lunes, febrero 08, 2010

"El álbum negro", de Hanif Kureishi

Capítulo 1






Una noche, cuando Shahid Hasan salía del retrete común, volviendo a asegurar la puerta con una lazada y abrochándose en el pasillo a la pálida luz de una bombilla, se abrió la puerta de la habitación vecina a la suya y apareció un individuo con una cartera. De corta estatura, llevaba una camisa con el cuello abierto, zapatos marrones y uno de esos trajes de tono incierto, entre pajizo y descolorido.

Shahid se sorprendió. La Facultad le había asignado una habitación en una residencia junto a un restaurante chino en Kilburn, al noroeste de Londres. Las numerosas habitaciones del edificio de seis pisos estaban llenas de africanos, irlandeses, paquistaníes y algunos estudiantes ingleses. Los diversos inquilinos escuchaban música, fumaban droga e infestaban los sórdidos pasillos de olor a lociones baratas para después del afeitado y a cocido de cabra, efluvios que, entre otros, hacían que el papel de las paredes se combara como antiguos pergaminos. A todas horas, pero sobre todo de noche, los inquilinos discutían en diversas lenguas, castigaban a sus perros, ensalzaban a sus pájaros y practicaban con la trompeta. Pero hasta aquel momento Shahid no había oído el más leve rumor en la habitación de al lado. Al creer que no estaba alquilada, temía no haberse inhibido a la hora de hacer ciertos ruidos de los que ahora se avergonzaba.

La bombilla se apagó: cada tramo de escaleras se iluminaba mediante un interruptor automático cuidadosamente calculado para apagarse antes de que uno llegara a su destino, por mucha prisa que se diese. En la penumbra, el desconocido parpadeó en dirección a Shahid y pareció cortarle el paso. Shahid estaba a punto de disculparse cuando su vecino dijo algo en urdu. Shahid contestó y el desconocido, como confirmando una sospecha, avanzó otro paso, le tendió la mano y se presentó. Se llamaba Riaz Al-Hussain.

La primera impresión de Shahid fue que Riaz andaría por los cuarenta y tantos años, pero cuando aquel individuo cetrino y medio calvo habló, vio que como mucho sólo era diez años mayor que él. Tenía un aire remilgado y ojos menudos, de ratón de biblioteca.

Pero seguramente aquel aspecto amable era engañoso. Su vecino tenía algo intimidante, pues mientras intercambiaban palabras corteses y descubrían que ambos estudiaban en la misma Facultad, observaba a Shahid fijamente, como traspasándole con la mirada, haciendo que se sintiera halagado por el interés que le mostraban y a la vez un tanto tenso y vulnerable.

Riaz tomó una decisión.

—Vámonos.
—¿Adónde?

Cogió del brazo a Shahid.

—Vamos.

De buen grado, aunque por motivos que desconocía, Shahid se dejó llevar por los dos tramos de escaleras y entre las bicicletas y los montones de correo sin dueño del vestíbulo. Al salir a la calle, Riaz se volvió hacia él husmeando el aire y le indicó, amablemente, que fuese a buscar una chaqueta y una bufanda, si tenía. Parecía que iban a emprender un viaje.

Cuando Shahid se hubo abrigado y echaron a andar, Riaz se dirigió a él como si hiciera mucho que no sentía tanta comprensión ni simpatía por una persona.

—¿Has comido? Cuando me pongo a pensar o a escribir pasan horas sin que me acuerde de comer y de pronto me entra un apetito voraz. ¿Te ocurre lo mismo a ti?

Shahid, que en las dos semanas de curso apenas había tenido ocasión de dedicar ni recibir una sonrisa amistosa, se sintió efusivo.

—Hace días que se me hace la boca agua pensando en una buena comida india, pero no sé adónde ir.
—Es lógico que eches de menos la comida india. Eres compatriota mío.
—Pues... no exactamente.
—Claro que lo eres. Me he estado fijando en ti.
—¿Ah, sí? ¿Y qué estaba haciendo?

En vez de contestar, Riaz apretó el paso y siguió en línea recta. Shahid tenía que bajar y subir de la acera para mantenerse a su altura y evitar tropiezos con los irlandeses congregados a la puerta de los pubs. Aquella calle le empezaba a resultar familiar; hasta el momento, la mayoría de sus conocimientos de Londres se centraban en ella. Durante el día era famosa por las tiendas de segunda mano y la sucesión de muebles desvencijados. Los miserables propietarios se sentaban en butacas a la puerta, frente a mesas húmedas y cuarteadas, leyendo periódicos de hípica bajo lámparas de los años cuarenta con pantallas de borlas; sucios colchones con charcos en las fundas de plástico se amontonaban a su alrededor, como sacos terreros.

A Riaz parecía no interesarle la vida que le rodeaba. Shahid se preguntó si trataba de resolver algún problema filosófico o si se apresuraba a una cita y, quizá, sólo necesitaba su compañía para el camino.

Antes de que Shahid se trasladase a la ciudad, cuando en la campiña de Kent soñaba con la variopinta y turbulenta vida de Londres, su hermano Chili le había prestado Malas calles y Taxi Driver para que fuera haciéndose una idea. Pero eran películas extraordinarias, que no lo habían preparado para una pobreza tan trivial. El primer día había visto a una indigente con sandalias de plástico que cruzaba la calle tirando de tres niños y que, una vez en la otra acera, se quitó el calzado y les sacudió con él en los brazos.

Se preguntó, además, si acababan de cerrar algún manicomio en la vecindad, pues día y noche había en High Road docenas de exhibicionistas, charlatanes y locos gritando sin parar. Un hombre con el cráneo rasurado se pasaba el día en un portal con los puños apretados y murmurando entre dientes. Jóvenes vagabundos —Shahid supuso al principio que eran estudiantes— empuñaban latas de cerveza como granadas de mano; después los veía tirados en las puertas con fluidos rezumando de sus cuerpos, como si los perros se les hubiesen meado encima. Una chica se pasaba el día recogiendo leña de obras y contenedores.

De todos modos, los diversos olores a comida india, china, italiana y griega que salían por las puertas abiertas continuaban alegrando a Shahid como la primera vez que pasó frente ellas, lleno de optimismo y expectación, cargando con las maletas. Entre los restaurantes, sin embargo, había muchas tiendas cerradas y aseguradas con tablas; o convertidas en centros de beneficencia. Shahid creía que los londinenses eran especialmente generosos hasta que su casero paquistaní le explicó, riendo, que aquellos centros habían surgido de la quiebra, no de la caridad.

—Desde luego, eres muy trabajador —dijo al cabo Riaz, sin mirar a Shahid—. Todos los que hemos venido aquí lo somos. Pero además tú te dedicas a algo serio.
—¿Ah, sí?
—No me cabe duda de tu formalidad.

Shahid no se sintió inclinado a discutir el discernimiento de Riaz. Lo que le sorprendía era el carácter íntimo de la observación. Quizá había estado últimamente con demasiados ingleses, poco expresivos.

—Sí, he decidido trabajar mucho en la Facultad, porque...
—Este restaurante es excelente. La comida es sencilla. Aquí viene a comer gente corriente.
—Lo recordaré —aseguró Shahid. —Desde luego.

Situado entre una tienda caribeña de disfraces y un restaurante rumano —filas de mesas sin adornos y sillas blancas tras unas sucias cortinas de red— había un bar indio adónde Sahib siguió a su nuevo compañero.

—Te sentirás como en casa.

¿Cómo sabía Riaz que iba a sentirse cómodo en un local con cinco mesas de fórmica y asientos rojos clavados al suelo, todo tan brillantemente iluminado con blancas luces de neón como la celda de una comisaría?

La comida estaba en cazuelas rectangulares de acero bajo un mostrador de cristal, y en cada una había un letrero que indicaba si era oberjean o korjet. La comida se calentaba en dos microondas colocados en un estante. En la pared había una bandeja de cobre con inscripciones de versos coránicos. Un niño, a quien Shahid supuso hijo del dueño, estaba sentado a una mesa haciendo los deberes.

Quizá Riaz temiese haber sido un poco brusco con su nuevo amigo, pues mientras Shahid examinaba los platos le dijo en tono más suave:

—Aunque hayas comido ya, quizá quieras sentarte conmigo. ¿O te resulta demasiada molestia acompañarme?
—No, en absoluto.
—Mira, no me refería simplemente a tus estudios. Estás buscando algo, ¿verdad?
—No estoy seguro —contestó Shahid en tono meditativo—. Pero quizá tengas razón.

