miércoles, marzo 06, 2019

«Dolor exquisito», de Mónica Drouilly Hurtado






I

Conocí el dolor exquisito el verano del año 2009. Entre el viernes 9 y el domingo 11 de enero. Antes de las diez de la noche.

Es un dolor agudo, intenso, determinante. También es un dolor que se gasta de tanto usarlo. Un poco como el amor. Van de la mano, por cierto. De eso iba Dolor exquisito, una obra de teatro que vi, con certeza, entre el 9 y el 11 de enero de 2009 en el Mori del Parque Arauco. La dirigía Emilio García Wehbi. Maricel Álvarez sostenía los setenta minutos que duraba esta puesta en escena diseñada especialmente para mí: Kawaii y très chic. Es decir, linda, elegante, repetitiva, japonesa y francesita, irónica y un poco cruel.

A la salida, en una mesita improvisada por la compañía, compré un libro bien cuidado, una especie de catálogo del montaje. La portada era, sigue siendo, roja y blanca. Sencilla y geométrica. Muestra un globo con forma de corazón al centro. Desinflado. El globo. Decía, aún dice, «Libreta de apuntes». Habla del proceso creativo de la puesta en escena. De la obra de la artista francesa Sophie Calle. Del dolor exquisito de cada uno de los involucrados: actores, escenógrafos, iluminadores, diseñadores. Lo leí con detención, como si con eso fuera a impedir que la función se me olvidara, tratando de fijarla en mi memoria.

En esa libreta de apuntes todos sufren mejor que yo. El dolor los ha definido. Ya saben quiénes son: sus contornos son inconfundibles, llevan las facciones de la persona que son y de la que serán. Pienso en ese momento que yo aún no llego a ser. Que no he encontrado mi rostro, uno hecho por mí misma. Que llevo una cara que me dieron, la primera que encontré.

En la libreta de García Wehbi se define dolor exquisito como un dolor intenso y bien localizado, un dolor que, por exquisito, nos gusta y nos deleita.

No es verdad que el verano de 2009 conocí el dolor exquisito. Solo conocí el concepto. Y me propuse encontrarlo. Este es mi diseño.



II

De este modo imagino el instante en que sobreviene el dolor exquisito: una epifanía corporal, una nueva creación del mundo, expansiva. La manifestación definitiva de una verdad que antes no existía. Ese momento en que sé para siempre quién soy. Puedo decir: soy esa mujer que ha vivido este dolor exquisito. Me lo puedo decir a mí misma. No necesito decírselo a nadie. Pero puedo decirlo. La potencialidad ya es suficiente. Ese momento me define, me da forma. Me distingue de los demás. Determina mi pertenencia y condiciona mis decisiones. Traza una línea entre el mundo y yo. Algo te cambia en la cara cuando vives algo así. Es una marca. Un rango jerárquico. Un rango superior por sobre todos aquellos que solo conocen el dolor o lo exquisito. La manera que tenemos de distinguir al gourmet del devorador de chocolates.

La libreta de García Wehbi dice que el dolor no se puede explicar, entonces hay que contar una historia. Banal. De un amor roto por la distancia, por un viaje. Contar un relato de amor es, tarde o temprano, contar una historia de dolor o del dolor.

Voy a partir al revés. Voy a crear una historia para vivir el dolor. Y después la voy a escribir. La voy a contar tantas veces que se va a transformar en un dolor exquisito.



III

Quiero ayudar al dolor exquisito. Preparar las condiciones para su advenimiento. No puede sobrevenir de la nada, pienso. No puedo simplemente sentarme a esperar. Tomo las riendas.

Llegando a casa después de la función, acelero una relación sin sentido y la hago importante. La cultivo, la cuido. Como cuido a un cactus. Le hago un espacio en mi vida. Algo así como la esquina de atrás del clóset de la pieza chica, pero un espacio al fin y al cabo. La relación se deteriora, tal vez por falta de luz, y se marchita. Al día final lo titulo «El día del dolor» y espero. Pero el dolor no llega. Analizo el porqué. Me culpo: una cosa que no me importa no puede hacerme daño.

