miércoles, abril 30, 2014

Hoy: Lanzamiento de Escenas del Derrumbe de Occidente, de Andrés Morales, por Descontexto Editores




Hoy miércoles 30 de abril, Descontexto Editores los invita a la presentación del poemario Escenas del Derrumbe de Occidente, de Andrés Morales; a cargo del poeta Carlos Cociña.




La presentación tendrá lugar en Espacio Obara:
Antonia López de Bello 073, Barrio Bellavista.







martes, abril 29, 2014

"Escenas del derrumbe de Occidente, por Andrés Morales", de Cristián Gómez Olivares



Segunda edición [definitiva], Descontexto Editores, 2014


... Andrés Morales (Santiago, Chile, 1962) nos adentra con estos poemas al que probablemente sea el episodio más negro y desasosegado de su no breve producción poética. En alrededor de diez libros, a partir de Por ínsulas extrañas, del ya lejano 1982, hasta estas escenas de la decadencia occidental, Morales ha desarrollado un hablante caracterizado por su férreo apego a una métrica a veces estricta, pero siempre consciente de su papel en esta poética que se ha ceñido a desentrañar no sólo los bordes blancos de la escritura, el abismo incierto del oficio poético, sino que también se ha despegado de la rígida desnudez del lenguaje replegado sobre sí mismo, para abrir su compás y lanzar las flechas negras de la muerte y la desesperanza, de la propia existencia mundana y vital, “la exploración del infierno de hoy”, como certeramente lo señala Miguel Arteche en el prólogo del libro que ahora se reseña.

El episodio más negro y desasosegado de su producción poética: Morales, integrante de ese grupo heterogéneo designado con el nombre de generación de los ´80, conjunto amorfo que aún está por decantarse y entre cuyos nombres más destacados debemos provisoriamente mencionar los de Clemente Riedemann, Roberto Merino, Gonzalo Contreras, Rosabetty Muñoz, Tomás Harris, Raúl Zurita (aun cuando algo mayor que el resto), Diego Maquieira y Alexis Figueroa, entre otros, comparte con este grupo la caracterización que de ellos hizo Carmen Foxley cuando denominaba el discurso de estos autores como el discurso del sobreviviente: “(…) el lenguaje de la poesía de los ochenta es nítidamente el del sobreviviente, y su acción social y cultural es la de resistir a los acosos represivos y aniquilantes de la situación coyuntural”.

No sería gratuito, entonces, leer la poesía de Morales como una poiesis doblemente política: por una parte, resistiéndose en términos estilísticos al simplismo de una palabra panfletaria e inmediatista, que abundaba en las librerías santiaguinas de los ochenta. Y como contrapartida, manteniéndose al margen de los discursos dominantes del poder oficial, arriesgándose a la intemperie de la incomprensión y del desamparo. Entre estos dos fuegos que no queman a nadie, Andrés Morales ha preferido mantener la postura irrenunciable del poeta, esas soledades que recomendaba Rilke, no obstante las cuales ha podido escribir sin temor a la contingencia ni a la respuesta visceral. Sólo así se entienden poemas como “1989”, de su libro Verbo, poema escrito a propósito del derrumbe del muro de Berlín y otros muros.

Sin embargo, son las particularidades de las Escenas del derrumbe de Occidente – título splengeriano que nada tiene de casual- las que lo hacen el libro hasta ahora más interesante de este poeta, entre otras cosas por las renovaciones formales que introduce, así como también por la exigencia de re-pensarse y auto-cuestionarse que le impone a cualquier acercamiento crítico que pretenda dar cuenta de él. Hacer crítica literaria no puede ser más un picadero de papel para convertirlo en hojas doradas o en material de desecho según sean las particulares opiniones del crítico de turno. Ni tampoco la exposición de un “profesionalismo” teórico que usualmente termina por transformarse en una jerigonza incomprensible más allá de los estrechos círculos de la academia.

