lunes, marzo 15, 2010

“Cantos a Anadir”, de Stella Díaz Varín






I

Yo estaba como aquel a quien le han sido arrancados los ojos por una manada de serviles águilas. Y mi sangre entonces era vertida en el pozo más oscuro de mi casa junto con el estiércol y las palomas muertas.

Yo era aquel a quien servía de morada la tumba de sus antepasados; -silvestre, como todas las tumbas silvestres.

Yo era aquel a quien el amado confundió con una sola de sus caricias aprendidas de la esposa. Me venía por el costado un suave sopor, y me dormía queriéndola a ella, pensando en ella con en la primera amadora. Para mí, ella era él; entonces ya no sabía si mis venas eran mías o si mis dedos recorrían verdaderamente mis muslos, deseando encontrar los poros, más debajo de la piel.

Pero un día fui mío y me escurrí como un pez sediento hasta mi vientre, y estuve en él por largo tiempo y nací.


¡Oh, extraña coincidencia! Me sentía suave y voluptuoso porque era el comienzo –y creí en esos instantes, que cada vez podría hacer lo mismo; era tan bello no compartir nada, no dar nada, aun cuando recordaba haber besado ardientes labios.

Más, el amado repitió mi nombre varias noches y fue como si el hijo recién nacido cantara una canción de cuna para su madre. Ya no lloraba, y sin embargo tenía las cuencas salobras y prendidas de las comisuras. Para mí, nunca se arrodilló el día, y veía el sol a través de la noche, porque toda mi vida era una sola noche precipitada y solitaria.

Anadir, agita tu mano blanca y aguda y dime si la noche alguna vez dejará sus pisadas procelosas y habitará en tus ojos para siempre.

Anadir, eres suave como el tallo de una flor de esparto y puedes ser mía; te daré a beber inolvidables zumos y serás inmortal como tu amante. Ven, acerca tu aguda mano blanca hacia el nacimiento de mi cabello y sabrás cómo crece, bulliciosamente, como las cascadas y la hojas y la hierba perezosa del camino.

Anadir, si te dijera que acabas de nacer junto conmigo me tendrás más confianza, pero ya ves, la fatalidad ronda mis puertas y no puedo mentirle, pero descenderé desde mis comienzos para estar contigo y podré besar tu ardiente mejilla. Entonces tu planta bailará sobre los cristales líquidos de la lluvia y reirás como una niña recién parida.




II

Como si después de tanto tiempo uno pudiera seguir existiendo, Anadir. ¿Acaso cada cosa que sucede no significa el destierro de un mero corazón, apenas comenzado?

Desde tu ausencia me he arrebatado mar, me hundo en la arena tibia, como en tu cuerpo; te diviso, más que te imagino, sobre la última ola azul. Siempre vas precedida de puertos y de mástiles y de extraños barcos silenciosos, y un coro ronco de marineros se sumerge contigo en el oscuro seno movedizo. Entonces la tristeza y la soledad hacen presa de mí, y me revuelvo como un pez despreciado y moribundo.

¡Ay, si la ola negra de tu cabellera me sepultara, y vivir pudiera en mares desconocidos, donde el almizcle y el yodo tiñeran mi piel y bebiera el sudor angustioso de la esclavitud!

Más que la muerte que conocemos y está en nosotros, deseo la vida ignorada, más allá del mar y sus emanaciones, más allá de la montaña y sus nieves, más allá del fuego y su lengua amiga y acariciadora.



Qué sería de mí si el espíritu del mal huyera de mi lado y no pudiera poseerte, Anadir:

Partiría mi sien derecha con una roca, para que los pájaros marinos bebieran en mi cráneo y pudieran hablarte, cuando te paseas en el horizonte, con tu coro ronco de marineros borrachos de muerte.




III

Hoy he cruzado una calle, donde los niños huelen a viejos trapos en desuso y, donde cuya única bebida es el agua pútrida que almacena la calle incolora. Las gentes seguían mi paso de sabio bailarín adolescente y miraban mi vestido... Una sensación de abandono y sueño se apoderó de mis ojos y no miraba ya, sino esas extrañas figuras fosforescentes que el párpado encierra en la oscuridad y que tan confidencialmente nos regala, como un presente de sombras.

Para ir a ver al herrero, muchas veces he cruzado la misma calle, y los niños y los perros me siguen, y los gatos abandonan su propio calor para excitarme con su morbidez las pantorrillas.

Y vi al herrero Anadir. Estaba él con su casaca de piel y su brazo, largo como un péndulo, oscilando del garfio de la fragua; sus ojos verdes tan grandes como su frente y oblicuos, miraban la llama roja que iluminaba su pecho y sus hombros. Es casi un niño y es alto y magro como un pobre árbol pobre.

El herrero es mudo Anadir, y no tiene sino sus ojos para conversar, y como sus ojos son tristes y están siempre fijos en el fuego, yo creo que el herrero se quedó mudo voluntariamente, porque su mirada no juega ni parlotea como la mirada de los hombres vulgares que yo veo en las esquinas, a la salida de las iglesias, o en las tabernas, donde bebo mi vino por las noches.

Cuando él duerme con las manos bajo la nuca, sin sacarse la pelliza, sueña con sus grandes cuencas verdes, en las herraduras brillantes y blandas con que adorna los cascos de los potros voladores. Una cabalgata sonora lo lleva lejos y él va con su cuadriga, por los caminos estrellados, en busca del fuego que no se consume, más allá de la vida, a errar en la eternidad.















en Licantropía, 1998









Fotografía de Paz Errázuriz














domingo, marzo 14, 2010

"Nostalgias del Far West", de Jorge Teillier





a Mary Crow

No soy un General activo ni en retiro
y sólo he sentido silbar balas en mis oídos
en las matinés de los miércoles y domingos
en el Teatro Real del Pueblo.

Allí aprendí que la justicia se hacía al margen de la Ley,
que estaba a cargo de Tom Mix, o Shane el Desconocido.
Al final los pillos, los malos y los delatores
serían castigados
y el jovencito se casaría con la niña.

Añoro los grandes espacios—trigales de las llanuras,
en estos valles estrechos y áridos
“donde el silencio se amortaja como si estuviera muerto”
y me llama la sirena de un bar de Tucson o Fort Collins.

No me gusta Búfalo Bill, torpe cazador de bisontes,
que vendió a Calamity Jane como artista de circo.
Estoy al lado de Sitting Bull y Crazy Horse
que decía que todos los blancos estaban locos
tan locos como Custer que murió con las botas puestas
junto a su Regimiento de asesinos de niños y mujeres
no sin antes pedirle un día de tregua a los Sioux para escapar.

Nostalgias del Far West. Nostalgia de Globe—Trotters
          y de los pioneros.
Saludo a los Hermanos Clayton y Doc Holiday
el mejor pistolero y dentista del O.K. Corral.
Estoy donde Don Rocha frente a un vaso de whisky.
Sí, nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños
y trigales infinitos, de lunas azules y de un tiempo sin tiempo.










1993















sábado, marzo 13, 2010

"Ronin", de David Mamet y J. D. Zeik

Escena




En una habitación se observa una maqueta de un castillo japonés en donde se libra una lucha. A un costado, en un escritorio, trabaja Jean-Pierre, amigo de Vincent, el que ha llegado junto a Sam para extirparle una bala a este último. Sam entra.

Jean-Pierre: ¿Te sientes mejor?

Sam: Sí, bastante como para moverme. (Mira hacia la maqueta)

Jean-Pierre: Mi afición. Uno se hace viejo.

Sam: Mis amigos sólo querían vivir para abrir un bar.

Jean-Pierre: De vivir, ¿lo harían?

Sam niega con la cabeza.

Jean-Pierre: Se han evitado una desilusión.

Sam: Exactamente.
...
Jean-Pierre: ¿Quién es usted?

Sam: Uno que, como usted, trata de retirarse.

Jean-Pierre: Al final somos castigados por nuestra bondad.

Sam: No se preocupe por mí. No le haré daño.

Sam insiste en mirar la maqueta.

Jean-Pierre: Los 47 ronin... ¿Los conoce? (Sam niega con la cabeza) Los 47 samuráis cuyo amo fue traicionado y asesinado se convirtieron en ronin, samuráis sin señor, deshonrados por la traición de un hombre. Durante tres años trataron de ser ladrones, mercenarios, incluso locos. Aún no he tenido tiempo de hacerlos. Después, entraron en el castillo del traidor y lo mataron.

Sam: Bien. Me gusta. Como mi trabajo.

Jean-Pierre: Hay algo más. Los 47 se hicieron el seppuku, un suicidio ritual en el patio del castillo.

Sam: Bueno, eso no me gusta.

Jean-Pierre: Pero lo entiende.

Sam: ¿Qué quiere decir?

Jean-Pierre: El código de guerra, el placer de la batalla. Lo entiende, ¿verdad? Pero también algo más. Sabe que hay algo fuera de usted que hay que hacer. Y cuando se va la necesidad, cuando muere la fe... ¿Qué es usted? Un hombre sin amo.

Sam: Soy un hombre sin cheque.

Jean-Pierre: Los ronin pudieron trabajar para otros señores. O luchar por sí mismos. Pero eligieron el honor. Eligieron el mito.

Sam: Eligieron mal.











1998















viernes, marzo 12, 2010

Código de Hammurabi

Selección



Ley 2: Si uno embrujó a otro y no puede justificarse, el embrujado irá al río, se arrojará; si el río lo ahoga, el que lo ha embrujado heredará su casa; si el río lo absuelve y lo devuelve salvo, el brujo es pasible de muerte y el embrujado tomará su casa.

Ley 17: Si uno capturó en el campo un esclavo o esclava prófugos y lo llevó a su dueño, el dueño del esclavo le dará dos siclos de plata.

Ley 18: Si este esclavo se niega a dar el nombre de su amo, se lo llevará al palacio y su secreto será allí develado, y se lo devolverá al amo.

