miércoles, enero 21, 2009

“El convento”, de Felisberto Hernández






a Alfredo y Esther Cáceres



C
uando hacía cuatro meses que estaba en una ciudad, ya había dado algunos conciertos y era conocido. Entonces me invitaron a una audición que se realizó en un convento. Me recibió una monja y me preguntó cómo me llamaba; el ambiente me predispuso a distraerme y dije mi nombre muy despacio y entre dientes, pero ella lo entendió muy bien porque suponía que yo fuera ése. Me senté en el salón ante la mirada de todos y sin atreverme a pensar en nada. Empecé a tantear todo con los ojos y con los oídos como cuando era niño, pero más que yo tantear las cosas, ellas pasaban por mi tacto. Los comentarios de las mamás y conocidos de las niñas que ejecutarían, no hacían el barullo que yo hubiera supuesto: eran fugas de voces muy bajas. Estaba distraído de una manera especial: si me hablaban podía responder alguna palabra, pero sin perder el sentido distraído de las cosas. Entonces, de la misma manera que sentía los asuntos de destino en que estaban juntos y de pronto se encontraban el dolor terrible y las cosas sin sentido, así sentía yo el pequeño escenario del convento: la decoración tan pronto representaba un bosque con árboles como una habitación con muebles y moñitas. Además había dos pianos. Delante del escenario, dos escaleritas por donde subían las niñas que tocaban. Había un gran espacio desde el escenario a la primer hilera de sillas. En la mitad de la hilera tres frailes con una mesa por delante. Yo estaba sentado cerca de 1os frailes. A la derecha, en ángulo -recto con nosotros y tocando la pared, tres monjas con otra mesa delante. De ahí hasta el escenario, dos bancos con niñas uniformadas. A la izquierda otros dos bancos con niñas. Ese espacio que rodeaban las niñas y nosotros tenía mucho carácter. Yo había empezado a suponerme cómo sería el efecto de todo eso para las personas que lo habían dispuesto así. Seguramente que habrían dado lo mejor de ellas y habrían tenido momentos de emoción al ocurrírseles y al haberío realizado. También habrían visto la imperfección de algunas cosas y sabrían que los demás también lo verían, pero tendrían que perdonarlo porque si el interés no estaba allí estaría en otro lado. Todo eso era convencional; esa convicción tendría que ser tan general y tendrían que contribuir todos a entenderlo con tanta naturalidad, como cuando entre dos actores que hablan al público en voz alta, uno expone un proyecto en contra del otro. Se sabe que si lo oye el público, con más facilidad lo oiría el otro, pero es convencional suponerse que el otro no lo oye. Yo empezaba a suponerme el poemita que sentirían los que contribuyeron a todo aquello. Me sentía con una rarísima y sincera inferioridad al ambiente. Tenía un asombro agradable ante lo que no alcanzaba a entender totalmente y presentía extraordinario. Además hacía un rato que sentía hablar muy cerca de la niña que era “célebre” entre todas. La célebre era la mayor y casi una señorita. Empecé a sentir impaciencia porque tocaran todas, para que después tocara aquélla. Esperaba ese momento con una curiosidad sencilla y alegre. La célebre tenía un encanto extraño al confundirse con las demás; además de estar uniformada no estaba sentada ni en la punta ni en el centro del banco. La hermana superiora tocó un timbre y dos de las niñas se levantaron al mismo tiempo: una de un banco de la izquierda y otra de la derecha; subieron por una escalerita; cuando estuvieron arriba se dieron vuelta, hicieron una cortesía a los frailes y se fueron a sentar en el mismo piano; enseguida se hicieron una seña, empezaron a tocar una piecita a cuatro manos y a contar los tiempos en voz alta. Todo eso era muy distinto de la vida común y al mismo tiempo parecía que fuera de los momentos que yo no conocía de la vida común, pero por los que tendrían que pasar todas las niñas. Y entonces sentía algo tan respetable como sentiría al principio de una enfermedad o de un dolor: cada niña al hacer su cortesía quería hacerla con gracia y ser agradable; ahí empezaba a mostrar el principio de su estilo como actriz de la vida, y a lo mejor, la que tenía menos gracia, la que su estilo no coincidía con mi placer, un día sería extraordinaria y asombraría al mundo. Había algunas que al tocar me hacían sugerir un misterio rudo y torpe que no tenía nada que ver con el esfuerzo que hacían para no equivocarse. Me había ocurrido lo mismo una vez que vi comer a un negro forzudo: parecía que el movimiento de las mandíbulas y de los músculos de la cara, le excitara un silencio de pensamientos torpes y misteriosos. Después tocó la célebre: era la más adelantada, tocaba con más naturalidad que las demás y del espíritu de sus movimientos y de su personita surgía un encanto parecido a su posición en el banco: no era en ninguna de las puntas ni en el centro.

Cuando se fue toda la gente, las monjas y las discípulas me pidieron que tocara; cuando me senté en el piano y me di cuenta que estaba distraído, me empecé a llamar con todas las fuerzas como si quisiera despertar de un sueño; cuando había tocado un rato y estaba completamente en mí, les miré la cara a todas y no tenían la atención tan dispersa como antes: ahora me atendían concretamente a mí, ahora ellas me observaban el misterio a mí. Cuando vi a la célebre muy de cerca me pareció distinta; cuando pedí el sombrero para irme, ella fue corriendo primero y me lo trajo; cuando me miró ofreciéndomelo descubrí que tenía un encanto distinto al que le había visto antes.




en Obras completas, México 1998

Retrato por Amalia Nieto, 1941










martes, enero 20, 2009

"El corazón delator", de Edgar Allan Poe









¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referiros toda la historia.

Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno, ni menos insultado; no envidiaba su oro; pero tenía en sí algo desagradable. ¡Era uno de sus ojos, sí, esto es! Se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas; y lentamente, por grados, comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo, a fin de librarme para siempre de aquel ojo que me molestaba.

¡He aquí el quid! Me creéis loco; pero advertid que los locos no razonan. ¡Su hubierais visto con qué buen juicio procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a la obra! Nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al asesinato.

Todas las noches, a eso de las doce, levantaba el picaporte de la puerta y la abría; pero ¡qué suavemente! Y cuando quedaba bastante espacio para pasar la cabeza, introducía una linterna sorda bien cerrada, para que no filtrase ninguna luz, y alargaba el cuello. ¡Oh!, os hubierais reído al ver con qué cuidado procedía. Movía lentamente la cabeza, muy poco a poco, para no perturbar el sueño del viejo, y necesitaba al menos una hora para adelantarla lo suficiente a fin de ver al hombre echado en su cama. ¡Ah! Un loco no habría sido tan prudente. Y cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, levantaba la linterna con sumo cuidado, ¡oh, con qué cuidado, con qué cuidado!, porque la charnela rechinaba. No la abría más de lo suficiente para que un imperceptible rayo de luz iluminase el ojo de buitre. Hice esto durante siete largas noches, hasta las doce; pero siempre encontré el ojo cerrado y, por consiguiente, me fue imposible consumar mi obra, porque no era el viejo lo que me incomodaba, sino su maldito ojo. Todos los días, al amanecer, entraba atrevidamente en su cuarto y le hablaba con la mayor serenidad, llamándole por su nombre con tono cariñoso y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya veis, por lo dicho, que debería ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches hasta las doce le examinaba durante su sueño.

