jueves, noviembre 06, 2008

"Mi plegaria", de Julio Carrasco





Por tanto, os digo que todo lo que pidiéreis orando,
creed que lo recibiréis y os vendrá.

SAN MARCOS 11/24


Enlil, Krishna, Átomo de Hidrógeno
o como te llames
te imploro desde el tercer planeta
a ti, padre de Abraham
que hiciste aparecer el primer arco iris
y tardas en traernos el último
a ti que nos legaste los huesos de los dinosaurios
para que supiéramos que los borraste de la faz de la tierra
Agradecido por todo lo que me has dado
apreto la frente contra el suelo
y te ruego
Me faltaron muchas cosas
sabía que era parte del plan y no te molesté
jamás escuchaste de mí queja alguna
si maldije mi suerte un par de veces
fue por un descuido que seguramente tú habías planeado
Ahora quiero que me escuches
y que hagas un pequeño derroche de misericordia
A lo mejor es un honor que no merezco
en ese caso lo entenderé
tú sabes que no te reprocho nada
pero por si está entre mis posibilidades
te suplico
de rodillas y con la frente en el suelo:


quiero que el meteorito caiga sobre mi cabeza


¡Osiris, Odín, Quetzalcoatl
o como te llames!
Te recuerdo que jamás te pedí favor alguno
Si esto se concreta
mi agradecimiento te perseguirá como un lobo
a través del firmamento.








2005









miércoles, noviembre 05, 2008

"Tengo un sueño", de Martin Luther King, Jr.

Discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington



Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirán contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, "¿Cuándo quedarán satisfechos?"

Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Mississippí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".

Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

Regresen a Mississippí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".

Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Mississippí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a ti te canto. Tierra de libertad donde mis antecesores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Mississippí! "De cada costado de la montaña, que repique la libertad".

Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: "¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"





28 de agosto de 1963











martes, noviembre 04, 2008

“Muchacha que cae”, de Dino Buzzati






A los diecinueve años, Marta se asomó a lo alto del rascacielos y, viendo abajo la ciudad que resplandecía en la noche, fue presa del vértigo.

El rascacielos era de plata, supremo y feliz en aquella noche bellísima y pura, mientras que el viento desgarraba aquí y allá sutiles filamentos de las nubes contra un fondo de un azul absolutamente increíble. De hecho, era aquella hora en que a las ciudades les viene la inspiración y todo aquel que no está ciego se queda arrebatado. Desde la aérea cima la muchacha veía retorcerse las calles y las masas de los palacios en el largo espasmo del crepúsculo, y allí donde acababa el blanco de las casas comenzaba el azul del mar, que visto desde lo alto parecía hacer pendiente. Y según avanzaba desde el oriente el telón de la noche, la ciudad se fue volviendo un dulce abismo titilante de luces; que palpitaba. Dentro había hombres poderosos y mujeres que lo eran todavía más, los abrigos de pieles y los violines, los coches esmaltados de ónice, los rótulos fosforescentes de los cabarets, los atrios de las mansiones a oscuras, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, ese irresistible encanto de la noche que hace soñar en la grandeza y la gloria.

Viendo estas cosas, Marta se asomó con despreocupación por la balaustrada y se dejó ir. Le pareció lanzarse al aire, pero caía. Teniendo en cuenta la extraordinaria altura del rascacielos, las calles y las plazas de abajo estaban sumamente lejos, quién sabe cuánto tiempo tardaría en llegar a ellas. Pero la muchacha caía.

A aquella hora las terrazas y los balcones de los últimos pisos estaban llenos de gente elegante y rica que tomaba cocktails y hablaba de tonterías. Llegaban oleadas dispersas y confusas de melodías. Marta pasó por delante y muchos se asomaron a verla.

Vuelos de esa clase –en su mayoría precisamente muchachas– no eran raros en el rascacielos y para los inquilinos constituían una distracción interesante; ésa era también la causa de que el precio de aquellos apartamentos fuera tan elevado.

El sol, no oculto todavía del todo, hizo lo que pudo por iluminar el vestido de Marta. Era un modesto traje de confección de primavera que había costado poco dinero. Pero la poética luz del crepúsculo lo realzaba un poco, haciéndolo chic.

Desde los balcones de los multimillonarios, manos galantes se tendían hacia ella ofreciéndole flores y vasos. «Señorita, ¿un pequeño drink?... Dulce mariposa, ¿por qué no se queda un minuto con nosotros?».

Ella reía, mientras flotaba, feliz (pero mientras tanto caía): «No, gracias, amigos. No puedo. Tengo prisa por llegar».

«¿Por llegar adónde?», le preguntaban.
«Ah, no me hagáis hablar», respondía Marta, y agitaba las manos haciendo un familiar gesto de saludo.

Un joven alto, moreno, muy distinguido, alargó los brazos para atraparla. Le gustaba. Sin embargo, Marta se soltó velozmente: «¿Qué libertades son ésas, señor?», e incluso le dio tiempo a darle con un dedo un golpecito en la nariz.

La gente elegante, pues, se interesaba por ella y eso la llenaba de satisfacción. Se sentía fascinante, de moda. En las floridas terrazas, entre el ir y venir de camareros de blanco y las ráfagas de canciones exóticas, se habló por algún minuto, o quizá menos, de aquella joven que estaba pasando (de arriba abajo, con trayectoria vertical). Algunos la estimaban bella, otros así así, a todos les pareció interesante. «Tiene usted toda la vida por delante», le decían, «¿por qué corre tanto? Ya tendrá tiempo de correr y fatigarse. Quédese un momento con nosotros, no es más que una modesta reunión de amigos, entendámonos, pero se sentirá cómoda».