Ley 20: Si un esclavo perece en casa de su captor, éste lo jurará al amo del esclavo, y será libre de responsabilidad.

Ley 21: Si uno perforó una casa, se lo matará y enterrará frente a la brecha.

Ley 99: Si uno dio dinero en sociedad a otro, partirán por mitades ante los dioses los beneficios y las pérdidas que se produzcan.

Ley 109: Si se reúnen rebeldes en casa de una comerciante de vino de dátiles con sésamo y ésta no les toma y conduce al palacio, será muerta.

Ley 110: Si una sacerdotisa que no viva en el claustro, ha abierto una taberna de vino de dátiles con sésamo, o ha entrado para beber vino de dátiles en la casa de vino de dátiles con sésamo, a esta mujer liberal se la quemará.

Ley 127: Si uno ha dirigido su dedo contra una sacerdotisa o la esposa de otro, y no ha probado, se lo arrojará ante los jueces y se marcará su frente.

Ley 128: Si uno tomó una mujer y no fijó las obligaciones, esta mujer no es su esposa.

Ley 129: Si una casada es sorprendida yaciendo con otro hombre, se los atará y se los arrojará al agua. Si el marido deja vivir la esposa, el rey dejará vivir a su servidor.

Ley 130: Si uno violó la esposa de otro, que no había conocido al hombre y habitaba en la casa de su padre, y se ha acostado sobre ella, si es sorprendido este hombre sufrirá la muerte, y la mujer quedará libre.

Ley 131: Si a una mujer, el marido la ha echado y si ella no había sido sorprendida en adulterio, jurara ante dios, y volverá a su casa.

Ley 134: Si uno ha sido tomado prisionero y en su casa no hay de qué comer, si su esposa entró en la casa de otro, esta mujer no es culpable.

Ley 136: Si uno abandonó su ciudad, huyó, y si luego de su partida su esposa entró en casa de otro, si el primer hombre vuelve y quiere retomar su esposa, como él ha desdeñado su ciudad y huido, la esposa del prófugo no volverá con su marido.

Ley 141: Si la esposa de uno, que habita en la casa de este hombre, quiere irse y si tiene el hábito de hacer locuras, divide y desorganiza la casa, y ha descuidado la atención de su marido, se la hará comparecer y si el marido dice que la repudia, la dejará ir y no le dará nada para el viaje ni precio de repudio. Si el marido decide no repudiarla, el marido tomará otra mujer, esta mujer (la primera) habitará en la casa del marido como esclava.

Ley 146: Si uno tomó una esposa de primera categoría y ella dio una esclava a su marido, y si la esclava tuvo hijos, si luego esta esclava es elevada (en el aprecio del esposo) a igual categoría que la patrona por haber tenido hijos, su patrona no la venderá, la marcará y la tendrá entre sus esclavas.

Ley 148: Si uno tomó una esposa y si una enfermedad se apoderó de ella, si él desea tomar otra esposa, la tomará. Su esposa de la que se apoderó la enfermedad, habitará en la casa, y mientras viva, será sustentada.

Ley 153: Si la esposa de uno lo hace matar por causa de otro hombre, irá al patíbulo.

Ley 154: Si uno “conoció” su hija, se lo expulsará de la ciudad.

Ley 155: Si uno eligió novia para su hijo y su hijo la ha “conocido”, y luego él se acostó con ella y ha sido sorprendido, se lo arrojará al agua.

Ley 157: Si uno, después de su padre, se acostó sobre el seno de su madre, serán los dos quemados.

Ley 158: Si uno, después de su padre, es sorprendido en el seno de la mujer del padre que ha dado hijos a este padre, y que los ha criado, será expulsado de la casa de su padre, y desheredado.

Ley 192: Si el hijo de un favorito o de una cortesana, dijo al padre que lo crió o la madre que lo crió: "tú no eres mi padre", "tú no eres mi madre", se le cortará la lengua.

Ley 193: Si el hijo de un favorito o de una cortesana ha descubierto la casa de su padre, ha tomado aversión al padre y la madre que lo han criado, y se fue a la casa de su padre, se le arrancarán los ojos.

Ley 194: Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió (porque) la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos.

Ley 195: Si un hijo golpeó al padre, se le cortarán las manos.

Ley 196: Si un hombre libre vació el ojo de un hijo de hombre libre, se vaciará su ojo.

Ley 197: Si quebró un hueso de un hombre, se quebrará su hueso.

Ley 198: Si vació el ojo un muskenun o roto el hueso de un muskenun, pagará una mina de plata.

Ley 199: Si vació el ojo de un esclavo de hombre libre o si rompió el hueso de un esclavo de hombre libre, pagará la mitad de su precio.

Ley 202: Si uno abofeteó a otro hombre libre superior a él, recibirá en público 60 golpes de látigo de nervio de buey.

Ley 205: Si el esclavo de un hombre libre abofeteó un hijo de hombre libre, se cortará su oreja.

Ley 206: Si uno, en una riña, hirió a otro, este hombre jurará: "no lo he herido a propósito" y pagará el médico.

Ley 209: Si un hombre libre golpeó la hija de un hombre libre y la ha hecho abortar, pagará diez siclos de plata por lo perdido.

Ley 210: Si la mujer muere, se matará su hija.

Ley 211: Si se ha hecho abortar a la hija de un muskenun a causa de golpes, pagará cinco siclos de plata.

Ley 212: Si la mujer muere, pagará media mina de plata.

Ley 213: Si ha hecho abortar a la esclava de un hombre libre, pagará dos siclos de plata.

Ley 214: Si la esclava muere, pagará un tercio de mina de plata.

Ley 218: Si un médico hizo una operación grave con el bisturí de bronce y lo ha hecho morir, o bien si lo operó de una catarata en el ojo y destruyó el ojo de este hombre, se cortarán sus manos.

Ley 229: Si un arquitecto hizo una casa para otro, y no la hizo sólida, y si la casa que hizo se derrumbó y ha hecho morir al propietario de la casa, el arquitecto será muerto.

Ley 230: Si ello hizo morir al hijo del propietario de la casa, se matará al hijo del arquitecto.

Ley 232: Si le ha hecho perder los bienes, le pagará todo lo que se ha perdido, y, porque no ha hecho sólida la casa que construyó, que se ha derrumbado, reconstruirá a su propia costa la casa.

Ley 233: Si un arquitecto hizo una casa para otro y no hizo bien las bases, y si un nuevo muro se cayó, este arquitecto reparará el muro a su costa.

Ley 235: Si un botero ha calafateado un buque para otro y no ha hecho bien su obra, y ese año el barco se rompió, tuvo una avería, el botero destruirá este buque y de su propia fortuna pagará un buque sólido y lo dará al propietario del buque.

Ley 240: Si el buque del que sube la corriente, choca y hunde al buque del que baja con la corriente, el propietario del barco hundido, declarará ante dios todo lo que perdió en su buque, el barquero del buque que remontaba la corriente, que ha hundido el buque del que descendía la corriente, le pagará su buque y todos los bienes perdidos.

Ley 244: Si uno alquiló un buey o un asno y si en los campos el león los ha matado, la pérdida es para el dueño.

Ley 245: Si uno alquiló un buey y por negligencia o golpes lo ha hecho morir, devolverá al dueño del buey, buey igual por buey.

Ley 246: Si uno alquiló un buey y se quebró una pata o se cortaron los nervios de la nuca, devolverá al dueño del buey, buey igual por buey.

Ley 250: Si un buey furioso corneó en su carrera a un hombre, y éste murió, esta causa no trae reclamación.

Ley 278: Si uno compró un esclavo varón o hembra y antes del mes una enfermedad de parálisis lo ataca, devolverá el esclavo al vendedor y recuperará su plata.

Ley 282: Si el esclavo dice a su amo: "tú no eres mi amo", su amo lo hará condenar porque era esclavo suyo, y se le cortará la oreja.













1760 a.C.











jueves, marzo 11, 2010

"Terremotos en Chile", de Carlos Franz





La violencia de la naturaleza es cultura en Chile. Cada generación ha recibido su bautismo en el "cinturón de fuego" del Pacífico. Así como en Europa la guerra fue el rito de pasaje de cada época, en Chile lo es un gran temblor. Sismos mayores ocurren en promedio cada 10 años, en esa zona. El país había tenido suerte durante un cuarto de siglo, desde el último terremoto (el 3 de marzo de 1985).

La mayor parte de la población en Chile es muy joven y no había pasado por ese trance. Ahora, las generaciones más recientes acaban de recibir su bautismo de miedo, atrasado. Los jóvenes desconcertados se palpan, se sacuden el polvo, despiertan de su sueño de seguridad. Y sin saberlo, o apenas, se integran a una vieja tradición chilena: la supervivencia. Tradición severa: de la terquedad, del ingenio en la escasez, de la sobriedad que produce el escepticismo sobre la duración de las cosas materiales.

Hacemos una fogata en la calle, nos consolamos bromeando sobre la tragedia, dudamos del Estado —y de la naturaleza—, decidimos no esperar más y nos ponemos a reedificar lo derribado. No quedará muy bonito. No será completamente antisísmico. Pero, en países como el nuestro, se aprende de niño que es imposible asegurarse del todo contra "uno de los grandes". Difícil olvidarlo. No hay casa antigua en Chile que no tenga al menos una gran grieta. Cada diez años, en promedio, se tapa y repinta. Pero sabemos que sigue ahí: un rayo que se trasluce bajo el revoque y la pintura. Bajo la aparente solidez nuestra de cada día.

Ese cambio que la naturaleza puede producir en la conciencia lo experimentó el joven Darwin, también en Chile. En 1835 vivió un gran sismo y maremoto que arrasó esa misma zona de Concepción. Escribió: "Un terremoto destruye nuestras más viejas presunciones: la tierra, el emblema mismo de la solidez, se ha movido bajo nuestros pies, como una delgada costra sobre un fluido. En segundos se crea una extraña idea de inseguridad, que horas de reflexión no habrían producido".