Shahid se sentó mientras Riaz se dirigía al mostrador para pedir la comida al dueño, que tenía los dientes enrojecidos de mascar betel. Con un cazo sirvió la comida en platos de plástico y los metió en el microondas. Shahid oyó a Riaz que preguntaba al dueño por su otro hijo, Farhat.

Luego, el de los dientes color de sangre interrumpió la tarea de su hijo pequeño para que sirviese a los clientes.

—¿Dónde está tu hermano? —le preguntó Riaz en un murmullo, sentándose.

El niño miró hacia su padre, como para asegurarse de que no estaba escuchando.

—Hat estudiando. Arriba. No permitido salir esta noche. Papi muy enfadado.

Riaz asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Dile que le veré mañana.
—Vale.

Tras aquel extraño asunto, Riaz y Shahid, quemándose los dedos, partieron los calientes chapattis y los pringaron en dhal y en cremosa keema. Cuando Shahid alzó la cabeza y vio a Riaz comer de aquel modo —rara vez había visto comer a alguien tan deprisa, como si aprovisionara una máquina—, pensó que había tenido un golpe de suerte. Hasta aquel momento, a la espera de que empezase realmente la vida en la Facultad —tenía afán por vencer dificultades, intelectuales y de cualquier otra índole—, lo único que había hecho era leer, escribir, asistir a clase y dar vueltas por ahí. Iba al cine o conseguía entradas baratas para el teatro, y una noche fue a un mitín de los socialistas. Se dirigía a Piccadilly y se sentaba media hora en los escalones de la estatua de Eros, con la esperanza de conocer a alguna chica; vagaba por Leicester Square y Covent Garden; una vez entró en un bar «erótico» donde una mujer se sentó a su lado y un hombre intentó cobrarle cien libras por una botella de agua mineral con gas, dándole un puñetazo al salir. Nunca se había sentido tan invisible; en cierto modo, aquél no era el «verdadero» Londres.

—¿Sabías —preguntó Riaz con la boca llena— que el chile se descubrió en Sudamérica? Viene de una palabra azteca que no pasó a la India hasta la Edad Media.
—No tenía ni idea. Pero a mi hermano le llamamos Chili. Le va bien.
—¿En qué sentido?
—Simplemente le va bien. Dime qué estás estudiando, Riaz.
—Derecho. Durante mucho tiempo he prestado asesoría general y jurídica a la gente pobre y sin cultura de mi barrio que venía a verme. En mi condición de aficionado al tema, hacía lo que podía para ayudarla. Ahora empiezo a estudiarlo en serio.
—¿Y de dónde eres?
—De Lahore. Originariamente.
—Ese «originariamente» es muy importante —observó Shahid.
—Lo más importante de todo. Lo has comprendido, ¿eh? A los catorce años me trajeron a este país.

Shahid supo que Riaz había vivido y trabajado «con la gente», «enseñándole sus derechos», en una comunidad musulmana cerca de Leeds. Su acento, desde luego, tenía rasgos de ambos sitios, lo que explicaba por qué parecía una mezcla de J. B. Priestley y Zia Al Haq. Pero su inglés era preciso, de expresión formal; Shahid sentía la puntuación tendida en el aire como una red. Se acordó de un tío suyo, periodista en Pakistán (encarcelado una vez por Zia por escribir contra su política de islamización), que solía decir que los únicos que hablaban buen inglés eran los habitantes del subcontinente indio. «Ellos nos dieron la lengua, pero sólo nosotros sabemos utilizarla».

Pero a ese tío, en cuya casa pasaban el invierno Chili y él, tumbados en hamacas bajo los mangos del jardín y discutiendo sobre las fiestas a que debían asistir, le gustaba entretener a sus sobrinos con sus satíricos puntos de vista. Decía que los paquistaníes que vivían en Inglaterra tenían que hacerlo todo, ganar las competiciones deportivas, presentar las noticias, dirigir tiendas y negocios, además de follarse a las mujeres. «¡Vuestro país ha acabado en manos de los hindúes!» A eso le llamaba «la carga del hombre cobrizo». [1]

Chili, hermano mayor de Shahid, había adoptado esa idea a los diecinueve años, antes de casarse con la fascinante Zulma y de que el vídeo de su boda, más largo que El padrino (las tres partes), se convirtiera en visión obligada en todo Karachi y hasta en Peshawar. Al entrar contoneándose en la cocina para desayunar después de haber hecho otra conquista, afirmaba:

—¡Aquí tenemos que hacerlo todo nosotros, yaar! ¡Es nuestra carga..., pero yo puedo llevarla!

Shahid decidió no decir nada sobre su vida privada. Pero Riaz tampoco contaba mucho sobre sí mismo y Shahid se preguntó si no pretendía hacerle alguna proposición concreta. Sospechaba que iba a pedirle un favor. Pero desechó sus recelos; estaba resuelto a no ser una persona cerrada.

Momentos después, Shahid explicaba a Riaz que sus padres y su hermano tenían una agencia de viajes. Veinticinco años antes, la madre de Shahid había sido secretaria y su padre empleado en una pequeña agencia. Ahora, aunque su padre había muerto recientemente, la familia tenía dos oficinas en Kent, en Sevenoaks.

Riaz escuchaba.

—¿Y se perdieron al llegar aquí? —preguntó.
—¿Que si se perdieron?
—Eso he preguntado.

Era una pregunta extraña. Pero ¿no era por eso, después de todo, por lo que había venido a la universidad, para distanciarse de su familia y pensar al mismo tiempo sobre su vida y el motivo que les había traído a Inglaterra?

—Quizá estés en lo cierto. A lo mejor eso es lo que pasó. El trabajo de mi familia siempre ha consistido en trasladar a otros de una parte a otra del mundo. Ellos nunca iban a ningún sitio, aparte de a Karachi una vez al año. No sabían hacer otra cosa más que trabajar. Mi hermano Chili mantiene... una actitud más desahogada. Pero, claro, es de otra generación.
—¿Es uno de esos disolutos?
—¿Disoluto? —Shahid se rio de tan sugestiva palabra—. ¿Qué derecho tienes a decir eso?

Por un momento, fulguró la pasión bajo la fría insistencia de Riaz, quien dio una palmada en la mesa.

—¿Qué derecho?
—Sí —inquirió Shahid.
—Lo que estoy sugiriendo es: ¿qué tiene realmente esa gente, nuestra gente, en la vida?
—Seguridad y empeño, al menos.
—Entonces es que están perdidos.
—¿Cómo?
—No hay duda, si eso es todo lo que tienen. ¡Es lógico!

Shahid se miró los dedos, que la comida había teñido del color de la nicotina. Riaz intentaba provocarle. Lamentaba haber sido tan abierto. Pero también estaba disfrutando de la conversación. Sólo añadiría una cosa.

—Desde luego que han perdido algo —admitió—. No les gusta el arte, por ejemplo. Y al mismo tiempo desdeñan su propio trabajo y se burlan de sus clientes por ir a quemarse los feos cuerpos en playas extranjeras y frecuentar los bares de karaoke.
—¡Sí, tienen razón, precisamente! A ningún paquistaní se le ocurriría hacer el ridículo de esa manera en la playa..., todavía no. Pero pronto, nos pasearemos por ahí con esos biquinis, ¿no crees?
—Eso es lo que mi madre y Chili están esperando. Que los asiáticos empiecen a participar en viajes organizados.
—Disculpa si te hago una pregunta, sé que no te importa, pero veo que tu familia posee cierta distinción.
—Para mí la tiene, sí.
—¿Por qué han permitido entonces que vayas a una universidad tan desastrosa?

Con su aire tímido y sin la jactancia que daba el whisky a los tíos de Shahid, por ejemplo, Riaz resultaba cortés. Pero, al mismo tiempo, Shahid se preguntaba si no le estaba forzando un poco, como tratando de averiguar algo para otros fines. Aunque ¿cuáles podrían ser? ¿Quién era aquel individuo que hacía tales preguntas?

—A causa de una mujer que se llama Deedee Osgood. ¿La conoces?
—Ah, sí. Tiene fama en la Facultad.
—Merecida. Y porque no saqué buenas notas en el instituto.
—¿Tú? —dijo Riaz en tono de preocupación—. ¿Por qué?
—Entonces tenía yo otras cosas en la cabeza, ¿comprendes? Mi novia estaba embarazada. Debió... humm... tuvo que…
—¿Qué?
—Un aborto tardío. Fue un asunto mezquino.