La crítica, en la honestidad irreemplazable que debiera ser su habitual compañía, al reconocer sus interferencias institucionales (Universidad, organismos culturales, etc.) y sus propias condiciones sociales de redacción, situándose en definitiva en un contexto tanto ideológico como cultural, debiera ser lo suficientemente ágil como para cambiar de perspectiva según al libro al que se enfrente y no imponer modelos rígidos ante la heterogeneidad inherente a la literatura, además de contar con el coraje suficiente como para asumir su tarea inexorablemente valorativa, jerarquizadora, entendiendo a esta última también como una forma de ubicación social del ejercicio crítico. En palabras de Beatriz Sarlo: “La crítica literaria necesita replantearse la cuestión de los valores si busca, superando el encierro hipertécnico, hablar sobre tópicos que no se inscriben en el territorio cubierto por otras disciplinas sociales. La literatura es socialmente significativa porque algo, que captamos con dificultad, se queda en los textos y puede volver activarse una vez que éstos han agotado otras funciones sociales”. Imposible decirlo mejor, y, para volver entonces a las escenas morales de Morales, debiéramos recordar aquí las innovaciones formales a las que se hacía mención algunos párrafos más atrás, innovaciones que involucran al lector en una aventura en la que éste tiene mucho que aportar. Aquí no existe la división de títulos y poemas, el uno precediendo al otro. Los títulos son poemas y algunos de los poemas bien podrían haber sido títulos de otros. Este dislocar las estructuras clásicas de los libros de poesía no se remite sólo a un asunto de órdenes y títulos; se refiere también al derrumbe de un hablante –que a estas alturas merece y no merece el apellido lírico– cuyas experiencias vitales se confunden con la ya conocida opción de Morales (o del hablante de Morales) por la aletheia, por la revelación, el des-velamiento. Cual Sibila de Cumas (o incluso como la Sibila pérsica que pintara Miguel Ángel, vieja e incapaz de descifrar la escritura del Libro), que según la leyenda original escribía sus oráculos y visiones sobre hojas de palmera que una ráfaga de viento dispersó por el aire, así el hablante de este volumen, asiste horrorizado ante el espectáculo dantesco de la destrucción de cualquier signo de esperanza, matizado –quizás– por los usos de la memoria en beneficio de la infancia. Destrucción que, en todo caso, tiene sus predecesores entre los que, aleatoriamente, aun cuando autores queridos para el poeta de estas escenas, podríamos citar a Beckett (esta infancia que yo habría tenido la dificultad de creer en ella la impresión de haber nacido más bien octogenario a la edad en que se muere en tinieblas… la infancia la creencia el azul los milagros nunca perdido nunca tenido) o la frase ¿lapidariamente esperanzadora? de Eliot en La tierra baldía: “Desde estos fragmentos levanto mis ruinas”. Porque de eso se trata, me parece, el asunto central de este poemario: una incesante suma de aporías que se tensionan entre los márgenes negativos de los ánimos del hablante y los afanes del irrenunciable porvenir. Si en un momento el poeta nos dice: Amor que no es amor entre las yemas / del odio mal parido por la muerte, algunas páginas más adelante podemos leer como contrapartida:

                              “La insólita belleza de la calma,
                              el largo aliento quieto del silencio,
                              las horas del que vuelve con sus redes
                              llenas o vacías de esperanza”.

De este modo, Andrés Morales consolida una de las líneas de escritura que ha practicado, que probablemente sea la más fértil de todas, no aquella dedicada a un onanismo preocupado de la palabra replegada sobre sí misma, sino aquella que recogiendo estas preocupaciones es capaz de asumir sin complejos las tareas más primigenias de oficio poético, incluso en estos tiempos de urbana incredulidad: entre el oráculo y la elegía, Morales construye este poemario agregando el factor que lo diferencia radicalmente de sus predecesores: la incorporación de un itinerario vital con el cual su hablante pretende desentrañar la inextricable red que le ha echado encima este inminente fin de siglo. (...)








en Revista Chilena de Literatura, 1999












lunes, abril 28, 2014

“Escenas del derrumbe de Occidente”, de Andrés Morales








Tres poemas



BAJO EL CIELO DE LA NOCHE PARTÍAN ESOS BARCOS HACIA DONDE NUNCA LLEGAREMOS; RECONCILIANDO AL MAR CON LOS VIAJEROS, CON LOS GRITOS DEL MARINO QUE EN NADA HAN CAMBIADO DESDE QUE ULISES ABANDONARA ÍTACA.