Esa idea sobre la inseguridad de la tierra se graba en la memoria, hasta los huesos. Tenía seis años, en 1965, cuando sufrí mi primer bautismo sísmico. Estoy viendo a mi padre, desnudo en el salón, bajo una pesada lámpara de cristal que se bamboleaba sobre su cabeza. Desde la calle le gritábamos que saliera. Él, dividido entre el pudor y el miedo, vacilaba bajo esa araña que iba a aplastarlo. El año 1971 Chile me bautizó otra vez. Pasamos una noche en la calle, a oscuras, en el barrio viejo de Santiago, ateridos de frío. Cuando nos dejaron volver a la casa descubrí un gran trozo de cornisa, de mi tamaño y peso, más o menos, acostado sobre mi cama. ¿Por cuántos segundos me salvé? Mi abuelo, curtido en temblores, decía que cada presidente se inauguraba con un terremoto. En 1964, Frei Montalva; en 1970, Allende. En 1973 Pinochet no necesitó ayuda de la naturaleza para hacer el suyo. Ahora, Piñera asumirá con uno de los peores sismos de nuestra historia. Pero esa es la normalidad chilena. Lo anormal había sido este cuarto de siglo sin grandes sacudidas (mientras la presión se acumulaba).

Como nuestra juventud, nuestros observadores externos también se habían malacostumbrado. "Chile, el país más estable de Latinoamérica", es un tópico que, incluso quienes lo celebramos, nos vemos obligados a relativizar. Pareja de ese mito es aquel otro de que somos el país más desigual. Triste destino de los países lejanos y pequeños: ser simplificados y mitificados. Ahora, cuando en una ciudad devastada y a oscuras unas turbas saquean los supermercados, no falta el corresponsal que lo achaca a la desigualdad social. No señor. Ni éramos tan prósperos y ordenados hasta hace una semana; ni ahora hemos mostrado la cara horrenda del "milagro chileno". Aguarde usted a que una tormenta, de verdad "perfecta", deje a una urbe europea sin electricidad ni agua, y con el 60% de sus casas dañadas, y recordará lo que es la naturaleza humana. Apague usted la luz en todo Nueva York durante una noche, como hace años, y luego aténgase a la ley de la selva.

Heinrich von Kleist, que nunca estuvo en América, escribió su relato El terremoto de Chile, inspirándose en el seísmo de 1647 que arrasó Santiago. Una piadosa multitud que tras el desastre se aprestaba a orar, pidiendo perdón por sus pecados, se lanza enseguida sobre una pareja adúltera a la que culpa del castigo divino y los descuartiza. Para Kleist, por cierto, el remoto Chile era sólo una metáfora de la humanidad. No un mito de estabilidad o injusticia.

La violencia de la naturaleza es terrible. Pone en jaque nuestros ideales. Pero asimismo nos recuerda que no controlamos esa delgada costra de tierra, y civilización, donde caminábamos tan confiadamente. Al cambiarnos el paisaje, el temblor también nos obliga a mirarnos y cambiar. ¿Es el sismo un precio muy alto por ese cambio? Sí. Pero los sobrevivientes deshonraríamos a los muertos si no muriéramos un poco con ellos, si no cambiáramos. Como le ocurrió a Darwin, el terremoto también destruye nuestros prejuicios y presunciones. Vacuna contra el materialismo, al derrumbarlo cada tanto. Templa el carácter de un pueblo. Chile saldrá mejor de esta prueba.











En El País, 6 de marzo, 2010











Colaboración a Dscntxt de Izaskun Arrese








miércoles, marzo 10, 2010

“El llanto sometido de los espejos”, de Carmen García







La sonrisa de mi madre temblando en las esquinas
tosiendo el líquido amarillo
jugábamos con un revólver
aparecían mariposas desde mi vestido
nos enceguecíamos con el reflejo del sol
todo se iba quemando de a poco
las hojas, los insectos que caían en manos de niños con espejos
los ojos de mi padre se iban quemando
los habitaban cucarachas negras
el líquido amarillo que mi madre tosía
mi madre también era un bicho
temía a los espejos y a veces amanecía cubierta
hablaba a niños con espejos
la rodeaban y amanecía cubierta
aparecía en los espejos
con las manos ocupadas en las mariposas
ella derramaba la leche porque estaba amarilla
bebía agua salada y se iba secando de a poco
como las hojas o los insectos de niños con espejos
se iba secando
sobre la leche derramada
con los pechos salados
cucarachas en los pechos
negra la orina de mi madre
se quejaba al orinar
tosía el líquido amarillo, le dolía al orinar
mi madre amanecía cubierta de bichos
tenía espuma en la boca
y hablaba el lenguaje de los ciegos.






en La insistencia, 2004













martes, marzo 09, 2010

"Thomas Hardy: God's education", de Armando Roa Vial

Collage sobre diversos poemas del autor



Si la ilusión hubiera sido tarjada de este libro, si mares, hombres y bestias yacieran abatidos para siempre, si clausurado el universo el sufrimiento cesara de ensañarse, aún así la raza humana no se daría por satisfecha. Sin un porvenir auspicioso dejé a mis criaturas, hombres escuálidos y pacientes, cuyos despojos insisten en escribir mi epitafio. No puedo revocar sus aflicciones y llantos. El remordimiento quiso redactar, pero el destino insistió en borrar. Ahora el rencor es el protagonista más poderoso de mi firmamento. Fui amo de los hombres pero nada ya me deben. Parece un despropósito que sus vidas insignificantes prosigan desalojándome entre párrafos fallidos o versos inconclusos, el arte malogrado de este «pequeño dios exiliado de Dios».












en Elogio de la melancolía, 2008










lunes, marzo 08, 2010

"Los heraldo negros", de César Vallejo







Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé.

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... Pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!





en Los heraldos negros, 1918












domingo, marzo 07, 2010

"Nuestros bárbaros", de José Luis Ugarte

A propósito de los saqueos en Concepción/Chile tras el terremoto de 8,8° del 27 de febrero, 2010



Vergüenza –me imagino- debieron sentir tanto funcionario, ministro de Hacienda, empresario y en fin, tanto hechizado con el modelo económico chileno cuando el terremoto dejaba a la vista sus pies de barro: saqueos por doquier, violencia desatada y sujetos ayer considerados respetables consumidores en cuotas que se convertían en cuestión de horas en bárbaros que no respetaban nada.

Qué habrán dicho de nosotros –hasta el viernes en la madrugada el país ejemplar del capitalismo latinoamericano- tanto hechizado con nuestra propaganda y la de los organismos internacionales –FMI, OCDE, etc.- cuando constaban la cruel realidad: chilenos que parecían sacados más bien de un país africano que de un país que se suponía estaba en el umbral del desarrollo.

En sociedades altamente desiguales, en cambio, la cohesión y la lealtad social escasean y son sustituidas por la fuerza y el miedo –la mano dura como gusta decir a tanto chileno.

El discurso ramplón se encenderá en el lugar común: se trata de delincuentes y pillines que se aprovecharon de la ocasión.

Pero ya no estamos para tamaña simplicidad.

Qué duda cabe, se trata de delitos. Pero eso es tan obvio. No explica por qué nuestros pobres se transformaron tan rápido en nuestros bárbaros.

La pregunta que deberíamos hacernos no es la evidente, de si son legalmente reprobables estos actos –que lo son- sino una mucho más difícil: ¿por qué en Chile apenas el orden se retira –cuando el brazo armado de la ley deja de atemorizar- los sectores más pobres se sienten con el legitimo derecho de saquear y tomar aquello que de otro modo –los legales- no alcanzan?

¿Por qué tan poca lealtad con la sociedad?

¿Alguien se imagina pillaje y caos social en países como Suecia o Alemania después de un terremoto como el que vivimos? ¿Ciudadanos convertidos en saqueadores llenos de rencor, rabia y violencia?

Es difícil imaginarlo, para ser honestos. En sociedades tan integradas como esas, que han hecho su mejor esfuerzo por incluir y distribuir hacia todos, existen altos grados de lealtad hacia el resto. En sociedades altamente desiguales, en cambio, la cohesión y la lealtad social escasean y son sustituidas por la fuerza y el miedo –la mano dura como gusta decir a tanto chileno-.

La sensación de injusticia y de exclusión altamente extendida entre los pobres –que tantas veces se ha diagnosticado como “escandalosa desigualdad”- hace que nuestra sociedad esté pegada con el mismo pegamento que esos edificios nuevos que hoy se derrumban.

Es que pedir a tanto chileno que recibe el sueldo el mínimo, que no tiene mayores derechos laborales ni quienes lo representen –en Chile los sindicatos no existen-; que no tienen ni salud ni educación pública de calidad, que de súbito muestre lealtad y compromiso –y no sólo miedo a la cárcel- con un modelo que los excluye –respetando el sagrado derecho de propiedad- es simplemente una ingenuidad que el terremoto ha hecho caer como la cúpula de la Divina Providencia.

En ese sentido, no es difícil entender por qué los ganadores en nuestro modelo –unos pocos- exhiben y exigen alta lealtad a las reglas –incluidas las que protegen de mejor manera sus triunfos, como es la propiedad. Lo difícil es pretender que los perdedores de siempre –nuestros eternos pobres- tengan lealtad hacia reglas que no sólo no han diseñado sino que mirada nuestra historia, han estado marcadas desde siempre a favor de los mismos.

El terremoto –quién lo iba a decir- ha desnudado al capitalismo chileno mostrando vergonzosamente sus pies de barro. Ni nuestra mejor propaganda ni la de los organismos financieros puede esconder que a la hora de repartir entre todos nuestros beneficios, nos parecemos más a los países africanos que a los del primer mundo con los que nos gustaría compararnos.

Podemos –como lo hemos hecho por 200 años- cerrar los ojos y rasgar vestiduras diciendo que lo que falta es virtud y que la solución es la clásica mano dura.

