viernes, septiembre 07, 2007

"El séptimo sello", de Ingmar Bergman

Extractos





Introito

Mediados del siglo XIV. Antonius Block y su escudero, tras años de Cruzadas en Tierra Santa vuelven a su Suecia natal, una tierra destrozada por la peste negra.


Inicio


Voz en off:

“Y cuando el cordero abrió el séptimo sello en el cielo se hizo un silencio que duró una media hora y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas”.

En la orilla del mar, ANTONIUS mira hacia el cielo sin mayor gesto mientras su escudero dormita. Se acerca a mar y se refresca la cara. Se arrodilla pero se arrepiente de hacerlo luego de juntar sus manos para orar. Hay un tablero de ajedrez dispuesto para jugar junto a sus cosas. Aparece un personaje cubierto por una túnica negra.

ANTONIUS: ¿Quién eres tú?
LA MUERTE: La Muerte.
A: ¿Vienes por mí?
LM: Hace tiempo que camino a tu lado.
A: Ya lo sé.
LM: ¿Estás preparado?
A: El espíritu está pronto, pero la carne es débil.

La Muerte se le abalanza lentamente.

A: Espera un momento.
LM: Es lo que todos decís. Pero yo no concedo prórrogas.
A: Tú juegas al ajedrez, ¿verdad?
LM: ¿Cómo lo sabes?
A: Lo he visto en pinturas y oído en canciones.
LM: Pues sí, realmente, soy un excelente jugador.
A: No debes de ser tan bueno como yo.
LM: ¿Para qué quieres jugar conmigo?
A: Es cosa mía.
LM: Por supuesto.
A: Juguemos a condición de que siga viviendo mientras resista. Si pierdes, me dejas vivir.

Se sientan ante el tablero y ANTONIUS toma una pieza blanca y una negra, las confunde tras de sí y empuña sus manos escondiéndolas para que LA MUERTE escoja alguna de las la pieza una mano para ver quien ocupará cuál color de piezas.

A: Las negras, para ti.
LM: Era lógico. ¿No te parece?





Otra escena


ANTONIUS entra a una iglesia y se queda mirando un cristo crucificado. Nota –a un costado- que hay un monje en un confesionario y se acerca a él.

ANTONIUS: Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo, delante de mi rostro. Me veo a mí mismo... y, al contemplarlo, siento un profundo desprecio de mi ser. Apesadumbrado. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías y ensueños.
EL MONJE: Y, a pesar de todo, no quieres morir.
A: Sí que quiero.
EM: Entonces, ¿a qué esperas?
A: A saber qué hay después.
EM: Buscas garantías.
A: Llámalo como quieras.

ANTONIUS se arrodilla ante el confesionario.

A: ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con los sentidos? ¿Por qué escondernos en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? ... Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos... ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí?¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde a pesar de mis maldiciones, que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo una realidad, que se burla de mí y de la que no me puedo liberar? ... ¿Me oyes?
EM: Te oigo.
A: Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro y me hable.
EM: Él no habla.
A: Clamo a él en las tinieblas y nadie contesta a mis clamores.
EM: Tal vez no haya nadie.
A: La vida perdería el sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.
EM: La mayoría de la gente no piensa en la muerte ni en la nada.
A: Un día, llegan al borde de la vida y deben enfrentarse a las tinieblas.
EM: Sí. Y cuando llegan...
A: Calla. Sé lo que vas a decir... Que el miedo nos hace crear una imagen salvadora... Y esa imagen es lo que llamamos Dios.
EM: Te estás preocupando.

Silencio.

A: Hoy ha venido a buscarme La Muerte, estamos jugando al ajedrez. Una prórroga que me da la oportunidad de hacer algo importante.
EM: ¿Qué piensas hacer?
A: He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un absurdo. Creo que me arrepiento. Fui un necio. En esta hora siento amargura por el tiempo perdido. Aunque sé que la vida de los demás corre por los mismos cauces. Por eso quiero emplear esta prórroga en una acción única... que me dé la paz.
EM: Por eso juegas al ajedrez con La Muerte.
A: Usa una táctica hábil, pero aún no he perdido piezas.
EM: ¿Supones que podrás engañar a La Muerte con tu juego?
A: Gracias a una combinación de alfiles y caballos que aún no ha descubierto. Una jugada y le quitaré la reina.
EM: Lo tendré en cuenta.
A: (Dándose cuenta de que EL MONJE es en realidad LA MUERTE) Me has traicionado. Tratas de engañarme. Pero cuando nos enfrentemos, yo encontraré una salida.
LM: Nos veremos pronto. Seguiremos jugando. (Se va.)
A: Sí, es mi mano. La puedo mover. Noto el pulso, corre la sangre. El sol sigue en lo alto, iluminándolo todo y yo... Yo, Antonius Block... juego al ajedrez con La Muerte.









1957


jueves, septiembre 06, 2007

“Roberto Rojas, una esquirla de mentiras. 18 años después”, de Juan Carlos Basualto





R
oberto Rojas, fue un niño tranquilo, de carácter reservado, incluso tímido. Sus profesores de enseñanza básica coinciden en definirlo como un niño de pocos amigos, solitario. Sin embargo poseía una característica que lo hacía sobresalir. El ansia obsesiva de destacar en lo que fuera, estuviera capacitado o no. A la hora de pasar al frente de la sala y enfrentar a sus compañeros, Roberto sufría una transformación, demostrando una seguridad desconocida en el resto de las situaciones, una seguridad que lo distinguía claramente entre sus pares. Asimismo, a la hora de manifestar una opinión era el primero en levantar la mano y contestar, casi siempre de manera equivocada, pero recompensado igual a la hora de las evaluaciones por su gran disposición y esfuerzo. En gimnasia, en atletismo, en los ejercicios físicos, pero sobre todo en los deportes demostró tener una capacidad muy por sobre los demás, condición por la que su profesor jefe lo recomendó ante el seleccionador infantil del Club de Fútbol “Aviación” (hoy desaparecido), quien, completamente deslumbrado, lo dejó de inmediato entrenando en el equipo. Ya desde sus primeros partidos, y por una mezcla de características físicas –un secreto de camarín muy bien guardado- y de desplazamiento en el aire durante sus vuelos, fue apodado el “Cóndor”. Algún día jugaré por la selección nacional y mi nombre quedará en la historia, le repetía constantemente a sus pequeños colegas de actividad, evidenciando una mezcla de desmesurada ambición personal y una capacidad natural de asimilar su propio talento. Aquella etapa de su vida sería un constante devenir entre la cancha, los entrenamientos, la competición de categorías infantiles, la escuela, los estudios y su familia.

*

“En un momento me sentí muy solo. Los que pensé que eran mis amigos me abandonaron. Sentí que un país entero se me venía en contra, y no sólo eso, sentí que el mundo entero se volvía en contra mío”, confesaría un par de años después del desastre del Maracaná, estadio en donde jugó su último partido profesional (por las eliminatorias del mundial de Italia 1990). “Viejo, entiéndelo bien, a Brasil no lo vas a desbancar jamás. Eso te provoca impotencia, ¿sabes? No importa el fútbol, ni los goles, ni que seas, en algún momento dado, mejor que ellos. A Brasil no lo vas a eliminar, y eso que te quede claro desde el comienzo, porque si no lo entiendes terminas cometiendo excesos, como nos pasó a nosotros”. Roberto Rojas intenta justificar lo sucedido y, en algún sentido, tiene razón. A Brasil es imposible dejarlo fuera. Es fácil suponer que en algún lustroso escritorio de Zürich, existen varias carpetas con estudios de mercado indicando las millonarias pérdidas para la Fifa (por conceptos de menor rating de televisión, menor asistencia a los estadios, menor turismo, peores contratos en general), en caso de faltar el monstruo carioca a una cita mundialista. Se dice que ésta fue la razón principal por la que la Confederación Sudamericana de Fútbol cambió el sistema de eliminación por grupos al de todos contra todos.



Aquella eliminatoria la recuerdo como si fuera hoy, ¡cómo olvidarla! Las imágenes del Cóndor sobre el césped, revolcándose y la defensa del equipo pidiendo la asistencia del árbitro argentino Lusteau, quien siempre se hizo el desentendido, hasta el momento mismo en que el equipo chileno desapareció indignado por la boca del túnel rumbo al infierno, al escarnio público, a la vergüenza y a la descalificación por los siguientes dos mundiales. Esa noche en Santiago hubo apedreos contra la Embajada y el Centro Cultural de Brasil. Y se creó un ánimo antibrasileño que duró meses. Algunos propusieron un boicot total. Otros el corte de relaciones protocolares. Hasta que el Cóndor, un buen día, un extraño día, terminó por confesar “la verdad”: él mismo se había hecho el corte con un bisturí oculto entre sus guantes. En esa ocasión el Cóndor pidió perdón, lloró y mencionó a sus hijos. Lo de siempre.

En esa eliminatoria, Chile integraba el mismo grupo que Venezuela y Brasil. Eran los tiempos en que a Venezuela se le hacían tres goles en su propia cancha y siete o más jugando de local. Nadie ha hecho un análisis serio, pero estoy seguro que Venezuela jugó de manera diferente ante Brasil que ante Chile. La ferocidad de las jugadas contra Chile, las tarjetas para ambos equipos, la cantidad de faltas, versus la displicencia y la entrega fácil contra la verde-amarilla, hacen pensar -no con demasiada fantasía- en maletines negros con dinero. Pero claro, eso es pura especulación. Así también existen hechos comprobables. Como la suspensión del Estadio Nacional de Santiago, motivada por una botella que cayó a la cancha y que pasó a "peligrosísimos" cinco metros del guardalíneas (la famosa bengala pasó a menos distancia de Roberto Rojas y, que yo recuerde, el Maracaná no sufrió ni siquiera una suspensión de diez minutos). Debido a esto, Chile tuvo que hacer de local ante Venezuela en Mendoza, Argentina. Para ese partido viajaron miles de chilenos y el equipo ganó por cinco a cero. Recuerdo que Chile debía ganar por ocho goles de diferencia para llegar con la ventaja del empate al último partido, en el Maracaná. En ese tiempo Chile podría haberlo hecho, de local, claro... Si acá les hicimos cinco, en Santiago les hacemos doce, fueron las pedantes -aunque no alejadas de la realidad- declaraciones de Jaime Pillo Vera. Así, con todos estos sucesos poco usuales que rodearon aquella eliminatoria, se llegó al último partido en Río.

Debe ser verdad. Jugar contra Brasil en un grupo que sólo clasifica a uno, debe ser un asunto más que agobiante. Brasil no sólo es un gigante futbolístico, sino también, un gigante financiero. Eso hasta el más incauto por lo menos lo intuye. De ahí la impotencia, la rabia, la frustración, la furia liberada en mal momento y el afamado agarrón de genitales de Patricio Yánez, uno de los delanteros más rápidos y talentosos de toda la historia del fútbol chileno. De ahí nació el dicho y quedaron en el recuerdo aquellas memorables palabras de Pedro Carcuro, el relator de aquel partido: ¡Qué ordinario Patricio Yánez! Hasta hoy, cada vez que se repite el gesto, se recuerda al legendario delantero quillotano.




