jueves, febrero 25, 2010

"El accidente Pinochet", de Armando Uribe Arce y Miguel Vicuña Navarro

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MVN: Cómo situar el problema del desconocimiento por la población chilena y por los actores que han intervenido dentro y fuera de Chile, principalmente los personeros de gobierno y los representantes de la clase política, de lo que significa el arresto de Pinochet y su trasfondo histórico. Se trata de ignorancia política y jurídica, de una necedad de todo orden, se podría hablar incluso de una especie de debilité -se trata no sólo de una debilidad ética, política, jurídica, por ignorancia histórica, sino de una cierta rusticidad aldeana, que resulta rayana con la debilidad mental.
AUA: El primer fenómeno que hay que tomar en cuenta para entender lo que ha pasado con el accidente Pinochet, como usted muy bien lo ha denominado, consiste en que no es sin embargo un “epifenómeno”. La persona de Pinochet puede ser un epifenómeno, (...) pero este episodio es un fenómeno. Lo primero que hay que tomar en cuenta es que dentro del país Chile los conocimientos que existen, tanto expresados a través de los medios de comunicación como a través de declaraciones formales y actitudes o conductas que han tenido todos los sectores que han intervenido, demuestran una falta de percepción de lo que realmente está en juego en este caso, y que lo está en términos internacionales, en primer lugar para los grandes países metidos, a gusto o no, en esta situación, como en los otros grandes países observadores, o como en países menores. La ignorancia en Chile de lo que realmente está en juego es mayor que en ninguna otra parte del mundo.

Este desconocimiento, esta ignorancia, esta confusión, provienen en primer lugar de algo que no ha sido en absoluto dicho así, aunque ha sido manifestado con otras palabras cuando se habla de que Chile está siendo sometido a una especie de colonialismo o neocolonialismo por parte de países de Europa. En primer lugar, respecto a la denuncia sobre neocolonialismo y la afirmación de soberanía frente al neocolonialismo, hay que decir lo siguiente. En materias económicas, no sólo en las últimas décadas sino desde antes, la dependencia de Chile y la pérdida de soberanía son una constante histórica, notoriamente bajo el gobierno del señor Pinochet. Chile readquirió soberanía económica decididamente con pequeñísimas medidas del señor Frei Montalva, y con grandes medidas bajo el gobierno del señor Allende. Readquirió soberanía económica y por lo tanto soberanía política: la nacionalización del cobre, etc. Bajo el señor Pinochet, Chile fue perdiendo más de lo que había sido la situación previa de décadas anteriores, y fue abandonando plenamente soberanía económica y política. No me estoy refiriendo solamente a cuestiones de fronteras, aunque ahí podría hacer una observación que es conocida por aquellos que entienden de estas cosas dentro de Chile y se atreven a hablar de estas materias. Con los acuerdos Pinochet-Videla del año 78, Chile admitió que respecto a Argentina la zona austral entera era zona litigiosa, lo cual supone como simple declaración ya una pérdida de soberanía Pero mucho más la supuso con los arreglos sucesivos y la mediación papal en que Chile finalmente admitió que el problema, que estaba vivo con Argentina sólo respecto del canal del Beagle y las tres islas, era un problema que se refería a zonas más al norte, incluyendo el Estrecho de Magallanes, la boca de éste y las aguas territoriales de Chile, las aguas de soberanía marítima de Chile. El señor Pinochet con esos arreglos, consecuencia de la mediación papal, admitió una pérdida de soberanía que, en importancia, es más grande incluso que esa otra desagradabilísima pérdida de soberanía, la de Laguna del Desierto, posibilitada por el señor Aylwin dentro del arbitraje respectivo que se decidió bajo el señor Frei Ruiz-Tagle., en que Chile fue derrotado; aunque en términos de espacio territorial perdió menos que con las medidas del señor Pinochet respecto de Argentina y con la manera como desembocó la mediación papal y el trato sucesivo.

Pues bien, la pérdida de soberanía económica ha sido mucho más grave todavía. Se ha olvidado, no ha sido mencionado sino una sola vez, en un documento que tiene circulación privada, de esos que llaman newsletters, sólo una vez y recientemente hace pocos días se ha recordado que para salir de los problemas de la crisis de los años 8l-82, el Estado chileno del señor Pinochet asumió la deuda externa privada como deuda del Estado y llegó a acuerdo con los acreedores en que se reconoce jurisdicción externa para decidir los problemas que haya respecto del arreglo en cuanto a la deuda externa asumida por el Estado, admitiendo que ¡se aplicaban las leyes y la jurisdicción del Estado de Nueva York! Y se contempló que pudieran ser embargados bienes fiscales y bienes nacionales de uso público. Esa es una pérdida de soberanía mucho más neta que el que esté siendo juzgado el señor Pinochet ahora por un juez o por la Corte de los Lores, y después por un juez español sucesivamente en España. Mucho más grave fue lo que hizo el señor Pinochet entregando soberanía al pretender arreglar la deuda externa chilena en esos años. Y eso ¿no es mencionado? ¿Se puede admitir tal cinismo e hipocresía?

Había que mencionar también la pérdida en la minería sobre la base de las concesiones de exploración y pertinencias, y la entrega de la energía y de prácticamente todos los recursos estratégicos del Estado...
Eso es una pérdida de soberanía neta. Yo no había mencionado esos casos, a pesar de que usted bien sabe que me dedico al Derecho de Minería. No sólo en materia minera, de gran minería del cobre en forma específica, y en otros casos como el litio, se ha suscitado una pérdida de soberanía sobre recursos básicos nacionales que no tiene nombre ni precedentes en Chile. Es mayor de la que ocurría antes de la nacionalización del cobre por Allende. Y por cierto lo que usted dice respecto de la energía. Se trata de pérdidas de soberanía causadas por el gobierno del señor Pinochet y los sucesivos, porque esto continuó bajo el señor Aylwin y siguió bajo el señor Frei con la continuidad que ha habido desde la dictadura hasta lo que hay ahora, 25 años después. Pues bien, no lo había mencionado porque incluso me refiero a ello con mayor extensión en el libro llamado Carta abierta a Patricio Aylwin. Y en materia de energía esto es insoportable. Y en materia de derechos de agua, porque junto con la energía salió fuera del país la propiedad de alrededor del 70 por ciento de los derechos de agua, como lo dijo en un artículo al iniciarse el escándalo de Enersis y demás, el señor Genaro Arriagada, actualmente embajador en Washington. Eso no ha sido recogido por casi nadie que yo sepa, sino en el libro Carta abierta a Patricio Aylwin. Estas son pérdidas de soberanía mucho más graves que el que un individuo chileno, cualesquiera hayan sido sus funciones previas, esté siendo juzgado fuera del país.