Pero nadie podrá esconder la nueva víctima desnuda: el modelo chileno –ese que hace inflar el pecho de orgullo a nuestra pequeña elite empresarial y política- está pegado con barro. Sólo el garrote lo mantiene en buena parte de nuestra sociedad.

Y nuestros bárbaros seguirán ahí esperando otra ocasión para que la ley se retire y ellos vuelvan a hacer justicia por propia mano – con rabia y rencor- para con un sistema al que poco le han importado durante mucho tiempo.

Demasiado quizás.















Fotografía para Reuters de José Luis Saavedra










Publicado originalmente en El mostrador









sábado, marzo 06, 2010

“Recordando a Miguel Serrano”, de José Miguel Serrano







El 28 de febrero se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Miguel Serrano, mi padre. Escritor, diplomático, filósofo, fue un chileno viajero por tierras y mundos sin límites. Era, en cierto sentido, inalcanzable para sus compatriotas por su Cosmovisión hermética y cargada de antiguos conocimientos, que fueron estudiados -o, mejor dicho, perfeccionados-, en los Himalayas y los Alpes, en India y Suiza, lugares donde residió durante dos fructíferas décadas.

Fue Embajador en Yugoslavia y Austria, pero su destinación más importante sería en India, donde cultivó la amistad de muchos yoghis y Siddhas, como también la de Nehru, Indira Gandhi y el Dalai Lama (fue el único extranjero que le recibiera en los Himalayas cuando escapó de la invasión china del Tibet). Buscó incansablemente el conocimiento místico basado en la metafísica del hinduismo, que le posibilitara encontrar los "centros" desde los cuales se dirigen los destinos de la humanidad y su evolución espiritual, en las profundidades del Himalaya. Fue reconocido en India y en Occidente como un gran experto en estas materias.

Con más de cuarenta títulos publicados, sus obras más importantes, a mi juicio, son Quien Llama en los Hielos (expedición a la Antártica), Las Visitas de la Reina de Saba (prologada por C. G. Jung), El Círculo Hermético, La Flor Inexistente y Elella, Libro del Amor Mágico. Dejaré que sean algunos pasajes seleccionados de estas últimas dos obras los que hablen por mi padre, donde la magia, lo extrasensorial y lo espiritual forman parte de la esencia misma del mensaje.


La primera flor

"Junto a la casa había un jardín. Mis primeros compañeros de juego fueron las raíces, las hojas, y esos espíritus de la naturaleza que hablan a los niños".

"Un día, del interior de una flor asomó una mano y me hizo señas para que me aproximase. Un niño no se asusta con eso; no me extrañó, pues, ver la mano. En cambio, me preocupó que la invitación fuese para entrar en la flor. Poco después, la flor se deshojó. Quise recoger sus pétalos y reconstruirla; pero no me fue posible. Pensé entonces en armar una flor de papel pintándola de colores vivos. Muchos días pasé en mi trabajo, hasta que la flor estuvo terminada. La llevé al jardín y la puse en el lugar donde apareciera la mano. Si la flor hubiese estado bien hecha, la mano volvería a asomar. Pero la mano no vino, no retornó más. Mi flor no podía competir con las del jardín, pintadas por el buen Dios".

"En aquel momento dejé de ser un niño y no pude seguir conversando con las plantas, las raíces, los espíritus, ni con las manos que aparecen y desaparecen en los jardines. Había entrado en competencia con la naturaleza y con el buen Dios; había contraído, sin saberlo, el compromiso mortal de crear una flor".

La Flor Inexistente
. Londres, 1969


El maestro habla de las flores de loto

"Están ahí -dijo-, aún cuando en verdad son flores inexistentes. Son más bien una posibilidad, una virtud del alma. Ellas crean tu doble etérico, tu cuerpo de aire. Pero tendrás que inventarlas. Es como un jardín en sombra; para que puedas ver tus flores, tienes que hacer la luz. La luz se llama Kundalini; encendiéndola, encontrarás los estrechos senderos que te llevan de flor en flor. Kundalini es, además, la abeja que liba en cada flor".

"Todo esto que no existe, es más verdadero que lo existente. La inmortalidad es como una flor que nadie ha visto. Deberá ser inventada. No de otro modo eres inmortal. Ciego, sin ver, deberás cultivar de noche las flores de tu jardín".

Elella, Libro del Amor Mágico
. Buenos Aires, 1973. Santiago, 1974


El maestro habla del templo

"El templo eres tú, es tu propio cuerpo. Un día también yo recorrí el mundo, visitando sus santuarios, desde el monte Kailas, en los Himalayas, hasta el cabo Comorin, en el extremo sur. En todos ellos hay templos y ofrendé sacrificios. Me bañé en los ríos sagrados y busqué la ciudad de los inmortales afuera de mi mismo, para venir a comprender, al fin, que lo externo es un reflejo imperfecto de lo que está en mí. El verdadero Kailas se halla adentro, también el lejano sur y la ciudad de Agharti. El cielo mismo tiene la forma de tu cuerpo, los astros sólo reproducen centros de luz que hay en ti. Por ello, todo viaje cósmico se realiza en verdad adentro. Los que buscan afuera son los que morirán. Alcanzarán los astros sólo en apariencia y los hallarán vacíos. La tierra es nada más que un punto de tu gran cuerpo cómico, o es posible que tú seas un punto de la tierra. Eres un templo de una sola columna y varias puertas. Debes encontrar la entrada en tu propio laberinto y luego sellarla. Por allí, al centro, arriba, está el Kailas y la ciudad de Agharti. Pero ahora parecieran encontrarse sumergidas, bajo el mar. Deberás primero descender al fondo para recuperar las llaves entre las ruinas de un viejo continente. Y ¿sabes tú qué es este mundo sumergido? Es el antiguo cerebro de los hombres-dioses, que aún está en ti, pero que ha sido cubierto por una nueva corteza, por un nuevo país. Con la desaparición de lo antiguo, de un viejo sol, los hombres-dioses se sumieron en los montes y en las aguas, en espera de la resurrección. Todo aquello que se cumplía con la ayuda de los hombres-dioses, escapa hoy a tu voluntad; la dirección del curso de los astros, los procesos automáticos de tu cuerpo, son en verdad dirigidos por esos dioses sumergidos y caprichosos, que están siempre a la espera de que se apague el nuevo sol que hoy nos alumbra".

"El camino que te enseño va debajo de las aguas, en busca de la tierra perdida de los dioses, de los guías-simiente, de los dioses-instinto; va de un sol nuevo a otro antiguo, sumergido, para poner a flote un continente legendario, encontrando los caminos, los puentes que lo unan al presente, pudiendo heredar así de los viejos sacerdotes, de los guías, la dirección de los trabajos en el templo."