Ella hacía intención de responder, pero ya la fuerza de la gravedad la había llevado al piso de abajo, a dos, tres, cuatro pisos más abajo; como se cae, de hecho, alegremente, cuando apenas se tienen diecinueve años. Lo cierto es que la distancia que la separaba del fondo, es decir, del plano de las calles, era inmensa; menor que hacía poco, ciertamente, pero aun así considerable. Sin embargo, mientras tanto el sol se había zambullido en el mar, se le había visto desaparecer transformado en un tremolante hongo rojizo. Ya no estaban sus rayos vivificantes para iluminar el vestido de la muchacha y transformarla en un seductor cometa. Menos mal que las ventanas y las terrazas del rascacielos estaban casi todas iluminadas y a medida que pasaba por delante de ellas sus intensos resplandores la alcanzaban de lleno.

Ahora, en el interior de los apartamentos Marta ya no veía sólo reuniones de gente despreocupada; de cuando en cuando había también oficinas donde los empleados, con guardapolvos negros o azules, se sentaban en mesas que formaban grandes hileras. Muchos eran tan jóvenes como ella o incluso más, y, cansados ya de la jornada, levantaban cada tanto los ojos de los papeles y de las máquinas de escribir. También ellos, pues, la vieron, y algunos corrieron a las ventanas: «¿Dónde vas? ¿Por qué tanta prisa? ¿Quién eres?» le gritaban, y en sus voces se adivinaba algo parecido a la envidia.

«Me esperan abajo –respondía ella–. No puedo detenerme. Perdonadme». Y seguía riendo, ondeando sobre el precipicio, pero no eran ya las carcajadas de antes. La noche había caído imperceptiblemente y Marta comenzaba a sentir frío.

En aquel momento, al mirar hacia abajo, vio en la entrada de un palacio un vivo resplandor de luces. Se detenían allí largos coches negros (en la distancia grandes como hormigas), y de ellos bajaban hombres y mujeres, deseosos de entrar en él. En medio de aquel hormigueo le pareció distinguir el brillo de las joyas. Sobre la entrada ondeaban banderas.

Había una gran fiesta, evidentemente, justo aquella con la que ella, Marta, soñaba desde que era niña. Qué desgracia si faltara. Allí abajo la esperaba la ocasión, el destino, la aventura, la verdadera inauguración de la vida. ¿Llegaría a tiempo?

Advirtió con despecho que una treintena de metros más allá caía también otra muchacha. Era sin lugar a dudas más bonita que ella y llevaba puesto un vestido de tarde de bastante clase. Quién sabe por qué, caía a una velocidad muy superior a la suya, hasta el punto de que en pocos instantes la adelantó y desapareció en lo bajo pese a las llamadas de Marta. Sin duda llegaría a la fiesta antes que ella; podía ser que todo obedeciera a un plan urdido para suplantarla.

Luego se dio cuenta de que no eran ellas dos las únicas en caer. A lo largo de las caras del rascacielos otras mujeres muy jóvenes se precipitaban hacia abajo con los rostros tensos por la emoción del vuelo, agitando festivamente las manos como si dijeran: eh, estamos aquí, es nuestro momento, agasajadnos, ¿acaso no es nuestro el mundo?

Así pues, era una competición. Y ella no llevaba más que un mísero vestidito, mientras que las otras lucían modelos de corte distinguido y alguna, incluso, se ceñía sobre los hombros desnudos amplias estolas de visón. Tan segura de sí cuando había levantado el vuelo, ahora Marta sentía crecer en su interior un estremecimiento; quizá fuera simplemente el frío, pero quizá fuera también miedo, el miedo de haberse equivocado sin remedio.

Ahora parecía ya noche cerrada. Las ventanas se apagaban una tras otra, los ecos de melodías se hicieron más escasos, las oficinas estaban vacías, ningún joven se asomaba ya a los antepechos tendiendo sus manos. ¿Qué hora era? Allá abajo, a la entrada del palacio –que entre tanto se había hecho más grande, pudiéndose distinguir ahora todos los detalles de su arquitectura–, las luces permanecían intactas, pero el movimiento de coches había cesado. Al contrario, de cuando en cuando salían de la entrada iluminada pequeños grupos que se alejaban con paso cansado. Luego, incluso las luces de la entrada se apagaron.

Marta sintió encogérsele el corazón. Ay de mí, ya no llegaré a tiempo a la fiesta. Al mirar hacia arriba vio el pináculo del rascacielos en todo su cruel poderío. Casi todo él estaba a oscuras, sólo unas pocas y aisladas ventanas seguían iluminadas en los últimos pisos. Y sobre su cima se extendían lentamente las primeras luces del alba.

En un comedor del vigésimo octavo piso, un hombre de unos cuarenta años se tomaba el café del desayuno mientras leía el periódico y su mujer arreglaba la casa. Un reloj sobre un aparador marcaba las nueve menos cuarto. Una sombra pasó, fugaz, por delante de la ventana.

–Alberto –gritó la mujer–, ¿has visto? Ha pasado una mujer.
–¿Cómo era? –preguntó él sin apartar los ojos del periódico.
–Una vieja –respondió la mujer–. Una vieja decrépita. Parecía asustada.
–Siempre pasa igual –rezongó el hombre–. Por estos pisos tan bajos no pasan más que viejas caducas. Las chicas guapas se ven del quingentésimo para arriba. No por nada cuestan esos apartamentos tan caros.
–Pero aquí abajo –observó la mujer– por lo menos tenemos la ventaja de que se puede oír el golpe cuando llegan al suelo.
–Esta vez, ni siquiera eso –dijo él meneando la cabeza después de haberse quedado escuchando unos instantes. Y se tomó otro sorbo de café.










lunes, noviembre 03, 2008

"Fruta extraña", de Seamus Heaney

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Aquí está la cabeza de una niña como una calabaza exhumada.
De cara ovalada, piel de ciruela, carozos de ciruela por dientes.

Le quitaron los pañales al húmedo helecho de sus pelos
E hicieron una exposición de sus rizos,
Dejaron que alcance el aire su belleza curtida.
Beso con lengua de sebo, efímero tesoro:
Su nariz rota es oscura como un terrón de césped,
Las cuencas de sus ojos en blanco como estanques en la vieja
           manera de funcionar.
Diodorus Siculus confesó
Su gradual facilidad con gente como ésta:
Asesinados, olvidados, anónimos, una terrible
Niña decapitada, un hacha que mira fija
Y la beatificación, mirando fijamente
Lo qué había comenzado a sentir como reverencia.