1999







miércoles, febrero 24, 2010

“Canto I”, de Ezra Pound







Y bajamos a la nave,
Enfilamos quilla a los cachones, nos deslizamos en el mar divino, e
Izamos mástil y vela sobre aquella nave oscura,
Ovejas llevábamos a bordo, y también nuestros cuerpos
Deshechos en llanto, y los vientos soplaban de popa
Impulsándonos con hinchadas velas,
De Circe esta nave, la diosa bien peinada.
Nos sentamos luego en medio de la nave,
Mientras el viento hacía saltar la caña del timón,
Así con velas reventando, navegamos hasta el fin del día.
El sol a su descanso, las sombras en el océano.
Llegamos entonces al confín del mar más hondo,
A las cimerias tierras, y ciudades pobladas
Cubiertas por la niebla de tejido espeso, jamás penetrado
Por luz de los solares rayos
Sin toldo estrellado, ni por los ojos desde el cielo vueltos
La noche más negra envolvía a los infelices deste suelo.
Y en el reflujo del océano, llegamos después al sitio
Predicho por Circe.
Aquí los ritos de Perimedes y Euríloco[1],
Y de mi cadera retirando espada
Cavé la fosa midiendo un ana en cuadro;
E hicimos libaciones sobre cada muerto,
Primero alojas y luego dulce vino, agua mezclada con harina alba.
Dije entonces muchas oraciones a las pálidas cabezas muertas;
Como es costumbre en Ítaca, toros estériles de los mejores
Para el sacrificio, levantando una pira con efectos,
Una oveja para Tiresias sólo, negra y con cencerro.
Sangre negra se derramó en la fosa,
Fantasmas del Érebo, cadavéricos muertos, de novias[2]
De mancebos y ancianos que mucho habían sufrido;
Ánimas manchadas por recientes lágrimas, muchachas tiernas,
Muchos hombres, desgarrados por las broncíneas puntas
          de las lanzas,
Despojos de batalla, con armas manchadas de sangre todavía,
Esta muchedumbre me cercaba; gritando,
Palideciendo, requerí más bestias de mis hombres;
Degollamos los rebaños, ovejas muertas por el bronce;
Escanciando aceite, clamé a los dioses,
A Plutón el fuerte, y elogios a Proserpina;
Desenvainé la espada angosta,
Me senté para esquivar los impetuosos muertos impotentes,
Hasta que oyera a Tiresias.
Mas el primero en llegar fue Elpénor, Elpénor nuestro amigo[3],
Insepulto, lanzado sobre la tierra vasta,
Extremidades que abandonamos donde Circe,
Sin derramar lágrimas por él, sin amortajar su cuerpo,
Porque cosas urgentes nos llamaban.
Lastimoso espíritu. Y grité con palabra apresurada:
“Elpénor, ¿cómo llegaste a esta costa oscura?
¿Viniste a pie, acaso, más veloz que los marinos?”.
Y entonces, él, con palabras graves:
“El adverso hado y el abundoso vino.
En el hogar de Circe pernocté.
Bajando descuidado las altas escaleras,
Caí de golpe sobre el contrafuerte,
Rompiéndome la nuca, el alma voló en busca del Averno.
Mas a ti, ¡Oh Rey!, te pido recuerdes, a mí, el no llorado,
El insepulto,
Amontona mis armas y sea mi tumba la orilla del mar
Y mi epitafio:
Un hombre desgraciado, con su fama en el futuro.Y caval vertical el remo que blandía entre mis compañeros”.

Y Anticlea, de quien me defendí, vino, y luego Tiresias tebano[4],
Levantando su vara dorada, me reconoció, y habló el primero:
“¿Por segunda vez? ¿Por qué? ¿Hombre de mala estrella,
Ante los muertos en la sombra y en esta región triste?
Sal de la fosa, déjame la bebida sangrienta
Para mis vaticinios”.

Y di un paso atrás,
Y él, fortalecido con la sangre, dijo entonces: “Odiseo
Regresará a través del rencoroso Neptuno, por oscuros mares,
Perdiendo todos sus hombres”. Y entonces vino Anticlea.
Cepos quedos, Divus. Quiero decir, es decir, Andrés Divus[5],
In oficina Wecheli, 1538, tomado de Homero
Y navegó desoyendo Sirenas y de allí lejos y hacia adentro
Y hasta Circe.

Venerandam[6],
En frase del cretense, con dorada corona, Afrodita,
Cypri munimenta sortita est, alegre, oricalchi, con doradas[7]
Fajas y cintas en los pechos, tú, la de párpados oscuros
La de la rama dorada de argicida. Para que…[8]





Notas
[1] Euríloco es el fiel compañero y lugarteniente de Odiseo; Perimedes es otro miembro de su tripulación. Circe, diosa hechicera, hija del sol y de Perseis. En la Odisea y en las leyendas de los argonautas. Habitaba en la isla de Ea, hoy, según algunas versiones, la península de Circeo, cerca de Gaeta.
[2] El Érebo, nacido del Caos, es un espacio de tinieblas a través del cual deben pasar las almas en su camino a los Hades.
[3] Elpénor es el miembro más joven de la tripulación de Odiseo. Su muerte accidental, mientras se hallaba bebido, le convierte en un símbolo de la mala suerte (Odisea, XI).
[4] Anticlea, seducida por Sísifo, dio a luz a Odiseo, según algunas versiones del mito. Otra versión considera a éste hijo legítimo de Anticlea y su esposo Laertes.
[5] Andreas Divus, de Justinopolis, es el autor de la traducción latina en la que se basa Pound: “In 1906 he had bought Andreas Divus’s translation of Homer” (“En 1906 había comprado la traducción de Homero por Andreas Divus”. Forrest Read, en Eva Hesse, editor, New Approaches to Ezra Pound, Berkeley y Los Angeles, University of California Press, 1969, pág. 126). Fue publicada en la imprenta de Wechelus, París, 1538.
[6] Venerandam: digna de ser venerada.
[7] Cypri: que domina todo Chipre, la isla que se considera centro del culto a Afrodita, diosa del amor, de la belleza y de la fertilidad. Oricalchi: de cobre.
[8] Argicida: el matador de Argo. Se dice de Hermes, que le mató de una pedrada por orden de Zeus. Sus características son la juventud, la astucia, la elocuencia. Es el inventor de la lira y de la flauta. Los humanos le consideran un verdadero amigo divino.






en Cantares completos, 1994




Traducción de Javier Coy













martes, febrero 23, 2010

«Acerca del poeta», de Bárbara Délano





Los soles al chocar
dejaban su estela innumerable de sonidos
que el hombre nunca pudo oírlos planetas rotaron
y el mar dando vueltas
extrañamente nunca se caía
Los hombres seguían levantando
sus manos extendidas sobre el cielo
Los dedos de las mujeres
tocaban el vientre de sus hijos
y ellos besaron largas noches
los pechos de luna donde se bañaban
las sirenas y los delfines ciegos
Nunca vimos un atardecer en Marte
                    Los días pasaban
                                                  rigurosamente
El tiempo seguía dentro de los caracoles
ascendiendo y descendiendo su fatal escala
Nadie sabía los nombres de las cosas
                    y cuando se dijo atrás
                    se disparaba a un hombre
y cuando se dijo mano
                                             caía un pájaro
y cuando se dijo tierra
sonó un mar de huesos y calaveras
                    fue el poeta el que le puso nombre a las cosas
y las cosas desde entonces fueron dóciles y amargas
                                        y amigas del hombre
y se dijo harina
                              y hubo pan
y se dijo bomba
                              y fue Hiroshima
                              y se dijo beso y hubo bocas
desde entonces las cosas vivieron
y bailaron con el hombre durante los siglos
y vino el poeta y presenciamos el atardecer más rojo
          de Marte
y cada vez que chocó una estrella con un cometa
escuchamos un ruido de papel arrugado
Si hay algo aquí adentro
                              que venga un poeta y se siente a la mesa
que venga un poeta y encienda la luz y busque el volcán
si alguna palabra queda por decir
que venga el poeta y tome desayuno
y dé besos y haga espejos de cada pupila rota y amarilla
                    Un globo roto en las manos de un niño
un auto que se detiene
un hombre que muere
una mujer compra el pan
cinco hombres se mueren
una bibliotecaria hace ssshht
treinta hombres asesinados
un obrero se arremanga la camisa
cincuenta hombres desaparecidos
una hoja cae de un árbol
el poeta da el último grito
sus amigos aúllan como una sirena
camino al cementerio
y las cosas ahí se quedaron
esperando que su mano resucite
para que este globo pájaro
siga aleteando como un feto de gorrión
                                        en el espacio celeste




en Revista Pasquín, UEJ, 1979






















lunes, febrero 22, 2010

“El ano solar”, de Georges Bataille






Está claro que el mundo es puramente paródico, es decir, que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo una forma engañosa.

Desde que las frases circulan en los cerebros ocupados en reflexionar, se ha procedido a una identificación total, ya que, con la ayuda de una cópula, cada frase liga una cosa a otra; y todo estaría visiblemente ligado si se abarcara con una sola mirada el trazado, en su totalidad, que deja un hilo de Ariadna, conduciendo el pensamiento en su propio laberinto. Sin embargo, la cópula de los términos no es menos irritante que la de los cuerpos. Y cuando grito: SOY EL SOL, me sobreviene una erección completa, pues el verbo ser es el vehículo del frenesí amoroso.

