sábado, julio 21, 2007

“Para Destouches, para Céline”, de Juan Carlos Onetti




En un tiempo –y buenos tiempos eran aquellos- tuvimos un amigo, el mejor recordable, con el que tropezamos sin método aquí y en Baires. Era pobre, casi de profesión, casi menesteroso. Tal vez exagerara: no usaba camisa, prefería las alpargatas. Estaba, exigencias de la edad, descubriendo el mundo. Se encontró entre otras cosas, con Viaje al fin de la noche, novela de un tal Dr. Destouches, médico de barrio en París, que prefería firmarse Luis Ferdinando Céline. Aquel perdido –tal vez no para siempre- amigo, al que llamaremos Robinson por comodidad, se excitaba en veladas caseras o de boliche y llegaba a recitar, más o menos, con frases que sólo adolecían de la improbabilidad de estar demasiado bien construidas:

-Fue en vísperas de la guerra, de la segunda, que logramos atrapar este libro. O él estaba destinado a atraparme a mí. Viaje era feroz y fue escrito para mostrarme y confirmar la ferocidad del mundo. Puede ser que se trate de una gran mentira, armada con talento. La gente no es egoísta ni miserable, no envejece, no se muere de golpe ni aullando, no engendra hijos que padezcan lo mismo. Los objetos, los amores, los días, los simples entusiasmos, no están destinados a la mugre. Céline miente, entonces; vivió en el paraíso y fue incapaz de comprenderlo. Pero existe algo llamado literatura, un oficio, una manía, un arte. Y Viaje es, en este terreno, una de las mejores cosas hechas en este siglo.

Aquel Robinson le sacó horas al trabajo, al sueño, a la comida y al amor. Tradujo Viaje y recorrió editoriales ofreciendo gratuitamente lo que él creía una admirable versión del argot al semi lunfardo. Siempre le dijeron que no. El libro, el resultado, era impublicable por razones de moral. A pesar de que los porteños no contaban aun con un cretino siquiera comparable al Fiscal de la Riestra, del que gozan hoy con toda justicia.

Acaso la traducción de Robinson fuera mala, simplemente, y las excusas de los editores no pasaran de eso. Robinson terminó por resignarse y es posible que hoy se dedique a escribir novelitas inspiradas en Céline. A fin de cuentas se encuentra bien acompañado. Algo semejante le ocurrió con J.P.Sartre (lo confiesa) y con sus epígonos de la literatura o charla existencial. Se les ve Viaje a través de la ropa, a través de los simulacros de violencia y cinismo.

Como el Buen Dios cree que los zapateros deben dedicarse a los zapatos, nos ha prohibido y preservado de la crítica literaria. Se trata, pues, de divagar un poco con motivo de la segunda –tercera- edición en español que conocemos de Viaje al fin de la noche. Acaba de publicarla la Fabril Editora y la firma Armando Bazán. Es indudable que Bazán conoce más francés y español que el pobre Robinson. Pero prefirió -¿por qué?- olvidarse, apartar, amansar, adecentar, licuar a Luis Ferdinando Céline. Cualquier burgués progresista, cualquier buen padre de familia –de los que tienen amplitud de criterio, claro- puede comprar este Céline-Bazán, leerlo y darle permiso a su señora esposa para que lo haga. Pero el pobrecito Robinson ha de estar calculando cuánto tiene que ver el sucio perro rabioso llamado Destouches con este bien criado pomerania que ya ha comenzado a agotarse. En las librerías, claro.

¿Por qué –otra vez- Viaje fue traducido a un correcto español (habíamos escrito gallego pero nos convencieron de que más vale no) en lugar de preferir el rioplatense, en lugar de preferir la grosería y el desaliño de un Roberto Arlt, por ejemplo? Y, se comprende, no estamos hablando de realismo sino de la verdad, cosa por entero distinta.

El cada vez más humilde Robinson objetaría –no tiene talento pero sí memoria- que el miserable doctor Destouches rehizo nocturnamente su obra una exacta docena de veces antes de jugar a la lotería de enviarla a los editores.

Han pasado muchos años desde la primera edición de Viaje. Parece absurdo comentar o decir la novela. Y el único motivo de estas líneas es que Ángel Rama nos pidió una ayuda para las páginas literarias de Marcha y se la estamos dando con analfabetismo y buena voluntad. Ya se ha dicho que esto no pasa de una nota periodística. Como se trata de distraer al lector, agregaremos algunas precisiones o leyendas. Tanto da.

- Cuando el doctor Destouches –que deseaba y logró romperle el espinazo a la sintaxis francesa- se sintió satisfecho o harto de su docena de versiones, repartió por correo varias copias entre las editoriales. Esto ya se dijo. Pero el medicucho olvidó agregar nombre y dirección. El único editor que comprendió su grandeza sólo pudo ubicarlo gracias a que entre las hojas del mamotreto se había deslizado una cuenta de lavandera.

- Céline, hombre de un solo libro, a pesar del resto, hombre de un solo tema (Destouches), escribió varias tonterías. Entre ellas, un panfleto antisemita (editado por Sur) que lo obligó a disparar de Francia cuando la caída del nazismo. Consiguió asilo en casa de un admirador (Copenhague). Pero impuso una condición: viviría en la casilla del perro. Sus biógrafos no dicen una sola palabra respecto al desalojado.

- El mencionado panfleto había despertado la simpatía de Otto Abetz, embajador de Alemania en Francia. Y al defenderse de la acusación de nazismo, Céline se presentó al tribunal de depuración diciendo por escrito y con escándalo: «¿Yo antisemita? Abetz me ofreció encargarme del problema judío en Francia y no acepté. Si hubiera dicho que sí, a esta hora no quedaría un solo judío vivo en Francia».

Y algo para terminar. Céline eligió la ferocidad, la mugre y el regusto por la bazofia con singular entusiasmo. Sin embargo un artista se parece a una mujer porque tarde o temprano acaba por aceptar fisuras y confesarse. En este caso hablamos del amor y la ternura. Hay que copiar la despedida entre Ferdinando y Molly, la prostituta que lo mantenía en los Estados:

“El tren entraba en la estación. Yo no me sentí muy contento con mi nueva aventura cuando vi la locomotora. Molly estaba allí, mirándome. Yo la besé con todo el valor que aún me quedaba en el esqueleto. Tenía pena, pena verdadera, por una sola vez, por todo el mundo, por mí, por ella, por todos los hombres. Y esto es, quizá, lo que se busca a través de la vida; nada más que esto: el más grande sufrimiento posible a fin de llegar a ser uno mismo antes de morir.

Muchos años han transcurrido ya desde el día de aquel viaje, años y años... Yo he escrito frecuentemente a Detroit y también a otros sitios, a todas las direcciones que yo podía recordar, a todos los lugares donde podían conocerla, o darme razón de ella. Nunca recibí la anhelada respuesta.

En la actualidad aquella casa está clausurada. Es todo lo que he podido saber. ¡Nobilísima, encantadora Molly! Yo quiero que si ella puede leer alguna vez esto que escribo en un lugar cualquiera, desconocido para mí, sepa con toda evidencia que yo no he cambiado para ella; que la amo todavía y para siempre, a mi manera; que ella puede venir hacia mí cuando quiera a participar de mi techo y de mi furtivo destino. Si ella no es ya bonita, como era, pues bien: eso no tiene la menor importancia. Ya nos arreglaremos. Yo he podido guardar tanta belleza de ella en mí mismo, tan vívida, tan cálida, que tengo bastante para los dos y por lo menos para veinte años aún; el tiempo de acabar para siempre”.

Y, finalmente para tranquilidad del lector, la frase que cierra el libro luego de la muerte de Robinson, luego de tan prodigiosa acumulación de excrementos y retenidas lágrimas:

“Un remolcador silbó a lo lejos: su llamamiento atravesó el puente, la esclusa, un trecho más y el otro puente, lejos, más lejos. Llamaba a todas las barcas del río, llamaba a la ciudad entera, al cielo y al campo, nos llamaba a nosotros también, a todo lo que el Sena conducía, a todo... Y que no se diga más”.

Pero estábamos mintiendo. Falta una sola cosa, una adivinanza cuyo premio sólo puede encontrar en sí mismo el lector de Viaje al fin de la noche: ¿por qué el doctor Destouches eligió llamarse Louis Ferdinand Céline?







viernes, julio 20, 2007

«The Matrix, o las dos caras de la perversión», de Slavoj Žižek

Fragmento





Llegando al fin del mundo

Por supuesto, la idea de un héroe habitando un universo artificial completamente manipulado y controlado no es, ni mucho menos, original: The Matrix se limita a radicalizar el tema introduciendo la realidad virtual. En este aspecto, la clave está en la ambigua relación de la realidad virtual con el problema de la iconoclastia. Por un lado, la realidad virtual constituye la reducción radical de nuestra experiencia sensorial en toda su riqueza, ni siquiera a palabras, sino a la mínima serie digital del 0 y el 1 que permite o bloquea la transmisión de la señal eléctrica. Por otra parte, este mismo artefacto digital genera una experiencia «simulada» de realidad que llega a confundirse completamente con la «auténtica» realidad. Esto pone en tela de juicio el concepto mismo de «auténtica» realidad. Como consecuencia, la realidad virtual es, al mismo tiempo, la reafirmación más radical del poder de seducción de las imágenes.

¿La más paranoica de las fantasías americanas no es que una persona que vive en una pequeña e idílica localidad californiana, paraíso del consumismo, de repente empiece a sospechar que el mundo en que vive es un montaje, un espectáculo organizado para hacerle creer que vive en un mundo real, mientras, en realidad, todos los que le rodean no son sino actores y extras de un gigantesco espectáculo? El último ejemplo de esta fantasía es la película de Peter Weir The Truman show de (1998), con Jim Carrey en el papel del oficinista de provincias que gradualmente descubre que es el héroe de una serie de televisión que se transmite las 24 horas. Su ciudad está construida en un enorme estudio de televisión con cámaras que le siguen constantemente. La «esfera» de Sloterdijk aparece aquí literalmente bajo el aspecto de la gigantesca esfera metálica que envuelve y aísla la ciudad entera. La escena final de The Truman show podría interpretarse como una representación de la experiencia liberadora de rasgar el tejido ideológico de un universo cerrado y la apertura al exterior, antes invisible desde el interior ideológico. Sin embargo, ¿no es posible que el desenlace «feliz» de la película (no olvidemos que millones de espectadores de todo el mundo aplauden los momentos finales del show), con la liberación del héroe y, según se lleva al espectador a pensar, su reencuentro con su verdadero amor (¡repitiendo la fórmula de la producción de la pareja!) ideología en su más puro estado? ¿No es posible que la ideología se encuentre en la creencia misma de que más allá de los límites del universo finito existe una «auténtica realidad» en la que hay que adentrarse?