Tomo notas: Para lograr un dolor exquisito no sirven deseos añejos, gastados, debilitados por el tiempo. Sería como ofrendar un cordero moribundo o una vaca vieja. Se requiere de un sacrificio de verdad, de algo que importe.



IV

A veces me olvido del dolor exquisito. A veces pienso que es un invento o que solo existe el dolor y lo exquisito, así, a secas. O que mi educación emocional alejada del melodrama no me permite sacar provecho del dolor y exhibirlo como un miembro amputado a quien guste de presenciar ese tipo de cosas. No me gusta el morbo. No lo entiendo. Mi educación emocional japonesoide cimentada en Ranma 1/2, Sailor Moon y Los Caballeros del Zodiaco solo me permite un dolor épico o absurdo. No un dolor exquisito.



V

Amazon me odia. Quiero comprar Douleur exquise, el libro de Sophie Calle que inspiró a García Wehbi, pero está agotado. Tampoco lo encuentro en eBay. En BookDepository encuentro, eso sí, otros libros: Souvenirs de Berlin-Est, Ghosts, The Address Book, Detachment, Double Game. Los compro todos. Me olvido. Tardan semanas en llegar. Aparecen como si fueran una gotera veleidosa y cuando ya no sé para qué los quería. Detachment resulta ser la versión en inglés de Souvenirs de Berlin-Est. Merde. Me olvido.



VI

Conozco a alguien. No es un cordero moribundo. Es un cordero perfecto. No sirve todavía. Hay que macerar. Por años si es necesario.



VII

En lengua inglesa no comprenden el dolor exquisito. Su definición de diccionario es the heart-wrenching pain of wanting someone you can’t have o el dolor desgarrador de querer a alguien que no puedes tener. No entienden nada. Entienden menos que yo. Lo incorporan en listas de palabras intraducibles y dedican páginas completas de internet a explicar lo que suponen que es. Ahí, el dolor exquisito reposa junto a saudade, koi no yokan y retrouvailles.



VIII

Tengo un accidente estúpido. A los 31 aprendo a volar en bicicleta. Aterrizo primero con la cabeza, de cara, me arrastro dos metros. La tierra, las ramitas, los granos de arena, las piedrecitas, el suelo. En definitiva, me rompe la piel desde la sien derecha hasta el mentón. Abro la boca en el trayecto, trago parte de la mezcla, no es mucho, solamente lo que ya no cabe en mi boca. Bajo el labio, entre el incisivo lateral y el primer premolar inferior derecho, una piedra afilada me hace un tajo. Fade out.

Despierto con unos perros encima. No sé si me quieren comer o me quieren salvar. La luz del sol me llega de frente. No sé cuánto ha pasado. Me toco la cabeza: todavía llevo casco. No veo con claridad, a los perros los reconozco por el ruido, el olor, el entusiasmo. Tengo un dolor tremendo. No me puedo mover y tampoco quiero. Me sorprendo pensando que es bueno que me duela todo porque significa que no tengo nada importante roto. Muevo las piernas. Una primero y luego la otra. Todo bien. Los dedos de las manos. Todo bien. No pasó nada, lo peor de todo esto son los perros, pienso.

Tirada en el piso, sintiendo los lengüetazos y la respiración canina, el dolor me devuelve el cuerpo con precisión, define mis contornos al tiempo que cambia las reglas del juego respecto al adentro y al afuera. Esto se parece a lo que esperaba.

Me doy cuenta de que he entendido todo mal. El dolor exquisito puede venir del cuerpo mismo. De afuera hacia adentro, y no al revés, como venía intentándolo. Este accidente me define: soy esta mujer que ha perdido la mitad de la cara por un acto imprudente, estúpido, pueril. Un ser deforme bajo mi propia responsabilidad. Pienso en mi empleabilidad. Pienso en mis seres queridos. Si me van a seguir queriendo así.