Todo el mundo es consciente de que la vida es paródica y necesita una interpretación.Así, el plomo es la parodia del oro.

El aire es la parodia del agua.
El cerebro es la parodia del ecuador.
El coito es la parodia del crimen.
El oro, el agua, el ecuador o el crimen pueden enunciarse indiferentemente como el principio de todas las cosas.

Y si el origen no se asemeja al suelo del planeta que parece ser la base, sino al movimiento circular que el planeta describe alrededor de un centro móvil, un coche, un reloj o una máquina de coser pueden aceptarse igualmente como principio generador.

Los dos movimientos principales son el movimiento rotativo y el movimiento sexual, cuya combinación se expresa mediante una locomotora compuesta de ruedas y de pistones.Estos dos movimientos se transforman uno en otro recíprocamente. De este modo constatamos que la tierra al girar hace copular a los animales y a los hombres, y (como lo que resulta es también la causa de lo que provoca) que los animales y los hombres hacen girar a la tierra copulando.

La combinación o transformación mecánica de estos movimientos es lo que los alquimistas buscaban bajo el nombre de piedra filosofal.

Como consecuencia de esta combinación de valor mágico, la situación actual del hombre está determinada en medio de los elementos.

Un zapato abandonado, un diente cariado, una nariz demasiado corta, el cocinero escupiendo en la comida de sus señores, son al amor lo que el pabellón es a la nacionalidad.

Un paraguas, una sexagenaria, un seminarista, el olor de los huevos podridos, los ojos penetrantes de los jueces, son las raíces por las que el amor se nutre.

Un perro devorando el estómago de un oca, una mujer ebria que vomita, un contable que solloza, un tarro de mostaza, representan la confusión que sirve al amor de vehículo.

A un hombre situado en medio de los otros hombres le irrita saber por qué él no es uno de los otros. Acostado en una cama junto a una chica que ama, olvida que no sabe por qué es él, en lugar de ser el cuerpo que toca. Ignorándolo todo, sufre a causa de la oscuridad de la inteligencia, que le impide gritar que él mismo es la chica que olvida su presencia agitándose en sus brazos.

El amor, o la cólera infantil, o la vanidad de una heredera de provincia, o la pornografía clerical, o el solo de una cantante, hacen divagar a los personajes olvidados en apartamentos polvorientos.

Se esforzarán en buscarse ávidamente unos a otros: nunca encontrarán más que imágenes paródicas y se dormirán tan vacíos como los espejos.

La chica ausente e inerte que está suspendida en mis brazos, sin hacerme ilusiones, no me es menos extraña que la puerta o la ventana a través de la(s) que puedo mirar o pasar. Encuentro la indiferencia (que le permite abandonarme) cuando me duermo por incapacidad de amar los acontecimientos. Le es imposible saber a quién encuentra cuando la estrecho porque ella representa obstinadamente un completo olvido.

Los sistemas planetarios, que giran en el espacio como rápidos discos y cuyo centro se desplaza igualmente describiendo un círculo infinitamente más grande, se alejan continuamente de su propia posición para volver a ella acabando su rotación.

El movimiento es la figura del amor incapaz de detenerse sobre un ser en particular y pasando rápidamente de uno a otro. Aunque el olvido, que así lo condiciona, no es más que un subterfugio de la memoria.

Un hombre se levanta tan bruscamente como un espectro sobre un ataúd y se acuesta de la misma manera. Vuelve a levantarse algunas horas después y se acuesta de nuevo y continúa así cada día: este gran coito con la atmósfera celeste está regulado por la rotación terrestre frente al sol. Así, aunque el movimiento de la vida terrestre esté acompasado por esta rotación, la imagen de este movimiento no es la tierra que gira, sino la verga penetrando a la hembra y saliendo de ella casi por completo para volver a penetrar.





en El ojo pineal, 1997












domingo, febrero 21, 2010

"La lluvia moja el pino...", de Tai Chu-Luen






La lluvia moja el pino y refresca su sombra,
Se lleva el viento las sutiles flores.
Una cigüeña solitaria, enamorada del silencio,
Se detiene en el pino y no se va.













sábado, febrero 20, 2010

“El lobo”, de Cayo Petronio Árbitro






Logré que uno de mis compañeros de hostería -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: Lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.

Lobo, rompió a dar maullidos y huyó al bosque.

Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.

Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas.

-Si hubieras llegado un poco antes -me dijo- hubieras podido ayudarnos: Un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.

Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.

Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello.







en Satiricón (capítulo LXII), siglo I












viernes, febrero 19, 2010

"Martín Rivas", de Alberto Blest Gana

Fragmento



Don José se hallaba amenazado de ir a la cárcel, dejando en el más completo abandono a su mujer y a su hijo Martín, de un año de edad.

Antes de aceptar aquella propuesta, hizo, sin embargo, algunas objeciones inútiles, porque Encina se mantuvo en los términos de su proposición y fue preciso firmar el contrato bajo las bases que éste había propuesto.

Desde entonces don Dámaso se estableció en Copiapó como agente de la casa de comercio de Valparaíso, en la que había servido y administró por su cuenta algunos otros negocios que aumentaron su capital. Durante un año la mina costeó sus gastos y don Dámaso compró poco a poco a Rivas toda su parte, quedando éste en calidad de administrador. Seis meses después de comprada la última barra. sobrevino un gran alcance, y pocos años más tarde don Dámaso Encina compraba un valioso fundo de campo cerca de Santiago y la casa en que le hemos visto recibir al hijo del hombre a quien debía su riqueza.

Gracias a ésta, la familia de don Dámaso era considerada como una de las más aristocráticas de Santiago. Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar enteramente la oscuridad de la cuna: al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamos mucho de que éste sea un paso dado hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en los favores ciegos de la fortuna afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen ocultar su nulidad, que les hace mirar con menosprecio a los que no pueden, como ellos, comprar la consideración con el lujo o con la fama de sus caudales.

La familia de don Dámaso Encina era noble en Santiago por derecho pecuniario y, como tal, gozaba de los miramientos sociales por la causa que acabarnos de apuntar. Se distinguía por el gusto hacia el lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de nuestra sociedad, y aumentaba su prestigio con la solidez del crédito de don Dámaso, que tenía por principal negocio el de la usura en grande escala, tan común entre los capitalistas chilenos.











1862












Contribución a Dscntxt de Ignacia Viñes






jueves, febrero 18, 2010

“Aquí tiene mi pañuelo”, de Violeta Parra







Aquí tiene mi pañuelo,
señora, seque su llanto,
no hay en el mundo quebranto
que no tenga su consuelo,
saque la vista del suelo
y míreme frente a frente,
que sufre toda la gente,
l'olvidaba por egoísmo,
eso conduce al abismo,
le digo primeramente.

No ha visto en los hospitales,
están sobrando las urnas,
porque las niñas nocturnas
se duermen como animales,
confunden los materiales
del moribundo paciente,
y al despertar de repente
jeringan a Juan Salgado
en vez de Juan Maldonado,
y echan a dos por el puente.

Hay diferencia en los bancos
por no sé cuántos trillones,
los ministerios mayores
también van diferenciando,
los funcionarios chupando
la teta ya mucho rato,
hay jefes que son retrato
del mismito Lucifer,
en esto sí que la ley
puede bramar garabatos.

Aquí le muestro un legajo
de sello, tinta y papel,
éste sí que es cascabel
que suena con desparpajo,
diez mil quinientos carajos
pueblan las casas legales,
y allí están los tal por cuales
en un sillón silloneado
y a fines de mes arreando
billetes muy especiales.

El rey de las oficinas
tramita qu'es un portento,
no deja por un momento
su puro y su gabardina,
teléfono y pluma fina,
ventana al Santa Lucía,
cocteles ord'en del día
y por la noche de frac,
p'al puestecito es un crac,
qué le parece mi amiga.

