jueves, enero 14, 2010

"La fría malla", Robert Graves





El niño es mudo para decir cuán frío es el día,
cuán cálido el perfume de la rosa en verano,
cuán terribles los cielos oscuros del crepúsculo
y temibles los altos soldados que redoblan tambores.

Pero nosotros tenemos el lenguaje, que mengua al hiriente calor
y que amortigua al cruel perfume de la rosa.
Deletreándola, atenuamos la noche que se cierne
y así también el miedo y los tambores.

El lenguaje, como una fría malla nos ciñe,
protegiéndonos del exceso de júbilo o de espanto...













Traducción de Eduardo Anguita











miércoles, enero 13, 2010

“La esperanza”, de Roberto Bolaño







Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.






en La universidad desconocida, 2007












martes, enero 12, 2010

"Hiperión o El eremita en Grecia", de Friedrich Hölderlin

Hiperión a Belarmino



Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo.

Hay un callar, un olvido de toda existencia en que es como si hubiéramos perdido todo, una noche de nuestra alma en que no nos alumbra el centelleo de ningún astro, ni tan siquiera un tizón de leña seca.

Me fui tranquilizando. Ya nada me despertaba a medianoche. Ya no me consumía en mi propia llama.

Tranquilo y solitario, miraba ante mí, sin volver la vista ni al pasado ni al futuro. Las cosas, lejanas o próximas, ya no penetraban en mi espíritu; a los hombres, cuando no me obligaban a mirarlos, no los veía.

Antes, este siglo se había presentado a mi espíritu como el tonel de las Danaides, y mi alma se vertía con su pródigo amor para llenar los huecos; ahora ya no veía agujeros, ahora ya no me oprimía el fastidio de vivir.

Ya no decía nunca más a la flor: ¡tú eres mi hermana!, ni a las fuentes: ¡somos de la misma raza!, sino que daba a cada cosa fielmente su nombre, como un eco.

Como un río de orillas áridas, en cuyas aguas no se refleja ni una sola hoja de sauce, corría ante mí el mundo desprovisto de toda belleza.













1799











lunes, enero 11, 2010

“El jardín del tiempo”, de James G. Ballard







Al atardecer, cuando la gran sombra de la villa alcanzaba la terraza, el conde Axel abandonó su biblioteca y bajó los anchos escalones de estilo rococó que conducían hacia las flores del tiempo. Una figura alta e imperiosa con una chaqueta de terciopelo negro; un alfiler de corbata de oro brillaba bajo su barba a lo Jorge V. En una de sus enguantadas manos mecía ligeramente un bastón. Comenzó a inspeccionar las exquisitas flores de cristal, sin emoción, mientras escuchaba los sonidos del clavicordio de su esposa, que estaba tocando un rondó de Mozart en la sala de música. Los ecos de la melodía vibraban a través de los translúcidos pétalos.

El jardín de la villa se extendía unos doscientos metros bajo la terraza, llegando hasta un lago en miniatura cruzado por un puente blanco que conducía a un menudo pabellón en la orilla opuesta. Axel nunca se aventuraba más allá del lago. La mayor parte de las flores del tiempo crecían en un pequeño arriate justamente bajo la terraza, amparadas por el alto muro que circundaba la finca. Desde la terraza, el conde podía ver por encima del muro la llanura que había más allá; una gran extensión de terreno abierto que avanzaba en ondulaciones hasta el horizonte, donde ascendía suavemente antes de perderse de vista. La llanura rodeaba la casa por todas partes, y su monótono vacío acentuaba la soledad y la suave magnificencia de la villa. Aquí, en el jardín, el aire parecía más brillante y el sol más cálido, mientras que en la llanura estaba siempre pálido y remoto.

Como de costumbre, antes de comenzar su usual paseo vespertino, el conde Axel miró a lo largo de la llanura hasta la última elevación, donde el horizonte estaba iluminado como un escenario por los rayos del sol vespertino.

Cuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a él procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ejército se movían lentamente en el horizonte. A primera vista le pareció que avanzaban ordenadamente, pero en una inspección más detallada pudo comprobar que el ejército estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente, hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de raídos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hacían dificultosamente, bajo pesadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Sólo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recortándose sus figuras a la luz del huidizo sol.

La multitud estaba casi demasiado lejos para ser visible; sin embargo, Axel siguió observando, con expresión fría y vigilante, hasta que se hizo claramente perceptible la vanguardia de un inmenso populacho. Por último, cuando la luz del día comenzó a desvanecerse, la multitud alcanzó la cresta de la primera ondulación bajo el horizonte; entonces, Axel abandonó la terraza y descendió a pasear entre las flores del tiempo.

Las flores crecían a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sostenían una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tamaño de una copa. Los opacos pétalos exteriores guardaban su corazón de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulgían como lanzas de fuego. Muchos de los tallos habían perdido su flor, y Axel los examinaba cuidadosamente, con un destello de esperanza en los ojos en la búsqueda de algún nuevo brote. Por último, seleccionó una gran flor de un tallo cercano al muro, se quitó los guantes y la arrancó con sus fuertes dedos.

Cuando llevaba la flor hacia la terraza ésta comenzó a centellear y a deshacerse, y la luz procedente del corazón fue desvaneciéndose. Lentamente, el cristal también comenzó a disolverse, y sólo los pétalos de alrededor permanecían intactos. El aire que rodeaba a Axel se tornó brillante y vívido. En un instante, la tarde pareció transformarse, alternando sutilmente sus dimensiones de tiempo y espacio. El oscurecido pórtico de la casa quedó despojado de su pátina, y relumbraba con una espectral blancura, como surgido repentinamente de un sueño.

