viernes, agosto 28, 2026

«Clara y confusa», de Cynthia Rimsky

Fragmento


Premio Nacional de Literatura 2026


        El silencio en la sala me reveló que estaba haciendo el ridículo. Escapé de la conferencia y del edificio. No me perdía nada. Las actividades del centro cultural estaban destinadas a analfabetos, personas a las que les sobra criterio y les falta sensibilidad. Una vez le pregunté a la directora –más difícil de encontrar que una filtración fantasma–: «¿Por qué no hacen actividades para los que sí estamos interesados en la cultura? Todo al revés. Convierten la cultura en un show liviano, infantil, destinado a un público masivo indiferente al arte. Al final, los que sí estamos interesados tenemos que tragarnos la entretención destinada a los que no para que esas pocas actividades sin interés no desaparezcan de la celdilla del Excel con el que la directora administra el no-centro cultural». 

        A ella le da lo mismo mientras le proporcionemos asistentes que le permitan cobrar el subsidio que entrega la Secretaría de Turismo de la Intendencia por el programa Desarrollando la Cultura Criolla. Todo eso se me vino a la cabeza mientras huía de la conferencia. No vi para adelante y adelante estaba la directora del centro cultural; sin detenerme a pensar le solté una encendida filípica sobre los supuestos expertos que traía de capital para maleducarnos. Reconozco que me fui de mambo. A mi decisión de no volver más al centro cultural se sumó la inconveniencia de entrar. 

        No lo van a creer: la casa del hombre que oía agua correr por la medianera quedaba a dos cuadras del centro cultural. El taxista pasaba por la fachada cuando lo llamaron por una emergencia y me dejó con exageradas disculpas en el mismísimo centro cultural. Vacío como siempre. Ya que estaba ahí me acerqué. La cartelera promocionaba un concurso literario sobre la enfermedad destinado a los adultos mayores (y sí, un funcionario pensó un tema novedoso hasta que se le partió la cabeza), una charla sobre inteligencia artificial, una obra de títeres (bajo el supuesto de que los niños traen a sus padres), una invitación para asistir al cierre de una exposición ese mismo viernes. Miré el reloj: partía dentro de cinco minutos. La invitación estaba escrita con letra manuscrita, supuse que por la misma artista, y para asegurarse de que no desapareciera, la había atravesado al corcho con alfileres de cabeza naranja. Lo más extraño era la mancha rosa de lápiz labial. Parecía un trozo de piel que hubiese quedado enganchado al papel. Busqué en el fichero la invitación a la apertura de la exposición. No estaba, o la habían sacado. 

        La casona en la que funcionaba el centro cultural tenía el clásico frente de las instituciones de las pequeñas ciudades del interior, de un color claro con una guarda más oscura, doble puerta de madera, una ventana a cada lado, un hall con una secretaría de atención al público. Al asumir el cargo, la nueva directora consideró imprescindible construir una fachada que invitara a las personas a superar la barrera de la cultura. ¡La barrera! Echaron abajo el adobe y levantaron un muro de vidrio para que los y las peatonas pudieran mirar las actividades desde la vereda, sin necesidad de entrar. Faltando tres minutos para las siete de la tarde, en la galería de arte solo había una mujer. En realidad, también estaba el encargado que la seguía sin saber dónde poner las manos. Supuse que estaba acostumbrado a descolgar los cuadros de las exposiciones por sí mismo y no en compañía de la artista. Ella, la artista, llevaba ropa sencilla negra y zoquetes rojos, era delgada y seria, con los labios rosa claro. A las siete en punto, siempre desde la vereda, la observé acercarse a una de sus pinturas colgadas en la pared. Distinguí unas manchas naranjas, no parecía una pintura realista o figurativa. La artista comenzó a hablar, y no era al encargado que tenía a su espalda. Lo único que había adelante era el cuadro. La artista le hablaba a su cuadro. Me pregunté si su idea original fue hacerlo delante del público, que no se presentó. En un intento por escuchar lo que decía, el encargado acercó la cabeza y quedó equilibrándose. No supe si tenía dificultades para oír o no entendía lo que ella decía. De cualquier manera prefirió retroceder. La artista descolgó el cuadro y lo bajó al piso. Creí que iba a apoyarlo contra la pared; con extrema delicadeza lo puso boca abajo como si quisiera evitarle la visión de lo que iba a ocurrir. Se acercó a la pared donde estuvo colgada la pintura los días que duró la exposición y se la quedó observando. Había algo tan desolador en su espera. La artista desplazó sus dedos por la pared y palpó lenta, cuidadosamente la superficie... Imaginé que buscaba una sombra, un rastro de polvo, un rasguño, algo que indicara que la pintura estuvo a la vista de un público que no se presentó, y solo se encontró con la pared blanca, vacía, hostil. 

        Por Dios, no tiene una amiga, un familiar, alguien que la acompañe, me pregunté. 

        Los dedos de la artista subieron hasta el tornillo del que estuvo colgada la pintura y lo envolvieron. La vi tirar con fuerza de él, como si quisiera comprobar su firmeza. Satisfecha, se alejó a buscar una escalerita de tres peldaños que había en la sala y la puso bajo el tornillo. Subió al peldaño de más arriba, se dio vuelta para mirar al público que no vino y, por medio de un gancho que debió de coser a su chaqueta, se colgó del tornillo. Soy un sentimental. Mis lágrimas quedaron colgando junto con ella. El encargado me instó con un gesto a entrar a la exposición; supongo que lo hacía a escondidas para no ilusionar a la artista por si yo seguía de largo, que es lo que hice.




Publicado por Anagrama, 2024


















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