Engaño de punt'a cabo
en este mundo tan cruel,
engaño hast'en el plantel
d'estudios muy encumbra'os,
siete años amordaza'os
de pies y mano' arquitectos,
tratando bellos proyectos
de mil colores y formas,
cuando más tarde es la norma
de hacer cajones de muertos.





en Décimas: autobiografía en verso, 1988












miércoles, febrero 17, 2010

“Moverse hacia la ternura”, de Pablo Ramos







Si podemos hablar ¿por qué entonces escribir? ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué es, en definitiva, lo que una persona que escribe habitualmente, o sea, un escritor, persigue al sentarse horas y horas frente a una máquina de escribir? ¿Dinero, fama, gloria?, no creo, eso es para pocos, y en todo caso eso viene después.

¿Qué es lo que descubre un escritor cuando descubre que va a ser escritor? ¿Qué nombre propio le puso a ese sentimiento que tiene atornillado a la glotis? Ese que, al mismo tiempo de ser descubierto, promete una herramienta para la extirpación y susurra al oído que, pase lo que pase, digan lo que digan (tus ex mujeres, tus ex suegras, tu propia madre, tu propio padre, tus hijos) tienes que escribir, tienes que escribir, tienes que escribir. Ese sentimiento es la impotencia.

De la impotencia, de la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror, porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber “de qué hablamos cuando hablamos de amor”, de ahí: de lugares como ese, viene Carver. De antes de ser escritor, de mucho antes de ser alguien que quiera expresarse en términos poéticos. Carver viene del dolor y el asombro frente al dolor, de la desolación y el asombro frente a la desolación, de la caricia y el asombro frente a la caricia, y de mucho más atrás de eso. Más cerca de la verdad que del arte, porque la gente está más cómoda con el arte que con la verdad, él quiere incomodarnos: incomodarse para incomodarnos. Y esto no entra en ningún género literario. Descreo de esos nombres, acá no hay minimalismo, no hay realismo sucio, no hay más que honestidad brutal contada desde un alma preciosa que ha aprendido a darle potencia a la impotencia de las palabras, que ha descartado adjetivos, adverbios, verboides, y pajas y más pajas, para contarnos que no se puede decir “te necesito”, no se puede decir “te amo”, no se puede decir casi nada porque es imposible saber o expresar la dimensión del amor o de la necesidad o de lo que fuera que uno sienta. Y que por eso te miento, cuidando la mentira, cuidándote de la mentira, porque ese fingir es el instrumento de mi verdad, de mi realidad no realista, de mi mínima cosa que ocupa toda mi vida.

Carver dijo en un reportaje que de lo único que se sentía orgulloso en su vida era de haber dejado de beber. También, en el mismo reportaje, confesó que la primera vez que un cuento suyo salió publicado en una antología (“Quieres hacer el favor de callarte, por favor”), él se fue a dormir llevándose el libro a la cama.

“…El día en que me llegó la antología por correo me la llevé a la cama para leerla, simplemente para mirarla y para tenerla, pero verdaderamente la miré y la tuve más de lo que la leí. Me quedé dormido y a la mañana siguiente me desperté con el libro en la cama a mi lado, junto a mi mujer”. Cuánta honestidad. ¡Qué placer me produce leer esto! Cuánto me tranquiliza, cuánto me llena de esperanza saber que es un hombre honesto y valioso quién produce su literatura honesta y valiosa. A cuántos de nosotros (escritores) sería un gran negocio comprarnos por lo que valemos y vendernos por lo que creemos que valemos. Raymond Carver, un genio literario, es capaz de decir, casi inocentemente que se acurrucó junto a su primera publicación. Esto es decir: yo quiero que me publiquen, yo escribo para que me lean, yo quiero tener suerte. Cuántos fantasmas despeja este deseo, cuánta sanidad hay en él. Cuánto bien le hace al escritor principiante… y no tanto.

Acá podrían terminar mis palabras, ¿por qué no? Pero tal vez haya algo más que le pueda agregar a este perfil de apuro que terminó por salir de mi máquina de escribir, y hay un ejemplo publicado en la obra de Carver que habla mejor de él de lo que, al menos, pueda hablar yo. En el año 1981, él publica, en el libro De qué hablamos cuando hablamos de amor, un cuento no logrado. El cuento se llama “El baño”, y es la triste historia de Scotty que, en las vísperas de su cumpleaños, luego de que su madre le encargara un pastel con su nombre, es atropellado por un auto y queda en coma en el hospital. En realidad es la historia de la madre de Scotty, que después de pasar por el primer trance de acompañar a su hijo en el hospital, vuelve a casa para bañarse y recibe la llamada del pastelero que se ha sentido estafado porque ella no fue a retirar el pastel ni a pagárselo. El tipo llama sin darse a conocer, ya en el final del cuento, con el chico en coma. La madre pregunta si se trata de Scotty y el pastelero dice “sí, Scotty, se trata de Scotty”.

No hay trucos, porque aunque ella no cae en la cuenta de quién es el que llama, el lector no tiene dudas, por eso el cuento no es malo en lo formal, pero es malo en su razón de ser. No hay hondura, no hay punto de no retorno más allá de la posible muerte de Scotty como circunstancia. Del comentario fuera de lugar del pastelero como circunstancia. Y si uno mide la dimensión teórica del drama (el coma de Scotty, que el pastelero llame y llame por teléfono a la madre diciéndole que Scotty tal o cual cosa) contra el peso emocional que uno siente al terminar de leer (esto es lo que debería haber sentido contra lo que realmente siente) sale defraudado. Sí, ¡defraudado por Raymond Carver!

Es que a veces no alcanza con que el escritor contemple con la boca abierta o en puro asombro un zapato viejo o un atardecer, tal cual lo dice Carver. Y es que él dice “a veces se necesita tan sólo contemplar…” y nosotros leemos “con eso alcanza, lo hago siempre y listo”. No. No es así: no es tan fácil escribir fácil.

Hay palabras importantes que Carver hace renacer. Ternura, alma, talento, son algunas de ellas. Entonces si no tienes talento y no escribes con el alma jamás vas a lograr moverte hacia la ternura, y eso es lo que busca Carver, aún en los cuentos más duros, él mismo lo dice cuando “medita” sobre la frase de Santa Teresa que tanto le gustaba: “las palabras llevan a las acciones… preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”.

Entonces volviendo al cuento “El baño”. La madre vuelve, al hijo le van a hacer mil estudios, escucha lo que escucha del pastelero y se termina el cuento. ¿Qué cuento? Ningún cuento, porque no le salió, porque así no pasa nada, porque fue sólo una idea que se publicó.

Pero toda obra está viva mientras su escritor esté vivo, dice Carver, y unos años después, cuando sale el notable libro Catedral, reescribe el cuento “El baño”, lo titula, “Parece una tontería” y lo convierte en una verdadera obra maestra.

Lo extiende: la madre recibe más llamados del pastelero, Scotty muere, el pastelero insiste “Scotty, lo tengo listo para usted, se ha olvidado de Scotty”. La madre lo putea, minutos atrás acaba de enterrar a su hijo, ni ella, ni el lector ─atrapado ahora sí en el sentimiento de ella─ pueden entender qué categoría de enfermo es este tipo. Pero la genialidad es que el lector está segundos por delante en comprensión que la protagonista, Carver nos regala esto, pero no abusa y unas líneas más adelante, enseguida, ella cae en la cuenta. Fácil: la torta, el nombre, el número de teléfono, “hijo de puta” grita, y el marido la lleva a la pastelería.

Y ahora lo bueno, el pastelero no los quiere atender, ironías, soberbia. Finalmente les abre. Hay un momento de dudas, parece que va a haber violencia. El pastelero admite que llamó, que el pastel se está poniendo rancio, dice que si quiere se lo deja a mitad de precio. Y ¿saben cómo se dice mi hijo murió?: “Mi hijo ha muerto –dijo Ann con un tono frío y cortante─. El lunes por la mañana lo atropelló un coche. Hemos estado con él hasta que murió. Pero naturalmente usted no tenía por qué saberlo, ¿verdad? Los pasteleros no tienen que saber todo, ¿verdad, señor pastelero? Pero Scotty ha muerto. ¡Ha muerto, hijo de puta!”.