Strange Fruit

Here is the girl's head like an exhumed gourd./ Oval-faced, prune-skinned, prune-stones for teeth.// They unswaddled the wet fern of her hair/ And made an exhibition of its coil,/ Let the air at her leathery beauty./ Pash of tallow, perishable treasure:/ Her broken nose is dark as a turf clod,/ Her eyeholes blank as pools in the old workings./ Diodorus Siculus confessed/ His gradual ease with the likes of this:/ Murdered, forgotten, nameless, terrible/ Beheaded girl, outstaring axe/ And beatification, outstaring/ What had begun to feel like reverence.//










domingo, noviembre 02, 2008

“Criaturas del apogeo”, de Brian W. Aldiss







Desde la distancia, el palacio de un solo piso parecía flotar en el océano como una oblea.

De los iluminados cuartos del palacio, detrás de la larga columnata, salieron saltando tres seres, él, Ella y ella. Corrieron por las losas, riendo. La noche crepitaba allá arriba en tonos de azul oscuro y almíbar. La alegría chispeaba como relámpagos uniendo dos puntos opuestos.

La música rebosaba de las habitaciones. En esa música sólo se movía la armonía misma, en cadencias perfectas, aunque llevaba en el tono una referencia indirecta a los peculiares y profundos cambios de tiempo en ese mundo. Las cosas crecían, los ojos brillaban, los cuerpos eran ágiles; pero se trataba de ese planeta funesto y no de otro en el universo.

La gran terraza, por ejemplo, pavimentada con losas donde la mica centelleaba bajo los pies: sobre su extensión la luminosidad jugaba con tantas variaciones como la música. La propia noche era una gran fuente de luz y, como un enorme caldero invertido, el cielo derramaba sus alimentos sobre el complicado edificio. Hasta el abovedado techo, detrás de las columnatas, llevaba el mar sus secretos mensajes de luz, pues los océanos, para el calor y para el día, tienen mejor memoria que el aire. También los glaciares, y siete lunas pequeñas, contribuían con su cuota de brillo.

Y las tres criaturas que corrían riendo, él, Ella y ella, se regocijaban en la noche, a causa de cuyas propiedades vivían. Ahora habían llegado al borde de la terraza, y descansaron apoyados en la última y esbelta columna adornada con descoloridas pinturas de hechiceros y de cefalópodos. Dirigieron primero la mirada, instintivamente, hacia las susurrantes olas, como si quisieran traspasarlas y ver las criaturas que en las profundidades esperaban la estación apropiada. Sonrieron con una mueca. Levantaron la cabeza. Juntos, contemplaron el mar matutino, observando los inmensos glaciares que flotaban sobre las frías almohadas de su propio aliento. Llegaba la aurora. La aurora, sin la correspondiente palidez en el cielo.

La aurora, el imán de la vida. La atención de aquellos grandes ojos, en rostros pálidos, evanescentes, barrocos, fue atraída por un iceberg que flotaba en el este. Un iceberg que descansaba en las profundidades como un monumento al tiempo mismo. Los acantilados fueron de un gris recordado, sombríos, pétreos..., hasta el momento del alba. Entonces el hielo se encendió como una señal distante.

Como una flor que se desdobla saliendo del capullo, mostrando voluptuosos pliegues rosados, el iceberg cambió de color. El gris se volvió gris paloma. El gris paloma se volvió gris tiza y adquirió luego un tierno tinte rosado, todo promesas.

Entre el día y la noche no existía separación: auroras como esa no podrían interrumpir el abrazo. Mientras el sol subía un poco más, el iceberg, olvidado por el portador de la lámpara, se volvía a hundir en la oscuridad; no fue el resplandor lo que cambió sino el sonido. La música cesó. Incómodos dentro de los trajes de raso, los músicos retornaban furtivamente a casa.

El sol no era más que un implorante punto de luz, demasiado distante de todo para poder reinar. Una perla arrojada al cielo habría despedido más brillo.

Los tres se volvieron, él, Ella y ella. Con mucha tranquilidad, tomados de la mano, caminaron por el borde de la terraza, donde las profundas aguas amoniacales del océano les lanzaban reflejos al semblante, como pensamientos fugaces.

- ¿Es más brillante? - preguntó ella refiriéndose al Sol.
- Más brillante que en nuestra niñez - respondió él.
- Más brillante aún que ayer -dijo Ella.

Ahora que la música de la noche había enmudecido, los susurros del océano y del aire se acercaban más, hablándoles del conmovedor fulcro de la existencia. Allá arriba, un ave marina voló entre los elevados arcos, saliendo momentáneamente de la nada y entrando en la órbita de la civilización antes de desaparecer de nuevo en el vacío. A sus pies, una sucesión de olas arrojaban espuma sobre la terraza, donde pronto se evaporaba hacia el espacio.

Los tres compartían un intenso amor, así que se acercaron más y caminaron como uno solo. Además de ser corta, la vida (cosa verdaderamente patética) era cíclica. Las hojas que se secaban y morían brotarían verdes de nuevo muchas generaciones más tarde.

- Estamos ahora tan lejos del apogeo - dijo él.
- El sol se acerca más y más al Tiempo de Cambio - dijo Ella.
- Nuestro mundo tiene su rumbo trazado... Sin rumbo no existiría el mundo - dijo.

El silencio fue una forma de asentimiento; pero por dentro, donde las cosas tangibles se unían a las cosas intangibles, tenían una gran sensación de temor, una sensación que trascendía la alegría o la pena, al considerar los movimientos planetarios dentro de los cuales se representaba su delicado papel; Ellos eran la vida de su mundo; pero en ese mundo toda la vida era como la imagen en un espejo. Existían dos tipos de vida, tan diferentes, tan dependientes como yin y yang..., y sin embargo nunca se encontraban, y nunca se trataban, y ni siquiera podían respirar la atmósfera de la otra. Cada tipo de vida prosperaba sólo en la muerte del otro. En el Tiempo de Cambio, los siglos de existencia cambiaban de centinelas.

