martes, marzo 17, 2026

«Habermas y lo imperdonable», de Javier Agüero Águila




 
¿Se puede tachar una obra monumental, cadena transmisora de una rigurosidad impresionante en la historia de la filosofía de posguerra, a propósito de una toma de posición en la que no se reconocía un genocidio –en curso– como tal? Si Habermas fue el último de los grandes defensores de la modernidad entendida esta como el gran momento filosófico y, entonces, del mundo inteligido desde el corazón de la Europa posilustración, ¿le es perdonable a un intelectual de tal nivel e influencia ser y estar a favor del Estado de Israel? Porque decir públicamente que «[…] se pierden todos los parámetros cuando se le atribuye a Israel una intención genocida», es apoyar sin permutas a un Estado criminal. Lo anterior, más allá de que la vergüenza alemana por su propio genocidio contra el pueblo judío (que no es el que representa Israel como potencia geopolítica) pudiera, en parte, dar un asomo de comprensión sobre esta falta inmensurable.

¿Es una suerte de «acto fallido» del considerado como el más brillante exponente de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, o es que destila en su tejido subjetivo esa vergüenza que no puede sino ser un argumento total y un acto comunicativo absoluto? Cuánto de los principios de su filosofía, de su cosmopolitismo kantiano, de su hegelianismo inmutable –que insistía en que la Modernidad no había cumplido todas sus promesas dando soporte al filosofema del proyecto inconcluso–, del ser un heredero infiel de la teoría crítica a la que progresivamente va abandonando para adherir a posiciones más normativas y sistémicas, en fin, ¿puede todo esto ser motivo de cancelación en un cierto ámbito intelectual a la luz de un pensador excluyente? Se culpa de eurocéntrico a un filósofo europeo, y aún más lejos, defensor de los valores occidentales propios de esa modernidad interminable. Y me pregunto si Marx no fue eurocéntrico, si Lenin no fue un intelectual occidental; o si Derrida, Said, Fanon o Spivak dejan de ser un «producto postcolonial» por más que hayan sido formados en universidades europeas, generando desde ahí una crítica feroz a ese mismo europeísmo imperial.

La pregunta va, al fin, si una obra de esta magnitud puede convivir con el negacionismo y la ceguera de cara a una tragedia humana, y si esto sutura su filosofía y sentencia su herencia. 

En este sentido, y habrá que «ser justos», pienso, la obra de Habermas será leída para siempre y sus aportes sobre la construcción del espacio público en Occidente, la idea de democracia deliberativa, los enormes textos relativos a una ética de la comunicación y las posiciones del habla en la configuración del proceso de validación democrática, no es que sean solo relevantes, sino que ineludibles.

Mas no es posible, por un asunto de ética y de responsabilidad, desde quienes nos oponemos al sometimiento de un pueblo por parte de una máquina expansionista, pasar por alto, dar por terminado, hacer como que si no importara o, peor, incendiarnos en elogios y alabanzas; no se puede bizquear la mirada y evitar ser densos respecto al «episodio Habermas» y su apoyo a Israel. No, no es perdonable, porque ahí donde se le perdona, siguiendo a Derrida, el perdón mismo desaparece, por lo tanto, en relación al pensador alemán, todo queda suspendido en el ámbito de un perdón imposible, en la órbita de lo imperdonable. 

Si la vergüenza es autorreferente y se pliega sólo a mi vergüenza, pues esta corre el riesgo de no desplazar los velos y deja de ser una operación «justa»; deviene opaca y cómplice frente a la terrible evidencia de los hechos. Habermas, en tanto atalaya desde donde la Modernidad y sus principios fundantes (razón, autonomía, secularización, libertad) fueron defendidos con una obra gruesa no tuvo la, precisamente, autonomía para resolver el «dilema» del genocidio en Gaza y, se cree, de manera irreflexiva escrutó su propia vergüenza por el holocausto judío transformándola en metáfora irreductible y al pueblo judío propiamente tal –ciertamente perseguido para ser exterminado– como la víctima sin parámetros, la víctima de las víctimas, la supravíctima que no tendría repetición en la historia, no reparando en que esto alimentaba la sed de sangre de Netanyahu, Trump, y todo el circuito sionista global. 

Entonces el genocidio palestino le enrostró que esto no era cierto, que nunca podría ser cierto; que Auschwitz es Gaza y Gaza es Auschwitz, pero no, se cubrió con la membrana de la vergüenza alemana y su error no es un error, se insiste, es lo que no tiene perdón.

La de Habermas no es mi escuela, nunca lo fue, no me representa su idea de democracia y la forma en que es pensada solo para Europa sin reparar en las múltiples orgánicas que adquiere este sistema en otros continentes, América Latina, por ejemplo. Más bien debería despreciarlo por haber ridiculizado a la deconstrucción y a Derrida (sino lo mismo) en los últimos capítulos de El Discurso filosófico de la modernidad

Sin embargo, más que desprecio, hay una distancia insalvable, reconociendo que su herencia es –independiente de que no sea ni será nunca la mía– irrefrenable, sin medida y abre a un devenir de umbrales hermenéuticos ilimitados, a favor o en contra; seguro será uno de esos que pasará sin escalas al Parnaso de la inmortalidad filosófica. A pesar de…, no obstante… Así como Heidegger y su militancia macabra, o Paul de Man y su más que probable colaboracionismo, o Sartre, que cenaba con Stalin mientras exterminaban a millones, o Borges, que no perdía tiempo en admirar a dictadores brutales.

El gran pensador alemán, con sus declaraciones intempestivas y negacionistas, asintió el asesinato de cientos de miles; hambrunas, violaciones, torturas y vejaciones que se desplegaron en la obscenidad fóbica de un racismo metafísico al ser palestino y esto, insisto, si bien no esterilizará nunca la potencia de un pensamiento y legado impresionante, resta, se resiente y habita como lo imperdonable mismo. 

Y esto, también, es parte de la herencia.




en La voz de los que sobran, 15 de marzo 2026



















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