Y todo el dolor del universo empieza a llover sobre los personajes y a través de ellos sobre el lector, que ya está emocionalmente preparado (preparado por el escritor) para vivir el momento estético más sublime que el arte nos puede dar (a mi gusto), que es cuando la literatura, LA LITERATURA, se hace presente y dice “acá estoy”: “…el pastelero dejó el rodillo de amasar en el mostrador… los miró y meneó la cabeza despacio… sacó sillas de debajo del mostrador…

─Siéntense ustedes, por favor.
─Quisiera matarlo ─dijo (Ann)─, verlo muerto”.

Ellos se sientan, él se sienta con ellos.

“─Permítanme decirles cuánto lo siento ─dijo el pastelero apoyando los codos en la mesa─ Sólo Dios sabe cuánto lo lamento. Escuchen. Sólo soy un pastelero…”.

Sí, dice eso: “Soy sólo un pastelero…”. Una tontería. Parece una tontería. “…en momentos como estos comer puede parecer una tontería…”.

El cuento sigue. Él les ofrece bollos, y ellos se quedan. Se hace de día y ni piensan en irse, mientras el pastelero les da de probar y de oler y les sirve más y más café. Yo sólo soy un pastelero. ¿Le agregarían el adjetivo “simple” a “pastelero”? No es minimalismo, es talento.

Y él se lo agrega después, porque al decir lo mismo por segunda vez el adjetivo “simple” toma una dimensión poderosa, catapultado por un contundente “ahora”. Antes no sé, era otra cosa, yo era distinto, yo tenía ilusiones, etc., etc., etc., “…ahora soy un simple pastelero”.

Yo leí este cuento por primera vez en el colectivo, un invierno de esos que andaba sólo y hambriento por Buenos aires. No pude parar de llorar, nunca puedo parar de llorar cuando llego a esta parte del cuento. Por eso quería compartirlo. Y creo que no tengo más para decir: ese es mi Carver personal, mi amigo Carver, el que no quiero ni pensar que se vaya, más allá de que el amanecer haya arrojado sus luces pálidas en mis ventanas.






en No Retornable, julio-agosto 2007












martes, febrero 16, 2010

“Trenzas”, de María Luisa Bombal







Porque día tras día los orgullosos humanos que ahora somos tendemos a desprendemos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.

Positivas, ignoran al desprenderse de éstas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la Tierra.

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso: desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.

¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacía su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto.... el canto natural de aquella cabellera. Y sé, y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro..., y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer. Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.

Trenzas que al inclinarse prudentes un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del rey..., su marido. Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego, estremecido y dejando por fin hablar su corazón... Melisanda, murmura..., tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme en ellas.

Por respuesta, sólo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo esa -verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.

¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María, de Jorge Isaacs! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.

Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja. Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.

La octava mujer de Barba Azul... ¿La habéis olvidado? Y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje copiara a su traviesa esposa las llaves de acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.

De más está explicar que durante esa bien venida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.

Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así, pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre éstas, aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no sólo mohosa..., sino además tinta en sangre.

-Vos, señora, me habéis traicionado -rugió-; no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.

Dicho esto, desenvainó su espada...

¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se están preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna...

-¡Sí que la tiene! -respondo con fuerza-. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio, para su hermana.

Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.

No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.

Fueron sus trenzas y nada más que sus complicadamente peinadas en ciento y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que frenaron y entrabaron sus dedos criminales, enredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.

Así, pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando ésa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.

Era muy pálida, así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga, describe Balzac a una de sus enigmáticas heroínas.

Y no era un capricho verbal.

Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la Tierra.

Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afición suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros. ¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen, lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos.

Dos hermanas.

Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios.

La hermana mayor, marchita ya desde muy joven, recortase el pelo, vistió poncho de vicuña, y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retiróse al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona... nadie sabe por que.

La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo, aunque igualmente frágil de salud. También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida.

Sí. era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente. Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: "¡Incendio!".

Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada, aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad..., con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.

Entretanto, en la ciudad, la hermana menor, de vuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.

Sus festejantes dos, sus servidores dormidos y ella por primera vez sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.

En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, éste ardiente y acre, barría en contra de ellos bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.

Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!

La Amazona permanecía sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes. El bosque ardía sin ruido, y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, ennegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar..., permitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez...

Ese enorme avellano consumiéndose..., ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?

Y tras aquel gigantesco tronco..., árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías..., y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad..., y aquel eucalipto del que se abrazara -jovencita- llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca..., nunca...

Allá en la ciudad despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana -la que se atrevió siempre a amar-, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte..., pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.

Y de pronto, allá abajo en el fundo, fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semiasfixiados.

Del manso bosque en ruinas empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio. Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.

Luego escombros, cenizas y silencio.

Cuando en la ciudad vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho, tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.

El médico aseguró que había agonizado la noche entera.

Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.

Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas, son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza; son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.

Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones ni goces absurdos ni poder magnético.

Y sus sueños no son ahora sino una triste marca que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.






en revista Saber vivir, 1940












lunes, febrero 15, 2010

"El secreto de sus ojos", de Eduardo Sacheri y José Campanella

Fragmento de la película basada en la novela homónima de Sacheri



Espósito encuentra a Sandoval sentado en un bar con las cartas que el principal sospechoso escribió a su madre en sus manos.

Espósito: Ya no sólo te escapás para mamarte, ahora también te robás las pruebas.

Sandoval: Ya está todo bajo control, Benjamín.

Espósito: Mirá si a Irene se le ocurre leer el expediente?

(Espósito intenta quitarle las cartas a Sandoval)

Espósito: ¡Suelte, Carajo! ¿Qué está haciendo, se volvió loco?

Espósito: Vámonos...

Sandoval: Sentate vos un segundo. Sentate y relajate. ¿Sabés por qué no lo podemos encontrar, Benjamín? Porque somos dos boludos... Mirá: 12 cartas, 31 folios,
5 trabajos... No, esto ya te lo leí.

Espósito: Vámonos.

Sandoval: No. No paré de pensar un segundo... La cabeza me explota, Benjamín. Yo me puse a preguntar. ¿Cómo es posible que no lo podamos encontrar a este tipo? Siempre se nos hace humo, ¿dónde está? Y se me ocurrió pensar en los tipos, pero en todos los tipos, no en este tipo en especial, sino...

Espósito: “Los tipos”, sí.

Sandoval: Eh, ahí está. En “el Tipo”... El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto... pero hay una cosa que no puede cambiar, ni él, ni vos, ni yo, nadie. Mirame a mí. Soy un tipo joven... tengo un buen laburo, una mina que me quiere... y como decís vos, me sigo cagando la vida viniendo a tugurios como éste. Más de una vez me dijiste: “¿Por qué estás ahí, Pablo, qué hacés ahí?”... ¿Y sabés por qué estoy, Benjamín? Porque me apasiona. Me gusta venir acá, ponerme en pedo, cagarme a trompadas si alguien me hincha las pelotas, me gusta. Y vos lo mismo, Benjamín. Vos no pod-, no hay manera de que te puedas sacar de la cabeza a Irene. Y la mina tiene más ganas de casarse que Susanita. Debe tener más de 37 revistas de trajes de novia arriba del escritorio. Se comprometió con fiesta y todo, pero vos... seguís esperando el milagro, Benjamín. ¿Por qué? (Espósito baja la mirada) Vení. (Se acercan a la barra en donde un grupo de comensales bebe) ¿Qué tal Escribano, cómo le va?


Escribano: Qué dice, ¿cómo está?

Sandoval: Acá le traje al amigo del que le había hablado: Espósito. El Escribano Andretta, Escribano en serio, mi asesor técnico.

Escribano: Ahí le doy una tarjeta. (Se la extiende a Espósito)

Sandoval: Vamos con la primera carta de nuestro querido amigo Gómez.
...
Sandoval: “Te juro que con lo que llovió quedé peor que Oleniak la vez aquella”. Escribano, por favor:

Escribano: Juan Carlos Oleniak, debutó en Racing en el año 60... en el 62 pasó a Argentino Juniors, en el 63 volvió a Racing. En un clásico con Sandoval Lorenzo, le dieron un empujón... lo metieron de cabeza en el foso. Salió todo empapado.