Entre los predecesores de esta idea cabe mencionar a Phillip Dick, con su Time Out of Joint (1959), en la que el héroe vive una modesta vida en una idílica ciudad californiana a finales de los 50 para ir descubriendo que la ciudad es un montaje llevado a cabo para mantenerlo satisfecho... La experiencia que subyace a Time Out of Joint y The Truman show es que el paraíso californiano consumista del capitalismo tardío en su propia hiperrealidad (en cierto modo tan irreal) está carente de sustancia, desprovisto de inercia material. Es decir, no se trata sólo de que Hollywood recree la apariencia de una vida real, carente del peso y la inercia de lo material: en la sociedad del capitalismo tardío, una «vida social real» adquiere en sí misma características de una farsa, con nuestros vecinos comportándose en la vida «real» como actores y figurinistas. La verdad final del universo capitalista utilitario y desespiritualizado es la desmaterialización de la propia «vida real», su transformación en un espectáculo espectral.

Dentro del campo de la ciencia ficción, es preciso mencionar también el Starship de Brian Aldiss, en el que dentro de una nave espacial gigante miembros de una tribu viven en un mundo cerrado en un túnel. Este túnel está aislado del resto de la nave por abundante vegetación y la tribu permanece ignorante de la existencia de un universo más allá de los límites del túnel; finalmente, unos niños cruzan los arbustos y llegan al mundo exterior, poblado por otras tribus. Entre otros precursores, quizás con un enfoque más ingenuo cabe mencionar la película de George Seaton, 36 Horas, rodada a principios de los sesenta y que narra la historia de un oficial del ejército americano (interpretado por James Garner). El oficial, que conoce los planes del Día D para invasión de Normandía, es apresado accidentalmente por los alemanes unos días antes de que se lleve a cabo la operación. Los alemanes, aprovechando que Garner está inconsciente desde su apresamiento a causa de una explosión, construyen rápidamente una réplica de un pequeño hospital americano, y tratan de convencerlo de que ahora vive en 1950, que Estados Unidos ganó la guerra y que ha perdido la memoria durante los últimos seis años. Todo ello con la intención de que él les revele los planes de invasión con el fin de prepararse. Por supuesto pronto aparecen grietas en el mundo tan cuidadosamente construido… (¿Lenin mismo no pasó los dos últimos años de su vida en un entorno controlado bastante parecido para el que, como ahora sabemos, Stalin mandaba imprimir una edición especial de Pravda censurando todas las noticias referentes a las luchas políticas y con la justificación de que el camarada Lenin deba descansar y no se debía perturbar su paz con provocaciones innecesarias?).

La idea latente en estas cuestiones, es, por supuesto, la noción premoderna de «haber alcanzado el fin del universo»: en aquellos conocidos grabados, los sorprendidos viajeros se acercan a la pantalla/telón del cielo -una superficie plana con estrellas pintadas encima- la agujerean y van más allá: exactamente lo mismo que ocurría al final de The Truman show. No es sorprendente que la última escena de la película, cuando Truman asciende por las escaleras pegadas a la pared en la que está pintado el horizonte sobre «cielo azul» y abre la puerta tenga un toque definitivamente Magritte: ¿no estará volviendo esta sensibilidad con nuevas ínfulas? ¿No indican obras como el Parsifal de Syberberg, en la que el horizonte infinito también está bloqueado por las proyecciones (claramente falsas) del fondo, que la era de la perspectiva infinita cartesiana está llegando a su fin y que hemos de volver a una especie de perspectiva medieval renovada del universo? Con gran perspicacia Fred Jameson también señala fenómenos parecidos en algunas de las novelas de Raymond Chandler y en películas de Hitchcock. Por ejemplo, la costa del Pacífico en Farewell, My Lovely funciona como una especie de «final/límite del mundo» más allá del cual yace un abismo desconocido; una función similar tiene el vasto valle que se extiende ante nosotros frente a los bustos del Monte Rushmore en la escena en que Eva-Marie Saint y Cary Grant, huyendo de sus perseguidores, alcanzan la cima del monumento: el valle al que Eva-Marie Saint hubiera caído si Cary Grant no llega a tirar de ella. Resulta tentador hablar también la famosa escena de batalla en un puente en la frontera entre Vietnam y Camboya en Apocalypse Now, en la que el espacio más allá del puente se siente como algo «más allá del universo conocido». Y tampoco podemos olvidarnos de una de las ideas predominantes entre las fantasías pseudocientíficas nazis. Según estas fantasías nuestra Tierra no es un planeta flotando en el espacio infinito, sino una abertura circular, un agujero, dentro de una masa compacta de hielo eterno, en cuyo centro está el sol. Según algunos informes, los nazis estaban incluso considerando la posibilidad de instalar telescopios en las islas Sylt para observar América.



El «Verdadero» Gran Otro

Entonces, ¿qué es Matrix? Simplemente el «gran otro» lacaniano, el orden simbólico virtual, la red que estructura nuestra realidad. Esta dimensión del «gran Otro» es la de la alienación constitutiva del sujeto dentro del orden simbólico: el «gran Otro» tira de los hilos, mientras que el sujeto es una expresión del orden simbólico. En pocas palabras, este «gran Otro» es el nombre para designar la Sustancia social, para todo aquello por lo que el sujeto nunca está plenamente en control de las consecuencias de sus actos, es decir, por lo que, en última instancia, el resultado de su actividad siempre es algo diferente de lo que había perseguido o anticipado. Sin embargo, llegados a este punto, es esencial recordar las dificultades con que se topa Lacan en los capítulos clave de su seminario XI para delinear el proceso que sigue a la alienación y que constituye, de alguna manera, su contrapunto: la «separación». La alienación DENTRO del gran Otro va seguida de la separación DEL gran Otro. La separación tiene lugar cuando el sujeto se da cuenta de que el gran otro es en sí mismo carente de sustancia, puramente virtual, excluido, privado de la Cosa - y la fantasía intenta llenar estas carencias del Otro y no las del sujeto. Es decir, intenta (re)constituir la sustancia del gran Otro. Por ello, la fantasía y la paranoia están indisolublemente unidos, la paranoia es, a un nivel elemental, la creencia en un «Otro del Otro», un Otro más que, escondido tras el Otro del tejido social explícito, programa los efectos (que a nosotros nos parecen) imprevisibles de la vida social y, de este modo, garantiza su consistencia. Bajo el caos del mercado, la degradación de la moral, etc… yace la estrategia meditada de la trama judía… Esta visión paranoica se ha visto impulsada por la digitalización de nuestra vida cotidiana en la actualidad: a medida que nuestra existencia social al completo se exterioriza y materializa en el gran Otro que es la red informática, es fácil imaginar a un malvado programador borrando nuestra identidad digital, privándonos así de nuestra existencia social, convirtiéndonos en antipersonas.

Siguiendo en la misma onda paranoica, la tesis que se expresa en The Matrix es que ese gran Otro se exterioriza en un ente que existe en la realidad: el megaordenador. Hay -TIENE que haber- una Matrix porque «las cosas no van bien, se pierden oportunidades, continuamente hay algo que falla», es decir, la idea detrás de la película es que existe un ente llamado Matrix que confunde la «verdadera» realidad que se esconde detrás de todo. Como consecuencia, el problema de la película es que no lleva su «locura» lo suficientemente lejos, al presuponer que existe una «realidad» auténtica más allá de nuestra realidad cotidiana que depende de Matrix. En todo caso, y para evitar un terrible malentendido, hemos de precisar que la idea contraria, es decir, que «todo lo que existe está generado por Matrix», que NO hay una realidad última, sino sólo una serie infinita de realidades virtuales que se reflejan unas en otras, no es menos ideológica. [En las secuelas de The Matrix probablemente descubriremos que el propio «desierto de lo real» está generado por (otra) Matrix.] Mucho más subversiva que esta multiplicación de universos virtuales hubiera sido la multiplicación de las realidades mismas -algo que reprodujese el paradójico peligro que algunos físicos advierten que entrañan los experimentos sobre alta aceleración que se han llevado a cabo recientemente. Es bien sabido que los científicos están tratando de construir un acelerador capaz de conseguir que los núcleos de átomos muy pesados colisionen casi a la velocidad de la luz. La idea es que esta colisión no sólo divida violentamente el núcleo en los protones y neutrones que lo constituyen, sino que también los pulverice dejando tras de sí un «plasma», una especie de sopa energética constituida por partículas quark y gluon sueltas. Estas partículas, ladrillos a partir de los cuales se construye la realidad, nunca se habían estudiado en ese estado, ya que sólo se ha dado una vez, muy brevemente, después del Big Bang. En todo caso, esta posibilidad ha dado pie a un escenario de pesadilla: ¿qué pasaría si el éxito de este experimento produjese una máquina diabólica, una especie de monstruo que devore el mundo con la necesidad inexorable de aniquilar la materia ordinaria que la rodea acabando así con el mundo tal y como lo conocemos? La ironía sería que este fin del mundo, esta desintegración del universo serían la prueba final e irrefutable de que la teoría que se está poniendo a prueba es cierta, ya que absorbería toda la materia a un agujero negro y generaría un nuevo universo, es decir recrearía perfectamente el escenario del Big Bang.

La paradoja es, por lo tanto, que las dos versiones: (1) un sujeto que flota libremente de una realidad virtual a otra como un fantasma, consciente de que todas son falsas y (2) la suposición paranoica de que hay una realidad más allá de Matrix son falsas. Ninguna de las dos versiones capta lo Real. La película no se equivoca al insistir en que hay una realidad tras la simulación de Realidad Virtual; Como le dice Morfeo a Neo cuando le enseña las ruinas del paisaje de Chicago: «Bienvenido al desierto de lo real». Sin embargo, lo real no es la «verdadera realidad» tras la simulación virtual, sino el vacío que hace que la realidad sea incompleta/incoherente, y la función de cada Matrix simbólica es disimular esta incoherencia. Una de las maneras de ocultarla es, precisamente, declarar que detrás de la realidad incompleta e incoherente que conocemos hay otra realidad que no está estructurada alrededor del callejón sin salida de la imposibilidad




2000


















jueves, julio 19, 2007

"Mi padre peinaba a lo Gardel", de Ramón Díaz Eterovic





1

Hay cosas que nunca dije a mi padre y por eso, o porque su ausencia sigue siendo el atisbo de lo inesperado, cada vez que pienso en él vuelvo a una infancia de vientos interminables, y me veo caminando de su mano por las calles enlodadas de un pueblo que ahora reconstruyo en postales de otras épocas o en sus cartas donde preguntaba acerca de mi salud y los estudios; sus palabras para un adiós que siempre creí transitorio, los besos en nombre de mi madre, su modo de entender la vida con el tierno rigor de los hombres. Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de quehaceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, como alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas teníamos una noción borrosa, esbozada en las anécdotas que recreaba de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distanciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café.


