Yorick amaba con la furia de un loco amaestrado. Sonreía al confundir las cabezas de jóvenes amantes con las arpas que Dalí no supo configurar. El invierno arreciaba en la intemperie de un año común. La nieve no daba forma a los sueños. La muerte se escurría como la más detestable muchacha. Yorick creyó ser poseído por una aguja, una dosis de desdén o alguna eterna canción de los Beatles; y entendió el significado de ser clásico, como aquel que sueña con el sexo de la vecina y al alba su rostro es sorprendido por la duda entre ser y no ser, o quizás todo fue un pretexto para dictaminar la realidad con cierto toque de tragi-comedia; como aquella en que las cuerdas de una guitarra gorjeaban en su garganta y por primera vez, en una estación cualquiera, preguntó el origen de su nombre.
en Teorías imprecisas para el año del pez lunar, Ediciones Acirema, 2025

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