Alzando la cabeza, Axel miró fijamente otra vez por encima del muro. Sólo el lejano borde del horizonte estaba iluminado por el sol, y la gran multitud que antes había avanzado casi una cuarta parte del camino de la llanura, había retrocedido ahora hasta el horizonte. Todos habían vuelto atrás abruptamente, en una reversión del tiempo, y ahora parecían inmóviles.

La flor, en la mano de Axel, se había contraído hasta adquirir el tamaño de un dedal de cristal. Los pétalos estaban crispados alrededor del desvanecido corazón. Un desmayado centelleo tembló por un instante desde el centro y se extinguió rápidamente; entonces, Axel sintió derretirse la flor como una gota de rocío en su mano.

El crepúsculo se cerraba alrededor de la casa, extendiendo sus grandes sombras sobre la llanura, fusionando el horizonte con el cielo. El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su música, ahora inmóviles, formando parte del bosque embalsamado. Durante unos minutos Axel las miró, contando las flores que aún quedaban; después saludó a su esposa, que cruzaba la terraza arrastrando el borde de su vestido de noche, de brocado, por las baldosas.

—Qué hermoso atardecer, Axel —habló la mujer, conmovida como si fuesen obra de su marido las ornamentales sombras y el nítido aire.

Su rostro era sereno e inteligente; llevaba el pelo recogido por detrás con un broche de piedras montadas en plata. El vestido, escotado, revelaba un largo y delgado cuello y una barbilla altanera. Axel la examinaba con profundo orgullo. Le ofreció su brazo y juntos bajaron las escaleras hasta el jardín.

—Uno de los más largos atardeceres de este verano —confirmó Axel, añadiendo—: He arrancado una flor perfecta, querida. Una joya. Con suerte nos servirá para varios días —frunció el entrecejo y miró involuntariamente al muro—. Cada vez parecen estar más cerca.

Su mujer le sonrió alentadoramente y apretó su brazo con efusión. Ambos sabían que el jardín del tiempo estaba muriendo.

Tres tardes después, como había previsto (aunque más pronto de lo que esperaba), el conde Axel arrancó otra flor del jardín del tiempo. Cuando aquel día miró por encima del muro, la chusma había alcanzado la mitad de la llanura, extendiéndose como una masa ininterrumpida. Creyó oír murmullos de voces traídos por el aire, un hosco ronroneo pleno de lamentos y gritos. Afortunadamente, su mujer estaba ante el clavicordio y los maravillosos contrapuntos de una Fuga de Bach se esparcían a través de la terraza, ocultando otros ruidos.

Entre la casa y el horizonte la llanura estaba dividida en cuatro grandes declives, y la cresta de cada uno de ellos era visible en la declinante luz. Axel se había prometido a sí mismo que nunca los contaría, pero el número era demasiado pequeño para pasar inadvertido, particularmente porque servían de referencia en el avance del ejército. Ahora la avanzadilla había traspasado la primera cresta e iba camino de la segunda, y el grueso de la multitud presionaba detrás de los primeros. Mirando a izquierda y derecha de aquel compacto grupo, Axel pudo apreciar la ilimitada extensión del mismo. Lo que al principio pudo creer que formaba el cuerpo total de la masa no eran sino las avanzadillas. El verdadero centro no era visible todavía y Axel estimaba que cuando éste, por fin, alcanzara la llanura no quedaría un palmo de terreno sin hollar.

Intentaba ver algunos vehículos o máquinas pero todo aquello era una maraña amorfa y sin coordinación. No había estandartes, banderas, mascotas ni cortapicas; con la cabeza inclinada, la multitud avanzaba sin tregua. Repentinamente, las avanzadillas de la chusma aparecieron en lo alto de la segunda cresta y avanzaron hormigueando por la llanura. Lo que más asombró a Axel fue la increíble distancia que habían cubierto en tan poco tiempo. Las figuras se veían mucho más grandes que la vez anterior.

Rápidamente, Axel salió de la terraza, seleccionó una flor del jardín del tiempo y la arrancó del tallo. Ésta despidió su compacta luz y Axel volvió a la terraza. Cuando la flor se redujo a una perla helada en su mano miró hacia la llanura y vio con alivio que el ejército había retrocedido hasta el horizonte. Entonces advirtió que el horizonte estaba mucho más cerca que cuando arrancó la flor; lo había confundido con la primera cresta. Cuando se unió a la condesa en el paseo vespertino no le dijo nada de lo sucedido, pero ella se dio cuenta de su desconcierto e hizo todo lo posible para disipar su preocupación. Mientras bajaban los escalones, la condesa señaló al jardín del tiempo.

—¡Qué maravilloso panorama, Axel! ¡Hay tantas flores todavía!

Axel asintió, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonación con que ella había pronunciado la palabra «todavía» revelaba su propio conocimiento del próximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que habían crecido en el jardín, y en su mayor parte eran tan sólo capullos. Solamente tres o cuatro habían alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si debía arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final.

Estrictamente, sería mejor dar tiempo suficiente para que los capullos creciesen y madurasen, y este beneficio se perdería si retenía las flores formadas hasta el final, como deseaba hacer para la última acción defensiva. Se dio cuenta, empero, que en cualquier caso era lo mismo; el jardín moriría pronto y las pequeñas flores requerían más tiempo para crecer que el disponible. Cruzando el lago, él y su esposa miraron sus cuerpos reflejados en las oscuras aguas. Amparado por el pabellón por un lado y el muro por el otro, Axel se sentía tranquilo y seguro, y la llanura, con su alborotada multitud, parecía una pesadilla de la cual había despertado felizmente. Puso un brazo alrededor del suave talle de su esposa y la atrajo hacia sí cariñosamente, dándose cuenta que no la había abrazado desde hacía años, aunque sus vidas habían sido eternas, y podía recordar, como si fuera ayer, cuando la trajo a vivir en la villa.

