domingo, septiembre 13, 2009

"Castigo y caída", de Roxana Miranda Rupailaf







I

El ojo entra en el ojo
que penetra
siendo adentrado también
y confundido en lo líquido
de las visiones.




II

Muéstrame tus hijos.
Los he escuchado gritar contra mi vientre.
Sobre el agua corren con el sol metido en la palabra.
Arderlos quiero,
sentirlos.

Viajar aire en la espalda.
Saltar tus hijos en lo verde.




III

Quiero mariposa rodando a mis aguas.
Húndelas
hasta salirme brazos.
Ruédame la boca
y atórate de sal.
Muérdete las vidas.

Sácame los gritos con sus ojos.
Súbeme al relámpago y estállame.




IV

Beso carne tuya
mezclando lo que de sabores
tenemos a deseo.
Huelo la tibieza de tus piernas
y la proximidad del vuelo.
Contengo la lengua y la palabra
que giras mientras entras.

Lamo ojos tuyos en que verme
sostenida
en mariposa que se tensa.
Siento desprenderse los colores
en ríos que se salen con sus
gritos.
Subo sobre el fuego para piel
acabar viento en el respiro.




V

La diosa montada en tu sol
desarma la trenza
en tu vientre
y se deja cortar el ombligo
por espada de agua.
Los ojos le emergen
hasta asfixiar el aire que sobra
en espacio de cuerpos.




VI

Entre los ríos
tú asomas la cabeza.
Gritas en mi grito de inundarnos.
Empujo hasta la plenitud
del verte.

Parado ahí
y ensangrentado.

Dispuesto a correr fuera de mí
y en dirección contraria.





en Revista El Puñal, abril 2009










sábado, septiembre 12, 2009

"No tengo", de Mauricio Redolés





No tengo
pero si tuviera
para no convidarles
les diría que no tengo
pero en realidad no tengo

Si tuviera
les diría que no tengo
porque si les digo que tengo pero que no quiero convidarles
ustedes van a pensar
y con justificada razón ética o moral
que yo soy egoísta

Pero como yo no quiero parecer egoísta,
porque no creo serlo
a pesar de no querer convidarles
entonces les diría que no tengo

Pero en realidad...
¡No tengo!









en ¿Quién mató a Gaete?, 1996






viernes, septiembre 11, 2009

"Apunte callejero", de Oliverio Girondo








En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.

Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar… Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda…

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.






en Obra completa, 1999










jueves, septiembre 10, 2009

"Aullido", de Allen Ginsberg

para Carl Salomon / Traducción de Rodrigo Olavarría




I

        Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,
        arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,
        hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con la estrellada dínamo de la maquinaria nocturna,
        que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,
        que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,
        que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,
        que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,
        que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro,
        que fueron arrestados por sus barbas púbicas regresando por Laredo con un cinturón de marihuana hacia Nueva York,
        que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un purgatorio noche tras noche,
        con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol y verga y bailes sin fin,
        incomparables callejones de temblorosa nube y relámpago en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del intertiempo,
        realidades de salones de peyote, amaneceres de cementerio de árbol verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de escaparate de paseos drogados luz de tráfico de neón parpadeante, vibraciones de sol, luna y árbol en los rugientes atardeceres invernales de Brooklyn, desvaríos de cenicero y bondadosa luz reina de la mente,
        que se encadenaron a los subterráneos para el interminable viaje desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de ruedas y niños los hizo caer temblando con la boca desvencijada y golpeados yermos de cerebro completamente drenados de brillo bajo la lúgubre luz del zoológico,
        que se hundieron toda la noche en la submarina luz de Bickford salían flotando y se sentaban a lo largo de tardes de cerveza desvanecida en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujir del Apocalipsis en el jukebox de hidrógeno,
        que hablaron sin parar por setenta horas del parque al departamento al bar a Bellevue al museo al puente de Brooklyn, un batallón perdido de conversadores platónicos saltando desde las barandas de salidas de incendio desde ventanas desde el Empire State desde la luna,
        parloteando gritando vomitando susurrando hechos y memorias y anécdotas y excitaciones del globo ocular y shocks de hospitales y cárceles y guerras,
        intelectos enteros expulsados en recuerdo de todo por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la sinagoga arrojada en el pavimento,
que se desvanecieron en la nada Zen Nueva Jersey dejando un rastro de ambiguas postales del Atlantic City Hall,
        sufriendo sudores orientales y crujidos de huesos tangerinos y migrañas de la China con síndrome de abstinencia en un pobremente amoblado cuarto de Newark,
        que vagaron por ahí y por ahí a medianoche en los patios de ferrocarriles preguntándose dónde ir, y se iban, sin dejar corazones rotos,
        que encendieron cigarrillos en furgones furgones furgones haciendo ruido a través de la nieve hacia granjas solitarias en la abuela noche,
        que estudiaron a Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía bop kabbalah porque el cosmos instintivamente vibraba a sus pies en Kansas,
        que vagaron solos por las calles de Idaho buscando ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios,
        que pensaron que tan sólo estaban locos cuando Baltimore refulgió en un éxtasis sobrenatural,
        que subieron en limusinas con el chino de Oklahoma impulsados por la lluvia de pueblo luz de calle en la medianoche invernal,
        que vagaron hambrientos y solitarios en Houston en busca de jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la Eternidad, una tarea inútil y así se embarcaron hacia África,
        que desaparecieron en los volcanes de México dejando atrás nada sino la sombra de jeans y la lava y la ceniza de la poesía esparcida en la chimenea Chicago,
        que reaparecieron en la Costa Oeste investigando al FBI con barba y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas sensuales en su oscura piel repartiendo incomprensibles panfletos,
        que se quemaron los brazos con cigarrillos protestando por la neblina narcótica del tabaco del Capitalismo,
        que distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desnudándose mientras las sirenas de Los Álamos aullaban por ellos y aullaban por la calle Wall, y el ferry de Staten Island también aullaba,
que se derrumbaron llorando en gimnasios blancos desnudos y temblando ante la maquinaria de otros esqueletos,
        que mordieron detectives en el cuello y chillaron con deleite en autos de policías por no cometer más crimen que su propia salvaje pederastia e intoxicación,
        que aullaron de rodillas en el subterráneo y eran arrastrados por los tejados blandiendo genitales y manuscritos,
        que se dejaron follar por el culo por santos motociclistas, y gritaban de gozo,
        que mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marinos, caricias de amor atlántico y caribeño,
        que follaron en la mañana en las tardes en rosales y en el pasto de parques públicos y cementerios repartiendo su semen libremente a quien quisiera venir,
        que hiparon interminablemente tratando de reír pero terminaron con un llanto tras la partición de un baño turco cuando el blanco y desnudo ángel vino para atravesarlos con una espada,
        que perdieron sus efebos por las tres viejas arpías del destino la arpía tuerta del dólar heterosexual la arpía tuerta que guiña el ojo fuera del vientre y la arpía tuerta que no hace más que sentarse en su culo y cortar las hebras intelectuales doradas del telar del artesano,
        que copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza un amorcito un paquete de cigarrillos una vela y se cayeron de la cama, y continuaron por el suelo y por el pasillo y terminaron desmayándose en el muro con una visión del coño supremo y eyacularon eludiendo el último hálito de conciencia,
        que endulzaron los coños de un millón de muchachas estremeciéndose en el crepúsculo, y tenían los ojos rojos en las mañanas pero estaban preparados para endulzar el coño del amanecer, resplandecientes nalgas bajo graneros y desnudos en el lago,
        que salieron de putas por Colorado en miríadas de autos robados por una noche, N.C., héroe secreto de estos poemas, follador y Adonis de Denver – regocijémonos con el recuerdo de sus innumerables jodiendas de muchachas en solares vacíos y patios traseros de restaurantes, en desvencijados asientos de cines, en cimas de montañas en cuevas o con demacradas camareras en familiares solitarios levantamientos de enaguas y especialmente secretos solipsismos en baños de gasolineras y también en callejones de la ciudad natal,
        que se desvanecieron en vastas y sórdidas películas, eran cambiados en sueños, despertaban en un súbito Manhattan, y se levantaron en sótanos con resacas de despiadado Tokai y horrores de sueños de hierro de la Tercera Avenida y se tambalearon hacia las oficinas de desempleo,
        que caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre sobre los bancos de nieve en los muelles esperando que una puerta se abriera en el East River hacia una habitación llena de vapor caliente y opio,
        que crearon grandes dramas suicidas en los farellones de los departamentos del Hudson bajo el foco azul de la luna durante la guerra y sus cabezas serán coronadas de laurel y olvido,
        que comieron estofado de cordero de la imaginación o digirieron el cangrejo en el lodoso fondo de los ríos de Bowery,
        que lloraron ante el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música,
        que se sentaron sobre cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir clavicordios en sus áticos,
        que tosieron en el sexto piso de Harlem coronados de fuego bajo el cielo tubercular rodeados por cajas naranjas de teología,
        que escribieron frenéticos toda la noche balanceándose y rodando sobre sublimes encantamientos que en el amarillo amanecer eran estrofas incoherentes,
        que cocinaron animales podridos pulmón corazón pie cola borsht y tortillas soñando con el puro reino vegetal,
        que se arrojaron bajo camiones de carne en busca de un huevo,
        que tiraron sus relojes desde el techo para emitir su voto por una Eternidad fuera del Tiempo, y cayeron despertadores en sus cabezas cada día por toda la década siguiente,
        que cortaron sus muñecas tres veces sucesivamente sin éxito, desistieron y fueron forzados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que estaban envejeciendo y lloraron,
        que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre explosiones de versos plúmbeos y el enlatado martilleo de los férreos regimientos de la moda y los gritos de nitroglicerina de maricas de la publicidad y el gas mostaza de inteligentes editores siniestros, o fueron atropellados por los taxis ebrios de la Realidad Absoluta,
        que saltaron del puente de Brooklyn esto realmente ocurrió y se alejaron desconocidos y olvidados dentro de la fantasmal niebla de los callejones de sopa y carros de bomba de Chinatown ni siquiera una cerveza gratis,
        que cantaron desesperados desde sus ventanas, se cayeron por la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, se abalanzaron sobre negros, lloraron por toda la calle, bailaron descalzos sobre vasos de vino rotos y discos de fonógrafo destrozados de nostálgico europeo jazz alemán de los años treinta se acabaron el whisky y vomitaron gimiendo en el baño sangriento, con lamentos en sus oídos y la explosión de colosales silbatos de vapor,
        que se lanzaron por las autopistas del pasado viajando hacia la cárcel del Gólgota – solitario mirar – autos preparados de cada uno de ellos o encarnación de jazz de Birmingham,
        que condujeron a campo traviesa por setenta y dos horas para averiguar si yo había tenido una visión o tú habías tenido una visión o él había tenido una visión para conocer la eternidad,
        que viajaron a Denver, murieron en Denver, que volvían a Denver; que velaron por Denver y meditaron y andaban solos en Denver y finalmente se fueron lejos para averiguar el Tiempo, y ahora Denver extraña a sus héroes,
        que cayeron de rodillas en desesperanzadas catedrales rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que al alma se le iluminó el cabello por un segundo,
        que chocaron a través de su mente en la cárcel esperando por imposibles criminales de cabeza dorada y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaba dulces blues a Alcatraz,
        que se retiraron a México a cultivar un hábito o a Rocky Mount hacia el tierno Buda o a Tánger en busca de muchachos o a la Southern Pacific hacia la negra locomotora o de Harvard a Narciso a Woodland hacia la guirnalda de margaritas o a la tumba,
        que exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron abandonados con su locura y sus manos y un jurado indeciso,
        que tiraron ensalada de papas a los lectores de la CCNY sobre dadaísmo y subsiguientemente se presentan en los escalones de granito del manicomio con las cabezas afeitadas y un arlequinesco discurso de suicidio, exigiendo una lobotomía al instante,
        y recibieron a cambio el concreto vacío de la insulina Metrazol electricidad hidroterapia psicoterapia terapia ocupacional ping pong y amnesia,
        que en una protesta sin humor volcaron sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia,
        volviendo años después realmente calvos excepto por una peluca de sangre, y de lágrimas y dedos, a la visible condenación del loco de los barrios de las locas ciudades del Este,
        los fétidos salones del Pilgrim State Rockland y Greystones, discutiendo con los ecos del alma, balanceándose y rodando en la banca de la soledad de medianoche reinos dolmen del amor, sueño de la vida una pesadilla, cuerpos convertidos en piedra tan pesada como la luna,
        con la madre finalmente ******, y el último fantástico libro arrojado por la ventana de la habitación, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono golpeado contra el muro en protesta y el último cuarto amoblado vaciado hasta la última pieza de mueblería mental, un papel amarillo se irguió torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un esperanzado poco de alucinación –
        ah, Carl, mientras no estés a salvo yo no voy a estar a salvo, y ahora estás realmente en la total sopa animal del tiempo –
        y que por lo tanto corrió a través de las heladas calles obsesionado con una súbita inspiración sobre la alquimia del uso de la elipse el catálogo del medidor y el plano vibratorio,
        que soñaron e hicieron aberturas encarnadas en el Tiempo y el Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y pusieron el nombre y una pieza de conciencia saltando juntos con una sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus
        para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y pararse frente a ti mudos e inteligentes y temblorosos de vergüenza, rechazados y no obstante confesando el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,
        el vagabundo demente y el ángel beat en el Tiempo, desconocido, y no obstante escribiendo aquí lo que podría quedar por decir en el tiempo después de la muerte,
        y se alzaron reencarnando en las fantasmales ropas del jazz en la sombra de cuerno dorado de la banda y soplaron el sufrimiento de la mente desnuda de América por el amor en un llanto de saxofón eli eli lamma lamma sabacthani que estremeció las ciudades hasta la última radio
        con el absoluto corazón del poema sanguinariamente arrancado de sus cuerpos bueno para alimentarse mil años.