2

Una de esas noches en que esperábamos su retorno a casa, oímos el rasgueo vigoroso de sus zapatos encima del felpudo colocado junto a la puerta de la cocina. Mi madre dejó de tejer el chaleco que luciría mi hermana mayor en su cumpleaños y se preparó para el reencuentro, como hacía cada quince días desde que mi padre trabajaba en el campamento petrolífero Punta Delgada, frente al tramo más angosto del Estrecho de Magallanes. Lo vimos entrar lentamente, reconociendo los espacios de aquella habitación que le era familiar y distante al mismo tiempo. Dio tres pasos y nos sonrió, al tiempo que dejaba en el piso el pilchero blanco donde traía su ropa, el hisopo y sus hojas de afeitar, y a veces alguna sorpresa, como los huevos de ñandú que recogía, cuando en su tiempo libre salía a caminar por los alrededores del campamento, rodeado de un horizonte infinito de coirones.

Mi madre se acercó a saludarlo y yo la imité. Besé una de sus mejillas y sentí el roce áspero de su barba cerrada y su aliento impregnado de un aroma a cigarrillos y café.
-¿Cómo estás? - preguntó después de acariciar mi cabeza con la mano que tenía la uña del dedo índice partida, producto de un erróneo hachazo en la época que trabajaba en el aserradero de los hermanos Müller, dos alemanes que le pagaban cuatro chauchas y un saco de leña trozada al día. Esa uña rota que me gustaba atrapar en mi mano cuando caminaba a su lado, rumbo a las carreras de caballos de los domingos o a los rotativos del cine Politeama, donde veíamos un continuado de tres películas bélicas o de vaqueros.

Le respondí con un gesto, siguiendo la costumbre familiar de comunicarnos sin palabras. El sonrió levemente y se despojó del chaquetón de paño azul y de la bufanda de lana que mi madre le había regalado en la última Navidad.

-¿Quieres comer? - preguntó ella, al tiempo que ponía la tetera sobre la estufa de fierro negro que contribuía a llenar el amplio espacio de la cocina familiar, junto a la mesa cubierta con un hule floreado, el cajón de la leña y los víveres, un aparador de vidrios empavonados y el sofá en el que él solía dormitar mientras mi madre oía los radioteatros de Arturo Moya Grau o Luchita Botto.
-Con bollos y café, basta - contestó; y luego, mientras mi madre llenaba su tazón de café, agregó - Me vio el médico del campamento. Dice que necesito un tratamiento y que vaya pensando en jubilar.
-Debieras hacerle caso - comentó ella, categórica.
-Aún quedan algunas cosas por hacer - dijo él, al tiempo que partía un bollo de pan.
Lo miré y supe que por esa noche no hablaría más del tema.
-¿Cómo van los estudios?- preguntó, mirándome-. Supongo que dedicas más tiempo a los textos del liceo, y no tanto a las novelas.
-Estoy preparando la prueba de aptitud académica- respondí, cerrando suavemente el libro con cuentos de Coloane que estaba leyendo-. El profesor dice que tengo posibilidades de entrar a la universidad.
-La universidad son palabras mayores. Hablé con el administrador del campamento y el hombre dijo que podía conseguirte un puesto en la empresa. De torrero o para llevar contabilidades.
-No había pensado en eso - dije con un desgano que el apreció de inmediato.
-¿Prefieres estudiar?
-Quiero ser escritor.
-Necesitas aprender algo útil. Primero un título y después puedes escribir lo que desees. Médico, abogado, profesor. Tu madre siempre dice que yo podría haber sido un buen abogado. Debe ser por lo porfiado, o por que soy bueno para defender causas perdidas.
-Me publicaron un cuento en el liceo. El mismo que obtuvo un premio el semestre pasado- agregué, deseoso de contar algo que me llenaba de orgullo desde que había visto mi nombre impreso en la revista que cada tres meses editaban en el liceo.
... Mi padre me observó extrañado, como si hubiera descubierto en mi rostro un rasgo en el que antes no había reparado. No esperé que dijera nada. Me puse de pie y corrí hasta mi pieza a buscar la revista. Cuando volví y la puse a su alcance, la miró y optó por beber un sorbo de café antes de buscar las páginas donde estaba mi cuento.
-Tienes que estudiar -dijo, y se quedó en silencio, mirando un rincón de la cocina, donde una mancha de humedad comenzaba a crecer. Esperé su comentario, pero no dijo nada. Cuando terminó de comer se fue al dormitorio. Lo seguí pero no me atreví a preguntarle que opinaba de la publicación. Desde la puerta del dormitorio lo vi tenderse sobre la cama, encender un cigarrillo y poner entre sus manos la revista.
-Buenas noches- dijo al verme de pie junto a la puerta.


3

Por la mañana desperté al escuchar la voz de mi padre. Un sol tímido alumbraba las paredes de la pieza y en las ventanas vi las figuras que la escarcha había dibujado sobre los vidrios. Una de mis entretenciones favoritas en las tardes de invierno era escribir palabras sobre el vaho depositado en los vidrios. Letras grandes que recuperaban la limpieza de los cristales y a través de las cuales observaba la calle, las casas de los vecinos, el ir y venir de la gente. Las palabras permitían conocer la vida, y eso, sin saberlo, era el origen de los cuentos que escribía en un cuaderno de tapas negras.

-Quiero que me acompañes - dijo y salió de la pieza, sin esperar mi respuesta.

Me vestí protestando por el frío. Cuando llegué a la cocina, sobre la estufa se tostaban algunas rebanadas de pan y de la cafetera salía un fuerte aroma a higo tostado y café. Desayunamos en silencio y al salir de la casa me explicó que debía dejar un encargo hecho por un compañero de trabajo. Un bulto pequeño, envuelto en papel azul, que mi padre acomodó en su brazo izquierdo, antes de ponerse a caminar con trancos rápidos. Media hora más tarde habíamos cumplido el encargo. Mi padre entregó el paquete a la esposa de su compañero de trabajo, aceptó la copa de grapa que la mujer le ofreció y enseguida nos despedimos para volver a la calle, a esa caminata que intuí debía tener otro sentido.

A poco andar nos detuvimos en el mirador del Cerro de la Cruz, desde el cual se apreciaba la ciudad, con sus casas de techos rojos y la perfecta simetría de sus calles que bajaban del cerro hacía el mar.

-Cuando llegué de Chiloé, la ciudad era más pequeña- dijo-. En la bahía recalaban vapores que traían mercaderías europeas y se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puerto a ver como trabajaban los estibadores. Los nombres y banderas de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, como del que llegó tu abuelo materno desde Croacia con la esperanza de hacerse la América con el mentado oro de la Isla Tierra del Fuego. Pero tu abuelo era hombre de trabajo, no de aventuras. Un viejo alegre, al que le gustaba cantar y tener una jarra de vino sobre la mesa. Claro que le costó aceptar que una de sus hijas se casara con un chilote pobre. Me prohibió ver a tu madre y no nos quedó otra alternativa que fugarnos, conseguir un cura madrugador y vivir en una pensión hasta que logramos armar nuestra propia casa. La vida tiene tantas vueltas, hijo. Cuando miro hacia el mar recuerdo las muchas veces que quise viajar. Pero una cosa son los sueños y otra, la vida. Y como no a todos les toca las mejores cartas de la baraja, hay que apechugar como sea para ganar el pan.

Guardé silencio y lo observé mientras encendía un cigarrillo sin filtro. Luego sacó de su chaquetón un sobre arrugado y me lo pasó. Al abrirlo descubrí que contenía un añoso libro de Jack London.

-Me lo dio el profesor el día que dejé de estudiar para ir a trabajar a la estancia San Gregorio, donde necesitaban peones de esquila. Lo he leído tantas veces que podría recitar de memoria algunos de los cuentos.

Quise decir algo, pero un gesto de mi padre, ordenándome reanudar la marcha, interrumpió mis deseos. Mientras seguía sus pasos revisé el libro. Sus páginas amarillentas estaban cubiertas de manchas y quemaduras de cigarrillos. Distraído en esa inspección, no me di cuenta que nos deteníamos frente a la vitrina de una tienda.

-Leí tu cuento- dijo mi padre.

Sorprendido, traté de balbucear una pregunta, pero mi padre se adelantó.

-¿Qué tal esa máquina de cubierta verde? -preguntó, indicando la vitrina en la que se amontonaban una docena de máquinas de escribir de distintos tamaños, formas y colores-. ¿Qué dices? A mi me parece buena.


4

La máquina de escribir me acompañó en mi primer viaje de Punta Arenas a Santiago. En ella escribí nuevos cuentos, algunos poemas nostálgicos y las cartas que cada quince días le enviaba a mi padre, contándole de mis estudios en la universidad. La máquina tenía unas letras pequeñas y para obtener una buena impresión había que golpear con fuerza sus teclas, lo que más de una noche provocó los gritos de la dueña de la pensión que, incapaz de entender mis afanes literarios, exigía silencio para la tranquilidad de sus enflaquecidos huéspedes provincianos.

En esos días, y parafraseando a un escritor que por entonces leía con entusiasmo, Santiago era una fiesta para mi curiosidad y deseo de vivir experiencias nuevas. Terminadas las clases en la facultad empleaba el tiempo libre en interminables caminatas en las que iba conociendo todo un mundo nuevo de lugares, colores, aromas y gente. Por las noches escribía de aquellas cosas que había conocido y al golpetear las teclas de la máquina, recordaba la mañana en que la habíamos adquirido con unos billetes relucientes que mi padre sacó de su billetera; la misma que después volvió a emplear para pagar las dos primeras copas de vino que bebimos juntos, en un bar próximo al puerto, a solas, frente a frente, como dos hombres que conversan de cosas importantes.

Años después comprendí que aquellas cosas importantes, eran esas historias que nos unían, como las veces en que iba al Estadio Fiscal a verme jugar por el equipo de fútbol del barrio, las empanadas que horneaba para la familia cuando estaba en casa, el frasquito de aguardiente que me dio a beber la mañana que fuimos al dentista para que me extrajeran un diente, nuestras discrepancias sobre las bondades del Ballet Azul, las partidas de Truco que nunca conseguí ganarle, su manera de decirme aquella mañana en el bar que, a pesar de sus dolencias y cansancio, seguiría trabajando hasta que yo terminara mis estudios.


5

Una noche soñé con él y al día siguiente recibí un telegrama de mi madre. En el sueño caminábamos por el campo recogiendo calafates y frutillas silvestres. Sonreíamos sin hablar. El llevaba la boina negra que lo protegía del frío y ocultaba la calvicie que ya no le permitía lucir la peinada a lo Gardel con la que aparecía en fotos de su juventud. El telegrama hablaba de su enfermedad e instintivamente recurrí a la máquina y escribí una carta que nunca envié. Al día siguiente, otro telegrama anunciaba su viaje a Santiago, y al recibirlo en el aeropuerto, supe que sólo había querido volver a abrazarme, y el resto, las esperanzas de los médicos, eran para él una apuesta tardía. Durante un mes lo visité a diario al hospital. Estaba cada vez más delgado y al verlo sonreír, tenía la impresión que lo hacía mirando hacia su pasado, a momentos felices como el día en que nació su único hijo varón.