—Axel —le preguntó su mujer, con repentina seriedad—. Antes que el jardín muera..., ¿puedo arrancar yo la última flor?

Entendiendo su petición, él asintió lentamente con la cabeza.

Una por una, durante los dos atardeceres siguientes, Axel arrancó las flores que quedaban, dejando tan sólo un pequeño capullo que crecía justamente bajo la terraza, destinado a su esposa. Había tomado las flores al azar, rehusando contarlas o racionarlas y arrancando dos o tres capullos a la vez cuando era necesario. La horda había alcanzado la segunda y tercera cresta; nublando el horizonte. Desde la terraza, Axel podía ver con claridad la revuelta turba bajando por la depresión hacia la cresta final, y de cuando en cuando los sonidos de sus voces llegaban hasta él mezclados con gritos de cólera y chasquidos de látigos. Las carretas de madera daban tumbos por todos los lados sobre sus ruedas y los conductores luchaban por controlarlas. Por lo que podía distinguir Axel, ni un solo miembro de la multitud estaba enterado de la dirección que llevaban. Más bien cada uno avanzaba ciegamente sobre el terreno, pisando los talones a la persona que iba delante. Sin motivo que aducir, Axel tenía la vaga esperanza que el verdadero núcleo, bajo el lejano horizonte, pudiera cambiar de dirección y la multitud alterase su curso gradualmente, desviándose de la villa, y retrocediera en la llanura como una resaca en el mar.

En el penúltimo atardecer, cuando arrancó la flor del tiempo, la avanzadilla de la chusma había alcanzado la tercera cresta y pasaba hormigueando ante ella. Mientras esperaba a la condesa, Axel miró las dos florecitas que quedaban; sólo conseguirían hacerles retroceder un corto trecho en el próximo atardecer. Los tallos de cristal a los que arrancó las flores se alzaban en el aire, pero todo el jardín había perdido su lozanía.

Axel pasó la mañana siguiente tranquilamente en su biblioteca, encerrando sus manuscritos más raros en las cámaras de cristal situadas en las galerías. Caminó lentamente ante los retratos, puliendo cada uno de los cuadros cuidadosamente; después, puso las cosas en orden en su escritorio y cerró la puerta tras él. Durante la tarde halló trabajo en la sala, ayudando a su esposa que limpiaba sus ornamentos y ponía en orden los jarrones y bustos. Al atardecer, cuando el sol declinaba por detrás de la casa, ambos estaban cansados y polvorientos y no habían cruzado la palabra en todo el día. Cuando su mujer se dirigía a la sala de música, la llamó.

—Esta noche tomaremos las flores juntos, querida —anunció lentamente—. Una para cada uno.

Lanzó una ojeada por encima del muro. Pudo oír a unos seiscientos metros el rugir de la chusma avanzando hacia la casa. Rápidamente, Axel arrancó su flor, un capullo no mayor que un zafiro. A medida que éste iba perdiendo su luz, el tumulto de afuera pareció ceder momentáneamente; después, comenzó de nuevo. Cerrando sus oídos al clamor, Axel dirigió la vista hacia la villa, contando las seis columnas del pórtico; después, se fijó en la plateada superficie del lago que reflejaba la última luz del atardecer, y en las sombras que se cruzaban entre los árboles y se extendían por el crespo césped. Axel se detuvo sobre el puente donde él y su mujer habían visto sucederse, tomados del brazo, tantos y tantos veranos.

—¡Axel!

Afuera, el tumulto se hacía ensordecedor; mil voces bramaban a veinte metros escasos de allí. Una piedra cruzó por encima de la valla y cayó en el jardín del tiempo, rompiendo algunos de los vítreos tallos. La condesa corrió hacia él cuando una nueva oleada retumbó a lo largo del muro. Después, una pesada baldosa cruzó por encima de sus cabezas y se estrelló en una de las ventanas del invernadero.

—¡Axel!

La rodeó con sus brazos, ajustándose la corbata que ella había ladeado con su hombro.

—¡Rápido, querida, la última flor!

La condujo al jardín. La condesa tomó el tallo, arrancó la flor limpiamente y la protegió entre las palmas de sus manos. Por un momento el tumulto desmayó y Axel recobró su sangre fría. Al vívido centelleo de la flor vio el blanquecino rostro y los asustados ojos de su mujer.

—Retenla todo lo que puedas, querida, hasta que muera la última de sus fibras.

Permanecieron juntos en la terraza. De pronto, el griterío de afuera aumentó. La multitud estaba golpeando la verja de hierro y toda la villa temblaba ante este impacto. Cuando el último rayo de luz desapareció, la condesa elevó sus manos como si liberase un invisible pájaro; después, en un acceso final de valor, tomó las manos de su esposo con una sonrisa radiante que se desvaneció rápidamente.

—¡Oh Axel! —lloró.

Como una espada, la oscuridad descendió súbitamente sobre ellos. Pesadamente, la multitud que había afuera pasó por encima de los residuos del muro que cercaba la finca; acarreaban sus carretas por encima de él y a lo largo de los baches que una vez habían sido
primoroso camino. Las ruinas de lo que antes fuera una espaciosa villa eran holladas por una incesante marea humana. El lago estaba seco. En su fondo quedaban troncos de árboles quebrados y el viejo puente deshecho. Brotaban las malas hierbas entre el largo césped de la pradera, cubriendo los senderos.