Por la piel, pesadamente, este verano
cae ronco, enfermo entre los dedos,
impune hasta los pies avanza.

Pero el aire del océano es la cura,
el clima de boreales y meteoros
vistos al azar en la cubierta
habrá de refrescarnos la nostalgia.

La ciudad se ve pequeña y nos creemos
que un incendio al fin la ha consumido,
abriendo cada puerta con el miedo,
cada casa vulnerada por el grito.

Mejor es alejarse, abandonar,
dejar el muladar donde crecimos:

No hay amor que se resista continuando
el duelo de las noches sin huida.





PERDIDA LA CIUDAD Y NUESTROS PASOS: PERDIDOS EN EL LÍMITE DEL ASCO. UNA CALLE TRAE GRITOS DE MUCHACHOS Y LA NOCHE ENTONA CANTOS DE SIRENAS.


El humus de la tierra aniquilada,
el sórdido aletear de moribundos,
agua sin murmullo ni secreto:
pánico de herida insatisfecha.

Ojo que recorre cada pliegue
de piel o de tejido: ojo insomne,
desgarro de los huesos que tiritan
ávidos de huesos cazadores.

Vergüenza entre los labios calcinados
y hambre y sed y lúbrico gemido:
destrozo de las olas sin ventura,
rugido que acaricia con su trueno.

Amor que no es amor entre las yemas
del odio malparido por la muerte.
Figura fragmentada del delirio,
caída hoz de pena arrepentida.





DESENCAJADOS, ENHIESTOS O PERDIDOS. ROBÁNDOLE A LA SOMBRA SU DESPRECIO, AL IRIS SU CALOR Y EL PORVENIR, DESGARRAN SUS HARAPOS EN LO BLANCO, EN LA OSCURA HABITACIÓN DE SUS DESIERTOS, EN LA FIEBRE PERMANENTE DEL VACÍO.


La cara la perdimos en espejos,
la voz que permanece ya no es nuestra,
el torpe movimiento, aquellas pausas:
los pasos que regresan y no avanzan,
el odio que es amor de acantilado.

Alguien dice que estamos en los montes,
en los cráteres, los valles de la luna.
Alguien dice que fue el padre o nuestra madre,
un atroz cuchillo negro que se hunde
o el paisaje interminable de ventanas.

La verdad es que elegimos esta muerte,
este sonido reflejo de persona.

La verdad, cuando soñamos, no nos cae
ni la baba de los bobos, ni se escapan
mariposas de las manos en la tarde.



en Escenas del derrumbe de Occidente
(Segunda edición, Descontexto Editores), 2014










sábado, abril 26, 2014

“De viaje por Chang-Te”, de Sun Yün-Feng









En el viaje del año pasado, me gustó
Este lugar. Me alegro de volver
Aquí hoy. El mercado de pescado está
Inmerso en sombras azules.
Veo el humo de hacer el té que se eleva
De la posada con techo de paja.
Las arenas de las playas del río se
Mezclan con la blanca luna.
A lo largo de la orilla los sauces
Esperan su verdor primaveral.
Me vienen a la cabeza versos de un
Poema y decido parar un rato.



en El barco de las orquídeas
(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007













viernes, abril 25, 2014

"La noche de Tlatelolco", de Elena Poniatowska

Introito




Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos, niños-blanco, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta que el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así el uno junto al otro como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, click, click, click, click y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando la cortina de satín rojo.

El dueño de la barraca les dio los fusiles a los CUICOS, a los del ejército, y les ordenó que dispararan, que dieran en el blanco y allí estaban los monitos plateados con el azoro en los ojos, boquiabiertos ante el cañón de los fusiles. ¡Fuego! El relámpago verde de una luz de bengala. ¡Fuego! Cayeron pero ya no se levantaban de golpe impulsados por un resorte para que los volvieran a tirar al turno siguiente; la mecánica de la feria era otra; los resortes no eran de alambre sino de sangre; una sangre lenta y espesa que se encharcaba, sangre joven pisoteada en este reventar de vidas por toda la Plaza de las Tres Culturas.