- Como criatura del apogeo, temo... - dijo Ella.

A lo que ella agregó:

-...pero forzosamente amo a las criaturas del perihelio.

Y él remató:

- Porque juntos, ellos y nosotros debemos formar el sueño y la vigilia de un mismo Espíritu.

Se detuvieron a mirar otra vez por encima de los ondulados líquidos, como si esperaran ver a ese Espíritu antes de tomar la decisión de entrar en el palacio. Al volverse, fijaron la vista común en un ancho tramo de escaleras que bajaban de la terraza al océano. No era ese el camino que debían tomar. Otros pies, de diferente forma y propósito, usarían esas escaleras cuando pasase el terrible Tiempo de Cambio.

Las escaleras estaban gastadas, obnubilada la piedra misma, tanto por los siglos como por las pisadas. Sobre ellas habían circulado muchas atmósferas, muchos océanos, mientras el mundo se movía en su atenuada trayectoria elíptica. Era un mundo pequeño, esclavo de esa letárgica órbita; pues en el curso de un año, desde los calores del perihelio hasta los fríos del apogeo y viceversa, no sólo vidas sino generaciones enteras sufrían el ciclo de nacimiento y extinción, nacimiento y extinción.

Mientras observaban los anchos escalones que conducían a los opacos fluidos del océano, los tres sabían lo que habría de pasar en la primavera, cuando el sol fuese un disco y el Cambio destronase a su raza.

Entonces los océanos hervirían con furia. Se retirarían las mareas. Se secarían los escalones. El palacio -su palacio- se transformaría, y aparecería sólo como el último piso de una enorme pirámide de muchos pisos. Los escalones llevarían al suelo distante. Ese suelo, ya no un lecho oceánico, quedaría allá abajo, a diez kilómetros de la cima. Todo enmudecería después de las tormentas del Cambio, menos el llanto de la atmósfera con los nuevos vientos.

Aparecerían entonces las criaturas del perihelio y comenzarían a subir por la escalera. Bajo el ardor de ese sol hinchado, marcharían hasta la cima. En sus propias lenguas, con sus propios gestos, obedecerían a sus propias divinidades. Hasta que volviese otra vez el otoño.

Los tres seres se apretaron con más fuerza y se retiraron al palacio, a descansar, a dormir, a soñar.










sábado, noviembre 01, 2008

"Las garzas", de Miguel Ángel Velasco





Para Angelika

Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mi partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.







en La miel salvaje, 2003.









viernes, octubre 31, 2008

“Tarde de ovejas”, de Saint-Pol Roux






A Louis Denise



La mancha de sangre desaparece en el horizonte de aquí.
La gota de sangre aparece en el horizonte de allá.

Hombre simple que se disipa en la flauta
y cuya prudencia tiene la forma de un perro negro,
el pastor desciende la adolescencia de la ladera.
Lo siguen sus ovejas, con dos pámpanos en lugar de orejas
y dos racimos en lugar de ubres;
lo siguen sus ovejas: viñas ambulantes.

Tan puro el rebaño que en esta tarde de estío
parece que nevase infantilmente sobre la llanura.
Esas pequeñas cajas de vida pastaron allá arriba
en las cazuelas y vuelven a bajar repletas.

Mis deseos también,
estimulados por la flauta de la Esperanza y el perro de la Fe,
subieron esta mañana por la colina del Misterio;
y más arriba subieron que las ovejas de mi aldea,
las ovejas de mi alma.

Pero la estrella perfumada, en medio de la llanura de jacintos,
incendió los dientes ávidos
que querían desabrochar su blusa fértil.

Es por eso que mi sutil rebaño, a la hora del ángelus,
vuelve a entrar en mí mismo con los flancos desesperados.

Las ovejas están en el redil
y el hombre simple se va a dormir
en medio de su flauta y de su perro negro.








jueves, octubre 30, 2008

"La Segunda Venida", de William Butler Yeats

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Girando y girando en el creciente círculo
El halcón no puede oír al halconero;
Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es desatada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.

Seguramente alguna revelación está cerca;
Seguramente la Segunda Venida está cerca.
¡La Segunda Venida! Apenas pronunciadas esas palabras
Cuando una vasta imagen del Spiritus Mundi
Inquietó mi vista: en algún lugar en las arenas del desierto
Una forma con cuerpo de león y cabeza de hombre,
Una mirada vacía y despiadada como el sol,
Mueve sus pausados muslos, mientras por doquier
Circundan las sombras de las indignadas aves del desierto.
La oscuridad cae de nuevo; pero ahora sé
Que veinte siglos de un pétreo sueño
Fueron contrariados hasta la pesadilla por el mecer de una cuna,
¿Y qué tosca bestia, cuya hora llega al final,
Cabizbaja camina hacia Belén para nacer?





1919









The Second Coming

Turning and turning in the widening gyre/ The falcon cannot hear the falconer;/ Things fall apart; the centre cannot hold;/ Mere anarchy is loosed upon the world,/ The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere/ The ceremony of innocence is drowned;/ The best lack all conviction, while the worst/ Are full of passionate intensity.// Surely some revelation is at hand;/ Surely the Second Coming is at hand./ The Second Coming! Hardly are those words out/ When a vast image out of Spiritus Mundi/ Troubles my sight: a waste of desert sand;/ A shape with lion body and the head of a man,/ A gaze blank and pitiless as the sun,/ Is moving its slow thighs, while all about it/ Wind shadows of the indignant desert birds./ The darkness drops again but now I know/ That twenty centuries of stony sleep/ Were vexed to nightmare by a rocking cradle,/ And what rough beast, its hour come round at last,/ Slouches towards Bethlehem to be born?//







miércoles, octubre 29, 2008

“Isis, la Gran Maga”, de George Hart






La diosa Isis tenía una bien ganada reputación de excepcional astucia, inteligencia y tenacidad. Muchos mitos que reflejan esas características perviven en los cultos mágicos escritos en rollos de papiro o, de una forma más elaborada, grabados en estelas. Las narraciones sobre Isis abarcan los ensalmos de curación tan apropiados para la vida cotidiana de los egipcios normales, los achaques comunes, miedos y amenazas que les preocupaban: tales como los partos, fiebres, dolores, desórdenes gástricos, cocodrilos, serpientes, escorpiones y gusanos malignos.