Llegada la octava noche, procedí con más precaución aún para abrir la puerta; la aguja de un reloj se hubiera movido más rápidamente que mi mano. Mis facultades y mi sagacidad estaban más desarrolladas que nunca, y apenas podía reprimir la emoción de mi triunfo.

¡Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él no podía ni siquiera soñar en mis actos! Esta idea me hizo reír; y tal vez el durmiente escuchó mi ligera carcajada, pues se movió de pronto en su lecho como si se despertase. Tal vez creeréis que me retiré; nada de eso; su habitación estaba negra como un pez, tan espesas eran las tinieblas, pues mi hombre había cerrado herméticamente los postigos por temor a los ladrones; y sabiendo que no podía ver la puerta entornada, seguí empujándola más, siempre más.

Había pasado ya la cabeza y estaba a punto de abrir la linterna, cuando mi pulgar se deslizó sobre el muelle con que se cerraba y el viejo se incorporó en su lecho exclamando:
—¿Quién anda ahí?

Permanecí inmóvil sin contestar; durante una hora me mantuve como petrificado, y en todo este tiempo no le vi echarse de nuevo; seguía sentado y escuchando, como yo lo había hecho noches enteras.

Pero he aquí que de repente oigo una especie de queja débil, y reconozco que era debida a un terror mortal; no era de dolor ni de pena, ¡oh, no! Era el ruido sordo y ahogado que se eleva del fondo de un alma poseída por el espanto.

Yo conocía bien este rumor, pues muchas noches, a las doce, cuando todos dormían, lo oí producirse en mi pecho, aumentando con su eco terrible el terror que me embargaba. Por eso comprendía bien lo que el viejo experimentaba, y le compadecía, aunque la risa entreabriese mis labios. No se me ocultaba que se había mantenido despierto desde el primer ruido, cuando se revolvió en el lecho; sus temores se acrecentaron, y sin duda quiso persuadirse que no había causa para ello; mas no pudo conseguirlo. Sin duda pensó: «Eso no será más que el viento de la chimenea, o de un ratón que corre, o algún grillo que canta». El hombre se esforzó para confirmarse en estas hipótesis, pero todo fue inútil; «era inútil» porque la Muerte, que se acercaba, había pasado delante de él con su negra sombra, envolviendo en ella a su víctima; y la influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir, aunque no distinguiera ni viera nada, la presencia de mi cabeza en el cuarto.

Después de esperar largo tiempo con mucha paciencia sin oírle echarse de nuevo, resolví entreabrir un poco la linterna; pero tan poco, tan poco, que casi no era nada; la abrí tan cautelosamente, que más no podía ser, hasta que al fin un solo rayo pálido, como un hilo de araña, saliendo de la abertura, se proyectó en el ojo de buitre.

Estaba abierto, muy abierto, y no me enfurecí apenas le miré; le vi con la mayor claridad, todo entero, con su color azul opaco, y cubierto con una especie de velo hediondo que heló mi sangre hasta la médula de los huesos; pero esto era lo único que veía de la cara o de la persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, hacia el maldito ojo.

¿No os he dicho ya que lo que tomabais por locura no es sino un refinamiento de los sentidos? En aquel momento, un ruido sordo, ahogado y frecuente, semejante al que produce un reloj envuelto en algodón, hirió mis oídos; «aquel rumor», lo reconocí al punto, era el latido del corazón del anciano, y aumentó mi cólera, así como el redoble del tambor sobreexcita el valor del soldado.

Pero me contuve y permanecí inmóvil, sin respirar apenas, y esforzándome en iluminar el ojo con el rayo de luz. Al mismo tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más precipitadamente y con más ruido.

El terror del anciano «debía» ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada fuerza cada minuto. ¿Me escucháis atentos? Ya os he dicho que yo era nervioso, y lo soy en efecto. En medio del silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella antigua casa, aquel ruido extraño me produjo un terror indecible.

Por espacio de algunos minutos me contuve aún, permaneciendo tranquilo; pero el latido subía de punto a cada instante; hasta que creí que el corazón iba a estallar, y de pronto me sobrecogió una nueva angustia: ¡Algún vecino podría oír el rumor! Había llegado la última hora del viejo: profiriendo un alarido, abrí bruscamente la linterna y me introduje en la habitación. El buen hombre sólo dejó escapar un grito: sólo uno. En un instante le arrojé en el suelo, reí de contento al ver mi tarea tan adelantada, aunque esta vez ya no me atormentaba, pues no se podía oír a través de la pared.

Al fin cesó la palpitación, porque el viejo había muerto, levanté las ropas y examiné el cadáver: estaba rígido, completamente rígido; apoyé mi mano sobre el corazón, y la tuve aplicada algunos minutos; no se oía ningún latido; el hombre había dejado de existir, y su ojo desde entonces ya no me atormentaría más.

Si persistís en tomarme por loco, esa creencia se desvanecerá cuando os diga qué precauciones adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y comencé a trabajar activamente, aunque en silencio: corté la cabeza, después los brazos y por último las piernas.

En seguida arranqué tres tablas del suelo de la habitación, deposité los restos mutilados en los espacios huecos, y volví a colocar las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo humano, ni aún el «suyo», hubiera podido descubrir nada de particular. No era necesario lavar mancha alguna, gracias a la prudencia con que procedía. Un barreno la había absorbido toda. ¡Ja, ja!

Terminada la operación, a eso de las cuatro de la madrugada, aún estaba tan oscuro como a medianoche. Cuando el reloj señaló la hora, llamaron a la puerta de calle, y yo bajé con la mayor calma para abrir, pues, ¿qué podía temer «ya»? Tres hombres entraron, anunciándose cortésmente como oficiales de policía; un vecino había escuchado un grito durante la noche; esto bastó para despertar sospechas, se envió un aviso a las oficinas de la policía, y los señores oficiales se presentaban para reconocer el local.

Yo sonreí, porque nada debía temer, y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros, les dije que era yo quien había gritado en medio de mi sueño; añadí que el viejo estaba de viaje, y conduje a los oficiales por toda la casa, invitándoles a buscar, a registrar perfectamente. Al fin entré en «su» habitación y mostré sus tesoros, completamente seguros y en el mejor orden. En el entusiasmo de mi confianza ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran un poco; mientras que yo, con la loca audacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio mismo donde yacía el cadáver de la víctima.

Los oficiales quedaron satisfechos y, convencidos por mis modales —yo estaba muy tranquilo—, se sentaron y hablaron de cosas familiares, a las que contesté alegremente; mas al poco tiempo sentí que palidecía y ansié la marcha de aquellos hombres. Me dolía la cabeza; me parecía que mis oídos zumbaban; pero los oficiales continuaban sentados, hablando sin cesar. El zumbido se pronunció más, persistiendo con mayor fuerza; me puse a charlar sin tregua para librarme de aquella sensación, pero todo fue inútil y al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos.

Sin duda palidecí entonces mucho, pero hablaba todavía con más viveza, alzando la voz, lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. ¿Qué podía hacer yo? Era «un rumor sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón». Respiré fatigosamente; los oficiales no oían aún. Entonces hablé más aprisa, con mayor vehemencia; pero el ruido aumentaba sin cesar.