Sandoval: Ah, una cosa seria. Acá lo llamamos Platón, porque vive de La Academia. “Yo te voy a traer vieja, y vamos a ser flor de yunta... no es lo mismo Anido, que Anido con Mesías”... Doctor:

Escribano: Anido y Mesías, backs del Racing Campeón del '61... Negri al arco, Anido y Mesías, Blanco, Piani y Sachi, Corbata, Pisutti, Mansilla, Sosa y Belén.

Sandoval: “quedate tranquila vieja, en eso soy como Manfredini y no como Babastro”. Escribano:

Escribano: Pedro Valdemar Manfredini... Se lo compraron a los mendocinos por 2 pesos y resultó ser un jugador extraordinario para su época... ¡Increíble! Julio Babastro, puntero derecho jugó sólo dos partidos entre el 62 y el 63 sin abrir el escor.

Sandoval: Cito: “Yo no quiero terminar como Sánchez”, ¿a qué se refiere
“como Sánchez”, doctor?

Escribano: No, seguramente se está refiriendo al guardameta Ataulfo Sánchez, eterno suplente del gran Negri... jugó solamente 17 partidos entre el 57 y el 61.

Sandoval: Escribano, ¿qué es Racing para usted?

Escribano: Bueno, una pasión, querido.

Sandoval: ¿Aunque hace nueve años que no sale campeón?

Escribano: Una pasión es una pasión.

Sandoval: ¿Te das cuenta Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de famita, de novia, de religión, de Dios... pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín... no puede cambiar... de pasión.





Sucede a continuación el más bello plano de secuencua ficcional que se haya filmado de fútbol alguna vez.











2009










domingo, febrero 14, 2010

“El Oriente de la diferencia”, de Eugenio Chahuán







El nombre de Europa evoca una hermosa leyenda, Europa era hija del rey fenicio Agenor y de su mujer Telefasa, que fue raptada y seducida por Zeus. Europa, hija de la tierra de Canaán dio su nombre al continente europeo, cuna de Occidente. El poeta árabe Adonis se pregunta si algo de este legendario encuentro entre Oriente y Occidente no es una de las dimensiones del yo. Sobre todo si este “yo” (Fenicia, tierra de Canaan, Palestina) dio a Europa no sólo su nombre, sino también los elementos más básicos de su identidad: su fe, su cultura, su escritura.

Oriente y Occidente no son realidades absolutas, estáticas. Cada una recrea a la otra de diferentes maneras, dependiendo de los períodos y de las condiciones en que se relacionan, y éste, sin lugar a dudas, ha sido una relación de poder; Occidente, ha creado al Oriente que le convenía. Ha “orientalizado” al Oriente y a lo oriental. Oriente no es el Oriente, como plantea el crítico y académico palestino-norteamericano, Edward Said, sino una construcción ideológica, una percepción del otro desde un “nosotros”.

Lo mismo sucede con Oriente, que se siente totalmente invadido por Occidente. Tanto en el campo de la literatura y de las artes, como en el terreno del pensamiento y de la política, se han creado imágenes densas y complejas sobre el Otro, sobre Occidente. El Oriente árabe tiene una percepción y ha creado también representaciones sobre el Otro Occidental. Son imágenes diferentes, incluso contradictorias, hasta el extremo de que cada uno tiene “su Occidente”, y cada sensibilidad intelectual –o ideológica– ha construido su concepción específica de ese Otro que hace tambalear los fundamentos de la mirada de los árabes sobre sí mismos y sobre el mundo.

Para Occidente, el Oriente puede ser un remanso de paz espiritual, un territorio para huir del tumulto de la civilización, o un espacio de ficción y de poesía, pero también es, para otros, un lugar para la explotación, el colonialismo o la hegemonía, el lugar del despotismo, el fanatismo y el fundamentalismo. Las divergencias que presentan los occidentales en sus visiones del Oriente se deben, por cierto, a la disparidad de intereses y a las diferencias de presupuestos culturales y políticos.

Los mismos mecanismos se producen en las miradas de Oriente sobre Occidente de manera inversa. Occidente es, para algunos, un modelo civilizacional y político que hay que imitar para salir del subdesarrollo. También representa a veces una fuente científica y cognitiva de la que aprender para liberarse del peso del pensamiento mágico y jurisprudencial islamista. No obstante, Occidente representa también una contradicción importante, ya que actúa para dominar al Oriente, al Islam, al musulmán y al árabe, menospreciando sus valores y explotando sus recursos, bienes y en definitiva, convirtiéndolos en su colonia.

La relación dialéctica entre el Occidente y el Oriente ha inducido, desde hace tiempo, a formas de representación mutuamente contradictorias. El pensamiento árabe moderno y contemporáneo, desde los comienzos de lo que se ha dado en llamar "la época del Renacimiento", ha intentado replantearse los fundamentos de Occidente, comprender sus modos de funcionamiento científico, político y cultural. Desde la expedición a Egipto y Palestina de Napoleón Bonaparte hasta nuestros días, la mirada árabe –o las distintas percepciones– siguen siendo tributarias de las diferentes coyunturas históricas que atraviesan. El intelectual, el artista, el político, el hombre de la calle, cada uno según su campo de acción, se ha visto profundamente influido por los datos, cada vez distintos, que le impone Occidente, confortablemente instalado en sus posiciones dominantes. Las percepciones árabes se definen, entonces, por las condiciones de posibilidad que le otorgan la facultad de representarse, de abarcar los elementos de identidad y de comprensión del Otro –Occidente– en sus dimensiones reales e imaginarias.

La relación Europa-Islam es una relación directa, constante y permanente, refrendada no sólo en la geografía y la historia, sino que fundamentalmente en la cultura. Se trata de una relación inevitablemente establecida en términos de confrontación: en el sentido de estar uno frente al otro, de tener la obligación de mirarse y conocerse. Que Oriente y Occidente llegaran a reconocerse sería también sumamente deseable y ventajoso para ambos, pero ello no quiere decir que ese reconocimiento se produzca fácilmente. Entre Occidente y el Islam ha solido ocurrir justamente lo contrario.

Para comprender la visión occidental de Oriente es necesario volver a la historia. La Europa cristiana se unió entre los siglos VIII y X, afectada en cuerpo y alma por las repercusiones de la conquista Árabe Islámica: a partir de ese momento el Oriente fue identificado con el Islam. Su nacimiento y rápida expansión, modifican en gran medida la geografía política y religiosa del Mediterráneo. El Mediterráneo deja de ser el “Mare Nostrum” y se convierte en lugar de encuentro entre Oriente y Occidente, como escribe H. Pirenne en 1935: “A orillas del Mare Nostrum se extienden, desde entonces, dos civilizaciones diferentes y hostiles”.

Es cierto, los musulmanes aparecen como enemigos, pero para los contemporáneos de Carlo Magno, los “musulmanes” son unos enemigos entre muchos otros (sajones, lombardos, vascones, …). Si hoy en día todos los escolares saben la fecha de la Batalla de Poitiers, liberada por Carlos Martel, es porque la importancia de tal batalla ha sido glorificada, magnificada, con el fin de señalar “la detención” de la “invasión islámica”. ¿Qué hubiera ocurrido en Occidente de no haber estado allí Carlos Martel en el año 732?, continúan exclamando los medios de comunicación. Curiosamente, si todos los libros de historia occidentales hacen referencia a Poitiers, pocos son los historiadores árabes que evocan tal batalla, tan sólo como un hecho nimio. Grandes escritores como Tabari de Andalucía o Ibn Qutiyya no lo evocan ni una sola vez.