Porque ese es otro de los puntos a analizar. Aquella selección chilena era de gran nivel y, entre todos ellos, Roberto Rojas era prenda de garantía absoluta en el arco. Según muchos, yo mismo incluido, fue el mejor arquero de la historia de Chile y en aquel tiempo, según varios analistas, era el mejor del mundo. Una de las leyendas de ese tiempo dice que luego de las eliminatorias, el Cóndor jugaría por el Real Madrid, que existía un pre-contrato firmado, jugara o no jugara el mundial de Italia. Rumores más, rumores menos, Rojas llegaría a jugar en Europa, de eso no cabía duda. Entonces la pregunta surge sola: ¿Por qué lo hizo? ¿Fueron motivaciones puramente deportivas? ¿La frustración de no poder desbancar al monstruo? ¿David contra Goliat? ¿La impotencia de saber que aunque jugaran mejor, jamás llegarían al mundial? Esa es una parte de la historia. La otra, probablemente la verdadera, es la que permanece oculta hasta hoy.

Una de las teorías dice que a Roberto Rojas le pagaron desde Brasil. Los caballeros del maletín habrían visitado a Rojas semanas antes de aquella eliminatoria, intentando convencerlo de cometer una estupidez como la que terminó haciendo. Un partido malo de Rojas (“jugar para atrás” en términos futboleros) hubiera sido demasiado notorio, dicen los defensores de esta teoría. Además se hubiera ganado el odio eterno del pueblo chileno. La estrategia debía ser otra. Además, ¿es razonable pensar que en el país más futbolizado del mundo, en el estadio más grande del mundo -150 mil personas observando el partido en directo-, ante una veintena de cámaras de televisión oficiales y otras cientos de cámaras no oficiales, cientos de millones de espectadores por televisión y miles de cámaras fotográficas, su acto iba a pasar inadvertido? En mi opinión hay que ser extremadamente estúpido para llegar a pensar algo así. Eso o tener un respaldo (entiéndase coima, incentivo, ofrecimiento) demasiado importante, y a la altura, como para compensar tan incomprensible acto.

De cualquier manera las dudas siguen. En caso de haber sido cierto el golpe de bengala en contra de la frente de Rojas, ¿habría tenido Lusteau los cojones para suspender un partido en el mismísimo Maracaná, ante los ojos del mismísimo Havelange? Por cierto que no. Si se hubiera acercado hasta el Cóndor -cosa que no hizo pero que debió haber hecho- habría pedido el cambio y no mucho más que eso. Pero, ¿por qué no se acercó Lusteau? Evidentemente no era cuestión de hacer tiempo, Chile perdía uno a cero y el resultado no le servía-, y si así hubiera sido, de cualquier forma tendría que haberse acercado al arquero para mostrarle una tarjeta amarilla o una roja, o para decirle algo. ¿Hasta qué punto es razonable que Lusteau no se haya acercado a ver qué pasaba con el arquero chileno? Pensara lo que pensara no podía dejar a un arquero tirado y sangrando en la cancha. Es obvio que el mentado árbitro no había visto a Rojas cortarse. ¿Es que Lusteau formaba parte del complot? ¿Sabe la verdad alguien más que Rojas? ¿Hay una verdad de la que enterarse? Lo cierto es que en algunos casos, nada sucede razonablemente. Lo cierto es que en otros (un número nada despreciable), la verdad jamás llega a ser conocida. El ingenuo dicho ése de “la verdad siempre se impone” no va más allá de provocar un par de risitas lastimeras. Así las cosas, resulta fácil pensar que este caso cumple con ambas características. Algo sí es seguro: acá la verdad imperante no es la verdad final y Rojas de seguro maneja más información.

Para la anécdota quedará la feroz patada de Raúl Ormeño a Branco en el minuto seis del primer tiempo del partido que Chile jugó como local contra Brasil, en esa misma eliminatoria. Aquella fue una de las patadas más impresionantes que he visto en mi vida. Lamentablemente nos dejó empatados en la cantidad de hombres sobre la cancha. Es decir, lo que sucedería inevitablemente, Ormeño lo hizo más fácil (Romario había salido expulsado antes de comenzar el juego y era evidente que ante cualquier mínima falta, el árbitro dejaría a los equipos igualados en número). Su instinto básico lo traicionó. “Patitas con sangre” Ormeño no pudo quitarse de encima su esencia más básica, el pegar las más groseras patadas sin ningún asomo de arrepentimiento. En cualquier caso fue una acción digna de enmarcar y el volante brasileño lo supo de sobra.

Para la anécdota quedarán también los desnudos de la fogateira, quien tuvo sus quince minutos de fama y algo de dinero por la versión brasileña de Playboy, en donde apareció mostrando los senos, sólo cubierta por una bandera y una bengala encendida. Para el recuerdo quedará también la suspensión del excelente central Fernando Astengo, quien vio truncar sus cuatro mejores años de carrera; la suspensión definitiva del entrenador Orlando Aravena; la del médico (Rodríguez) y la del dirigente a cargo (Stoppel). Ninguno pudo volver al fútbol (Astengo hizo un breve intento al terminar su suspensión, que no fructificó). Curiosamente, el que sí volvió al fútbol fue Roberto Rojas quien trabajó varios años como entrenador de arqueros del Sao Paulo F.C.

No conozco la verdad de todo esto, nadie la conoce más que el Cóndor, pero en mi opinión, es evidente que la verdad que se conoce no es cierta, al menos no completamente. Esta verdad no es la verdad, o algo así. No es necesario ser muy brillante para darse cuenta de este hecho, o al menos para intuirlo. La conocida corrupción del mundo del fútbol, el hecho a todas luces imposible de que Brasil quede fuera de un mundial, Roberto Rojas que termina trabajando en Brasil, la suspensión del Estadio Nacional de Santiago por una botella, la no suspensión del Maracaná por una bengala -haya dado o no haya dado en la frente del Cóndor-, la condición foránea de local que debió afrontar Chile, la diferencia de juego de Venezuela al enfrentar a Chile y a Brasil, la actitud de Lusteau en la cancha, la de Joao Havelange, presidente de la Fifa, etc. Son demasiados los elementos objetivos que pesan a la hora de configurar esta ecuación.

*

Sea como sea, Roberto Rojas perjudicó a todo un país. Nos dejó fuera de dos mundiales y nos quitó el mínimo prestigio, si no futbolístico, al menos organizacional que poseíamos. Fuimos el hazmerreír, el comidillo a nivel mundial. Fuimos un país sin fútbol durante una década. Se mató a toda una generación de deportistas que se quedaron sin la posibilidad de dar la pelea por llegar a un mundial. Y Roberto Rojas fue el organizador visible de toda aquella faramalla.

Es por esto que me extrañó tanto la ovación que recibió en el Estadio Nacional, con ocasión del partido de despedida de Iván Zamorano. Roberto Rojas no había tenido la oportunidad de enfrentarse al monstruo popular, y aquella vez la tribuna le dio su aplauso. Fue un acto reflejo del hincha de tablón que lo vio jugar y se emocionó ante su destreza y enorme talento. Fue un agradecimiento y un hacer las paces. Fue un olvido voluntario desde ambas partes que, si bien funcionó por una noche, quedará rondando como un eterno fantasma, encadenado a los recuerdos de aquella noche carioca del año 1989, llena de desastres, traiciones y desapariciones. No se trata de escarbar en la vieja herida, se trata de pretender saber la verdad ante un hecho lleno de incoherencias y vacíos. Después de todo, y a estas alturas, no creo que sea mucho pedir. O tal vez sí.










miércoles, septiembre 05, 2007

"Los inmortales", de Martin Amis





Vaya perspectiva. Pronto toda la gente se habrá ido y me quedaré para siempre solo. Con tanta radiación solar los seres humanos que aún circulan se encuentran en muy mal estado, sin contar los problemas de inmunidad, el régimen a base de ratas y cucarachas y cosas por el estilo. Son los últimos; pero no pueden durar mucho (claro que intenta decírselo a ellos). Aquí están de nuevo; tambaleando, se asoman a mirar el infierno del atardecer. Todos padecen enfermedades y delirios. Todos se creen que son... Pero dejemos en paz a los pobres hijos de perra. Ahora me siento libre para desnudar mi secreto.

Soy el inmortal.

Hace un tiempo increíblemente largo que estoy por aquí. Si el tiempo es dinero, yo soy el último de los grandes derrochadores. Y, sabéis, cuando uno ha estado en circulación tanto tiempo como yo, la escala diurna, ese número de veinticuatro horas, puede empezar a demolerte el ánimo. Yo intenté buscar un esquema más amplio. Y tuve mis éxitos. Una vez me mantuve despierto siete años seguidos. Sin siquiera una siesta. Qué mareo, amigo. Por otro lado, esa vez que estuve enfermo en Mongolia dormí durante toda una década. Sin nada que hacer, de paseo por un oasis del Sahara, me rasqué el ombligo durante dieciocho meses. En una ocasión –cuando no había nadie alrededor– me la estuve meneando un verano entero. Hasta los inalterables cocodrilos me envidiaban los baños en los ríos sin tiempo. Francamente, no había mucho más que hacer. Pero al fin interrumpí estos experimentos y con mansedumbre me uní a la rutina noche-día. Me pareció que necesitaba dormir. Me pareció que necesitaba hacer las cosas que al parecer necesita hacer la gente. Cortarme las uñas. Comparecer ante el vaso y la bacía de afeitar. Ir a la peluquería. Todas esas distracciones. No me extraña que nunca haya terminado nada.

Nací, o aparecí o me materialicé o despunté, cerca de la ciudad de Kampala, Uganda, en Africa. Claro que Kampala todavía no existía, y Uganda tampoco. Africa tampoco, si vamos al caso, porque en aquellos tiempos todas las masas de tierra estaban unidas. (Tuve que esperar hasta el siglo veinte para verificar muchas de estas cosas.) Pienso que debo de haber sido un dios falso o algo así; cabe concebir que llegué de un planeta que se regía por un reloj diferente. De todos modos nunca llegué muy lejos. Aunque larga, mi vida ha sido en todos los sentidos fútil. Tuve que parar el carro durante un buen rato antes de que aparecieran seres humanos con los que tratar. El mundo todavía se estaba enfriando. Me pasé toda la geología sentado, esperando que llegara la biología. Solía canturrear junto a esos estanques tibios donde empezó la vida sembrada desde el espacio. Sí, allí estaba yo, alentándoos desde la línea de banda. Pues tenía instintos gregarios y me sentía terriblemente solo. Y hambriento.

