eterno luto,
mudo el amor, el corazón inerte,

huraño, atroz, inexorable, hirsuto,
jamás viví como en aquella muerte,
nunca te amé como en aquel minuto!












en Los parques abandonados, 1902-1908













lunes, noviembre 08, 2010

“Gracias, Jorge Segovia”, de Felipe Pumarino







Muchas gracias, Jorge Segovia, por permitirme ahorrar las seis lucas mensuales que gasto en mi suscripción al CDF. Hoy he despertado con el curioso sentimiento de que el fútbol chileno, por el que tanto llegué a sufrir, me importa lo mismo que el último estreno de Nicolás López o la temporada de ballet del Teatro Municipal: nada.

Gracias a usted y sus socios entiendo por fin de qué se trata esta actividad -tan absurda en el fondo- que me consume dinero, tiempo, cariño y sanidad mental. De un paraguazo he perdido todo interés en el campeonato nacional y podré llenar esas tardes lánguidas que ocupaba viendo pichangas malas en cualquier otro hobby: pasear por el mall, empinar el codo en las schoperías del barrio, mirar el techo o rascarme la rodilla izquierda.

De verdad gracias, don Jorge y compañía, por ponerme en perspectiva la relevancia del fútbol, algo que en realidad no es mucho más de lo que acusan sus detractores: 22 pelotas a sueldo corriendo detrás de otra pelota. Por fin comprendo que al ser “hincha” de un club sustento un negocio privado con el que no comparto nada a nivel ideológico, económico ni moral; a empresarios que, aunque les llene los bolsillos a cambio de muy poco, siempre me tratarán con la punta del pie.

Gracias a Jorge Segovia -y a Federico Valdés y a quien sea el dueño de Colo Colo- puedo vivir más tranquilo. Asumo así que el “superclásico” de esta tarde, por el que antes hubiera amanecido con dolor de guata, no es más que un gallito entre dos amiguis con plata capaces de caminar tomaditos de la mano si el billete lo justifica. Con cierta incomodidad, admito que desde el jueves último la suerte de la Universidad de Chile ya no me quita el sueño y que hoy me encantaría ser fanático de una institución que no me avergonzara tanto y tan seguido.

En particular le agradezco, señor Segovia, por dejarnos todo claro -y no dar pie a interpretaciones- al encabezar un proyecto articulado en mes y medio por tres sociedades que aspiran al monopolio del fútbol y Miguel Nasur. Como no pretendo enfrentar querellas, al respecto sólo diré una cosa: ¡Miguel Nasur! Felicitaciones, además, por ser tan machote como para desdeñar la opinión de Chile y, de paso, abrirles las puertas de la ANFP a esas rentables empresas que cada año suman más clubes a su patrimonio: agencias de factoring y transnacionales intermediarias de pases de jugadores.

Finalmente gracias, Jorge Segovia, por echar a Don Marcelo Bielsa. Al marcharse, el Loco nos deja una fabulosa lección de decencia, compromiso y dignidad que espero yo mismo seguir en el futuro. El miércoles, durante su conferencia de prensa, aprendí muchas cosas: la más obvia es que estos tres años fueron los más bonitos que como hincha chileno del fútbol pude vivir. Teniendo eso claro, de ahora en adelante no me conformaré con nada; en lo que a pelota se refiere, siempre diré que con nuestro querido Bielsa tocamos techo. Gracias entonces, Segovia, por dejarnos tan claro qué es bueno y qué es malo. Gracias.






en Las Últimas Noticias, 7 de noviembre 2010














domingo, noviembre 07, 2010

"Me voy de Chile", de Cristián Warnken





Me voy de Chile. Me amparo en el inalienable derecho que me da ese hermoso verso de nuestro Himno Nacional: "El asilo contra la opresión". Me voy del Chile donde la palabra empeñada no vale nada, a pesar de que mi viejo y muchos viejos de la ingenua y antigua república nos enseñaron a sostenerla contra viento y marea, incluso en las peores tempestades.


Me voy del Chile donde la lógica de la pasión por el poder está por sobre el amor al bien común. Me voy del Chile donde la expresión "hacer las cosas bien" alguna vez significó algo, pero ahora es sólo una muletilla para sacar del camino a los que de verdad hacen las cosas bien.

Me voy del Chile donde su gente, la gente anónima, los hinchas, los militantes de base, los que sostienen con su lealtad y pasión las grandes empresas y los grandes actos y épicas, son sólo un adorno, un dígito, para focus groups o encuestas o elecciones (cuando votan), pero que no valen nada cuando se toman las grandes decisiones.

Me voy del Chile que no soporta la grandeza, el talento, la genialidad, el vuelo propio, todo lo que se eleva sobre la línea media de reverberación del pantano local; el Chile del resentimiento, el que mató arteramente a Portales, el que jodió a Andrés Bello, el que se farreó a Mayne-Nicholls y a Bielsa.

Me voy del Chile de las cúpulas, las alianzas sagradas y abstractas, el lobby , las relaciones públicas, la imagen, la comunicología, las "cosas nostras", el Chile donde campea el "parecer" sobre el "ser".

¿Pero adónde y cómo me voy de este país que amo, donde nací y quiero morir?

¿Qué hacemos los chilenos, los chilenos náufragos de derecha, centro o izquierda, creyentes o agnósticos, liberales o conservadores, los trabajadores o empresarios, los estatistas o libremercadistas; los hinchas de la Católica, la Chile o el Colo Colo, el Audax o Santiago Wanderers, que, transversalmente, por encima de diferencias ideológicas o creencias o camisetas sienten que el hacer las cosas bien significa también hacer el bien y de buena manera, sacrificando los intereses individuales o corporativos por un objetivo superior y más noble que cualquier defensa de mezquinos intereses y pequeñas parcelas?