Elella, Libro del Amor Mágico
, 1973-1974






en La Tercera, 25 de febrero de 2010












viernes, marzo 05, 2010

"Concierto barroco", de Alejo Carpentier






“Tienes razón —dijo el pelirrojo, señalando a Montezuma—: Éste resulta un personaje más nuevo. Veré cómo lo hago cantar un día de éstos en el escenario de un teatro.”—“¡Un fraile metido en tablados de ópera! —exclamó el sajón—: Lo único que faltaba para acabar de putear esta ciudad.” — “Pero, si lo hago, trataré de no acostarme con Almiras ni Agripinas, como hacen “otros”” —dijo Antonio, estirando la aguda nariz. — “Gracias, en lo que me respecta...”—“...Y es que me voy cansando de los asuntos manidos. ¡Cuántos Orfeos, cuántos Apolos, cuántas Ifigenias, Didos y Galateas! Habría que buscar asuntos nuevos, distintos ambientes, otros países, no sé... Traer Polonia, Escocia, Armenia, la Tartaria, a los escenarios. Otros personajes: Ginevra, Cunegunda, Griselda, Tamerlán o Scanderbergh el albanés, que tantos pesares dio a los malditos otomanos. Soplan aires nuevos. Pronto se hastiará el público de los pastores enamorados, ninfas fieles, cabreros sentenciosos, divinidades alcahuetas, coronas de laurel, peplos apolillados y púrpuras que ya sirvieron en la temporada pasada.” —“¿Por qué no inventa una ópera sobre mi abuelo Salvador Golomón? —insinúa Filomeno—: Ése sí que resultaría un asunto nuevo. Con decorado de marinas y palmeras.” El sajón y el veneciano echaron a reír en tan regocijado concierto que Montezuma tomó la defensa de su fámulo: —“No lo veo tan extravagante: Salvador Golomón luchó contra unos hugonotes, enemigos de su fe, igual que Scanderbergh luchó por la suya. Si bárbaro les parece a ustedes un criollo nuestro, igual de bárbaro es un eslavón de allá enfrente” (esto, señalando hacia donde debía hallarse el Adriático, según la brújula de su entendimiento, bastante desnortada por los morapios tragados durante la noche). — “Pero... ¿quien ha visto que el protagonista de una ópera sea un negro? —dijo el sajón—: “Los negros están buenos para máscaras y entremeses.”—“Además, una ópera sin amor no es ópera —dijo Antonio—: Y amor de negro con negra, sería cosa de risa; y amor de negro con blanca, no puede ser —al menos, en el teatro.”—“Un momento... Un momento —dijo Filomeno, cada vez más subido de diapasón por el vino romañola—: Me contaron que en Inglaterra tiene gran éxito el drama de un moro, general de notables méritos, enamorado de la hija de un senador veneciano... ¡Hasta le dice un rival en amores, envidioso de su fortuna, que parecía un chivo negro montado en oveja blanca —lo cual suele dar primorosos cabritos pintos, sea esto dicho de paso!”—“No me hablen de teatro inglés —dijo Antonio—: El Embajador de Inglaterra...”—“...Muy amigo mío” —apuntó el sajón. — “...el Embajador de Inglaterra me ha narrado unas piezas que se dan en Londres y son cosas de horror. Ni en barracas de charlatanes, ni en cámaras ópticas, ni en aleluyas de ciegos, se vieron nunca cosas semejantes”... Y fue, en el alba que iba blanqueando el cementerio, un escalofriante recuento de degollinas, fantasmas de niños asesinados; uno a quien un duque de Cornuailles saca los dos ojos a la vista del público, taconeándolos luego, en el piso, a la manera de los fandangueros españoles; la hija de un general romano a quien arrancan la lengua y cortan las dos manos después de violarla, acabando todo con un banquete donde el padre ofendido, manco a seguidas de un hachazo dado por el amante de su mujer, disfrazado de cocinero, hace comer a una Reina de Godos un pastel relleno con la carne de sus dos hijos —sangrados poco antes, como cochinos en vísperas de boda aldeana...—“¡Qué asco!” —exclamó el sajón.—“Y lo peor es que en el pastel se había usado la carne de las caras —narices, orejas y garganta— como recomiendan los tratados de artes cisorias que se haga con las piezas de fina venatería...”—“¿Y eso comió una Reina de Godos?” —preguntó Filomeno, intencionado.—“Como me estoy comiendo esta ensaimada” —dijo Antonio, mordiendo la que acababa de sacar —una más— de la cesta de las monjitas.—“¡Y hay quien dice que ésas son costumbres de negros!” —pensaba el negro, mientras el veneciano, remascando una tajada de morro de jabalí escabechado en vinagre, orégano y pimentón, dio algunos pasos, deteniéndose, de pronto, ante una tumba cercana que desde hacía rato miraba porque, en ella, se ostentaba un nombre de sonoridad inusitada en estas tierras. — “IGOR STRAVINSKY” —dijo, deletreando.—“Es cierto —dijo el sajón, deletreando a su vez—: Quiso descansar en este cementerio.” — “Buen músico —dijo Antonio—, pero muy anticuado, a veces, en sus propósitos. Se inspiraba en los temas de siempre: Apolo, Orfeo, Perséfona —¿hasta cuándo?”—“Conozco su “Oedipus Rex” —dijo el sajón—: Algunos opinan que en el final de su primer acto — “¡Gloria, gloria, gloria, Oedipus uxor!” suena a música mía.”—“Pero... ¿cómo pudo tener la rara idea de escribir una cantata profana sobre un texto en latín?” —dijo Antonio. — “También tocaron su “Canticum Sacrum” en San Marcos —dijo Jorge Federico—: Ahí se oyen melismas de un estilo medieval que hemos dejado atrás hace muchísimo tiempo.”—“Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber lo que hicieron los músicos del pasado —y hasta tratan, a veces, de remozar sus estilos. En eso, nosotros somos más modernos. A mí se me importa un carajo saber cómo eran las óperas, los conciertos, de hace cien años. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender, y basta.” — “Yo pienso como tú —dijo el sajón...aunque tampoco habría que olvidar que...”—“No hablen más mierdas” —dijo Filomeno, dando una primera empinada a la nueva botella de vino que acababa de descorchar. (...)Volvió a verse, como acrecido por la mucha luz, el nombre ruso que tan cerca les quedaba. Y, en tanto que el vino adormilaba nuevamente a Montezuma, el sajón, más acostumbrado a medirse con la cerveza que con el tinto peleón, se volvía discutidor y engorroso: — “Stravinsky dijo —recordó de repente, pérfido— que habías escrito seiscientas veces el mismo “concerto”.”—“Acaso —dijo Antonio—, pero nunca compuse una polca de circo para los elefantes de Barnum.”



















1974












jueves, marzo 04, 2010

“Kavafis regresa a Alejandría”, de Ismael Gavilán






Es inútil alejarse
y sellar un pacto entre el deseo y lo que eres.
Difícil cuando el aliento hace rodeos
para cristalizar como visión
al final de una humareda desangrada.
Es inútil alejarse:
lo que un dios designa es mandato
y aunque joyas, túnicas,
héroes, palacios y cuerpos relucientes
sean el obsequio luego del banquete
muestran sólo angustia al tener que regresar.
Ninguna ciudad es más grande que tus sueños
a pesar de morir en ella la dulce fruta
del aire entristecido, única verdad que antaño
un lágida pudo conocer.
Sí, es difícil sellar un pacto entre el deseo y lo que eres
cuando la ciudad desorbitada
invita con perfumes exquisitos
y la máscara es costumbre de festines en salones imperiales.
Es difícil e inútil,
pero lo que un dios designa es mandato
y por eso, el regreso es el sacrificio
que él y tú apenas pueden comprender
para llegar a concluir con la escritura.





en Fabulaciones del aire de otros reynos, 1999












miércoles, marzo 03, 2010

«La primera cruzada», de Diego Maquieira






Durante el ataque de represalia milenarista
la primera cruzada de terror
que nos caía del cielo era como un témpano,
nos polvéabamos a un enjambre de clonas,
de a varias adentro de los Harrier
orgíandonos en la cubierta de mármol;
porque nuestro portaviones Cittá Felice
era como la planta de una catedral
de mil yardas que recordaba la Vía Flaminia.
De veras los aguardábamos muy bebidos
dándonos baños calientes enfriados con nieve
y chupando de una tina de uvas rosadas.
Cuando ma mientras los cazas Phantom de Ratzi
nos lanzaban sus cabezas de combate aéreo
con sus espoletas de proximidad de impacto
más hoscas que un anillo de ocho diodos luz
y a tan delirantes distancias del mar
que ni veíamos de dónde venía la muerte.
Era una alegría vernos las caras choqueadas
la cubierta era un coliseo de sangre
y sólo contábamos los vivos, los Balthus
y los que aún gozaban en el fasto de la belleza.
Porque nunca pasó por el mar una muerte
que se celebrara como la de Gaetano Stampa:
nuestro santo en responso al misil daño
que le atravesó le pecho mientras besaba
a su clona Pácula en medio del portaviones,
regocijado se metió la mano aún vivo
y les zampó a saco de vuelta el corazón.
Nunca hubo tan grande desdén en una matanza
ni a los aliados hunos se les sopló por radar
que les íbamos a subir el mar a los Phantom
hasta ahogarlos en el firmamento,
porque el mar empezó a subir hasta el cielo
donde las alas no les servían ni de remos.



en Los Sea Harrier, 1984


















martes, marzo 02, 2010

"La canción nocturna", de Georg Trakl






El hálito de lo inmutable. Un rostro de animal
se petrifica ante lo azul, ante lo santo.
Majestuoso es el silencio en la piedra.

La máscara de un ave nocturna. Tres dulces sones
se desvanecen unidos. ¡Elai!, tu rostro
se inclina mudo sobre azuladas aguas.

¡Oh vosotros, espejos tranquilos de la verdad!
En la sien de marfil del solitario
aparece un destello de ángeles caídos.










Traducción de Aldo Pellegrini












lunes, marzo 01, 2010

"Discurso sobre la paz", de Arqueles Morales







La paz de mi pueblo es su batalla
por la ventana abierta y por su tierra,
es su guerra pequeña y justiciera,
es su bomba sembrando en plena noche
un desvelo de luz para quien la oye...





1987

en Guatemala: voces desde el silencio
(Marc Zimmerman, compilador), 1993













domingo, febrero 28, 2010

"El terremoto en Chile", de Heinrich von Kleist





En Santiago, la más importante ciudad del Reino de Chile, justamente cuando se producía el gran terremoto del año de 1647, en el que tantos seres perecieron, estaba atado a una pilastra de la prisión el español Jerónimo Rugera, acusado de un hecho criminal, a punto de ser ejecutado.

Don Enrique Asterón, uno de los nobles más acaudalados de la ciudad, le había echado de su casa hacía poco más de un año, donde se desempeñaba como maestro, cuando descubrió sus relaciones con su única hija, doña Josefa.

Como después de haber amonestado a su hija con severidad el noble anciano descubriese una oculta cita que se habían dado, gracias al celo de su orgulloso hijo con este motivo decidió confiar a la joven al monasterio carmelita de Nuestra Señora del Monte. Gracias a una feliz casualidad, Jerónimo había podido reanudar sus relaciones con ella, de manera que en una tranquila noche sirviendo de escena el jardín del cementerio, alcanzaron su total felicidad.

En la fiesta del Corpus, cuando partía la procesión de las monjas, tras de las cuales iban las novicias, acaeció que justo entonces, cuando sonaban las campanas, le sorprendieron a la desdichada Josefa los dolores del parto, derrumbándose sobre los escalones de la Catedral. Este hecho provocó un escándalo extraordinario; llevose a la pobre pecadora, sin prestar atención a su estado, a la prisión, y apenas hubo dado a luz, por orden del arzobispo se le instruyó proceso. En la ciudad se comentó con gran saña este escándalo y las lenguas se dieron a tan agrias murmuraciones sobre el monasterio, donde había sucedido todo, que ni los ruegos de la familia Asterón, ni el deseo de la misma abadesa, que se había encariñado con la joven a causa de su conducta intachable, pudieron atenuar el rigor con que le amenazaba la ley eclesiástica. Todo lo más que podía suceder era que la muerte en la hoguera, a la que había sido condenada para escarmiento de doncellas y damas de Santiago, le fuese conmutada por la pena de ser decapitada. Ya se alquilaban las ventanas en las calles por donde iba a pasar el cortejo de la ejecución, ya se levantaban los tejadillos de las casas y las piadosas hijas de la ciudad invitaban a sus amigas a presenciar el espectáculo que les depararía la ira divina.

Jerónimo, que estaba en prisión, creyó perder el juicio cuando se enteró del giro que tomaba el asunto. Barajó en vano alguna posibilidad de salvación; en alas de su ardiente fantasía sólo lograba estrellarse contra los muros y los cerrojos y un intento que hizo de limar los barrotes de su ventana le costó ser encerrado en un calabozo peor. Entonces se prosternó a los pies de la Madre de Dios y rezó con ardiente piedad, pues Ella era la única que podía llevarle la salvación.