Entonces se manifestaron las plantas, lo cual significó un simpático cambio y ciertos tipos rudimentarios de animales. Pasado un tiempo comprendí y me hice carnívoro. Me convertí en un cazador prodigioso en parte por autodefensa. (No era tanto una cuestión de supervivencia como que a nadie le gusta que lo huelan, lo desgarren y lo mastiquen, todo al mismo tiempo.) No había animal que pudiera soñarse que yo no fuera capaz de matar. También tenía mascotas. Era una forma de vida al aire libre muy saludable, aunque no demasiado estimulante. Yo anhelaba... reciprocidad. Pero si pensé que el período pérmico era lo peor, fue sólo porque aún no me había tocado vivir el triásico. No puedo deciros lo aburrido que era. Y entonces, antes de que pudiera darme cuenta –esto habrá sido alrededor del 6.000.000 a. de C.– vino la primera Edad de Hielo (no oficial) y tuvimos que empezar todos de nuevo, más o menos desde la línea de largada. Las Edades de Hielo, admito, fueron golpes considerables a mi moral. Uno sabía cuándo se acercaban: solía haber una especie de espectáculo cósmico de luces y luego, con demasiada frecuencia, una espantosa borrasca de impactos retardados; luego polvo, y bellos crepúsculos; por fin, la oscuridad. Ocurrían regularmente, cada 70.000 años justos. Guiándose por ellas uno podía poner el reloj en hora. La primera Edad de Hielo acabó con los dinosaurios; eso al menos dice la teoría. Yo sé que no fue así. Podrían haberse salvado si se hubieran apretado el cinturón y hubiesen sido sensatos. Los trópicos eran bastante calurosos y sombríos, cierto, pero perfectamente habitables. No, los dinosaurios se lo buscaron: eran una pandilla lamentable. Son las películas de aventuras sobre el mundo perdido las que dicen la verdad sobre su muerte. Increíblemente estúpidos, increíblemente quisquillosos; e increíblemente grandes. Y siempre buscando camorra. El lugar parecía un patio de peleas. Yo, por supuesto, ya había descubierto el fuego, de modo que comía bien. Hamburguesas todas las noches.

La primera hornada de hombres-mono fue una carga enorme en lo que a mí concernía. En cierto modo me agradó verlos, pero en general era un lío. ¿Tanta evolución para eso? Hubo una época de brutalidad antes de que llegaran a algo, e incluso entonces siguieron siendo ansiosos y paranoicos. Yo, con mi casita, mis trajes de piel, mi cara bien afeitada y mis barbacoas, sobresalía. De vez en cuando me convertía en objeto de odio, o de adoración. Pero ni siquiera los amistosos me servían de algo. Ugh. Ij. Akk ¿Qué nombre se le da a semejante conversación? Y cuando al fin mejoraron, y me hice unos cuantos amigos y empecé a tener relaciones con las mujeres, sobrevino un descubrimiento espantoso. Yo había pensado que iban a ser diferentes, pero no. Todos envejecían y morían, como mis mascotas.

Como están muriendo ahora. Todos muriendo alrededor de mí. Al principio todos aquí nos alegramos cuando el mundo comenzó a entibiarse. Nos alegró que las cosas se iluminaran. El invierno siempre es duro; pero de algún modo el invierno nuclear es especialmente sombrío. Hasta yo llegué a cansarme de una noche que duró tres años (y Nueva Zelanda, me parece a mí, está bastante muerta incluso en las mejores épocas). Por un tiempo la gran fiebre fue tomar el sol. Pero luego la cosa pasó de la raya hacia el otro lado. Empezó a ponerse cada vez más caluroso, o más bien hubo un cambio en la naturaleza del calor. No daba la sensación de ser luz de sol. Más bien parecía un gas o un líquido: parecía lluvia, muy fina, muy caliente. Y los edificios, por lo que se notaba, no la rechazaban de la manera adecuada, ni siquiera aquellos que tenían techo. La gente dejó de adorar al sol y se hizo adoradora de la luna. La vida se volvió nocturna. Ellos están de lo más animados, teniendo en cuenta la situación, y se compadecen más de los otros que de sí mismos. Supongo que es una suerte que no puedan predecir lo que se viene. Pobres mortales, me dan pena. No son capaces de hacer nada en absoluto con esa fiera fundida que hay en medio del cielo. Se enfrentaron con la ira, después se enfrentaron con el frío; y ahora los están nuclearizando de nuevo. Los está renuclearizando, multinuclearizando el lento reactor del sol.

El Apocalipsis sucedió en el año 2045 d. de C. Cuando tuve la certeza de que se acercaba fui directamente al centro de la acción: Tokio. Saldré ahora mismo al paso y diré que me encontraba de lo más dispuesto a marcharme. No es que estuviera especialmente deprimido o algo así. Sin duda no estaba tan deprimido como ahora. De hecho acababa de emerger de una resaca de cinco años y el futuro se me aparecía luminoso. Pero el planeta estaba en un estado desesperante en aquel entonces y yo no quería participar más. Quería irme. Nada se las había arreglado nunca para matarme, y comprendí que la única oportunidad radicaba en el impacto directo de un misil. Yo soy cósmico (en tiempo), pero también lo son las armas nucleares (en poder). Si un misil no consigue borrarme del mapa, me decía, pues bien, nada lo conseguirá. Sólo tenía una seria duda. El despliegue de moda por entonces consistía en detonaciones de tapiz en la escala de los cien kilotones. Personalmente yo hubiese preferido algo mayor, digamos algo así como un megatón. Había perdido el barco. Debería haber aprovechado la oportunidad en los días de las pruebas atmosféricas. Solía morderme los codos pensando en la hija de puta de sesenta megatones que los soviéticos habían probado en Siberia. Sesenta millones de toneladas de TNT: está claro que ni siquiera yo me habría salvado... Alquilé una habitación en el último piso del Century Inn, cerca de la torre de Tokio, bien en el centro de la ciudad. Esta vez quería colocarme en primera fila. Me pareció que en el hotel estaban contentos con el cliente. Los negocios no parecían ir viento en popa. Todo el mundo sabía que el final comenzaría allí, igual que un siglo atrás. Y a esa altura, de cualquier modo, las ciudades estaban muriendo en todas partes... Por la noche hice estallar mi dinero. Soborné al guardia del piso y me franqueó el acceso a la azotea: el sueño final. La ciudad se contorsionaba de pánico. Yo me contorsionaba de esperanza. Si esto suena egoísta, pido excusas ¿Pero a quién? Cuando oí las sirenas gimiendo en el aire me puse de pie de un salto y permanecí inmóvil, desnudo, en puntas de pie, con los brazos extendidos. Y luego ocurrió, como si le abrieran la cremallera al universo.

En primer lugar debo haber absorbido una buena cantidad de radiación inmediata, que más tarde me provocaría tremendas jaquecas. En seguida pensé que Dionisio me estaba haciendo cosquillas hasta matarme. Al mismo tiempo, me apabullaron la onda electromagnética y la embestida térmica. Por las partículas radiactivas no tenéis que preocuparos. Hacedme caso, es la menor de las dificultades. Pero el calor es otra cosa. Son unas temperaturas capaces de convertir a un ser humano en una sombra en la pared. Hasta yo me resequé un poco. Aunque ahora pueda bromear (eso sí que era calor, madre mía; uf, vaya bochorno), en el momento confieso que me alarmé. Yo no podía respirar y se me nubló la vista –otro detalle importante: no me morí, pero al menos me desmayé–. Y por un buen rato, pues cuando me desperté había desaparecido todo. Me había pasado durmiendo todo el estallido, la conflagración, el tifón mortífero. Físicamente me sentía bien. Físicamente me encontraba, como se dice, en forma. Mi resaca había desaparecido por completo. Pero en todos los demás aspectos sentía un desacostumbrado decaimiento. Sí, estaba infinitamente deprimido. Todavía lo estoy. Oh, finjo alegría, pongo cara de ánimo; pero a menudo pienso que esta depresión no acabará nunca, que me durará hasta el fin de los tiempos. No se me ocurre nada que tenga buenas posibilidades de levantarme el ánimo. Pronto la gente desaparecerá y me quedaré solo para siempre.

Son gente de arena, gente de polvo, gente de polvo. Los aprecio, por supuesto, pero no sirven de gran compañía. Están profundamente enfermos y profundamente locos. A medida que menguan, que declinan y se marchitan, parecen ir adoptando grandes ideas sobre sí mismos. Entre nosotros, yo tampoco me siento como una lechuga. Tengo buen aspecto, el mismo que solía tener; pero sin duda hubo tiempos en que me sentí mejor. Mi trato con las enfermedades, dicho sea de paso, es como sigue: las contraigo, me hacen daño y todo eso, y no obstante nunca resultan fatales. Se van, o yo me adapto. Para daros un ejemplo, hace setenta y tres años que tengo sida. Sencillamente no me lo puedo sacudir de encima. Falta una hora para que amanezca y las estrellas todavía brillan con su nuevo afilado esplendor. Los seres humanos ya vuelven a las casas. Algunos caerán en un sueño tembloroso. Otros se reunirán junto a la artesa contaminada y hablarán todo el día de sus patrañas. Yo me demoraré afuera un rato más, solo, bajo el inmortal calendario del cielo.

La antigüedad clásica fue interesante (calculo que acabo de dar un buen salto, pero no es mucho lo que os perdéis). Fue en la Roma de Calígula donde me di cuenta de que tenía un problema de alcoholismo. Empecé a pasar más y más tiempo en Cercano Oriente, donde siempre había animación. Le tomé la medida a las reglas maestras de la economía y florecí como comerciante mediterráneo. Para mí las largas excursiones de ida y vuelta a las Indias no eran nada del otro mundo. Me fue bien pero no fabulosamente y hacia el siglo diez había vuelto a recalar en Europa Central. Juzgándolo ahora, da la impresión de que cometí un error ¿Sabéis cuál fue mi período favorito? Sí: el Renacimiento. Estuvisteis realmente bien. Para ser sincero, me sorprendisteis. Yo me había pasado bostezando quinientos años de plagas, religión y talento nulo. La comida era espantosa. Nadie tenía buen aspecto. El arte y las artesanías apestaban. Entonces: ¡bum! Y encima todo al mismo tiempo. Me encontraba en Oslo cuando me enteré de lo que estaba ocurriendo. Dejé todo y me subí al primer barco que zarpaba para Italia, aterrorizado de perdérmelo. Ah, era el paraíso. Cuando esos tipos pintaban una pared, un techo o lo que fuera, pintado quedaba. Allí vivíamos dentro de una obra maestra. Al mismo tiempo, a mi entender, había algo de ominoso. Yo advertía que, en todo sentido, erais capaces de cualquier cosa. Y después del Renacimiento ¿con qué me encuentro? Con el Racionalismo y la Revolución Industrial. Crecimiento, progreso, la gran estampida petroquímica. Justo cuando pensaba que no podía haber siglo más tonto que el diecinueve, se presenta el veinte. Os juro, el planeta entero parecía estar representando un certamen de estupidez. Yo ya veía entonces cómo iba a acabar la historia humana. Cualquiera podía verlo. No había alternativas.