No hay adónde irse ni asilarse. Pero sí hay que irse del Chile maquiavélico y cada vez más cínico, hay que hacer que ese Chile muera adentro de cada uno de nosotros, para que así pueda nacer o renacer otro Chile mejor que éste que estamos viendo con estupor, decepción y tristeza. Un Chile noble, un Chile con modelos a seguir y no con máscaras, un Chile que sale a la cancha a ganar el único partido que no podemos darnos el lujo de perder por autogoles olímpicos: el partido en que se juegan juntos la calidad, la decencia y la nobleza.

Por eso me voy de Chile y me quedo en Chile. Me quedo donde duele. Me quedo en la galucha, en la pichanga de barrio, en los clubes chicos, en la radio a pilas en que una voz muy potente nos invita a no arriar la bandera ante el enemigo por esta infame derrota. Me autoexilio en la segunda división, en la tercera, en la cuarta, en las profundidades todavía puras de las canchas ninguneadas. Me voy con Bielsa, me voy con Mayne-Nicholls, me voy con ellos para que el Chile de verdad vuelva.















sábado, noviembre 06, 2010

"Sueños", de Marcel Proust







En tiempos de aquella mañana cuyo recuerdo quiero fijar sin saber por qué, estaba ya enfermo, permanecía en pie toda la noche, me acostaba por la mañana y dormía durante el día. Pero en aquel entonces todavía estaba muy cerca de mí una época que esperaba ver volver, y que hoy me parece que la ha vivido otra persona, en la que me metía en la cama a las diez de la noche y, tras algún breve despertar, dormía hasta la mañana siguiente. A menudo, apenas se apagaba mi lámpara, me dormía tan de prisa que no tenía ni tiempo para decirme que ya me dormía. Y media hora después, me despertaba la idea de que ya era hora de dormirme, quería soltar el periódico que se me antojaba tener aún entre las manos, diciéndome "Ya es hora de apagar la lámpara e ir en busca del sueño", y me maravillaba mucho de no ver a mi alrededor más que una oscuridad que todavía no era quizá tan descansada para mis ojos como para mi espíritu, a quien le aparecía como algo sin razón e incomprensible, como algo verdaderamente oscuro.

Volvía a encender, miraba la hora: todavía no era medianoche. Oía el silbido más o menos lejano de los trenes, que señala la extensión de los campos desiertos por donde se apresura el viajero que va por una carretera a la próxima estación, en una de esas noches bañadas por el claro de luna, plasmando en su recuerdo el placer compartido con los amigos que acaba de dejar, el placer del regreso. Apoyaba mis mejillas contra las hermosas mejillas de la almohada que, siempre repletas y frescas, son como las mejillas de nuestra infancia a la que nos aferramos. Volvía a encender un instante para mirar mi reloj; todavía no era medianoche. Éste es el momento en que el enfermo que pasa la noche en una posada desconocida y que se despierta presa de una crisis pavorosa, se regocija al advertir una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué felicidad! Ya es de día, dentro de un momento se levantarán los de la pensión, podrá llamar, acudirán a prestarle ayuda. Padece con paciencia su sufrimiento. Precisamente ha creído escuchar un paso... En este momento la raya de luz que brillaba bajo la puerta desaparece. Es medianoche, se acaba de apagar el gas que había confundido con la luz de la mañana, y habrá que estarse la larga noche sufriendo intolerablemente sin ayuda.

Apagaba, me volvía a dormir. Algunas veces, como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía de una mala postura de mi pierna; surgida del placer que yo estaba a punto de disfrutar, me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo que sentía en ella su propio calor quería unirse a ella, y yo me despertaba. Los demás mortales se me antojaban como algo muy remoto comparados con aquella mujer a la que acababa de dejar, aún tenía la mejilla caliente por sus besos, el cuerpo derrengado por el peso de su cuerpo. Poco a poco se desvanecía el recuerdo, y había olvidado la muchacha de mi sueño con la misma celeridad que si hubiese sido una verdadera amante. Otras veces me paseaba durmiendo por esos días de nuestra infancia, percibía sin esfuerzo esas sensaciones que desaparecieron para siempre con el décimo año, y que tanto querríamos conocer de nuevo en su insignificancia, como cualquiera que no pudiese volver a ver ya jamás el verano experimentaría la propia nostalgia del ruido de las moscas en la habitación, que anuncia el sol caliente de fuera, incluso el zumbido de los mosquitos que anuncia la noche perfumada. Soñaba que nuestro viejo cura iba a tirarme de los bucles, lo que había sido el terror, la dura ley de mi infancia. La caída de Cronos, el descubrimiento de Prometeo, el nacimiento de Cristo, no habían podido librar del peso del cielo a la humanidad hasta entonces humillada, como lo había hecho el corte de mis bucles, que se había llevado consigo para siempre la aterradora aprensión. En realidad, llegaron otras penas y otros miedos, pero el eje del mundo había cambiado de centro. Al dormir volvía a entrar con facilidad en aquel mundo de la antigua ley, y no me despertaba hasta que, habiendo intentado escapar en vano al pobre cura, muerto desde hacía tantos años, sentía que me tiraban con fuerza de los bucles por detrás. Y antes de reanudar el sueño, haciéndome bien presente que el cura había muerto y que yo tenía el cabello corto, ponía sin embargo buen cuidado de construirme con la almohada, la manta, mi pañuelo y la pared un nido protector, antes de regresar al mundo fantástico en el que a pesar de todo vivía el cura, y yo tenía bucles.