La mayor parte de la terraza se había derrumbado y casi toda la multitud cruzaba rectamente por el césped, desviándose de la destruida villa; pero uno o dos de los más curiosos treparon y buscaron entre su armazón. Las puertas habían sido sacadas de sus goznes y los suelos estaban agrietados. En la sala de música se veía un viejo clavicordio hecho astillas y algunas de sus teclas aún reposaban entre el polvo. Todos los libros estaban esparcidos por el suelo, fuera de sus estantes, y los lienzos habían sido acuchillados, cubriendo con sus tiras el suelo.

Cuando el cuerpo mayor de la multitud alcanzó la casa cubrió el muro en toda su extensión. Toda la gente junta caminaba a tropezones por el seco lago, por la terraza, y atravesando la casa cruzaban hacia la parte norte. Sólo una zona soportaba esta ola sin fin. Justamente bajo la terraza, entre el derruido balcón y el muro, había unos matorrales espinosos de unos dos metros de altura. El punzante follaje formaba una masa impenetrable y la gente pasaba a su alrededor cuidadosamente. Muchos de ellos estaban demasiado ocupados buscando su camino entre las destrozadas losas para mirar el centro de los matorrales espinosos, donde dos estatuas de piedra, una junto a la otra, miraban alrededor desde su zona protegida. La mayor de las dos figuras representaba a un hombre con barba que llevaba una chaqueta de cuello alto y un bastón en una mano. Junto a él había una mujer con un traje de seda. Su rostro era suave y sereno. En su mano derecha sostenía ligeramente una rosa de pétalos tan suaves que casi eran transparentes.

Cuando el sol se puso tras la casa, un rayo de luz pasó a través de una cornisa rota e hirió la rosa y, reflejándose sobre las estatuas, iluminó la piedra gris de tal manera que, por un fugaz momento, ésta fue indistinguible de la ya hacía tiempo desvanecida carne de los originales de las estatuas.





en Bilenio, 1975












domingo, enero 10, 2010

Entrevista a Leonardo Da Vinci, de Juan José Díaz Infante






La reunión se llevó a cabo en el lobby del Hotel Four Seasons, México DF en los pasados días de Julio, 2007.

JJ: Don Leonardo.
LDV: Llámame, Leonardo.

Don Leonardo, ¿desde cuándo llegó a nuestro siglo?
Llegué apenas ayer. Ludovico no me dejaba venir antes. Había una cena en el palacio y yo soy Jefe de Banquetes.Justificar a ambos lados
¿A qué ha venido?
Me interesaba venir a ver cómo siguen decorando los palacios y las iglesias. Ver cómo ha evolucionado la pintura, soy todo curiosidad. En mi época no tuve oportunidad de ver el Nuevo Mundo.

Y ¿qué ha visto?
Primero estuve en un lugar que le llaman Café Internet con un chico de 14 años. Yo le hice preguntas y él no sabía nada, de nada, comía con las manos y se guardaba comida en la bolsa, sin embargo “tecleaba” algunas palabras en una cosa ordenadora y me podía dar información. Inclusive de mí mismo. Me puse a leer mucho de mí mismo, muy extraño. Lo que era increíble, es cómo toda la información que tenían sobre mí estaba equivocada, más bien confusa y desordenada, sin ninguna jerarquía. ¿Cómo acabaron mis pinturas en Francia? Me trae muy consternado esto de “La Gioconda”, nunca me quedó bien, ¿a quién se le ocurre decir que es mi obra maestra? , debe de haber sido algún burócrata, nunca pude cobrar unas herencias por culpa de ellos, es impensable que un mismo burócrata ahora sea responsable de resguardar pinturas en esto que ustedes llaman museo. Interesante concepto de recaudar la cultura. El Papa asumo seguirá comisionando obra por doquier.

Don Leonardo, el papel que tenía la Iglesia, ahora ya no es el mismo. Ahora se dedica a salvar el alma del hombre. Ya no tiene ejército. El Papa escribió un libro sobre la vida de Jesús, para contarrestar una novela que trata sobre de una de sus pinturas y María Magdalena.
¿Habla usted en serio, cuándo empezó esto? Es como una falta de sentido del humor. ¿Cuándo es esto de que una novela sea más importante que la Biblia? (Esbozó una gran sonrisa debajo de sus grandes barbas y una mirada al suelo).

En Amsterdam, al mismo tiempo del Renacimiento. Las iglesias sustituyeron en sus vitrales las imágenes de los santos por imágenes de los ricos y, poco a poco, los edificios más altos ahora son algo llamado corporaciones. Coincide la decadencia de la iglesia como un símbolo urbano con el nacimiento del papel dinero.
Qué cosa más interesante. Ya caigo, entonces los museos no los dirige la Iglesia. Seguro son dirigidos por artistas, todos traen sus obras y así salvan los acervos culturales de las guerras y de los botines.

No.
¿Cómo que no?

Hay un señor o señora que estudia la historia del arte. Se llaman Doctores o Maestros en Historia del Arte.
Si es maestro en Arte... pero seguro esa persona pinta o esculpe.

No.
¿Nunca?

Nunca.
¡Oh no! Me jura que nadie que dirija un museo es artista. El consejo está lleno de artistas entonces...

No, los consejos son burócratas o administradores o historiadores. Los dueños del dinero.
No lo puedo creer. Entonces en 500 años ¿qué sí ha pasado?

¿Máquinas?
Máquinas, ¿qué máquinas?

Bueno podemos volar, hablar a distancia, sumergirnos en el agua...
Dime algo que no hubiera pensado hace 500 años.

Tiene usted razón. La metáfora es la misma.
La metáfora es la misma.

¿Quizá John Cage? Un músico que tiene una obra muy reconocida: “Silencio”.
500 años de historia de la humanidad y ni siquiera toda ahora comprendan el silencio. Es más bien la invisibilidad. ¿Eso ya lo tienen dominado?

