martes, noviembre 30, 2010

“Los ayudantes”, de Giorgio Agamben







En las novelas de Kafka vienen a nuestro encuentro criaturas que se definen como "ayudantes" (Gehilfen). Pero en verdad ellas no parecen estar en condiciones de dar ninguna ayuda. No entienden nada, no tienen "instrumentos", no hacen más que combinar tonterías con chiquilinadas, son "molestos" y encima a veces "descarados" y "lascivos". En cuanto a su aspecto, son tan parecidos que se distinguen solamente por el nombre (Arturo, Jeremías), se asemejan "como serpientes". Y sin embargo, son observadores atentos, son "esbeltos" y "desenvueltos", tienen ojos centelleantes y, en contraste con sus modales pueriles, sus rostros parecen de adultos, "de estudiantes, casi", y sus barbas son largas y abundantes. Alguno, no se sabe bien quién, nos los ha asignado y no es fácil sacárselos de encima. En suma, "nosotros no sabemos quiénes son", acaso son los "enviados" del enemigo (lo cual explicaría por qué no hacen otra cosa que apostarse y espiar). Y aun así se asemejan a ángeles, a mensajeros que ignoran el contenido de las cartas que deben entregar, pero cuya sonrisa, cuya mirada, cuyo propio andar "parece un mensaje".

Cada uno de nosotros ha conocido a estas criaturas que Benjamin define como "crepusculares" e incompletas, similares a los gandharva de las sagas de la India, mitad genios celestes, mitad demonios. "Ninguna tiene puesto fijo, contornos netos e inconfundibles; no hay una que no esté en actitud de alzarse o de caer; ninguna que no pueda intercambiarse con su enemigo o con su vecino; ninguna que no haya cumplido ya su edad y que no sea todavía inmadura; ninguna que no esté profundamente exhausta aunque se encuentre recién al inicio de un largo viaje". Más inteligentes y dotados que otros de nuestros amigos, siempre absortos en fantasías y proyectos para los cuales parecen tener todas las cualidades, no logran, sin embargo, terminar nada y se quedan generalmente sin obra. Ellos encarnan el tipo del eterno estudiante y del embaucador que envejece mal y que al final debemos, aunque sea de mala gana, dejar a nuestras espaldas. No obstante, algo en ellos, un gesto inconcluso, una gracia imprevista, una cierta matemática jactanciosa en los juicios y en el gusto, una soltura aérea de los miembros y de las palabras testimonia acerca de su pertenencia a un mundo complementario, alude a una ciudadanía perdida o a un otro lado inviolable. En este sentido, nos han dado una ayuda, aun si no alcanzamos a definir de qué clase. Quizá consista precisamente en el hecho de ser imposibles de ayudar, en su obstinado "por nosotros no hay nada qué hacer"; pero, precisamente por esto sabemos, al final, que los hemos traicionado de algún modo.

Acaso porque el niño es un ser incompleto, la literatura para la infancia está llena de ayudantes, seres paralelos y aproximativos, demasiado pequeños o demasiado grandes, gnomos, larvas, gigantes buenos, hadas y genios caprichosos, grillos y caracoles que hablan, borricos que cagan dinero y otras criaturitas encantadas que en el momento del peligro logran por milagro sacar del problema a la buena princesita o a Juan Sin Miedo. Son los personajes que el narrador olvida al final de la historia, cuando los protagonistas viven felices y contentos hasta el fin de sus días; pero de ellos, de aquella "gentuza” inclasificable a la cual, en el fondo, le deben todo, no se sabe nada más. Y sin embargo, traten de preguntarle a Próspero, cuando ha renunciado a todos sus encantos y regresa con los otros humanos a su ducado, qué tal es la vida sin Ariel.

Un tipo perfecto de ayudante es Pinocho, la maravillosa marioneta que Geppetto quiso fabricarse para dar la vuelta al mundo con ella y ganar así "un mendrugo de pan y un vaso de vino". Ni vivo ni muerto, medio golem y medio robot, siempre listo para ceder a todas las tentaciones y a prometer, un instante después, que "de hoy en adelante seré bueno", este arquetipo eterno de la seriedad y de la gracia de lo inhumano, en la primera versión de la novela, antes de que al autor se le ocurriera la idea de agregarle un final edificante, en un cierto momento "estira la pata" y muere del modo más vergonzoso, sin convertirse en un muchacho. Y un ayudante es también Espárrago, con aquella "apariencia seca, enjuta y esmirriada, como un pabilo nuevo de una lámpara de noche", que anuncia a los compañeros la existencia del País de la Abundancia y se ríe a carcajadas cuando se da cuenta de que les han crecido orejas de burro. Del mismo material son los "asistentes" de Walser, ocupados en forma irreparable y obstinada en colaborar con una obra del todo superflua, por no decir incalificable. Si estudian -y parece que estudian duro- es para convertirse en verdaderos ceros a la izquierda. ¿Y por qué deberían ayudar en aquello que el mundo considera serio, visto que en verdad no es otra cosa que locura? Prefieren pasear. Y si, caminando, encuentran un perro u otro ser viviente, le murmuran: "no tengo nada para darte, querido animal; te daría gustoso cualquier cosa si la tuviese". Excepto, al final, cuando se tienden sobre un prado para llorar amargamente su "estúpida existencia de mocoso presumido".

Incluso entre las cosas existen ayudantes. Quién no conserva estos objetos inútiles, mitad recuerdo, mitad talismán, de los cuales se avergüenza un poco, pero a los cuales no quisiera por nada del mundo renunciar. Se trata, a veces, de un viejo juguete que sobrevivió a los estragos infantiles, de un estuche de escolar que custodia un olor perdido o de una camiseta encogida que seguimos guardando, sin ninguna razón, en el cajón de las camisas "de hombre". Algo por el estilo debía ser, para Kane, el trineo Rosebud. O para sus perseguidores, el halcón maltés que, al final, se revela como hecho "de la misma materia de los sueños". O el motorcito de bicicleta transformado en batidora, de la cual habla Sohn-Rethel en su estupenda descripción de Nápoles. ¿Dónde van a terminar estos objetos-ayudantes, estos testimonios de un edén inconfesado? ¿No existe para ellos un depósito, un arca en la cual serán recogidos por lo que dure la eternidad, como la genizah en la que los judíos guardan los viejos libros ilegibles, porque en ellos podría estar escrito para siempre el nombre de Dios?

El capítulo 366 de Las iluminaciones de la Meca, la obra maestra del gran sufí lbn Arabi, está dedicado a los "ayudantes del Mesías". Estos ayudantes (wuzara, plural de wazir; es el visir que hemos encontrado tantas veces en Las mil y una noches) son hombres que, en el tiempo profano, poseen ya las características del tiempo mesiánico, pertenecen ya al último día. Curiosamente -aunque quizá por esto mismo-- ellos son elegidos entre los no-árabes, son extranjeros entre los árabes aunque hablan en su lengua. El Mahdi, el mesías que viene al final de los tiempos, necesita de sus ayudantes, que son de alguna manera sus guías, aun si ellos no son, en verdad, otra cosa que la personificación de las cualidades o "estaciones" de su propia sabiduría. "El Mahdi toma sus decisiones y pronuncia sus juicios sólo después de haber consultado con ellos, dado que son los verdaderos conocedores de aquello que existe en la realidad divina". Gracias a sus ayudantes, el Mahdi puede comprender la lengua de los animales y extender su justicia tanto a los hombres como a los djinn. Una de las cualidades de los ayudantes es, de hecho, la de ser "traductores" (mutarjim) de la lengua de Dios a la lengua de los hombres. Según lbn Arabi, todo el mundo no es otra cosa que una traducción de la lengua divina y los ayudantes son, en este sentido, los operarios de una incesante teofanía, de una continua revelación. Otra cualidad de los ayudantes es la "visión penetrante", con la que reconocen a los "hombres del invisible", es decir a los ángeles y otros mensajeros que se esconden en formas humanas o animales. Pero, ¿cómo se hace para reconocer a los ayudantes, los traductores? Si, siendo extranjeros, se esconden entre los fieles, ¿quién tendrá la visión para distinguir a los visionarios? Una criatura intermedia entre los wuzara y los ayudantes de Kafka es el hombrecito jorobado que Benjamin evoca en sus recuerdos infantiles. Este "inquilino de la vida torcida" no es solamente una cifra de la torpeza pueril, no es sólo el pícaro que roba el vaso a quien quiere beber y la plegaria a quien quiere rezar. Antes que nada, quien lo mira "pierde la capacidad de prestar atención". A sí mismo y al hombrecito. El jorobadito es, de hecho, el representante de lo olvidado, que se presenta para exigir en cada cosa la parte de olvido. Y esta parte tiene que ver con e! fin de los tiempos, así como la negligencia no es otra cosa que un anticipo de la redención. Las torceduras, la joroba, las torpezas son la forma que sume las cosas en el olvido. Y aquello que nosotros hemos olvidado por siempre es el Reino, nosotros que vivimos "como si no fuéramos Reino". Pero cuando el Mesías venga, lo torcido se pondrá derecho, el impedimento se volverá desenvoltura y el olvido se recordará a sí mismo. Porque, está dicho, "a ellos y a sus semejantes, a los imperfectos y a los inhábiles, les ha sido dada la esperanza".

La idea de que el Reino esté presente en el tiempo profano en formas bizcas y torcidas, que los elementos del estado final se escondan precisamente en aquello que hoy aparece como infame y digno de burla, que la vergüenza, en suma, tenga secretamente algo que ver con la gloria, es un profundo tema mesiánico. Todo aquello que ahora nos aparece como canallesco e inepto es la prenda que deberemos rescatar en el último día, y quien nos guiará hacia la salvación será precisamente el compañero que se ha perdido por el camino. Es su rostro el que reconoceremos en el ángel que hace sonar la trompeta o en aquel que, distraído, deja caer de su mano el libro de la vida. La gota de luz que aflora en nuestros defectos y en nuestras pequeñas abyecciones no era otra cosa sino la redención. Ayudantes, en este sentido, fueron también el mal compañero de escuela que nos pasó por debajo del banco las primeras fotografías pornográficas o el sórdido cuartito en el cual alguno nos mostró por primera vez sus desnudeces. Los ayudantes son nuestros deseos insatisfechos, aquellos que no nos confesamos siquiera a nosotros mismos, que en el día del juicio vendrán a nuestro encuentro sonriendo como Arturo y Jeremías. Ese día, alguno nos descontará nuestros rubores como pagarés para el paraíso. Reinar no significa cumplir con todo. Significa que lo incumplido es aquello que permanece.