Aquí vienen los muchachos, vienen hacia mí, son muchos, ninguno lleva las manos en alto, ninguno trae los pantalones caídos entre los pies mientras los desnudan para cachearlos, no hay puñetazos sorpresivos ni macanazos, ni vejaciones, ni vómitos por las torturas, ni zapatos amontonados, respiran hondo, caminan seguros, pisando fuerte, obstinados; vienen cercando la Plaza de las Tres Culturas y se detienen junto al borde donde la Plaza cae a pico dos o tres metros para que se vean las ruinas pre-hispánicas; reanudan la marcha, son muchos, vienen hacia mí con sus manos que levantan la pancarta, manos aniñadas porque la muerte aniña las manos; todos vienen en filas apretadas, felices, andan felices, pálidos, sí, y un poco borroneados pero felices; ya no hay muros de bayonetas que los rechacen violentamente, ya no hay violencia; los miro a través de una cortina de lluvia, o será de lágrimas, igual a la de Tlatelolco; no alcanzo a distinguir sus heridas, qué bueno, ya no hay orificios, ni bayonetazos, ni balas expansivas; los veo nublados pero sí oigo sus voces, oigo sus pasos, pas, pas, pas, paaaaas, paaaaaas, como en la manifestación del silencio, toda la vida oiré esos pasos que avanzan; muchachas de mini con sus jóvenes piernas quemadas por el sol, maestros sin corbata, muchachos con el suéter amarrado a la cintura, al cuello, vienen a pie, vienen riendo, son muchos, vienen con esa loca alegría que se siente al caminar juntos en esta calle, nuestra calle, rumbo al Zócalo, nuestro Zócalo; aquí vienen; 5 de agosto, 13 de agosto, 27 de agosto, 13 de septiembre, el padre Jesús Pérez echó a vuelo las campanas de catedral para recibirlos, toda la Plaza de la Constitución está iluminada; constelada con millares de cempazúchitl, millares de veladoras; los muchachos están en el corazón de una naranja, son el estallido más alto del fuego de artificio, ¿no que México era triste? Yo lo veo alegre, qué loca alegría; suben por Cinco de Mayo, Juárez, cuántos aplausos, la Reforma, se les unen trescientas mil personas que nadie acarrea, Melchor Ocampo, Las liornas, se remontan a la sierra, los bosques, las montañas, Mé-xi-co, Li-ber-tad, Mé-xi-co, Li-ber-tad, Mé-xi-co, Li-ber-tad, Mé-xi-co, Li-ber-tad, Mé-xi-co, Li-ber-tad.





1971















jueves, abril 24, 2014

“Hoy y la alegría”, de Mario Benedetti









Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste.

            Usted no podía saber que hoy, recién despierto, yo había admirado el lago de cielo —nacido, durante mi sueño, en la ventana abierta— que rozaba el pelo rubio de mi mujer. De mi mujer silenciosa, encuadrada en su costumbre, a los pies de la cama. Logré descubrirle, a pesar del contraluz, cuatro o cinco gestos, cuatro o cinco expresiones nuevas, tan sorpresivas, que me hicieron sonreír. No dijo nada, pero su silencio no alcanzó a incomodarme. Simplemente me pareció tonto explicarle que recién hoy había advertido un pasaje inédito de su rostro de siempre. Ni siquiera estaba seguro de no haberlo inventado.

            Luego, entraron mis hijas. Entonces todos hablamos y en especial Laurita. En vez de mirarlas directamente, yo acechaba la enorme moña azul que devolvía el espejo, y en la imagen total de mi hija, con los brazos caídos a lo largo del delantal y su cabecita fluctuante entre síes y noes, me parecía reconocer algún delicioso títere que yo pudiera mover con mis preguntas, invisibles como hilos.

            Me dejaron solo. La cama de dos plazas, la habitación entera para mí. Podía estirarme, separando las piernas al máximo, o juntarlas y abrir los brazos como un crucificado. En la pared, sobre la reproducción de una Madonna de Rafael, dos manchas de humedad se unían y formaban un simpático monstruo. Pero mirándolo con un solo ojo, era únicamente el tío de Aníbal, es decir, otra suerte de monstruo, con papada fláccida y oscilante. Probé a quedarme sin ojos y el cielo me llegó entonces en puntos luminosos e intermitentes. Cuando de nuevo los abrí, la luz se pobló de islas oscuras que estallaban y desaparecían.