En una de las visitas me pidió que lo abrazara. Sentí la debilidad de su cuerpo entre mis brazos, y le dije que lo quería. Se aferró a mí, como yo lo hacía a él, cuando era niño y despertaba asustado entre la oscuridad de mi pieza. Fue como volver al origen. Al primer encuentro de nuestros cuerpos. A mi fragilidad entre sus brazos y a mi asombro que buscaba en él una respuesta certera para todo lo que venía.


6

A menudo converso con mi padre o imagino que le escribo cartas. Le hablo de aquellas historias que publico y que él ya no puede leer. Me riñe por el tiempo que pierdo en ellas y cuando me pregunta por mi fortuna en el hipódromo, le respondo que siempre tengo algunos datos certeros. Sonríe cuando le digo que gracias a él y a mi madre, la baraja para jugar la vida suele darme cartas buenas, y que siempre recuerdo aquellas mañanas en las que él marchaba a su trabajo, y yo, después de su beso de despedida quedaba viéndolo a través de la ventana, mientras se alejaba con su boina ladeada y el pilchero de lona sobre su hombro izquierdo. Sus pasos dejaban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios yo comenzaba a escribir de aquellas cosas que nunca le dije.






en “Honrarás a tu padre”, 1998







miércoles, julio 18, 2007

"Oda al ruiseñor", de John Keats









I

Mi corazón pena, y un sopor doloroso nubla
mis sentidos, como si hubiera bebido la cicuta
o vaciado hasta al fondo un opio lento
hace un minuto, y hacia el Leteo yo me hundiera;
no por envidia de tu feliz estado
sino por ser feliz en tu felicidad,
cuando tú, leve alada Dríade del bosque,
en un sector melodioso
de hayas verdes y sombras incontables
cantas del verano con garganta plena desatada.



II

¡Oh! ¡Por un trago de vino conservado
largamente en lo profundo de la tierra,
con sabor de Flora y verde campo,
de baile y canción provenzal y dorada risa!
¡Oh! Por una copa plena del tibio sur,
plena de la fiel Hipocrene pudorosa,
con breves burbujas borbotando sobre el borde,
y púrpura la boca;
que pudiera beber, y dejar el mundo sin ser visto,
y contigo perderme en el bosque opaco:



III

Perdeme lejos, disolverme y olvidar casi
lo que tú entre las hojas nunca conociste:
la fatiga, la fiebre y la ansiedad
de aquí, donde los hombres se cuentan sus lamentos,
donde el temblor agita unos tristes y últimos cabellos blancos,
donde el joven se vuelve flaco, espectral, y muere:
donde pensar es rebosar de angustias y tristezas
de párpados de plomo,
donde la belleza no puede mantener sus ojos
encendidos ni el nuevo Amor desearlos más de un día.



IV

¡Lejos, lejos! Pues volaré hasta ti,
no en el carro de Baco tirado por leopardos,
sino en las alas invisibles de la Poesía,
aunque lenta la mente se anonade y se demore:
¡Al fin contigo! Tierna es la noche
y la Reina Luna acaso está en su trono
rodeada por multitudes de hadas luminosas;
Pero aquí no hay luz,
salvo la que viene del cielo soplada por las brisas
a través de la penumbra verde y los sinuosos y húmedos caminos.



V

No distingo qué flores tengo abajo, a mis pies,
ni el perfume suave que cuelga entre las ramas,
pero en la quieta oscuridad adivino cada aroma
con que el mes propicio dota al pasto,
los matorrales, el silvestre árbol frutal;
el espino blanco y la pastoral eglantina;
las violetas breves sepultadas por las hojas;
y la primera de las hijas de Mayo,
la reciente rosa empapada de rociado vino,
refugio inquieto de las moscas en las noches de verano.



VI

En la sombra escucho; y habiendo estado largo tiempo
enamorado a medias de la relajante muerte, habiéndola
invocado con suaves nombres en versos meditados
para que elevara al aire mi aliento silencioso,
¡ahora, más que nunca, me parece próspero morir,
cesar en la medianoche sin dolor
mientras tú derramas tu alma hacia fuera
en este éxtasis!
Tu aún seguirías cantando, pero mi oreja sería inútil,
convertido yo en tierra para tu alto requiem.



VII

No naciste para la muerte, pájaro inmortal.
No hubo hambrienta generación que te aplastara;
La voz que escucho en esta noche fugitiva
fue escuchada antiguamente por emperador y campesino:
Tal vez la misma canción que se abrió paso
en el triste corazón de Ruth, cuando nostálgica
lloraba en medio del trigo extranjero;
la misma que muchas veces encantó
los mágicos postigos que se abren sobre la espuma
de mares peligrosos, en fantásticas tierras, derruidos.



VIII

¡Derruidos! ¡El término es como una campana
que tañe para alejarme de ti a mi solitario yo!
¡Adiós! La fantasía, duende engañoso, no puede
engañar tan bien como asegura su fama.
¡Adiós! ¡Adiós! Tu triste elegía se pierde
pasando los prados, sobre las aguas tranquilas,
arriba en el monte, y ahora se hunde hondo
en el espacio del próximo valle:
¿Fue una visión o fue un sueño en mi vigilia?
Acabada está esa música: ¿desperté o me he dormido?



Traducción de espectro de brocken.

martes, julio 17, 2007

“Un filme existe antes de ser hecho”. Entrevista a David Lynch

Daniela Creamer
Venecia, septiembre 2006





¿Puede aclarar la historia indescifrable –de Inland Empire-?
Para mí está clarísima, pero la interpretación es subjetiva. Hágale caso a su propia intuición. Es ése precisamente el aspecto fascinante del séptimo arte: el poder descubrir, cada vez que se encienden las luces y se alza el telón, algo sorprendente.

Las atmósferas oscuras están muy logradas gracias al vídeo digital. ¿Qué le llevó a decidirse por este formato?
El celuloide es bellísimo, pero lento, pues no te consiente cambiar de idea velozmente. El formato digital, en cambio, te permite hacer maravillas. Es un sueño hecho realidad. Es más flexible y ligero y no se deteriora con el tiempo, a diferencia de la película. Seguro que no volveré al celuloide. En cuanto a la fotografía, la he querido granulada intencionadamente, ya que cuando la imagen da esa sensación de pobreza, tienes muchas más razones para soñar.

La ciudad de Los Ángeles, una vez más, es el trasfondo de la historia.
Es una ciudad que amo. Soy de Filadelfia y allí está oscuro hasta en el verano. Sin embargo, Los Ángeles impresiona. Allí, hasta cuando es casi medianoche, el cielo está luminoso, con una claridad incomparable, de extraordinaria pureza. Y en el aire se percibe el olor de gelsomino, un perfume que evoca el pasado, las viejas películas y la gloria de ciertas obras filmadas en blanco y negro.

La película parece un experimento, rodado sin la presencia de un guión definitivo. ¿Cómo pudo tener bajo control esta cadena interminable de historias y sueños, uno dentro de otro?
Fue una experiencia única que duró dos años y medio. Todo fluyó desde que escribí la primera escena; ésta me llevó a otra y luego a otra. Sólo bosquejeaba algunas páginas antes de cada jornada de rodaje. Cada día era una sorpresa el curso que tomaban la historia y los personajes. Por eso necesitaba actores tan sensibles como Laura Dern, que pudieran seguirme en este complejo proceso creativo. Tengo siempre la impresión de que un filme existe antes de ser hecho. Sólo debemos juntar las piezas, los rostros, las palabras, los sonidos. Es un proceso mágico. Y así también sucede en la realidad. Aunque, para mí la comprensión es una abstracción que proviene de la intuición.

¿Y qué es para usted la intuición?
Es la integración del intelecto y la emoción, del pensamiento y los sentimientos. Cuando estas dos facultades se fusionan, llegamos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible.

Existen rumores sobre un posible corte del metraje para poder comercializar mejor la película. A fin de cuentas, 172 minutos es un poco excesivo y, probablemente, no convence del todo a los directivos de Studio Canal.
En lo absoluto. El filme es lo que es y ya. Recuerdo una vez que a Billy Wilder le quisieron imponer cortes en una de sus películas. Pasó varios días metido en el cuarto de montaje y cuando volvió a presentar la película, fue un éxito. Entonces los productores le felicitaron, y el respondió: "Mi único corte fue aumentarle 15 minutos". Y es que en el proceso creativo, lo correcto es lo que funciona bien para ti.

Usted es un artista polifacético. Ha probado con la pintura, la música, la fotografía y hasta con el diseño de muebles. ¿Por qué sigue prefiriendo el cine?
Porque el cine posee un lenguaje común a los seres humanos, un lenguaje que habla a nuestra intuición. Todos tenemos la capacidad de intuir las cosas que suceden a nuestro alrededor. Pero como no nos fiamos de ella, la escuchamos muy poco, desgraciadamente.

El cine tiende a documentar la realidad pero usted va en la dirección opuesta, retratando nuestros miedos, pesadillas y misterios. ¿Se siente comprendido?
Hoy, tanto el documental como la ficción que se inspira en la crónica gozan de un buen momento porque hay mucho que decir del presente. Pero no se puede pensar que éste sea el único modo de rodar un filme. Si lo haces, corres el riesgo de no osar más, de sentirte prisionero de un género, de vivir encerrado en un cofre sin las llaves del candado. Yo prefiero el abstracto. Afortunadamente, en el cine hay lugar para todos.

En Inland Empire aparecen elementos indescifrables, recurrentes en su filmografía, ¿tienen algún significado especial?
Decídalo usted misma. Cada uno debe tener su propia interpretación. Y es que ni yo mismo cuando filmo sé exactamente como voy a proseguir. Una vez en el plató, sé lo que estoy haciendo, al igual que los actores. Pero tengo la impresión de que la película me transporta a donde ella quiere ir, casi como si tuviese vida propia. Los elementos se repiten en mis películas, es cierto. Y mientras más hago, más familiares se vuelven. Y es que las películas son como los hijos, tienen cualidades similares para los padres, pero cada uno de ellos es un ser único.