El ayudante es la figura de lo que se pierde. 0, mejor dicho, de la relación con lo perdido. Se refiere a todo aquello que, tanto en la vida colectiva como en la individual, se olvida a cada instante; se refiere a la masa infinita de lo que de por sí se pierde irremediablemente. A cada instante, la medida del olvido y de la ruina, el derroche ontológico que llevamos con nosotros, excede en mucho la piedad de nuestros recuerdos y de nuestra conciencia. Pero este caos informe de lo olvidado, que nos acompaña como un golem silencioso, no es inerte ni es ineficaz. Por el contrario, actúa en nosotros con no menos fuerza que los recuerdos conscientes, si bien de una manera distinta. Constituye una fuerza y casi una invectiva de lo olvidado que no puede medirse en términos de conciencia ni ser acumulado como un patrimonio, pero cuya insistencia determina el rango de todo saber y de toda conciencia. Aquello que lo perdido exige no es ser recordado o complacido, sino permanecer en nosotros en tanto que olvidado, en tanto que perdido, y únicamente por esto, inolvidable. En todo esto, el ayudante cumple un papel importante. Él es quien concluye el texto de lo inolvidable y lo traduce a la lengua de los sordomudos. De allí su gesticular obstinado, de allí su impasible rostro de mimo. De allí, incluso, su irremediable ambigüedad. Porque de lo inolvidable sólo se puede hacer parodia. El puesto del rincón está vacío. A los costados y alrededor trabajan los ayudantes, que de ese modo preparan el Reino.






en Profanaciones, 2005















lunes, noviembre 29, 2010

"No basta abrir la ventana...", de Alberto Caeiro

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



No basta abrir la ventana
Para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
Para ver los árboles y las flores.
También es preciso no tener filosofía alguna.
Con filosofía no hay árboles: apenas hay ideas.
Hay sólo cada uno de nosotros, como una fosa.
Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo allá afuera;
Y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriese,
Que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.











Não basta abrir a janela/ Para ver os campos e o rio./ Não é bastante não ser cego/ Para ver as árvores e as flores./ É preciso também não ter filosofia nenhuma./ Com filosofia não há árvores: há idéias apenas./ Há só cada um de nós, como uma cave./ Há só uma janela fechada, e todo o mundo lá fora;/ E um sonho do que se poderia ver se a janela se abrisse,/ Que nunca é o que se vê quando se abre a janela.//









domingo, noviembre 28, 2010

“Natalie”, de Néstor Perlongher






A la cola de mis ejércitos por Ucrania.
Jarry




En vaporoso chal pringada manta?              vuelves?
acaso los hombros en un sacudimiento, en un
rictus de frío
mamas el zumo de lo castigado              de lo olvidado
de lo morosamente delirado
y te retorcías en un áspero frío de armiños y estepas
Gozas así, Natalia?              Acaso te empalagas con la libación
infinita del duelo (cerrados tus hombros a toda
murmuración, a toda infamia)
mientras te revolvías por el frío              sin polvo y
apenas demacrada
te ciñes el bretel?              hombreada?              hambreada?
sin el polvo, sin la ilusión del polvo, sin el morder
del polvo, sin el empolvamiento de los tacos

             fría y distante Natalie
Respiras en estas emanaciones de sudor
             en estas rancias
maravillas?






en Poemas completos, 1992














sábado, noviembre 27, 2010

"Hablemos de otra cosa", de Francis Picabia





                                        No me hagáis preguntas
                    hablemos de otra cosa
hablemos de los anteojos muertos si queréis
de Boticelli Piero della Francesca
                                                  o Velázquez
o de una muchacha violada
               que un montón de idiotas creen
                              que deben compadecer

¿Os acordáis del barniz de mis cuadros?
                 eran como espejos
                              en los que a cada instante
algo podía surgir
                 para confundirse con las oscilaciones
                              de mi corazón fatigado
que ya no sabe amar
                 ni odiar
                              ni siquiera elevarse
por encima de las miserias íntimas

Yo he alcanzado la cima del sufrimiento












en Parlons d'autre chose, 1953









viernes, noviembre 26, 2010

“Círculos de luz creada…”, de Aciro Luménics







El paseo nocturno, junto al arrabal; una playa hecha de colores rosáceos y temibles, hasta cierto punto. Cae el cuerpo encima del tejado, mira desde su especial condición de cadáver joven, reciente, momento cumbre, cuando el brillo aún no desaparece, cuando el tiempo se evapora en torno a la frágil disolución de la eternidad en un día, parodiando aquel amable titular de periódico extranjero en Semana Santa. Noticias de último minuto. La caída se hace libre, desde un cómodo concierto intravenoso. El delirio y difuminación de las especies. Estar en la mitad de un holograma, mientras el alrededor se desvanece entre el fuego y la desgracia. El nivel de flotación desaparece y reaparece. Cantos de sirenas llegan, sin embargo el tiempo luce y se recuece en el llanto de un pequeño abandonado hace más de tres generaciones. La historia se hace una, se fragmenta en millonésimas imágenes; cada una cuenta su espacial manera de entender. Una flor de hielo se deshace en el silencio... Una piedra explota en la cima de un volcán austral... La certeza y esperanza de un mendigo en las afueras de Madrás... Una madre se lanza al vacío desde el piso dieciséis sin llegar jamás al suelo... Cuatro especies vegetales diferentes cumplen con su fase de extinción... Un ventilador en pésimo estado gira tristemente en sus últimos veintitrés minutos de funcionalidad o, digamos, existencia... Ciento cuatro mil millones de letras combinadas, en lamentos, frases y dialectos, guardan el reposo necesario en los subsuelos de una biblioteca personal, producto de la delirante imaginación de un magnate nigeriano... Una fila de automóviles desechos: latas oxidadas, sangre seca en el tapiz, cables liados a propósito, volantes trizados y una secuela de imágenes de todo tipo que se proyecta en los parabrisas: gente cruza apurada de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Luces rojas en intermitencia. Luces amarillas. Placas de color gris. Ax-123654. Una mano posa sobre otra al aspirar en cuarta velocidad. La música derviche suena en el volumen tres. Las ventanas abajo. Kilómetros de arena. Un pueblo perdido en el destierro, mar y olvido. En busca de los hielos, el anciano oculto. Paraísos en desorden. Luces que retornan...

Y en el medio de la noche, una llamada en el desierto. Su imaginación cansada, su piel áspera, su voz lenta y baja; sus palabras expresadas en un código instantáneo de sencilla resolución. Su mirada al norte, su feroz caricia, su relato sin final...





en Desierto al sur, 1956














jueves, noviembre 25, 2010

"Pablo Neruda recibe el Premio Nobel", de Salvador Allende Gossens





Estimados compatriotas:

El Premio Nobel de Literatura ha sido otorgado a un chileno, a Pablo Neruda. Este galardón, que incorpora a la inmortalidad a un hombre nuestro, es la victoria de Chile y de su pueblo, además de América Latina.

Esta extraordinaria y significativa distinción pudo y debió haberla alcanzado Neruda hace años, esto sin detrimento de la obra o el mérito literario de los que lo obtuvieron.

Sin embargo, en este instante es para nosotros también una obligación, junto con destacar que Chile es tierra de poetas, traer hasta nosotros el recuerdo de esa mujer que alcanzara también el Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral, señalar que en el trasfondo de la obra de ambos hay un profundo contenido humano y social.

Por cierto que no es ésta la oportunidad de señalar o bosquejar aunque fuera en forma muy somera la obra de Pablo Neruda, cuya prodigiosa imaginación alcanza todos los aspectos de la vida del hombre, quiero destacar que nada ha escapado a la imaginación de este poeta nuestro. Sus libros y sus poesías están traducidos desde hace tiempo a todos los idiomas. Sin embargo, es útil decir que éste es el premio al poeta comprometido con su pueblo, el que ha paseado por sus versos una fase significativa de su tarea; por eso es natural que en esta hora sea el pueblo el que con mayor alegría festeje a su compatriota, a su hermano.

Neruda, un humanista esclarecido que ha narrado con belleza la inquietud del hombre ante la existencia; por la poesía de Neruda pasa Chile entero, con sus ríos, sus montañas, sus nieves eternas y tórridos desiertos, pero por sobre todas las cosas, está el hombre y la mujer y por esto está presente el amor y la lucha social.

Reitero que es para nosotros la distinción otorgada a Neruda, la distinción que alcanza a Chile, a todos los chilenos. Es indiscutiblemente un sentido nacional y patriótico justo el que en este instante expresa por mi intermedio, su satisfacción.

Sin embargo, no se puede dejar de señalar que Pablo Neruda, Embajador del Gobierno del Pueblo en Francia, ha sido durante toda su existencia un combatiente con una firme posición ideológica, militante de uno de los partidos que integran la Unidad Popular y miembro activo de él.

Personalmente tengo motivos muy especiales para sentirme en este instante conmovido por esta distinción que se otorga a Pablo, con quien durante tantos años participara en los combates populares. Fue compañero de muchas giras en el Norte, Centro y Sur de Chile. Siempre recordaré con emoción cómo el pueblo que escuchaba nuestros discursos políticos escuchaba con emoción y en silencio expectante la lectura que hacía Pablo de sus versos. Qué bueno fue para mí ver la sensibilidad del pueblo, y cómo los versos del poeta caían en el corazón y la conciencia de las multitudes chilenas.

Por eso, desde aquí le envío el abrazo fraterno del pueblo de Chile por mi intermedio. Se reconoce la calidad del poeta Neruda, a nuestro país con su Gobierno Popular y al Partido Comunista de Chile.

En un hecho que enaltece a un hombre que es Embajador de Chile en Francia, representando la palabra del Gobierno Popular.

Estamos entusiasmados porque se reconoce, repito, al poeta su calidad, pero también otras cuestiones. Yo creo que la alegría es unánime.




octubre, 1971













Fotografía de Luis Pueller






miércoles, noviembre 24, 2010

“La casa en la arena”, de Juan Carlos Onetti







Cuando Díaz Grey aceptó con indiferencia haber quedado solo, inició el juego de reconocerse en el único recuerdo que quiso permanecer en él, cambiante, ya sin fecha. Veía las imágenes del recuerdo y se veía a sí mismo al transportarlo y corregirlo para evitar que muriera, reparando los desgastes de cada despertar, sosteniéndolo con imprevistas invenciones, mientras apoyaba la cabeza en la ventana del consultorio, mientras se quitaba la túnica al anochecer, mientras se aburría sonriente en las veladas del bar del hotel. Su vida, él mismo, no era ya más que aquel recuerdo, el único digno de evocación y de correcciones, de que fuera falsificado, una y otra vez, su sentido.

