lunes, marzo 26, 2012

“Yo me enamoré del aire”, de Antonio Tabucchi






El taxi se detuvo ante una verja de hierro forjado pintada de verde. Éste es el jardín botánico, dijo el conductor. Él pagó y se bajó del coche. ¿Sabe desde qué lado se ve un edificio de los años veinte?, le preguntó al taxista. El hombre no conseguía entenderle. Tiene unos frisos modernistas en la fachada, especificó, debe de ser un edificio de cierto valor arquitectónico, no creo que lo hayan derribado. El taxista meneó la cabeza y arrancó. Debían de ser casi las once y empezaba a notar el cansancio, el viaje había sido largo. El portal estaba abierto de par en par y un letrero informaba a los visitantes de que los domingos la entrada era gratuita y el cierre a las catorce horas. No le quedaba mucho tiempo, a fin de cuentas. Entró en un paseo orlado de palmeras de tronco altísimo y grácil, con un exiguo penacho de verde. Pensó: ¿serán éstas las burití?, en casa se hablaba siempre de las palmeras burití. Al final del paseo empezaba el jardín con una explanada empedrada de la que arrancaban pequeños senderos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Sobre las losas del empedrado estaba dibujada una rosa de los vientos. Perplejo, se detuvo sin saber qué dirección tomar: el jardín botánico era grande y no le iba a resultar posible encontrar lo que buscaba antes de la hora de cierre. Escogió el Mediodía. Nunca había dejado de buscar el Mediodía durante toda su vida, y ahora que había llegado a esa ciudad del sur le parecía justo proseguir en la misma dirección. Sin embargo, por dentro, sentía una brisa de tramontana. Pensó en los vientos de la vida, porque hay vientos que acompañan la vida: el céfiro suave, el viento cálido de la juventud que más tarde el maestral se encarga de refrescar, ciertos ábregos, el siroco que te abate, el viento gélido de tramontana. Aire, pensó, la vida está hecha de aire, un soplo y ya está, y por lo demás tampoco nosotros dejamos de ser soplo, aliento, nada más; después, un día, la máquina se detiene y el aliento se termina. Se detuvo él también porque estaba jadeando. Menudo resuello el tuyo, se dijo. El sendero se empinaba rápidamente, en dirección a unas terrazas que se divisaban por detrás de las sombras de magnolias gigantes. Se sentó en un banco y sacó del bolsillo una libreta. Iba apuntando en ella los nombres de los lugares de proveniencia de las plantas que lo rodeaban: Azores, Canarias, Brasil, Angola. Dibujó con el lápiz algunas hojas y algunas flores, después, utilizando las dos páginas centrales de la libreta, dibujó la flor de un árbol que tenía un nombre muy extraño, que provenía de las Canarias-Azores. Era un gigante majestuoso con largas hojas lanceoladas y unas enormes flores túrgidas en forma de panocha que parecían frutos. La edad de aquel gigante era realmente respetable, echó cuentas: en tiempos de la Comuna de París ya debía de ser adulto.