Me levanté y comencé a discutir sobre varias nimiedades, en un diapasón muy alto y gesticulando vivamente; mas el ruido crecía. ¿Por qué «no querían» irse aquellos hombres? Aparentando que me exasperaban sus observaciones, di varias vueltas de un lado a otro de la habitación; mas el rumor iba en aumento. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? La cólera me cegaba, comencé a renegar; agité la silla donde me había sentado, haciéndola rechinar sobre el suelo; pero el ruido dominaba siempre de una manera muy marcada... Y los oficiales seguían hablando, bromeaban y sonreían. ¿Sería posible que no oyesen? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Oían! ¡Sospechaban; lo «sabían» todo; se divertían con mi espanto! Lo creí y lo creo aún. Cualquier cosa era preferible a semejante burla; no podía soportar más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. ¡Comprendí que era preciso gritar o morir! Y cada vez más alto, ¿lo oís? ¡Cada vez más alto, «siempre más alto»!

—¡Miserables! —exclamé—. No disimuléis más tiempo; confieso el crimen. ¡Arrancad esas tablas; ahí está, ahí está! ¡Es el latido de su espantoso corazón!






1843









lunes, enero 19, 2009

"La poesía latinoamericana", de Roberto Bolaño







Algo horrible, caballeros. La vacuidad y el espanto.
Paisaje de hormigas.
En el vacío. Pero en el fondo, útiles.
Leamos y contemplemos su diario discurrir:
Allí están los poetas de México y Argentina, de
Perú y Colombia, de Chile, Brasil
Y Bolivia.
Empeñados en sus parcelas de poder,
En pie de guerra (permanentemente), dispuestos a defender
Sus castillos de la acometida de la Nada
O de los jóvenes. Dispuestos a pactar, a ignorar,
A ejercer la violencia (verbal), a hacer desaparecer
De las antologías a los elementos subversivos:
Algunos viejos cucú.
Una actividad que es el fiel reflejo de nuestro continente.
Pobres y débiles, son nuestros poetas
Quienes mejor escenifican esa contingencia.
Pobres y débiles, ni europeos
Ni norteamericanos,
Patéticamente orgullosos y patéticamente cultos
(Aunque más nos valdría aprender matemáticas o mecánica,
¡Más nos valdría arar y sembrar! ¡Más nos valdría
Hacer de putos y putas!)
Pavos rellenos de pedos dispuestos a hablar de la muerte
En cualquier universidad, en cualquier barra de bar.
Así somos, vanidosos y lamentables,
Como América Latina, estrictamente jerárquicos, todos
En la fila, todos con nuestras obras completas
Y un curso de inglés o francés,
Haciendo cola en las puertas
De lo Desconocido:
Un Premio o una patada
En nuestros culos de cemento.

Epílogo: Y uno y dos y tres, mi corazón al revés, y cuatro y cinco y seis, está roto, ya lo veis, y siete y ocho y nueve, llueve, llueve, llueve…







en La universidad desconocida, 2007










domingo, enero 18, 2009

Carta de Salvador Dalí a Pablo Picasso








Pablo:

¡Gracias! Tus últimas pinturas ignominiosas han matado el arte moderno. Según tú, con el gusto y la moderación que son las verdaderas virtudes de la prudencia, hubiéramos tenido una pintura cada vez más y más fea, al menos durante cien años, antes de conseguir tus sublimes adefesios esperpentos. Tú, con toda la violencia de tu anarquismo ibérico has llegado al límite y a las consecuencias finales que deseabas, marcándola con el sello de tu propia sangre. Ahora todo lo que queda es volver los ojos una vez más a Rafael.

¡Dios te salve!



Salvador Dalí








sin fecha






sábado, enero 17, 2009

“Primeras jugadas”, de Jorge Velásquez







Antes hubo aquí un rehue y luego una capilla
una misión circular prendida en su propia cruz

Los primeros encomenderos y conquistadores
buscaban la oreja de un hombre desnudo
como trofeo

A un extremo de la cancha colocarían el altar
y en la defensa grandes playas levantadas contra el norte

La victoria no fue sino aniquilación de latidos
bajo la siembra

entonces libre de marcadores
domesticaron el mar y la maleza

Osamentas de plata y oro llevaban sus camisas

La estrategia fue siempre el sembrado de un rosario

las palabras tenían el color de un fruto caído

Plantó aquí la codicia su estandarte

Sólo la muerte jugaría un partido inconcluso
entre los avellanos.








en La iluminada circunferencia, 2006










viernes, enero 16, 2009

"Despedida", de Jorge Teillier





...el caso no ofrece
ningún adorno para la diadema de las Musas.
Ezra Pound


Me despido de mi mano
que pudo mostrar el rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían los ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
–la sal y el agua
de mis días sin objeto—

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras –un poco de aire
movido por los labios— palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.










en El árbol de la memoria, 1961.









jueves, enero 15, 2009

«La escritura del dios», de Jorge Luis Borges





La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro, hay un jaguar, que mide en secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra [el mediodía] se abre una trampa en lo alto y un carcelero que ha ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar. He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo. La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal. Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después, empecé a avistar el recuerdo; era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que rodeara una cárcel, no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla. Esta reflexión me animó y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la Tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ella podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra de dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos, las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizás yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios. Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor. Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos. No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo. Un día o una noche - entre mis días y mis noches, ¿qué diferencia cabe? - soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir, indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente. Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de los sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la rodaja, el cordel, la carne y los cántaros. Un hombre se confunde, gradualmente con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra. Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre. En una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a De Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán. Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto lo ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él ahora no es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.



A Emma Risso Platero en El Aleph, 1949.















miércoles, enero 14, 2009

"Mythistórima (II)", de Yorgos Seferis

Fragmento




II

T
odavía un pozo en una gruta.
Antes nos era fácil extraer estatuillas y adornos
para que se alegraran los amigos que aún nos permanecían fieles.

Rompiéronse los cordeles: sólo las marcas en el brocal del pozo
nos recuerdan nuestra pasada felicidad:
los dedos en el brocal, como decía el poeta.
Los dedos sienten un poco el frescor de la piedra
y el calor del cuerpo la domina
y la gruta juega su alma y la pierde
en cada instante, plena de silencio, sin una gota.








Fragmento segundo del libro Mythistórima (1935).
Traducción de Miguel Castillo Didier.










martes, enero 13, 2009

“Gaza: crimen y vergüenza”, de José Saramago, Teresa Aranguren, Belén Gopegui y otros






No es una guerra, no hay ejércitos enfrentados. Es una matanza.


No es una represalia
, no son los cohetes artesanales que han vuelto a caer sobre territorio israelí sino la proximidad de la campaña electoral lo que desencadena el ataque.

No es la respuesta al fin de la tregua, porque durante el tiempo en el que la tregua estuvo vigente el ejército israelí ha endurecido aún más el bloqueo sobre Gaza y no ha cesado de llevar a cabo mortíferas operaciones con la cínica justificación de que su objetivo eran miembros de Hamás. ¿Acaso ser miembro de Hamás despoja de condición humana al cuerpo desmembrado por el impacto del misil y al supuesto asesinato selectivo de su condición de asesinato sin más?