No todavía no dominamos la invisibilidad.
500 años, ¡por Dios! Me tienes que estar mintiendo, Díaz Infante. Lo que tú me dices es inverosímil. ¿De qué se trata la historia?

Guerras, psicóticos gobernándonos, la lucha entre el socialismo, el comunismo, el capitalismo. Una agencia de espionaje llamada la CIA y otra israelita llamada Mosad...
Me quieres decir que la humanidad no puede decidir entre la repartición justa y el egoísmo, ¿cuál es la pregunta?

¿La democracia?
Estuve leyendo sobre la democracia. No funciona. Democracia, entre más de 3 candidatos, es una falacia aritmética. La humanidad no ha aprendido a sumar. Me estás dando muy malas noticias.

Se pone peor, hay un país del Nuevo Mundo que se dedica a organizar guerras de baja densidad por todo el mundo para conservar su concepto de economía...
¿Nadie lo detiene?

Al contrario, Inglaterra se le une , hasta España...
Los ingleses... mmh... (Su expresión era indescriptible, mientras movía su cabeza en señal de negación) ¿A qué vengo? Quise ir más lejos en el tiempo pero la esencia no me dejaba.

Ahora tú me estas dando malas noticias, ¿crees que haya sido una falla mecánica?
Lo que me trae aquí no es mecánico. Por cierto, traté de entrar a un museo en cuanto llegué, siguiendo lo que me habían explicado que era un lugar para rescatar la cultura del hombre. Traía una pintura que me importaba enseñar. Sobre todo aquí en México. El lugar al cual fui se llama Museo de Arte Moderno, creo, junto a un zoológico.

¿Y qué pasó?
No me dejaron entrar con mi pintura...

Clásico, que no dejen entrar el arte.
Un señor del guardarropa, me ofrecía una ficha de plástico. ¿Qué es plástico?

Plástico es un material que creó el ser humano cuya propiedad singular es que fuese indestructible.
Entonces debí de haberlo tomado, qué maravilla.

Ahora la humanidad está tratando de hacerlo más destructible, algo que se llama biodegradable.
Me hicieron llenar unas formas y tengo que esperar unas semanas a que me contesten. Mi cápsula de tiempo dura unas horas solamente. Pedí hablar con el director y me dijeron que estaba en algo llamado una junta, que dejara un mensaje. No entiendo mucho que sucedió, me atendió una mujer licenciada. ¿Qué es un licenciado?

El arte está dominado por la burocracia y en vez de que haya talento, los mejores artistas de nuestra época se evalúan a partir de qué tan bien llenen las formas...
Me tengo que ir, pero trataré de regresar...





Según me enteré, Leonardo regresó al guardarropa a dejar su pintura para poderse quedar con un objeto hecho de un material indestructible.















sábado, enero 09, 2010

“El agua se arrepiente”, de Manuel Silva Acevedo







Nací por la mañana,
a mediodía ya estaba blanco en canas,
por la tarde me doblé como un árbol
y en la noche crecí de mal agüero.
No tengo por costumbre abrir las alas.
Qué alas voy a abrir si están quebradas.
Apenas sé reptar por esta tierra,
el agua se arrepiente de tocarme.






en Desandar lo andado, 1988












viernes, enero 08, 2010

"Casulla de sangre echada...", de Pablo Picasso





Casulla de sangre echada sobre los hombros desnudos de trigo verde tembloroso entre las sábanas húmedas orquesta sinfónica de carnes despedazadas que cuelgan de los árboles en flor de la pared pintada de ocre que agita sus grandes alas verde manzana y blanco malva destrozándose el pico contra los cristales arquitecturas de sebo cuajado sobre las olas de los perfumes de tierra de música y de pájaros cesta llena de provisiones rodeada de rosas trepadoras fijadas como enjambre de abejas en la cabellera despeinada del paisaje expuesto al sol, con las cuatro patas de la montaña de arroz de las rocas posadas sobre las piedras hundidas en el barro del cielo hasta los tobillos la lengua colgante del arado pegada a los surcos suda el plomo del peso del esfuerzo realizado en el centro del ramillete torcido por las cadenas de los dientes de las flores sorprendidas en medio de la piel rugosa de sus ojos fijos de arriba abajo del vestido y sus pliegues deshechos, sus desgarraduras, el desgaste de la tela cubierta de manchas los mil y un rasgones su suciedad, la piojería los arcos dorados de las piedras que se pavonean y las ventanas cerradas a lo lejos sobre las casas incrustadas de la arena fina de los árboles del bosque y los bostezos de las plumas blancas que volaron del vaso de agua cuello erguido los grandes cirios encendidos de las enormes barcas echadas junto al brocal del pozo escuchan el perfume de la lluvia que sopla en la flauta los dedos de las verdes olivas.








13 de mayo, 1941







en Cahiers D’Art, N.1, 1948











jueves, enero 07, 2010

“El poeta obrero”, de Vladimir Mayakovski






Gritan al poeta:
“Quisiéramos verte al torno.
¿Los versos?
¡Bobadas!
Eso es para no dar el callo”.
Tal vez
para nosotros
el trabajo
es la tarea más afín.
Yo también soy fábrica,
aunque sin chimeneas,
pero quizá
sin ellas
se pasa peor.
Sé –
odiáis la palabrería.
Talar el alcornoque es vuestro quehacer.
¿Y nosotros?
¿No somos ebanistas?
Transformamos el alcornoque de las cabezas humanas.
Sin duda,
pescar es cosa distinguida.
Sacar la red
y en ellas el pescado.
Pero el trabajo del poeta es más delicado:
pesca a gentes, no a peces.
Enorme trabajo arder ante el horno,
el hierro rojo al rojo templar.
¿Pero quién
nos tilda de holgazanes?
Con la lima de la lengua desbastamos los cerebros.
¿Quién es más –el poeta
o el perito
que
da al hombre el bien material?
Iguales.
El corazón es otro motor.
El alma es otro ingenio.
Somos parejos.
Compañeros, dentro de la masa obrera.
Proletarios de cuerpo y alma.
Sólo juntos
hermoseamos el mundo
y lo impulsaremos con himnos.
Pondremos un dique a los chorros verbales.
¡A la obra!
El trabajo es vivo y nuevo.
Y los oradores ociosos.
¡Al molino!
¡Con los molineros!
A girar las muelas con el torrente de palabras.