Mis intentos de suicidio se remontan a la Edad Media. Me lo pasaba tirándome de las montañas y números así. Piedras al cuello, etcétera. Nunca daban resultado. Jesús, he hecho de pararrayos más veces de las que puedo recordar, y he vivido para contarlo. (Una vez me dio un meteorito en plena cara; salir arrastrándome de debajo me costó lo mío, y me sentí descompuesto toda la tarde.) Y todo esto sin contar las innumerables guerras en que luché. A lo largo de milenios la milicia fue mi pasión –ya sabéis cómo anda el mundo–, pero a comienzos del siglo quince empecé a cansarme. Yo, que había luchado con Alejandro, con los grandes Khanes, de pronto me encontraba en medio de una pesadilla de vagos asquerosos enfrentándose a otra pandilla de vagos asquerosos. Eso fue en Agincourt. Para la guerra de Semana Santa ya estaba harto. Parecía que toda la improvisación –todo el saber y la capacidad– había desaparecido. No había más que muerte, pura y simple. Y mis experiencias en el teatro nuclear no han servido para nada para restaurar la aventura perdida... De veras... lentamente yo iba perdiendo el interés por todo. En general me iba volviendo más ermitaño y neurótico. Y estaba la bebida. De hecho, cuando promediaba el siglo veinte mi problema de alcoholismo se me escapó de las manos. Una vez, tuve una borrachera que me duró noventa y cinco años. Desde 1945 hasta 2039 estuve hecho una cuba. Nómada metropolitano, me ganaba la vida vendiendo mi pasado, vendiendo historia: baratijas fenicias, rollos hebreos, botines de guerra –algunas de estas cosas bien valían una bomba–. Me derrumbé. Perdí todo respeto por mí mismo. Era como un pasajero de un avión averiado que, con la bolsa del duty-free colgándole de la boca, procura encontrar ese estado en el que nada importa. Así parecía estar comportándose el mundo entero. Y ese estado es imposible de encontrar. Porque no existe. Porque las cosas importan. Incluso aquí.

La visión de Tokio después del ataque nuclear no era agradable. Un aceitoso pastel negro con pequeños brocados de fuego. Mi vida había estado atiborrada de muerte –la muerte es mi vida–, pero ese surco era nuevo. Había desaparecido todo. No sucedía nada. La única luz, la única actividad, provenía de los haces de plasma y los pequeños cohetes que algún satélite perdido o algún submarino vagabundo seguían disparando. ¿Pero qué hacen?, me pregunté ¿Para qué bombardean este cementerio? No me preguntéis cómo me las arreglé para llegar aquí, a Nueva Zelanda. Es una larga historia. Y fue un largo viaje. En otros tiempos, desde luego, hubiera podido hacerlo a pie. No tenía planes. Me limité a seguir las huellas de la vida.

Fui en balsa hasta el continente y allí tampoco había nada. Todo estaba muerto. (Para ser justo, buena parte ya había muerto antes.) De vez en cuando, mientras me dirigía a tientas hacia el sur, veía una mancha de liquen o un hongo deformado, y más tarde alguna cucaracha con una sola pata, o una rata ciega, cosas así, y eso me levantaba el ánimo por un rato. Pasaron unos buenos dieciocho meses antes de que me cruzara con seres humanos dignos de tal nombre; fue en Thailandia. Era una pequeña comunidad pesquera protegida por un pico de las montañas costeras y por anómalas condiciones de viento (por entonces no había otras condiciones de viento más anómalas). La gente lo pasaba mal, naturalmente, pero aún seguía sacando algo del mar, si bien no se lo podía llamar exactamente pescado. Les supliqué que me dieran una barca y se negaron, lo cual era comprensible. Como no quería discutir, me quedé por allí hasta que se murieron. No fue mucho tiempo. Si no recuerdo mal, tuve que esperar unos cuatro años. Luego cargué mis cosas, me hice a la mar y no me importó adónde demonios me llevaban los vientos. Sencillamente me hice a la mar muerta con la esperanza de encontrar vida.

Y en cierto modo la encontré aquí, entre la gente del polvo. Los últimos. Más me vale aprovecharlos al máximo porque son los últimos seres humanos que me quedan. Lamento que vayan a irse ¿Qué significa necesitar a los demás, necesitar que los demás sean?

Una vez me encontraba en China con mucho dinero y un siglo que perder, compré una elefanta recién nacida y la cuidé hasta que se hizo inválida. La llamaba Babalaya. Vivió ciento treinta años y tuvimos tiempo de llegar a conocernos muy bien. Esa manera juguetona que tenía de sacudir la cabeza. La silueta graciosa: tanto bulto y nada de culo (desde atrás parecía un peón caído sobre el mostrador de un pub de Dublín). Babalaya, la única mujer que me importó de verdad... No, eso no es cierto. No sé por qué lo digo. Pero las relaciones largas siempre me han resultado difíciles y he tendido a poner aire de por medio. Sólo me he casado ochocientas o novecientas veces –no soy de los que llevan la cuenta–, y no creo que el total de mis hijos llegue a las cuatro cifras. También tuve mis épocas de gay. Estoy seguro, no obstante, que os dais cuenta del problema. Yo estoy acostumbrado a ver cómo se abren paso hacia el cielo montañas enteras, cómo se forman deltas. Eso que se dice sobre que el Atlántico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por siglo; bueno, yo lo noto. Heme allí, pues, viviendo con una preciosidad. Un parpadeo... y se ha vuelto una ruina. Mientras que yo permanecía varado en un mediodía impecable, daba la impresión de que el tiempo garabateaba el rostro de todo el mundo: se encogían, se ensanchaban, se desflecaban. No es que a mí me importase tanto, pero las mujeres no sabían cómo manejarlo. Las volvía locas. “Hace veinte años que estamos juntos”, decían. “¿Cómo es que yo parezco una mierda y tú no?”. Además, no era muy astuto quedarse mucho en un solo lugar. Veinte años ya era alargarlo demasiado. Y yo lo alargaba, muchas veces, por los niños. Aparte de eso sólo tenía aventuras sin importancia. ¿Pensáis que los líos de una noche son de lo más insatisfactorios? Pues imaginaos lo que pienso yo. Para mí veinte años son un lío de una noche. No, ni siquiera. Para mí veinte años son un polvo de ascensor... Y había complicaciones desagradables. Por ejemplo, una vez vi a una nieta mía tosiendo y cojeando por el soukh de Jerusalén. La reconocí porque ella me reconoció a mí; dejó escapar un alarido áspero, mientras me señalaba con un dedo que por cierto llevaba un anillo que yo le había regalado de pequeña. Y ahora era pequeña de nuevo. Lamento decir que en los días más tempranos cometí incesto con bastante regularidad. En ese entonces no había manera de evitarlo. No sólo se trataba de mí: todo el mundo andaba en lo mismo. Un millón de veces he visto partir a los míos, y un millón de veces más. Qué dolor he conocido, qué megatones de dolor. A todos los echo de menos; cómo los echo de menos. Echo de menos a mi Babalaya. Pero comprenderéis que cualquier clase de relación ha de resultar bastante tempestuosa (es imposible eliminar las tensiones) cuando uno de los dos es mortal y el otro no.

La única celebridad que llegué a conocer bien fue Ben Jonson, en el Londres de esos tiempos, cuando regresé de Italia. Ben y yo éramos compinches de bebida. Cuando se emborrachaba era estridente, y a veces también sentimental; y por supuesto que todo el asunto de Shakespeare lo deprimía mucho. Ben solía deshacerse en lágrimas leyendo las cosas de ese hombre. A Shakespeare lo vi una o dos veces por la calle. Nunca nos encontramos, aunque sí nuestros ojos. Siempre tuve la sensación de que juntos habríamos llegado lejos. Yo veía el mundo como Shakespeare. Y apuesto a que hubiera podido proporcionarle material interesante.

Pronto habrá desaparecido toda la gente y me quedaré para siempre solo. Hasta Shakespeare habrá desaparecido, aunque no del todo, porque sus versos seguirán viviendo en esta vieja cabeza mía. Me acompañará la memoria. Me acompañarán los sueños. Sólo faltará la gente. Cierto es que ya viví un montón de años vacíos antes de que los seres humanos llegaran, de modo que estoy acostumbrado a la soledad. Pero esta vez será distinto, sin la esperanza de que al final aparezca alguien.

Ahora no hay ningún clima. Los días son apenas una máscara de fuego, y a mí el cielo nocturno me parece siempre un poco igual. Antes, en el vacío temprano, había animales, había plantas, había divagaciones de la naturaleza. Ahora, bueno, no hay mucho sobre lo que divagar. Yo advertí lo que le estabais haciendo al lugar. ¿Qué sucedió? ¿Era demasiado bonito, o qué? Jesús, no estuvisteis aquí más de diez minutos. Y mirad lo que habéis hecho.

Reunida alrededor del pozo envenenado, la gente bosteza y masculla. Son los últimos. Han intentado tener hijos –yo he intentado tener hijos– pero no funciona. Los bebés que consiguen nacer, no tienen buen aspecto y parece que no pueden desarrollar ninguna inmunidad. La verdad sea dicha, la inmunidad no abunda. Todo el mundo anda escaso de ella.

Son los últimos y están dementes. Sufren de desengaño en masa. De veras, es de lo más loco. Están todos convencidos de que son... de que son eternos, de que son inmortales. Y no fui yo quien les dio la idea. Yo he mantenido la boca cerrada, como siempre, por hábito adquirido. He sido discreto. No soy de esos pesados que junto al fuego te cuentan cómo conocieron a Tutankamón y sedujeron a la reina de Saba o a María Antonieta. Se creen que vivirán siempre. Pobres hijos de perra, si supieran.

Yo también suelo engañarme. A veces me entra la extraña idea de que sólo soy un insignificante maestro de escuela neocelandés que nunca hizo nada ni fue a ninguna parte y ahora se está muriendo penosa y ruidosamente de radiación solar junto con todo el mundo. Es raro lo palpable que resulta este pasado falso, y qué humano: casi siento que si estiro la mano podré tocarlo. Hubo una mujer, y un hijo. Una mujer. Un hijo... Pero enseguida despierto. Enseguida me rehago. Enseguida me enfrento al hecho trágico de que para mí no habrá fin, ni siquiera después de que muera el sol (lo que al menos debería ser bastante espectacular). Yo soy el Inmortal.

Últimamente he empezado a quedarme afuera durante el día. Bah, qué demonios. Y me he fijado que lo mismo hacen los seres humanos. Aullamos y bailamos y sacudimos la cabeza. Crujimos de cánceres, chisporroteamos de sinergismos bajo el furioso cielo sin pájaros. Con timidez espiamos el vasto círculo blanco del sol. Claro está que yo puedo permitírmelo, pero para los seres humanos es el suicidio. Esperad, me gustaría decirles. Todavía no. Cuidado... os haréis daño. Por favor. Por favor, tratad de durar un poco más. Pronto habréis desaparecido y yo me quedaré solo para siempre.