Las sensaciones que tampoco tornarían más que en sueños caracterizan los años que quedaron atrás y, por poco poéticas que sean, se cargan de toda la poesía de esa edad, de la misma forma que nada está más lleno del tañido de las campanas de Pascua y de las primeras violetas que esos últimos fríos del año que estropean nuestras vacaciones y obligan a encender el fuego durante el desayuno. No me atrevía a hablar de esas sensaciones, que retornaban algunas veces durante mi sueño, si no apareciesen casi revestidas de poesía, separadas de mi vida presente, y blancas como esas flores de agua cuya raíz no agarra en tierra. La Rochefoucauld dijo que sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Lo mismo sucede con esos placeres solitarios que no nos sirven luego más que para burlar la ausencia de una mujer, para figurarnos que ella está con nosotros. Pero a los doce años, cuando me iba a encerrar por primera vez en el retrete situado en la parte alta de nuestra casa de Combray, donde pendían collares de semillas de lirio, lo que yo iba a buscar era un placer desconocido, original, que no era la sustitución de otro. Para ser un retrete era una habitación muy grande. Cerraba con llave a la perfección, pero la ventana permanecía siempre abierta, dejando paso a una joven lila que había crecido en la pared exterior y había metido su olorosa cabeza por el resquicio. Allí tan alto (en el desván de la quinta), estaba absolutamente solo, pero esta apariencia de hallarme al aire libre añadía una deliciosa turbación al sentimiento de seguridad que a mi soledad prestaban los fuertes cerrojos. La exploración que entonces hice de mí mismo en busca de un placer que ignoraba no me habría proporcionado más sobresalto, ni pavor, si se hubiera tratado de practicar una operación quirúrgica incluso en mi médula y mi cerebro. En todo instante creía que iba a morir. Pero, ¡qué me importaba!, mi pensamiento exaltado por el placer se daba cuenta de que era más vasto, más poderoso que este universo que percibía por la ventana a lo lejos, de cuya inmensidad y eternidad solía pensar con tristeza que yo no constituía más que una porción efímera. En aquel momento, por muy lejos que las nubes se agolparan por encima del bosque sentía que mi espíritu aún iba un poco más allá, no estaba repleto del todo por ella. Sentía cómo mi mirada poderosa llevaba en las niñas de los ojos, a modo de simples reflejos carentes de realidad, hermosas colinas abombadas que se alzaban como senos a ambos lados del río. Todo eso se detenía en mí, yo era más que todo eso, yo no podía morir. Tomé aliento un instante; para tomar asiento sin que me molestara el sol que lo calentaba, le dije: "Quita de ahí, pequeño, que voy a ponerme yo", y corrí el visillo de la ventana, pero la rama de la lila no me dejaba cerrar. Por último ascendió un brote opalino en impulsos sucesivos, como cuando surge el surtidor de Saint-Cloud que podemos reconocer —pues en el manar incesante de sus aguas tiene la individualidad que traza con gracia su curva sólida— en el retrato que dejó Humbert Robert, aunque la multitud que lo admiraba tenía... (laguna en el manuscrito) que producen en el cuadro del viejo maestro pequeñas valvas rosadas, rojizas o negras.

En aquel instante sentí como una ternura que me envolvía. Era el olor de la lila que en mi exaltación había dejado de percibir y que llegaba ahora a mí. Pero un olor ocre, un olor de savia se mezclaba como si yo hubiese tronchado la rama. Sólo había dejado sobre la hoja un rastro plateado y natural, como deja un hilo de araña, o un caracol. Pero en aquella rama, me parecía como el fruto prohibido del árbol del mal. Y como los pueblos que atribuyen a sus divinidades formas no organizadas, fue bajo la apariencia de hilo plateado del que se podía tirar casi indefinidamente sin ver su cabo, y que debía yo extraer de mí mismo a contrapelo de mi vida natural, como a partir de entonces me representé yo durante algún tiempo al diablo.

A pesar del olor de rama tronchada, de ropa mojada, lo que prevalecía era el suave olor de las lilas. Venía a mi encuentro como todos los días, cuando iba a jugar al parque situado fuera de la ciudad, mucho antes incluso de haber percibido de lejos la puerta blanca junto a la que balanceaban, como viejas damas bien formadas y amaneradas, su talle florido, su cabeza emplumada, el olor de las lilas llegaba frente a nosotros, nos daba la bienvenida en el caminillo que bordeaba de abajo arriba el río, en donde los rapazuelos ponen botellas en la corriente para coger pescado, brindando una doble idea de frescor porque no sólo contienen agua, como en una mesa donde le dan el aspecto del cristal, sino que son contenidas por ella y reciben una especie de liquidez, allí donde se aglomeraban los renacuajos en torno a las pequeñas bolas de pan que arrojábamos, como una nebulosa viva, hallándose todos un momento antes en disolución e invisibles dentro del agua, poco antes de atravesar el puentecillo de madera en cuya rinconada, con el buen tiempo, un pescador con sombrero de paja se abría camino entre los ciruelos azules. Saludaba a mi tío que seguramente lo conocía, y nos hacía señales de que no hiciéramos ruido. Y sin embargo nunca he sabido quién era, nunca lo encontré en la ciudad, y así como hasta el cantante, el pertiguero y los niños del coro llevaban, cual los dioses del Olimpo, una existencia menos gloriosa de la que yo les atribuía en cuanto herrero, lechero, e hijo de tendero, en cambio, al igual que nunca había visto al jardinerillo de estuco que había en el jardín del notario más que entregado siempre a obras de jardinería, nunca vi al pescador más que pescando, en la estación en la que el camino se espesaba con las hojas de los ciruelos, con su chaqueta de alpaca y su sombrero de paja, en el momento mismo en que las campanas y las nubes deambulaban ociosas por el cielo vacío, en que las carpas ya no pueden soportar por más tiempo el tedio de la hora, y con una sofocación nerviosa saltan apasionadamente por los aires a lo desconocido, en donde las amas de llaves miran su reloj para decir que todavía no ha llegado la hora de merendar.





en Ensayos y artículos, 1922














viernes, noviembre 05, 2010

"El rincón de Hardt", de Friedrich Hölderlin






E
l bosque baja con la cuesta,
y cuelgan como capullos
las hojas de su interior.
Debajo florece un suelo
que no carece de palabras,
pues por allí
pasó Ulrich. A menudo, ya listo,
un gran destino medita,
sobre su umbral,
en un sitio apartado.