Temía que Riaz se formara una mala opinión de él, probablemente porque él mismo se avergonzaba; y porque, al final, había huido. Riaz, en efecto, suspiró. Shahid prosiguió:

—Después de eso, mis padres me obligaron a trabajar con ellos.
—¿Y tú los respetabas?
—No tanto como debía. Porque en vez de mandar gente a Ibiza, me quedaba sentado en la oficina leyendo a Malcolm X, Maya Angelou y Souls of Black Folk. Leí cosas sobre el Motín, la Partición y Mountbatten. Y una mañana, en la cama, empecé Los hijos de la medianoche. ¿La has leído?
—La encontré acertada con respecto a Bombay. Pero esta vez ha ido demasiado lejos.
—¿Sí? El primer libro me pareció difícil al principio. Tiene un ritmo que no es occidental. Desbordante. Luego vi al autor por televisión, atacando el racismo, informando a la gente de cómo surgió todo. Me dieron ganas de aplaudir, te lo aseguro. Pero después me sentí peor, porque acabé dándome cuenta de algo. Empezaron a ocurrírseme cosas tremendas. Ésa es la verdad, Riaz...
—¡Qué menos!
—Sí. —El corazón de Shahid empezó a latir deprisa—. Creí que iba a volverme loco.
—¿En qué sentido?
—Riaz, yo...

En aquel momento un hombre irrumpió a tal velocidad en el restaurante que Shahid se preguntó si no se precipitaría hacia la puerta trasera perseguido por la policía. Sin embargo fue capaz de pararse en seco, y quedarse cimbreando a su lado. Antes de que abriera la boca, Riaz le impuso silencio alzando autoritariamente el índice. El hombre obedeció en el acto y se sentó, temblando.

—Continúa —dijo Riaz, mirando a Shahid.
—Empecé a sentirme...
—¿Sí, sí?
—...más extraño que de costumbre, en aquella parte del país. Con frecuencia me trataban mal, sin consideración, ¿sabes? Eso me hizo tremendamente sensible. Pensaba que me faltaba algo.
La atención de Shahid se dividía ahora torpemente entre el desconocido que tenía al lado, a quien apenas había tenido tiempo de observar y que escuchaba los detalles más íntimos de su vida, y el hombre de enfrente, que estaba resuelto a enterarse de todo.
—Adondequiera que iba, era la única persona de piel oscura. ¿Cómo me veían los otros? No me atrevía a ir a ciertos sitios. No sabía lo que pensaban. Tenía la seguridad de que estaban llenos de desprecio, asco y odio. Y si se mostraban amables, pensaba que eran unos hipócritas. Me volví paranoico. No salía. Era consciente de que estaba confuso y... jodido. No sabía qué hacer.

Shahid se volvió hacia el recién llegado, que escuchaba con atención, moviendo la cabeza y los dedos como al compás.

—Escucho el lamento de cada repliegue de tu alma —dijo el desconocido—. Llámame Chad.
—Shahid.
—Es mi vecino —explicó Riaz a Chad.

Se estrecharon la mano. Chad era de los que llenan una habitación: un individuo voluminoso, de cara ancha, con aspecto de adolescente que trata de ser adulto. Parecía reventar de apetito.

—Hay algo mucho peor. —Shahid tenía la boca seca y le temblaban las manos. Intentó levantar el vaso, pero vertió agua en la mesa—. No creo que pueda hablar de ello. Pero quizá debería.
—Debes hacerlo —le instó Riaz.
—Sí —coreó Chad.

Se inclinaron hacia él, haciendo caso omiso del agua que les empapaba las mangas.

—Quise ser racista.

La seriedad de Chad cobró aspectos más graves. Con una mirada a Riaz, se levantó y se dirigió al mostrador a buscar su comida. Shahid esperó a que volviera. Riaz parecía canturrear para sus adentros.

Shahid estaba temblando.

—Tenía la cabeza llena de fantasías de matar negros.
—¿De qué estamos hablando ahora? —preguntó Chad.
—¿De qué? De ir por ahí maltratando paquistaníes, negros, chinos, irlandeses, toda la canalla extranjera. En cuanto los veía les insultaba en voz baja. Me daban ganas de darles una patada en el culo. La idea de acostarme con una asiática me ponía enfermo. Estoy siendo muy franco con vosotros...
—Abre tu corazón —murmuró Chad, sin probar la comida.
—Ni cuando venían a mí soportaba tocarlas. Pensaba, ya sabéis, que las asiáticas pretenden casarse en cuanto las tocan. No tocaría carne cobriza a no ser con un hierro de marcar. Odiaba a todos los hijoputas extranjeros.
—¿Cómo hemos llegado a eso? —exclamó Riaz en voz baja.
—Me decía... ¿por qué no puedo ser racista como todo el mundo? ¿Por qué tengo que perderme ese privilegio? ¿Por qué sólo yo tengo que ser bueno? ¿Por qué no puedo andar fanfarroneando por ahí, molestando a los individuos inferiores? Empecé a volverme como ellos. Me estaba convirtiendo en un monstruo.
—Tú no querías ser racista —aseveró Chad—. Te lo digo desde ahora mismo, categóricamente. Y te comunico que eso ya está solucionado.

Chad miró a Riaz que, con una compasiva inclinación de cabeza, confirmó que efectivamente ya estaba todo arreglado.

—No te lo tomes demasiado personalmente —prosiguió Chad, señalándose a sí misino e incluyendo con el gesto á Riaz—. Porque nosotros sabemos de eso. Y no te consideramos racista para nada.
—Soy racista.

Chad dio una palmada en la mesa.

—¡Ya te he dicho que sólo eres un instrumento!
—Quise afiliarme al Partido Nacional Británico.
—¿Sí?
—Habría rellenado los formularios, si es que los tienen. —Shahid se volvió hacia Riaz—: ¿Cómo se solicita entrar en una de esas organizaciones?
—¿Cómo sabría nuestro hermano una cosa así?

Chad estaba perdiendo la calma. Se remitió a Riaz, que se puso a buscar algo en la cartera: había dado la aprobación definitiva con una inclinación de cabeza.

—Escucha —prosiguió Chad con tensa paciencia—. Éste ha sido el siglo racista más largo y cruel de toda la historia. ¿Cómo no recibir sus vibraciones de una forma distorsionada? Todos los blancos tienen algo de Hitler: eso es lo que te han transmitido. Lo único que han hecho nunca por nosotros.
—¡Sólo se salvan los que se purifican! —sentenció Riaz.

Se levantó y se dirigió a la puerta.

—Nuestro hermano necesita aire fresco —dijo Chad—. Vaya, todos lo necesitamos.

Chad y Shahid siguieron a Riaz de vuelta a la residencia. Shahid estaba confuso, inquieto por si había molestado a sus nuevos compañeros hasta el punto de que rechazaran su amistad. Chad le caía simpático. La risa le brotaba por todo el cuerpo, hombros, vientre, pecho, y las manos se le agitaban como ventiladores, como si le pusieran en marcha un motor en el estómago. Chad había emprendido, sin embargo, la ardua tarea de vigilar aquel exceso de risa: parecía avergonzado de hallar tantos motivos de alegría.

Frente a la puerta de Riaz, Shahid estrechó temerosamente la mano de su vecino y, con cierta deferencia implícita, le dijo:

—Me alegro de haberte conocido esta tarde.
—Gracias —repuso Riaz—. Yo también he aprendido cosas.
—Adiós.
—Nada de despedidas.
—¿Cómo?
—Nos alegramos de tenerte con nosotros.

Y Riaz sonrió a Shahid como si hubiera pasado una especie de prueba.




Notas

[1] Alusión a un poema de Rudyard Kipling, «La carga del hombre blanco» (The White Man's Burden), donde se cantan los esfuerzos del Imperio Británico por extender su modelo de vida y sociedad. (N. del T.)




1995












domingo, febrero 07, 2010

“En Atenas”, de Carlos Pellicer







¿Por qué la mano lenta sobre el tambor pulido
desta columna rota, tórridamente va?
Es la misma caricia con cierto aire de olvido
que deslizó sus dedos sobre Chi-Chen-Itzá.
Y hay un viaje remoto que a un altar dividido
dio su gozo y su espuma, sus esperanzas da.
Y hay un retorno antiguo hacia un nuevo sentido
del Sol que abrió las cifras de Grecia y Yucatán.