II

        ¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación?
        ¡Moloch! ¡Soledad! ¡Inmundicia! ¡Ceniceros y dólares inalcanzables! ¡Niños gritando bajo las escaleras! ¡Muchachos sollozando en ejércitos! ¡Ancianos llorando en los parques!
        ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el sin amor! ¡Moloch mental! ¡Moloch el pesado juez de los hombres!
        ¡Moloch la prisión incomprensible! ¡Moloch la desalmada cárcel de tibias cruzadas y congreso de tristezas! ¡Moloch cuyos edificios son juicio! ¡Moloch la vasta piedra de la guerra! ¡Moloch los pasmados gobiernos!
        ¡Moloch cuya mente es maquinaria pura! ¡Moloch cuya sangre es un torrente de dinero! ¡Moloch cuyos dedos son diez ejércitos! ¡Moloch cuyo pecho es una dínamo caníbal! ¡Moloch
cuya oreja es una tumba humeante!
        ¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables Jehovás! ¡Moloch cuyas fábricas sueñan y croan en la niebla! ¡Moloch cuyas chimeneas y antenas coronan las ciudades!
        ¡Moloch cuyo amor es aceite y piedra sin fin! ¡Moloch cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch cuya pobreza es el espectro del genio! ¡Moloch cuyo destino es una nube de hidrógeno asexuado! ¡Moloch cuyo nombre es la mente!
        ¡Moloch en quien me asiento solitario! ¡Moloch en quien sueño ángeles! ¡Demente en Moloch! ¡Chupavergas en Moloch! ¡Sin amor ni hombre en Moloch!
        ¡Moloch quien entró tempranamente en mi alma! ¡Moloch en quien soy una conciencia sin un cuerpo! ¡Moloch quien me ahuyentó de mi éxtasis natural! ¡Moloch a quien yo abandono! ¡Despierten en Moloch! ¡Luz chorreando del cielo!
        ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Departamentos robots! ¡suburbios invisibles! ¡tesorerías esqueléticas! ¡capitales ciegas! ¡industrias demoníacas! ¡naciones espectrales! ¡invencibles manicomios! ¡vergas de granito! ¡bombas monstruosas!
        ¡Rompieron sus espaldas levantando a Moloch hasta el cielo! ¡Pavimentos, árboles, radios, toneladas! ¡levantando la ciudad al cielo que existe y está alrededor nuestro!
        ¡Visiones! ¡presagios! ¡alucinaciones! ¡milagros! ¡éxtasis! ¡arrastrados por el río americano!
        ¡Sueños! ¡adoraciones! ¡iluminaciones! ¡religiones! ¡todo el cargamento de mierda sensible!
        ¡Progresos! ¡sobre el río! ¡giros y crucifixiones! ¡arrastrados por la corriente! ¡Epifanías! ¡Desesperaciones! ¡Diez años de gritos animales y suicidios! ¡Mentes! ¡Nuevos amores! ¡Generación demente! ¡Abajo sobre las rocas del Tiempo!
        ¡Auténtica risa santa en el río! ¡ellos lo vieron todo! ¡los ojos salvajes! ¡los santos gritos! ¡dijeron hasta luego! ¡saltaron del techo! ¡hacia la soledad! ¡despidiéndose! ¡Llevando flores! ¡Hacia el río! ¡por la calle!