Algunos ensalmos forman claramente un elemento integrante de los manuales de los médicos, que debían recitarlos sobre el paciente. Un remedio para mitigar el dolor era identificar a la persona enferma con una figura de la mitología curada por la intervención de una deidad poderosa. Por ejemplo, en un ensalmo dirigido a aliviar del mal del estómago, la persona enferma es llamada Horus en forma de niño. La madre representa a Isis y concluye que los dolores provienen de gusanos que deben ser expulsados. Consecuentemente, se dibujan diecinueve signos mágicos para obligar a los parásitos a salir del cuerpo. Igualmente, en un papiro médico de Museo Británico (n.° 10059), la ingenuidad de Isis cura una fiebre o una quemadura de la siguiente manera: el paciente se convierte en el joven Horus quemándose en el desierto; Isis llega y pregunta si hay agua disponible y se le da una respuesta negativa. "No importa —dice ella—, el agua está en mi boca y entre mis muslos hay una crecida del Nilo." Este ensalmo se recita sobre una mezcla de leche humana, goma y pelos de gato, que se aplica después al paciente. Así la fiebre del paciente o las quemaduras se enfrían.


Isis y los siete escorpiones

A partir de una elaborada compilación de ensalmos y viñetas de amuletos grabada en la Estela de Metternich (Museo Metropolitano de Nueva York) podemos desenredar el mito de Isis y los siete escorpiones. El propósito al incluir esta narración en la estela era proteger a su propietario contra los peligros siempre presentes de una picadura de escorpión. En la escena inicial aparece Isis tejiendo el sudario de la momia de su esposo Osiris, asesinado por Set, que quería su trono. Tot, dios de la sabiduría, aconseja a Isis que se esconda con su joven hijo Horus. Deberá proteger a Horus contra las maquinaciones de Set y educarlo hasta que sea adulto para que vengue el asesinato de Osiris.

El mito de la realeza de la estela cede ahora el paso al relacionado con los poderes mágicos de Isis para curar los aguijones venenosos. Isis sale de casa con una escolta de siete escorpiones. (Por cierto, siete es un número de tremendo poder en la magia egipcia: por ejemplo, siete nudos son necesarios en los procedimientos para curar dolores de cabeza o problemas de pecho posteriores al parto.) Tres de los escorpiones, Petes, Tyetet y Matet, van por delante de Isis y garantizan la seguridad del camino. Bajo su palanquín hay otros dos escorpiones, Mesetet y Mesetetef, mientras los dos restantes, Tefen y Befen, protegen la retaguardia. Isis insiste a los escorpiones en la necesidad de ser extremadamente cautos para no poner sobre aviso de su paradero a Set, e incluso les da instrucciones de que no hablen con ninguna persona con la que se encuentren por el camino. Llegados a este punto, es difícil evitar divertirse con la estrambótica idea de un escorpión locuaz intercambiando frases corteses con un perplejo aldeano egipcio. Finalmente, Isis llega a su destino en la Ciudad de las Dos Hermanas, en el delta del Nilo. Una noble acaudalada ve la llegada del extraño grupo y cierra rápidamente la puerta de su casa. A los siete escorpiones esto les parece extremadamente ofensivo y planean su venganza contra la poco hospitalaria mujer. Como preparación, seis escorpiones cargan sus venenos individuales en el aguijón del séptimo, Tefen.

Entre tanto, una humilde campesina ofrece a Isis el refugio de su sencilla casa. Esta muchacha es, por supuesto, una contrapartida de la inamistosa y acaudalada noble, lo que permite un oportuno comentario social en la estructura del relato. Después nos encontramos con que Tefen se ha arrastrado bajo la puerta de la casa de la acaudalada noble y ha picado a su hijo. Apenada, la mujer vaga por la ciudad buscando ayuda para su hijo, que está al borde de la muerte. Ahora se le devuelve su falta de hospitalidad con Isis, ya que nadie responde a su llamada de auxilio. Sin embargo, Isis, que a los ojos de los egipcios es ejemplo supremo de una madre amantísima, no puede tolerar la muerte de un niño inocente y se compromete a devolver la vida al hijo de la mujer. Cogiendo al niño, pronuncia palabras de gran poder mágico. Nombrando a cada uno de los escorpiones y, por consiguiente, dominándolos, Isis hace que la combinación de venenos sea ineficaz en el niño. Por extensión, las palabras de su ensalmo serán aplicables a cualquier niño que sufra una picadura de escorpión, si se recitan junto con la administración de una "prescripción médica" de pan de cebada, ajo y sal. Una vez pasada su angustia y viendo a su hijo con salud, la mujer que se había negado a dar refugio a Isis se arrepintió: sacó su proverbial riqueza, e hizo un regalo a Isis y a la campesina que había mostrado la auténtica hospitalidad egipcia con un extraño.


Isis y la naturaleza secreta del dios Sol

El rasgo fundamental de este mito es que enfatiza el poder de la magia de Isis y el poder que emana del conocimiento de la más íntima personalidad de un nombre. Se preserva por su uso como ensalmo para "defenderse contra el veneno". La fuente es el Papiro 1993 del Museo de Turín y data de la Dinastía XIX (hacia el 1200 a. de C), aunque se conserva una versión más fragmentaria en el Papiro Chester Beatty XI del Museo Británico (n.° 10691 ).

El personaje de Isis es brevemente descrito al principio del mito: "Isis era una mujer inteligente... más inteligente que los innumerables dioses... no desconocía nada de lo que estaba en los cielos o en la tierra." Su proyecto era descubrir el nombre secreto del dios Sol, la suprema deidad, lo que, de tener éxito, haría que ella y su hijo Horus ascendiesen en dignidad, situándose cerca de él en la cúspide del panteón.