Doré ritmos que a veces suelo olvidar. Y echado
sobre los dulces tréboles al pie del Partenón,
pongo a danzar los lápices. Y el verso nace atado

a una columna rota y a un gran muro labrado.
Porque a un noble temblor la luz ha desbordado
la mano silenciosa que rige el corazón.





en Hora y 20, 1927












sábado, febrero 06, 2010

“Balada para un caballo”, de Jorge Pimentel







Por estas calles camino yo y todos los que humanamente caminan
por esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje
que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va pensando
muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra
el cemento de las calles. Troto y todo el mundo trata
de cercarme, me lanzan piedras y me lanzan sogas
por el cuello, sogas por las patas, me tienden toda clase
de trampas, en un laberinto endemoniado donde los hombres
arman expediciones para darme caza armados de perros policías
y con linternas, y cuando esto sucede mis venas se hinchan
y parto a la carrera a una velocidad jamás igualada
por los hombres, vuelo en el viento y vuelo en el polvo.
Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo
y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión
sobre las traseras y paralelamente y aun mismo ritmo
antes de asentase en el polvo retumban en la tierra.
Relincho. Y mi cuerpo va tomando una hermosísima elasticidad
me crecen pelos en el pecho y es un pasto rumoroso
el que se ondea y es una música y es un torbellino
de presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo. Atrás
van quedando millares de kilómetros y sigo libre. Libre
en estos bosques dormidos que despierto con el sonido
de mis cascos. Piso la mala hierba y riego mis orines
calientes, hirviendo en una como especie de arenilla.
Descanso a mis anchas, bebo el agua de los ríos, muerdo hierba
tallos, rumio. Mis mandíbulas se ejercitan. Muevo mi larga cola
espantando a los mosquitos. Los guardacaballos vigilan
desde la copa de los árboles. Caen las hojas secas.
Los días se suceden y suelo dar suaves galopes hacia la vida.
En invierno los senderos se hacen tortuosos; el fango todo lo invade.
Para el frío utilizo cabañas abandonadas, cuevas en los cerros
que me resguarden de las tormentas. Yo observo la lluvia
desde mi cueva. Cae la lluvia y todo lo moja. Con este tiempo
suelo galopar poco cuidándome de un desgarramiento.
Muchas veces me siento solo y llego hasta los helechos
de los ríos para pensar muy dulce en ti muy triste en ti
y voy galopando bordeando el río añorando alguna yegua
que llegó a correr en pareja conmigo. A veces los niños
que vagan sueltos por las campiñas mientras sus padres
realizan tareas de recolección o labranza me montan a pelo
y solemos recorrer ciertas distancias, ganando los años,
aumentándolos. De ellos sí recibo algún trozo de azúcar.
En el verano el sol se pone rojo y se hace presente con su alegría
y los habitantes de los bosques y campos suelen saludarme
con el sombrero y con la mano. Yo les contesto con un relincho
parándome en dos patas. Y con la luz solar que todo lo invade
suelo dar galopes hacia la vida. Allí
donde mi presencia es esperada me hago realidad.
Allí donde ni un sueño se revela me hago realidad
me hago realidad en esos ojos que están cansados
de ver las mismas cosas. Y es en verano cuando la vida
se enciende y mis cascos recogen la hermosura de la tarde
y asciendo a las cumbres donde diviso extensiones
de mar de cielo de tierra.
Mi figura domina la naturaleza.
Cruza por el cielo un escuadrón de tórtolas.
Cae la noche.
Mi sombra se recobra.
Las ramas crujen.
Y por un instante pensé muy triste en ti muy dulce en ti.
Cae la noche en estos bosques, pareciera que la tierra
se difunde con la noche se propaga se manifiesta.
Y toda la noche he ido creciendo. Y crecía y crecía
aún más aún más ¿hasta dónde crecerás?
¿No tienes miedo? No, contesté. Soy libre.
El día, el nuevo día como algo fresco se anuncia solo.
Por esta época del año suelen cruzar manadas
de caballos ahuyentados y en busca de nuevos campos.
Recuerdo que logré darles alcance y me contaron
que lograron salvarse de una cacería emprendida
contra ellos para mandarlos a vivir a un potrero
y que luego de ser sometidos al cubo de agua
y a la alfalfa son obligados en los hipódromos
a correr distancias de 1,000, 2,500, 5,000 mts.
y no eres libre de correr sino que te dopan te colocan
descargas eléctricas, te manosean, te latigan
con una fusta despellejándote. Y así durante
un buen tiempo mientras ves acumuladas alforjas
de oro y plata. Hasta que llegue el momento de ser
sometido a la reproducción arrinconándote a una yegua
a la vista y paciencia de todos, sin intimidad
en una mañana de tinieblas y poca luz y luego
te separarán de tu yegua y potranco y pasarás
tus años inmisericorde como padrillo viejo y cuando
manques te dispararán un balazo en la sien. Ya
había galopado un buen trecho con la manada
que huía despavorida y me dijeron que probablemente
para el invierno pasarían por aquí para ir más
al norte. Y se alejaron a la carrera. Yo sabía
lo que le sucede a un caballo en la ciudad. Y
por ello me mantengo alejado de ella. Pero a veces
me interno y sucede lo que tiene que suceder. Pero si yo
me rebelo y persisto y amo terriblemente mis posibilidades
de realizarme en un medio donde la civilización se mata
y permanecen odios, prefijo ser caballo. Mojaré
la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas ganas
inmensas de vivir y me uniré a las manadas para galopar
hacia la vida, para mantenernos unidos y vencer,
para no estar solos, para volvernos verdes-azules-amarillos
anaranjados-rojos y trotar hacia el nuevo aire fresco
y el campo sin límites.
Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán de mí
y de mi yegua
y de mi potranco.





en Ave soul, 1973












viernes, febrero 05, 2010

"El hacedor", de Jorge Luis Borges





Nunca se había demorado en los goces de la memoria. Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna de la que había caído un león, la lisura del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de la carne de jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel, podían abarcar por entero al ámbito de su alma. Conocía el terror pero también la cólera y el coraje, y una vez fue el primero en escalar un muro enemigo. Ávido, curioso, casual, sin otra ley que la fruición y la indiferencia inmediata, anduvo por la variada tierra y miró en una u otra margen del mar, las ciudades de los hombres y sus palacios. En los mercados populosos o al pie de una montaña de cumbre incierta, en la que bien podía haber sátiros, había escuchado complicadas historias, que recibió como recibía la realidad, sin indagar si eran verdaderas o falsas.

Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía. Cuando supo que estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro. Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó, miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e inexplicablemente sintió, como quién reconoce una música o una voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad. Entonces descendió a su memoria, que le pareció interminable, y logró sacar de aquel vértigo el recuerdo perdido que relució como una moneda bajo la lluvia, acaso porque nunca lo había mirado, salvo, quizá, en un sueño.

El recuerdo era así. Lo había injuriado otro muchacho y él había acudido a su padre y le había contado la historia. Éste lo dejó hablar como si no escuchara o no comprendiera y descolgó de la pared un puñal de bronce, bello y cargado de poder, que el chico había codiciado furtivamente. Ahora lo tenía en las manos y la sorpresa de la posesión anuló la injuria padecida, pero la voz del padre estaba diciendo: Que alguien sepa que eres un hombre, y había una orden en la voz. La noche cegaba los caminos; abrazado al puñal, en el que presentía una fuerza mágica, descendió la brusca ladera que rodeaba la casa y corrió a la orilla del mar, soñándose Ayax y Perseo y poblando heridas y de batallas la oscuridad salobre. El sabor preciso de aquel momento era lo que ahora buscaba; no le importaba lo demás: las afrentas del desafío, el torpe combate, el regreso con la hoja sangrienta.

Otro recuerdo, en el que también había una noche y una inminencia de aventura, brotó de aquel. Una mujer, la primera que le depararon los dioses, lo había esperado en la sombra de un hipogeo, y él la buscó por galerías que eran como redes de piedras y por declives que se hundían en la sombra. ¿Por qué le llegaban esas memorias y por qué le llegaban sin amargura, como una mera prefiguración del presente?

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la hora que descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo. Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.









1960








jueves, febrero 04, 2010

"Destino", de Juvencio Valle






Emoción sin raíz y sin espiga
que hincha el corazón de los botones
y desangra en aromas.

Pestañita de lumbre de mis antros
por donde va mi tosca melodía
y revienta en estrellas mi palabra.

Pecado que desgrana su lujuria...
¡con mis manos de barro lo recojo
y me parecen rosas sus espinas!

Polen de luz dormido sobre el alma,
¡viene ebria la abeja de la vida
y aparecen los besos como estambres!






en La flauta del hombre pan, 1929














miércoles, febrero 03, 2010

“Cosmópolis”, de Don DeLillo





Ella le gustaba. Cuanto más seguro estaba de que Torval iba a detestarla, más le gustaba ella. Por aquello, Torval iba a aborrecerla con hervores de sangre. Se iba a pasar semanas fulminándola con los ojos, bajo sus cejas tormentosas.
—¿Te resulta interesante?
—¿El qué? —dijo ella.
—Proteger a alguien que corre peligro.