No es un estallido de violencia. Es una ofensiva planificada y anunciada hace tiempo por la potencia ocupante. Un paso más en la estrategia de aniquilación de la voluntad de resistencia de la población palestina sometida al infierno cotidiano de la ocupación en Cisjordania y en Gaza a un asedio por hambre cuyo último episodio es la carnicería que en estos días asoma en las pantallas de nuestros televisores en medio de amables y festivos mensajes navideños.

No es un fracaso de la diplomacia internacional. Es una prueba más de complicidad con el ocupante. Y no se trata sólo de Estados Unidos que no es referencia moral ni política sino parte, la parte israelí, en el conflicto; se trata de Europa, de la decepcionante debilidad, ambigüedad, hipocresía, de la diplomacia europea.

Lo más escandaloso de lo que está pasando en Gaza es que puede pasar sin que nadie reaccione. La impunidad de Israel no se cuestiona. La violación continuada de la legalidad internacional, los términos de la Convención de Ginebra y las mínimas normas de humanidad, no tiene consecuencias. Más bien, al contrario, parece que se premia con acuerdos comerciales preferentes o propuestas para el ingreso de Israel en la OCSE. Y qué obscenas resultan las frases de algunos políticos repartiendo responsabilidades a partes iguales entre el ocupante y el ocupado, entre el que asedia y el asediado, entre el verdugo y la víctima. Qué indecente la pretendida equidistancia que equipara al oprimido con su opresor. El lenguaje no es inocente. Las palabras no matan pero ayudan a justificar el crimen. Y a perpetuarlo.

En Gaza se está perpetrando un crimen. Lleva tiempo perpetrándose ante los ojos del mundo. Y nadie podrá decir, como en otro tiempo se dijo en Europa, que no sabíamos.




Suscriben: Teresa Aranguren, Pedro Martínez Montávez, Rosa Regás, José Saramago, Pilar del Río, Cármen Ruiz Bravo, Belén Gopegui, Constantino Bértolo, Santiago Alba Rico.









lunes, enero 12, 2009

Entrevista a Jim Morrison, de Lizzie James






Lizzie: Creo que los seguidores de The Doors te ven a ti mismo como un salvador, el líder que los hará libres de una vez. ¿Cómo te sientes al respecto? Es una carga pesada, ¿no es así?
Jim: Es absurdo. ¿Cómo puedo volver libre a alguien que no tiene el valor suficiente para ponerse de pie solo y declarar su propia libertad? Creo que es una mentira. La gente dice que quiere ser libre, que la libertad es la cosa más sagrada y valiosa que un hombre puede poseer. ¡Pero eso es mentira! La gente tiene miedo de ser libre: ellos mismos se atan a sus cadenas. Tratarán de pelear con cualquiera que trate de romper esas cadenas. Ésa es su seguridad... ¿Cómo esperan que yo o alguien más los libere si ellos realmente no quieren ser libres?

¿Porqué piensas que las personas temen la libertad?
Pienso que la gente se resiste a la libertad porque están aterrados de lo desconocido. Pero esto es irónico... lo desconocido fue alguna vez muy conocido. Es donde nuestra alma pertenece... la única solución es confrontarlo, confrontarte a ti mismo, con el mayor de los miedos imaginables. Exponte a tu más profundo miedo. Después de eso, el miedo no tiene poder, y el miedo a la libertad retrocede y se desvanece. Tú eres libre.

¿Qué quieres decir exactamente con la palabra “libertad”?
Hay distintas clases de libertad. La que más me importa es la que me impulsa a ser lo que realmente soy. Tú vendes tu realidad por un papel, un rol. Vendes tus sentimientos por un acto. Eliminas tu habilidad para sentir, y en cambio, te pones una máscara. No puede haber ninguna gran revolución a escala a menos que haya una revolución personal, en un nivel individual. Tiene que pasar desde adentro primero. Tú puedes sacarle la libertad política a un hombre y no lo lastimarás, a menos que le quites su libertad para sentir. Eso puede destruirlo.

¿Pero cómo puede alguien tener el poder para quitarte tu libertad para sentir?
Algunas personas se rinden a su libertad voluntariamente, con mucho gusto, pero otros son forzados a rendirse a ella. La prisión comienza con el nacimiento. La sociedad, los padres, ellos se niegan a que mantengas la libertad con la que naciste. Hay muchas maneras sutiles para eliminar una persona de su astucia a sentir. Uno ve que todos a tu alrededor han destruido su verdadera naturaleza de sentir. Tú imitas lo que ves.

¿Estás diciendo que somos, en efecto, educados para defender y eternizar una sociedad que despoja a las personas de su libertad de sentir?
Seguro... maestros, líderes religiosos, hasta amigos, o los que se hacen llamar amigos, toman la antorcha allí donde tus padres la dejaron. Ellos demandan que debemos sentir sólo lo que ellos quieren y esperan de nosotros. Demandan que sintamos tan sólo los sentimientos que quieren y esperan de nosotros. Somos como actores, desatados en este mundo para vagar en busca de un fantasma... eternamente buscando por la mitad semi olvidada de una sombra de nuestra propia realidad perdida. Cuando otros demandan que nos convertimos en la persona que ellos quieren que seamos, nos forzaran a destruir quienes realmente somos. Es una manera sutil de asesinar... hasta los mejores padres y parientes perpetran este homicidio con sonrisas en sus rostros.

¿Piensas que es posible para alguien liberarse a sí mismo de estas fuerzas represivas a su modo, totalmente solo?
Nadie puede ganar esa libertad por ti. Tienes que hacerlo por ti mismo. Si tú buscas a alguien más para que lo haga por ti, alguien fuera de ti, sigues aún dependiendo de otros. Todavía eres vulnerable para esas represivas, demoníacas fuerzas exteriores, también.

¿Pero no es posible para las personas que quieren esa libertad, unirse, combinar sus fuerzas, quizás sólo para fortalecerse junto a otros? Tiene que ser posible.
Los amigos pueden ayudarnos. Un verdadero amigo es alguien que te da la total libertad para ser tú mismo, y específicamente para sentir. O para no sentir. Cualquier cosa que te pase para sentir en el momento está bien con ellos. A eso es lo que el amor verdadero apunta, dejar que una persona sea lo que realmente es... la mayoría de las personas te aman por lo que pretendes ser... para mantener su amor, debes seguir aparentando, actuando. Es verdad, estamos atrapados en una imagen, un acto, y lo más triste es, que la gente le da uso a esa imagen, crecen atados a sus máscaras. Ellos aman sus cadenas. Olvidan todo acerca de quienes son realmente. Y si tú tratas de recordárselos, te odiarán por eso, ellos sentirán que estás tratando de robarles su más preciada posesión.

Es irónico. Es triste. ¿Es que acaso no pueden ver que lo que tú estás tratando de mostrarles es el camino a la libertad?
La mayoría de la gente no tiene idea de lo que se está perdiendo. Nuestra sociedad tiene un valor supremo en el control, escondiendo lo que sientes. Nuestra cultura se burla de las “culturas primitivas” y se vanagloria a sí misma de la supresión de los impulsos y los instintos naturales.