Me quedo unos días en casa, en cama. Me molesta todo. Recibo visitas. Mi madre me dice que estoy hecha un monstruo. Mis amigas quieren irse poco después de llegar. Mi novio me toma del dedo chico, que no me duele, y me dice que todo va a estar bien. Vuelvo al trabajo. La gente me mira de reojo. Las personas con las que comparto todo el día desvían la mirada. Esta soy yo: una persona cuyo dolor es tan grande, tan visible, tan explícito que no se puede mirar de frente.

A las tres semanas ya me he recuperado. Me queda una manchita en el mentón y el tajo bajo el labio. El tajo no se ve. Ya no cojeo. La gente me usa de ejemplo para hablar bien de la piel, ese órgano tan extenso que define esa parte de la materia que constituye el yo.



IX

Me escapo un fin de semana. Sophie Calle anda de viaje en el vecindario. Maricel Álvarez, la protagonista de Dolor exquisito, se ha inventado una bienal de performance para convocar a sus artistas favoritos. Voy a copiar su estrategia algún día. De momento, tomo la mochila y me voy a Buenos Aires. En el Centro Cultural Kirchner han montado Cuídese mucho, una de las últimas gracias de Sophie: después de que un ex la dejara por carta, la Calle manda la misiva a ciento siete mujeres para que la analicen, comenten o interpreten. La muestra era los ciento siete análisis, comentarios o interpretaciones de un selecto grupo de mujeres despedazando a un pobre tipo cuyo único mérito biográfico era haber pateado a una mujer que construye su arte desde los eventos que marcan su vida.



X

Tomo las riendas. Nuevamente. Llevo seis años en una relación que se hunde hace dos. Él anuncia un viaje. Unas semanas, unos meses estudiando no sé qué en no sé dónde. Reconozco en su viaje los elementos del dolor exquisito: no es el mío pero es un viaje. Tengo todo lo que necesito para que la inspiración me encuentre trabajando. Voy a documentarlo todo, escribir en vivo lo que vaya pasando a medida que sucede, eliminar la distancia, el tiempo y la racionalidad. En el fondo, no ser yo. Voy a avenida Italia y compro dos libretas chiquititas. Una para él y una para mí. «Diarios de viaje», les escribo en la tapa. En mi caso es un diario de la ausencia. Me gusta cómo suena y lo escribo en la primera página de mi libreta. Yendo al aeropuerto dibujo un gato en la primera página de la suya. Para que escribas lo que te pase en el viaje, yo escribo lo que haga mientras no estés, le digo cuando lo dejo en policía internacional.

No sé qué escribió él. Yo no anoté nada.

Durante su viaje tengo dos ideas. Ambas me parecen pésimas. La primera: Irme del departamento. Llevar solo lo esencial; los libros y la ropa. Dejar la cama, el refrigerador, la lavadora, los muebles que habíamos comprado el año pasado. Sobre el comedor una carta explicando no sé qué cosa. La segunda: Sacar sus cosas y las cosas que habíamos comprado juntos, llevarlas a otro lado. Cerca pero no tanto. Cambiar la chapa del departamento. No escribir una carta. Dar la cara, mi cara, esa cara que supongo tendré para siempre. Nunca diseñé bien esa parte.

Finalmente no hago ni lo uno ni lo otro. Aprendo a usar los mensajes de voz de Facebook. Contesto sus mensajes y me hago cargo del hogar. En el trabajo desempeño con dificultad el rol de mujer brevemente abandonada. Salgo seguido. Desenchufo el televisor. Escucho ópera sin audífonos. Invito amigos a la casa. Me doy baños de tina. Canto. Bailo en el living. Hago maratones de Los archivos secretos X y Detective Conan.