Entonces, para comenzar, dos mundos diferentes. A principios del siglo VIII, la cristiandad occidental continúa reducida en el marco de angostos horizontes, mientras que la bandera del Islam ondea ya por vastos espacios, uniendo Asia al Atlántico. Y estos dos mundos son rivales, ya que el muy largo diálogo que tenía que mantener Occidente con su rival musulmán comienza con un intercambio guerrero. Las conquistas musulmanas aparecen entonces como una agresión injustificada. Naturalmente, una reacción defensiva lleva a describir al agresor en términos muy negativos. Devastador de ciudades, destructor, saqueador, artífice de rehenes y artesano de la trata de blancas, tales son las acciones más frecuentes atribuidas al Sarraceno, al Ismaelita, al Moro, al Pagano.

"En suma, un cuadro muy oscuro", comenta Philippe Senac, "que no va a poder redimir ninguna virtud moral”. Así, la primera imagen del Islam en Occidente se elabora en función de una experiencia inicial eminentemente conflictiva, ciertamente real si se piensa en la extensión de los territorios conquistados en unos decenios pero, no obstante, fragmentaria, puesto que las poblaciones atacadas tan sólo aprendieron el reverso de una civilización extranjera, no la realidad islámica en su integridad. No pudieron conocer el Islam en su complejidad y en esos primeros momentos, los Sarracenos no eran vistos como adeptos de una religión pagana, sino como adversarios militares.

La oposición Oriente-Occidente, que se arraiga con la expansión árabe durante el siglo VIII es política, económica y cultural. La oposición Islam y Cristiandad todavía no existe. Tal separación aparece con las cruzadas entre los siglos XI y XIII. Desde entonces, no es ya el moro el enemigo militar de Occidente, sino que el Islam es el enemigo de la Cristiandad. La intención explícita de las cruzadas fue liberar a los Santos Lugares y a los cristianos de Oriente aunque los intereses políticos y económicos fueron igualmente fuertes.

Por primera vez, el musulmán aparece como infiel, profanador de los Santos Lugares y anticristiano. Para movilizar al ejército era necesario un enemigo “detestable” y una causa justa. “¡Qué vergüenza para nosotros,” exclamaba Urbano II en el sermón de Clermont (1095), “si esta raza infiel tan justamente despreciada, sin dignidad humana y vil esclava del demonio, superara al pueblo elegido por Dios todopoderoso!”.

La invocación a la cruzada ejercerá una considerable alteración en la historia de las mentalidades medievales, tanto entre cristianos como musulmanes, ante los cruentos hechos históricos que se sucedieron.

Los temas de la guerra justa y santa y el perdón de los pecados (el Papa Juan VIII había asegurado a los Obispos franceses que el paraíso se concedería a todos aquellos que perecieran durante los combates llevados a cabo contra los paganos), suscita un gran entusiasmo puesto que desde 1096 se pone en marcha una cruzada hacia los Santos Lugares, dirigida por Pedro el Ermitaño. En su camino a Tierra Santa, los cruzados saquearon y destruyeron Constantinopla, capital del cristianismo oriental. Hay que recordar en este sentido que estos acontecimientos todavía perviven en la memoria de la comunidad ortodoxa griega y ello explica la adversa recepción a las visitas del Papa Juan Pablo II a esos países.

El 11 de diciembre de 1097 una columna de la primera cruzada liderada por Raimundo de Saint-Gilles, Conde de Tolosa, penetró en Maarrat an-Numán (en Siria, al norte de Jerusalén), pasando a cuchillo a todos sus habitantes, saqueando e incendiando todo a su paso. Pero lo más revelador fue que los francos demostraron ser expertos caníbales, ya que la antropofagia era una práctica común en la Europa cristiana del siglo XI, asolada por el hambre y la falta de alimentos. El historiador franco y capellán de los invasores, Fulquerio de Chartres, dice: «Me lastima deciros que mucho de los nuestros, presionados por la locura del hambre excesivo, cortaron pedazos de los sarracenos moribundos y los cocinaron... Y cuando aún no habían sido bien cocidos por el fuego, los devoraron con apetito feroz». Los cruzados entraron en Jerusalén el 15 de julio de 1099. Al día siguiente, un consejo presidido por Godofredo decretó la exterminación de todos los musulmanes de Jerusalén, en total, ochenta mil almas.

A partir de las Cruzadas queda trazada la línea imaginaria entre el Occidente cristiano y el Oriente musulmán, línea que sólo se borrará en raras ocasiones. A la imagen negativa del Musulmán, propagada por el papado, se une aquella, también peyorativa, sobre la religión islámica, descrita como una religión “bastarda”, llamada a la autodestrucción. Tal imagen se ha fomentado tanto a lo largo de la Edad Media que ya forma parte del subconsciente colectivo occidental.

Paradójicamente, a pesar de la imagen globalmente negativa, a medida que los combates se prolongaban en Oriente entre cruzados y musulmanes, se llegaba también a ver en el enemigo musulmán unas cualidades que contradecían la imagen dominante. Las virtudes militares, que tanto excitan la imaginación de las sociedades feudales, se concentran alrededor de un hombre, el sultán ayubí Saladino, vencedor de las Cruzadas. Su valor y espíritu noble y cortés le convierten en el héroe de una serie de obras literarias. El infiel, a quien se había aprendido a odiar, muestra también lo ejemplar de su fe, de su tenacidad en el combate y de su compasión en la victoria. En el Andalus, los largos siglos de convivencia trajeron no sólo guerras y conflictos sino también encuentros y admiración del mundo “moro” por parte de los cristianos, como lo testimonian tantos documentos históricos y literarios.

A partir del siglo XIII, Oriente comienza a perder su gloria. Los musulmanes árabes se ven eclipsados por el Imperio Otomano que emerge. Los cambios van a determinar la perspectiva del occidental para con el Oriente musulmán a partir de los siglos XV–XVI. Si el antagonismo religioso pierde su fuerza, no llega a desaparecer completamente, pues el Islam, a través del Turco, vuelve a ser un “azote”, si bien se multiplican los viajes a Oriente para recoger información. Los relatos de viajes son verdaderas joyas y constituyen un material de primer grado para analizar.

Ahora bien, hay que decir que las informaciones que se recogen en esos relatos, tienen un sólo objetivo: reafirmar la supremacía intelectual y el arte de gobernar de Occidente. Antes que nada se quiere demostrar el particular y singular destino de Europa y sus raíces helénicas. De tal modo, ya no constituirá la religión el punto de oposición entre Oriente/Occidente, sino será más bien la diferencia política y cultural la base de ese conflicto. Así, apropiándose de la herencia helénica, el renacimiento reanuda la amistad “mitológica” con la antigüedad clásica, poniendo en marcha una visión de la historia como continuidad interrumpida sólo por el agujero negro de la “Edad Media”. Haciendo esto, la civilización cristiana margina “científicamente” no sólo al Oriente islámico, que domina el Mediterráneo desde el siglo VII al XIV y es el centro de la creación cultural secular, sino también al gran Imperio Bizantino.

Así, reanudando con la “herencia helénica” -según la ilación Grecia antigua/Roma/Europa feudal, después capitalista-, la tesis eurocentrista despoja a la Grecia antigua del medio en el cual se desplegó realmente, es decir “Oriente” y sus fuentes egipcias y fenicias.

A partir del siglo XVII-XVIII, el sentido de superioridad y de verdad se conjuga en Occidente con una supremacía política y de progreso técnico. A la Europa de la vitalidad, del movimiento, se opondrá, en lo sucesivo un Oriente visto como arcaico e inmutable. El Oriente se torna forma literaria con Moliere, Racine y todos los grandes escritores de la época. Se asiste ahora a una verdadera “fascinación del Islam”.

En el siglo XVIII, la mirada intelectual de Occidente hacia Oriente se diversifica. La visión popular oscila de nuevo entre la imagen del Oriente espléndido y maravilloso de Las mil y una noches, y aquella de un Oriente “lascivo” y cruel.

En el siglo XIX, Karl Marx dice que los “orientales” no son capaces de representarse a sí mismos y deben por lo tanto ser representados, justificando así la acción colonial. Hegel, por su parte incorpora en su Filosofía de la Historia la dicotomía de lo “moderno” y lo “primitivo”, asociando al Islam y al Oriente con el mundo primitivo. Quizás la frase del orientalista Renan en su discurso de 1883 en la Sorbonne es la síntesis más representativa de la imagen moderna del Oriente y el Islam: “El Islam y lo musulmán es incompatible con la racionalidad”.