Al fin llegó el día señalado y sintió en su pecho que se desvanecía toda esperanza. Sonaron las campanas que acompañaban a Josefa al lugar de la ejecución y la desesperación se adentró en su alma. La vida le pareció repudiable y resolvió matarse colgándose de una correa que por azar le habían dejado. Estaba, como ya dijimos, sujeto a una pilastra, e intentaba asegurar el lazo que le sacaría de este valle de lágrimas de un gancho que sobresalía de la cornisa cuando, de repente, hundióse la mayor parte de la ciudad, con un crujido como si el cielo se derrumbase y todo lo que alentaba vida quedó sepultado en las ruinas.

Jerónimo Rugera quedó inmóvil de espanto, al tiempo que, como si hubiera perdido el conocimiento, se aferró a la columna donde había pensado que hallaría la muerte, para no caer. El suelo se estremeció bajo sus pies, los muros de la prisión se resquebrajaron, todo el edificio se inclinó para caer hacia la calle, lo que no sucedió gracias al edificio de enfrente, que también había cedido y le sirvió como apoyo.

Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo.

Transcurrió casi un cuarto de hora en que estuvo completamente sin conocimiento, hasta que despertó de nuevo y, con la espalda vuelta hacia la ciudad, medio se incorporó del suelo. Inconsciente, sin saber cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los cascotes y maderos, que por todos lados amenazaban con matarle, en busca de la puerta más cercana de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que corrió, para evitar los escombros, hacia una calle cercana; más lejos, llamas refulgentes entre grandes humaredas lamían las cúpulas, haciéndole huir asustado hacia otra calle, pero he aquí que el Mapuche sale de cauce y le arrastra en sus hirvientes ondas hacia otra.

Aquí yace un montón de cadáveres, allá se oye una voz plañidera entre las ruinas, acá se oyen los gritos de la gente encaramada en los tejados ardiendo, allí hombres y animales luchan con las olas; ora un hombre de coraje se lanza a salvar a alguien, ora otro, pálido como la muerte, extiende mudo las manos trémulas al cielo.

Cuando Jerónimo estuvo a las puertas de la ciudad y pudo alcanzar una colina cayó sin sentido sobre la tierra. Luego se palpó la frente y el pecho, incapaz de saber qué debía hacer en tales circunstancias y sintió un inefable placer cuando la brisa del mar le refrescó al volver en sí, y su vista se volvió en todas direcciones para admirar la hermosa región de Santiago. Sólo la entristecida muchedumbre que se veía en derredor acongojaba su corazón; no comprendía por qué tanto él como ellos estaban en aquel lugar, y sólo cuando al volverse vio la ciudad hundida recordó los terribles instantes vividos. Se inclinó profundamente, hasta tocar el suelo con la frente, para dar gracias a Dios por su salvación; y a la vez, como si se despojase de la terrible impresión que oprimía su alma y sofocaba todas las demás, se echó a llorar, rebosante de alegría, pues aún gozaba de la vida espléndida y de todas sus bellas imágenes.

Como viese en su mano un anillo, recordó de pronto a Josefa, a la prisión, a las campanas que había oído y el instante en que todo se había desplomado. Su pecho volvió a llenarse de congoja, y se arrepintió de su alegre oración y le pareció terrible el Ser que reinaba desde el firmamento. Se confundió con el pueblo, que se preocupaba por salvar el resto de sus propiedades, y fue a la puerta, y con gran temor se atrevió a preguntar si habían ejecutado a la hija de Asterón; pero nadie supo responderle. Una mujer que cargaba una gran cantidad de utensilios, hasta el punto de llevar doblada la cerviz casi hasta tocar la tierra, y dos niños pendiendo del pecho, le dijo al pasar como si ella misma le hubiera visto, que la habían decapitado. Jerónimo diose la vuelta, y como ya no podía dudar de que Josefa hubiese muerto, se internó en un bosque donde se dejó caer entregado a su dolor. Hubiera deseado que la furia de la Naturaleza volviera a descargar sobre él. No entendía por qué ahora la muerte se apartaba de su alma ensombrecida, ya que tanto la ansiaba y le parecía su verdadera salvación. Se propuso entonces no vacilar, aunque los robles estuviesen desarraigados y las copas a punto de caer sobre él. Así pues, después de haber llorado mucho, como del ardiente llanto volviesen a renacer las esperanzas, se levantó y miró el campo en todas direcciones. Luego recorrió todas las cimas de las montañas donde la gente se había agrupado; anduvo por todos los caminos donde rebullía la corriente de la marea; allá donde el viento agitaba una túnica femenina, allí le arrastraban sus vacilantes pies; con todo, ninguna cubría a la adorada hija de Asterón.

El sol declinaba hacia el ocaso y con él morían sus esperanzas, cuando llegó a lo alto de un peñasco que daba sobre un vasto valle en el que se veían muy pocas personas. Vacilante, sin saber qué hacer, recorrió con la vista los distintos grupos, y ya estaba a punto de volverse cuando vio a una mujer joven ocupada en bañar en las ondas de un arroyo a un niño. Al ver esto, con el corazón palpitante, echó a correr cuesta abajo lleno de presentimientos, gritando: "¡Virgen Santísima!", y reconoció a Josefa, que, al oír ruidos, se había vuelto, temerosa.

¡Con cuánta dulzura se estrechan los infortunados amantes que un milagro había salvado! Josefa iba camino de la muerte y estaba al borde del cadalso, cuando de repente los edificios se desmoronaron sobre la comitiva. Lo primero que hizo fue dirigirse a la puerta más cercana, pero se detuvo a pensar y se dirigió presurosamente donde estaba su hijito desamparado. En la puerta del monasterio en llamas encontró a la abadesa, que en aquellos sus últimos momentos pedía que salvasen al niño. Josefa, con valor, se abalanzó por medio de la humareda que la ahogaba, y aunque por todas partes se desmoronaban las paredes, como si todos los ángeles del cielo la guardasen, pudo salir indemne con el niño en los brazos.

Quiso prestar auxilio a la abadesa desesperada, cuando he aquí que tanto ella como las demás monjas quedan sepultadas bajo la fachada que se derrumba. Josefa se estremeció a la vista de este horrible hecho, tan rápidamente como pudo cerró los ojos a la abadesa y se alejó aterrorizada con su adorado niño que el cielo le devolvía, para salvarlo de la catástrofe. Apenas había dado unos pasos cuando tropezó con el cuerpo del arzobispo que, al derrumbarse la Catedral, había quedado al descubierto. El Palacio del Virrey se había hundido, la Audiencia donde se le había juzgado era devorada por las llamas y en el lugar donde había estado su casa paterna había un lago del que emergían tejados encendidos. Josefa trató de darse fuerzas y conservó toda su entereza. Tratando de sofocar la pena de su pecho, con gran valor, con su preciado botín en los brazos corrió de calle en calle y ya cerca de la puerta de la ciudad vio los escombros de la cárcel donde debía estar Jerónimo. A la vista de esto vaciló y estuvo a punto de caer desvanecida, a no ser porque justamente en ese momento poco faltó para que la aplastase un edificio que se derrumbaba, de modo tal que el desfallecimiento fue superado merced al terror; besó al niño, se secó las lágrimas y sin prestar atención a la catástrofe que la rodeaba llegó a la puerta. Cuando estuvo a salvo en el campo pensó que no todos los que hubieran estado en un edificio tenían que haber perdido la vida. En el primer recodo que encontró se detuvo y aguardó por si aparecía aquel a quien amaba más que a nadie en el mundo, después de su pequeño Felipe. Después, vertiendo muchas lágrimas, se internó en un valle sombreado de pinos para orar por el alma de quien creía perdido; y he aquí que da en el valle con el amado, como si este valle fuese el del Paraíso.

Muy conmovida, refirió todo esto a Jerónimo y cuando terminó le acercó el niño para que lo besase. Jerónimo lo tomó en sus brazos y le hizo mil caricias y como el niño llorase extrañando su rostro, volvió a acariciarlo hasta hacerlo callar. Mientras tanto, caía la noche hermosísima y plateada, embalsamada por suaves aromas, tan refulgente y callada que pudiera soñarla un poeta. Por todas partes, a lo largo del valle, reposaban los hombres a la luz de la luna y disponían muelles, lechos de hierba y follaje para descansar tras tantos días penosos. Pero como muchos desdichados se lamentasen, unos por haber perdido la casa, otros la mujer y el hijo y otros por haber perdido completamente todo, Jerónimo y Josefa se deslizaron hacia un denso matorral para no molestar a nadie con el secreto júbilo de sus almas. Encontraron un granado soberbio que extendía sus ramas, cargadas de frutos, y en cuya copa el ruiseñor hacía resonar su alegre melodía.

Jerónimo y Josefa, en cuyo regazo reposaba el niño, se sentaron cerca del tronco y, cubriéndose con la capa, descansaron. La sombra del árbol, alternando con las luces, se alargaba sobre ellos y la luna se desvaneció al amanecer, antes de que se durmiesen, pues tenían mucho que decirse, del convento, de la prisión y de todo lo que los dos habían padecido; y mucho se emocionaron al considerar cuánta desgracia había tenido que caer sobre el mundo para que ellos pudiesen ser dichosos. Resolvieron que, no bien acabasen los temblores de tierra, irían a la Concepción, donde Josefa tenía una fiel amiga, para luego, con un pequeño préstamo que esperaban obtener, viajar en barco a España, donde vivían los familiares maternos de Jerónimo. Allí podrían llevar una vida feliz. Con esto, entre beso y beso, se durmieron.