III

        ¡Carl Solomon! Estoy contigo en Rockland
        donde estás más loco de lo que yo estoy
        Estoy contigo en Rockland
        donde te debes sentir muy extraño
        Estoy contigo en Rockland
        donde imitas la sombra de mi madre
        Estoy contigo en Rockland
        donde has asesinado a tus doce secretarias
        Estoy contigo en Rockland
        donde te ríes de este humor invisible
        Estoy contigo en Rockland
        donde somos grandes escritores en la misma horrorosa máquina de escribir
        Estoy contigo en Rockland
        donde tu condición se ha vuelto seria y es reportada por la radio
        Estoy contigo en Rockland
        donde las facultades de la calavera no admiten más los gusanos de los sentidos
        Estoy contigo en Rockland
        donde bebes el té de los pechos de las solteras de Utica
        Estoy contigo en Rockland
        donde te burlas de los cuerpos de tus enfermeras las arpías del Bronx
        Estoy contigo en Rockland
        donde gritas en una camisa de fuerza que estás perdiendo el juego del verdadero ping pong del abismo
        Estoy contigo en Rockland
        donde golpeas el piano catatónico el alma es inocente e inmortal jamás debería morir sin dios en una casa de locos armada
        Estoy contigo en Rockland
        donde cincuenta shocks más no te devolverán nunca tu alma a su cuerpo de su peregrinaje a una cruz en el vacío
        Estoy contigo en Rockland
        donde acusas a tus doctores de locura y planeas la revolución socialista hebrea contra el Gólgota nacional fascista
        Estoy contigo en Rockland
        donde abres los cielos de Long Island y resucitas a tu Jesús humano y viviente de la tumba sobrehumana
        Estoy contigo en Rockland
        donde hay veinticinco mil camaradas locos juntos cantando las estrofas finales de la Internacional
        Estoy contigo en Rockland
        donde abrazamos y besamos a los Estados Unidos bajo nuestras sábanas los Estados Unidos que tosen toda la noche y no nos dejan dormir
        Estoy contigo en Rockland
        donde despertamos electrificados del coma por el rugir de los aeroplanos de nuestras propias almas sobre el tejado ellos han venido para lanzar bombas angelicales el hospital se ilumina a sí mismo colapsan muros imaginarios Oh escuálidas legiones corren afuera Oh estrellado shock de compasión la guerra eterna está aquí Oh victoria olvida tu ropa interior somos libres
        Estoy contigo en Rockland
        en mis sueños caminas goteando por un viaje a través del mar sobre las carreteras a través de América llorando hasta la puerta de mi cabaña en la noche del Oeste




San Francisco, 1955-1956






en Aullido y otros poemas, 1956










Contribución a DscnTxt de Rodrigo Olavarría














miércoles, septiembre 09, 2009

"Al lector", de Charles Baudelaire







La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!





1855

Fotografía: Félix Nadar, 1855












martes, septiembre 08, 2009

«Persépolis». Entrevista con Marjane Satrapi





¿Adaptó su novela gráfica al cine porque sentía que no había terminado con la historia?
Supongo que mi colaboración con Vincent Paronnaud es lo que hizo las cosas posibles. Cuando las novelas gráficas se publicaron, tuvieron éxito inmediato y recibí muchas ofertas para adaptar Persépolis, especialmente cuando los libros se publicaron en Estados Unidos. Incluso me ofrecieron cosas como una serie de televisión tipo Sensación de Vivir y una película en la que Brad Pitt y Jennifer Lopez serían mis padres, cosas así. Era una locura. Para ser completamente honesta, eso fue cuatro años después de que hubiera escrito y dibujado Persépolis y sentía que el proyecto estaba terminado. Entonces empecé a hablar con Vincent sobre una película y me di cuenta de que no sólo tendría la oportunidad de trabajar con él, sino también la posibilidad de vivir algo completamente nuevo. Después de haber escrito novelas gráficas, libros infantiles, tiras cómicas en periódicos, etc., sentía que había alcanzado un punto de inflexión. No quería hacer una película yo sola y pensé que si tenía que hacerlo con alguien, debería ser con Vincent y sólo con él. Estaba tan excitado como yo por el por el desafío. Pensé que nos divertiríamos. A veces, son las pequeñas cosas las que llevan a tomar grandes decisiones. Como ya conocía al productor Marc Antoine Robert, empezamos a trabajar juntos, eso fue todo.

¿Sabía desde el principio que iba a ser una película animada en vez de una película con actores?
Sí, creo que de no ser así habríamos perdido el encanto original de la historia. Con actores reales, se habría convertido en una historia de gente que vive en un país lejano y que no se parecen a nosotros. Como mucho, hubiera sido una historia exótica, a lo peor, una historia del tercer mundo. Las novelas han sido un éxito en todo el mundo porque los dibujos son abstractos, en blanco y negro. Creo que esto ayuda a que la gente se identifique, ya sea en China, Israel, Chile o Corea, es una historia universal. Persépolis tiene momentos que parecen sueños y los dibujos ayudan a mantener la cohesión y la consistencia. El blanco y negro (siempre tengo miedo de que el color lo haga vulgar) ayudó en esto también, así como en la abstracción del entorno y la localización. Vincent y yo pensamos que el desafío era aún más interesante por todo ello, y también excitante desde un punto de vista artístico y estético.

¿Que le llevó a pedirle a Vincent que compartiera su estudio hace seis años?
Por entonces no le conocía. Había visto sus dibujos en casa de un amigo y pensé, «tendrías que cortarle los dedos a este tipo para que dejara de dibujar», su trabajo era fantástico. Hay algo totalmente estrambótico y excesivo, pero a la vez tiene dignidad y decencia. También había visto dos cortometrajes que hizo con Cizo, O’Boy What Nice Legs y Raging Blues y me gustaron mucho.

¿Cómo se complementan?
Cuando compartimos el mismo estudio, hicimos dibujos juntos. Tenemos estilos diferentes pero funcionan muy bien unidos. Venimos de países totalmente diferentes, culturas y ambientes, pero aún así estamos en la misma onda. Se puede decir que juntos destrozamos la noción del choque de culturas. Soy una persona extrovertida, él es más bien al contrario, pero cuando se trata de dibujar, es un poco lo opuesto. Cuando trabajamos juntos como locos durante tres años, nunca discutimos, aunque siempre fuimos honestos el uno con el otro.

¿Tuvo dificultad al elegir el material de las cuatro novelas que quería incluir en la película?
Cuando estaba escribiendo los libros, tuve que recordar dieciséis años de mi vida, incluyendo cosas que definitivamente quería olvidar. Fue un proceso doloroso. Temía empezar a escribir el guión y no podría haberlo hecho yo sola. La parte más dura fue el comienzo, y distanciarme de lo que ya estaba escrito. Tuvimos que empezar de cero, crear algo diferente pero con el mismo material. Es una pieza única. No tenía sentido filmar una secuencia de escenas. La gente generalmente asume que una novela gráfica es como el storyboard de una película, lo que por supuesto no es así. Con las novelas gráficas, la relación entre el escritor y el lector es participativa. En el cine, el público es pasivo. Incluye movimiento, sonido, música, así que el diseño narrativo y el contenido son muy diferentes.

¿Estuvieron de acuerdo en la estética de la película desde el principio?
Sí, creo que se podría definir como «realismo estilizado», porque queríamos que los dibujos fueran realistas, no dibujos animados. Así que no tuvimos mucho margen con las expresiones faciales, esto es lo que les transmití a los diseñadores y animadores. Siempre he estado obsesionada con el neo-realismo italiano y el expresionismo alemán y pronto aprendí por qué, las dos son escuelas del cine de posguerra. En la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, la economía estaba tan devastada que no se podían permitir rodar en exteriores, así que rodaban en estudio utilizando increíbles ángulos y formas geométricas. En la Italia del mismo periodo ocurrió lo mismo pero las cosas salieron de modo opuesto. Rodaban en la calle con actores desconocidos porque no tenían dinero. En ambas escuelas, encuentras la clase de esperanza en la gente que vivieron la guerra y que sufrieron una gran desesperación. Yo misma soy una persona de posguerra habiendo vivido 8 años de guerra entre Irán e Irak. La película es una combinación de las dos escuelas. Presenta escenas muy reales, y un enfoque muy orientado al diseño, con imágenes que bordean lo abstracto. También estuvimos influenciados por elementos de películas que amamos, como el ritmo rápido de Goodfellas de Scorsese.

Cuando hablamos de hacer la película, ¿cómo dividieron el trabajo entre Vincent, Marc Jousset y usted?
Necesitábamos a alguien con un punto de vista general, alguien que pudiera controlar todas las etapas del proceso. Vincent sugirió a Marc Jousset porque había trabajado con él en Raging Blues. Marc era el único que comprendía lo que queríamos hacer. Escribí el argumento y Vincent y yo escribimos y discutimos el rodaje del guión. Entonces Vincent se hizo cargo del diseño de producción, el rodaje, los personajes y lo que ocurría con cada escena. Todos dimos nuestra opinión en cada etapa del proceso. Ahora prácticamente no puedo decir donde empieza su trabajo y termina el mío y viceversa. Nos complementamos el uno al otro. Esta es una película animada con un montón de personajes… 600 personajes diferentes en total. Es inusual tener tantos. Yo los dibujé todos ellos, de frente y de perfil. Después, los diseñadores y los animadores los dibujaron desde todos los ángulos desarrollando sus expresiones faciales y movimientos. Para ayudarles, me filmaron interpretando las escenas. Fue la clave para mantener la emoción intacta, y encontrar el equilibrio entre la sobriedad y la fantasía. También tuve el duro trabajo de coreografiar la escena de la canción «The Eye of the Tiger».