La meditación trascendental es parte fundamental de su modus vivendi. ¿Desde hace cuanto la practica?
Desde hace 33 años. Al principio lo veía como una pérdida de tiempo, hasta que alcance el éxtasis. Fue como una total inmersión en mi propio interior, una caída libre dentro de un ascensor al que le cortan los cables de suspensión. Es una gran bendición, una experiencia que te lleva a ser mejor persona. Mi vida privada, la creatividad artística, la energía, todo ha mejorado en mí. Y fue precisamente de la meditación de donde surgió Inland Empire.








lunes, julio 16, 2007

«El jugador generoso», de Charles Baudelaire

Traducción de Aurora Bernárdez




A través del gentío de la avenida, ayer me sentí rozado por un Ser misterioso que siempre había deseado conocer y al que reconocí enseguida, si bien no lo había visto nunca. En relación a mí, seguramente había en él un deseo análogo, pues al pasar me guiñó el ojo significativamente por lo cual me apresuré a obedecerlo. Lo seguí atentamente y enseguida descendí detrás de él a una vivienda subterránea, resplandeciente, donde estallaba un lujo tal que ninguna de las habitaciones superiores de París podría ofrecer un ejemplo aproximado. Me pareció singular que yo hubiera podido pasar tan a menudo al lado de esa prestigiosa guarida sin adivinar la entrada; allí reinaba una atmósfera exquisita, aunque excitante, que hacía olvidar casi instantáneamente todos los horrores fastidiosos de la vida; allí se respiraba una oscura beatitud, análoga a la que debieron de experimentar los comedores de loto cuando, al desembarcar en una isla encantada, iluminada por resplandores de una tarde eterna, sintieron nacer en ellos, con los sonidos adormecedores de cascadas melodiosas, el deseo de volver ya nunca más a sus penates, a sus mujeres, a sus niños, de no volver a subir nunca más a las altas olas del mar.

Allí había rostros extraños de hombres y de mujeres marcados por una fatal belleza, que me parecía haber visto ya en épocas y países que me era imposible recordar exactamente, y que me inspiraban más bien una simpatía fraternal que ese temor que nace ordinariamente frente al aspecto de lo desconocido. Si quisiera tratar de definir de algún modo la expresión singular de sus miradas, diría que jamás he visto unos ojos que brillaran más enérgicamente de horror al aburrimiento y del deseo inmortal de sentirse vivos.

Al sentarme, mi huésped y yo ya éramos viejos y perfectos amigos. Comimos, bebimos con exceso toda clase de vinos extraordinarios, y cosa no menos extraordinaria, después de varias horas me parecía que yo no estaba más ebrio que él. Sin embargo, el juego, ese placer sobrehumano, había cortado en diversos intervalos nuestras frecuentes libaciones, y debo decir que nos habíamos jugado el alma, y de común acuerdo, yo la había perdido, con una despreocupación y una ligereza heroicas. El alma es una cosa impalpable, tan a menudo inútil y algunas veces tan molesta que en cuanto a esta pérdida, sólo sentí un poco menos de emoción que si en el curso de un paseo hubiera perdido mi tarjeta de visita.

Fumamos largamente algunos cigarros cuyo sabor y perfume incomparables daban al alma la nostalgia por el país y las dichas desconocidas, y embriagado por todas estas delicias, me atreví a exclamar, en un acceso de familiaridad que pareció no disgustarle, y apoderándome de una copa llena hasta el borde: «A su salud inmortal, viejo Satán».

También hablamos del universo, de su creación y su futura destrucción; de la gran idea del siglo, es decir, del progreso y de la perfectibilidad y, en general, de todas las formas de la infatuación humana. Sobre este tema, Su Alteza no paraba de hacer bromas ligeras e irrefutables, y se expresaba con una suavidad de dicción y una tranquilidad en la gracia que no había encontrado en ningún otro de los conversadores de la humanidad. Me explicó el absurdo de las diferentes filosofías que hasta ese momento habían tomado posesión del cerebro humano, y hasta se dignó a hacerme la confidencia de algunos principios fundamentales cuyos beneficios y propiedad no me conviene compartir con quien quiera que sea. Ella no se quejaba de ningún modo de la mala reputación de la que gozaba en todas partes del mundo, me aseguró que ella misma era la persona más interesada en la destrucción de la superstición y me confesó que en relación a su propio poder, había tenido miedo una sola vez; fue el día en que había oído a un predicador más sutil que sus colegas, exclamar desde un púlpito: «Hermanos míos, ¡no olvidéis nunca cuando oigáis alabar el progreso de las luces, que la mayor de las artimañas del diablo es persuadiros de que no existe!»

El recuerdo de este célebre orador nos condujo naturalmente hacia el tema de las academias, y mi extraño comensal me afirmó que en muchos casos él no desdeñaba inspirar la pluma, la palabra y la conciencia de los pedagogos y que casi siempre asistía en persona, aunque invisible, a todas las sesiones académicas.

Animado por tantas bondades, le pedí novedades de Dios y le pregunté si lo había visto recientemente. Me respondió con una despreocupación matizada con cierta tristeza:
— Cuando nos encontramos, nos saludamos como dos viejos gentileshombres en los cuales una cortesía innata no podría apagar completamente el recuerdo de viejos rencores.

Es dudoso que Su Alteza haya dado jamás una audiencia tan larga a un simple mortal, y yo temía abusar de ello. Finalmente, cuando el alba estremecida empezaba a aclarar las ventanas, el célebre personaje, cantado por tantos poetas y servido por tantos filósofos que trabajan en su gloria sin saberlo, me dijo que usted guarde de mí un buen recuerdo, y quiero probarle que yo, de quien se habla tan mal, algunas veces soy un buen diablo, para servirme de una de sus locuciones vulgares. A fin de compensar la pérdida irremediable que usted ha hecho de su alma, le doy la puesta que habría ganado si la suerte hubiera estado de su parte, es decir, la posibilidad de aliviar y vencer, durante toda su vida, esa extraña afección del Aburrimiento, que es la fuente de todas sus enfermedades y de todos sus miserables progresos. Nunca se creará en usted un deseo que yo no ayude a realizar; reinará sobre sus vulgares semejantes; estará abastecido de halagos y hasta de adoraciones; el dinero, el oro, los diamantes, los palacios fantásticos, vendrán a buscarlo y le pedirán que los acepte, sin que usted haya hecho algún esfuerzo para ganarlos; cambiará de patria y de región tan rápido como su fantasía se lo ordene; se embriagará de voluptuosidad, sin hastiarse, en países encantados donde siempre hace calor y donde las mujeres huelen tan bien como las flores, etc., etc. — agregó levantándose y despidiéndome con una buena sonrisa.

Si no hubiera sido por el temor de humillarme ante una reunión tan grande, habría caído de buena gana a los pies de ese jugador generoso para agradecerle su munificencia inaudita. Pero después que lo hube dejado, la incurable desconfianza volvió a entrar en mi pecho poco a poco; ya no me atrevía a creer en una felicidad tan prodigiosa, y al acostarme, diciendo aún la oración por un resto de costumbre imbécil, repetía en una duermevela: «¡Dios mío! ¡Señor, Dios mío! ¡Haz que el diablo mantenga su palabra!»




en El spleen de París, 1869 













domingo, julio 15, 2007

“Los patanes no se suicidan ni son alcohólicos”. Entrevista a Jorge Teillier, de Elga Pérez-Laborde





¿De qué tienes miedo?
Me asusta ver que la gente es tonta. Yo soy también bastante tonto. Tengo miedo a la crueldad. ¿Lees los diarios? Ayer leí con horror cómo un hombre fabricó las circunstancias para matar a un muchacho de diecisiete años por robarle un pan de mantequilla. Una especie de Marqués de Sade... ¿Has leído al Marqués? Uno está a merced de gente desatinada y uno mismo a su vez obra de verdugo ...

¿Te cuesta menos escribir que hablar?
Me cuesta mucho escribir, porque es un proceso de desdoblamiento... Tú dirás que nadie me obliga, pero me sentiría muerto si dejara de escribir, es como privarse de los sueños... El psiquiatra te los quita.

¿Qué sueñas?
¿Tú me los quieres quitar?

No, sólo quiero saber tus inquietudes, tus motivaciones, tus dolores.
Soy alcohólico. Bueno, fui alcohólico. Ya no; hace tres meses que no tomo. Tú sabes, es una enfermedad...

¿Por qué? Hablame de ti...
No me gusta tener amigos, sólo compañeros de juego. Tomo porque no tengo tiempo, el alcohol contrae el tiempo...

¿No preferirias estar lúcido?
Prefiero no estar lúcido... Tú sabes, el aburrimiento, el tedio. Bebo cuando no estoy en lo que me gusta...

¿Qué te gusta?
Leer. Leo por leer. Leo de todo. Tú que eres periodista debes saber lo que dijo MacLuhan: el mensaje es el medio. Me dio rabia descubrir eso... Me carga ese gallo. Me di cuenta que leo por leer, que la motivación no está en el contenido, sino en la mecánica de leer... Veo películas viejas cuando veo televisión. Me interesan para reconstruir cosas, recuerdos. Me gusta mirar para atrás, pero eso no quiere decir que no me guste el progreso.

¿Te interesa la magia?
Como forma literaria. Tienen la misma raíz la magia y la poesía. Creo que algunos poetas pactaron con la naturaleza. Hicieron conjuros. Todos los pueblos tienen un poeta; es práctico. Entre los esquimales saben encantamientos para cazar focas; saben hacer llover entre los mapuches. Saben pactar con los elementos naturales. Saben, como Orfeo, domar a las fieras con el canto.

¿Y cuál es tu poder como poeta?
Domar a las fieras. Conjurar a los poderes del mal...

¿Pero tienes miedo? ¿De qué más tienes miedo?
El siglo veinte. Siglo de los slogans. Me da miedo el miedo de la gente. No les gusta pensar. Uno es rebelde sin darse cuenta, no acepta valores establecidos. Me gusta el dinero, pero me puedo pasar sin él; he aprendido a prescindir...

¿Y qué sientes ahora, después de –haber ganado- los Juegos Florales?
Es molesto ser poeta laureado. La empleada, cuando supo, me llevó un cartapacio de poemas de su marido, un ex-carabinero. Antes, ni me cotizaba.

Cuéntame algo del poeta...
Soy antiaventurero. Mis viajes son sólo imaginarios. Por eso creo que no me interesan los viajes espaciales... Prefiero soñar y anoto algunos sueños. Sueño poemas.

¿Qué sueñas? Cuéntame algún sueño.
Sueno con la vuelta a un pueblo, que a veces es Lautaro, pero no estoy seguro. Una vez soné que llegaba en verano. Estaban mis parientes y encendían el fuego en la chimenea. Yo subía al segundo piso y allí estaba una niña muy linda que era como para mí. De pronto se ponía vieja, como en Shangri-La, y era porque mis parientes dejaban de atizar el fuego... Así, soné un poema. Lo soné entero y lo mandé a Paula. En realidad mandé cuatro poemas. La gente no quiere soñar, la autocensura, por eso no lee poesía...

¿EI trago te ayuda a soñar?
Bueno, borra cierta inhibición, pero siempre es dañino.