Este pensamiento estará en la base de la acción colonial y fundamentará “la acción civilizadora del hombre blanco” (R. Kipling) . Después de la caída del Imperio Otomano, “el hombre enfermo de Europa”, según las palabras del Zar de la Rusia Imperial, esta visión del Oriente fundamentará la fragmentación territorial, política y económica del mundo islámico por parte de las grandes potencias coloniales: Gran Bretaña y Francia, quienes dejaron algunos despojos para los países considerados “menores” en ese periodo : Italia y España.

Sintetizando, podemos señalar que la antítesis que es constitutiva de la identidad occidental se hizo incluso más radical. El Islam fue identificado como el principio del “Oriente”, como la realización histórica del fundamentalismo irracional y anti-ilustrado, como una construcción universal que quiere dominar no sólo la ideología, sino también, de un modo envolvente la sociedad, la cultura, el estado y la política. El Islam es entendido no sólo como la antítesis ideológica, sino como la antítesis cultural de Occidente y de su “identidad universal”. En este sentido, el Islam se ve convertido en el fundamento del anti-occidentalismo, la anti-modernidad y de la anti-civilización.

La actual situación histórica ha sido definida como un choque de civilizaciones, como un enfrentamiento entre la racionalidad y la irracionalidad, entre la modernidad y el arcaísmo. Juan Goytisolo, el escritor español, escribe así: “Las circunstancias históricas de los últimos cuarenta años, la lucha contra el colonialismo occidental, la implantación del Estado israelí y consiguiente expulsión de los palestinos, la guerra civil libanesa y la revolución iraní, han engendrado situaciones de violencia que ponen al mundo islámico en bloque en el banquillo de los acusados, como causante de todos los problemas y males que afligen al mundo. Los occidentales parecen olvidar que su historia y pasado reciente no les faculta para dar lecciones a nadie: A quienes denigran sistemáticamente al Islam, habría que recordarles que en el ámbito de éste no ha habido nunca Inquisiciones sangrientas como la nuestra, ni genocidio de poblaciones enteras como la de los indoamericanos, ni exterminios colectivos, ni empleo de armas mortíferas como Hiroshima”.

“El Oriente es el Oriente y el Occidente es el Occidente y rara vez se encontrarán”, escribió el escritor inglés Rudyard Kipling. Este pensamiento nos ha llevado a situaciones tan dramáticas como la que actualmente estamos viviendo.






en Cuaderno de Estudios Árabes, Universidad de Chile, 2005












sábado, febrero 13, 2010

"Romance al río", de Paulo Huirimilla







Miro en el astrolabio
aquella culebra enrollada
que baila en una botella de leche

Llegan tus ojos a mi corazón
con los primeros brotes
de la nueva luna cenicienta.

Estuvo la piedra en la frente
como un lucero ardió
Estrechando nuestras memorias.

Mis mayores viajan desde la aldea
hacen sonar monedas de plata
al cruzar el río
señalando el nombre de los árboles.






en Palimpsesto, 2005












viernes, febrero 12, 2010

"Huayllay", de Tulio Mora







Manos alzadas bajo la lluvia.
Cortaban las uñas y acicalaban el rostro
demacrado y casi lampiño del muerto.
Lavaban su cuerpo amoratado con agua de lago.
¿Qué hombre no se edifica un perdón excesivo,
en masa, bajo el tañido de una campana de abril?
Una banda musical afligía los cerros,
por donde ascendían, descalzos y arrodillados,
hasta la cima coronada por una cruz.
¿Pero qué hombre no cree que Dios es su dolor?
Por eso limpiaban su cuerpo, redoblando el cuidado
que no tuvieron el sacerdote ni el escultor.
En las profundidades de su silencio
acaso ese cuerpo revelaba la certeza de otra pasión.
Más allá, más allá del tiempo y sus sueños
habitaría el dolor verdadero.
Las heridas de la tierra, simples escoriaciones,
como la agonía resplandeciente de una luciérnaga
nos evoca la colisión de una estrella.





en País interior, 1994












jueves, febrero 11, 2010

“Sobre el borde absurdo, o transparente”, de Carlos Almonte

Acerca de Seis mil relatos de ficción absurda, de Aciro Luménics




…con la seña hecha pedazos.
Aciro Luménics




El extraño privilegio de entrever aquellas líneas. La sorpresa de encontrar sólo seiscientos de seis mil relatos. La inmediata reacción curiosa. ¿Es sólo uno de varios tomos el que reposa a un costado de mis sábanas? ¿Un relato se desdobla hasta diez veces? ¿Se trata de un artilugio matemático, de razonamiento lógico?

Como sea. Los seis mil relatos, que en realidad solamente son seiscientos, cuentan cada historia de manera levemente atronadora. No hay pausas. No hay descanso. No hay silencios. Aunque, finalmente, el silencio –o el secreto- lo cubra todo con un sagrado manto de quietud, complicidad y conocimiento. Es la libertad de no saber a ciencia cierta, de asomarse a la azotea desde la que se pueden observar las aves negras, el vuelo circular, los ancianos que en silencio deambulan o develan un misterio, la visión perfecta, el sonido de la arena, la abstracción frente al océano…

Es, acaso, el regreso al círculo de fuego, en donde los estrépitos terminan, dando libre paso al fijo movimiento ensimismado, la vereda norte-oriente, sobre la que se detiene el flujo, el pensamiento, la pequeña lumbre que recorre el cuerpo, deteniéndose, avanzando lenta, rápidamente. Frente a una pared blanca, desprovista en referentes, rezos dirigidos o catervas sin razón.

Es, acaso, la conciencia impermanente. No nos queda nada, no dejamos nada. Tal vez sólo un rastro en el desierto, un imperceptible surco que, entre las tormentas más feroces, nos enseña el real camino, una huella dorada, que brilla incluso en la ventisca. Un sendero que nos guía a la montaña donde asciende el hombre despojado: de toda vanidad, de toda imagen y concepto establecido. Una huella que mantiene el orden, la salida, el postrer consuelo.

Sobre el borde absurdo, o transparente, se reúne junto a seres anteriores, todos juntos ruegan, filtran o recuerdan. En la cima de montañas, acompañado de nieves eternas, águilas y rocas, porta el universo encima de sus hombros. El pre-conocimiento se revela entre esas débiles llamas-llamaradas y el hilo de humo que se esparce sobre las praderas más cercanas, arrasadas desde siempre. Acaso el tiempo queda inmóvil sobre esas manos juntas, sobre el blanco que resiste a la visión. La meditación oscura, insondable, como parte de la vida, como es la vida, como se termina en el silencio y la desaparición.












miércoles, febrero 10, 2010

“Mudanzas”, de Liliana Lukin






a S. Szwarc




para que estés más cerca de tu preocupación
decidí cambiarme de lugar:
tu preocupación
merece que duermas a su lado

una luz (como en tantos poemas
hay) una luz fraccionada en la idea
del poema:

cae sobre tu rodilla o sien
y cae sobre el lado claro de tus plumas
que tu almohada añade al preocuparse

para que estés
más cerca de quien merece
hay un lugar:

cambiar estas palabras
hacer un edredón con las ideas del poema
apoyar sobre él la triste la cansada
cabeza.

Que duerma.

Destapado de mí.







en Carne de tesoro, 1990












martes, febrero 09, 2010

"Problemas del teatro", de Friedrich Dürrenmatt

Fragmento



Lo universal es el caos. El mundo (el escenario que representa este planeta) es por lo tanto algo monstruoso, un acertijo de infortunios que deben ser aceptados, pero por los cuales uno nunca debe capitular. El mundo es mucho más grande que cualquier hombre, y lo amenaza constantemente. Si uno pudiera detenerse en el espacio exterior, éste ya no sería amenazante. Pero no tengo el derecho ni la habilidad de ser un extranjero en mi planeta. Encontrar placer en la poesía puede ser también demasiado poco; es más honrado detener nuestro punto de vista humano.










1955