            Usted no podía saber nada de este hedonismo, de este momentáneo desajuste, de esta tonta sorpresa. Pero mis días transparentes siempre se ayudan con un retorno a mi niñez opaca, en la cual estos juegos míos con las cosas constituían la sola justificación del futuro, casi en el mismo grado que constituyen ahora la justificación única del pasado. Preciso esta conexión como un soporte. De vez en cuando necesito hallar esta soledad poblada, numerosa. Inevitablemente repercute en mi ser, diríase que me otorga identidad. Soy lo que soy y cuanto soy, de acuerdo a mis diferencias con ese patrón, con esa muestra. La comparación está dentro de mí como yo dentro de ella. El trayecto de mi identidad supone que he cambiado, pero la regularidad del cambio demuestra que soy el mismo.

            Acaso usted no halle en esto ninguna ansiedad verdaderamente promotora de alegría, pero yo sí la encuentro, más aún, la deseo. Por eso me gusta ser fiel a esa vinculación conmigo mismo, por eso me agrada cada uno de estos regresos a lo que ya no soy, justamente para alzarme desde ese pasado en desuso, desde esa plataforma casi absurda, hacia lo juiciosamente venidero.

            Por eso también me vestí despacio, mientras pensaba que hoy había salvación para mí, es decir, que estos regresos la hacían posible. Usted debe creer que ésta es una actitud falsamente melancólica, y en rigor no me atrevo a negarlo. Yo también la considero falsa y melancólica. No piense, sin embargo, que la improviso. Soy tremendamente consciente de su inoperancia. Pero desde el instante en que así la veo, también la admito, simplemente la admito. Y entonces no me importa su probable melancolía. Más aún, la busco. Como a un fijador.

            No obstante, a usted no la buscaba. Y si después de salir, vagué en esa dirección, era sencillamente porque de lunes a viernes el Parque está sin cocineras de asueto, sin vendedores ambulantes ni jinetes precoces ni matrimonios ejemplares y odiosos. De lunes a viernes, el Parque es reino exclusivo de maestras jubiladas y jubilados tenedores de libros, de estudiantes faltadores, de empleados públicos, de neurasténicos y vagabundos, de convalecientes y de incurables.

            Usted supo enseguida a qué atenerse y empezó por reconocerme. Cuando la vi, su boca grande, siempre igual a sí misma, se apresuraba a pronunciar mi nombre. Cierta ansiedad custodia se le quedó en la voz, cierto descuido del pudor, cierto infinito descorazonamiento, como si hubiera esperado no encontrarme jamás.

            Yo entonces corrí, literalmente corrí a su encuentro. Usted me dio la mano y en su tacto reconocí la existencia serena, acosada, presente, de nuestras cosas subordinadas y comunes. Usted me dio la mano y yo musité: «Hoy y la alegría», así, desordenadamente, «hoy y la alegría», sin vacilar, sin pensar en rehusarla, sin alejarme obsesivamente, sin hacer nada, sin hacer absolutamente nada.

            Después fui sabiendo que usted ingresaba paulatinamente en todas mis imágenes suyas que yo había abandonado: usted y su traje azul con cuello blanco junto a la verja de Los Pinos, y usted en la fotografía con mis hermanas, y a mi derecha en la cabalgata, y usted acariciando una sola vez mi cabeza, en Buenos Aires, cuando la muerte de mi madre, y también usted sola, en la playa, espiada por mí, buscando caracoles entre cantos rodados.

            Sólo entonces supe hasta dónde ignoraba su vida de ahora, esa vida inconmensurable que usted sin duda habría aprehendido desde la tarde en que leí aquel soneto de Shakespeare: «Thine eyes I love, and they, as pitying me». Usted había abierto los ojos sólo cuando dije: «O, let it then as well bessem thy heart to mourn for me …». Sí, porque yo también anhelaba que su corazón llorase sobre mí, que llorásemos juntos y sin lágrimas por esa ausencia recíproca que habíamos decretado. Usted lo recuerda. Usted recuerda sin duda que yo le pregunté si él lo merecía. Usted tiene que recordarlo, con la misma precisión con que recuerdo yo su obstinado: «No, no lo merece». Acaso caí en un absoluto desaliento, en una invencible sensación de fracaso, al no tener siquiera un motivo heroico en que apoyarme, en que levantar para mi orgullo ese recuerdo del futuro que dulcificara este presente.