en Poesía completa, 1977














jueves, noviembre 04, 2010

"Un tercero en discordia", de Robert Burton








En su Vida de Apolonio, refiere Filostrato que un mancebo de veinticinco años, Menipio Licio, encontró en el camino de Corinto a una hermosa mujer, que tomándolo de la mano, lo llevó a su casa y le dijo que era fenicia de origen y que si él se demoraba con ella, la vería bailar y cantar y que beberían un vino incomparable y que nadie estorbaría su amor. Asimismo le dijo que siendo ella placentera y hermosa, como lo era él, vivirían y morirían juntos. El mancebo, que era un filósofo, sabía moderar sus pasiones, pero no ésta del amor, y se quedó con la fenicia y por último se casaron. Entre los invitados a la boda estaba Apolonio de Tiana, que comprendió en el acto que la mujer era una serpiente, una lamia, y que su palacio y sus muebles no eran más que ilusiones. Al verse descubierta, ella se echó a llorar y le rogó a Apolonio que no revelara el secreto. Apolonio habló; ella y el palacio desaparecieron.





en The Anatomy of Melancholy, 1621














miércoles, noviembre 03, 2010

“Interrogaciones”, de José Leandro Urbina








En noviembre, después de más de dos meses de ausencia, he decidido arriesgarme a visitar mi casa. Es el comienzo de una tarde soleada y no hay casi nadie en la calle. Me abre la puerta mi madre y yo entro rápidamente. La gran casona está vacía, mi padre y mis hermanos siguen presos. Mi madre ha estado sola todo este tiempo y tres días por semana va al estadio a tratar de saber noticias de los nuestros. Mientras cruzamos el patio hacia la cocina, me dice que tiene la esperanza de que los dejen libres para las navidades. Antes de cruzar el umbral se detiene y tomándome la mano me pregunta:

-¿Usted cree que existirá Dios, mijito?-.

Yo la miro, más pequeña, más envejecida, y pienso que esa mujer que me mira con sus ojos ansiosos, como si mi respuesta fuera un veredicto, ella, mi madre, ha ido a la iglesia cada domingo y fiesta de guardar por más de cuarenta y cinco años. Entonces, viéndola así, yo, que hace mucho tiempo que no lloro, sin responderle, me abrazo a ella y lloro desvergonzadamente.




en Las malas juntas, 2000














martes, noviembre 02, 2010

“Naturaleza muerta en Innsbrucker Strasse”, de Antonio Cisneros







Ellos son (por excelencia) treintones y con fe en el futuro.
Mucha fe.
Al menos se deduce por sus compras
(a crédito y costosas).
Casaca de gamuza (natural),
Mercedes deportivo color de oro.
Para colmo (de mis males) les ha dado además por ser eternos.
Corren todas las mañanas (bajo los tilos)
por la pista del parque y toman cosas sanas.
Es decir, legumbres crudas y sin sal,
arroz con cascarilla, aguas minerales.
Cuando han consumido todo el oxigeno del barrio
(el suyo y el mío)
pasan por mi puerta (bellos y bronceados).
Me miran (si me ven)
como a un muerto
con el último cigarro entre los labios.





en Monólogo de la casta Susana y otros poemas, 1986














lunes, noviembre 01, 2010

“Transformé la memoria en el eje de mi vida”. Entrevista al cineasta Patricio Guzmán, de Ángeles Diez

Entrevista realizada durante su estancia en Madrid en la que dirigió el curso sobre documental impartido por la asociación DOCMA





“Santiago dormía al pie de la cordillera sin ninguna conexión con la tierra […] la vida era provinciana, nunca ocurría nada y los presidentes de la república caminaban por la calle sin protección, el tiempo presente era el único tiempo que existía; esta vida tranquila se acabó un día; un viento revolucionario nos lanzó al centro del mundo, yo tuve la suerte de vivir esa aventura noble que nos despertó a todos, esa ilusión quedó grabada para siempre en mi alma”, son palabras de Patricio Guzmán en su más reciente documental "Nostalgia de la luz"; con ellas nos pregunta por el futuro de Chile, el que tantas veces interroga en sus trabajos anteriores “En nombre de Dios” (1987), “El caso Pinochet” (1999-2001) “Salvador Allende” (2004) y, por supuesto, “La Batalla de Chile” (1972-79). Sus documentales son testigos incómodos para un presente que se intenta cerrar en falso no sólo en Chile sino en muchos otros lugares en los que la desmemoria es la coartada de la impunidad.

Patricio Guzmán es un hombre cercano que inspira una tremenda confianza, con el que podrías pasarte horas y horas conversando, aprendiendo. Compromiso político, ética y sentido del humor, forman un maridaje perfecto que impregna su obra y su persona. Se encuentra en Madrid impartiendo un curso sobre documentales y sin que lo supiéramos -ironías de la vida-, el mismo día que grabábamos esta entrevista se producía el golpe de Estado en Ecuador.

Durante el seminario Patricio se refiere a la centralidad que ocupa la memoria en sus trabajos: Cuando yo estuve preso, el oficial que me interrogó me dijo usted "se ha equivocado por completo, yo le voy a enseñar dónde se ha equivocado y escribió en un papel Geografía, Raza, Cultura y Religión"; me dijo, “geografía, porque usted está en un régimen marxista que viene del Asia, no tiene nada que ver con América del Sur; Raza, usted es blanco, ellos son caucásicos, usted no tiene nada que ver; Cultura, usted pertenece a la cultura occidental, y religión, este régimen es ateo y debemos ser católicos”. Ese papel, todavía lo recuerdo porque me enseñó la importancia de denunciar ese fascismo que en mi país se había entronizado, y por lo tanto transformé la memoria en el eje de mi vida, y cuando yo hago una película sobre la memoria es diferente que la de otro que no ha pasado por esa experiencia que no ha estado al borde del fusilamiento ni ha hablado con ese hombre.

Patricio se ha ganado el derecho a contar la historia, a rescatar del olvido los testimonios de las madres, de las esposas, de las mujeres que fueron torturadas y que una sociedad que mira para otro lado trata de silenciar. “Volvió el inicio de la democracia en este país y yo no podía dormir, lloraba todo el tiempo… este país es todavía un país que niega su historia –dice una mujer entrevistada- niega el derecho a la dignidad, eso es lo que más te duele”.