El médico sospechaba que, con los años, terminaría por creer que la primera parte memorable de la historia anunciaba todo lo que, con variantes diversas, pasó después; terminaría por admitir que el perfume de la mujer —le había estado llegando durante todo el viaje, desde el asiento delantero del automóvil— contenía y cifraba todos los sucesos posteriores, lo que ahora recordaba desmintiéndolo, lo que tal vez alcanzara su perfección en días de ancianidad. Descubriría entonces que el Colorado, la escopeta, el violento sol, la leyenda del anillo enterrado, los premeditados desencuentros en el chalet carcomido, y aun la fogata final, estaban ya en aquel perfume de marca desconocida que ciertas noches, ahora, lograba oler en la superficie de las bebidas dulzonas.

Después del viaje junto a la costa, en el principio del recuerdo, el coche salió del camino y fue trepando, lento e inseguro, hasta que Quinteros lo detuvo y apagó los faros. Díaz Grey no quiso enterarse del paisaje; sabía que la casa estaba rodeada de árboles, muy alta sobre el río, aislada entre las dunas. La mujer no dejó el asiento; ellos se apartaron. Quinteros le pasó las llaves y los billetes doblados. Tal vez la luz del encendedor que ella acercó al cigarrillo les tocase, fugaz, los perfiles.

—No te muevas y no te impacientes. Por la playa, hacia la derecha, se llega al pueblo —dijo Quinteros—. Sobre todo, no hagas nada. Ya veremos qué se resuelve. No trates de verme ni de llamarme. ¿De acuerdo?

Díaz Grey subió hacia la casa, simuló tratar de esconder su traje blanco mientras zigzagueaba entre los árboles. El coche llegó al camino y fue aumentando su velocidad hasta mezclar el ruido del motor con el del mar, hasta dejarlo solo escuchando el mar, los ojos cerrados, repitiéndose con tenacidad que vivía en un mes del otoño, recordando las últimas semanas empleadas casi exclusivamente en firmar recetas para morfina en el flamante consultorio de Quinteros, en mirar con disimulo a la inglesa amante de Quinteros —Dolly o Molly—, que las guardaba en su bolso y extendía billetes de diez pesos en una esquina de la mesa, sin entregárselos directamente, sin hablarle nunca, sin mostrar siquiera que lo veía y estaba siguiendo atenta el movimiento rápido y obediente de la mano de Díaz Grey sobre el recetario.

Los días de sol que se repitieron en la playa antes de que llegara el Colorado se transformaron en el recuerdo en uno solo, de longitud normal, pero en el que cabían todos los sucesos: un día de otoño, casi caluroso, en el que hubieran podido entrar, además, su propia infancia y multitud de deseos que no se cumplieron nunca. No necesitaba agregar un solo minuto para verse conversar con los pescadores en la extremidad izquierda de la playa, desmembrar cangrejos para las carnadas; verse recorriendo la orilla en dirección al pueblo, al almacén donde compraba la comida y se emborrachaba apenas, dando un monosílabo por cada frase afirmativa del patrón. Estaba, en el mismo día casi ardiente, bañándose en la completa soledad de la playa, inventando, entre tantas otras cosas, un madero carcomido balanceado por las olas y un terceto de gaviotas chillando encima. Estaba trepando y resbalando en las dunas, persiguiendo insectos entre las barbas de los arbustos, presintiendo el lugar donde sería enterrado el anillo.

Y, además, mientras esto sucedía, Díaz Grey bostezaba en el corredor del chalet, estirado en la silla de playa, una botella a un lado, una revista vieja sobre las piernas; herrumbrada, inútil y vertical contra el tronco de la enredadera, la escopeta descubierta en el galpón.

Díaz Grey estaba con la botella, su desencanto, la revista y la escopeta cuando el Colorado salió de entre los árboles y fue trepando hacia la casa, el saco colgado de un hombro, la gran espalda doblada. Díaz Grey esperó a que la sombra del otro le tocara las piernas; alzó entonces la cabeza y miró el pelo revuelto, las mejillas flacas y pecosas; se llenó con una mezcla de piedad y repulsión que habría de conservarse inalterada en el recuerdo, más fuerte que toda voluntad de la memoria o la imaginación.

—Me manda el doctor Quinteros. Soy el Colorado —anunció con una sonrisa; con un brazo apoyado en la rodilla estuvo esperando las modificaciones asombrosas que su nombre impondría al paisaje, a la mañana que empezaba a declinar, al mismo Díaz Grey y su pasado. Era mucho más corpulento que el médico, aun así, encogido, construyendo su prematura joroba. Apenas hablaron; el Colorado mostró el filo de los dientes diminutos, como de un niño, tartamudeó y fue desviando los ojos hacia el río.

Díaz Grey pudo continuar inmóvil, tan solitario como si el otro no hubiera llegado, como si no alargara el brazo y abriera la mano para dejar caer el saco, como si no se fuera acuclillando hasta quedar sentado en la galería, las piernas colgantes, excesivamente doblado el torso en dirección a la playa. El médico recordó la historia clínica del Colorado, la ampulosa descripción de su manía incendiaria escrita por Quinteros, en la que este semiidiota pelirrojo, manejador de fósforos y latas de petróleo en las provincias del norte, aparecía tratando de identificarse con el sol y oponiéndose a su inmolación en las tinieblas maternales. Tal vez ahora, mirando los reflejos en el agua y en la arena, evocara, poetizadas e imperiosas, las fogatas que había confesado a Quinteros.

—¿No se come? —preguntó el Colorado al atardecer. Entonces Díaz Grey recordó que el otro estaba ahí, doblado, la cabeza redonda tendida hacia la arena que comenzaba a levantar los remolinos de viento. Lo hizo entrar en la casa y comieron, trató de emborracharlo para averiguar algo que no le interesaba: si había venido a esconderse o a vigilarlo. Pero el Colorado apenas conversó mientras comía; bebió todos los vasos que le ofrecieron y fue a tenderse, descalzo, a un costado de la casa.

Entonces se iniciaron los días de lluvia, un período de nieblas que se enredaban y colgaban, velozmente marchitas, de los árboles, borrando a veces y haciendo revivir otras, los colores de las hojas aplastadas en la arena.

"El no está", pensaba Díaz Grey mirando el cuerpo encogido y silencioso del Colorado, viéndolo andar descalzo, empujar la humedad con los hombros, estremecerse como un perro mojado.

Con un brazo a medias tendido, con una sonrisa que reveló la larga espera de un milagro imposible, el Colorado se apoderó de la escopeta. Empezó a doblarse por las noches encima de ella, junto a la lámpara, para manejar y engrasar, caviloso y torpe, tornillos y resortes; por las mañanas se introducía en la neblina con el arma al hombro o colgando contra una pierna.

El médico estuvo buscando restos de cajones, papeles, trapos, alzó algunas ramas casi secas, y una noche encendió la chimenea. Las llamas iluminaron las manos que se doblaban sobre la escopeta abierta; el Colorado levantó por fin la cabeza y miró el fuego, fijamente, sin nada más que la expresión distraída de quien se ayuda a soñar con la oscilación de la luz, la suave sorpresa de las chispas. Después se levantó para corregir la posición de los troncos, manejándolos sin cuidado; volvió a sentarse en la pequeña silla de cocina que había elegido y recuperó la escopeta. Mucho antes de que el fuego se apagara, salió para inspeccionar la noche, donde la niebla se estaba transformando en llovizna y sonaba ya sobre el techo. Regresó sacudiéndose el frío, y el médico pudo verlo pasar con indiferencia junto al resplandor de las brasas que le enrojeció la cara empapada, tirarse en la cama para dormir en seguida, la cara contra la pared, abrazado a la escopeta. Díaz Grey le echó un trapo sobre los pies embarrados, le acarició, palmeteándola, la cabeza, y lo dejó dormir, transformado en perro, sintiéndose nuevamente solo durante otros días y noches, hasta que hubo una mañana con sol intermitente. Entonces bajaron hasta la playa —el Colorado lo vio salir y lo siguió, deteniéndose a veces para apuntar con la escopeta a los pocos pájaros que era capaz de imaginar, trotando después hasta casi alcanzarlo— y recorrieron la orilla hacia el pueblo. Con una bolsa de playa llena de alimentos y botellas regresaron bajo un cielo ya huraño; el médico pudo ver los anchos pies descalzos del Colorado hollando los diversos sitios en que sería enterrado el anillo.

Llovió todo el día, y Díaz Grey se levantó para encender la lámpara un minuto antes de oír el ruido del motor en el camino. Aquí se inician los momentos que alimentan al resto del recuerdo y le otorgan un sentido variable; y así como los días y las noches anteriores a la llegada del Colorado se convirtieron en un solo día de sol, este pedazo del recuerdo se extendió y se fue renovando en un atardecer lluvioso, vivido en el interior de la casa.

Los oyó conversar mientras subían hacia el chalet, reconoció la voz de Quinteros, adivinó que la mujer que se detenía para reír era la misma; miró al Colorado, inmóvil y mudo, abrazándose las rodillas en la sillita; colocó la lámpara sobre la mesa, encendida entre los que iban a entrar y él.

—Hola, hola —dijo Quinteros. Sonreía, exageraba su contento; tocó el hombro húmedo de la mujer, como guiándola para que saludara—. Creo que se conocen, ¿eh?

Ella le dio la mano y mencionó en una pregunta el aburrimiento y la soledad. Díaz Grey reconoció el perfume, supo que ella se llamaba Molly.

—Las cosas están casi arregladas —dijo Quinteros—. Pronto volverás al algodón y al yodo, con un diploma inmaculado. No tuve más remedio que mandarte a este animal; espero que no te moleste, que puedas soportarlo. No pude arreglar de otro modo; cuidado con los fósforos.

Molly fue hasta el rincón donde el Colorado hacía gemir el asiento, hamacándose. Le tocó la cabeza y se agachó para hacerle preguntas inútiles, dar ella misma las respuestas obvias. Díaz Grey comprendió, emocionado, que ella había sido capaz de descubrir, con una sola mirada, tal vez por el olor, que el Colorado había sido transformado en perro. Se inclinó, maniobrando con la mecha de la lámpara, para esconder la cara a Quinteros.