Su plan era herirlo con su propia fuerza. Cada día viajaba por el firmamento desde el horizonte oriental al occidental en su "Barca de Millones" (es decir, de millones de años). En este mito el dios Sol, muy avanzado en años, es descrito de forma poco lisonjera como dejando su boca abierta en una ocasión (posiblemente mientras estaba dando unas cabezadas antes de dormirse) y cayéndole saliva por el suelo. Esta era la ocasión que estaba esperando Isis. Mezcló su saliva con tierra y utilizó su magia para crear una serpiente venenosa. Conociendo las costumbres del dios Sol, Isis dejó la serpiente en el cruce de caminos por el que pasaría cuando saliese del palacio que utilizaba cuando visitaba Egipto para dar un paseo. Tal como se planeó, la serpiente mordió al dios Sol, que inmediatamente sintió dentro de él un intenso ardor. Dio un alarido en el cielo y su Enéada vino deprisa para enterarse del problema. El dios Sol, corroído por el veneno, empezó a agitarse a medida que éste iba extendiéndose: "Vosotros, dioses, que surgisteis de mí... algo doloroso me ha atacado pero no conozco su naturaleza. No lo vi con mis ojos. No lo creé con mis manos... No hay agonía que se compare a esto." Los demás dioses, a pesar de las esperanzas de la suprema deidad de que su magia y sabiduría pudiesen curarlo, no podían más que llorar por su vigor perdido, fuente de toda vida. La dramática entrada de Isis rebosando simpatía dio esperanzas al dios Sol, que le contó su infortunio; se encontraba muy mal, congelándose e hirviendo al mismo tiempo, sudando, temblando, y perdiendo en ocasiones la visión.

Isis le propone un trato: su magia a cambio de su nombre secreto. Para él divulgar su nombre podía significar una pérdida de prestigio y la inseguridad de que alguien más conociese su naturaleza secreta y su más íntima identidad. Entonces, contesta con evasivas y enumera muchos de sus otros nombres:

Creador de los cielos y de la tierra
Moldeador de las montañas
Creador del agua del "Gran Diluvio" [diosa vaca primitiva]
Controlador de la inundación
Jepri por la mañana
Re al mediodía
Atum por la noche.

Isis le dice que su nombre secreto no está entre éstos, y el dolorosísimo veneno parece intensificarse. Finalmente, el dios Sol no puede aguantar más el tormento y accede. Está de acuerdo en decirle su nombre secreto a condición de que ella vincule a su hijo Horus al juramento de no decírselo a ningún otro ser. Vale la pena señalar aquí que, dado que el faraón de Egipto era manifestación del dios Horus, compartiría por tanto este poderoso conocimiento. De forma irritante, el rollo de papiro no revela el nombre que el dios Sol dio a Isis, pero pasa a dar las palabras del ensalmo que la diosa recitó para curarlo —una fórmula que, si se acompaña de un trago de "hierba de escorpión" mezclada con cerveza o con vino, curará a cualquiera que sufra a causa de una picadura venenosa.







en Mitos egipcios, 1990









martes, octubre 28, 2008

"La casa de Bernarda Alba", de Federico García Lorca

Extracto del Acto Tercero



(Martirio cierra la puerta por donde ha salido María Josefa y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)

Martirio: (En voz baja.) Adela. (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.) ¡Adela!

(Aparece Adela. Viene un poco despeinada.)

Adela: ¿Por qué me buscas?
Martirio: ¡Deja a ese hombre!
Adela: ¿Quién eres tú para decírmelo?
Martirio: No es ése el sitio de una mujer honrada.
Adela: ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
Martirio: (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
Adela: Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Martirio: Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
Adela: Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
Martirio: Yo no permitiré que lo arrebates. El se casará con Angustias.
Adela: Sabes mejor que yo que no la quiere.
Martirio: Lo sé.
Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
Martirio: (Desesperada.) Sí.
Adela: (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.
Martirio: Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
Adela: Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!
Martirio: (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
Adela: (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio: ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
Adela: Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio: ¡No será!
Adela: Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio: ¡Calla!
Adela: Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio: Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela: No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio: No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela: Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.










1936












lunes, octubre 27, 2008

“El dragón”, de Ray Bradbury






La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes. Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

—¡No, idiota, nos delatarás!
—¡Qué importa! —dijo el otro hombre—. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
—Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
—¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
—¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
—¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
—¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos. Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.

—Ah... —el segundo hombre suspiró—. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
—¡Suficiente, te digo!
—¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
—Novecientos años después de Navidad.
—No, no —murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados—. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
—¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
—¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza. En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

—Mira... —murmuró el primer hombre—. Oh, mira, allá…

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón. Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.

—¡Pronto!

Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.

—¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

—¡Señor!
—Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.

—¡Dios misericordioso!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

—¿Viste? —gritó una voz—. ¿No te lo había dicho?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
—¿Vas a detenerte?
—Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
—Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió. Una ráfaga de humo dividió la niebla.

—Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.










domingo, octubre 26, 2008

"Testamento político", de José Manuel Balmaceda

Final



He debido detenerme.

Hoy no se me respeta y se me somete a jueces especiales que no son los que la ley me señala. Mañana se me arrastraría al Senado para ser juzgado por los Senadores que me hicieron la Revolución, y entregarme en seguida al criterio de los jueces que separé de sus puestos por revolucionarios. Mi sometimiento al Gobierno de la Revolución en estas condiciones, sería un acto de insanidad política. Aun podría evadirme saliendo de Chile, pero este camino no se aviene a la dignidad de mis antecedentes ni a la altivez de chileno y de caballero.

Estoy fatalmente entregado a la arbitrariedad o la benevolencia de mis enemigos, ya que no imperan la Constitución y las leyes. Pero ustedes saben que soy incapaz de implorar favor, ni siquiera benevolencia de hombres a quienes desestimo por sus ambiciones y falta de civismo.