A lo largo del seminario vamos descubriendo su forma de mirar: “el trabajo del documentalista es ordenar el caos de la realidad desde nuestra propia subjetividad” –nos dice-, nos acerca a los directores que le conmueven, Viswanadhan, Depardon, Latour, Fritke… Nos hace sentir su pasión por un género que dice es frágil y tiene el tiempo de la vida. Con una gran amabilidad acepta que le entreviste para Rebelión, ocupando el tiempo de su descanso entre sesión y sesión y pide a la organizadora del evento que nos dejen un rincón silencioso y si nos podrían traer unos cafés solos.





Aun siendo uno de los creadores de mayor prestigio en el campo del documental, se encuentra en Madrid impartiendo un curso que no va dirigido a especialistas sino también a amateurs, ¿por qué le interesa hablar a un público no profesional?
Me interesa mucho dar clases porque me gusta la difusión del documental, creo que el documental es un género muy valioso para informar, para contrainformar y para hablar de lo que el cine de ficción no habla. El documental es un derecho del ciudadano. Así como hay alumbrado público, piscinas y aparcamientos… el ciudadano tiene derecho al documental y en España por desgracia no hay mucho documental… Hoy en día con las cámaras digitales muchas personas que no tienen preparación muy profunda pueden hacer un documental muy interesante y por eso el curso está abierto a todo el mundo. Hay muchos talentos documentales que no se atreven a consolidar su vocación porque las cadenas de televisión son una barrera y muchas veces te rechazan sistemáticamente los proyectos, la gente se desanima, se aísla y no sigue adelante. Yo creo que puedes hacer un documental en tu casa, puedes tener una cámara modesta y hacer tu propio documental, por qué no. Yo creo en la autoproducción. No creo en la infalibilidad de los canales de televisión, hay gente que va de experta; hay gente competente por supuesto pero hay muchos que se equivocan y te dicen “no, esta película no la va a ver nadie, esta película no es para nosotros, se adelanta a su tiempo, está atrasada a su tiempo… tenemos diez películas de tipos que incendian la selva amazónica… y no queremos tu película”, la mayor parte de las veces se equivocan. La palabra profesional me infunde muchas sospechas en el campo artístico, aquí lo que vale es el talento, la creatividad y no la profesionalidad, la profesionalidad es obvia, si pintas tienes que aprender a pintar, si compones tienes que saber música, se puede aprender la sintaxis del cine en una año, el problema es el talento.


Dices en la introducción de tu página web que “un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías” ¿Cómo es el álbum de fotografías de España comparado con el resto de Europa?
España tiene un interesante y muy valioso movimiento de cine de ficción de todos los tiempos, desde los grandes clásicos con Buñuel a la cabeza hasta hoy. Creo que el cine de ficción español ha conquistado el mundo, me refiero a los técnicos, a los directores, a los actores, a los montadores… pero el cine documental no ha tenido esas figuras. Nos hubiera gustado que Buñuel hiciera diez tierras sin pan para que hubiese esa figura que nos habría ayudado mucho, que hubiese ese patriarca que los holandeses ven en Joris Ivens. No se ha desarrollado el cine documental como debería. Y todo eso a pesar de que España es un país de cine documental por naturaleza porque vive hacia fuera, las ventanas están abiertas, la gente habla, habla con gestos, proyecta la voz, habla bien... la gente tiene talento para hablar, es locuaz... el paisaje español es magnífico… Pero no está dentro de los países documentalistas.


Una de tus obras más conocidas sigue siendo La Batalla de Chile, no sólo es un documento histórico de valor incalculable para entender el Chile contemporáneo. ¿Por qué crees que sigue teniendo tanta actualidad?
Desde el punto de vista formal es una película que le da la palabra al adversario, eso es muy importante. Normalmente el cine militante o el cine de intervención –como lo llaman algunos- se preocupa sólo del punto de vista que interesa al grupo que hace la película. Pero creo que es muy importante darle la palabra al otro, al que está enfrente de ti, al que está luchando contra ti porque de esa manera puedes hacer una película con mayor poder de convicción porque tú ves delante de ti cómo era la derecha chilena y cómo era la izquierda, tú por lo tanto, en tu cabeza ves cual es el rol de cada cual. En cambio el cine militante, el cine de derechos humanos, el cine indigenista suele ser unilateral y con eso no convences a nadie. Desde el punto de vista formal es un factor que hace que la Batalla de Chile dure… Desde otro punto de vista, el hecho que describe la Batalla de Chile es completamente universal, un presidente que hace una revolución por cauces pacíficos en pleno auge de la guerrilla latinoamericana, cuando el Che estaba vivo y cuando Cuba se propone como país de la guerrilla de la revolución armada, Allende hace todo lo contrario y gana. Es decir, Allende tenía claro que se podía hacer una revolución, o por lo menos cambios radicales, sin pagar el precio de una guerra civil. No le gustaba el partido único, no le gustaba la dictadura del proletariado, protestó contra la invasión de Checoslovaquia, protestó contra el aplastamiento de Hungría. Allende era un hombre de izquierdas atípico, no era dogmático y eso hace de él un personaje de futuro. Allende denuncia en las Naciones Unidas a las transnacionales que se van a apoderar del control del mundo, por encima del control político, porque ningún parlamento las encauza, eso hace de Allende y de la Unidad popular una excepción y por eso dura la película.


¿Tiene sentido hoy el cine militante, el cine reivindicativo?
Sí, claro, porque pasa lo mismo que con el cine directo que se inventó en los sesenta. El cine directo todavía está presente en el documental contemporáneo, está mejorado, no está en estado puro pero está ahí porque es consustancial al documental. Del mismo modo los grandes problemas de la humanidad y la contrainformación que configuran elementos de cine militante siguen estando en las películas de hoy porque es completamente necesario. Si hoy las televisiones anestesian a la gente con mayor razón es necesario contar qué está pasando en la franja de Gaza, por ejemplo, porque si le haces caso a lo que dice CNN, conoces el cinco por ciento de lo que allí pasa, hay que saber lo que la gente discute allí, lo que allí pasa… es necesario el documental. Es más necesario que nunca. Alguien tiene que denunciar lo que pasa. El cine militante ya no es lo que era pero sigue siendo un cine incómodo y necesario.