—Lo estoy pasando muy bien. Las mejores vacaciones de mi vida. Y el Colorado no me molesta; no habla, está enamorado de la escopeta. Puedo seguir así indefinidamente. Si quieren comer algo...
—Gracias —dijo Quinteros—, Sólo unos pocos días más, todo se está arreglando —ella continuaba empequeñecida junto a la sonrisa del Colorado, el impermeable barriendo el suelo—. Pero creo que te voy a estropear las vacaciones.

¿Hay algún inconveniente en que Molly se quede aquí un par de días? Es bueno retirarla de la circulación.

—No por mí —repuso Díaz; apartó rápidamente de la lámpara el temblor de su mano—. Pero ella, vivir aquí...

Se alejó de la mesa, señalando las paredes de la habitación con los brazos, entró y salió de la zona de perfume.

—Se arreglará —dijo Quinteros—. ¿No es cierto que te arreglarás? Dos o tres días.

Ella alzó la cabeza para mirar a Quinteros.

—Tengo al Colorado para que me cante.
—Ella te explicará, si quiere —dijo Quinteros. Se despidió casi en seguida y los dos descendieron abrazados, lentamente, a pesar de que la lluvia mojaba y estiraba el pelo de la mujer.

Ahora Quinteros desaparece hasta el final del recuerdo; en el inmóvil, único atardecer lluvioso, ella elige el rincón donde colocará su cama, guía al Colorado en la tarea de vaciar el pequeño cuarto que da al oeste. Cuando el dormitorio está preparado, la mujer se quita el impermeable, se calza unas zapatillas de playa; modifica la posición de la lámpara sobre la mesa, impone un nuevo estilo de vida, sirve vino en tres vasos, reparte los naipes y trata de explicarlo todo sin otro medio que una sonrisa, mientras se alisa el pelo humedecido. Juegan una mano y otra; el médico empieza a comprender la cara de Molly, los ojos azules e inquietos, lo que hay de dureza en su mandíbula ancha, en la facilidad con que puede alegrar su boca y hacerla inexpresiva de inmediato. Comen algo y vuelven a beber; ella se despide para acostarse; el Colorado arrastra su cama cerca de la puerta del dormitorio de la mujer y se tiende, la escopeta sobre el pecho, un talón rozando el suelo para que Díaz Grey sepa que no duerme.

Vuelven a jugar a los naipes hasta aquel momento en que ella bebe demasiado y deja caer los que acaba de pasarle el Colorado, con sólo abrir los dedos, de manera más definitiva que si los arrojara con violencia contra la mesa, estableciendo así que no volverán a jugar.

El Colorado se levanta, recoge los naipes y los va tirando en el fuego de la chimenea. Sólo resta, piensa el médico, acariciar a Molly o hablarle; encontrar y decir una frase limpia pero que aluda al amor. Alarga el brazo y le toca el pelo, lo aparta de la oreja, lo suelta, vuelve a levantarlo. El Colorado pone sobre la mesa la sombra de la escopeta, tomada ahora por el caño. Díaz Grey levanta el pelo y lo suelta, imaginando cada vez el suave golpe que debe ella sentir contra la oreja.

El Colorado está hablando sobre sus cabezas, agita la escopeta y su sombra; repite el nombre de Quinteros, termina y vuelve a comenzar la misma frase, dándole un sentido más transparente o confuso, según Molly lo mire o baje los ojos. La escopeta golpea la muñeca de Díaz Grey y la empuja contra la mesa.

—No se puede hacer —grita el Colorado.

Díaz Grey vuelve a separar el pelo de la oreja con dedos que apenas puede estirar; Molly alza las manos y las une encima de su bostezo. Entonces Díaz Grey siente el dolor en la muñeca y piensa, ya sin compensaciones, que puede estar rota. Ella coloca una mano sobre el pecho de cada uno. El Colorado vuelve a sentarse en la sillita, junto a la chimenea apagada, y Díaz Grey se acaricia el dolor que sube por el brazo, empuja la mano dolorida contra la boca de Molly, que retrocede, se resiste y se abre. Entonces llega el momento en que el médico resuelve matar al Colorado y desciende a la humillación de esconder el cuchillo de limpiar pescado entre la camisa y el vientre y pasearse frente al otro hasta que la hoja fría se entibia, hasta que Molly avanza, desde la puerta, desde alternados rincones de la habitación, extiende los brazos y se acusa a sí misma, alude a una fatalidad imprecisa y personal.

El médico, desembarazado del cuchillo, está tendido en la cama, fumando; escucha el golpeteo de la llovizna en el techo, en la superficie de la tarde inmóvil. El Colorado se pasea ante la puerta de Molly, la escopeta inservible al hombro, cuatro pasos, vuelta, cuatro pasos.

El ruido del agua se hace furioso en el techo y en el follaje, se gasta; ahora ellos andan en el silencio expectante, escudriñando el paisaje gris desde las puertas y las ventanas, remedando ademanes de estatua en la galería, un brazo estirado, todos los sentidos juntos en el dorso de la mano. Por lo menos ella y Díaz Grey. El Colorado presiente la desgracia y se pasea en círculos, dentro de la habitación; arrastra un gemido y la culata del arma contra el piso. El médico espera a que la velocidad de su marcha aumente, se haga frenética, asuste a Molly, amaine.

Cuando Díaz Grey inicia sus viajes entre el galpón y la chimenea, cargando todo lo que pueda ser quemado, el otro continúa paseándose, jadeante, ensaya una canción que ella no quiere oír pero que finge acompañar con movimiento de la cabeza. Apoyada en el marco de la puerta, parece a la vez más alta y más débil, con los pantalones de playa y la tricota de marinero. El Colorado arrastra los pies y canta; ella balancea la cabeza con astucia y esperanza, mientras Díaz Grey enciende los fósforos, mientras la llamarada se alza y suena en el aire. Sin mirar hacia atrás, sin intentar saber qué pasa, Díaz Grey entra en la habitación de Molly. Tendido en la cama, repite a media voz la canción que cantaba el Colorado, mira los dedos de Molly en la hebilla del cinturón, calla al adivinar que el celestinaje corresponde al silencio. Vuelve a resonar la lluvia y las nubes se desgarran, sostienen la luz triste de la eterna tarde de mal tiempo. Mejilla contra mejilla en la ventana, ven alejarse al Colorado, cruzar diagonalmente la playa hasta pisar la orilla, la franja de arena y agua que limita una línea de espuma endurecida.

—Molly —dice Díaz Grey. Sabe que es necesario suprimir las palabras para que cada uno pueda engañarse a sí mismo, creer en la importancia de lo que están haciendo y atraer hasta ellos la sensación, ya reacia, de lo perdurable. Pero Díaz Grey no puede evitar nombrarla.
—Molly —repite, inclinado sobre su último olor—. Molly.

Ahora el Colorado está erguido, rígido junto a la chimenea enfriada, con la escopeta apoyada en los dedos de un pie. Ella se sienta a la mesa y bebe; Díaz Grey vigila al Colorado sin dejar de ver los dientes de Molly, manchados por el vino, exhibidos en una mueca reiterada que no intenta nunca ser una sonrisa. Ella deja el vaso, se estremece, habla en inglés a nadie. El Colorado continúa haciendo guardia al fuego muerto cuando ella reclama un lápiz y escribe versos, obliga a Díaz Grey a mirarlos y guardarlos para siempre, pase lo que pase. Hay tanta desesperación en la parte de la cara de la mujer que él se anima a mirar, que Díaz Grey mueve los labios como si leyera los versos y guarda con cuidado el papel mientras ella fluctúa entre el ardor y el llanto.

—Lo escribí yo, es mío —miente ella—. Es mío y es tuyo. Quiero explicarte lo que dice, quiero que lo aprendas de memoria.

Paciente y enternecida, lo obliga a repetir, lo corrige, le da ánimos:

Here is that sleeping place,
Long resting place
No stretching place,
That never-get-up-no-more
Place
Is here.

Salen a buscar al Colorado. Tomados del brazo, siguen el camino que le vieron hacer antes, en otro momento de la tarde desapacible; bajan, molestándose, paso a paso; caminan en diagonal hasta la orilla y continúan pisándola hasta el pueblo, el almacén. Díaz Grey pide un vaso de vino y se apoya en el mostrador; ella desaparece dentro del negocio, grita y murmura en el rincón del teléfono. Trae, al regresar, una sonrisa nueva, una sonrisa que daría miedo al médico si la sorprendiera dirigida a otro hombre.

Desandan el camino bajo la menuda llovizna que reaparece para enfrentarlos. Ella se detiene.

—No encontramos al Colorado —dice sin mirarlo. Levanta la boca para que Díaz Grey la bese y le deja un anillo en la mano al separarse—. Con esto podemos vivir meses, en cualquier parte. Vamos a recoger mis cosas.

Mientras apresuran el paso por la orilla, Díaz Grey busca en vano la frase y el tipo de mirada que quisiera dejar al Colorado. Ahora sí hay, cerca de la costa, un madero podrido que las olas alzan y hunden; hay un terceto de gaviotas y su escándalo revoloteando en el cielo.

Ella ve el automóvil antes que Díaz Grey y se echa a correr, resbalando en la arena. El médico la ve subir a una duna, los brazos abiertos, perder pie y desaparecer; queda solo ante el pequeño desierto de la playa, los ojos lastimados por el viento. Gira para protegerlos y termina por sentarse. Entonces —a veces en el final de la tarde, otras en su mitad— cava un pozo en la arena, tira el anillo y lo cubre; lo hace ocho veces, en los lugares que pisó el Colorado, en los que él mismo había señalado con una sola mirada. Ocho veces, bajo la lluvia entierra el anillo, y se aleja; camina hasta el agua, trata de equivocar sus ojos mirando los médanos, los árboles raquíticos, el techo de la casa, el automóvil en el declive. Pero vuelve siempre, en línea recta, sin vacilaciones, hasta el sitio exacto del enterramiento; hunde los dedos en la arena y toca el anillo. Tumbado cara al cielo, descansa, se hace mojar por la lluvia y se despreocupa; lentamente inicia el camino hasta la casa.

El Colorado está extendido junto a la chimenea apagada, mascando con lentitud; tiene un vaso de vino en la mano. Ella y Quinteros murmuran velozmente, cara contra cara, hasta que Díaz Grey avanza, hasta que es imposible negar que oyen sus pasos.