Tal es la situación del momento en que escribo.

Mi vida pública ha concluido. Debo, por lo mismo a mis amigos y a mis conciudadanos la palabra íntima de mi experiencia y de mi convencimiento político.

Mientras subsista en Chile el Gobierno parlamentario en el modo y forma en que se le ha querido practicar y tal como lo sostiene la Revolución triunfante, no habrá libertad electoral ni organización seria y constante en los partidos, ni paz entre los círculos del Congreso. El triunfo y sometimiento de los caídos producirán una quietud momentánea; pero antes de mucho renacerán las viejas divisiones, las amarguras y los quebrantos morales para el Jefe del Estado.

Sólo en la organización del Gobierno popular representativo con poderes independientes y responsables y medios fáciles y expeditos para hacer efectiva la responsabilidad, habrá partidos con carácter nacional y derivados de la voluntad de los pueblos y armonía y respeto entre los poderes fundamentales del Estado.

El régimen parlamentario ha triunfado en los campos de batalla, pero esta victoria no prevalecerá. O el estudio, el convencimiento y el patriotismo abren camino razonable y tranquilo a la reforma y la organización del gobierno representativo, o nuevos disturbios y dolorosas perturbaciones habrán de producirse entre los mismos que han hecho la Revolución unidos y que mantienen la unión para el afianzamiento del triunfo, pero que al fin concluirán por dividirse y por chocarse. Estas eventualidades están, más que en la índole y en el espíritu de los hombres, en la naturaleza de los principios que hoy triunfan y en la fuerza de las cosas.

Este es el destino de Chile y ojalá que las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente, induzcan la adopción de las reformas que hagan fructuosa la organización del nuevo Gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libre e independiente la vida y el funcionamiento de los poderes públicos y sosegada y activa la elaboración común del progreso de la República.

No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir. Si nuestra bandera, encarnación del Gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida.

Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de ustedes.





18 de septiembre, 1891.




sábado, octubre 25, 2008

Dos poemas, de Daniel Rojas Pachas






Virus

Virulentos, prosaicos, rumiosos,
los críos descansan entre baños digitales
y la noche de Cien-fuegos estrellados (…)
revienta la garganta de tanta pobre muchacha (…)
“dulce gimiendo contra el parabrisas trasero”
y se repiten, graban, la cinta vuelve atrás, un percutor, un clic
y ruedan en su esfera.
Cada recuadro,
esquinas apacibles de la sombra pura de tu infierno (…)
La durmiente se consuela entre cada pierna
y entre aquella brasa ruinosa de celos
en que maltrechos ojos,
macilentos brazos desgajan la flor de las edades con un mapa hecho de insinuaciones las delicadas perforaciones del mal llamado “honra de doncellas”
pudre cada deliquescenia con amarga confusión de hibernaciones.
“No puedo reconocer ni mi propia piel”
ni la identidad de cada parte noble: Mudan las heridas, intercambiamos quejas sensoriales, telepáticos gestos (si es posible), con gargantas heladas y saltos de cada mugir de dedos encriptados, enfurecidos por las metálicas orugas y las cuerdas en que descansan tus uñas que van cosiendo mi subrepticio orgasmo y el rey de los putos, tu rey, el de todos nosotros, pálido como siempre, te espera y tiene en su cohorte a cien caballos de cien pretéritos cuerpos que han perdido su delicadeza y los úteros gozan confusos y tus señas brillan, ríen con la locura del beso y herméticos babean la suculenta cólera, madre hecatombe de tu patriarcal ceño, clausura, silente ronda y simulacro de venas dando latigazos a los sables del público perfil y muertos, muerto, muerta la codicia, oblicua se agrieta el nexo informe.



Obsidiana

Marinos disparos al olvido, cronógrafos y rostros, todo en cambio es una picada y gran ventura de revueltos odios, hacinados e inciertos, la orgía de hecatombes y recuerdos mal paridos, malas violaciones a la saga rencorosa, oscura humana de memorias, de tu sincopada guerra, de tu apocalipto labio superior, respira bello con bozal, peones sigilosos y en deleite, desde la inversa senitud, apostamos con amor, para ver en cuantos trozos, hacemos desfilar el sueño, el Kratos palimpsesto, tantas veces, tantas multitudes y segundos, de la holográfica ventisca encubierta, rota, se sucede en goteros, húmedas prosecuciones, manos y eones encanecidos.











viernes, octubre 24, 2008

"Declaración de diferencia", de Fernando Pessoa





Las cosas del estado y de la ciudad no tienen injerencia sobre nosotros. Nada nos importa que los ministros y los áulicos hagan falsa gerencia de las cosas de la nación. Todo esto sucede allá fuera como el barro en los días de lluvia. Nada tenemos que ver con eso que tenga al mismo tiempo que ver con nosotros.

Semejantemente, no nos interesan las grandes convulsiones, como la guerra y las crisis de los países. Mientras no entren en nuestra casa, nada nos importa a qué puertas llaman. Esto, que parece que se apoya en un gran desprecio por los demás, en realidad tiene su origen en nuestro aprecio escéptico por nosotros mismos.

No somos bondadosos ni caritativos; no porque seamos lo contrario, sino porque no somos ni una cosa ni la otra. La bondad es la delicadeza de las almas groseras. Tiene para nosotros el interés de un episodio sucedido en otras almas, y con otras formas de pensar. Observamos, y no aprobamos ni dejamos de aprobar. Nuestro oficio es no ser nada.

Seríamos anarquistas si hubiésemos nacido en las clases que a sí mismas se llaman desprotegidas, o en otras cualesquiera de donde se pueda bajar o subir. Pero, en verdad, nosotros somos, en general, criaturas nacidas en los intersticios de las clases y las divisiones sociales; casi siempre en aquel espacio decadente que está entre la aristocracia y la (alta) burguesía, el lugar social de los genios y de los locos con quienes se puede simpatizar.