¿Fue difícil para usted ver como otros diseñadores reinterpretaban sus dibujos y dibujaban su cara constantemente?
Es una sensación particular. Tu dibujo es como tu bebé, y de repente, le pertenece a todo el mundo. No sólo reinterpretaron mis dibujos, mis personajes, sino mi cara y la historia de mi vida. A diferencia de Vincent, yo siempre había trabajado sola. Puedes imaginar como me sentía cuando veía mi cara por todas partes, pequeña, grande, de niña, de adolescente, de mayor, de frente, de espaldas, riendo, llorando… Era insoportable. Me tenía que decir, «es sólo un personaje». Era lo mismo con los demás personajes porque sus historias son también reales. Como mi abuela, mi tío. No podía dejar que los sentimientos se interpusieran, eso habría sido intolerable para todos los demás. Si me hubieran visto con lágrimas en los ojos no podrían haber podido continuar con su trabajo. Necesitábamos que se sintieran libres para hacerlo lo mejor que pudieran, así que no tuve más remedio que hablar de mí y de la gente en mi vida como personajes ficticios: «Marjane hace esto» o «su abuela es así…». De otra manera hubiera sido imposible. Esto no significa que en ocasiones no me viera desbordada por la emoción, sobretodo cuando los diseñadores dibujaban a mis padres. Sólo cuando el guión fue escrito esta historia se convirtió en ficción y se hizo pública. Ya no era yo exactamente, y aún así, paradójicamente seguía siendo yo.

¿Por qué eligió a Chiara Mastroianni para su voz?
Queríamos grabar las voces antes del rodaje para que la animación, los movimientos y las expresiones faciales encajaran con los diálogos de los actores. El primer nombre en el que pensamos fue Danielle Darrieux como mi abuela. Era la única que le podía hacer justicia, ella es divertida, inteligente y llena de ingenio y encanto. Le encanta divertirse, no se asusta ante las situaciones absurdas. Siempre atesoraré el tiempo que pasamos grabando su voz. Tuve el sueño de que Catherine Deneuve fuera la voz de mi madre. En Irán, los dos actores franceses más famosos eran ella y Alain Delon. Ella era perfecta para el papel. Cuando era editora jefe de Vogue, eligió veinte artistas para trabajar en un número y me incluyo a mí. Estaba tan orgullosa... Cuando le pregunté si pondría su voz, me dijo que sí de inmediato. Me sentí impresionada cuando dirigí e interpreté junto a ella. En algún punto del guión, se suponía que yo debía decir: «a las mujeres como tú sólo quiero follarlas contra la pared y arrojarlas a la basura». Afortunadamente fue más fácil después de unos cuantos vasos de coñac. Sólo tras elegir a Chiara me di cuenta de que estaba añadiendo un nuevo capítulo a una glamourosa mitología cinematográfica, puesto que ellas ya habían sido madre e hija antes. En lo que se refiere a Chiara, había oído hablar de la película a través de su madre, y me llamó para hacer una prueba de voz, tras lo cual conectamos inmediatamente. Me encantó su voz, su talento, su personalidad, su generosidad. Trabajamos duro y ensayamos dos meses. Ella es adicta al trabajo, una perfeccionista, como Vincent y yo. Siguió cada paso del proceso y a menudo pasó por el estudio para visitarnos.

¿Cuál fue el momento más memorable de toda la experiencia?
La primera proyección para el equipo en un teatro en los Campos Elíseos. Al final, yo estaba llorando, como el resto del público.

Irán está aún en los periódicos. Aunque quiera que la película sea universal, no puede evitar que la gente lo vea bajo esa óptica…
Cierto, aunque a mis ojos la parte más exótica ocurre en Viena. La película no juzga, no dice: «esto está bien, eso está mal». Sólo muestra que la situación tiene muchos matices. Ésta no es una película política con un mensaje que vender. Es sobretodo una película sobre mi amor por mi familia. Sin embargo, si el público occidental acaba por considerar a los iraníes como seres humanos, y no como una noción abstracta, como fundamentalistas islámicos, terroristas, el eje del mal, entonces sentiré que he hecho algo. No olvidemos que las primeras víctimas del fundamentalismo son los iraníes mismos.

¿Echa de menos Irán?
Por supuesto. Es mi país y siempre lo será. Si fuera un hombre, diría que Irán es mi madre y Francia mi mujer. Obviamente, no puedo olvidar todos esos años, cuando me despertaba con una vista una montaña de 18.700 pies de altura, cubierta de nieve, que dominaba mi vida y la de Teherán. Es duro pensar que no podré volver a verla. Lo echo de menos. Por otro lado, tengo la vida que quería. Vivo en París, una de las ciudades más bellas del mundo, con el hombre que amo, haciendo el trabajo que me gusta, me pagan por hacer lo que me gusta. Por respeto a los que se han quedado allí, que comparten mis ideas pero no pueden expresarlas, encontraría de mal gusto e inapropiado quejarme. Si me hubiera rendido a la desesperación, todo se habría perdido. Así que hasta el último momento mantendré la cabeza alta, y seguiré riendo porque no me quitarán lo mejor de mí misma. Mientras estés vivo puedes gritar y protestar, pero la risa es el arma más subversiva de todas.



en abc guionistas, 2007

















lunes, septiembre 07, 2009

“Inacción”, de Aciro Luménics







*

El sonido llega desde el pozo. El agua rebota entre las gotas, su existencia, símil preparado en torbellinos. Las paredes caen, desentienden la secuencia lógica. Ladrillos, piedras, textos y fragmentos. Pulso un grito que no sale más que en trinos defectuosos. La oscuridad, el frío...






**

El surco acaba en la intención. Algunos suaves golpes contra el piso de animales que sentencian y descansan en la sombra. Risas oportunas, cuerpos frágiles, recuerdos sin oscilación. Sobre la montaña, las aves se deslizan al inicio del océano. La visión. El murmullo de la brisa. La exánime intuición de las temibles olas.






***

La noche no se acaba en el deseo. No hay sonido más que voces elevadas en el rezo. Siendo el mantra sin razones, una entrada justa, el céfiro espectáculo sobre las llamas. No buscamos sin hallar la arena, el montículo artefacto, la sagrada curación.






****

El espacio se hace breve, inalcanzable. Los destellos dimensionan cercanías y distancias. No hablamos más que en el silencio. Ruinas, calles bajo el agua, catedrales a medio construir y esa muchedumbre que recela ante el escape. La ciudad será arrasada, es preciso no avanzar, ni socorrer. El afecto reaparece en cada símbolo o señal vacía. No se oyen gritos o lamentos, sólo en el afán de permanencia. Acodados sobre una ladera sin pendiente, los ancianos se reflejan a sí mismos.






*****

Se reúne el tiempo en intervalos. El descenso, la premura, el río. Ptolomeo, el vuelo, una pirámide. Los aspectos fieles sin reproducir. La belleza, el canto, el agua. La mirada en ciernes de un vigía que en la noche se adormece. El desastre limpia el vicio. Sólo un grupo sobrevive, la unidad, la vida, el subterráneo. Más allá, bajo las quebradas y vegetación, un retorno al círculo de fuego nos indica el rumbo, el menor estrépito, la inacción.