En muchos de tus poemas, tú admiras abiertamente a la gente primitiva, Indios, por ejemplo. ¿Quieres decir que no es el ser humano en general, sino nuestra sociedad en particular la que está enferma?
Mira cómo las otras culturas viven, pacíficamente, en armonía con la tierra, los bosques, los animales. Ellos no construyen máquinas de guerra ni invierten millones de dólares en atacar a otro país cuyas ideas políticas no coinciden con las propias.

Vivimos en una sociedad enferma.
Es verdad... y una parte de la enfermedad es no estar conscientes de que estamos enfermos... Nuestra sociedad posee demasiadas cosas, demasiado a lo que aferrarse, y la libertad está recién al final de la lista.

¿Pero no hay algo que un artista pueda hacer? Si tú no te sientes como un artista, que pueda realizar algo, ¿cómo puedes seguir?
Les ofrezco imágenes. Conjuro recuerdos de la libertad que todavía pueden ser alcanzadas. Pero me limito a abrir las puertas: no puedo empujar a la gente a través de ellas. No los puedo liberar a menos que ellos quieran ser libres, más que cualquier otra cosa. Quizás la gente primitiva ha tenido menos basura a la que atarse. Una persona tiene que estar dispuesta a deshacerse de todo, y no me refiero solamente a las posesiones. Toda la basura que nos han enseñado, de todo el lavado de cerebro de la sociedad. Tú tienes que dejar todo lo que no te deja atravesar al otro lado. La mayoría de las personas no están dispuestas a hacer eso.










en Creem Magazine, 1981,
aunque efectuada en 1970.













domingo, enero 11, 2009

“Infancia”, de Rainer María Rilke






Allí transcurre la extensa angustia de la escuela
y el tiempo de espera entre objetos indistintos.
Oh soledad, oh pesadumbre, de pasar el tiempo...
Y al salir: bullen y suenan las calles,
y en las plazas se elevan surtidores,
y en los parques se amplía el mundo.
E ir por todo eso en traje infantil,
muy distinto de los que van o fueron:
Oh edad singular, oh pasatiempo,
oh soledad.

Y contemplar de lejos:
hombres y mujeres;
hombres y mujeres y niños que son otros y vistosos;
y allá una casa, y a veces un perro,
y un susto mudo, qué sueño, qué espanto,
oh, qué hondura sin fondo.

Y así jugar: pelota y arco y aro
en un jardín que suave palidece,
y, a ratos, por tocar a los mayores,
ciego y loco jugando al escondite,
pero quieto al anochecer, y volver a casa
paso a paso, rígido y tomado de la mano:
Oh, qué comprender más huidizo;
oh, qué angustia, qué peso.

Y arrodillarse muchas horas junto al estanque
grande y gris con el barco a vela;
olvidándolo, sin embargo, porque otros iguales,
de velas más enormes, circulaban por delante,
y tener que pensar en el rostro
pálido que parecía hundirse en el estanque:
Oh, la infancia, oh, comparación inaprensible.

¿Adónde fue, adónde?






en Libro de las Imágenes, 1902-1906










sábado, enero 10, 2009

Dos poemas de Rodrigo Olavarría






DESCUENTOS

Una vez dije: “Tengo dos vidas para curarme de esta”.
Antes tuve una vida para ver el monte Fuji
desde todos los ángulos posibles, incluso desde el mar.
Tuve una vida para escribir la vida de un príncipe
que terminó viviendo la vida de un monstruo.
Tuve una vida para sentarme en una playa
y escribir el poema que las olas me dictaban
al frotar sus lomos y abandonarse sobre la arena.
Tuve una vida para discutir con profetas y los arcángeles.
Tuve una vida para despedirme de Stevenson
aunque fuera ante su tumba.
Tuve una vida para ser condenado a muerte,
huir, vivir como cortesano y desaparecer.
Tuve una vida para pensar en las ancas de los caballos
con más amor que cualquier jinete.
Quedan dos vidas para curarme.




EN EL PALACIO

Estaba en la línea de fuego, cercano a las trincheras,
mientras bombardeaban a nuestros muchachos
y los políticos declaraban la guerra a tres países más,
me propuse escribir poemas de amor,
parodias de los folletos de la iglesia católica
Quería hacer como los poetas,
escribir algo que pudiera hacer pasar por poesía,
textos amorosos escritos a la manera de los panfletos mormones
cuyos títulos suelen ser preguntas del tipo:
“¿Cómo era mi vida antes de conocer al señor?”.
Estaba sentado junto al cadáver de un amigo,
un soldado boliviano que me había prestado fuego,
cuando vi aparecer en el cielo un avión,
un biplano desde el cual caían papeles que decían:
“Para que todos sean uno; como tú, oh Señor,
en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.
Yo en ellos, y tú en mí...”.









viernes, enero 09, 2009

“La oración de guerra”, de Mark Twain






Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas les vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas.

En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al Dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes. De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.

Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente. La iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles.

El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».

Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que les bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que les fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.

Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.

El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».

El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara —a lo que accedió el desconcertado clérigo— y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo:

—Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso.

Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso.

—Él ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar".

»Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos —una pronunciada y la otra no—. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio.

»Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada.

»Han escuchado la oración de Vuestro Siervo —la parte enunciada—. Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor —al igual que ustedes en sus corazones— rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Pensasteis estas palabras:

»Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria —debe ser así y no se puede evitar—. El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras... ¡Escuchad!

»Oh Señor, Padre nuestro, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros —en espíritu— dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo.

»¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor. ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega, por el bien de nosotros que te adoramos.

»Señor, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies...

»Te lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A Él, humildes y contritos, pedimos Su ayuda.

»Amén.

(Después de una pausa).

—Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda.

Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.






en Europa y otros lugares, 1923










jueves, enero 08, 2009

"El Padrino", de Mario Puzo

Fragmento



Michael se levantó y se dirigió al cuarto de aseo. En el lavabo había una pastilla de jabón color rosa. Michael entró en un cubículo. Le convenía orinar, lo necesitaba. Lo hizo rápidamente, y a continuación deslizó la mano por detrás de la cisterna. Palpó la pistola, que estaba pegada a la pared con esparadrapo. La sacó, recordando que Clemenza le había dicho que no se preocupara por las huellas dactilares. Se guardó el arma en la cintura y se abrochó la chaqueta. Se lavó las manos y se mojó el cabello. Con el pañuelo borró las huellas dejadas en el grifo, y salió del aseo.

Sollozzo estaba sentado en su silla, con la vista fija en la puerta del lavabo. Michael sonrió.

—Ahora ya puedo hablar —dijo, con expresión de alivio.

El capitán McCluskey estaba comiendo el plato de ternera y espaguetis que le habían servido. El hombre que estaba contra la pared opuesta suspiró aliviado al ver que Michael regresaba.

Mike volvió a sentarse. Recordó que Clemenza le había dicho que no lo hiciera, que disparara en cuanto saliera del lavabo, pero algo, tal vez su instinto, le indicó lo contrario. Tenía la impresión de que al menor gesto sospechoso hubiera caído acribillado. Ahora se sentía seguro, y también algo avergonzado al pensar en el temblor de sus piernas.