Sintió que había recobrado el aliento y se encaminó a paso ligero hacia el final del sendero. El sol lo embistió de lleno, deslumbrándolo. Hacía mucho calor, y sin embargo, la brisa que venía del océano era fresca. La zona sur del jardín botánico terminaba en aquella enorme terraza cortada a pico sobre la ciudad, desde donde se veía una panorámica completa, el valle ocupado por los barrios más antiguos en una densa cuadrícula de calles y callejuelas, con la mayoría de casas blancas, amarillas y azules. Desde allí arriba podía abrazarse todo el horizonte, y al fondo, a la derecha, más allá de las grúas del puerto, el mar abierto. La terraza estaba delimitada por un muro que le llegaba hasta el pecho, sobre el que estaba representada la ciudad con un mosaico de azulejos amarillos y azules. Se puso a descifrar la topografía intentando orientarse en aquel dibujo de trazo ingenuo: el arco de triunfo de la ciudad baja desde donde arrancaban las tres arterias principales, con aquella arquitectura ilustrada debida a la reconstrucción que siguió al terremoto; el centro, con las dos grandes plazas una pegada a la otra, a la izquierda la rotonda con el enorme monumento de bronce, la zona nueva más hacia el norte, con una arquitectura tipo años cincuenta y sesenta. ¿Para qué has venido aquí, se dijo, qué estás buscando?, todo ha desaparecido, todo se ha evaporado, ¡te chinchas! Se dio cuenta de que había hablado en voz alta y se rió de sí mismo. Hizo un gesto hacia la ciudad, como si saludara a alguien. Una campana, a lo lejos, dio tres tañidos. Miró el reloj, faltaba un cuarto de hora para el mediodía, decidió visitar otra zona del jardín botánico y giró sobre sí mismo para encaminarse hacia el otro sendero. En aquel momento llegó hasta él una voz. Era la voz de una mujer que cantaba, pero no conseguía saber dónde. Se detuvo e intentó localizarla. Retrocedió, se asomó al muro y miró hacia abajo. Sólo entonces se dio cuenta de que a su izquierda, casi al abrigo de la escarpada pendiente del jardín botánico, se erguía una casa. Era un edificio viejo cuyo lateral daba al jardín botánico, pero la fachada, bien visible, daba a entender que se trataba de un edificio de principios de siglo, al menos a juzgar por sus grandes cornisas de piedra y por los frisos de estuco que representaban máscaras teatrales enlazadas por coronas de laurel. Estaba coronado por una terraza, una enorme terraza sobre la que se asomaban las chimeneas y por donde corrían las cuerdas para tender la ropa. La mujer le daba la espalda, vista por detrás parecía una muchacha, estaba tendiendo unas sábanas y para llegar a las cuerdas se ponía de puntillas, con los brazos levantados hacia lo alto, como una bailarina. Llevaba un vestido de algodón estampado que dibujaba su cuerpo delgado, y estaba descalza. La brisa hinchaba la sábana contra ella como una vela y parecía como si ella la estuviera abrazando. Ahora había dejado de cantar, se había inclinado sobre una cesta de mimbre, colocada sobre un taburete, de la que sacaba ropa de color, camisetas, le parecía, como si escogiera la que debía tender primero. Se dio cuenta de que estaba ligeramente sudado. La voz que había oído y que ahora ya no oía no se había apagado, aún la sentía por dentro, como si hubiera dejado un eco que continuaba, y al mismo tiempo sentía una especie de extraña conmoción, una sensación realmente curiosa, como si su cuerpo hubiera perdido peso y estuviera huyendo hacia una lejanía que no sabía dónde estaba. Sigue cantando, murmuró, por favor, sigue cantando. La muchacha se había puesto un pañuelo en la cabeza, había retirado la cesta de la ropa del taburete y se había sentado en él, intentando protegerse del sol bajo la escasa sombra que formaban las sábanas. Le daba la espalda y no podía verlo, pero él, como magnetizado, la contemplaba fijamente sin ser capaz de apartar la mirada. Sigue cantando, dijo a flor de labios. Encendió un cigarrillo y se percató de que la mano le temblaba ligeramente. Pensó que había tenido una alucinación sonora, a veces creemos oír aquello que querríamos oír, esa canción ya no la cantaba nadie, quienes la cantaban habían muerto todos, y, además, ¿qué canción era ésa, a que época se remontaba? Era muy antigua, del siglo dieciséis o más tardía, vaya usted a saber, ¿era una balada, una canción de caballería, una canción de amor, una canción de despedida? Él se la sabía en otros tiempos, pero esos tiempos ya habían dejado de ser suyos. Rebuscó en la memoria, y en un instante, como si un instante pudiera absorber los años, regresó al tiempo en el que alguien lo llamaba Migalha. Migalha quiere decir migaja, se dijo, tú eras entonces una migaja. De repente llegó una ráfaga de brisa más fuerte, las sábanas restañaron al viento, la mujer se levantó y empezó a tender unas diminutas camisetas de colores y un par de pantalones cortos. Sigue cantando, susurró él, por favor. En aquel momento las campanas de la iglesia cercana se pusieron a tocar sin pausa el mediodía y, como si hubiera sido evocado por ese sonido, de la pequeña garita donde estaban sin duda las escaleras que conducían a la terraza se asomó un niño y corrió a su encuentro. Tendría cuatro o cinco años, llevaba el pelo rizado, dos sandalias con dos ojos de luneta en las puntas y los pantalones cortos sujetos por los tirantes. La muchacha dejó la cesta en el suelo, se acuclilló, gritando: ¡Samuele!, y abrió los brazos y el niño se arrojó a ellos, la muchacha se levantó y empezó a dar vueltas sobre sí misma abrazada al niño, giraban ambos como un carrusel, las piernas del niño estaban extendidas en horizontal, y ella cantaba: Yo me enamoré del aire, del aire de una mujer, como la mujer era aire, con el aire me quedé.

Él se dejó resbalar hasta el suelo con la espalda apoyada contra el muro y miró hacia lo alto. El azul del cielo era un color que pintaba un espacio abierto de par en par. Abrió la boca, para respirar aquel azul, para engullirlo, y después lo abrazó, estrechándolo contra su pecho. Decía: Aire que lleva el aire, aire que el aire la lleva, como tiene tanto rumbo no he podido hablar con ella, como lleva polisón el aire la bambolea.



en El tiempo envejece de prisa, 2010





Antonio Tabucchi
24 de septiembre de 1943 - 25 de marzo de 2012








5 comentarios:

Unknown dijo...

"Yo me enamoré" de este conto e encontrei-o neste blog quando andava em busca no YouTube da canção sefardita.Este é o meu preferido do conjunto de contos de "O Tempo Envelhece Depressa". Gostei de o ver aqui!

Unknown dijo...

Hola chicos del sagrado corazón!!!

Unknown dijo...

Bruno Weon!!!!!!

Unknown dijo...

Chicos ESTUDIEN !!!

Unknown dijo...

El que lee es puto