en A ultranza, 1969












domingo, septiembre 06, 2009

"Mucho ruido y pocas nueces", de William Shakespeare

Fragmento del Acto segundo, Escena I



DON PEDRO: Hola, signior. ¿Dónde está el conde? ¿Le habéis visto?
BENEDICTO: Por mi fe, señor, que he representado el papel de la señora Fama. Le hallé aquí tan melancólico como una casa de guarda en un conejar. Le dije, y creo no haberle mentido, que vuestra gracia había conseguido la buena voluntad de esa damita, y le ofrecí acompañarle hasta un sauce para tejerle una guirnalda como amante desdeñado o para cortarle una vara como hombre digno de azotes.
DON PEDRO: ¡Digno de azotes! ¿Qué falta ha cometido?
BENEDICTO: La torpe transgresión de un niño de escuela que, en su alegría por haber encontrado un nido de pájaros, lo muestra a su compañero, quien se lo roba.
DON PEDRO: ¿Calificas de transgresión una prueba de confianza? La transgresión está en el robador.
BENEDICTO: Sin embargo, no hubiera estado de más proveerse de la vara y también de la guirnalda: la guirnalda para que la gastase él y la vara para aplicárosla a vos, quien, a lo que parece, le ha robado su nido de pájaros.
DON PEDRO: Sólo les enseñaré a cantar y después los devolveré a su dueño.
BENEDICTO: Si su canto responde a vuestras palabras, por mi fe que habéis hablado honradamente.
DON PEDRO: La señora Beatriz se queja de vos. Al caballero que bailaba con ella le ha dicho que la injuriáis en demasía.
BENEDICTO: ¡Oh! Ella es quien me trata de un modo que no lo sufriera un tarugo. Un alcornoque con sólo una hoja verde la hubiera contestado. Mi propia careta comenzó a animarse y a reñirla. Me ha dicho, sin sospechar con quién hablaba, que era el juglar del príncipe; que era más tedioso que un gran deshielo; acumulando burla tras burla sobre mí con tan increíble malicia que no parecía sino como hombre que sirviera de blanco a un ejército entero que tirara sobre él. Habla puñales, y cada palabra suya es un golpe. Si fuera su aliento tan pestífero como sus términos, no habría modo de vivir a su lado; infestaría hasta la estrella polar. No la quisiera por esposa, aunque trajese en dote cuanto poseyó Adán antes del primer pecado. Hubiera obligado a Hércules a dar vueltas al asador, no cabe duda, y aun a hacer astillas su clava para encender el fuego. Vamos, no hablemos de ella. Acabaríais por reconocer en ella a la infernal Até lujosamente ataviada. Por Dios, que fuera bueno que algún sabio la sometiera a conjuro; porque, a la verdad, mientras ella aliente sobre la tierra, el hombre hallará más paz en el infierno que en un santuario; y las gentes perecerán adrede para ir allí cuanto antes; así que, de veras, todo desasosiego, horror y perturbación la siguen.

Vuelven a entrar CLAUDIO, BEATRIZ, HERO y LEONATO.

DON PEDRO: Miradla, aquí viene.
BENEDICTO: ¿No podría vuestra gracia darme algún encargo para el fin del mundo? Iría en este momento a los antípodas con el recado de menos importancia que quisierais confiarme. Os traería ahora mismo un mondadientes del más apartado extremo del Asia; os procuraría la medida del pie del preste Juan de las Indias; os proporcionaría un pelo de la barba del Gran Khan; os desempeñaría cualquier embajada cerca de los pigmeos, antes que cambiar tres palabras con esa arpía. ¿No tenéis destino para mí?
DON PEDRO: Ninguno, sino desear vuestra buena compañía.
BENEDICTO: ¡Oh Dios! He aquí, señor, un plato que no es de mi gusto: no puedo tragar a esta señora Lengua. (Sale.)
DON PEDRO: Vamos, señora, vamos; habéis perdido el corazón del signior Benedicto.
BEATRIZ: Efectivamente, señor; me lo prestó por algunos instantes, y, como interés, le di un corazón doble por el suyo sencillo; empero, ¡pardiez!, que en otra ocasión me lo ganó con dados falsos; de donde bien puede decir vuestra gracia que lo he perdido.
DON PEDRO: Le tenéis abatido, señora; le tenéis debajo.












1600, aunque su estreno sería a fines de 1598 o principios de 1599















sábado, septiembre 05, 2009

"Dios le llama Walt", de León Felipe

"Habla el Prólogo", parte 3




Se apellida Whitman.
Pero Dios le llama Walt.
No tiene familia.
Es hijo de la tierra más que de la sangre, como todo
norteamericano legítimo. Que en esto se diferencia
del europeo. Y en esto se diferencia también el
pionero del conquistador.
No tiene genealogía.
Y en esto se diferencia del hebreo.
No acarrea su sangre desde Adán, por una tarjeta
de nombres empalmados, pero es tan adámico como
Isaías.

"Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron
aquí, de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que
nacieron aquí,
de padres, hijos de esta tierra y de estos vientos
también".

No dice el nombre de sus padres ni de sus
ancestrales.
Le basta con saber que todos fueron hijos, como él,
de la tierra y el viento,
de esta tierra y de este viento de América.

Ahora es necesario señalar esto bien.
Su nombre telúrico y adámico es Walt.
Walt, Walt, Walt...
le dicen gavilán,
la tempestad
y las olas del mar entre las rocas de la playa...

Llamadle Walt vosotros también.
Yo le llamo Walt.
Dios le llama Walt.





en Prólogo a Canto a mí mismo, 1950
(Losada, Buenos Aires).










viernes, septiembre 04, 2009

"Oda al gato", de Pablo Neruda




Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.










en Navegaciones y regresos, 1959









Contribución a Dscntxt de Roberto Marconi








A Tanguito, a un mes de su partida













jueves, septiembre 03, 2009

“Áspero jade”, de Emilio Gordillo





Cuando lo vi quedé maravillado, su color, su conjunto es muy bonito.
Hice rellenar liso para evitar el polvo.
El gris del cemento, el beige de la piedra y el rosado dan un color admirable,
sería difícil pintarlo, porque son los colores más sólidos y densos.
Pintar una pared así no es nada fácil.

Le Corbusier



Y
tan helada que está. Ojalá nunca más me dieran ganas. Suenan lindo los grillos, eso sí. Lo malo es que está tan helado.

Me dicen que es malo y que tengo que aprender. Y que la culpa se paga con culpa. Que así les enseñaron a ellos. Yo sé, pero es que una no se da ni cuenta cuando ya lo hizo no más. Yo les trato de decir que a esta hora me da susto salir al patio, no me gustan todos esos ladrillos en lo oscuro. Mi hermano es malo. La Eliana es buena. Pero mi hermana duerme en el sillón. Mi papito Yeyo dice que ya está grande y que no debería dormir en el sillón, que la Cecilia se puso grande y se fue. No se me tiene que chorrear el piso ni las chalas porque mi mami se enoja de nuevo. Me dan susto los ladrillos, como que se va a salir un ratón. Los ratones tienen la boca como mi hermano y el pelo como la Eliana cuando se echa cola fría escondida. Yo igual la quiero aunque tenga el pelo pegajoso y puntudo porque ella me hace cariño y ahora cuando termine me va a estar esperando en el sillón y me va a tapar y se me va a quitar el frío porque ella me va a tapar y me va a abrazar. Mi hermano va a tener que dormir en el suelo no más. Por eso me acusa, porque tiene que dormir en el suelo.

Cuando la Eliana me tapa me dice que yo no tengo que decir garabatos como mi hermano o mi papá, que no importa que garabateen cuando pasan estas cosas y que es normal porque a nadie le gusta dormir en el suelo y uno tiene que entender, que la gente primero tiene que entender y después las cosas les salen bien. Yo le creo a la Eliana porque ella me quiere y siempre me agarra y me dice al oído te quiero Natalie y yo le doy un beso y la Eliana huele a cola fría pero a mí no me importa que tenga olor a cola fría. Al Carlos no lo quiero tanto, pero igual lo quiero.

Mi mami me va a retar mañana cuando vea las baldosas blancas de agua pero ya no aguanto más, ahora no se ven manchadas porque lo rojo no se ve en lo oscuro. Mi papi Yeyo debería robarse más ladrillos, siempre se los roba de a poco, mi mami le dice que así nunca va a surgir, que no tiene ambiciones o algo así y mi papito Yeyo le dice que cómo pudo entonces comprar esta casa y que ella es su reina de la casa, así que no se enoje. Esta cuestión que nunca le termina de salir la espuma y yo ya no quiero seguir aquí, mi papito debería robarse todos los ladrillos del trabajo y armar bien esta pieza, así yo no tendría tanto miedo de salir y no haría tanto frío y ya no estarían los ladrillos amontonados ahí. Me dan mucho susto, y mi hermana podría hacerle caso a mi papito Yeyo y no tendría que seguir durmiendo en el sillón.

Los vecinos del frente tienen un calefón. Yo una vez me bañé allá y el agua salía calientita, rapidito, todo el rato. Ellos siempre me dan cosas pero mi mamá me dice que no acepte nada pero yo igual acepto porque la señora prepara cosas ricas y me gusta ir a su casa porque su hijo es lindo, no como mi hermano que tiene boca de ratón y es ñato. Mi papito Yeyo le dice el nariz de boxeador cuando anda contento o cuando llega con los amigos. El niño de enfrente tiene ojitos de uva y me dice hola Naty y a veces me hace cariño en la cabeza, como mi papi cuando me dice que soy su regalona. El Carlos también a veces me quiere y me ha tratado de hacer cariño pero mi papá le pegó. A mí me gustaba cuando dormía con mi papito, pero mi papito me echó. Aparte de por esto, porque una vez me dijo llorando que mi mami ya no lo quería. Mi mami ya no quiere a mi papi porque yo dormía con ellos, pero mi papi todavía sigue escuchando su cassette de Ana Gabriel y se va a llorar escondido a mi pieza cuando lo pone. La vez que le pegó al Carlos llegó con la radio a mi pieza, bien tarde, y el Carlos me estaba abrazando porque casi siempre dormimos abrazados, porque igual hace frío aunque hayan frazadas. Mi papi le tiró la radio en la cabeza y lo tiró al suelo cuando le tiró el pelo. Al Carlitos se le salía sangre de la nariz, le salía harta sangre porque mi hermano tiene la nariz ancha. Yo le decía a mi papito que no le pegara más y mi papito me decía cállate chiquilla e´ mierda y el Carlos gritaba porque mi papá le estaba pegando ahora con el enchufe, con el cable. Mi hermano se empezó a ahogar y mi papi le volvía a tirar la radio y llegó mi mamá y le dijo a mi papi que por qué me había mandado a dormir con el Carlos y mi papi le dice que en castigo porque lo que yo hago no se hace.