1918












miércoles, enero 06, 2010

"Pessoa room", de César Seco





Todos vienen aquí puntuales
una vez ordenada la correspondencia
que legitima traslados de mercancía.
Aquí los recibo a todos
sin soñar por no poder dormir,
una vez hacen su entrada y ocupan
cada uno el espacio donde mejor
pueden avenirse al mobiliario
sus desteñidas siluetas.
Ellos son todo lo que me falta
y no he tenido, pero ninguno
es como soy, ninguno como aquel
que madre hubiese querido fuere:
casado, fútil, cotidiano y tributante.
Están todos aquí repartidos por igual
y en mí, diferentes.
Nada más punzante que todos ellos
mirándome sin hablar, sin proferir
un insulto siquiera, escrutando
al astro que la noche detiene
en el cielo de sus órbitas.
Alberto, Ricardo, Álvaro, Bernardo.
Me erijo en filtro de sus mudos latidos.
Me saco de ustedes, me vivo.
Hace un instante puse carta para Ofelia:
¡Oh! mi amor nada soy sin esto que hago
en torno a la espectral mesa de mármol.
A dónde iré, a dónde que no haya sido ya
el oscuro centro que me llama y escribe
esto.










a Hermes Vargas











martes, enero 05, 2010

“Yo te amo”, de Sandro

19 de agosto de 1945 - 4 de enero de 2010






Por ese palpitar que tiene tu mirar
yo puedo presentir que tú debes sufrir
igual que sufro yo por esta situación
que nubla la razón sin permitir pensar.


En qué ha de concluir el drama singular
que existe entre los dos, tratando simular
tan sólo una amistad, mientras en realidad
se agita la pasión que muerde el corazón
y que obliga a callar: "Yo te amo, yo te amo".


Tus labios de rubí de rojo carmesí
parecen murmurar mil cosas sin hablar
y yo que estoy aquí sentado frente a ti
me siento desangrar sin poder conversar.


Tratando de decir, tal vez será mejor


me marche yo de aquí para no vernos más
total, qué más me da, ya sé que sufriré
pero al final tendré tranquilo el corazón
y al fin podré gritar: "Yo te amo, yo te amo".


Yo te amo por sobre todas las cosas del mundo.


Tus labios de rubí de rojo carmesí
parecen murmurar mil cosas sin hablar
y yo que estoy aquí sentado frente a ti
me siento desangrar sin poder conversar.


Tratando de decir, tal vez será mejor
me marche yo de aquí para... para no vernos más
total, que más me da, ya sé que sufriré
pero al final tendré tranquilo el corazón
y al fin podré gritar:
"Yo te amo, yo te amo... Yo te amo".



















lunes, enero 04, 2010

"Para Sharon", de Enrique Lihn

Inédito



Eres de una especie que yo no conocía: se te traslucen cachorros
jugando en lugares amenos con su ternura feroz, el encenderse
            del rosa
rojo de la mejilla de niños recuperados por sus padres
en un abrazo que los libra o casi del mundo
y del peligro ocasional que desencadena ese abrazo
semejante a un transporte místico, pero cuando se apretuja la carne
con la carne y la sangre, un momento antes congelada, hierve
exhala su olor de maravilla mortal, fresco, como cuajado
sobre la hierba, en el origen del día.

Una inmensidad de mujer tan bien construida
como la represa que convierte el río
en un lago por eso llamado artificial, un orden líquido
de aguas blancas y plateadas y verdes y surcadas
de lanchas a motor y velas de colores. Eres ese río
que no por obra de magia se detiene
a descansar en sí mismo como si fuera el mar
de estas tierras con lomas de rocas talladas donde tanta vegetación
es el milagro de un puñado de tierra. Tienes
brazos y piernas de río que no van a dar al morir
que es la mar, pues, por ahora, pareces eterna
como la juventud -ya se sabe-. El azul de ciertos pájaros
no se da mejor en ellos que en tus ojos
Grandes manos como para sacar a luz un hijo que se te parezca
pero que todavía no ha enanchado tanta delgadez, respetuoso de
            tu belleza
aunque seguramente la aumentará
y gozarás de ella todos los años que quieras.

Sí, todo esto y mucho más, pero yo el que te escribe
tengo en este lugar los días contados
no todo el blanco del papel ni el deseo de fatigarlo
porque quiero que lo leas, en realidad, y pienses
“Soy parte de una memoria que empieza a transfigurarme
y de la que me borraré como un montón de palabras
Éstas, las pobres.

Ellas –te respondo-
son todavía –recuérdalo- una manera de vivir
la más modesta de todas, sin duda, la más inútil
Porque ¿cómo hacer de unos versos el impensable encuentro
en el Café o un abrazo a la manera de un relámpago?
Pero los versos –no los besos- están aquí, al menos
sería bueno que antes de borrarse te recordaran lo que ausentan
a la manera de un espejismo.

