domingo, enero 22, 2017

"El pintor de la ciudad de Ata", de María Paz Valdebenito







Hay algo que quisiera olvidar
en este lenguaje hundido
donde la contraseña es una parte de mí albergada
en un distópico de rojo que se roe en la tierra.
por eso ya no más protoplasma ni preinscripción a la búsqueda
cuento con lo necesario para advertir
que toda materia es una esponja porosa
trepo árboles y veo
cuánto cambian las cosas en su más breve lejanía
tu imagen echa el humo del vacío inacabable, el miedo
que me provoca la distancia.

Porque siento que soy como un dios que ha descendido
de su más próximo símbolo para entre mis vertientes
localizarme, caer-como un ciego-
todo inalterado, simular
es ese el ínfimo detalle de la publicidad engañosa
            que invade nuestro espacio
letras comercializadas que te exigen la duda pendiente
deuda de esperar
y no son cosas hegelianas las que a veces me impacientan
ni el cálculo mal hecho de las fracciones de uno mismo
es la deuda con el alma de algún pequeño duende, contorsionado
en el bosque que me roba pedazos del sacrosanto deshojamiento.

A veces siento que no estoy,
vemos el mundo enmudecido y teñido de un vértigo dorado
después de todo quién está
en la telescópica capa del movimiento palpable, quisiera
extraviarme en el Arábigo y llegar
a construir la forma del delirio y la amenaza
cerrar todo ingreso a mis recintos melancólicos, arrastrarme
por la náusea a la oblicuación de sus abismos,
porque cerca de todo ámbito central
está la condición de agruparse en el extremo
y de allí nace lo inmóvil y el blanco del ojo comienza
fuera del eje y del foco contagioso. Vivir en el mar
dar la vuelta pensando en que el aire está vacío
darle a mis hijos las coordenadas para que alcancen el amor
ver que todo pavor no es más que un hueco depositado en el silencio
Venus, hazme el favor de hacerte un tránsito en la luz
qué más podría decir
si al final uno envejece y se agita por simple exceso gravitacional
algo así como un hábito mal visto de lo que llamamos desconfianza
dibujar la línea recta con los contornos de un dedo y llegar
a la estrella Ágatha y a cuántos otros dioses que nombraría en su belleza.
Luchar contra el miedo de sentirse compulsivo
contra el cáncer y otras
enfermedades temibles, el pájaro magnánimo
en su jaula convertido en un presunto estéril
inconsolables días para la contabilidad excesiva-pretenciosa
el aire, no se tranza ni se cuenta en lo más obsceno de un pronóstico
dejarlo todo fuera del alcance de los niños
convertir la poesía en un cuarzo fantasmal
y después ya no hacer la cuenta ni ser la cuenta de nada
porque dentro del terror perenne continúa un conteo de yeso
y la vida es una célula hinchada, trabado, de color gris
la vida
yace palpada en etiquetas instantáneas que se tranzan en un comercio
                                                 interior o exterior a estos ojos, la vida
va en corriente, veinticuatro segundos, hacia abajo.

Parece que estoy desprendida u oprimida o qué
en esto que llamamos la supervivencia de lo real
voy dentro de un ángel que le teme a sus alturas
ensartada en la garganta, enterrada humanidad –llena de
calcomanías negras intentando ser un solo código de barra–
me hastío y en mi danza hurgueteo el arcoiris
él se llama Bud y ella
el testimonio la creatura y la hemorragia
presiento que esto parece el fin de un juego de naipes exhaustivo,
               de una música imposible
o más bien el comienzo de
una teleserie americana.




2006-2014




















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