Sollozzo se inclinó hacia él. Michael, cuya cintura quedaba oculta por la mesa, se desabrochó la chaqueta y fingió que escuchaba atentamente las palabras de Sollozzo, aunque en realidad no comprendía nada de lo que estaba diciendo el Turco. En su mente no había lugar más que para la tarea que estaba a punto de realizar. De pronto, en su mano apareció la pistola. En aquel preciso momento acababa de llegar el camarero, y Sollozzo volvió la cabeza para pedirle algo. Con la mano izquierda, Michael apartó la mesa, mientras su diestra, armada, quedó a dos palmos de la cabeza de Sollozzo. Los reflejos del hombre eran tan rápidos, que ya había empezado a apartarse. Pero los reflejos de Michael, más joven al fin y al cabo, también eran excelentes. Se oyó un disparo. La bala practicó un orificio entre la frente y la oreja de Sollozzo, y cuando salió, la chaqueta del camarero quedó salpicada de sangre y de fragmentos de hueso. Michael se dio cuenta de que no era necesaria una segunda bala. Había visto en los petrificados ojos de Sollozzo que la vida se le estaba escapando.

No había transcurrido más de un segundo cuando Michael apuntó al capitán McCluskey. El policía, atónito, se había vuelto hacia Sollozzo, como si nada de lo que ocurría tuviera que ver con él. Parecía no darse cuenta del peligro que corría. Por un instante se quedó con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca, observando a Michael con sorpresa. Su mirada indicaba que estaba esperando a que huyera o se entregara. Michael no pudo evitar sonreír mientras se disponía a disparar contra él. El impacto fue defectuoso y en modo alguno mortal. Dio en el grueso cuello de McCluskey, quien empezó a dar signos de ahogo, como si se le hubiera atragantado la ternera. Luego, el aire pareció llenarse de finas gotas de sangre cada vez que el capitán tosía. Fríamente, con estudiada calma, el menor de los Corleone realizó un nuevo disparo. Esta vez la bala se metió en la cabeza de McCluskey.

Acto seguido, Michael se encaró con el hombre que estaba sentado en la mesa, junto a la pared. El individuo no había hecho el menor movimiento, paralizado, y puso las manos encima de la mesa. El camarero miraba a Michael con expresión aterrorizada. Sollozzo estaba todavía en la silla, con el cuerpo apoyado sobre la mesa; el pesado cuerpo de McCluskey, en cambio, yacía en el suelo. Michael dejó que la pistola se deslizara hacia el suelo. Vio que ni el hombre sentado a la mesa ni el camarero se habían dado cuenta de su maniobra, así que se dirigió a la puerta y salió a la calle. El automóvil de Sollozzo seguía aparcado en la esquina, pero el conductor no estaba en su interior. Michael empezó a andar rápidamente hacia la izquierda y dobló la primera esquina. Un coche se paró junto a él con la portezuela abierta y, en cuanto él hubo subido, el vehículo salió disparado. Vio que al volante iba Tessio, cuyas facciones parecían tan duras como el mármol.

—¿Te has cepillado a Sollozzo? —preguntó.

Por un instante, Michael se sorprendió ante la pregunta de Tessio. En sentido sexual, «cepillarse» a una mujer significaba llevársela a la cama. Era curioso que Tessio empleara esa expresión.

—A los dos —respondió Michael.

—¿Seguro? —preguntó Tessio.

—Pude ver sus sesos —fue la respuesta de Michael.








1969










miércoles, enero 07, 2009

“Un paciente en disminución”, de Macedonio Fernández






El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y pro­longado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.

El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y "meneando con grave modo" la cabeza re­solvió:

- Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.






en Papeles de Recienvenido, 1929










martes, enero 06, 2009

"La filosofía de Nietzsche (II)", de Fernando Pessoa

Fragmento




En todo el mundo son innumerables los discípulos de Nietzsche, habiendo algunos entre ellos que han leído al maestro.

La mayoría tan sólo acepta de Nietzsche lo que se encuentra en ellos, cosa que, en últimas, acontece con todos los filósofos de todos los filósofos. La minoría no comprendió a Nietzsche, y son esos pocos quienes siguen fielmente su doctrina.

La única gran afirmación de Nietzsche es que la alegría es más profunda que el dolor, que la alegría quiere profunda, profunda eternidad. Como todos los pensamientos culminantes y fecundos de los grandes maestros, esto no significa cosa alguna. Es por ello que tiene tanta influencia en los espíritus: sólo en el vacío absoluto puede colocarse absolutamente todo.

Lo que usted resalta sobre los deberes morales podría hacerse extensivo a los deberes inmorales. Hemos alcanzado un punto de la civilización en que son tales las exigencias de inmoralidad que dentro de poco toda la gente será decente por falta de espíritu de sacrificio.

“En fin, nada importa excepto a la manera en que nada importa. Que ella sea bella o, cuando menos, fútil, porque la futilidad tiene de común con la belleza la indiferencia ante la utilidad y la justicia. El resto es absolutamente vida...”






Manuscrito de 1915, aprox.







Traducción de Carlos Andrés Ciro V.








lunes, enero 05, 2009

“El oficio de escribir”, de Carlos Almonte







En una palabra, se trataba de una factoría experimental, de un intento de penetración lejos de la costa, a diez jornadas por lo menos, aislada en medio de los indígenas, de su selva, que me presentaban como una inmensa reserva pululante de animales y enfer­medades.

Louis-Ferdinand Céline




Un sujeto en una isla -o en un borde costero, margen o límite-, decide acometer la arriesgada empresa de enviar un objeto -llamado también mensaje, encargo o entelequia-, por un motivo indefinido, a un destino indefinido. Vamos a imaginar, sólo con tal de extremar el recurso abstracto, que es primera vez que el sujeto en cuestión lleva a cabo esta tarea. Para tal efecto, y como primer paso en la cadena de instrucciones dadas por sí mismo –que, por cierto, sigue por instinto, a veces, a sabiendas, otras veces-, debe, como primera acción, materializar el objeto de envío: un mensaje en una botella, un bosquejo, un esqueleto, una pintura, un animal disecado, un frasco lleno de clavos, etc.

Cada uno de estos objetos, en el sentido etimológico básico, necesita de una articulación original y posterior crianza; desde el acto de inoculación, gestación, nacimiento, los primeros cuidados, aplicación de correctivos, educación intensa y ornamento equilibrado –o no, según corresponda-, entre otros muchos niveles de cuidado o precaución. Recordemos, a manera de paréntesis proto-cognitivo, que los motivos del sujeto nunca son clarificados –los objetivos tampoco, habría que agregar-, aunque la fertilización, nacimiento y formación del objeto es, al parecer, un proceso de índole natural, tal como la reproducción o la supervivencia. El motivo del envío, aún transcurridos largos períodos de crecimiento y desarrollo, sigue estando en la más oscura nebulosa, por meses, años o la vida entera.

