lunes, marzo 16, 2026

«La prisión», de Aḥmad Daḥbūr

Versión de Juan Carlos Villavicencio




a Abu Faris… quien ha estado ahí


La prisión enseña que el corazón es un desierto,
que la luz es un desierto.
Maldice el fuego y el cemento que pisan los soldados.
La prisión enseña que el agua es un camaleón,
que el paisaje es una serpiente,
que el eco es traicionero y el viento otro enemigo.
La prisión enseña que la vista se va atenuando,
y que la patria no deja de alejarse.
La prisión es un reino negro sobre la arena;
la prisión es una espada que protege los párpados;
la prisión… no la patria.
A esta última pregunto: ¿cómo sobrevivirán nuestros 
            seres queridos?

Aquí estamos, sin quejas ni arrepentimientos,
sin nunca decir: de esto se trata vagar sin rumbo.
La sangre brota de lo más profundo de nuestro amor.
La prisión embiste pero no da en el blanco;
      nuestras heridas devuelven el golpe,
y se extienden como agua… como el desierto
prometiendo la luz con una nueva luz,
desde lo más profundo de nosotros. 
Esta nueva vida
     y el fuego de la salvación.
Lo vemos, sí lo vemos.
No estamos soñando,
casi entramos en su paisaje alegre
casi lo logramos.
     Este es el momento de nuestra difícil labor,
     abrazamos al recién nacido – 
aquel que surge de nuestro propio éxtasis,
del que sentimos patadas en las entrañas,
que entrega al hambriento lo que sabe
y declara con palabras bien claras:
Revolución, revolución… hasta encontrar la vida.

El recluso no ha perdido sus facciones en la arena,
la prisión no lo convirtió en un desierto.
De su hambre, brotan vegetación y agua.
Cuando el silencio lo hiere
puede romperlo con un suspiro,
si bien él lo soporta.
Su testimonio:
     Cerca de la muerte, hubo fatiga y desgaste,
su verdugo lo presionó para que prometiera
una palabra… un gemido, algo para divulgar su secreto,
pero todo fue en vano.
Su rostro se reflejaba en la arena 
como si fuera un oasis,
porque la prisión no pudo convertirlo en un desierto.



















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