Te habrá acarreado muchos problemas, sobre todo con tus mujeres.
Las mujeres siempre tienen conflictos. La del pueblo es más sabia, sabe que el que bebe va a llegar a la casa. Claro que a veces se extralimita y le pega, pero ésa es una muestra de amor del marido que no tiene lenguaje... El chileno no tiene lenguaje. Nos falta expresarnos, somos pobres de expresión. Cuando decimos “tropicalismo” les tenemos envidia a los tropicales. Ellos son mucho más sanos. La mujer humilde ve al hombre que bebe como un niño que anda con sus amigotes. Las más civilizadas o intelectuales creen que pueden cambiarlo. Se aprobleman.

¿Y qué mujer sería la adecuada?
Francis Jammes repitió algo que dijo Baudelaire y que yo pienso ahora: la mujer que convive con el poeta debe ser adolescente o prostituta. Son menos conflictivas. Claro que si pones eso mi mujer va a decir que soy un inmaduro...

¿Cómo es tu mujer?
Mi mujer es sensible y encantadora. Ella es estimulante.

¿Qué edad tienes?
41 años. Mi cumpleaños lo celebré quebrándome la nariz.

¿Por qué dices que las intelectuales son conflictivas?
La mujer madura y realizada es conflictiva porque tiene su mundo propio y quiere incorporarte. Uno está entregado al prójimo y éste es algo abstracto. ¿Sabes? No me gustaría que mi hija estuviera casada con un poeta de verdad.

¿Cuáles son los poetas de verdad para ti?
Góngora, Eliseo Diego (se parece a mí en versión mejorada), Baudelaire, Dylan Thomas. A veces leo traducciones y eso me hace sospechar. Pero también leo poetas en alemán aunque no entiendo nada. Puedo sentirlos e invento poemas sobre ellos. Tengo afinidad con los nórdicos. Es el sur que pesa...

Dijiste que tenías miedo del siglo XX.
Nos apoderamos de las cosas y después las cosas se apoderan de uno. Yo no quiero tener cosas. Quiero vivir en el siglo XIX en algunos aspectos.

¿También le temes al dentista?
No. Soy dejado, como buen chileno. Mi parte francesa me lo reprocha mucho...

Háblame de tu mundo afectivo.
Me da miedo la falta de disponibilidad de uno mismo en la pareja. Yo soy muy egoísta, mezquino. No me gusta pedir y no me gusta dar nada. Soy poco afectivo, poco efusivo. No me gusta prestar libros. No presto cosas. Sólo quiero relacionarme de paso no más con la gente.

¿Qué haces en un día cualquiera habitualmente?
Escribo cartas a mi familia. Le escribo a un rumano que admira a Teófilo Cid, a quien le debo el Premio Paula.

¿Por qué a él?
Hice una manda (no la puedo decir). Sólo que en homenaje a Teófilo Cid.

Háblame de él.
Fundador del surrealismo chileno, grupo Mandrágora. Un «dandy» de la miseria. Un tipo que se autoinmoló.

¿Por qué te encomendaste a un poeta?
Algo harán por uno los poetas en el paraíso. Se preocuparán de lo que les preocupaba en la Tierra. A lo mejor hacen concursos.

A los miedosos suele gustarnos el humor. ¿Te interesa?
Leo mucho humor. Me gusta cuando muestra el lado verdadero de las cosas. El humorista es un hombre que se atreve a algo. Un rebelde valiente. Me gustan los actos de humor.

¿Cuál es un acto de humor?
Anunciar que uno se va a suicidar y hacerlo.

¿Eres un suicida latente?
Soy un suicida latente como toda persona respetable. Los patanes no se suicidan ni son alcohólicos...

Supongo que hay algo a lo que no le temes...
No le tengo miedo a la muerte. EI temor a la muerte es señal de buena salud. Quiero creer en la inmortalidad, pero no me la imagino. Por eso no soy un gran poeta: me falta la capacidad de visión, de revelación.




Santiago, 1976
en Jorge Teillier: Entrevistas (1962-1996)






sábado, julio 14, 2007

"Cartas a un joven poeta", de Rainer Maria Rilke

Primera carta


París, a 17 de febrero de 1903.

Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.

Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien –ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor, rehuya. Al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura, para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá como su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.

Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera. Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.

¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted - se empeñase en mirar hacia fuera; esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas, que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.

Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aun se acuerde de mi, y yo lo sé apreciar.

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

Con todo afecto y simpatía,

Rainer Maria Rilke.













viernes, julio 13, 2007

"Pánico y locura en Las Vegas", de Hunter S. Thompson

Fragmento





Los redactores deportivos me habían dado también trescientos dólares en metálico, la mayor parte de los cuales se había gastado ya en drogas extremadamente peligrosas. La maleta del coche parecía uno de esos laboratorios narcóticos móviles de la policía. Teníamos dos bolsas de hierba, setenta y cinco pastillas de mescalina, cinco hojas de papel secante con un poderosísimo ácido, un salero medio lleno de cocaína y toda una galaxia de excitantes, calmantes, gritantes, rientes de todos los colores... y también un cuarto de tequila, un cuarto de ron, una caja de Budweiser, una pinta de éter puro y dos docenas de amil.

Todo esto lo habíamos reunid0 la noche anterior en una alocada vuelta en coche a toda velocidad por Los Angeles -de Topanga a Watts recogimos todo aquello a lo que pudimos echar mano. No es que necesitáramos todo aquello para el viaje, pero es que una vez que te pones a coleccionar drogas en serio la tendencia es llevar la cosa tan lejos como puedas.









jueves, julio 12, 2007

«Cabo de Hornos», de Francisco Coloane






Las costas occidentales de la Tierra del Fuego se desgranan en numerosas islas, entre las cuales culebrean canales misteriosos que van a perderse allá en el fin del mundo, en «La Sepultura del Diablo».

Los marinos de todas las latitudes aseguran que allí, a una milla de ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más grandes del mundo, en el cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas, que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar en las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a esos abismos.

Hasta hace pocos años, sólo se aventuraban por esas regiones audaces nutrieros y cazadores de lobos, gentes de distintas razas, hombres corajudos que tenían el corazón nada más que como otro puño cerrado.

Algunos de estos hombres han quedado engarzados para toda la vida en esas islas. Otros, desconocidos, acorralados por el látigo del hambre que parece arrearlos de oriente a occidente, llegan de tarde en tarde a esas tierras inhospitalarias, donde pronto el viento y la nieve les machetean el alma, dejándoles sólo los filos con dureza de carámbano.

Al final de los canales existe un lugar de tenebroso renombre: el presidio de Ushuaia. De las sangrientas evasiones de presidiarios también han quedado regados por las islas, entre los indios a veces, hombres que han conquistado su libertad a tiro limpio y que no podrán asomar la cabeza por donde haya una luz de justicia.

Nada debe extrañar al hombre de esas tierras: que un barquichuelo se haga a la mar con cuatro marineros y regrese con tres; que un cúter haya desaparecido con toda su tripulación, etc. Nada debe extrañarle cuando las pieles y el oro son repartidos proporcionalmente entre los tripulante…

Al final de esos canales, cercana al cabo de Hornos, está situada la isla Sunstar.

Los dos únicos habitantes de la isla, Jackie y Peter, están sentados en el umbral del rancho en un inacabable anochecer de diciembre. El rancho es una construcción de dos piezas formadas con troncos rústicos, sobre cuyo techo los líquenes y musgos verde-amarillentos crecen como una tiesa sonrisa de esa naturaleza agreste hacia el cielo que, cargado de desgracias, deja caer sus nieves durante la mayor parte del año.

Los cazadores dicen que son hermanos, pero nadie sabe nada; ellos nunca lo han manifestado, como que no abren la boca sino para la violencia y para engullir.

Jackie tiene la faz impersonal y vaga de un recién nacido; de regular estatura, con un chispeante reflejo en los ojos sumidos en párpados sin pestañas, enrojecidos y tumefactos, parece a veces un gran feto o una foca rubia.

Peter es más interesante con sus rasgos de zorro, de felino hipócrita y cansado. A primera vista tiene una actitud apacible, pero en la cabeza de estopa asoleada hay unos mechones turbios, más oscuros, que advierten, sin saberse por qué, de algo sórdido y agresivo que se esconde en esa aparente mansedumbre.

Comentan que tienen algunas libras esterlinas guardadas y que están juntando más para irse a sus tierras... ¿A qué tierras? ¿De dónde han venido?…

Nadie sabe el origen de muchos hombres de esos lugares, nadie sabe a dónde van a ir a parar; si parecen emergidos de la tierra misma, de esas aguas raras y perdidas en el extremo del orbe.

Hablan una mezcla de español e inglés gutural. Su trato con los indios y la soledad les han hecho perder el don de hilvanar pensamientos y frases largas. Son entrecortados en su decir y difíciles de entender para los hombres un poco más civilizados que bajan desde Magallanes a buscar las codiciadas pieles.

Después de haber comido un poco de pescado se han sentado en la puerta, a descansar, en medio de la tarde que va cayendo con los más extraños reflejos del crepúsculo austral.

Al frente, las aguas del canal están tranquilas y profundas; en el fondo de las ensenadas, circundadas de robles, tienen un color más oscuro y parecen vagar sobre la tersa superficie vahos de negruras inquietantes.

El silencio es completo, estático y frío.

Jackie lanza un bostezo desde sus quijadas de foca, apoya la cabeza en la mano y mira una nevada montaña, a lo lejos, por detener los ojos en algo, más que por un lejano instinto hacia la belleza.

De pronto hace un movimiento inquieto y para la oreja en dirección a un ruido que advierte venir de la playa cercana. Primero es un chapoteo como el de una nutria que sale del mar trepando por los acantilados; después es un suave y tierno despegar de remos en el agua.

Por costumbre de cazador va a buscar un Winchester al interior de la choza y aguarda en medio de la puerta. Peter también se ha levantado en actitud de espera.

Al cabo de un rato, el mojado ruido cesa, y a poco se oye un abrir de malezas en el robledal que circunda, en parte, al rancho, y, ya no les cabe duda, alguien avanza entre los robles bajos y tupidos.

Entre hombre y hombre, nadie allí usa armas; Jackie, con desgano, deja el rifle detrás de la puerta.

Nadie usa armas, porque un cartucho vale una piel de lobo o de nutria; y cuando alguien quiere evitar el molesto reparto de los cueros, se elimina al socio abandonándolo en un peñasco solitario en medio del mar o basta con un pequeño empujón junto a la borda del celoso cúter, en una noche tranquila, mientras se navega.

Una mancha parda apareció entre el verde del ramaje, y un hombre echado hacia adelante, con la ropa desgarrada y empapada, avanzó al pequeño claro de pampa, como un animal apaleado surgido de una charca.

Los hermanos se miraron; el hombre se detuvo a unos pasos de ellos: alto, magro y noble a pesar de que en él todo estaba desvalido; renegridos los poblados bigotes y la barba. Levantó la cabeza, y con una extraña mirada de súplica, como si todo él se hubiera azotado contra el suelo, dijo:

—¡Un poco de comida!... ¡Vengo arrancando de Ushuaia!…

La voz salió rara, como si en todos los días de peripecias no la hubiera usado y ahora no tuviera timbre.