¿Se puede hacer hoy cine independiente, no subordinado a los criterios de mercado ni a los intereses de las distribuidoras?
Es bien difícil porque siempre se necesita algo de dinero, porque tienes que recurrir a fundaciones, a filántropos… hay canales de televisión que todavía son abiertos y eclécticos pero la tendencia general es controlarlo todo. Sobre todo los americanos o los ingleses que te dicen haz este documental, pero quieren controlarlo todo. Los franceses respetan más al autor, tienen más confianza en él que en el productor. Pero se trata de la excepción francesa.


¿Tú vives en París, verdad?
Sí, no hace mucho, sólo doce años.


Bueno eso es bastante ¿no?
Sí, bueno, puede ser.


Tu última película Nostalgia de la luz fue seleccionada en el festival de Cannes 2010 pero previamente fue rechazada por varios canales franceses. ¿De qué va la película? ¿Qué es esa luz de la que sientes nostalgia y por qué fue rechazada?
Nostalgia de la luz es una película metafórica que habla del pasado más remoto y del pasado reciente. Es una película que se interesa en demostrar que el presente no existe y que toda nuestra vida se articula alrededor del tiempo pasado. Para ello utilizo la metáfora de la astronomía, de la arqueología y de las mujeres que todavía buscan a sus desaparecidos en el desierto. El escenario es el desierto de Atacama porque todo se encuentra allí, tanto los telescopios como los arqueólogos, las momias y los restos que Pinochet enterró, hay cerca de 1.000 cuerpos que no han aparecido. En este escenario desértico instalo la película… Está teniendo una excelente acogida, salen 34 copias en Francia el día 27 de octubre. No tuve el apoyo necesario porque cuando te sales de los cauces temáticos normales siembras la desconfianza entre los jefes de unidad documental porque es más que una película, es una reflexión filosófica y metafísica. Cuando tú haces esto se ponen a temblar. Hoy lo que prima es la desconfianza, me cerraron casi todas las puertas. Afortunadamente pude acceder a una subvención de TVE en un raro gesto de generosidad, a otra pequeña subvención y dos amigos que me prestaron dinero. Yo no cobré salario, mi mujer que es la productora tampoco cobró y la productora ejecutiva chilena tampoco. Paradójicamente esta película tan rechazada fue presentada con honores en el festival de Cannes, subí la escalera con la alfombra roja y afortunadamente todo fue bien, pero uno se pregunta, ¿cómo es posible que se equivocaran tanto?


Ayer decías en la sesión del curso que el documental es lento y frágil como la vida, que por eso no se lleva bien con la televisión ni con el ritmo acelerado que imprime el mundo moderno. Sin embargo, en los últimos años, a pesar de Internet, de la Televisión, del video clip, se percibe un cierto resurgimiento del documental, no por parte de los productores o los gestores de los productos audiovisuales, pero sí en la cantidad de cineastas que optan por el documental, sobre todo el documental de autor, y por el éxito que tienen algunas obras que consiguen superar los obstáculos de la distribución gracias a los espectadores. Estoy pensando por ejemplo en La pesadilla de Darwin, Ser y Tener, La dignidad de los nadies. ¿Por qué, a pesar de todos los pronósticos, el documental sobrevive?
Hay una línea delantera compuesta por 12 ó 15 películas que han triunfado, pero la enorme mayoría de los documentales no han tenido esa suerte, de tal manera que el triunfo de Ser y Tener, que ni siquiera Nicolás lo soñó, el de la Pesadilla de Darwin, de cuyo realizador también soy amigo, más las películas de Michael Moore, las de Herzog, la película del monasterio “El gran silencio”, también tuvo una gran acogida, pero el grueso seguimos a la intemperie… Sé que esta última película va a dar que hablar, que películas como Salvador Allende, El caso Pinochet... son internacionales pero somos una minoría quienes hemos tenido ese privilegio, la mayoría sigue con bajos salarios, con pocas posibilidades de hacer documentales, por lo tanto seguimos en una precariedad general, hay que cambiarlo todo. Pero el documental no va a desaparecer. Lo que se va a acabar es la televisión, el documental no porque es necesario.




en Rebelión, octubre 2010














sábado, octubre 30, 2010

"La una y la otra quebradas", de Christian Formoso








1

Seguirás creyendo en mí cuando me parta, cuando me vuele la cabeza por ti. Tengo sueño todo el día por tus manos, dilatadas mis pupilas con tus ojos, a un costado de tu casa abrir mis venas, y vaciar toda mi sangre a tus pies; me desvelo pensando con quien sueñas, el calor del río de la sangre, es poco persistente y doloroso.




2

Que encuentres tú mi cadáver, que no sea tu madre la bandera ondulada, que el viento no me lleve sin que me veas tú, porque por ti me hice el muerto, como un perro, y eso el olvido no merece.




3

Me recogiera tu mano y me sembrara, al fondo de tu patio y tu ventana, y me regaras con tu llanto por mí, por mí lloraras día y noche sin parar, y mi semilla fuera fértil en tus venas, y naciera en ti mi sueño y mi memoria, y tu sueño fuera yo dentro de ti, el sueño, el cementerio más hermoso, por nacer regado de tu llanto.





en El cementerio más hermoso de Chile, 2008














viernes, octubre 29, 2010

"Señales de Ruta de Juan Luis Martínez", de Enrique Lihn / Pedro Lastra





La nueva novela, libro inabordable para las empresas editoriales chilenas, fue publicado por su autor en 1977, después de larga sedimentación. Sin ser un objeto de lujo, en la medida en que sigue siendo un libro, se resiste sin embargo y por todos los medios técnicos y formales a una definición genérica. La nueva novela y La poesía chilena (1978) -obra ésta que prescinde ya de los caracteres atribuidos a y esperables de un libro- son las partes salientes del iceberg impredecible que es el trabajo inédito de Juan Luis Martínez, poeta de Valparaíso nacido en 1942: el decano de los poetas jóvenes y no reconocido mentor y orientador de estos sondeos de la nueva ruptura, instancia que Eduardo Llanos reconoce como Neovanguardia, atendiendo a sus tácticas de ocupación de la escena; pero el caso de Juan Luis Martínez es incompatible con esa conducta extrovertida: la suya es más bien la de un "sujeto cero" que se hace presente en su desaparición, y que declara e inventa sus fuentes, borgeanamente.