Yo... Yo soy el Inmortal.






Publicado en el volumen de cuentos Los monstruos de Einstein, en 1987.



martes, septiembre 04, 2007

“Entrevista a John Updike”, de Eduardo Lago

Extracto




El novelista norteamericano John Updike (Shillington, Pensilvania, 1932) es un gigante en un país en el que no faltan gigantes literarios. Algunos de ellos son J. D. Salinger, Norman Mailer, Philip Roth, Toni Morrison, Gore Vidal o Joyce Carol Oates. Sólo esta última podría jactarse de ser tan prolífica como él. Por lo que a versatilidad se refiere, John Updike no le va a la zaga a ninguno. Afincado en Nueva Inglaterra, el perfil de John Updike como escritor reúne todas las características desaconsejadas por la Biblia del multiculturalismo: Es blanco, varón, heterosexual, anglosajón y protestante. Ello no ha impedido que se haya hecho acreedor a un respeto universal. Una novelista tan exigente y tan alejada de su estética como Margaret Atwood, decana de las letras canadienses, ha dicho de él: "Ningún escritor norteamericano ha escrito tantas obras de tanta calidad durante tanto tiempo". Autor de más de medio centenar de libros, su fértil imaginación lo ha llevado a explorar todos los géneros: teatro, poesía, cuento, novela, ensayo, autobiografía, obras para niños; casi ningún tema le es ajeno. Cuando publicó un libro sobre golf, un crítico aseveró: "Se puede escribir sobre deportes como el baloncesto o el béisbol y hacer que resulte entretenido, pero escribir sobre golf y conseguir que el lector se apasione, es algo que sólo está al alcance de John Updike".


¿Qué siente John Updike cuando está delante de las estanterías que albergan el más de medio centenar de títulos que ha publicado a lo largo de su vida?Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debiera haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento.

Hábleme de su casa, de los lugares donde ha vivido, de su vida cotidiana.Nací en un pueblecito de Pensilvania, donde transcurrió la primera parte de mi vida, hasta que fui a la Universidad de Harvard, en Nueva Inglaterra. Más adelante pasé una temporada en Londres, estudiando arte, y luego viví unos años en Nueva York. Mis primeras tres o cuatro novelas las escribí en Pensilvania, pero hay algo en Nueva Inglaterra que me sedujo desde la primera vez que puse un pie aquí: las pequeñas poblaciones, la gente, el paisaje, las ciénagas, el aire impregnado de salitre, el ambiente cargado de misterio... Desde hace 25 años vivo en las afueras de Beverly, una población costera del Estado de Massachusetts. Me encanta Nueva Inglaterra, soy muy feliz aquí, es un buen lugar para un escritor. La nómina de autores ilustres que han vivido en esta zona es muy extensa. Melville, Hawthorne y Emerson son algunos de ellos. Vivo con mi segunda esposa, Martha, en una casa de madera pintada de blanco, con unas vistas espléndidas del Atlántico. Trabajo en un ala de la casa, un conjunto de cuatro habitaciones que en tiempos fueron los cuartos de la servidumbre. Martha y yo no dejamos de decir que la casa es excesivamente grande para dos personas, pero la idea de una mudanza nos aterra, por los libros sobre todo. Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido que he mantenido siempre: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Desde el principio de mi carrera he procurado vivir de la escritura. Jamás he ejercido ningún otro oficio, ni siquiera la enseñanza, como hacen tantos escritores. Así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

En medio de la soledad del proceso creativo, ¿hay momentos en los que su ficción se abre al lado más oscuro de las cosas?Ciertamente, algunas de mis narraciones se adentran en el lado oscuro de la existencia. Son incursiones en las tinieblas que se ciernen sobre la isla de luz que es la vida, pero cuando estoy entregado en cuerpo y alma al acto de escribir, aunque el asunto sea trágico, siento un placer físico. Cuando estoy en pleno acto creativo y voy encontrando una a una las palabras que expresan lo que deseo decir, se apodera de mí una suerte de éxtasis.

A lo largo de medio siglo de dedicación a la literatura profesional nunca ha tenido agente y siempre ha mantenido una fidelidad absoluta a su editorial, a la revista 'The New Yorker' y a la persona que revisa sus manuscritos antes de su publicación.No tengo nada contra los agentes literarios, conozco a muchos que son excelentes personas y buenos profesionales. Cuando empecé no era necesario tener agente, hoy la cosa ha cambiado bastante, pero sobre todo no me gusta que nadie interfiera con la intimidad del proceso creativo. No quiero que nadie opine desde fuera acerca de la dirección que debe seguir mi obra. Las lealtades de las que usted habla se forjaron al principio mismo de mi carrera. Lo primero que publiqué en mi vida apareció en la revista The New Yorker. Tenía 22 años y desde entonces nunca he dejado de colaborar con ellos. Mi primer libro fue una colección de poesía. Lo saqué en Harper porque era la editorial de muchos colaboradores de The New Yorker, pero mi siguiente libro, una novela, se lo ofrecí a Alfred A. Knopf, y desde entonces no he publicado nada con ninguna otra editorial. Una cosa que me gustaba era lo bien que hacían los libros. Tenían belleza visual. Me gustaba mucho la manera de ser de Alfred. Era un editor a la antigua usanza, mucho mayor que yo, pero me encantaba. Tenía garra, chispa y se preocupaba mucho por sus autores.

¿Cómo es la dinámica de trabajo entre usted y su editora? ¿Interviene mucho en sus manuscritos?Judith lleva editando mis libros desde que publiqué mi segunda novela, Corre, Conejo, en 1960. Es una mujer de inteligencia muy rápida. No consulto gran cosa con ella hasta tener la novela bastante acabada. Entonces lee el manuscrito, y si tiene cosas que decir, las consulta conmigo, y si me parecen válidas, las incorporo. Básicamente me apoya y me alienta, cosa que yo necesito.

Usted ha escrito de todo: cuento, novela, poesía, ensayo, autobiografía, libros para niños, incluso una obra de teatro. ¿Qué le ha llevado a ser tan polifacético?No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, cosa que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo. La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Empecé hace muchos años, y entre otras cosas, es una manera de mantener viva mi presencia en The New Yorker. Es un ejercicio saludable, me obliga a leer libros que de otro modo no leería, y me mantiene en forma como lector.

¿Qué escritores le interesan?Los de mi generación sobre todo. Por supuesto, leo todo tipo de escritores, algunos mucho más jóvenes que yo, pero me siento parte de una generación, aunque podamos ser muy distintos. Creo que el hecho de haber venido al mundo más o menos a la vez nos confiere una cierta unidad de visión. Aunque es algo más joven que nosotros, Don DeLillo me parece un novelista admirable. Su obra tiene una perspectiva política de la que yo carezco. Entre los maestros del relato breve, el más grande para mí es John Cheever. Fue un poco mi padre literario y le echo terriblemente de menos. Era un hombre atormentado, con un humor muy ácido y una agilidad mental extraordinaria. Entre las escritoras destacaría a Anne Tyler, excelente novelista, sólida, muy sutil, con una obra extensa.

¿Cómo definiría su estilo?Cuando empecé a escribir me influyó el nouveau roman. Por eso mi primera novela, que publiqué a los 27 años, era bastante experimental, pero mi estilo, por el que mis lectores me reconocen, es esencialmente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado de mi modo de hacer fundamental, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad. La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.






lunes, septiembre 03, 2007

"Tengo flores y de noche invito a los álamos", de Salvatore Quasimodo






Mi sombra está sobre otro muro
de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y a los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
no hablan nunca de muerte, parecen
movidas por el viento, no se maravillan
de ser jóvenes y gentiles: un voto
que se libera en las ásperas plegarias.
Me parece que soy un emigrante
que vela encerrado en sus cobijas,
tranquilo, por tierra. Tal vez muero siempre.
Pero escucho gustosamente las palabras de la vida
que jamás he entendido, me detengo
en largas hipótesis. Ciertamente no podré eludir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y espíritu
en cada dirección prevista, visible.
A intervalos algo me supera,
ligero, un tiempo paciente,
la absurda diferencia que corre
entre la muerte y la quimera
del latir del corazón.






1965


sábado, septiembre 01, 2007

"El cuerpo es un libro". Entrevista a Peter Greenaway

Leonardo García Tsao







Cómo se interesó en la caligrafía? Es decir, ¿cuál fue el punto de partida de The Pillow Book?
Por mucho tiempo me ha provocado ansiedad lo que pomposamente llamamos la primacía del texto sobre la imagen. Aun cuando hemos celebrado 100 años de cine, éste ha versado más sobre el texto que sobre la imagen. Me entrené como pintor, por lo tanto estoy muy consciente de que, como creador de imágenes, no estoy interesado en ilustrar textos. Ésta es mi segunda película con un libro en el título; la primera fue, claro, Prospero's Books, donde hubo un intento deliberado de presentar textos escritos sobre la pantalla. En este caso, se trata de un drama moderno pero que tiene su precedente en una novela, de la autora japonesa Sei Shonagon, que este año cumple mil años. Es la misma preocupación, sin duda. Pero los filósofos franceses de los últimos cincuenta años nos han dicho lo importante que es la relación entre la cabeza, el corazón, el hombro, el brazo, la mano y finalmente el papel, un nexo que se ha roto. En Europa, la caligrafía dejó de practicarse, supongo, hace seiscientos, setecientos años. En cambio, la fabricación de una imagen que es al mismo tiempo texto sigue viva y coleando en un contexto japonés. Eso me interesaba, así como una noción metafórica. Hay una frase en inglés: "Te puedo leer como un libro." Entonces, en la película se maneja la idea de que el cuerpo es un libro y viceversa.

Hay también una semejanza argumental entre esta película y El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante, en el sentido de que el cuerpo de un amante es usado como objeto de venganza: en El cocinero es convertido en comida y en The Pillow Book es convertido en un libro. ¿Existe también el canibalismo cultural?
Por supuesto. La estructura también se compara a la de El contrato del dibujante, porque en ambas hay una ruptura a la mitad. En The Pillow Book la mujer deja de ser el papel y se vuelve la pluma. Y si en El cocinero se apuntaba que "uno es lo que come", en ésta podría decirse que "uno es lo que lee". Lo cierto es que la mayoría de los artistas tienen pocas ideas y las retrabajan en forma constante. Pido disculpas por ello.