Peter, el de los mechones oscuros en la cabellera de lampazo, movió la cabeza negativamente y, con la mano levantada indicando el camino por donde el hombre había llegado, dijo tropezando en las palabras.

—¡Vamos!... ¡Andando!... ¡Lárgate!...

El hombre no rogó, sabía que estaba de más; y ya se disponía a volverse, cuando su vista se detuvo fijamente en un montón de cueros de lobeznos, estaqueados junto a las paredes de la choza.

Las pieles más codiciadas por los cazadores son las de lobos de dos pelos; pero los industriales europeos han imitado muy bien esta fina piel con los cueros de los lobitos de un pelo, muertos dentro de los ocho días de su nacimiento y descuerados antes de las veinticuatro horas de haberlos muerto.

Esas pieles se conocen con el nombre de «popis», y los compradores en Magallanes pagan a razón de cuarenta a cincuenta peniques por cada una.

La abundancia de lobos de un pelo en las regiones antárticas es enorme. La dificultad está en los inaccesibles lugares en que paren las lobas y la duración de la caza, que debe ser, como dijimos, dentro de los ocho días del nacimiento.

—¡Ustedes cazan «popis»!... —dijo el prófugo con algo en la cara que no alcanzó a ser sonrisa, y continuó:— Yo conozco una caverna, una enorme lobería donde abundan más «popis» de lo que se puede cazar.

La cara de Peter se ensanchó, y en los labios apareció una sonrisa, como el oscuro pantano que en alguna noche plateada se ilumina igual que la fuente.

—¡Pero, antes, un poco de comer!... ¡Estoy que me caigo de hambre!—siguió el prófugo.

—Primero dinos: ¿dónde está la lobería?—exclamó uno.

—¿Han oído ustedes hablar de La Pajarera?...

—¡Sí! Vaya una novedad, ya sabemos que en su interior hay una lobería y que nadie ha podido entrar en esa isla endiablada, porque la boca de la caverna está en pleno océano, llena de peñascos y rompientes.

—¡Eso es!...—dijo satisfecho el prófugo—. ¡Nadie ha entrado por ahí, pero donde hay pájaros hay lobos, y donde hay lobos, pescados!... Antes de salir mar afuera, en el recodo que tiene la isla en la mitad, allí donde nadan y juguetean las manadas de focas, hay una entrada oculta!…

—¡Vamos, quédese aquí! —sonrió Peter con su cara maligna.

El hombre comió un poco de pescado seco, restos de carne asada, y se acomodó para dormir sobre unos cueros, detrás de la mohosa y destartalada cocina.

Los gringos se echaron sobre sus camastros de toscas tablas de roble, apegados a la pared, que en esta parte estaba calafateada de estopa y pedazos de cueros podridos, para guarecerse del viento y de la nieve.

Volvió a reinar de nuevo el silencio. La noche austral afuera, quieta y helada.

¡Todo es cuestión de precio, en esa tierra y en todas partes! Al amanecer, más o menos a las dos y media de la mañana, ya estaban a bordo del pequeño cúter con su chalana a popa, los tres hombres afanados en zarpar, como si se hubiesen conocido toda la vida.

El sol semipolar empezaba a iluminar el paisaje de soslayo, como un reflector paliducho y lejano, cuando las explosiones del motor a kerosene del cúter taladraron la paz de los lugares y la embarcación fue avanzando despaciosamente, rumbo al sur, canal abajo.

A las tres horas de navegación llegaron a la desembocadura del canal. Más allá se divisaban las grandes olas del océano, que iban menguando sus furias al acercarse a la pequeña angostura de la salida. Ésta las transformaba en mar picado y correntoso, peligrosísimo cuando las mareas subían o bajaban.

El cúter inició un tenue balanceo por la amura de babor y, virando, fue a buscar el recodo de la isla, donde después de buscar fondo, Jackie lanzó al mar la pequeña ancla.

La Pajarera es una isla alargada en forma de monstruo o lobo echado, cuya cabeza, cimbrada por los recios vendavales del cabo, parece agacharse desafiante y vomitar rocas despedazadas donde el mar va a romperse eternamente.

—¡Allí es!… —dijo el prófugo, señalando desde la proa del cúter una disimulada hendidura que penetraba en la isla, y que se perdía en tupido ramaje, y contemplando la pared grisácea de la isla sintió escapársele un respiro desde el fondo del ser.

Esa era su «pajarera»; ocho años sin verla. La caverna que él solo conocía. Entre esos mismos recovecos estuvo escondido una vez, cuando en Ushuaia los malditos reflectores de los guardacostas le pescaron el contrabando de aguardiente... hubo tiros y necesidad de acertar. ¡Quién sabe cuántos!... Todo quedó atrás.

La alta roca se cortaba en una línea pareja inclinada hacia el mar. La sombra de su cumbre saliente rodaba una zona de claridad en las aguas.

Hubiera semejado un trozo de un mundo extraño, muerto, si en las pequeñísimas grietas, como escalones formados por capricho natural, millares de pájaros no estuvieran constantemente apiñados; balconeaban, cual habitantes de un curioso rascacielos, cuervos de mar, patos liles, caiquenes blancos, triles, albatros, gaviotas y palomas del cabo.

Un orden admirable guardaba esa «pajarera», que le había dado el nombre a la isla. En la parte de abajo, los pingüinos se aglomeraban con sus pechos de nieve y con su estúpida gravedad; seguían arriba los cuervos y patos liles con sus pazguaterías de mirones, escandalizándose por todo. En la parte alta, saliendo y llegando como a determinadas expediciones, las gaviotas y albatros ponían sus notas de lontananza.

De vez en cuando, un picotazo en la riña lanzaba al espacio a un cuervo que sostenía la caída con las alas; otro llegaba en vuelo recto dispuesto a abrirse un lugar; y se armaba un tumulto de alas, picos y graznidos.

«Donde hay gaviotas hay lobos, y donde hay lobos, pescados», había dicho el forastero. La corriente que se estrecha en esa parte y la ensenada guarecida y profunda de La Pajarera, eran la vía central del tráfico incesante de los habitantes del mar.

Así, la eterna lucha aparecía del fondo del mar cuando un lobo sacaba de un estirón el redondo cogote fuera de la superficie, mordiendo un robalo que se retorcía como un brazo blanco y espejeante.

Era un espectáculo escultórico del mar: la piel del lobo, reluciente y oscura, el cuello dilatado en formas vigorosas, las fauces de perro y de hombre, con sus bigotes destilantes cual trozos de cristal, apretando la cola del pez que se enroscaba y abofeteaba las quijadas ansiosas de la bestia.

Más allá, en pequeños grupos, con sus cuerpos esbeltos de delfines, nadaban a saltos y en parejas los lobos finos de dos pelos.

Los tres cazadores, embarcados en la pequeña chalana, se acercaron a la hendidura oculta por la cortina de líquenes y enredaderas.

Apartando el verde cortinaje, penetraron en una boca oscura. Era la entrada oculta de la caverna. La roca sudaba humedad y el agua de una pequeña vertiente caía en inflados goterones al mar.

Alumbrados con un farol, avanzaron empujándose con los pequeños remos contra las paredes lisas y viscosas.

Habríanse internado unos treinta metros, cuando una claridad confusa fue recibiéndolos poco a poco y un sordo rumor ajeno, como retumbos de bombos colosales, turbó aquella paz de tumba. Era el mar bravío que se rompía en la entrada inaccesible de la caverna, la que quedaba hacia el cabo.

Poco a poco la semiclaridad disminuyó, se hizo más pareja. Las paredes se adivinaban cortadas a pique y hacia el techo de la caverna no se veían más que negruras espesas y aplastantes.

El prófugo tomó la singa de la chalana, haciéndola avanzar con mil precauciones. El remo, aleteando suavemente en forma de hélice, apenas producía un ruido cuyo eco se tragaban las oquedades.

Los tres hombres se agachaban instintivamente oteando hacia adelante, donde parecía estar poblado de pavuras.

De pronto un extraño olor a sangre de pescado putrefacta llegó a atosigar a los tres hombres, en ondas tibias y nauseabundas.

El olor se fue intensificando; las ondas tibias se hicieron oleadas sofocantes y pesadas, y un rumor blando y apagado fue percibiéndose.

De súbito, la galería de la caverna se ensanchó y en el fondo de una poza enorme se divisaron montoneras de cuerpos grandes, pardos y redondos, que se movían con pesadez y lentitud.

—¡Esa es la lobería!—dijo el prófugo, y su voz enronquecida continuó—: Hay que tener cuidado con los machos viejos, esos grandes y barbudos, que son los únicos que se quedas acompañando a las hembras en la parición. Preparen el rifle, y, cuando estemos cerca, disparen unos balazos para que las lobas se abran y podamos bajar en las toscas de la pequeña playa.

A los disparos se agitaron los cuerpos y en un breve claro de playa los hombres atracaron la chalana; cada uno desembarcó llevando en la mano un grueso palo en forma de maza.

Un macho enorme, con bigotes tiesos y horribles, movió las arrugas de sus belfos; sus ojos se movieron con extraños reflejos y se levantó sobre su aletas en actitud feroz... Un disparo de Jackie, que llevaba el rifle, retumbó, y el lobo se desplomó lanzando un bramido sordo y profundo…

En las profundidades de una caverna, en el seno de una isla, rodeados de sombras, de un olor y de un calor pesados que embotaban los sentidos, los hombres sufrieron un breve remezón y aflojaron un poco su reciedumbre cuando sintieron aquel bramido del lobo moribundo...

Acostumbrados, sí..., pero mar afuera, en donde las olas y el viento pegan de frente y atacan fuerte; mientras que estas hondas negruras, esta pesadez de cuevas hechas para monstruos…

—¡Estos son los jodidos!—dijo el gringo cuando vio desplomarse la bestia del guaracazo.

La parición estaba en su apogeo. Algunas lobas en el duro trance se ponían de costado y de sus entrañas, abiertas y sanguinolentas, salían unos turbios animalitos, moviéndose como gruesos y enormes gusanos con rudimentos de aletas. Otras emitían intermitentes raros quejidos, casi humanos, en los últimos dolores del alumbramiento. En su estibamiento, a veces se aplastaban unas con otras, y, madres al fin, en su desesperación, se daban empujones y mordiscos para salvar a sus tiernos hijuelos de ser aplastados. Estos, los más grandecitos, se encaramaban sobre los lomos maternos como curiosos ositos de juguete, o bajaban dando los primeros tumbos de la vida.

Una rara palpitación de vida, lenta y aguda, emanaba de esa masa dolorosa e informe, de cuerpos redondos pardo oscuro.