Despertaron cuando el sol ya estaba muy alto en el cielo y advirtieron que cerca de ellos había muchas familias ocupadas en preparar algo de comer. Jerónimo estaba pensando que también él debería buscar provisiones para los suyos, cuando un hombre bien vestido, con un niño en los brazos, se acercó a Josefa y le preguntó con humildad si podría darle el pecho, aunque sólo fuese un poco, a aquel pobre niño, cuya madre enferma yacía entre los árboles. Josefa quedó desconcertada ante ese rostro, que le era conocido. Él, que interpretó mal su desconcierto, agregó: "Sólo un poco, doña Josefa, pues este niño, desde la hora en que nos hizo a todos desdichados, no ha probado nada". Ella repuso: "Callo por otras razones, don Fernando; en estos tiempos horribles que nos ha tocado vivir nadie se puede negar a compartir lo que tiene"; tomó al niño en sus brazos, en tanto que daba su propio hijo al padre, y se lo llevó al pecho. Don Fernando quedó muy agradecido por el favor y le preguntó si no quería unirse al grupo, donde preparaban al fuego algo de comer. Josefa respondió que aceptaba con gusto su ofrecimiento. Y como Jerónimo no hiciese ninguna objeción, le siguió hasta donde estaba su familia, por la cual fue recibido cariñosamente. Allí estaban las dos cuñadas de don Fernando, a las que reconoció como nobles damas.

También doña Elvira, esposa de don Fernando, que yacía en tierra con los pies lastimados, con mucha amabilidad atrajo hacia sí a Josefa, que aún llevaba a su pobre niño al pecho. Asimismo don Pedro, su suegro, herido en un hombro, le hizo una cordial inclinación de cabeza. Por la mente de Jerónimo y de Josefa cruzaron muchos y raros pensamientos. Al verse tratados con tanta bondad y confianza no supieron qué pensar del pasado, del cadalso, de la prisión y de las campanas. ¿Todo había sido un sueño acaso? Parecía como si los ánimos se hubiesen reconciliado después de la horrorosa conmoción. No deseaban recordar nada. Únicamente doña Isabel, que había sido invitada por una amiga el día anterior para ver el espectáculo, y que había rechazado la invitación, a veces volvía su mirada soñadora a Josefa. Con todo, la idea de haber escapado a un infortunio cruel le volvía el ánimo que parecía desalojado de su ser. Se contaba que en la ciudad, que estaba llena de mujeres, al primer temblor de tierra todas sucumbieron a la vista de los hombres, cómo los monjes con el crucifijo en la mano corrían dando gritos de que había llegado el fin del mundo y cómo un centinela a quien por orden del virrey le dijeron que evacuase una iglesia, exclamó: que ya no había virrey, y cómo este, en aquellos momentos terribles, quiso levantar patíbulos para reprimir el pillaje y cómo un infeliz que había escapado de una casa ardiendo fue atrapado por su dueño y ahorcado.

Doña Elvira, cuyas heridas Josefa cuidaba, aprovechando un momento en que los relatos tan vivazmente hechos se habían entrecruzado, aprovechó para preguntarle qué le había ocurrido aquel día terrible, a lo que Josefa respondió, con ánimo apesadumbrado, contándole lo principal, y sintió gran satisfacción al notar llanto en los ojos de la dama. Doña Elvira le tomó la mano, la oprimió y con un gesto le indicó que callara. Josefa sintió que la embargaba la felicidad. No podía desechar el sentimiento de que aquel día, por muchas desgracias que hubiera causado, era para ella un gran beneficio, mejor que ningún otro de los que el cielo le hubiese otorgado. Y aunque todos los bienes terrenales se destruían en aquellos odiosos instantes y la naturaleza entera amenazaba desplomarse, en verdad le parecía que el espíritu humano, tal una bella flor, volviera a renacer.

En los campos hasta donde llegaba la mirada veíanse hombres de toda condición, príncipes y mendigos, damas y campesinas, funcionarios y jornaleros, monjes y monjas, ayudándose unos a otros y compadeciéndose, comportándose entre sí, con alegría quien había salido con vida, como si la desgracia general los hubiera agrupado en una gran familia en lugar de las intranscendentes conversaciones que son corrientes en los comensales cuando se reúnen en torno a una mesa. Referíanse casos de acciones heroicas: hombres que apenas eran tomados en cuenta por la sociedad habían realizado hechos de romanos, ejemplos sin par de coraje, de total desdén por el peligro, de abnegación y de entrega maravillosa, de inmediato sacrificio de la vida como si poco o nada valiera, y poco después se volviera a encontrar. Sí, no había nadie en este día que no pudiese dar cuenta de algo emocionante que le hubiese sucedido o algo grandioso que hubiese realizado de modo que el dolor se confundía con el placer en el pecho de los hombres hasta el punto de que Josefa no podía asegurar si la suma de la generosidad no vencería los perjuicios que habían sido ocasionados. Jerónimo tomó a Josefa por el brazo, después que ambos se habían hecho, callados, estas reflexiones y, con mucha alegría, la llevó hacia el sombreado rincón del bosquecillo de granados. Allí le dijo que, después de considerar el estado de los ánimos y de las circunstancias, desistía del viaje a Europa: que iría a echarse a los pies del virrey, en caso de que aún estuviese con vida, y que tenía esperanzas (y aquí le dio un beso) de poder vivir con ella en Chile. Josefa respondió que a ella ya se le habían pasado por la mente las mismas ideas, que no dudaba que su padre, si aún vivía, la perdonaría, pero que en vez de ir a echarse de rodillas era preferible ir a la Concepción y desde allí pedir clemencia por escrito, de manera que pudiesen estar cerca del puerto, y en caso de que todo se resolviese favorablemente poder regresar con facilidad a Santiago. Después de meditar un poco, Jerónimo aprobó la prudencia de estas medidas y después de alejar sus pasos adelantándose a los alegres instantes del futuro, regresó con ella hacia el grupo.

Mientras tanto la tarde había caído y los exaltados ánimos de quienes habían escapado al terremoto se habían tranquilizado un poco, cuando se divulgó la noticia de que en la iglesia de los Dominicos, la única librada del terremoto, iba a celebrarse una misa de acción de gracias que diría el prelado del monasterio para pedir al cielo protección de posibles desgracias.

El pueblo de todas las comarcas se abalanzó en masa hacia la ciudad. En el grupo de don Fernando todos se preguntaron si no convendría participar de la solemnidad y unirse a la comitiva. Doña Isabel recordó con timidez la desgracia que había acaecido la víspera en la iglesia y dijo que estos oficios de acción de gracias volverían a repetirse, y que entonces, cuando todo el peligro hubiese quedado atrás, podrían entregarse con mucha más tranquilidad y alegría a estas manifestaciones. Josefa, manifestando un excepcional entusiasmo, dijo que jamás hasta entonces había sentido tan vivos deseos de prosternarse ante el Creador, que demostraba así sus insondables y poderosos designios. Doña Elvira se puso de parte de Josefa con tanta decisión que se resolvió ir a oír misa y se llamó a don Fernando para que encabezase la comitiva, a la que también se incorporó doña Isabel.

Como ésta asistiese a los preparativos de la marcha toda temblorosa y anhelante, al preguntarle qué le ocurría respondió que no sabía por qué pero tenía el presentimiento de que algo malo les iba a acontecer. Doña Elvira la tranquilizó y le pidió que se quedara con ella y con su padre enfermo. Josefa dijo: "Doña Isabel, tomad ahora al niño, que como habréis advertido se encuentra muy a gusto conmigo". "De muy buena gana" -respondió doña Isabel, disponiéndose a tomarlo, pero éste, al ver lo que ocurría, empezó a gritar lastimosamente y no accedió, según dijo Josefa, a que lo separasen, por lo que Josefa volvió a besarlo dulcemente.

Don Fernando, que estaba muy complacido con su generoso proceder, le ofreció el brazo; Jerónimo, que cargaba en brazos al pequeño Felipe, acompañaba a doña Constanza, y tras de éstos iban todos los demás componentes del grupo. Apenas habían dado cincuenta pasos cuando doña Isabel, que entre tanto había hablado por lo bajo y con cierta viveza a doña Elvira, gritó: "Don Fernando" y fue presurosa hacia la comitiva con pasos vacilantes. Don Fernando se detuvo y se volvió; esperó a que llegase, sin abandonar a Josefa, y como pareciese que ella le aguardaba a cierta distancia, le preguntó qué quería. Doña Isabel se acercó, aunque al parecer de no muy buena gana y le susurró unas palabras al oído, de modo que Josefa no pudiese oírlas. "Entonces -preguntó don Fernando-, ¿qué desgracia puede seguir a esto?". Doña Isabel continuó secreteando a su oído con rostro descompuesto. Don Fernando enrojeció molesto y respondió: "Está bien". Doña Elvira pareció tranquilizarse y continuó dando el brazo a su dama.

Cuando llegaron a la iglesia de los dominicos el órgano resonaba en toda su majestuosa belleza y una gigantesca muchedumbre se agitaba en el interior. La multitud llegaba hasta la puerta principal y salía hasta la explanada de la iglesia; subidos por las paredes, tomándose de los marcos de los cuadros, había niños que, con el gorro en la mano, observaban todo con mirada expectante. Las lámparas brillaban, las pilastras en el atardecer proyectaban sus sombras misteriosas y el gran rosetón de cristal de colores relucía enrojecido sobre el muro del fondo de la iglesia, como el sol poniente que lo encendía. Callado ahora el órgano, la muchedumbre permanecía silenciosa como si se hubieran ahogado las voces en su pecho. Nunca, en ninguna catedral cristiana, se había visto una llama de piedad que subiese hasta el cielo tan alta como aquel día en la catedral de los dominicos de Santiago; y en ningún pecho alentaba una fe más viva que en los de Jerónimo y Josefa.