Por eso el Carlos no me quiere, porque tiene que dormir en el suelo.

Yo tengo que salir a lavar y me resfrío casi siempre. Pero es que en el momento es tan tibiecito. Si fuera un poquito más temprano podría ir a pedirle a la vecina el calefón. O a su hijo. Me miraría con sus ojitos de uva y me prendería el calefón. Esta artesa me queda más grande y mi mami mañana me va a retar porque van a estar las baldosas manchadas y el Carlos me va decir Nata de la leche cuando tomemos desayuno y a mi no me gusta que me diga Nata de la leche porque yo no soy así y la nata no me gusta, me da asco. Yo siempre le digo cállate pero él me sigue diciendo despacito C A - LLA - TE – TÚ – NA - TA - DE - LA - LE – CHE. Y tengo que escucharlo hasta que se va al colegio y me sigue diciendo así aunque yo le digo todo el rato que me llamo Natalie. Mi papito no me dice Nata de la leche. Mi papito me dice que soy su princesa, como los ladrillos princesas. Él a veces tiene las manos así. Cuando le pegó al Carlos tenía las manos rojas, o también cuando llega del trabajo y llega hediondo y me abraza y me pasa las manos por la cara y las tiene ásperas y rojas, igualitas a los ladrillos. Pero a mí me gustaría más que mi papi hiciera bien alguna vez esta pieza, así yo no me resfriaría siempre y no se me pondrían las manos ásperas y duras como las de mi papito Yeyo.

A veces mi papito Yeyo me sienta en las piernas y me cuenta de cuando vivía en el campo, entonces mi papito trata de sentarse cerca de la Eliana para que también lo escuche pero la Eliana le hace con la mano así y se corre y hasta a veces le dice sale Yeyo y hasta le dice un garabato, yo no la entiendo. Igual yo prefiero ver monitos, y puedo ver casi toda la mañana después que le ayudo a mi mami porque yo voy a mi colegio en la tarde y me gusta ver monitos y dan monitos toda la mañana. Todita.

Mi papito Yeyo también me cuenta de cuando yo era chiquitita, mucho antes de que tuviera seis. Que vivíamos en otra parte que era mala y que acá como era todo nuevo era bueno, y que acá no iba a andar gente mala porque estas casas eran nuevas y estaban lejos y que si alguna vez pasaba alguna gente mala la villa era cerrada y a nosotros no nos iba a pasar nada malo.

A veces mi papito Yeyo me lleva al centro el fin de semana, tenemos que tomar la Portugal el Salto número siete. Nos demoramos harto rato y en el centro mi papi me lleva al parque y me compra dulces pero me dice que no le diga a nadie. Yo igual le digo al Carlos cuando me molesta y mi hermano hace así con los hombros y se va.

Esto es lo más difícil. Ojalá nunca más me dieran ganas, al final me salgo mojando dos veces, esto es lo más difícil porque las sábanas son tan grandes y mi papito Yeyo le dijo a mis hermanos que ni me miraran. Antes la Eliana me ayudaba a colgarlas pero ahora me espera no más. Mi hermano me va a molestar cuando entre, la otra vez le gritó a mi papi y le dijo que ya el colchón no se podía ni siquiera dar vuelta. Lo bueno es que ahora mi papito no me pega porque el que se moja es el Carlos y yo prefiero salir a lavar a sentir las manos como de ladrillo de mi papito. Ahora él me quiere más y me dijo que nunca podría pegarme porque yo era su princesa, su ladrillito princesa.

La Eliana me dice que cuando la gente entiende las cosas les salen bien, yo por lo menos no tengo que ir a lavarme ahora como el Carlos porque yo ya me mojé entera lavando ¿Eso querrá decir la Eliana? Yo a veces no entiendo muy bien eso que me dice la Eliana, mi papá siempre le esconde el tarro de cola fría los fines de semana cuando ella va a una parte que se llama La Blomby. Mi hermana le dice garabatos y le dice que ella compró el pote con su plata y que el pelo es de ella y mi papi le dice que si quiere terminar como el Miguel que se vaya de la casa, que él no va a andar aceptando más maricones en la casa, así dice él, y la Eliana le dice garabatos y al final se compra otra cola fría para echarse. Pasa casi todos los fines de semana. Mi papito Yeyo dice que el Miguel no es hermano de nosotros pero la Eliana dice que sí y que no hay que avergonzarse de la gente que es de la familia. Yo una vez le pregunté a la Eliana por qué el Miguel no vivía con nosotros y ella me dijo que le había pasado lo mismo que a la Ceci, que se había puesto grande y se fue porque eso es lo que se hace y que la casa no es tan grande como para todos nosotros porque las camas no alcanzan. El Miguel es lindo. Tiene los ojos claros, no como mi papi ni mi mami ni ninguno de nosotros. A mí me gusta colgarme del cuello de él porque es suavecito y largo y siempre me trae ropa bonita, unas bufandas, unas cosas que ¿cómo se llamaban?, unas... guirnaldos o algo así. La Eliana me dice que en algún momento ella también va a tener que hacer como la Ceci y el Miguel -ya mami ya voy- y yo le digo que nunca más me voy a hacer pipí y que así mi papi Yeyo ya no va a pelear con nadie más y ella me saca los mocos y me abraza y llora conmigo.

Ojalá el Carlos no me pegue cuando entre, tengo que llegar al sillón y sacarme esta polera mojada. El Carlos es malo pero yo lo quiero igual y es amigo del niño con ojitos de uva y yo puedo verlos cuando juegan juntos, no me importa que mi hermano me moleste y me haga burlas porque el niño me gusta aunque sea más grande que yo, y me trata bien y me hace cariño en la cabeza.

Yo no quiero que la Eliana se vaya, pero también quiero a mi papi, aunque me grite meona y aunque tenga las manos ásperas. Y me da pena mi papi porque yo ya no duermo con él y todavía sigue escondiéndose a llorar, y ya ni siquiera puede escuchar a Ana Gabriel porque se rompió la radio.






en Residencia precaria, 2007 (Inédito)












miércoles, septiembre 02, 2009

"Enrique Lihn prevalece", de Óscar Hahn

Extractos



No he conocido a nadie cuya vocación creadora fuera más poderosa ni variada que la de Enrique Lihn. Poeta, novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista, actor, pintor, dibujante, cineasta incipiente, en él la creatividad era una urgencia compulsiva, una fuerza implacable que lo impulsaba a mantenerse siempre en movimiento, como si tuviera las horas contadas.
...
El 10 de julio de 1988 la televisión de Iowa City estaba transmitiendo la Tercera Sinfonía de Mahler. Los elaborados juegos de cámara que hacía el director del programa me distraían terriblemente de la música misma, así que opté por sentarme de espaldas a la pantalla y prescindir de las imágenes. La orquesta interpretaba el cuarto movimiento. Recuerdo vivamente la voz de una mezzo-soprano cantando un texto de Nietzsche. Empecé a experimentar una inmensa sensación de dolor espiritual. Bruscamente me paré del sillón y le dije a mi mujer “Murió Enrique Lihn”. “Deberías llamar a Chile”, sugirió ella. Tomé el teléfono y marqué el número de Pedro lastra en Santiago. Reconocí la voz de Juanita, su esposa. Después de saludarla le pregunté: “¿Está Pedro por ahí?” “Pedro fue a casa de Enrique Lihn”, dijo Juanita. Y en seguida, acongojada: “Enrique acaba de morir”.