El sistema de citas y referencias de Juan Luis Martínez no es sólo lingüístico sino semiológico en un sentido amplio; abundan entre ellas las que provienen de la fotografía, de la gráfica propia y ajena, del diseño anónimo con fines didácticos, de la iconografía popular de personajes célebres, etc.

Todo libro es temporal, en la medida en que lo datan sus referentes culturales, y es durable mientras lo actualicen las lecturas sucesivas. Nos parece que La nueva novela es el proyecto utópico de escapar a la temporalidad, manipulando esos referentes de las maneras más contradictorias, entre las cuales anotamos:

- la declaración de referentes canónicos, hiperreconocidos;
- el elitismo y la sofisticación de otros;
- el pasaje por las culturas y por las épocas;
- el emplazamiento del sujeto de los textos en el centro móvil de una circunferencia -el libro- de gran amplitud de radios. Las coordenadas también son móviles. Resultado: la imposibilidad de precisar el punto de intersección de las líneas que constituyen esa trama.

La amplitud y complejidad de las referencialidades produce la reducción voluntaria del corpus de lectores, destinados a integrar un tipo de cofradía como la de los sabios de Tlön, que repiten su identidad de generación en generación.

La producción de dicho tipo de lectores forma parte de este imposible designio de escapar a las lecturas distanciadas que pueden sorprender la temporalidad a la que el libro se niega, acentuándose en su calidad de generador de espejismos. Si la cofradía de lectores producida por el tejido que es La nueva novela se repite a sí misma en el tiempo, se congela la temporalidad del libro. Pero también podría ser que el autor apelara a un lector histórico, atento a los índices temporales, confundiéndolo con trucos de prestidigitador, bombardeándolo con efectos de intemporalidad, forzándolo a reajustar sus fechas una y otra vez.

Quienes descreemos de la eternidad -nos contamos entre ellos- tendríamos que trabajar arduamente para contextualizar y temporalizar La nueva novela. Nos limitaremos sólo a ciertas sugerencias.

Parece indudable que las lecturas y saberes de los que se alimenta Juan Luis Martínez se extienden a todos los campos en los que el lenguaje fragiliza los criterios de verdad y de realidad, por encima de la presunción de verosimilitud. "No es su verdad sino su aire de verdad lo que constituye el valor de ciertas obras de arte" (M. Riffaterre): Esto -que es demasiado obvio en lo que concierne a algunos falsos silogismos, herencia de la antipoesía inglesa de la que se derivaron productos irregulares en la poesía surrealista- accede a la mayor sutileza cuando J.L.M. responde como un arquero afgano ante su presa vertiginosa y da justo en el jabalí. Es entonces cuando "construye un mundo coherente a partir de NADA, sabiendo que: YO = TU y que TODO es POSIBLE" (p. 33).

Dos o tres poemas sobre desapariciones, dispersos en distintas secciones del libro, pero que remiten unos a otros, son el tema de lo que sigue:
"La desaparición de una familia", que adelanta en la página 121 del libro tres notas y la promesa de un epígrafe, emerge varias páginas después desde un apartado que cumple la promesa del "Epígrafe para un libro condenado: La política", en la ironía cortante de Francis Picabia: "El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la Patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos" (p. 135).

Existiría una relación de suplemento entre el texto y el epígrafe en el sentido derridiano: el epígrafe es lo que le sobra y le falta al texto. Picabia se refiere a la Patria como madre inmoladora, imagen que desaparece en el poema y es conmutada por la casa. "La desaparición de una familia" hace de la casa lo que Picabia hace de la Patria, otorgándole un derecho a muerte que, en términos fotográficos, acercaría el negativo a lo real más que el revelado. Todas las características que hacen de la casa un lugar cerrado, acotado y protector, y los trayectos rituales de sus moradores, se espectralizan guardando sus formas. La casa es el mundo como lugar abierto, desprotegido y amenazante, que en lugar de sustraer de los peligros de la existencia los condensa y los especializa, señalándole a cada uno el modo y el lugar específicos de su desaparición.

Para mayor abundancia, digamos que la inestabilidad de las señales de ruta (que se borran, se olvidan, se confunden, no se oyen, siendo que en una casa esas señales forman parte de un código arquitectónico) la desconstruyen conservándola fantasmáticamente intacta.

Las impresiones que estamos reuniendo se confirman por las dos voces que se leen -sin producir ningún efecto de oralidad- como textos de un "estilo fantasmal": funcionalmente anacrónicos. La primera vez es como la de un narrador omnisciente de una novela tradicional; la segunda materializa la figura del padre, cuyo registro verbal combina el tono didáctico, asertivo, de mentor y guía, con la inutilidad de un saber paradójico que no resuelve nada (todos desaparecen a pesar de sus advertencias).

El efecto de desaparición recorre el poema temática y estilísticamente. En este último nivel, la textura marmórea y sin relieve de la "escritura que habla" refuerza ese efecto.

Nos parece que una de las felicidades de este poema disfórico proviene de la energía de "bricoleur" de su autor, experto en el arte combinatoria y en la frecuentación submarina de las escrituras con-sagradas y de las literaturas sumergidas. En el teatro de sombras que es esta casa se entrevén las presencias de Dante, Lewis Carroll, Jean Tardieu, N. Parra. J. Cortázar, los surrealistas, los filósofos del lenguaje y, sin duda, otras que se nos escapan.