La vida, belleza, es así; o mejor dicho impensable
un espejismo que no se deja pensar
y al cual por lo tanto esa palabra: espejismo
le viene, en un cierto sentido, como cualquier otra
Hay una felicidad en no decirla
que compartimos sin callarnos nada
pero evitando toda definición
y que nada definían. Conocí esa felicidad
siempre es así, cuando menos me lo esperaba
Como subir unas gradas de esas rocas y de pronto ver de veras
el mar aunque no lo fuera: una obra de ingeniería
río inmóvil que desafía a la muerte
eternamente como la juventud
Como descender unas gradas, cansado ya
de estas alegorías en que combino cachorros
y el vuelo de los azulejos
Todo para llegar a una metáfora: tú
y eximirme con ella de tu imposible presencia
que ausento al hablar de ti.
Por eso voy a probar una ESPECIE DE DEFINICIÓN NEGATIVA:

No eres tampoco, aquí en el lenguaje en donde nunca estarás
de cuerpo presente, por mucho que me esfuerce por poseerlo
la muchacha cuya historia me contaste
Tu madre no te obligó, al rechazarte en tu adolescencia, a una vida
            errante
como Evangelina. Ni fuiste en París la niña de nadie
-tu maestro- ni te pareces aquí a tu padre porque no lo conozco
ni en lugar de él encontraste, como en cualquier hombre,
            a un intrauterino tirano
menos lúcido en su declinación que el rey Lear, a Edipo
No eres aquí la celosa de sus propios Estados Unidos
estabilidad emocional previsión y otros derechos
adquiridos con suficiente tenacidad
Dispongo a mi amaño de ti ahora que al escribirte te ausento
y aunque no he de saber nunca lo que habrá sido de ti
puedo negarme a la lógica de esos relatos
de esas explicaciones que no explican nada
sueños que fabuló en su tiempo el psicoanálisis
Ahora que serás sólo mi preferencia y no tú, la letra
te prefiero, como en Mallarmé: “la ausente de todos los ramos”
te prefiero con ese olor a flores silvestres ofreciéndome en
            el ombligo y los pechos
fresas azucaradas y una risa infantil
un momento antes de negarme tu vida.










en Conversaciones con Enrique Lihn de Pedro Lastra, 2009








Contribución a Dscntxt de Luis Hernández










domingo, enero 03, 2010

“Una habitación vacía, de luces apagadas, cerrada por dentro para siempre”, de José Fernando Reig

Escueto comentario sobre la vida y obra de Aciro Luménics






Sobre Aciro Luménics se han dicho pocas cosas. En contadas ocasiones nos encontramos frente a un acertijo de esta especie. Un autor desplazado por el tiempo, ensimismado en el encierro obligado, exiliado por sus pares epocales, sumido en el silencio, olvidado. Luménics llena de sombras cualquier habitación iluminada; oscurece el más radiante día de sol sobre la nieve. En pequeños fragmentos, de oscura y breve entrega, nos hunde en su mundo brillantemente velado, si algo así pudiera existir. Desde el rimbombante título de su primer libro conocido: Seis mil relatos de ficción absurda, del año 1961, el asunto va quedando más o menos claro, si es que algo así, también, se pudiera decir sobre algún aspecto de la vida –incluso literaria- de Luménics. Hasta A ultranza, del año 1969, su segunda y última publicación conocida –en donde reúne poemas y prosas-; texto en el que el tiempo, el sentido y todo objeto conocido, son lugares revertidos, dispersos y fundidos como oro líquido. Agregando su inclusión en dos o tres antologías, que circulan con la escasez de un maniquí dorado, editadas por amigos o sellos extremadamente minúsculos. Mención aparte merece Desierto al sur, del año 1956, libro de crónicas urbanas y rurales, del cual Luménics reniega totalmente en autoría y participación.

Luménics es un autor que se confronta consigo mismo, significando así una distancia natural con su entorno artificial: otros autores, publicaciones masivas, la crítica. Todo tiende hacia el olvido en él, hacia la invisibilidad, salvo un pequeño intento de rescate por parte de generaciones jóvenes y, curiosamente, alguna publicación menor en el ámbito latinoamericano.

Nos vemos enfrentados al sujeto incontenible, inclasificable, salvo por la brevedad de sus escritos (poesía, prosa poética y relato breve), su tendencia absoluta al lenguaje lírico y sus temáticas rodeadas de misterio y trascendencia.

Su vida se confunde y fusiona con el mito. En esto se parece a tantos otros casos literarios, y se reúne con la tradición más exacta de la negación. Autores que fueron vistos por última vez en la entrada de un bosque interminable. Autores que despidieron pulidas letras y ornamentos verbales para dedicarse al tráfico de esclavos o de marfil. Autores que terminaron gangrenados hasta el cuello. Autores en la selva africana, tapizados de mosquitos. Autores del no. Autores de la negación. Autores de, desde y hacia la nada. Autores displicentes, nihilistas. Autores que dejan de ser autores. Autores que se olvidan que son autores. Autores que reniegan, sucumben e idolatran. Y, sin embargo, todos ellos siguen siendo autores, tanto o más respetables que los que siguen el encanto editorial, la mano en palmoteo y la sonrisa, el lanzamiento, la distribución, la conferencia, el adulaje.Estamos acá en presencia de un autor del no, en terminología bartlebyana. Acaso emparentado con el matemático, ajedrecista, místico incurable o adicto. Acaso emparentado con el frenesí del tiempo y las ideas, con la melodía que no acaba nunca, con el origen.

Es su palabra contra la de nadie. Es su palabra expulsada como un acto espiritual, que se pierde de inmediato, se ahoga o vuela. Es su gesto un secreto en sí, no por ánimos herméticos, sino que porque no lo puede compartir con nadie. Luménics está solo, extremadamente, y ya perdió toda esperanza en su acto de interlocución. Está incomunicado. Por eso viaja, se aleja, piensa y le escribe a nadie. Por eso la desconfianza, el retiro y la meditación.







en Revista Cinosargo, noviembre 2009













sábado, enero 02, 2010

"La soledad de los números primos", de Paolo Giordano

Fragmento



Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.

El primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.











2008














viernes, enero 01, 2010

"Reloj de arena", de Óscar Hahn







Desdichado lector tuya es la mano
que puso en marcha este reloj de arena:
las sílabas ya caen grano a grano
allá abajo palpita tu condena

Estas líneas que miras ahora mismo
son columnas de arena vertical:
vas con ellas fluyendo hacia el abismo
vas goteando hacia el fondo del cristal

Ay cómo entre los versos te deslizas
Mira cuán bajo has descendido ya
De peldaño en peldaño viento pisas:
casi vacío el otro vaso está

Se te acaba la arena: no hay demora
Despídete lector: llegó tu hora






en Estrellas fijas en un cielo blanco, 1989













jueves, diciembre 31, 2009

"19 de diciembre de 1971", de Roberto Fontanarrosa





Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.

Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!

Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.

Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría, el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el "Ciudad de Rosario" y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".

Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa", o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale.

El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntás, "¿Cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. Él iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano, que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.

Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar".

Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.

La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.

¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodia Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.

Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.

Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.

Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él viviendo como un bacán, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Monaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.

El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros, y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos ñubelistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda!... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o si no aguantarse que quince, veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano, te juro.

El que organizó la "Operación Eichmann", como la llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba para ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L. "Organización Canalla Anti Lepra". Son un grupo de ñatos como el Ku-KIux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.

Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos, los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.

Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el "Selecciones" y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatrocientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.

Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.

Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía "Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la vichara.

La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".

Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe". Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.

Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá hermano, y créeme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refusilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menutti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; "¡Qué importa!" ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.














en Nada del otro mundo y otros cuentos, 1987














miércoles, diciembre 30, 2009

Entrevista a María Luisa Bombal, de Carmen Merino






María Luisa Bombal ha regresado a Chile después de diecinueve años de ausencia. Su nombre no ha sido olvidado en la literatura chilena, a pesar de que las ediciones de La amortajada y La última niebla, han desaparecido hace años de las librerías del país. El tiempo no ha pasado por María Luisa. Su voz, siempre de tono dulce, va entregando las respuestas de la entrevista, con viveza y sinceridad.

¿Cuál es el motivo de su viaje a Chile, después de tantos años de ausencia?
Hace más o menos dos años escribí para la Revista de Viña del Mar, unas breves páginas sobre mi recuerdo de esa ciudad. Y resulta que a medida que fuera escribiendo, me iba acometiendo una gran nostalgia de Viña, mi pueblo natal, como se dice. Nostalgia que siguió enseguida trabajándome hasta convertirse en una nostalgia de talle entero, de su cordillera y de su gente, de sus escritores y poetas, de sus álamos que tiemblan al hablarnos, de mis amigos, de mi madre… en fin, nostalgia que en inglés se llama to be homesick… Pero no es esta razón de puro lujo sentimental, el único motivo de mi viaje. He venido además a conversar con don Carlos (Carlos George Nascimento) acerca de la reedición de mis libros que están totalmente agotados desde hace años. Por breve que sea mi obra literaria, no quisiera verla morir conmigo un día de éstos…

¿Qué impresión recibe de Chile, después de tantos años de alejamiento?
Una primera, mi impresión fue la de descanso: el gran descanso que da el trato con gente inteligente. Y luego la “alegría de vivir” que da moverse en un ambiente en donde la música, arte, literatura y espíritu, son considerados como una primera necesidad, una necesidad de orden vital. También me conmueve el comprobar que no se me ha olvidado completamente, ni como escritora ni como persona.

María Luisa sonríe. Recuerda que a su llegada se acercaron a ella amigos y los admiradores de sus obras. Las nuevas generaciones que habían oído hablar de la escritora chilena e incluso en los cursos de literatura chilena, habían sido aconsejadas a leer sus obras, que inútilmente buscaban en las librerías, se acercan para conocerla. Este homenaje lo recibe María Luisa con sorpresa, emocionada.

¿Qué obra nueva va a publicar en Chile?
Una novela que don Carlos (Nascimento) aguardaba desde hace años, El Canciller. Una tragedia de hoy, y, sin embargo, romántica. Una historia terrible, y sin embargo constructiva. Por lo menos así lo siento, y creo haber logrado expresarla.

En reiteradas ocasiones se ha afirmado que María Luisa deseaba nacionalizarse norteamericana. Esto le daría privilegios en el país en que reside.

¿Por qué no se ha nacionalizado norteamericana?
Bueno, admiro, respeto y creo en los Estados Unidos como nación, además me arraigan a ella tantos lazos… Mi marido, mi hija son norteamericanos. Pero no me he nacionalizado por la sencilla razón de que soy chilena, y bastante orgullosa de serlo.

La hija de María Luisa, Brigitte, que recién cumple 17 años, estudia investigaciones científicas en la Universidad de Cornell. La autora, que describe ambientes tan espirituales, que lindan en la fantasía de las sensaciones, tiene una hija que ha obtenido las mejores notas en matemáticas y ciencias, en todo el Estado de Nueva York.

La pureza de estilo que María Luisa posee en sus escritos, es lo que ha hecho que Universidades como B. Mawr, Vassar, Cambridge, Middlebury, Nueva York y Puerto Rico, entre otras, usen sus textos para la enseñanza del idioma castellano. Puede ser el secreto que dará perduración a su obra, para que “no muera un día de éstos”, como dice la escritora.







La Nación. Santiago de Chile. 31 de diciembre de 1961