            Usted había apoyado su mano en mi nuca y había alcanzado a decirme: «No sea tan muchacho. Quienes lo merecemos somos usted y yo. Usted y yo merecemos este amor en que siempre le perteneceré, en que siempre me pertenecerá. ¡Vamos, si parece un chico! Claro que sufre. Yo también. Yo también sufro». Sí, usted también sufría. Pero estaba verdaderamente convencida de su resolución, de su ánimo, de su firmeza. Y ésta —su firmeza— acabó por perdernos. O salvarnos.

            Esta mañana pensé: «Ahora sabré si nos hemos perdido, si nos hemos salvado». Usted caminaba junto a mí, ¿hacia dónde? De pronto dijo: «Venga a mi casa, ahora». Pero no cambiamos de rumbo. Desde el comienzo íbamos a su casa. Entonces agregó: «Usted se casó el catorce de noviembre de mil novecientos treinta y ocho». Era cierto. «Debe resultar agradable verlo convertido en hombre de respeto, sermoneando a las chicas». Estuve a punto de decirle que, efectivamente, tenía dos, pero usted las nombró: «Sara y Laurita». De modo que usted no ignoraba nada de mí; yo de usted lo ignoraba todo. Me atreví a preguntarle por él. «¿Quién? ¿Diego? No sé nada de él. Hace unos diez años que no lo veo». ¿Entonces? Lo peor era que su voz permanecía implacablemente tranquila, como si fuera lo más natural que hubiéramos renunciado, en beneficio de él, a nuestra porción de dicha, y que sin embargo él no la hubiera aprovechado. Pero era inútil preguntar. Primero porque usted siempre arrima el cándido bochorno de sus respuestas cuando uno ha descendido de la ansiedad, cuando uno ha aprendido momentáneamente a conformarse, tanto con la propia y respetuosa ignorancia como con ese silencio suyo, despreocupado, cordial, indiscernible, que autoriza todas las conjeturas y nada deja adivinar. Y luego, porque habíamos llegado a su casa.

            No había nadie. Usted fue abriendo las ventanas, todas las ventanas. Como si deseara que la luz fría, reseca, del capitulante sol de invierno, animara ante mí esa zona invisible de su vida. Como si esperara reencontrarme agobiado de anhelos ante la sorpresiva intimidad. Ya podía internarme en el pasado invulnerable y revelador, insistir en el rumbo de aquellas sensaciones confusas, viciadas de impaciencia, que había estimulado su rostro de otro entonces. Pero el rostro de su vida actual era éste: un grabado de Renoir en la pared del fondo, la biblioteca de libros europeos, el diminuto pescador de marfil sobre el estante de ébano, los tres sillones severos, casi despectivos, el gran escritorio de roble con su Céline a mitad de lectura, y el retrato de un hombre cuarentón, con un indefenso lustre de bondad.

            «Mi marido», dijo usted, sin entusiasmo y sin cansancio. Yo tenía ganas de hablar, de detener el avance ondulante de esta novedad en mi energía, de vaciar de algún modo en sus manos mi propia servidumbre de recuerdos. Nunca comprenderé por qué no se detuvo allí, por qué no prefirió dejarme simplemente aterido de claridad, a solas con su noticia, para que yo pudiera imaginarla junto a ese no-Diego, cara a cara frente a ese «él» que provenía del mundo de usted y no de «nuestro» mundo. Pero usted dijo: «Debería conocerlo. Le gustan las mismas cosas que a usted». No. No podría enfrentarlo. ¡Que usted me haya invitado a ese insignificante sacrilegio! Me parecía increíble. Aún no sabía si era que usted sobrevivía idéntica a sí misma y era yo el promiscuo, el inestable, el tornadizo, o si yo conservaba todavía mi propia voz de usted, y usted en cambio se había acostumbrado a otro régimen de sensaciones y, lo que era peor, a otra fisonomía.