—Hola —dice Quinteros, y le sonríe, le alarga un brazo; todavía tiene el sombrero puesto, desacomodado.

Díaz Grey arrastra una silla y se sienta cerca del Colorado; le acaricia la cabeza y lo palmea, cada vez más fuerte, esperando que se enfurezca para golpearle la mandíbula. Pero el otro continúa mascando, apenas se vuelve para mirar; entonces Díaz Grey deja descansar su mano sobre el pelo rojizo y mira hacia ella y Quinteros.

—Todo está arreglado —dice Quinteros—. El beneficio de la duda, para repetir las palabras del juez. Si estabas preocupado, espero que ahora... Aunque, naturalmente, pueden quedarse aquí cuanto quieran.

Se acerca y se inclina para darle otros billetes doblados. Cuando Molly termina de pintarse y abrocharse el impermeable hasta el cuello, Díaz Grey se incorpora y abre bajo la luz, bajo la cara de la mujer, la mano con el anillo en la palma. Sin palabras —y ahora es necesario aceptar que la escena está situada en el final de la tarde— ella le toma los dedos y los va doblando, uno a uno, hasta esconder el anillo.

—Hasta cuando quieras —dice Quinteros desde la puerta. Díaz Grey y el Colorado oyen el ruido del motor que se aleja, su silencio, el murmullo del mar.

Aquí termina, en el recuerdo, la larga tarde lluviosa iniciada cuando Molly llegó a la casa en la arena; nuevamente el tiempo puede ser utilizado para medir.

Tan dramáticamente como si quisiera convencer de que lo ha comprendido todo antes que Díaz Grey, el Colorado se incorpora y vuelve hacia la puerta, hacia la lluvia que cede, una cara humanizada por la sorpresa y la angustia. Toca al médico por primera vez, le aferra un brazo y parece fortalecerse con el contacto; después se levanta y sale corriendo de la casa. Díaz Grey abre la mano, se acerca a la luz para mirar el anillo y soplar los granos de arena que se le han pegado; lo deja sobre la mesa, bebe lentamente un vaso de vino, como si fuera bueno, como si le quedaran cosas en qué pensar. Hay tiempo, se dice; está seguro de que el Colorado no necesita ayuda. Cuando se resuelve a salir encuentra, examina con indiferencia el último momento que puede ser incorporado a la tarde brumosa: una franja de luz rojiza se estira muy alta sobre el río. Enciende un cigarrillo y camina hacia el costado de la casa donde está el galpón; piensa con indolencia que terminó por guardarse el anillo, que dejó sobre la mesa el papel con los versos, que tal vez el deliberado cinismo baste para limpiarlo del remedo de la pasión y su ridículo.

Cuando Díaz Grey, en el consultorio frente a la plaza de la ciudad provinciana, se entrega al juego de conocerse a sí mismo mediante este recuerdo, el único, está obligado a confundir la sensación de su pasado en blanco con la de sus hombros débiles; la de la cabeza de pelo rubio y escaso, doblada contra el vidrio de la ventana, con la sensación de la soledad admitida de pronto, cuando ya era insuperable. También le es forzoso suponer que su vida meticulosa, su propio cuerpo privado de la lujuria, sus blandas creencias, son símbolos de la cursilería esencial del recuerdo que se empeña en mantener desde hace años.

En el final preferido para su recuerdo, Díaz Grey se deja caer a un costado de la casa, sobre la arena mojada. El frenesí del Colorado, que amontona ramas, papeles, tablas, pedazos de muebles contra la pared de madera del chalet, lo hace reír a carcajadas, toser y revolcarse; cuando respira el olor del kerosene inmoviliza al otro con un silbido imperioso y se le acerca, resbalando sobre la humedad y las hojas, saca del bolsillo la caja de fósforos y la sacude junto a un oído mientras avanza y resbala.





Publicado originalmente en La Nación, 1949














martes, noviembre 23, 2010

"Variaciones sobre la vida de Norman Bates", de C. Faúndez

Dos fragmentos


Vuela pajarito,
vuela
vuela
aunque sea un poquito


Así cantaba Fagestrom. Pero el pájaro, por más agua que recibía en su tumba, seguía acurrucado en el fondo de la tierra, conversando con algún gusano incrustado en su ojo. Las vueltas de la vida. Antes, él, pájaro libre y sostenedor de su nido, arrancaba los gusanos de la tierra para llevarlos a la boca de sus crías y ahora, esos mismos gusanos se le metían por los ojos, sacando hasta el último resto de su carnecita.

-Gusanos culiaos- pensaba el pájaro, a pesar de estar muerto, porque los pájaros son los únicos que siguen pensando después de muertos, pensando en la forma de volver a extender sus alas. Si no fuese así, no serían verdaderos pájaros.

El pájaro sabía también que Fagestrom regaba todos los días su tumba para que él reviviera, pero no encontraba la forma de avisarle que no sacaba nada con echarle agua al asunto, si lo primero que debía hacer era desenterrarlo para que pudiera ver la luz. El pájaro deseaba -no podía ser de otra manera- abandonar de una buena vez a esos gusanos que hacían lo que querían con él entre las sombras. Incluso algunos se le habrían metido por el culo. Al pájaro no le gustaba que nada ni nadie se le metiera por el culo.






Fragmento extraído de "La mujer imposible".



* * *


La mujer imposible miraba por su ventana la calle vacía. Imaginaba que de pronto aparecería el poeta con libros bajo el brazo y su mirada perdida abajo, en el pavimento que no dice nada, tierra de hormigas, gobierno de pequeñas cosas. Soñaba con abrazarlo, decirle que todo este tiempo había sido un tiempo de prueba, una forma de creer en sus poemas, en su vida, en la manera que tiene de beber del vaso.

Tomó el teléfono, pero de inmediato lo tiró sobre el sofá. No necesitaba llamarlo, o se convenció de que no necesitaba llamarlo. Se vio al espejo y peinó su cabello como una niña aburrida de estar en casa, abrió una lata de cerveza y contempló el teléfono como si el teléfono fuese el poeta. Marcó los tres primeros números, pero luego tiró el teléfono aún más lejos, sobre la alfombra.

No tenía un gato que pudiese jugar con el teléfono o con ella.

Sólo tenía un espejo.

Un bosque tras el espejo.

Un poeta escondido en el bosque.






Fragmento extraído de "Esto sucede cuando tres poetas deciden armar una bomba".









2010












lunes, noviembre 22, 2010

"Lo fatal", de Rubén Darío








Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...





en Cantos de vida y esperanza, 1905














domingo, noviembre 21, 2010

"Contemplo azules las cimas...", de Tao Han

© Versión de Juan Carlos Villavicencio  
para Fer en su cumpleños...



Contemplo azules las cimas
Y a la luna mirándose en las aguas de aquel lago.
Oigo el susurro de las fuentes
Y al viento herir las hojas al borde del arroyo.
Mi alma se ha ausentado lejos
De todas las cosas visibles,
Caminante y cautiva al mismo tiempo
En un éxtasis que sólo puede ser glorioso.











sábado, noviembre 20, 2010

"Cuarto de los espejos", de Carlos Oquendo de Amat






En esta medianoche
con rejas de aire

                         se ajitan las manos

             Dónde estará la puerta? Dónde estará la puerta?
y siempre nos damos de bruces
Con los espejos de la vida
Con los espejos de la muerte

             ETERNA Juventud Vejez ETERNA

Ser siempre el mismo espejo que le damos la vuelta
se ajitan las manos amarillas

                         y se pierden las otras manos

y en este todo-nada de espejos
ser de MADERA

                         y sentir en lo negro

             HACHAZOS DE TIEMPO





en 5 metros de poemas, 1927














viernes, noviembre 19, 2010

"Vientos del pueblo", de Víctor Jara





De nuevo quieren manchar
mi patria con sangre obrera
los que hablan de libertad
y tienen las manos negras.

Los que quieren dividir
a la madre de sus hijos
y quieren reconstruir
la cruz que arrastrara Cristo.

Quieren ocultar la infamia
que legaron desde siglos,
pero el color de asesinos
no borrarán de su cara.

Ya fueron miles y miles
los que entregaron su sangre
y en caudales generosos
multiplicaron los panes.

Ahora quiero vivir
junto a mi hijo y mi hermano
la primavera que todos
vamos construyendo a diario.

No me asusta la amenaza,
patrones de la miseria,
la estrella de la esperanza
continuará siendo nuestra.

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
*

Así cantará el poeta
mientras el alma me suene
por los caminos del pueblo
desde ahora y para siempre.











1973










* Versos de Miguel Hernández

Nota Dscntxt: En el verso segundo de la primera estrofa se ha optado por "patria" en vez de "tierra" del original, como también se ha corregido la cita de Miguel Hernández como reza el texto del poeta valenciano.











jueves, noviembre 18, 2010

"Un acto de lealtad conmigo mismo". Conferencia de prensa de Marcelo Bielsa

3 de noviembre 2010



Marcelo Bielsa citó a una inesperada conferencia de prensa para las 20 horas del 3 de noviembre del presente año, en un hecho que marcó sorpresa entre los medios de prensa. El seleccionador nacional estableció contacto con los medios de comunicación a menos de 24 horas de las elecciones en la ANFP.




20.00: Comienza la conferencia de Marcelo Bielsa en la sede de la ANFP, en Quilín.

20.10: "Valoro haber sido conducido por un ser humano (Mayne-Nicholls) que despierta lo mejor de un ser humano cuando lleva a cabo su labor".

20.12: "No voy a trabajar en común con el señor Segovia".

20.16: "Antes de venir a Chile pregunté a un cercano una opinión sobre el presidente de la ANFP: 'Décime algo del presidente de la ANFP. Tiene a cargo el proyecto Gol y sólo los honorables lo tienen a cargo'".

20.19: Bielsa habló del caso de Raúl Estévez en Unión Española. El jugador volvió al club por pedido de Jorge Segovia y en contra de la voluntad del técnico. "No digo si está bien o mal lo que hicieron con Estévez, pero yo no puedo convivir con eso".

20.21: "Si mañana estoy afuera de este proyecto, me voy a sentir muy mal. Pero cuando las aguas se calmen, me sentiré bien".

20.23: "Los entrenadores, los medios, los dirigentes, los árbitros, los espectadores... son sustituibles. El hincha es otra cosa. Es el insustituible del fútbol".

20.26: "Soy injustamente querido. Dice bien Pellegrini que no inventé el fútbol. Tiene la razón y no es falsa modestia".