Deseaba que se moviera un ápice a la izquierda, para que le alcanzara en la cadera el resplandor de la lámpara de mesa.
—¿Por qué lo haces voluntariamente? ¿Por qué asumes los riesgos?
—Quién sabe, tal vez tú lo valgas —dijo ella.

Mojó un dedo en el líquido pero olvidó lamérselo.
—A lo mejor lo hago por el dinero. El sueldo no está nada mal. ¿Riesgos? Yo no pienso en los riesgos. Supongo que el riesgo es asunto tuyo. Eres tú el que está en la telaraña.

A ella le pareció gracioso.
—Pero ¿es interesante?
—Es interesante estar cerca de un hombre al que alguien quiere matar.
—Ya sabes lo que dicen por ahí, ¿no?
—¿El qué?
—La lógica ampliación de los negocios es el asesinato.

También resultó gracioso.
—Muévete un poco a la izquierda —dijo él.
—Eso es. Estupendo. Perfecto.

Tenía la piel de un castaño trigueño, el pelo recogido y muy pegado al cuero cabelludo.
—¿Qué clase de arma te facilitó?
—Una pistola paralizante. Aún no se fía de mí para el uso de la fuerza asesina.

Ella se acercó a la cama y retiró el vaso de vodka que tenía él. Era incapaz de dejar de meterse cacahuetes en la boca.
—Tendrías que comer de manera más sana.
—Hoy es un día distinto. ¿Cuántos voltios descarga el arma a tu disposición?
—Cien mil. Te bloquea el sistema nervioso. Te caes de rodillas. Así —dijo ella.

Vertió unas gotas de vodka en sus genitales. Le picó, le ardió. Ella se rió al hacerlo, él quiso que lo repitiera. Vertió otro chorrito y se inclinó a lamérselo, a limpiarle con la lengua el rastro de vodka, y se arrodilló a horcajadas encima de él. Ella sostenía un vaso en cada mano y trataba de mantenerse en equilibrio para no derramar más líquidos mientras los dos rebotaban y reían.

Él terminó el whisky de ella y se puso a devorar cacahuetes a puñados mientras ella se duchaba. La vio ducharse y pensó que era una mujer de cinchas y cinturones. A determinados niveles, nunca estaría desnuda del todo.

Luego se plantó junto a la cama para verla vestirse. Ella se tomó su tiempo, la coraza corporal abrochada sobre el torso, los pantalones a punto de abrochar, luego los zapatos, y se encajaba la cartuchera en la cintura cuando lo vio de pie en calzoncillos.
—Paralízame —dijo él—. En serio. Saca la pistola y dispara. Quiero que lo hagas, Kendra. Muéstrame cómo sienta. Necesito más. Enséñame algo que no conozca. Paralízame, redúceme a mi ADN. Adelante, vamos, hazlo. Acciona el gatillo. Apunta y dispara. Quiero que me descargues todos los voltios que contenga el arma. Hazlo. Dispara. Ahora.

El automóvil estaba aparcado ante el hotel, al otro lado de la calle, frente al Barrymore, donde un grupo de fumadores se congregaba a la hora del descanso de la función teatral bajo la marquesina.

Se sentó en el coche a comprar más yenes a crédito, a contemplar los números de su fondo hundirse en la bruma por varias pantallas. Torval permanecía bajo la lluvia con los brazos cruzados. Era una figura solitaria en el medio de la calle, frente a una serie de muelles de carga desiertos.

Gastar yenes a espuertas liberaba a Eric del influjo de su neocórtex. Se sentía incluso un poco más libre que de costumbre, afinado para percibir los registros de su cerebro inferior, cobrando distancia de la necesidad de tomar acción de manera inspirada, de hacer juicios originales, de mantener la independencia de sus principios y convicciones, todas las razones por las cuales las personas están bien jodidas, pero las aves y las ratas no.

Seguramente algo tenía que ver la pistola paralizante. El voltaje le había hecho gelatina la musculatura durante diez minutos, un cuarto de hora, en los que estuvo rodando sobre la moqueta del hotel con electroconvulsiones, extrañamente alborozado, privado de sus facultades de raciocinio.









2003







Colaboración a Dscntxt de Alfonso Mallo















martes, febrero 02, 2010

“Los ojos de Lina”, de Clemente Palma





El teniente Jym de la Armada inglesa era nuestro amigo. Cuando entró en la Compañía Inglesa de Vapores le veíamos cada mes y pasábamos una o dos noches con él en alegre francachela. Jym había pasado gran parte de su juventud en Noruega, y era un insigne bebedor de whisky y de ajenjo; bajo la acción de estos licores le daba por cantar con voz estentórea lindas baladas escandinavas, que después nos traducía. Una tarde fuimos a despedirnos de él a su camarote, pues al día siguiente zarpaba el vapor para San Francisco. Jym no podía cantar en su cama a voz en cuello, como era su costumbre, por razones de disciplina naval, y resolvimos pasar la velada refiriéndonos historias y aventuras de nuestra vida, sazonando las relaciones con sendos sorbos de licor. Serían las dos de la mañana cuando terminamos los visitantes de Jym nuestras relaciones; sólo Jym faltaba y le exigimos que hiciera la suya. Jym se arrellanó en un sofá; puso en una mesita próxima una pequeña botella de ajenjo y un aparato para destilar agua; encendió un puro y comenzó a hablar del modo siguiente:

No voy a referiros una balada ni una leyenda del Norte, como en otras ocasiones; hoy se trata de una historia verídica, de un episodio de mi vida de novio. Ya sabéis que, hasta hace dos años, he vivido en Noruega; por mi madre soy noruego, pero mi padre me hizo súbdito inglés. En Noruega me casé. Mi esposa se llama Axelina o Lina, como yo la llamo, y cuando tengáis la ventolera de dar un paseo por Christhianía, id a mi casa, que mi esposa os hará con mucho gusto los honores.

Empezaré por deciros que Lina tenía los ojos más extrañamente endiablados del mundo. Ella tenía diez y seis años y yo estaba loco de amor por ella, pero profesaba a sus ojos el odio más rabioso que puede caber en corazón de hombre. Cuando Lina fijaba sus ojos en los míos me desesperaba, me sentía inquieto y con los nervios crispados; me parecía que alguien me vaciaba una caja de alfileres en el cerebro y que se esparcían a lo largo de mi espina dorsal; un frío doloroso galopaba por mis arterias, y la epidermis se me erizaba, como sucede a la generalidad de las personas al salir de un baño helado, y a muchas al tocar una fruta peluda, o al ver el filo de una navaja, o al rozar con las uñas el terciopelo, o al escuchar el frufrú de la seda o al mirar una gran profundidad. Esa misma sensación experimentaba al mirar los ojos de Lina. He consultado a varios médicos de mi confianza sobre este fenómeno y ninguno me ha dado la explicación; se limitaban a sonreír y a decirme que no me preocupara del asunto, que yo era un histérico, y no sé qué otras majaderías. Y lo peor es que yo adoraba a Lina con exasperación, con locura, a pesar del efecto desastroso que me hacían sus ojos. Y no se limitaban estos efectos a la tensión álgida de mi sistema nervioso; había algo más maravilloso aún, y es que cuando Lina tenía alguna preocupación o pasaba por ciertos estados psíquicos y fisiológicos, veía yo pasar por sus pupilas, al mirarme, en la forma vaga de pequeñas sombras fugitivas coronadas por puntitos de luz, las ideas; sí, señores, las ideas. Esas entidades inmateriales e invisibles que tenemos todos o casi todos, pues hay muchos que no tienen ideas en la cabeza, pasaban por las pupilas de Lina con formas inexpresables. He dicho sombras porque es la palabra que más se acerca. Salían por detrás de la esclerótica, cruzaban la pupila y al llegar a la retina destellaban, y entonces sentía yo que en el fondo de mi cerebro respondía una dolorosa vibración de las células, surgiendo a su vez una idea dentro de mí.

Se me ocurría comparar los ojos de Lina al cristal de la claraboya de mi camarote, por el que veía pasar, al anochecer, a los peces azorados con la luz de mi lámpara, chocando sus estrafalarias cabezas contra el macizo cristal, que, por su espesor y convexidad, hacía borrosas y deformes sus siluetas. Cada vez que veía esa parranda de ideas en los ojos de Lina, me decía yo: ¡Vaya! ¡Ya están pasando los peces! Sólo que éstos atravesaban de un modo misterioso la pupila de mi amada y formaban su madriguera en las cavernas oscuras de mi encéfalo.