Él vuelve. Somos muy educados, hay que decirlo, es la clave de la convivencia. Hablamos por turnos. Después del viaje no nos aguantamos. Me trae más de once kilos de libros de regalo y un bolso de Tracey Emin. El bolso me emociona. No entiendo el criterio curatorial del ochenta y cinco por ciento de los libros. Hacemos las visitas que hay que hacer. Saludamos a la gente que hay que saludar. Compramos pasajes para un fin de semana en Valdivia. Trabajo hasta las cinco, tomo talleres y llego tarde a casa. Él desarrolla una obsesión por España, por su comida y su música. Trabaja hasta tarde. Llena el refrigerador de cerveza belga. Cocino una extrañísima tortilla de papas. Terminamos. Me pongo a esperar el advenimiento del dolor exquisito. Veo que su cara se transforma y me doy cuenta de que su dolor es mucho más doloroso que el mío: lo lleva escrito en sus facciones. Almaceno esta experiencia como si fuese una nota al pie.



XI

Amazon me quiere. Me quiere y me conoce. Me cuida también. El 7 de abril me avisa que Douleur exquise está a la venta. 27,31 euros. Me propone, además, Exquisite Pain, la versión en inglés, a 197,5 dólares. Me quedo con la francesa. La compro casi de inmediato. Con despacho e impuestos termino pagando 43,8 euros.



XII

A veces copio a los demás: E scucho canciones tristes. Hago un playlist insospechado. Camilo Sesto, Hernaldo Zúñiga, Yuri, Roberto Carlos, Rocío Durcal, Rocío Jurado, Ricardo Cocciante. Pongo atención a las letras. Paso horas en YouTube buscando videos que tengan que ver con rupturas y desencantos. Cosas dolorosas. Canto. Las letras son sencillas, pegajosas. «Procuro olvidarte haciendo en el día mil cosas distintas». O «Siempre me traiciona la razón y me domina el corazón». «Vivir así es morir de amor, por amor tengo el alma herida». O «Ese hombre que tú ves ahí, que aparenta ser divino, tan afable y efusivo, solo sabe hacer sufrir». «Falso enano rencoroso que no tiene corazón». Me parece todo tan exagerado. Lo paso bien, me río mucho. El dolor exquisito no aparece.



XIII

Recupero un recuerdo de infancia. Llega con la sutileza de un golpe de corriente: de súbito, inesperado, brusco. Debo tener cuatro o cinco años, ocurre en el patio del jardín infantil. Junto al parrón crece un arbusto, lo sobrevuela una mariposa blanca y pequeña. No tiene grandes diseños en sus alas y su tornasol es delicado, casi imperceptible. Me llama la atención. Por un momento se posa en la planta y aletea levemente. Me acerco y la agarro con la mano mientras junta las alas por detrás de su cuerpo. La miro, se retuerce, desea escapar. No quiero una mariposa doblada. Entonces trato de abrirla, de tener un ala en cada mano. Pero se suelta cuando lo intento. Definitivamente escapa, aunque se mueve con dificultad. Cojea. Desaparece y me olvido. Mi palma queda brillante, me dedico a mirarla por un rato, la muevo de un lado a otro, la pongo a la sombra, a contraluz, bajo un rayo de sol. Pero la mariposa regresa al arbusto, intenta despegar y no lo logra, se arrastra en las hojas y cae al pasto. Ya no va a volver a volar. Me culpo. Intento ayudarla, la agarro, la subo y la suelto. Es inútil. Llega la tía del jardín. Me pregunta qué pasó y le cuento. Me hace ver que las mariposas son delicadas y que a esta le eché a perder las alitas. ¿Ya no volará nunca más? Pero no espero la respuesta y suelto todo el llanto y ella se sorprende un poco y me consuela diciendo que no es mi culpa, que yo no sabía.

La mariposa me persigue. Pienso en ella todo el tiempo. Quiero volver a sentir lo que sea que haya sentido ese día que le rompí las alitas.