20.28: "Pude haber duplicado mis ingresos y decidí quedarme aquí sólo porque me gustó hacer esto. Me quedé porque me gustó más. Pero también le dije a mis cercanos que era una decisión equivocada. Me la pidió el cuerpo, pero sabía que lo peor estaba por venir".

20.31: "Yo no le dije a nadie que si Harold perdía, yo me iba".

20.34: Bielsa critica la idea del draft: "En México el draft denigra al jugador de fútbol".

20.39: "Quien no respeta los procesos democráticos es un fascista, por eso tengo que tener mucho cuidado con lo que digo ahora", sostuvo el DT. "Pero los hinchas no pueden expresarse en esta elección".

20.45: "Esto es un acto de lealtad conmigo mismo. Me preguntaron cómo se puede mejorar el campeonato chileno. Buenos jugadores, buenos equipos y transferencias, son el éxito".

20.46: "Si ustedes quieren mejorar el torneo, los jugadores tienen que ser mejores".

20.48: "Yo no tengo obligación profesional con los menores, pero sí tengo un deseo enorme. Consulté a los técnicos que estaban a cargo y estuvieron de acuerdo, pero no quise hacerlo público por respeto a los que cumplían la labor".

21.00: "Juan Pinto Durán tiene todo lo que tienen los mejores equipos del mundo", dice Bielsa respecto a la inversión que se ha hecho en el búnker de la "Roja".

21.02: "Cobré medio millón de dólares por charlas que están puestos en Pinto Durán. Yo creo que ese dinero no es mío. Yo no di, devolví".

21.03: El rosarino se refirió al proyecto encabezado por el Harold Mayne-Nicholls diciendo “hubo un liderazgo basado en la idea”.

21.30: "Existe la posibilidad de que no vuelva a hablar. Así que tengan paciencia. Tengo antecedente de conferencias de 4 horas", dice Marcelo Bielsa respecto a sus palabras ante los medios de comunicación.

21.47: "Yo estoy a muerte con Cereceda", dijo el técnico de la selección nacional respecto al jugador de Colo Colo.

22.00: Bielsa y la invitación a La Moneda después del Mundial. "Cuando una autoridad invita públicamente, desde mi punto de vista, obliga a asistir y obliga a que uno sea descortés si la rechaza".

22.02: "Percibí otra intención en la invitación obligada. Me equivoqué y pedí disculpas por eso, pero yo no fui descortés con el Presidente de todos los chilenos", sostiene el técnico sobre su cara a cara con Sebastián Piñera en la Casa de Gobierno.

22.04: “Fui tratado de manera (porque me invitaron sin la posibilidad de decir que no) descortés y yo no fui descortés, e igualmente pedí disculpas".

22.08: "El día que Harold abandone la ANFP, yo me voy. Si dejo de ser técnico de Chile, no hablo públicamente más".

22.11: "La posición de los hinchas es clara con respecto a nuestro trabajo y el de esta federación", dice Bielsa respecto a los seguidores que piden que se mantenga en el cargo. (De hecho, un grupo de personas se encuentra en las afueras de Quilín manifestándose a favor del argentino).

22.14: "Hay muchos entrenadores que pueden hacer la tarea de manera superior a la que yo he demostrado. Para el fútbol de Chile el problema no es sustituirme a mí".

22.16: "Esta conducción representa cosas que yo valoro y por eso me manifiesto", fueron las últimas palabras de Marcelo Bielsa desde la sede de Quilín.





Nota de los editores: Hoy la tristeza llena por completo al equipo editor de Dscntxt. Oyendo la canción nacional desde la TV, minutos antes del amistoso contra Uruguay, y recordando las palabras de Pumarino en LUN: “estos fueron los tres años más felices de mi vida como hincha de la Roja”, y no podemos más que adherir completamente a ellas. El orgullo de ver salir al equipo, la forma de juego, la agresividad, la entrega de una formación joven, el desparpajo que nunca tuvo, los triunfos también, por qué no, la clasificación histórica, el triunfo a Argentina, la reflexión profunda casi-mística de nuestro DT en cada conferencia de prensa (inalcanzable, obviamente, para la masa periodística); llenaron cada paso de nuestro ánimo y dirección. Nunca se vio tanta unión, tanto consenso… Sólo queda sentir esta pena enorme, enorme-enorme, tan enorme como el agradecimiento que sentimos por este gigantesco rosarino de noble cepa. Gracias Bielsa, gracias… y, tal como rezaba uno de los miles de carteles hoy en el Monumental, perdónanos, porque claramente no sabemos lo que hacemos.














miércoles, noviembre 17, 2010

"Oda a Platko", de Rafael Alberti





Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.
No nadie, nadie, nadie.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire.
Camisetas reales,
contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiente en la yerba de otro país.
¡Tú, llave, Platko, tu llave rota,
llave áurea caída ante el pórtico áureo!
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Volvió su espalda al cielo.
Camisetas azules y granas flamearon,
apagadas sin viento.
El mar, vueltos los ojos,
se tumbó y nada dijo.
Sangrando en los ojales,
sangrando por ti, Platko,
por ti, sangre de Hungría,
sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto
temieron las insignias.
No nadie, Platko, nadie,
nadie se olvida.
Fue la vuelta del mar.
Fueron diez rápidas banderas
incendiadas sin freno.
Fue la vuelta del viento.
La vuelta al corazón de la esperanza.
Fue tu vuelta.
Azul heróico y grana,
mando el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas,
rotas alas, combatidas, sin plumas,
escalaron la yerba.
Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos, cabeza.
¡Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría!
Y en tu honor, por tu vuelta,
porque volviste el pulso perdido a la pelea,
en el arco contrario al viento abrió una brecha.
Nadie, nadie se olvida.
El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.
Las insignias.
Las doradas insignias, flores de los ojales,
cerradas, por ti abiertas.
No nadie, nadie, nadie,
nadie se olvida, Platko.
Ni el final: tu salida,
oso rubio de sangre,
desmayada bandera en hombros por el campo.
¡Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría!
¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte?
Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie.













en La Voz de Cantabria, 27 de mayo de 1928













martes, noviembre 16, 2010

“Batallón 456. Año del inicio”, de Mario Spachiaro







I

Buscamos por la izquierda,
intentando ver el flanco espacio de los muertos.
El olor a sangre consumió nuestras gargantas
y la piel de condenados nos llegó hasta el suelo
hecho de piedras, gravas y otros tiempos destruidos
por la guerra.




II

No llegamos con tranquilidad.
No nos vimos en el río al imprecar a nuestros dioses.
Todos ellos, sordos de pasión,
ira o demencia anticipada.
Nos volvimos fuertemente enérgicos,
transportados por la fuerza de la inercia.
Sin razón.
Sin destino.
Sin otra oración.




III

Caminamos días bajo el frío.
La nieve congeló nuestro apego al orden y al honor.
Violamos. Quemamos. Destruimos.
Saqueamos cuanto pudimos.
El resto lo asesinamos sin piedad
y sin mirar atrás.
Y no sentimos ni vergüenza ni pudor.




IV

Y sin embargo el río habló,
quizás las olas turbias que dejaron borras,
frágiles designios,
entrañable oráculo de incierto ocaso.
La muerte, como a todos, llega tarde.
La dirección retoma el paso.
Caminamos sin hablar.
Respiramos con dificultad.




V

Los cuervos graznan a un costado.
Nos hemos despojado de las armas y escuchamos
a la turba que nos sigue y nos reclama su venganza.
Los pies están henchidos de deshonra.
Los cabellos en desorden ya no apuntan
más que al río congelado que nos vio caer.




VI

Y regresar...




VII

Las risas se apagan por completo.
Nos desnudamos como un gesto de abandono,
de reírnos entre todos,
de locura inmunda,
de serenos cortes en la piel.




VIII

Amanece cuando somos alcanzados.
Más que por desidia, por querer.
Algo de honor guardamos en el risco pobre
que recibe nuestras últimas colinas
al llegar a nuestro pueblo en llamas.




IX

Lentamente somos masacrados.
No por ellos, por nosotros mismos.
Por el sino y la derrota en apariencia.
Por los años que vendrán.
Por el tiempo que será tenido en cuenta
para revolver entrañas,
revivir, regresar, hacer justicia
en el atrio de los templos,
en la cima.




X

Es el tiempo de asesinos y cobardes.
Es el tiempo de morir,
de descender, caer, envilecer.
Nos veremos pronto,
nos gritamos al unísono,
minutos antes de transparentarnos
y cruzar el viento tibio,
la llanura eterna,
el paso amable hacia los hielos.





en Plegarias del olvido, 1956















lunes, noviembre 15, 2010

"En mi angosto cuarto...", de Li Qingzhao

© Versión de Juan Carlos Villavicencio



En mi angosto cuarto, donde amplia se abre mi ventana,
          reinaba profunda una primaveral lascivia.
A través de las oscilantes cortinas aún no levantadas,
          confusas sombras aparecen,
Mientras yo, oculta en la casa de verano, acariciaba
          mi laúd de jade rosa.
A lo lejos cae un farellón de la montaña,
          mientras la claridad cede ante el ocaso que comienza.
Suave el viento sopla una tenue lluvia, delicada como
          la caída de una sombra.
¡Oh, flor del pimentero! No necesitas inclinarte para pedir perdón.
          Sé que no puedes detener el día.









domingo, noviembre 14, 2010

“Génesis”, de Julio Herrera y Reissig






Los astros tienen las mejillas tiernas…
La luna trunca es una paradoja
espectro-humana. Proserpina arroja
su menstruo al mar. Las horas son eternas.

Júpiter en la orgía desenoja
su ceño absurdo; y junto a las cisternas
las Ménades, al sol que las sonroja,
arman la columnata de sus piernas.

Juno duerme cien noches… Vorazmente,
Hércules niño, con precoz desvelo,
en un lúbrico rapto de serpiente,

le muerde el seno. Brama el Helesponto…
Surge un lampo de leche. Y en el cielo
la Vía Láctea escintilló de pronto.



en Las clepsidras, 1909















sábado, noviembre 13, 2010

"Los fieles del corazón", de Hafez





Cuando oigas la palabra de los fieles del corazón,
            no digas que es un error.
Tú no eres un entendido en la palabra, éste es el error.

Mi cabeza no se inclina ante este mundo ni el otro.
¡Dios sea loado por las rebeliones de nuestra cabeza!