Pero ¡bah!, soy un desordenado. Os hablo del fenómeno sin haberos descrito los ojos y las bellezas de mi Lina. Lina es morena y pálida: sus cabellos undosos se rizaban en la nuca con tan adorable encanto, que jamás belleza de mujer alguna me sedujo tanto como el dorso del cuello de Lina, al sumergirse en la sedosa negrura de sus cabellos. Los labios de Lina, casi siempre entreabiertos, por cierta tirantez infantil del labio superior, eran tan rojos que parecían acostumbrados a comer fresas, a beber sangre o a depositar la de los intensos rubores; probablemente esto último, pues cuando las mejillas de Lina se encendían, palidecían aquéllos. Bajo esos labios había unos dientes diminutos tan blancos, que iluminaban la faz de Lina, cuando un rayo de luz jugaba sobre ellos. Era para mí una delicia ver a Lina morder cerezas; de buena gana me hubiera dejado morder por esa deliciosa boquita, a no ser por esos ojos endemoniados que habitaban más arriba. ¡Esos ojos! Lina, repito, es morena, de cabellos, cejas y pestañas negras. Si la hubierais visto dormida alguna vez, yo os hubiera preguntado: ¿De qué color creéis que tiene Lina los ojos? A buen seguro que, guiados por el color de su cabellera, de sus cejas y pestañas me habríais respondido: negros. ¡Qué chasco! Pues, no, señor; los ojos de Lina tenían color, es claro, pero ni todos los oculistas del mundo, ni todos los pintores habrían acertado a determinarlo ni a reproducirlo. Los ojos de Lina eran de un corte perfecto, rasgados y grandes; debajo de ellos una línea azulada formaba la ojera y parecía como la tenue sombra de sus largas pestañas. Hasta aquí, como veis, nada hay de raro; éstos eran los ojos de Lina cerrados o entornados; pero una vez abiertos y lucientes las pupilas, allí de mis angustias. Nadie me quitará de la cabeza que, Mefistófeles tenía su gabinete de trabajo detrás de esas pupilas. Eran ellas de un color que fluctuaba entre todos los de la gama, y sus más complicadas combinaciones. A veces me parecían dos grandes esmeraldas, alumbradas por detrás por luminosos carbunclos. Las fulguraciones verdosas y rojizas que despedían se irisaban poco a poco y pasaban por mil cambiantes, como las burbujas de jabón, luego venía un color indefinible, pero uniforme, a cubrirlos todos, y en medio palpitaba un puntito de luz, de lo más mortificante por los tonos felinos y diabólicos que tomaba. Los hervores de la sangre de Lina, sus tensiones nerviosas, sus irritaciones, sus placeres, los alambicamientos y juegos de su espíritu, se denunciaban por el color que adquiría ese punto de luz misteriosa.

Con la continuidad de tratar a Lina llegué a traducir algo los brillos múltiples de sus ojos. Sus sentimentalismos de muchacha romántica eran verdes, sus alegrías, violadas, sus celos amarillos, y rojos sus ardores de mujer apasionada. El efecto de estos ojos en mí era desastroso. Tenían sobre mí un imperio horrible, y, en verdad, yo sentía mi dignidad de varón humillada con esa especie de esclavitud misteriosa, ejercida sobre mi alma por esos ojos que odiaba como a personas. En vano era que tratara de resistir; los ojos de Lina me subyugaban, y sentía que me arrancaban el alma para triturarla y carbonizarla entre dos chispazos de esas miradas de Luzbel. Por último, con el alma ardiente de amor y de ira, tenía yo que bajar la mirada, porque sentía que mi mecanismo nervioso llegaba a torsiones desgarradoras, y que mi cerebro saltaba dentro de mi cabeza, como un abejorro encerrado dentro de un horno. Lina no se daba cuenta del efecto desastroso que me hacían sus ojos.

Todo Christhianía se los elogiaba por hermosos y a nadie causaban la impresión terrible que a mí: sólo yo estaba constituido para ser la víctima de ellos. Yo tenía reacciones de orgullo; a veces pensaba que Lina abusaba del poder que tenía sobre mí, y que se complacía en humillarme; entonces mi dignidad de varón se sublevaba vengativa reclamando imaginarios fueros, y a mi vez me entretenía en tiranizar a mi novia, exigiéndole sacrificios y mortificándola hasta hacerla llorar. En el fondo había una intención que yo trataba de realizar disimuladamente; sí, en esa valiente sublevación contra la tiranía de esas pupilas estaba embozada mi cobardía: haciendo llorar a Lina la hacía cerrar los ojos, y cerrados los ojos me sentía libre de mi cadena. Pero la pobrecilla ignoraba el arma terrible que tenía contra mí; sencilla y candorosa, la buena muchacha tenía un corazón de oro y me adoraba y me obedecía. Lo más curioso es que yo, que odiaba sus hermosos ojos, era por ellos que la quería. Aun cuando siempre salía vencido, volvía siempre a luchar contra esas terribles pupilas, con la esperanza de vencer. ¡Cuántas veces las rojas fulguraciones del amor me hicieron el efecto de cien cañonazos disparados contra mis nervios! Por amor propio no quise revelar a Lina mi esclavitud.

Nuestros amores debían tener una solución como la tienen todos: o me casaba con Lina o rompía con ella. Esto último era imposible, luego, tenía que casarme con Lina. Lo que me aterraba, de la vida de casado, era la perduración de esos ojos que tenían que alumbrar terriblemente mi vejez. Cuando se acercaba la época en que debía pedir la mano de Lina a su padre, un rico armador, la obsesión de los ojos de ella me era insoportable. De noche los veía fulgurar como ascuas en la oscuridad de mi alcoba; veía al techo y allí estaban, terribles y porfiados; miraba a la pared y estaban incrustados allí; cerraba los ojos y los veía adheridos sobre mis párpados con una tenacidad luminosa tal, que su fulgor iluminaba el tejido de arterias y venillas de la membrana. Al fin, rendido, dormía, y las miradas de Lina llenaban mi sueño de redes que se apretaban y me estrangulaban el alma. ¿Qué hacer? Formé mil planes; pero no sé si por orgullo, amor, o por una noción del deber muy grabada en mi espíritu, jamás pensé en renunciar a Lina.

El día en que la pedí, Lina estuvo contentísima. ¡Oh, cómo brillaban sus ojos y qué endiabladamente! La estreché en mis brazos delirante de amor, y al besar sus labios sangrientos y tibios tuve que cerrar los ojos casi desvanecido.

–¡Cierra los ojos, Lina mía, te lo ruego!

Lina, sorprendida, los abrió más, y al verme pálido y descompuesto me preguntó asustada, cogiéndome las manos:

–¿Qué tienes, Jym?... Habla. ¡Dios Santo!... ¿Estás enfermo? Habla.
–No... perdóname; nada tengo, nada... –le respondí sin mirarla.
–Mientes, algo te pasa...
–Fue un vahído, Lina... Ya pasará...
–¿Y por qué querías que cerrara los ojos? No quieres que te mire, bien mío.

No respondí y la miré medroso. ¡Oh!, allí estaban esos ojos terribles, con todos sus insoportables chisporroteos de sorpresa, de amor y de inquietud. Lina, al notar mi turbado silencio, se alarmó más. Se arrodilló sobre mis rodillas, cogió mi cabeza entre sus manos y me dijo con violencia:

–No, Jym, tú me engañas, algo extraño pasa en ti desde hace algún tiempo: tú has hecho algo malo, pues sólo los que tienen un peso en la conciencia no se atreven a mirar de frente. Yo te conoceré en los ojos, mírame, mírame.

Cerré los ojos y la besé en la frente.

–No me beses, mírame, mírame.
–¡Oh, por Dios, Lina, déjame! ...
–¿Y por qué no me miras? –insistió casi llorando.

Yo sentía honda pena de mortificarla y a la vez mucha vergüenza de confesarle mi necedad: –No te miro, porque tus ojos me asesinan; porque les tengo un miedo cerval, que no me explico, ni puedo reprimir–. Callé, pues, y me fui a mi casa, después de que Lina dejó la habitación llorando.

Al día siguiente, cuando volví a verla, me hicieron pasar a su alcoba: Lina había amanecido enferma con angina. Mi novia estaba en cama y la habitación casi a oscuras. ¡Cuánto me alegré de esto último! Me senté junto al lecho, le hablé apasionadamente de mis proyectos para el futuro. En la noche había pensado que lo mejor para que fuéramos felices, era confesar mis ridículos sufrimientos. Quizá podríamos ponernos de acuerdo... Usando anteojos negros... quizá. Después que le referí mis dolores, Lina se quedó un momento en silencio.

–¡Bah, que tontería! –fue todo lo que contestó.