XIV

Quiero cambiar los corderos sacrificiales por mariposas, pero a mi alrededor solo hay polillas. Aprendo a cautivarlas desde lejos. Descubro qué tipo de luz les atrae. Las ampolletas nuevas, esas que emiten una luz blanquecina y no calientan el vidrio, parecieran no llamar su atención. Voy al supermercado y me armo con un arsenal: descatalogadas, antiguas, con filamento incandescente y luz amarilla, de 40 y 60 watts. No es un señuelo perfecto pero tiende a funcionar.

En primavera atacan las polillas. La gente se queja de la plaga, yo me regocijo. Las espero cerca de la lámpara, las agarro con los dedos, revolotean en mis manos. De noche guardo las polillas en un tarro con hoyos para que circule el aire y puedan respirar. De día, ya con sol, me dedico a mirarlas con otra luz. Sus alas me ensucian la yema de los dedos y contemplo mis manos tornasoladas. No es esto lo que quería. Para evitar que agonicen, muchas veces aplasto las polillas con mis manos. El sonido que hacen al morir, seco y crocante, como algunas galletas o bombones rellenos de frutos secos, me resulta atractivo. A los dos meses me aburro. Las cosas que me llamaban la atención a los cuatro años, hoy me generan tedio. El dolor exquisito no sobreviene. Hay que modificar la estrategia. De nuevo.



XV

Ideo una amplificación del experimento. Pienso hacer el ejercicio de las polillas con personas de una belleza frágil. Encontrar en los demás algo semejante a la luz que se refleja en el polvito de las alas. Gente que pueda agarrar con la mano para quedar tornasolada. Me propongo encontrar mi iridiscencia en el dolor de los otros. Inauguro un nuevo tipo de dolor exquisito.

En este experimento algo llama mi atención. Reconozco algo que se podría denominar una nueva tonalidad en mi espectro visible, un color que no había visto antes. Algo ha cambiado. Las superficies opacas solo se pueden detectar cuando reflejan la luz de otro cuerpo, un cuerpo luminoso. Necesito que mi luz rebote en otro lugar para verme de vuelta. Soy un cliché: encuentro mi reflejo en los demás. Tengo esta luz distinta. Con el tiempo he comenzado a irradiar en otras frecuencias. Cuando mi luz rebota en otro, me devuelve una sensación que me resulta familiar. Fascinación. Lo que reconozco es la fascinación que causa tener algo que enseñar, conocer el hastío, estar cansada. El tiempo me quitó la capacidad de sentir fascinación y a cambio me otorgó la de generarla. En otros. Saldré a recuperarla, a apropiarme de esa belleza efímera que caducará prematuramente frente a mí. En mis manos. Viviré de la admiración de los demás y del dolor que les produzca y quede cuando pase mi mano tornasolada. Es el precio por deambular con el corazón a plena vista, como si fuera un libro abierto que invita a recorrer sus páginas con el dedo para terminar arrancándolas con indiferencia.



XVI

En Ghosts (29,91 dólares en Amazon), Sophie Calle es invitada a exponer en famosos museos. Cuando llega se da cuenta de que algunos óleos importantísimos de la historia del arte están temporalmente fuera de exhibición. Su trabajo consiste en preguntarle a la gente del museo por estas obras no disponibles. Recopila los testimonios y con ellos monta una especie de retrato hablado de los originales. Su exposición consiste en situar sobre el espacio dejado por la obra todo lo que ha recolectado: los testimonios y su recreación.

Nuevamente copio a Sophie Calle. Le pregunto a la gente por sus dolores exquisitos para llenar el vacío, para reconstruir uno para mí como si fuese un retrato hablado. No me entienden mucho. Hay gente que solo me cuenta sus dolores mundanos. Huyo de ese tipo de gente. Aprovecho de preguntar cuando están lo suficientemente borrachos. Este tipo de investigación será de largo aliento. El noventa y nueve por ciento de lo que me cuentan me genera algún tipo de tedio. Comienzo a sospechar del campo semántico de dolor. También del de exquisito. Persevero.






en Retrovisor, Libros de Mentira, 2017















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