La acción nos desorienta, en parte por incompetencia física, aún más por inapetencia moral. Nos parece inmoral actuar. Todo pensamiento nos parece degradado por la expresión en palabras, que lo vuelven cosa de los otros, que lo hacen comprensible a los que lo comprenden.

Es grande nuestra simpatía por el ocultismo y por las artes de lo escondido. No somos, sin embargo, ocultistas. Nos falta para eso la voluntad innata y, además, la paciencia para educarla de modo que se transforme en perfecto instrumento de los magos y magnetizadores. Pero simpatizamos con el ocultismo, sobre todo porque suele expresarse de manera que muchos que leen e, incluso muchos que creen comprender, nada comprenden. Es soberbiamente superior esa actitud misteriosa. Es, además de esto, fuente copiosa de sensaciones de misterio y de terror: las larvas de lo astral, los extraños entes de diversos cuerpos que la magia ceremonial evoca en sus templos, las presencias desencarnadas de la materia de este plano, que flotan alrededor de nuestros sentidos cerrados, en el silencio físico del sonido interior; todo eso nos acaricia con una mano viscosa, terrible, en el desamparo y en la oscuridad.

Pero no simpatizamos con los ocultistas en la parte en que son apóstoles y amantes de la humanidad; esto los despoja de su misterio. La única razón para que un ocultista funcione en lo astral es bajo la condición de hacerlo por estética superior, y no con el siniestro fin de hacer el bien a cualquier persona.

Casi sin saberlo, hace presa de nosotros una simpatía atávica por la magia negra, por las formas prohibidas de la ciencia trascendente, por los Señores del Poder que se vendieron a la Condenación y a la Reencarnación degradada. Nuestros ojos, débiles e inciertos, se pierden, con un celo femenino, en la teoría de los grados invertidos, en los ritos inversos, en la curva siniestra de la jerarquía descendente.

Satán, sin que lo queramos, posee para nosotros una sugestión como la del macho hacia la hembra. La serpiente de la Inteligencia Material se nos enroscó en el corazón, como al caduceo simbólico del Dios que comunica: Mercurio, señor de la Comprensión.

Aquellos de nosotros que no son pederastas desearían tener el coraje de serlo. Toda inapetencia hacia la acción inevitablemente feminiza. Faltamos a nuestra verdadera profesión de amas de casa y de matronas sin que podamos hacer nada por un desvío del sexo en la encarnación presente. Aunque no creamos absolutamente en esto, sabe la sangre de la ironía actuar en nosotros como si lo creyésemos.

Todo esto no es por maldad, sino sólo por debilidad. Adoramos, a solas, el Mal, no por ser él el Mal, sino porque es más intenso y fuerte que el Bien, y todo lo que es intenso y fuerte atrae a los nervios que deberían ser de mujer. Pecca fortiter no va con nosotros, que no tenemos fuerza, ni siquiera la de la inteligencia, que es la que tenemos. Piensa en pecar fuertemente: es lo máximo que para nosotros puede valer esa aguda indicación. Pero ni siquiera eso nos es posible a veces: la propia vida interior tiene una realidad que a veces nos duele por ser una realidad cualquiera. Que haya leyes para la asociación de ideas, como para todas las operaciones del espíritu, insulta nuestra nativa indisciplina.















Contribución a Dscntxt de Miguel Muñoz,
diagonal de Carlos Cornejo y mezcla de JCV.











jueves, octubre 23, 2008

“Ninfolepsia”, de William Faulkner






Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.

Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.

Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.

Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apaciguado, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos.

El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.

Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.

En el curso de un nítido instante hubo una vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.

Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.

Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.

Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.

Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo.

Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo. El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspita y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. «¡Sin embargo podía ahogarse en ella!», pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.

Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.

Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.

Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.

Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.

La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto, el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.

Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.

Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.

Él avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.

Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.

Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. «¡Pero yo la toqué!», pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.

La luna seguía ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.

Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.

Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.

El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.

La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.

Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.










miércoles, octubre 22, 2008

"En el mes de los zorros", de Jorge Teillier






My dreams are of a field afar
And blood and smoke and shot

A. E. Housman.


            En el mes de los zorros
En el mes de los días de sol frío
Los ancianos que habían abandonado sus ojos a las
            tinieblas vieron a las montañas ebrias
            mirarlos fijamente y luego disolverse
            como relojes de arena.
Es otro sol el que se anunció con el ruido reluciente
            de los cuchillos en la cocina
que despertaron buscando las gargantas de las aves
            de los brezales.

            El pozo familiar cerró su boca
acallando las ranas parientas de aquellas con que
            jugábamos con los rústicos en las cantinas.
Y llegaron las hechiceras a reanimar los fríos
            braseros de la nevazón de los ciruelos.

            Quién nos devolverá los amigos muertos
ese mes de los zorros y los días de sol frío
después que los ancianos olvidaron sus juegos en el
            pozo y hundieron sus cuchillos
en la garganta de los pájaros descubridores de la
            ventana por donde no entra la noche.

            Quién nos devolverá
esa calle que ahora los ancianos vigilan airados
porque no pueden extirpar la zarza de ardientes raíces,
porque el viento mueve las hojas del bosque
            predicando esperanza
mientras las hechiceras remueven en sus calderos
la sangre de sus víctimas que beben friolentas
            porque ningún sol cantará en sus oídos.

            Grande fue nuestra caída
            bajo la burla de los zorros y el sol frío
deslumbrados por las hechiceras de grandes pechos blancos.
            Insomnes oíamos el rechinar de la horca,
nuestro amigo el grillo no cuidaría nuestras tumbas.

            Pero las hechiceras nada pudieron
contra el ciruelo inmaculado de la casa que incendiaron
            y sus pétalos caídos formaron la alfombra
que enviaremos a los viajeros inesperados del retorno
            mientras los ancianos de nuevo se hundirán
            en un pozo que el cielo no conoce
sin dejar una sombra que legar a sus nietos que sólo
            se acordarán de nosotros que nunca
            dejamos de escuchar a los bosques secretos
predicando libertad con cada una de sus hojas.









en Para un pueblo fantasma, 1978.










Fotografía: Raúl Álvarez V.