Durante veinte días no salió Lina de la cama y había orden del médico de que no me dejaran entrar. El día en que Lina se levantó me mandó llamar. Faltaban pocos días para nuestra boda, y ya había recibido infinidad de regalos de sus amigos y parientes. Me llamó Lina para mostrarme el vestido de azahares, que le habían traído durante su enfermedad, así como los obsequios. La habitación estaba envuelta en una oscura penumbra en la que apenas podía yo ver a Lina; se sentó en un sofá de espaldas a la entornada ventana, y comenzó a mostrarme brazaletes, sortijas, collares, vestidos, una paloma de alabastro, dijes, zarcillos y no sé cuánta preciosidad. Allí es–taba el regalo de su padre, el viejo armador: consistía en un pequeño yate de paseo, es decir, no estaba el yate, sino el documento de propiedad; mis regalos también estaban y también el que Lina me hacía, consistente en una cajita de cristal de roca, forrada con terciopelo rojo.

Lina me alcanzaba sonriente los regalos y yo, con galantería de enamorado, le besaba la mano. Por fin, trémula, me alcanzó la cajita.

–Mírala a la luz –me dijo– son piedras preciosas, cuyo brillo conviene apreciar debidamente.

Y tiró de una hoja de la ventana. Abrí la caja y se me erizaron los cabellos de espanto; debí ponerme monstruosamente pálido. Levanté la cabeza horrorizado y vi a Lina que me miraba fijamente con unos ojos negros, vidriosos e inmóviles. Una sonrisa, entre amorosa e irónica, plegaba los labios de mi novia, hechos con zumos de fresas silvestres. Salté desesperado y cogí violentamente a Lina de la mano.

–¿Qué has hecho, desdichada?
–¡Es mi regalo de boda! –respondió tranquilamente.

Lina estaba ciega. Como huéspedes azorados estaban en las cuencas unos ojos de cristal, y los suyos, los de mi Lina, esos ojos extraños que me habían mortificado tanto, me miraban amenazadores y burlones desde el fondo de la caja roja, con la misma mirada endiablada de siempre...

Cuando terminó Jym, quedamos todos en silencio, profundamente emocionados. En verdad que la historia era terrible. Jym tomó un vaso de ajenjo y se lo bebió de un trago. Luego nos miró con aire melancólico. Mis amigos miraban, pensativos, el uno la claraboya del camarote y el otro la lámpara que se bamboleaba a los balances del buque. De pronto, Jym soltó una carcajada burlona, que cayó como un enorme cascabel en medio de nuestras meditaciones.

–¡Hombres de Dios! ¿Creéis que haya mujer alguna capaz del sacrificio que os he referido? Si los ojos de una mujer os hacen daño, ¿sabéis cómo lo remediará ella? Pues arrancando los vuestros para que no veáis los suyos. No; amigos míos, os he referido una historia inverosímil cuyo autor tengo el honor de presentaros.

Y nos mostró, levantando en alto su botellita de ajenjo, que parecía una solución concentrada de esmeraldas.






en Cuentos malévolos, 1904












lunes, febrero 01, 2010

"Imágenes de la felicidad", de Tomás Eloy Martínez

Tucumán, 16 de julio de 1934 - Buenos Aires, 31 de enero de 2010



Madre creyó que Carmona cantaría antes de aprender a hablar, como el hijo de la señora Ikeda. Muchas veces, en medio de la noche, se acercaba a la cuna y acechaba su respiración, con la esperanza de que estuviera dibujando alguna melodía. Y cuando oía maullar (porque siempre, aunque no hubiera gatos, Madre oía maullar), despertaba a Padre y le decía: “Por fin el niño ha empezado con su canto”. Padre se levantaba en puntillas y no encontraba nada. A veces, sí, brotaba del niño un gorjeo tonto, como un desperezo de las cuerdas vocales, y entonces Madre se arrebataba, corría de un lado a otro del dormitorio con su camisón de reina: “¿Has oído, has oído?”, preguntaba. “¿Ahora te convencés?” Padre se apresuraba a darle la razón: “Claro que sí. Algo he oído”. Pero la mayor parte de las noches Madre se dormía desalentada, con el presentimiento de que Carmona nunca tendría voz.

Al poco tiempo Madre parió gemelas con sendos lunares en la espalda, sombreados por cerdas negras, como parches de una piel animal. Madre supo desde el principio que las gemelas no querrían aprender a nadar, para no mostrar sus espaldas escotadas, y decidió que si Carmona nadaba por los tres desarrollaría prodigiosamente los pulmones y músculos de la voz. Había leído en una revista que los niños nadan por instinto, como los otros mamíferos, y que el instinto se les adormece con las primeras luces de la inteligencia. Carmona estaba por cumplir dos años: ya casi no quedaba tiempo. Lo llevaron a una pileta de agua fría, al pie de las montañas amarillas, y lo arrojaron sin miramientos. El agua estaba podrida, con manchas de insectos y rayas de bronceadores rancios. No había nadie alrededor. Ni Madre ni Padre sabían nadar, de modo que Carmona se hubiera ahogado si no hubiera sido por los instintos, que seguían despiertos. Tocó el fondo del agua espesa y no sintió frío: su atención estaba demasiado ocupada en los movimientos de las tinieblas, que eran más frenéticos cuanto más abajo llegaba. Antes de hundirse en el limo, se izó hacia la superficie. Había aprendido a respirar ya no sólo con el aire sino con el recuerdo del aire. Los alvéolos de los pulmones estaban henchidos de abejas de aire que continuaban con su ajetreo sin inquietarse por lo que pasaba afuera: el frío, la humedad, el agua, el vacío, los tóxicos, nada les hacía mella. ¿Sabía Padre cuánto tiempo había estado sumergido? Unos nueve segundos, le dijo a Madre, orgulloso. Fueron más: por lo menos el doble.

Padre se entusiasmó tanto con los progresos de Carmona en el agua que decidió cortar de raíz el pudor de las gemelas por sus lunares y obligarlas a nadar. No se arriesgó a lanzarlas a la pileta confiando en sus instintos, porque nunca supo si los tenían. Las dejaba horas llorando en la cuna, para que ejercitaran los pulmones, y cuando las bañaba les sostenía la cabeza bajo el agua tres o cuatro segundos. Las gemelas aprendieron a contener la respiración pero nunca nadaron. Odiaban el agua.
...
Cada vez que Padre exhibía los lunares de las gemelas, Carmona tenía miedo de que le pasara lo mismo. Tarde o temprano me tocará el turno a mí, decía. Parado frente al vestidor de Madre, examinaba su cuerpo en busca de alguna imperfección escondida. ¿Un dedo atrofiado en el ombligo: a ver? ¿Pelos en la planta de los pies? ¿El tatuaje de una letra en la espalda? Las criadas confirmaban sus temores: Ya te llegará el día a vos también. Y él se dormía pensando que era verdad: cuando despertara habría llegado el día.
...
Al poco tiempo de la mudanza, y sin razón alguna, se convirtieron en una fatalidad insoportable para Madre. Aunque ella nunca lo dijo, yo sé que les deseaba la muerte. Tenían la costumbre de lavarse dos veces por día, antes del almuerzo y a la caída de la tarde. Hundían la cara y los brazos en jofainas de porcelana y se frotaban las piernas con arena, obedeciendo al Profeta. De rodillas, con las manos tendidas hacia los páramos del oriente y la frente clavada en los humores del piso, cantaban a Dios una letanía que Padre remedaba cuando había visitas: la ilajá ilá laj. Para colmo, los hombres andaban desnudos por el patio y besaban a sus mujeres delante de todo el mundo, estallando cada dos por tres en carcajadas que a Madre le sonaban obscenas. El dinero no parecía importarles, como si les lloviera del cielo. “Han de ser contrabandistas”, suponía Padre. “De otra manera, tanta alegría no tiene explicación”. Por si fuera poco, alimentaban a montones de gatos. Durante los rezos, los gatos se les trepaban a las espaldas y maullaban, ellos también con los hocicos vueltos hacia los páramos. La hija mayor de los Alamino, con un lunar redondo y abultado en mitad de la garganta, estaba a punto de casarse. Lo primero que hacía el novio por las noches, cuando la visitaba, era quitarle el echarpe y lamer el lunar apasionadamente. “¿Vieron que es bueno tener lunares?”, explicaba la señora Alamino a las gemelas cuando empezaron a contarle sus desconsuelos. “Si no fuera por la tentación de besar el lunar de Leticia, el novio no la querría tanto”.