            De ahí mi brusca retirada, mi adiós nervioso, mis justificaciones falsas, desmedidas. Usted no se asombró de nada. Acaso esperaba de antemano que yo no podría soportar sin miedo su nueva y desacomodada realidad, su realidad al margen de mi recuerdo, su indiferencia por la lealtad de mis emociones. Cuando usted cerró su puerta, cuando detrás de ella desaparecieron los sillones, el Renoir, el pescador de marfil, los libros, usted misma, sentí que no enfrentaba ya un presente fácil, sostenido como hasta ayer, como hasta hace unas horas, por su probable y cercana aparición. Ahora debía arreglármelas solo, con las figuras que yo puse y pondría aún en mi mundo de carne, en mi mundo de hueso, definitivamente expulsado de nuestro piélago en común, de nuestra común lejanía de la tierra. Cuando usted cerró su puerta, sentí en mí la necesaria revelación de que todo aquello de que habíamos participado ya no existía, de que mi yo de usted tampoco existía, ni existía —¡por fin!— tampoco usted.

            Y es cierto: usted no existe. Ahora puedo decirlo, pensarlo, escribirlo. ¡Usted no existe! Ahora que estoy nuevamente en mi habitación y mi mujer lee el diario de la noche y se escucha desde el cuarto vecino la conversación atareada de mis hijas, ahora puedo admitirlo, comprobarlo, demostrármelo. También puedo demostrárselo a usted. En realidad usted fue siempre una imagen. La imagen que yo creé a partir de un conjunto de anhelos, de deseos incumplidos, de pequeños fracasos, exactamente como creé mi pequeño monstruo a partir de una mancha de humedad o como inventé un títere a partir de Laurita en el espejo. Usted fue la imagen de la mujer segura, la mujer con enorme capacidad de sacrificio, la infatigable presencia humana que yo hubiera aprendido a amar. Usted fue la criatura mía, solamente mía, la que yo inventé a fin de que mi ideal no permaneciera eternamente abstracto, a fin de que tuviera rostro, decisiones, palabras, tal como las otras criaturas —las creadas por Dios y no por mí— que me rodeaban y no coincidían con mi réplica desamparada, con esa venganza sutil que, obedeciendo a una sencilla tradición podemos tomarnos aun los solitarios, los siempre descontentos, los oscuros. Yo la inventé a usted con su piel de pecas, con su mirada reticente, con sus manos afiladas y tibias, con sus silencios flexibles, con su recurrente ternura. Yo la creé idealmente imperfecta, con esas pequeñas y poderosas fealdades que inexplicablemente singularizan un rostro y le comunican su derecho al recuerdo, con esas comisuras de simpatía que desmantelan la serenidad y esclavizan el sueño. Así ingresó usted a mis insomnios, así participó de esa complicidad pueril que yo formé para su sola imagen. Pero usted fue creada ya con un pasado, con un pasado de traje azul y cuello blanco junto a la verja de Los Pinos, con un pasado de fotografías (imágenes imaginadas de su imagen) junto a mis hermanas de presencia categórica y carnal, y a mi derecha en la cabalgata, y acariciando una sola vez mi cabeza en Buenos Aires, cuando la muerte de mi madre (me costaba muchísimo crear artificialmente la sensación del contacto), y también usted sola en la playa, espiada por mí, buscando caracoles entre cantos rodados. Usted fue creada con ese pasado, tal como se construye un aparato de precisión con sus accesorios. Usted fue creada a partir de un sacrificio, de una lectura del soneto CXXXII de Shakespeare, de un beneficiario apócrifo llamado él o también Diego, de una promesa mutua de renuncia. De este modo era usted una imagen alejada, es decir, un recuerdo de imagen, y por ello tremendamente próximo al recuerdo de una presencia real. En rigor, usted no debía aparecérseme nunca, usted debía sencillamente mantener el rumbo de mi segunda existencia. Obstinado en el recuerdo de su imagen, yo había descartado —razonablemente descartado— la posibilidad de la presencia de su imagen. No obstante, en el subsuelo irracional que desmiente nuestros actos obligados y embusteros, allí, en ese fondo duramente veraz, no estaba descartado su regreso. Allí su regreso vivía con la misma intensidad de mis juegos conceptuales con las cosas, con la misma vehemencia que me dejaba convertir a mi hija en un títere o a una mancha de humedad en un monstruo de papada fláccida y oscilante. Recién ahora admito que había pensado nuestro encuentro en el Parque, mil veces nuestro encuentro en el Parque, pero siempre como posible, nunca —hasta ayer— como virtualmente real. Hasta ayer ese encuentro era para mí la obsesionante representación de una espera, un encuentro eternamente a ser en el futuro, nunca siendo ya. Deliberadamente había dejado de proyectar su imagen a fin de proyectar interminablemente la memoria de su imagen (gracias a su pasado accesorio) a la vez que la esperanza de su imagen (gracias al irrealizado pero no irrealizable encuentro en el Parque). De ahí que yo viviera, junto a mis hijas y junto a mi mujer, sostenido por el recuerdo de su rostro anterior y por la esperanza de su rostro futuro, que debían guardar entre sí el parentesco impuesto por mi capacidad de invención. Claro que sólo podía representarme los rasgos de su rostro pretérito. El otro, su rostro a llegar, el rostro que usted iba a tener en el Encuentro, sólo podía representarlo como probabilidad, o sea, en preimagen. La verdadera imagen acaecería en el instante en que por fin me decidiese a representar ese encuentro constantemente postergado.