¿Podría abundar en la relación entre esta película y Prospero's Books, y cómo aplicó esa experiencia en el uso de imágenes múltiples, de tecnología digital?
Ya que hablamos en un contexto francés, debo decir que dos de mis héroes cinematográficos son Abel Gance, que hizo Napoleón con pantallas múltiples desde 1929, y más recientemente Alain Resnais, quien ha jugado con la cronología en varias películas, sobre todo en mi favorita, El año pasado en Marienbad. Son dos actitudes que me interesa llevar adelante. En The Pillow Book, por tanto, hay juegos con el tiempo y pantallas múltiples. Cuando se estrenó Prospero's Books fui acusado en Inglaterra de haber hecho una película visualmente indigesta; espero que no sea ahora el caso. Hemos utilizado una historia moderna, de tal manera que los parámetros son más obvios; creo que la línea narrativa es más fácil de seguir, las estructuras son aparentes. Si algo aprendí, fue darle al público una mayor oportunidad de pescar la información. No estoy disculpándome por Prospero's Books, sólo creo que debería verse muchas veces, cosa que siempre es buena para la taquilla.

The Pillow Book, con su imagen de los libros como algo tangible, físico, aparece en un momento en que las palabras tienden más a ser eléctricas, evanescentes. Tengo un enorme optimismo en que los libros estarán con nosotros por otros mil años, por lo menos. Los libros aún tienen características que no son repetibles en otros medios. La noción misma de la "fisicalidad" del libro, la capacidad de hojearlo, creo que están muy arraigadas en el corazón de la cultura occidental y estoy seguro que habrá mucha resistencia a renunciar al libro.

Debo mencionar que hay un hueco en mi obra, pues hice El bebé de Mâcon hace tres años. Falta una película. Pero fue voluntario, o casi, porque quise alejarme de hacer cine para incrementar mi preocupación con la "fisicalidad" del arte, al involucrarme en hacer teatro, montar óperas y exposiciones. Fui entrenado como pintor y, como tal, necesito una relación física con el lienzo; supongo que en la manufactura del cine o más aún, de la televisión la relación física entre el creador y el objeto creado se ha hecho cada vez más distante. Eso lo sufriremos de diversas formas. Es muy importante no perder de vista esa noción de la "fisicalidad" en el arte.

Hablando de esa "fisicalidad", ¿cómo diseñó las imágenes de sus pantallas múltiples? ¿Las diseñó en la computadora, o tuvo un storyboard previo en papel?
Desde el principio planeamos eso con mucho cuidado, porque teníamos un presupuesto limitado y no podíamos perder tiempo o dinero. El plan de rodaje fue de ocho semanas. Así que en el guión técnico hice varios dibujos y diagramas para indicar cómo estaría organizado el material visual. Aunque filmamos en Super 35 mm e intentamos apegarnos a un formato tradicional de pantalla ancha, decidimos vaciar todo nuestro pietaje filmado en video y editar, por razones de obvia conveniencia, en una computadora Avid. Tan pronto como uno se involucra con esa tecnología, se revela un gran potencial y ciertamente parecería un terrible desperdicio no aprovecharlo. Entonces, las estructuras originales se complicaron bastante una vez que iniciamos la edición.

Las escenas entre los amantes son muy eróticas porque los cuerpos son vistos como objetos artísticos. ¿Podría explicar cómo consiguió esa sensualidad, y cómo el erotismo se relaciona con los otros temas de la película?
No sé si esté de acuerdo conmigo, pero hay dos actividades humanas que siempre son estimulantes a la excitación y la sorpresa: una es el sexo, obviamente, y la otra, la literatura. Así que quise escribir un guión donde se unieran esos deleites, la carne y el texto, de manera muy íntima. En términos de la filmación, contamos con actores muy valientes, así como con la excelente colaboración del iluminador Reinier van Brummelen, quien tiene un extraordinario vocabulario de proyecciones de fondo y uso de la luz, y el fotógrafo Sacha Vierny, por supuesto, cuya reputación es tan conocida que no necesito subrayarla. Entonces, fue una combinación de cómo apreciamos esos cuerpos y la forma desinhibida en que los utilizamos, lo cual, espero, haría exitosa la película en esa esfera.

El diseño del sonido y la música es también de una gran riqueza. He tenido una larga relación con mis colaboradores musicales, sobre todo Michael Nyman, por mucho tiempo. Pero uno de mis intereses, desde El bebé de Mâcon, ha sido el de volver a la música original; si uno no colabora con un solo compositor hay una gran libertad para escoger el material que uno quiera. En el caso de El bebé de Mâcon fue la música barroca inglesa. La característica esencial de la música de The Pillow Book es que resulta deliberadamente ecléctica, mezclando lo nuevo, lo viejo, lo occidental y lo oriental. Así pudimos usar una gran cantidad de material, con el cual tratamos de hacer énfasis en ese tapiz de diversas posibilidades.






Particularizando, hay una canción popular china llamada en inglés “Rose, Rose I Love You”, que permea la película y aporta una dimensión más ligera, del modo en que Woody Allen podría haberla aplicado. Ese uso fue previsto desde el guión. Una nota autobiográfica: era la canción que mi padre solía cantar en el baño cuando se lavaba la cara por las mañanas. Fue una canción que salió de Hong Kong justo después de la Segunda Guerra, y muchos soldados estadounidenses la importaron a su país, donde se grabó en varias versiones. También hicimos una investigación sobre la música de la dinastía Heian en Japón, y encontramos que muchos de los cantos budistas vigentes hoy en el Tíbet son relativos a ese tipo de música; claro, es difícil saber exactamente cómo sonaba la música japonesa del siglo X, pero ésa fue la aproximación más cercana. Y en Hong Kong hay una mezcla de Occidente y Oriente, un fenómeno llamado cantón pop, que es un ejemplo de algo muy contemporáneo. Como otra indicación, la mayor parte de la película la filmamos en Hong Kong, que en sí representa esa extraordinaria mezcla de culturas a fines del siglo XX.

La forma como se filmó la secuencia de Hong Kong es, de hecho, muy diferente al resto de la película. La razón de ello, espero que sea legítima y honorable, fue que los escritores japoneses de la dinastía Heian estaban muy próximos a sus orígenes culturales, que eran decididamente chinos. El libro original de Sei Shonagon está lleno de citas, es casi el arte de la cita. Nada puede ser auténtico a menos que esté apoyado por una referencia. Como se deduce de algunas de mis películas anteriores, también tengo la costumbre de hacer citas. Pero no sólo hemos dispersado todo tipo de alusiones y referencias cruzadas a lo largo de la película, sino que el enfoque de la filmación siguió tres estrategias: todo lo filmado en blanco y negro corresponde a lo japonés, por lo tanto las tomas son más largas y el punto de vista es el de la tradición clásica japonesa al estilo de Ozu, es decir, desde la perspectiva de alguien sentado o hincado en el suelo; el material filmado en Hong Kong se refiere a la magia de los extraordinarios efectos de iluminación, que asociamos con el cine hongkonés; y la tercera, más mundana y menos específica, se refiere a la técnica europea, occidental, de cinéma vérité, de filmar con cámara en mano. Hay tres formas diferentes de filmar, asociadas a tres actitudes, países y culturas diferentes. Espero que hayamos podido juntarlo todo en una unidad indiferenciada. Toda la película es como un sandwich de colores, que comienza y termina en blanco y negro; y hay un patrón de edición análogo al movimiento de una pelota rebotante: conforme rebota, los movimientos se vuelven más cortos y repetidos. Usamos muchas estrategias así para organizar el espacio y los diversos formatos de la película.

¿Por qué fue elegida Vivian Wu para el papel protagónico?
Porque ella es china y su personaje es el de una japonesa que aprende a hablar chino. En efecto, tuvimos dificultades considerables en encontrar a la intérprete japonesa ideal para el papel. Desde luego, hay en Japón muchas actrices excelentes y muy bellas, pero necesitábamos a alguien políglota. Y eso fue lo más difícil, pues el personaje exigía convencer como una modelo internacional, que hablara muy bien el inglés. Hicimos mucho casting y, por desgracia, no pudimos satisfacer esos parámetros. Entonces, se nos sugirió a Vivian Wu y pensamos que era la actriz ideal, susceptible de cumplir esas características. Claro, sospecho que muchos japoneses verán con suspicacia el que tomemos a una autora clásica de su país para ser interpretada por una actriz china.

He oído que los críticos japoneses han cuestionado la autenticidad de algunos detalles de The Pillow Book, la caligrafía, por ejemplo. Yo soy extranjero, soy inglés. Hay similitudes entre las dos islas, la británica y japonesa, sobre todo en relación con su cercanía a un continente, Europa y Asia, respectivamente, pero es inevitable que un extranjero, que no habla japonés, ignore algunos de los significados sobre ciertas actitudes y apariencias. En cuanto a las traducciones del texto original de Sei Shonagon, desde luego nos hemos tomado ciertas libertades; después de todo, no hay un texto definitivo del libro, pues sólo existen copias hechas tres, cuatro o cinco siglos después de la muerte de la autora. Ahora bien, tuvimos mucha ayuda en Japón por parte del magnífico departamento de arte que trabaja con Kurosawa, así que supongo me guiaron en la dirección correcta. Desde luego, procuramos lograr la mayor autenticidad y exactitud posibles. Eso tomó mucho tiempo porque los calígrafos y los actores tenían que estar a las tres de la mañana en el set para poder empezar a filmar, quizás, a las diez. Sé que los propios calígrafos encontraron fascinante su trabajo porque, por vez primera, pudieron trabajar no sobre la superficie plana de un papel sino sobre superficies animadas, personas vivas. También los actores estaban muy emocionados: el estar acostados, quietos, en un ambiente cálido, mientras los acariciaban unos calígrafos expertos con sus pinceles, debe ser una experiencia deleitable.

Parte de la historia transcurre en el futuro; es la primera vez que algo así ocurre en una de sus películas. ¿Es una referencia al fin del milenio?
A mí me fascinó el hecho de estar en 1996, y que el libro de Sei Shonagon, según dicen todos, haya sido terminado en 996. Hay una bella simetría de mil años. Como usted sabe, me interesa mucho la numerología, la relación entre los números. Me pareció significativo terminar la película al inicio del siguiente milenio. Por supuesto, los números son arbitrarios. Uno de los absurdos más notables es que la mayor parte del mundo occidental va a celebrar el inicio del segundo milenio, cuando es seguro que Cristo nació en el año 86. ¿Qué valor tienen los números? Es una convención, un recurso.

¿Lo mismo podría decirse del hecho de que se completen 13 libros en la película?
Trece es un número mágico y no, supersticioso y no. Es también la mitad exacta del alfabeto. Tiene todas esas connotaciones.