Así las cosas, nuestro sujeto, que ha soportado lluvias, destrucción de la siembra, pérdidas totales, quemas, heladas, tristezas, nostalgias, borracheras, alucinaciones, soledad -y la tensión propia de una causa que a veces él mismo califica de inútil, pero que lo involucra, finalmente, de alma y cuerpo- y teniendo el objeto ya crecido, robusto, maduro y sano, decide enviarlo a navegar. Acaso porque necesita espacio para respirar –se ha llegado a sentir invadido y acosado-, acaso porque está cansado de la atención dispuesta en torno a sólo un objeto, acaso por generosidad -de que el objeto conozca el mundo y se relacione con él-, acaso solamente porque le llegó su hora de partir. La cuestión es que para este viaje –se diría “huida”, pero significaría adjudicarle al objeto una conciencia tal que transformaría este ejercicio en representación trágica-, el sujeto, llamémoslo ahora, por primera vez, escritor, decide construir una balsa para embarcar, o embalsar más exactamente, a su objeto -llamémoslo ahora, aleatoriamente, libro- para que éste pueda comenzar a navegar con rumbo incierto y hasta peligroso; digamos, a modo de ejemplo tácito, que la balsa se encuentra con una tormenta y se da vuelta, perdiéndose para siempre el objeto-libro y además la balsa. Aunque esto, por el momento, no pasa de ser una posibilidad.

El viaje aún no ha comenzado, por lo que volvamos, pues, a este específico lugar en que dejamos al sujeto hace unos instantes. Decíamos que el sujeto -o sujeto-escritor, o escritor a secas- con el objeto apertrechado bajo una seguridad razonable, digamos reposando en alguna esquina o filo, se interna en el bosque, elige algunos árboles que corta, recoge, limpia, ordena y reúne. Y, a partir de entonces, trabaja día y noche en un oficio que desconoce, hasta que un buen día termina su trabajo -o él cree que lo termina- y por fin puede decir “esta balsa está lista”. Entonces instala el objeto-libro –insistamos, ahora, en que podría haber sido cualquier otro objeto- en el centro de la balsa, lo afirma a través de complicados sistemas de cuerdas y poleas, y se dispone a esperar el mejor momento para el zarpe con medida tranquilidad.

Instalado en su precaria choza, espera que pasen los días de tormenta, el mar enfurecido, las altas olas, hasta que por fin llega el día adecuado. Es un día de sol, el océano está tranquilo y el calor tibio seca los arbustos lentamente. El escritor, sin mayor rito, suelta las amarras, verifica la firmeza del amarre y adherencia de su preciado objeto y se interna hasta que comienza a perder pie en el fondo con tal de darle el mayor empuje posible. Podría ser que este acto el escritor lo tome como una despedida; tal vez sienta algún tipo de emoción, digamos tristeza o vacío. Puede que, incluso, nade unos cuantos metros hasta rebasar el lugar en donde rompen las olas. Entonces se dará la media vuelta y se devolverá al lado de la costa que cree suyo –o al menos que le corresponde- y se ocupará de otras cosas, o de ninguna.

En este punto abandonamos al sujeto-escritor y observamos, por un momento, el tímido trayecto de la balsa. Es complicado decir lo que sucede entonces, ya sea por la mínima o nula visibilidad, por la bruma o la distancia. Las posibilidades son varias y variadas, y ninguna satisface el criterio de mínima certeza. Como ya decíamos, está la posibilidad de la pérdida, haciendo trunco el ejercicio -quizás sí, quizás no- por la desaparición del principal elemento involucrado. Está la posibilidad de la flotación eterna, sin que la balsa encuentre jamás un cuerpo animado que recoja el objeto que ella contiene -con la intención que sea-. También existe la posibilidad de que la balsa recale en algún lugar y que las inclemencias del tiempo destruyan toda evidencia antes de ser encontrada.

Acá el sujeto-escritor, aunque él no esté consciente del momento que vive su objeto, cree, sospecha o espera, que el proceso haya culminado. A veces el sujeto recibe alguna señal de regreso, comprobando de este modo la llegada a puerto de su objeto, e incluso, en ocasiones, enterándose del uso específico de su objeto: una fogata, un espacio estrecho y polvoriento entre enormes estanterías e invisitado por la eternidad, una rápida lectura de baño, un repaso minucioso... Así, el objeto-libro se completa y el sujeto-escritor cobra sentido en su propia opción de apreciar esa forma de existencia (cultural, de arte, o laboral incluso) que ha elegido como suya por el tiempo del que hablamos...

*

Nada más me queda por decir. Al sujeto-escritor no lo conozco, al menos no personalmente. Esta parábola, relato o tradición, me la ha referido un curandero mexicano; en sueños, claro está. No hago más que transmitir su mensaje, verso o invención, que a su vez le fue entregado hace exactamente doce años, según dejó claro, de un policía chino de cincuenta y siete años, oriundo de Heilongjian, que también lo había soñado, en su caso de un anciano portugués, afín desde su más tierna infancia a las ciencias esotéricas. Ahí, o tal vez tres generaciones anteriores, no más que eso, se pierde el rastro del relato-sueño que ahora les transcribo, sin más objetivo que el de permitir -facilitar sería un exceso- el permanente movimiento de esta rueda.

Así, entiendo -y con esto expreso parte de mi conclusión y confusión-, el sujeto y su objeto, correrán aún más lento, siempre en dirección contraria, tal vez hasta alcanzar, alguna vez, el objetivo más supremo y noble de todos cuantos se conocen, la inacción total o la desaparición eterna, si es que algo así pueda realmente suceder.









domingo, enero 04, 2009

"Discurso de Su Excelencia el Embajador, ante la Asamblea Internacional", de Mario Moreno, Cantinflas





Me ha tocado en suerte ser último orador, cosa que me alegra mucho porque, como quien dice, así me los agarro cansados. Sin embargo, sé que a pesar de la insignificancia de mi país que no tiene poderío militar, ni político, ni económico, ni mucho menos atómico, todos ustedes esperan con interés mis palabras ya que de mi voto depende el triunfo de los Verdes o de los Colorados.

Señores Representantes: estamos pasando un momento crucial en que la humanidad se enfrenta a la misma humanidad. Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo. La opinión mundial está tan profundamente dividida en dos bandos aparentemente irreconciliables, que dado el singular caso, que queda en solo un voto. El voto de un país débil y pequeño pueda hacer que la balanza se cargue de un lado o se cargue de otro lado. Estamos, como quien dice, ante una gran báscula: por un platillo ocupado por los Verdes y con otro platillo ocupado por los Colorados. Y ahora llego yo, que soy de peso pluma como quien dice, y según donde yo me coloque, de ese lado seguirá la balanza. ¡Háganme el favor!... ¿No creen ustedes que es mucha responsabilidad para un solo ciudadano? No considero justo que la mitad de la humanidad, sea la que fuere, quede condenada a vivir bajo un régimen político y económico que no es de su agrado, solamente porque un frívolo embajador haya votado, o lo hayan hecho votar, en un sentido o en otro.

El que les habla, su amigo... yo... no votaré por ninguno de los dos bandos (Se escuchan voces de protesta). Y yo no votaré por ninguno de los dos bandos debido a tres razones: primera, porque, repito que no sería justo que el solo voto de un representante, que a lo mejor está enfermo del hígado, decidiera el destino de cien naciones; segunda, estoy convencido de que los procedimientos, repito, recalco, los procedimientos de los Colorados son desastrosos (Voces de protesta de parte de los Colorados); ¡y Tercera!... porque los procedimientos de los Verdes tampoco son de lo más bondadoso que digamos (Ahora protestan los Verdes). Y si no se callan ya yo no sigo, y se van a quedar con la sensación de saber lo que tenía que decirles.