Esto en lo que se refiere a los autores de occidente, que aportan sus índices de familiaridad; pero parece obvio que el norte de Martínez es el oriente, no sólo por las paráfrasis y citas falsas o verdaderas del budismo Zen, sino por la aplicación de lo que Fenollosa consideraba el método científico de la poesía y del sistema ideográfico de los chinos, por oposición a las abstracciones del pensamiento occidental. El trabajo de J. L. M. está animado por una noción de la "ciencia oriental" que redunda en su forma de hacer poesía occidental: la "nosimismidad" ensimismada del sujeto que habla, que proviene de la oposición "sí mismo"/"no sí mismo". Buda opone la ilusión de la individualidad -el sí mismo, condenada a percibir ilusoriamente el mundo- al no sí mismo como una manera de acceder a la iluminación o a la verdadera sabiduría (en un comentario de esta doctrina se lee que "mientras hay luces y sombras, el principio de la individualidad nos abruma"). De aquí el efecto de transtemporalidad que produce la escritura de J. L. M.: la tentación de lo innombrale, la conciencia de las polaridades, el simultaneísmo de los opuestos, el desasimiento emotivo, la escenificación de la coexistencia de los tiempos como enseña el Avatamsaka (ilustrada en "La casa del aliento").

La propuesta de Martínez es la de una autoría transindividual, que quiere superar desde el oriente la noción de intertextualidad según se ha entendido en occidente, donde los textos de base están presentes en las transformaciones del texto que los reprocesa; pero en Martínez ella parece resolverse en la negación de la existencia de las individualidades en la literatura, al hacer fluir bajo nombres distintos una misma corriente, que es y no es él. Recuérdese una frase clave de "Observaciones sobre el lenguaje de los pájaros": "...la eternidad incesantemente recompuesta de un jeroglífico perfecto, en el que el hombre jugaría a revelarse y a esconderse a sí mismo..." (p. 126).

Esa frase pertenece a la nota 5 del apartado "Notas y referencias", que tiene por objeto comentar el poema "Observaciones relacionadas con la exuberante actividad de la 'confabulación fonética' o 'lenguaje de los pájaros' en las obras de J.P. Brisset, R. Roussel, M. Duchamp y otros".

En la tesitura del mismo "método científico de la poesía", que hace irrisión de los métodos descriptivos de la ciencia occidental, se elabora una teoría de la comunicación que se pone en duda a sí misma y que socava todo intento de hacer comunicable esa teoría (nos gustaría recordar al lector, en este punto, los versos de Martín Adán que socaban a su vez la comunicabilidad de la poesía: "Poesía se está de fuera: / Poesía es una quimera / Que oye ya a la vez y al dios. / Poesía no dice nada: / Poesía se está callada, / Escuchando a su propia voz". La piedra absoluta.

Si tuviéramos que racionalizar el poema de Martínez, diríamos que el ardid del texto consiste en el empleo de las nociones de lenguaje y de signo retirándole al lenguaje su dimensión semántica y, consecuentemente, al signo uno de sus dos elementos constitutivos: el significado. La transparencia de los signos, dicha en el poema, alude al hecho de que el significante no cubra ningún significado. Recuérdese que la metáfora de F. de Saussure para referirse a los dos constituyentes del signo (significante y significado) es la del anverso y el reverso de una misma lámina. El signo al que se refiere J.L Martínez es un anverso que carece de reverso, y el "lenguaje vacío" es un lenguaje asemántico. Adviértase la complementación contradictoria entre la inanidad del "canto de los pájaros" con la descripción de un lenguaje como sistema cerrado, coherente: malla que es transparente porque carece de significado, pero que es irrompible porque tiene las propiedades de un sistema.

Entendemos este poema como una poética referida a todas las artes cuyo lenguaje no es literalmente descifrable: la pintura, la música, la poesía misma, pues lo que dice el poema está en lo que convoca el lenguaje (discurso retórico) y no en su lectura referencial. El poema es una confabulación en la que el lenguaje de la ciencia occidental, oblicuamente empleado, se entreteje con ese orientalismo que hemos mencionado, en un juego de efecto humorístico que explora subliminalmente su problema: decir y no decir. Ante los reclamos de un discípulo de Buda que ha recibido de él las escrituras en unos ejemplares en blanco, Buda responde: "No es necesario que grites. Esos rollos en blanco son las verdaderas escrituras, pero como veo que sois demasiado ignorantes, no habrá más remedio que escribir algo en ellos" (cf. Mariano Antolín y Alfredo Embid, Introducción al budismo Zen: Enseñanzas y textos, Barcelona, Barral Editores, 1974, p. 30. Del mismo libro proceden todas las citas que hemos coleccionado y que agotan nuestro conocimiento del tema).











1987












jueves, octubre 28, 2010

“Despedida”, de Jorge Luis Borges








Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo…
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.






en Fervor de Buenos Aires, 1923














miércoles, octubre 27, 2010

"A un viejo púgil", de Jorge Teillier





Revistas color sepia, programas de matches estelares,
el par de guantes firmados por el Presidente
cuando ganó el Campeonato
colgados junto al retrato de la Difunta
lo hacen buscar la gloria del Álbum amarillento
y mientras hierve el agua en el anafe
va recordando la cara del público y sus rivales
a quienes el tiempo les ha contado diez.

La tarde cuelga frente a su ventana
como una raída y sucia bata de combate,
y él vuelve a bailotear en el ring,
siente ovaciones en la tarde muerta.

No crean que está solo
mientras prepara el café
y hace guantes frente al espejo
que le muestra su nariz rota y sus orejas de coliflor.

Todas las tardes regresan sus admiradores
que en la estación se empujan para llevarlo en hombros
a la vuelta de su gira triunfal
y lo dejan en la primavera del césped de pez—castilla
donde —como le prometió a su madre—
sueña que ha esquivado —sin despeinarse— los golpes del olvido.










en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985.