Hay un verso de “La pieza oscura” que no puedo releer sin un escalofrío. Es cuando Lihn declara que escribir significa “trabajar con la muerte codo a codo”. Porque, increíblemente, ese verso terminó por convertírsele en una experiencia real. Al conocer la noticia de que la muerte ya corría acompasadamente a su lado, Enrique emprendió una desesperada carrera junto a ella, y trató de mantenerla a raya escribiendo poemas, exorcisándola mediante la escritura. De este modo, él mismo se vio –ahora literalmente-, “trabajando codo a codo con la muerte”. Hasta el extremo de que cuando sintió que su cuerpo flaqueaba por efecto de la enfermedad y que ya no tenía fuerzas para sostener ni siquiera el más leve peso, pidió que le amarraran el lápiz a la mano derecha, y continuó su tarea: “Todavía aleteo/ con el pescuezo torcido y las alas en desorden”, advirtió. Sólo entonces, con el lápiz transformado en una especie de prótesis, este heroico inválido pudo dar fin a su obra. Ejemplar y sobrecogedora lealtad de un escritor a su oficio.

“Déjenme acabar en mi ley”, exigió también con firmeza, y rehusó las drogas que los médicos querían administrarle. Tal era su empeño en que nada obnubilara su lucidez, en que nada le impidiera contemplar los sucesivos rostros de la muerte, que ya estaban desfilando frente a él, y de cuyos rasgos se proponía dar cuenta. Son los textos que reunidos y transcritos por Pedro Lastra y Adriana Valdés, se publicarían póstumamente con el título de Diario de muerte. La leyenda del cisne que canta antes de morir se había hecho carne.

En uno de sus ensayos de 1977, Lihn afirma: “La escritura es una catástrofe que se goza, una muerte que se vive”. ¿Cómo iba a saber que con esas palabras estaba presagiando los meses de su agonía, el duelo a pluma con su propia muerte? Encerrado en la pieza que se va poniendo cada vez más oscura, Enrique Lihn versifica esa querella entre la creación y la nada, y “el papel se cubre de signos, como un hueso de hormigas”. La muerte tira hacia su orilla para arrasar esos signos, pero la escritura resiste tirando hacia el lado de la vida. Hasta que la cuerda se rompe. Y cuando la muerte cree que por fin puede cantar victoria, se equivoca de plano. Porque el canto de la muerte no ha prevalecido nunca. Lo que prevalece es el canto de los poetas.








en Obras selectas, 2003.






Contribución a Dscntxt de Luis Hernández




martes, septiembre 01, 2009

“El útero y el tren”, de Alfredo Gaete






Mañana, quizás bebas un sorbo de delicias en el río del Paraíso,
o quizás estés en compañía de las hadas.
Pero hoy no te cuides sino del copero y de la copa tuya que quiere llenar.

Hafiz, La verdadera sabiduría




Llego temprano, aunque no sea ésa la costumbre mía ni de nadie. Desde la calle he podido constatar, a través de la puerta de vidrio, que el bar está casi vacío. Todavía han de pasar unas cuantas horas para que el grueso de los parroquianos aparezca. Cruzo el umbral de la puerta y reconozco de inmediato al señor P., que bebe una copa de vino frente a la barra. Uno de los cantineros me saluda; antes de que yo diga nada, destapará mi primera cerveza de medio litro y la pondrá junto a mí. El señor P. se muestra alegre al verme, comentando al punto un par de cosas sobre la última vez que nos vimos, o al menos sobre la que él recuerda como la última vez. A mí me parece que me confunde con alguien más, aunque no me animo a expresarle estas dudas. Tampoco él me da el espacio para hacerlo, ahora que ha comenzado a detallarme su mega proyecto literario, una biografía sobre los tres chilenos más importantes de la historia, que para mi asombro resultan ser tres personajes acerca de los cuales jamás he oído hablar. Pero esto no es raro si se tiene en cuenta el abismo que hay entre la formidable erudición del señor P. y mi penosa ignorancia, entre las profundidades de su legendaria biblioteca infinita y mi circunscrita colección de libros usados y fotocopias mal anilladas.

El señor P. tiene la capacidad de hablar de muchas cosas al mismo tiempo. Entre el sorbo de cerveza que doy ahora y el que daré en treinta segundos más, hará un agudo diagnóstico de la condición humana, refiriendo con precisión la obra de una decena de eminencias. Después me contará algo acerca de su aventura de la otra noche con las dos jovencitas que se llevó a casa antes de salir a buscar el libro de un tal Velázquez que no es el pintor aunque también pintaba, y nada mal, pero aquí las galerías no son como en Buenos Aires y para qué hablar del impuesto al libro, sacarle la plata a la clase acomodada puede ser pero no a los lectores, en qué mundo vivimos, que la dictadura esto y la democracia esto otro, ya tenemos bastante con la degradación ontológica a la que nos somete la prensa, qué diría Foucault (tengo una foto suya donde aparece en zunga de cuero y látigo en mano, a todo esto), en este país no aprendemos nunca nada que valga la pena. Por eso es mejor dedicarse a beber, dirá entonces en tono de broma pero con la seguridad de quien expone la conclusión de un teorema, y tras recordar que hay una copa de vino a su lado hará la primera pausa de la noche.

Estoy ya en mi segunda cerveza cuando mis amigos A. y C. entran al bar. Vienen enfrascados en una disputa sobre cierto asunto al que poca gente le daría importancia, pero que para ellos parece ser de lo más trascendente, a juzgar por la energía con la cual cada uno alega en su favor. Más tarde, transcurridas ya las primeras libaciones, llegarán a la conclusión de que en realidad habían estado de acuerdo durante toda la discusión, que su discrepancia era una cuestión de forma y no tanto de fondo. El señor P. los ha saludado efusivamente, haciendo toda clase de gesticulaciones exageradas y refiriéndoles diez mil asuntos a la vez. Con boca y garganta secas, C. se declara incapaz de contestar nada antes de agenciarse su primera cerveza, que no tarda en llegar. También A. se ha provisto de la suya, y el señor P. pide su cuarta copa de vino, después de la cual ya no le será posible poner atajo a su ilustradísima locuacidad. Yo, que estoy a punto de terminar mi segunda cerveza, decido hacer la primera visita al baño.

El bar es estrecho, de manera que bastan menos de cinco pasos para recorrer el breve trayecto hasta el cubículo que sirve de baño, el cual no supera el metro cuadrado. Una vez adentro, leo con agrado las inscripciones delirantes que hay en los muros y que ya conozco de memoria. No puedo dejar de sonreír ni de pensar quiénes serán los autores de esos rayados y para qué los habrán hecho, si es que efectivamente han tenido un para qué (que es una dimensión existencial frecuentemente obnubilada por el exceso de alcohol). Se me ocurre que yo mismo he podido ser autor de una o más de aquellas consignas, en medio de alguna borrachera, habiéndolo olvidado después. ¿Cuántas autorías se habrán perdido dentro de esa amnesia implacable que sucede a las borracheras profundas? ¿Hasta qué punto se habrá ahogado en esas lagunas de la memoria nuestra historia personal? En fin, no veo qué sentido tiene tratar de resolver cosas que no pueden ser resueltas.

Al salir del cubículo advierto que el bar está empezando a llenarse de gente. Antes de poder llegar hasta la barra soy interceptado por mi amigo F., un aprendiz de brujo que no suele aparecerse por el bar. Me saluda con un abrazo afectuoso, me pregunta qué ha sido de mí todo este tiempo, me cuenta que estuvo con las chiquillas, que le preguntaron por mí, que siempre lo hacen. Me cuenta también que estuvo hace poco en un encuentro nacional de chamanes, que estaban todos drogados con ayahuasca y que terminaron desnudándose y haciendo el tubo del cariño, todos se tocan unos a otros y no hay ningún prejuicio ni ningún escrúpulo ni nada de culpa, por cierto. Entonces A. se acerca a nosotros y nos dice que vayamos a escuchar lo que está contando el señor P., que está muy divertido, citando y citando autores para reafirmar su tesis de que la noche es el hábitat natural del poeta (que es, digámoslo, una tesis poco controvertida). El señor P. se encuentra bastante ebrio a estas alturas, de tal modo que su perorata se va volviendo paulatinamente un haz de ideas repetitivas (como corresponde al poeta, según algunos): que los versos son de la noche sus hijos, dice Calderón de la Barca, o que desde la oscuridad habla el hombre inspirado, acota Adriano, por algo a Heráclito le llamaban El Oscuro, y por algo Machado le pregunta a la noche dónde está su secreto, y Dionisio, según Nietzsche, y la adormidera, según Violeta, y las trasnochadas noches de Juan Emar.

¿Por qué repites lo que otros han dicho?, le pregunta F. al señor P. ¿No sabes que las verdades repetidas son falsas?, añade. El señor P. se queda pensativo durante un segundo, y luego señala: Sí, eso mismo dice Krishnamurti, y todos nos largamos a reír a carcajadas, en medio de ese nerviosismo que suelen generar las paradojas cuando no se está aún lo suficientemente ebrio.

