lunes, diciembre 30, 2019

“'Sara Moncada' de Cecilia Gajardo”, de Jimena Castro





Sobre Sara Moncada, de Cecilia Gajardo

Una clínica estética y una clínica de maternidad. Eso fue Sara Moncada durante años y hoy, como casi todos los terrenos de la ciudad, es un proyecto inmobiliario. La casa estilo neotudor se mantendrá, pero alrededor de ella van a erigirse edificios comerciales y de habitación. Sara Moncada es quizás la madre de su fundador, Santiago Arias Moncada, quien podría haber bautizado el recinto en su honor. Sara Moncada es una casa que ni el capitalismo va a botar. Sara Moncada es una maternidad. Sara Moncada es una madre. Sara Moncada es una casa que en cualquier momento puede desaparecer.

La poeta Cecilia Gajardo en este, su segundo libro, parece haber aunado todos estos conceptos que vertebran el lugar: madre, casa, desaparición. Les dio un cuerpo de mujer que, como la clínica hoy, también agoniza. Bajo la complejísima diada madre-hija, Sara Moncada se desliza como un poema medianamente extenso que narra la agonía y fallecimiento de la madre. Visitando la casa hospitalaria, la hija comienza el relato susurrándole al cuerpo enfermo de la mujer: "Te quiero contar de mis logros", le confiesa con una cándida confianza. Esos logros van resbalando de la boca de la hija y vívidamente nos explican la relación entre estas mujeres: "Han llegado personas a verte/ aprendí a saludar y a mirar a los ojos/ incluso a esa señora que no se sabe mi nombre/ y a la que dice que no nos parecemos/ saludé a la que me dijo que parecía tu hermana mayor/ a todas saludé" (13). Se nos dibuja una madre narcisista que, como en Golpéate el corazón de Amélie Nothomb, "Le encantaba ser el centro de todas las miradas, provocar la envidia de las demás".

La casa que acoge a los enfermos es sólida, también lo fue la madre. Es una firmeza que alguna vez existió, pero que en el poema se desvanece entre sábanas y tímidas recriminaciones: "Madre, responde a tu desprecio, por favor" (27). Los rasos de seda que alguna vez la vistieron (23) son ahora las sábanas que la hija se desvive por blanquear: "He procurado todos los días que se cumpla la pulcritud./ Una aureola de transpiración con la forma de tu cuerpo./ Me recosté sobre ella pero no quiero ver tu cuerpo sin vendaje" (25). Hay en Sara Moncada una intensa correspondencia entre el cuerpo moribundo y las sábanas que lo soportan que hace recordar una escena de hace varios siglos atrás. Se trata del momento en el que Úrsula Suárez, monja clarisa del siglo XVIII, cuida a su padre enfermo:

Salí del dormitorio con toda priesa; abrí la selda como si estuviera despierta, y abrí una caja donde tenía la[s] sábanas; y al abrirla veí dentro de la caja una cosa muy alba, ensima de un lienso delicado y nuevo; nunca veí este género de lienso: no era cambray ni bretaña; afiguróseme a la holanda, y parecióme panal lo que estaba ensima desta holanda: mirélo con atención; veí no era panal, y afiguróseme hostia grande, como las con que disen misa. Yo discurría qué sería cosa tan linda, porque, aunque más y más la miré, no pude entender qué cosa era (...) Mi padre me tenía los ojos clavados, callado. Púseme de rodillas sobre su cama para ponerle las sábanas, y estaba fatigada y cansada, como cuando a un enfermo le mudamos cama. Después desto caí en acuerdo que, habiéndolo tentado todo, no le hallé cuerpo, y dije: “¿Qué es esto?: ¿mi padre no tiene cuerpo? (Relación autobiográfica, 211-12).

Me permito adjuntar este fragmento porque pareciera que tanto sor Úrsula como la hija del poemario construyen la relación con el padre y madre enfermos a través de esta "cosa muy alba" que la religiosa no puede identificar. Algo hay entre las sábanas de los moribundos que es hermoso pero ignoto. Quizás ahí aparece el espacio intermedio entre la intimidad -diseñada por las habitaciones, las sábanas y la casa- y la relación filial, ese "apego feroz" (Vivian Gornick) establecido desde la madre a la hija, una herida abierta por una sábana blanca. La necesidad de limpiar detalladamente estas sábanas enfrenta a la hija con esa herida, con su inevitable sobre adaptación: "Limpié el piso del hogar con cloro/ saqué el polvo para entrar tu cuerpo" (53). Cecilia Gajardo logra tejer con elegancia ese vínculo despiadado que es hoy un terreno vendido, un proyecto que no se sabe cómo va a terminar. Como la hija, como la madre.


Sara Moncada
Cecilia Gajardo
Ediciones Carlos Porter
Santiago, 2019