Quejidos de tonos bajos, sordos. Choques de masas blandas. Desplegar de aletas, resoplidos. Chasquidos pegajosos de entrañas en recogimiento. Algo siniestro y vital, como deben ser las conjunciones en las entrañas macerantes de la naturaleza.

¡Si aquello no era una lobería, era una isla en el trance doloroso!... ¡Una isla pariendo! ¡El gemido de la naturaleza creadora, en esa bolsa de aire fétido y aguas oscuras! ¡La matriz fecunda de la isla incubando los hijos predilectos del mar! ¡El mar, ese macho arrollador y bravío que baña sus peñascos relucientes desde afuera!... ¡El progenitor que devuelve los dolores parturientos de la isla, con blancas caricias de espumas engarzadas a los riscos! ¡Región de un mundo lejano!… ¡Lobos, loberos, islas extrañas! ¡Tierra sobrecogedora, inolvidable y querida; el hombre que se ha estremecido en sus misterios, se amarrará para siempre a sus recuerdos! Ella y sus hombres son como el témpano. ¡Cuando la vida le ha gastado las bases azules y heladas, da una vuelta súbita y aparece de nuevo la blanca y dura mole navegando entre las cosas olvidadas!...

Pero es inútil que se esconda la vida en lo más profundo de sus entrañas: allá se mete el hombre con sus instintos para arrancarla.

Los tres cazadores iniciaron su tarea de siempre y de todas las partes: matar..., matar, destruir la vida hasta cuando empieza a nacer.

Con los mazos mortíferos en alto, fueron brincando por sobre los cuerpos que daban a luz y descargando garrotazos certeros sobre las cabecitas de los recién nacidos. Los tiernos lobeznos no lanzaban un grito, caían inertes, entregando la vida que sólo poseyeron un instante.

¡Matar y matar!... ¡Cuanto más rápido, mejor! Como poseídos de una locura extraña, los hombres asestaban mazazos e iban amontonando los pequeños cuerpos.

Sudorosos, cansados, se detenían un momento a tomar aliento. Un macho viejo y grande les atemorizaba a veces, y hacía intervenir el fusil. Las lobas no se defendían y sus ojos contemplaban fijamente, con un fulgor indefinible, la tarea de los matadores de sus hijos.

Cuando hubieron calculado la carga de la chalana, empezaron a arrojar en su interior los muertos, hasta que la línea de flotación les aconsejó prudencia.

Luego, la chalana, llena de lobitos pardos v relucientes, fue saliendo de entre las entrañas rocosas, y los hombres, con su cargamento, surgían a la luz como extraños pescadores que hubieran ido la tender sus redes al abismo, que peces de allí parecían esos lobeznos.

Dos faenas iguales alcanzaron a realizar aquel día, de la caverna al cúter. Y con las avanzadas sombras de la noche, recalaron al lugar del rancho e iniciaron, incansables, el descueramiento, pues de un día para otro las pieles mortecinas se echan a perder.

A la mañana siguiente, todos los rajones disponibles del rancho estaban repletos de cueritos de «popis» estaqueados.

—¡Como si hubiéramos completado la temporada! —dijo uno de los gringos, jubiloso.

Cinco días continuaron trayendo el cúter cargado de pieles. La faena de la caza llegaba a su término. Ya habían pasado los ocho días de la parición.

Durante las noches, en el breve descanso que dejaban el descueramiento y el estaqueado, los gringos se habían vuelto más obsequiosos con el valioso huésped. Este había trasmutado los rasgos fijos de su faz, siempre detenidos en una actitud de espera, por una sonrisa que empezaba a desarrollarse bajo el renegrido bigote.

En la mañana austral, fría y luminosa, resbaló una vez más el ruido fatigoso del motor del cúter y fue a refugiarse, con eco apagado, en los ámbitos de los canales.

—¡Hoy es el último día y trataremos de hacer tres chalanas de «popis»! —dijo Jackie, aflojando un rizo de la vela para ayudar al motor, con la fina brisa que pegaba por la aleta.

El prófugo extendió una sonrisa esperanzada y fue diciendo, pausadamente, mientras miraba al cielo:

—¡Después de ésta, yo he de «rumbiar» al norte!... ¡Ustedes saben!... ¡Unos cuantos cueros no más, para dárselos al patrón del primer cúter que me pueda llevar! Me quedaría aquí, pero ya no sirvo; la temporada de caza pasó y nunca se está demasiado lejos de Ushuaia...

Algo helado pasó entre las miradas de los hermanos... Siempre los dos gringos se habían estado preguntando desde lejos lo mismo, en iguales circunstancias de la vida cuando así se miraban. Ambos eran canallas, pero les costaba serlo sinceramente... Habían pasado siempre echándose del uno al otro la bola negra de sus pensamientos.

Apartando sombras, como en los días anteriores, penetraron en la caverna y atracaron la chalana en el claro que dejaron las lobas en los postreros días de su parición.

El herido instante en que la vida nace a su curso olía, como siempre, a muerte y vida.

Con los dientes destapados como en apretada sonrisa, el prófugo se internó caverna adentro, golpeando a derecha e izquierda sobre las frágiles cabecitas.

Estaba metido muy adentro, confundido entre las sombras, poseído de su afán de matar, avanzando a horcajadas sobre los lomos como un extraño demonio que explorara a mazazos las espesas negruras, cuando los hermanos se miraron de súbito. ¡Fue sólo un instante supremo! Sus miradas chocaron hasta con temor. No habían hablado una palabra, pero ya desde antes estaban de acuerdo sus pensamientos canallas. Se comprendieron..., y bajo un solo impulso saltaron a bordo de la chalana y emprendieron presurosos la fuga.

El prófugo, cansado, detuvo de pronto la matanza... y, lentamente, volvió la cabeza hacia atrás. La chalana ya desaparecía en la galería de salida.

No tuvo tiempo para nada. Quedó estupefacto, como si la tierra entera hubiera desaparecido quedando sólo él, flotando y sumido en el vacío, sin piso, sin cielo…

Cuando hemos cargado nuestra barca con el equipaje, con las más bonitas ilusiones y sueños y quedamos estupefactos en la playa del engaño, viéndola partir, en lontananza, llevándonos todo y dejándonos la fofa hilacha que no atina a nada…, entonces aflojamos; pero echamos un vistazo hacia atrás, vemos que hay senderos de regreso, nos recobramos, y aunque vayamos curvados por nuestra pesada cruz, con el alma doblada, ya levantaremos el hombro y arrojaremos la cruz en alguna vera polvorienta, y volveremos a ser lo que fuimos.

Pero cuando no hay caminos de regreso, el alma queda sobre un filo, oscilando en el límite, en constante caída. El filo puede ser un hilo de luz lacerante o una sima.

El prófugo avanzó hasta el borde del agua. Se sentó en la arena y lanzó una especie de mirada por sobre el lomaje pardo de las bestias, por sobre las paredes sombrías, por sobre las aguas tranquilas y siniestras de la negra caverna...

Afuera, la chalana ya salía al canal, sonriente de luz y de pájaros…



Un calor sofocante..., un olor que viene en rollos… en madejas de estopa blanda como el algodón. Y se mete por las narices..., por la boca, atascando.

Un lobo grande y negro... un lobo, sí, con los bigotes tiesos en la pulpa asquerosa de los belfos hediondos, con hedor espeso, que viene a aplastarle el pecho con sus aletas enormes, blandas, pegajosas y pesadas como los tablones de la muerte.

¡Pero si no es un lobo! Es Luciano, el bachicha, que, borracho, viene a echarle su corpulencia encima. ¡Luciano no mueve sus gruesos labios olorosos a toscano, pero sus ojos le preguntan por los cueros!…

¡Los cueros por los cuales pelearon y él lo dejo tendido en la arena de una puñalada en el vientre!

¡Sangre!... ¡Alivio! Él nada ahora con lentitud en el mar; junto a él se sumergen lobos conocidos en las aguas glaucas y cristalinas; las aguas se vuelven oscuras... Pero si no son aguas… Es sangre espesa y revuelta, y a su lado ve dos lobos largos y rubios. . . No; son monstruos, mitad hombres, mitad lobos… Pero no; son Jackie y Peter que muestran sus dientes apretados y están sonrientes…

¿Qué es eso, Dios mío? Una loba está abriendo sus entrañas sobre su faz. Su lobezno va saliendo del vientre como una babosa negra... Y lo ahoga... ¡Ah…, pasó!... ¡Qué alivio! Pero las entrañas se recogen, lo absorben, son enormes y lo arrastran hacia el interior... Las entrañas lo aprietan horriblemente…

¡La loba lo va a parir y no puede! Las vísceras lo empujan, lo atraen, hacen de él un nudo. . ., y todo es negro, es sangre negra, es baba espesa.

¡Descanso! Lentamente se levanta un clamor a lo lejos. El clamor se convierte en un cántico armonioso de miles de voces infantiles. Y por las paredes, ahora celestes, de la caverna van apareciendo bandadas de niños… No, son pájaros… no, son lobeznos con sus aletas transformadas en alas… Y cantan… Y vuelan…

¿Y él, qué hace?… Ha asestado una puñalada al lobo que nada a su lado, y este lobo es Luciano y lo ha enterrado en la arena… Pero, Dios mío, él es bueno, ¿y cómo ha hecho eso?, ¿y por qué embiste contra los lobitos que vienen a cantarle a su lado con voces de ángeles? Y los va matando con el mango del puñal… Y no puede despegarse de su crueldad… y los lobitos van cayendo uno a uno… y se van apagando poco a poco sus cánticos celestiales.

Todo es paz, es dulzura, silencio… y él tiene alas ahora, es liviano y quiere vaciarse en un hilo largo que sale hacia la luz… Y se eleva ágilmente, volando hacia una claridad que se abre entre las nubes rocosas… Y asciende… Asciende hacia una zona de luz y de paz.



Algunos años después, en un diario de Punta Arenas apareció una lacónica noticia que no extrañó a las gentes, acostumbradas a leer las misteriosas tragedias que de tiempo en tiempo ocurren en esos mares:

El comandante de una escampavía que realiza expediciones a los canales del extremo sur, ha comunicado a la autoridad marítima haber encontrado un cúter, al parecer abandonado desde hace tiempo, en la cercanía de la isla denominada La Pajarera, situada cerca del cabo de Hornos.

Un viejo lobero que oyó la noticia junto al mesón del bar de don Paulino, el asturiano, comentó, entré sorbo y sorbo de grapa:

—¡Este cúter debe de haber sido de los gringos Jackie y Peter...; eran tan ambiciosos los gringos esos!... Se habrán hecho pedazos al querer entrar en la boca de la cueva de La Pajarera. La boca está en pleno océano, llena de rompientes, y dicen que en su interior hay grandes loberías…

Los dos gringos entraron; pero seguramente no salieron, ni ya saldrán jamás.



1941