C. me alarga la que vendría siendo mi cuarta o quinta cerveza, ya no estoy seguro. Siempre pierdo la cuenta en este punto. A todos nos sucede, de modo que a la hora de pagar tenemos que confiar en el registro que llevan los cantineros. El bar está completamente atestado de gente y, aunque pareciera que no cabe un sólo cuerpo más ahí dentro, a cada minuto que pasa hay otro parroquiano que ingresa no se sabe cómo. Por estética o economía, vaya uno a saberlo, la honda penumbra del recinto se ve apenas interferida por las pocas velas baratas que brillan tenues sobre las mesas. El aire está altamente enrarecido por el humo y los tufos alcohólicos, aunque nadie parece tener dificultades para respirar. Quizá no necesiten hacerlo, se me ocurre de pronto; quizá este bar es como un Gran Útero que proporciona a sus hijos todo lo necesario. No importa cuánto humo llene el espacio, pues ahora es el bar el que respira por todos sus parroquianos, los cobija, los protege de las amenazas que hay tras su puerta de vidrio, los envuelve en una nube uterina de máxima seguridad y completo placer. El mundo externo deja de existir, se vuelve una leyenda, acaso un mero recuerdo o incluso una broma de la memoria.

Trato de abrirme paso entre el tumulto, pero estamos tan apretados unos contra otros que moverse hacia donde se desea ir no es sencillo. Presiento que desde ahora será el tumulto el que decida mis movimientos.

Este bar es un útero, le digo a mi amigo A. Él traga un sorbo de cerveza y luego me dice: A mí me parece más bien que es un tren, un tren subterráneo. Por alguna razón, aquella descripción me resulta inquietante. También el rumor informe de las conversaciones comienza a inquietarme. Le digo a A. que vayamos a sentarnos junto a X. e Y., dos muchachas que suelen pasarse la noche entera sentadas en la misma mesa, dispuestas a charlar con cualquiera que esté dispuesto a charlar con ellas. Pero mi amigo me dice que prefiere quedarse ahí, junto a la barra, esperando a que algo ocurra. Como si nada hubiese ocurrido todavía.

Minutos más tarde hará su entrada al bar uno de sus hijos ilustres, el caballero de la juerga don R.S.L., el borracho elegante, quien se acercará hasta nosotros para informarnos que ha estado a punto de resolver el teorema de Fermat y que, por ende, tenemos que celebrar (con unas copas, naturalmente). Después, mucho después, cuando la noche comience a fundirse con el nuevo día, habrá olvidado por completo su logro matemático y, en cambio, se habrá entregado a todos los instintos submatemáticos que haya podido descubrir en su organismo.

Cervezas van, cervezas vienen.

Corre la cerveza número no sabemos cuál. Mi amigo D. (o Ch.), fiel representante del neomoralismo laico (una tendencia a la cual yo también adhiero de cuando en cuando) se queja de lo lleno que está el bar, de lo incómodo que es estar de pie en medio del humo y los vapores humanos, de que la cabeza le va a estallar. No entiendo por qué nos gusta tanto estar aquí, se pregunta en voz alta, o sea nos pregunta. Yo le digo que nunca se ha visto que a alguien le estalle la cabeza, porque las cabezas no son bombas. Es una metáfora, aclara don R.S.L., con la lengua bien enredada entre las sílabas. Entonces C. da un sorbo a su cerveza, pone cara de filósofo alemán y pregunta: Pero, ¿qué significa realmente la palabra metáfora? Mi amigo A. (con la vista fija en la muchacha de cabello rizado que acaba de pasar junto a él, pero con buena parte de su mente en nuestra conversación) señala: En Grecia le dicen metáforas a los buses, o a los camiones, no estoy seguro. Don R.S.L., que como buen sibarita resulta ser amante de la etimología, explica que eso es así porque la palabra metáfora significa transporte y, haciendo gala de su elegante pronunciación ebria, mueve y retuerce la lengua para declamar, con maestría de rapsoda, las raíces meta y phoreo. El señor P. se ve entonces en la necesidad de iniciar una perorata interminable sobre la metáfora en la obra de uno de sus ignotos héroes literarios, pero C. lo interrumpe para aclarar su punto: Sí, pero yo me refiero al significado metafórico de la palabra metáfora, y todos quedamos pensativos, como si aquella pregunta fuese, por decirlo de algún modo, una pregunta crucial.

Mientras el señor P. insiste con su reseña, yo pienso que si este bar es un tren, entonces es también una metáfora. Y es en ese momento que ocurre. Miro a través de la puerta de vidrio, miro hacia fuera porque intuyo lo que ha de ocurrir, miro y compruebo que el mundo se mueve, que las cosas pasan una tras otra, que el bar simple y llanamente está andando, nos lleva, nos arrastra por el mundo. Voy a decírselo a mi amigo A., pero no puedo porque él está ya junto a la muchacha de cabellos rizados, aplicando una de sus ciento veintitrés estrategias de seducción (que en realidad no son más que diversas variantes de dos o tres estrategias bastante básicas). Voy a decírselo a C., a don R.S.L., a D., pero nadie parece prestarme atención y, además, el veloz movimiento del bar ha hecho que me sienta mareado y estoy medio cayéndome entre la gente y medio perdiendo las facultades y medio absorbido por ese útero móvil o tren subterráneo y ahora es mi cabeza la que parece bomba y ya nada se entiende y nada se percibe y nada se recuerda y nada se intuye más que el rápido devenir de aquella metáfora uterina y subterránea que no sé si es cierta o si es sólo producto de la cerveza número no sé cuál y ya no puedo oír lo que el señor P. articula a mi lado y poco a poco me voy desmoronando pero sin caerme porque la cantidad de gente es tal que nadie puede caerse ahí dentro, la turba me sostiene, me sostiene aunque en cierta medida también me ahoga, tengo ganas de salir corriendo pero no puedo porque es imposible correr y porque si salgo me voy a dar un buen porrazo, teniendo en cuenta que el bar se mueve cada vez más rápido, es un bólido que avanza presuroso por las calles de la ciudad, como si hubiese que llegar no sé dónde, mientras yo me voy sumergiendo en una nube de vértigo todo desorientado, confundido, hostigado, desfallecido, el estómago revuelto, la vista obnubilada, los ruidos entrelazados en un solo murmullo informe, el tiempo entre paréntesis, todos los para qué dormidos en otro mundo, el mareo que aumenta, el estómago que se me sigue revolviendo; el cubículo, debo llegar al cubículo, que alguien me ayude a llegar al cubículo.

En el exceso está la sabiduría, me dijo alguna vez don R.S.L., citando a cierto sabio cuyo nombre había olvidado pero cuyos excesos recordaba bien. No sé, tal vez he bebido más de la cuenta esta noche. Por fortuna, el bar ha dejado de moverse, aunque todavía siento un leve vaivén cuando trato de levantarme. Comienza a amanecer. A esta hora casi todos se empiezan a pedir plata prestada unos a otros para poder pagar las últimas cervezas, las del remate. Mis amigos A. y C., completamente ebrios, ensayan sus peores ideas en una partida de ajedrez absurda. Yo estoy sentado cerca de ellos, con la cabeza apoyada sobre una mesa, cansado, agotado en verdad, tratando de pensar qué sucederá ahora, cómo podría terminar esta historia. Pero no sé qué digo, si en este bar las historias sólo tienen comienzo; como un útero que nunca da a luz, como un tren subterráneo que va de una estación a otra sin llegar jamás a ninguna.





en Historias de Barómetro, 2005 (Antología inédita)












lunes, agosto 31, 2009

«XLI. El puerto», de Charles Baudelaire

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Un puerto es una encantadora morada para un alma cansada de las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, el colorido cambiante del mar, el centelleo de los faros, son un prisma adecuado maravillosamente para distraer los ojos sin cansarlos jamás. Las formas esbeltas de los navíos de aparejo complicado, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el alma el gusto del ritmo y la belleza. Y además, sobre todo, hay una suerte de placer misterioso y aristocrático para el que ya no tiene curiosidad ni ambición, en contemplar, tendido en la azotea o apoyado en el muelle, todos los movimientos de los que se van y de los que vuelven, de los que aún tienen fuerza para querer, el deseo de viajar o enriquecerse.







en Pequeños poemas en prosa o Spleen de París, 1862










Le port

Un port est un charmant séjour pour une âme fatiguée des luttes de la vie. L'ampleur du ciel, l'architecture mobile des nuages, les colorations changeantes de la mer, le scintillement des phares, sont un prisme merveilleusement propre à amuser les yeux sans jamais les lasser. Les formes élancées des navires, au gréement compliqué, auxquels la houle imprime des oscillations harmonieuses, servent à entretenir dans l'âme le goût du rythme et de la beauté. Et puis surtout, il y a une sorte de plaisir mystérieux et aristocratique pour celui qui n'a plus ni curiosité, ni ambition, à contempler, couché dans le belvédère ou accoudé sur le môle, tous ces mouvements de ceux qui partent et de ceux qui reviennent, de ceux qui ont encore la force de vouloir, le désir de voyager ou de s'enrichir.