¿Qué supone que sucederá con el cine en los siguientes 100 años?
Estoy seguro de que la revolución digital afectará la elaboración de imágenes y nos dará a todos los cineastas la libertad de convertirnos en animadores primarios de la mejor manera posible. Cuando seamos liberados de la esclavitud a la fotografía, el cine entrará a su propio dominio, que es la invención de la imagen. Todo indica que el concepto de lo que llamo el "cine Casablanca" tenderá a desaparecer. Una vez que la generación Nintendo se apodere de los medios de producción, ya no nos satisfará sentarnos quietos en la oscuridad, mirando en una sola dirección a una pantalla plana, bidimensional, cubierta de sombras. Ya no bastará para la imaginación humana. Debo añadir que el cine se encuentra en la necesidad desesperada de una reinvención, pues ha estado estancado en el último par de décadas. Ya es tiempo de que el cine en verdad se reinvente para sobrevivir.




viernes, agosto 31, 2007

“Adiós, Vincent”, de Philip K. Dick




El otro día estaba caminando rumbo a la Universidad y un tipo con un Mustang realmente nuevo me dio un aventón. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato –ustedes saben como es el Universo– y entonces, percatándome de una pequeña y linda muñeca de plástico que tenía junto al túnel de transmisiones a su lado, comencé una de esas conversaciones sin forma, la clase de conversaciones que no tienen finalidad alguna sino mantener a raya el silencio. Le pregunté por la muñeca. Era una chica, con el cabello negro y corto, una cara plena, cálida y amistosa, bonita, dulce, con una corta minifalda... La muñeca tenía largas piernas, se veía sexy, la clase a la que las niñas le compran diferentes estuches de ropa para vestirlas de una u otra manera. La clase de muñeca a la moda y con estilo que preocupa a la mayoría de ellas todo el día, mientras se sientan sobre el piso frente al televisor.

–Esa es una muñeca Linda –dijo el tipo–. Hecha por Levy. Habrás visto su edificio al lado de la autopista cerca de Los Ángeles. Están apenas por detrás de Mattel, y con el tiempo llegarán a superarlos. Esta muñeca tiene más personalidad en su rostro que la Barbie.
–Me gustaría conocer una chica real que se viera como ella –dije–, quiero decir, en la vida real. No una muñequita como ésta, ¿sabes?
–Ese tiempo ya ha pasado –dijo el tipo de manera sombría mientras conducía su Mustang–. Quizá una vez, si lo que dicen es cierto. Acerca de los orígenes de la muñeca Linda. Podrías haberla conocido entonces, si realmente hubieras tenido suerte, pero no ahora. Aquellos deben haber sido tiempos maravillosos, por lo que he oído. Había realmente una Linda. Esa es la leyenda, de cualquier modo. Lo que en Levy dejaron salir, sin embargo, puede que no sea toda la verdad; tendrás que hacerte una idea con las pistas que han soltado de vez en cuando, usualmente en las respuestas a cartas que las niñas escriben. De cualquier manera, evidentemente había una chica llamada Linda, en efecto –en la vida real, como nosotros– y la gente de Levy consiguió una fotografía de ella o alguien en la fábrica la conocía... originalmente ellos trabajaban con carros usados, o algo así; no recuerdo. Así que verás, esta chica Linda, la real, era llamativa. Como la muñeca. Sólo que más aún. Realmente no puedes imprimirle a una muñeca todos los matices sutiles que encuentras en alguien en la vida real.
–Eso sí que es cierto.
–La gente solía verla vagando por los alrededores, perdida y triste, pero con esa maldita sonrisilla llena de diversión. Con sus ojos negros chispeantes. Llena de vitalidad y energía y así, realmente activa y alerta, diciendo cosas divertidas, zumbando por el pueblo y sobre la autopista en su Camaro.
–¿Tenía nombre el Camaro?
–George
–¿Y tuvo un padre?
–Desde luego, el padre de George era... Bueno, no lo creerías. Así que no te contaré sobre eso. Probablemente ahora es sólo un mito. Pero de cualquier modo, Linda creía en vivir la vida, pero era muy original... nadie nunca sabía lo que iba a decir o a hacer a continuación. No era predecible. Cuando contestaba el teléfono –la gente de Levy dice que era una operadora telefónica a veces– y entonces decía cosas extrañas y confusas. Y la mitad de las veces la gente que llamaba se enfurecía y colgaba. O quizá se reían. Todo dependía de si tenían sentido del humor. O, también, de si estaban vivos o no.
–Sí, dependiendo de dónde esté tu propia cabeza será la forma en que reacciones ante alguien super vivo.
–Sí, eso era lo que ella tenía; estaba super viva. Siempre estaba corriendo haciendo cosas, como un pequeño electrón. Pero gradualmente llegó a sentirse muy cansada. Comenzó a desgastarse. Ahora, se puede remplazar una muñeca. Siempre hay más en la línea de ensamblaje día tras día. Pero en el caso de una persona, sólo hay una. Así es como es esto. Creo que por eso la gente de Levy estaba tan ansiosa por duplicarla, de mantenerla lejos de...
–Hay una luz roja delante.
–Gracias. –El tipo frenó su Mustang hasta detenerlo, detrás de una camioneta VW–. Así se cansó mucho y empezó a sentir dolor por las noches, y ahí en su habitación tenía a todas estas muñecas, les pedía ayuda.
–¿Qué hacía sus muñecas?
–Hacían lo que podían. Trataban de ayudarla. Nadie lo sabe de seguro, aparte de ella misma. En esas noches estaba sola ahí en la habitación con ellas.
–¿Nadie más la ayudó? ¿No conocía a nadie más? ¿Alguien que la quisiera y le brindara una maldita ayuda, que se preocupara por ella y se preguntara cómo estaba de vez en cuando?
–Esa parte está empañada por la leyenda y el mito. Algunas veces los folletos de la gente de Levy parecen implicar que varios individuos de toda clase la amaban. Pero ella tenía muchas preocupaciones. Como andar sin sostén.
–¿Perdón?
–De acuerdo a uno de los folletos, ella manejaba una ambulancia o algo así... de cualquier manera, estaba manejando su ambulancia un día, sin su brassiere, y los policías de Los Ángeles la hicieron polvo. No recuerdo los cargos exactos. «Operar un vehículo de emergencia sin el debido respeto» o algo así. Y otra vez la atraparon vendiendo boletos para una autopsia. Cinco centavos por ver, diez por tocar... y cosas por el estilo. En cierto sentido, Linda era bastante peculiar. Pero la gente la amaba. Tenía una forma peculiar y melancólica de gritar, dicen. Cuando ponías tus brazos a su alrededor, ella gritaba de la manera más cautivadora y encantadora. Aunque dicen que siempre estaba rompiendo lo preestablecido.
–Aunque suena como si no fuera muy feliz.
–Pero seguro que lo intentaba. Nunca dejó de intentarlo, sin importar lo que pasara. Cuando se emborrachaba...
–Oh, ¿bebía?
–Siempre que era posible. En cada ocasión. Excepto, desde luego, en su trabajo. Particularmente en su último trabajo, el cual se tomó muy en serio. Pulir lápidas.
–¿En serio?
–Le dieron un pequeño equipo, con piedra pómez y un trapo y cosas así. Y cada día en el camino de ida de Green Pastures en el Valle Feliz, ella haría su trabajo, untando piedra pómez en las lápidas y luego lijando y frotando y dando brillo industriosamente, día tras día, las pulía hasta que se veían más y más viejas. La gran ambición de Linda era envejecer todas las lápidas del mundo, empezando en el área de Los Angeles y trabajando hacia el norte.
–¿Y así es como se marchó?
–Así es como se fue. Puliendo su camino hacia el norte, siendo empleada en todos los cementerios y panteones oficiales y también trabajando en las capillas funerales detrás de las estaciones de gasolina Chevron y detrás de las Pizza Huts, donde quiera que las encontrara. Linda hizo un buen trabajo; Linda siempre hizo un buen trabajo en todo aquello que intentó. Algunas veces, sin embargo, su ingenio salvaje daba lo mejor de sí, en esos casos pegaba un letrero en la tumba después de trabajar envejeciéndola, cosas como «Elección U.S.D.A.» Pero eso le ocasionó problemas con el Departamento de Agricultura, así que después de eso de vez en cuando colocaba etiquetas en las que se leía: «Frágil. Manéjese con cuidado». Finalmente, se volvió su marca. Indicaba que Linda había estado ahí. Podrías seguir sus pistas por todo California, así, y finalmente llegarías hasta Oregon y un poco más al norte. En algún lugar sobre la línea, evidentemente, se le terminaron las etiquetas. Y de cualquier modo, el rastro se acabó.
–Y ahora las tumbas han dejado de envejecer.
Dando vuelta hacia la derecha, el conductor del Mustang aparcó en un espacio en el estacionamiento, frenó y se detuvo. Permaneció sentado por un momento, luego estiró su mano y levantó la pequeña muñeca Linda dejándola descansar junto a él.
–Creo –dijo–, que todavía anda por ahí. Esperamos eso, cada uno de los que poseemos una muñeca Linda de la gente de Levy. Y, demonios, hay millones de nosotros... aunque creo que la mayoría son niños. Lo cual está bien. Seguro que es bonita, ¿verdad? –Sostuvo la muñeca y ambos la miramos.
–Hola, Linda –dije yo.
–Hola, Vincent –respondió la muñeca Linda.
–«Vincent» –protesté–. Mi nombre es Phil, no Vincent.
–La muñeca llama así a todo el mundo –dijo el conductor del Mustang mientras me abría la puerta–. Aquí está la Universidad. Buena suerte. Nadie sabe por qué la gente en Levy programó su muñeca para dirigirse a todos llamándolos «Vincent». Es uno de esos misterios que no puedes desentrañar, creo. Quizá había un Vincent en la vida real de Linda. O quizá por la canción...
–Parece triste –dije mientras salía del carro.
–Cuando retiren a Barbie del mercado se sentirá mejor –dijo el conductor del auto–. Está aguardando eso. Dile adiós a Phil, Linda.
–Adiós, Vincent –dijo Linda, la muñeca.




1972





jueves, agosto 30, 2007

«El pueblo unido jamás será vencido», de Sergio Ortega









El pueblo unido jamás será vencido,
el pueblo unido jamás será vencido...

De pie cantar
que vamos a triunfar.
Avanzan ya
banderas de unidad.
Y tú vendrás
marchando junto a mí
y así verás
tu canto y tu bandera florecer,
la luz
de un rojo amanecer
anuncia ya
la vida que vendrá.

De pie luchar
el pueblo va a triunfar.
Será mejor
la vida que vendrá
a conquistar
nuestra felicidad
y en un clamor
mil voces de combate se alzarán
dirán
canción de libertad
con decisión
la patria vencerá.

Y ahora el pueblo
que se alza en la lucha
con voz de gigante
gritando: ¡Adelante!

El pueblo unido jamás será vencido,
el pueblo unido jamás será vencido...

La patria está
forjando la unidad
de norte a sur
se movilizará
desde el salar
ardiente y mineral
al bosque austral
unidos en la lucha y el trabajo
irán
la patria cubrirán,
su paso ya
anuncia el porvenir.

De pie cantar
el pueblo va a triunfar
millones ya,
imponen la verdad,
de acero son
ardiente batallón
sus manos van
llevando la justicia y la razón
mujer
con fuego y con valor
ya estás aquí
junto al trabajador.