Insisto que hablo de procedimientos y no de ideas ni de doctrinas. Para mí todas las ideas son respetables, aunque sean “ideítas” o “ideotas”, aunque no esté de acuerdo con ellas. Lo que piense ese señor, o ese otro señor, o ese señor, o ese de allá de bigotico que no piensa nada porque ya se nos durmió, eso no impide que todos nosotros seamos muy buenos amigos. Todos creemos que nuestra manera de ser, nuestra manera de vivir, nuestra manera de pensar y hasta nuestro modito de andar son los mejores; y el chaleco se lo tratamos de imponérselo a los demás y si no lo aceptan decimos que son unos tales y unos cuales y al ratito andamos a la greña. ¿Ustedes creen que eso está bien? Tan fácil que sería la existencia si tan sólo respetásemos el modo de vivir de cada quién. Hace cien años ya lo dijo una de las figuras más humildes pero más grandes de nuestro continente: “El respeto al derecho ajeno es la paz” (Aplausos). Así me gusta... no que me aplaudan, pero sí que reconozcan la sinceridad de mis palabras.

Yo estoy de acuerdo con todo lo que dijo el representante de Salchichonia con humildad, con humildad de albañiles no agremiados debemos de luchar por derribar la barda que nos separa, la barda de la incomprensión, la barda de la mutua desconfianza, la barda del odio, el día que lo logremos podemos decir que nos volamos la barda [1] (Risas). Pero no la barda de las ideas, ¡eso no!, ¡nunca!, el día que pensemos igual y actuemos igual dejaremos de ser hombres para convertirnos en máquinas, en autómatas.

Este es el grave error de los Colorados, el querer imponer por la fuerza sus ideas y su sistema político y económico, hablan de libertades humanas, pero yo les pregunto: ¿existen esas libertades en sus propios países? Dicen defender los Derechos del Proletariado pero sus propios obreros no tienen siquiera el derecho elemental de la huelga, hablan de la cultura universal al alcance de las masas pero encarcelan a sus escritores porque se atreven a decir la verdad, hablan de la libre determinación de los pueblos y sin embargo hace años que oprimen una serie de naciones sin permitirles que se den la forma de gobierno que más les convenga. ¿Cómo podemos votar por un sistema que habla de dignidad y acto seguido atropella lo más sagrado de la dignidad humana que es la libertad de conciencia eliminando o pretendiendo eliminar a Dios por decreto? No, señores representantes, yo no puedo estar con los Colorados, o mejor dicho con su modo de actuar; respeto su modo de pensar, allá ellos, pero no puedo dar mi voto para que su sistema se implante por la fuerza en todos los países de la tierra (Voces de protesta). ¡El que quiera ser Colorado que lo sea, pero que no pretenda teñir a los demás! —los Colorados se levantan para salir de la Asamblea—.

¡Un momento jóvenes!, ¿pero por qué tan sensitivos? Pero si no aguantan nada, no, pero si no he terminado, tomen asiento. Ya sé que es costumbre de ustedes abandonar estas reuniones en cuanto oyen algo que no es de su agrado; pero no he terminado, tomen asiento, no sean precipitosos... todavía tengo que decir algo de los Verdes, ¿no les es gustaría escucharlo? Siéntese.

Y ahora, mis queridos colegas Verdes, ¿ustedes qué dijeron?: “Ya votó por nosotros”, ¿no?, pues no, jóvenes, y no votaré por ustedes porque ustedes también tienen mucha culpa de lo que pasa en el mundo, ustedes también son medio soberbios, como que si el mundo fueran ustedes y los demás tienen una importancia muy relativa, y aunque hablan de paz, de democracia y de cosas muy bonitas, a veces también pretenden imponer su voluntad por la fuerza, por la fuerza del dinero. Yo estoy de acuerdo con ustedes en que debemos luchar por el bien colectivo e individual, en combatir la miseria y resolver los tremendos problemas de la vivienda, del vestido y del sustento. Pero en lo que no estoy de acuerdo con ustedes es la forma que ustedes pretenden resolver esos problemas, ustedes también han sucumbido ante el materialismo, se han olvidado de los más bellos valores del espíritu pensando sólo en el negocio, poco a poco se han ido convirtiendo en los acreedores de la Humanidad y por eso la Humanidad los ve con desconfianza.

El día de la inauguración de la Asamblea, el señor embajador de Lobaronia dijo que el remedio para todos nuestros males estaba en tener automóviles, refrigeradores, aparatos de televisión; ju... y yo me pregunto: ¿para qué queremos automóviles si todavía andamos descalzos?, ¿para qué queremos refrigeradores si no tenemos alimentos que meter dentro de ellos?, ¿para qué queremos tanques y armamentos si no tenemos suficientes escuelas para nuestros hijos? (Aplausos).

Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz, pero no solamente impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta aspiración no será posible si no hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social. Es verdad que está en manos de ustedes, de los países poderosos de la tierra, ¡Verdes y Colorados!, el ayudarnos a nosotros los débiles, pero no con dádivas ni con préstamos, ni con alianzas militares.

Ayúdennos pagando un precio más justo, más equitativo por nuestras materias primas, ayúdennos compartiendo con nosotros sus notables adelantos en la ciencia, en la técnica... pero no para fabricar bombas sino para acabar con el hambre y con la miseria (Aplausos). Ayúdennos respetando nuestras costumbres, nuestra dignidad como seres humanos y nuestra personalidad como naciones por pequeños y débiles que seamos; practiquen la tolerancia y la verdadera fraternidad, que nosotros sabremos corresponderles, pero dejen ya de tratarnos como simples peones de ajedrez en el tablero de la política internacional. Reconózcannos como lo que somos, no solamente como clientes o como ratones de laboratorio, sino como seres humanos que sentimos, que sufrimos, que lloramos.

Señores representantes, hay otra razón más por la que no puedo dar mi voto: hace exactamente veinticuatro horas que presenté mi renuncia como embajador de mi país, espero me sea aceptada. Consecuentemente no les he hablado a ustedes como Excelencia sino como un simple ciudadano, como un hombre libre, como un hombre cualquiera pero que, sin embargo, cree interpretar el máximo anhelo de todos los hombres de la tierra, el anhelo de vivir en paz, el anhelo de ser libre, el anhelo de legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos un mundo mejor en el que reine la buena voluntad y la concordia. Y qué fácil sería, señores, lograr ese mundo mejor en que todos los hombres blancos, negros, amarillos y cobrizos, ricos y pobres pudiésemos vivir como hermanos. Si no fuéramos tan ciegos, tan obcecados, tan orgullosos, si tan sólo rigiéramos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años dijo aquel humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frac ni condecoraciones: “Amaos... amaos los unos a los otros”, pero desgraciadamente ustedes entendieron mal, confundieron los términos, ¿y qué es lo que han hecho?, ¿qué es lo que hacen?: “Armaos los unos contra los otros”

He dicho...







en Su Excelencia, 1963









[1] Locución coloquial usada en México que significa “Tener un éxito inesperado, conseguir un buen resultado” (RAE).