Fragmento de La mano del amo, 1991.









domingo, enero 31, 2010

"Viento imaginario", de Federico Schopf







Un viento imaginario mantiene en tus cabellos
la dulzura de su inmóvil desorden
y deja entre los hilos de luz dorada
que un sol antiguo ha sembrado, la estampa
de una tarde a solas en la playa, ante jirones
de algas verdes estremecidas por el agua,
en tanto, tendidos en la arena, con el quejido
del mar hundiéndose lentamente en tus caderas,
una luz de plata cernida desde el cielo
caía, endureciendo las aguas y nuestros rostros
de oxidada espuma -tu perfil inclinado como el de una
estatua opaca- y, sin embargo, el calor de tus manos
era suficiente para hendir de oro este silencio.







en Poesía chilena (1960-1965), 1966














sábado, enero 30, 2010

"Pequeña cosmogonía práctica", de Juan Luis Martínez






Construya un mundo coherente a partir de NADA, sabiendo que
YO - TÚ y que TODO es POSIBLE.

¡HAGA UN DIBUJO!





SOLUCIÓN 1.



PÉRDIDA DEL OBJETO LIBIDINOSO

DESEO DEL YO DE RECUPERAR
EL OBJETO PERDIDO

IDENTIFICACIÓN DEL YO
CON EL OBJETO PERDIDO






SOLUCIÓN 2.
(LA NUEVA NOVELA):












en La nueva novela, 1977









viernes, enero 29, 2010

“Un día perfecto para el pez plátano”, de Jerome David Salinger

New York, 1 de enero de 1919 – Cornish, New Hampshire, 27 de enero de 2010






En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.

Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.

-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.

A través del auricular llegó una voz de mujer:

-¿Muriel? ¿Eres tú?

La chica alejó un poco el auricular del oído.

-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
-¿Estás bien, Muriel?

La chica separó un poco más el auricular de su oreja.

-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé... el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
-Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
-Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
-Muy bien-dijo la chica.
-¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
-No. Ahora tiene uno nuevo
-¿Cuál?
-Mamá... ¿qué importancia tiene?
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
-Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
-Lo tienes tú.
-¿Estás segura?-dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
-¡Pero está en alemán!
-Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
-Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
-Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo.
-Muriel, mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Sí?-dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
-¿Y...?-dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
-Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
-Nunca lo he oído nombrar.
-De todos modos, dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
-Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
-Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
-Me he quemado toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
-Bueno... sí... más o menos...-dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
-Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
-¿Por que te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
-¿El verde?
-Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
-Pero ¿qué dijo él? El médico.
-Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
-Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
-En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le subí un poco las hombreras.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
-Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
-No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-.
-Mamá, esta llamada va a costar una for...
-Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
-Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No he dicho nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
-¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel, hazme caso.
-Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó.
-Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio?
-Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.

La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.

-No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
-Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter.
-Estáte quieta, Sybil, cariño...
-¿Viste más vidrio?-dijo Sybil.

La señora Carpenter suspiró.

-Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.

-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.

El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

-¡Ah!, hola, Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué?-dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.

Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.

Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.

-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.

Sybil dio un paso adelante.

-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.

Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.

-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?

Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.

Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.

-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
-¿Un qué?
-Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.

Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.

Los dos echaron a andar hacia el mar.

-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
-¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé-dijo Sybil.
-Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.

Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

-Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

Sybil lo miró:

-Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

-No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él.

Sybil soltó el pie:

-¿Has leído El negrito Sambo?-dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció?
-¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis-dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»?
-¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué?
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?

Sybil asintió con la cabeza:

-¿Te gustan las aceitunas?-preguntó.
-¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil.
-Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.

Sybil no dijo nada.

-Me gusta masticar velas-dijo ella por último.
-Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.

Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.

-¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él.
-No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

Ella negó con la cabeza.

-Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces plátano.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
-Sí-dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué?-preguntó Sybil.
-Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa.
-No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos.

Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.

Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:

-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí-dijo Sybil-. Seis.

De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

-¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.

-Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice?-dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.

-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor.

Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.


en Nine stories, 1953









jueves, enero 28, 2010

«Alguna despedida», de Juan Cameron






Me voy estoy cansado
tengo derecho a andar después de la jornada        de picar esta tierra
            doblemente con manos y cabeza
de esconder esta testa bajo el suelo para gritar a gritos reclamar
con el pecho hacia el cielo ser mirado
No vine yo a este día            a mí no me invitaron
Rasgué mis vestiduras y mi pecho para mostrar la sangre y su latido
y aquí me tienen sudoroso con el ala dispuesta
a cruzar el charco una vez más en busca de otro arado
Soy pájaro y gusano
soy este puño prieto que cava y salta y vuela
pues me hicieron así quienes sabían mi diario transcurrir
            mi quieto canto
Fui el aguador y el vino el héroe y la víctima
el testigo
Fui la tierna extensión cuando la noche reclamaba éstos mis dedos
tuve ideas las vi tuve una casa enclavada en la piedra y el paisaje
Ahora tomo vuelo busco apoyo
para correr la pista con un gesto         tal vez una sonrisa
Me voy no es un pañuelo
es la pluma agitada que deja a lo lejos
un surco en esta pista para volver de nuevo.



en Sin ambages, 1982 





Fotografía de Juan Cameron llegando del exilio
















miércoles, enero 27, 2010

“Lectura”, de Omar Lara







Leo
Todas las cosas tienen fin
Nosotros
Las guitarras
La tierra
El sol
El sonido del agua en los cristales
El universo mismo
Las palabras
Todo tiene su fin
Su no
Su nada
El ladrido
El tumulto
El calor de las tres
Todo tiene su nada
La luz que hace tu rostro
La luz que hizo tu rostro.





en Islas flotantes, 1980












martes, enero 26, 2010

"Adiós al Führer", de Jorge Teillier





Adiós al Führer, adiós a todo Führer
               habido o por haber.
Adiós a todo Führer verdadero o falso,
buenas noches, le digo, buenas noches
con una íntima tristeza reaccionaria.

Adiós al Führer que engullía tortas de Selva Negra
mientras sus tanques se alimentaban de caminos de Europa.
Adiós a todo Führer que ame a Wagner o la Giovinezza
ya sea lampiño, barbudo o bigotudo.

Adiós al Führer que en submarino huyó a Buenos Aires
tras matar a Eva y a Blondi, su fiel perro.
Desde los hielos lo oye llamar Miguel Serrano
mas ni por mar ni por tierra podrían encontrarlo.

Adiós a todo Führer que nos ordene sepultarnos con él
tras contemplar cómo arden las ruinas de su Imperio,
y entretanto no deja a nadie dormir tranquilo
aunque no hayamos violado, ni robado, ni asesinado.

Adiós a todo Führer que obligue a los poetas
a censurar sus manuscritos o mantenerlos secretos
bajo pena de mandarlos a su Isla o Archipiélago
o a cortar caña bajo el sol de la Utopía.

Adiós al Führer de la Antipoesía
aunque a veces predique mejor que el Cristo de Elqui.
Es mejor no enseñar dogma alguno, aunque sea ecológico,
cuando ya no se puede partir a Chillán en bicicleta.

Adiós al chico Molina, cruel Führer de Lo Gallardo
donde escribió El Lobo Estepario antes que Hermann Hesse,
aunque N.S. Jesucristo murió por él según lo dice Anguita,
y adiós por quienes desean que demos el sí cuando amamos el no.

Adiós a todo Führer a quien no le importa perder cuarenta o
               cuarenta mil hombres
con tal de invadir islas pobladas por ovejas,
y tras la derrota se acoge a general jubilación
a oír Silencio en la noche ya todo está en calma.

Adiós a quien un tiempo fuera nuestro secreto Führer
y nos recomendaba abstinencia botella de whiski en mano,
y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro
para conquistar Venezuela como sus antepasados.

Adiós al pícaro que pretendía ser Martín Bormann:
Enrique Lafourcade, conde de la Fourchette.
Lo verán pasear un ridículo perrito
sin poder alcanzar ni al Parque Forestal.

Lo verán alimentarse, fantasma rubicundo,
de pálidas y frágiles palomitas nocturnas.
Lo verán recorrer los más perdidos pueblos
buscando firmar autógrafos a Alcaldes y parvularias.

Lo verán sollozar pensando en sus Días sin Dieta
con patitas de chancho en Los Buenos Muchachos.
Lo verán derramar una furtiva y valetudinaria lágrima
mientras canta Yo soy el Rey creyéndose Pedro Vargas.

Y ya no habrá nadie de la Generación del 50
para entonar a coro Yo tenía un camarada.
Adiós a todo Führer que nos dé duro con un palo
y también con una soga
creyendo que como él somos apenas sensitivos.
Y buenas noches, amigos, buenas noches,
hasta que un día nos volvamos a encontrar
en la hora soberbia y enloquecida de los esqueletos.





Escrito en la Plaza del Mulato Gil de Castro,
en Santiago, la noche del 2 de diciembre de
1981, fecha del lanzamiento de la novela de
título homónimo de Enrique Lafourcade.








en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985