Acá la canción en vivo por Quilapayún:
http://www.youtube.com/watch?v=LWlkWPXfvXc










miércoles, agosto 29, 2007

“El mito del antifascismo sionista”, de Roger Garaudy




En 1941, Itzac Shamir cometió un crimen imperdonable desde el punto de vista moral: recomendar una alianza con Hitler y la Alemania Nazi contra Gran Bretaña (Bar Zohar, Ben Gurión, El Profeta armado, Paris, 1966, p. 99). Cuando comenzó la guerra contra Hitler, la casi totalidad de las organizaciones judías se pusieron al lado de los aliados e incluso algunos de sus más destacados dirigentes, como Weizmann, tomaron posición en favor de los aliados, pero el grupo sionista alemán, que en aquella época era muy minoritario, adoptó una actitud inversa y de 1933 a 1941 estuvo vinculado a una política de compromiso e incluso de colaboración con Hitler. Las autoridades nazis al principio, al mismo tiempo que perseguían a los judíos, arrojándoles, por ejemplo, de la función pública, dialogaban con los dirigentes sionistas alemanes y establecían un trato de favor distinguiéndoles de los judíos integracionistas a quienes se perseguía. La acusación de colusión con las autoridades hitlerianas no se dirigía a la inmensa mayoría de los judíos, algunos de los cuales ni siquiera esperó a la guerra para luchar contra el fascismo. Lo hicieron en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española entre 1936 y 1939 (1). Otros, hasta en el ghetto de Varsovia, crearían un comité judío de lucha y sabrían morir combatiendo. Pero esta acusación es aplicable a la minoría fuertemente organizada de los dirigentes sionistas cuya única preocupación era la de crear un Estado judío poderoso. Su preocupación exclusiva de crear un Estado judío poderoso y su visión racista del mundo, les hacían mucho más anti-ingleses que anti-nazis. Tras la guerra Menahem Beghin e Itzac Shamir llegaron a ser dirigentes de primer rango en el Estado de Israel.

Con fecha de 5 de septiembre de 1939 -dos días después de la declaración de guerra de Inglaterra y Francia contra Alemania- Chaim Weizmannn, Presidente de la Agencia Judía, escribía a M. Chamberlain, Primer Ministro de su majestad el Rey de Inglaterra, una carta en la que le informaba que: “nosotros los judíos, estamos al lado de Gran Bretaña y combatiremos por la Democracia, precisando que los mandatarios judíos estaban dispuestos a firmar inmediatamente un acuerdo para permitir la utilización de todas sus fuerzas en hombres, de sus técnicas, de su ayuda material y de todas sus capacidades”. Reproducida en el Jewish Chronicle del 8 de septiembre de 1939, esta carta constituía una auténtica declaración de guerra del mundo judío contra Alemania. Exponía el problema del internamiento de todos los judíos alemanes en campos de concentración como prisioneros de un pueblo en estado de guerra con Alemania, al igual que lo hicieran los americanos con sus propios prisioneros de origen japonés a los que internaron mientras duró la guerra contra Japón.

Los dirigentes sionistas dieron pruebas, en la época del fascismo hitleriano y mussoliniano, de un comportamiento equívoco que iba del sabotaje de la lucha antifascista a la colaboración. El objetivo esencial de los sionistas no era el de salvar vidas judías sino el de crear un Estado judío en Palestina. El primer dirigente del Estado de Israel, Ben Gurión, proclamaba sin rodeos, el 7 de diciembre de 1938, ante los dirigentes sionistas del Labour: Si supiera que era posible salvar a todos los niños de Alemania trayéndoles a Inglaterra, y solamente la mitad de ellos transportarlos a Eretz Israel, escogería la segunda solución. Ya que debemos tener en cuenta no sólo la vida de estos niños, sino también la historia del pueblo de Israel (2). El salvamento de los judíos en Europa no figuraba al principio de la lista de las prioridades de la clase dirigente. Era la fundación del Estado lo que era primordial ante sus ojos (3). ¿Debemos ayudar a todos los que tengan necesidad sin tener en cuenta las características de cada cual? ¿No deberíamos dar a esta acción un carácter nacional sionista e intentar salvar prioritariamente a los que puedan ser útiles a la Tierra de Israel y al judaísmo? Sé que puede parecer cruel exponer la cuestión de esta manera, pero desgraciadamente debemos establecer claramente si somos capaces de salvar a 10.000 personas entre las 50.000 que pudieran contribuir a la construcción del país y al renacimiento nacional o bien a un millón de judíos que pudieran llegar a ser para nosotros una molestia o mejor dicho un peso muerto. En este caso nos limitaríamos a salvar a los 10.000 que pudieran ser salvados a pesar de las acusaciones y los llamamientos del millón abandonados a su suerte (4).

Esta concepción fascista inspira, por ejemplo, la actitud de la delegación sionista en la Conferencia de Evian, en julio de 1938, en la que 31 naciones se reunieron para discutir la absorción de los refugiados de la Alemania Nazi. La delegación sionista exigió, como única solución posible, la de admitir a sólo 200.000 judíos en Palestina. El Estado judío era más importante para ellos que la vida de los judíos. El enemigo principal, para los dirigentes sionistas era la asimilación. Centraban en esto la preocupación fundamental de todo racismo: la pureza de la sangre.

De esta colusión existen pruebas evidentes. La Federación Sionista de Alemania dirigía al Partido Nazi el 21 de junio de 1933 un memorándum en el que expresamente se declaraba: En la fundación del Nuevo Estado, que ha proclamado el principio de la raza, deseamos adaptar nuestra comunidad a las nuevas estructuras nuestro reconocimiento de la nacionalidad judía nos permite establecer relaciones claras y sinceras con el pueblo alemán y sus realidades nacionales y raciales. Precisamente porque nosotros no queremos subestimar estos principios fundamentales, es por lo que también nos pronunciamos en contra de los matrimonios mixtos y en favor del mantenimiento de la pureza del grupo judío. Los judíos conscientes de su identidad, en el nombre de los cuales hablamos, pueden encontrar sitio en la estructura del Estado alemán, pues están libres del resentimiento que los judíos asimilados deben experimentar; creemos en la posibilidad de relaciones leales entre los judíos conscientes de su comunidad y el Estado alemán. Para alcanzar sus objetivos prácticos, el sionismo espera ser capaz de colaborar incluso con un gobierno fundamentalmente hostil a los judíos La realización del sionismo no está molesta más que por el resentimiento de los judíos en el exterior, contra la orientación alemana actual. La propaganda para el boicot -- actualmente dirigida contra Alemania- - es por definición, no sionista (5). El Memorándum añadía: en el caso de que los alemanes aceptaran esta cooperación, los sionistas se esforzarían en convencer a los judíos del extranjero a que renunciaran a participar en el boicot contra Alemania (6).

Los dirigentes hitlerianos acogieron favorablemente la orientación de los mandatarios sionistas que, por su preocupación exclusiva por constituir su Estado en Palestina, aunaban sus esfuerzos para desentenderse de los judíos. El principal teórico Nazi, Alfred Rosenberg, escribe: el sionismo debe ser vigorosamente sostenido a fin de que un contingente anual de judíos alemanes sean llevados a Palestina (7).

Reinhardt Heydrich, que fue más tarde el Protector en Checoslovaquia, escribía en 1935, durante el tiempo en que era jefe de los Servicios de Seguridad de las S. S. en el Das Schwarze Korps, órgano oficial de las S.S., un artículo sobre El enemigo visible en el que se establecían distinciones entre los judíos: Nosotros debemos dividir a los judíos en dos categorías: los sionistas y los partidarios de la asimilación. Los sionistas profesan una concepción estrictamente racial, y, para la emigración en Palestina, ayudan a edificar su propio Estado judío nuestros mejores votos y nuestra buena voluntad oficial para ellos (8).



Notas

(1). Más del 30 % de los americanos de la Brigada Abraham Lincoln eran judíos, a los que denunciaba la prensa sionista, porque combatían en España, en lugar de ir a Palestina. En la Brigada Dombrovski, de 5.000 polacos, 2.250 eran judíos. A estos judíos que lucharon en todos los frentes del mundo con las fuerzas antifascistas, los dirigentes sionistas, en un artículo de su representante en Londres, titulado: ¿Deben participar los judíos en los movimientos antifascistas? respondía: ¡No! Y fijaban el único objetivo: La construcción de la tierra de Israel (Jewish Life, abril 1938, p.11).
(2).Yvon Gelbner. Zionist policy and the fate of European Jewry, en Yad Vashem studies. Jerusalén. vol. XII, p. 199.
(3). Tom Segev, Le Septième Million. Ed. Liana Levi, París 1933, p. 539.
(4). Memorandum del Comité de Salvación de la Agencia Judía. 1943. Citado por Tom Segev. (op. cit).
(5). Lucy Dawidowicz, A Holocaust reader, p. 155.
(6). Lucy Dawidowicz, The war against Jews (1933-1945) Ed. Penguin books, 1977, p. 23 1232.
(7). A. Rosenberg: Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten, Munich 1937, p. 153.
(8). Hohne. Order of the Death's Head, p. 333.







martes, agosto 28, 2007

"Edad del recuerdo azul", de Odysseas Elytis








Olivares y viñedos lejos hasta el mar
Rojas barcas de pesca más lejos hasta el recuerdo
Dorados élitros de agosto en el sueño del mediodía
Con algas o caracolas.
Y aquel barco
Recién botado, verde, que lee aún en las serenas aguas del golfo
Dios proveerá

Pasaron los años hojas o guijarros
Recuerdo a los muchachos, los marineros que partían
Pintando las velas como sus corazones
Cantaban los cuatro puntos cardinales
Y tenían dibujados vientos boreales en sus pechos.

Qué buscaba cuando llegaste teñida por el amanecer
Con la edad del mar en los ojos
Y la salud del sol en el cuerpo —qué buscaba
En las hondas grutas marinas en los vastos sueños
Donde el viento desconocido y azul
Espumaba el sentimiento, grabando en mi pecho su emblema marino

Con la arena en los dedos cerraba los dedos
Con la arena en los ojos apretaba los dedos
Era el dolor—
Recuerdo era abril cuando sentí por primera vez tu peso
humano
Tu cuerpo humano arcilla y pecado
Como en nuestro primer día sobre la tierra
Las amarilis estaban de fiesta —Pero recuerdo
que te dolió
Fue una profunda marca en los labios
Un profundo rasguño en la piel allí donde el tiempo se graba
para siempre
Entonces te dejé
Y un hálito sonoro levantó las blancas casas
Los blancos sentimientos recién lavados hacia lo alto
Hacia el cielo iluminado por una sonrisa.

Ahora tendré a mi lado un cántaro de agua inmortal
La forma del viento que sopla libremente
Y tus manos aquellas donde será torturado el Amor
Y aquel caracol donde resonará el Egeo.