La solemnidad comenzó con un sermón que dijo desde el púlpito el monje más antiguo de la comunidad, vestido con el atavío de fiesta. Empezó por dar gracias y alabanzas a Dios y elevando sus trémulos brazos hacia el cielo agradeció que todavía hubiese seres humanos, rescatados de las ruinas de este descomunal derrumbamiento, con fuerzas para balbucear el nombre de Dios. Describió lo que parecía una advertencia del Todopoderoso, agregando que el Juicio Final no le iría en zaga, y como dijese que el terremoto de la víspera era una señal -y mientras decía esto indicaba una brecha en la catedral- toda la asistencia sintió un estremecimiento. Después, dejándose llevar por esa fluida elocuencia de los predicadores, destacó la corrupción de la ciudad; dirigió toda clase de horrores sobre ella, como Sodoma y Gomorra no habían conocido, y pintó la inagotable indulgencia divina que no les había reducido a polvo. Pero como si un puñal atravesase el corazón de los dos desdichados, oyeron al predicador mencionar la criminal acción que había tenido como escenario el monasterio de los carmelitas; refutó impía la indulgencia que habían recibido del mundo, y en una de sus rebuscadas imprecaciones encomendó a los príncipes del infierno las almas de los culpables, cuyos nombres pronunció cuidadosamente.

Doña Constanza, sacudiendo el brazo de Jerónimo, dijo: "Don Fernando..." Éste respondió con energía, pero tan quedo que ambos apenas pudieron oír: "Callad, doña Elvira. No pestañeéis siquiera y simulad que os da un desmayo, con lo que podremos dejar la iglesia". Pero antes de que doña Constanza hubiese podido llevar a cabo estas prudentes medidas para su salvación una voz interrumpió el sermón al grito de: "Apartaos, gente de Santiago, aquí están los impíos". Como otra voz espantada, que promovió en torno suyo un círculo de horror, preguntase: "¿Dónde?" "Aquí" -respondió un tercero que, dominado por una santa ira, agarró a Josefa por los cabellos, de modo tal que hubiera caído al suelo con el hijo de don Fernando de no haber sido porque éste la sostuvo. "Estáis locos -exclamó el joven, y tomó a Josefa por el brazo". "Soy Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, a quien todos conocéis". "¿Don Fernando Ormez?" -gritó, plantándose ante él un zapatero remendón, que había trabajado para Josefa y la conocía por lo menos tanto como a sus diminutos pies. "¿Quién es el padre de esta criatura?" -preguntó con desenfado a la hija de Asterón. Don Fernando palideció al oír la pregunta. Tan pronto echó una mirada a Jerónimo, como encaró a la multitud, por si había alguien que le conociera. Obligada por la horrible situación, Josefa exclamó: "Éste no es mi hijo, maestro Pedrillo, como creéis", y mientras miraba con infinita angustia a don Fernando dijo: "Este joven caballero es don Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, al que todos conocéis". El zapatero preguntó: "¿Quién de vosotros, señores, conoce a este joven?". Y varios de los presentes vociferaron: "Quien conozca a Jerónimo Rugera que se adelante". Sucedió que en ese mismo momento el pequeño Juan, asustado por el tumulto, se desprendió del pecho de Josefa y alargó los brazos hacia don Fernando. Una voz exclamó: "Es el padre" y otra dijo: "Es Jerónimo Rugera", y una tercera voz agregó: "Aquí están los sacrílegos. ¡Lapidadlos, lapidadlos!", gritaba toda la cristiandad en el templo de Jesús. Entonces Jerónimo exclamó: "¡Alto, monstruos! Si es a Jerónimo Rugera a quien buscáis, aquí está. Libertad a ese caballero, que es inocente". La turba, enardecida y desconcertada por las declaraciones de Jerónimo, se contuvo: varias manos soltaron a don Fernando, y como en el mismo momento se apresurase un marino de alto rango, y saliendo de entre la multitud, inquiriese: "Don Fernando Ormez, ¿qué os sucede?", éste respondió, ya libre, con verdadera sangre fría, propia de un héroe: "Ya lo veis, don Alonso, son estos desaforados. A estas horas estaría perdido de no haber sido por este honrado hombre que, para calmar a la muchedumbre rabiosa, ha simulado ser Jerónimo Rugera. Hacedme la gracia de guardarles en prisión junto a esta joven dama para su mayor seguridad: y también a este mequetrefe -dijo agarrando al maestro Pedrillo-, que es el que ha provocado todo el alboroto".

El zapatero gritó: "Don Alonso Onoreja, en conciencia os pregunto: ¿Acaso no es esta joven Josefa Asterón?". Como don Alonso, que conocía muy bien a Josefa, demorase en responder, y varias voces enardecidas por la ira exclamasen: "Es ella, es ella", y "Matadla", Josefa dio a don Fernando el pequeño Felipe, que Jerónimo tenía en sus brazos, y casi al mismo tiempo al pequeño Juan que ella llevaba, diciéndole: "Don Fernando, guardad a los niños y dejadnos librados a nuestro destino". Don Fernando tomó a ambos niños, y dijo que prefería morir antes que ceder y que les acaeciese algo malo a sus amigos. Después de pedirle la espada al oficial marino, ofreció el brazo a Josefa y dijo a la otra pareja que le siguiesen. De tal manera lograron salir de la iglesia, mientras todos con respeto les hacían sitio suficiente para pasar y creyéronse a salvo. Pero apenas habían salido de entre la muchedumbre que llenaba la plaza, cuando una voz gritó, destacándose de entre el rabioso gentío: "Éste es Jerónimo Rugera, ciudadanos; yo soy su propio padre", mientras descargaba un mazazo sobre doña Constanza, que iba a su lado y que se desplomó sin vida junto a Jerónimo. "Bárbaro -exclamó un desconocido-, ésta era doña Constanza Xares". "¿Por qué nos habéis mentido? - respondió el zapatero-. Buscad a la verdadera y matadla". Don Fernando, al ver el cadáver de doña Constanza, presa de incontenible frenesí, sacó la espada y, blandiéndola, la descargó sobre el fanático asesino que había causado la atrocidad, el cual se libró del golpe merced a un rápido giro de su cuerpo. Como viese que no podía contener a la multitud que se abalanzaba, Josefa gritó: "¡Salvaos, don Fernando, y salvad a los niños!", y exclamando: "¡Matadme, tigres sedientos de sangre!", se arrojó sin vacilar sobre ellos, para dar fin a la contienda. El maestro Pedrillo la golpeó con la maza. Luego, salpicado con su sangre, gritó: "Enviad a ese bastardo al infierno", y lo acometió presa de insaciable ferocidad homicida.

Don Fernando, este divino héroe, apoyada su espalda en la pared del templo, sostenía en su mano izquierda a los niños y en su derecha la espada. De un golpe abatió a uno. Un león no se defiende mejor. Siete perros cayeron muertos ante él, incluso el cabecilla de la turba satánica estaba herido. Pero el maestro Pedrillo no cejó hasta arrancarle uno de los niños del brazo, y después de haberle girado en alto, fue a estamparle contra una pilastra que había en un rincón de la iglesia. Con esto se apaciguó y todos se retiraron. Don Fernando, a la vista de su pequeño Juan con los sesos derramados fuera del cráneo, levantó los ojos al cielo, embargado por un indecible dolor. El oficial marino acudió de nuevo a su lado, intentó consolarle y le aseguró que le dolía haber permanecido inactivo durante los desgraciados sucesos aunque había sido incapaz debido a las circunstancias. Don Fernando le dijo que no había nada que reprocharle y le rogó que le ayudase a sacar los cadáveres. Los llevaron en la oscuridad de la noche a casa de don Alonso, donde don Fernando los siguió, llorando sin consuelo sobre el cuerpo del pequeño Felipe. Pasó la noche con don Alonso y dudó si decirle a su esposa, mediante falsos rodeos, toda la verdad del infortunio, en parte porque estaba enferma y en parte porque no sabía cómo juzgaría su conducta en estos sucesos; poco después, enterada ésta casualmente por una visita que recibió de todo lo acaecido, esta excelente dama lloró en silencio su dolor de madre y una mañana, con lágrimas en los ojos, abrazó a su marido. Don Fernando y doña Elvira adoptaron al pequeño, y cuando don Fernando comparaba a Felipe con Juan, y cómo los había logrado, le parecía que hasta debía alegrarse.











Fotografía de Juan Carlos Villavicencio











sábado, febrero 27, 2010

“De la mano”, de Osvaldo Ballina






De día o de noche, las ciudades no fueron extrañas. Ni críptico lo que ocultaba cada cara, ni ominosos los sonidos de un idioma incomprensible. La poesía me llevó de la mano por los infiernos contemporáneos. Leía por mí en voz alta y, lo más importante, supo cuándo callar. A veces me la puse sobre los hombros y no éramos maltrechos sobrevivientes de alguna guerra devastadora, que sería lo habitual. Veníamos del corazón, del propio y del ajeno, con la imperdonable ausencia de toda posible inocencia.





en Confines, 1998













viernes, febrero 26, 2010

"Arquitecturas", de Michael Longley






La casa a la orilla del mar

Arena y ripio dejas como suelo
y cubriendo con algas los suaves cantos rodados
haces de tu casa una cámara de resonancia
que magnifica el viento como un ciclón
y te mantiene con la cabeza en alto y los hombros
sobre el nivel del susurro marino y de la costa.



La casa con forma de huevo

¿Pagas por esta casa a precio de huevo
por sus blanqueados muros limpios como una concha
y la sala, el lavadero y dormitorios ovalados
o la doble yema del Cielo y el Infierno
o los días cuando llueve y luego vuelve el Sol?



La casa sobre la pálida pradera

Ese tronco de árbol deshojado
puede ocuparse mas nunca habitarse
cuando nieva en la pálida pradera
y la casa más pequeña nunca vista por ti
oculta a quien el lino cuida
desde mínimas ventanas para ver los ladrones.



La casa hecha de césped

¿Fueron las chimeneas armadas de piedra
o es sólo el lugar para el fuego
en una casa hecha de césped, con sus techos
de astillas, frontis para proteger del agua
esta extensa caja de yesca donde hacer una hoguera
de cuanto has levantado y calentado por ti mismo?





Traducción de Juan Cameron

en Revista Liberación Cultural, Suecia, 1994