No sé quién habita en el interior de mi corazón cansado,
apagado estoy yo, pero él, en gritos y alborotado.

Mi corazón se ha salido de tono, ¿dónde estás, juglar?
Gime, que en este tono prospera nuestro afán.

Por las cosas de este mundo nunca tuve inclinación.
Tu rostro lo embelleció ante mis ojos.

Por la ilusión que alimento no he dormido.
Tengo la sed de cien noches, ¿dónde está la casa del vino?

Ya que ha enturbiado el cenobio, de mi corazón, la sangre.
Estaréis en lo cierto si me laváis con vino.

Por esta causa me quieren los magos del convento:
aquel fuego nunca se extingue en mi corazón.

¿Qué instrumento tocaba el juglar en aquel tono,
que la mente todavía está llena de su eco?

Anoche la llamada de tu amor resonó dentro de mí.
El ámbito de tu pecho, Hafez, está lleno de sonido.














viernes, noviembre 12, 2010

“Cómo ser un gran escritor”, de Charles Bukowski








Tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes.
Y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.

Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.

Y no olvides tu Brahms,
tu Bach
y tu cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa a plazo.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares (en 1977).

Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota,
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas,
sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más el exilio,
la derrota,
la traición… toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
Una amante continua.

Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de esto una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
Y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Céline, Dostoievski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres,
sin comida,
sin esperanza... Entonces no estás listo,
toma más cerveza.

Hay tiempo.
Y si no hay,
está bien
igual.





1920-1994














jueves, noviembre 11, 2010

"Siento vergüenza de ser chileno". Entrevista a Armando Uribe, de Sebastián Larraín Saá





A sus 75 años, don Armando Uribe Arce, enclaustrado en su departamento frente al Parque Forestal de Santiago, se declara autosentenciado a muerte. Absorto en un pesimista realismo, se sincera con este medio que lo toma con atención, en una conversación donde nos limitamos a oír, y cada cuanto, indagar en sus saberes y lecturas de la sociedad contemporánea.

Deseamos conocer su opinión y visión sobre algunas cosas que están sucediendo en el Chile de hoy.
Mire, yo no tengo ganas de tener opiniones sobre las cosas que están sucediendo, porque me he ido dando cuenta, en los últimos meses, que en la medida en que uno se interesa por las cosas que están sucediendo, se va empequeñeciendo a la altura de lo que ocurre en el país o el mundo, que en general es muy mezquino, muy personalizado y eso a uno lo achica.

Ocuparse de ello en general disminuye la fuerza o la sinceridad de lo que uno piensa y siente respecto de lo que ocurre. Por lo demás con la edad uno se achica y he dejado de tener varios centímetros de altura. Mi reacción contra eso es mi interés por lo religioso, que ha aumentado en mi vejez por cierto. El sentido de lo sagrado eleva, no digo que lo haga mejor a uno ni más virtuoso. Pero son compensaciones respecto de las pequeñeces, miserias y mezquindades de las que uno esta rodeado.

Pero existen aspectos del mundo que nos rodea que son de indudable importancia.
Claro que ocuparse de lo que ocurre con la gran minería del cobre no empequeñece sino al revés, porque es el mayor escándalo y la mayor vergüenza por la que pasan quienes mandan en el país Chile. Y hablo no solo de quienes mandan con poder político, sino de quienes mandan con poder económico y financiero.

¿Lo embarga un sentimiento de no poder tener incidencia en lo que ocurre a nuestro alrededor?
Cuando volví a Chile del destierro se me cerraron todas las puertas, me hicieron la cruz. O más bien, para juntar las dos metáforas, me cerraron las puertas y pusieron una cruz sobre esas puertas cerradas.

¿Quiénes le cerraron la puerta y le pusieron la cruz encima?
No terminaría nunca de mencionar personas, pero los políticos en general y las personas de influencia y todos los que habían pertenecido o cooperado con el gobierno llamado de las fuerzas armadas y también aquellos que habían sido en apariencia opositores a ese gobierno, sin embargo heredaron lo principal que dejó Pinochet, que fue la ideología neoliberal capitalista de mercado desrregulado. Todas esas personas me hicieron la cruz porque los pocos que habían criticado lo que llamaban en ese momento modelo económico, pero que era mucho más que eso, era una ideología, se dieron vuelta los chalecos, las camisas y las chaquetas y yo continué criticando. Y lo había hecho ya en Le Monde, un diario francés y en otras publicaciones francesas, inglesas, belgas y suizas-francesas.

¿Se les puede llamar traidores a esas personas que se manifestaron como opositores a la dictadura pero que luego heredaron y continuaron su legado?
Para eso tendrían que ser personas que se hayan juramentado y la palabra de esas personas que mandan en Chile desde el año ‘90 no vale nada. De lado y lado, en realidad no merecen ser creídos cuando juran, porque son mentirosos de naturaleza, son personas francamente malas. Sus juramentos no valen nada, son peores que traidores, son personas sin palabra.

Lo que han llamado alternancia en el poder, dicen que fortalece esta democracia.
Lo que fortalece es el co-gobierno que ha habido de una nueva oligarquía formada por algunos elementos de la antigua y otros elementos de los últimos 40 años más o menos, en los cuales hay una presencia desmesurada, y esto lo digo sin ningún ánimo de xenofobia, de inmigrantes que no llegará a ser más del 6,5 ó 7% de toda la población chilena, quizás menos. Y sin embargo estos tienen un poder real económico, político y hasta cultural de alrededor del 50% en Chile, que son los de primera y segunda generación nacidos en Chile, hijos y nietos de inmigrantes. Siempre ha habido inmigración en Chile, pero ahora es tal la diferencia de lo que significan en la población en términos de poder real. Estamos gobernados por hijos de extranjeros, por personas que no han pertenecido a Chile ni han tenido relación con la mayoría del pueblo chileno. No conocen ni tienen ningún respeto a la historia de Chile y esos son los que en realidad han ido llevando al país desde la dictadura y han renunciado a la nación chilena. Consideran que Chile no es un país viable, creen que Chile debe asilarse, en términos de depender del poder de la más grande potencia mundial, Estados Unidos, pero también de otros países que tienen poder en el mundo.

¿Quiénes son esas pocas familias de inmigrantes que controlan el país?
No son tan pocas, basta ver los nombres de ministros y subsecretarios de los gobiernos últimos y el actual. La señora Bachelet es de segunda generación de inmigrantes, su madre Jeria es hija de un griego. El ministro del Secretario General de la Presidencia, Larroulet, primera generación de franceses por padre y madre. La vocera de Gobierno Von Baer, alemana, hija de alemanes. Hinzpeter, judío de origen alemán. La vida social de El Mercurio da cuenta de ello, la mitad, por lo menos, tiene ambos apellidos extranjeros recientes.

¿Qué rol juega Agustín Edwards en este escenario?
El diario El Mercurio en el siglo XX tiene una importancia fundamental. Es un tremendo poder interno con manifestaciones en las relaciones exteriores a tal punto que Agustín Edwards aparece en las memorias de uno que fue vice director de la CIA, general norteamericano Breton Walters, quien señala que Edwards es el principal recurso de la CIA en toda Latinoamérica.

¿Usted lo conoció personalmente?
Yo en el libro Carta abierta a Agustín Edwards relato una conversación importante que tuvo lugar el año 1969 en Washington cuando fui consejero del embajador Gabriel Valdés. Fue una conversación importante políticamente para Chile. Edwards me dijo, siendo presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, que él no tenía nada que ver con lo que va a pasar en Chile. Yo le pregunté qué va a pasar y contestó que no me podía decir pero que él no tenía nada que ver. Dos días después vino el intento de golpe de Estado contra Frei.

¿Cuál era la relación entre El Mercurio y la CIA en esos años?
Durante esos años El Mercurio significó un apoyo tremendo a la junta porque además provocó el golpe contra Allende. Edwards se había arrancado a Estados Unidos a una finca que aún tiene en Connecticut. La página editorial de El Mercurio publicaba artículos mandados por la CIA desde Washington todos los días, y en otras secciones también, estaba totalmente a disposición de ellos.

Buenos beneficios consiguió Edwards de esa relación estrecha con la CIA.
Claro que sí. Lo financiaron durante años con millones de dólares, que era mucho más de lo que es hoy en día. Edwards se reunió con Kissinger, quien luego lo llevó con Nixon al salón oval, donde lo convencieron y pactaron el golpe a Allende y el financiamiento a El Mercurio. En esa reunión también estaba el director de la CIA, y el Presidente de la Pepsi Cola, de la que Agustín Edwards era uno de los vicepresidentes.



EL ÚLTIMO SIGLO

A propósito de lo que usted ha planteado sobre el deseo del hombre de asemejarnos a Dios, ¿Será este sentimiento de superioridad lo que impulsa a nuestra especie a ser la más dañina de todas en términos de intervención del medio ambiente?
Sin duda alguna. Es el deseo de ser Dios y realizar actos de Dios lo que ha hecho que se produzcan en la época que estamos viviendo, condiciones que nunca el género humano había experimentado hace 100 años, mil años, o cien mil. Desde hace 65 años, existe por experiencia inicial única, un arma de destrucción masiva que fue utilizada “exitosamente” -dicen los que la usaron-, monstruosamente dicen otros, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, la bomba atómica, después perfeccionada como nuclear. Además de eso, existen armas de destrucción masiva químicas, biológicas, bacteriológicas. Ellas pueden, no sólo por uso deliberado, sino por accidente, por errores, como también torpeza y estupidez de quienes tienen el control sobre esos arsenales, pasar a producir una catástrofe para la vida humana y el planeta. Por accidente es más posible que por voluntad, aunque no se puede nunca excluir la voluntad homicida y genocida en el género humano, como hemos comprobado sobre todo en el siglo XX.

¿Cuántas personas conforman este grupo selecto que tiene ese poder en sus manos?
Una estadística al ojo, es decir superficial porque no hay una oficial, me dice que entre grandes jefes políticos, las directivas militares de las grandes ramas, los científicos y técnicos existentes que tienen contacto y algo de decisión -algunos tienen máxima como el presidente de Estados Unidos por mencionar uno-, todos ellos no creo que sean más de diez mil en todo el mundo. Nunca, desde que existe la vida en el planeta, un número tan reducido de personas, comparada con la población total del planeta -7 mil millones o algo más-, tuvo en sus manos la subsistencia de toda la especie. Y no cabe ninguna duda que en ese grupo haya personas estúpidas o con deficiencias mentales, como lo demostró el ex presidente Bush hijo, que era oligofrénico y retardado mental. De modo que la estupidez puede llegar a posiciones decisivas en materia de destrucción del mundo, por ideas que se le aparecen al estúpido como positivas.