            Hoy me decidí. Usted no puede saber por qué. Me decidí sencillamente para terminar con usted de una vez por todas. En mis manos tenía dos rumbos: postergar indefinidamente el Encuentro y continuar viviendo una alegría a experimentar, o resolverme a imaginar ese Encuentro y alejarla a usted definitivamente de mi juego. Lo primero era una tortura viva; lo segundo, otra más llevadera: meramente resignarme a su desaparición. Pero ¿cómo podría usted desaparecer? ¿No se renovaría el recuerdo agregando nuevas imágenes a su primitivo pasado accesorio? Yo no aceptaba continuar viviendo de este modo. De manera que la única solución era crear el Encuentro, literalmente verla imaginada, pero a la vez imaginarla traicionándose y traicionándome, es decir, eludiendo nuestro cerrado mundo en común. Desde el momento en que usted fuera infiel a nuestro sacrificio, o sea, desde el momento en que eludiera al beneficiario apócrifo, a él, es decir, a Diego, para pertenecer estúpidamente a un no-Diego, entonces yo podría escapar derrotado, asqueado quizá por su cambio, por su deserción. Por eso le puse nombre a este espacio: «Hoy y la alegría». Sencillamente hoy y la alegría, porque era la cúspide, el apogeo de mi juego, de la terrible tensión seguida del agotamiento de ese mismo juego, de la terrible desaparición de usted. Era el tiempo en su exacto valor: el hallazgo y la pérdida, el consuelo y la desesperanza.

            Y todo lo cumplí. Es decir, lo cumplió usted. Usted me llevó a su casa. Usted abrió las ventanas para que yo viese el Renoir, los libros, el retrato. Usted comentó: «Mi marido» y me invitó a conocerlo. Usted —oh, ¿por qué?— no guardó silencio.

            Usted no podía, no puede saber que he regresado ahora a mi habitación, que estoy al lado de mi mujer dormida (el diario de la noche caído sobre su rostro), que el cielo nocturno penetra lentamente en mí, que a mi solo conjuro usted perdería su sinrazón de ser y que, no obstante ello, mañana, tal vez esta misma noche, jugaré de nuevo a imaginar y me representaré golpeando a su puerta y la imaginaré recibiéndome —sí, exactamente así— con su invencible, antigua risa de Los Pinos, con otro traje azul de cuello blanco, con sus queridas manos afiladas y tibias. Y usted me dirá: «Lo esperaba» o también «Voy a presentarle a mi marido. Le gustan las mismas cosas que a usted». Y usted cerrará la puerta y entonces seré yo el inexistente. Porque no saldré nunca, nunca, nunca, aunque el tiempo se harte de correr y yo descanse en el sillón adusto o contemple a mis anchas el perfecto Renoir o tome en mis manos el irrisorio pescador de marfil y tras de contemplarlo durante cuatro siglos, lo deposite con cuidado, casi con ternura, sobre el desguarnecido estante de ébano.



            1948

en Cuentos completos, 1970