Por la tarde Jerusalén es la amargura de doscientos
olivos caídos desnudos en pleno invierno a la distancia. Jerusalén
en la suave tarde es una mujer sentada al borde de la mezquita
con las rodillas secas dobladas debajo de ella, oyendo los naufragios
de palabras santas. Si te sientas a su lado bajo el arco de piedra
frente a la Ciudad
Vieja, bajo el aire lacado que se engancha en cada grieta de la piel,
tu sangre se desatará con sus sueños, la Cúpula
ondulará oro, y exhaustas sus cicatrices
brillarán a través de su frente besada en exceso.
Te pedirá que te acerques y, cuando lo hagas,
ella alzará el mar de sus brazos desde los pliegues de su pecho
y dirá: este es el cielo oscuro que he amado desde niña.

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