Se encuentra en esas pocas manos la subsistencia de todas las especies del planeta.
Exacto, está en peligro toda la vida existente y el planeta mismo en su totalidad con repercusiones en el cosmos. La idea de que el género humano puede llegar a desaparecer ha estado presente en distintas culturas y civilizaciones, pero atribuido ese hecho puntual a una decisión de divinidades o a una gigantesca catástrofe natural mundial que cubra el globo entero, nunca lo había sido a la voluntad o el descuido y estupidez de un reducido número de seres humanos.

¿Existen investigaciones o estudios que traten sobre este tema?
Hay un gran científico, entre otros, llamado Sir Martin Rees, que es el presidente actualmente de la Royal Academy of Sciences of London. Es el cosmólogo y astrónomo de la reina de Inglaterra, un científico muy serio. Él publicó un libro el año 2003 que se llama Our final century (Nuestro último siglo), refiriéndose al siglo XXI. La hipótesis que mantiene es que hay un 50% de posibilidades de que se acabe definitivamente toda la vida y el planeta mismo durante este siglo.

¿En qué se basa Rees para aseverar eso?
Examina más de veinte experimentos. Por cierto se refiere a las armas de destrucción masiva, pero el objetivo principal del libro son los experimentos. Y principalmente se refiere a los de nanotecnología que se están practicando en los últimos años. Son experimentos para producir fenómenos que nunca han ocurrido en la naturaleza del planeta y lo que se sabe del cosmos.

¿Se refiere al acelerador de partículas construido entre Suiza y Francia?
Es tan evidente el ánimo del ser humano de ser Dios que se pretende reproducir con máquinas el primer segundo de la creación del universo, llamado Big Bang. El acelerador de partículas, tremenda maquinaria de 27 kilómetros, si mal no recuerdo, procura hacer chocar partículas de plomo, lo más pesado de la naturaleza conocida, con oro, y hacerlo a casi la velocidad de la luz, que ya es posible. Se intentó hacer este experimento hace dos años atrás. En mi opinión, este experimento es demencial, además de blasfemo contra la divinidad en cualquiera religión. El acto de reproducir el momento inicial que supone la creación del universo. Aquello, que sólo es atribuible a un Dios por quienes creemos en una divinidad monoteísta.

¿Qué consecuencias se estima pueda tener este experimento si logra funcionar bien?
Uno de los efectos previsibles de ese choque es que se produzcan hoyos negros en el momento mismo de chocar. Un hoyo negro que no sólo se trague las instalaciones, sino que se trague el planeta tierra entero, con efectos en el cosmos. Este científico no es ningún escandaloso ni sensacionalista. Rees fue designado presidente de la Royal Academy of Sciences después de haber publicado el libro, o sea confirmada su categoría de primera mente científica en Gran Bretaña. Si se agregan estos experimentos a la existencia de arsenales de armas de destrucción masiva, se puede sostener que vivimos actualmente la peor época en términos de peligros reales, esta época es muy mala.

Bajo esta perspectiva, ¿cómo podemos caracterizar esta época?
Vivimos una época pre-apocalíptica. Es la peor de todas las épocas. Además de todas las críticas que le podemos hacer a la sociedad contemporánea, se corren más peligros de los que nunca un ser humano vivió antes en relación a la destrucción de toda la vida y el planeta mismo. Yo reconozco que soy muy negativo y pesimista, me puedo dar ese lujo por la edad. Una persona joven tiene el derecho y el deber de tener esperanzas.



BICENTENARIO Y LUCHA DE CLASES

¿Cómo ve esta celebración del Bicentenario, donde paradójicamente hay 34 mapuche en huelga de hambre por más de dos meses por la persecución que se hace de su pueblo?
Primero, ésta es una fecha como cualquier otra. Esto de magnificar y casi endiosar el paso del tiempo en meses, años y días es una ridiculez, es una costumbre grotesca que existe en el mundo.

Pero ello se ha exacerbado para estas fechas.
Yo creo que hay un objetivo específico en esta celebración que es dejar de lado, en esta búsqueda de unidad sicológica, las tremendas diferencias sociales que hay. Y dejar de lado un concepto que ya no se ocupa mucho, la lucha de clases. Es cierto que existe, en primer lugar, porque los más aventajados en recursos económicos, financieros y educación son los que inician la lucha de clases, porque para mantener y acrecentar esos privilegios hay que hacer un uso perverso de la mayoría que trabaja materialmente para satisfacer esos privilegios. Los que generan la lucha de clases no son los más desprovistos sino los privilegiados, en toda sociedad y en la historia.

El fenómeno de lucha de clases existe, no fue inventado por Marx y Engels. Un historiador francés posterior a Napoleón de apellido Guizot, que entre 1830 y 1848 fue un político de gran importancia, fue quien inventó y usó la expresión para explicar la historia francesa. Guizot era un liberal tan partidario de la dominación burguesa, que siendo primer ministro, en 1830, llamó a una gran reunión de ricos, empresarios se diría hoy, entre los que había nobles y burgueses, para empujarlos a que realizaran el máximo de negocios desde esa época en adelante, con muchas más libertades económicas y financieras. La palabra final que pronunció Guizot en esa reunión quedó en la historia: ¡Enriqueceos!

¿A su juicio, la lucha mapuche es una lucha de clases?
Es, sin duda, una de las formas de la lucha de clases, no reemplaza a la lucha de clases sino que forma parte de ella. Con elementos muy fuertes porque se refiere a los medios de producción. En el caso de los mapuche es monstruoso el uso de esa ley antiterrorista de Pinochet desde que ha sido usada. Nunca debió haberse utilizado de manera tan crítica.

Usada y aplicada por los gobiernos de la Concertación sobre el pueblo mapuche.
No hay que engañarse en este tema, derecha y Concertación han co-gobernado durante los últimos 20 años y lo siguen haciendo, son lo mismo. En las cosas principales no hay ninguna diferencia, en cosas secundarias hay discrepancias, pero eso es co-gobernar de todos modos. Demonizar la huelga de hambre es una cosa monstruosa también, completamente anti liberal. Si estos liberales en Chile no son tal cosa. Lo son en materia económica y financiera al máximo, de manera absurda.

¿Qué sentimientos lo embargan en este Chile del Bicentenario?
Este país pasó a ser otra cosa luego del golpe de estado. Hasta antes de la dictadura uno podía sentirse orgulloso de ser chileno, luego eso cesó y se dio vuelta al revés. Hoy siento vergüenza de ser chileno, incluso vergüenza ajena y también vergüenza propia, cosa que de ninguna manera existía, por lo menos para mí, antes del golpe de estado.

¿Ha observado la cobertura mediática al caso de los mineros atrapados bajo tierra?
Este caso único en el mundo y la historia, de 33 mineros a 688 metros de profundidad que se mantienen hasta ahora vivos pero que no se sabe qué va a ocurrir, está teñido por la censura y monopolización de parte del Gobierno. El gobierno de Piñera, que comienza como Pinochet, el gobierno de Pi ha tratado de monopolizar el fenómeno publicitario. Es tal el control de dominio total que las autoridades no querían de ninguna manera hablar ni con los escritores que fueron al lugar. José Miguel Varas, fue a la mina y me visitó hace algunos días, me contó que hay censura a los mensajes de los mineros y una contención de cualquier mirada que no sea la de ellos.

Ha dado anteriormente su opinión de los últimos mandatarios, Frei, Lagos, Bachelet, Aylwin, ¿Qué opinión tiene de Piñera?
Yo conocí y fui amigo verdadero del padre, José Piñera, quien fue embajador de Naciones Unidas, y la verdad ninguno de los hijos ha salido con las cualidades que tenía él y que comprendían una noción de servicio al país desinteresado que no han tenido ni José hijo, ni Sebastián, como primer punto. Segundo punto, nunca había habido una persona con tanto poder económico en dólares y otras monedas como el que tiene el actual jefe de Estado, que comprende 2 mil 500 millones de dólares líquido aproximadamente. Esa es una fortuna muy considerable que lo coloca entre las personas más ricas del mundo. Según la revista Forbes, personas como David Rockefeller.

¿Un presidente multimillonario, es contradictorio?
Esto señala algo que ocurre en Chile: La preponderancia que las personas dan a través de la idolatría del lucro y su sombra que es el éxito. Una fortuna muy considerable dentro de su propia vida, en 20 ó 30 años, hecha principalmente con especulaciones, algunas conocidas, otras no, y a lo que agrego lo que Balzac sostiene que para reunir una fortuna muy considerable en la vida de una persona, tienen que haberse cometido necesariamente faltas, fallas e incluso crímenes. No es posible humanamente reunir una fortuna de esa índole en el curso de una sola vida.

En Chile, desde 1975, y en todo el mundo a partir de esa fecha, ha pasado a dominar una sola ideología que se llama ‘neoliberal de capitalismo desrregulado’. La señora Tatcher mandó gente que examinara cómo funcionaba esto en Chile y lo aplicó a partir del ‘79 en Gran Bretaña, Reagan lo aplicó desde el ‘80. Esas grandes potencias han funcionado como centro para la divulgación en todo el globo terrestre de esta ideología como nunca antes en la historia humana. Yo creo que es negativo para la vida civilizada.

¿Y en cuanto a las capacidades personales de Piñera?
Primero, no creo que la capacidad como empresario dé cualidades como para ser notable mandatario. Lo segundo, es que hasta donde se puede saber Piñera no es un chileno cultivado suficientemente y ha manifestado ser muy mediocre en materia intelectual y espiritual.

Por último, Usted ha manifestado la decisión de enclaustrarse en su vivienda esperando el momento de su muerte, el que por lo demás anhela.
Eso es evidente para todos. La diferencia es que lo puedo manifestar o decir a otros, en lo cual hay algunas mañas. Porque si yo por escrito, y en verso para peor, menciono tantas veces la muerte y manifiesto el hecho de desaparecer de este mundo, habría que preguntarse si no lo hago para exorcizar mi propia muerte, más que para deleitarme con ella. Cabría preguntarse si no lo hago majaderamente como una forma de vanidad, imponiéndole el anuncio de la propia muerte a terceros por escrito, más que la particularidad fúnebre de lo que digo.















en El Ciudadano N°88, septiembre 2010